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TRIGO DE DIOS, PAN DE VIDA. BLOG CRISTIANO Y CATOLICO.

SACRAMENTOS. LA EUCARISTIA

Carta a los fieles del Opus Dei sobre la Eucaristia.

Carta de Monseñor Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei
Adorar a Dios es la actitud que engrandece al hombre. Así lo explica el Prelado en su carta de junio, en la que profundiza en el valor de la Eucaristía. 
 
01 de junio de 2011
www.opusdei.org

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

        Hace varios años, en una catequesis a niños que se preparaban para recibir la primera Comunión, Benedicto XVI explicaba el significado de la adoración a Dios. «La adoración –decía– es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado por Él, sólo si sigo el camino que Él me señala. Así pues, adorar es decir: "Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo". También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo:" Yo soy tuyo y te pido que Tú también estés siempre conmigo"»[1].

        He recogido este texto porque, en la sencillez de la respuesta, se manifiesta el significado esencial de la actitud que, en cuanto criaturas, debemos a nuestro Creador. Pienso que también podría constituir el denominador común de las fiestas que celebraremos en las próximas semanas: un espíritu de adoración y de agradecimiento al Señor, por los bienes que nos ha concedido y nos concede.

        Ayer fue la fiesta de la Visitación. En las palabras dirigidas por Santa Isabel a la Madre de Dios, que llevaba a Jesucristo en su purísimo seno, descubrimos un acto de adoración profunda al Verbo encarnado. Meses después, Jesús recibió el homenaje de unos sencillos pastores y de unos hombres cultos, que acudieron a Belén con el objetivo de postrarse ante el Rey de los judíos. San Mateo relata que, cuando los Magos entraron en el lugar donde se detuvo la estrella, encontraron al Niño en brazos de su Madre y, tras arrodillarse, le adoraron[2].

        Unos grandes de la tierra se postran y adoran a ese Niño, porque la luz interior de la fe les ha hecho reconocer a Dios mismo. Por contraste, el pecado –sobre todo el mortal– es precisamente lo contrario: no querer reconocer a Dios como Dios, no querer postrarse ante Él, intentar –como Adán y Eva en el Paraíso terrenal– ser como dioses, conocedores del bien y del mal[3]. Nuestros primeros padres aspiraron, en su soberbia, a una autonomía completa de Dios; tentados por satanás, no quisieron reconocer la supremacía de su Creador ni su amor de Padre. Ésta es la desgracia más grande de la humanidad, del hombre y la mujer de todos los tiempos, como recuerda San Pablo en las primeras líneas de la carta a los Romanos. Para el Apóstol, la culpa de aquellos paganos era tener aprisionada la verdad en la injusticia[4], no reconocer a Dios como Señor ni adorarle, a pesar de que contaban con suficientes signos externos. Después de haber conocido a Dios por las maravillas de la creación, no le glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón[5].

        Es una tragedia que se presenta con contornos netos en la sociedad actual, al menos en gran parte del mundo. No pretendo cargar las tintas, ni soy pesimista; al contrario: es un hecho que no podemos dejar de reconocer y que nos ha de animar a propagar la alegría de la Verdad. Insisto: el sentido de la adoración se ha perdido en grandes estratos de los países, y los cristianos consecuentes –con optimismo sobrenatural y humano– estamos convocados a reavivar en las demás personas esa actitud, la única congruente con la auténtica condición de las criaturas. Si las gentes no adoran a Dios, se adorarán a sí mismas en las diversas formas que registra la historia: el poder, el placer, la riqueza, la ciencia, la belleza...; sin percatarse de que todo eso, desvinculado de su fundamento último que es Dios, se esfuma: «La criatura sin el Creador desaparece»[6], dice lapidariamente el Concilio Vaticano II. Por eso, en la tarea de la nueva evangelización, resulta de primera importancia ayudar a quienes conviven con nosotros a redescubrir la necesidad y el sentido de la adoración. Las próximas solemnidades de la Ascensión, de Pentecostés y del Corpus Christi, se alzan como una invitación «a redescubrir la fecundidad de la adoración eucarística (...), condición necesaria para dar mucho fruto (cfr. Jn 15, 5) y evitar que nuestra acción apostólica se limite a un activismo estéril, sino que sea testimonio del amor de Dios»[7].

        «Que tu oración sea siempre un sincero y real acto de adoración a Dios»[8], escribió nuestro Padre en Forja. ¡Cuántos momentos de adoración encontramos a lo largo de la jornada, si los vivimos conscientemente! Desde el ofrecimiento de obras por la mañana hasta el examen de la noche, todo nuestro día puede y debe convertirse en oración, en un homenaje a nuestro Dios.

        La Santa Misa es, ante todo, un acto de adoración a la Trinidad Santísima, por medio de Jesucristo y en unión con Él. En el Gloria damos gracias a Dios por su gloria inmensa: no por los beneficios que nos concede, sino porque es Dios, porque existe, porque es grande. En el Sanctus, a coro con los ángeles y los bienaventurados, proclamamos: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo, que entraña una de las formas más altas de adorar a Dios. Muchas veces, en diferentes ocasiones, nos dirigimos a la Trinidad rezando: gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Y las muchas genuflexiones ante el Sagrario –conscientes, acompañadas de un acto interior del corazón, como recomendaba San Josemaría–, suponen también un acto estupendo de adoración.

        Cada uno de vosotros, hijas e hijos míos, ha de buscar su modo personalísimo de ponerse activamente en presencia de Dios a lo largo de las horas, y manifestarle su homenaje filial. En ocasiones será una jaculatoria, quizá tomada de los Salmos o de otros libros inspirados, sobre todo del Evangelio; otras, alguna de las frases que nos enseñaba nuestro santo Fundador, cuando –para movernos a la espontaneidad en el trato con Dios– nos abría un poco su corazón, advirtiéndonos que personalmente debemos esforzarnos en ese trato íntimo con el Señor. «Cada uno que las diga como quiera, explicaba. Porque una jaculatoria es eso: un flechazo, un piropo como dicen en mi tierra, un requiebro. Si hay amor, no necesitáis que nadie os enseñe fórmulas determinadas: se os vendrán al corazón y a la boca las palabras precisas, en cada momento»[9].

        Este año, en muchos lugares, la solemnidad del Corpus Christi se celebra el 26 de junio, fiesta litúrgica de San Josemaría. Me colma de gozo esta coincidencia, pues nuestro Padre estuvo locamente enamorado de la Sagrada Eucaristía. Os recomiendo que en esa fecha –o el jueves anterior, en los lugares donde el Corpus se celebra ese día–, con continuidad, y especialmente si podéis asistir a la procesión eucarística, viváis esa gran celebración muy unidos al modo de hacer de nuestro Fundador, que en el Cielo adora permanentemente a la Humanidad Santísima de Jesús.

        El Papa Benedicto XVI señala que uno de los elementos constitutivos de la procesión eucarística de esta fiesta se resume en «arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y de hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único (cfr. Jn 3, 16)»[10].

        «¡Qué bien se explica ahora el clamor incesante de los cristianos, en todos los tiempos, ante la Hostia santa! Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de todas las gentes, nacido de una Madre fecunda, derramó para rescatar el mundo (Himno Pange lingua). Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido (cfr. Adoro te devote): es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre (cfr. Ave verum)»[11].

        Cuando nos arrodillamos ante Jesús sacramentado –oculto en el tabernáculo o expuesto sobre el altar–, adoramos a la Víctima del Sacrificio del Calvario, que se actualiza en la Santa Misa. No hay oposición alguna entre el culto de la Eucaristía dentro y fuera de la Misa. Más aún, existe una íntima armonía y compenetración. «En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, que es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia (...). La adoración fuera de la Santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica»[12].

        Cuidemos, pues, con mayor esmero aún, el culto a la Sagrada Eucaristía en estas próximas semanas. Pongamos todo nuestro empeño en escuchar la Palabra de Dios, en la meditación de la Sagrada Escritura, en los cantos litúrgicos, en las oraciones que cada una o cada uno recite delante del Santísimo Sacramento. Y tratemos de llenar los momentos de silencio –que la liturgia recomienda– con un auténtico diálogo interior con Cristo en la Sagrada Hostia, de corazón a Corazón. ¡Qué buen momento para seguir la recomendación que nos sugería nuestro Padre!: «Haced con más amor esa genuflexión con la que saludáis al Señor, al entrar y al salir del Centro. Y, aunque no digáis nada con la boca, dirigíos a Él con el corazón: Jesús, creo en Ti, te amo; perdona a todos los hijos tuyos que no hemos sabido ser fieles... Lo que se os ocurra en aquel momento, con espontaneidad: no voy a dictaros las palabras, como si fuerais niños de tres años. Cada uno sabrá dirigirse personalmente al Señor; y, si no hubiera sido así hasta ahora, se os ocurrirá en adelante».

        «Más de una vez hemos hablado de las jaculatorias personales, que cada uno de nosotros procura hacerse. Es eso: una alabanza, un grito de admiración, de alegría, de cariño, de entusiasmo, ¡de amor!, que se escapa de nuestra alma como si fuera una flecha (...). Siempre es cuestión de cariño, de entrega»[13].

        No os oculto que con frecuencia vienen a mi cabeza unas palabras que oí a San Josemaría: "¡Cuánta gloria he robado a Dios!", pues pensaba que podía haber sido más celoso en su servicio incondicionado a la Trinidad Santísima. ¿Alimentamos nosotros este afán del Deo omnis gloria? ¿Con qué rectitud de intención nos movemos? ¿Cómo ofrecemos al Señor lo ordinario y lo extraordinario?

        El 25 de junio conmemoramos un nuevo aniversario de la primera ordenación sacerdotal en el Opus Dei. Los tres hijos de nuestro Padre que recibieron en 1944 el Orden sagrado –don Álvaro, don José María, don José Luis– no tuvieron inconveniente en dejar de lado un presente y un futuro muy prometedores en el ámbito de su profesión civil, para seguir la voz de Dios, que les llamó al sacerdocio por medio de nuestro Fundador. No fue para ellos ningún sacrificio, en el sentido que habitualmente se da a este término, como una prestación costosa; con prontitud y alegría, respondieron a esta nueva llamada divina, sabiendo que era otro modo de servir a Dios, a la Iglesia y a las almas, con la misma entrega que los demás fieles de la Obra.

        Pidamos al Señor, por intercesión de nuestro Padre y de aquellos tres primeros sacerdotes, que este espíritu se conserve intacto en la Prelatura del Opus Dei, de modo que podamos disponer de los sacerdotes necesarios para el desarrollo de la labor apostólica; y para que en todas y en todos sea muy fuerte el peso santo del alma sacerdotal. Recemos también para que lleguen en todo el mundo, en la Iglesia entera, numerosos jóvenes y hombres maduros que sigan el camino del presbiterado, dóciles a la voz del Buen Pastor.

        Seguid encomendando todas mis intenciones. Rezad por el viaje del Papa a Croacia, en los primeros días de este mes. Deseo que convirtamos nuestra existencia en un rogar a Dios que nos ayude a cumplir su Santísima Voluntad, con entrega entera, con generosidad constante, convencidos de que, cuando se reúnen dos o más en la oración, nuestro Padre Dios no dejará de escucharnos[14].

        También querría, en cada carta, mencionaros los diferentes aniversarios de la historia de la Obra, de nuestra historia personal, pues hemos de recordar aquellas palabras: «Cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes»[15].

        Con todo cariño, os bendice

                                        vuestro Padre

                                        + Javier

        Roma, 1 de junio de 2011.

 

 

 

[1] Benedicto XVI, Encuentro de catequesis con los niños de primera Comunión, 15-X-2005.

[2] Mt 2, 11.

[3] Gn 3, 5.

[4] Rm 1, 18.

[5] Ibid., 21.

[6] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 36.

[7] Benedicto XVI, Discurso en la Asamblea eclesial de la Diócesis de Roma, 15-VI-2010.

[8] San Josemaría, Forja, n. 263.

[9] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 26-III-1972.

[10] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 22-V-2008.

[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

[12] Benedicto XVI, Exhort. apost. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, n. 66.

[13] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 1-VI-1972.

[14] Cfr. Mt 18, 19.

[15] San Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 48.
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://www.fluvium.org
).

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¡Te adoro escondido en la Hostia!.

¡Te adoro escondido en la Hostia!
Mientras te adoramos, ¿cómo es posible no pensar en todo lo que tenemos que hacer para darte gloria?
Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net

 


Elevemos juntos la mirada a Jesús Eucaristía; contemplémosle y repitámosle juntos estas palabras de santo Tomás de Aquino, que manifiestan toda nuestra fe y todo nuestro amor: Jesús, ¡te adoro escondido en la Hostia!

En una época marcada por odios, por egoísmos, por deseos de falsas felicidades, por la decadencia de costumbres, la ausencia de figuras paternas y maternas, la instabilidad en tantas jóvenes familias y por tantas fragilidades y dificultades que sufren los jóvenes, nosotros te miramos a ti, Jesús Eucaristía, con renovada esperanza. A pesar de nuestros pecados, confiamos en tu divina misericordia. Te repetimos junto a los discípulos de Emaús «Mane nobiscum Domine!» , «¡Quédate con nosotros, Señor!».

En la Eucaristía, tú restituyes al Padre todo lo que proviene de él y se realiza así un profundo misterio de justicia de la criatura hacia el creador. El Padre celeste nos ha creado a su imagen y semejanza, de él hemos recibido el don de la vida, que cuanto más reconocemos como preciosa desde el momento de su inicio hasta la muerte, más es amenazada y manipulada.

Te adoramos, Jesús, y te damos gracias porque en la Eucaristía se hace actual el misterio de esa única ofrenda al Padre que tú realizaste hace dos mil años con el sacrificio de la Cruz, sacrificio que redimió a la humanidad entera y a toda la creación.

«Adoro Te devote, latens Deitas!»
¡Te adoramos, Jesús Eucaristía! Adoramos tu cuerpo y tu sangre, entregados por nosotros, por todos, en remisión de los pecados: ¡Sacramento de la nueva y eterna Alianza!

Mientras te adoramos, ¿cómo es posible no pensar en todo lo que tenemos que hacer para darte gloria? Al mismo tiempo, sin embargo, reconocemos que san Juan de la Cruz tenía razón cuando decía: «Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración».

Ayúdanos, Jesús, a comprender que para «hacer» algo en tu Iglesia, incluso en el campo tan urgente de la nueva evangelización, es necesario ante todo «ser», es decir, estar contigo en adoración, en tu dulce compañía. Sólo de una íntima comunión contigo surge la auténtica, eficaz y verdadera acción apostólica.

A una gran santa, que entró en el Carmelo de Colonia, santa Benedicta Teresa de la Cruz, Edith Stein, le gustaba repetir: «Miembros del Cuerpo de Cristo, animados por su Espíritu, nosotros nos ofrecemos como víctimas con él, en él, y nos unimos a la eterna acción de gracias».

«Adoro Te devote, latens Deitas!». Jesús, te pedimos que cada uno desee unirse a ti en una eterna acción de gracias y se comprometa en el mundo de hoy y de mañana para ser constructor de la civilización del amor.

Que te ponga en el centro de su vida, que te adore y te celebre. Que crezca en su familiaridad contigo, ¡Jesús Eucaristía! Que te reciba participando con asiduidad en la santa misa dominical y, si es posible, cada día. Que de estos intensos y frecuentes nazcan compromisos de entrega libre de la vida a ti, que eres libertad plena y verdadera. Que surjan santas vocaciones al sacerdocio: sin el sacerdocio no hay Eucaristía, fuente y culmen de la vida de la Iglesia. Que crezcan en gran número las vocaciones a la vida religiosa. Que broten con generosidad vocaciones a la santidad, que es la elevada medida de la vida cristiana ordinaria, en especial, en las familias. La Iglesia y la sociedad tienen necesidad de esto hoy más que nunca.

Jesús Eucaristía, te confío a los jóvenes de todo el mundo: sus sentimientos, sus afectos, sus proyectos. Te los presento poniéndolos en manos de María, madre tuya y madre nuestra.

Jesús, que te entregaste al Padre, ¡ámales!
Jesús, que te entregaste al Padre, ¡sana las heridas de su espíritu!
Jesús, que te entregaste al Padre, ¡ayúdales a adorarte en la verdad y bendíceles! Ahora y siempre. ¡Amén!

A todos imparto mi bendición con afecto.


SS Juan Pablo II Homilía a los jóvenes. Vaticano, 15 de marzo 2005

Con Maria, y la soledad de Jesus Sacramentado.

Con María, y la soledad de Jesús Sacramentado
Hay un sitio en el Sagrario que tiene tu nombre y toda la paz que ansías... y Jesús te espera.
Autor: Maria Susana Ratero | Fuente: Catholic.net

 


Madre, hoy he venido a visitar a tu Hijo en el Sagrario, pero siento que no soy hoy la mejor compañía. Mi corazón está triste, con una tristeza pesada y gris que, como humo denso, tiñe mis afectos y mis sueños. Siento una gran soledad, no porque Jesús o tu, Madre querida, se hayan alejado de mí, sino que soy yo la que no logra hallarlos.

- Soledad, hija, soledad... Bien comprendemos esa palabra mi Hijo y yo... soledad. Ven, entra con tu corazón al Sagrario y conversaremos un poco. Sé bien que lo necesitas.

- Gracias, María, gracias. Yo sabía, en lo más íntimo del alma, en ese pequeño rinconcito iluminado y eterno donde la tristeza no llega, allí, sabía que podía contar contigo.

Y mi corazón, lento y pesado por mis pecados y olvidos, se va acercando al Sagrario.

Tú estás a la puerta y me abres. ¡Qué deliciosos perfumes percibe el alma cuando está cerca de ti!
Con gran sorpresa veo que, por dentro, el Sagrario es muchísimo más grande de lo que parece y hay allí demasiados asientos desocupados, demasiados...
Me llevas a un sitio, un lugar inundado de toda la paz que anhela mi alma. Noto que tiene mi nombre, ¡Oh Dios mío, mi nombre!. Me duele el corazón al pensar cuánto tiempo lo he dejado vacío.

- Cuéntame, ahora, de tu soledad- me pides, Madre mía.

Pero ni una palabra se atreve a salir de mi boca. Por el bello y sereno recinto del Sagrario, Jesús camina, mirando uno a uno los sitios vacíos... Solo el más inmenso amor puede soportar la más inmensa soledad.
Inmensa soledad que es larga suma de tantas ausencias. Y cada ausencia tiene un nombre y sé, tristemente, que el mío también suma.
Entonces tu voz, María, me ilumina el alma:

- El Sagrario es demasiado pequeño para tanta soledad. Tú no puedes hacer más grande el Sagrario, pero sí puedes hacer más pequeña su soledad.

Tus ojos están llenos de lágrimas y le miras a Él con un amor tan grande como jamás vi.

- Hija, ¡Si supieras cuánto eres amada! ¡Si supieras cuánto eres esperada!. Cada día, cada minuto, el Amor aguarda tus pasos, acercándose, tu corazón, amándole, tu compañía, que hace más soportable tanta espera.

Siento una dolorosa vergüenza por mis quejas. Cada Sagrario, en su interior, es como todos los Sagrarios del mundo juntos. Miro a mi alrededor y veo a muchas personas. Son todos los que, en este momento, en todo el mundo, están acompañando a Jesús Sacramentado.

Cada uno con su cruz de dolor, tristeza, soledad, vacíos, traiciones.. Y Jesús repite, para cada uno de ellos, las palabras de la Escritura “Vengan a Mí cuando estén cansados y agobiados, que Yo los aliviaré” Mt 11,28.

Y me quedo a tu lado, en mi sitio, Madre, esperando a Jesús que se acerca. Me tomo fuerte de tu mano, para no caerme, para no decir nada torpe e inoportuno, muy habitual en mi. Y allí me quedo, y el Maestro sigue acercándose, y el perfume envuelve al alma y ahuyenta los grises humos de mis penas.
Entonces, escucho en el alma tus palabras, Madre:

- Ahora, ve a confesarte.

Sin preguntar nada, sin saber como terminará este encuentro, te hago caso Madre. Me quedo cerca del confesionario, aunque aún no ha llegado el sacerdote y la misa está por comenzar. Pero si tú lo dices, Madre, seguro lo hallaré. En ese momento llega el sacerdote. Como él no daba la misa, sino el obispo, tuve tiempo de prepararme bien para mi confesión, que me dejó el alma tranquila y sin la pesada carga de mis pecados...

Me quedo pensando en Jesús, que venía a acercándose a mí, en el Sagrario. Pero allí me doy cuenta de tu gesto, Madre querida. Tu me ofrecías algo más. Tú me ofrecías el abrazo real y concreto de Jesús en la Eucaristía, y para que mi alma estuviera en estado de gracia para responder a ese abrazo, me pediste que fuera a confesarme.

¡Gracias Madre! Gracias por amarme y cuidarme tanto... ¡Qué hermosa manera de terminar este encuentro con Jesús! ¡Con su abrazo real, bajo la forma del Pan!
La misa ha comenzado. Siento que la soledad del Sagrario es un poquito más pequeña, no mucho, pero sí mas pequeña... Y si mi compañía alivió su soledad, seguro que la tuya, amigo que lees estas líneas, también la aliviará. Y si invitas a un amigo a hacerle compañía... ¡Oh, cuanto podemos hacer disminuir la soledad de Jesús en el Sagrario!¡Cuánto puede Él, en su infinita Misericordia, colmar nuestras almas de paz!

Hay un sitio en el Sagrario que tiene tu nombre y toda la paz que ansías... y Jesús te espera, diciéndote “Ven a Mi, cuando estés cansado y agobiado, que Yo te aliviaré”

Amigo, nos encontramos en el Sagrario.


NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna."

 


Preguntas o comentarios al autor María Susana Ratero.

Catequesis mariana sobre la Eucaristia.

Catequesis Mariana desde San Nicolás. por el Pbro. Carlos A. Pérez

Durante 10 años, todos los días 25 de cada mes en San Nicolás, se convocó a un grupo voluntario de Misioneros de diversos lugares del país, felizmente, por iniciativa de los propios laicos presentes en las reuniones, fueron grabadas las charlas que se dieron.

Hoy contamos con esta catequesis que nos disponemos a ofrecer aquí a modo de entregas semanales para todos, peregrinos en general y misioneros en particular.

Copyright 2002-2009 Centro de difusión del Santuario María del Rosario de San Nicolás - All rights reserved - Todos los derechos reservados.

 


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La Eucaristía - 1º Parte (Nuevo)

Introducción.

Es importante profundizar siempre un poco más sobre este gran misterio que es la Eucaristía, ella es motivo de inmenso gozo para nuestra vida espiritual, garantía de nuestro crecimiento, garantía de la inmortalidad, es el Pan de Vida deseado por tantos y descubierto por pocos. Es misión nuestra descubrir con más profundidad este misterio y darlo a conocer a todo el mundo.

Podemos considerar diferentes aspectos del misterio eucarístico.

1. El misterio de la Eucaristía y la consagración de la vida.

2. la Eucaristía y la comunión con Cristo y la Iglesia.

3. la Eucaristía y la oración

4. la Eucaristía y la misión.

El misterio de la Eucaristía y la consagración de la vida

Somos consagrados, es decir que hemos aceptado ser sacrificados, ser entregados como Cristo al Padre por la redención de nuestros hermanos. Pablo VI- en la Encíclica Misterio de la Fe _ nos dice: “Por el misterio eucarístico se representa de manera admirable el sacrificio de la cruz consumado una vez para siempre en el Calvario. Se recuerda continuamente y se aplica su fuerza salvadora para perdón de los pecados que diariamente cometemos. Nuestro Señor Jesucristo al instituir el misterio eucarístico sancionó con su sangre el Nuevo Testamento del cual es el mediador así, como en otro tiempo, Moisés había sancionado el Antiguo con la sangre de los terneros. Es decir que Cristo al ofrecerse eucarísticamente está ofreciendo un verdadero sacrificio del cual los antiguos sacrificios eran simplemente un símbolo, un anticipo, una preparación. A la vez la Eucaristía es la prolongación, la actualización del sacrificio eucarístico iniciado en la Ultima Cena y concretado por Jesús en la muerte y resurrección, en el misterio pascual.

Cristo se ofrece al Padre por nosotros. Se produce un verdadero sacrificio, una entrega total de su vida, de su sangre. Se entregó hasta el fin, nos dice la Palabra de Dios, es decir hasta las últimas consecuencias. El sacrificio es un pacto sagrado capaz de infinita reparación porque se hace con infinito amor. Cristo no podría amar por la mitad, por lo tanto todo acto de El es realizado con infinito amor. Y esto es lo que da al sacrificio de la cruz el sentido de plenitud, de redención. Todo acto nuestro es limitado, el de Cristo es perfecto. Como el esposo ama a su esposa ,así Cristo se entregó por nosotros que somos su familia, que somos su iglesia y se entregó totalmente. El esposo que ama a su esposa se entrega totalmente `por ella, arriesga su vida, pierde su vida para salvar a los suyos. Con gran deseo- dice Jesús – he querido celebrar con Ustedes esta Pascua antes de pasar de este mundo al Padre. Ese deseo tenía dos motivaciones: por un lado devolver al Padre la gloria que el pecado le había quitado y por otro lado devolvernos la felicidad que –también por causa del pecado- habíamos perdido. Y por eso Jesús quiere en el sacrificio eucarístico -que es la prolongación del sacrificio de la cruz-devolvernos la felicidad y devolver al Padre la gloria. El cordero pascual era el anticipo de este misterio, Cristo es el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo.

La Eucaristía es verdadero sacrificio donde se produce la muerte de la víctima y donde el sacerdote es la misma víctima, que en el caso de Cristo es por nuestros pecados que se ofrece. Es importante en la captación del misterio entender que sacerdote y víctima son una misma cosa. Nosotros partícipes desde el Bautismo del misterio de Cristo Sacerdote y especialmente ligado por nuestra espiritualidad de consagración al misterio del sacerdocio de Cristo debemos entender en profundidad esto: somos sacerdotes y víctimas, ofrecemos y nos ofrecemos, nos entregamos y nos dejamos consagrar. Dios necesita del pan para consagrarlo en su cuerpo y necesita de nosotros para consagrarnos en su cuerpo místico, con el cuál puede alimentar a los hombres. El pan nos alimenta y nos hace pan para alimentar al mundo. Es hermosa esta realidad de Cristo.

Juan pablo II, hablando de la prolongación de Cristo en nosotros, nos dice que la Iglesia al desempeñar la función de sacerdote y de víctima juntamente con Cristo ofrece toda entera el sacrificio de la Misa y toda entera se ofrece en él, como Iglesia, como víctima expiatoria. Deseamos ardientemente que esta admirable doctrina, enseñada ya por los Padres y por el Concilio, se explique una y otra vez y se inculque profundamente en las almas de los fieles dejando a salvo, como es justo, la distinción no sólo de grado sino de naturaleza que hay en el sacerdocio de los fieles y en el sacerdocio jerárquico. Porque esta doctrina, en efecto es muy apta para alimentar la piedad eucarística, para enaltecer la dignidad de todos los fieles, para estimular a las almas a llegar a la cumbre de la santidad que no consiste sino en entregarse totalmente al servicio de la Divina Majestad con generosa oblación de sí mismo. En estas palabras de Juan Pablo II., está muy claro que nuestra santidad no consiste en otra cosa que la entrega entera de nosotros mismos como Cristo se entregó al Padre en el sacrificio doloroso de la Cruz. Estas palabras nos invitan a fomentar la piedad eucarística no solamente en los actos de culto eucarístico sino en la entrega de la vida como supremo culto. Prolongamos_ como dice San Pablo_ en nuestro cuerpo por su Iglesia lo que aún falta de la Pasión de Cristo.

Nuestra Misa celebrada sacramentalmente exige entonces que la sigamos viviendo en el curso de todo el día. Cada día de nuestra vida es una Misa que se prolonga, que se perpetúa, que se hace vida en nosotros. Nuestra fidelidad vocacional es parte de esa Misa. Cada día tendremos que rehacer nuestra entrega al Señor. Habrá días que lo haremos con entusiasmo, días que despertaremos con el peso de problemas anteriores y nuestro sí será más tenue.: debemos tomar conciencia de que estamos llamados a decir sí y a seguir subiendo, será una lucha constante para que nuestro sí, que le dimos a Dios, adquiera cada vez mayor plenitud. Nuestra respuesta al Señor en cada una de nuestras cosas de la vida es un modo de vivir la Misa, nuestras renuncias a nosotros mismos, a las cosas inútiles, a lo que muchas veces el corazón puede ambicionar ilegítimamente, todo es parte de la Misa que se prolonga en nosotros.

Nuestro sí – como el de María-incondicional- a modo nuestro, como podamos, pero cada vez más incondicional. Todo esto nos va haciendo verdaderos consagrados, prolongadores de la redención y del sacrificio de Cristo. Prolongamos en nuestra pobreza lo que falta a la Pasión de Jesús y lo hacemos con amor porque allí Cristo está siendo glorificado en nosotros y allí nuestros hermanos son también redimidos.

 

 


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Seamos sencillos en el trato con Dios y con nuestro prójimo, porque Dios ama la sencillez y la sinceridad, y el prójimo también las aprecia.
No comulgues nunca en la mano, hazlo siempre en la boca. Y si te es posible de rodillas


HECTOR "EL ERMITAÑO" PEDERNERA
(
http://ar.groups.yahoo.com/group/hermanocatolicoesfuerzateysevaliente
).

Catequesis eucaristica. Sentido de la Misa del domingo.

Autor: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net
Sentido de la Misa del domingo
¿Qué pasa en la Misa, que sea tan importante? Catequesis y explicación acerca de la Misa.
 
Sentido de la Misa del domingo


La gente va menos a Misa que hace unos años. ¿Por qué? "Creo que depende mucho de la experiencia y tradición familiar y social de la que participa cada persona", dice una mujer que comenzó a ir con sus padres a Misa y que después, al profundizar en la fe, vio que "empezaba a tener otro sentido, un sentido de compromiso, me sentí más implicada... descubrí el valor de la Eucaristía como un encuentro con Cristo..."

En nuestra sociedad, cuando ya no hay quien controle quien va a Misa y quien no, la asistencia a Misa: ¿depende de la costumbre del entorno familiar, o de estas motivaciones de fe? Lo cierto es que, al no ir a Misa las familias, los hijos pierden la oportunidad de participar en estas motivaciones de fe. Y, cuando se asiste a Misa -en acontecimientos sociales o fiestas principales- al no saber "qué pasa ahí" se convierte en algo que se ve desde fuera, no se ahonda en su sentido profundo de memorial de Jesús resucitado, la fiesta de los cristianos, y entonces la gente se viste de fiesta sin saber celebrar la fiesta, así como no puede saborear un plato exquisito quien tiene el gusto estragado, al no poder gustar del misterio cristiano no puede desearlo y amarlo.

Por eso, no puede participar en la Misa plenamente quien no sabe realmente que por la fe tenemos una relación viva y personal, maravillosa, con Jesús. Qué lástima, ver a tantos y tantos que escuchan palabras y cantos, prueban emociones estéticas en la música o en la belleza de alguna de las celebraciones, pero se quedan en unos signos externos, no viven la esencia de la Misa y de la comunión...


a) Hemos de conocer lo esencial de la vida.

Muchas veces vamos por la vida buscando la felicidad, y no la encontramos... más tarde, nos damos cuenta de que estaba allí al lado, en las cosas pequeñas de cada día, en las cosas obvias (que son las que olvidamos más facilmente, y así nos va...) como el sentido religioso, su sentido trascendente (olvidamos las cosas que no tienen sentido de beneficio práctico con la excusa de que "no sirven para nada", cuando son las que más sirven). Cuentan de una araña que se dejó caer por uno de sus hilos desde un árbol, para echar los soportes alrededor de un árbol y tejer su telaraña, esa malla que va engrandeciéndose con sucesivas vueltas, hasta completar su obra. Entonces, paseándose por su territorio, orgullosa de su realización, mira el hilo de arriba y dice: "éste es feo, vamos a cortarlo", olvidando que era el hilo por donde empezó todo, el que sustentaba todo. Al cortarlo, la araña desmemoriada cayó enredada en su red, prisionera de su obra. Así nosotros, encerrados en la obra de nuestra inteligencia o en el cuidado de tantas cosas... podemos olvidar la esencial, cuando cortamos el hilo de soporte. ¡No prescindamos de Dios! Es el soporte de todo lo invisible que son los valores de amor y respeto a los demás, en definitiva de felicidad. Esta dimensión invisible de la vida.


b) La necesidad de dar culto a Dios está en lo más profundo de nuestro interior

Cuando no le damos salida religiosa, se proyecta en formas de supersticiones varias, idolatrías de todo tipo, sectas variopintas pero peligrosas algunas de ellas, o una apatía brutal por la que no se ve sentido a nada...). Estamos en una época de "complejidad", en la que hay avances técnicos de todo tipo (nuclear, genético, informática...) y en medio del estado de bienestar, muchos de nuestros compañeros de viaje están prisioneros de la angustia ante el futuro, tienen miedos, incluso miedo a vivir. ¿Por qué tanta inseguridad? Porque todo el bienestar no da respuesta al sentido de la vida, se pierden en un "todo es relativo" que impide volar hacia arriba, mirar el cielo, en su horizonte no hay Dios; el gran ausente (todo ello causa el sentimiento de "insoportable ligereza del ser", en medio del pensamiento moderno, con un sentido de frustración y un deseo de búsqueda de Dios, de ahí las profecías del siglo XXI como "místico" porque es la única forma de recuperar el norte).

¿Cómo recuperar a Dios, en esta "lucha por la religión" del mundo de hoy? Cultos e ignorantes, enfermos y sanos, pobres y ricos... para hallar a Dios hay que tratarle, darle culto (pero no externo, sino que implique la conciencia, un trato de corazón a corazón, fruto del amor y no de la costumbre, creando un "espacio interior" en nuestra conciencia, solos ante el espejo de la cual encontramos el sentido de la vida, la seguridad que nos falta).

La religión pertenece a las cosas importantes de la vida. Cuentan de un barquero que llevaba gente de un lado a otro de un gran río, y un día subió un sabiondo que empezó a increparle diciéndole: "¿conoces las matemáticas?" -"no", contestó el barquero. -"Has perdido una cuarta parte de tu vida. ¿Y la astronomía?" -"¿Esto se come o que?", contestó el pobre. "-Has perdido dos cuartas partes de tu vida". -"¿Y la astrología?" -"Tampoco", dijo el barquero. "-¡Desgraciado, has perdido tres cuartas partes de tu vida!". En aquel momento la barca se hundió, y viéndolo que se lo llevaba la corriente, le dijo el barquero: -"¡Eh, sabio!, ¿sabes nadar?" -"¡No!", contestó desesperado. -"Pues has perdido las cuatro cuartas partes de tu vida, ¡toda tu vida!" Pues para quien va por un río, lo importante no es saber tantas cosas sino saber nadar. Así las cosas esenciales de la vida, muchas veces olvidadas, son saber quién soy, de donde vengo y a donde voy, y descubrir el sentido religioso y -como dice el viejo refrán- al final de la vida el que se salva sabe y el que no no sabe nada. Los peces se ahogan sin agua y los hombres se asfixian sin aire, así nuestra alma sufre asfixia si no tiene saciada esta sed de Dios, pues el corazón del hombre está inquieto y sin paz hasta que reposa en Él.

Siendo la religión una experiencia personal -de la que no podemos prescindir, es una necesidad-, también es social, constituye una de las tradiciones no sólo culturales sino también basilares de la misma familia (la familia que reza unida permanece unida, reza el refrán), y ante una crisis familiar (por no resistir ante las dificultades, muchas familias quedan deshechas, por no ver el cielo, por dejarse desanimar por los problemas) es especialmente importante recordar el sentido divino del contemplar el cielo. La Biblia, al relatarnos el Génesis, nos dice que Dios creó el mundo (sentido del trabajo) y luego descansó (con una mirada llena de gozosa complacencia). La celebración de este día del Señor ayuda a tener la mirada contemplativa, luz sobre todas las cosas (si nuestra mirada está sin esta luz, todo nuestro ser anda entre tinieblas). Jesús nos hace ver que ese día "se hizo para el hombre", no es un peso el descanso dominical, sino que perfecciona la persona, lo necesitamos, es recordar la necesidad de humanizar el descanso, de hacer fiesta, de libertad.

Parte esencial de este "hacer fiesta" es el culto a Dios que desde los primeros hombres se ha dado al creador (ofreciéndole sacrificios, para mostrar la dependencia de creaturas, como reconociendo agradecimiento por los favores recibidos o pidiendo perdón). Como vemos en el relato de Caín y Abel (y nos cuentan los historiadores de los primeros pueblos) a veces quemaban parte de la cosecha, o algún animal, y con esto dedicaban a Dios una cosa, la hacían "sagrada". Pero Dios dijo que no deseaba tanto estos sacrificios como algo externo sino venido de un corazón que ama y pide perdón (que tiene misericordia). De ahí surgen las ceremonias, y el "domingo" significa "el día del Señor" porque es por excelencia el día de esta relación con Dios en la que el hombre dedica un tiempo explícito a cantar esta adoración.


c) Redescubrir el domingo es algo vital

Una educación que para muchos viene desde la infancia: "para mí, ir a Misa es una cosa tan natural como el respirar o el querer. Desde pequeños nos acostumbramos, y la Misa del domingo formaba parte de nuestra vida. Unos días íbamos más a gusto y otros no, pero no lo dejábamos". Mucho más teniendo en cuenta que la "motivación sociológica" cuenta mucho, y se encontrarán los hijos en una sociedad en la que hay unas modas -verdaderas dictaduras culturales- en la que ir a Misa "no está bien visto", y el adolescente queda coaccionado por el "qué dirán", "no van los jóvenes".

Las motivaciones han de ser profundas, para no actuar por lo que hacen muchos sino conforme a la conciencia. Es cierto que en los años de adolescencia puede haber una ruptura (una decisión personal del hijo de dejar de ir a Misa), pero lo que se ha sembrado vivificará más tarde, como muchas veces pasa con la vuelta a la responsabilidad al ser padres: "vinieron los hijos... y todo fue cambiando. Siempre fui una persona inquieta, y me iba preguntando: ¿me escuchará el Señor?" y quizá cuando los hijos se preparan para hacer la primera comunión -en la edad que formulan a los padres las grandes preguntas- sienten la llamada a volver, "a través de la catequesis de padres pude expresar los sentimientos que tenía guardados durante algunos años..." y hay esta vuelta a los sacramentos, con la seguridad que esto conlleva: "he pasado momentos difíciles en mi vida, pero entre mi fe cristiana y la Misa del domingo he encontrado la fuerza para seguir adelante. Ahora entiendo mucho mejor el Evangelio...".

Y otro: "fue cuando mi hijo comenzó a frecuentar la catequesis cuando volví a ir a la parroquia. Hice la catequesis con los otros padres y a través de todo esto me incorporé nuevamente en la Iglesia". En otros casos, esta vuelta es cuando los padres -las madres, más- tienen ya colocados los hijos y tienen menos obligaciones. Estos testimonios pueden recordarnos esos momentos que bien conocemos, cuando más que una obligación el trato con Dios se convierte en una necesidad, pues ya no podemos más, estamos "ahogados" y queremos "hacer algo".

Pero todo ello se pierde si no hay una experiencia previa de ir a Misa, si no hay un "antes", pues entonces ya no se trata de "volver" sino de "descubrir". En cualquier caso, lo que está claro es que, a las puertas del tercer milenio, la celebración del domingo cristiano, por los significados que evoca y las dimensiones que implica en relación con los fundamentos mismos de la fe, continúa siendo un elemento característico de la identidad cristiana.

Veamos las pegas: "La Misa es aburrida", "no me dice nada", "siempre se hace lo mismo", "no voy porque no siento la necesidad, y para hacer una cosa que no siento mejor no hacerla..." son algunas de las que hemos oído y que dirigen nuestra mirada hacia el "¿qué pasa en la Misa, que sea tan importante?" Preguntemos al chico que el día de Sant Jordi lleva la rosa a la chica que ama, si encuentra aburrido este gesto repetido año tras año; o a los que se aman si se cansan de ver las mismas caras.

En la Misa disfrutamos saboreando una y otra vez antiguas palabras con las que han rezado tantas generaciones de cristianos, y pronunciadas por primera vez por Jesús. No hay rutina si hay amor. Nuestra vida es como una canción, que tiene letra y música. La letra consiste en todo lo que hacemos, nuestras acciones, y la música es la voz del corazón, el amor que ponemos en todo. De manera que la vida es aburrida o entusiasmante, dependiendo del amor que ponemos. ¿Aburrido?: te falta amor.

¿Procuras entusiasmarte haciendo las cosas porque te da la gana (aunque en algún momento no tengas ganas? Entonces lo quieres de verdad, hay amor. La Misa es sumergirse en una corriente de vida y de amor. Si hay aburrimiento puede que no hayamos conseguido aún una conexión con Él: sólo el sentimiento de la persona viva del Señor asegura una participación madura, a prueba de los diversos talantes de los celebrantes, de los cambios en los gustos musicales, del adormecimiento o de la euforia del ambiente. "Ven conmigo", nos dice Jesús. Es fácil de entender y aceptar, y con los años nos vamos dando cuenta del contenido profundo y totalizante de esta invitación. Jesús poco a poco va radicalizando su propuesta, y nos pide más. Lo descubrimos como un maestro bueno, justo y merecedor de toda nuestra confianza, y nos pide un paso más: renunciar a nosotros mismos, como Él, darnos a los demás.

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Catequesis eucaristica. 1. La Misa, fiesta del amor.

Autor: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net
La Misa, fiesta del amor.
La Iglesia es una familia de los hijos de Dios, extendida por todo el mundo
 
a) Un misterio de fe y de amor

En cuanto a la fe, decir que es un "misterio" no es quedarse en un "no se puede entender": es más bien un mar sin orillas, y penetrar en él es como atravesar
la puerta de un gran palacio y encontrarnos una estancia preciosa llena de tesoros que tiene a su vez cinco puertas cada una de las cuales da a habitaciones
más espléndidas... tesoros escondidos nos depara la Misa si ponemos el corazón, si profundizamos en ella desligándonos de los lazos de la tierra y del
tiempo y penetramos con Jesús en el cielo. El descubrimiento de este día es una gracia que se ha de pedir.

Y es también misterio de amor. Dicen de un obispo que daba catequesis a unos peques, y preguntó por qué comulgar a Jesús. Entonces, un gitano de entre
los más traviesos, contestó: "Zeñó, porque pa querelo hay que rosarlo". Hay muchos jóvenes que no van a Misa, cierto, y otros usan esta excusa para tampoco
ir ellos, pero no se trata de hacer lo que todos, sino de actuar en conciencia. Podemos recordar la vieja historia de un chico que tenía una novia en el
pueblo, y se fue a hacer la mili. Desde ahí escribía a la novia cada día. El cartero llevaba puntualmente las cartas a casa de la novia cada día, pero
él, influido por malas compañías, no iba nunca al pueblo a verla, sino que utilizaba los permisos para irse de juergas. Cuando acabó la mili y volvió al
pueblo, fue a casa de la novia y se encontró con la sorpresa de que la novia se había casado... ¡con el cartero! Ojos que no ven, corazón que no siente,
y al no ver nunca a su novio y ver sólo al cartero, acabó por enamorarse de él. Si dejamos de tratar a una persona, poco a poco podemos quererla menos,
y si esto nos pasa con Dios nuestro corazón puede llenarse con las cosas en las que ponemos el corazón.

Decía una chica, leyendo el "Cántico espiritual" de San Juan de la Cruz, que "hasta entonces no se me había ocurrido plantearme mi relación con Dios como
la de dos amantes... la palabra amor no me sonaba como amor real... esto me abrió una puerta, y pido al Señor cuando comulgo que me haga descubrirle/vivir
como mi Amado, y sentirme yo su amada".

La Misa es un acontecimiento de amor, en el que Jesús, "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". ¿Estamos tratando
a Dios como se merece?

b) Un encuentro con Jesús, y con los hermanos

Las grandes experiencias humanas (enamoramiento, amistad, contemplación, sentido estético, etc.) son muy difíciles de transmitir sino desde la "experiencia
vivida". Sin la experiencia del amor de Dios, el fracaso y la muerte, el dolor y los desengaños que acompañan el camino de la vida nos dan un carácter
agrio y resentido, y en cambio el sentido de Dios nos hace ver que como nacer y morir son fases hacia la resurrección, así todo tiene un lugar en los planes
de Dios: nos abre las puertas a la esperanza; no estamos solos, pues nos dice Jesús: "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt
28, 20). No es un recuerdo pasado sino la celebración de la presencia viva del Resucitado en medio de los suyos. Esta presencia pide a los cristianos que
se reúnan (que sean "ekklesia", asamblea convocada por el Señor resucitado, el cual ofreció su vida "para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban
dispersos": Jn 11, 52), y como manifestación externa de esa unidad se hace una fiesta que ya se vive desde los primeros cristianos: "acudían asiduamente
a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hechos 2, 42). "Haced esto en memoria mía", la fiesta de Jesús.


La Iglesia es una familia de los hijos de Dios, extendida por todo el mundo, y esta familia tiene un hogar en el que se reúnen todos, y en él una mesa
donde se celebra la comida preparada y servida con amor. Faltar a esta comida es separarse de la vida familiar, pues esa comida -esa cena- es el acto familiar
por excelencia, donde padres e hijos, hermanos entre ellos, renuevan su mutuo afecto y tratan las cuestiones de familia, y se dan consejos y exhortaciones,
ánimos para el bien de todos; cuando falta un hijo por cualquier motivo, es en la mesa cuando se ve su ausencia, y también ahí es cuando más se añoran
los difuntos que ya no están entre nosotros. Así también la Iglesia mira con afán alrededor de su mesa, en la mesa del altar, a ver si encuentra a todos
sus hijos, y con frecuencia llora ausencias. Algunos ni siquiera entran en el comedor, otros entran pero se miran la comida de lejos, inapetentes, desganados,
anoréxicos o con el paladar estragado con otros gustos que son del mundo, y no encuentran gusto en el alimento del alma, y así la Iglesia llora por estos
hijos.

No es formalismo, pues -comenta otro- "la vida me ha enseñado que ha de haber momentos fuertes de plegaria y de celebración, que el alimento de la fe no
puede dejarse a la sola espontaneidad, sino que ha de haber cierto orden para hacer las cosas como en el horario de comidas. Dicho de otro modo, he aprendido
la importancia de los ritos y de su repetición, como un cierto sentido cíclico en el tiempo". La asamblea eucarística dominical es un acontecimiento de
fraternidad, como se ve desde los primeros documentos cristianos (en la primera carta de Pablo a los Corintios ya se habla de las colectas en favor de
los hermanos necesitados, y en muchos sitios se ve como ponían todo en común).

Catequesis eucaristica. 2. ¿Por que ir a Misa?

Autor: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net
¿Por qué ir a Misa?
Ir a Misa no es cuestión de "ganas", sino estar convencidos de la grandeza del acto, más importante de la vida de la Iglesia.
 
Jesús dice que donde hay dos o tres reunidos en su nombre ahí está él en medio, y concretamente nos ha dejado una voluntad de repetir lo que él hizo en
la última cena, por esto hay una fidelidad a la palabra del Señor en el hecho de ir a Misa: "haced esto en memoria mía", y de ahí arranca una tradición
larga y viva, documentada desde entonces (por el año 50 dice San Pablo que "la tradición que yo he recibido y que os he transmitido a vosotros viene del
Señor. Jesús, la noche que había de ser entregado, tomó el pan... y dijo... ´haced esto´" e igual hizo con la copa, al darla repitió: "haced esto en memoria
mía". Ha sido transmitido como un testigo que se entrega a lo largo de la historia de generación en generación. Pero una memoria viva, que no pasa, que
es vida, pues la Misa es la cena del Señor que se actualiza cada vez que se celebra, hace presente sobre la mesa el sacrificio de su muerte.

a) Es el memorial de la pascua del Señor

En la despedida de dos personas que se quieren, se recurre a un símbolo: se intercambian un recuerdo... no se puede más, pero lo que nosotros no podemos,
lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá
con los hombres. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

Se lee en uno de los escritos antiguos (Catequesis mistagógica, de Jerusalén): "Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan
y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: ´tomad y comed; esto es mi cuerpo´. Y después de tomar el cáliz y
pronunciar la acción de gracias, dijo: ´tomad, bebed; ésta es mi sangre´. Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: ´esto es mi cuerpo´, ¿quién se atreverá
en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: ´esta es mi sangre´, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo,
y bajo la figura del vino, la sangre; para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un sólo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al
pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de
la naturaleza divina...

No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y sangre de Cristo, de acuerdo con
la afirmación categórica del Señor; y aunque nuestros sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica la verdadera realidad: el mismo Jesús que nació
de María Virgen, al que adoraron los pastores y vivió en la tierra, está en el sacramento del altar y continúa en la reserva eucarística del sagrario para
que lo adoremos, le visitemos, nos arrodillemos ante él.

La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino
no es vino, aún cuando lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo".

b) El domingo, dia de la resurrección de Jesús, de fiesta y de fe, da nuevo sabor a la vida de cada día.

En la era de la técnica, cuando nos volvemos funcionales y productivos, perdemos la capacidad de admirar, de deleitarnos con las bellezas de la creación
y ver en ellas el reflejo del rostro de Dios; y de ahí surgen los motivos de la alegría y la esperanza, que dan nuevo sabor a la vida de cada día, y constituyen
el antídoto contra las tentaciones del aburrimiento, la falta de sentido y la desesperación. Desde los tiempos de los Apóstoles, los cristianos dedicamos
el domingo a dar culto a Dios. Es el día de la resurrección, cuando las santas mujeres encuentran el sepulcro vacío y se aparece vivo ante ellas y después
a los demás. Es una relación vital con Jesús. Revivimos la experiencia de los primeros cristianos cuando estando juntos se aparece Jesús en medio de ellos,
y al domingo siguiente volvió a aparecerse, y otro domingo les envió el Espíritu Santo, como dando continuidad a los encuentros dominicales.

El día santo tiene una extraordinaria riqueza de significado. Ciertamente, su sentido religioso no se opone a los valores humanos, que hacen del domingo
un tiempo para el descanso, para disfrutar de la naturaleza y para entablar relaciones sociales más serenas. Se trata de valores que, por desgracia, corren
el riesgo de quedar anulados por una concepción hedonista y frenética de la vida. Los cristianos, viviéndolos a la luz del Evangelio, le imprimen su sentido
pleno: la celebración de las maravillas de Dios.

Es impresionante leer el relato de Justino, y ver que hacemos la celebración con la misma estructura que hace 20 siglos (él escribe sobre el 165). Los
Hechos de los Apóstoles, como también otros documentos (la carta del año 112 del gobernador de Bitinia al emperador Trajano, hablan del modo de celebrar
la Misa).

c) El deber de participar en la Misa

Que la Misa a veces cuesta no es algo nuevo, ya lo dice el Nuevo Testamento en la carta a los hebreos: "ayudémonos unos a otros estimulados por el amor
mútuo y las buenas obras, sin faltar a nuestra reunión como hacen algunos". Y en otro documento primitivo (Didascalia, s. III) se anima a no colocar los
negocios temporales por encima de la palabra de Dios, abandonándolo todo el día del Señor, corriendo a las ceremonias litúrgicas; es decir, desde los primeros
siglos, los Pastores no han dejado de recordar a sus fieles la necesidad de participar en la asamblea litúrgica. Sólo más tarde, ante la tibieza o negligencia
de algunos, ha debido explicitar el deberde participar en la Misa dominical... esta ley se ha entendido normalmente como una obligación grave: es lo que
enseña también el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2181). Se comprende fácilmente el motivo si se considera la importancia que el domingo tiene para
la vida cristiana; más que una obligación es una exigencia profunda que puede cumplirse desde la víspera, sábado tarde. (Una observación. Las obligaciones
en la Iglesia no son por una ley del temor -miedo al castigo- sino de amor, pero a los santos les sirvió mucho el pensamiento de temer las penas del infierno.
Así, San Francisco Javier tuvo muy presente "¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si al final pierde su alma?" O sea que hay un temor bueno,
"el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría", que se opone a los miedos del hombre de hoy al futuro y a la muerte; en cambio, Jesús nos dice que "no
temáis a los que matan el cuerpo... temed más bien a aquel que puede, después de matar el cuerpo, echar el alma al infierno").

Saber qué es la Misa, con una catequesis adecuada, es vital para participar de modo pleno. Y corresponde ante todo a los padres educar a sus hijos para
la participación en la Misa dominical, ayudados por los catequistas... ilustrando el motivo profundo de la obligatoriedad del precepto. Y es que la Misa
dominical no es importante porque esté mandado, sino más bien es obligación asistir porque es muy importante, es la fuente y la raíz, el centro de toda
la vida cristiana, puede ser como el corazón de la canción de la que hemos hablado antes, de todo lo que hacemos durante la semana: "ha sido para mí como
el eje (´pal de paller´) del sentido de mi vida... un momento privilegiado para ir haciendo las opciones que dan sentido a todo... no puedo renunciar a
la Misa sin perder lo mejor de mi vida", dice un fiel, y esto es porque contiene el mismo Cristo, el tesoro de la Iglesia: la Misa es como el sol que ilumina
y da calor, cada día, a toda la vida del cristiano; y es menester que sea también la fuente y como el centro de la piedad cristiana.

Revivimos la experiencia de los Apóstoles, cuando Jesús se les aparece y Tomás proclama: "¡Señor mío y Dios mío!". Nos alimentamos de Cristo, pan de vida,
nos cristificamos por entero, nos transformamos en Cristo, participamos de sus sentimientos hasta pensar como él, valorar las personas y cosas según su
corazón, vemos a Cristo en las personas que nos rodean.

Entonces, ¿por qué es para muchos un peso ir a Misa? Por falta de fe y tantas razones que se pueden resumir en un dejarse llevar por la moda, de lo que
hace la gente (por ejemplo, los adolescentes se dejan influenciar mucho por lo que hacen los demás, hasta crear una especie de dictadura). Urge encontrar
el sentido cristiano de esta celebración gozosa, la pascua, sin que se queden en el "fin de semana", olvidando la resurrección de Jesús, el mandamiento
de santificar las fiestas, en primer lugar con la participación en la Santa Misa: marca el ritmo de la vida espiritual de toda la semana. En una sociedad
pluralista en la que estamos es cuando parece necesario más que nunca recuperar las motivaciones doctrinales profundas que están en la base del domingo.


En esta carta del Papa sobre "El día del domingo" ("Dies Domini") se plantea la celebración plena de esta fiesta, en sentido humano y espiritual, sin diluirlo
en el "fin de semana". Es la primera vez que un documento de la Iglesia está específicamente dedicado a la fiesta dominical, la fiesta de la resurrección
de Cristo; y -lo ideal es coger el librito del Papa y leerlo con atención- aquí no podemos tratar más que algunos aspectos. Antes la tradición cristiana
era muy fuerte y se veía facilitado el ir a Misa, por el ambiente cultural; pero ahora hay que ir "contra corriente", y para esto es necesario entender
que Dios es buen pagador: el tiempo que le dedicamos no es tiempo perdido; al contrario, es tiempo ganado para nuestra humanidad, es tiempo que infunde
luz y esperanza en nuestros días.

Los primeros tiempos del cristianismo fueron parecidos a los nuestros; cuando interrogan a los mártires -en el juicio para probar su pertenencia al cristianismo,
y poder ejecutarlos- sobre la asistencia a Misa, encontramos respuestas como: "-nosotros debemos celebrar el día del Señor, es nuestra ley". Y: "-sí, en
mi casa hemos celebrado el día del Señor. Nosotros no podemos vivir sin celebrar el día del Señor". Y la joven Victoria declara: "yo he estado en la asamblea
porque soy cristiana".

Los primeros creyentes sabían que ir a Misa no era cuestión de "ganas", sino que estaban convencidos de la grandeza del acto, el más importante de la vida
de la Iglesia, y hacían grandes sacrificios, como recorrer grandes distancias o arriesgar la vida para participar en la litúrgia eucarística. Sabían que
su primer deber era alabar a Dios por sus beneficios y recibir el cuerpo del Señor para sustento de la vida. E igual que arreglamos los horarios para hacer
lo que verdaderamente nos interesa, también si valoramos convenientemente la Misa asistiremos a ella, sacrificando el tiempo que haga falta. Nos dice el
Papa: "comprometeos a no dejarla nunca", "os recomiendo la participación en la Santa Misa festiva. Sois cristianos y por eso, no dejéis nunca la Santa
Misa. El encuentro con Jesús y con la comunidad parroquial es un deber", "pero debe ser también una alegría y un verdadero consuelo".

d) El fin de semana

Entendido como tiempo de reposo, a veces lejos del lugar de vivienda habitual, y caracterizado a menudo por la participación en actividades culturales,
políticas y deportivas, etc., tiene elementos positivos en la medida que contribuye a los valores auténticos, al desarrollo humano y progreso de la vida
social, pero tiene el peligro de que el hombre quede encerrado en un horizonte tan restringido que no le permite ya ver el "cielo". Nos preocupa ver como
los chicos salen del colegio el viernes mejor y algunos vuelven mustios el lunes. ¿Que ha pasado en esas 60 horas? Han tenido la posibilidad de hacer cosas
positivas (deporte, trabajos, descanso, amistades, ir a Misa...) o negativas (perder el tiempo, una tele desprogramada, vídeos o amistades inconvenientes...).
Hemos de protegernos ante un ambiente materialista que transpira en la vida social y medios de comunicación, de falta de valores, y nos puede entrar por
ósmosis. Para evitar el contagio, necesitamos aumentar la presión interior en nuestro hogar, el buen olor de Cristo. No dejarse llevar por la ley del gusto
sino adivinar las necesidades de los miembros de la familia, colaborar en proyectos comunes, tomar una parte activa en su formación (ver con ellos la tele
escogiendo antes los programas, para fomentar un sano espíritu crítico y diálogo abierto, sin que haya "tabús"; ir a los lugares de diversión con ellos
-al menos, saber dónde van-... formarles la conciencia, en definitiva), y con deseo de agradar a Dios, ayudar a que aprovechen el tiempo y se viva la sobriedad
en las diversiones
El domingo nos revela el sentido del tiempo. Todos vemos cuán rápido pasa el tiempo de nuestra vida, y nos interrogamos sobre el futuro, el sentido de
nuestra historia. Hay un hecho que no es pasado, sino siempre actual. Jesús vino en la plenitud de los tiempos. La resurrección no es un hecho pasado,
se hace presente cada siete días y nos trae la comunicación de la vida divina; es un acontecimiento de gracia y de salvación (kairós); recibimos la luz
de este sol radiante, aunque aún encontremos nubes que nos hagan pensar en dificultades insuperables, pero en el corazón hay una luz que nos hace tener
siempre esperanza.

Catequesis eucaristica. 3. ¿Que es la Misa?

Autor: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net
¿Qué es la Misa?
La Misa es el ofrecimiento de Cristo y nuestro al Padre.
 
Básicamente tiene dos partes, que son la Liturgia de la palabra (después de estar bien preparados por la petición de perdón de los pecados) y la Eucaristía.
Ofrecimiento al Padre de Jesús y nuestro, pues somos también nosotros hijos de Dios (como le dijo a María el primer domingo: "Di a mis hermanos: subo a
mi Padre, que es también vuestro Padre").

a) La litúrgia de la Palabra

"La Palabra de Dios proclamada en la celebración de la Eucaristía me ha llevado en diversos momentos de mi vida -dice otro testimonio- a tomar decisiones
concretas para ir adelante en hacer la voluntad de Dios en mi vida; no es cuestión de voluntad (muchas veces no encuentro esta intensidad) sino un don
de Dios". A nosotros nos toca, como en el milagro de Caná, llenar las tinajas de agua (estar ahí, dispuestos a la escucha de la Palabra): es Jesús quien
puede hacer el milagro de convertir el agua en vino (cambiar nuestro corazón), y hacer realidad lo que oímos al comienzo del Evangelio: "El Señor esté
con vosotros".

¿Cómo sería el encuentro con Jesús, por ejemplo el que tuvieron los discípulos de Emaús, cuando huían desanimados? Fue en el primer domingo, y estaban
tristes porque no tenían a Jesús; se les aparece en forma de caminante desconocido, y ellos le cuentan la amargura del fracaso: "Jesús dijo... hizo...
ahora está muerto..." El acompañante les explica el sentido de la cruz, y ellos dirán más tarde: "¿no ardían nuestros corazones mientras en el camino nos
iba explicando las Escrituras?" Reencontraron el sentido de sus vidas ; y cuando Jesús hace ademán de seguir adelante, le retienen "porque se hace de noche",
y al entrar y comer con él, le reconocieron al partir el pan, y entonces Jesús desapareció y ellos, gozosos, volvieron a Jerusalén, a dar testimonio de
Jesús.

Fijémonos que son como las dos partes de la Misa: la liturgia de la Palabra y la "fracción del pan", que Jesús hizo el jueves santo (y que estos discípulos
recordarían cuando reconocieron a Jesús). La Eucaristía nunca es aislada, sino que -inscrita en el año litúrgico, con unos sentimientos distintos según
sea la esperanza del Adviento, o el dolor de la Cuaresma o la alegría de Navidad o Pascua...- siempre nos hace viva la muerte y resurrección de Jesús,
por esto es buena disposición ver que la vida es como un camino de Emaús, un encuentro con Jesús en el que cada día hay una palabra suya que va germinando
en nuestro corazón, algo que nos va explicando por el camino.

Comienza la Misa con un beso al altar, porque el altar es Cristo. Invocamos a la Santísima Trinidad, fuente de vida sobrenatural; y queremos disponernos
bien con un acto penitencial, pidiendo perdón de nuestros pecados (para los pecados graves, se requiere el sacramento de la confesión)

Con las lecturas bíblicas, se continúa el diálogo de Dios con sus hijos, y proclamamos las maravillas de la salvación (especialmente los misterios de la
vida de Jesús hecho hombre y la fidelidad de Dios, que no se echa atrás de sus promesas). Esta palabra viva y eficaz, más penetrante que una espada, provoca
en nuestro corazón una conversión, un estímulo a darnos más, a amar más, nos infunde esperanza (la selección de textos de cada domingo se hace con un ritmo
cíclico de tres años). La homilía nos ayuda a actualizar estos tesoros bíblicos y aplicarlos a nuestras necesidades, como una semilla que puede producir
mucho fruto, aunque muchas veces lo entendemos a nuestro modo y vamos profundizando sabiendo que es algo inabarcable, como un iceberg cuya mayor parte
sigue hundida en el misterio y no se ve, aunque sepamos que está realmente ahí dando consistencia y haciendo posible la belleza de lo que se ve... Igual
que en una gota de rocío prendida de una hoja en una mañana clara y serena se refleja la entera bóveda terrestre, así también en la eucaristía se refleja
todo el arco de la historia de la salvación. Así los discípulos de Emaús -y nosotros también- se transforman de tristes en felices. El recuerdo de Emaús
ha quedado como una catequesis única de la Eucaristía ofrecida por el mismo Jesús resucitado... aún hoy en cada Eucaristía corre la brisa y la luz de Emaús...
se vuelve a oír la palabra de Dios explicada por Jesús mismo; es Él quien, ahora como entonces, nos pregunta qué nos pasa y deja que le comuniquemos nuestras
perplejidades, para introducirnos seguidamente en su misterio que hace arder nuestro corazón y que soluciona todos nuestros problemas. Su Palabra integrada
en nuestra vida; nuestra vida interpelada por su Palabra.

A continuación, proclamamos nuestra fe (renovación de las promesas bautismales), y rezamos unos por los otros: es la plegaria de los fieles para pedir por
vivos y difuntos (especialmente por los pobres y los afligidos).

b) Eucaristía (acción de gracias)

La plegaria Eucarística es propiamente la fracción del pan, es decir la renovación del sacrificio de Jesús, el memorial de su muerte y resurrección que
nos hace hijos de Dios. La Cena del Señor se llama "Litúrgia eucarística" pues consiste en una acción de gracias-bendición (con la consagración del pan
y del vino que hizo Jesús) y la distribución (comunión).

Como los discípulos de Emaús, reconfortados en aquel encuentro con el Señor cuando les abrió los corazones con el sentido de las Escrituras, queremos decirle
a Jesús: "quédate con nosotros, Señor, porque anochece..." pues se nos hace de noche sin Jesús: "sin ti se me hace oscuro todo"... y Jesús se queda. Le
decimos: "quiero agradecerte el regalo de la Eucaristía, quiero reconocerte en la fracción del pan, estar seguro de tu presencia. Cuando vienes a mí te
fundes conmigo, por un momento somos los dos uno. ¡Y cómo arde entonces mi corazón, Jesús! Cuando te siento tan cerca, ¡qué felicidad! Gracias, Jesús por
quedarte con nosotros de una manera tan sencilla, tan cercana". Sentándose a cenar con los de Emaús, le reconocen cuando "tomó el pan, pronunció la bendición,
lo partió y se lo iba dando". Jesús se hace alimento, para que recobremos las fuerzas; y en esta plegaria le pedimos: "quédate con nosotros! Quédate con
nosotros hoy, y quédate de ahora en adelante, todos los días..." Se queda como ofrenda al Padre, pues esta parte central de la Misa es una acción de gracias
a Dios Padre en Cristo.

Llevamos al altar todas las penas y alegrías, con la presentación de las ofrendas (pan y vino para la mesa, colectas para los necesitados, etc.) y ahí también
van los éxitos y fracasos de la semana, nos hacemos la voz de toda la creación y unidos a Jesús ofrecemos todo al Padre: trabajos y preocupaciones, alegrías
y tristezas..., toda la vida. El sacerdote pone unas gotas de agua en el vino: poca cosa, pero representa esta participación nuestra que -así como el agua
es una cosa con el vino- nos hará unir todo lo nuestro a los méritos infinitos de Jesús.

La liturgia eucarística, parte central de la Misa, se hace en el altar, lugar del sacrificio. Tiene lugar, después de las ofrendas del pan y del vino, y
de esta invitación a orar; el sacerdote reza una oración sobre las ofrendas y comienza una acción de gracias larga, introducida con un diálogo que eleva
los corazones a Dios y se proclama el "Santo, santo..." -juntando nuestras voces con los coros angélicos- ante el trono de Dios. Después, hay una invocación
al Espíritu Santo (epíclesis) para que transforme las ofrendas en cuerpo y sangre de Cristo, lo que ocurre en el relato de la institución de la eucaristía
(Consagración), donde se realiza la transubstanciación, la consagración del pan y vino que se convierten en el cuerpo y sangre del Señor, y podemos decir
con el discípulo Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!". Recordando la redención obrada por Jesús, ofrecemos al Padre la Víctima y junto a Jesús nos ofrecemos
nosotros.

Este es el sentido profundo de la Misa. Jesús ofrece su cuerpo (su vida por nosotros) y su sangre (derramada, su muerte por nosotros) y así también nosotros
hacemos nuestra consagración, ofrecemos nuestras vidas (vivir para los demás, por amor) y nuestra muerte (mortificación, es decir vida sacrificada, que
es llevar la cruz que es la señal del cristiano) y la comunión con Cristo y con los demás nos lleva a pedir ser "un sólo cuerpo y un sólo espíritu".

Vamos a detenernos en este actuar de Dios, amante que sale a nuestro encuentro, busca la oveja perdida y envía a su hijo para salvarnos: Jesús se hace
hombre y muere en la cruz y con su sacrificio cruento paga abundantemente los pecados de todos los hombres y nos reconcilia con Dios, y nos abre las puertas
del cielo. El Padre organiza la gran fiesta para el hijo que vuelve después de haberse perdido. Pensemos en un mendigo que es elevado a la categoría de
hijo, y el rey lo acoge como hijo propio. Pues mucho más que esto es lo que Dios hace con nosotros a través del misterio pascual de Jesús, de toda su vida.
Podemos considerar la Eucaristía bajo varios aspectos, principalmente como sacrificio ofrecido a Dios, y como sacramento de la presencia de Jesús.

Veamos ahora el sacrificio de Jesús por amor nuestro, y al hablar de la comunión nos referiremos a la presencia. Cuando el sacerdote consagra, ahí pasa
algo muy importante que aconteció hace 2000 años: el hijo de Dios baja a la tierra, nace haciéndose uno de nosotros, se sacrifica por mí, se ofrece por
cada uno en la Cruz, el calvario, místicamente pues el sacrificio se realizó sólo una vez. Pero es el mismo sacrificio. Una la víctima, Jesús. Uno el sacerdote,
Jesús. Y sólo se distingue en el modo (en la cruz, en su cuerpo que muere, y en el altar de modo "eucarístico", bajo las especies). Todos nos juntamos
para hacer la Misa, que no solamente vamos para "oír la Misa", sino a "hacerla" con el sacerdote. Porque vamos a ofrecer y a hacer sacrificios con él.
La Misa es la viva actualización del sacrificio de la Cruz.

En la Misa se cumplen también aquellas palabras de Jesús: "cuando fuere levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Somos entonces
sacerdotes de nuestra propia existencia, como dice san Pedro en la primera carta: "vosotros sois linage escogido, sacerdocio real, pueblo adquirido por
Dios". En la Eucaristía el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento,
su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. Esta participación de toda la comunidad asume un
particular relieve en el encuentro dominical, que permite llevar al altar la semana transcurrida con las cargas humanas que la han caracterizado.Y por esto
Jesús en palabras del sacerdote dice "sacrificio mío y vuestro"

El aspecto central y principalísimo de la Misa consiste en su carácter de sacrificio, que perpetúa el único y perfecto sacrificio de Cristo en la cruz;
ahora de manera incruenta, con la separación mística de las dos especies; y el ofrecimiento de este sacrificio se realiza -por el ministerio del sacerdote-
mediante la doble consagración del pan y del vino, que significa la separación del Cuerpo y de la Sangre, la muerte de Cristo.

Después de la consagración hay un recuerdo explícito de la pasión y resurrección de Cristo (anamnesis), la oblación del Hijo al Padre, y unas intercesiones
por los vivos y difuntos. Termina esta plegaria al Padre con una acción de gracias a la Trinidad (doxología) que es asentida por el pueblo (Amén).

c) La comunión

Llega el momento de distribuir el cuerpo del Señor, y nos preparamos con la recitación del "Padrenuestro", la oración de los hermanos, pues quien comulga
con la cabeza de la Iglesia (Cristo) ha de comulgar con el cuerpo (fraternidad, compartir y perdonar). Si rezamos esta oración cada día la gustaremos el
domingo de un modo especial. ¿Cómo hablar con Dios? nos preguntamos a veces: vamos a paladear bien, lentamente, el padrenuestro.

Después de toda la plegaria eucarística, dirigida al Padre, en Cristo, ahora dirigimos la oración a Jesús, con la petición de la paz: "Señor Jesucristo,
que dijiste... la paz os dejo... no mires nuestros pecados..." Y antes de la fracción del pan le pedimos que él, Cordero de Dios que quita los pecados
del mundo, tenga piedad de nosotros y nos dé su paz.

Jesús viene a nosotros, y se consuma la Misa, que tiene un valor infinito. Pero depende de nuestra fe, pues es como un océano de agua, que podemos ir a
recoger con un vasito pequeño (distraídos, sin prepararnos, sin comulgar) o bien con una gran tinaja (devotamente, con amor, comulgando bien confesados);
es decir que la eficacia depende de las disposiciones que llevemos, y por eso se dice sacramentos de la fe, pues producen la gracia que significan, pero
al mismo tiempo se expresa y enriquece nuestra fe. Hemos procurado hacer actos de fe, mientras el sacerdote hacía la fracción del pan y recordábamos las
palabras del centurión, y por dentro pensábamos que si una sóla palabra de Jesús es capaz de curar cualquier dolencia, ¡cuánto más tenerle, bien dispuestos,
dentro de nosotros! Lo deseamos, como la mujer que padecía flujos de sangre quedó curada al tocar el manto de Jesús, pero nosotros tenemos más, podemos
comulgar. Vemos junto a la Eucaristía, con los ojos del alma, los ángeles adorando la Hostia. Pensemos si lo reconocemos por la fe, nosotros también en
la fracción del pan.

Toda la participación plena y activa en la liturgia va hacia aquí, celebrar "el día que Cristo ha vencido la muerte y nos ha hecho participar de su vida
inmortal" (plegaria eucarística), y allí hay un carácter esponsal, anticipo de la celestial unión con el divino esposo; "engalanada como una novia ataviada
para su esposo" (Apo 21, 2); allí es donde está el Misterio de nuestra Fe. Mucha gente dice hoy, como Tomás antes de tener fe, escandalizado por la cruz,
cuando le hablan de Jesús resucitado: "si no lo veo no lo creo", y Jesús se le aparece y le dice: "Tomás, no seas incrédulo, sino creyente"; y nos promete
la felicidad cuando dijo: "bienaventurados (felices) los que sin haber visto creerán". Buen momento para decirle también nosotros: "¡Señor mío y Dios mío!"
y pedirle más fe: "creo firmemente que estás aquí con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad. Auméntame la fe, la esperanza y la caridad...
te adoro con devoción, Dios escondido".

Jesús se da como alimento de los que peregrinan: "quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día", "si no
coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros". Así como la comida es necesaria como alimento del cuerpo, el
alma necesita la Eucaristía; es necesaria en cualquier circunstancia de cansancio o agobio, hambre y sed de salvación, en salud y enfermedad, en juventud
y vejez, fortalece a todos y es "viático" para quienes están a punto de dejar el mundo...

La comunión sacramental produce tal grado de unión personal de los fieles con Jesucristo que cada uno puede hacer suya la expresión de San Pablo: "Vivo
yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2, 20). La comunión eucarística se convierte así en germen de resurrección y en soporte de nuestra
esperanza en la transformación futura de nuestros cuerpos mortales. Pero al mismo tiempo hace de nosotros un solo cuerpo en Cristo (cf. 1 Cor 10, 16-17)
y nos hace vivir en el amor y ser solidarios con todos nuestros hermanos: como exhortaba San Pablo a los fieles de Corinto, es una contradicción inaceptable
comer indignamente el Cuerpo de Cristo desde la división o discriminación (cf. 1 Cor 11, 18-21). El sacramento de la Eucaristía no se puede separar del
mandamiento de la caridad. No se puede recibir el cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, están
encarcelados o se encuentran enfermos.

Jesús hace realidad lo que dijo: "Yo estaré con vosotros cada día hasta el fin de los siglos" (Mt 28, 20) y también "Venid a mí todos los que estéis cansados
o agobiados, y yo os aliviaré" (Mt 11, 28). Está con nosotros en la comunión con una presencia substancial, es decir que está presente el mismo Jesús que
nació en Belén y creció en Nazaret y que hizo milagros y murió en el calvario, el mismo que está en el cielo es el que se nos da en la comunión. En su
sermón de Cafarnaüm, nos abrió este sentido: "Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que
baja del cielo, para que el que lo coma no muera más... el que come de mi carne y bebe de mi sangre tiene ya la vida eterna y yo lo resucitaré el último
día..." todo ello es prefiguración de lo que en la última cena dijo Jesús, ofreciendo el pan y el vino: "tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo...
tomad y bebed todos, que este es el cáliz de mi sangre"... y ante el desconcierto de algunos, que se escandalizan, podemos decirle nosotros con san Pedro
que no queremos dejarle: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna". Estar sin Jesús es un infierno insoportable, y estar con Jesús es
un dulce paraíso. Esta apertura a Dios está compuesta de conversiones interiores, en docilidad a las mociones del Espíritu Santo.

Es lo que dicen los poetas sobre la apertura del alma a Dios, como el florecer de las plantas que no pueden contener la primavera que llevan dentro: "con
un roce de tu mirada ya me rindo / y aunque yo me haya cerrado como un puño / tú siempre abres, pétalo tras pétalo, mi ser / como la primavera abre con
un toque diestro y misterioso / su más terca rosa. / Y es un misterio esta destreza tuya de mirar y abrir / pero lo cierto es que algo me dice que la voz
de tus ojos / es más profunda que todas las rosas / Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas" (E.E. Cummings).

Los cerrojos saltan, el resentimiento da paso a la confianza, entendemos el "Si no os hacéis como este niño, no entraréis en el reino de los cielos" y
nos hacemos niños en la fe y abandono confiado... El alma se hace como una rosa abierta que desafía la tempestad de la desconfianza. En la comunión, al
contemplar a Jesús que se juega el todo por el todo, el alma ansía entregarse, ponerse en las manos de Dios. Aunque esa confianza y entrega plena a veces
da miedo, pues es perder la vida: "el que quiera perder su vida la perderá y el que la pierde la salvará", dijo Jesús. Se ve que hay que sustituir el buscar
el éxito por el servicio. Y así como la comida se destruye, es pura gracia: amor, así también nos hacemos hostia viva como Jesús, pan blanco para comida
de la gente, para servicio.

La presencia del amado es una necesidad del amor, y como una madre que dice a su pequeño: "te comería a besos" así Jesús nos dice "toma, cómeme". Contemplar
su pasión y muerte por amor nuestro nos hace proclamar: "Jesús, te has pasado...." y ahí todo tiene un sentido unitario. Entendemos que lo que hacíamos,
a veces con cierta rutina, no eran cosas desgajadas, versos sueltos, sino fragmentos de una canción que ahora tienen sentido, pues en la Misa adquiere
todo su unidad. Ahí Jesús revela el amor. Radica ahí la verdadera alegría de vivir. Jesús va llamando a nuestro corazón "ábreme. Estoy a la puerta y llamo,
el que me abra cenaré con él y él conmigo". Y entonces la gracia aparece con todo su esplendor como un regalo, encanto, brillo, exulte: "me encuentro feliz".


¡Qué momento más bueno, para decirle a Jesús cosas íntimas!, para pronunciar una comunión espiritual: yo quisiera recibirte, Señor, con la pureza, humildad
y devoción con que te recibió tu Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos. Los cantos y los silencios sagrados, la música y los detalles
de urbanidad, todo es secundario en relación a la comunión (aunque también esos detalles realzan la dignidad de la Misa, y demuestran la fe de quien sabe
qué se realiza, y por esto están regulados los colores litúrgicos y los ornamentos, etc., y denotaría poca fe cambiarlo). La comunión es un misterio inmenso,
pues no transformamos el cuerpo de Jesús en el nuestro sino que Jesús nos hace como él (espirituales, hijos de Dios). La fe nos va llevando a tratar a
Jesús como una persona viva, y transformarnos hasta poder decir: "No soy yo el que vivo, es Cristo quien vive en mí".

Esta acción de gracias después de comulgar -tiempo de recogimiento en el que agradecemos a Dios que haya venido a nosotros-, puede continuar aún después
del saludo final del sacerdote: "Podéis ir en paz": así acaba la Misa. Somos enviados a llevar la paz, llevando a Jesús con nosotros: vemos a Jesús en
los demás, y pensamos que dar un vaso de agua fresca a quien lo necesite es también ayudar a Jesús que está en aquel hermano. Ir en paz es una misión que
cumplir, es comprender y perdonar (condición que pone Dios para podernos perdonar).

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