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TRIGO DE DIOS, PAN DE VIDA. BLOG CRISTIANO Y CATOLICO.

SACRAMENTOS. LA EUCARISTIA

Desde la fe: ¿como es nuestra Misa?

Desde la fe: ¿cómo es nuestra Misa?

 

Es la comunidad que celebra la presencia

de Jesucristo muerto y resucitado.

¿Por qué a veces desde el altar, por la cara que algunas

personas presentan, da la sensación de que asisten

a un pésame?

 

Es el pueblo de Dios que se reúne y se alegra

por la Palabra que viene del cielo.

¿Por qué, entonces, estamos tristes cuando nuestro rostro

debiera de reflejar el gozo del encuentro de los hijos con el Padre?

 

Es el grupo de los que expresan su pertenencia

a los seguidores del Señor.

¿Por qué, si nos hicieran una foto, parecería como si

estuviésemos obligados o como si “aquella fiesta”

no fuera con nosotros?

 

Es sentir que, en la Eucaristía, Jesús nos hace más libres

y más conscientes de lo que somos.

¿Por qué, entonces, posturas tan rígidas y respuestas

que no las sienten ni el nudo de nuestra corbata?

 

Es ofrecer la paz y no solamente la mano.

¿Por qué, en muchas ocasiones, alargamos la mano

y no miramos a los ojos?

 

Es una reunión de familia: los hijos de Dios.

¿Por qué entramos y nos vamos sin, por lo menos,

de vez en cuando saludarnos o detenernos? Alguien,

con cierta sorna, me decía no hace mucho tiempo:

"id a una misa….y os daréis cuenta que, en una mesa,

se sientan unos grandes desconocidos dándose

la espalda unos a otros".

 

Es una Acción de Gracias.

¿Por qué, después de la comunión, no dejamos de cantar,

de buscar el bolso o de pensar en el abrigo y guardamos

un momento en el silencio por el alimento que el Señor

nos ha servido?

 

Es salir con la huella y la interpelación que nos

ha dejado la Palabra.

Me viene a la memoria la contestación de una feligresa

a la salida de un funeral: “no me digas lo que ha dicho

el evangelio. Sólo sé que ha sido muy bonito”.

 

Es descansar en medio de los agobios y del estrés

que el día o la semana nos ha producido.

¿Por qué falta un poco de calor y de acogida?

¿Por qué nos agobia media hora escasa en la casa de Dios

y no nos aburren dos horas seguidas en un comercio, ocio o un bar?

 

Es ir a una “puesta a punto”.

¿Por qué entonces, la eucaristía, a veces es rutina y cumplimiento,

quedar bien con la conciencia pero…salir como habíamos entrado?

 

¿La misa?

Es estar, vivir, cantar, celebrar, escuchar, disfrutar y asistir

con los cinco sentidos ante el Señor que habla, escucha,

se hace presente y se nos da.

 

P. Javier Leoz
(
http://www.celebrandolavida.org
).

Comulgar sin confesar.

Autor: Miguel Rivilla San Martín | Fuente: www.periodismocatolico.com
Comulgar sin confesar
Muchos de los que se acercan a comulgar no reunen las condiciones necesarias para ello 
 
Cualquier observador atento de las celebraciones litúrgicas habrá constatado un fenómeno generalizado que se está convirtiendo en algo normal. A saber:

-Ha disminuido alarmantemente, el número de fieles que acceden al sacramento del perdón.

- Ha aumentado considerablemente, el número de fieles que se acercan a comulgar.

- Bastantes celebraciones sacramentales (bautizos, bodas, funerales... ), para muchos asistentes, son meros actos sociales.

La enseñanza de la Iglesia, basada en la Palabra de Dios, ha sido constante a lo largo de los siglos. Siempre ha enseñado que para comulgar, se precisa estar en gracia de Dios -sin pecado grave en la conciencia- y guardar el ayuno pertinente.

En la preciosa encíclica del Papa Juan Pablo II sobre la Iglesia y la Eucaristía en su nº 36c, el Papa ha dejado clara la enseñanza oficial de la Iglesia expuesta en el Catecismo, en el Código de Derecho canónico y “la vigencia de la norma del Concilio de Trento concretando la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”.

No es exagerado afirmar que muchos de los que se acercan a comulgar no reunen las condiciones necesarias para ello; sea por ignorancia, por falta de fe, por rutina o mimetismo (¿dónde va Vicente?..) o por estar en pecado grave, incluso años sin confesarse etc...

Esta praxis está llevando a una trivialización del sacramento principal de la Iglesia y a un falseamiento de la conciencia de muchos bautizados. Los responsables directos de cada celebración eucarística (abusos, sacrilegios etc ...) son los ministros ordenados, obispos y sacerdotes, que presiden las mismas.

A falta de una catequesis adecuada y previa ¿No cabría una advertencia hecha con todo respeto a los presentes, antes de dar la comunión?. Verbi gratia. NO HAY OBLIGACIÒN DE ACERCARSE A COMULGAR... Los que vayan a hacerlo, examinen su conciencia ante Dios y vean si están en su santa gracia. El tomar conciencia de este fenómeno es urgente, muy grave y de la máxima responsabilidad.

ACTÚESE EN CONSECUENCIA.
(
http://www.egrupos.net/grupo/diosexiste
).

La Eucaristia en la vida de Maria.

La Eucaristia en la vida de Maria.

LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DE MARÍA

 
 
El Pan eucarístico que recibimos es el verdadero Cuerpo nacido de María Virgen. Jesús es «carne y sangre de María» . Podemos descubrir de esta forma una semejanza profunda entre el HÁGASE de María y el amén que cada fiel pronuncia antes de recibir el Cuerpo de Cristo. A María le pidió el ángel creer que Aquel que nacería de su seno era el Hijo de Dios y a nosotros se nos pide de manera análoga creer que es el mismo Señor Jesús quien está presente de forma verdadera, real y substancial bajo la apariencia del pan.
 
En la VISITACIÓN de María a su prima Isabel podemos descubrir a la Madre como «el primer "tabernáculo" de la historia» donde el Señor Jesús, todavía oculto a los ojos y oídos de los hombres, «se ofrece a la adoración de Isabel, como "irradiando" su luz a través de los ojos y la voz de María». María es verdaderamente la "Custodia viva del Señor", el «admirable ostensorio del Cuerpo de Cristo».
 
Podemos también releer el MAGNIFICAT en perspectiva eucarística. Tanto la Eucaristía como el cántico de María son una acción de gracias a Dios que se complace en la humildad y obediencia de su Siervo, Jesús, y de su Sierva, María. Como en el per ipsum de la misa, María alaba al Padre por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, dándole todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Así pues, «¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!».
 
La actitud de la Madre ante el NACIMIENTO de su Hijo es también modélica: su mirada extasiada contemplando el rostro del Niño Jesús, tomándolo en sus brazos con todo el cariño de su amor maternal ¿no será acaso el modelo en el que ha de inspirarse cada fiel al recibir la comunión eucarística o al adorarlo presente en el sagrario? Cuando unimos nuestra mente y nuestro corazón al sacerdote que repite el gesto y las palabras de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato «¡Haced esto en conmemoración mía!», respondemos a la vez a la invitación de María en las bodas de CANÁ para obedecerle fielmente: «Haced lo que Él os diga».
 
María hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía con toda su vida, especialmente al pie de la CRUZ: «Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de "Eucaristía anticipada" se podría decir, una "comunión espiritual" de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como "memorial" de la pasión» . ¿Qué habrá experimentado la Madre al escuchar de boca de Pedro, Juan y los demás apóstoles las palabras de la Última Cena: «Éste es mi cuerpo que será entregado por vosotros»? Para María recibir la Eucaristía debía ser una experiencia singularmente paradójica, puesto que es como si de nuevo acogiera a su Hijo en su corazón y en su vientre, participara de nuevo en su crucifixión y lo reconociese RESUCITADO, realmente presente según su promesa: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
Eucaristía
«Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. "Permaneced en mí, y yo en vosotros" (Jn 15,4). Esta relación de íntima y recíproca "permanencia" nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra» . ¿Cuándo más podemos decir sino en el momento mismo de la comunión: «Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí» ? He ahí el ideal que anhela nuestro corazón, la plenitud de todas nuestras aspiraciones, el sentido último de nuestras vidas: ¡la comunión eterna!
(
http://www.caminohaciadios.com
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Eucaristia en un campo de concentracion.

Eucaristia en un campo de concentracion.

EUCARISTÍA en un CAMPO de CONCENTRACIÓN.


Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino dentro de mí una pregunta angustiosa: ¿Podré seguir celebrando la Eucaristía? Fue la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En cuanto me vieron, me preguntaron: ¿Ha podido celebrar la Santa misa?

En el momento en que vino a faltar todo, la Eucaristía estuvo en la cumbre de nuestros pensamientos: el pan de vida. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo (Jn 6, 51).

¡Cuántas veces me acordé de la frase de los mártires de Abitene (s. IV), que decían: Sine Dominico non possumus! ¡No podemos vivir sin la celebración de la Eucaristía!

En todo tiempo, y especialmente en época de persecución, la Eucaristía ha sido el secreto de la vida de los cristianos: la comida de los testigos, el pan de la esperanza.

Eusebio de Cesarea recuerda que los cristianos no dejaban de celebrar la Eucaristía ni siquiera en medio de las persecuciones: Cada lugar donde se sufría era para nosotros un sitio para celebrar..., ya fuese un campo, un desierto, un barco, una posada, una prisión... El Martirologio del siglo XX está lleno de narraciones conmovedoras de celebraciones clandestinas de la Eucaristía en campos de concentración. ¡Porque sin la Eucaristía no podemos vivir la vida de Dios!

En memoria mía

En la última cena, Jesús vive el momento culminante de su experiencia terrena: la máxima entrega en el amor al Padre y a nosotros expresada en su sacrificio, que anticipa en el cuerpo entregado y en la sangre derramada.

Él nos deja el memorial de este momento culminante, no de otro, aunque sea espléndido y estelar, como la transfiguración o uno de sus milagros. Es decir, deja en la Iglesia el memorial presencia de ese momento supremo del amor y del dolor en la cruz, que el Padre hace perenne y glorioso con la resurrección. Para vivir de Él, para vivir y morir como Él.

Jesús quiere que la Iglesia haga memoria de Él y viva sus sentimientos y sus consecuencias a través de su presencia viva. Haced esto en memoria mía (cf. I Co 11, 25).

Vuelvo a mi experiencia. Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos, para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes... Les puse: Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago. Los fieles comprendieron enseguida.
.Su testimonio de servicio y de amor producía un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible

Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: medicina contra el dolor de estómago, y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.

La policía me preguntó:
–¿Le duele el estómago?
–Sí.
–Aquí tiene una medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo, como dice Ignacio de Antioquía.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con Él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida!

Quien come de mí vivirá por mí

Así me alimenté durante años con el pan de la vida y el cáliz de la salvación.

Sabemos que el aspecto sacramental de la comida que alimenta y de la bebida que fortalece sugiere la vida que Cristo nos da y la transformación que él realiza: El efecto propio de la Eucaristía es la transformación del hombre en Cristo, afirman los Padres. Dice León Magno: La participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa que transformarnos en lo que tomamos. Agustín da voz a Jesús con esta frase: Tú no me cambiarás en ti, como la comida de la carne, sino que serás transformado en mí. Mediante la Eucaristía nos hacemos, como dice Cirilo de Jerusalén, concorpóreos y consanguíneos con Cristo. Jesús vive en nosotros y nosotros en Él, en una especie de simbiosis y de mutua inmanencia: Él vive en mí, permanece en mí, actúa a través de mí.

La Eucaristía en el campo de reeducación

Así, en la prisión, sentía latir en mi corazón el corazón de Cristo. Sentía que mi vida era su vida, y la suya era la mía.

La Eucaristía se convirtió para mí y para los demás cristianos en una presencia escondida y alentadora en medio de todas las dificultades. Jesús en la Eucaristía fue adorado clandestinamente por los cristianos que vivían conmigo, como tantas veces ha sucedido en los campos de concentración del siglo XX.

En el campo de reeducación estábamos divididos en grupos de 50 personas; dormíamos en un lecho común; cada uno tenía derecho a 50 cm. Nos arreglamos para que hubiera cinco católicos conmigo. A las 21.30 había que apagar la luz y todos tenían que irse a dormir. En aquel momento me encogía en la cama para celebrar la misa, de memoria, y repartía la comunión pasando la mano por debajo de la mosquitera. Incluso fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento y llevarlo a los demás. Jesús Eucaristía estaba siempre conmigo en el bolsillo de la camisa.

Una vez por semana había una sesión de adoctrinamiento en la que tenía que participar todo el campo. En el momento de la pausa, mis compañeros católicos y yo aprovechábamos para pasar un saquito a cada uno de los otros cuatro grupos de prisioneros: todos sabían que Jesús estaba en medio de ellos. Por la noche, los prisioneros se alternaban en turnos de adoración. Jesús eucarístico ayudaba de un modo inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos volvían al fervor de la fe. Su testimonio de servicio y de amor producía un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible.

Así la oscuridad de la cárcel se hizo luz pascual, y la semilla germinó bajo tierra, durante la tempestad. La prisión se transformó en escuela de catecismo. Los católicos bautizaron a sus compañeros; eran sus padrinos.

En conjunto fueron apresados cerca de 300 sacerdotes. Su presencia en varios campos fue providencial, no sólo para los católicos, sino que fue la ocasión para un prolongado diálogo interreligioso que creó comprensión y amistad con todos.

Así Jesús se convirtió –como decía Santa Teresa de Jesús– en el verdadero compañero nuestro en el Santísimo Sacramento. Un solo pan, un solo cuerpo. Y Jesús nos ha hecho ser Iglesia. Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan (1 Co 10, 17). He ahí la Eucaristía que hace a la Iglesia: el cuerpo eucarístico que nos hace Cuerpo de Cristo. O con la imagen joánica: todos nosotros somos una misma vid, con la savia vital del Espíritu que circula en cada uno y en todos (cf. Jn 15).

Sí, la Eucaristía nos hace uno en Cristo. Cirilo de Alejandría recuerda: Para fundirnos en unidad con Dios y entre nosotros, y para amalgamarnos unos con otros, el Hijo unigénito... inventó un medio maravilloso: por medio de un solo cuerpo, su propio cuerpo, él santifica a los fieles en la mística comunión, haciéndolos concorpóreos con él y entre ellos.

Somos una sola cosa: ese uno que se realiza en la participación en la Eucaristía. El Resucitado nos hace uno con Él y con el Padre en el Espíritu. En la unidad realizada por la Eucaristía y vivida en el amor recíproco, Cristo puede tomar en sus manos el destino de los hombres y llevarlos a su verdadera finalidad: un solo Padre y todos hermanos.

Padre nuestro, pan nuestro

Si tomamos conciencia de lo que realiza la Eucaristía, ésta nos hace enlazar inmediatamente las dos palabras de la oración dominical: Padre nuestro y pan nuestro. Da testimonio de ello la Iglesia de los orígenes: Se mantenían constantes... en la fracción del pan, narran los Hechos de los Apóstoles (2, 42). E indican su reflejo inmediato: La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común (Hch 4, 32).

Si Eucaristía y comunión son dos caras inseparables de la misma realidad, esta comunión no puede ser únicamente espiritual. Estamos llamados a dar al mundo el espectáculo de comunidades donde se tenga en común no sólo la fe, sino que se compartan verdaderamente gozos y penas, bienes y necesidades espirituales y materiales.

El ministerio que desarrollo dentro de la Curia Romana al servicio de la justicia y de la paz me hace especialmente sensible a esta instancia. Urge testimoniar que el cuerpo de Cristo es verdaderamente carne para la vida del mundo.

Todos sabemos cómo, en los dos siglos que acaban de pasar, muchas personas que sentían la exigencia de una verdadera justicia social, al no hallar en el ámbito cristiano un testimonio claro y fuerte, han recurrido a falsas esperanzas. Y todos nosotros hemos asistido a verdaderas tragedias, bien sólo escuchando hablar de ellas, bien pagando personalmente.

En nuestros días el problema social no ha disminuido en absoluto. Desgraciadamente, gran parte de la población mundial sigue viviendo en la miseria más inhumana. Se está caminando hacia la globalización en todos los campos, pero esto puede agravar más que resolver los problemas. Falta un auténtico principio unificador, que una, valorando y no masificando a las personas. Falta el principio de la comunión y de la fraternidad universal: Cristo, pan eucarístico que nos hace uno en él y nos enseña a vivir según un estilo eucarístico de comunión.

Los cristianos estamos llamados a dar esta aportación esencial. Lo entendieron muy bien los cristianos de los primeros siglos. Leemos en la Didaché: Pues si sois copartícipes en la inmortalidad, ¿cuánto más en los bienes corruptibles? Juan Crisóstomo exhorta a estar atentos a la presencia de Cristo en el hermano cuando celebramos la Eucaristía: Aquel que dijo: «Esto es mi cuerpo»... y que os ha garantizado con su palabra la verdad de las cosas, ha dicho también: lo que os hayáis negado a hacerle al más pequeño, me lo habéis negado a mí. Consciente de ello, Agustín había construido en Hipona una domus caritatis cerca de su catedral. Y san Basilio había creado una ciudadela de la caridad en Cesarea. Afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf. Mt 25, 40).

Pero la función social de la Eucaristía va más allá. Es necesario que la Iglesia que celebra la Eucaristía sea también capaz de cambiar las estructuras injustas de este mundo en formas nuevas de socialidad, en sistemas económicos donde prevalezca el sentido de la comunión y no del provecho.

Pablo VI acuñó este estupendo programa: Hacer de la mina una escuela de profundidad espiritual y una tranquila pero comprometida palestra de sociología cristiana.

Jesús, Pan de vida, impulsa a trabajar para que no falte el pan que muchos necesitamos todavía: el pan de la justicia y de la paz, allá donde la guerra amenaza y no se respetan los derechos del hombre, de la familia, de los pueblos; el pan de la verdadera libertad, allí donde no rige una justa libertad religiosa para profesar abiertamente la propia fe; el pan de la fraternidad, donde no se reconoce y realiza el sentido de la comunión universal en la paz y en la concordia; el pan de la unidad entre los cristianos, aún divididos, en camino para compartir el mismo pan y el mismo cáliz.
 
(Card. Van Thuan).
(
http://www.lavirgenmaria.com.ar
).

el poder sanador de la Eucaristia.

el poder sanador de la Eucaristia.

El poder sanador de la Eucaristía

Efectos

Cuando recibimos la Eucaristía, son varios los efectos que se producen en nuestra alma. Estos efectos son consecuencia de la unión íntima con Cristo. Él se ofrece en la Misa al Padre para obtenernos por su sacrificio todas las gracias necesarias para los hombres, pero la efectividad de esas gracias se mide por el grado de las disposiciones de quienes lo reciben, y pueden llegar a frustrarse al poner obstáculos voluntarios al recibir el sacramento.

Por medio de este sacramento, se nos aumenta la gracia santificante. Para poder comulgar, ya debemos de estar en gracia, no podemos estar en estado de pecado grave, y al recibir la comunión esta gracia se nos acrecienta, toma mayor vitalidad. Nos hace más santos y nos une más con Cristo. Todo esto es posible porque se recibe a Cristo mismo, que es el autor de la gracia.

Nos otorga la gracia sacramental propia de este sacramento, llamada nutritiva, porque es el alimento de nuestra alma que conforta y vigoriza en ella la vida sobrenatural.

Por otro lado, nos otorga el perdón de los pecados veniales. Se nos perdonan los pecados veniales, lo que hace que el alma se aleje de la debilidad espiritual.


Necesidad

Para todos los bautizados que hayan llegado al uso de razón este sacramento es indispensable. Sería ilógico, que alguien que quiera obtener la salvación, que es alcanzar la verdadera unión íntima con Cristo, no tuviera cuando menos el deseo de obtener aquí en la tierra esa unión que se logra por medio de la Eucaristía.

Es por esto que la Iglesia nos manda a recibir este sacramento cuando menos una vez al año como preparación para la vida eterna. Aunque, este mandato es lo menos que podemos hacer, se recomienda comulgar con mucha frecuencia, si es posible diariamente.

Ministro y Sujeto

Únicamente el sacerdote ordenado puede consagrar, convertir el pan el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sólo él está autorizado para actuar en nombre de Cristo. Fue a los Apóstoles a quienes Cristo les dió el mandato de “Hacer esto en memoria mía”, no se lo dió a todos los discípulos. (Cfr. Lc. 22,).

Esto fue declarado en el Concilio de Letrán, en respuesta a la herejía de los valdenses que no aceptaban la jerarquía y pensaban que todos los fieles tenían los mismos poderes. Fue reiterado en Trento, al condenar la doctrina protestante que no hacía ninguna diferencia entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio de los fieles.

Los que han sido ordenados diáconos, entre sus funciones, está la de distribuir las hostias consagradas, pero no pueden consagrar. Actualmente, por la escasez de sacerdotes, la Iglesia ha visto la necesidad de que existan los llamados, ministros extraordinarios de la Eucaristía. La función de estos ministros es de ayudar a los sacerdotes a llevar la comunión a los enfermos y a distribuir la comunión en la Misa.

Todo bautizado puede recibir la Eucaristía, siempre que se encuentre en estado de gracia, es decir, sin pecado mortal. Haya tenido la preparación necesaria y tenga una recta intención, que no es otra cosa que, tener el deseo de entrar en unión con Cristo, no comulgar por rutina, vanidad, compromiso, sino por agradar a Dios.

Los pecados veniales no son un impedimento para recibir la Eucaristía. Ahora bien, es conveniente tomar conciencia de ellos y arrepentirse. Si es a Cristo al que vamos a recibir, debemos tener la delicadeza de estar lo más limpios posibles.

En virtud de que la gracia producida, “ex opere operato”, depende de las disposiciones del sujeto que la va a recibir, es necesaria una buena preparación antes de la comunión y una acción de gracias después de haberla recibido. Además del ayuno eucarístico, una hora antes de comulgar, la manera de vestir, la postura, etc. en señal de respeto a lo que va a suceder.

 Publicado por Lupita Venegas
(
http://desdeelcorazonradio.blogspot.com.ar/2011/02/el-poder-sanador-de-la-eucaristia.html
).

La celebracion eucaristica y el misterio de la cruz.

La celebracion eucaristica y el misterio de la cruz.

Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net
La celebración eucarística y el misterio de la cruz
Cuando recibimos la sagrada comunión, abrazamos el madero que Jesús con su amor transformó en instrumento de salvación. 
 
 

 

Queridos hermanos y hermanas:

(...) Hoy podemos meditar en el profundo e indisoluble vínculo que une la celebración eucarística y el misterio de la cruz.

En efecto, toda santa misa actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota y a la "hora" de la muerte en la cruz ―escribió el amado Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia― «vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la santa misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella» (n. 4).

Por tanto, la Eucaristía es el memorial de todo el misterio pascual: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al cielo, y la cruz es la conmovedora manifestación del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios salvó al hombre y al mundo del pecado y de la muerte. Por eso, la señal de la cruz es el gesto fundamental de nuestra oración, de la oración del cristiano.

Hacer la señal de la cruz ―como hacemos con la bendición― es pronunciar un sí visible y público a Aquel que murió por nosotros y resucitó, al Dios que en la humildad y debilidad de su amor es el Todopoderoso, más fuerte que todo el poder y la inteligencia del mundo.

Después de la consagración, la asamblea de los fieles, consciente de estar en la presencia real de Cristo crucificado y resucitado, aclama: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!". Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, como Tomás, llena de asombro, puede repetir: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20, 28).

La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria como la cruz, que no es un accidente, sino el paso a través del cual Cristo entró en su gloria (cf. Lc 24, 26) y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad. Por eso, la liturgia nos invita a orar con confianza y esperanza: Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor, que con tu santa cruz redimiste al mundo!

María, presente en el Calvario junto a la cruz, está también presente, con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas (cf. Ecclesia de Eucharistia, 57). Por eso, nadie mejor que ella puede enseñarnos a comprender y vivir con fe y amor la santa misa, uniéndonos al sacrificio redentor de Cristo. Cuando recibimos la sagrada comunión también nosotros, como María y unidos a ella, abrazamos el madero que Jesús con su amor transformó en instrumento de salvación, y pronunciamos nuestro "amén", nuestro "sí" al Amor crucificado y resucitado.
(
http://es.catholic.net/aprendeaorar/32/398/articulo.php?id=39402
).

Comulgar sin confesar.

Autor: Miguel Rivilla San Martín | Fuente:
www.periodismocatolico.com
Comulgar sin confesar
Muchos de los que se acercan a comulgar no reunen las condiciones necesarias para ello 
 
Cualquier observador atento de las celebraciones litúrgicas habrá constatado un fenómeno generalizado que se está convirtiendo en algo normal. A saber:

-Ha disminuido alarmantemente, el número de fieles que acceden al sacramento del perdón.

- Ha aumentado considerablemente, el número de fieles que se acercan a comulgar.

- Bastantes celebraciones sacramentales (bautizos, bodas, funerales... ), para muchos asistentes, son meros actos sociales.

La enseñanza de la Iglesia, basada en la Palabra de Dios, ha sido constante a lo largo de los siglos. Siempre ha enseñado que para comulgar, se precisa estar en gracia de Dios -sin pecado grave en la conciencia- y guardar el ayuno pertinente.

En la preciosa encíclica del Papa Juan Pablo II sobre la Iglesia y la Eucaristía en su nº 36c, el Papa ha dejado clara la enseñanza oficial de la Iglesia expuesta en el Catecismo, en el Código de Derecho canónico y “la vigencia de la norma del Concilio de Trento concretando la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”.

No es exagerado afirmar que muchos de los que se acercan a comulgar no reunen las condiciones necesarias para ello; sea por ignorancia, por falta de fe, por rutina o mimetismo (¿dónde va Vicente?..) o por estar en pecado grave, incluso años sin confesarse etc...

Esta praxis está llevando a una trivialización del sacramento principal de la Iglesia y a un falseamiento de la conciencia de muchos bautizados. Los responsables directos de cada celebración eucarística (abusos, sacrilegios etc ...) son los ministros ordenados, obispos y sacerdotes, que presiden las mismas.

A falta de una catequesis adecuada y previa ¿No cabría una advertencia hecha con todo respeto a los presentes, antes de dar la comunión?. Verbi gratia. NO HAY OBLIGACIÒN DE ACERCARSE A COMULGAR... Los que vayan a hacerlo, examinen su conciencia ante Dios y vean si están en su santa gracia. El tomar conciencia de este fenómeno es urgente, muy grave y de la máxima responsabilidad.

ACTÚESE EN CONSECUENCIA.
(
http://www.egrupos.net/grupo/diosexiste
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Celebrar la Cena del Senor.

Celebrar la Cena del Señor[1]

 

Los de Corinto nunca tuvimos buena fama: cuando en cualquier lugar del imperio se hablaba de «vivir a la corintia», ya se sabía que se estaba aludiendo a las costumbres licenciosas de nuestra ciudad, a la que el tráfico de sus dos puertos y el culto a la diosa Afrodita, habían convertido en símbolo de conductas permisivas en todo lo sexual.

 

Yo pertenecía a una familia acomodada de emigrantes judíos afincados hacía tiempo en Corinto, y que habían ido adquiriendo renombre como armadores de barcos de pesca. Desde pequeño me acostumbré a ver entre el servicio de mi casa a esclavos de color, traídos de Nubia y Etiopía, cuyos hijos habían nacido ya entre nosotros.

 

Conocimos a Pablo de Tarso a su vuelta de Atenas donde, por lo que supimos después, había vivido un fracaso estrepitoso. Nos lo trajo una tal Damaris que había escuchado su discurso en el areópago y había abrazado el Camino. Nos impactó el apasionamiento con que hablaba de Jesús como de alguien vivo, y la convicción con que afirmaba lo que «e! Señor» (así lo llamaba él) le había comunicado: En Corinto tengo yo un pueblo numeroso (He 18,10).

 

Al final de aquel mes que pasó entre nosotros, mi padre, de nombre Esteban, decidió que él con toda su casa, es decir, con su familia y servidumbre, abrazaríamos la fe y recibiríamos el bautismo. La predicación de Pablo estaba siendo fecunda y, al cabo de unos meses, fuimos bautizados por el propio Pablo, cosa que no solía hacer, en la noche de Pascua. Poco después recibió también el bautismo de manos de Apolo un nutrido grupo de catecúmenos, y recuerdo que mi padre comentó disgustado que había demasiada gentuza entre ellos: pescadores, cargadores del puerto y hasta mujeres de mala fama.

 

Como teníamos una casa espaciosa, era en ella donde nos reuníamos cada semana para celebrar el día del Señor pero, como es lógico, no nos mezclábamos unos con otros: a la hora señalada iban acudiendo algunas familias conocidas que también habían recibido el bautismo. Los esclavos lavaban y perfumaban sus pies a su llegada y los introducían después en el comedor donde todo estaba preparado para un refinado y abundante ágape al que los recién llegados también contribuían con esplendidez. A veces, mientras cenábamos, surgían discusiones entre los más cercanos a Apolo y los partidarios de Cefas o de Pablo y cada uno defendía a su patrono con vehemencia.

 

Los que no eran libres, nobles o ricos no participaban de nuestra cena, se quedaban en el atrio y los criados sabían distinguir bien a quiénes debían hacer pasar a uno u otro lugar, ya que su sola indumentaria bastaba para separarlos. Al final nos reuníamos todos, siguiendo costumbres y convicciones que una religión razonable como la que acabábamos de profesar ratificaba sin duda, como un orden establecido desde siempre.

 

Eso no es la Cena del Señor
Por eso nos causó estupor lo que ocurrió durante la visita de Timoteo, un compañero de Pablo que él nos enviaba desde Efeso: a su llegada, no se dejó lavar los pies por el esclavo encargado de ello y se negó a pasar a la sala donde le aguardábamos, dirigiéndose en cambio al atrio y mezclándose con el grupo de gente que allí compartía sus escasas provisiones. Su actitud provocó desconcierto y malestar entre la gente distinguida, y se acentuó aún más al ver que Timoteo entraba en el comedor seguido de aquella gente de baja extracción, y los invitaba a mezclarse con nosotros para escuchar juntos la carta que nos enviaba Pablo.

 

Al comenzar su lectura nos pareció que estaba dirigida sólo al grupo de pobres: Observad, hermanos, quiénes habéis sido llamados: no muchos sabios en lo humano, no muchos poderosos, no muchos nobles; antes bien, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes, a los plebeyos y despreciados ha elegido Dios, a los que nada son, para anular a los que son algo». Pero lo que seguía nos implicaba a todos con un tono de severa preocupación: «Vuestras reuniones traen más perjuicio que beneficio (...) y cuando os reunís, no coméis la cena del Señor, pues unos se adelantan a consumir su propia cena y mientras uno pasa hambre, otro se emborracha. ¿Menospreciáis la asamblea de Dios y avergonzáis a los que nada poseen? ¿Y voy a alabaros? ¡En esto no os alabo! (1Co 11,17 y ss.). Y nos explicaba después la tradición que él mismo había recibido sobre la última cena del Señor con los suyos, y cómo debíamos seguir haciendo lo mismo en memoria suya.

 

Al acabar la carta se hizo un prolongado silencio. Yo sentía en mí una lucha de sentimientos encontrados: por un lado el respeto a viejas costumbres aprendidas y, por otro, un vendaval de novedad que removía y hacía desaparecer barreras, divisiones y prejuicios. Y algo me decía que no era el único arrastrado por la misma fuerza. Eso me decidió a ponerme en pie, tomar un espléndido racimo de uvas de la mesa y rodear la sala hasta acercarme a un hombre mal vestido y de aspecto temeroso. Me senté junto a él y partí el racimo para ofrecerle la mitad. Él abrió su zurrón y sacó un puñado de dátiles que compartió conmigo: «–Los cogí yo mismo en el oasis de Engadí, junto al Mar de la Arabá, vengo de allí, de trabajar en las salinas». Miré de reojo y vi a mi padre sirviendo vino a un estibador del puerto y tomando un poco del pez ahumado con pan de cebada que él le ofrecía, y lo mismo iba ocurriendo con otros invitados. Circuló una copa del excelente vino griego, y luego otra, y la sala se fue llenando poco a poco de murmullos y de risas. Algo estaba cambiando y todos lo sabíamos.

 

Como sabíamos también que al día siguiente seguiríamos amenazados por nuestras diferencias en forma de posesiones, honras o saberes, que tratarían de levantar de nuevo barreras entre nosotros.

 

Comenzaba una gran lucha por hacer verdad en nuestra vida la fiesta de inclusión que ahora estábamos viviendo. Y que esta vez sí que era la Cena del Señor.

 

Tiempo para la Palabra

Al encomendaros estas cosas, hay algo que no alabo: que vuestras reuniones traen más perjuicio que beneficio. En primer lugar, he oído que cuando os reunís en asamblea, hay divisiones entre vosotros, y en parte lo creo; porque es inevitable que haya divisiones entre vosotros, para que se muestre quiénes de vosotros sois auténticos. Y así resulta que, cuando os reunís, no coméis la cena del Señor. Pues unos se adelantan a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se emborracha. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿Menospreciáis la asamblea de Dios y avergonzáis a los que nada poseen? ¿Qué puedo deciros?, ¿voy a alabaros? En esto no os alabo (1Co 11, 17-23).

 

Tiempo para otras Palabras

Vivir conformes a la tradición de Cristo
«Nadie puede tomar parte en el alimento que llamamos Eucaristía si no vive conforme a la tradición de Cristo. Por eso, los que tienen bienes, vienen en ayuda de los que carecen de ellos. Por lo que comemos, bendecimos al Creador del universo por su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo. El día del sol (el domingo), todos los habitantes de las ciudades o del campo se reúnen en un único lugar. Se leen los recuerdos de los apóstoles y los escritos de los profetas durante un tiempo conveniente. Al terminar la lectura, el que preside toma la palabra para llamar la atención sobre unas enseñanzas tan hermosas y exhortar a seguirlas. En seguida, nos levantamos todos y expresamos nuestras intenciones de oración. Después se trae pan, vino y agua y el presidente eleva de todo corazón al cielo oraciones y acciones de gracias, y el pueblo responde por la aclamación: ¡Amén!

 

Después se comparte y se distribuye a cada uno los alimentos consagrados y se envía su parte a los ausentes por medio de los diáconos. Los que son ricos y quieren ser generosos, dan espontáneamente, cada uno lo que le parece, y se entrega al presidente el producto de esta colecta para que él se encargue de socorrer a los huérfanos y viudas, o a los que por enfermedad o de otras causas pasan necesidad, como los prisioneros y los extranjeros. En una palabra, se atiende a todos los que lo necesitan. Y nos reunimos el día del sol porque es el primer día, aquel en que Dios separó la luz de las tinieblas para hacer el mundo y es el día en que Nuestro Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos.»

San Justino, siglo II

 

Llegar a ser eucarístico
«La Eucaristía modela no solamente a la Iglesia y a la comunidad de los cristianos entre ellos, sino también su manera de estar en el mundo que debe ser compartir y servir, en una tensión siempre renovada hacia la comunión entre los humanos y la transfiguración de la tierra. Porque cada uno está llamado a "hacer eucaristía" en todas las cosas (1Tes 5,18) y convertirse en un "hombre eucarístico".»

O, Clément

 

¿Dónde están nuestras comuniones?
«No podemos, al mismo tiempo, beber del cáliz del Señor y del de los espíritus del mal; no podemos beber del cáliz de la vida consagrada al amor hasta la pasión, del testamento del Maestro arrodillado a los pies de los discípulos, del gesto del Siervo que entrega como herencia el testimonio del pan compartido, y comulgar al mismo tiempo con el espíritu del mundo que aplasta a los débiles, que abandona a los desesperados, que somete a los que dudan y que destruye a los que se desvían. Hermanos, sumergíos hasta el fondo, construid sobre el amor que llega hasta el límite. La casa resistirá entonces las tempestades y vuestra vida se desarrollará en comunión eterna con Dios.»

M. Bastin, Dios cada día (vol. 5)

 

Tiempo para Orar

Después de leer el texto de 1Co 11,17-34, dedica un tiempo a reflexionar sobre las palabras: Cada cual se adelanta a comer su propia cena... (v. 21), en que aparecen expresadas las actitudes de ansiedad, posesividad e insolidaridad, el polo opuesto a lo que podemos llamar «la actitud eucarística». Ponte un rato delante de Jesús para contemplar en él ese talante suyo de «adelantarse», pero no para pensar en sí mismo y en satisfacer su necesidad, sino en nosotros para alimentarnos, cuidarnos y darnos vida. Mírale tomando el pan en sus manos, no para comerlo él solo, sino para partirlo y entregárnoslo a nosotros. Pídele que grabe esa manera de ser suya «como un sello sobre tu corazón» (Cant 8,6), como un tatuaje en tus manos para que se vayan pareciendo a las suyas.

 

Tiempo para Compartir y Celebrar la Fe

Con jóvenes o adultos
Leer el texto de Corintios y, después de un tiempo de silencio, reconocer y pedir perdón por aquello que impide que nuestras eucaristías sean de verdad «la Cena del Señor»: divisiones, despreocupación por los débiles y excluidos, ritualismo...

Agradecer lo que ya en ellas, aunque sea parcialmente, va en la línea de lo que Jesús quería: comunicación, gestos de compartir, compromiso de ir trabajando por un mundo justo y en paz...

Buscar y decidir un paso pequeño pero posible, que vaya creando entre nosotros la fiesta de la inclusión.

 


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[1] ALEIXANDRE, Dolores, Relatos desde la mesa compartida, CCS, Madrid, 1999, pp. 123-129.
(
http://www.mercaba.org
).