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Se muestran los artículos pertenecientes al tema SACRAMENTOS. LA EUCARISTIA.

Desde la fe: ¿como es nuestra Misa?

Desde la fe: ¿cómo es nuestra Misa?

 

Es la comunidad que celebra la presencia

de Jesucristo muerto y resucitado.

¿Por qué a veces desde el altar, por la cara que algunas

personas presentan, da la sensación de que asisten

a un pésame?

 

Es el pueblo de Dios que se reúne y se alegra

por la Palabra que viene del cielo.

¿Por qué, entonces, estamos tristes cuando nuestro rostro

debiera de reflejar el gozo del encuentro de los hijos con el Padre?

 

Es el grupo de los que expresan su pertenencia

a los seguidores del Señor.

¿Por qué, si nos hicieran una foto, parecería como si

estuviésemos obligados o como si “aquella fiesta”

no fuera con nosotros?

 

Es sentir que, en la Eucaristía, Jesús nos hace más libres

y más conscientes de lo que somos.

¿Por qué, entonces, posturas tan rígidas y respuestas

que no las sienten ni el nudo de nuestra corbata?

 

Es ofrecer la paz y no solamente la mano.

¿Por qué, en muchas ocasiones, alargamos la mano

y no miramos a los ojos?

 

Es una reunión de familia: los hijos de Dios.

¿Por qué entramos y nos vamos sin, por lo menos,

de vez en cuando saludarnos o detenernos? Alguien,

con cierta sorna, me decía no hace mucho tiempo:

"id a una misa….y os daréis cuenta que, en una mesa,

se sientan unos grandes desconocidos dándose

la espalda unos a otros".

 

Es una Acción de Gracias.

¿Por qué, después de la comunión, no dejamos de cantar,

de buscar el bolso o de pensar en el abrigo y guardamos

un momento en el silencio por el alimento que el Señor

nos ha servido?

 

Es salir con la huella y la interpelación que nos

ha dejado la Palabra.

Me viene a la memoria la contestación de una feligresa

a la salida de un funeral: “no me digas lo que ha dicho

el evangelio. Sólo sé que ha sido muy bonito”.

 

Es descansar en medio de los agobios y del estrés

que el día o la semana nos ha producido.

¿Por qué falta un poco de calor y de acogida?

¿Por qué nos agobia media hora escasa en la casa de Dios

y no nos aburren dos horas seguidas en un comercio, ocio o un bar?

 

Es ir a una “puesta a punto”.

¿Por qué entonces, la eucaristía, a veces es rutina y cumplimiento,

quedar bien con la conciencia pero…salir como habíamos entrado?

 

¿La misa?

Es estar, vivir, cantar, celebrar, escuchar, disfrutar y asistir

con los cinco sentidos ante el Señor que habla, escucha,

se hace presente y se nos da.

 

P. Javier Leoz
(
http://www.celebrandolavida.org
).

Comulgar sin confesar.

Autor: Miguel Rivilla San Martín | Fuente: www.periodismocatolico.com
Comulgar sin confesar
Muchos de los que se acercan a comulgar no reunen las condiciones necesarias para ello 
 
Cualquier observador atento de las celebraciones litúrgicas habrá constatado un fenómeno generalizado que se está convirtiendo en algo normal. A saber:

-Ha disminuido alarmantemente, el número de fieles que acceden al sacramento del perdón.

- Ha aumentado considerablemente, el número de fieles que se acercan a comulgar.

- Bastantes celebraciones sacramentales (bautizos, bodas, funerales... ), para muchos asistentes, son meros actos sociales.

La enseñanza de la Iglesia, basada en la Palabra de Dios, ha sido constante a lo largo de los siglos. Siempre ha enseñado que para comulgar, se precisa estar en gracia de Dios -sin pecado grave en la conciencia- y guardar el ayuno pertinente.

En la preciosa encíclica del Papa Juan Pablo II sobre la Iglesia y la Eucaristía en su nº 36c, el Papa ha dejado clara la enseñanza oficial de la Iglesia expuesta en el Catecismo, en el Código de Derecho canónico y “la vigencia de la norma del Concilio de Trento concretando la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”.

No es exagerado afirmar que muchos de los que se acercan a comulgar no reunen las condiciones necesarias para ello; sea por ignorancia, por falta de fe, por rutina o mimetismo (¿dónde va Vicente?..) o por estar en pecado grave, incluso años sin confesarse etc...

Esta praxis está llevando a una trivialización del sacramento principal de la Iglesia y a un falseamiento de la conciencia de muchos bautizados. Los responsables directos de cada celebración eucarística (abusos, sacrilegios etc ...) son los ministros ordenados, obispos y sacerdotes, que presiden las mismas.

A falta de una catequesis adecuada y previa ¿No cabría una advertencia hecha con todo respeto a los presentes, antes de dar la comunión?. Verbi gratia. NO HAY OBLIGACIÒN DE ACERCARSE A COMULGAR... Los que vayan a hacerlo, examinen su conciencia ante Dios y vean si están en su santa gracia. El tomar conciencia de este fenómeno es urgente, muy grave y de la máxima responsabilidad.

ACTÚESE EN CONSECUENCIA.
(
http://www.egrupos.net/grupo/diosexiste
).

La Eucaristia en la vida de Maria.

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LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DE MARÍA

 
 
El Pan eucarístico que recibimos es el verdadero Cuerpo nacido de María Virgen. Jesús es «carne y sangre de María» . Podemos descubrir de esta forma una semejanza profunda entre el HÁGASE de María y el amén que cada fiel pronuncia antes de recibir el Cuerpo de Cristo. A María le pidió el ángel creer que Aquel que nacería de su seno era el Hijo de Dios y a nosotros se nos pide de manera análoga creer que es el mismo Señor Jesús quien está presente de forma verdadera, real y substancial bajo la apariencia del pan.
 
En la VISITACIÓN de María a su prima Isabel podemos descubrir a la Madre como «el primer "tabernáculo" de la historia» donde el Señor Jesús, todavía oculto a los ojos y oídos de los hombres, «se ofrece a la adoración de Isabel, como "irradiando" su luz a través de los ojos y la voz de María». María es verdaderamente la "Custodia viva del Señor", el «admirable ostensorio del Cuerpo de Cristo».
 
Podemos también releer el MAGNIFICAT en perspectiva eucarística. Tanto la Eucaristía como el cántico de María son una acción de gracias a Dios que se complace en la humildad y obediencia de su Siervo, Jesús, y de su Sierva, María. Como en el per ipsum de la misa, María alaba al Padre por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, dándole todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Así pues, «¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!».
 
La actitud de la Madre ante el NACIMIENTO de su Hijo es también modélica: su mirada extasiada contemplando el rostro del Niño Jesús, tomándolo en sus brazos con todo el cariño de su amor maternal ¿no será acaso el modelo en el que ha de inspirarse cada fiel al recibir la comunión eucarística o al adorarlo presente en el sagrario? Cuando unimos nuestra mente y nuestro corazón al sacerdote que repite el gesto y las palabras de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato «¡Haced esto en conmemoración mía!», respondemos a la vez a la invitación de María en las bodas de CANÁ para obedecerle fielmente: «Haced lo que Él os diga».
 
María hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía con toda su vida, especialmente al pie de la CRUZ: «Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de "Eucaristía anticipada" se podría decir, una "comunión espiritual" de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como "memorial" de la pasión» . ¿Qué habrá experimentado la Madre al escuchar de boca de Pedro, Juan y los demás apóstoles las palabras de la Última Cena: «Éste es mi cuerpo que será entregado por vosotros»? Para María recibir la Eucaristía debía ser una experiencia singularmente paradójica, puesto que es como si de nuevo acogiera a su Hijo en su corazón y en su vientre, participara de nuevo en su crucifixión y lo reconociese RESUCITADO, realmente presente según su promesa: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
Eucaristía
«Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. "Permaneced en mí, y yo en vosotros" (Jn 15,4). Esta relación de íntima y recíproca "permanencia" nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra» . ¿Cuándo más podemos decir sino en el momento mismo de la comunión: «Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí» ? He ahí el ideal que anhela nuestro corazón, la plenitud de todas nuestras aspiraciones, el sentido último de nuestras vidas: ¡la comunión eterna!
(
http://www.caminohaciadios.com
http://www.lavirgenmaria.com.ar
).

Eucaristia en un campo de concentracion.

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EUCARISTÍA en un CAMPO de CONCENTRACIÓN.


Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino dentro de mí una pregunta angustiosa: ¿Podré seguir celebrando la Eucaristía? Fue la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En cuanto me vieron, me preguntaron: ¿Ha podido celebrar la Santa misa?

En el momento en que vino a faltar todo, la Eucaristía estuvo en la cumbre de nuestros pensamientos: el pan de vida. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo (Jn 6, 51).

¡Cuántas veces me acordé de la frase de los mártires de Abitene (s. IV), que decían: Sine Dominico non possumus! ¡No podemos vivir sin la celebración de la Eucaristía!

En todo tiempo, y especialmente en época de persecución, la Eucaristía ha sido el secreto de la vida de los cristianos: la comida de los testigos, el pan de la esperanza.

Eusebio de Cesarea recuerda que los cristianos no dejaban de celebrar la Eucaristía ni siquiera en medio de las persecuciones: Cada lugar donde se sufría era para nosotros un sitio para celebrar..., ya fuese un campo, un desierto, un barco, una posada, una prisión... El Martirologio del siglo XX está lleno de narraciones conmovedoras de celebraciones clandestinas de la Eucaristía en campos de concentración. ¡Porque sin la Eucaristía no podemos vivir la vida de Dios!

En memoria mía

En la última cena, Jesús vive el momento culminante de su experiencia terrena: la máxima entrega en el amor al Padre y a nosotros expresada en su sacrificio, que anticipa en el cuerpo entregado y en la sangre derramada.

Él nos deja el memorial de este momento culminante, no de otro, aunque sea espléndido y estelar, como la transfiguración o uno de sus milagros. Es decir, deja en la Iglesia el memorial presencia de ese momento supremo del amor y del dolor en la cruz, que el Padre hace perenne y glorioso con la resurrección. Para vivir de Él, para vivir y morir como Él.

Jesús quiere que la Iglesia haga memoria de Él y viva sus sentimientos y sus consecuencias a través de su presencia viva. Haced esto en memoria mía (cf. I Co 11, 25).

Vuelvo a mi experiencia. Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos, para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes... Les puse: Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago. Los fieles comprendieron enseguida.
.Su testimonio de servicio y de amor producía un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible

Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: medicina contra el dolor de estómago, y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.

La policía me preguntó:
–¿Le duele el estómago?
–Sí.
–Aquí tiene una medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo, como dice Ignacio de Antioquía.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con Él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida!

Quien come de mí vivirá por mí

Así me alimenté durante años con el pan de la vida y el cáliz de la salvación.

Sabemos que el aspecto sacramental de la comida que alimenta y de la bebida que fortalece sugiere la vida que Cristo nos da y la transformación que él realiza: El efecto propio de la Eucaristía es la transformación del hombre en Cristo, afirman los Padres. Dice León Magno: La participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa que transformarnos en lo que tomamos. Agustín da voz a Jesús con esta frase: Tú no me cambiarás en ti, como la comida de la carne, sino que serás transformado en mí. Mediante la Eucaristía nos hacemos, como dice Cirilo de Jerusalén, concorpóreos y consanguíneos con Cristo. Jesús vive en nosotros y nosotros en Él, en una especie de simbiosis y de mutua inmanencia: Él vive en mí, permanece en mí, actúa a través de mí.

La Eucaristía en el campo de reeducación

Así, en la prisión, sentía latir en mi corazón el corazón de Cristo. Sentía que mi vida era su vida, y la suya era la mía.

La Eucaristía se convirtió para mí y para los demás cristianos en una presencia escondida y alentadora en medio de todas las dificultades. Jesús en la Eucaristía fue adorado clandestinamente por los cristianos que vivían conmigo, como tantas veces ha sucedido en los campos de concentración del siglo XX.

En el campo de reeducación estábamos divididos en grupos de 50 personas; dormíamos en un lecho común; cada uno tenía derecho a 50 cm. Nos arreglamos para que hubiera cinco católicos conmigo. A las 21.30 había que apagar la luz y todos tenían que irse a dormir. En aquel momento me encogía en la cama para celebrar la misa, de memoria, y repartía la comunión pasando la mano por debajo de la mosquitera. Incluso fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento y llevarlo a los demás. Jesús Eucaristía estaba siempre conmigo en el bolsillo de la camisa.

Una vez por semana había una sesión de adoctrinamiento en la que tenía que participar todo el campo. En el momento de la pausa, mis compañeros católicos y yo aprovechábamos para pasar un saquito a cada uno de los otros cuatro grupos de prisioneros: todos sabían que Jesús estaba en medio de ellos. Por la noche, los prisioneros se alternaban en turnos de adoración. Jesús eucarístico ayudaba de un modo inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos volvían al fervor de la fe. Su testimonio de servicio y de amor producía un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible.

Así la oscuridad de la cárcel se hizo luz pascual, y la semilla germinó bajo tierra, durante la tempestad. La prisión se transformó en escuela de catecismo. Los católicos bautizaron a sus compañeros; eran sus padrinos.

En conjunto fueron apresados cerca de 300 sacerdotes. Su presencia en varios campos fue providencial, no sólo para los católicos, sino que fue la ocasión para un prolongado diálogo interreligioso que creó comprensión y amistad con todos.

Así Jesús se convirtió –como decía Santa Teresa de Jesús– en el verdadero compañero nuestro en el Santísimo Sacramento. Un solo pan, un solo cuerpo. Y Jesús nos ha hecho ser Iglesia. Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan (1 Co 10, 17). He ahí la Eucaristía que hace a la Iglesia: el cuerpo eucarístico que nos hace Cuerpo de Cristo. O con la imagen joánica: todos nosotros somos una misma vid, con la savia vital del Espíritu que circula en cada uno y en todos (cf. Jn 15).

Sí, la Eucaristía nos hace uno en Cristo. Cirilo de Alejandría recuerda: Para fundirnos en unidad con Dios y entre nosotros, y para amalgamarnos unos con otros, el Hijo unigénito... inventó un medio maravilloso: por medio de un solo cuerpo, su propio cuerpo, él santifica a los fieles en la mística comunión, haciéndolos concorpóreos con él y entre ellos.

Somos una sola cosa: ese uno que se realiza en la participación en la Eucaristía. El Resucitado nos hace uno con Él y con el Padre en el Espíritu. En la unidad realizada por la Eucaristía y vivida en el amor recíproco, Cristo puede tomar en sus manos el destino de los hombres y llevarlos a su verdadera finalidad: un solo Padre y todos hermanos.

Padre nuestro, pan nuestro

Si tomamos conciencia de lo que realiza la Eucaristía, ésta nos hace enlazar inmediatamente las dos palabras de la oración dominical: Padre nuestro y pan nuestro. Da testimonio de ello la Iglesia de los orígenes: Se mantenían constantes... en la fracción del pan, narran los Hechos de los Apóstoles (2, 42). E indican su reflejo inmediato: La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común (Hch 4, 32).

Si Eucaristía y comunión son dos caras inseparables de la misma realidad, esta comunión no puede ser únicamente espiritual. Estamos llamados a dar al mundo el espectáculo de comunidades donde se tenga en común no sólo la fe, sino que se compartan verdaderamente gozos y penas, bienes y necesidades espirituales y materiales.

El ministerio que desarrollo dentro de la Curia Romana al servicio de la justicia y de la paz me hace especialmente sensible a esta instancia. Urge testimoniar que el cuerpo de Cristo es verdaderamente carne para la vida del mundo.

Todos sabemos cómo, en los dos siglos que acaban de pasar, muchas personas que sentían la exigencia de una verdadera justicia social, al no hallar en el ámbito cristiano un testimonio claro y fuerte, han recurrido a falsas esperanzas. Y todos nosotros hemos asistido a verdaderas tragedias, bien sólo escuchando hablar de ellas, bien pagando personalmente.

En nuestros días el problema social no ha disminuido en absoluto. Desgraciadamente, gran parte de la población mundial sigue viviendo en la miseria más inhumana. Se está caminando hacia la globalización en todos los campos, pero esto puede agravar más que resolver los problemas. Falta un auténtico principio unificador, que una, valorando y no masificando a las personas. Falta el principio de la comunión y de la fraternidad universal: Cristo, pan eucarístico que nos hace uno en él y nos enseña a vivir según un estilo eucarístico de comunión.

Los cristianos estamos llamados a dar esta aportación esencial. Lo entendieron muy bien los cristianos de los primeros siglos. Leemos en la Didaché: Pues si sois copartícipes en la inmortalidad, ¿cuánto más en los bienes corruptibles? Juan Crisóstomo exhorta a estar atentos a la presencia de Cristo en el hermano cuando celebramos la Eucaristía: Aquel que dijo: «Esto es mi cuerpo»... y que os ha garantizado con su palabra la verdad de las cosas, ha dicho también: lo que os hayáis negado a hacerle al más pequeño, me lo habéis negado a mí. Consciente de ello, Agustín había construido en Hipona una domus caritatis cerca de su catedral. Y san Basilio había creado una ciudadela de la caridad en Cesarea. Afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf. Mt 25, 40).

Pero la función social de la Eucaristía va más allá. Es necesario que la Iglesia que celebra la Eucaristía sea también capaz de cambiar las estructuras injustas de este mundo en formas nuevas de socialidad, en sistemas económicos donde prevalezca el sentido de la comunión y no del provecho.

Pablo VI acuñó este estupendo programa: Hacer de la mina una escuela de profundidad espiritual y una tranquila pero comprometida palestra de sociología cristiana.

Jesús, Pan de vida, impulsa a trabajar para que no falte el pan que muchos necesitamos todavía: el pan de la justicia y de la paz, allá donde la guerra amenaza y no se respetan los derechos del hombre, de la familia, de los pueblos; el pan de la verdadera libertad, allí donde no rige una justa libertad religiosa para profesar abiertamente la propia fe; el pan de la fraternidad, donde no se reconoce y realiza el sentido de la comunión universal en la paz y en la concordia; el pan de la unidad entre los cristianos, aún divididos, en camino para compartir el mismo pan y el mismo cáliz.
 
(Card. Van Thuan).
(
http://www.lavirgenmaria.com.ar
).

el poder sanador de la Eucaristia.

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El poder sanador de la Eucaristía

Efectos

Cuando recibimos la Eucaristía, son varios los efectos que se producen en nuestra alma. Estos efectos son consecuencia de la unión íntima con Cristo. Él se ofrece en la Misa al Padre para obtenernos por su sacrificio todas las gracias necesarias para los hombres, pero la efectividad de esas gracias se mide por el grado de las disposiciones de quienes lo reciben, y pueden llegar a frustrarse al poner obstáculos voluntarios al recibir el sacramento.

Por medio de este sacramento, se nos aumenta la gracia santificante. Para poder comulgar, ya debemos de estar en gracia, no podemos estar en estado de pecado grave, y al recibir la comunión esta gracia se nos acrecienta, toma mayor vitalidad. Nos hace más santos y nos une más con Cristo. Todo esto es posible porque se recibe a Cristo mismo, que es el autor de la gracia.

Nos otorga la gracia sacramental propia de este sacramento, llamada nutritiva, porque es el alimento de nuestra alma que conforta y vigoriza en ella la vida sobrenatural.

Por otro lado, nos otorga el perdón de los pecados veniales. Se nos perdonan los pecados veniales, lo que hace que el alma se aleje de la debilidad espiritual.


Necesidad

Para todos los bautizados que hayan llegado al uso de razón este sacramento es indispensable. Sería ilógico, que alguien que quiera obtener la salvación, que es alcanzar la verdadera unión íntima con Cristo, no tuviera cuando menos el deseo de obtener aquí en la tierra esa unión que se logra por medio de la Eucaristía.

Es por esto que la Iglesia nos manda a recibir este sacramento cuando menos una vez al año como preparación para la vida eterna. Aunque, este mandato es lo menos que podemos hacer, se recomienda comulgar con mucha frecuencia, si es posible diariamente.

Ministro y Sujeto

Únicamente el sacerdote ordenado puede consagrar, convertir el pan el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sólo él está autorizado para actuar en nombre de Cristo. Fue a los Apóstoles a quienes Cristo les dió el mandato de “Hacer esto en memoria mía”, no se lo dió a todos los discípulos. (Cfr. Lc. 22,).

Esto fue declarado en el Concilio de Letrán, en respuesta a la herejía de los valdenses que no aceptaban la jerarquía y pensaban que todos los fieles tenían los mismos poderes. Fue reiterado en Trento, al condenar la doctrina protestante que no hacía ninguna diferencia entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio de los fieles.

Los que han sido ordenados diáconos, entre sus funciones, está la de distribuir las hostias consagradas, pero no pueden consagrar. Actualmente, por la escasez de sacerdotes, la Iglesia ha visto la necesidad de que existan los llamados, ministros extraordinarios de la Eucaristía. La función de estos ministros es de ayudar a los sacerdotes a llevar la comunión a los enfermos y a distribuir la comunión en la Misa.

Todo bautizado puede recibir la Eucaristía, siempre que se encuentre en estado de gracia, es decir, sin pecado mortal. Haya tenido la preparación necesaria y tenga una recta intención, que no es otra cosa que, tener el deseo de entrar en unión con Cristo, no comulgar por rutina, vanidad, compromiso, sino por agradar a Dios.

Los pecados veniales no son un impedimento para recibir la Eucaristía. Ahora bien, es conveniente tomar conciencia de ellos y arrepentirse. Si es a Cristo al que vamos a recibir, debemos tener la delicadeza de estar lo más limpios posibles.

En virtud de que la gracia producida, “ex opere operato”, depende de las disposiciones del sujeto que la va a recibir, es necesaria una buena preparación antes de la comunión y una acción de gracias después de haberla recibido. Además del ayuno eucarístico, una hora antes de comulgar, la manera de vestir, la postura, etc. en señal de respeto a lo que va a suceder.

 Publicado por Lupita Venegas
(
http://desdeelcorazonradio.blogspot.com.ar/2011/02/el-poder-sanador-de-la-eucaristia.html
).

La celebracion eucaristica y el misterio de la cruz.

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Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net
La celebración eucarística y el misterio de la cruz
Cuando recibimos la sagrada comunión, abrazamos el madero que Jesús con su amor transformó en instrumento de salvación. 
 
 

 

Queridos hermanos y hermanas:

(...) Hoy podemos meditar en el profundo e indisoluble vínculo que une la celebración eucarística y el misterio de la cruz.

En efecto, toda santa misa actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota y a la "hora" de la muerte en la cruz ―escribió el amado Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia― «vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la santa misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella» (n. 4).

Por tanto, la Eucaristía es el memorial de todo el misterio pascual: pasión, muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al cielo, y la cruz es la conmovedora manifestación del acto de amor infinito con el que el Hijo de Dios salvó al hombre y al mundo del pecado y de la muerte. Por eso, la señal de la cruz es el gesto fundamental de nuestra oración, de la oración del cristiano.

Hacer la señal de la cruz ―como hacemos con la bendición― es pronunciar un sí visible y público a Aquel que murió por nosotros y resucitó, al Dios que en la humildad y debilidad de su amor es el Todopoderoso, más fuerte que todo el poder y la inteligencia del mundo.

Después de la consagración, la asamblea de los fieles, consciente de estar en la presencia real de Cristo crucificado y resucitado, aclama: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!". Con los ojos de la fe la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, como Tomás, llena de asombro, puede repetir: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20, 28).

La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria como la cruz, que no es un accidente, sino el paso a través del cual Cristo entró en su gloria (cf. Lc 24, 26) y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad. Por eso, la liturgia nos invita a orar con confianza y esperanza: Mane nobiscum, Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor, que con tu santa cruz redimiste al mundo!

María, presente en el Calvario junto a la cruz, está también presente, con la Iglesia y como Madre de la Iglesia, en cada una de nuestras celebraciones eucarísticas (cf. Ecclesia de Eucharistia, 57). Por eso, nadie mejor que ella puede enseñarnos a comprender y vivir con fe y amor la santa misa, uniéndonos al sacrificio redentor de Cristo. Cuando recibimos la sagrada comunión también nosotros, como María y unidos a ella, abrazamos el madero que Jesús con su amor transformó en instrumento de salvación, y pronunciamos nuestro "amén", nuestro "sí" al Amor crucificado y resucitado.
(
http://es.catholic.net/aprendeaorar/32/398/articulo.php?id=39402
).

Comulgar sin confesar.

Autor: Miguel Rivilla San Martín | Fuente:
www.periodismocatolico.com
Comulgar sin confesar
Muchos de los que se acercan a comulgar no reunen las condiciones necesarias para ello 
 
Cualquier observador atento de las celebraciones litúrgicas habrá constatado un fenómeno generalizado que se está convirtiendo en algo normal. A saber:

-Ha disminuido alarmantemente, el número de fieles que acceden al sacramento del perdón.

- Ha aumentado considerablemente, el número de fieles que se acercan a comulgar.

- Bastantes celebraciones sacramentales (bautizos, bodas, funerales... ), para muchos asistentes, son meros actos sociales.

La enseñanza de la Iglesia, basada en la Palabra de Dios, ha sido constante a lo largo de los siglos. Siempre ha enseñado que para comulgar, se precisa estar en gracia de Dios -sin pecado grave en la conciencia- y guardar el ayuno pertinente.

En la preciosa encíclica del Papa Juan Pablo II sobre la Iglesia y la Eucaristía en su nº 36c, el Papa ha dejado clara la enseñanza oficial de la Iglesia expuesta en el Catecismo, en el Código de Derecho canónico y “la vigencia de la norma del Concilio de Trento concretando la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, “debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal”.

No es exagerado afirmar que muchos de los que se acercan a comulgar no reunen las condiciones necesarias para ello; sea por ignorancia, por falta de fe, por rutina o mimetismo (¿dónde va Vicente?..) o por estar en pecado grave, incluso años sin confesarse etc...

Esta praxis está llevando a una trivialización del sacramento principal de la Iglesia y a un falseamiento de la conciencia de muchos bautizados. Los responsables directos de cada celebración eucarística (abusos, sacrilegios etc ...) son los ministros ordenados, obispos y sacerdotes, que presiden las mismas.

A falta de una catequesis adecuada y previa ¿No cabría una advertencia hecha con todo respeto a los presentes, antes de dar la comunión?. Verbi gratia. NO HAY OBLIGACIÒN DE ACERCARSE A COMULGAR... Los que vayan a hacerlo, examinen su conciencia ante Dios y vean si están en su santa gracia. El tomar conciencia de este fenómeno es urgente, muy grave y de la máxima responsabilidad.

ACTÚESE EN CONSECUENCIA.
(
http://www.egrupos.net/grupo/diosexiste
).

 

Celebrar la Cena del Senor.

Celebrar la Cena del Señor[1]

 

Los de Corinto nunca tuvimos buena fama: cuando en cualquier lugar del imperio se hablaba de «vivir a la corintia», ya se sabía que se estaba aludiendo a las costumbres licenciosas de nuestra ciudad, a la que el tráfico de sus dos puertos y el culto a la diosa Afrodita, habían convertido en símbolo de conductas permisivas en todo lo sexual.

 

Yo pertenecía a una familia acomodada de emigrantes judíos afincados hacía tiempo en Corinto, y que habían ido adquiriendo renombre como armadores de barcos de pesca. Desde pequeño me acostumbré a ver entre el servicio de mi casa a esclavos de color, traídos de Nubia y Etiopía, cuyos hijos habían nacido ya entre nosotros.

 

Conocimos a Pablo de Tarso a su vuelta de Atenas donde, por lo que supimos después, había vivido un fracaso estrepitoso. Nos lo trajo una tal Damaris que había escuchado su discurso en el areópago y había abrazado el Camino. Nos impactó el apasionamiento con que hablaba de Jesús como de alguien vivo, y la convicción con que afirmaba lo que «e! Señor» (así lo llamaba él) le había comunicado: En Corinto tengo yo un pueblo numeroso (He 18,10).

 

Al final de aquel mes que pasó entre nosotros, mi padre, de nombre Esteban, decidió que él con toda su casa, es decir, con su familia y servidumbre, abrazaríamos la fe y recibiríamos el bautismo. La predicación de Pablo estaba siendo fecunda y, al cabo de unos meses, fuimos bautizados por el propio Pablo, cosa que no solía hacer, en la noche de Pascua. Poco después recibió también el bautismo de manos de Apolo un nutrido grupo de catecúmenos, y recuerdo que mi padre comentó disgustado que había demasiada gentuza entre ellos: pescadores, cargadores del puerto y hasta mujeres de mala fama.

 

Como teníamos una casa espaciosa, era en ella donde nos reuníamos cada semana para celebrar el día del Señor pero, como es lógico, no nos mezclábamos unos con otros: a la hora señalada iban acudiendo algunas familias conocidas que también habían recibido el bautismo. Los esclavos lavaban y perfumaban sus pies a su llegada y los introducían después en el comedor donde todo estaba preparado para un refinado y abundante ágape al que los recién llegados también contribuían con esplendidez. A veces, mientras cenábamos, surgían discusiones entre los más cercanos a Apolo y los partidarios de Cefas o de Pablo y cada uno defendía a su patrono con vehemencia.

 

Los que no eran libres, nobles o ricos no participaban de nuestra cena, se quedaban en el atrio y los criados sabían distinguir bien a quiénes debían hacer pasar a uno u otro lugar, ya que su sola indumentaria bastaba para separarlos. Al final nos reuníamos todos, siguiendo costumbres y convicciones que una religión razonable como la que acabábamos de profesar ratificaba sin duda, como un orden establecido desde siempre.

 

Eso no es la Cena del Señor
Por eso nos causó estupor lo que ocurrió durante la visita de Timoteo, un compañero de Pablo que él nos enviaba desde Efeso: a su llegada, no se dejó lavar los pies por el esclavo encargado de ello y se negó a pasar a la sala donde le aguardábamos, dirigiéndose en cambio al atrio y mezclándose con el grupo de gente que allí compartía sus escasas provisiones. Su actitud provocó desconcierto y malestar entre la gente distinguida, y se acentuó aún más al ver que Timoteo entraba en el comedor seguido de aquella gente de baja extracción, y los invitaba a mezclarse con nosotros para escuchar juntos la carta que nos enviaba Pablo.

 

Al comenzar su lectura nos pareció que estaba dirigida sólo al grupo de pobres: Observad, hermanos, quiénes habéis sido llamados: no muchos sabios en lo humano, no muchos poderosos, no muchos nobles; antes bien, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes, a los plebeyos y despreciados ha elegido Dios, a los que nada son, para anular a los que son algo». Pero lo que seguía nos implicaba a todos con un tono de severa preocupación: «Vuestras reuniones traen más perjuicio que beneficio (...) y cuando os reunís, no coméis la cena del Señor, pues unos se adelantan a consumir su propia cena y mientras uno pasa hambre, otro se emborracha. ¿Menospreciáis la asamblea de Dios y avergonzáis a los que nada poseen? ¿Y voy a alabaros? ¡En esto no os alabo! (1Co 11,17 y ss.). Y nos explicaba después la tradición que él mismo había recibido sobre la última cena del Señor con los suyos, y cómo debíamos seguir haciendo lo mismo en memoria suya.

 

Al acabar la carta se hizo un prolongado silencio. Yo sentía en mí una lucha de sentimientos encontrados: por un lado el respeto a viejas costumbres aprendidas y, por otro, un vendaval de novedad que removía y hacía desaparecer barreras, divisiones y prejuicios. Y algo me decía que no era el único arrastrado por la misma fuerza. Eso me decidió a ponerme en pie, tomar un espléndido racimo de uvas de la mesa y rodear la sala hasta acercarme a un hombre mal vestido y de aspecto temeroso. Me senté junto a él y partí el racimo para ofrecerle la mitad. Él abrió su zurrón y sacó un puñado de dátiles que compartió conmigo: «–Los cogí yo mismo en el oasis de Engadí, junto al Mar de la Arabá, vengo de allí, de trabajar en las salinas». Miré de reojo y vi a mi padre sirviendo vino a un estibador del puerto y tomando un poco del pez ahumado con pan de cebada que él le ofrecía, y lo mismo iba ocurriendo con otros invitados. Circuló una copa del excelente vino griego, y luego otra, y la sala se fue llenando poco a poco de murmullos y de risas. Algo estaba cambiando y todos lo sabíamos.

 

Como sabíamos también que al día siguiente seguiríamos amenazados por nuestras diferencias en forma de posesiones, honras o saberes, que tratarían de levantar de nuevo barreras entre nosotros.

 

Comenzaba una gran lucha por hacer verdad en nuestra vida la fiesta de inclusión que ahora estábamos viviendo. Y que esta vez sí que era la Cena del Señor.

 

Tiempo para la Palabra

Al encomendaros estas cosas, hay algo que no alabo: que vuestras reuniones traen más perjuicio que beneficio. En primer lugar, he oído que cuando os reunís en asamblea, hay divisiones entre vosotros, y en parte lo creo; porque es inevitable que haya divisiones entre vosotros, para que se muestre quiénes de vosotros sois auténticos. Y así resulta que, cuando os reunís, no coméis la cena del Señor. Pues unos se adelantan a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se emborracha. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿Menospreciáis la asamblea de Dios y avergonzáis a los que nada poseen? ¿Qué puedo deciros?, ¿voy a alabaros? En esto no os alabo (1Co 11, 17-23).

 

Tiempo para otras Palabras

Vivir conformes a la tradición de Cristo
«Nadie puede tomar parte en el alimento que llamamos Eucaristía si no vive conforme a la tradición de Cristo. Por eso, los que tienen bienes, vienen en ayuda de los que carecen de ellos. Por lo que comemos, bendecimos al Creador del universo por su Hijo Jesucristo y por el Espíritu Santo. El día del sol (el domingo), todos los habitantes de las ciudades o del campo se reúnen en un único lugar. Se leen los recuerdos de los apóstoles y los escritos de los profetas durante un tiempo conveniente. Al terminar la lectura, el que preside toma la palabra para llamar la atención sobre unas enseñanzas tan hermosas y exhortar a seguirlas. En seguida, nos levantamos todos y expresamos nuestras intenciones de oración. Después se trae pan, vino y agua y el presidente eleva de todo corazón al cielo oraciones y acciones de gracias, y el pueblo responde por la aclamación: ¡Amén!

 

Después se comparte y se distribuye a cada uno los alimentos consagrados y se envía su parte a los ausentes por medio de los diáconos. Los que son ricos y quieren ser generosos, dan espontáneamente, cada uno lo que le parece, y se entrega al presidente el producto de esta colecta para que él se encargue de socorrer a los huérfanos y viudas, o a los que por enfermedad o de otras causas pasan necesidad, como los prisioneros y los extranjeros. En una palabra, se atiende a todos los que lo necesitan. Y nos reunimos el día del sol porque es el primer día, aquel en que Dios separó la luz de las tinieblas para hacer el mundo y es el día en que Nuestro Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos.»

San Justino, siglo II

 

Llegar a ser eucarístico
«La Eucaristía modela no solamente a la Iglesia y a la comunidad de los cristianos entre ellos, sino también su manera de estar en el mundo que debe ser compartir y servir, en una tensión siempre renovada hacia la comunión entre los humanos y la transfiguración de la tierra. Porque cada uno está llamado a "hacer eucaristía" en todas las cosas (1Tes 5,18) y convertirse en un "hombre eucarístico".»

O, Clément

 

¿Dónde están nuestras comuniones?
«No podemos, al mismo tiempo, beber del cáliz del Señor y del de los espíritus del mal; no podemos beber del cáliz de la vida consagrada al amor hasta la pasión, del testamento del Maestro arrodillado a los pies de los discípulos, del gesto del Siervo que entrega como herencia el testimonio del pan compartido, y comulgar al mismo tiempo con el espíritu del mundo que aplasta a los débiles, que abandona a los desesperados, que somete a los que dudan y que destruye a los que se desvían. Hermanos, sumergíos hasta el fondo, construid sobre el amor que llega hasta el límite. La casa resistirá entonces las tempestades y vuestra vida se desarrollará en comunión eterna con Dios.»

M. Bastin, Dios cada día (vol. 5)

 

Tiempo para Orar

Después de leer el texto de 1Co 11,17-34, dedica un tiempo a reflexionar sobre las palabras: Cada cual se adelanta a comer su propia cena... (v. 21), en que aparecen expresadas las actitudes de ansiedad, posesividad e insolidaridad, el polo opuesto a lo que podemos llamar «la actitud eucarística». Ponte un rato delante de Jesús para contemplar en él ese talante suyo de «adelantarse», pero no para pensar en sí mismo y en satisfacer su necesidad, sino en nosotros para alimentarnos, cuidarnos y darnos vida. Mírale tomando el pan en sus manos, no para comerlo él solo, sino para partirlo y entregárnoslo a nosotros. Pídele que grabe esa manera de ser suya «como un sello sobre tu corazón» (Cant 8,6), como un tatuaje en tus manos para que se vayan pareciendo a las suyas.

 

Tiempo para Compartir y Celebrar la Fe

Con jóvenes o adultos
Leer el texto de Corintios y, después de un tiempo de silencio, reconocer y pedir perdón por aquello que impide que nuestras eucaristías sean de verdad «la Cena del Señor»: divisiones, despreocupación por los débiles y excluidos, ritualismo...

Agradecer lo que ya en ellas, aunque sea parcialmente, va en la línea de lo que Jesús quería: comunicación, gestos de compartir, compromiso de ir trabajando por un mundo justo y en paz...

Buscar y decidir un paso pequeño pero posible, que vaya creando entre nosotros la fiesta de la inclusión.

 


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[1] ALEIXANDRE, Dolores, Relatos desde la mesa compartida, CCS, Madrid, 1999, pp. 123-129.
(
http://www.mercaba.org
).

ABorto, comunion y politica.

Aborto, comunión y política

 

“Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.” I Corintios 11,27.

 

 
 
Comulgar en pecado mortal es un sacrilegio
P.Jordi Rivero

Según el derecho canónico C915: "No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o declaración de la pena, y los que obstinadamente persisten en un manifiesto pecado grave".

""recibir indignamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo es un sacrilegio. Si lo hace deliberadamente en pecado mortal es un sacrilegio".  "Si tenemos un pecado mortal en la conciencia, debemos primero confesarnos de ese pecado y recibir la absolución, y sólo después acercarnos al Sacramento Eucarístico"  -Arzobispo Raymond L. Burke, Prefecto del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica de la Santa Sede, agosto, 2008.


San Pablo: “Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor.” I Corintios 11,27.

Desde tiempos apostólicos los católicos creemos que la Eucaristía es Jesucristo verdaderamente presente entre nosotros. El mismo lo dijo: “Yo soy el pan de la vida”. (Juan 6, 35, cf. Mt. 26, 26-28). 

Hay un vínculo indisoluble entre Cristo Eucarístico, Las Verdades que El reveló y la Iglesia que el constituyó. Recibir la Eucaristía siempre ha requerido el compromiso de creer y vivir según esa unidad. Cristo viene en la Eucaristía para constituirnos en Su Cuerpo Místico que es la Iglesia y así darnos vida eterna con Nuestro Padre. Es por eso que siempre la Iglesia ha requerido la formación en la fe (catequesis), la profesión de Fe (credo) y el compromiso de vida (moral) para ser admitido a la comunión. 

Además, ya que todos somos pecadores, la comunión está también inseparablemente vinculada con la conversión la cual requiere renuncia al pecado y propósito de enmienda.  Comulgar en pecado mortal sería un sacrilegio. Como vimos en 1 Cor. 11,27 se trata de una enseñanza Apostólica. 

La misericordia infinita de Dios no contradice la necesidad de conversión. Si comprendemos que el pecado mortal nos aparta de Dios podremos entender que también nos aparta de la Eucaristía. Pero una vez arrepentidos y confesados se nos abren las puertas a la Eucaristía. Quede claro: No es el haber pecado lo que obstaculiza la comunión, sino el obstinarse en el mismo aun cuando los pastores de la Iglesia han advertido su gravedad. 

Alguno dirá: "pero no debemos juzgar". Es cierto que no se puede juzgar la conciencia de otro. Pero si debemos saber claramente lo que significa ser católico y lo que se requiere para comulgar. El católico cree que Dios ha revelado la verdad en materia de doctrina y moral y que  esta es enseñada por la Iglesia sin error. Los pastores no son perfectos, pueden pecar, pero la doctrina es indefectible. Por lo tanto la conciencia del católico se forma a la luz del magisterio de la Iglesia. La Iglesia no obliga a creer ya que es un don de Dios. Pero la Iglesia si enseña que debemos ser consecuentes. Quien no cree en las enseñanzas de la Iglesia o quien está en pecado mortal, no debe comulgar.  

Los pastores de la Iglesia tienen el deber de enseñar lo que es ser católico y proteger de abusos contra la Eucaristía. El amor lo requiere.


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No se puede comulgar en pecado mortal
Juan Pablo II

Cuando parece que muchos pastores han olvidado el catecismo básico y se han dejado asimilar por la mentalidad del mundo causando estragos entre los fieles, S.S. Juan Pablo II una vez mas nos rescata con su magisterio.   

13 marzo, 2005 (ZENIT.org)

Juan Pablo II ha recordado que, según la doctrina de la Iglesia, nadie que sea consciente de estar en pecado mortal puede comulgar.

El Papa confirma la enseñanza tradicional del magisterio en un mensaje, publicado el 12 de Marzo por la Santa Sede, dirigido a los jóvenes sacerdotes que han participado en esta semana en un curso sobre el «fuero interno» --las cuestiones de conciencia--, organizado por el Tribunal de la Penitenciaría Apostólica, cuyo presidente es el penitenciario mayor, el cardenal estadounidense James Francis Stafford.

En este año dedicado a la Eucaristía (octubre 2004-octubre 2005), el Santo Padre ha querido dedicar su misiva, que está firmada el 8 de marzo en el Policlínico Agostino Gemelli, a la relación que existe entre este sacramento y el sacramento de la confesión.

«Vivimos en una sociedad que parece haber perdido con frecuencia el sentido de Dios y del pecado. Por tanto, se hace más urgente en este contexto la invitación de Cristo a la conversión, que presupone la confesión consciente de los propios pecados y la relativa petición de perdón y de salvación».

«El sacerdote, en el ejercicio de su ministerio, sabe que actúa "en la persona de Cristo y bajo la acción del Espíritu Santo", y por este motivo tiene que alimentar en su interior sus sentimientos, aumentar en él mismo la caridad de Jesús, maestro y pastor, médico de almas y cuerpos, guía espiritual, juez justo y misericordioso».

«En la tradición de la Iglesia, la reconciliación sacramental siempre ha sido considerada en íntima relación con el banquete del sacrificio de la Eucaristía, memorial de nuestra redención»

«Ya en las primeras comunidades cristianas se experimentaba la necesidad de prepararse con una digna conducta de vida para celebrar la fracción del pan eucarístico, que es "comunión" con el cuerpo y la sangre del Señor y "comunión" ("koinonia") con los creyentes que forman un solo cuerpo, pues se alimentan con el mismo cuerpo de Cristo».

«quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor» (1 Corintios, 11, 27).

«En el rito de la santa misa, muchos elementos subrayan esta exigencia de purificación y de conversión: desde el acto penitencial inicial hasta la oraciones para pedir perdón; desde el gesto de paz hasta las oraciones que los sacerdotes y los fieles recitan antes de la comunión»

«Sólo quien tiene sincera conciencia de no haber cometido un pecado mortal puede recibir el Cuerpo de Cristo», asegura el mensaje pontificio recordando la doctrina del Concilio de Trento. «Y esta sigue siendo la enseñanza de la Iglesia también hoy».

El Catecismo de la Iglesia Católica explica la diferencia entre el pecado venial y el pecado mortal de los números 1854 a 1864).
ZS05031307.
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¿La Eucaristia depende de la intencion del sacerdote?

¿La Eucaristía Depende de la Intención del Sacerdote?

De nuestro Correo
Padre Rivero,
En una charla sobre la Santa Misa dijeron que dependía de la intención del sacerdote en el momento de la consagración para que las especies del pan y el vino se convirtieran en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.  Esto me tiene muy preocupado y le causó mucho escándalo a la mayoría de las personas que lo oímos. ¿Me podría decir si esto es cierto y si es así, que documento de la Iglesia dice esto? 
Muchas gracias, un desesperado.

Respuesta
Si, es cierto que Jesús ha querido depender de la intención del sacerdote para hacerse presente en la Eucaristía. Sin embargo esta verdad nada le quita al poder de Dios. No es por necesidad sino por humildad que ha querido Dios depender del sacerdote.

El Catecismo #1375 enseña: "No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas (Prod. Jud. 1,6).

Solo el poder de Dios puede hacer el milagro de la transubstanciación pero Dios quiso depender de la oración del sacerdote para efectuar el milagro, tal como en la Encarnación quiso depender del "si" de María para bajar del cielo a su seno.

Una vez mas vemos la importancia de estudiar el Catecismo.

...Y SI EL SACERDOTE ESTA DISTRAIDO, EN PECADO O CELEBRA POR RUTINA?
¿esa consagración no es válida?.

RESPUESTA
Si, es válida la consagración, con tal que sea un sacerdote validamente ordenado y tenga la intención de consagrar. Según la doctrina llamada Ex Opere Operato, siendo Cristo el agente principal de los sacramentos, un sacramento no puede dejar de comunicar la gracia prometida por Cristo siempre que se administre validamente. El estado interior del sacerdote (aunque este en pecado mortal o le falte fe o esté distraído) no invalida el sacramento.
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Sobre la Eucaristia.

La Eucaristía (La Santa Hostia) es Jesucristo vivo, su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, que se hace presente cuando el sacerdote consagra el pan y vino en la Santa Misa. Estos elementos se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor (Transubstanciación). Recibir la Eucaristía (Comunión) es recibir a Jesucristo. La Eucaristía, explica el Papa León XIII, contiene "en una variedad de milagros, todas las realidades sobrenaturales" (Encíclica Mirae Caritatis).

1.       "Nos es posible recibir la eucaristía como un alimento privado para después encerrarse en el propio individualismo. (La Eucaristía) nos une al Señor y en ese sentido nos une entre nosotros. Es vinculante, en el sentido de que nos hace miembros del Cuerpo de Cristo, cuya unidad se constituye en los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión". -Cardenal Ratzinger, 22-XII-03

Referencias Bíblicas Principales:
 Juan 6, 26-58 (Cristo enseña que El es el "Pan de Vida" necesario para la vida eterna).
 Mateo 26, 26-28;  1 Cor 11, 23-25.

Requisitos para recibir la Comunión:
a) Ser Católico: estar en comunión de fe con la Iglesia Católica
b) Estar en gracia. Para lograrlo hay que confesar todo pecado mortal.
c) Abstenerse de comer y beber por una hora antes (agua y medicinas están permitidas).
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Sabado.

Sábado

Sábado
Día judío para el descanso mandado por Dios, después de la creación, el séptimo día Dios. "El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor" (Ex 31, 15).

La ley judía tiene prescripciones elaboradas para su observancia. Comienza el viernes con la caída del sol y terminaba el sábado al caer el sol.  No se permite ningún trabajo manual, por lo que había que abstenerse completamente de hacer negocio. Es un día dedicado a Dios y a la familia.  El fin del sábado es dar culto a Dios, rezar e intensificar la vida familiar.

Una de las principales acusaciones de los fariseos contra Jesús fue la no observancia de este día. Vemos en los evangelios como Jesucristo se enfrenta con los fariseos que quieren aferrarse a un cumplimiento literal del sábado.  Jesús enseña que El es Señor del sábado (cf. Mt 12,8. ver también Lc 13,15).
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¿Sabado o domingo?

¿Sábado o Domingo?
¿Cual es el día del Señor?
Padre Jordi Rivero

 

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El domingo es el día de la resurrección de Cristo. Los Católicos lo celebramos con la Santa Misa y cumplimos con el Tercer Mandamiento del Decálogo.

Desde el tiempo del Nuevo Testamento (tiempos Apostólicos), el domingo remplazó al sábado judío como día dedicado al Señor para darle culto y descansar de las labores. La Iglesia católica no "cambia la Biblia", como dicen algunas sectas que se aferran al sábado. Es un hecho histórico que desde el principio (desde el siglo I) los cristianos celebran el día del Señor el domingo. La Iglesia es fiel a la doctrina de los Apóstoles. No fue hasta la época moderna que algunas sectas, desconociendo la realidad histórica, se revirtieron a la práctica judía de celebrar el sábado en vez del domingo.

Evidencia Bíblica:

-"El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para la fracción del pan" -Hechos 20,7. 
El "primer día de la semana" es el domingo.

Evidencia de los Padres Apostólicos:
Estos vivieron en los dos primeros siglos y son testigos de la fe y la práctica de la Iglesia recibida de los Apóstoles.

San Ignacio de Antioquía (+107AD), discípulo de los Apóstoles, Padre de la Iglesia del siglo I, enseña:

Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por El y por su muerte
-S. Ignacio de Antioquía, Magn. 9,1

 San Justino (+165AD)

Y nos reunimos todos el día del sol, primero porque en este día, que es el primero de la creación, cuando Dios empezó a obrar sobre las tinieblas y la materia; y también porque es el día en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos.

Razón por celebrar el domingo como día del Señor:
La transferencia del día del Señor del sábado, séptimo día, al domingo (día primero de la semana) ocurrió en tiempo de los apóstoles (ver arriba) con motivo de la resurrección de Jesucristo. El domingo Cristo resucita, vence la muerte y completa la obra redentora. Si bien el séptimo día (sábado) Dios "descansó" al fin de la creación, el domingo es el día en que todo es re-creado en Jesucristo. Ahora es posible el culto a Dios en espíritu y en verdad. 

Además, el domingo es el día de Pentecostés, en que estaban reunidos los Apóstoles con María Santísima en oración y se derramó el Espíritu Santo.  

Al celebrar el domingo somos fieles a Jesucristo. El no vino a abolir el Antiguo Testamento sino a darle cumplimiento con su muerte y resurrección. Todo se cumple en El. Vemos en muchos textos como Jesucristo, para dar cumplimiento, presenta la ley antigua en una nueva forma que sorprende a sus oyentes por su novedad y exigencia. La ley queda perfeccionada en Cristo. Por ejemplo, Jesús dice en Mateo 5,27  "Habéis oído que se dijo:  "No cometerás adulterio."   Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.". Jesús no está "cambiando la Biblia" sino revelando un sentido mas profundo que solo podía conocerse por su enseñanza y por la gracia del Espíritu que El nos da. 

El antiguo y el nuevo Templo; antiguos corderos y El Cordero.
Los judíos iban a la sinagoga o al Templo el sábado. Es imposible continuar celebrando el culto del sábado según el Antiguo Testamento. Aquel se centraba en el Templo de Jerusalén, el cual fue destruido por los romanos en 70 A.D. Tampoco hay ya sacrificio de animales como requería la antigua alianza. Todo eso encuentra su cumplimiento en Cristo. El mismo es el Nuevo Templo, y el Cordero del Sacrificio y el Sacerdote Eterno.

Jesús dijo «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré.» -Juan 2,19. Muchos lo entendieron en forma literal y se escandalizaron de Jesús. Pero Jesús hablaba del Nuevo Templo que es Su propio Cuerpo, que resucitaría al tercer día: El domingo. El Templo de Jerusalén fue destruido pero Cristo resucitado es el Nuevo Templo que jamás será destruido. Por el bautismo los cristianos nos unimos a Cristo para ser miembros de su Cuerpo Místico, Nuevo Templo que es la Iglesia. Los cristianos somos, en Cristo, templo espiritual y como tal nos reunimos para celebrar la Santa Misa el domingo, el nuevo día del Señor.

Es evidente que Jesús preparó a sus discípulos para un nuevo entendimiento del "Día del Señor":

    Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor.
    Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo, en pellejos nuevos.
    Y sucedió que un sábado, cruzaba Jesús por los sembrados, y sus discípulos empezaron a abrir camino arrancando espigas.
    Decíanle los fariseos: «Mira ¿por qué hacen en sábado lo que no es lícito?»
    El les dice: «¿Nunca habéis leído lo que hizo David cuando tuvo necesidad, y él y los que le acompañaban sintieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en tiempos del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió los panes de la presencia, que sólo a los sacerdotes es lícito comer, y dio también a los que estaban con él?»
   Y les dijo: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado.
   De suerte que el Hijo del Hombre también es Señor del sábado.» (Mc 2,21-28)

Jesús se presentó a los Apóstoles el domingo de Resurrección y ellos le adoraron. Los cristianos le damos a Dios Padre el culto mas perfecto: el mismo Jesucristo que se ofrece y nosotros nos ofrecemos al Padre POR Cristo, Con El y En El.  

Algunas sectas fundadas en EE.UU. hace poco mas de un siglo se han revertido al Sábado. No entienden lo arriba mencionado, en gran parte porque carecen de conocimiento histórico del cristianismo y la interpretación bíblica de los Padres. Para entender la Biblia hay que situarse con la Iglesia en la mente de Cristo que interpreta el Antiguo Testamento de una forma nueva y sin embargo mas fiel. Pero antes de discutir sobre cual es el día del Señor hay que recordar lo mas importante de ese día: La Santa Misa, la cual es el culto mas perfecto que le ofrecemos a Dios. ¿De qué vale pelear por el día del culto si ni siquiera se acepta el culto mismo?

Juan Pablo II trata el tema del Día del Señor en profundidad en su encíclica "DIES DOMINI". Para estudiar el sentido del día del Señor a profundidad le recomiendo que la lea. Aquí solo presento el #59:

Este aspecto festivo del domingo cristiano pone de relieve de modo especial la dimensión de la observancia del sábado veterotestamentario. En el día del Señor, que el Antiguo Testamento vincula a la creación (cf. Gn 2, 1-3; Ex 20, 8-11) y del Éxodo (cf. Dt 5, 12-15), el cristiano está llamado a anunciar la nueva creación y la nueva alianza realizadas en el misterio pascual de Cristo. La celebración de la creación, lejos de ser anulada, es profundizada en una visión cristocéntrica, o sea, a la luz del designio divino de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1,10). A su vez, se da pleno sentido también al memorial de la liberación llevada a cabo en el Éxodo, que se convierte en memorial de la redención universal realizada por Cristo muerto y resucitado. El domingo, pues, más que una «sustitución» del sábado, es su realización perfecta, y en cierto modo su expansión y su expresión más plena, en el camino de la historia de la salvación, que tiene su culmen en Cristo.
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¿Pueden los politicos pro-aborto comulgar?

¿Pueden los políticos Pro-aborto comulgar?
"No hace falta que responda a esa pregunta un Cardenal. Los niños de Primera Comunión saben la respuesta", dice el Cardenal Arinze  16-IV-08

El Cardenal Francis Arinze, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos comentó sobre los políticos católicos que abiertamente aceptan el aborto y se presentan para comulgar.

En una sesión de preguntas y respuestas en Familyland, Ohio, USA, preguntaron al Cardenal Arinze si los políticos católicos que abogan por el aborto pueden recibir la Comunión. El respondió con sus propias preguntas:

"¿En realidad necesitan a un cardenal del Vaticano para contestar eso?. Busque a niños que se preparan para la Primera Comunión y díganles que alguien vota por el asesinato de bebés no nacidos; y luego dice: 'Yo voté por eso, y votaré así cada vez que tenga que hacerlo y estos bebés serán asesinados, no uno ni dos, sino millones'; y esta persona dice también 'soy un católico practicante'… ¿Puede esta persona recibir la Comunión al siguiente domingo?. Los niños de Primera Comunión te responderían con toda rapidez. No necesitan ustedes un cardenal del Vaticano para responder a eso"

El Cardenal Arinze concluyó que "el asunto está entonces muy claro"

 

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La comunión y la política

Algunos políticos dicen:
”Personalmente estoy contra el aborto, pero yo represento a todo el pueblo y debo legislar según prefiera la mayoría”

Respuesta:
Las encuestas demuestran que la mayoría en Estados Unidos se opone al aborto, al menos al aborto por la libre como existe en este país. Pero aun si fuera verdad que la mayoría quiera mantener el aborto lícito, seguiría este siendo un crimen.

Quien gobierna tiene el deber de proteger los derechos fundamentales de todos, sin excluir a los mas débiles, a los que no tienen voz, a las minorías. Aunque la mayoría quiera quitar derechos a la minoría, no se debe permitir. Sería una injusticia. Pues bien, el derecho principal es el derecho a la vida. Sin este no existe ningún otro.

¿No están los obispos metiéndose en la política cuando crean una sanción contra los políticos pro-aborto?
Cuando los obispos prohíben la comunión a quienes se declaran formalmente pro-aborto no están creando una sanción para presionar en tiempo de elecciones. Mas bien están aplicando una  enseñanza fundamental del catecismo que todos aprendemos antes de la Primera Comunión y que viene de los Apóstoles: no debe comulgar quien está en pecado mortal o quien reniegue de una doctrina esencial de la fe. 

Mas bien sería una actitud política si los pastores PERMITIESEN comulgar a los políticos pro-aborto, como si ellos tuviesen permisos exclusivos para violar la doctrina.
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¿Por que la Iglesia no da la Comunion a cualquier persona?

¿POR QUÉ LA IGLESIA NO DA LA COMUNIÓN A CUALQUIER PERSONA?
Por el profesor Philip Goyret, profesor de Teología Sacramentaria y Ecumenismo

ROMA, jueves, 15 julio 2004 (ZENIT.org).-

El hecho de que la Iglesia restrinja el acceso a la comunión sólo a los católicos y en determinadas condiciones, se ha convertido en materia de debate en algunos sectores de la opinión pública. En ocasiones, ni siquiera los mismos católicos saben cuáles son los motivos por los que la Iglesia mantiene esta costumbre que hunde sus raíces en las primeras comunidades cristianas. Para responder a la pregunta, Zenit ha entrevistado al sacerdote Philip Goyret, profesor de Teología Sacramentaria, Eclesiología y Ecumenismo en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz en Roma y director de Estudios de esa misma Universidad.

--¿Cuál es significado teológico y eclesiológico de la recepción de la comunión?

--Profesor Goyret: Los católicos, de la mano de los textos bíblicos (especialmente la primera carta de san Pablo a los Corintios), creemos en el profundo nexo existente entre el cuerpo de Cristo, el cuerpo eucarístico y el cuerpo eclesial. El lenguaje del Nuevo Testamento pone de manifiesto esta realidad usando el mismo vocablo «cuerpo» para hablar sea del cuerpo histórico y luego glorioso del Señor, sea de su cuerpo eucarístico, sea de su cuerpo eclesial. No se trata de un simple juego de palabras, pues nutriéndonos con el cuerpo eucarístico del Señor, que contiene sustancialmente el cuerpo ahora glorioso de nuestro Señor en los cielos, nos consolidamos como miembros de su cuerpo eclesial. Al recibir la comunión eucarística, recibimos el cuerpo y sangre del Señor, lo que aumenta en nuestros corazones la unión íntima con Él: y estar unidos a Él implica también estar unidos con los que están unidos a Él. Llegamos así a la comunión eclesial. Esto es lo que la teología expresa con la frase «la Eucaristía edifica la Iglesia». Por la comunión eucarística entramos en comunión con el Señor y nos consolidamos en la comunión eclesial.

Vistas las cosas «en negativo», es interesante recordar el significado originario de la «excomunión». Antes de que se desarrollasen sus consecuencias jurídicas, ser excomulgado significaba --y significa también ahora-- ser apartado de la comunión eucarística. Quien es excluido de la comunidad eclesial no puede tomar parte de la comunión eucarística. Ahora bien, la Eucaristía no es «automática». Los efectos apenas mencionados no se seguirían si la comunión es recibida por un marciano que nunca escuchó hablar del Evangelio. Hay que comulgar recibiendo la Eucaristía como lo que es, o sea, como Cuerpo y Sangre de Cristo, con fe viva en su presencia real en las especies. Creer esto es algo muy comprometido, pues significa creer en la verdad completa revelada en Cristo, pues es el Cristo completo quien está presente en la Eucaristía. Y la verdad completa incluye todo lo que la Iglesia propone come dato revelado, incluyendo a ella misma. Significa además creer como lo hacemos los cristianos: no sólo aceptando intelectualmente un determinado conocimiento, sino también adecuando nuestra vida a este conocimiento. Por eso se habla de fe «viva». De ahí que lo de «estar en regla» con la Iglesia católica como condición para recibir la Eucaristía en una celebración católica no es una simple cuestión «de reglamento» (como un club de tenis que no deja usar los campos a quienes no están al día con las cuotas), sino una exigencia interna del sacramento, según es entendido por la fe católica.

Entre la comunión eucarística y la comunión eclesial existe, por tanto, una relación que podríamos llamar «circular»: la Eucaristía nos consolida en la comunión eclesial, a la vez que la exige como condición previa. La comunión eucarística causa la comunión eclesial, a la vez que la significa.

--Negar la comunión a algunos católicos o a los protestantes ha sido algo criticado como una medida que genera divisiones. ¿Usted que opina?

 --Profesor Goyret: Para entender esto, basta desarrollar las últimas líneas anteriores. La comunión eclesial como condición previa para acceder a la comunión eucarística consiste, sustancialmente, en la integridad de la fe y la ausencia de pecado grave. En la óptica católica, lo primero incluye, lógicamente, el ser católico. Implica también la ausencia de situaciones de pecado habitual (irregularidades familiares, posiciones ideológicas incompatibles con la fe católica, conductas profesionales opuestas a la moral católica, etc.), además de pecados ocasionales.

La norma moral y pastoral que siguen los sacerdotes al distribuir la comunión es la de negarla públicamente a quienes son públicamente conocidos como personas que no pueden recibirla. Proceder de otro modo implicaría echar por tierra el significado teológico y eclesiológico del que hablamos al principio de estas líneas. Para los católicos, una eventual distribución de la comunión a un no católico, dentro de una celebración católica de la Eucaristía, implica una contradicción: pues implicaría una comunión eclesial que no existe (en su plenitud). Algo similar sucede en el caso de la eventual comunión de un pecador público. Evidentemente, estas ideas suponen una afirmación fuerte en la fe en la Eucaristía: no como mera manifestación externa de un genérico sentimiento de fraternidad cristiana, sino como el sacramento que contiene verdaderamente el Cristo todo entero, con su Cuerpo, Sangre, alma y divinidad.

Es importante percibir que la necesidad de la unidad plena de la fe entre los participantes en la Eucaristía es algo exigido por el contenido específico de este sacramento, o sea la realidad sustancial del Cuerpo de Cristo: porque en ella está necesariamente implicada la fe en todo lo que Cristo ha revelado y la Iglesia enseña. No pueden, por tanto, separarse la comunión eucarística y la comunión en la verdad. En esta línea, la Iglesia católica niega la comunión eucarística a quien no participa plenamente de su comunión eclesial: pues no puede participar en el signo de la unidad plena quien no la posee enteramente.

En definitiva, según la óptica católica, el acceso a la comunión eucarística sin la plena comunión eclesial es, antes de nada, una acción absurda, pues no realiza el aspecto significativo característico de la dinámica sacramental; y al no significar, tampoco causa. Cabe agregar que el deseo y la necesidad espiritual de recibir la comunión es algo profundamente personal, pero nunca un acontecimiento «privado», justamente porque nos hallamos ante un bien eclesial (eclesial por excelencia), del que no somos dueños.

No respetar esta disciplina constituye no sólo una contradicción en quien comulga, sino también en toda la comunidad eclesial.

--¿Cuáles son las preocupaciones de fondo de los obispos en el debate sobre el acceso a la comunión?

--Profesor Goyret: No sabría responder con exactitud: cada conferencia episcopal tiene sus batallas. Me atrevería a decir, de todas maneras, que la preocupación de fondo es hacer entender que la negación de la comunión eucarística (sea a católicos en situaciones «públicas» que lo impiden, sea a no católicos) no se debe a una actitud de indolencia o de incomprensión, sino que simplemente se sigue de la coherencia con nuestra fe en la Eucaristía. Si vamos más a fondo, lo que no facilita entender este tema es la escasa formación en la fe, agravada por la perdida del sentido del pecado y de sus consecuencias. Así como es muy difícil explicar el teorema de Pitágoras a quien no conoce las reglas de la multiplicación, lo mismo puede decirse de nuestro tema respecto a quien está alejado de Dios.

Podemos terminar estas consideraciones con un ejemplo, más didáctico que teológico, que en su simplicidad señala una útil moraleja. Me refiero al sentido del dolor corporal y a nuestra reacción ante él. Cuando lo experimentamos, nos está indicando que algo no funciona bien en nuestro cuerpo, que algo no está en armonía. Es la campanilla de alarma que nos lleva a la atención médica y eventualmente a un tratamiento. La simple eliminación del dolor no produce de por sí la curación. Puede conllevar sólo un cierto alivio, pero podría incluso hacernos olvidar la necesidad de una tratamiento médico serio... El dolor, en definitiva, tiene la función positiva de indicarnos una desarmonía que debe curarse. La aplicación de la moraleja a nuestro caso es evidente. La imposibilidad de celebrar juntos la Eucaristía entre confesiones distintas es, efectivamente, una situación dolorosa, pero el ardor intenso de querer hacer algo juntos no siempre significa que sea eso lo más conveniente. La eliminación del dolor ante la división, sin la eliminación de sus causas, no hace sino empeorar las cosas. Es necesario no perder de vista que la disciplina de la Iglesia que prohíbe la intercomunión no es la causa de la división, sino su consecuencia. Las causas se descubren y se remueven a través del diálogo de la verdad: un proceso ciertamente más largo y fatigoso, pero que recorrido con paciencia y perseverancia promete resultados más seguros.
ZS04071502
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No deben comulgar quienes estan en pecado mortal.

No deben comulgar quienes están en pecado mortal
Arzobispo Raymond L. Burke, Prefecto del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica de la Santa Sede
-Aciprensa, 19-VIII-2008

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El Arzobispo Raymond L. Burke, Prefecto del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica de la Santa Sede, precisó que los católicos, especialmente los políticos que públicamente defienden el aborto no deben comulgar; y se refirió también a la responsabilidad de caridad que tienen los ministros de la comunión de negársela si es que la solicitan "hasta que haya reformado la propia vida".

Mons. Burke explicó que los católicos no tienen el derecho de recibir la Eucaristía.
"¿Quién puede reivindicar un derecho a recibir el Cuerpo de Cristo? Todo es un acto sin medida del amor de Dios. Nuestro Señor se hace Él mismo disponible en su Cuerpo y en su Sangre pero no podemos decir jamás que tenemos el derecho de recibirlo en la Santa Comunión. Cada vez que nos acercamos a Él, debemos hacerlo con una profunda conciencia de nuestra indignidad"
El Arzobispo añadió que "recibir indignamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo es un sacrilegio. Si lo hace deliberadamente en pecado mortal es un sacrilegio".  "Si tenemos un pecado mortal en la conciencia, debemos primero confesarnos de ese pecado y recibir la absolución, y sólo después acercarnos al Sacramento Eucarístico"

Seguidamente puso como ejemplo de este sacrilegio el caso de cualquier "funcionario público que con conocimiento y consentimiento sostiene acciones que están contra la ley moral Divina y Eterna. Por ejemplo, si apoya públicamente el aborto procurado, que comporta la supresión de vidas humanas inocentes e indefensas. Una persona que comete pecado de esta manera debe ser amonestada públicamente de modo que no reciba la Comunión hasta que no haya reformado la propia vida".

"Si una persona que ha sido amonestada persiste en un pecado mortal público y se acerca a recibir la Comunión, el ministro de la Eucaristía tiene la obligación de negársela. ¿Por qué? Sobre todo por la salvación de la persona misma, impidiéndole realizar un sacrilegio".

El Prelado vaticano indicó luego que negar la Comunión en estos casos impide que se genere el escándalo; "en primer lugar, un escándalo referente a nuestra disposición para recibir la Santa Comunión".

 "Se debe evitar que la gente sea inducida a pensar que se puede estar en estado de pecado mortal y acercarse a la Eucaristía. En segundo lugar, podría existir otra forma de escándalo, consistente en llevar a la gente a pensar que el acto público que esta persona está haciendo, que hasta ahora todos creían que era un pecado serio, no lo es tanto si la Iglesia le permite recibir la Comunión".

"Si tenemos una figura pública que abierta y deliberadamente sostiene los derechos abortistas y que recibe la Eucaristía, ¿qué terminará pensando la gente común? Puede llegar a creer que es correcto hasta cierto punto suprimir una vida inocente en el seno materno".

El Prefecto de la Signatura Apostólica dijo también que cuando un obispo o autoridad eclesiástica impide que un abortista reciba la comunión "no tiene ninguna intención de interferir en la vida pública sino en el estado espiritual del político o del funcionario público que, si es católico, debe seguir la ley divina también en la esfera pública" 

"Por tanto, es simplemente ridículo y equivocado tratar de silenciar a un pastor acusándolo de interferir en política para que no pueda hacer el bien al alma de un miembro de su grey".

Tras afirmar que es "sencillamente erróneo" pensar que la fe debe reducirse a lo privado abandonando el ámbito público, el Arzobispo alentó a "dar testimonio de nuestra fe no sólo en lo privado de nuestros hogares sino también en nuestra vida pública con los demás para dar un fuerte testimonio de Cristo".
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¿Los laicos pueden consagrar la Eucaristia?

¿LOS LAICOS PUEDEN CONSAGRAR LA EUCARISTIA?
PREGUNTA:
En un retiro un sacerdote nos dijo que la tranbsustanciacion del pan y del vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo se realizaba con tal de que alguna persona presente en la Misa lo creyera de todo corazón, aun en el caso de que el sacerdote no lo creyera. Pero esto parece contradecir lo que dice usted, que depende de la intención del sacerdote. ¿Nos lo explico mal este sacerdote en el retiro o son posibles las dos cosas, la intención del sacerdote es valida o la fe de alguna persona presente es suficiente?

RESPUESTA
La enseñanza, según usted la entendió, es errónea.
Catecismo #1411: "Sólo los presbíteros válidamente ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre del Señor."
El sacramento de la Eucaristía REQUIERE de un sacerdote que tenga la intención de consagrar.  Un laico no puede consagrar por mucha fe que tenga.

-Padre Jordi Rivero.
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La Santa Misa.

LA SANTA MISA
Se le llama también Eucaristía
Etim.: Missa, de "mittere", enviar. Tomado de las palabras finales en latín: "Ite missa est".

La misa, el sacrificio y banquete de la Eucaristía, es acto central de la Iglesia católica y el acto supremo de culto a Dios.
El mismo Cristo que se ofreció a si mismo una vez en el altar de la cruz, está presente y se ofrece en la misa. No es otro sacrificio, no es una repetición. Es el mismo sacrificio de Jesús que se hace presente. Es una re-presentación del Calvario, memorial, aplicación de los méritos de Cristo.

Cristo está presente en el cielo y también en el altar, y se entrega hoy al Padre como el Viernes Santo.

La Misa es un sacrificio de propiciación (aplaca la justicia divina) por nuestros pecados.
La Misa es un memorial: Se conmemora la muerte de Jesús, pero no como un recuerdo psicológico, sino como una realidad mística. Cristo se ofrece a si mismo tan realmente como lo hizo en el Calvario.
La Misa es un banquete sagrado: El mismo Cristo que se ofrece, lo recibimos la Eucaristía.
La Misa es el medio principal que Dios ha establecido para aplicar los méritos que Cristo ganó en la Cruz para toda la humanidad.

1.  La Eucaristía es prenda de la gloria futura. Es la fuente, el corazón y la cumbre de toda la vida cristiana.

2.  En ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: Jesucristo, que asocia a su Iglesia, y a todos sus miembros, a su sacrificio pascual, ofrecido una vez por todas en la cruz al Padre; y, por medio de este sacrificio, derrama la gracia de la salvación sobre su Cuerpo que es la Iglesia.

3.  La Santa Misa y el sacrificio de la Cruz son un único sacrificio, pues se ofrece una y la misma víctima: Jesucristo. Sólo esdiferente la manera de ofrecerse: Cristo se ofreció a sí mismo una vez en la cruz de manera cruenta –con derramamiento de sangre–, mientras en la Euca­ristía se ofrece por el ministerio de los sacerdotes de modo incruento –sin derramamiento de sangre–. Así, el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz, permanece siempre actual. Y cuantas veces se celebra la Eucaristía, se realiza la obra de nuestra redención.

4.  La Eucaristía es también el sacrificio de la Iglesia, porque ella es el Cuerpo de Cristo y participa del sacrificio de su Cabeza.

a.  Cristo es el actor principal e invisible que preside cada misa como sumo sacerdote de la Nueva Alianza, intercede ante el Padre por todos los hombres.

b.  La Iglesia se une a Cristo y se ofrece totalmente con El en la Misa 

c.  La misa la celebra el obispo o el sacerdote –actuando "en per­sona de Cristo-cabeza"–, representando a Cristo, preside la asamblea, predica la homilía, recibe las ofrendas, dice la plegaria eucarís­tica, consagra y reparte la comunión.

d.   Sólo los sacerdotes válidamente ordenados pueden presidir la Eucaristía y consagrar (invocar al Espíritu Santo para que el pan se haga el Cuerpo y el vino, la Sangre de Jesucristo). Por eso la presencia del sacerdote es indispensable y esencialmente diferente.

e.   En la celebración de la Eucaristía participan todos los fieles miembros de su Cuerpo. Cada uno une en la Eucaristía su vida, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo a los de Cristo y a su total ofrenda. 

f.  También se unen en la Eucaristía la Virgen María y los santos que están ya en la gloria del cielo

g.  En la misa oramos por las almas del purgatorio para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo.

5.  Después de la consagración, Jesús está realmente presente en la Eucaristía:

a.  En la consagración ocurre la "transubstanciación", que significa "cambio de substancia" del pan y el vino a ser verdaderamente la sustancia del Cuerpo y Sangre del Señor. La Eucaristía aun tiene la apariencia de pan y vino pero no es pan y vino.

     Cristo está presente en la Eucaristía verdadera, real y substancialmente con todo su Cuerpo, Sangre, alma y divinidad. Esta presencia se llama "real" porque es "substancial", y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente.

    Cristo está todo entero en cada una de las especies y en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo, que está real y permanentemente presente en la eucaristía mientras duren sin corromperse las especies eucarísticas.

6.   Para recibir bien la Sagrada Comunión son necesarias tres cosas:

a.  saber a quién vamos a recibir,

b.  Estar en gracia de Dios. Quien esta en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.
c.  Guardar el ayuno eucarístico, que consiste en no comer ni beber nada desde una hora antes de recibir la Comunión.

7.  Hagamos todo lo posible para poder recibir la comunión. Jesús nos dice «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros».

8.   La Sagrada Comunión produce frutos:

a.       acrecienta nuestra unión íntima con Cristo;

b.       conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo;

c.       purifica de los pecados veniales,

d.       fortalece la caridad y nos preserva de futuros pecados mortales al fortalecer nuestra amistad con Cristo;

e.       renueva, fortalece y profundiza la unidad con toda la Iglesia;

f.       nos compromete en favor de los más pobres, en los que reconocemos a Jesucristo; y se nos da la prenda de la gloria futura.

Para recibir todos los méritos disponibles es necesario participar con fe. Cuanto mas fe se viva la Santa Misa, mayor gloria se le ofrece a Dios y mayor la gracia que se recibe, no solo para los participantes sino para la humanidad.

9.  En la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo con un comportamiento respetuoso, arrodillándonos durante la consagración en señal de adoración al Señor.  También es importante la actitud corporal (gestos, vestido…).

10. La palabra "misa" viene del latín "missio" (enviar). Al final los fieles son enviados a poner en práctica la Palabra de Dios con la gracia recibida.

11. Al entrar y salir del templo, cuando pasamos frente al sagrario, manifestamos nuestra fe y saludamos a Jesucristo presente en el Sagrario con una genuflexión, hincando la rodilla derecha, en señal de respeto y adoración.

 

Fuera de la Santa Misa también se honra al Señor con visitas al sagrario, con la exposición del Santísimo y con procesionesEucaristícas.
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La Eucaristia es.

La Eucaristía es

Es misterio
Es sacramento
Es sacrificio
Como misterio, se cree
Como sacramento, se recibe
Como sacrificio, se ofrece.
Se propone al entendimiento como misterio.
Se da al alma como alimento
Se ofrece a Dios como homenaje
Como misterio, anonada.
Como sacramento, alimenta
Como sacrificio, redime.
Como misterio, es admirable.
Como sacramento, es deleitable.
Como sacrificio, es inefable.
Como misterio, es impenetrable.
Como sacramento, es presencia real.
Como sacrificio, alimenta.
Como misterio, es impenetrable.
Como sacramento, es sabrosísimo.
Como sacrificio, es valiosísimo.
Como misterio, debo meditarlo.
Como sacramento, debo gustarlo.
Como sacrificio, debo apreciarlo sobre todo.
Es misterio de fe.  Debo creerlo.
Es sacramento de amor. Debo amarlo.
Es sacrificio de Dios.  Debo confiar en él.
Como misterio se esconde.. en el Sagrario.
Como sacramento, alimenta.. es convite, es comunión.
Como sacrificio, se inmola... es víctima.. es la Santa Misa.

¡Oh Misterio Adorable! El Sagrario será mi refugio.
¡Oh Sacramento Dulcísimo!  Comulgar será mi mayor deseo.
¡Oh Sacrificio Estupendo!  La misa será mi prioridad de vida.
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¿Pueden comulgar los divorciados vueltos a casar?

CARTA A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CATOLICA SOBRE
LA RECEPCION DE LA COMUNION EUCARISTICA
POR PARTE DE LOS FIELES DIVORCIADOS VUELTOS A CASAR
-CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE
14 DE SEPTIEMBRE 1994


Excelencia Reverendísima:

1. El Año Internacional de la Familia constituye una ocasión muy importante para volver a descubrir los testimonios del amor y solicitud de la Iglesia por la familia(1) y, al mismo tiempo, para proponer de nuevo la inestimable riqueza del matrimonio cristiano que constituye el fundamento de la familia.

2. En este contexto merecen una especial atención las dificultades y los sufrimientos de aquellos fieles que se encuentran en situaciones matrimoniales irregulares(2). Los pastores están llamados, en efecto, a hacer sentir la caridad de Cristo y la materna cercanía de la Iglesia; los acogen con amor, exhortándolos a confiar en la misericordia de Dios y, con prudencia y respeto, sugiriéndoles caminos concretos de conversión y de participación en la vida de la comunidad eclesial(3).

3. Conscientes sin embargo de que la auténtica comprensión y la genuina misericordia no se encuentran separadas de la verdad(4), los pastores tienen el deber de recordar a estos fieles la doctrina de la Iglesia acerca de la celebración de los sacramentos y especialmente de la recepción de la Eucaristía. Sobre este punto, durante los últimos años, en varias regiones se han propuesto diversas soluciones pastorales según las cuales ciertamente no sería posible una admisión general de los divorciados vueltos a casar a la Comunión eucarística, pero podrían acceder a ella en determinados casos, cuando según su conciencia se consideraran autorizados a hacerlo. Así, por ejemplo, cuando hubieran sido abandonados del todo injustamente, a pesar de haberse esforzado sinceramente por salvar el anterior matrimonio, o bien cuando estuvieran convencidos de la nulidad del anterior matrimonio, sin poder demostrarla en el foro externo, o cuando ya hubieran recorrido un largo camino de reflexión y de penitencia, o incluso cuando por motivos moralmente válidos no pudieran satisfacer la obligación de separarse.

En algunas partes se ha propuesto también que, para examinar objetivamente su situación efectiva, los divorciados vueltos a casar deberían entrevistarse con un sacerdote prudente y experto. Su eventual decisión de conciencia de acceder a la Eucaristía, sin embargo, debería ser respetada por ese sacerdote, sin que ello implicase una autorización oficial.

En estos casos y otros similares se trataría de una solución pastoral, tolerante y benévola, para poder hacer justicia a las diversas situaciones de los divorciados vueltos a casar.

4. Aunque es sabido que análogas soluciones pastorales fueron propuestas por algunos Padres de la Iglesia y entraron en cierta medida incluso en la práctica, sin embargo nunca obtuvieron el consentimiento de los Padres ni constituyeron en modo alguno la doctrina común de la Iglesia, como tampoco determinaron su disciplina. Corresponde al Magisterio universal, en fidelidad a la Sagrada Escritura y a la Tradición, enseñar e interpretar auténticamente el depósito de la fe.

Por consiguiente, frente a las nuevas propuestas pastorales arriba mencionadas, esta Congregación siente la obligación de volver a recordar la doctrina y la disciplina de la Iglesia al respecto. Fiel a la palabra de Jesucristo(5), la Iglesia afirma que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el anterior matrimonio. Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación(6).

Esta norma de ninguna manera tiene un carácter punitivo o en cualquier modo discriminatorio hacia los divorciados vueltos a casar, sino que expresa más bien una situación objetiva que de por sí hace imposible el acceso a la Comunión eucarística: «Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio»(7).

Para los fieles que permanecen en esa situación matrimonial, el acceso a la Comunión eucarística sólo se abre por medio de la absolución sacramental, que puede ser concedida «únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, -como, por ejemplo, la educación de los hijos- no pueden cumplir la obligación de la separación, "asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos"»(8). En este caso ellos pueden acceder a la Comunión eucarística, permaneciendo firme sin embargo la obligación de evitar el escándalo.

5. La doctrina y la disciplina de la Iglesia sobre esta materia han sido ampliamente expuestas en el período post-conciliar por la Exhortación Apostólica Familiaris consortio. La Exhortación, entre otras cosas, recuerda a los pastores que, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las diversas situaciones y los exhorta a animar a los divorciados que se han casado otra vez para que participen en diversos momentos de la vida de la Iglesia. Al mismo tiempo, reafirma la praxis constante y universal, «fundada en la Sagrada Escritura, de no admitir a la Comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar»(9), indicando los motivos de la misma. La estructura de la Exhortación y el tenor de sus palabras dejan entender claramente que tal praxis, presentada como vinculante, no puede ser modificada basándose en las diferentes situaciones.

6. El fiel que está conviviendo habitualmente «more uxorio» con una persona que no es la legítima esposa o el legítimo marido, no puede acceder a la Comunión eucarística. En el caso de que él lo juzgara posible, los pastores y los confesores, dada la gravedad de la materia y las exigencias del bien espiritual de la persona(10) y del bien común de la Iglesia, tienen el grave deber de advertirle que dicho juicio de conciencia riñe abiertamente con la doctrina de la Iglesia(11). También tienen que recordar esta doctrina cuando enseñan a todos los fieles que les han sido encomendados.

Esto no significa que la Iglesia no sienta una especial preocupación por la situación de estos fieles que, por lo demás, de ningún modo se encuentran excluidos de la comunión eclesial. Se preocupa por acompañarlos pastoralmente y por invitarlos a participar en la vida eclesial en la medida en que sea compatible con las disposiciones del derecho divino, sobre las cuales la Iglesia no posee poder alguno para dispensar(12). Por otra parte, es necesario iluminar a los fieles interesados a fin de que no crean que su participación en la vida de la Iglesia se reduce exclusivamente a la cuestión de la recepción de la Eucaristía. Se debe ayudar a los fieles a profundizar su comprensión del valor de la participación al sacrificio de Cristo en la Misa, de la comunión espiritual(13), de la oración, de la meditación de la palabra de Dios, de las obras de caridad y de justicia(14).

7. La errada convicción de poder acceder a la Comunión eucarística por parte de un divorciado vuelto a casar, presupone normalmente que se atribuya a la conciencia personal el poder de decidir en último término, basándose en la propia convicción(15),sobre la existencia o no del anterior matrimonio y sobre el valor de la nueva unión. Sin embargo, dicha atribución es inadmisible(16). El matrimonio, en efecto, en cuanto imagen de la unión esponsal entre Cristo y su Iglesia así como núcleo basilar y factor importante en la vida de la sociedad civil, es esencialmente una realidad pública.

8. Es verdad que el juicio sobre las propias disposiciones con miras al acceso a la Eucaristía debe ser formulado por la conciencia moral adecuadamente formada. Pero es también cierto que el consentimiento, sobre el cual se funda el matrimonio, no es una simple decisión privada, ya que crea para cada uno de los cónyuges y para la pareja una situación específicamente eclesial y social. Por lo tanto el juicio de la conciencia sobre la propia situación matrimonial no se refiere únicamente a una relación inmediata entre el hombre y Dios, como si se pudiera dejar de lado la mediación eclesial, que incluye también las leyes canónicas que obligan en conciencia. No reconocer este aspecto esencial significaría negar de hecho que el matrimonio exista como realidad de la Iglesia, es decir, como sacramento.

9. Por otra parte la Exhortación Familiaris consortio, cuando invita a los pastores a saber distinguir las diversas situaciones de los divorciados vueltos a casar, recuerda también el caso de aquellos que están subjetivamente convencidos en conciencia de que el anterior matrimonio, irreparablemente destruido, jamás había sido válido(17). Ciertamente es necesario discernir a través de la vía del fuero externo establecida por la Iglesia si existe objetivamente esa nulidad matrimonial. La disciplina de la Iglesia, al mismo tiempo que confirma la competencia exclusiva de los tribunales eclesiásticos para el examen de la validez del matrimonio de los católicos, ofrece actualmente nuevos caminos para demostrar la nulidad de la anterior unión, con el fin de excluir en cuanto sea posible cualquier diferencia entre la verdad verificable en el proceso y la verdad objetiva conocida por la recta conciencia(18).

Atenerse al juicio de la Iglesia y observar la disciplina vigente sobre la obligatoriedad de la forma canónica en cuanto necesaria para la validez de los matrimonios de los católicos es lo que verdaderamente ayuda al bien espiritual de los fieles interesados. En efecto, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y vivir en la comunión eclesial es vivir en el Cuerpo de Cristo y nutrirse del Cuerpo de Cristo. Al recibir el sacramento de la Eucaristía, la comunión con Cristo Cabeza jamás puede estar separada de la comunión con sus miembros, es decir con la Iglesia. Por esto el sacramento de nuestra unión con Cristo es también el sacramento de la unidad de la Iglesia. Recibir la Comunión eucarística riñendo con la comunión eclesial es por lo tanto algo en sí mismo contradictorio. La comunión sacramental con Cristo incluye y presupone el respeto, muchas veces difícil, de las disposiciones de la comunión eclesial y no puede ser recta y fructífera si el fiel, aunque quiera acercarse directamente a Cristo, no respeta esas disposiciones.

10. De acuerdo con todo lo que se ha dicho hasta ahora, hay que realizar plenamente el deseo expreso del Sínodo de los Obispos, asumido por el Santo Padre Juan Pablo II y llevado a cabo con empeño y con laudables iniciativas por parte de Obispos, sacerdotes, religiosos y fieles laicos: con solícita caridad hacer todo aquello que pueda fortalecer en el amor de Cristo y de la Iglesia a los fieles que se encuentran en situación matrimonial irregular. Sólo así será posible para ellos acoger plenamente el mensaje del matrimonio cristiano y soportar en la fe los sufrimientos de su situación. En la acción pastoral se deberá cumplir toda clase de esfuerzos para que se comprenda bien que no se trata de discriminación alguna, sino únicamente de fidelidad absoluta a la voluntad de Cristo que restableció y nos confió de nuevo la indisolubilidad del matrimonio como don del Creador. Será necesario que los pastores y toda la comunidad de fieles sufran y amen junto con las personas interesadas, para que puedan reconocer también en su carga el yugo suave y la carga ligera de Jesús(19). Su carga no es suave y ligera en cuanto pequeña o insignificante, sino que se vuelve ligera porque el Señor -y junto con él toda la Iglesia- la comparte. Es tarea de la acción pastoral, que se ha de desarrollar con total dedicación, ofrecer esta ayuda fundada conjuntamente en la verdad y en el amor.

Unidos en el empeño colegial de hacer resplandecer la verdad de Jesucristo en la vida y en la praxis de la Iglesia, me es grato confirmarme de su Excelencia Reverendísima devotísimo en Cristo

Joseph Card. Ratzinger
Prefecto

+ Alberto Bovone
Arzobispo tit. de Cesarea de Numidia
Secretario

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, durante la audiencia concedida al Cardenal Prefecto ha aprobado la presente Carta, acordada en la reunión ordinaria de esta Congregación, y ha ordenado que se publique.

Roma, en la sede la Congregación para la Doctrina de la Fe, 14 de septiembre de 1994, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.


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NOTAS
(1) Cf. JUAN PABLO II, Carta a las Familias (2 de febrero de 1994), n. 3.

(2) Cf. JUAN PABLO II, Exhort. apost. Familiaris consortio nn. 79-84: AAS 74 (1982) 180-186.

(3) Cf. Ibid., n. 84: AAS 74 (1982) 185; Carta a las Familias, n. 5; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1651.

(4) Cf. PABLO VI, Encicl. Humanae vitae, n. 29: AAS 60 (1968) 501; JUAN PABLO II, Exhort. apost. Reconciliatio et paenitentia, n. 34: AAS 77 (1985) 272; Encicl. Veritatis splendor, n. 95: AAS 85 (1993) 1208.

(5) Mc 10,11-12: "Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio".

(6) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1650; cf. también n. 1640 y Concilio de Trento, sess. XXIV: DS 1797-1812.

(7) Exhort. Apost. Familiaris consortio, n. 84: AAS 74 (1982) 185-186.

(8) Ibid, n. 84: AAS 74 (1982) 186; cf. JUAN PABLO II, Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, n. 7: AAS 72 (1980) 1082.

(9) Exhort. Apost. Familiaris consortio, n.84: AAS 74 (1982) 185.

(10) Cf. I Co 11, 27-29.

(11) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 978 § 2.

(12) Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1640.

(13) Cf. CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunas cuestiones relativas al Ministro de la Eucaristía, III/4: AAS 75 (1983) 1007; STA TERESA DE AVILA, Camino de perfección, 35,1; S. ALFONSO M. DE LIGORIO, Visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima.

(14) Cf. Exhort. apost. Familiaris consortio, n. 84: AAS 74 (1982) 185.

(15) Cf. Encicl. Veritatis splendor, n. 55: AAS 85 (1993) 1178.

(16) Cf. Código de Derecho Canónico, can. 1085 § 2.

(17) Cf. Exhort. apost. Familiaris Consortio, n. 84: AAS 74 (1982) 185.

(18) Cf. Código de Derecho Canónico cann. 1536 § 2 y 1679 y Código de los cánones de las Iglesias Orientales cann. 1217 § 2 y 1365, acerca de la fuerza probatoria de las declaraciones de las partes en dichos procesos.

(19) Cf. Mt 11,30.
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Disposiciones exteriores para la comunion.

Disposiciones exteriores para la comunión

El ayuno eucarístico, de antiquísima tradición, exige hoy «abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas» (Código 919,1).

La Iglesia permite comulgar dos veces el mismo día, siempre que se participe en ambas misas (ib. 917).

Comunión bajo las dos especies: «La comunión tiene una expresión más plena, por razón del signo, cuando se hace bajo las dos especies» (OGMR 240). La Iglesia en Occidente, sólo por razones prácticas, reduce este uso a ocasiones señaladas (Eucharisticum mysterium 32), mientras que en Oriente es la forma habitual.

Comunión fuera de la Misa: Cuando se comulga dentro de la misa, y además con hostias consagradas en la misma misa, se expresa con mayor claridad que la comunión hace participar en el sacrificio mismo de Jesucristo (+Catecismo 1388). Sin embargo, cuando los fieles piden la comunión «con justa causa, se les debe administrar la comunión fuera de la misa» (Código 918).

Disposiciones interiores para la comunión frecuente
San Pablo habla claramente sobre la posibilidad de comuniones indignas: «Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación. Por esto hay entre vosotros muchos flacos y débiles, y muchos muertos» (1Cor 11,27-29). Atribuye el Apóstol los peores males de la comunidad cristiana de Corinto a un uso abusivo de la comunión eucarística... Esto nos lleva a considerar el tema de la frecuencia y disposición espiritual que son convenientes para la comunión.

Comunión diaria
En la antigüedad cristiana, sobre todo en los siglos III y IV, hay numerosas huellas documentales que hacen pensar en la normalidad de la comunión diaria. Los fieles cristianos más piadosos, respondiendo sencillamente a la voluntad expresada por Cristo, «tomad y comed, tomad y bebed», veían en la comunión sacramental el modo normal de consumar su participación en el sacrificio eucarístico. Sólo los catecúmenos o los pecadores sujetos a disciplina penitencial se veían privados de ella. Pronto, sin embargo, incluso en el monacato naciente, este criterio tradicional se debilita en la práctica o se pone en duda por diversas causas. La doctrina de San Agustín y de Santo Tomás podrán mostrarnos autorizadamente el nuevo criterio.

Santo Tomás (+1274), tan respetuoso siempre con la tradición patrística y conciliar, examina la licitud de la comunión diaria, advirtiendo que, por parte del sacramento, es claro que «es conveniente recibirlo todos los días, para recibir a diario su fruto». En cambio, por parte de quienes comulgan, «no es conveniente a todos acercarse diariamente al sacramento, sino sólo las veces que se encuentren preparados para ello. Conforme a esto se lee [en Genadio de Marsella, +500]: "Ni alabo ni critico el recibir todos los días la comunión eucarística"» (STh III,80,10). Y en ese mismo texto Santo Tomás precisa mejor su pensamiento cuando dice: «El amor enciende en nosotros el deseo de recibirlo, y del temor nace la humildad de reverenciarlo. Las dos cosas, tomarlo a diario y abstenerse alguna vez, son indicios de reverencia hacia la eucaristía. Por eso dice San Agustín [+430]: "Cada uno obre en esto según le dicte su fe piadosamente; pues no altercaron Zaqueo y el Centurión por recibir uno, gozoso, al Señor, y por decir el otro: No soy digno de que entres bajo mi techo. Los dos glorificaron al Salvador, aunque no de una misma manera" [ML 33,201]. Con todo, el amor y la esperanza, a los que siempre nos invita la Escritura, son preferibles al temor. Por eso, al decir Pedro "apártete de mí, Señor, que soy hombre pecador", responde Jesús: "No temas"» (ib. ad 3m).

Durante muchos siglos prevaleció en la Iglesia, incluso en los ambientes más fervorosos, la comunión poco frecuente, solo en algunas fiestas señaladas del Año litúrgico, o la comunión mensual o semanal, con el permiso del confesor. Y esta tendencia se acentuó aún más, hasta el error, con el Jansenismo. Por eso, sin duda, uno de los actos más importantes del Magisterio pontificio en la historia de la espiritualidad es el decreto de 20 de diciembre de 1905. En él San Pío X recomienda, bajo determinadas condiciones, la comunión frecuente y diaria, saliendo en contra de la posición jansenista.

«El deseo de Jesucristo y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado convite se cifra principalmente en que los fieles, unidos con Dios por medio del sacramento, tomen de ahí fuerza para reprimir la concupiscencia, para borrar las culpas leves que diariamente ocurren, y para precaver los pecados graves a que la fragilidad humana está expuesta; pero no principalmente para mirar por el honor y reverencia del Señor, ni para que ello sea paga o premio de las virtudes de quienes comulgan. De ahí que el santo Concilio de Trento llama a la eucaristía «antídoto con que nos libramos de las culpas cotidianas y nos preservamos de los pecados mortales». Según esto:

«1. La comunión frecuente y cotidiana... esté permitida a todos los fieles de Cristo de cualquier orden y condición, de suerte que a nadie se le puede impedir, con tal que esté en estado de gracia y se acerque a la sagrada mesa con recta y piadosa intención.

«2. La recta intención consiste en que quien se acerca a la sagrada mesa no lo haga por rutina, por vanidad o por respetos humanos, sino para cumplir la voluntad de Dios, unirse más estrechamente con Él por la caridad, y remediar las propias flaquezas y defectos con esa divina medicina.

«3. Aun cuando conviene sobremanera que quienes reciben frecuente y hasta diariamente la comunión estén libres de pecados veniales, por lo menos de los plenamente deliberados, y del apego a ellos, basta sin embargo que no tengan culpas mortales, con propósito de no pecar más en adelante...

«4. Ha de procurarse que a la sagrada comunión preceda una diligente preparación y le siga la conveniente acción de gracias, según las fuerzas, condición y deberes de cada uno.

«5. Debe pedirse consejo al confesor. Procuren, sin embargo, los confesores no apartar a nadie de la comunión frecuente o cotidiana, con tal que se halle en estado de gracia y se acerque con rectitud de intención» (Denz 1981/3375 - 1990/3383).

Parece claro que en la grave cuestión de la comunión frecuente, la mayor tentación de error es hoy la actitud laxista, y no el rigorismo jansenista, siendo una y otro graves errores. Entre ambos extremos de error, la doctrina de la Iglesia católica, expresada en el decreto de San Pío X, permanece vigente. Hoy «la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo 1389)
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Dignidad para recibir la Sagrada Comunion.

Dignidad para recibir la Sagrada Comunión.
Principios Generales. Nota del Cardenal Ratzinger a la Conferencia Episcopal de USA
Fuentes: ACI; AICA; Noticias Globales.

 

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Nota que dirigió el Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, al Cardenal Theodore McCarrick, Arzobispo de Washington, con ocasión de la asamblea de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, celebrada en Denver, del 14 al 19 de junio de este año. Al concluir esa reunión los obispos dieron a conocer la Declaración Católicos en la Vida Pública.  Original en Inglés

“Dignidad para recibir la Sagrada Comunión". Principios Generales

1. El presentarse para recibir la Sagrada Comunión debería ser una decisión consciente, basada en un juicio razonado respecto de la propia dignidad para hacerlo, según los criterios objetivos de la Iglesia, haciéndose preguntas como: “¿Estoy en plena comunión con la Iglesia Católica? ¿Soy culpable de algún pecado grave? ¿He incurrido en una pena (p.ej. la excomunión, el entredicho) que prohíbe que reciba la Sagrada Comunión? ¿Me he preparado ayunando por lo menos una hora antes?” La práctica de presentarse indiscriminadamente a recibir la Sagrada Comunión, simplemente como consecuencia de estar presente en la Misa, es un abuso que debe ser corregido (cf. Instrucción Redemptionis Sacramentum, n. 81, 83).

2. La Iglesia enseña que el aborto o la eutanasia son pecado grave. La Carta Encíclica Evangelium vitae, respecto de decisiones judiciales o leyes civiles que autorizan o promueven el aborto o la eutanasia, declara que existe “una grave y clara obligación de oponerse por la objeción de conciencia. …En el caso de una ley intrínsecamente injusta, como una ley que permite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito por tanto obedecerla, o ‘participar en una campaña de propaganda a favor de tal ley o votar por ella’” (n. 73). Los cristianos tienen “una grave obligación de conciencia de no cooperar formalmente en prácticas que, aún permitidas por la legislación civil, son contrarias a la ley de Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente con el mal. …Tal cooperación nunca puede ser justificada invocando el respeto a la libertad de otros o apelando al hecho de que la ley civil lo permite o lo requiere” (n. 74).

3. No todos los asuntos morales tienen el mismo peso moral que el aborto y la eutanasia. Por ejemplo, si un católico discrepara con el Santo Padre sobre la aplicación de la pena de muerte o en la decisión de hacer la guerra, éste no sería considerado por esta razón indigno de presentarse a recibir la Sagrada Comunión. Aunque la Iglesia exhorta a las autoridades civiles a buscar la paz, y no la guerra, y a ejercer discreción y misericordia al castigar a criminales, aún sería lícito tomar las armas para repeler a un agresor o recurrir a la pena capital. Puede haber una legítima diversidad de opinión entre católicos respecto de ir a la guerra y aplicar la pena de muerte, pero no, sin embargo, respecto del aborto y la eutanasia.

4. Aparte del juicio de un individuo respecto de su propia dignidad para presentarse a recibir la Santa Eucaristía, el ministro de la Sagrada Comunión se puede encontrar en la situación en la que debe rechazar distribuir la Sagrada Comunión a alguien, como en el caso de un excomulgado declarado, un declarado en entredicho, o una persistencia obstinada en pecado grave manifiesto (cf. Can. 915).

5. Respecto del grave pecado del aborto o la eutanasia, cuando la cooperación formal de una persona es manifiesta (entendida, en el caso de un político católico, como hacer campaña y votar sistemáticamente por leyes permisivas de aborto y eutanasia), su párroco debería reunirse con él, instruirlo respecto de las enseñanzas de la Iglesia, informándole que no debe presentarse a la Sagrada Comunión hasta que termine con la situación objetiva de pecado, y advirtiéndole que de otra manera se le negará la Eucaristía.

6. Cuando “estas medidas preventivas no han tenido su efecto o cuando no han sido posibles”, y la persona en cuestión, con obstinada persistencia, aún se presenta a recibir la Sagrada Comunión, “el ministro de la Sagrada Comunión debe negarse a distribuirla” (cf. Declaración del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos “Sagrada Comunión y Divorcio, Católicos vueltos a casar civilmente” [2002], n. 3-4). Esta decisión, propiamente hablando, no es una sanción o una pena. Tampoco es que el ministro de la Sagrada Comunión esté realizando un juicio sobre la culpa subjetiva de la persona, sino que está reaccionando ante la indignidad pública de la persona para recibir la Sagrada Comunión debido a una situación objetiva de pecado.

Nota: Un católico sería culpable de cooperación formal en el mal, y tan indigno para presentarse a la Sagrada Comunión, si deliberadamente votara a favor de un candidato precisamente por la postura permisiva del candidato respecto del aborto y/o la eutanasia. Cuando un católico no comparte la posición a favor del aborto o la eutanasia de un candidato, pero vota a favor de ese candidato por otras razones, esto es considerado una cooperación material remota que sólo puede ser admitida ante la presencia de razones proporcionalmente graves”.


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¿Por que ir a Misa?

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¿POR QUE IR A MISA?
Aportado por Frankie

Nos escriben:

"Tengo 30 años de ir a Misa desde que me casé y de los 3.000 sermones que he escuchado, más o menos, de ninguno me recuerdo. He perdido mi tiempo. No iré más".

Medita esta respuesta:

"Tienes 30 años que tu esposa te ha cocinado 32.000 comidas y seguro que no puedes recordar los menús para cada una de esas comidas. Pues no comas más".

Sin el alimento en tu mesa no tendrías fuerzas para vivir. De hecho, hoy estarías muerto.
De la misma manera, si no fueses a Misa, tampoco tendrías vida espiritual.

Claro que no es suficiente comer. Hay que digerir. Si no digieres estás enfermo. Hace falta ir al médico. Si no te nutres de la Eucaristía, si no te mueve el corazón escuchar la Palabra, es hora de ir al médico. Abre tu corazón a Jesús, examina con humildad tu conciencia. El te sanará.

 ¿Te nutres bien en la mesa de tu hogar? No la abandones. Mucho menos abandones la Misa, pues la primera alimentación te da vida por unos pocos años. La segunda, por la eternidad, empezando hoy.

Benedicto XVI sobre la Misa:
Tenemos necesidad de este Pan para afrontar los esfuerzos y cansancios del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerza de Él, que es el Señor de la vida. El precepto festivo no es por tanto un simple deber impuesto desde el exterior. Participar en la celebración dominical y alimentarse del Pan eucarístico es una necesidad para el cristiano, quien de este modo puede encontrar la energía necesaria para el camino que hay que recorrer. -29 Mayo, 2005
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La Misa segun los Santos.

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La Misa según Los Santos,
la Eucaristía y la Misa  
La vida de TODOS los santos se centra en la Eucaristía. Meditemos algunos ejemplos entre ellos.
Editado por SCTJM

La Eucaristía según los santos

Santa Angela de Foligno
"Si tan solo pausáramos por un momento para considerar con atención lo que ocurre en este Sacramento, estoy seguro que pensar en el amor de Cristo por nosotros transformaría la frialdad de nuestros corazones en un fuego de amor y gratitud."

San Agustín:
"Cristo se sostuvo a si mismo en Sus manos cuando dio Su Cuerpo a Sus discípulos diciendo: "Este es mi Cuerpo". Nadie participa de esta Carne sin antes adorarla"

"Reconoce en este pan lo que colgó en la cruz, y en este caliz lo que fluyó de Su costado... todo lo que en muchas y variadas maneras anunciado antemano en los sacrificios del Antiguo Testamento pertenece a este singular sacrificio que se revela en el Nuevo Testamento" -Sermón 3, 2; Circa 410 A.D.

San Efrén:
Oh Señor, no podemos ir a la piscina de Siloé a la que enviaste el ciego. Pero tenemos el cáliz de tu Preciosa Sangre, llena de vida y luz. Cuanto mas puros somos, mas recibimos.

San Francisco de Sales:
"Cuando la abeja ha recogido el roció del cielo y el néctar de las flores mas dulce de la tierra, se apresura a su colmena. De la misma forma, el sacerdote, habiendo del altar al Hijo de Dios (que es como el rocío del cielo y verdadero hijo de María, flor de nuestra humanidad), te lo da como manjar delicioso"

San Juan Bosco:
"El objetivo principal es promover veneración al Santísimo Sacramento y devoción a María Auxilio de los Cristianos. Este título parece agradarle mucho a la augusta Reina del Cielo"

San Juan Eudes:
"Para ofrecer bien una Eucaristía se necesitarían tres eternidades: una para prepararla, otra para celebrarla y una tercera para dar gracias".

San Alfonso Ligorio:
"Tened por cierto el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad. Y sabed que acaso ganaréis más en un cuarto de hora de adoración en la presencia de Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día." 

San Cirilo de Jerusalén:
"Así como dos pedazos de cera derretidos juntos no hacen más que uno, de igual modo el que comulga, de tal suerte está unido con Cristo, que él vive en Cristo y Cristo en él."

San Ignacio de Loyola
Preparando el altar, y después de revestirme, y durante la Misa, movimientos internos muy intensos y muchas e intensas lágrimas y llanto, con frecuente pérdida del habla, y también al final de la Misa, y por largos períodos durante la misa, en la preparación y después, la clara visión de nuestra Señora, muy propicia ante el Padre, hasta tal grado, que las oraciones al Padre y al Hijo y en la consagración, no podía sino sentir y verla, como si fuera parte o la puerta, para toda la gracia que sentía en mi corazón. En la consagración de la Misa, ella me enseñó que su carne estaba en la de su Hijo, con tanta luz que no puedo escribir sobre ello. No tuve duda de la primera oblación ya hecha"

La MISA según los santos

El santo cura de Ars, San Juan María Vianney:
“Si conociéramos el valor de La Santa Misa nos moriríamos de alegría”.

"Sí supiéramos el valor del Santo Sacrificio de la Misa, qué esfuerzo tan grande haríamos por asistir a ella".

"Qué feliz es ese Ángel de la Guarda que acompaña al alma cuando va a Misa".

"La Misa es la devoción de los Santos".

San Anselmo: “Una sola misa ofrecida y oída en vida con devoción, por el bien propio, puede valer más que mil misas celebradas por la misma intención, después de la muerte.”

Santo Tomás de Aquino: "La celebración de la Santa Misa tiene tanto valor como la muerte de Jesús en la Cruz".

San Francisco de Asís: "El hombre debería temblar, el mundo debería vibrar, el Cielo entero debería conmoverse profundamente cuando el Hijo de Dios aparece sobre el altar en las manos del sacerdote".

Santa Teresa de Jesús: "Sin la Santa Misa, ¿que sería de nosotros? Todos aquí abajo pereceríamos ya que únicamente eso puede detener el brazo de Dios. Sin ella, ciertamente que la Iglesia no duraría y el mundo estaría perdido sin remedio".

En cierta ocasión, Santa Teresa se sentía inundada de la bondad de Dios. Entonces le hizo esta pregunta a Nuestro Señor: “Señor mío, “¿cómo Os podré agradecer?” Nuestro Señor le contestó: “ASISTID A UNA MISA”.

San Alfonso de Ligorio: "El mismo Dios no puede hacer una acción más sagrada y más grande que la celebración de una Santa Misa".

Padre Pío de Pieltrecina:
"Sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol, que sin la Santa misa"

La Misa es infinita como Jesús... pregúntenle a un Angel lo que es la misa, y El les contestará, en
verdad yo entiendo lo que es y por qué se ofrece, mas sin embargo, no puedo entender cuánto valor tiene. Un Angel, mil Angeles, todo el Cielo, saben esto y piensan así".

San Lorenzo Justino:
"Nunca lengua humana puede enumerar los favores que se correlacionan al Sacrificio de la Misa. El pecador se reconcilia con Dios; el hombre justo se hace aún más recto; los pecados son borrados; los vicios eliminados; la virtud y el mérito crecen, y las estratagemas del demonio son frustradas.

San Leonardo de Port Maurice:
 "Oh gente engañada, qué están haciendo? Por qué no se apresuran a las Iglesias a oír tantas Misas como puedan? Por qué no imitan a los ángeles, quienes cuando se celebra una Misa, bajan en escuadrones desde el Paraíso y se estacionan alrededor de nuestros altares en adoración, para interceder por nosotros?".

"Yo creo que sí no existiera la Misa, el mundo ya se hubiera hundido en el abismo, por el peso de su iniquidad. La Misa es el soporte poderoso que lo sostiene ".

“una misa antes de la muerte puede ser más provechosa que muchas después de ella…

San Felipe Neri:
"Con oraciones pedimos gracia a Dios; en la Santa Misa comprometemos a Dios a que nos las conceda ".

San Pedro Julián Eymard:
"Sepan, oh Cristianos, que la Misa es el acto de religión más sagrado. No pueden hacer otra cosa para glorificar más a Dios, ni para mayor provecho de su alma, que asistir a Misa devotamente, y tan a menudo como sea posible ".

San Bernardo
"Uno obtiene más mérito asistiendo a una Santa Misa con devoción, que repartiendo todo lo suyo a los pobres y viajando por todo el mundo en peregrinación ".

San Francisco Javier Bianchi: "Cuando oigan que yo no puedo ya celebrar la Misa, cuéntenme como muerto".

San Buenaventura:
"La Santa Misa es una obra de Dios en la que presenta a nuestra vista todo el amor que nos tiene; en cierto modo es la síntesis, la suma de todos los beneficios con que nos ha favorecido".

"Hay en la Santa Misa tantos misterios como gotas de agua en el mar, como átomos de polvo en el aire y como ángeles en el cielo; no sé si jamás ha salido de la mano del Altísimo misterio más profundo."

San Gregorio el Grande: "El sacrificio del altar será a nuestro favor verdaderamente aceptable como nuestro sacrificio a Dios, cuando nos presentamos como víctimas".

Cuando Santa Margarita María Alacoque asistía a la Santa Misa, al voltear hacia el altar, nunca dejaba de mirar al Crucifijo y las velas encendidas. Por qué? Lo hacía para imprimir en su mente y su corazón, dos cosas: El Crucifijo le recordaba lo que Jesús había hecho por ella; las velas encendidas le recordaban lo que ella debía hacer por Jesús, es decir, sacrificarse consumirse por El y por las almas.

San Andrés Avellino: "No podemos separar la Sagrada Eucaristía de la Pasión de Jesús".
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Cinco llaves para entrar en la Eucaristia.

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Autor: J.Leoz | Fuente: Pan y Vida
Cinco llaves para entrar en la Eucaristía
Sentarse, relajarse, olvidarse de lo que nos rodea, lleva a vivir la presencia escondida de Dios. 
 
 
Silencio

El silencio es un poder. Sin él es muy difícil escuchar. Nuestras eucaristías son deficitarias en silencio. Parece como si nos violentásemos por el simple hecho de estar unos segundos sin decir nada.

El silencio es el ruido de la oración.

El silencio, después de la homilía, es interpelación.

El silencio, después de la comunión, es gratitud al Dios por tanto que nos ha dado.

En el silencio se llena todo de nuestras intenciones personales, peticiones o deseos.

La música o el canto, los símbolos y otras cosas secundarias, nunca pueden ser una especie de tapagujeros que hagan más “digerible” la eucaristía. El silencio no es ausencia de…., es cultivar un lugar para que Dios nazca.

Contemplación

La Eucaristía se hace más sabrosa cuando se la contempla. En el horizonte inmenso todo parece igual, pero cuando los ojos quedan fijos en él, surgen detalles que a simple vista parecían no existir.

Con la Eucaristía ocurre lo mismo. Es un paisaje que puede parecer todos los días igual. Sentarse, relajarse, olvidarse de lo que rodea lleva al alma contemplativa, a la persona contemplativa a vivir una serie de sensaciones que es la presencia escondida de Dios.

Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile que me ayude”. Le respondió el Señor: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada”. (Lucas 10, 38-42).

Oración

La oración y la eucaristía van de la mano como la cerradura se acciona con la llave. La eucaristía. El diálogo con Jesús se hace más fecundo después de haber escuchado la Palabra de Dios. Para que la Eucaristía resulte vibrante, no es cuestión de recurrir a la ayuda puntual del ritmo maraquero o guitarrero. En el diálogo de las personas está el crecimiento personal y comunitario. En la oración reside uno de los potenciales más grandes para entender, comprender y vivir intensamente la Eucaristía.

"Cuando oréis, no seáis como los hipócritas que son amigos de rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas, para exhibirse ante la gente. Ya han cobrado su paga, os lo aseguro. Tú, en cambio, cuando quieras rezar, echa la llave y rézale a tu Padre que está ahí en lo escondido; Tu Padre que ve lo escondido te recompensará" (Mt. 6, 5-6).

Caridad

La fuente de la caridad perfecta es la Eucaristía. La fuente de la caridad que nunca se agota ni se cansa es la Eucaristía. En ella contrastamos nuestros personales egoísmos con las grandes carencias que existen en el mundo que nos rodea. Cada día que pasa es una oportunidad que Dios nos da para ofrecer algo o parte de la riqueza material o personal que podemos tener cada uno de nosotros.

Hay dos dimensiones que nunca podemos olvidar al celebrar la eucaristía: la caridad hacia Dios y la caridad hacia los hermanos. Amar a Dios con todo el corazón y con toda nuestra alma es subirse al trampolín, para saltar y amar, aunque se nos haga duro y a veces imposible, a los más próximos a nosotros. Y, esos próximos, ¡qué lejos los tenemos muchas veces del corazón y qué cerca físicamente!

Hoy, de todas maneras, está más de moda mirar horizontalmente al hombre que verticalmente acordarnos de que Dios existe.

«Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, cercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» El dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».

Escucha

Cuando Dios habla no nos da simple información: se nos revela. Su Palabra es un escáner por el que vamos conociendo el corazón de Dios, sus sentimientos, sus pensamientos y, también, lo qué tiene pensado para cada uno de nosotros. Lo qué quiere de cada uno de nosotros.

El Antiguo Testamento nos prepara a la venida de Cristo. Las epístolas y otras lecturas nos ofrecen las reflexiones de San Pablo y de otros contemporáneos sobre Jesucristo, su vida y su mensaje. El Evangelio nos da la clave de cada encuentro eucarístico. Es el punto culminante de toda la Liturgia de la Palabra. Es en este momento, cuando puestos de pie rendimos homenaje presente en la Palabra.

Le reclamaba una vez por la noche al Señor: - "¿Por qué Señor no me escuchas?, si cada noche te hablo..." - "¿Por qué Señor no me atiendes?, cuando en cada momento te pido..." - "¿Por qué Señor no te veo?, si oro constantemente..." - "En esta noche Señor hablo y hablo contigo, mas no siento tu presencia, ¿por qué Señor no me tomas en cuenta?

A lo que Dios contestó: - "Cada noche escucho tu clamor, cada noche trato de atender, cada noche trato de hacerme ver delante de ti, y quisiera cumplir tus deseos. Pero me hablas y pides muchas cosas, las cuales escucho con atención, sin embargo, en cuanto terminas de agradecer y de pedir lo que necesitas, terminas tu oración, sin darme oportunidad de hablar"

Una conversación es un diálogo entre dos, muchas veces hablamos con Dios pero no nos damos un tiempo para escuchar su voz. ¿Alguna vez has tratado de hablar con alguien que no te deja decir ni una sola palabra? Pues bien, Dios quiere hacernos escuchar su voz y para eso necesita que le des la oportunidad de hacerlo, y solo entonces, al escuchar su voz y guardar silencio por un momento, tu oración será completa, y Dios cumplirá su promesa de darte todo aquello que pidas con fe.

Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumba enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.

Los origenes de la Misa - Gestos y simbolos.

LOS ORIGENES DE LA MISA-GESTOS Y SIMBOLOS
EXPLICACION DE LA MISA-
 

 Los Orígenes del Santo Sacrificio de la Misa 

 
Si no puede haber religión sin sacrificio, ¿dónde está el sacrificio de los cristianos? Evidentemente en la misa. Al menos tal ha sido siempre la enseñanza de la Iglesia católica. Hagamos pues otra pregunta: ¿En qué se asemejan nuestras misas a un sacrificio?
¿Dónde está en ellas la manifestación clara y decidida de nuestra adoración y de nuestra suma reverencia a Dios? ¿Dónde la afirmación de nuestra perfecta sumisión a sus preceptos?
El Salvador ofrece su sacrificio
La tradición cristiana, el testimonio de las Sagradas Escrituras y la doctrina de los santos padres son unánimes: nuestra santa religión gira enteramente alrededor del sacrificio del Verbo de Dios consumado en la cruz, y el culto cristiano se organizó desde los comienzos como el fruto, la continuación y la aplicación de este acto sublime. Cuando San Juan Bautista vio venir a Nuestro Señor, comprendió por revelación divina que Él era el verdadero cordero de Dios, que quita los pecados del mundo (Jn. 1), y que por consiguiente ya había llegado la plenitud de los tiempos. 
¿Cuándo empezó el sacrificio de la nueva ley?
Puede decirse que empezó desde el primer momento de la Encarnación. San Pablo (He. 10) dice en efecto que Jesucristo al salir al mundo se ofreció a su Padre, aplicándose las palabras del Salmo 39:
Los holocaustos y otros sacrificios de animales no os han sido agradables, pero habéis unido a mi naturaleza divina un cuerpo para que pueda padecer e inmolarme a vuestra santa voluntad… y yo he dicho: he aquí que vengo a cumplir vuestra santa voluntad.
Toda la vida del Salvador fue una misa y una oblación a su Padre. El anonadamiento de su encarnación, las lágrimas que derrama el Niño Dios, las privaciones que experimenta son los preludios del sacrificio. La Virgen María lo presenta en el templo, lo coloca en el altar y Jesús renueva el solemne empeño de morir por la salvación del mundo… he aquí la ofrenda y el ofertorio del sacrificio cuya inmolación ha de hacerse en el Calvario, y su participación en el Cenáculo y en la Misa.
Jesús es el verdadero cordero de Dios, que por su inmolación quitará el pecado del mundo (Jn 1,29). El Hijo muy amado del Padre (Lc 3,21) del cual San Juan Bautista confiesa que no se siente digno siquiera de desatar la correa de su sandalia.
Jesucristo prepara a sus apóstoles para el nuevo culto
Y cuando San Pedro con falso celo y falso amor quiere disuadirlo, recibe esta respuesta terrible:
"Apártate de mí Satanás, porque me eres un escándalo… porque tus pensamientos no son los de Dios sino los de los hombres" (Mt 16,23).
A pesar de tantas instrucciones, los apóstoles se escandalizarán y abandonarán a su Maestro en la noche del Jueves Santo, y solamente más tarde, fortalecidos por la virtud del Espíritu Santo, comprenderán el sentido de estas palabras:
 "Si el grano de trigo no muere, permanece solo, pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12,24).
Jesús es el Buen Pastor, que da su vida por sus ovejas (Jn. 10,11), y es el pan de vida: quien no come de este pan que es su propia carne, no tendrá la vida eterna (Jn cap. 6).
Era necesario que Cristo sufriera para salvarnos y entrar en la gloria (Lc 24,26). Lo profetizó sin saberlo el mismo sumo sacerdote que condenó a Nuestro Señor a la muerte:
"conviene que muera uno solo por el pueblo y que no perezca toda la nación" (Jn 11,49). Ahora bien, para que nos beneficiemos de tan gran don, es necesario que se nos apliquen los méritos de Cristo, lo que se hace mediante el sacrificio de la misa.
Jesús instituye el nuevo rito y lo enseña a sus apóstoles
Nunca admiraremos bastante la sabiduría y las otras perfecciones de Dios tal como se nos manifiestan en la institución de la misa. "La Eucaristía, es la omnipotencia al servicio del amor: su primer efecto es hacernos permanecer en Jesús como en una plenitud infinita. Queda Él solo: ¡es el Maestro, el Rey!" (Santa Teresita del Niño Jesús). No podemos, hacer nada mejor que citar integralmente la sagradas palabras del canon de la misa tradicional, tan lleno de unción y de piedad.


La víspera de su Pasión, tomó Jesús el pan en sus santas y venerables manos… y levantando sus ojos al cielo, a Ti, Dios, su Padre omnipotente, dándote gracias, lo bendijo, lo partió, y se lo dio a sus discípulos, diciendo:
 Tomad y comed todos de él. Porque esto es mi cuerpo. De un modo semejante, después de haber cenado, tomando también este precioso cáliz en sus santas y venerables manos, dándote asimismo gracias, lo bendijo, y dio a sus discípulos diciendo: Tomad y bebed de él todos. Porque este es el cáliz de mi sangre, del nuevo y eterno testamento, misterio de fe: que por vosotros y por muchos será derramada para la remisión de los pecados. Cuantas veces esto hiciereis, hacedlo en memoria mía.
Después de Pentecostés, el culto cristiano se organiza.
El Salvador dejó este encargo solemne a sus apóstoles en el momento en que iba a ofrecerse en sacrificio: "cuantas veces esto hicieréis, hacedlo en memoria mía". He aquí como lo explica el Concilio de Trento: "Aunque Nuestro Señor debiera ofrecerse una sola vez a su Padre, uniéndose en el altar de la cruz para obrar la redención eterna, quiso dejar a su Iglesia un sacrificio visible, tal como lo requería la naturaleza de los hombres, por el cual se aplicase de edad en edad por la remisión de los pecados la virtud de este sangriento sacrificio que debía cumplirse una vez en la cruz…
 en la última cena, en la misma noche en que fue entregado, declarándose sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, los dio a sus apóstoles, a quienes hizo entonces sacerdotes del Nuevo Testamento, y por estas palabras:

Haced esto en memoria mía, les mandó a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio que ofreciesen la misma hostia".

La Santa Misa
 
Explicación de la misa. Carta del Cardenal Norberto Rivera.
   
 


Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio. Efectivamente, siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda (I Corintios 9, 16-19).

Estas frases de san Pablo podrían aplicarse a toda la Iglesia. Esto es lo que ha hecho la Iglesia desde sus orígenes: proclamar el Evangelio. Siendo libre, se ha hecho esclava de muchos, servidora abnegada, para ganar para el Evangelio a la mayoría, a los más que ha podido y puede, para entregarles la revelación de Jesucristo que nos descubre el amor y nos abre las puertas de la salvación. El Evangelio es el centro de la primera parte de la Misa: la liturgia de la palabra. La Iglesia proclama solemnemente la Buena Nueva (Eu-angelion: Evangelio) de Jesucristo en la liturgia eucarística.

La Eucaristía es el misterio de la fe y, por tanto, es necesario que la asamblea cristiana de los fieles alimente su fe escuchando la palabra de Dios antes de acercarse a su mesa. Seguimos así una tradición que nace con la Iglesia (Cf Hechos 20, 7-11). El mismo Jesús en la Última Cena enseñó el mandamiento del amor antes de partir el pan con sus apóstoles (Cf Juan 13) o leyó y explicó la palabra de Dios en la Sinagoga (Cf Lucas 4, 16), tal como hacemos hoy en todas las misas del mundo. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña:

La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica:

- la reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;
- la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria y la comunión.

Liturgia de la Palabra y liturgia eucarística constituyen juntas "un solo acto de culto" (Cf Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (Cf Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum 21) (Catecismo de la Iglesia Católica 1346).

La liturgia de la Palabra comprende "los escritos de los profetas", es decir, el Antiguo Testamento, y "las memorias de los apóstoles", es decir, sus cartas y los Evangelios; después, la homilía que exhorta a acoger esta palabra como lo que "es verdaderamente, Palabra de Dios" (I Tesalonicenses 2,13), y a ponerla en práctica; vienen luego las intercesiones por todos los hombres, según la palabra del apóstol: "Ante todo, recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad" (I Timoteo 2,1-2). (Catecismo de la Iglesia Católica 1349).

La lectura se hace desde un lugar destacado, el “ambón”, un puesto algo elevado y bien visible. Cualquier bautizado puede realizar este ministerio litúrgico, pero debe prepararse para hacerlo digna y eficazmente.

La primera lectura casi siempre se toma del Antiguo Testamento. Puede ser un libro histórico, de la ley, de los profetas o de los escritros sapienciales. La Iglesia ha distribuido los principales textos del Antiguo Testamento a lo largo de todo el Año Litúrgico estableciendo así un ciclo catequético que ayuda a conocer a fondo las Sagradas Escrituras. El salmo responsorial, tomado del libro bíblico de los Salmos, reaviva en nosotros sentimientos del salmista y ofrece un versículo que repite toda la asamblea y que, generalmente, ofrece la interpretación cristiana del salmo. Desde la venida de Jesucristo, leemos el Antiguo Testamento a la luz de Cristo, como una profecía ya cumplida. Con el Salmo Responsorial se cierra lo que nos refiere San Lucas en su evangelio: Después les dijo: “Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito acerca de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos’.” Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras (Lucas 24, 44-45). El Nuevo Testamento que vamos a leer a continuación nos va a mostrar el cumplimiento de todo lo anunciado en el Antiguo. Jesucristo, en la liturgia, vuelve a abrir nuestras inteligencias para que comprendamos desde el amor las Sagradas Escrituras. La actitud del cristiano debe ser la de poner atención a las lecturas para captar y penetrar las luces y gracias que el Espíritu Santo le quiere ofrecer en la escucha atenta de la palabra de Dios. Por eso, hay que dar lugar en nuestras vidas a la meditación de las lecturas de la liturgia, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen que “conservaba todas las cosas en su corazón” (Cf Lucas 2, 19; 2, 51).

Con la lectura del Nuevo Testamento entramos en contacto con la doctrina de los Apóstoles que construyeron los cimientos de la Iglesia, siempre fieles a lo que habían visto y escuchado del Señor. Por tanto, son el vehículo más autorizado para entrar en contacto con la vida y las enseñanzas del Maestro. Por eso, en el tiempo Pascual, los cincuenta días después de la Solemnidad de la Resurrección, la primera lectura se toma del Apocalipsis o de los Hechos de los Apóstoles en lugar del Antiguo Testamento; así se acentúa la importancia determinante que tuvo en la vida de la Iglesia lo que los apóstoles hacían y enseñaban después de la Resurrección de Jesucristo. Las lecturas de las cartas de los apóstoles nos enseñan cómo su doctrina sigue guiando a la Iglesia a través de los tiempos y continúa siendo punto de referencia obligado para todo el que quiera ser un buen seguidor de Jesucristo. Los apóstoles son los pilares de la Iglesia y, por ello, decimos que la Iglesia es apostólica (Cf Efesios 2, 20; Apocalipsis 21, 14). El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica en el número 857:

La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
- Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los apósto-les" (Ef 2,20), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo.
- Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles.
- Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "a los que asisten los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia": “Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio” (Misal Romano).

El segundo sentido de la apostolicidad que anuncia este número del Catecismo tiene un cumplimiento especial en la lectura de las epístolas apostólicas durante la liturgia eucarística: la liturgia guarda y transmite la enseñanza de los apóstoles.

El “Aleluya” es la aclamación de la ciudad futura, Jerusalén (Cf Tobías 13, 16-17), con la que se saluda a Cristo como vencedor de la antigua Babel (Cf Apocalipsis 19, 1-9). El “aleluya” resuena en el rito cristiano mientras el Evangeliario (libro de los santos Evangelios) es llevado al ambón acompañado de los cirios y el incienso. En ese momento, la asamblea se levanta y saluda al Señor que se dirige a nosotros, a cada uno en particular y a toda la Iglesia, con las palabras del Evangelio. El aleluya suele ser cantado, no desde el ambón, como el Salmo, y es repetido por toda la asamblea. Después se canta el versículo señalado por el leccionario y luego se repite el “aleluya”. Después de la lectura del Evangelio se puede repetir el “aleluya” cantado por toda la asamblea. Durante la Cuaresma, la Iglesia, peregrina en el desierto en preparación para la Pascua del Señor, renuncia al “aleluya”, canto de la tierra prometida, y entona antes del Evangelio otra alabanza a Cristo adecuada al momento. El día de Pascua, la Iglesia saluda de nuevo con el “aleluya” la resurrección del Señor.

La proclamación del Evangelio. Este momento es uno de los ejes centrales de la Misa, el culmen de la liturgia de la palabra y, por ello, se reviste con una solemnidad especial. El lector del Evangelio, un diácono o un presbítero, se preparan de distinta forma para leer el Evangelio: el presbítero con una oración en secreto que dice mientras hace una reverencia al altar: “purifica, Señor, mis labios y mi corazón, para que anuncie dignamente el Evangelio”; el diácono, sin embargo, recibe la bendición del celebrante principal y se dirige en procesión hasta el ambón. Desde allí proclama el Evangelio, que es siempre un texto (en griego, “perícopa”) tomado de uno de los cuatro evangelios. Comienza con el saludo a la asamblea: “el Señor esté con ustedes” que hace patente la presencia de Cristo en la palabra del Evangelio. Todo el pueblo se pone de pie mirando hacia el ambón. Después, el lector del Evangelio hace la señal de la cruz sobre el Evangelio, la mente, la boca y el corazón. La asamblea se signa con la cruz triple. Al final de la lectura, después de la aclamación a Cristo de todo el pueblo presente (“Gloria a ti, Señor Jesús”), besa el libro en señal de reverencia, igual que se besa el altar al inicio y al final de la Misa.

La homilía. La homilía busca explicar y actualizar los textos sagrados durante la liturgia, pero el hecho de que sea explicación o actualización no quita que lleve una fuerte carga de motivación y de persuasión buscando guiar a los fieles en el mejor seguimiento de Cristo. La deben decir sólo los obispos, los sacerdotes o los diáconos, que son ministros ordenados y, por tanto, representan oficialmente a Cristo presente entre nosotros. Ellos presiden la Liturgia de la Palabra en la Misa. Es obligatoria en todas las misas de domingo y de días festivos y en todas las celebraciones del Bautismo, la Confirmación, el Matrimonio y las Sagradas Órdenes. Se recomienda en los días feriales del tiempo de Adviento, de Cuaresma y de Pascua. Debe ayudar a profundizar la liturgia y, por ello, no puede ser superficial ni quedarse en aspectos puramente sociológicos o políticos. No hay que olvidar que la homilía está incluida en un acto litúrgico, de culto, de oración, y por tanto, no hay que perder ese ambiente espiritual de diálogo con Dios sobre lo que el sacerdote nos está diciendo.

La profesión de fe. Los domingos o los días de las grandes solemnidades, toda la asamblea reunida para celebrar la Eucaristía recita o canta el Credo como profesión de fe después de la homilía. Decir el Credo es renovar el Bautismo, gracias al cual podemos presentarnos ante el altar para participar en el sacrificio eucarístico. El rezo del Credo representa la comunión de fe que existe entre todos los miembros de la Iglesia, todos participan en la Eucaristía porque creen en la misma revelación de Jesucristo. Esta comunión de fe es, al mismo tiempo, comunión con todos los miembros del mismo cuerpo.

La oración de los fieles u oración universal cierra la Liturgia de la Palabra. Siguiendo las enseñanzas de san Pablo: Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad (I Timoteo 2, 1-4). La asamblea reunida ora por toda la humanidad, por todos los que gobiernan y tienen autoridad, por la paz en el mundo y por las necesidades de la Iglesia. Es un momento importante de la liturgia en que todos los presentes se hacen solidarios con los hombres que padecen necesidad. La oración de los fieles es introducida y concluida por el sacerdote, mientras que las peticiones pueden ser leídas por los miembros de la asamblea. El orden normal de las peticiones suele ser el siguiente: primero se pide por las intenciones de la Iglesia, luego por los gobernantes y por la salvación del mundo, después por las personas que tienen especiales necesidades y, finalmente, por la comunidad local reunida en asamblea. En algunas ocasiones especiales, como en los matrimonios, las primeras comuniones, las confirmaciones o las ordenaciones sacerdotales, es aconsejable que los que reciben los sacramentos preparen las peticiones incluyendo en ellas las intenciones que lleven en su corazón sin dejar de lado las intenciones universales. Siempre son oraciones, no interpelaciones morales o momentos de diálogo. La asamblea eucarística siempre acoge las peticiones como un acto de culto pronunciando alguna invocación como: “escúchanos, Señor”, “te rogamos, óyenos”, “Señor, ten piedad de nosotros”, etc.
 
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Gestos y Símbolos de la Celebración Eucarística

LOS COLORES

¿Por qué y para qué los diversos colores en la celebración litúrgica?

El color como uno de los elementos visuales más sencillo y eficaces, quiere ayudarnos a celebrar mejor nuestra fe. Su lenguaje simbólico nos ayuda a penetrar mejor en los misterios celebrados:
 "La diversidad de colores en las vestiduras sagradas tiene como fin expresar con más eficacia, aún exteriormente tanto las características de los misterios de la fe que se celebran como el sentido progresivo de la vida cristiana a lo largo del año litúrgico." (Misal romano - IGMR 307)

Los colores actuales de nuestra celebración:

Actualmente el Misal (IGMR) ofrece este abanico de colores en su distribución del Año Litúrgico:

a) Blanco:
Es el color privilegiado de la fiesta cristiana y el color más adecuado para celebrar:
-La Navidad y la Epifanía
-La Pascua en toda su cincuentena
-Las Fiestas de Cristo y de la Virgen, a no ser que por su cercanía al misterio de la Cruz se indique el uso del rojo. -Fiestas de ángeles y santos que no sean mártires.
-Ritual de la Unción
-Unción y el Viático

b) Rojo:
Es el color elegido para:
-La celebración del Domingo de Pasión (Ramos) y el Viernes Santo, porque remite simbólicamente a la muerte martirial de Cristo.
-En la Fiesta de Pentecostés, porque el Espíritu es fuego y vida.
-Otras celebraciones de la Pasión de Cristo, como la fiesta de la Exaltación de la Cruz.
-Las fiestas de los Apóstoles, Evangelistas y Mártires, por su cercanía ejemplar y testimonial a la Pascua de Cristo.
-La Confirmación (Ritual Nº 20) se puede celebrar con vestiduras rojas o blancas apuntando al misterio del espíritu o a la fiesta de una iniciación cristiana a la Nueva Vida.

c) Verde:
El verde como color de paz, serenidad, esperanza se utiliza para celebrar el Tiempo Ordinario del Año Litúrgico. El Tiempo ordinario son esas 34 semanas en las que no se celebra un misterio concreto de Cristo, sino el conjunto de la Historia de la salvación y sobre todo el misterio semanal del Domingo como Día del Señor. 

d) Morado:
Este color que remite a la discreción, penitencia y a veces, dolor, es con el que se distingue la celebración del
-Adviento y la Cuaresma
-las celebraciones penitenciales y las exequias cristianas.

e) Negro:
Que había sido durante los siglos de la Edad Media el color del Adviento y la Cuaresma, ha quedado ahora mucho más discretamente relegado: queda sólo como facultativo en las exequias y demás celebraciones de difuntos.

f) Rosa:
El color rosa, que no había cuajado en la historia para la liturgia, queda también como posible para dos domingos que marcan el centro del Adviento y la Cuaresma: el domingo "Gaudete" (3º de Adviento)  y el domingo "Laetare" (4º de Cuaresma).

g) Azul:
Con sus resonancias de cielo y lejanía es desde el siglo pasado un color privilegiado para celebrar en España la solemnidad de la Inmaculada, aunque en el misal romano no aparezca.


EL FUEGO

En nuestras celebraciones:

- Aparece en forma de lámparas y cirios encendidos durante la celebración o delante del sagrario.
Aparte del simbolismo de la luz entra aquí también esa misteriosa realidad que se llama fuego: la llama que se va consumiendo lentamente mientras alumbra, embellece, calienta, dando sentido familiar a la celebración.

- Vigilia de Pascua: Es la celebración que queda enriquecida de modo más explícito con el simbolismo del fuego. La hoguera que arde fuera de la Iglesia y de la que se va a encender el Cirio Pascual remite intensamente al triunfo de la luz sobre la tiniebla, del calor sobre el frío, de la vida sobre la muerte. De allí partirá la procesión con su festivo grito: "Luz de Cristo", y la luz se irá comunicando progresivamente a cada uno de los participantes.

El simbolismo de la luz está realmente muy aprovechado en el lenguaje festivo de la Noche Pascual. Pero en su raíz está el fuego que tiene sus direcciones propias y riquísimas.

Su simbolismo natural

El lenguaje del fuego tiene en nuestra sensibilidad humana y social, una interesante serie de sentidos.
El fuego calienta, consume, quema, ilumina, purifica, es fuente de energía. Es origen de innumerables beneficios para la humanidad, pero también destruye, castiga, asusta y mata. Es un elemento bienhechor pero a la vez  peligroso. Un rayo o un incendio pueden generar calamidades enormes. Sin el fuego no podemos vivir, pero puede causarnos también la muerte. No es nada extraño que en torno a este misterioso elemento natural se haya creado todo un simbolismo:

-Para expresar la presencia misma de la divinidad, invisible pero fuerte, incontrolable, purificadora, castigadora,
-o para designar los sentimientos humanos, como la pasión, que está escondida pero que puede alcanzar una fuerza inaudita, para bien o para mal: el amor , el odio, el entusiasmo...etc.

-El fuego es también la imagen del calor familiar, el crepitar de la llama en el hogar ilumina la vida, ahuyenta el frío, da alegría y sensación de bienestar.   

En la Revelación:

Para saber toda la densidad de significado que el fuego puede llegar a tener y lo que puede expresar también en nuestras celebraciones, no hay mejor medio que repasar, que de lo que él dicen el Antiguo y Nuevo Testamento.

Ante todo, el fuego sirve para expresar de algún modo lo que es imposible de expresar: la presencia misteriosa de Dios mismo en la historia humana. Recordemos el misterioso episodio de la zarza que arde sin consumirse (Ex 3). Moisés se acerca a un lugar que en seguida reconoce como sagrado, y oye la voz "Yo soy el Dios de Abraham...".
También es con el fuego con el que se simboliza el juicio de Dios, como el fuego que penetra a todo ser existente, lo pone en evidencia, lo purifica o lo castiga. (Véase: Dan. 7,10 ; Gen 19 ; Is 66,16)

EL INCIENSO

¿Qué quiere simbolizar el incienso?

Lo que el incienso quiere significar en nuestra liturgia nos lo han ido explicando los varios documentos con sus explicaciones.

El incienso crea una atmósfera agradable y festiva en torno a lo que se inciensa, a la vez que crea un aire entre misterioso y sagrado por la sutil impalpabilidad de su perfume y de su humo.
Expresa elegantemente el respeto y la reverencia hacia una persona o hacia algún símbolo de Cristo.
Pero más en profundidad indica la actitud de oración y elevación de la mente hacia Dios. Ya el Salmo 140 nos hace decir: "suba mi oración como incienso en tu presencia".
El incienso es símbolo, sobre todo, de la actitud de ofrenda y sacrificio de los creyentes hacia Dios. El incienso une de algún modo a las personas con el altar, con sus dones y sobre todo con Cristo Jesús que se ofrece en sacrificio.
¿A quiénes se inciensa?

-El Misal Romano sugiere con libertad el uso del incienso en estos momentos de la Misa:

Durante la procesión de entrada
Al comienzo de la Misa para incensar el altar
En la procesión y proclamación del evangelio
En el ofertorio, para incensar las ofrendas, el altar, el presidente y el pueblo cristiano
En la ostensión del Pan consagrado y del Cáliz después de la consagración (IGMR 235)
a)      Llevar incienso en la procesión de entrada e incensar el altar que va a ser el centro de la celebración eucarística, puede indicar el respeto al lugar, a las personas y al altar, o simplemente significar el tono festivo y sagrado de la acción que empieza.  Pero el Misal no da demasiado relieve a este primer gesto: siempre se ha considerado más importante la incensación del altar en el ofertorio.

b)      La incensación del evangelio  fue entrando a partir del siglo XI como signo de honor y respeto hacia Aquél cuyas palabras vamos a escuchar. El Misal (IGMR 33 y 35) explica por qué en el momento del evangelio se acumulan los signos de especial veneración: el lector ordenado, la postura de pie, el beso y otras muestras de honor entre las que hay que recordar el incienso.

c)      El uso del incienso en el ofertorio tiene especial interés. El altar y las ofrendas de pan y vino sobre él se inciensan "para significar de este modo que la oblación de la Iglesia y su oración suben ante el trono de Dios como el incienso" (IGMR 51).
En este momento "también el sacerdote y el pueblo pueden ser incensados". Junto con el pan y el vino ofrecidos sobre el altar, y que son incensados, también el presidente se ofrece a sí mismo, y con él toda la comunidad y así se convierten ellos mismos en ofrenda y sacrificio, unidos e incorporados al sacrificio de Cristo. Son las personas, principalmente, las que vienen a ser simbolizadas como ofrenda y homenaje a Dios, con el gesto del incienso. Si nada más fuera un gesto de honor, se quedaría la asamblea sentada mientras la inciensan. En cambio, se pone de pie para indicar su actitud positiva, comprometida, de unión espiritual con las ofrendas eucarísticas.

d)      En la consagración el acto de la incensación manifiesta al Señor mismo. Todas las incensaciones se dirigen a los signos sacramentales de la presencia del Señor: el altar, la cruz, el libro del evangelio, el presidente, la asamblea. Ahora se inciensa el pan y el vino consagrados, el signo central y eficaz de la auto-donación de Cristo.

 
LA IMPOSICIÓN DE MANOS

En el Nuevo Testamento la acción e imponer  sobre la cabeza de uno las manos tiene significados distintos, según el contexto en el que se sitúe. Ante todo puede ser la bendición que uno transmite a otro, invocando sobre él la benevolencia de Dios.
Así , Jesús imponía las manos sobre los niños, orando por ellos.

La despedida de Jesús en su Ascensión , se expresa también con el mismo gesto: "alzando las manos los bendijo" (Lc  24,50).

Es una expresión que muchas veces se relaciona a la curación. Jairo pide a Jesús: "Mi hija está a punto de morir; ven impón tus manos sobre ella para que se cure y viva" (Mc 5,23).

Imponer las manos sobre la cabeza de una persona, significa en muchos otros pasajes, invocar y transmitir sobre ella el don del Espíritu Santo para una misión determinada. Así pasa con los elegidos para el ministerio de diáconos en la comunidad primera: "hicieron oración y les impusieron las manos" (Act 6,6). 

Hay dos momentos en la celebración de la Eucaristía en que el gesto simbólico tiene particular énfasis.
Ante todo cuando el presidente, en la Plegaria Eucarística, invoca por primera vez al Espíritu (epíclesis), extendiendo sus manos sobre el pan y el vino: "santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu".
La Bendición Final es el segundo momento en el que el gesto de la imposición adquiere especial énfasis.

Este gesto nos habla también del don de Dios y la mediación eclesial:

Estupendo binomio: la mano y la palabra. Unas manos extendidas hacia una persona o una cosa, y unas palabras que oran o declaran. Las manos elevadas apuntando al don divino, y a la vez mantenidas sobre esta persona o cosa, expresando la aplicación o atribución del mismo don divino a estas criaturas.

La mano poderosa de Dios que bendice, que consagra, que inviste de autoridad, es representada sacramentalmente por la ,mano de un ministro de la Iglesia, extendida con humildad y confianza sobre las personas o los elementos materiales que Dios quiere santificar.


EL SALUDO DE LA PAZ

El Misal describe así el gesto de la paz: Los fieles "imploran la paz y la unidad para la Iglesia y para toda la familia humana, y se expresan mutuamente la caridad, antes de participar de un mismo pan" (IGMR 56b).

a)    Se trata de la paz de Cristo: "Mi paz os dejo, mi paz os doy". El saludo y el don del Señor que se comunica a los suyos en la Eucaristía. No una paz que conquistemos nosotros con nuestro esfuerzo, sino que nos concede el Señor.

b)    Un gesto de fraternidad cristiana y eucarística: Un gesto que nos hacemos unos a otros antes de atrevernos a acudir a la comunión: para recibir a Cristo nos debemos sentir hermanos y aceptarnos los unos a los otros. Todos somos miembros del mismo Cuerpo, la Iglesia de Cristo. Todos estamos invitados a la misma mesa eucarística. Darnos la paz es un gesto profundamente religioso, además de humano. Está motivado por la fe más que por la amistad: reconocemos a Cristo en el hermano al igual que lo reconocemos en el pan y el vino.


EL SACERDOTE BESA EL LIBRO DE LOS EVANGELIOS

Al hacerlo el sacerdote dice en voz baja: "Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados". Esta frase expresa el deseo de que la Palabra evangélica ejerza su fuerza salvadora perdonando nuestros pecados. Besar el Evangelio es un gesto de fe en la presencia de Cristo que se nos comunica como la Palabra verdadera.


LA SEÑAL DE LA CRUZ

No nos damos mucha cuenta, porque ya estamos acostumbrados a ver la Cruz en la Iglesia, en nuestras casas, pero la Cruz es una verdadera cátedra, desde la que Cristo nos predica siempre la gran lección del cristianismo. 

La Cruz resume toda la teología sobre Dios, sobre el misterio de la salvación en Cristo, sobre la vida cristiana.

La Cruz es todo un discurso: Nos presenta a un Dios trascendente pero cercano; un Dios que ha querido vencer el mal con su propio dolor; un Cristo que es juez y Señor, pero a la vez siervo, que ha querido llegar a la entrega total de sí mismo, como imagen plástica del amor y de la condescendencia de Dios; un Cristo que en su Pascua - muerte y resurrección- ha dado al mundo la reconciliación.

Los cristianos con frecuencia hacemos con la mano la señal de la Cruz, o nos la hacen otros, como en el caso del bautismo o de las bendiciones.

Es  un gesto sencillo pero lleno de significado. Esta señal de la Cruz es una verdadera confesión de fe: Dios nos ha salvado en la Cruz de Cristo. Es un signo de pertenencia, de posesión: al hacer sobre nuestra personas este signo es como si dijéramos: "estoy bautizado, pertenezco a Cristo, El es mi Salvador, la cruz de Cristo es el origen y la razón de ser de mi existencia cristiana...".

Los cristianos debemos reconocer a la Cruz todo su contenido para que no sea un símbolo vacío. Y entonces sí, puede ser un signo que continuamente nos alimente la fe y el estilo de vida que Cristo nos enseñó. Si entendemos la Cruz y nuestro pequeño gesto de la señal de la Cruz es consciente, estaremos continuamente reorientando nuestra vida en la dirección buena.  

EL AGUA

El agua es una realidad que ya humanamente tiene muchos valores y sentidos: sacia la sed, limpia, es fuente de vida, origina la fuerza hidráulica...También nos sirve para simbolizar realidades profundas en el terreno religioso la pureza interior, sobre todo.  Por eso se encuentran las abluciones o los baños sagrados en todas las culturas y religiones (a orillas del Ganges para los indios, del Nilo para los egipcios, del Jordán para los judíos).

Para los cristianos el agua sirve muy expresivamente para simbolizar lo que Cristo y su salvación son para nosotros: Cristo es el "agua viva" que sacia definitivamente nuestra sed (coloquio con la samaritana: Jn 4); el agua sirve también para describir la presencia vivificante del Espíritu (Jn 7, 37-39) y para anunciar la felicidad el cielo (Apoc 7, 17; 22, 1).

En nuestra liturgia es lógico que también se utilice este simbolismo.  A veces se usa el agua sencillamente con una finalidad práctica: por ejemplo en las abluciones de las manos después de ungir con los Santos Oleos o de los vasos empleados en la Eucaristía. Otras veces un gesto que en su origen había sido "práctico" ha adquirido ahora un simbolismo: como la mezcla del agua en el vino, que en siglos pasados era necesario por la excesiva gradación del vino, y que luego adquirió el simbolismo de nuestra humanidad incorporada a la divinidad de Cristo.

Pero el agua tiene muchas veces un sentido simbólico: lavarse las manos para indicar la purificación que el sacerdote más que nadie necesita, o lavar los pies para expresar la actitud de servicio. Sobre todo el agua nos hace celebrar significativamente el Bautismo con el gesto de la inmersión en agua (bautismo significa inmersión" en griego): porque es un sacramento que nos hace sumergirnos sacramentalmente en Cristo, en su muerte y resurrección, y nos engendra a la vida nueva. La aspersión de la comunidad con agua en la Vigilia Pascual, o en el rito de entrada de la Eucaristía dominical, o el santiguarse con agua al entrar en la Iglesia, son recuerdos simbólicos del Bautismo. También el hecho de las casas (de las casas, de los objetos, de las personas) o el gesto de aspersión en las exequías se realicen con agua, quiere prolongar el simbolismo purificador y vitalizador del Bautismo..

En el rito de la Dedicación de iglesias se asperjan con agua las paredes, el altar y finalmente el pueblo cristiano: siempre con la misma intención "bautismal", que coenvuelve a las personas, al edificio y a los objetos de nuestro culto.  Todo queda incorporado a la Pascua de Cristo. Otro significado del simbolismo del agua es su cualidad de apagar la sed del hombre. Sed que no es sólo material, sino que muy expresivamente puede referirse a los deseos más profundos del ser humano: la felicidad, la libertad, el amor, etc.


LAS CAMPANAS

Es muy antiguo el uso de objetos metálicos para señalar con su sonido la fiesta o la convocatoria de la comunidad. Desde el sencillo "gong" hasta la técnica evolucionada de los fundidores de campanas o los campanarios eléctricos actuales, las campanas y las campanillas se han utilizado expresivamente en la vida social y en el culto. Son instrumentos de metal, en forma de copa invertida, con un badajo libre.

Cuando los cristianos pudieron construir iglesias, a partir del siglo IV, pronto se habla de torres y campanarios adosados a las iglesias, con campanas que se convertirán rápidamente en un elemento muy expresivo para señalar las fiestas y los ritmos de la celebración cristiana. También dentro de la celebración se utilizaron las campanillas, a partir del siglo XIII, ahora bastante menos necesarias (IGMR 109 deja libre su uso) porque ya la celebración la seguimos más fácilmente, a no ser que se quieran hacer servir, no tanto para avisar de un momento -por ejemplo, la consagración sino para darle simbólicamente realce festivo, como en el Gloria de la Vigilia Pascual.

Los nombres latinos de "signum" o "tintinnabulum" se convierten más tarde, hacia el siglo VI, en el de "vasa campana", seguramente porque las primeras fundiciones derivan de la región italiana de Campania.  Las campanas del campanario convocan a la comunidad cristiana, señalan las horas de la celebración (la Misa mayor), de oración (el Angelus o la oración comunitaria de un monasterio), diversos momentos de dolor (la agonía o la defunción) o de alegría (la entrada del nuevo obispo o párroco) y sobre todo con su repique gozoso anuncian las fiestas.  Y así se convierten en un "signo hecho sonido" de la identidad de la comunidad cristiana, evangelizador de la Buena Noticia de Cristo en medio de una sociedad que puede estar destruida.  Como también el mismo campanario, con su silueta estilizada, se convierte en símbolo de la dirección trascendente que debería tener nuestra vida. El Bendicional (nn. 1142-1162) ofrece textos muy expresivos para la bendición de las campanas, motivando bien su sentido y convirtiendo el rito en una buena ocasión para entender mejor la identidad de una comunidad cristiana y sus ritmos de vida y oración.


EL CANTO

El canto expresa y realiza nuestras actitudes interiores. Tanto en la vida social como en la cúltico-religiosa, el canto no sólo expresa sino que en algún modo realiza los sentimientos interiores de alabanza, adoración, alegría, dolor, súplica.  "No ha de ser considerado el canto como un cierto ornato que se añade a la oración, como algo extrínseco, sino más bien como algo que dimana de lo profundo del espíritu del que ora y alaba a Dios" (IGLH 270).

El canto hace comunidad, al expresar más validamente el carácter comunitario de la celebración, igual que sucede en la vida familiar y social como en la litúrgica.

El canto hace fiesta, crea clima más solemne y digno en la oración: "nada más festivo y más grato en las celebraciones sagradas que una asamblea que toda entera, exprese su fe y su piedad por el canto" (MS 16).

El canto es una señal de euforia.  El canto tiene en la liturgia una función "ministerial": no es como en un concierto, que se canta por el canto en sí y su placer estético y artístico.  Aquí el canto ayuda a que la comunidad entre más en sintonía con el misterio que celebra.  A la vez que crea un clima de unión comunitaria y festiva, ayuda pedagógicamente a expresar nuestra participación en lo más profundo de la celebración. Así el canto se convierte de verdad en "sacramento", tanto de lo que nosotros sentimos y queremos decir a Dios, como de la gracia salvadora que nos viene de él.


LA CENIZA

La ceniza, del latín "cinis", es producto de la combustión de algo por el fuego.  Muy fácilmente adquirió un sentido simbólico de muerte, caducidad, y en sentido trasladado, de humildad y penitencia. En Jonás 3,6 sirve, por ejemplo, para describir la conversión de los habitantes de Nínive.  Muchas veces se une al "polvo" de la tierra: "en verdad soy polvo y ceniza", dice Abraham en Gén. 18,27. El Miércoles de Ceniza, el anterior al primer domingo de Cuaresma (muchos lo entenderán mejor diciendo que es el que sigue al carnaval), realizamos el gesto simbólico de la imposición de ceniza en la frente (fruto de la cremación de las palmas del año pasado).  Se hace como respuesta a la Palabra de Dios que nos invita a la conversión, como inicio y puerta del ayuno cuaresmal y de la marcha de preparación a la Pascua.  La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual.  Algo debe quemarse y destruirse en nosotros -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

Mientras el ministro impone la ceniza dice estas dos expresiones, alternativamente: "Arrepiéntete y cree en el Evangelio" (Cf Mc1,15) y "Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver" (Cf Gén 3,19): un signo y unas palabras que expresan muy bien nuestra caducidad, nuestra conversión y aceptación del Evangelio, o sea, la novedad de vida que Cristo cada año quiere comunicarnos en la Pascua.


EL CIRIO PASCUAL

Del latín "cereus", de cera, el producto de las abejas. Ya hablamos en la voz "candelas candelabros" sobre el uso humano y el sentido simbólico de la luz que producen los cirios, y también del uso que en la liturgia cristiana hacemos de ese simbolismo. El cirio más importante es el que se enciende en la Vigilia Pascual como símbolo de la luz de Cristo, y los cirios que se reparten entre la comunidad, para significar nuestra participación en esa misma luz. El Cirio Pascual es ya desde los primeros siglos uno de los símbolos más expresivos de la Vigilia.  En medio de la oscuridad (toda la celebración se hace de noche y empieza con las luces apagadas), de una hoguera previamente preparada se enciende el Cirio, que tiene una inscripción en forma de Cruz, acompañada de la fecha y de las letras Alfa y Omega, la primera y la última del alfabeto griego, para indicar que la Pascua de Cristo, principio y fin de el tiempo y de la eternidad, nos alcanza con fuerza siempre nueva en el año concreto en que vivimos. En la procesión de entrada se canta por tres veces la aclamación al Cirio: "Luz de Cristo.  Demos gracias a Dios", mientras progresivamente se van encendiendo los cirios de los presentes.  Luego se coloca en la columna o candelero que va a ser su soporte, y se entona en torno de él, después de incensarlo, el solemne Pregón Pascual.

Además del símbolo de la luz, se le da también el de la ofrenda:cera que se gasta en honor de Dios, esparciendo su luz: "Acepta, padre santo, el sacrificio vespertino de esta llama, que la santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este cirio, obra de las abejas.  Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios... Te rogamos que este Cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche..."

Lo que van anunciando las lecturas, oraciones y cantos, el Cirio lo dice con el lenguaje humilde pero diáfano de su llama viva. La Iglesia, la esposa, sale al encuentro de Cristo, el Esposo, con la lámpara encendida en la mano, gozándose con él en la noche victoriosa de su Pascua.
El Cirio estará encendido en todas las celebraciones durante las siete semanas de la cincuentena, al lado del ambón de la Palabra, hasta terminar el domingo de Pentecostés.  Luego, durante el año, se encenderá en la celebración de los bautizos y de las exequias, el comienzo y la conclusión de la vida: un cristiano participa de la luz de Cristo a lo largo de todo su camino terreno, como garantía de su definitiva incorporación a la luz de la vida eterna.

LA COLECTA

La palabra "colecta" viene del latín "collecta, colligere", "recogida, recoger". Se aplica ante todo a la reunión de la comunidad para la Eucaristía dominical o para las asambleas "estacionales" en Cuaresma. También se llama "colecta" a la recogida de dinero o de dones en el ofertorio, a la que alude Pablo (1 Cor 16, 1-2).

Pero su uso más técnico es el referido a la "oración colecta" al principio de la Misa.  Este nombre pudiera tener dos direcciones: o bien porque se pronuncia cuando ya está la comunidad reunida (oración de reunión, concluyendo el rito de entrada), o porque su finalidad es recoger y resumir las peticiones de cada uno de los presentes.  También se aplica este nombre a las "oraciones sálmicas", que "sintetizan los sentimientos de los participantes" en el rezo de los salmos (Cf IGLH 112).  La expresión "colligere ortationem", usual en los primeros siglos en la salmodia comunitaria, quería decir "recoger en una oración las intenciones de los que habían rezado el salmo".  De ahí las "colectas sálmicas".

El Misal de Pablo VI llama "colecta" a la primera oración de la Misa y describe así su dinámica: "El sacerdote invita al pueblo a orar; y todos, a una con el sacerdote, permanecen un rato en silencio para hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular sus súplicas. Entonces el sacerdote lee la oración que se suele denominar colecta, y el pueblo contesta amén" (IGMR 32).  Es la primera oración importante del presidente, que de pie, con los brazos extendidos, y en nombre de la comunidad, dirige su súplica a Dios.  Las de nuestro Misal son fieles al estilo claro y conciso de la liturgia romana, con una invocación a Dios, muchas veces enriquecida con la alusión al tiempo litúrgico o la fiesta celebrada para proseguir con una súplica y concluir apelando a la mediación de Cristo.

El libro que durante siglos reunía estas oraciones de la Misa o del Oficio Divino, antes de su inclusión en el libro único del Misal o del Breviario, se llamó "Colectario".


EL MOMENTO DE LA COMUNIÓN

De la palabra latina "communio", acción de unir, de asociar y participar (correspondiente a la griega "koinonía") "comunión" significa la unión de las personas, o de una comunidad, o la comunión de los Santos en una perspectiva eclesial más amplia, o la unión de cada uno con Cristo o con Dios.

Aquí la miramos desde el punto de vista eucarístico: la participación de los fieles en el Cuerpo y Sangre de Cristo.  Este es el momento en verdad culminante de la celebración de la Eucaristía.  Después de que Cristo se nos ha dado como palabra salvadora, ahora, desde su existencia de Resucitado, se quiere hacer nuestro alimento para el camino de nuestra vida terrena y como garantía de la eterna.

La comunión tiene a la vez sentido vertical, de unión eucarística con Cristo, y horizontal, de sintonía con la comunidad eclesial.  Por eso la "excomunión" significa también la exclusión de ambos aspectos. El Misal (IMGR 56) invita a una realización lo más expresiva posible de la comunión eucarística:

a.       con una oración o un silencio preparatorio, por parte del presidente y de la comunidad;

b.      una procesión desde los propios lugares hacia el ámbito del altar,

c.       mientras se canta un canto que une a todos y les hace comprender más en profundidad el misterio que celebran,

d.      la invitación oficial a acercare a la mesa del Señor: "Este es el Cordero de Dios", invitación que apunta al banquete escatológico del cielo ("dichosos los invitados a la Cena del Cordero"),

e.      la mediación de la Iglesia en este gesto central (no "coge" la comunión cada uno, sino que la recibe del ministro),

f.        con un diálogo que ahora ha vuelto a la expresiva sencillez de los primeros siglos ("el Cuerpo de Cristo.  Amén", "la Sangre de Cristo, Amén")

g.      con pan que aparezca como alimento, consagrado y partido en la misma Misa, para significar también la unidad fraterna de los que participan del mismo sacrificio de Cristo,

h.      recibido en la mano o en la boca, a voluntad del fiel, allí donde los Episcopados lo hayan decidido (en España desde el 1976, en Italia desde 1989, en México desde 1978),

i.         a ser posible también participando del vino, que expresa mejor que Cristo nos hace partícipes de su sacrificio pascual en la cruz y de la alegría escatológica, y

j.        con unos momentos de interiorización después de la comunión. Casos especiales son el de la primera comunión, en la que los cristianos participan por primera vez plenamente de la celebración eucarística de la comunidad: no sólo en sus oraciones, lecturas y cantos, sino también en el Cuerpo y Sangre de Cristo. 

Tiene especial sentido la Comunión llevada a los enfermos, ahora eventualmente por medio de los ministros extraordinarios de la comunión, a ser posible como prolongación de la celebración comunitaria dominical.  Particular relieve merece la comunión que se recibe como viático, en punto de muerte.

Y finalmente, la comunión recibida fuera de la Misa, caso repetido sobre todo en lugares donde no pueden participar diaria ni siquiera dominicalmente de la Eucaristía completa, pero sí escuchar la palabra, orar en común y comulgar, en las condiciones que establecen el "Ritual del culto y de la comunión fuera de la Misa" (1973) y la instrucción "Inmensae cariatis" (1973).  Respecto a repetir la comunión el mismo día, según el Código de Derecho Canónico (c. 917), "quien ya ha recibido la santísima Eucaristía puede de nuevo recibirla el mismo día solamente dentro de la celebración eucarística en la que participe", norma que ha recibido la interpretación oficial de que se puede hacer "una segunda vez".


COMER EL PAN:

Juntamente con el "beber", el "comer" es el gesto central de la Eucaristía cristiana. Si el Antiguo Testamento empieza con el "no coman" del Génesis, en el Nuevo Testamento escuchamos el testamento: "tomen y coman".  Y si entonces la consecuencia era: "el día que comas de él, morirás", ahora la promesa es la contraria: "el que come...  tiene vida eterna".

El comer, ya humanamente, tiene el valor del alimento y la reparación de las fuerzas.  Pero a la vez tiene connotaciones simbólicas muy expresivas: comer como fruto del propio trabajo, comer en familia, comer con los amigos, comer en clima de fraternidad, comer con sentido de fiesta. En el contexto cristiano de la Eucaristía, el comer tiene igualmente varios sentidos.  Al comer el pan, estamos convencidos de que nos alimentamos con el Cuerpo de Cristo.  Su palabra ("esto es mi Cuerpo") sigue eficaz y su Espíritu es el que ha dado a ese pan que hemos depositado sobre el altar su nueva realidad: ser el Cuerpo del Señor glorificado, que ha querido ser nuestro alimento.  Este es el primer sentido que Cristo ha querido dar a la comida eucarística: "mi carne es verdadera comida".  El es el "viático", el alimento para el camino de los suyos.

También hay otros valores y gracias que Cristo expresa en el evangelio con este simbolismo de la comida: el perdón, la alegría del reencuentro, la fiesta, la plenitud y la felicidad del Reino futuro. Basta recordar la parábola del hijo pródigo, acogido en casa con una buena comida; o la de las bodas del rey; o la multiplicación de los panes y peces en el desierto, o la expresiva presencia de Jesús en comidas en casa de Zaqueo, de Mateo, del fariseo, de Lázaro.  Y las comidas de Jesús con sus discípulos, tanto antes como después de la Pascua, que ellos recordarán muy a gusto. (Cf Hech 10,40).

Además, Pablo entenderá la comida como símbolo de la fraternidad eclesial.  el pan de la Eucaristía, además de unirnos a Cristo, participando de su Cuerpo, es también lo que construye la comunidad: "un pan y un cuerpo somos, ya que participamos de un solo Pan" (1 Cor 10,16-17).  "Comer con" por ejemplo con los cristianos procedentes del paganismo, es un signo expresivo y favorecedor de la unidad de todos en la Iglesia, sea cual sea su origen (Cf la discusión entre Pablo y Pedro en Hech 11,3 y Gál 2,12).


PARTIR EL PAN

El origen de este gesto en nuestra Eucaristía lo conocemos todos. La cena judía, sobretodo la pascual, comenzaba con un pequeño rito: el padre de familia partía el pan para repartirlo a todos, mientras pronunciaba una oración de bendición a Dios.

Este gesto expresaba la gratitud hacia Dios y a la vez el sentido familiar de solidaridad en el mismo pan. Muchos hemos conocido cómo en nuestras familias el momento de partir el pan al principio de la comida se consideraba como un pequeño pero significativo rito.  Como el que se hace solemnemente cuando unos novios parten el pastel de bodas y los van repartiendo a los comensales que los acompañan.

Cristo también lo hizo en su última cena: "Tomó el pan, dijo la bendición, lo partió y se lo dio...". Más aún: fue este el gesto el que más impresionó a los discípulos de Emaús en su encuentro con Jesús Resucitado.. "Le reconocieron al partir el pan". Y fue este el rito simbólico  que vino a dar nombre a toda la celebración Eucarística en la primera generación.

Primer significado de este gesto: el Cuerpo "entregado roto" de Cristo 

La fracción del pan puede tener, ante todo, un sentido de cara a la Pasión de Cristo. El pan que vamos a recibir es el Cuerpo de Cristo, entregado a la muerte, el Cuerpo roto hasta la última donación, en la Cruz. En el rito bizantino hay un texto que expresa claramente esta dirección: "se rompe y se divide el Cordero de Dios, el Hijo del Padre; es partido pero no se disminuye: es comido siempre, pero no se consume, sino que a los que participan de él, los santifica".

Segundo significado: Signo de la unidad fraterna

El Misal Romano explica:

 "por la fracción de un solo pan se manifiesta la unidad de los fieles" (IGMR 48)

"el gesto de la fracción del pan que era el que servía en los tiempos apostólicos para denominar la misma Eucaristía, manifestará mejor la fuerza y la importancia del signo de la unidad de todos en un solo pan y de la caridad, por el hecho de que un solo pan se distribuye entre hermanos" (IGMR 283).


LOS GOLPES DE PECHO

Gesto penitencial y de humildad. Es uno de los gestos más populares al menos en cuanto a expresividad.
Así describe Jesús al publicano (Lc 18, 9-14). El fariseo oraba de pie: "no soy como los demás"... "En cambio el publicano no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador".

Cuando para el acto penitencial al inicio de nuestra Eucaristía elegimos la fórmula "Yo confieso", utilizamos también nosotros el mismo gesto cuando a las palabras "por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa" nos golpeamos el pecho con la mano.

Y es también la actitud de la muchedumbre ante el gran acontecimiento de la muerte de Cristo: "y todos los que habían acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron golpeándose el pecho..." (Lc 23,48)


ARRODILLARSE

Estar de rodillas es una actitud de humildad. Expresa arrepentimiento y penitencia. Nos recuerda a Pedro cayendo de rodillas y exclamando: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador" (Lucas 5,8). Pero el cristiano se arrodilla ante Dios precisamente porque el es Dios, el único Señor del universo. Es un signo de Adoración que da a la oración un acento muy particular. (Haga la prueba de arrodillarse, inclinar la cabeza y juntar las manos en actitud de súplica...)

Este sentido de adoración tiene hacer la genuflexión cuando entramos en la iglesia o delante del sagrario (allí donde hay una lamparita encendida para señalar que está Jesús presente en la Eucaristía).

San Pablo se refiere a esta actitud en Efesios 3,14: "Doblo mis rodillas delante del Padre de quien procede toda paternidad" y el mismo Jesús "puesto de rodillas" oró durante su agonía en Getsemaní (Mt. 26,39).


PONERSE DE PIE

Es la postura más usada en la Misa. Al orar de pie los cristianos "significamos" nuestra dignidad de hijos de Dios. Como tenemos en nosotros el Espíritu que nos hace exclamar "Abba", "nos atrevemos" a llamar a Dios "Padre" y estar de pie delante de él. Es una actitud de cariñosa confianza hacia Dios a quien vemos, sobre todo, como Padre.

Es una actitud que indica "prontitud", estar disponible, preparado para la acción. Por tanto indica decisión y voluntad para seguir al Señor. Desde el comienzo fue la actitud general de los cristianos: orar de pie, con los brazos extendidos (o levantados) y mirando hacia el oriente (a la salida del sol).

Es también señal de alegría. Durante el primer milenio, los cristianos tuvieron prohibido arrodillarse en la liturgia de los domingos, pues -como sabemos- el día del Señor conmemora la Pascua, la Resurrección de Jesús.

Así como la muerte es "estar postrado", la resurrección es un levantarse, un "volver a estar de pie". Por eso esta postura manifiesta también nuestra fe en Jesús resucitado.


EL SACERDOTE SE LAVA LAS MANOS ANTES DE LA CONSAGRACIÓN

Lo hace como gesto de purificación. El sacerdote se lava las manos para pedirle a Dios que lo purifique de sus pecados.


LAS GOTAS DE AGUA EN EL VINO

Con este signo el sacerdote le pide a Dios que una nuestras vidas a la suya. Al momento de preparar sobre el Altar el pan y el vino "el Diácono u otro ministro, pasa al sacerdote la panera con el pan que se va a consagrar; vierte el vino y unas gotas de agua en el cáliz.." (Misal Romano Nº 133).  El instante en que se echa el agua se acompaña con una oración que se dice en secreto: "El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana.

San Cipriano, a mediados del siglo II, escribió sobre este gesto litúrgico, lo siguiente:

"en el agua se entiende el pueblo y en el vino se manifiesta la Sangre de Cristo. Y cuando en el cáliz se mezcla agua con el vino, el pueblo se junta a Cristo, y el pueblo de los creyentes se une y junta a Aquel en el cual creyó. La cual unión y conjunción del agua y del vino de tal modo se mezcla en el cáliz del Señor que aquella mezcla no puede separarse entre sí. Por lo que nada podrá separar de Cristo a la Iglesia (...) Si uno sólo ofrece vino, la Sangre de Cristo empieza a estar sin nosotros, y si el agua está sola el pueblo empieza a estar sin Cristo. Más cuando uno y otro se mezclan y se unen entre sí con la unión que los fusiona, entonces se lleva a cabo el sacramento espiritual y celestial" (Carta Nº 63, 13).
(Desconozco el autor).

¡Comulgad dignamente!.

¡Comulgad dignamente!

 

Recibir la santa comunión se ha convertido desgraciadamente para muchos católicos en un acto casi mecánico, de cuya trascendencia quizás no llegan a percatarse del todo. Los fieles se agolpan en filas que discurren de prisa porque la comunión ya no se distribuye en el modo pausado en el que se hacía antes (y se sigue haciendo cuando se celebra en el rito romano antiguo). Reciben la sagrada forma rápidamente y como de pasada (muchas veces en la mano), sin ningún gesto de adoración, y se vuelven a sus lugares en los bancos de la iglesia, donde apenas sí pueden dar gracias porque la misa finaliza en escasos instantes más. Pocos son los que se quedan para continuar unos momentos en coloquio con Jesús Sacramentado a quien se acaba de recibir y aún esos pocos no pueden detenerse mucho cuando el templo se cierra (lo que sucede con frecuencia). Sí, muchos comulgan, pero cabe la pregunta: ¿lo hacen bien?

Antiguamente la comunión era algo extraordinario en el sentido en que no se practicaba sino raramente. El mandamiento de la Santa Madre Iglesia obliga sólo a la comunión pascual (que es anual), de modo que la mayoría de gente se contentaba con el cumplimiento del precepto. Pero ni siquiera la gente piadosa se atrevía a ir mucho más a recibir la Eucaristía y hasta se pedía la licencia al confesor o director espiritual para comulgar con una cierta frecuencia. En la mayor parte de las misas no se contemplaba la comunión de los fieles, hasta el punto que aquellas en las que éstos efectivamente comulgaban –normalmente las misas mayores- se conocían también como “misas de comunión”. Algunos estimaban mejor tomar la hostia consagrada fuera de la misa. También cabe recordar que los niños no eran admitidos a la primera comunión o comunión solemne sino en edad tardía. Mucho se insistía en que para comulgar había que tomar todas las precauciones para no profanar el sacramento y cometer con ello un sacrilegio, por lo cual se recomendaba acercarse al sagrado banquete cuanto menos mejor. Subyacía a esta manera de pensar un cierto jansenismo.

 

Hasta que todo esto empezó a cambiar radicalmente con san Pío X, a quien justamente se llamó “el Papa de la Eucaristía”. Este gran pontífice recomendó la comunión frecuente y rebajó la edad a la que se podía recibir a Jesús Hostia. Bastaba que el niño supiera distinguir el pan natural del pan eucarístico para poder comulgar y beneficiarse así de las innumerables gracias de las que, de otro modo, se vería privado. Hasta entonces se había estado alejando a las criaturas de Aquel que había dicho:“Dejad que los niños vengan a Mí”. Y esto era tanto más grave cuanto que muchas veces, esperando “el día más bello de la vida” se perdía la inocencia por el camino. San Pío X quiso dejar bien claro que, si bien había que tener suma reverencia a la Eucaristía, ésta no era un fin en sí mismo, sino un medio –divino y sublime ciertamente, pero medio– para nuestra santificación. Por lo tanto, había que recurrir a él desde la edad más tierna y a menudo, porque siempre estamos necesitados de mantener y aumentar la gracia. Un nuevo paso lo dio Pío XII al acortar a tres horas el tiempo de ayuno eucarístico, que tradicionalmente era desde la medianoche y que determinaba que muchas personas se abstuvieran de comulgar por no poder estar tantas horas sin comer algo. Pablo VI redujo aún más el tiempo de ayuno: a una hora. Más facilidades no podían darse para comulgar.

Desgraciadamente, como se va de extremo a extremo, se fue introduciendo una mentalidad desacralizante respecto de la Eucaristía al socaire del desorden que siguió a la reforma litúrgica postconciliar y a pesar de que el papa Montini, que la promulgó, insistió en la reverencia debida al Santísimo Sacramento (léase su magnífica encíclica Mysterium fidei de 1965). Paso por paso, se fueron eliminando todos los elementos que indicaban el espíritu de adoración, como el arrinconamiento del sagrario y la supresión de la barandilla de la comunión y de los reclinatorios. Paralelamente, fueron introducidas novedades como la comunión de pie y en la mano y la distribución de la comunión por seglares o hasta el self service (el sacerdote dejaba el copón en el altar y cada quien tomaba la forma con sus propias manos). Ni qué decir tiene la de profanaciones a que estos usos dieron lugar. Ello por no hablar de las misas en las que se consagraba con materia ilícita y hasta inválida (galletas, bizcochos y obleas hechas de harina que no era de trigo; chicha, Coca Cola u otros refrescos que no eran del zumo de la vid). También se podría considerar un hecho apuntado por algún sacerdote: el que en la actualidad mucha gente comulga, pero pocos se confiesan, lo que lleva a la duda de si es que hoy se es más santo que antes o se están haciendo comuniones sacrílegas.

El Santo Padre Benedicto XVI, siguiendo por el camino trazado por sus predecesores en cuanto a la Eucaristía, ha querido dar ejemplo y ha hecho establecer por su actual ceremoniario, monseñor Guido Marini, que en las capillas papales se distribuya la comunión a los fieles en la boca y de rodillas. Y no es el único signo de la recuperación del respeto a la Eucaristía que pretende el Papa. La centralidad de la cruz en el altar, considerado como calvario donde se consuma el Santo Sacrificio, devuelve a la Eucaristía este aspecto obnubilado u olvidado, que es, sin embargo, el que la hace posible bajo su otro aspecto como banquete. Si no hay sacrificio, no hay víctima; si no hay víctima sacrificial, no hay comida eucarística. Sólo el sacrificio incruento de la misa hace que Cristo inmolado se haga realmente presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, para ser adorado y consumido en la comunión. Así de sencillo.

La Iglesia siempre ha recomendado unas determinadas disposiciones para acercarse a la sagrada mesa: en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma.

En cuanto al cuerpo se requiere:

a) observar el ayuno eucarístico (una hora como mínimo, aunque se recomienda mantener cuando se pueda la tradición antigua del ayuno desde medianoche),

b) modestia en los vestidos (hombres sobrios y con la cabeza descubierta y mujeres recatadas y, a ser posible, con la cabeza cubierta) y las actitudes (no ir como quien va de juerga, sino procediendo en silencio y sin atolondramientos, con las manos juntas contra el pecho) y

c) reverencia a la hostia consagrada (arrodillándose o, cuando no se pueda por enfermedad, debilidad u otro impedimento, haciendo un gesto de adoración).

En cuanto al alma se precisa:

a) estado de gracia (a ser posible, con confesión reciente),

b) pureza de intención (no comulgar por pura apariencia, por mera costumbre, por no desentonar o por cualquier motivo mundano) y

c) preparación conveniente (actos de fe, esperanza, caridad, contrición y deseo).

Después de comulgar se debería uno detener en dar gracias (si se puede cómodamente unos diez a quince minutos). Estos momentos de intimidad con Jesús Sacramentado son como vivir el cielo en la tierra y no se explica que se desperdicien tan a menudo mediante prisas o distracciones. Si se ha de comulgar para hacer después un desaire al Divino Huésped del alma, más vale abstenerse. Y esto vale especialmente para las comuniones de los Primeros Viernes de mes en honor del Sagrado Corazón de Jesús y de los Primeros Sábados de mes en honor del Inmaculado Corazón de María, a las que están ligadas tantas promesas de orden sobrenatural. También para las comuniones reparadoras. Al dar gracias, no olvidemos tampoco lucrar todas las indulgencias que podamos a favor de nuestros difuntos. Ellos esperan mucho de nuestra caridad y es en la comunión eucarística cuando podemos ejercerla de modo especial en su favor. También es el momento ideal para presentar a Nuestro Señor nuestras peticiones y aspiraciones, tanto a favor de nuestros seres queridos como para nuestro propio provecho. Pidamos y se nos dará, llamemos y se nos abrirá, busquemos y hallaremos. Jesús no nos falla nunca.

 

 

 

Acto de fe


Creo, Jesús mío, en Vos y que estáis real y verdaderamente presente en el Santísimo Sacramento del Altar con vuestro Cuerpo, vuestra Sangre, vuestra Alma y vuestra Divinidad. Aumentad, Señor, mi fe y que os confiese delante de los hombres como a mi Dios y Señor.


Acto de esperanza

 

Espero, Jesús mío, en vuestra misericordia y que al recibiros en la Santa Eucaristía me daréis vuestra gracia para perseverar como buen cristiano y así alcanzar la vida eterna. Haced, Señor, que no sea confundido.

Acto de caridad


Os amo, Jesús mío, que sois todo mi Bien y os dignáis venir a mi alma en la Hostia consagrada para colmarla con vuestras mercedes. Quitad, Señor, de mí todo afecto que no se dirija hacia Vos y purificad mi intención al recibiros.

 

Acto de contrición


Me arrepiento sinceramente, Jesús mío, de mis culpas, con las cuales os he ofendido y me he manchado miserablemente. Limpiad, Señor, el santuario de mi alma de toda reliquia de pecado para poder recibiros dignamente.

 


Acto de deseo


Os deseo, Jesús mío, y voy a vuestro encuentro sediento de Vos, que sois la fuente que mana el agua viva que sacia el alma. Venid, Señor, y no tardéis más.

 


A la corte celestial

Santísima Virgen María, Glorioso Patriarca San José, San Miguel Arcángel, Ángel de mi guarda, Santos Patronos y Protectores míos y todos los bienaventurados espíritus celestiales y santos de Dios, interceded por mí y acompañadme para hacer una santa y fructuosa comunión.
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Enviado por Gustavo Otero
(Envío de Josep Puig).

En la Misa Jesus, estas vivo y presente.

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Autor: Ma. Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
En la misa Jesús, estás vivo y presente
Es la media hora más grandiosa porque nos ponemos en tu presencia y en la Iglesia, que es tu casa y te levantamos nuestro corazón. 
 
 
Cuando estoy en tu presencia, Jesús Sacramentado, pienso con dolor: ¿Cómo no apreciamos este Misterio de amor donde te quedaste para ser nuestro confidente y nuestro alimento? ¡Qué frío es nuestro corazón!

Nos decimos católicos pero tampoco meditamos en tu entrega al Padre la noche del Jueves Santo al instituir la Sagrada Eucaristía. Nos parece que fue ya hace muchos años, sin embargo vuelve a suceder todos los días, a toda hora en el mundo entero, siempre que se esté celebrando la Santa Misa. En ella Tu vuelves a inmolarte, a ofrecerte al Padre por todos y cada uno de nosotros... de la misma manera que lo hiciste por primera vez. No nos detenemos a pensar ni un momento en la grandiosidad del valor de una Misa. Y de una manera simple y tranquila dejamos el cumplimiento al tercer Mandamiento de la Ley de Dios, que creo yo, proviene de la falta de preparación que tenemos los católicos respecto a lo que en sí es la Santa Misa.

Por cualquier motivo: paseo, fútbol, gusto por quedarse en casa cómodamente en "pants" y pantuflas, por unas visitas... porque el domingo "es para descansar"... y no salir para nada, en fin, porque "no me late", porque si no "siento un verdadero deseo de ir a la Iglesia... ¿para qué voy?"... y así podríamos llenar páginas enteras con mil y variados pretextos, que a nuestro modo de ver, son tan solo la consecuencia de no saber con plena conciencia que la Misa es lo más grande y hermoso que tenemos los católicos.

Que participar en ella es estar Contigo, vivo y presente, tal como estuviste en el tiempo en que habitaste entre nosotros.

¿Dónde está nuestra fe? ¿Es que hemos llegado a creer que ya no necesitamos estar presentes, dar testimonio, a nuestros hijos, a nuestros familiares y amigos de que somos cumplidores de los Mandamientos de la Ley de Dios y acudir a la Iglesia para orar y tanto a pedirte perdón como darte gracias a Dios por tanto beneficio que de Ti recibimos con nuestro cumplimiento y alabanza?... No basta con ser buenas personas y tratar de hacer el bien a nuestros semejantes... pues igual que no basta la fe para salvarse sin caridad y buenas obras, así no bastan las buenas obras sin fe y sin oración.

A parte de que no asistir a Misa los Domingos (que es el día del Señor) y días "indicados" de fiesta, es pecado grave, es saber que es la media hora más grandiosa porque nos ponemos en tu presencia y en la Iglesia, que es tu casa te levantamos nuestro corazón.

Señor mío, mi Jesús... pensando todas esta cosas que si a mi me dan pena....para Ti han de ser de un gran dolor pues pareciera que no tenemos ningún interés por conocerte mejor, indiferencia hacia tanto amor y absoluto desdén hacia lo es realmente la misa.

Señor, ya no más tibieza...tenemos que encender nuestro corazón para ir con amor y espíritu de agradecimiento a la Iglesia, a tu Casa, Señor, a participar en la Santa Misa (no a papar moscas y a ponernos "palomita" porque.....¡ya cumplimos!) para alimentarnos con tu Cuerpo y tu Sangre y pronto veremos cómo florece la Vida de la Gracia en nuestros corazones y en todos los actos de nuestra vida.


Busquemos con la lectura, formación y preparación lo que nos hace falta saber sobre lo que realmente es la Santa Misa, nos vamos a admirar de su contenido y valor. No lo dejemos pasar si realmente queremos saber lo QUE ESA MEDIA HORA REPRESENTA EN NUESTRA VIDA .

Senor deseo amarte cada dia mas en la Eucaristia.

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Autor: P. Cristóforo Fernández | Fuente: Catholic.net
Señor deseo amarte todavía más en la Eucaristía
Cuando Cristo en la Eucaristía es amado, se convierte en la gran fuerza del alma, consuelo en el dolor, compañía en la soledad. 
 
 

Algunos cristianos, que alguna vez han llegado a sufrir en carne propia dolores escruciantes, -por ejemplo, el de una gran soledad-, han percibido el consuelo que dimana de los Sagrarios donde está presente el Señor, en medio del olvido de los hombres, incluidos los más cercanos y amados, se sintieron confortados íntimamente por la compañía del amigo, del que permanece fiel en el tiempo y en la eternidad.

En los campos de concentración, durante la segunda guerra mundial, algunos de los prisioneros celebraban a escondidas la Santa Misa; a los moribundos se les iluminaba el rostro. Cuando Pío IX, acosado por las tropas de Napoleón, tuvo que huir por la puerta trasera del Palacio de Letrán, bajo su disfraz de párroco, llevaba a Jesús Sacramentado, oculto y colgado de un hostiario sobre el pecho, como único compañero de su destierro.

Percibir, pues, con tan viva emoción la presencia de Dios es el resultado de esa experiencia de fe intensa, y también, de un amor muy personal y cercano a ese Cristo del Tabernáculo. Exactamente lo contrario a la lejana, nebulosa, fría idea de Dios y de su presencia, que se percibe en los que visitan las grandes catedrales y se impresionan por su belleza, pero no reparan en el insondable amor de Dios que está encerrado en el Sagrario; igual a como lo está en otros miles de ellos, quizás pobres y sencillos, alrededor del ancho del mundo.

Cuando Cristo en la Eucaristía es amado, se convierte en la gran fuerza del alma. En la historia de los mártires del coliseo romano se puede leer cómo ellos se robustecían con el Pan de la Vida antes de salir a la arena al encuentro de las fieras y cómo dejaban admirado al pueblo vociferante, por la alegría y la luz que irradiaban sus rostros y que manifestaban también sus jubilosos cantos y sus vestidos festivos.: ¿qué tiene esta religión que hace a los cristianos enfrentarse así a la muerte? se preguntaban todos. Nosotros sabemos que Cristo, al que previamente habían recibido en la comunión, les daba esa alegría. Y ese mismo Cristo es el que aún está con nosotros, para dar a todos cuantos le siguen hoy también la capacidad, incluso heroica, de las virtudes cristianas, de la virginidad y del martirio cuando son necesarios. Cristo está allí, en el tabernáculo, a nuestra disposición, para cuando lo queramos.

La Eucaristía, don de amor

Juan introduce los relatos de la Última Cena y de la Pasión con un pensamiento sobre el amor de Jesucristo a los hombres: Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (Jn 13, 1): ¡fue su manifestación superior!.

La institución sacramental de esa divina presencia en el pan y el vino la describen los Evangelistas y contemplando la de Lucas 22, 14-20, el corazón no puede menos que temblar
- de amor: amor es la respuesta al amor;
- de gratitud: sintiendo, sobre todo, la falta de cualquier merecimiento y comprendiendo que todo es dignación divina;
- de respeto: pues nos llena de silencio, admiración, adoración.

Él había dicho: Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos (Jn 15, 13). Jesús en la Cena del jueves llevó a cabo, de manera real aunque misteriosa pero real, la entrega que, luego el Viernes, fue todo dolor y muerte. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: Bebed de ella todos, porque esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados...... (Mt 26, 27-28): ese “derramada” está indicando la identidad entre el Jueves y el Viernes Santo.

Pablo exclamaba emocionado: Me amó y se entregó por mí. (Gal 2, 20). Amó a su Iglesia, y se entregó por ella (Ef 5, 25).

La Eucaristía, don de presencia y compañía.

Haced esto en recuerdo mío (Lc 22, 19). Estas palabras siguieron a las anteriores y conforme a ellas las primeras comunidades cristianas se reunían asiduamente para la "fracción del pan", la celebración más expresiva de su fe en Jesucristo y de su comunión con Él y entre sí . desde el inicio hasta hoy así ha sido entre nosotros los cristianos.

La Eucaristía es, pues, también ese don de la presencia de Cristo viviente en medio de nosotros: Cristo resucitado y vivo, palpitante como entonces en Palestina, sólo que en forma diversa, pero igualmente verdadera. En aquel Jueves Santo, Él sabía que tenía que partir, pero supo maravillosamente inventar el modo de irse y de quedarse a la vez. Por eso parece hermosa la manera de cerrar la narración de la vida de Jesús que usa San Mateo en su Evangelio: "Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo" (Mt 28, 20). Lo comprendemos muy bien al lado de Jesús Eucaristía, aunque es verdad que ésta no es la única forma de su presencia entre nosotros, pero sí ciertamente la más viva, la más intensa, la más activa, la más salvífica.

La Eucaristía, don de fortaleza y fecundidad.

El dolor de la soledad. Es claro que no se trata de soledad por ausencias físicas, sino por incorrespondencias de amor: no se visita a Jesús en el Sagrario, pero es por indiferencia en el amor, o por tibieza en él.

Aún así, el amor de Jesús es inmutable: porque los montes cambiarán de lugar y las colinas se desplazarán, pero mi amor no se apartará de tu lado, y mi alianza de paz no se moverá: así dice el Señor, que tiene compasión de tí (Is 54, 10). ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella pudiera olvidarse, yo no te olvido, pues te llevo tatuado en las palmas de mis manos (Is 46, 15-16)

¡Qué verdad es todo esto en la Eucaristía!: yo me olvido de ese amor palpitante, pero ¡Él no se da por vencido, y su amor terminará por vencer! ¡por vencerme! Allí es Él el gran adorador; allí es el gran santificador. Puede ser verdad que muchos no lo visiten y que otros lo ignoren, pero igualmente lo es que cuantos se acercan a ÉL para verle saben por experiencia el gran consuelo que Él derrama, que de verdad se muestra como "el compañero" que hace "más breve su dolor" desde ese puesto vigilante, amoroso. Como un dulce amigo, o como una buena madre.

Sabía de antemano que se le iba a necesitar porque el camino de la felicidad es duro: es a ratos la experiencia de estar solos, de ser las excepciones en el ambiente general, y lo sufrimos por Él, solamente por Él y Él lo sabe y por eso está ahí para sostenernos. La verdad es que se necesita ese pan de los fuertes.

¡El pan de mama!

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Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net
¡El Pan de mamá!
María, al darnos a Cristo, el Pan vivo bajado del Cielo y horneado en sus entrañas, ha puesto también y pone todo su Corazón de Madre. 
 
 

La misión que María trajo al mundo se resume en una palabra: ser MADRE, la Madre de Jesús y la Madre nuestra.

Ser la madre de Jesús es lo mismo que ser la Madre de Dios.

Ser la Madre nuestra es lo mismo que ser la Madre espiritual de todos los redimidos, porque Jesús desde la cruz le confió este encargo y esta misión grandiosa. En el orden de la Gracia, María es tan madre nuestra como la madre bendita y querida a la que debemos nuestros ser de hombres.

Por eso, para entender a María, no hay medio mejor que mirar a la madre que hemos tenido la dicha de tener en el mundo.

Es muy fácil pasar de la madre de aquí a la Madre del Cielo.

Pongamos en María, y en el grado máximo, todo lo bueno que vemos en nuestra madre, y habremos atinado del todo al querer valorar la Maternidad Espiritual de María sobre todos nosotros.

Hubo un caso durante la Primera Guerra Mundial que se hizo célebre en todos los periódicos italianos.
El muchacho había sido herido de gravedad en el frente de batalla. Avisada la familia, el papá se puso inmediatamente en camino y se fue lejos, donde el hijo hospitalizado se debatía entre la vida y la muerte. Eran de familia campesina, y todo lo que el padre pudo llevar al hijo eran cosas de la casa. Pero aquí estuvo la salvación. El muchacho no reaccionaba. No había modo de que comiera. Sin embargo, el padre le alargó un trozo de pan, diciéndole:
- Toma, es pan de la mamá. El que hace ella siempre en casa. Come, que te irá bien.
El muchacho se emociona y va repitiendo:
- ¡Es el pan de mamá! El pan de mamá, el pan de mamá...
Un bocadito, otro bocadito, un poco más... Se lo come todo. Viene la reacción del enfermo, y al poco tiempo la curación era total.

¡Es el pan de mamá!... El recuerdo del ser más querido hace prodigios en nuestras vidas. El pan amasado por las manos de mamá tiene un sabor diferente a cualquier otro pan.

Queremos decir: el amor de la madre, la enseñanza de la madre, los cuidados de la madre, el ejemplo de la madre, todo lo de la madre lleva una marca y un sello en su constitución que no se suple por nada. Dios se ha lucido en todas sus criaturas. Pero, donde se desbordó su solicitud y su providencia para con nosotros, fue en la formación de esa mujer-madre, que es la obra maestra salida de sus manos.

Nosotros vamos a sacar de aquí algunas consecuencias que saltan a la vista.
Por ejemplo, la conciencia que tiene la madre acerca de su alta misión.
Dios le ha confiado a ella la formación del hombre. Sobre todo, la de sus sentimientos.

De aquí se sigue, y lo comprobamos cada día, que cualquier mujer, con vocación de madre, se forma a sí misma en los sentimientos más nobles. Lo que ella es lo va dejando impreso de manera indeleble en el ser de los que son o serán sus hijos. Como llevada de un instinto natural, la madre, para formar, se forma ante todo a sí misma.

Otra consecuencia comprobada es el amor, el afecto, el cariño, que la madre sabe poner en todas sus cosas, hasta en las más ordinarias de la vida. La cara disgusto no dice, no pega, no cae bien con la cara-cariño que ostenta siempre la madre.

La madre, por naturaleza y por misión, tiene siempre una cara como un sol. Podrá muchas veces mostrar dolor y preocupación, pero nunca amargura y resentimiento.

El pan que se comió el muchacho moribundo era un pan como el de las demás casas campesinas de la región. Pero, al comerlo, le vino a la mente toda aquella solicitud que la mamá querida ponía en todo lo que ella hacía por los hijos. No le salvó la vida el pan, sino el amor con que la mamá hacía el pan...

Muchas veces en nuestros mensajes hablamos sobre la madre. O expresamente de ella, o cuando nos toca hablar del matrimonio, de la familia, de los hijos... El tema de la madre es siempre actual. No cansa nunca. Y siempre, aunque no lo advirtamos ni lo pretendamos, se pone todo el corazón cuando queremos al hablar del ser más querido.

Admira la confesión de uno de los pensadores más leídos:
- Todo lo que soy o espero ser se lo debo a la angelical solicitud de mi madre.

Al hablar así de la mamá que por dicha nos ha tocado tener en el hogar, se nos va el pensamiento a la mejor de todas las madres, la que Cristo nos dio en la Cruz, y ejemplar de todas las madres.

María, al darnos a Cristo, el Pan vivo bajado del Cielo y horneado en sus entrañas, ha puesto también y pone todo su Corazón de Madre cuando nos da a Jesús a cada uno de nosotros. Así lo expresó, con belleza inigualable, San Juan de Ávila, uno de los clásicos de nuestra lengua:
- Allí está el manjar en el Altar; la Santísima Virgen es la que nos lo guisó, y por ser ella la guisandera, se le pega más el sabor al manjar, aunque él es de sí dulce y sabroso y pone gran codicia de comerlo.

Desde allí nos está convidando con él.
De este modo escribía aquel gran Maestro sobre el Pan de la Virgen en el siglo dieciséis. Y nosotros, al recibirlo hoy, sobre todo en la Eucaristía, nos vamos repitiendo el estribillo del soldadito italiano casi muerto, pero resucitado por el milagro de... ¡el Pan de mamá, el Pan de mamá!.

La Eucaristia: Misterio de la fe.

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Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: Catholic.net
La Eucaristía: Misterio de la fe
“¡Éste es el Sacramento de nuestra fe!”, el Misterio que nos inunda de sentimientos de gran asombro y gratitud.
 
 
La Eucaristía: Misterio de la fe
En la celebración de la Santa Misa, justo después de la consagración, el sacerdote dice: “Mysterium fidei” (“Éste es el sacramento de nuestra fe”), a lo que el pueblo responde: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!”.

El Papa Juan Pablo II evoca estas palabras, en el primer capítulo de la encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, para recordar algunos aspectos fundamentales del Sacramento. La Eucaristía es memorial del sacrificio pascual del Señor; presencia viva y sustancial de Cristo en medio de nosotros; verdadero banquete de comunión; anticipación del Paraíso, que impulsa a transformar la propia vida, el mundo y la historia.

El Sacramento eucarístico es algo más que un encuentro fraterno. Es el mismo sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos. En la Cruz el Señor se ofreció a sí mismo al Padre en favor de todos los hombres. Este sacrificio, esta autodonación plena en la que resplandece el amor más grande, se hace presente en la Eucaristía.

La Santa Misa es “memorial” actualizador del único Sacrificio de la Cruz. La celebración de la Eucaristía nos hace contemporáneos del Calvario, para que Cristo una a su propia ofrenda sacrificial la ofrenda de nuestras vidas. La Iglesia contempla asombrada este “Misterio de la fe”, “Misterio grande”, “Misterio de Misericordia”, que constituye el don mayor que el Señor nos ha dado: el don de sí mismo, de su cuerpo entregado y de su sangre derramada. ¡Sacrificio de la Pascua de Cristo, el Cordero Inmolado, que muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida!

El sacramento del sacrificio de Cristo implica una presencia muy especial: la presencia real y sustancial del Señor bajo las especies del pan y del vino. Por la consagración, el pan deja de ser pan y se convierte en Cuerpo de Cristo y el vino deja de ser vino y se convierte en la Sangre de Cristo. Esta conversión es llamada muy propiamente por la Iglesia “transustanciación”. El Papa recoge las palabras de Santo Tomás de Aquino, para afirmar desde la fe: “Te adoro con devoción, Dios escondido”.

El sacrificio eucarístico se orienta a la comunión, a la íntima unión de los fieles con Cristo mediante la recepción de su Cuerpo y su Sangre. Por eso la Eucaristía es, inseparablemente, memorial de la Cruz y sagrado banquete de comunión, en el que Cristo mismo se ofrece como alimento y nos comunica su Espíritu.

La celebración eucarística tiene una proyección escatológica; es anticipación de la meta a la que tendemos, una pregustación de la gloria: “La Eucaristía es verdaderamente – escribe el Santo Padre – un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino” (Ecclesia de Eucharistia, 19). Por eso, la Santa Misa se celebra siempre en comunión con la Bienaventurada siempre Virgen María, con los ángeles y los arcángeles, y con todos los santos, pues en la Eucaristía se une la liturgia de la tierra a la liturgia del cielo.

Del anuncio de la muerte y de la resurrección de Cristo, en la espera de su retorno glorioso; es decir, de la Eucaristía, recibimos la fuerza para transformar nuestras vidas y para transformar el mundo y la historia, a fin de que sean conformes al designio de Dios.

“¡Éste es el Sacramento de nuestra fe!”, el Misterio que nos inunda de sentimientos de gran asombro y gratitud. “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!".

La Eucaristia deleita.

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Autor: www.iveargentina.org | Fuente: www.iveargentina.org
La Eucaristía deleita
Muchas almas pierden el deleite actual de la Eucaristía... ¡porque están distraídas en Misa o en la Adoración!
 
 

 

“¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1). Santo Tomás aplica este versículo del Cantar de los Cantares a la Eucaristía.

Este es uno de los efectos de la Eucaristía: DELEITAR. (“Delectat”, dice Santo Tomás). Así como la comida material deleita al cuerpo, este manjar espiritual deleita al alma.

Por eso: “¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1).

Este sacramento da espiritualmente la gracia junto con la caridad. De ahí que San Juan Damasceno lo compara con el carbón encendido que vio el profeta Isaías: “Como el carbón no es simple leña, sino leña con fuego, así el pan de la comunión no es pan corriente, sino pan unido a la divinidad”.

¡Oh cosa milagrosa!
“¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1).

Enseña San Gregorio Magno que: “el amor de Dios no está ocioso, sino que, teniéndolo, obra cosas grandes”, se sigue que este sacramento tiene de suyo eficacia, no sólo para dar el hábito de la gracia y de la virtud -en especial de la caridad-, sino también para excitar el acto de la caridad, porque como dice San Pablo “el amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5, 14). Con el amor de Cristo “el alma se fortalece, espiritualmente se deleita y de algún modo se embriaga con la dulzura de la divina bondad” enseña Santo Tomás.

El alma... “¡se deleita y de algún modo se embriaga!”

De ahí que: “¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1).

Por eso exclamamos en el “Anima Christi”: “sangre de Cristo, ¡embriáganos!”.


¡Oh cosa milagrosa!

A este deleite llama Santo Tomás efecto actual o caridad actual y, también fervor, porque implica actualidad y actualidad tensa. La gracia de la Eucaristía, que los teólogos llaman gracia cibativa, entre otras cosas produce en acto el sustentar la vida espiritual, el aumentarla, el desarrollarla, el reparar las fuerzas que se pierden, dando mayor gracia y mayor caridad habituales. Pero más allá de la actualidad del hábito está la actualidad del acto en el que prorrumpe el hábito poseído. La Eucaristía produce en las almas el amor a Dios. Por eso cuando estamos en la Misa amamos más; por eso la Misa nos hace bien, porque nos enseña a amar más al prójimo al enseñarnos a amar más a Dios.

También se le llama gozo a este deleite que produce la Eucaristía, porque proviene de la percepción actual del bien que se posee -¡nada menos que Cristo!-, para lo cual no debe haber distracción en la recepción -sacramental o espiritual- de la Eucaristía. Muchas almas pierden el deleite actual de la Eucaristía... ¡porque están distraídas en Misa o en la Adoración! ¡Deja de lado las tontas distracciones!: “¡Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1).

El deleite que produce la Eucaristía no es necesariamente sensible, ni de un afecto sensible tampoco. Se trata de un gozo espiritual, de un gozo profundo del alma, de un gozo sobrenatural que proviene de la apreciación del gran bien que se recibe: el Señor, ¡Jesucristo!, con todo lo que Él es y con todo lo que Él tiene. Por eso dice Don Miguel de Cervantes Savedra, en una poesía:

¡Oh cosa milagrosa!

El deleite consiste sustancialmente en la prontitud de la voluntad para las obras virtuosas de la vida cristiana.

Además de las distracciones actuales, o sea en el momento de la comunión, ¿qué otras cosas impiden el deleite de la Eucaristía? Los pecados veniales. Las faltas veniales actuales impiden el efecto actual de la Eucaristía; no el habitual pero sí el actual. La dulzura espiritual es infalible por parte del sacramento, pero el afecto actual a las faltas veniales o la distracción actual en el momento de la Comunión -sacramental o espiritual-, impiden el efecto del gozo actual, del fervor espiritual, del deleite o del amor actual, que es todo lo mismo.

"Comed, amigos, bebed, oh queridos, embriagaos!” (Cant 5, 1).

Decía Urbano IV de la Eucaristía: memorial admirable y estupendo, deleitable, suave... en el cual se gusta todo deleite y toda suavidad de sabor y se paladea la misma dulzura de Dios...” Y León XIII: “derrama en (las almas) gozos dulcísimos, que exceden en mucho a cuanto los hombres puedan en este punto entender y ponderar”.

Por eso: Amigos queridos, ”¡Comed, ... bebed, ...embriagaos!” (Cant 5, 1).

¡Oh cosa milagrosa!

Panem de coelo praestitisti eis. Omne delectamentum in se habentem.

Nos diste, Señor, el pan del cielo. ¡Qué contiene en sí todo deleite!

¿Por que tengo que ir a Misa el Domingo¿?

¿PORQUE TENGO QUE IR A MISA EL DOMINGO?
Eduardo María Volpacchio
http://www.algunasrespuestas.com

Para quien son estas líneas
En la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, Juan Pablo II señala las prioridades pastorales de la Iglesia para el comienzo de este nuevo milenio. Entre ellas está la Eucaristía dominical: "es preciso insistir (…) dando un relieve particular a la eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana" (n. 35).
Posiblemente vos pertenecés a una de estas tres categorías de personas:
Católico que ibas a Misa con tus padres cuando eras chico y un día durante la adolescencia dejaste de ir. Fue porque entraste en una crisis: era tiempo de dejar de ir sólo porque tus padres iban; y no llegaste a encontrar porqué debías ir. Estas líneas son para vos.
Católico que nunca fuiste a Misa de modo constante. Quizá ni siquiera sabías de la obligación de asistir todos los domingos. Te parece hasta curioso o exagerado que la Iglesia pretenda esa práctica para todos. Estas líneas también son para vos.
Católico que va a Misa y, siguiendo el llamado del Papa, quiere ayudar a muchos a volver a sentir la necesidad de esta práctica tan esencial de la vida cristiana. Sos consciente que si cada católico consiguiera por año que un católico no practicante volviera a la práctica de los Sacramentos haríamos una verdadera revolución en la Iglesia. Estas líneas quieren aportarte algunas ideas que te ayuden en esta tarea.
ADVERTENCIA PREVIA:  Este papel no es para ser leído, es para ser pensado.
Los motivos básicos para ir a Misa
Sentando la base de que casi siempre el comenzar a faltar a Misa el domingo responde a una actitud caprichosa, a la que es muy difícil refutar -precisamente por su falta de racionalidad- acá tenés unas consideraciones sobre el precepto dominical y la importancia de la Misa en tu vida. Está escrito para personas con fe.
Primariamente hay que considerar que a Misa se va, en primer término, a dar, no a recibir. Se recibe mucho, pero no se va por motivos egoístas, ni comerciales -una especie de intercambio con Dios: mi atención y dedicación de tiempo a cambio de ciertos gustos, bienes, ya sea espirituales o materiales, temporales o eternos… qué más da… es lo mismo. Este primer punto desvaloriza de raíz todos los motivos para no ir basados en una línea egoísta de pensamiento: me aburro, no siento nada, no tengo tiempo, estoy cansado, etc.
Porque Dios es tu Creador y debés dedicarle un tiempo semanal a El. Es la manifestación de vivir centrado en Dios y en la salvación: vivir el año centrado en la Pascua; la semana, en el domingo; el domingo, en la Misa. No importa cuánto te aburras, tu Creador ha dispuesto que un día de la semana sea para El: "Acuérdate da santificar el día sábado. Los seis días de la semana trabajarás y harás todas tus labores. Mas el séptimo es sábado, consagrado al Señor tu Dios" (Exodo 20,8-10). Y parece que tiene derecho a tu obediencia. Faltar sería una desobediencia evidente y frontal (decirle a Dios "no te quiero dar mi tiempo"). Y más allá de la obediencia… Dios se lo merece.
Porque como miembro de la familia de Dios, debés rendir culto a Dios de acuerdo a tu naturaleza, junto a tus hermanos. Esto exige que el culto a Dios no sólo sea interior (en tu corazón) sino también exterior (que los demás vean tu fe) y comunitario (dar culto unido a tu hermanos). Es decir, que te reúnas con otros para adorar juntos a Dios. Más allá de tus gustos personales, asistís a Misa no por vos mismo (porque te guste) sino para mostrar tu reverencia al Omnipotente en comunión con los demás. Nuestra relación con Dios tiene una dimensión comunitaria. No basta rezar solo, tampoco en familia, hace falta hacerlo unidos a nuestros hermanos en la fe. En este sentido es un acto de comunión con nuestros hermanos en la fe: compartir lo más importante que tenemos: la Eucaristía, es decir, Cristo mismo. En este sentido faltar sería un desprecio de tus hermanos y una falta de unidad.
Porque tenés que obedecer a la Iglesia. No es cuestión de un capricho del Papa, sino de una necesidad. En el siglo IV, la Iglesia se vio obligada a imponer este precepto para garantizar a sus fieles el mínimo de vida eucarística que necesitan. Vos sos consciente de la importancia que la Sagrada Escritura da a la obediencia… (cfr. Adán y Eva, diluvio, Abraham, Saúl…). Desde esta perspectiva, faltar a Misa es una acto de rebeldía.
Porque si no fueras cometerías un pecado mortal y no creo que te quieras ir al infierno por esto. Como sabés hay un precepto que obliga a los bautizados a asistir a Misa los domingos y fiestas. Es una obligación grave, de manera que su incumplimiento es una falta grave. No te olvides que un día te morirás… y te encontrarás a ese Dios a quien ahora estás tentado de ignorar… para darle cuenta de tu vida…
Porque necesitás de la Eucaristía para vivir una vida realmente cristiana. Es una necesidad vital, de manera que sin la Eucaristía semanal, no te darían las fuerzas espirituales para vivir como un hijo de Dios.
Porque sin la Eucaristía no tendrías acceso a la vida eterna. Jesús no dejó lugar a dudas: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre"; "en  verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo de Dios y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros"; "el que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna" (cfr. Juan 6,30-58)
Porque Jesús te invita a su mesa y sacrificio. El lo mandó explícitamente a sus discípulos al instituir la Eucaristía: "Haced esto en memoria mía". Asistir a Misa no es más que cumplir este mandato del Señor. Y no es sólo una memoria histórica, es una memoria que lo hace presente. Jesús te invita y se te entrega… no responder, ser indiferente su llamado, sería un desprecio bastante considerable.
Porque viviendo en una sociedad que en muchos aspectos no es cristiana, la Misa es la primera manera de defender, robustecer y manifestar nuestra fe. Es necesaria para "proteger" tu espíritu del materialismo sofocante que nos rodea: que tu espíritu pueda al menos una vez a la semana "respirar" un aire espiritual. Además es el primer testimonio cristiano: los demás necesitan tu ejemplo. ¿Te das cuenta qué testimonio de fe da a los que no creen… quien dice creer y muestra no valorar lo que cree?
Porque es mucho mejor ir que no ir. Puede parecer tonto… pero para quien aspira a lo mejor… alcanzaría solo este motivo. Yo no creo que haya un plan más santo y santificante para el domingo.
La contradicción del católico no practicante
Y cómo se llega a serlo
Pocas cosas hay más inconsistentes que el llamado "católico no practicante". Es prácticamente una contradicción de términos. A veces uno escucha a alguien decirlo de sí mismo, incluso hasta con cierto dejo de orgullo… como si definiese su modo de ser católico con un calificativo normal, como si dijese un "católico hispanoparlante". Es decir como si fuese una variedad normal de católico, una opción más… Como si se pudiera ser un "buen católico" no practicante.
Pero si lo pensás… en realidad es un término bastante negativo, que tiene poco de honroso para quien se lo auto-atribuye, ya que significa "un católico que no vive como católico", "un católico que no es un buen católico", "un católico que no parece católico", "un católico que no vive lo que cree" o "que piensa que no vale la pena vivir lo que cree", "cuya fe no es lo suficientemente grande como para vencer su pereza", "un católico que piensa que su fe no es tan importante como para vivirla"; "que piensa que da igual vivir que no vivir su fe", etc.
Un católico que vive como si no lo fuera, que permanece siendo católico sólo en el campo teórico… va perdiendo también la fe… su adhesión a la doctrina católica… en primer lugar porque la va olvidando… Es cada vez menos católico. Se cumple lo de San Agustín: "el que no vive como piensa, termina pensando como vive". Su relación con Dios llegará a reducirse a compromisos sociales (bautismos, casamientos, primeras comuniones, confirmaciones, funerales…) y necesidades (salud, dinero, trabajo…) que sean tan imperiosas como para hacerle acordar que Dios existe y que uno debe dirigirse a El.
Un problema serio de dejar de ir a Misa, es que significa el comienzo de una religiosidad centrada en uno mismo, en la que lo que Dios manda deja de ser la regla, para ser reemplazado por lo que yo siento, pienso, me cae bien, etc. Una religiosidad frente al espejo. Uno ha dejado de ponerse frente a Dios para ponerse frente a sí mismo. Como consecuencia de abandonar esta cita semanal con lo sagrado, comienza un proceso de insensibilización espiritual: la espiritualidad se va secando, el terreno del alma se va volviendo cada vez más árido para las cosas que Dios, que cada día mueven menos, aburren más, etc. Pecados que antes preocupaban… dejan de preocupar, cada vez son más los días que no reza nada… El alma se va volviendo indiferente, pierde sensibilidad espiritual. Y esto sucede poco a poco. Quien deja de ir a Misa, al principio puede tener la impresión de que no ha pasado nada, de que todo sigue igual… pero no es así. Ha dejado de ser teocéntrico, de vivir centrado en la Eucaristía semanal. Ha desplazado a Dios del centro y esto se paga… Es como el pecador a quien puede parecer que su pecado no tiene consecuencias… pero tarde o temprano descubre que de Dios nadie se burla. Qué sí tiene serias consecuencias dejarlo a Dios.
En el camino a ser un católico no practicante, el punto central es el abandono de la Misa dominical. Nunca encontrarás un motivo positivo para dejar de ir a Misa, que sea virtuoso, es decir que provenga de algo valioso, que dé valor al acto de no ir, que demuestre que es mejor no ir que ir.
Lamentablemente casi nadie ha dejado de ir a Misa por una decisión serenamente meditada, después de haber pensado y estudiado el asunto, racionalmente decidido que era mejor no ir. Es decir, casi nadie decide dejar de ir a Misa. Lo que pasa es que de hecho se deja de ir… sin saber bien porqué.
El iter es bastante común: se deja de ir un domingo por dejadez y pereza, o porque le daba vergüenza confesarse; y como no se confesaba, no podía comulgar; y como no comulgaba se sentía mal en Misa; y como se sentía mal y le daba no sé qué no comulgar dejó de ir…Y después otro domingo, y uno se acostumbra a no ir…casi sin darse cuenta… y al final algunos tratan de justificar el incumplimiento de este deber básico del cristiano. El argumento final y definitivo para tapar la boca de la madre que insiste para uno que vaya es "vieja no me hinches más…", lo que no parece un argumento muy convincente… No se quiere por nada que a uno le recuerden el tema… Es normal que muchos quieran no cumplir y olvidarse de que deberían…
Seriamente, ¿te has puesto a pensar qué es lo que Dios quiere que hagas? Si el domingo se te apareciera un ángel y le preguntaras ¿que hago, voy a Misa o me quedo viendo una película? ¿qué pensás que te contestaría?
Es claro que el más interesado en que no vayas a Misa es el demonio… De esto no cabe duda.
Motivos comúnmente aducidos para no ir a Misa
Fiaca. "Prefiero quedarme durmiendo". En realidad los motivos que siguen son sólo excusas para cubrir este primero. No parece que sea un motivo muy racional, meritorio o valioso.
No tengo ganas/No lo siento. ¿Desde cuándo tus ganas son ley que hay que obedecer? ¿Es que tus ganas son más importantes que la voluntad de Dios? Además a Misa no vas porque a vos te guste sino para agradar a Dios. Se va a Misa a honrar a Dios y no a honrarte a vos. Es decir que mientras que a Dios le agrade… no hay problema… la cosa va bien. Y si te cuesta… ¿acaso Dios no merece ese sacrificio que incluso hace más valioso y meritorio el acto?
Me aburro. La acusación más frecuente contra la Misa es que es aburrida. Refleja bastante superficialidad… en cuanto que a Misa no vamos a divertirnos… Y es un problema personal, en cuanto que no parece que Dios sea aburrido -es la perfección absoluta-. Además si tanta gente va a Misa con gusto, algunos incluso todos los días… será que algo le ven… que a vos se te escapa… La solución será descubrir qué tiene la Misa para que los cristianos la consideren tan importante.
Es siempre lo mismo. Si se tratara de una obra de teatro o de una película.. estaría absolutamente de acuerdo con vos. Pero no es una representación teatral… Es algo vivo, que pasa ahora. No sos (al menos no deberías ser) un espectador. Sos partícipe, actor. Imagináte que alguien dejara de asistir a un asado porque en los asados siempre pasa lo mismo… (perdón a la Misa por la comparación).
Desinterés. Las cosas de Dios no me interesan. Si Dios te resbala… estás en problemas… Habrá que ver como solucionar la falta de apetencia de lo divino… que te hace no apto para el cielo…
No tengo tiempo. No parece que lo que te pide Dios -1 de las 168 horas de la semana- sea una pretensión excesiva. En concreto, quien te creó, te mantiene en el ser y te da lo que te queda de vida -y sólo El sabe de cuánto se trata…- se merece el 0,59% del tiempo que El te da. Si no tenés tiempo para Dios… ¿para quién lo vas a tener?
Otros planes mejores. No parece que a Dios le interese competir con el fútbol, hockey, cine… No te olvides que el primer mandamiento es "amar a Dios sobre todas las cosas"… Si tenés otros planes que te importan más que Dios… quizá el problema más que en el tercer mandamiento está antes en el primero…
Tengo dudas de fe. La fe es un don de Dios, con lo cual hay que pedirla. Alejarte de Dios dejando de ir a Misa, no parece el mejor método para resolver dudas la fe e incrementarla… La frecuencia de sacramentos -confesión y comunión- es la más efectiva manera de aumentar la fe.
Estoy peleado con Dios. "Hubo algo que pasó en mi vida (la muerte de un ser muy querido, un fracaso muy doloroso, una enfermedad… o cualquier otra tragedia) que me hizo enojar con Dios: si El me hace esto… ¿por qué yo voy a ir a Misa? Es la manera de mostrarle a Dios mi disconformidad con la forma de tratarme". Hay quienes dejan de ir a Misa como una manera de vengarse de Dios. Pero, en los momentos de dolor ¿no será mejor refugiarnos en Dios y buscar su fortaleza más que reaccionar como un chiquito caprichoso de tres años? El sabe mas… Además, acusar de maltratarnos a quien más nos quiere y murió por nosotros … ¿no será demasiado? ¿No seré yo el que pierdo… alejándome de Dios?
"Hay gente que va y después se porta mal". "Yo no quiero ser como ellos", decís seguro de vos mismo. "Además, hay otros que no van, y son buenos". Es evidente que ir a Misa sólo no basta. Pero, no se puede mezclar la física nuclear con el dulce de leche, ya que las dos cosas no tienen nada que ver. En aquéllos que van y después no son honestos, lo que es malo es ser deshonestos… no el hecho de ir a Misa… que sigue siendo algo bueno aunque ellos después se porten mal… Además la causa de su supuesta deshonestidad no es el ir a Misa. Lo mismo se puede decir de los "buenos" que no van a Misa: su "bondad" no procede de su falta de Misa… y tan "buenos" no serán si les falta una dimensión tan importante de bondad como la bondad misma… es decir Dios. Por otro lado, yo creo que nadie en el mundo se atrevería a decir que los que no van a Misa son mejores que los que van… Finalmente, esto no es un concurso de bondad, ni comparaciones… sino tratar de determinar cuán bueno es ir a Misa. Y claramente, el dejar la Misa no mejora a nadie… en todo caso lo empeora…
No me he confesado y entonces no puedo comulgar. No es necesario comulgar, ni hay ninguna obligación de hacerlo. No comulgar no es pecado; no ir a Misa, sí. Además el problema se solucionaría bastante fácilmente con una breve confesión…
Llevarle la contraria a mis padres. Ofender a Dios para hacer sufrir a tus padres no parece una actitud muy inteligente…
El cura me cae mal. Por más tarado que te parezca el cura, no vas a Misa para darle el gusto, ni para hacerle un favor. El no gana ni pierde nada con tu asistencia o ausencia. El que gana o pierde, sos vos: tu amor a Dios. Además… estoy seguro de que la ciudad en que vivís es lo suficientemente grande como para que puedas encontrar alguno que te caiga más simpático…
Cómo conseguir pasárselo bien en Misa
El sistema básico consiste, primero, en ir a Misa: nunca nadie ha conseguido valorar la Misa a base de no ir.
El segundo punto consiste en tratar de vivir la Misa. Es decir, dejar de estar como una estatua y comenzar a estar atento, responder, rezar, cantar, evitar las distracciones, etc. Es decir que "gozar" la Misa depende más de vos que de la Misa…
Estudiar. No se ha inventado otro sistema para aprender lo que uno no sabe. Para gozar la Misa hay que entenderla, para entenderla hay que saber qué es. Hay muchísimos libros y folletos… los encontrarás en cualquier librería.
Leer y meditar los textos de la Liturgia. Tiene una riqueza inagotable, de manera que nadie que medite las partes y oraciones de la Misa puede aburrirse. Es absolutamente imposible. No se encuentra un límite, de manera que siempre se les puede sacar nuevos sentidos, matices, dimensiones, etc.
Prepararse. Hay oraciones lindísimas para preparar el corazón para tan importante encuentro con Dios.
www.algunasrespuestas.com

 

¿Obligar a los hijos a ir a Misa?

¿Obligar a los hijos a ir a Misa?
Sobre la responsabilidad de los padres en la práctica religiosa de los hijos.

Eduardo María Volpacchio
http://algunasrespuestas.blogspot.com


“La necesidad de dar prioridad, en los programas pastorales, a la valorización de la Misa dominical. Hemos de motivar a los cristianos para que participen en ella activamente y, si es posible, mejor con la familia. La asistencia de los padres con sus hijos a la celebración eucarística dominical es una pedagogía eficaz para comunicar la fe y un estrecho vínculo que mantiene la unidad entre ellos. El domingo ha significado, a lo largo de la vida de la Iglesia, el momento privilegiado del encuentro de las comunidades con el Señor resucitado”
Benedicto XVI, Discurso inaugural de la V CELAM  (13.5.07)

En una familia cristiana, es natural que haya -tiene que haber- unas prácticas de piedad, propias de la familia en cuanto tal. Es decir, que van más allá de la piedad personal de cada uno de sus miembros. Es lo que “rezamos en cuanto familia”, no sólo reunidos, sino en unidad. “La familia que reza unida, permanece unida”, sentenció con gran sabiduría el Papa Pablo VI.

Dentro de la vida religiosa en común de la familia, ocupa un lugar privilegiado la Misa dominical. Sería por esto muy conveniente –como el Papa Benedicto XVI recomienda- que los miembros de una familia asistan a Misa juntos. No siempre se podrá, pero habría que tender a eso. Al menos mientras es posible. Esto obviamente depende de las familias, circunstancias particulares, etc. Pero es a lo que se debe tender, máxime cuando los hijos son chicos. Pienso que muchos de nosotros, entre los recuerdos de nuestra infancia, tenemos grabado con especial cariño, el plan que los domingos hacíamos en familia: no sólo la Misa -dónde íbamos, el sacerdote que celebraba...- sino el plan completo, desde la compra de alguna comida un poco especial, hasta el almuerzo con abuelos y primos...).
El domingo es un día para la familia.

Importancia del domingo en la vida cristiana

Para comenzar habría que tomar  conciencia de la centralidad de la Misa dominical en la vida  cristiana. Es casi definitorio de católico: se lo podría definir como “aquel que va a Misa”. ¿No es esta afirmación demasiado simplista? No, porque en la Misa Cristo se entrega al Padre y a nosotros por la salvación del mundo; de este modo se actualiza la salvación; nos unimos a Dios; divinizamos nuestra vida; en Cristo no unimos a nuestros hermanos; nos alimentamos con el Pan que da la vida eterna... Es el resumen, la fuente y la cima de toda la vida cristiana.

Es imposible ser cristiano sin la Eucaristía. Jesús fue terminante: “quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6,54), hay en él una vida divina que le identifica con Cristo y le garantiza la vida del cielo; quien no participa de la Eucaristía no tiene acceso a Cristo ni a la vida divina.
 
Por eso, en la cuestión de la asistencia a Misa es mucho lo que está un juego: perdida la Eucaristía, perdida la identidad católica, perdida la unión con Dios. Es una pendiente cuesta abajo: piedad cada vez más floja tendiendo a desaparecer. Y en un mundo secularizado y materialista, la Misa dominical preserva al cristiano del riesgo y proceso de secularización. Riesgo total de perder la vida eterna: "si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros" (Jn 6,53).

Es también uno de los deberes más básicos porque garantiza el permanente retorno a Dios. Este es un aspecto negativo, pero no de menos importancia. Una persona que va a Misa los domingos podrá portarse mal en algún momento, pero nunca se va a alejar de Dios demasiado y, sobre todo, siempre va a “tener a mano” la vuelta y el remedio de sus posibles torpezas.

Por esto -y por muchas otras razones- la Iglesia ya en el siglo IV se vio obligada a imponer el precepto de asistir a Misa los domingos para garantizar a los cristianos el “mínimo” de vida eucarística que necesitan para vivir sobrenaturalmente. Un precepto que obliga gravemente, es decir que su incumplimiento representa una desobediencia grave; o dicho con otras palabras es un pecado mortal.

Una aclaración necesaria. Hay dos preceptos paralelos, que son distintos. Por un lado, está el tercer mandamiento que obliga a santificar el domingo. Como toda ley divina no admite excepción y siempre es posible cumplirla. Por otro lado, está el precepto eclesiástico: la Iglesia ha concretado la forma de cumplir con el tercer mandamiento con una ley eclesiástica que manda asistir a Misa los domingos y fiestas de precepto. Las leyes eclesiásticas –a diferencia de la ley divina- no obligan a quien tiene una grave incomodidad –es decir, a quien tiene dificultad seria para cumplirlas–; de manera que el precepto no lo obliga a quien está enfermo, imposibilitado de viajar, etc.; aunque sí debe santificar el día del Señor de otro modo.

Responsabilidad de los padres en la  vida cristiana de sus hijos

Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos. Como es evidente, de toda su formación: desde la espiritual a la intelectual, de la deportiva a los buenos modales. Dios les ha encomendado que cultiven en sus hijos el amor a Dios: que les enseñen a amarlo con todo corazón.
Dentro de los diferentes aspectos de esta formación, resulta de vital importancia la eucarística: que los hijos conozcan, amen y valoren a Jesucristo realmente presente en la Eucaristía, que incorporen a su vida la piedad eucarística y, como línea de mínimo, la Misa del domingo.

La responsabilidad de los propios actos aumenta según la influencia que tiene en los demás. Esto para bien y para mal. Cuando una persona es soltera, es responsable delante de Dios sólo de sus actos; y de los de los demás, sólo en algunos casos particulares (buen ejemplo o consejos, pecados de escándalo, cooperación al mal). Cuando se casa, la cosa cambia, ya que son dos en uno... Si bien cada uno es responsable de la propia vida espiritual, también tiene cierta responsabilidad sobre el otro (en lo que depende de uno). De que uno vaya o no a Misa, depende en muchos casos el otro cónyuge. Además hay que tener en cuenta el ejemplo: si el otro no es constante en la práctica religiosa necesitará en primer lugar del buen ejemplo propio. Más todavía, cuando llegan los hijos. La práctica religiosa de los hijos –no sólo cuando son chicos sino durante toda su vida– depende en un altísimo grado de la de sus padres. De manera, la ausencia a Misa dominical de los padres reviste delante de Dios de más gravedad que en el caso de los solteros. Están privando a sus hijos de la necesaria experiencia de la práctica religiosa: necesitan ayuda para cultivar hábitos espirituales, sin los cuales les será difícil desarrollar su vida espiritual.

La Misa de los hijos

Dios retribuirá a los padres toda obra buena de sus hijos aprendida de ellos (que son muchísimas). Y, al contrario, les pedirá cuenta de las influencias negativas. Apliquemos este principio al caso que nos ocupa.
Los padres serán acreedores de mérito, por todas las Misas a las que sus hijos a asistan durante su vida, ya que su formación está en la causa de las mismas.
Si un hijo faltara a Misa por dejadez de los padres, ellos mismos también serían responsables delante de Dios por ese pecado. Más grave sería el caso de los padres que, con su propia inasistencia a Misa, imposibilitan la asistencia de sus hijos: un chico de ocho años raramente podrá ir solo a Misa. Más todavía en el caso de aquellos que no los dejan ir solos y no los llevan. También se puede considerar la situación de los que no se ocupan de que vayan cuando sus hijos van a dormir a casa de amigos que no practican la fe; o que los mandan a campamentos, giras escolares o deportivas, etc., cuyos planes no incluyen la Misa dominical (ya que tienen el deber de velar para que la incluyan); etc.

Carecería de sentido que una familia cristiana planee sus vacaciones en un lugar donde sabe que no podrá asistir a Misa los domingos que se encuentre allí. Es cierto que la imposibilidad física de asistir a Misa excusa del precepto...; pero ponerse voluntaria e innecesariamente en dicha imposibilidad, al menos, muestra bastante poco amor e interés por la Eucaristía y el precepto dominical.

Los padres deben estar al tanto de la Misa de sus hijos para poder ayudarlos a vivirla  con intensidad. Saber si van, cómo la viven, si se quedan afuera charlando con amigos, si comulgan, etc.
Sería una omisión importante desentenderse, no estar al tanto, no saber; y una ingenuidad bastante irresponsable dar por supuesto que tienen la piedad de San Francisco de Asís aunque no los vean nunca rezar.
Y nunca se podría aprobar que no cumpla con el precepto: “sos grande, hacé lo que quieras”. Es verdad que es grande, que es libre, pero yo no puedo aprobarlo. “Sabés que obrás mal y que lo hacés contra mi voluntad”, tendría que ser en todo caso la respuesta.

¿Obligar a los hijos a ir a Misa?

Algunos padres se preguntan si hacer de la asistencia a Misa una cuestión de obediencia. Y desgraciadamente, algunos lo resuelven bastante mal.

Cuando un hijo no quiere ir a Misa un domingo por estar enojado, tener pereza, un plan más tentador, quejarse de que se aburre, estar cansado, decir que no lo siente... ¿qué hacer? ¿Obligarlo? La respuesta a esta pregunta es un SI rotundo. Pero debido a que el verbo “obligar” tiene en nuestros días una carga negativa muy fuerte (como si fuera forzar arbitrariamente a alguien a lo que no quiere), pienso que es preferible hablar de exigir.
Vamos ahora a responder a dos cuestiones: por qué hay que exigirlo y de qué manera hacerlo.

¿Por qué existe el deber de exigir a los hijos que vayan a Misa el domingo?

Hablar de “obligar” a los hijos a ir a Misa, hoy día suena bastante mal: casi como un atentado a su autonomía y a la libertad de conciencia. Incluso hay quienes piensan que obrar así sería moralmente malo, que los padres no deberían hacerlo. Pero si uno lo piensa un poco, fácilmente  descubre que no es así.

El punto de partida es considerar que se trata de un deber del cristiano. Los padres deben exigir a sus hijos el cumplimiento de sus deberes. Sería muy contraproducente para su formación, que aprobaran el incumplimiento de los mismos, sobre todo si se tratara de un deber que obliga gravemente (como es el caso de la Misa dominical).

Por otro lado hay que tener en cuenta que faltar a Misa un domingo sin un motivo grave es un pecado mortal: se incumple un precepto que obliga gravemente. Así de claro y terminante. No es un opcional, no es algo recomendado, sino preceptuado por el Magisterio de la Iglesia como concreción del Tercer Mandamiento de la Ley de Dios.

Ante este dato, hemos de considerar en general cuál debe ser la actitud de los padres frente al pecado mortal de un hijo: ya sea robo de objetos de cierta importancia, posesión de material pornográfico, borrachera, blasfemia, etc.
El ámbito y la razón de ser de la autoridad de los padres –y la consiguiente obligación moral de los hijos de obedecerlos– se extiende a aquellas cosas que hacen al bien de los hijos o de la familia (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2217: recomiendo vivamente leerlo). El primer objetivo de esa autoridad es que los hijos cumplan la ley de Dios.
De ahí que los padres deban preceptuar a sus hijos el cumplimiento de la ley de Dios y prohibirles su rompimiento. Máxime en cuestiones graves. Y hacer lo que esté a su alcance para evitarles las ocasiones próximas de pecado.

Y esto lo hacen no sólo en cuestiones que son pecado mortal, sino en otras mucho más comunes y menos espirituales. ¿Qué padre consulta a su hijo antes de enviarlo al jardín de infantes? ¿Qué padre consentiría en que sus hijos de modo habitual no vayan al colegio, no tomen remedios cuando están enfermos, no duerman, etc., etc., etc.? Y así podríamos poner muchísimos ejemplos (desde comer lo que no les gusta hasta hacer las tareas del colegio). En las cosas básicas y necesarias, la formación exige el cumplimiento de deberes, y es normal que se impongan (deber se dice de algo que es obligación, y por tanto exigible). Entonces uno descubre que es bastante lógico que padres con fe, manden sus hijos a Misa (y mejor, como dijimos antes, que vayan con ellos), ya que ante este pecado deben tomar la actitud de un hombre o una mujer de fe que ama a Dios y a sus hijos, y lo que menos quiere es que éstos pequen gravemente.

Además no es un atentado a la libertad de conciencia, ya que en los casos que nos ocupan, no se trata de preceptuar a un musulmán o a un ateo que vaya a Misa en contra de los  dictámenes de sus  conciencia, sino a un católico, con fe, en el período de su formación, y que fue confiado por Dios al cuidado de uno.

Es bueno aclarar que no es cuestión de obligación sino de amor. Hay que ayudar a los hijos a amar la Misa; y el primer paso es yendo: nunca conseguirá amar la Misa quien no va. Con el ejemplo y con la enseñanza: si no saben qué es la Misa nunca llegarán a amarla.
Pero, de hecho, existe un deber, cuyo cumplimiento es grave. El amor presupone el cumplimiento de los deberes: por ahí comienza. La línea de mínima del amor es  la justicia (dar a cada uno lo que le corresponde). Quien no cumple sus deberes difícilmente llegará a amar.
Ese amor, es posible que alguna vez, esté débil y necesite para vivirse la ayuda de la justicia (el cumplimiento del deber ayuda a hacer las cosas que necesitamos): siendo una cuestión de amor, también lo es de obediencia a Dios y a su Iglesia.

Es relativamente frecuente que algunos chicos sufran pequeñas crisis: falta de ganas de ir a Misa por aburrirse, no entender, dejadez, otros planes, mal humor, rebeldías, dudas... Si a la primera duda o dificultad abandonan a Dios... habrá que trabajar bastante el tema de la fidelidad, ya que es claro que están muy lejos de considerarlo importante.
Entonces, ¿hay que obligarlos? Y... en principio sí. Es lógico evitar un pecado mortal a un hijo en nombre de la obediencia: obvio. Si la Iglesia que es Madre y Maestra lo impone como precepto... me parece que enseña el camino.
Evidentemente a los veinticinco años las cosas son un poco distintas: porque no hará caso. Pero a los quince, no.

Algunos falsos argumentos que a veces se invocan para no imponer la Misa como un deber:
“No lo puedo obligar, si va por obligación es como si no fuera”: no es cierto: basta considerar el ejemplo de la comida: alimenta aunque uno coma sin ganas. El enfermo tiene que comer: lo necesita. Si va, aunque sea sin ganas, cumple el precepto, obedece a Dios. El mero cumplimiento sin amor es imperfecto, pero no es malo: es algo bueno, pero imperfecto. No comete un pecado mortal, ¿te parece poco importante?

“Yo educo en la libertad”: es cierto, pero la libertad es para el bien: no le facilitaría el arma con la que va a robar un banco. La exigencia es parte de la formación: espontaneidad no se identifica con libertad: su libertad necesita ayuda para funcionar bien. No siempre se sienten ganas: y esto vale para todo. Si se aplicara este criterio a ir al colegio... Ir a Misa es bastante más importante que ir al colegio... Los padres tienen el deber ayudar,  sobretodo cuando más los necesitan: en ese caso su autoridad es como las muletas.

Me dio tristeza el caso de una adolescente que faltaba a Misa con cierta frecuencia. Le pregunté qué le decían sus padres -en principio, buenos cristianos-. “Nada, que respetan mi libertad, me dicen que no van a obligarme a ir”. Bastaba un empujoncito chiquito para que  superara la pereza (único obstáculo que tenía). Sus padres, no exigiéndole, le hacían daño; de alguna manera, al consentir que no fuera, lo aprobaban; y sobretodo, dejaban que el hábito de no ir a Misa se asentar en su persona.

Por tanto la respuesta es que sí, que hay que hacerlos ir: y mejor, ir con ellos.

Si un hijo va a Misa porque se lo imponen sus padres, el respeto a sus padres habrá servido para que cumpla la ley de Dios (por algo se empieza).

Como exigirlo cuando se ponen rebeldes

Cuando un hijo no quiere ir a Misa, es evidente que no es cuestión de fuerza física ni de llevarlo bajo amenazas.
Los preceptos y obligaciones se pueden imponer con mucha firmeza y, al mismo tiempo, con simpatía, sin gritos, con una sonrisa, sin humillar, facilitando su cumplimiento. Cuanto más le cueste a un hijo asistir a Misa, con más cariño habrá que exigírselo. Hay un libro sobre educación de los hijos cuyo título lo dice todo: “firmeza y ternura”. Ambas a la vez, porque no sólo son compatibles, sino que se exigen mutuamente.
Ni blandenguería (ceder sin dar importancia al tema) ni exigencia descarnada, teniendo en cuenta que el tema es muy serio.

Para que los hijos entiendan la importancia de la Misa es bueno que se den cuenta de que no se les pide un capricho. Hay diferentes niveles de importancia: debemos distinguir los deberes esenciales, de cosas importantes, de cosas convenientes, de los gustos de los padres y distinguir a la hora de exigir. Es distinto exigir que respeten a la madre (que no la insulten, por ejemplo), que cumplir un encargo, que no dejar la toalla en el suelo del baño. Ir a Misa no es un opcional: algo bueno que se invita a hacer a quien quiera hacerlo (como rezar el Rosario). Pertenece al género de los deberes graves del cristiano. Los padres mientras sus hijos son menores tienen la responsabilidad de sus hijos (hasta pueden responder penalmente si cometen un delito...). Es distinto que ir a ver un partido de fútbol de un hermano, visitar a la abuela, comer o no comer tal cosa, el horario de regreso a casa, etc. Está a otro nivel. Debe quedar claro que en nuestra familia los deberes para con Dios son lo más importante: que se le da más importancia a ir a Misa que al colegio.

Como en toda exigencia habrá que saber explicarla. Depende de las edades. En principio los hijos sabrán qué es la Misa como parte de los conocimientos doctrinales que les habremos sabido comunicar. En general, bastan argumentos muy simples: en esta familia adoramos a Dios, le agradecemos sus dones, le pedimos perdón, necesitamos su gracia. Es parte de nuestra vida. Queremos irnos todos al cielo. La Misa dominical es parte de la vida de familia. Un compromiso de todos nosotros con Dios como familia.

Cuanto menos se practique la fe en el ambiente en que se mueven los hijos, más atención y empeño habrá que poner para que la frialdad circundante no los enfríe a ellos.
Hay que tener en cuenta que en  nuestro país el índice de práctica religiosa es muy bajo (7 %). Esto significa que los hijos muchas veces se verán rodeados de compañeros, amigos, conocidos que se dicen cristianos y no van a Misa (¡el 93%!). Esto no los ayuda mucho. Habrá que ayudarlos a tomar conciencia de lo que es un cristiano de verdad, de la seriedad de los deberes para con Dios, de la importancia de la autenticidad  que exige el amor a Dios, de la importancia de la ejemplaridad, de la necesidad de cristianizar la sociedad, etc.
También se les podrá explicar lo que es el pecado y sus consecuencias personales y sociales. La manifestación de amor a Dios que es la Eucaristía y el desprecio que significa no ir (“sólo te pide una hora por semana”). Una verdadera infidelidad... ya que no se trata de una mera ausencia, es una ausencia que ofende: preferir una película, siesta, deberes... antes que a Dios...

Si bien es bueno que entiendan, para hacerse obedecer no hace falta esperar a que los hijos compartan las razones del mandato. Si no lo entienden o aceptan, ya tendrán ocasión de plantearlo de un modo distinto con sus hijos el día de mañana... pero ahora tienen que obedecer a sus padres.

Hemos expuesto el criterio moral general. Su aplicación corresponde a la prudencia que será quien juzgue de que manera concretarlo según las circunstancias, porque no se trata de hacer ir a Misa a alguien apuntándole con un pistola, arrastrándolos por el piso, etc. No hay reglas fijas: hay hijos e hijos, padres y padres, familias y familias. Circunstancias, edades.
En principio hasta los 18 años pensamos que habría que hacerlos ir aunque por ellos mismos preferirían no hacerlo.
La manera de ponerlo en práctica no es distinto del resto de los deberes morales (cómo conseguir que los hijos no roben, respeten a los demás, etc.). Dependerá de cómo los padres sepan hacerse querer y gocen de una sana autoridad ante sus hijos. Si no tienen autoridad para mandar otras cosas, también la tendrán difícil en este ámbito.
Evidentemente no se trata de llevarlos ejerciendo violencia física. Son libres y pueden no obedecer. Será, con todo el dolor de los padres, un pecado del hijo. Y habrá que ver como imponer el deber: como en otros los campos, con el sistema de premios y castigos. Contra la tendencia actual a dejar pasar cualquier cosa y que nunca pase nada (lo que crea una sensación de impunidad que envalentona el ánimo del transgresor y lo estimula a transgredir aún más), habrá que tomar medidas. Y, al mismo tiempo, tener paciencia y rezar.

Lo que nunca pueden hacer los padres es consentir con el pecado, mostrándose indiferentes, como si en  esta familia el no ir a Misa el domingo fuera una opción más.
Si un hijo no asiste a Misa los domingos es un problema serio. Habrá que rezar más y ocuparse. No basta quitarse responsabilidades de encima, diciendo “yo ya le dije”, como si con algún consejo uno cumpliera su deber de formar. Obviamente habrá que comenzar desde chicos la formación y ser firmes desde el principio: cuesta mucho recuperar el terreno perdido.

Algunos consejos prácticos

El precepto obliga desde el uso de razón, es decir, que desde los siete años los chicos tienen que ir a Misa el domingo.
De todos modos es muy bueno que vayan desde siempre. Que desde chiquitos aprendan a comportarse en Misa, a valorar y respetar lo sagrado: en Misa no se juega, no se habla, no se corre... En el caso de los bebitos o chicos muy chicos que molesten mucho y no dejen a sus padres ni al resto de los feligreses vivir la Misa, sería bueno gestionar en la Parroquia un servicio de guardería durante la Misa.

Rodear la Misa de un clima de simpatía y de alegría, contribuirá a que los hijos amen la Misa. Que vean a sus padres ir con alegría. Participar del ambiente festivo del domingo. Saludar con afecto al celebrante, etc.
A los chicos les ayuda ir a la misma iglesia, a la misma Misa. Incluirla en un plan más general: hay quienes después de Misa van a tomar un helado en familia, o a comprar el aperitivo o masitas para el café. Todo esto hace agradable la Misa.

La famosa “pilcha dominguera”: que la fe y el amor a la Eucaristía se «vean» en nuestro empeño por vestirnos bien, que nos ponemos elegantes para el Señor. También en esto se muestra la importancia que damos a la Misa.

El mejor sistema para fortalecer la propia fe es contagiarla. De manera que la mejor manera de cultivar el amor a la Eucaristía es hacer apostolado. Me impresionó una chica de diez años que me contó que estaba tratando de convencer a su vecina para que fuera a Misa. Pensando que se trataría de una chica de su edad, le pregunté cuántos años tenía su vecina. Me quedé helado cuando me respondió: “50”. ¡La mocosa hacía apostolado con una señora que podía ser su abuela!

En los momentos de exceso de trabajo, exámenes, etc. habrá que estar más atentos. Cuanto menos tiempo tenemos, más necesitamos a Dios, y El mirará con mucho cariño el sacrificio.

Tener cuidado con los hijos rebeldes para que no usen la inasistencia a Misa como arma para “castigar” a sus padres cuando están enojados con ellos. Como buscan “pegar” dónde duele es fácil que descubran que ahí duele mucho.

Cuidado de no provocar mentiras. Si un hijo se siente acorralado, puesto entre la espada y la pared, podría ser que mintiera para zafar de esa situación. Más vale una vigilancia discreta, que interrogatorios estresantes.

Evitar discusiones. Tener en cuenta que cuando alguien no quiere hacer algo, los motivos que arguye son lo menos importante: argumenta con lo primero que se le ocurre, lo que escucha por ahí, etc.; son la excusa con la que intenta justificar lo que realmente le interesa. De manera que no vale la pena entrar a discutir los argumentos concretos, intentándole demostrar uno por uno. Mejor no empantanarse en discusiones secundarias. Ganarlas por elevación: “ahora mejor vamos a Misa y después charlamos el tema tranquilos”. Pueden llegar a decir que no tienen fe, que ir a Misa no sirve para nada, o cualquier cosa. Paciencia. Saber que no lo piensan.

Y para terminar
El amor personal a la Eucaristía y la unidad familiar son el mejor caldo de cultivo para la valoración de la Eucaristía.

Eduardo María Volpacchio
30.05.07

¿Ir a Misa sin sentirlo?

¿Ir a Misa sin sentirlo?
La Misa y los sentimientos
Sobre una confusión quizá demasiado extendida.


Me preocupa haber encontrado no pocas personas a las que les han aconsejado –incluso algún sacerdote– no asistir a Misa el domingo si “no lo sentían”. De ser  cierto estos consejos, significaría que el criterio moral para evaluar la  conveniencia de la asistencia a Misa sería el siguiente: “Si lo sentís, tenés el deber de ir a Misa; si no lo sentís no tenés que ir (o al menos podrías no ir)”. Es un planteo que hace decisivos, desde el punto de vista moral, los sentimientos.

Si, con una pizca de ironía, nos colocamos en un contexto de buscar excusas para no ir a Misa, el asunto sonaría de tal manera que sentirse bien en Misa sería una carga, que me obliga a ir; y sentirse mal con la Misa, una fuerza liberadora del precepto. Ya se vé que hay algo que no funciona.

En efecto, si consideramos racionalmente la postura, nos daremos cuenta de que es sencillamente un disparate. Es lo que trataremos de analizar en estas líneas.

De entrada hay que decir que el criterio señalado es inaplicable. Para poder usarlo tendríamos que descubrir primero de qué sentimientos se trata: sentir ganar de ir a Misa, sentir emoción en Misa, aburrirse en Misa, sentir pereza, sentir simpatía o enojo con el sacerdote, sentir más ganas de otras cosas y un largo etcétera de posibles sentimientos. Una vez aclarado qué tipos de sentimientos aconsejarían no asistir a Misa; habría que preguntarse qué intensidad de sentimiento sería necesario para excusar de pecado o cometerlo.
De más está decir que todo este planteo carece de sentido.

Sabemos qué nos pide Dios en primer lugar: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con todas tus fuerzas". No nos pide buenos sentimientos, sino que amemos "con obras y de verdad".

La superficialidad del argumento usado como justificante del abandono de la práctica religiosa, supone además ignorar varias realidades:
Desconocer el valor salvífico de la Misa más allá de los sentimientos de los asistentes.
Desconocer el valor de la obediencia a las leyes de la Iglesia.
Desconocer el sentido del deber.
Desconocer el valor del sacrificio como expresión de amor.
Desconocer la psicología humana, ya que si dejo de hacer cosas buenas -está fuera de discusión la bondad del sacrificio Eucarístico- que me cuestan, difícilmente tendré ganas de hacerlas después. Y menos de apreciarlas.

El valor de la Misa

El consejo sería válido si la única función de la Misa fuera suscitar en quienes participan buenos sentimientos. Si fracasara en tal intento –que sería su única razón de ser– efectivamente sería inútil, y no nos serviría para nada la asistencia a la misma.
Pero la Misa es una acción divina, que santifica al mundo. Hay en ella mucho más de lo que veo, de lo que toco, de lo que siento. De manera que la Misa me sirve mucho más de lo que puedo darme cuenta, es más, no sólo me sirve, la necesito para tener vida eterna.

Preceptos y sentimientos

En el caso de la Misa dominical hay en juego algo más que la piedad: un precepto de la Iglesia. Y el cumplimiento de las leyes va más allá de los sentimientos. En este caso, además, se trata de un precepto que obliga gravemente (es decir, que su incumplimiento, en principio, es grave). Un legislador jamás contemplaría entre las causas excusantes del cumplimiento de la ley la carencia de sentimientos: los sentimientos no tienen lugar en el ámbito jurídico porque no pueden ser medibles objetivamente.

Si una persona flaquea y por debilidad falta a Misa el domingo, con humildad pedirá perdón al reconocer su falta, y Dios lo perdonará. El problema aparece cuando se intenta justificar la falta, para que deje de ser falta. Entonces, se confirma en el camino del abandono del cumplimiento de sus deberes religiosos. Y esto, lejos de acercarlo al amor de Dios, lo alejará de su presencia.

La falta de sentimientos puede ser ofensiva

En las relaciones humanas, la falta de sentimiento no exime del cumplimiento de deberes familiares o sociales. Por el contrario, si ése es el motivo del incumplimiento, lo hace más ofensivo. Si no asisto a la celebración del cumpleaños de un amigo, seguramente podrá entender las razones que me lo impiden. Pero si me justifico diciendo que no me dice nada su persona y su celebración, lejos de excusarme, la explicación hará más dolorosa mi ausencia, la convertirá en un auténtico desprecio.

Me parece que a Dios lejos de agradarle que un cristiano no vaya a Misa porque no lo siente, le resulta más ofensivo. Y le “duele” que no haga ningún esfuerzo por superar esa falta de sentimiento para estar con El.

Sería muy egoísta la actitud de quien dejara de ir a Misa cuando deja de “sentir”: como si sólo buscara “sentirse bien” y cuando no lo consigue, la abandonara porque “ya no me sirve”. No vamos a Misa a sentirnos bien, sino a participar del mayor acto de amor de Dios por los hombres; no vamos a pasárnoslo bien, sino a dar Dios el culto que merece ofreciéndole nada menos que la entrega de Cristo y a buscar la  gracia que necesitamos para ser buenos hijos de Dios. El valor de esto está mucho más allá de lo que yo pueda sentir.
A Dios no le molesta que no sienta nada. El sabe bien cómo es mi estado interior. Quiere que lo ame, incluso cuando mis sentimientos no me facilitan ese amor.

La solución verdadera

Quizá sea cierto que la mayor parte de la gente que deja de ir a Misa, lo haga por motivos “afectivos”: no siente nada, se aburre, no tiene ganas. Tienen fe, dicen amar a Dios, pero no los llena, no sienten nada. Y es la mayor donación de Dios a los hombres. Es una lástima, pero está muy lejos de justificar la falta de práctica religiosa.

Quienes están en esta situación tienen un problema, y tendrían que buscar cómo resolverlo. Quizá deberían plantearse que la Misa no tiene la “culpa”. Que la solución no es dejar de asistir, sino intentar que les diga algo, entenderla mejor, vivirla con más intensidad. Dejar de ir a Misa es la peor de todas las “soluciones” posibles a su falta de sentimientos, porque no soluciona nada. Nunca “gracias” a dejar de participar en la Misa conseguirán amar más a Dios, y sentir más intensamente ese amor.

Quien ama se lo pasa bien con el amado, pero no es eso lo que busca (el amor egoísta se busca a sí mismo). Quien busca dar gloria a Dios, sabe prescindir de sus sentimientos: busca agradarlo, aunque no saque nada de provecho personal.

Conclusión

Si faltás a Misa los domingos, por favor, no te justifiques diciendo que no te dice nada. No te excusará delante de Dios. Resulta evidente que a quien nos pide como primer mandamiento que lo amemos, no puede resultarle indiferente que le digamos que no sentimos nada por su compañía.

Si escuchás a alguien razonar de esta manera, decile que lo piense mejor, porque es un razonamiento que carece de lógica por donde lo consideres.

Por otro lado, y para terminar, si ha habido tantas almas enamoradas de la Eucaristía, será que algo tiene, y habrá que ponerse en campaña para descubrirlo. Es todo un desafío.

 

P. Eduardo Volpacchio
capellania@colegioelbuenayre.edu.ar
12.10.05


 

¿Es pecado faltar a Misa el Domingo?

¿Es pecado faltar a Misa el domingo?

La respuesta a esta pregunta podría ser muy corta:

Sí, faltar a Misa –sin un motivo serio que lo justifique– es pecado grave.

Quizá interese detenernos un poco a analizar porque esto es así.

¿Y por qué faltar a Misa el domingo es un pecado?
Porque dejando de asistir dejamos de cumplir voluntariamente una obligación grave que tenemos. Y el incumplimiento de un deber grave, es una falta grave.
Por eso el punto de partida de esta cuestión es la consideración de la ley de la Iglesia que manda participar en la Misa los domingos y días festivos.

¿Por qué puede ser pecado, si quien falta a Misa no hace mal a nadie?
La gravedad de los pecados no se mide por cuánto mal hace a otros, sino por la ofensa que representa a Dios. Por eso, por ejemplo la blasfemia es un pecado grave, aunque ninguna otra persona la escuche.
Por otro lado quien falta a Misa el domingo se hace daño a sí mismo y a la Comunidad eclesial a la que pertenece. La falta de Dios es una carencia peligrosa: hace daño al alma.

¿Cuales son las obligaciones del católico?
Los católicos, además de los Diez Mandamientos que resumen la ley natural y que son válidos para todos los hombres –no sólo para los cristianos-, tenemos otras obligaciones específicas por serlo: son los cinco Mandamientos de la Iglesia.

Se trata de algunos deberes que regulan y encauzan la forma concreta de ser católicos: cómo nosotros amamos a Dios y le rendimos culto en la Iglesia. Entre ellos se encuentra la obligación de participar en la Santa Misa los domingos y fiestas de precepto.

Es una de las obligaciones más básicas de los católicos.

Sorprendentemente algunos católicos desconocen sus obligaciones. Y otros no acaban de creerse que existan verdaderos deberes que los obliguen. Piensan que por ser el amor la máxima ley cristiana, todo tendría que ser amor espontáneo, sin obligaciones. Pero esto no es así, ya que el amor es muy exigente: cuánto más amor, más exigencia de manifestarlo y de evitar todo lo que lo ofenda.

¿Es un consejo o es una ley?
Es importante distinguir los consejos y las leyes. Una cosa son las recomendaciones de cosas buenas que nos dan para ayudarnos a ser mejores: “procurá ayudar a los demás”, “tratá de rezar el Rosario”, etc. En este caso haremos lo que nos parezca oportuno, pero sin estar obligados en conciencia a seguir dichos consejos. Obviamente no pecamos, si decidimos no seguir un consejo.
Otra muy distinta son las leyes que nos obligan en conciencia: las leyes establecen estrictos deberes.

Entonces, ¿el incumplimiento de las leyes es pecado?
Tenemos que distinguir entre la ley divina –que viene directamente de Dios- y la ley eclesiástica –dictada por la Iglesia para concretar modos de servir y honrar a Dios.

La ley divina regula cuestiones esenciales de la vida, por lo que no admite excepciones: su incumplimiento siempre es malo, no puede no ser pecado. Es el caso de los Diez Mandamientos.

En cambio de la ley eclesiástica trata de concreciones de la Iglesia para ayudar a vivir mejor la vida cristiana y no tiene intención de obligar cuando existe una grave dificultad para cumplirla. Por esto la ley eclesiástica no me obliga cuando su cumplimiento me representa una incomodidad grave: si un domingo estoy enfermo o tengo otra dificultad que me lo hace muy difícil no tengo obligación de ir a Misa.
Pero en situaciones normales obliga de tal manera que su incumplimiento es pecado.
Porque el desprecio de la ley de la Iglesia no puede ser bueno. Y no darle importancia, dejar voluntariamente de cumplirla, sin motivo, supone de hecho un desprecio.

Como no es una cuestión de opiniones personales, sino de lo establecido por la Iglesia –que es quien ha establecido las leyes eclesiásticas–, veamos qué nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de sus mandamientos (he resaltado con negrita las partes específicas sobre este tema).

LOS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA
2041 Los mandamientos de la Iglesia se sitúan en esta línea de una vida moral ligada a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo. Los mandamientos más generales de la santa Madre Iglesia son cinco:

2042  El primer mandamiento (oír misa entera y los domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles") exige a los fieles que santifiquen el día en el cual se conmemora la Resurrección del Señor y las fiestas litúrgicas principales en honor de los misterios del Señor, de la Santísima Virgen María y de los santos, en primer lugar participando en la celebración eucarística, y descansando de aquellos trabajos y ocupaciones que puedan impedir esa santificación de estos días (cf CIC can. 1246-1248; CCEO, can. 880, § 3; 881, §§ 1. 2. 4).

 El segundo mandamiento ("confesar los pecados mortales al menos una vez al año") asegura la preparación para la Eucaristía mediante la recepción del sacramento de la Reconciliación, que continúa la obra de conversión y de perdón del Bautismo (cf CIC can. 989; CCEO can.719).

 El tercer mandamiento ("recibir el sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua") garantiza un mínimo en la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor en conexión con el tiempo de Pascua, origen y centro de la liturgia cristiana (cf CIC can. 920; CCEO can. 708. 881, § 3).

2043 El cuarto mandamiento (abstenerse de comer carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia) asegura los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas y para adquirir el dominio sobre nuestros instintos, y la libertad del corazón (cf CIC can. 1249-51; CCEO can. 882).

 El quinto mandamiento (ayudar a las necesidades de la Iglesia) enuncia que los fieles están además obligados a ayudar, cada uno según su posibilidad, a las necesidades materiales de la Iglesia (cf CIC can. 222; CCEO, can. 25. Las Conferencias Episcopales pueden además establecer otros preceptos eclesiásticos para el propio territorio. Cf CIC, can. 455).

Y en concreto, sobre la Misa dominical, señala:

2177 La celebración dominical del Día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. "El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto" (CIC, can. 1246,1).

 "Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos" (CIC, can. 1246,1).

2178 Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a los Hebreos dice: "no abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente" (Hb 10,25).

 La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual: "Venir temprano a la Iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración...Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida...Lo hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos (Autor anónimo, serm. dom.).

La obligación del Domingo
2180 El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley del Señor: "El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa" (CIC, can. 1247). "Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde" (CIC, can. 1248,1)

2181 La eucaristía del Domingo fundamenta y ratifica toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (cf CIC, can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.

2182 La participación en la celebración común de la eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.

2183 "Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace imposible la participación en la celebración eucarística, se recomienda vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra, si ésta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito por el Obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo conveniente, solos o en familia, o, si es oportuno, en grupos de familias" (CIC, can. 1248,2).

* * *

Como se ve el Catecismo no deja lugar a dudas. Todo lo que se sale de esto, será una opinión personal al margen de lo establecido por la Iglesia.

 

Eduardo María Volpacchio
20-11-07

¿Comulgar sin confesarse?

¿Comulgar sin confesarse?
Eduardo María Volpacchio
http://www.algunasrespuestas.com

¿Es necesario confesarse para comulgar?
Y depende... Quien va a tomar la primera Comunión debe confesarse antes de hacerlo. Quien ha cometido un pecado mortal, también debe hacerlo, para recuperar la gracia antes de comulgar. Quien está en estado de gracia no necesita hacerlo.

Premisa
“Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. Se recibe al mismo Cristo.
Es necesario hacerlo con dignidad.

Dos condiciones
La Comunión no es un premio. No se precisa ser santo para comulgar. Es una necesidad espiritual, pero tiene unos requerimientos básicos.
Las dos primeras condiciones son de origen divino, surgen de la realidad de la Eucaristía y están consignadas en la Sagrada Escritura: 1) estado de gracia; 2) saber a quien se recibe.
Dice San Pable en I Corintios 11, 27-29:
“Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será  reo del
Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así
el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el
Cuerpo, come y bebe su propio castigo.”

Es necesario distinguir -saber a quién se recibe- y estar en estado de amistad con Dios. La Teología lo llama “estar en estado de gracia”. Se pierde por el pecado mortal, que rompe la comunión de vida con Dios. Se recupera en el sacramento de la Penitencia.

Respecto a la confesión y la Eucaristía, la Iglesia concretó explícitamente dos preceptos:
antes de la Primera Comunión es necesario confesarse.
si se ha cometido un pecado grave, es necesario confesarse antes de comulgar.

¿Conveniente o necesario?
Salvo los dos casos señalados no es necesario confesarse antes de comulgar. Si una persona está en gracia, aunque haga mucho tiempo que no se confiesa, puede comulgar con toda tranquilidad. No debemos añadir más condiciones que las que realmente existen. La confesión frecuente es una práctica muy recomendable para el crecimiento espiritual, tener el alma más purificada, etc. Pero esto es otra cuestión. Una cosa es la conveniencia de la confesión frecuente y otra distinta que sea necesidad para recibir la comunión si uno está en gracia (que no lo es).

Hasta aquí todo resulta bastante claro.

¿Donde surge el problema?

En que una persona en estado de pecado mortal puede recuperar la gracia de Dios incluso antes de confesarse.

¿Cómo es eso? Haciendo un acto de contrición perfecta con el propósito de confesar cuanto antes se pueda, se recupera la gracia perdida.

¿Qué es un acto de contrición perfecta?
Es un acto de arrepentimiento del pecado cometido, movido por amor de Dios. Dolor de haber ofendido a Dios, tan santo, digno de amor, grande, bueno, etc.
¿Qué es un acto de contrición imperfecta?
Es el mismo acto, realizado por motivos sobrenaturales, muy buenos todos, pero que no son el amor de Dios: miedo al infierno, fealdad del pecado, deseos de comulgar, peso de la conciencia, etc.

El dolor de la contrición imperfecta es suficiente para recibir el perdón de los pecados en la confesión. Si al dolor de la contrición perfecta se le  une el propósito de confesar, se obtiene la gracia -podríamos decir- por adelantado, antes de la confesión.

Entonces, ¿puedo comulgar después de cometer un pecado mortal, antes de confesarme, si hago un acto de contrición perfecto?
- No
- ¿Y por qué no?
Los sacramentos dignamente recibidos dan la certeza de acceder a la gracia de Dios. Actúan “ex opere operato” según explica la Teología: en virtud -por eficacia- de lo actuado que no falla. Si no pongo un obstáculo a su acción, la realiza eficazmente.
En cambio cuando hago un acto de contrición perfecta, estoy en un ámbito no sacramental, en el cual dependo de -por decirlo de alguna manera- la “calidad” de mi acción. No tengo certeza de haber hecho realmente un acto de contrición perfecta. No tengo cómo medir la perfección/imperfección de mi acto de contrición.
Si comulgara así me podría exponer a recibir al Señor indignamente, y cometer así un sacrilegio. El problema no es sólo mi pecado, es problema sobretodo es el respeto que Dios merece: no puedo exponer la Eucaristía a semejante afrenta. Sin necesidad no sería lógico correr ambos riesgos.

Por esto la Iglesia, para cuidar la dignidad del Sacramento y el alma de los fieles, impuso un precepto en el Concilio de Trento: que nadie con conciencia de haber cometido un pecado mortal se acercara a comulgar, por muy contrito que se sienta, sin haberse confesado antes.
Es decir, que hay una ley de la Iglesia que lo manda.

¿Tiene excepciones?
Sí, porque los preceptos eclesiásticos no obligan cuando hay una dificultad grave.
El precepto divino no tiene excepción: no se puede comulgar en estado de pecado.
El precepto eclesiástico puede tenerla: se podría comulgar en el estado de gracia obtenido mediante un acto de contrición perfecta aún antes de confesarse, si hubiera alguna dificultad grave. En este caso, una grave necesidad de Comulgar.
Es decir, que si una persona tiene obligación de comulgar y no puede confesarse, puede hacer un acto de perfecta contrición y comulgar.
Un ejemplo: el sacerdote debe celebrar los sacramentos en estado de gracia. Si no lo estuviera  cometería un sacrilegio. Además, cuando celebra Misa no puede no comulgar (la comunión del sacerdote forma parte de la ceremonia). Si, en un pueblo, el sacerdote estuviera en estado de pecado mortal, no tuviera con quien confesarse, y debiera celebrar la Misa para el pueblo, ¿qué tendría que hacer? Ese sacerdote debe hacer un acto de contrición perfecta y celebrar la Santa Misa.
Otro ejemplo: si omitir la comunión procurara un grave escándalo o infamia. Es el caso de una persona está en la cola para comulgar y de repente recuerda estar en pecado mortal (no lo sabía antes). Si no puede alejarse sin llamar gravemente la atención de los demás, puede comulgar haciendo un acto de perfecta contrición. Obviamente no es el caso de quien no quiere confesarse, sino de quien, de  buena fe, se encuentra en esa situación.

Obviamente sin una necesidad real, y una dificultad grave también real, sería un grave abuso el incumplimiento de este precepto de la Iglesia,  cuyo fin no es impedir a la gente la comunión, sino conseguir que lo haga dignamente, evitando todo peligro de sacrilegio. Sería absurdo exponerse a cometer un sacrilegio, para satisfacer las ganas de comulgar, o para evitar la vergüenza de dejar de hacerlo, o por la “necesidad” de recibir al Señor, etc., sin una necesidad grave de recibir la Eucaristía. De hecho, casi nunca hay obligación de comulgar (es el caso del sacerdote que celebra y algún otro caso excepcional).

¿Y si el sacerdote me deja?
A veces se escucha decir: “Pero, un sacerdote me dijo que comulgara...”.
Entonces nos preguntamos, ¿puede un sacerdote eximir del cumplimiento de esta ley? No, porque no tiene ninguna potestad sobre ella. Si te lo dijo, se equivocó, no tendría que habértelo dicho. Hay cosas para las que se tiene poder, y cosas para  las que no. Si no tengo poder de hacer algo, e intento hacerlo, el intento es vano, ya que lo hecho no tendrá ninguna validez. Sería como si un diácono quisiera consagrar: por mejor voluntad que le pusiera nunca conseguiría que el pan se convierta en el Cuerpo de Cristo, porque no tiene el poder de hacerlo.
Si un sacerdote da permiso para hacer algo, en lo que no tiene potestad, el permiso es absolutamente inválido. Además un mal consejo no te excusa de pecado.
Por tanto, no pierdas el tiempo pidiendo permiso para comulgar: estar en condiciones de comulgar o no estarlo no depende del sacerdote que tengas delante.
Por otro lado, salvo el caso de personas que viven en situaciones irregulares, la solución es muy sencilla: acudir a confesarse.

¿Para qué ir a Misa si no puedo Comulgar?
Para ofrecer a Dios el sacrificio redentor de Cristo. Es cierto que la Iglesia recomienda -para una participación más plena- que aquellos que están en condiciones de hacerlo, comulguen. Pero esto no quita que se pueda participar activamente en la Misa sin comulgar. Son dos cuestiones distintas. Y la comunión siempre presupone las debidas disposiciones, sin las cuales, haría daño, mucho daño al alma de quien comulga.
Además en el caso de la misa dominical, no asistir a Misa añadiría otro pecado mortal a la persona. El cumplimiento del precepto dominical es absolutamente independiente de la Comunión: se lo cumple con la asistencia a Misa y punto.

La insistencia de la Iglesia
La Iglesia ha insistido tanto en este tema en documentos recientes que resulta realmente doloroso que haya quienes propongan una práctica contraria a esta enseñanza.

Lo que la Iglesia enseña y quiere está clarísimo para quien sepa leer y quiera obedecer.
Le pediría a quien difunda lo contrario, que tenga al menos la honestidad de decir a los fieles que no es eso lo que la Iglesia sostiene. De lo contrario estaría engañándolos en su buena fe.
Decirle a un fiel: “comulgá y después te confieso” (salvo los casos excepcionales de necesidad grave de comulgar) es descabellado, significa tanto como decirle: “cometé un sacrilegio y después te confieso”. No, mejor no cometas el sacrilegio.

 

P. Eduardo Volpacchio
capellania@colegioelbuenayre.edu.ar


ANEXO: Algunos textos del Magisterio reciente

Catecismo de la Iglesia Católica, n 1385:
Debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. S. Pablo exhorta a un examen de conciencia: "Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo" ( 1 Cor 11,27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Redemptionis Sacramentum, Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía (25.3.2004)
n. 81. La costumbre de la Iglesia manifiesta que es necesario que cada uno se examine a sí mismo en profundidad, para que quien sea consciente de estar en pecado grave no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse; en este caso, recuerde que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes.
n. 87. La primera Comunión de los niños debe estar siempre precedida de la confesión y absolución sacramental.

Juan Pablo II, Encíclica Ecclesiae de Eucaristía (17.4.2003)

36. La comunión invisible, aun siendo por naturaleza un crecimiento, supone la vida de gracia, por medio de la cual se nos hace «partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1, 4), así como la práctica de las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad. En efecto, sólo de este modo se obtiene verdadera comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta la fe, sino que es preciso perseverar en la gracia santificante y en la caridad, permaneciendo en el seno de la Iglesia con el «cuerpo» y con el «corazón»; es decir, hace falta, por decirlo con palabras de san Pablo, «la fe que actúa por la caridad» (Ga 5, 6).

La integridad de los vínculos invisibles es un deber moral bien preciso del cristiano que quiera participar plenamente en la Eucaristía comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. El mismo Apóstol llama la atención sobre este deber con la advertencia: «Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa» (1 Co 11, 28). San Juan Crisóstomo, con la fuerza de su elocuencia, exhortaba a los fieles: «También yo alzo la voz, suplico, ruego y exhorto encarecidamente a no sentarse a esta sagrada Mesa con una conciencia manchada y corrompida. Hacer esto, en efecto, nunca jamás podrá llamarse comunión, por más que toquemos mil veces el cuerpo del Señor, sino condena, tormento y mayor castigo».

Precisamente en este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica establece: «Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar». Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, «debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal».

37. La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el Sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto: «En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2 Co 5, 20). Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación para acercarse a la plena participación en el Sacrificio eucarístico.

Instrumentum laboris del XI Sínodo de Obispos (Octubre, 2005)

13. (...) La pertenencia a la Iglesia es prioritaria para poder acceder a los sacramentos: no se puede acceder a la Eucaristía sin haber antes recibido el Bautismo o no se puede retornar a la Eucaristía sin haber recibido la Penitencia, que es el «bautismo laborioso» para los pecados graves. Desde los orígenes la Iglesia, para expresar tal urgencia propedéutica, instituyó respectivamente el catecumenado para la iniciación y el itinerario penitencial para la reconciliación.

22. El sacramento de la Reconciliación restablece los vínculos de comunión interrumpidos por el pecado mortal. Por lo tanto, merece una particular atención la relación entre la Eucaristía y el sacramento de la Reconciliación. Las respuestas indican la necesidad de proponer nuevamente esa relación en el contexto de la relación entre Eucaristía e Iglesia, y como condición para encontrar y adorar al Señor, que es el Santísimo, en espíritu de santidad y con corazón puro. Él ha lavado los pies a los Apóstoles, para indicar la santidad del misterio. El pecado, como afirma San Pablo, provoca una profanación análoga a la prostitución, porque nuestros cuerpos son miembros de Cristo (cf. 1 Co 6,15-17). Dice, por ejemplo, San Cesáreo de Arles: «Todas las veces que entramos en la iglesia, reordenamos nuestras almas, así como quisiéramos encontrar el templo de Dios. ¿Quieres encontrar una basílica reluciente? No manches tu alma con la inmundicia del pecado».
La relación entre Eucaristía y Penitencia en la sociedad actual depende mucho del sentido de pecado y del sentido de Dios. La distinción entre bien y mal frecuentemente se transforma en una distinción subjetiva. El hombre moderno, insistiendo unilateralmente sobre el juicio de la propia conciencia, puede llegar a trastrocar el sentido del pecado.
23. Son muchas las respuestas que se refieren a la relación entre Eucaristía y Reconciliación. En muchos países se ha perdido la conciencia de la necesidad de la conversión antes de recibir la Eucaristía. El vínculo con la Penitencia no siempre es percibido como una necesidad de estar en estado de gracia antes de recibir la Comunión, y por lo tanto se descuida la obligación de confesar los pecados mortales.
También la idea de comunión como «alimento para el viaje», ha llevado a infravalorar la necesidad del estado de gracia. Al contrario, así como el nutrimento presupone un organismo vivo y sano, así también la Eucaristía exige el estado de gracia para reforzar el compromiso bautismal: no se puede estar en estado de pecado para recibir a Aquel que es «remedio» de inmortalidad y «antídoto» para no morir.
Muchos fieles saben que no se puede recibir la comunión en pecado mortal, pero no tienen una idea clara acerca del pecado mortal. Otros no se interrogan sobre este aspecto. Se crea frecuentemente un círculo vicioso: «no comulgo porque no me confesé, no me confieso porque no cometí pecados». Las causas pueden ser diversas, pero una de las principales es la falta de una adecuada catequesis sobre este tema.

Otro fenómeno muy difundido consiste en no facilitar, con oportunos horarios, el acceso al sacramento de la Reconciliación. En ciertos países la Penitencia individual no es administrada; en el mejor de los casos se celebra dos veces al año una liturgia comunitaria, creando una fórmula intermedia entre el II y el III rito previsto por el Ritual.
Ciertamente es necesario constatar la gran desproporción entre los muchos que comulgan y los pocos que se confiesan. Es bastante frecuente que los fieles reciban la Comunión sin pensar en el estado de pecado grave en que pueden encontrarse. Por este motivo, la admisión a la Comunión de divorciados y vueltos a casar civilmente es un fenómeno no raro en diversos países. En las Misas exequiales o de matrimonios o en otras celebraciones, muchos se acercan a recibir la Eucaristía, justificándose en la difundida convicción que la Misa no es válida sin la Comunión.
24. Ante estas realidades pastorales, en cambio, muchas respuestas tienen un tono más alentador. En ellas se propone ayudar a las personas a ser conscientes de las condiciones para recibir la Comunión y de la necesidad de la Penitencia que, precedida del examen de conciencia, prepara el corazón purificándolo del pecado. Con esta finalidad se retiene oportuno que el celebrante hable con frecuencia, también en la homilía, sobre la relación entre estos dos sacramentos. »

¿Ayuno una hora antes de comulgar?

¿Ayuno antes de comulgar? ¿Cuántos minutos tiene una hora?
El tercer requisito ¿es de verdad  necesario?
Eduardo María Volpacchio
http://www.algunasrespuestas.com

Para recibir la Sagrada Eucaristía hacen falta tres condiciones: 1) estar en gracia de Dios; 2) saber a quien se va a recibir, acercándose a comulgar con devoción; 3) y guardar una hora de ayuno antes de comulgar. Nos ocuparemos de la última para analizar si es realmente importante.

Qué dice la ley de la Iglesia

El Catecismo de la Iglesia Católica señala en el número 1387 la tercer condición para comulgar dignamente: «Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (cf CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped».

El Código de Derecho Canónico contiene la ley de la Iglesia de rito latino (hay otro Código para los de rito oriental). El canon al que remite el Catecismo dice:

«CIC 919 #1 Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción de agua y de medicinas.
CIC 919 #3 Las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan, pueden recibir la santísima Eucaristía aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior.»

No es sólo un consejo, es mucho más. Es una disposición jurídica: “deben observar el ayuno” y “ha de abstenerse de cualquier alimento” son expresiones de obligatoriedad que prescriben que no se debe comulgar sin cumplir esta condición.

¿Pasado de moda?

Algunos piensan que la necesidad de una hora de ayuno antes de comulgar “no corre más”. Dicen que “eso era antes”,  como si ya no estuviera vigente en la Iglesia. Lo ven como algo de la época de nuestras abuelas…
Sólo querría recordarles que el Código de Derecho Canónico del que hablamos no es el viejo de 1917, sino el sancionado en 1983. Y el Catecismo de la Iglesia publicado en 1992. Y que están ambos vigentes en la Iglesia. El último documento que habla del ayuno eucarístico es el Instrumentum laboris del Sínodo sobre la Eucaristía (octubre de 2005). Es decir, que la actualidad del precepto está fuera de toda duda.

¿Caben excepciones?

La ley meramente eclesiástica –ley humana de la Iglesia– no obliga cuando hay una dificultad grave. En este tema, no parece que fácil imaginar un caso así, fuera de la situación de enfermedad expresamente prevista en el canon citado.

Una pregunta frecuente

No es raro oir esta pregunta: “¿cuántos minutos tiene la hora de ayuno antes de comulgar?” O, “si me faltan cinco minutos, ¿puedo comulgar?”
Primero, lo obvio: en principio las horas son de 60 minutos.

Además el texto de la ley, no dice escuetamente una hora, como si pudiéramos comenzar a regatearle algunos minutos, sino “al menos una hora antes”, es decir, que apunta a que sea más de una hora. No exige que sea una hora, sino que señala un límite inferior.
No olvidemos que hasta tiempos de Pío XII el ayuno regía desde el día anterior. Por esto no había entonces Misas  vespertinas. En la década del 50 del siglo pasado, dicho Papa redujo el ayuno a tres horas; y, después del Concilio Vaticano II, se pasó a una hora.

Sentido del ayuno

La Iglesia no pretende limitar la Comunión –que sean menos los fieles que comulgan– sino velar por el respeto y la veneración a tan gran sacramento porque recibimos al mismo Cristo.

En el instrumentum laboris del XI Sínodo sobre la Eucaristía (octubre de 2005), se señala que “Ha sido expresado el deseo de restituir en todos los lugares al ayuno eucarístico aquella rigurosa atención que todavía está en uso en las iglesias orientales. En efecto, el ayuno, como dominio de sí, exige el concurso de la voluntad y lleva a purificar la mente y el corazón. San Atanasio dice: «¿Quieres saber cuáles son los efectos del ayuno?... expulsa los demonios y libra de los malos pensamientos, alegra la mente y purifica el corazón». En la liturgia cuaresmal se invita a menudo a la purificación del corazón mediante el ayuno y el silencio, como recomienda San Basilio. En alguna respuesta a los Lineamenta se pregunta acerca de la oportunidad de reconsiderar la obligación de las tres horas de ayuno eucarístico.”

¿Me voy a perder de  comulgar por cinco minutos?

Sí, porque nadie te obligó a comer.
En realidad nadie te prohíbe comulgar. Sencillamente no te has preparado lo suficiente: te faltan unos minutos de preparación y por respeto a la Eucaristía, no querrás ser descortés con el Señor. Es precisamente el amor a la Eucaristía lo que te lleva a no comulgar.

Comunión y obediencia

Hoy no pocas personas incumplen este precepto de la Iglesia, escudándose en que comulgar es muy importante.
Sí que lo es, pero más importante es la obediencia.
Te cuento el caso del Rey Saúl. Dios le encarga que después de derrotar a los amalecitas, destruyera todo lo de este pueblo. Después de la victoria, Dios envía a Samuel a recriminarle no haber cumplido su mandato. La conversación, si no fuera trágica, resultaría divertida. Samuel le pregunta: ¿por qué no has cumplido lo que Dios te ordenó? Saúl comienza a responder que cumplió perfectamente... Samuel lo corta con una ironía: ¿Qué es entonces es mugir de vacas, ese balar de ovejas, etc., que escucho? A lo que el rey intenta justificar, diciendo que reservó lo mejor del ganado para sacrificarlo en honor de Dios. Aparentemente, un loable proyecto. Respuesta de Dios a través de Samuel: “Vale más la obediencia que las víctimas”. De hecho, por esta desobediencia Dios rechazó a Saúl como rey, y eligió a David para que lo sustituya. Una desobediencia que tenía aparentemente una buena excusa, una desobediencia con una aparente buena intención: “prefiero la obediencia al sacrificio”.

Es mejor no comulgar obedeciendo a la Iglesia
que comulgar desobedeciendo

Es imposible que sea grato a Dios que comulguemos desobedeciendo.
Seguro, sin lugar a la menor duda, es más grato a Dios que no comulgues si te falta el tiempo de ayuno como expresión de respeto y obediencia, que comulgar por capricho yendo en contra de la ley de la Esposa de Cristo: ¿te acordás del "todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo"?

Conclusión: tiene más mérito delante de Dios (es decir, es más valioso) el acto de obediencia consistente en dejar de comulgar para obedecer a la Iglesia, que comulgar desobedeciendo (si es que esto tuviera algún mérito y no fuera una falta...).

¿Se puede dispensar?

Algunos fieles pretenden que el sacerdote, les autorice a Comulgar sin el debido tiempo de ayuno. Debemos decir que no corresponde, ya que el sacerdote no tiene potestad para dispensar de una ley eclesiástica: no puede hacerlo, y, si lo hiciera, el permiso sería nulo (como si yo te diera permiso para casarte siendo menor de edad: no tengo este poder; si diera el permiso, sería falso, inválido, nulo).

Motivos pastorales y prácticos

Además de los motivos jurídicos, morales y de méritos para no comulgar sin el ayuno correspondiente, también hay un motivo práctico: quien deja de comulgar por que "no le dio el tiempo", calculará mejor la próxima vez y se preparará con más delicadeza a  comulgar. No le sucederá más, ya que estará más atento.
Quien comulga sin el tiempo debido, cada vez será más laxo en su cálculo… e irá estirando el tiempo… Y vivirá en el "filo de la navaja".

La Eucaristía merece respeto.

Hemos de hacer bien las cosas buenas. No ser chantas para hacer el bien.
Alguno podría pensar “da igual”, “cómo te vas a hacer problema por unos minutitos?”, “no seas exagerado”.
No, no da igual. Es respeto. Es delicadeza. Muestra cuanto valoras el Sacramento.
Comulgar no es cualquier cosa. Es lo más grande que podemos hacer en esta vida.
La liturgia hace rezar al sacerdote antes de recibir la Comunión en la Santa Misa una oración con un pedido singular: que esa Comunión “no sea para mí motivo de juicio y condenación”. Por algo lo pide, y el que lo pide es el sacerdote, y lo pide para sí mismo.

Si no comulgás un día por no llegar al ayuno mínimo requerido de una hora, no pasa nada. No es pecado, no es una falta de respeto, no es una falta de interés. No es obligación comulgar y, por lo mismo, no es falta no hacerlo. Si tenés tantas ganas de comulgar, ofrecé a Dios el no poder hacerlo; hacé una Comunión espiritual. Y cumplí con lo que está mandado para custodiar la dignidad de este sacramento.

Es absurdo cometer un pecado por comulgar sin las debidas disposiciones,
sin ninguna necesidad de hacerlo

Dejame que lo repita: dejar de comulgar no es pecado. Desobedecer la ley eclesiástica sí lo es. Obedecer la ley de la Iglesia es meritorio. Cometer un pecado intentando hacer algo bueno es totalmente ridículo.


P. Eduardo Volpacchio
capellania@colegioelbuenayre.edu.ar
28.10.05

La Iglesia vive de la Eucaristia.

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Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net
La Iglesia vive de la Eucaristía
Si queremos una Iglesia fuerte, si queremos cristianos comprometidos y fuertes en su fe, vamos preocupándonos por estar cada vez más unidos a Cristo en la Eucaristía.
 
 
La Iglesia vive de la Eucaristía


Cristo nos regala con una de esas palabras suyas que dejan un agradable sabor de boca, pero también son una invitación al trabajo, a la labor, al desvelo por las cosas de Dios.

Podemos partir de una palabra de los Hechos de los Apóstoles. Después de describirnos el cierto miedo que les causaba a los cristianos la presencia de Pablo ya convertido, por sus anteriores acciones, pasa a describirnos la situación de la comunidad cristiana: “En aquellos días las comunidades cristianas gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria, con lo cual se iban consolidando, progresaban en la fidelidad a Dios y se multiplicaban, animadas por el Espíritu Santo”.


Es una descripción muy breve, pero los verbos empleados no nos dejan duda de lo que estaba ocurriendo en ese entonces: había paz en el ambiente, y asombrosamente, sin meterse en más, nos dice que tres comunidades judías que en cierto modo eran irreconciliables en el judaísmo, con la aparición de Cristo iban entrando en la paz y en la fraternidad. Y los verbos que usa en la segunda frase de la oración también son muy significativos: la Iglesia se consolidaba, progresaba en la fidelidad a Dios y se multiplicaba en sus miembros, “animadas por el Espíritu Santo”, lo cuál nos hace ver como la mano de Dios estaba en ello, y los hombres secundaban la iniciativa divina haciendo que la Palabra de Dios progresara y llegara a todos los lugares conocidos en ese tiempo.

Llama poderosamente la atención, porque hoy estamos asistiendo a un fenómeno contrario, parece que mucha gente se está yendo de la Iglesia, pareciera como que la Iglesia en cuanto universal o católica, está establecida en todas las naciones, y eso nos haría prorrumpir en cantos de victoria, de triunfo y de regocijo. Pero las cifras no pueden ser menos elocuentes: en algunas naciones de Asia el número de los cristianos no llega al 2%, en África el mensaje se propaga con dificultad, en Europa va ganando el indiferentismo, y en América las sectas están absorbiendo a buenos sectores de la población católica. No nos inquieta eso? Si somos familia sí tendríamos que ver con pena que el domingo un miembro se va a la Misa, otro con los “cristianos”, otro con los testigos de Jehová, y varios de ellos se quedan indiferentes en casa, acostados o viendo televisión o practicando algún deporte.

Y aquí tenemos que conectar con Cristo que deja oír clara su voz. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos... permanezcan en mí y yo en ustedes... no podrán dar fruto si no permanecen en mí... al que no permanece en mí se le echa fuera...”.

Y esto sí que nos hace pensar. ¿Estamos unidos a Cristo? Quizá la misma pregunta nos ofendería, pues nos consideramos católicos, y católicos de hueso colorado, pues asistimos a las peregrinaciones, tomamos ceniza el miércoles de inicio de cuaresma, nos damos una vueltecita por las Iglesias el jueves santo, traemos un escapulario colgado al cuello, o lucimos un buen medallón de oro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, nunca rehusamos ser padrinos de bautismo aunque no se está casado por la Iglesia... y así podríamos ir enumerando otras linduras para afirmar nuestra pertenencia a la Iglesia y a la fe.

Pero parece que el asunto va mucho mas allá que eso, pues San Juan en su primera carta nos hace oír también su voz: “No amemos solamente de palabra: amémonos de verdad y con las obras... si cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada... éste es el mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo y nos amemos los unos a los otros...”.

Vivir unidos hoy a Cristo será entonces creer en su divinidad, tener sus mismos sentimientos, amar de verdad a los que nos rodean, y comenzar a salir a las calles, a las plazas, a los centros de reunión, a los medios de comunicación social, y decirle a las gentes que Cristo está vivo, y que vive para los suyos y que no estaremos solos, que siempre estará con nosotros.

En esta cadenita de ideas, tenemos que topar entonces con la Palabra del Papa que nos ha regalado un precioso documento eucarístico-eclesial, y que nos recuerda que no podemos pensar que estamos unidos a Cristo si no lo estamos a su Eucaristía: la Iglesia tiene un gozo muy grande que no puede esconder: “*He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo*; en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de ésta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, éste divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada espera”.

El Papa siente que “hay sitios donde se constata un abandono casi total del culto de adoración eucarística”, por lo tanto, ahí no puede haber progreso, ni solidaridad, ni paz, la Iglesia no crecería, y vería cada vez mas menguadas sus fuerzas y su avance en la misión evangelizadora que el Padre le confía.

Y aquí es donde veo que está la clave para que la Iglesia crezca lozana, frondosa, y dinámica, tal como el Papa lo señala con toda claridad: “contemplar el rostro de Cristo y contemplarlo con María, es el “programa” que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus múltiples presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de él se alimenta y por él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y al mismo tiempo, “misterio de luz”. Cada vez que la Iglesia celebra, lo fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron”.

Mi conclusión es entonces muy sencilla: si queremos una Iglesia pujante, fuerte, dinámica y evangelizadora, si queremos cristianos comprometidos, eficaces, inteligentes y fuertes en su fe y en su apostolicidad, vamos preocupándonos por estar cada vez más unidos a Cristo eucarístico, cada vez más unidos a la Eucaristía, y entonces estaremos teniendo cada vez más los mismos sentimientos de Cristo y la Iglesia se mostrará intrépida y generosa, reduciendo a cenizas las banderas del mal, para implantar en el corazón de todos los hombres el mensaje de salvación: “yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Eucaristia, cautivo de amor.

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Autor: Antonio Orozco | Fuente: Arvo.net
Eucaristía, cautivo de amor
Hay un Prisionero en una cárcel pequeña. El cautivo es Rey de reyes, Señor de señores. La cárcel menuda es el Sagrario 
 
 


Hay un Prisionero en una cárcel pequeña, El cautivo es Rey de reyes, Señor de señores. La cárcel menuda es el Sagrario: cárcel de amor es llamada (B. Josemaría Escrivá, Forja, 827), porque de amor es el delito. Siendo Dios, vino a ser hombre. Eterno, asumió el tiempo. Inmutable, quiso padecer. Omnipotente, quedó inerme sobre el heno de un pesebre de Belén. Todopoderoso, y fugitivo, cruzó desiertos de amor llenos de arena. Creador del Universo, trabajó con fatiga largos años en el taller de José. Inmenso, anduvo incansable, paso a paso, los caminos de Palestina. Gruesas gotas de sangre manaron de su piel hasta el suelo de Getsemaní. Se entregó porque quiso -quia ipse voluit- a una flagelación cruel, a la coronación de espinas, se abrazó a una cruz, y se dejó clavar en ella, entre dos ladrones y los insultos blasfemos de criaturas suyas. Todo sin necesidad, por puro amor, para redimir los pecados de todos y cada uno de los hombres y abrirles las puertas del Paraíso.

«Bajo las especies de pan y vino está Él, realmente presente con su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad. Así, juntándose un infinito amor, ¿qué había de conseguirse sino el mayor milagro y la mayor maravilla» (Juan Pablo II, Homilía, 9-VII-1980).

¿Puede decirse que es «justo» que estés ahí, Cristo, en tu cárcel, inerme, más aún que en Belén, que en Nazaret y el Calvario? Pues sí, digo que es justo, justísimo, porque nos has robado el corazón, y lo has hecho hasta con «alevosía». ¿Por qué te has excedido tanto en tu amor? ¿Por qué nos amas así, con esa locura increíble? ¿No bastaba una sola gota de tu Sangre para redimir mil millones de mundos? ¿No bastaba uno sólo de tus suspiros? ¿Acaso no era suficiente tu sola Encarnación en el seno virginal de María Santísima? ¿Por qué tanto dolor, por qué tanto tormento, por qué...?

¡Es justo, Señor, que ahora estés ahí, cautivo en tu pequeña cárcel oscura! ¡Nos has robado el corazón! Es justo, con esa justicia maravillosa que -en la sublime sencillez divina- se funde con el amor, la misericordia, la generosidad, la verdad, la libertad, la belleza, la armonía, la alegría... ¡Es justo que estés preso porque amas infinitamente, porque te has excedido, y todo exceso debe pagarse! Tú lo expías en el Sagrario.

Lo que no es justo en modo alguno es que yo me quede indiferente, o que te olvide y pase horas sin recordar tu amorosa cautividad. No es justo que pase un sólo día sin visitarte en el Sagrario, al menos una vez. No es justo que el Sagrario no sea el imán de mis pensamientos, palabras y obras. No es justo que, habiéndome robado Tú mi corazón, no esté donde está mi tesoro. Por eso renuevo ahora mi propósito de centrar entera mi vida en tu cárcel de amor. Y. siempre que pueda, aunque sean breves instantes, iré a visitarte, para decir: Adoro te devote, latens Deitas, te adoro con devoción Dios escondido (Himno Adoro te devote). Con una genuflexión pausada, iba a decir «solemne». Adoro tu presencia real -sub his figuris- bajo las apariencias del pan, donde no hay más pan que tu sustancia: tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma humana, tu Divinidad, con el Padre y el Espíritu Santo.

EL MILAGRO DE LOS MILAGROS

Aquí está el milagro de los milagros, misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del Cristianismo (B. Josemaría, Conversaciones, n. 113): Dios Uno y Trino, la Encarnación del Verbo, la Redención de la humanidad, la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección, la glorificación eterna...

Tibi se cor meum totam subiicit: mi corazón se somete a Ti por entero, ¡es tuyo! ¡Me lo has robado!. Quia te contemplans totum deficit, contemplándote se rinde, pierde toda otra razón de su latir. No podría ser de otro modo, cuando se oye el eco de aquella canción:
Corazones partidos
yo no los quiero;
y si le doy el mío,
lo doy entero

Si Tú me das el tuyo entero, ¿qué podría hacer yo con el mío? Hoy, en la Misa, te me has dado todo. Ahora sólo cabe una palabra: ¡gracias! Aquí estoy para servirte; totus tuus ego sum!, soy enteramente tuyo.

Visus, tactus, gustus in te fallitur: la vista, el tacto, el gusto, no alcanzan a percibirte, pero me basta el oído para saber con absoluta certeza que estás ahí: «Esto es mi Cuerpo», «Esta es mi Sangre...» Nada hay más verdadero que tu palabra todopoderosa, capaz de realizar el milagro de los milagros.

En estas Visitas al Santísimo, quizá breves, siempre demasiado breves -es inevitable-, se enciende la fe, y con la fe, la esperanza y el amor. Creo y proclamo verdadera tu Humanidad Santísima y tu Divinidad inefable: ambo tamen credens atque confitens. Y con la fe encendida como el sol saliente de un limpio amanecer, peto quod petivit latro penitens: «He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: peto quod petivit latro penitens, y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido!» (B. Josemaría Escrivá, Via crucis, XII, 4).

¿Qué pidió aquel hombre de azarosa vida que moría en otra cruz junto a Cristo?: ¡acuérdate de mí cuando estés en tu Reino!. «Reconoció que él sí merecía aquél castigo atroz... Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se abrió las puertas del Cielo» (Ibid.)

Con una palabra. También esto es «justo», Señor: si Tú me has robado el corazón, es justo que yo te robe el tuyo. ¡Es tan fácil!: «A Jesús le basta una sonrisa, una palabra, un gesto, un poco de amor para derramar copiosamente su gracia en el alma del amigo» (Ibid.). ¿Ves ahora mi corazón contrito, rendido, convertido, vertido hacia Ti con todas las fibras de su ser? Pues, ¡acuérdate de mí ahora que estás en tu Reino!. Yo te abro las puertas de mi pecho; Tú me abres las del tuyo inmenso, las puertas del Reino del Amor.

BELÉN

Esa pequeña cárcel de amor es también Belén, un Belén perenne. «Belén» significa «casa del pan». El Sagrario es lugar donde se guarda el Pan de la Palabra, el mismo Verbo de Dios, la Palabra única del Padre que nos habla del Amor. Es el pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad (cfr. CEC, n. 1331), que no de otra cosa se alimentan los Ángeles que del Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero.

En el Belén de nuestros templos se halla, para nutrir a los hombres, no sólo el Cuerpo y la Sangre redentores, sino también el Espíritu de Cristo que, desde el Sagrario, se difunde en nuestros corazones al hacer, como solemos, una comunión espiritual. Porque la Humanidad Santísima de Jesús es el verdadero Templo donde habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9). Su alimento es la Voluntad del Padre, y el aire que respira es el Espíritu Santo. Por eso, al soplar, se difunde, en una incesante y siempre nueva Pentecostés, el Paráclito.

¿No se percibe siempre, dondequiera que estemos, como una brisa que desde el Sagrario más cercano viene a aliviar el esfuerzo de nuestro trabajo, que pone, si es el caso, dulcedumbre en el sacrificio, sosiego en el dolor, más gozo en la alegría de amar y saberse infinitamente amados por un Corazón de carne, como el nuestro, que palpita con vigor divino?

El Espíritu Santo, con su lazo de Amor, estrecha, une, funde nuestros corazones hasta poder exclamar: ¡ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí! (Cfr. Gal 2, 20). Es asombroso, el cristiano se endiosa, inmerso en lo Infinito, como canta el villancico de un clásico:

HOMBRE
Por más que esté dividido
Os hallo entero, mi Dios.

DIOS
Sí, amigo; que entre los dos
Nunca ha de haber pan partido.

HOMBRE
¿Qué igualdad se puede dar
Entre la nada y el todo?

DIOS
¿Queréis saber de qué modo?
Comiendo de este manjar.

HOMBRE
Luego, después que he comido,
¿Vengo por gracia a ser Dios?

DIOS
Sí, amigo, que entre los dos
Nunca ha de haber pan partido.

HOMBRE
¿A quién habrá que no asombre
Tan excesivo favor?

DIOS
Eso es lo que puede amor,
Haceros Dios, y a Mí hombre.

HOMBRE
¿Qué a tal alteza he venido,
Y a tanta bajeza Vos?

DIOS
Sí, amigo; que entre los dos
Nunca ha de haber pan partido

(Alonso de Ledesma)

¡Qué justo es, Dios mío, que estés en cárcel de amor! Desde ahora mismo compartiremos todo: corazón, pensamientos, afanes, trabajo, penas, alegrías, amores. El Sagrario será mi tesoro, mi Belén, mi Pentecostés... y mi Betania: espacio de encuentro, lugar de sosiego, donde se ama de veras a Jesús, con admiración, con respeto, con cariño; donde se escucha sin prejuicios su palabra y donde Jesús, en elocuente silencio, escucha. Incluso se atreve uno a «reprocharle» cariñosamente que no «haya llegada a tiempo» de curar a Lázaro: «Señor -dice María-, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Pero por nada del mundo se pierde la fe: «aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios te lo concederá»; «yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y María, capaz de provocar en el corazón mezquino de todos los Judas, un escándalo mayúsculo, derrama el salario anual de un obrero, en su perfume de preciosa fragancia, a los pies de Jesús, y los enjuga con su cabellera hermosa. Y Lázaro -alma serena, corazón jugoso, mirada penetrante, llena de luz-, contempla, conversa con el Maestro, siente el orgullo de su sangre noble, generosa; pondera en silencio su honda amistad con el Maestro.

«Es verdad que a nuestro Sagrario le llamo siempre Betania... -Hazte amigo de los amigos del Maestro: Lázaro, Marta, María. Y después ya no me preguntarás por qué llama Betania a nuestro Sagrario» (Beato Josemaría, Camino, n. 422). Y andarás por el mundo «asaltando» Sagrarios (Ibid., 269 y 876); gozando al descubrir alguno nuevo «en tu camino habitual por las calles de la urbe» (Ibid., 270), y no dejarás nunca la Visita al Santísimo: «La Visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor» (CEC, n. 1418). «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (Juan Pablo II). Así siempre «tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano». Y dirás a los Ángeles que, de algún modo, comparten nuestro mismo «Pan»: «Oh Espíritus Angélicos que custodiáis nuestros Tabernáculos, donde repose la prenda adorable de la Sagrada Eucaristía, defendedla de las profanaciones y conservadla a nuestro amor (Camino, 569)».

GRITO SILENCIOSO

El Sagrario es una llamada a entretenerse en conversación de fe, esperanza y amor con Quien ha dado y sigue dando su sangre por nosotros. Un grito silencioso: ¡Estoy aquí! ¡Venid los que andáis cansados, agobiados, descorazonados, que yo os aliviaré! ¡Venid también los que estáis contentos, que me gusta compartir vuestra alegría y llenarla, para que sea completa, más honda y duradera, más auténtica, más humana y más divina, que nadie os pueda arrebatar!

Para alcanzar la amistad creciente con Cristo es preciso ir purificando la mente y el corazón, porque Él es la pureza misma. La frecuencia en el Sacramento de la Penitencia es el gran medio purificador. Sin él, nuestra fe sería escasa; nuestra esperanza, incierta; nuestro amor, dudoso; nuestras obras torcidas. «No es solamente la Penitencia la que conduce a la Eucaristía, sino que también la Eucaristía lleva a la Penitencia. En efecto, cuando nos damos cuenta de Quien es el que recibimos en la Comunión eucarística, nace en nosotros casi espontáneamente un sentido de indignidad, junto con el dolor de nuestros pecados y con la necesidad interior de purificación» (Juan Pablo II, Dominicae Cenae, 24-II.1980, n. 7). Así conseguiremos que «brille todavía más la gloria y la fuerza de la Eucaristía» (Bula Incarnationis mysterium, n. 11).
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Nos dejaste tu ultimo recuerdo.

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Autor: P. Fintan Kelly | Fuente: Catholic.net
Nos dejaste tu último recuerdo
La permanencia de Cristo Eucaristía es como un reflejo en el tiempo del eterno amor de Dios hacia cada alma. 
 
 
Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se los dio diciendo. Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío. De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.Lc 22,19-20


Jesucristo realmente esta presente en la Eucaristía

La presencia real de Cristo en la Eucaristía es la fe de la Iglesia durante 2,000 años. Tiene una base escriturística firmísima. Cristo no dijo: “Este PARECE mi cuerpo, y esto PARECE mi sangre” sino “Este ES mi cuerpo, y esto ES mi sangre” (Lc 22,19-20).

El Catecismo en el n.1336 recuerda la polémica que se produjo cuando Cristo anunció el misterio de la Eucaristía:

El primer anuncio de la eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: “Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?” (Jn 6,60).

La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división.

¿También vosotros queréis marcharos? (Jn 6, 67); esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo Él tiene ‘palabras de vida eterna’ (Jn 6, 68), y que acoger en la fe el don de su eucaristía es acogerlo a Él mismo.

Delante del misterio de la Eucaristía, debemos maravillarnos. No debemos acostumbrarnos a su presencia en este sacramento. Cada vez que lo visitamos o lo recibimos en la Misa, debemos renovar nuestra fe en Él.

Ciertamente en esta vida, no creo que se pueda dar dicha mayor, ni mayor dignidad, ni mayor consuelo que el de sentirse poseedores del gran poder que hace que se transforme el pan en el Cuerpo Santísimo de Nuestro Señor Jesucristo.

Cada mañana, cada vez que lo puedo traer a mis manos y hacerlo bajar a mi corazón, paréceme estar en un nuevo Belén y asistir a un nuevo Calvario.

Con cuánto gusto, y Él es testigo de que digo la verdad, daría yo todo el oro, todos los honores, toda la fama de este mundo, y me abrazaría a la pobreza, a la humillación y a todo cuanto se puede imaginar de desagradable y doloroso, sólo por tener una sola vez la dicha de hacerle bajar a mis manos. Yo creo que la dicha de esos momentos de la vida sólo es comparable al cielo donde se le puede poseer sin el velo del sacramento que nos lo oculta.

La Eucaristía es una gran manifestación del amor personal de Cristo para cada alma. Si Cristo se entrega a cada hombre sin distinción de raza, de posición social... quiere decir que cada hombre vale para Él.

Él está disponible para toda persona que se le acerca. Nosotros somos muy rápidos para poner a los demás en categorías, en parámetros de más y de menos, pero esta manera de pensar no va de acuerdo con la doctrina eucarística de Cristo. Para Él todos los hombres son igualmente importantes. En la Misa Él no selecciona a las personas, no decide entrar en las almas de los más ricos en vez de los más pobres, o viceversa; no opta por entrar únicamente en las personas más puras en vez de los pecadores...

Si no cultivamos nuestro amor a Cristo Eucaristía, poco a poco se irá enfriando. He aquí algunas sugerencias para foguear nuestra vida eucarística.

Debemos procurar comulgar siempre que podamos. Naturalmente es necesario hacerlo dignamente: si tenemos un pecado grave es necesario confesarnos antes con el sacerdote. El no comulgar cuando podemos es como ir a una cena y no comer nada; sería un insulto para el anfitrión. En la Misa, Cristo me prepara una mesa y la comida es Él mismo . Es el mayor acto de amor que se puede imaginar: darse a comer a otro. Para Cristo es posible porque se hace Eucaristía para estar con cada hombre.

Ayuda mucho el visitar a Cristo en el sagrario. Muchas veces Él parece el amigo más solitario que existe. Todos apreciamos la visita de un amigo y Cristo no es ninguna excepción.

Nos dejaste tu último recuerdo palpitante caliente, a través de los siglos, para que recordáramos aquella noche en que prometiste quedarte en los altares hasta el fin de los tiempos, insensible al dolor de la soledad en tantos sagrarios.

Debemos dar tiempo al Amigo, visitándolo en su casa, que es la Iglesia. Con mucha frecuencia damos la impresión de que lo que menos nos interesa es estar con El, pues hacemos unas visitas relámpagos casi sin decirle nada.

Cuando no podemos visitarlo en una Iglesia, es bueno hacer comuniones espirituales. Estas consisten en hablar con Él que está en nuestra alma y decirle que deseamos recibirle lo antes posible. Es algo así como un novio que manda una carta a su novia, diciéndole que desea verla pronto. Las comuniones espirituales son detalles que sólo los que aman de verdad entienden.


La Eucaristía, en cierto sentido, es un compendio de todo el evangelio. Allí Cristo nos da muchas lecciones desde la cátedra del sagrario.

Ante todo nos enseña la humildad. Él que es Dios mismo, nuestro Creador, la Sabiduría infinita, el Omnipotente... está allí en el silencio del sagrario. Cuando nosotros tenemos un éxito en algún campo, somos muy rápidos para publicarlo; nos gusta que todo el mundo reconozca nuestro valor y quienes somos. No es así con Cristo Eucaristía: Él está allí en el silencio más profundo sin publicar quién es. ¡Qué lección de caridad! Cristo está allí disponible. Él está siempre presente para ayudar, para tender la mano. Delante de Cristo Eucaristía se han arrodillado miles de personas durante los últimos 2,000 años: señores y señoras, niños y adultos, santos y pecadores, gente muy culta y gente muy sencilla... Él está allí como un trozo de pan al cual puede acudir cualquier persona para satisfacer su hambre.

Cristo es constante en su amor en la Eucaristía. Nunca dice “Me voy” o “No tengo tiempo”. Es el eterno disponible.

¡Cuánto nos cuesta dar a los demás nuestro tiempo! La permanencia de Cristo Eucaristía es como un reflejo en el tiempo del eterno amor de Dios hacia cada alma.

Sin más gozo que ser el eterno adorador inmolado sobre el blanco mantel; sin más consuelo que saber que eras el compañero de tus elegidos, que harías más breve su dolor desde tu puesto vigilante, amoroso.

La Eucaristia: fin de todos los sacramentos.

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Autor: n/a | Fuente: Catholic.net
La Eucaristía: fin de todos los sacramentos
Es fuente y cumbre de toda la vida cristiana, de alguna manera, está presente en todos los sacramentos.
 
 
La Eucaristía: fin de todos los sacramentos

La Eucaristía es el fin, la consumación y el principio de todos los sacramentos. Así lo enseñan:

Pseudo Dionisio: es el fin y la consumación de todos los demás sacramentos

Santo Tomás de Aquino: es el más excelente de todos los sacramentos”

El Concilio Vaticano II: es fuente y cumbre de toda la vida cristiana o sea, fuente por ser principio y cumbre por ser fin; “...los otros sacramentos, así como todos los ministerios eclesiásticos y obras de apostolado, están íntimamente trabados con la sagrada Eucaristía y a ella se ordenan”. El Concilio cita en nota a Santo Tomás: “La Eucaristía es como la consumación de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos”.

El Catecismo de la Iglesia Católica reitera esta doctrina.

La Eucaristía es fin de los sacramentos por tres razones principales:

1º Por razón de lo que contiene;
2º Por la ordenación de los sacramentos entre sí;
3º Por los ritos sacramentales.

1º Por razón de lo que contiene, la Eucaristía es fin de los sacramentos, porque contiene sustancialmente al mismo Cristo. Los demás sacramentos sólo contienen una virtud instrumental recibida de Cristo por participación y, como el ser por esencia es más excelente que el ser por participación, la Eucaristía es más excelente que los demás sacramentos.

2º Por la ordenación de los sacramentos entre sí, la Eucaristía es fin de los sacramentos, porque todos los sacramentos están ordenados a la Eucaristía como a su fin. Por ser la Eucaristía el fin de todos los sacramentos, de alguna manera, está en todos los sacramentos, ¿de qué manera? como el fin está en los medios que a él conducen.

-el Orden tiene por fin la consagración de la Eucaristía;
-el Bautismo, la recepción de la Eucaristía;
-la Confirmación perfecciona al bautizado para que el respeto humano no le retraiga de acercarse a tan excelso sacramento;
-la Penitencia y la Unción de los enfermos disponen al hombre para recibir dignamente el cuerpo de Cristo;
-el Matrimonio representa el lazo indisoluble de Cristo con su Iglesia, cuya unión se significa y se causa en la Eucaristía. “Gran misterio este del matrimonio; pero entendido de Cristo y de la Iglesia” (cfr. Ef 5, 32).

3º Por los ritos sacramentales, la Eucaristía es fin de los sacramentos, porque la administración de casi todos los sacramentos se completa, se consuma, con la Eucaristía; lo cual puede apreciarse en todos los rituales de los otros sacramentos.

De ahí que “el bien común espiritual de toda la Iglesia se contiene sustancialmente en el mismo sacramento de la Eucaristía” (“bonum commune spirituale totius Ecclesiae continetur substancialiter in ipso Eucaristiae sacramento”).

Cuando comemos su cuerpo asimilamos su vida.

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Autor: | Fuente: Instituto del Verbo Encarnado
Cuando comemos su cuerpo asimilamos su vida
Mientras más cerca estemos de la Eucaristía, más cerca estaremos de parecernos a Jesús. 
 
 


¿Cómo es que nos incorporamos a Cristo?

En la Eucaristía, como sabemos, está el cuerpo físico del Señor con su vida biológica y psíquica. Está todo Él, con su cuerpo y con su alma, con las potencias de su cuerpo y con las potencias de su alma. Está Él con su divinidad.

Entre el Cuerpo de Cristo y el nuestro se establece una relación, a través de las especies eucarísticas, pero ciertamente no es ésta la incorporación de la cual queremos hablar, porque entre cuerpo y cuerpo hay continencia pero no incorporación. No asimilamos la carne de Cristo, ni Cristo asimila nuestra carne.

Cuando comemos su cuerpo asimilamos su vida.

Pero Cristo tiene varias vidas:

1º) Tiene la vida sustancialmente divina que le corresponde por ser persona divina, segunda de la Trinidad, y de naturaleza divina igual que el Padre y el Espíritu Santo.

2º) Tiene la divina accidental con carácter individual que le santifica como hombre particular.

3º) Tiene también la vida divina accidental con carácter social, que procede de la gracia capital con la que se santifica como Cabeza del Cuerpo Místico.

4º) Y tiene, como hemos dicho, la vida humana, biológica y psicológica.

La incorporación que se realiza en la Eucaristía es la incorporación a la vida de Cristo Cabeza.

El cristiano cuando comulga recibe la vida o la gracia que desciende de Cristo Cabeza y por eso se hace miembro suyo. Sólo la gracia capital es comunicable, o mejor, sólo ésta es la que hace la incorporación.

Por tanto, la unión del hombre con Cristo en la Eucaristía, esa unión intimísima que Él reveló: "Quien me come vivirá por Mi" (Jn 6, 57), que es efecto propio de la Eucaristía no es unión hipostática, no es unión sustancial, no es cualquier modo de unión física, sino que más bien es unión moral por el aumento de la gracia santificante y principalmente por la caridad que nos une a Cristo. De tal manera que, por esa caridad permanezcamos en Él con la voluntad y el afecto, viviendo por Él como Él vive por el Padre.

Dice un autor: "Nuestra unión con Él no confunde las personas, ni mezcla las sustancias, sino que aúna los afectos y hace comulgar las voluntades".

Esta unión del hombre con Cristo se obtiene principalmente por el amor, que encierra así una poderosa fuerza unitiva y transformativa del amante en el amado y que es, por lo mismo, la perfección y la consumación de la vida cristiana. Dice San Juan en su primera carta: "Dios es amor y el que vive en el amor permanece en Dios y Dios en Él" (4, 16). Por eso, con toda razón se llama a la Eucaristía el sacramento del Amor.

Pidámosle a la Santísima Virgen la gracia de participar cada vez mejor del sacramento del Amor.
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Meditacion ante el Santisimo Sacramento.

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Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
Meditación ante el Santísimo Sacramento
Jesús Sacramentado ¿por qué tu Corazón nunca me ha juzgado tan severamente como yo acostumbro a juzgar a mis semejantes? 
 
 

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá a vosotros. ¿Cómo es que miras la brizna en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo?. ¿O cómo vas a decir a tu hermano: Deja que te saque esa brizna del ojo, teniendo la viga en el tuyo?. Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano. (Mateo 7, 1-5)

Señor, acabamos de leer tus palabras según el evangelista San Mateo. Con qué claridad nos está hablando el Maestro, con qué claridad nos llega tu mandato, Señor: ¡NO JUZGUÉIS!...

¿Y qué hago yo de la mañana a la noche? Juzgar, criticar, murmurar... voy de chisme en chisme sin detenerme a pensar que lo que traigo y llevo entre mis manos, mejor dicho en mi lengua, es la fama, la honestidad, el buen nombre de las personas que cruzan por mi camino, por mi vida. Y no solo eso, me erijo en juez de ellos y ellas sin compasión, sin caridad y como Tu bien dices, sin mirar un poco dentro de mí.

Señor, en este momento tengo la dicha inmensa e inmerecida de estar frente a Ti, Jesús, ¡qué pena tengo de ver esa viga que no está precisamente en mi ojo, sino en mi corazón...! ¿Por qué en este momento me siento tan pequeña, tan sin valor, con todas esas "cosas" que generalmente critico de los demás y que veo en mí son mayores y más graves?

Jesús Sacramentado ¿por qué tu Corazón nunca me ha juzgado tan severamente como yo acostumbro a juzgar a mis semejantes?
Solo hay una respuesta: ¡porque me amas!

Ahora mismo me estás mirando desde esa Sagrada Hostia con esos ojos de Dios y Hombre, con los mismos que todos los días miras a todos los hombres y mujeres, como miraste a María Magdalena, como miraste al ladrón que moría junto a ti y por esa mirada te robó el corazón para siempre... y así me estás mirando a mí esta mañana, en esta Capilla me estás hablando de corazón a corazón: "Ámame a mi y ama a los que te rodean, no juzgues a los que cruzan por tu camino, por tu vida... ámalos como me amas a mi, porque todos, sean como sean, son mis hijos, son mis criaturas y por ellos y por ti estuve un día muriendo en una Cruz... Te quiero a ti, los quiero a ellos, a TODOS...¡NO LOS JUZGUES!"

Señor, ¡ayúdame!

Arranca de mi corazón ese orgullo, esa soberbia, ese amor propio que no sabe pedir perdón y aún peor, ese sentimiento que me roe el alma y que no me deja perdonar... No perdones mis ofensas, mis desvíos, mi frialdad, mi alejamiento como yo perdono a los que me ofenden - así decimos en la oración que tu nos enseñaste, el Padrenuestro - a los que me dañan, a los que me lastiman, porque mi perdón suele ser un "perdón limitado", lleno de condiciones.... ¡Enséñame Señor, a dar ese perdón como es el tuyo: amplio, cálido, total, INFINITAMENTE TOTAL!

Hoy llegué a esta Capilla siendo la de siempre, con mi pereza, con mis rencillas muy mías y mis necedades, mi orgullo, mi intransigencia para los demás, sin paz, con mis labios apretados, sin sonrisa, como si el mundo estuviera contra mi...

Pero Tu me has mirado, Señor, desde ahí, desde esa humildad sin límites, desde esa espera eterna a los corazones que llegan arrepentidos de lo que somos... y he sabido y he sentido que me amas como nadie me puede amar y mi alma ha recobrado la paz.

Ya no soy la misma persona y de rodillas me voy a atrever a prometerte que quiero ser como esa custodia donde estás guardado y que donde quiera que vaya, en mi hogar, en mi trabajo, en la calle, donde esté, llevar esa Luz que he visto en tus ojos, en los míos, y mirar a todos y al mundo entero con ese amor con que miras Tu y perdonar como perdonas Tu....

¡Ayúdame, Señor, para que así sea!

La Presencia Real de Cristo en la Eucaristia.

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La Presencia Real de Cristo en la Eucaristía

En este artículo de la Enciclopedia Católica presentamos la reflexión teológica y doctrinaria sobre la presencia real de Jesucristo en cada eucaristía con su sangre y con su carne, en una transformación que se ha llamado transubstanciación.

De esta transformación dan testimonio las decenas de milagros eucarísticos que se han registrado en el mundo, en que centenares de testigos han visto transformarse la hostia en carne y sangre humana.

En este artículo consideraremos:

I. El hecho de la Presencia Real, lo cual es, sin duda, el dogma central;

Los diversos dogmas asociados y agrupados a su alrededor, los cuales son:

II. Totalidad de Presencia,

III. Transubstanciación,

IV. Permanencia de la Presencia y la Adorabilidad de la Eucaristía;

Las especulaciones de la razón, en lo que respecta a la investigación especulativa concerniente al augusto misterio bajo algunos aspectos es permisible, e incluso deseable para iluminarlo a la luz de la filosofía.

 

I. LA PRESENCIA REAL COMO UN HECHO
De acuerdo con las enseñanzas de la teología, un hecho revelado puede ser probado únicamente por recurrencia a las fuentes de la fe, que son la Escritura y la Tradición, a las cuales también se encuentra unido el infalible Magisterio de la Iglesia.

 

A. Pruebas de las Escrituras

Pueden ser extraídas tanto de las palabras de la promesa (Juan 6,26 s.s.) y, especialmente de las palabras de la Institución tal y como quedaron registradas en los Sinópticos y en San Pablo (I Cor. 11,23 s.s.).

Las palabras de la promesa (Juan 6).

Mediante los milagros de los panes y los pescados y la caminata sobre las aguas el día anterior, Cristo no solo preparó a Sus oyentes para el sublime discurso que contenía la promesa de la Eucaristía, sino que también les probó que Él poseía como hombre-Dios Todopoderoso, un poder superior e independiente de las leyes de la naturaleza y podía, por lo tanto, proveer tal alimento sobrenatural, que no era otra cosa, sino Su propia Carne y Sangre. Este discurso fue pronunciado en Cafarnaúm (Jn. 6,26-71), y está dividido en dos partes distintas, acerca de la relación de la cual los exegetas católicos tienen varias opiniones. Nada nos impide interpretar la primera parte (Jn. 6,26-48) metafóricamente y entendiendo por “pan del cielo” a Cristo mismo como objeto de la fe, para ser recibido en sentido figurado como alimento espiritual mediante la boca de la fe. Una explicación figurada de la segunda parte del discurso (Jn. 6, 51-71), sin embargo, no solo sería inusual, sino absolutamente imposible como inclusive algunos exegetas protestantes (Delitzsch, Kostlin, Keil, Kahnis y otros) concuerdan. Primero que nada, toda la estructura del discurso de la promesa exige una interpretación literal a las palabras: “coman la carne del Hijo del hombre y beban Su sangre.” Así pues, Cristo menciona una terna de alimentos en su discurso, el maná del pasado (Jn. 6, 31s; 32; 49;58), el pan del cielo del presente (Jn. 6,32ss), y el Pan de Vida del futuro (Jn. 6,27; 51). Corresponden a los tres tipos de comida y a los tres períodos, varios dispensadores –Moisés que les dio el maná, el Padre nutriendo la fe del hombre en el Hijo de Dios hecho carne, finalmente, Cristo dando su propia Carne y Sangre. A pesar de que el maná, a ejemplo de la Eucaristía, era indudablemente comido con la boca, no podía, por ser un alimento transitorio, proteger de la muerte. El Segundo alimento, ofrecido por el Padre Eterno, es el pan del cielo, el cual Él dispensa hic et nunc a los judíos para su nutrición espiritual. Si, sin embargo, el tercer tipo de alimento, el cual el mismo Cristo prometió dar en un tiempo futuro, es una nueva alimentación, difiriendo del anteriormente llamado alimento de la fe, no puede ser otro que su propio cuerpo y sangre, para ser realmente comido y bebida en la Sagrada Comunión. Esta es la razón por la cual Cristo estaba tan listo para usar la expresión realista “coman” (Jn. 6,54; 56; 58: trogein) cuando hablaba de esto, Su Pan de Vida. El cardenal Bellermino (De Euchar. I,3), resalta el hecho de que si en la mente de Cristo, el maná era una prefiguración de la Eucaristía, ésta debía ser más que mero pan bendito, de otro modo, el prototipo no excedería al tipo. Lo mismo se aplica a las otras figuras de la Eucaristía, como el pan y el vino ofrecidos por Melquisedec, los panes de la proposición (panes propositionis), el cordero pascual. La imposibilidad de interpretación figurativa queda más patente en el siguiente texto: “El coma mi carne y beba mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El coma mi sangre y beba mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn.6, 54-56). Es verdad que incluso entre los semitas, y en la misma Escritura, la frase “comerse a alguien,” tiene un sentido figurativo, “perseguir, criticar, odiar amargamente a alguien.” Si, entonces, las palabras de Jesús se debieran tomar en sentido figurado, parecería entonces que Cristo le prometía a Sus enemigos la vida eterna y una gloriosa resurrección como recompensa por las injurias y persecuciones de que fue víctima. La otra frase, “beber la sangre de alguien,” en la Escritura, especialmente, no tiene ningún significado figurado, excepto aquél de terrible castigo (Is. 49, 26; Ap. 16,6); pero, en este texto, esta interpretación es tan imposible como en la frase anterior. Consecuentemente, comer y beber, deben ser entendidas tal como las dijo el propio Cristo, esto es literalmente.

Esta interpretación concuerda perfectamente con la conducta de sus escuchas y la actitud de Cristo preocupado por sus dudas y objeciones. De nueva cuenta, las murmuraciones de los judíos son la más clara prueba de que ellos entendieron las palabras de Jesús literalmente (Jn. 6,53). Incluso, no solo no repudió esta construcción como un grosero malentendido, sino que Cristo las repite en una forma mucho más solemne, en Juan 6, 54 ss. En consecuencia, muchos de sus discípulos estaban escandalizados y decían: “ES duro este lenguaje; ¿quién  puede escucharlo?” (Jn 6,60); pero en vez de retractarse de lo que había dicho, Cristo más bien los reprochó por su falta de fe, aludiendo a su sublime origen y su futura Ascensión al cielo. Y sin más añadir, permitió a sus discípulos que siguieran con sus caminos (Jn. 6,61ss).

Finalmente se volvió a sus doce apóstoles y les preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?” Entonces Pedro se adelantó y con humilde fe replicó: “Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.”(Jn. 6,68 y 69). Toda la escena del discurso y las murmuraciones en su contra prueban que la interpretación zwinglia y anglicana del pasaje, “El espíritu está pronto, etc.,” en el sentido de una suerte de retractación, es completamente inadmisible. Debido a estas palabras los discípulos se debilitaron su conexión con Jesús, mientras que los Doce aceptaron con fe sencilla un misterio que ellos aún no entendían. Ni Cristo dijo: “Mi carne es espíritu,” i.e. para ser entendido en un sentido figurado, sino que dijo, “Mis palabras son espíritu y vida.” Hay dos puntos de vista en la interpretación de este texto. Muchos de los Padres declaran que la verdadera Carne de Jesús (sarx) no debe entenderse como separada de Su Divinidad (spiritus), y por lo tanto no en un sentido canibalístico, sino como pertenencia a la economía supernatural. La segunda y más científica explicación afirma que en la oposición escriturística de “carne y sangre” con “espíritu,” la primera siempre significa incontinencia carnal, mientras que la segunda percepción mental iluminada por la fe, así que la intención de Jesús en este pasaje era dar prominencia al hecho de que el misterio de la Eucaristía puede ser entendido únicamente a la luz de la fe sobrenatural, mientras que no puede ser entendido por el que tiene mentalidad mundana y carnal, quienes están soportando el peso del pecado. Bajo tales circunstancias, no es de asombrarse que los Padres y varios concilios ecuménicos (Éfeso, 431; Nicea, 787) adoptaran el sentido literal de las palabras, a pesar de que no estaba todavía dogmáticamente definido (cfr. Concilio de Trento, Sesión XXI, c. I). Si fuera cierto que algunos teólogos católicos (como Cayetano, Ruardus Tapper, Johann Hessel y Jansenio el viejo) preferían la interpretación figurativa, sería meramente por razones controversiales, porque en su perplejidad imaginaron que de otro modo los reclamos de los husitas y protestantes utraquistas para compartir el cáliz por parte de los laicos no podrían ser contestados argumentando la Escritura. (Cfr. Patrizi, “De Christo pane vitæ”, Roma, 1851; Schmitt, “Die Verheissung der Eucharistie bei den Vütern”, 2 vols., Würzburg, 1900-03.)

LAS PALABRAS DE LA INSTITUCIÓN

La Carta Magna de la Iglesia, sin embargo, son las palabras de la Institución, “Esto es mi cuerpo – esta es mi sangre,” a cuyo significado literal se ha mantenido adherida desde los primeros tiempos. La Presencia Real se evidencia positivamente al mostrar la necesidad del sentido literal de estas palabras, y negativamente, refutando las interpretaciones figurativas. Con respecto a lo primero, la mera existencia de cuatro diferentes narraciones de la Última Cena, divididas usualmente en la petrina (Mt. 26, 26ss; Mc. 14, 22ss.) y la doble explicación paulina (Lc. 22, 19ss.; I Cor. 11, 24ss.), favorecen la interpretación literal. A pesar de su sobresaliente unanimidad como observaciones esenciales, la fuente petrina es más simple y clara, mientras que la paulina es más rica en detalles adicionales y más enfocada en citar las palabras que se refieren al cáliz. Es más que natural y justificable esperar que, cuando cuatro narradores diferentes en diferentes países y en diferentes tiempos relacionaran las palabras de la Institución a diferentes círculos de lectores. Pero en ningun lado encontramos la más mínima indicación que de pie a una interpretación figurativa. Si, entonces, la interpretación obvia, literal fuera falsa, el registro en la Escritura debería de considerarse como la causa de un error pernicioso en la fe y del grave crimen de rendir Divino homenaje al pan (artolatría) – una suposición que no queda en armonía con el carácter de los cuatro Escritores Sagrados o con la interpretación del Sagrado Texto. Aún más, no debemos omitir la importante circunstancia, de que uno de los cuatro narradores ha interpretado literalmente su propio escrito. Éste es San Pablo (I Cor. 11, 27ss.), quien, en el más vigoroso lenguaje, marca al recipiente indigno como “será reo del Cuerpo y de La sangre del Señor.” No puede hablarse de una grave ofensa contra el mismo Cristo a menos que supongamos que el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo están realmente presentes en la Eucaristía. Incluso, si solo ponemos atención a las propias palabras en su sentido natural es tan forzoso y claro el significado que Lutero escribió a los cristianos de Estrasbrurgo en 1524: “Estoy atrapado, no puedo escapar, el texto es demasiado fuerte.” (De Wette, II, 577).La necesidad del sentido natural no está basada en la absurda suposición de que Cristo en general había resuelto hacer uso de figuras, pero dada la evidente necesidad del caso que exigía que no lo hiciese en un asunto de tan suprema importancia, tuvo que usar metáforas confusas y falsas. Puesto que las figuras literarias aumentan la claridad del discurso solo cuando el significado figurativo es obvio, ya sea por la naturaleza del caso (e.g. con referencia a una estatua de Bolívar, diciendo: “Éste es Bolívar”) o por el uso en el lenguaje común (e.g. en el caso de esta sinécdoque: “Esta copa es de vino”); ahora bien, ni por la naturaleza del caso ni por el habla común el pan es un símbolo apto o posible del cuerpo humano. Si alguien dijese de una pieza de pan: “Éste es Napoleón,” no estaría utilizando una figura, sino palabras sin sentido. No hay sino un modo de usar un símbolo impropio de manera clara e inteligible, y eso es estableciendo una convención antes de usarlo acerca de lo que significa, como si por ejemplo, uno fuera a decir: “Imaginemos que estas dos piezas de pan que tenemos enfrente son Sócrates y Platón.” Cristo, sin embargo, en vez de informar a Sus Apóstoles que pretendía usar tal figura, les dijo más bien lo contrario en el discurso de la promesa: “el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn. 6,51), tal lenguaje, por supuesto solo podría ser usado por un Dios-hombre; así que la creencia en la Presencia Real necesariamente presupone la creencia en la verdadera Divinidad de Cristo. Las mismas reglas establecerían por sí mismas el significado natural con certeza, aún si las palabras de la institución, “Esto es mi cuerpo – ésta es mi sangre,” se encontraran solas, pero el texto original corpus (cuerpo) y sanguis (sangre) son seguidas por adiciones significativas, el Cuerpo designado como “por vosotros es dado” y la Sangre como “por vosotros se derrama”; por lo tanto el Cuerpo dado a los Apóstoles era el mismo Cuerpo que fue crucificado el Viernes Santo, y el cáliz bebido por ellos, era la misma Sangre derramada en la cruz por nuestros pecados. Por lo tanto las frases relevantes arriba mencionadas directamente excluyen cualquier posibilidad de una interpretación figurativa.

Llegamos a la misma conclusión si consideramos las circunstancias concomitantes, tomando en cuenta tanto a los oyentes como al Institutor. Aquellos que oyeron las palabras de la Institución no eran Racionalistas estudiados, poseyendo del conocimiento crítico que les permitiese, como filólogos y lógicos, analizar una fraseología obscura y misteriosa; eran simples pescadores sin educación, del nivel más común de gente, quienes con inocencia infantil se prendían de las palabras de su Maestro y con profunda fe aceptaban lo que Él les propusiera. Esta disposición infantil fue considerada por Cristo, particularmente en la víspera de Su Pasión y Muerte, cuando les dio a conocer Su voluntad y testamento y habló como un padre moribundo a sus hijos profundamente afectados. En ese momento de terrible solemnidad, el único modo apropiado de hablar sería uno en el cual, desnudo de figuras ininteligibles, hiciera uso de palabras que correspondieran exactamente al significado de lo que decía. Debe recordarse, también, que Cristo como Dios-hombre omnisciente, debe haber previsto el lamentable error en el cual habría llevado a Sus Apóstoles y a Su Iglesia adoptando una metáfora equivoca; puesto que la Iglesia hasta la fecha apela a las palabras de Cristo en su enseñanza y práctica. Si entonces, ella practica la idolatría mediante la adoración de meros pan y vino, este crimen debe achacársele al Dios-hombre mismo. Aparte de esto, Cristo pretendió instituir la Eucaristía como un santísimo sacramento, para ser solemnemente celebrado en la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Pero el contenido y las partes constitutivas de un sacramento deben quedar establecidas con tal claridad de terminología como para excluir categóricamente cualquier error en liturgia y adoración. Como puede entenderse de las palabras de la consagración del Cáliz, Cristo estableció la Nueva Alianza con Su Sangre, al igual que la Antigua Alianza había quedado sellada con la típica sangre de animales (Cfr. Ex. 24, 8; Heb. 9, 11ss.) Con verdadero instinto de justicia, los juristas establecen que en todos los puntos debatibles las palabras de un testamento deben ser tomadas en su sentido literal natural; puesto que están convencidos de que todo testador en pleno uso de sus facultades, al expresar su última voluntad y testamento, está profundamente preocupado de hacerlo en un lenguaje claro y libre de metáforas sin sentido. Ahora bien, Cristo, de acuerdo con la declaración literal de Su testamento, nos ha dejado un precioso legado, no meros pan y vino, si no Su Cuerpo y Sangre. ¿Tendríamos razón, entonces, en contradecirlo en Su cara y exclamar: “No, esto no es tu Cuerpo, sino simple pan, símbolo de tu cuerpo?”

La refutación de los llamados Sacramentarios, un nombre dado por Lutero a aquéllos que se oponían a un significado figurativo. Una vez que el sentido literal manifiesto es abandonado, se da pie a interminables controversias acerca del significado de un enigma para el cual se supone que Cristo ofreció la solución a sus seguidores. No hubo límites a la disputa en el siglo XVI, durante el cual Christopher Rasperger escribió un libro con unas 200 diferentes interpretaciones: “Ducentæ verborum, ‘Hoc est corpus meum’ interpretationes” (Ingolstadt, 1577). En este documento nos restringiremos a examinar unas cuantas distorsiones del sentido literal. El primer grupo de intérpretes, con Zwinglio, descubre una figura en la partícula est y la convierte así: “Esto significa (est = significat) mi Cuerpo”. Como prueba de esta interpretación, cita ejemplos de la Escritura, como: “Las siete vacas buenas son siete años de abundancia y las siete espigas buenas, siete años son” (Gen. 41, 26). Eludiendo la cuestión de que el verbo “ser” (esse) por sí mismo puede ser usado como “cópula en una relación figurativa” (Weiss) o expresar la “relación de identidad en una conexión metafórica” (Heinrici), lo cual niegan la mayoría de los lógicos, los principios fundamentales de la lógica establecen firmemente esta verdad, que todas las proposiciones pueden dividirse en dos grandes categorías, de las cuales la primera y más amplia denomina una cosa como es en sí misma (e.g. “El hombre es un ser racional”), mientras que la segunda designa una cosa utilizada como símbolo de algo más (e. g. “Esta foto es mi padre”). Para determinar si un hablante se refiere a la segunda manera de expresarse, hay cuatro criterios, cuya concurrencia total permitirá al verbo “ser” tener el significado de “significar”. Aparte de los tres criterios mencionados arriba, los cuales hacen referencia a la naturaleza del caso, o a los usos del habla común o a alguna convención previamente establecida, existe un cuarto y último de importancia decisiva, el cual es: cuando una sustancia completa es predicado de otra sustancia completa, no puede existir relación lógica de identidad entre ellos, salvo la relación de similitud, ya que la primera es una imagen, símbolo o signo de la otra. Ahora bien, este criterio es inaplicable a los ejemplos de la Escritura nombrados por los zwinglianos, y especialmente en lo relativo a su interpretación de las palabras de la Institución; porque las palabras no son: “Este pan es mi Cuerpo,” sino las indefinidas: “Esto es mi Cuerpo.” En la historia de la concepción zwingliana de la Cena del Señor, ciertas “expresiones sacramentales” del Texto Sagrado, tomadas como paralelismos de las palabras de la Institución, han atraído considerablemente la atención. La primera se encuentra en I Cor. 10, 4: “y la roca era (significaba) Cristo,” pero es evidente que, si el sujeto roca es tomado en su sentido material, la metáfora, de acuerdo con el cuarto criterio apenas mencionado, es tan aparente como en la frase análoga “Cristo es la vid.” Si, sin embargo, la palabra roca es desnudada de todo lo que es material, puede ser entendido en un sentido espiritual, porque el Apóstol mismo está hablando de la “roca espiritual” (petra spiritualis), la cual en la Persona del Verbo de un modo invisible siempre acompañó a los israelitas en sus viajes y les dio la fuente espiritual de agua. De acuerdo con esta explicación la conjunción aquí retendría su significado “ser”. Un acercamiento más cercano a un paralelo con las palabras de la Institución se encuentra aparentemente en las llamadas “expresiones sacramentales”: “Hoc est pactum meum (Este es mi pacto )”(Gen. 17, 10) y “est enim Phase Domini (es la Pascua del Señor.)” (Ex. 12, 11). Es bien conocido como Zwinglio mediante una inteligente manipulación de la última frase tuvo éxito en lograr caer en su interpretación a toda la población católica de Zurcí. Y sin embargo, está claro que no se puede establecer ningun paralelismo entre las dichas expresiones y las palabras de la Institución; ningún paralelismo real porque se trata de asuntos completamente diferentes. Ni siquiera puede ser señalado paralelismo verbal, puesto que en ambos textos del Antiguo Testamento el sujeto es una ceremonia (circuncisión en el primer caso, y el rito del cordero pascual en el segundo), mientras que el predicado indica una mera abstracción (pacto, Pascua del Señor). Una consideración de más peso es la siguiente: que en una investigación más profunda, la conjunción est retiene su significado propio de “es” más que “significa”. Puesto que así como la circuncisión no solo significaba la naturaleza u objeto del pacto Divino, sino que de hecho lo era, así también el rito del cordero Pascual era realmente la Pascua, en vez de su mera representación. Es verdad que en ciertos círculos anglicanos era costumbre apelar a la supuesta pobreza de la lengua aramaica, la cual era hablada por Cristo en compañía de Sus Apóstoles; por lo que se sostenía que en ese lenguaje no existía ninguna palabra que pudiera corresponder al concepto de “significa”. Sin embargo, aún prescindiendo del hecho de que en arameo la conjunción est es usualmente omitida y que  dicha omisión era cuando se usaba su estricto sentido de “ser”, el cardenal Wiseman (Horæ Syriacæ, Roma, 1828, pp. 3-73) logró reproducir no menos de cuarenta expresiones siríacas que expresan el concepto “significar”, lo cual eficientemente desacreditó el mito del limitado vocabulario de la lengua semítica.

Un segundo grupo de sacramentarios, con Oecolampadius, cambiaron la diligentemente buscada metáfora al concepto contenido en el predicado corpus, dándole el sentido de “signum corporis,” así entonces las palabras de la Institución quedarían: “Esto es un signo [símbolo, imagen, tipo] de mi Cuerpo.” Esencialmente completando la interpretación zwingliana, este nuevo significado es igualmente insostenible. En todos los idiomas del mundo la expresión “mi cuerpo” designa el cuerpo natural de una persona, no un mero signo o símbolo de ese cuerpo. Es verdad que las palabras de la Escritura “Cuerpo de Cristo” con no poca frecuencia tienen el significado de “Iglesia,” la cual es llamada el Cuerpo místico de Cristo, una figura fácilmente y siempre discernible como tal del texto o contexto (cfr. Col. 1, 24). Este sentido místico, sin embargo, es imposible en las palabras de la Institución, por la sencilla razón de que Cristo no les dio a sus apóstoles Su Iglesia como alimento, sino Su Cuerpo, y que “cuerpo y sangre”, por la razón de su asociación lógica y real, no pueden ser separados uno del otro y por esta razón se hacen menos susceptibles de uso figurativo. Para probar algo de este uso figurativo, de que el contenido del Cáliz es meramente vino y, consecuentemente, un mero signo de la Sangre, los protestantes recurren al texto de San Mateo, quien relata que Cristo, después del final de la Última Cena, declaró: “Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid [genimem vitis]” (Mt. 26, 29). Debe ser notado que San Lucas (22, 18ss.), quien es cronológicamente más exacto, coloca las palabras de Cristo antes de proceder a la Institución, y de que la verdadera Sangre de Cristo puede con razón seguir siendo llamada vino (consagrado), por una parte, porque la Sangre fue compartida del modo en que el vino es bebido y, por la otra porque la Sangre continúa existiendo bajo la apariencia externa del vino. En sus múltiples divagaciones por el viejo y concurrido camino siendo consistentemente forzado con la negación de la Divinidad de Cristo a abandonar la fe en la Presencia Real, también el criticismo moderno busca explicación al texto por otras líneas de investigación. Con completa arbitrariedad, dudando de si las palabras de la Institución se originaron en labios de Cristo, señalan a San Pablo como su autor, en cuya ardiente alma algo original supuestamente se mezcló con sus reflexiones subjetivas con el valor adjudicado a “Cuerpo” y con la “repetición del banquete Eucarístico.” De acuerdo con  esta problemática fuente las palabras de la Institución primero fueron incluidas en el Evangelio de San Lucas y entonces, a modo de adición, fueron insertadas en los textos de San Mateo y San Marcos. Salta a la vista que la última aserción no es más que una completamente deplorable conjetura, la cual debe ser evitada tan gratuitamente como ha avanzado. Es, aún más, esencialmente falso que el valor adjudicado al Sacrificio y la repetición de la Cena del Señor sean meras reflexiones de San Pablo, puesto que Cristo le dio un valor sacrificial a Su Muerte (Cfr. Mc. 10, 45) y celebró su Cena Eucarística en conexión con la Pascua judía, la cual debía repetirse cada año. Con respecto a la interpretación de las palabras de la Institución, existen al presente tres explicaciones modernas que luchan por la supremacía – la simbólica, la parabólica y la escatológica. De acuerdo con la interpretación simbólica, corpus supuestamente designa a la Iglesia como el Cuerpo místico y sanguis el Nuevo Testamento. Esta interpretación ha quedado refutada por imposible. Puesto que ¿se ha de comer a la Iglesia y beber al Nuevo Testamento? ¿Acaso San Pablo consideró el establecimiento de la Iglesia y de la nueva Alianza como una atroz ofensa al Cuerpo y la Sangre de Cristo? El asunto no es mucho mejor concerniente a la interpretación parabólica, la cual explica el vertimiento del vino como una mera parábola del derramamiento de la Sangre en la Cruz. Esto de nuevo es una mera interpretación arbitraria, una invención sin soporte de bases objetivas. Entonces, también, por analogía se diría que la fracción del pan era una parábola de la masacre del Cuerpo de Cristo, un significado absolutamente inconcebible. Elevándose como si fuese una densa neblina y luchando por obtener una forma definida, la incompleta explicación escatológica hace de la Eucaristía una mera anticipación del futuro banquete celestial. Suponiendo la verdad de la Presencia Real, esta consideración debe quedar abierta a discusión, así como la participación en el Pan de los Ángeles es realmente una prueba anticipada de la beatitud eterna y la anticipada transformación de la tierra en cielo. Pero al implicar una mera anticipación simbólica del cielo y una manipulación sin significado del pan y vino sin consagrar la interpretación escatológica es diametralmente opuesta al texto y no encuentra ningún apoyo en la vida y carácter de Cristo.

 

B. PRUEBAS DE LA TRADICIÓN

Para la efectividad del argumento de la tradición, este hecho histórico es de decidida significación, a saber, que el dogma de la Presencia Real permaneció, propiamente hablando, sin ser cuestionado, hasta el tiempo del hereje Berengario de Tours (m. 1088). En el curso de la historia del dogma se levantaron en general tres grandes controversias Eucarísticas, la primera de las cuales fue iniciada por Pascasio Radberto, en el siglo IX, apenas se extendió más allá de los límites de su audiencia y se preocupaba únicamente de la cuestión filosófica de si el Cuerpo Eucarístico de Cristo es idéntico al Cuerpo natural que tuvo en Palestina y que ahora está en el cielo. Tal identidad numérica pudo ser bien refutada por Ratramnus, Rabanus Maurus, Ratherius, Lanfrac y otros, aún en nuestros días una distinción verdadera, aunque accidental entre el Cuerpo sacramental y la condición natural del Cuerpo de Cristo debe ser rigurosamente mantenida. La primera ocasión en que se realizó un procedimiento oficial por parte de la Iglesia sucedió cuando Berengario de Tours, influido por los escritos de Scotus Eriugena (m. 884), el primer opositor de la Presencia Real, rechazó tanto esta verdad como la de la Transubstanciación. Reparó, sin embargo, el escándalo público que había causado mediante una sincera retracción pública hecha en presencia del Papa Gregorio VII en un sínodo realizado en Roma en 1079 y murió reconciliado con la Iglesia. La tercera y más aguda controversia fue la iniciada por la Reforma en el siglo XVI, con respecto a la cual hay que hacer notar que Lutero fue el único entre los reformistas que se mantuvo apegado a la tradicional doctrina católica y, a pesar de sujetarla a muchas malinterpretaciones, la defendió tenazmente. Se opuso diametralmente a Zwinglio de Zurich, quien, como ya se vio, redujo la Eucaristía a un mero símbolo vacío y sin significado alguno. Habiendo ganado para su partido a varios partisanos contemporáneos como Carlstadt, Bucer y Oecolampadius, posteriormente se aseguró unos aliados influyentes entre los arminianos, menonitas, socinianos y anglicanos, y aún hoy la concepción racionalista de la doctrina de la Cena del Señor no difiere substancialmente de la de los zwinglianos. Mientras tanto, en Ginebra, Calvino astutamente buscaba llegar a un punto medio entre los interpretaciones extremas literal luterana y la figurativa zwingliana, sugiriendo en lugar de la presencia sustancial en un caso o la meramente simbólica en el otro, un punto medio, i.e. una presencia “dinámica,” la cual consiste esencialmente en que al momento de la recepción, la eficacia del Cuerpo y la Sangre de Cristo se comunica del cielo a las almas de los predestinados y los alimenta espiritualmente. Gracias al pernicioso y deshonesto doble juego de Melanchton, esta posición intermediaria atractiva de Calvino impresionó de tal modo aún entre los círculos luteranos que no fue sino hasta la fórmula del concordato en 1577 que el “veneno cripto-calvinista” fue exitosamente rechazado del cuerpo de la doctrina luterana. El Concilio de Trento combatió estos ampliamente divergentes errores de la reforma con la definición dogmática de que el Dios-hombre está “verdadera, real y substancialmente” presente bajo las especies del pan y del vino, oponiéndose intencionalmente la expresión vere a las zwinglianas signum, realiter a la figura de Oecolampadio y essentialiter a la virtus de Calvino (Ses. XIII, can I). Y esta enseñanza del Concilio de Trento siempre ha sido y es la posición inamovible de toda la cristiandad católica.

Con lo que respecta a la doctrina de los Padres, no es posible en el presente texto reproducir múltiples textos patrísticos, los cuales usualmente se caracterizan por una maravillosa hermosura y claridad. Suficiente será decir que, además de la Didache (IX, X, XIV), los Padres más antiguos como Ignacio (Ad. Smyrn., VII; Ad. Ephes., XX; Ad. Philad., IV), Justino (Apol., I, xvi), Ireneo (Adv. Hær., IV, xvii, 5; IV, xviii, 4; V, ii, 2), Tertuliano (De resurrect. carn., VIII; De pudic., IX; De orat., XIX; De bapt., XVI), y Cipriano (De orat. dom., XVIII; De lapsis, XVI), atestiguan, sin la menor sombra de malentendido cuál es la fe de la Iglesia, mientras que la teología patrística posterior expone el dogma en términos que están cerca de la exageración, como Gregorio de Niza (Orat. catech, XXXVII), Cirilo de Jerusalén (Catech. myst., IV, 2ss.), y especialmente el Doctor de la Eucaristía, Crisóstomo [Hom. LXXXII (LXXXIII), en Matt., 1 ss.; Hom. XLVI, en Joan., 2 ss.; Hom. XXIV, en I Cor., 1 ss.; Hom. IX, de pœnit., 1], a quien se deben añadir los Padres Latinos Hilario, (De Trinit, VIII, iv, 13) y Ambrosio (De myst, VIII, 49; IX, 51s.). Concerniente a los Padres siríacos se encuentra Th Lamy con “De Syrorum fide in re eucharisticâ” (Louvain, 1859).

La posición mantenida por San Agustín es, al momento sujeto de una enconada controversia dado que los enemigos de la Iglesia bastante confiadamente sostienen que los favorece en el hecho de que era un “simbolista”  total. En opinion de Loofs (Dogmengeschichte,” 4a Ed. Halle, 1906, p. 409), San Agustín nunca le dedica a la “recepción de los verdaderos Cuerpo y Sangre de Cristo” ni un pensamiento, y esta visión Ad. Harnack (Dogmengeschichte, 3ª Ed., Friburgo, 1897, III, 148) la enfatiza cuando declara que San Agustín “indudablemente era uno a este respecto con la llamada pre-Reforma y con Zwinglio.” En contra de esta apresurada conclusión los católicos primero que nada exponen el indiscutible hecho de que Agustín demandó que se debía rendir adoración al Cuerpo Eucarístico (In Ps. 33, enarr., 1, 10) y declaró que en la Última Cena “Cristo se sostuvo y transportó a Sí mismo en Sus propias manos” (In Ps. 98, n. 9). Ellos insisten y con razón, de que no es justo separar las enseñanzas de este gran doctor concernientes a la Eucaristía de su doctrina del Santo Sacrificio, dado que clara e indiscutiblemente asegura que el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo son ofrecidos en la Santa Misa. La gran variedad de puntos de vista extremos apenas mencionados requieren que se haga una explicación razonable e imparcial, cuya verificación será extraída de y encontrada en el entendido de que un proceso gradual de desarrollo tuvo lugar en la mente de San Agustín. Nadie negará que ciertas expresiones de Agustín son tan forzosamente realistas como aquéllas de Tertuliano y Cipriano o de sus íntimos amigos literarios, Ambrosio, Optato de Mileve, Hilario y Crisóstomo. Por otro lado, está fuera de duda que, debido a la determinante influencia de Orígenes y de la filosofía platónica, la cual, como es bien sabido, no le daba sino una muy pequeña importancia a la materia visible y al fenómeno sensible del mundo, Agustín no se refería a lo que era propiamente real (res) en el Santísimo Sacramento de la Carne de Cristo (caro), sino que lo transmitió al principio vital (spiritus), i.e. a los efectos producidos por una Comunión válida. Una consecuencia lógica de esto fue que permitió que caro, como el vehículo y antitipo de res, no un mero valor simbólica, sino como un valor (signum) transitorio, intermediario y subordinado, y puso el Cuerpo y la Sangre de Cristo, presentes bajo las especies (figuræ) del pan y del vino en, una decidida oposición a Su Cuerpo natural e histórico. Dado que Agustín era un ardiente defensor de la cooperación  personal en la salvación propia y enemigo de la mera actividad mecánica y rutina supersticiosa, omitió insistir hacia una fe viva en la personalidad real de Jesús en la Eucaristía y en lugar de ello llamó la atención a la eficiencia espiritual del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Su visión mental estaba fija, no tanto en salvar la caro tanto como salvar el spiritus, el cual solo posee valor. Sin embargo ocurrió un giro de 180° en su vida. El conflicto con el pelagianismo y la diligente supervisión de Crisóstomo lo liberaron de las ataduras del platonismo, y desde entonces confirió a caro un valor separado en independiente de aquél de spiritus, llegando incluso a mantener fuertemente que la Comunión de los niños era absolutamente necesaria para la salvación.

Si, aún más, el lector encuentra en algunos de los otros Padres dificultades, obscuridades y una cierta inexactitud en la expresión, esto puede ser explicado en tres campos generales: debido a la paz y seguridad que hay en su posesión de la verdad de la Iglesia, de lo que resulta un cierto deseo en su terminología; debido a la rigurosidad con la cual la Disciplina del Secreto, expresamente concerniente con la Sagrada Eucaristía, fue mantenida en oriente hasta finales del siglo V, en occidente hasta mediados del VI; debido a la preferencia de muchos Padres por la interpretación alegórica de la Escritura, la cual estuvo especialmente en boga en la Escuela de Alejandría (Clemente de Alejandría, Orígenes, Cirilo), pero la cual encontró una contraparte saludable en el énfasis hecho en la interpretación literal de la Escuela de Antioquia (Teodoro de Mopsuestia, Teodorato). Sin embargo, el sentido alegórico de los alejandrinos no excluía el literal, sino que suponía como base de trabajo, la fraseología de Clemente (Pæd, I, vi), de Orígenes (Contra Celsum VIII, xiii 32; Homm. IX, in Levit., X) y de Cirilo (in Mat. 26, 27; Contra Nestor., IV, 5) concernientes a la Presencia Real.

El argumento de la tradición se suplementa y complementa con el argumento de la prescripción, el cual lleva la constante creencia en el dogma de la Presencia Real de la Edad Media hasta la primitiva Iglesia Apostólica, y así prueba que las herejías anti-eucarísticas no han sido sino novedades caprichosas y rupturas violentas de la verdadera fe que han sucedido desde el principio. Sin tocar aún el intervalo que ha sucedido desde la Reforma, se tiene de la época de la Reforma el importante testimonio de Lutero (Wider etliche Rottengeister, 1532) acerca del hecho de que la Cristiandad entera creía entonces en la Presencia Real. Y esta creencia firme y universal puede ser rastreada ininterrumpidamente hasta Berengario de Tours (m. 1088), de hecho –omitiendo la sola excepción de Scotus Eriugena– hasta Pascacio Radberto (831). En este sentido, podemos decir con orgullo que la Iglesia ha estado en posesión legítima de este dogma por once siglos enteros. Cuando Focio inició el cisma griego en 869, se llevó a su Iglesia el tesoro inalienable de la Eucaristía Católica, un tesoro que los griegos, en las negociaciones para la reunión en Lyon en 1274 y en Florencia en 1439, parecían mantener intacto, y al cual defendieron vigorosamente en el sínodo cismático de Jerusalén en 1672 contra las sórdidas maquinaciones de Cirilo Lucar, el patriarca con mente calvinista de Constantinopla (1629). De esto se concluye que el dogma católico debe ser mucho más antiguo que el cisma de oriente. De hecho, inclusive los nestorianos y los monofisitas, quienes se separaron de Roma en el siglo V, tienen, como es evidente de su literatura y libros litúrgicos, su fe en la Eucaristía tan sólidamente impuesta como los griegos, y esto a pesar de las dificultades dogmáticas las cuales, debido a su negación de la unión hipostática, se interponen en el camino de una correcta y clara noción de la Presencia Real. Por lo tanto, el dogma católico es por lo menos tan antiguo como el nestorianismo (431). Pero ¿no es ésta suficiente antigüedad? Para decidir esta cuestión solo es necesario examinar las liturgias más antiguas de la Misa, cuyos elementos esenciales datan de tiempos de los Apóstoles (q.v. artículos sobre las distintas liturgias), visitar las catacumbas romanas, donde Cristo es mostrado como actualmente en la Cena Eucarística bajo el símbolo de un pez (q.v. Símbolos primitivos de la Eucaristía), descifrar la famosa Inscripción de Abercius del siglo II, la cual, a pesar de haber sido compuesta bajo la influencia de la Disciplina del Secreto, sencillamente atestigua la fe de esa época. Y así el argumento de la prescripción nos traslada al distante y oscuro pasado y ahí al tiempo de los Apóstoles, quienes a su vez recibieron su fe en la Presencia Real de nadie más que de Cristo Mismo.

En este punto es importante mencionar que el Papa Juan Pablo II redactó y entregó el 17 de marzo, Jueves Santo de 2003 la carta encíclica Ecclesia de Eucharistia sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia y en la que resalta que “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia.” (Ecclesia de Eucharistia 1 §1), resaltando con ello la vital importancia de la Eucaristía y de la Presencia Real de Cristo en la misma en la vida de la Iglesia en el milenio que empieza.

 

II. LA TOTALIDAD DE LA PRESENCIA REAL
Con el fin de desterrar de raíz la inválida noción de que, en la Eucaristía recibimos meramente el Cuerpo y la Sangre de Cristo y no a Cristo en su totalidad, el Concilio de Trento definió la Presencia Real como que se incluye en la Eucaristía el Cuerpo, Alma y Divinidad de Jesucristo. Una conclusión estrictamente lógica se desprende de las palabras de la promesa: “el que coma de mí también vivirá por mí,” esta Totalidad de Presencia fue asimismo una constante propia de la tradición la cual distinguió así que consumir partes separadas del Salvador sería sarcofagia (ingestión de carne) algo completamente degradante para Dios. A pesar de que la separación del Cuerpo, Sangre, Alma y Logos es, absolutamente hablando, dentro del poder todopoderoso de Dios, la inseparabilidad se encuentra firmemente establecida por el dogma de la indisolubilidad de la unión hipostática de la Divinidad y Humanidad de Cristo. En caso de que los Apóstoles hubiesen celebrado la Cena del Señor durante el triduum mortis (el tiempo durante el cual el Cuerpo de Cristo estuvo en la tumba), cuando una separación real existía entre los elementos constitutivos de Cristo, habría estado realmente presente en la Sagrada Hostia el inanimado Cuerpo de Cristo sin sangre tal como estaba en la tumba, y en el Cáliz solo la Sangre separada de Su Cuerpo y absorbida por la tierra al ser derramada, tanto el Cuerpo como la Sangre, sin embargo, hipostáticamente unidos a Su Divinidad, mientras que Su Alma, que se encontraba en el Limbo, habría permanecido enteramente excluida de la presencia Eucarística. Esta hipótesis, irreal, aunque no imposible, ha sido bien estudiada para iluminar la diferencia esencial designada por el Concilio de Trento (Ses. XIII, c. iii), entre los significados de las palabras ex vi verborum y per concomitantiam. Es por virtud de las palabras de la consagración o ex vi verborum, que se hacen presentes el Cuerpo y la Sangre de Cristo lo cual es expresado por las palabras de la Institución. Pero por razón de concomitancia natural (per concomitantiam), se vuelve simultáneamente presente todo lo cual es físicamente inseparable de las partes nombradas y, la cual debe, por conexión natural con ellas, siempre ser su acompañamiento. Ahora bien, el Cristo glorificado, quien “ya no muere” (Rom. 6, 9) tiene un Cuerpo animado a través de cuyas venas corre la Sangre de Su vida bajo la vivificante influencia del alma. Consecuentemente, junto con Su Cuerpo y Sangre y Alma, también Su Humanidad entera, y por virtud de la unión hipostática, Su Divinidad, i.e. Cristo, completo y entero, debe estar presente. He aquí entonces, que Cristo está presente en el sacramento con Su Carne y Sangre, Cuerpo y Alma, Humanidad y Divinidad.

Este principio general y fundamental, el cual es abstraído enteramente de la dualidad de las especies, debe, sin embargo, ser extendido tanto al pan como al vino. Porque no recibimos en la Sagrada Ostia una parte de Cristo y en el Cáliz la otra, como si nuestra recepción de la totalidad dependiese de que consumiéramos de ambas formas; muy al contrario, bajo la apariencia de solo el pan, así como bajo la apariencia de solo el vino, recibimos a Cristo completo y entero (cfr. Concilio de Trento, Ses. XIII, can. III). Ésta, la única concepción razonable, tiene su verificación de la Escritura en el hecho, de que San Pablo (I Cor. 11, 27-29) adjudica la misma culpa “del cuerpo y de la sangre del Señor” al que “come y bebe indignamente”, entendido en un sentido disyuntivo, así como entiende “comiere y bebiere” en un sentido copulativo. El fundamento tradicional para esto se encuentra en el testimonio de la liturgia de los Padres de la Iglesia, de acuerdo a la cual, el Salvador glorificado puede estar presente en nuestros altares solo en Su totalidad e integridad, y no dividido en partes o distorsionado en la forma de una monstruosidad. Por consiguiente, se le rinde adoración por separado a la Sagrada Ostia y al contenido consagrado del Cáliz. En esta última verdad se basa especialmente la permisividad y propiedad intrínseca de la Comunión bajo una sola especia para los laicos y para los sacerdotes que no estén celebrando la Misa (q.v. Comunión Bajo las Dos Especies). Pero particularmente con respecto al dogma, llegamos naturalmente a la verdad de que, al menos después de la división de cualquiera de las Especies en partes, Cristo está presente en cada parte en Su completa y entera presencia. Si la Sagrada Ostia es partida en trozos o si el Cáliz consagrado es bebido en pequeñas cantidades, Cristo, entero está presente en cada partícula y en cada gota. Por la cláusula restrictiva separatione factâ el Concilio de Trento (Ses. XIII, can. III) con justicia elevó esta verdad a la dignidad de dogma. A la ves de la Escritura podemos juzgar improbable que Cristo haya consagrado separadamente cada partícula del pan que había partido, sabemos con certeza, por otro lado, que Él bendijo todo el contenido del Cáliz y luego se lo dio a sus discípulos para ser compartido (Mt. 26, 27ss.; Mc. 14, 23). Es con la base del dogma Tridentino que nosotros podemos entender cómo Cirilo de Jerusalén (Catech. Myst. V, n. 21) solicitaba a los comulgantes que observaran el cuidado más escrupuloso al llevar la Sagrada Ostia a sus bocas, de modo que ni siquiera “un fragmento minúsculo, más precioso que el oro o las joyas,” pudiera caer de sus manos al suelo; cómo Cæsarius de Arles enseñó que hay “tanto en el pequeño fragmento como en el completo;” cómo las diferentes liturgias declaran la integridad del “Cordero indivisible,” a pesar de la “división de la Ostia;” y, finalmente, cómo en la práctica actual los fieles en ocasiones participan de las partículas fragmentadas de la Sagrada Ostia y beben en común de la misma copa.

Mientras que las tres tesis precedentes contienen dogmas de fe, existe una cuarta proposición la cual es meramente una conclusión teológica, a saber que aún antes de la división de las especies, Cristo está presente completa y enteramente en cada particular de la aún entera Ostia y en cada gota de todo el contenido del Cáliz. Puesto que si Cristo no estuviese presente enteramente en cada una de las partículas de las Especies Eucarísticas antes de que se llevara a cabo su división, deberíamos concluir forzosamente que el proceso de la fracción es el que origina la Totalidad de la Presencia, mientras que de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia la causa operativa de la Presencia Total y Real se debe únicamente a la Transubstanciación. No cabe duda de que esta última conclusión dirige la atención de la cuestión filosófica y científica a un modo peculiar de existencia del Cuerpo Eucarístico, la cual es contraria a las leyes ordinarias de la experiencia. Es, sin lugar a dudas, uno de los misterios más sublimes, al cual la teología especulativa intenta ofrecer varias soluciones. [ver abajo en (5)].

 

III. TRANSUBSTANCIACIÓN
Antes de probar dogmáticamente el hecho del cambio substancial que se trata, primero echaremos un vistazo a su historia y naturaleza.

(a) El desarrollo científico del concepto de Transubstanciación difícilmente puede decirse que sea un producto de los griegos, quienes no pasaron de las notas más generales; más bien es la notable contribución de los teólogos latinos, quienes fueron estimulados a desarrollarlo en forma lógica por las tres controversias Eucarísticas mencionadas arriba. El término transubstanciación parece haber sido usado por primera vez por Hildeberto de Tours (ca. 1079). Su ejemplo alentador fue pronto seguido por otros teólogos, como Esteban de Autun (m. 1139), Gaufredo (1188) y Pedro de Blois (m. 1200), mientras que varios concilios ecuménicos también adoptaron esta significativa expresión, como el Cuarto Concilio de Letrán (1215) y el Concilio de Lyon (1274), en la profesión de fe del emperador griego Miguel Palæologus. El Concilio de Trento (Ses. XIII, cap. IV, can. II) no solo aceptó como un legado de la fe la verdad contenida en la idea, sino que con autoridad confirmó la “aptitud del término” para expresar notablemente el concepto doctrinario legítimamente desarrollado. En un análisis lógico más profundo de la Transubstanciación, primero encontramos la primera y fundamental noción de ser una conversión, la cual puede ser definida como la “transición de una cosa a otra bajo algún aspecto.” Como es evidente de inmediato, conversión (conversio) es algo más que un mero cambio (mutatio). Mientras que en los meros cambios uno de los dos extremos debe ser expresado de manera negativa, por ejemplo, en el cambio del día y la noche, la conversión requiere dos extremos positivos, los cuales están relacionados el uno con el otro como cosa a cosa, y deben tener, además, tal conexión íntima entre sí, que el último extremo (terminus ad quem) empieza a ser hasta que el primero (terminus a quo) deja de ser, por ejemplo, en la conversión de agua en vino en Caná. Usualmente se requiere de un tercer elemento, conocido como el commune tertium, el cual, aún antes de la conversión que ha tomado lugar, ya sea física o por lo menos lógicamente une un extremo al otro, porque en cada conversión verdadera la siguiente condición debe ser satisfecha: “Lo que anteriormente era A, es ahora B.” Una cuestión muy importante sugiere que la definición debería ir más allá de postular la no-existencia previa del ultimo extremo, puesto que parece extraño que un terminus a quo A existente, deba ser convertido en un existente terminus ad quem B. Si el hecho de la conversión no es ser un mero proceso de sustitución, como en un acto de prestidigitación, el terminus ad quem debe sin lugar a dudas de alguna manera ser de nueva existencia, así como el terminus a quo debe, de algún modo, dejar de existir. Pero como la desaparición del primero no se atribuye a aniquilación propiamente dicha, no hay necesidad de postular una creación, estrictamente hablando, para explicar que el último empiece a existir. La idea de conversión se realiza ampliamente si la siguiente condición se cumple, a saber, que una cosa que existe en sustancia, adquiera una completamente nueva y previamente inexistente forma de ser. Así pues en la resurrección de los muertos, el polvo de los cuerpos humanos será verdaderamente convertido en los cuerpos de los resucitados por sus ya existentes almas, así como en la muerte fueron realmente convertidos en cadáveres por la partida de sus almas. Esto en lo que concierne a la noción general de conversión. La Transubstanciación, sin embargo, no es una conversión simple, sino una conversión sustancial, en la que una cosa es substancialmente o esencialmente convertida en otra. He aquí pues, que el concepto de Transubstanciación queda excluido de cualquier tipo de conversión meramente accidental, ya sea puramente natural (e.g. la metamorfosis de los insectos) o sobrenatural (e.g. la Transfiguración de Cristo en el Monte Tabor). Finalmente, la Transubstanciación difiere de cualquier otra conversión sustancial en esto, que solo la sustancia es convertida en otra –los accidentes permanecen iguales– así como sería el caso de que la madera milagrosamente se convirtiera en hierro, con la sustancia del hierro permaneciendo escondida bajo la apariencia externa de la madera.

La aplicación de lo anterior a la Eucaristía es asunto fácil. Primero que nada, la noción de conversión se verifica en la Eucaristía, no solo en general, sino en todos sus detalles esenciales, porque tenemos los dos extremos de la conversión, a saber, pan y vino como terminus a quo y el Cuerpo y la Sangre de Cristo como terminus ad quem. Aún más, la conexión íntima entre el cese de un extremo y la aparición del otro parece ser preservada por el hecho de que ambos eventos son los resultados, no de dos procesos independientes, como sería aniquilación y creación, sino de un solo acto, dado que, de acuerdo con el propósito del Todopoderoso, la sustancia del pan y el vino parten para dejar el espacio para el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Finalmente, tenemos el commune tertium en las apariencias in cambiadas del pan y el vino, bajo las cuales el preexistente Cristo asume una nueva, sacramental, forma de ser y sin la cual Su Cuerpo y Sangre no podrían ser tomados por los hombres y mujeres. Que la consecuencia de la Transubstanciación, como conversión de la sustancia total, es la transición de la entera sustancia del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es la doctrina expresa de la Iglesia (Concilio de Trento, Ses. XIII, can. II). Así pues fueron condenadas como contrarias a la fe la visión anticuada de Durandus, que dice que solo la forma sustancial del pan es cambiada, mientras que la materia prima permanece; y, especialmente, la doctrina de Consubstanciación de Lutero, i.e. la coexistencia de la sustancia del pan con el verdadero Cuerpo de Cristo. Así también la doctrina de la Impanación defendida por Osiander y ciertos berengarianos, y de acuerdo a la cual se supone que se realiza una unión hipostática entre la sustancia del pan y la del Dios-hombre ha sido rechazada. Así que la doctrina católica de la Transubstanciación establece un muro protector alrededor del dogma de la Presencia Real y constituye en sí misma un distinto artículo doctrinal, el cual no queda englobado en el de la Presencia Real, a pesar de que la doctrina de la Presencia Real está necesariamente contenida en la de la Transubstanciación. Fue por esta razón que Pío VI, en su Bula dogmática “Auctorem fidei” (1794) en contra del pseudo sínodo de Pistoia (1786), protestó vigorosamente en contra de suprimir esta “cuestión escolástica,” como el sínodo había aconsejado hacer.

(b) En la mentalidad de la Iglesia, la Transubstanciación ha estado tan íntimamente ligada a la Presencia Real, que ambos dogmas han pasado juntos de generación en generación, aunque no podemos ignorar por completo un desarrollo histórico-dogmático. La conversión total de la sustancia del pan se expresa claramente en las palabras de la Institución: “Esto es mi cuerpo.” Estas palabras forman una proposición no teórica, sino práctica, cuya esencia consiste en que la identidad objetiva entre sujeto y predicado es efectiva y verificada solo después de que todas las palabras han sido pronunciadas, no muy diferente del nombramiento de un comandante a su subalterno: “Te nombro mayor,” o, “Te nombro capitán,” lo cual inmediatamente ocasiona la promoción del oficial a un rango superior. Cuando, entonces, Aquél Quien es Todo Verdad y Todo Poder dijo al pan: “Esto es mi cuerpo,” el pan se convirtió, por la acción de estas palabras en el Cuerpo de Cristo; consecuentemente, al completar el enunciado, la sustancia del pan ya no estuvo presente, sino el Cuerpo de Cristo bajo la apariencia de pan. Por lo tanto el pan debe haberse convertido en el Cuerpo de Cristo, i.e. el primero debe haberse convertido en el segundo. Las palabras de la Institución fueron a la vez palabras de Transubstanciación. Indudablemente la forma real en la cual la ausencia del pan y la presencia del Cuerpo de Cristo se efectúa, no se lee en las palabras de la Institución pero se deduce estricta y exegéticamente de ellas. Los calvinistas, por lo tanto, están perfectamente bien cuando rechazan la doctrina luterana de la consubstanciación como una ficción, sin base en las Escrituras. Puesto que si Cristo hubiese querido la coexistencia de Su Cuerpo con la sustancia del pan, hubiese expresado una simple identidad entre hoc y corpus por medio de la conjunción est, y hubiese resultado una expresión más o menos como: “Este pan contiene mi cuerpo,” o, “En este pan está mi cuerpo.” Por otro lado, la sinécdoque es clara en el caso del Cáliz: “Esto es mi sangre”, i.e. el contenido del cáliz es mi sangre, y por lo tanto ya no es vino.

Con respecto a la tradición, los primeros testigos como Tertuliano y Cipriano, difícilmente pudieron haber dado cualquier consideración particular a la relación genética de los elementos naturales del pan y el vino con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, o de la manera en la cual los primeros fueron convertidos en los segundos; puesto que incluso Agustín no tuvo una concepción clara de la Transubstanciación, mientras estuvo atado por los lazos del platonismo. Por otra parte, se tiene completa claridad sobre el asunto en escritores tan antiguos como Cirilo de Jerusalén, Teodorato de Cyrrhus, Gregorio de Niza, Juan Crisóstomo y Cirilo de Alejandría en oriente y en Ambrosio y los escritores latinos posteriores en occidente. Eventualmente el occidente se convirtió en el hogar clásico de la perfección científica en la difícil doctrina de la Transubstanciación. Las afirmaciones del erudito trabajo del anglicano Dr. Pussey (La Doctrina de la Presencia Real como está contenida en los Padres, Oxford, 1855) quien niega la claridad del argumento patrístico de la Transubstanciación, han sido refutadas y contestadas ampliamente por el Cardenal Franzelin (De Euchar., Roma, 1887, xiv). El argumento de la tradición es avasalladoramente confirmado por las liturgias antiguas, cuyas hermosas oraciones expresan la idea de la conversión en la manera más clara. Muchos ejemplos pueden ser encontrados en Renaudot, “Liturgia orient.” (2ª Ed., 1847); Assemani, “Codex liturg.” (13 vols., Roma 1749-66); Denzinger, “Ritus Orientalium” (2 vols., Würzburg, 1864), Concerniente  a la Teoria de Aducción de los Escotistas y la Teoría de Producción de los tomistas”, Pohle, “Dogmatik” (3ª Ed., Paderborn, 1908).

 

IV. LA PERMANENCIA Y ADORABILIDAD DE LA EUCARISTÍA
Dado que Lutero arbitrariamente restringió la Presencia Real al momento de la recepción, el Concilio de Trento (Ses. XIII, can. IV) por un canon especial enfatizó el hecho de que después de la Consagración Cristo está realmente presente y, consecuentemente , no se presenta hasta el acto de comer o beber. Por el contrario, Él continua Su Presencia Eucarística en las Ostias consagradas y partículas sagradas que permanecen en el altar o el copón después de la recepción de la Sagrada Comunión. En el depósito de la fe la Presencia y Permanencia de la Presencia están tan unidas, que en la mente de la Iglesia ambas continúan como un todo indivisible. Y con razón; puesto que Cristo prometió Su Cuerpo y Sangre como comida y bebida, i.e. como algo permanente (cfr. Jn. 6, 50ss.), así, cuando Él dijo: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo,” los apóstoles recibieron de la mano del Señor Su Sagrado Cuerpo, el cual ya estaba objetivamente presente. Esta no-dependencia de la Presencia Real de la recepción real es manifiesta claramente en el caso del Cáliz, cuando Cristo dijo: “Beban todos de él. Pues esto es mi sangre.” Aquí el acto de beber evidentemente no es la causa ni la condición sine qua non para la presencia de la Sangre de Cristo.

Por mucho que le disgustara, incluso Calvino tuvo que reconocer la evidente fuerza del argumento de la tradición (Instit. IV, xvii, sect. 739). No solo defendieron los Padres y entre ellos Crisóstomo con especial vigor, defendieron la permanencia de la Presencia Real, sino que la constante práctica de la Iglesia también estableció la verdad. En los primeros días de la Iglesia los fieles frecuentemente llevaban la Santísima Eucaristía con ellos a sus casas (Cfr. Tertuliano, “Ad uxor.” II, v; Cipriano, “De lapsis”, XXIV) o en largos viajes (Ambrosio, De excessu fratris, I, 43, 46), mientras que los diáconos acostumbraban llevar el Santísimo Sacramento a aquéllos que no asistieran a los oficios divinos (Cfr. Justino, Apol, I, 67), así como a los mártires, los encarcelados y los enfermos (Cfr. Eusebio, Hist. Eccl., VI, xliv). Los diáconos también estaban obligados a transferir las partículas remanentes a recipientes especialmente preparados llamados Pastophoria (Cfr. Constituciones Apostólicas, VIII, xiii). Aún más, ya se acostumbraba en el S. IV celebrar la Misa de los Presantificados (Cfr. Sínodo de Laodicea, can. XLIX), en la cual se recibían las Sagradas Ostias que habían sido consagradas con uno o más días de anticipación. En la Iglesia Latina esta ceremonia ha pasado a ser la Liturgia del Viernes Santo, mientras, que desde el Sínodo Trullano (692), los griegos la celebran durante toda la Cuaresma, excepto los sábados, domingos y en la fiesta de la Anunciación (25 de marzo). Una razón más profunda para la permanencia de la Presencia se encuentra en el hecho de que transcurre algún tiempo entre la Consagración y la Comunión, mientras que en los demás sacramentos tanto la confección como la recepción tienen lugar en el mismo instante. El Bautismo, por ejemplo, dura solo mientras dura la acción bautismal o ablución con agua y es, por lo tanto, un sacramento transitorio. La permanencia de la Presencia, sin embargo, se limita a un intervalo de tiempo cuyo principio es determinado por el instante de la Consagración y el final por la corrupción de las Especies Eucarísticas. Si la Ostia se volviese mohosa o el contenido del Cáliz amargo, Cristo descontinúa su presencia allí

La adorabilidad de la Eucaristía es la consecuencia práctica de su permanencia. De acuerdo con un conocido principio de Cristología, el mismo culto de latría (cultus latriæ) que se le debe al Dios Trino se le debe al Verbo Divino, Cristo el Dios-hombre y, de hecho, debido a la unión hipostática, a la humanidad de Cristo y a sus partes constitutivas individuales, como, e.g., Su Sagrado Corazón. Ahora bien, identicamente, el mismo Señor Jesucristo está verdaderamente presente en la Eucaristía como está presente en el cielo; consecuentemente Él debe ser adorado en el Santísimo Sacramento (cf. Council of Trent, Sess. XIII, can. VI).

En ausencia de prueba espiritual, la Iglesia encuentra una garantía para, de manera adecuada, rendir adoración divina al Santísimo Sacramento en la más antigua y constante tradición, a pesar, por supuesto que debe hacerse una distinción entre el principio dogmático y la disciplina concerniente a la forma externa de adoración. Mientras que incluso en oriente se reconoce el principio inmanente desde los tiempos antiguos, y de hecho, todavía en el Sínodo Cismático de Jerusalén en 1672, el oriente ha demostrado una incansable actividad estableciendo e investigando con más y más solemnidad, homenaje y devoción a la Eucaristía. En la Iglesia primitiva, la adoración del Santísimo Sacramento estaba restringida principalmente a la Misa y la Comunión. Aún en su época Cirilo de Jerusalén insistió con la misma fuerza que Ambrosio y Agustín sobre una actitud de adoración y homenaje durante la Santa Comunión. En occidente la forma fue abierta a una veneración más exaltada del Santísimo Sacramento cuando los fieles fueron aceptados a comulgar incluso fuera del servicio litúrgico. Después de la controversia con los berengarianos, el Santísimo Sacramento fue elevado durante los siglos XI y XII con el propósito expreso de reparar, mediante su adoración las blasfemias de los herejes y, fortalecer la debilitada fe de los católicos. En el siglo XIII se introdujo, para mayor glorificación del Santísimo las “procesiones teofóricas” (circumgestatio) y también la fiesta de Corpus Christi, instituida en el pontificado de Urbano IV a solicitud de Santa Juliana de Liège. En honor a la fiesta, se compusieron sublimes himnos como el “Pange Lingua” de Sto. Tomás de Aquino. En el siglo XIV creció la práctica de la Exposición del Santísimo Sacramento del Altar. La costumbre de la procesión anual de Corpus Christi fue firmemente defendida y recomendada por el Concilio de Trento (Ses. XIII, cap. v). Un nuevo ímpetu inundó a la gente para la adoración de la Eucaristía mediante las visitas al Santísimo Sacramento, introducidas por San Alfonso Ligorio; en los últimos tiempos numerosas órdenes y congregaciones se han dedicado a la Adoración Perpetua y existen miles de congregaciones laicas de la Adoración Nocturna para velar en adoración al Santísimo; la celebración de Congresos Eucarísticos Internacionales (de los cuales el número 48 y primero del nuevo milenio será celebrado en la ciudad de Guadalajara, en México con la presencia de S.S. Juan Pablo II del 10 al 17 de octubre de 2004 con el tema “La Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio”) y Congresos Eucarísticos Nacionales han contribuido a mantener viva la fe en Aquél Quien dijo: “y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).

 

V. DISCUSIÓN ESPECULATIVA DE LA PRESENCIA REAL
El objetivo principal de la teología especulativa con respecto a la Eucaristía, debe ser discutido filosóficamente, y buscar una solución lógica de tres aparentes contradicciones, a saber:

(a)    la existencia continua de las Especies Eucarísticas, o las apariencias exteriores del pan y el vino, sin su sujeto natural;

(b)   el espacialmente incircunscrito modo espiritual del Cuerpo Eucarístico de Cristo;

(c)    la simultánea existencia de Cristo en el cielo y en muchos lugares de la tierra.

(a) El estudio del primer problema, ya sea que los accidentes del pan y el vino continúen su existencia sin su sustancia propia, debe basarse en la claramente establecida verdad de la Transubstanciación, en consecuencia de la cual, las sustancias completas del pan y el vino se convierten respectivamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo de un modo tal que “solo permanecen en apariencia el pan y el vino” (Conc. de Trento, Ses. XIII, can. ii:manentibus dumtaxat speciebus panis et vini). Acordemente, la continuación de las apariencias sin la sustancia del pan y el vino como su sustrato natural es justo el reverso de la Transubstanciación. Lo más que se puede decir es, que del Cuerpo Eucarístico procede un poder sustantivo milagroso, el cual soporta las apariencias debidas a sus sustancias naturales y las preserva del colapso. La posición de la Iglesia a este respecto quedó adecuadamente determinada por el Concilio de Constanza (1414-1418). En su octava sesión, aprobada por Martín V en 1418, este sínodo condenó los siguientes artículos de Wyclif:

§         “La sustancia material del pan, así como la sustancia material del vino permanecen en el Sacramento del Altar;”

§         Los accidentes del pan no permanecen sin un sujeto.

El primero de estos artículos contiene una negación abierta a la Transubstanciación. El segundo, por lo que respecta al texto, debe ser considerado como un mero cambio de palabras del primer, mientras que en lo que respecta a la historia del concilio, se sabe que Wyclif se había opuesto directamente a la doctrina escolástica de “accidentes sin un sujeto” como absurda y aún herética (cfr. De Augustinis, De Re Sacramentariâ, Roma, 1889, II, 573ss). Por lo tanto he aquí la razón del concilio de condenar el Segundo artículo, no meramente como una conclusión del primero, sino como una proposición distinta. Tal era, por lo menos, la opinión de los teólogos de la época con respecto al tema; y el Catecismo Romano, refiriéndose al antes mencionado canon del Concilio de Trento, llanamente explica: “Los accidentes del pan y el vino no conservan su sustancia, sino continúan existiendo por sí mismos.” Siendo éste el caso, algunos teólogos de los siglos XVII y XVIII, que se inclinaban al cartesianismo, como E. Maignan, Drouin y Vitase, demostraron muy poca penetración teológica cuando aseguraron que las apariencias eucarísticas eran meras ilusiones ópticas, fantasmagoría y accidentes aparentes, adjudicando a la omnipotencia Divina una influencia inmediata sobre los cinco sentidos. Esta continuidad física y no meramente óptica de los accidentes Eucarísticos fue insistentemente repetida por los Padres, y con tan excesivo rigor que la noción de Transubstanciación parecía estar en peligro. Especialmente contra los monofisitas, quienes basaron la conversión Eucarística en un argumento paralelo a favor de la supuesta conversión de la Humanidad de Cristo en Su Divinidad.

(b) El segundo problema tiene que ver con la Totalidad de la Presencia, lo cual significa que Cristo completo está presente en toda la Hostia y en cada partícula por minúscula que sea, como el alma espiritual está presente en el cuerpo humano. LA dificultad llega al clímax cuando consideramos que no hay duda aquí del Alma o la Divinidad de Cristo, pero de Su Cuerpo, el cual, con su cabeza, tronco y extremidades ha adoptado un modo de existencia espiritual e independencia de espacio. El que la idea de la conversión de materia corporal en espíritu no puede ser entendida, es claro desde la sustancia material del mismo Cuerpo Eucarístico. Incluso la antes mencionada separabilidad de cantidad de sustancia no nos da idea de la solución, puesto que, de acuerdo con las opiniones mejor fundamentadas, no solo la sustancia del Cuerpo de Cristo, sino que su propio acomodo, su cantidad corpórea, i.e., su tamaño completo, con su organización completa y miembros integrales está presente dentro de los diminutos límites de la Hostia y asimismo en cada partícula. Los teólogos posteriores, como Rossigno y Legrand, solucionaron lo inexplicable, diciendo que Cristo está presente en forma y estatura disminuidas, una suerte de cuerpo miniatura; mientras que otros como Oswald, Fernández y Casajoana que dicen que eso no tiene sentido. Los cartesianos, principalmente el propio Descartes expresó en una carta al P. Mesland, que la identidad de Cristo Eucaristía con Su Cuerpo Celestial, era preservada por la identidad de Su Alma, la cual animaba los Cuerpos Eucarísticos.

El tratado más simple al respecto fue el ofrecido por los escolares, especialmente Sto. Tomás (III: 76, 4), quien redujo el modo de ser al modo de convertirse, i.e., llevaron de regreso el modo de la peculiar existencia del Cuerpo Eucarístico a la Transubstanciación. Dado que ex vi verborum el resultado inmediato es la presencia del Cuerpo de Cristo, su cantidad, presente meramente por concomitancia, debe seguir el peculiar modo de existencia de sus sustancia, y, como el ultimo, debe existir sin división ni extensión, i.e. enteramente en toda la Hostia y enteramente en cada partícula. En otras palabras, el Cuerpo de Cristo está presente en el sacramento, no bajo la forma de “cantidad”, sino de “sustancia”. El escolasticismo posterior (Belarmino, Suárez, Billuart) trató de mejorar por esta explicación otras líneas al distinguir entre cantidad externa e interna. Por cantidad interna, se entiende que la entidad, por virtud de la cual una sustancia corporal meramente posee “extensión apta”, i.e. la capacidad de extenderse en un espacio tridimensional. La cantidad externa, por otro lado, es la misma entidad, pero en cuanto sigue su tendencia natural a ocupar espacio y realmente se extiende en las tres dimensiones. A todas luces, por más plausible que sea la razón para explicar el asunto, se enfrenta, sin embargo, a un gran misterio.

(c)El tercer y último asunto tiene que ver con la multilocación de Cristo en el cielo y sobre miles de altares por todo el mundo. Dado que en el orden natural de las cosas, cada cuerpo está restringido a una posición en el espacio (unilocación), con base en lo cual la prueba legal de una coartada inmediatamente libera a una persona de las sospechas de un crimen, la multilocación sin ninguna duda pertenece al orden sobrenatural. Primero que nada, no se puede mostrar repugnancia intrínseca al concepto de multilocación. La multilocación no multiplica el objeto individual, sino solo su relación externa en relación con y su presencia en el espacio. La filosofía distingue dos modos de presencia en las criaturas:

§         La circunscriptiva y,

§         La definitiva.

La primera, el único modo de presencia propio de los cuerpos, es por virtud de la cual un objeto está confinado a determinada porción del espacio en el entendido de que sus varias partes (átomos, moléculas, electrones) también ocupan sus correspondientes posiciones en el espacio. El Segundo modo de presencia, que propiamente corresponde a un ser espiritual, requiere que la sustancia de una cosa exista enteramente en todo el espacio, así como todas y cada una de las partes en ese espacio. Éste ultimo es el modo de la presencia del alma en el cuerpo humano. La distinción hecha entre estos dos modos de presencia es importante, puesto que en la Eucaristía ambos modos están combinados. Dado que, en primer lugar, se verifica una multilocación definitiva continua, también llamada replicación, la cual consiste en que el Cuerpo de Cristo está totalmente presente en cada parte de la continua y aún entera Hostia y también totalmente presente a través de toda la Hostia, justo como el alma humana está presente en el cuerpo. Y precisamente esta última analogía de la naturaleza nos permite adentrarnos en la posibilidad del misterio Eucarístico. Puesto que si, como se ha visto arriba, la omnipotencia Divina puede de manera sobrenatural impartir a un cuerpo un modo espiritual, sin extensión, espacialmente incircunscrito de presencia, lo cual es natural alma con lo que respecta al cuerpo humano, uno puede aceptar la posibilidad del Cuerpo Eucarístico de Cristo presente entero en toda la Hostia y completo y entero en cada minúscula partícula.

Existe, aún más, la multilocación discontinua, por la cual Cristo está presente no solo en una Hostia, sino en incontables Hostias, ya sea en los tabernáculos o en los altares por todo el mundo. La posibilidad intrínseca de la multilocación discontinua parece basarse en la no-repugnancia de la multilocación continua. Siendo la principal dificultad de la última parece ser que el mismo Cristo esté presente en dos partes diferentes A y B, de la Hostia continua, siendo inmaterial ya sea que consideremos las partes A y B unidas por la línea continua AB o no. La maravilla no se incrementa naturalmente si, por razón de la fracción de la Hostia, las dos partes A y B están ahora completamente separadas la una de la otra. Sea o no que los fragmentos de la Hostia disten entre sí una pulgada o miles de millas es completamente inmaterial esta consideración; no debe sorprendernos entonces que los católicos adoren al Señor en la Eucaristía a un tiempo en México, Roma o Jerusalén.

Fuente: Enciclopedia Católica, Autor: J. POHLE
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://forosdelavirgen.org
).

Carta a los fieles del Opus Dei sobre la Eucaristia.

Carta de Monseñor Javier Echevarría a los fieles del Opus Dei
Adorar a Dios es la actitud que engrandece al hombre. Así lo explica el Prelado en su carta de junio, en la que profundiza en el valor de la Eucaristía. 
 
01 de junio de 2011
www.opusdei.org

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

        Hace varios años, en una catequesis a niños que se preparaban para recibir la primera Comunión, Benedicto XVI explicaba el significado de la adoración a Dios. «La adoración –decía– es reconocer que Jesús es mi Señor, que Jesús me señala el camino que debo tomar, me hace comprender que sólo vivo bien si conozco el camino indicado por Él, sólo si sigo el camino que Él me señala. Así pues, adorar es decir: "Jesús, yo soy tuyo y te sigo en mi vida; no quisiera perder jamás esta amistad, esta comunión contigo". También podría decir que la adoración es, en su esencia, un abrazo con Jesús, en el que le digo:" Yo soy tuyo y te pido que Tú también estés siempre conmigo"»[1].

        He recogido este texto porque, en la sencillez de la respuesta, se manifiesta el significado esencial de la actitud que, en cuanto criaturas, debemos a nuestro Creador. Pienso que también podría constituir el denominador común de las fiestas que celebraremos en las próximas semanas: un espíritu de adoración y de agradecimiento al Señor, por los bienes que nos ha concedido y nos concede.

        Ayer fue la fiesta de la Visitación. En las palabras dirigidas por Santa Isabel a la Madre de Dios, que llevaba a Jesucristo en su purísimo seno, descubrimos un acto de adoración profunda al Verbo encarnado. Meses después, Jesús recibió el homenaje de unos sencillos pastores y de unos hombres cultos, que acudieron a Belén con el objetivo de postrarse ante el Rey de los judíos. San Mateo relata que, cuando los Magos entraron en el lugar donde se detuvo la estrella, encontraron al Niño en brazos de su Madre y, tras arrodillarse, le adoraron[2].

        Unos grandes de la tierra se postran y adoran a ese Niño, porque la luz interior de la fe les ha hecho reconocer a Dios mismo. Por contraste, el pecado –sobre todo el mortal– es precisamente lo contrario: no querer reconocer a Dios como Dios, no querer postrarse ante Él, intentar –como Adán y Eva en el Paraíso terrenal– ser como dioses, conocedores del bien y del mal[3]. Nuestros primeros padres aspiraron, en su soberbia, a una autonomía completa de Dios; tentados por satanás, no quisieron reconocer la supremacía de su Creador ni su amor de Padre. Ésta es la desgracia más grande de la humanidad, del hombre y la mujer de todos los tiempos, como recuerda San Pablo en las primeras líneas de la carta a los Romanos. Para el Apóstol, la culpa de aquellos paganos era tener aprisionada la verdad en la injusticia[4], no reconocer a Dios como Señor ni adorarle, a pesar de que contaban con suficientes signos externos. Después de haber conocido a Dios por las maravillas de la creación, no le glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón[5].

        Es una tragedia que se presenta con contornos netos en la sociedad actual, al menos en gran parte del mundo. No pretendo cargar las tintas, ni soy pesimista; al contrario: es un hecho que no podemos dejar de reconocer y que nos ha de animar a propagar la alegría de la Verdad. Insisto: el sentido de la adoración se ha perdido en grandes estratos de los países, y los cristianos consecuentes –con optimismo sobrenatural y humano– estamos convocados a reavivar en las demás personas esa actitud, la única congruente con la auténtica condición de las criaturas. Si las gentes no adoran a Dios, se adorarán a sí mismas en las diversas formas que registra la historia: el poder, el placer, la riqueza, la ciencia, la belleza...; sin percatarse de que todo eso, desvinculado de su fundamento último que es Dios, se esfuma: «La criatura sin el Creador desaparece»[6], dice lapidariamente el Concilio Vaticano II. Por eso, en la tarea de la nueva evangelización, resulta de primera importancia ayudar a quienes conviven con nosotros a redescubrir la necesidad y el sentido de la adoración. Las próximas solemnidades de la Ascensión, de Pentecostés y del Corpus Christi, se alzan como una invitación «a redescubrir la fecundidad de la adoración eucarística (...), condición necesaria para dar mucho fruto (cfr. Jn 15, 5) y evitar que nuestra acción apostólica se limite a un activismo estéril, sino que sea testimonio del amor de Dios»[7].

        «Que tu oración sea siempre un sincero y real acto de adoración a Dios»[8], escribió nuestro Padre en Forja. ¡Cuántos momentos de adoración encontramos a lo largo de la jornada, si los vivimos conscientemente! Desde el ofrecimiento de obras por la mañana hasta el examen de la noche, todo nuestro día puede y debe convertirse en oración, en un homenaje a nuestro Dios.

        La Santa Misa es, ante todo, un acto de adoración a la Trinidad Santísima, por medio de Jesucristo y en unión con Él. En el Gloria damos gracias a Dios por su gloria inmensa: no por los beneficios que nos concede, sino porque es Dios, porque existe, porque es grande. En el Sanctus, a coro con los ángeles y los bienaventurados, proclamamos: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo, que entraña una de las formas más altas de adorar a Dios. Muchas veces, en diferentes ocasiones, nos dirigimos a la Trinidad rezando: gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Y las muchas genuflexiones ante el Sagrario –conscientes, acompañadas de un acto interior del corazón, como recomendaba San Josemaría–, suponen también un acto estupendo de adoración.

        Cada uno de vosotros, hijas e hijos míos, ha de buscar su modo personalísimo de ponerse activamente en presencia de Dios a lo largo de las horas, y manifestarle su homenaje filial. En ocasiones será una jaculatoria, quizá tomada de los Salmos o de otros libros inspirados, sobre todo del Evangelio; otras, alguna de las frases que nos enseñaba nuestro santo Fundador, cuando –para movernos a la espontaneidad en el trato con Dios– nos abría un poco su corazón, advirtiéndonos que personalmente debemos esforzarnos en ese trato íntimo con el Señor. «Cada uno que las diga como quiera, explicaba. Porque una jaculatoria es eso: un flechazo, un piropo como dicen en mi tierra, un requiebro. Si hay amor, no necesitáis que nadie os enseñe fórmulas determinadas: se os vendrán al corazón y a la boca las palabras precisas, en cada momento»[9].

        Este año, en muchos lugares, la solemnidad del Corpus Christi se celebra el 26 de junio, fiesta litúrgica de San Josemaría. Me colma de gozo esta coincidencia, pues nuestro Padre estuvo locamente enamorado de la Sagrada Eucaristía. Os recomiendo que en esa fecha –o el jueves anterior, en los lugares donde el Corpus se celebra ese día–, con continuidad, y especialmente si podéis asistir a la procesión eucarística, viváis esa gran celebración muy unidos al modo de hacer de nuestro Fundador, que en el Cielo adora permanentemente a la Humanidad Santísima de Jesús.

        El Papa Benedicto XVI señala que uno de los elementos constitutivos de la procesión eucarística de esta fiesta se resume en «arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y de hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único (cfr. Jn 3, 16)»[10].

        «¡Qué bien se explica ahora el clamor incesante de los cristianos, en todos los tiempos, ante la Hostia santa! Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa, que el Rey de todas las gentes, nacido de una Madre fecunda, derramó para rescatar el mundo (Himno Pange lingua). Es preciso adorar devotamente a este Dios escondido (cfr. Adoro te devote): es el mismo Jesucristo que nació de María Virgen; el mismo que padeció, que fue inmolado en la Cruz; el mismo de cuyo costado traspasado manó agua y sangre (cfr. Ave verum)»[11].

        Cuando nos arrodillamos ante Jesús sacramentado –oculto en el tabernáculo o expuesto sobre el altar–, adoramos a la Víctima del Sacrificio del Calvario, que se actualiza en la Santa Misa. No hay oposición alguna entre el culto de la Eucaristía dentro y fuera de la Misa. Más aún, existe una íntima armonía y compenetración. «En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, que es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia (...). La adoración fuera de la Santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica»[12].

        Cuidemos, pues, con mayor esmero aún, el culto a la Sagrada Eucaristía en estas próximas semanas. Pongamos todo nuestro empeño en escuchar la Palabra de Dios, en la meditación de la Sagrada Escritura, en los cantos litúrgicos, en las oraciones que cada una o cada uno recite delante del Santísimo Sacramento. Y tratemos de llenar los momentos de silencio –que la liturgia recomienda– con un auténtico diálogo interior con Cristo en la Sagrada Hostia, de corazón a Corazón. ¡Qué buen momento para seguir la recomendación que nos sugería nuestro Padre!: «Haced con más amor esa genuflexión con la que saludáis al Señor, al entrar y al salir del Centro. Y, aunque no digáis nada con la boca, dirigíos a Él con el corazón: Jesús, creo en Ti, te amo; perdona a todos los hijos tuyos que no hemos sabido ser fieles... Lo que se os ocurra en aquel momento, con espontaneidad: no voy a dictaros las palabras, como si fuerais niños de tres años. Cada uno sabrá dirigirse personalmente al Señor; y, si no hubiera sido así hasta ahora, se os ocurrirá en adelante».

        «Más de una vez hemos hablado de las jaculatorias personales, que cada uno de nosotros procura hacerse. Es eso: una alabanza, un grito de admiración, de alegría, de cariño, de entusiasmo, ¡de amor!, que se escapa de nuestra alma como si fuera una flecha (...). Siempre es cuestión de cariño, de entrega»[13].

        No os oculto que con frecuencia vienen a mi cabeza unas palabras que oí a San Josemaría: "¡Cuánta gloria he robado a Dios!", pues pensaba que podía haber sido más celoso en su servicio incondicionado a la Trinidad Santísima. ¿Alimentamos nosotros este afán del Deo omnis gloria? ¿Con qué rectitud de intención nos movemos? ¿Cómo ofrecemos al Señor lo ordinario y lo extraordinario?

        El 25 de junio conmemoramos un nuevo aniversario de la primera ordenación sacerdotal en el Opus Dei. Los tres hijos de nuestro Padre que recibieron en 1944 el Orden sagrado –don Álvaro, don José María, don José Luis– no tuvieron inconveniente en dejar de lado un presente y un futuro muy prometedores en el ámbito de su profesión civil, para seguir la voz de Dios, que les llamó al sacerdocio por medio de nuestro Fundador. No fue para ellos ningún sacrificio, en el sentido que habitualmente se da a este término, como una prestación costosa; con prontitud y alegría, respondieron a esta nueva llamada divina, sabiendo que era otro modo de servir a Dios, a la Iglesia y a las almas, con la misma entrega que los demás fieles de la Obra.

        Pidamos al Señor, por intercesión de nuestro Padre y de aquellos tres primeros sacerdotes, que este espíritu se conserve intacto en la Prelatura del Opus Dei, de modo que podamos disponer de los sacerdotes necesarios para el desarrollo de la labor apostólica; y para que en todas y en todos sea muy fuerte el peso santo del alma sacerdotal. Recemos también para que lleguen en todo el mundo, en la Iglesia entera, numerosos jóvenes y hombres maduros que sigan el camino del presbiterado, dóciles a la voz del Buen Pastor.

        Seguid encomendando todas mis intenciones. Rezad por el viaje del Papa a Croacia, en los primeros días de este mes. Deseo que convirtamos nuestra existencia en un rogar a Dios que nos ayude a cumplir su Santísima Voluntad, con entrega entera, con generosidad constante, convencidos de que, cuando se reúnen dos o más en la oración, nuestro Padre Dios no dejará de escucharnos[14].

        También querría, en cada carta, mencionaros los diferentes aniversarios de la historia de la Obra, de nuestra historia personal, pues hemos de recordar aquellas palabras: «Cuando Dios Nuestro Señor proyecta alguna obra en favor de los hombres, piensa primeramente en las personas que ha de utilizar como instrumentos... y les comunica las gracias convenientes»[15].

        Con todo cariño, os bendice

                                        vuestro Padre

                                        + Javier

        Roma, 1 de junio de 2011.

 

 

 

[1] Benedicto XVI, Encuentro de catequesis con los niños de primera Comunión, 15-X-2005.

[2] Mt 2, 11.

[3] Gn 3, 5.

[4] Rm 1, 18.

[5] Ibid., 21.

[6] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 36.

[7] Benedicto XVI, Discurso en la Asamblea eclesial de la Diócesis de Roma, 15-VI-2010.

[8] San Josemaría, Forja, n. 263.

[9] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 26-III-1972.

[10] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 22-V-2008.

[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 84.

[12] Benedicto XVI, Exhort. apost. Sacramentum caritatis, 22-II-2007, n. 66.

[13] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 1-VI-1972.

[14] Cfr. Mt 18, 19.

[15] San Josemaría, Instrucción, 19-III-1934, n. 48.
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://www.fluvium.org
).

¡Te adoro escondido en la Hostia!.

¡Te adoro escondido en la Hostia!
Mientras te adoramos, ¿cómo es posible no pensar en todo lo que tenemos que hacer para darte gloria?
Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net

 


Elevemos juntos la mirada a Jesús Eucaristía; contemplémosle y repitámosle juntos estas palabras de santo Tomás de Aquino, que manifiestan toda nuestra fe y todo nuestro amor: Jesús, ¡te adoro escondido en la Hostia!

En una época marcada por odios, por egoísmos, por deseos de falsas felicidades, por la decadencia de costumbres, la ausencia de figuras paternas y maternas, la instabilidad en tantas jóvenes familias y por tantas fragilidades y dificultades que sufren los jóvenes, nosotros te miramos a ti, Jesús Eucaristía, con renovada esperanza. A pesar de nuestros pecados, confiamos en tu divina misericordia. Te repetimos junto a los discípulos de Emaús «Mane nobiscum Domine!» , «¡Quédate con nosotros, Señor!».

En la Eucaristía, tú restituyes al Padre todo lo que proviene de él y se realiza así un profundo misterio de justicia de la criatura hacia el creador. El Padre celeste nos ha creado a su imagen y semejanza, de él hemos recibido el don de la vida, que cuanto más reconocemos como preciosa desde el momento de su inicio hasta la muerte, más es amenazada y manipulada.

Te adoramos, Jesús, y te damos gracias porque en la Eucaristía se hace actual el misterio de esa única ofrenda al Padre que tú realizaste hace dos mil años con el sacrificio de la Cruz, sacrificio que redimió a la humanidad entera y a toda la creación.

«Adoro Te devote, latens Deitas!»
¡Te adoramos, Jesús Eucaristía! Adoramos tu cuerpo y tu sangre, entregados por nosotros, por todos, en remisión de los pecados: ¡Sacramento de la nueva y eterna Alianza!

Mientras te adoramos, ¿cómo es posible no pensar en todo lo que tenemos que hacer para darte gloria? Al mismo tiempo, sin embargo, reconocemos que san Juan de la Cruz tenía razón cuando decía: «Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejado aparte el buen ejemplo que de sí darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración».

Ayúdanos, Jesús, a comprender que para «hacer» algo en tu Iglesia, incluso en el campo tan urgente de la nueva evangelización, es necesario ante todo «ser», es decir, estar contigo en adoración, en tu dulce compañía. Sólo de una íntima comunión contigo surge la auténtica, eficaz y verdadera acción apostólica.

A una gran santa, que entró en el Carmelo de Colonia, santa Benedicta Teresa de la Cruz, Edith Stein, le gustaba repetir: «Miembros del Cuerpo de Cristo, animados por su Espíritu, nosotros nos ofrecemos como víctimas con él, en él, y nos unimos a la eterna acción de gracias».

«Adoro Te devote, latens Deitas!». Jesús, te pedimos que cada uno desee unirse a ti en una eterna acción de gracias y se comprometa en el mundo de hoy y de mañana para ser constructor de la civilización del amor.

Que te ponga en el centro de su vida, que te adore y te celebre. Que crezca en su familiaridad contigo, ¡Jesús Eucaristía! Que te reciba participando con asiduidad en la santa misa dominical y, si es posible, cada día. Que de estos intensos y frecuentes nazcan compromisos de entrega libre de la vida a ti, que eres libertad plena y verdadera. Que surjan santas vocaciones al sacerdocio: sin el sacerdocio no hay Eucaristía, fuente y culmen de la vida de la Iglesia. Que crezcan en gran número las vocaciones a la vida religiosa. Que broten con generosidad vocaciones a la santidad, que es la elevada medida de la vida cristiana ordinaria, en especial, en las familias. La Iglesia y la sociedad tienen necesidad de esto hoy más que nunca.

Jesús Eucaristía, te confío a los jóvenes de todo el mundo: sus sentimientos, sus afectos, sus proyectos. Te los presento poniéndolos en manos de María, madre tuya y madre nuestra.

Jesús, que te entregaste al Padre, ¡ámales!
Jesús, que te entregaste al Padre, ¡sana las heridas de su espíritu!
Jesús, que te entregaste al Padre, ¡ayúdales a adorarte en la verdad y bendíceles! Ahora y siempre. ¡Amén!

A todos imparto mi bendición con afecto.


SS Juan Pablo II Homilía a los jóvenes. Vaticano, 15 de marzo 2005

Con Maria, y la soledad de Jesus Sacramentado.

Con María, y la soledad de Jesús Sacramentado
Hay un sitio en el Sagrario que tiene tu nombre y toda la paz que ansías... y Jesús te espera.
Autor: Maria Susana Ratero | Fuente: Catholic.net

 


Madre, hoy he venido a visitar a tu Hijo en el Sagrario, pero siento que no soy hoy la mejor compañía. Mi corazón está triste, con una tristeza pesada y gris que, como humo denso, tiñe mis afectos y mis sueños. Siento una gran soledad, no porque Jesús o tu, Madre querida, se hayan alejado de mí, sino que soy yo la que no logra hallarlos.

- Soledad, hija, soledad... Bien comprendemos esa palabra mi Hijo y yo... soledad. Ven, entra con tu corazón al Sagrario y conversaremos un poco. Sé bien que lo necesitas.

- Gracias, María, gracias. Yo sabía, en lo más íntimo del alma, en ese pequeño rinconcito iluminado y eterno donde la tristeza no llega, allí, sabía que podía contar contigo.

Y mi corazón, lento y pesado por mis pecados y olvidos, se va acercando al Sagrario.

Tú estás a la puerta y me abres. ¡Qué deliciosos perfumes percibe el alma cuando está cerca de ti!
Con gran sorpresa veo que, por dentro, el Sagrario es muchísimo más grande de lo que parece y hay allí demasiados asientos desocupados, demasiados...
Me llevas a un sitio, un lugar inundado de toda la paz que anhela mi alma. Noto que tiene mi nombre, ¡Oh Dios mío, mi nombre!. Me duele el corazón al pensar cuánto tiempo lo he dejado vacío.

- Cuéntame, ahora, de tu soledad- me pides, Madre mía.

Pero ni una palabra se atreve a salir de mi boca. Por el bello y sereno recinto del Sagrario, Jesús camina, mirando uno a uno los sitios vacíos... Solo el más inmenso amor puede soportar la más inmensa soledad.
Inmensa soledad que es larga suma de tantas ausencias. Y cada ausencia tiene un nombre y sé, tristemente, que el mío también suma.
Entonces tu voz, María, me ilumina el alma:

- El Sagrario es demasiado pequeño para tanta soledad. Tú no puedes hacer más grande el Sagrario, pero sí puedes hacer más pequeña su soledad.

Tus ojos están llenos de lágrimas y le miras a Él con un amor tan grande como jamás vi.

- Hija, ¡Si supieras cuánto eres amada! ¡Si supieras cuánto eres esperada!. Cada día, cada minuto, el Amor aguarda tus pasos, acercándose, tu corazón, amándole, tu compañía, que hace más soportable tanta espera.

Siento una dolorosa vergüenza por mis quejas. Cada Sagrario, en su interior, es como todos los Sagrarios del mundo juntos. Miro a mi alrededor y veo a muchas personas. Son todos los que, en este momento, en todo el mundo, están acompañando a Jesús Sacramentado.

Cada uno con su cruz de dolor, tristeza, soledad, vacíos, traiciones.. Y Jesús repite, para cada uno de ellos, las palabras de la Escritura “Vengan a Mí cuando estén cansados y agobiados, que Yo los aliviaré” Mt 11,28.

Y me quedo a tu lado, en mi sitio, Madre, esperando a Jesús que se acerca. Me tomo fuerte de tu mano, para no caerme, para no decir nada torpe e inoportuno, muy habitual en mi. Y allí me quedo, y el Maestro sigue acercándose, y el perfume envuelve al alma y ahuyenta los grises humos de mis penas.
Entonces, escucho en el alma tus palabras, Madre:

- Ahora, ve a confesarte.

Sin preguntar nada, sin saber como terminará este encuentro, te hago caso Madre. Me quedo cerca del confesionario, aunque aún no ha llegado el sacerdote y la misa está por comenzar. Pero si tú lo dices, Madre, seguro lo hallaré. En ese momento llega el sacerdote. Como él no daba la misa, sino el obispo, tuve tiempo de prepararme bien para mi confesión, que me dejó el alma tranquila y sin la pesada carga de mis pecados...

Me quedo pensando en Jesús, que venía a acercándose a mí, en el Sagrario. Pero allí me doy cuenta de tu gesto, Madre querida. Tu me ofrecías algo más. Tú me ofrecías el abrazo real y concreto de Jesús en la Eucaristía, y para que mi alma estuviera en estado de gracia para responder a ese abrazo, me pediste que fuera a confesarme.

¡Gracias Madre! Gracias por amarme y cuidarme tanto... ¡Qué hermosa manera de terminar este encuentro con Jesús! ¡Con su abrazo real, bajo la forma del Pan!
La misa ha comenzado. Siento que la soledad del Sagrario es un poquito más pequeña, no mucho, pero sí mas pequeña... Y si mi compañía alivió su soledad, seguro que la tuya, amigo que lees estas líneas, también la aliviará. Y si invitas a un amigo a hacerle compañía... ¡Oh, cuanto podemos hacer disminuir la soledad de Jesús en el Sagrario!¡Cuánto puede Él, en su infinita Misericordia, colmar nuestras almas de paz!

Hay un sitio en el Sagrario que tiene tu nombre y toda la paz que ansías... y Jesús te espera, diciéndote “Ven a Mi, cuando estés cansado y agobiado, que Yo te aliviaré”

Amigo, nos encontramos en el Sagrario.


NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna."

 


Preguntas o comentarios al autor María Susana Ratero.

Catequesis mariana sobre la Eucaristia.

Catequesis Mariana desde San Nicolás. por el Pbro. Carlos A. Pérez

Durante 10 años, todos los días 25 de cada mes en San Nicolás, se convocó a un grupo voluntario de Misioneros de diversos lugares del país, felizmente, por iniciativa de los propios laicos presentes en las reuniones, fueron grabadas las charlas que se dieron.

Hoy contamos con esta catequesis que nos disponemos a ofrecer aquí a modo de entregas semanales para todos, peregrinos en general y misioneros en particular.

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La Eucaristía - 1º Parte (Nuevo)

Introducción.

Es importante profundizar siempre un poco más sobre este gran misterio que es la Eucaristía, ella es motivo de inmenso gozo para nuestra vida espiritual, garantía de nuestro crecimiento, garantía de la inmortalidad, es el Pan de Vida deseado por tantos y descubierto por pocos. Es misión nuestra descubrir con más profundidad este misterio y darlo a conocer a todo el mundo.

Podemos considerar diferentes aspectos del misterio eucarístico.

1. El misterio de la Eucaristía y la consagración de la vida.

2. la Eucaristía y la comunión con Cristo y la Iglesia.

3. la Eucaristía y la oración

4. la Eucaristía y la misión.

El misterio de la Eucaristía y la consagración de la vida

Somos consagrados, es decir que hemos aceptado ser sacrificados, ser entregados como Cristo al Padre por la redención de nuestros hermanos. Pablo VI- en la Encíclica Misterio de la Fe _ nos dice: “Por el misterio eucarístico se representa de manera admirable el sacrificio de la cruz consumado una vez para siempre en el Calvario. Se recuerda continuamente y se aplica su fuerza salvadora para perdón de los pecados que diariamente cometemos. Nuestro Señor Jesucristo al instituir el misterio eucarístico sancionó con su sangre el Nuevo Testamento del cual es el mediador así, como en otro tiempo, Moisés había sancionado el Antiguo con la sangre de los terneros. Es decir que Cristo al ofrecerse eucarísticamente está ofreciendo un verdadero sacrificio del cual los antiguos sacrificios eran simplemente un símbolo, un anticipo, una preparación. A la vez la Eucaristía es la prolongación, la actualización del sacrificio eucarístico iniciado en la Ultima Cena y concretado por Jesús en la muerte y resurrección, en el misterio pascual.

Cristo se ofrece al Padre por nosotros. Se produce un verdadero sacrificio, una entrega total de su vida, de su sangre. Se entregó hasta el fin, nos dice la Palabra de Dios, es decir hasta las últimas consecuencias. El sacrificio es un pacto sagrado capaz de infinita reparación porque se hace con infinito amor. Cristo no podría amar por la mitad, por lo tanto todo acto de El es realizado con infinito amor. Y esto es lo que da al sacrificio de la cruz el sentido de plenitud, de redención. Todo acto nuestro es limitado, el de Cristo es perfecto. Como el esposo ama a su esposa ,así Cristo se entregó por nosotros que somos su familia, que somos su iglesia y se entregó totalmente. El esposo que ama a su esposa se entrega totalmente `por ella, arriesga su vida, pierde su vida para salvar a los suyos. Con gran deseo- dice Jesús – he querido celebrar con Ustedes esta Pascua antes de pasar de este mundo al Padre. Ese deseo tenía dos motivaciones: por un lado devolver al Padre la gloria que el pecado le había quitado y por otro lado devolvernos la felicidad que –también por causa del pecado- habíamos perdido. Y por eso Jesús quiere en el sacrificio eucarístico -que es la prolongación del sacrificio de la cruz-devolvernos la felicidad y devolver al Padre la gloria. El cordero pascual era el anticipo de este misterio, Cristo es el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo.

La Eucaristía es verdadero sacrificio donde se produce la muerte de la víctima y donde el sacerdote es la misma víctima, que en el caso de Cristo es por nuestros pecados que se ofrece. Es importante en la captación del misterio entender que sacerdote y víctima son una misma cosa. Nosotros partícipes desde el Bautismo del misterio de Cristo Sacerdote y especialmente ligado por nuestra espiritualidad de consagración al misterio del sacerdocio de Cristo debemos entender en profundidad esto: somos sacerdotes y víctimas, ofrecemos y nos ofrecemos, nos entregamos y nos dejamos consagrar. Dios necesita del pan para consagrarlo en su cuerpo y necesita de nosotros para consagrarnos en su cuerpo místico, con el cuál puede alimentar a los hombres. El pan nos alimenta y nos hace pan para alimentar al mundo. Es hermosa esta realidad de Cristo.

Juan pablo II, hablando de la prolongación de Cristo en nosotros, nos dice que la Iglesia al desempeñar la función de sacerdote y de víctima juntamente con Cristo ofrece toda entera el sacrificio de la Misa y toda entera se ofrece en él, como Iglesia, como víctima expiatoria. Deseamos ardientemente que esta admirable doctrina, enseñada ya por los Padres y por el Concilio, se explique una y otra vez y se inculque profundamente en las almas de los fieles dejando a salvo, como es justo, la distinción no sólo de grado sino de naturaleza que hay en el sacerdocio de los fieles y en el sacerdocio jerárquico. Porque esta doctrina, en efecto es muy apta para alimentar la piedad eucarística, para enaltecer la dignidad de todos los fieles, para estimular a las almas a llegar a la cumbre de la santidad que no consiste sino en entregarse totalmente al servicio de la Divina Majestad con generosa oblación de sí mismo. En estas palabras de Juan Pablo II., está muy claro que nuestra santidad no consiste en otra cosa que la entrega entera de nosotros mismos como Cristo se entregó al Padre en el sacrificio doloroso de la Cruz. Estas palabras nos invitan a fomentar la piedad eucarística no solamente en los actos de culto eucarístico sino en la entrega de la vida como supremo culto. Prolongamos_ como dice San Pablo_ en nuestro cuerpo por su Iglesia lo que aún falta de la Pasión de Cristo.

Nuestra Misa celebrada sacramentalmente exige entonces que la sigamos viviendo en el curso de todo el día. Cada día de nuestra vida es una Misa que se prolonga, que se perpetúa, que se hace vida en nosotros. Nuestra fidelidad vocacional es parte de esa Misa. Cada día tendremos que rehacer nuestra entrega al Señor. Habrá días que lo haremos con entusiasmo, días que despertaremos con el peso de problemas anteriores y nuestro sí será más tenue.: debemos tomar conciencia de que estamos llamados a decir sí y a seguir subiendo, será una lucha constante para que nuestro sí, que le dimos a Dios, adquiera cada vez mayor plenitud. Nuestra respuesta al Señor en cada una de nuestras cosas de la vida es un modo de vivir la Misa, nuestras renuncias a nosotros mismos, a las cosas inútiles, a lo que muchas veces el corazón puede ambicionar ilegítimamente, todo es parte de la Misa que se prolonga en nosotros.

Nuestro sí – como el de María-incondicional- a modo nuestro, como podamos, pero cada vez más incondicional. Todo esto nos va haciendo verdaderos consagrados, prolongadores de la redención y del sacrificio de Cristo. Prolongamos en nuestra pobreza lo que falta a la Pasión de Jesús y lo hacemos con amor porque allí Cristo está siendo glorificado en nosotros y allí nuestros hermanos son también redimidos.

 

 


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Seamos sencillos en el trato con Dios y con nuestro prójimo, porque Dios ama la sencillez y la sinceridad, y el prójimo también las aprecia.
No comulgues nunca en la mano, hazlo siempre en la boca. Y si te es posible de rodillas


HECTOR "EL ERMITAÑO" PEDERNERA
(
http://ar.groups.yahoo.com/group/hermanocatolicoesfuerzateysevaliente
).

Catequesis eucaristica. Sentido de la Misa del domingo.

Autor: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net
Sentido de la Misa del domingo
¿Qué pasa en la Misa, que sea tan importante? Catequesis y explicación acerca de la Misa.
 
Sentido de la Misa del domingo


La gente va menos a Misa que hace unos años. ¿Por qué? "Creo que depende mucho de la experiencia y tradición familiar y social de la que participa cada persona", dice una mujer que comenzó a ir con sus padres a Misa y que después, al profundizar en la fe, vio que "empezaba a tener otro sentido, un sentido de compromiso, me sentí más implicada... descubrí el valor de la Eucaristía como un encuentro con Cristo..."

En nuestra sociedad, cuando ya no hay quien controle quien va a Misa y quien no, la asistencia a Misa: ¿depende de la costumbre del entorno familiar, o de estas motivaciones de fe? Lo cierto es que, al no ir a Misa las familias, los hijos pierden la oportunidad de participar en estas motivaciones de fe. Y, cuando se asiste a Misa -en acontecimientos sociales o fiestas principales- al no saber "qué pasa ahí" se convierte en algo que se ve desde fuera, no se ahonda en su sentido profundo de memorial de Jesús resucitado, la fiesta de los cristianos, y entonces la gente se viste de fiesta sin saber celebrar la fiesta, así como no puede saborear un plato exquisito quien tiene el gusto estragado, al no poder gustar del misterio cristiano no puede desearlo y amarlo.

Por eso, no puede participar en la Misa plenamente quien no sabe realmente que por la fe tenemos una relación viva y personal, maravillosa, con Jesús. Qué lástima, ver a tantos y tantos que escuchan palabras y cantos, prueban emociones estéticas en la música o en la belleza de alguna de las celebraciones, pero se quedan en unos signos externos, no viven la esencia de la Misa y de la comunión...


a) Hemos de conocer lo esencial de la vida.

Muchas veces vamos por la vida buscando la felicidad, y no la encontramos... más tarde, nos damos cuenta de que estaba allí al lado, en las cosas pequeñas de cada día, en las cosas obvias (que son las que olvidamos más facilmente, y así nos va...) como el sentido religioso, su sentido trascendente (olvidamos las cosas que no tienen sentido de beneficio práctico con la excusa de que "no sirven para nada", cuando son las que más sirven). Cuentan de una araña que se dejó caer por uno de sus hilos desde un árbol, para echar los soportes alrededor de un árbol y tejer su telaraña, esa malla que va engrandeciéndose con sucesivas vueltas, hasta completar su obra. Entonces, paseándose por su territorio, orgullosa de su realización, mira el hilo de arriba y dice: "éste es feo, vamos a cortarlo", olvidando que era el hilo por donde empezó todo, el que sustentaba todo. Al cortarlo, la araña desmemoriada cayó enredada en su red, prisionera de su obra. Así nosotros, encerrados en la obra de nuestra inteligencia o en el cuidado de tantas cosas... podemos olvidar la esencial, cuando cortamos el hilo de soporte. ¡No prescindamos de Dios! Es el soporte de todo lo invisible que son los valores de amor y respeto a los demás, en definitiva de felicidad. Esta dimensión invisible de la vida.


b) La necesidad de dar culto a Dios está en lo más profundo de nuestro interior

Cuando no le damos salida religiosa, se proyecta en formas de supersticiones varias, idolatrías de todo tipo, sectas variopintas pero peligrosas algunas de ellas, o una apatía brutal por la que no se ve sentido a nada...). Estamos en una época de "complejidad", en la que hay avances técnicos de todo tipo (nuclear, genético, informática...) y en medio del estado de bienestar, muchos de nuestros compañeros de viaje están prisioneros de la angustia ante el futuro, tienen miedos, incluso miedo a vivir. ¿Por qué tanta inseguridad? Porque todo el bienestar no da respuesta al sentido de la vida, se pierden en un "todo es relativo" que impide volar hacia arriba, mirar el cielo, en su horizonte no hay Dios; el gran ausente (todo ello causa el sentimiento de "insoportable ligereza del ser", en medio del pensamiento moderno, con un sentido de frustración y un deseo de búsqueda de Dios, de ahí las profecías del siglo XXI como "místico" porque es la única forma de recuperar el norte).

¿Cómo recuperar a Dios, en esta "lucha por la religión" del mundo de hoy? Cultos e ignorantes, enfermos y sanos, pobres y ricos... para hallar a Dios hay que tratarle, darle culto (pero no externo, sino que implique la conciencia, un trato de corazón a corazón, fruto del amor y no de la costumbre, creando un "espacio interior" en nuestra conciencia, solos ante el espejo de la cual encontramos el sentido de la vida, la seguridad que nos falta).

La religión pertenece a las cosas importantes de la vida. Cuentan de un barquero que llevaba gente de un lado a otro de un gran río, y un día subió un sabiondo que empezó a increparle diciéndole: "¿conoces las matemáticas?" -"no", contestó el barquero. -"Has perdido una cuarta parte de tu vida. ¿Y la astronomía?" -"¿Esto se come o que?", contestó el pobre. "-Has perdido dos cuartas partes de tu vida". -"¿Y la astrología?" -"Tampoco", dijo el barquero. "-¡Desgraciado, has perdido tres cuartas partes de tu vida!". En aquel momento la barca se hundió, y viéndolo que se lo llevaba la corriente, le dijo el barquero: -"¡Eh, sabio!, ¿sabes nadar?" -"¡No!", contestó desesperado. -"Pues has perdido las cuatro cuartas partes de tu vida, ¡toda tu vida!" Pues para quien va por un río, lo importante no es saber tantas cosas sino saber nadar. Así las cosas esenciales de la vida, muchas veces olvidadas, son saber quién soy, de donde vengo y a donde voy, y descubrir el sentido religioso y -como dice el viejo refrán- al final de la vida el que se salva sabe y el que no no sabe nada. Los peces se ahogan sin agua y los hombres se asfixian sin aire, así nuestra alma sufre asfixia si no tiene saciada esta sed de Dios, pues el corazón del hombre está inquieto y sin paz hasta que reposa en Él.

Siendo la religión una experiencia personal -de la que no podemos prescindir, es una necesidad-, también es social, constituye una de las tradiciones no sólo culturales sino también basilares de la misma familia (la familia que reza unida permanece unida, reza el refrán), y ante una crisis familiar (por no resistir ante las dificultades, muchas familias quedan deshechas, por no ver el cielo, por dejarse desanimar por los problemas) es especialmente importante recordar el sentido divino del contemplar el cielo. La Biblia, al relatarnos el Génesis, nos dice que Dios creó el mundo (sentido del trabajo) y luego descansó (con una mirada llena de gozosa complacencia). La celebración de este día del Señor ayuda a tener la mirada contemplativa, luz sobre todas las cosas (si nuestra mirada está sin esta luz, todo nuestro ser anda entre tinieblas). Jesús nos hace ver que ese día "se hizo para el hombre", no es un peso el descanso dominical, sino que perfecciona la persona, lo necesitamos, es recordar la necesidad de humanizar el descanso, de hacer fiesta, de libertad.

Parte esencial de este "hacer fiesta" es el culto a Dios que desde los primeros hombres se ha dado al creador (ofreciéndole sacrificios, para mostrar la dependencia de creaturas, como reconociendo agradecimiento por los favores recibidos o pidiendo perdón). Como vemos en el relato de Caín y Abel (y nos cuentan los historiadores de los primeros pueblos) a veces quemaban parte de la cosecha, o algún animal, y con esto dedicaban a Dios una cosa, la hacían "sagrada". Pero Dios dijo que no deseaba tanto estos sacrificios como algo externo sino venido de un corazón que ama y pide perdón (que tiene misericordia). De ahí surgen las ceremonias, y el "domingo" significa "el día del Señor" porque es por excelencia el día de esta relación con Dios en la que el hombre dedica un tiempo explícito a cantar esta adoración.


c) Redescubrir el domingo es algo vital

Una educación que para muchos viene desde la infancia: "para mí, ir a Misa es una cosa tan natural como el respirar o el querer. Desde pequeños nos acostumbramos, y la Misa del domingo formaba parte de nuestra vida. Unos días íbamos más a gusto y otros no, pero no lo dejábamos". Mucho más teniendo en cuenta que la "motivación sociológica" cuenta mucho, y se encontrarán los hijos en una sociedad en la que hay unas modas -verdaderas dictaduras culturales- en la que ir a Misa "no está bien visto", y el adolescente queda coaccionado por el "qué dirán", "no van los jóvenes".

Las motivaciones han de ser profundas, para no actuar por lo que hacen muchos sino conforme a la conciencia. Es cierto que en los años de adolescencia puede haber una ruptura (una decisión personal del hijo de dejar de ir a Misa), pero lo que se ha sembrado vivificará más tarde, como muchas veces pasa con la vuelta a la responsabilidad al ser padres: "vinieron los hijos... y todo fue cambiando. Siempre fui una persona inquieta, y me iba preguntando: ¿me escuchará el Señor?" y quizá cuando los hijos se preparan para hacer la primera comunión -en la edad que formulan a los padres las grandes preguntas- sienten la llamada a volver, "a través de la catequesis de padres pude expresar los sentimientos que tenía guardados durante algunos años..." y hay esta vuelta a los sacramentos, con la seguridad que esto conlleva: "he pasado momentos difíciles en mi vida, pero entre mi fe cristiana y la Misa del domingo he encontrado la fuerza para seguir adelante. Ahora entiendo mucho mejor el Evangelio...".

Y otro: "fue cuando mi hijo comenzó a frecuentar la catequesis cuando volví a ir a la parroquia. Hice la catequesis con los otros padres y a través de todo esto me incorporé nuevamente en la Iglesia". En otros casos, esta vuelta es cuando los padres -las madres, más- tienen ya colocados los hijos y tienen menos obligaciones. Estos testimonios pueden recordarnos esos momentos que bien conocemos, cuando más que una obligación el trato con Dios se convierte en una necesidad, pues ya no podemos más, estamos "ahogados" y queremos "hacer algo".

Pero todo ello se pierde si no hay una experiencia previa de ir a Misa, si no hay un "antes", pues entonces ya no se trata de "volver" sino de "descubrir". En cualquier caso, lo que está claro es que, a las puertas del tercer milenio, la celebración del domingo cristiano, por los significados que evoca y las dimensiones que implica en relación con los fundamentos mismos de la fe, continúa siendo un elemento característico de la identidad cristiana.

Veamos las pegas: "La Misa es aburrida", "no me dice nada", "siempre se hace lo mismo", "no voy porque no siento la necesidad, y para hacer una cosa que no siento mejor no hacerla..." son algunas de las que hemos oído y que dirigen nuestra mirada hacia el "¿qué pasa en la Misa, que sea tan importante?" Preguntemos al chico que el día de Sant Jordi lleva la rosa a la chica que ama, si encuentra aburrido este gesto repetido año tras año; o a los que se aman si se cansan de ver las mismas caras.

En la Misa disfrutamos saboreando una y otra vez antiguas palabras con las que han rezado tantas generaciones de cristianos, y pronunciadas por primera vez por Jesús. No hay rutina si hay amor. Nuestra vida es como una canción, que tiene letra y música. La letra consiste en todo lo que hacemos, nuestras acciones, y la música es la voz del corazón, el amor que ponemos en todo. De manera que la vida es aburrida o entusiasmante, dependiendo del amor que ponemos. ¿Aburrido?: te falta amor.

¿Procuras entusiasmarte haciendo las cosas porque te da la gana (aunque en algún momento no tengas ganas? Entonces lo quieres de verdad, hay amor. La Misa es sumergirse en una corriente de vida y de amor. Si hay aburrimiento puede que no hayamos conseguido aún una conexión con Él: sólo el sentimiento de la persona viva del Señor asegura una participación madura, a prueba de los diversos talantes de los celebrantes, de los cambios en los gustos musicales, del adormecimiento o de la euforia del ambiente. "Ven conmigo", nos dice Jesús. Es fácil de entender y aceptar, y con los años nos vamos dando cuenta del contenido profundo y totalizante de esta invitación. Jesús poco a poco va radicalizando su propuesta, y nos pide más. Lo descubrimos como un maestro bueno, justo y merecedor de toda nuestra confianza, y nos pide un paso más: renunciar a nosotros mismos, como Él, darnos a los demás.

Catequesis eucaristica. 1. La Misa, fiesta del amor.

Autor: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net
La Misa, fiesta del amor.
La Iglesia es una familia de los hijos de Dios, extendida por todo el mundo
 
a) Un misterio de fe y de amor

En cuanto a la fe, decir que es un "misterio" no es quedarse en un "no se puede entender": es más bien un mar sin orillas, y penetrar en él es como atravesar
la puerta de un gran palacio y encontrarnos una estancia preciosa llena de tesoros que tiene a su vez cinco puertas cada una de las cuales da a habitaciones
más espléndidas... tesoros escondidos nos depara la Misa si ponemos el corazón, si profundizamos en ella desligándonos de los lazos de la tierra y del
tiempo y penetramos con Jesús en el cielo. El descubrimiento de este día es una gracia que se ha de pedir.

Y es también misterio de amor. Dicen de un obispo que daba catequesis a unos peques, y preguntó por qué comulgar a Jesús. Entonces, un gitano de entre
los más traviesos, contestó: "Zeñó, porque pa querelo hay que rosarlo". Hay muchos jóvenes que no van a Misa, cierto, y otros usan esta excusa para tampoco
ir ellos, pero no se trata de hacer lo que todos, sino de actuar en conciencia. Podemos recordar la vieja historia de un chico que tenía una novia en el
pueblo, y se fue a hacer la mili. Desde ahí escribía a la novia cada día. El cartero llevaba puntualmente las cartas a casa de la novia cada día, pero
él, influido por malas compañías, no iba nunca al pueblo a verla, sino que utilizaba los permisos para irse de juergas. Cuando acabó la mili y volvió al
pueblo, fue a casa de la novia y se encontró con la sorpresa de que la novia se había casado... ¡con el cartero! Ojos que no ven, corazón que no siente,
y al no ver nunca a su novio y ver sólo al cartero, acabó por enamorarse de él. Si dejamos de tratar a una persona, poco a poco podemos quererla menos,
y si esto nos pasa con Dios nuestro corazón puede llenarse con las cosas en las que ponemos el corazón.

Decía una chica, leyendo el "Cántico espiritual" de San Juan de la Cruz, que "hasta entonces no se me había ocurrido plantearme mi relación con Dios como
la de dos amantes... la palabra amor no me sonaba como amor real... esto me abrió una puerta, y pido al Señor cuando comulgo que me haga descubrirle/vivir
como mi Amado, y sentirme yo su amada".

La Misa es un acontecimiento de amor, en el que Jesús, "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". ¿Estamos tratando
a Dios como se merece?

b) Un encuentro con Jesús, y con los hermanos

Las grandes experiencias humanas (enamoramiento, amistad, contemplación, sentido estético, etc.) son muy difíciles de transmitir sino desde la "experiencia
vivida". Sin la experiencia del amor de Dios, el fracaso y la muerte, el dolor y los desengaños que acompañan el camino de la vida nos dan un carácter
agrio y resentido, y en cambio el sentido de Dios nos hace ver que como nacer y morir son fases hacia la resurrección, así todo tiene un lugar en los planes
de Dios: nos abre las puertas a la esperanza; no estamos solos, pues nos dice Jesús: "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt
28, 20). No es un recuerdo pasado sino la celebración de la presencia viva del Resucitado en medio de los suyos. Esta presencia pide a los cristianos que
se reúnan (que sean "ekklesia", asamblea convocada por el Señor resucitado, el cual ofreció su vida "para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban
dispersos": Jn 11, 52), y como manifestación externa de esa unidad se hace una fiesta que ya se vive desde los primeros cristianos: "acudían asiduamente
a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hechos 2, 42). "Haced esto en memoria mía", la fiesta de Jesús.


La Iglesia es una familia de los hijos de Dios, extendida por todo el mundo, y esta familia tiene un hogar en el que se reúnen todos, y en él una mesa
donde se celebra la comida preparada y servida con amor. Faltar a esta comida es separarse de la vida familiar, pues esa comida -esa cena- es el acto familiar
por excelencia, donde padres e hijos, hermanos entre ellos, renuevan su mutuo afecto y tratan las cuestiones de familia, y se dan consejos y exhortaciones,
ánimos para el bien de todos; cuando falta un hijo por cualquier motivo, es en la mesa cuando se ve su ausencia, y también ahí es cuando más se añoran
los difuntos que ya no están entre nosotros. Así también la Iglesia mira con afán alrededor de su mesa, en la mesa del altar, a ver si encuentra a todos
sus hijos, y con frecuencia llora ausencias. Algunos ni siquiera entran en el comedor, otros entran pero se miran la comida de lejos, inapetentes, desganados,
anoréxicos o con el paladar estragado con otros gustos que son del mundo, y no encuentran gusto en el alimento del alma, y así la Iglesia llora por estos
hijos.

No es formalismo, pues -comenta otro- "la vida me ha enseñado que ha de haber momentos fuertes de plegaria y de celebración, que el alimento de la fe no
puede dejarse a la sola espontaneidad, sino que ha de haber cierto orden para hacer las cosas como en el horario de comidas. Dicho de otro modo, he aprendido
la importancia de los ritos y de su repetición, como un cierto sentido cíclico en el tiempo". La asamblea eucarística dominical es un acontecimiento de
fraternidad, como se ve desde los primeros documentos cristianos (en la primera carta de Pablo a los Corintios ya se habla de las colectas en favor de
los hermanos necesitados, y en muchos sitios se ve como ponían todo en común).

Catequesis eucaristica. 2. ¿Por que ir a Misa?

Autor: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net
¿Por qué ir a Misa?
Ir a Misa no es cuestión de "ganas", sino estar convencidos de la grandeza del acto, más importante de la vida de la Iglesia.
 
Jesús dice que donde hay dos o tres reunidos en su nombre ahí está él en medio, y concretamente nos ha dejado una voluntad de repetir lo que él hizo en
la última cena, por esto hay una fidelidad a la palabra del Señor en el hecho de ir a Misa: "haced esto en memoria mía", y de ahí arranca una tradición
larga y viva, documentada desde entonces (por el año 50 dice San Pablo que "la tradición que yo he recibido y que os he transmitido a vosotros viene del
Señor. Jesús, la noche que había de ser entregado, tomó el pan... y dijo... ´haced esto´" e igual hizo con la copa, al darla repitió: "haced esto en memoria
mía". Ha sido transmitido como un testigo que se entrega a lo largo de la historia de generación en generación. Pero una memoria viva, que no pasa, que
es vida, pues la Misa es la cena del Señor que se actualiza cada vez que se celebra, hace presente sobre la mesa el sacrificio de su muerte.

a) Es el memorial de la pascua del Señor

En la despedida de dos personas que se quieren, se recurre a un símbolo: se intercambian un recuerdo... no se puede más, pero lo que nosotros no podemos,
lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo, sino la realidad: se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá
con los hombres. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente: con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

Se lee en uno de los escritos antiguos (Catequesis mistagógica, de Jerusalén): "Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan
y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: ´tomad y comed; esto es mi cuerpo´. Y después de tomar el cáliz y
pronunciar la acción de gracias, dijo: ´tomad, bebed; ésta es mi sangre´. Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: ´esto es mi cuerpo´, ¿quién se atreverá
en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: ´esta es mi sangre´, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo,
y bajo la figura del vino, la sangre; para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un sólo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al
pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de
la naturaleza divina...

No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y sangre de Cristo, de acuerdo con
la afirmación categórica del Señor; y aunque nuestros sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica la verdadera realidad: el mismo Jesús que nació
de María Virgen, al que adoraron los pastores y vivió en la tierra, está en el sacramento del altar y continúa en la reserva eucarística del sagrario para
que lo adoremos, le visitemos, nos arrodillemos ante él.

La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino
no es vino, aún cuando lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo".

b) El domingo, dia de la resurrección de Jesús, de fiesta y de fe, da nuevo sabor a la vida de cada día.

En la era de la técnica, cuando nos volvemos funcionales y productivos, perdemos la capacidad de admirar, de deleitarnos con las bellezas de la creación
y ver en ellas el reflejo del rostro de Dios; y de ahí surgen los motivos de la alegría y la esperanza, que dan nuevo sabor a la vida de cada día, y constituyen
el antídoto contra las tentaciones del aburrimiento, la falta de sentido y la desesperación. Desde los tiempos de los Apóstoles, los cristianos dedicamos
el domingo a dar culto a Dios. Es el día de la resurrección, cuando las santas mujeres encuentran el sepulcro vacío y se aparece vivo ante ellas y después
a los demás. Es una relación vital con Jesús. Revivimos la experiencia de los primeros cristianos cuando estando juntos se aparece Jesús en medio de ellos,
y al domingo siguiente volvió a aparecerse, y otro domingo les envió el Espíritu Santo, como dando continuidad a los encuentros dominicales.

El día santo tiene una extraordinaria riqueza de significado. Ciertamente, su sentido religioso no se opone a los valores humanos, que hacen del domingo
un tiempo para el descanso, para disfrutar de la naturaleza y para entablar relaciones sociales más serenas. Se trata de valores que, por desgracia, corren
el riesgo de quedar anulados por una concepción hedonista y frenética de la vida. Los cristianos, viviéndolos a la luz del Evangelio, le imprimen su sentido
pleno: la celebración de las maravillas de Dios.

Es impresionante leer el relato de Justino, y ver que hacemos la celebración con la misma estructura que hace 20 siglos (él escribe sobre el 165). Los
Hechos de los Apóstoles, como también otros documentos (la carta del año 112 del gobernador de Bitinia al emperador Trajano, hablan del modo de celebrar
la Misa).

c) El deber de participar en la Misa

Que la Misa a veces cuesta no es algo nuevo, ya lo dice el Nuevo Testamento en la carta a los hebreos: "ayudémonos unos a otros estimulados por el amor
mútuo y las buenas obras, sin faltar a nuestra reunión como hacen algunos". Y en otro documento primitivo (Didascalia, s. III) se anima a no colocar los
negocios temporales por encima de la palabra de Dios, abandonándolo todo el día del Señor, corriendo a las ceremonias litúrgicas; es decir, desde los primeros
siglos, los Pastores no han dejado de recordar a sus fieles la necesidad de participar en la asamblea litúrgica. Sólo más tarde, ante la tibieza o negligencia
de algunos, ha debido explicitar el deberde participar en la Misa dominical... esta ley se ha entendido normalmente como una obligación grave: es lo que
enseña también el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2181). Se comprende fácilmente el motivo si se considera la importancia que el domingo tiene para
la vida cristiana; más que una obligación es una exigencia profunda que puede cumplirse desde la víspera, sábado tarde. (Una observación. Las obligaciones
en la Iglesia no son por una ley del temor -miedo al castigo- sino de amor, pero a los santos les sirvió mucho el pensamiento de temer las penas del infierno.
Así, San Francisco Javier tuvo muy presente "¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si al final pierde su alma?" O sea que hay un temor bueno,
"el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría", que se opone a los miedos del hombre de hoy al futuro y a la muerte; en cambio, Jesús nos dice que "no
temáis a los que matan el cuerpo... temed más bien a aquel que puede, después de matar el cuerpo, echar el alma al infierno").

Saber qué es la Misa, con una catequesis adecuada, es vital para participar de modo pleno. Y corresponde ante todo a los padres educar a sus hijos para
la participación en la Misa dominical, ayudados por los catequistas... ilustrando el motivo profundo de la obligatoriedad del precepto. Y es que la Misa
dominical no es importante porque esté mandado, sino más bien es obligación asistir porque es muy importante, es la fuente y la raíz, el centro de toda
la vida cristiana, puede ser como el corazón de la canción de la que hemos hablado antes, de todo lo que hacemos durante la semana: "ha sido para mí como
el eje (´pal de paller´) del sentido de mi vida... un momento privilegiado para ir haciendo las opciones que dan sentido a todo... no puedo renunciar a
la Misa sin perder lo mejor de mi vida", dice un fiel, y esto es porque contiene el mismo Cristo, el tesoro de la Iglesia: la Misa es como el sol que ilumina
y da calor, cada día, a toda la vida del cristiano; y es menester que sea también la fuente y como el centro de la piedad cristiana.

Revivimos la experiencia de los Apóstoles, cuando Jesús se les aparece y Tomás proclama: "¡Señor mío y Dios mío!". Nos alimentamos de Cristo, pan de vida,
nos cristificamos por entero, nos transformamos en Cristo, participamos de sus sentimientos hasta pensar como él, valorar las personas y cosas según su
corazón, vemos a Cristo en las personas que nos rodean.

Entonces, ¿por qué es para muchos un peso ir a Misa? Por falta de fe y tantas razones que se pueden resumir en un dejarse llevar por la moda, de lo que
hace la gente (por ejemplo, los adolescentes se dejan influenciar mucho por lo que hacen los demás, hasta crear una especie de dictadura). Urge encontrar
el sentido cristiano de esta celebración gozosa, la pascua, sin que se queden en el "fin de semana", olvidando la resurrección de Jesús, el mandamiento
de santificar las fiestas, en primer lugar con la participación en la Santa Misa: marca el ritmo de la vida espiritual de toda la semana. En una sociedad
pluralista en la que estamos es cuando parece necesario más que nunca recuperar las motivaciones doctrinales profundas que están en la base del domingo.


En esta carta del Papa sobre "El día del domingo" ("Dies Domini") se plantea la celebración plena de esta fiesta, en sentido humano y espiritual, sin diluirlo
en el "fin de semana". Es la primera vez que un documento de la Iglesia está específicamente dedicado a la fiesta dominical, la fiesta de la resurrección
de Cristo; y -lo ideal es coger el librito del Papa y leerlo con atención- aquí no podemos tratar más que algunos aspectos. Antes la tradición cristiana
era muy fuerte y se veía facilitado el ir a Misa, por el ambiente cultural; pero ahora hay que ir "contra corriente", y para esto es necesario entender
que Dios es buen pagador: el tiempo que le dedicamos no es tiempo perdido; al contrario, es tiempo ganado para nuestra humanidad, es tiempo que infunde
luz y esperanza en nuestros días.

Los primeros tiempos del cristianismo fueron parecidos a los nuestros; cuando interrogan a los mártires -en el juicio para probar su pertenencia al cristianismo,
y poder ejecutarlos- sobre la asistencia a Misa, encontramos respuestas como: "-nosotros debemos celebrar el día del Señor, es nuestra ley". Y: "-sí, en
mi casa hemos celebrado el día del Señor. Nosotros no podemos vivir sin celebrar el día del Señor". Y la joven Victoria declara: "yo he estado en la asamblea
porque soy cristiana".

Los primeros creyentes sabían que ir a Misa no era cuestión de "ganas", sino que estaban convencidos de la grandeza del acto, el más importante de la vida
de la Iglesia, y hacían grandes sacrificios, como recorrer grandes distancias o arriesgar la vida para participar en la litúrgia eucarística. Sabían que
su primer deber era alabar a Dios por sus beneficios y recibir el cuerpo del Señor para sustento de la vida. E igual que arreglamos los horarios para hacer
lo que verdaderamente nos interesa, también si valoramos convenientemente la Misa asistiremos a ella, sacrificando el tiempo que haga falta. Nos dice el
Papa: "comprometeos a no dejarla nunca", "os recomiendo la participación en la Santa Misa festiva. Sois cristianos y por eso, no dejéis nunca la Santa
Misa. El encuentro con Jesús y con la comunidad parroquial es un deber", "pero debe ser también una alegría y un verdadero consuelo".

d) El fin de semana

Entendido como tiempo de reposo, a veces lejos del lugar de vivienda habitual, y caracterizado a menudo por la participación en actividades culturales,
políticas y deportivas, etc., tiene elementos positivos en la medida que contribuye a los valores auténticos, al desarrollo humano y progreso de la vida
social, pero tiene el peligro de que el hombre quede encerrado en un horizonte tan restringido que no le permite ya ver el "cielo". Nos preocupa ver como
los chicos salen del colegio el viernes mejor y algunos vuelven mustios el lunes. ¿Que ha pasado en esas 60 horas? Han tenido la posibilidad de hacer cosas
positivas (deporte, trabajos, descanso, amistades, ir a Misa...) o negativas (perder el tiempo, una tele desprogramada, vídeos o amistades inconvenientes...).
Hemos de protegernos ante un ambiente materialista que transpira en la vida social y medios de comunicación, de falta de valores, y nos puede entrar por
ósmosis. Para evitar el contagio, necesitamos aumentar la presión interior en nuestro hogar, el buen olor de Cristo. No dejarse llevar por la ley del gusto
sino adivinar las necesidades de los miembros de la familia, colaborar en proyectos comunes, tomar una parte activa en su formación (ver con ellos la tele
escogiendo antes los programas, para fomentar un sano espíritu crítico y diálogo abierto, sin que haya "tabús"; ir a los lugares de diversión con ellos
-al menos, saber dónde van-... formarles la conciencia, en definitiva), y con deseo de agradar a Dios, ayudar a que aprovechen el tiempo y se viva la sobriedad
en las diversiones
El domingo nos revela el sentido del tiempo. Todos vemos cuán rápido pasa el tiempo de nuestra vida, y nos interrogamos sobre el futuro, el sentido de
nuestra historia. Hay un hecho que no es pasado, sino siempre actual. Jesús vino en la plenitud de los tiempos. La resurrección no es un hecho pasado,
se hace presente cada siete días y nos trae la comunicación de la vida divina; es un acontecimiento de gracia y de salvación (kairós); recibimos la luz
de este sol radiante, aunque aún encontremos nubes que nos hagan pensar en dificultades insuperables, pero en el corazón hay una luz que nos hace tener
siempre esperanza.

Catequesis eucaristica. 3. ¿Que es la Misa?

Autor: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net
¿Qué es la Misa?
La Misa es el ofrecimiento de Cristo y nuestro al Padre.
 
Básicamente tiene dos partes, que son la Liturgia de la palabra (después de estar bien preparados por la petición de perdón de los pecados) y la Eucaristía.
Ofrecimiento al Padre de Jesús y nuestro, pues somos también nosotros hijos de Dios (como le dijo a María el primer domingo: "Di a mis hermanos: subo a
mi Padre, que es también vuestro Padre").

a) La litúrgia de la Palabra

"La Palabra de Dios proclamada en la celebración de la Eucaristía me ha llevado en diversos momentos de mi vida -dice otro testimonio- a tomar decisiones
concretas para ir adelante en hacer la voluntad de Dios en mi vida; no es cuestión de voluntad (muchas veces no encuentro esta intensidad) sino un don
de Dios". A nosotros nos toca, como en el milagro de Caná, llenar las tinajas de agua (estar ahí, dispuestos a la escucha de la Palabra): es Jesús quien
puede hacer el milagro de convertir el agua en vino (cambiar nuestro corazón), y hacer realidad lo que oímos al comienzo del Evangelio: "El Señor esté
con vosotros".

¿Cómo sería el encuentro con Jesús, por ejemplo el que tuvieron los discípulos de Emaús, cuando huían desanimados? Fue en el primer domingo, y estaban
tristes porque no tenían a Jesús; se les aparece en forma de caminante desconocido, y ellos le cuentan la amargura del fracaso: "Jesús dijo... hizo...
ahora está muerto..." El acompañante les explica el sentido de la cruz, y ellos dirán más tarde: "¿no ardían nuestros corazones mientras en el camino nos
iba explicando las Escrituras?" Reencontraron el sentido de sus vidas ; y cuando Jesús hace ademán de seguir adelante, le retienen "porque se hace de noche",
y al entrar y comer con él, le reconocieron al partir el pan, y entonces Jesús desapareció y ellos, gozosos, volvieron a Jerusalén, a dar testimonio de
Jesús.

Fijémonos que son como las dos partes de la Misa: la liturgia de la Palabra y la "fracción del pan", que Jesús hizo el jueves santo (y que estos discípulos
recordarían cuando reconocieron a Jesús). La Eucaristía nunca es aislada, sino que -inscrita en el año litúrgico, con unos sentimientos distintos según
sea la esperanza del Adviento, o el dolor de la Cuaresma o la alegría de Navidad o Pascua...- siempre nos hace viva la muerte y resurrección de Jesús,
por esto es buena disposición ver que la vida es como un camino de Emaús, un encuentro con Jesús en el que cada día hay una palabra suya que va germinando
en nuestro corazón, algo que nos va explicando por el camino.

Comienza la Misa con un beso al altar, porque el altar es Cristo. Invocamos a la Santísima Trinidad, fuente de vida sobrenatural; y queremos disponernos
bien con un acto penitencial, pidiendo perdón de nuestros pecados (para los pecados graves, se requiere el sacramento de la confesión)

Con las lecturas bíblicas, se continúa el diálogo de Dios con sus hijos, y proclamamos las maravillas de la salvación (especialmente los misterios de la
vida de Jesús hecho hombre y la fidelidad de Dios, que no se echa atrás de sus promesas). Esta palabra viva y eficaz, más penetrante que una espada, provoca
en nuestro corazón una conversión, un estímulo a darnos más, a amar más, nos infunde esperanza (la selección de textos de cada domingo se hace con un ritmo
cíclico de tres años). La homilía nos ayuda a actualizar estos tesoros bíblicos y aplicarlos a nuestras necesidades, como una semilla que puede producir
mucho fruto, aunque muchas veces lo entendemos a nuestro modo y vamos profundizando sabiendo que es algo inabarcable, como un iceberg cuya mayor parte
sigue hundida en el misterio y no se ve, aunque sepamos que está realmente ahí dando consistencia y haciendo posible la belleza de lo que se ve... Igual
que en una gota de rocío prendida de una hoja en una mañana clara y serena se refleja la entera bóveda terrestre, así también en la eucaristía se refleja
todo el arco de la historia de la salvación. Así los discípulos de Emaús -y nosotros también- se transforman de tristes en felices. El recuerdo de Emaús
ha quedado como una catequesis única de la Eucaristía ofrecida por el mismo Jesús resucitado... aún hoy en cada Eucaristía corre la brisa y la luz de Emaús...
se vuelve a oír la palabra de Dios explicada por Jesús mismo; es Él quien, ahora como entonces, nos pregunta qué nos pasa y deja que le comuniquemos nuestras
perplejidades, para introducirnos seguidamente en su misterio que hace arder nuestro corazón y que soluciona todos nuestros problemas. Su Palabra integrada
en nuestra vida; nuestra vida interpelada por su Palabra.

A continuación, proclamamos nuestra fe (renovación de las promesas bautismales), y rezamos unos por los otros: es la plegaria de los fieles para pedir por
vivos y difuntos (especialmente por los pobres y los afligidos).

b) Eucaristía (acción de gracias)

La plegaria Eucarística es propiamente la fracción del pan, es decir la renovación del sacrificio de Jesús, el memorial de su muerte y resurrección que
nos hace hijos de Dios. La Cena del Señor se llama "Litúrgia eucarística" pues consiste en una acción de gracias-bendición (con la consagración del pan
y del vino que hizo Jesús) y la distribución (comunión).

Como los discípulos de Emaús, reconfortados en aquel encuentro con el Señor cuando les abrió los corazones con el sentido de las Escrituras, queremos decirle
a Jesús: "quédate con nosotros, Señor, porque anochece..." pues se nos hace de noche sin Jesús: "sin ti se me hace oscuro todo"... y Jesús se queda. Le
decimos: "quiero agradecerte el regalo de la Eucaristía, quiero reconocerte en la fracción del pan, estar seguro de tu presencia. Cuando vienes a mí te
fundes conmigo, por un momento somos los dos uno. ¡Y cómo arde entonces mi corazón, Jesús! Cuando te siento tan cerca, ¡qué felicidad! Gracias, Jesús por
quedarte con nosotros de una manera tan sencilla, tan cercana". Sentándose a cenar con los de Emaús, le reconocen cuando "tomó el pan, pronunció la bendición,
lo partió y se lo iba dando". Jesús se hace alimento, para que recobremos las fuerzas; y en esta plegaria le pedimos: "quédate con nosotros! Quédate con
nosotros hoy, y quédate de ahora en adelante, todos los días..." Se queda como ofrenda al Padre, pues esta parte central de la Misa es una acción de gracias
a Dios Padre en Cristo.

Llevamos al altar todas las penas y alegrías, con la presentación de las ofrendas (pan y vino para la mesa, colectas para los necesitados, etc.) y ahí también
van los éxitos y fracasos de la semana, nos hacemos la voz de toda la creación y unidos a Jesús ofrecemos todo al Padre: trabajos y preocupaciones, alegrías
y tristezas..., toda la vida. El sacerdote pone unas gotas de agua en el vino: poca cosa, pero representa esta participación nuestra que -así como el agua
es una cosa con el vino- nos hará unir todo lo nuestro a los méritos infinitos de Jesús.

La liturgia eucarística, parte central de la Misa, se hace en el altar, lugar del sacrificio. Tiene lugar, después de las ofrendas del pan y del vino, y
de esta invitación a orar; el sacerdote reza una oración sobre las ofrendas y comienza una acción de gracias larga, introducida con un diálogo que eleva
los corazones a Dios y se proclama el "Santo, santo..." -juntando nuestras voces con los coros angélicos- ante el trono de Dios. Después, hay una invocación
al Espíritu Santo (epíclesis) para que transforme las ofrendas en cuerpo y sangre de Cristo, lo que ocurre en el relato de la institución de la eucaristía
(Consagración), donde se realiza la transubstanciación, la consagración del pan y vino que se convierten en el cuerpo y sangre del Señor, y podemos decir
con el discípulo Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!". Recordando la redención obrada por Jesús, ofrecemos al Padre la Víctima y junto a Jesús nos ofrecemos
nosotros.

Este es el sentido profundo de la Misa. Jesús ofrece su cuerpo (su vida por nosotros) y su sangre (derramada, su muerte por nosotros) y así también nosotros
hacemos nuestra consagración, ofrecemos nuestras vidas (vivir para los demás, por amor) y nuestra muerte (mortificación, es decir vida sacrificada, que
es llevar la cruz que es la señal del cristiano) y la comunión con Cristo y con los demás nos lleva a pedir ser "un sólo cuerpo y un sólo espíritu".

Vamos a detenernos en este actuar de Dios, amante que sale a nuestro encuentro, busca la oveja perdida y envía a su hijo para salvarnos: Jesús se hace
hombre y muere en la cruz y con su sacrificio cruento paga abundantemente los pecados de todos los hombres y nos reconcilia con Dios, y nos abre las puertas
del cielo. El Padre organiza la gran fiesta para el hijo que vuelve después de haberse perdido. Pensemos en un mendigo que es elevado a la categoría de
hijo, y el rey lo acoge como hijo propio. Pues mucho más que esto es lo que Dios hace con nosotros a través del misterio pascual de Jesús, de toda su vida.
Podemos considerar la Eucaristía bajo varios aspectos, principalmente como sacrificio ofrecido a Dios, y como sacramento de la presencia de Jesús.

Veamos ahora el sacrificio de Jesús por amor nuestro, y al hablar de la comunión nos referiremos a la presencia. Cuando el sacerdote consagra, ahí pasa
algo muy importante que aconteció hace 2000 años: el hijo de Dios baja a la tierra, nace haciéndose uno de nosotros, se sacrifica por mí, se ofrece por
cada uno en la Cruz, el calvario, místicamente pues el sacrificio se realizó sólo una vez. Pero es el mismo sacrificio. Una la víctima, Jesús. Uno el sacerdote,
Jesús. Y sólo se distingue en el modo (en la cruz, en su cuerpo que muere, y en el altar de modo "eucarístico", bajo las especies). Todos nos juntamos
para hacer la Misa, que no solamente vamos para "oír la Misa", sino a "hacerla" con el sacerdote. Porque vamos a ofrecer y a hacer sacrificios con él.
La Misa es la viva actualización del sacrificio de la Cruz.

En la Misa se cumplen también aquellas palabras de Jesús: "cuando fuere levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Somos entonces
sacerdotes de nuestra propia existencia, como dice san Pedro en la primera carta: "vosotros sois linage escogido, sacerdocio real, pueblo adquirido por
Dios". En la Eucaristía el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento,
su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. Esta participación de toda la comunidad asume un
particular relieve en el encuentro dominical, que permite llevar al altar la semana transcurrida con las cargas humanas que la han caracterizado.Y por esto
Jesús en palabras del sacerdote dice "sacrificio mío y vuestro"

El aspecto central y principalísimo de la Misa consiste en su carácter de sacrificio, que perpetúa el único y perfecto sacrificio de Cristo en la cruz;
ahora de manera incruenta, con la separación mística de las dos especies; y el ofrecimiento de este sacrificio se realiza -por el ministerio del sacerdote-
mediante la doble consagración del pan y del vino, que significa la separación del Cuerpo y de la Sangre, la muerte de Cristo.

Después de la consagración hay un recuerdo explícito de la pasión y resurrección de Cristo (anamnesis), la oblación del Hijo al Padre, y unas intercesiones
por los vivos y difuntos. Termina esta plegaria al Padre con una acción de gracias a la Trinidad (doxología) que es asentida por el pueblo (Amén).

c) La comunión

Llega el momento de distribuir el cuerpo del Señor, y nos preparamos con la recitación del "Padrenuestro", la oración de los hermanos, pues quien comulga
con la cabeza de la Iglesia (Cristo) ha de comulgar con el cuerpo (fraternidad, compartir y perdonar). Si rezamos esta oración cada día la gustaremos el
domingo de un modo especial. ¿Cómo hablar con Dios? nos preguntamos a veces: vamos a paladear bien, lentamente, el padrenuestro.

Después de toda la plegaria eucarística, dirigida al Padre, en Cristo, ahora dirigimos la oración a Jesús, con la petición de la paz: "Señor Jesucristo,
que dijiste... la paz os dejo... no mires nuestros pecados..." Y antes de la fracción del pan le pedimos que él, Cordero de Dios que quita los pecados
del mundo, tenga piedad de nosotros y nos dé su paz.

Jesús viene a nosotros, y se consuma la Misa, que tiene un valor infinito. Pero depende de nuestra fe, pues es como un océano de agua, que podemos ir a
recoger con un vasito pequeño (distraídos, sin prepararnos, sin comulgar) o bien con una gran tinaja (devotamente, con amor, comulgando bien confesados);
es decir que la eficacia depende de las disposiciones que llevemos, y por eso se dice sacramentos de la fe, pues producen la gracia que significan, pero
al mismo tiempo se expresa y enriquece nuestra fe. Hemos procurado hacer actos de fe, mientras el sacerdote hacía la fracción del pan y recordábamos las
palabras del centurión, y por dentro pensábamos que si una sóla palabra de Jesús es capaz de curar cualquier dolencia, ¡cuánto más tenerle, bien dispuestos,
dentro de nosotros! Lo deseamos, como la mujer que padecía flujos de sangre quedó curada al tocar el manto de Jesús, pero nosotros tenemos más, podemos
comulgar. Vemos junto a la Eucaristía, con los ojos del alma, los ángeles adorando la Hostia. Pensemos si lo reconocemos por la fe, nosotros también en
la fracción del pan.

Toda la participación plena y activa en la liturgia va hacia aquí, celebrar "el día que Cristo ha vencido la muerte y nos ha hecho participar de su vida
inmortal" (plegaria eucarística), y allí hay un carácter esponsal, anticipo de la celestial unión con el divino esposo; "engalanada como una novia ataviada
para su esposo" (Apo 21, 2); allí es donde está el Misterio de nuestra Fe. Mucha gente dice hoy, como Tomás antes de tener fe, escandalizado por la cruz,
cuando le hablan de Jesús resucitado: "si no lo veo no lo creo", y Jesús se le aparece y le dice: "Tomás, no seas incrédulo, sino creyente"; y nos promete
la felicidad cuando dijo: "bienaventurados (felices) los que sin haber visto creerán". Buen momento para decirle también nosotros: "¡Señor mío y Dios mío!"
y pedirle más fe: "creo firmemente que estás aquí con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y tu Divinidad. Auméntame la fe, la esperanza y la caridad...
te adoro con devoción, Dios escondido".

Jesús se da como alimento de los que peregrinan: "quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré en el último día", "si no
coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros". Así como la comida es necesaria como alimento del cuerpo, el
alma necesita la Eucaristía; es necesaria en cualquier circunstancia de cansancio o agobio, hambre y sed de salvación, en salud y enfermedad, en juventud
y vejez, fortalece a todos y es "viático" para quienes están a punto de dejar el mundo...

La comunión sacramental produce tal grado de unión personal de los fieles con Jesucristo que cada uno puede hacer suya la expresión de San Pablo: "Vivo
yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2, 20). La comunión eucarística se convierte así en germen de resurrección y en soporte de nuestra
esperanza en la transformación futura de nuestros cuerpos mortales. Pero al mismo tiempo hace de nosotros un solo cuerpo en Cristo (cf. 1 Cor 10, 16-17)
y nos hace vivir en el amor y ser solidarios con todos nuestros hermanos: como exhortaba San Pablo a los fieles de Corinto, es una contradicción inaceptable
comer indignamente el Cuerpo de Cristo desde la división o discriminación (cf. 1 Cor 11, 18-21). El sacramento de la Eucaristía no se puede separar del
mandamiento de la caridad. No se puede recibir el cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, están
encarcelados o se encuentran enfermos.

Jesús hace realidad lo que dijo: "Yo estaré con vosotros cada día hasta el fin de los siglos" (Mt 28, 20) y también "Venid a mí todos los que estéis cansados
o agobiados, y yo os aliviaré" (Mt 11, 28). Está con nosotros en la comunión con una presencia substancial, es decir que está presente el mismo Jesús que
nació en Belén y creció en Nazaret y que hizo milagros y murió en el calvario, el mismo que está en el cielo es el que se nos da en la comunión. En su
sermón de Cafarnaüm, nos abrió este sentido: "Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Este es el pan que
baja del cielo, para que el que lo coma no muera más... el que come de mi carne y bebe de mi sangre tiene ya la vida eterna y yo lo resucitaré el último
día..." todo ello es prefiguración de lo que en la última cena dijo Jesús, ofreciendo el pan y el vino: "tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo...
tomad y bebed todos, que este es el cáliz de mi sangre"... y ante el desconcierto de algunos, que se escandalizan, podemos decirle nosotros con san Pedro
que no queremos dejarle: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna". Estar sin Jesús es un infierno insoportable, y estar con Jesús es
un dulce paraíso. Esta apertura a Dios está compuesta de conversiones interiores, en docilidad a las mociones del Espíritu Santo.

Es lo que dicen los poetas sobre la apertura del alma a Dios, como el florecer de las plantas que no pueden contener la primavera que llevan dentro: "con
un roce de tu mirada ya me rindo / y aunque yo me haya cerrado como un puño / tú siempre abres, pétalo tras pétalo, mi ser / como la primavera abre con
un toque diestro y misterioso / su más terca rosa. / Y es un misterio esta destreza tuya de mirar y abrir / pero lo cierto es que algo me dice que la voz
de tus ojos / es más profunda que todas las rosas / Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas" (E.E. Cummings).

Los cerrojos saltan, el resentimiento da paso a la confianza, entendemos el "Si no os hacéis como este niño, no entraréis en el reino de los cielos" y
nos hacemos niños en la fe y abandono confiado... El alma se hace como una rosa abierta que desafía la tempestad de la desconfianza. En la comunión, al
contemplar a Jesús que se juega el todo por el todo, el alma ansía entregarse, ponerse en las manos de Dios. Aunque esa confianza y entrega plena a veces
da miedo, pues es perder la vida: "el que quiera perder su vida la perderá y el que la pierde la salvará", dijo Jesús. Se ve que hay que sustituir el buscar
el éxito por el servicio. Y así como la comida se destruye, es pura gracia: amor, así también nos hacemos hostia viva como Jesús, pan blanco para comida
de la gente, para servicio.

La presencia del amado es una necesidad del amor, y como una madre que dice a su pequeño: "te comería a besos" así Jesús nos dice "toma, cómeme". Contemplar
su pasión y muerte por amor nuestro nos hace proclamar: "Jesús, te has pasado...." y ahí todo tiene un sentido unitario. Entendemos que lo que hacíamos,
a veces con cierta rutina, no eran cosas desgajadas, versos sueltos, sino fragmentos de una canción que ahora tienen sentido, pues en la Misa adquiere
todo su unidad. Ahí Jesús revela el amor. Radica ahí la verdadera alegría de vivir. Jesús va llamando a nuestro corazón "ábreme. Estoy a la puerta y llamo,
el que me abra cenaré con él y él conmigo". Y entonces la gracia aparece con todo su esplendor como un regalo, encanto, brillo, exulte: "me encuentro feliz".


¡Qué momento más bueno, para decirle a Jesús cosas íntimas!, para pronunciar una comunión espiritual: yo quisiera recibirte, Señor, con la pureza, humildad
y devoción con que te recibió tu Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos. Los cantos y los silencios sagrados, la música y los detalles
de urbanidad, todo es secundario en relación a la comunión (aunque también esos detalles realzan la dignidad de la Misa, y demuestran la fe de quien sabe
qué se realiza, y por esto están regulados los colores litúrgicos y los ornamentos, etc., y denotaría poca fe cambiarlo). La comunión es un misterio inmenso,
pues no transformamos el cuerpo de Jesús en el nuestro sino que Jesús nos hace como él (espirituales, hijos de Dios). La fe nos va llevando a tratar a
Jesús como una persona viva, y transformarnos hasta poder decir: "No soy yo el que vivo, es Cristo quien vive en mí".

Esta acción de gracias después de comulgar -tiempo de recogimiento en el que agradecemos a Dios que haya venido a nosotros-, puede continuar aún después
del saludo final del sacerdote: "Podéis ir en paz": así acaba la Misa. Somos enviados a llevar la paz, llevando a Jesús con nosotros: vemos a Jesús en
los demás, y pensamos que dar un vaso de agua fresca a quien lo necesite es también ayudar a Jesús que está en aquel hermano. Ir en paz es una misión que
cumplir, es comprender y perdonar (condición que pone Dios para podernos perdonar).

Catequesis eucaristica. 4. Como vivir mejor la Misa.

Autor: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net
Cómo vivir mejor la Misa
Importantes puntos para vivir mejor la Misa.
 
a) Nuestra fe será más profunda y consciente en la medida que conozcamos, apreciemos y vivamos la Santa Misa.

Los fines de la Misa son:

La adoración a Dios
Acción de gracias
Petición de perdón
Pëticiones

A esto vamos a Misa, no a "divertirnos", sinó a "convertirnos" de corazón... son necesidades íntimas que notamos en nuestro interior: ser agradecidos,
hacer penitencia por lo que hacemos mal...

b) Tener conciencia clara de la íntima vinculación entre la comunión con Cristo y la comunión con los hermanos.

La asamblea eucarística dominical es un acontecimiento de fraternidad; en un ambiente dominante de egoísmo esto es aún más importante: no se le puede dar
más importancia a la obligación de ir a Misa los domingos que al compromiso continuo de estar dispuestos a dar la vida los unos por los otros. Separar
la Eucaristía de este esfuerzo cotidiano, reduce el sacramento a un hábito mágico o lo convierte en unamentira cercana al sacrilegio; el amor al prójimo,
el estar dispuestos a dar la vida por los demás son actitudes que forman parte del signo eucarístico. El pan y el vino, que son Cuerpo y Sangre de Jesús,
tienen que estar amasados no sólo en el hogar sino "con" el amor del hogar, de lo contrario pierden el punto referencial que los hace eficaces. Vivir la
Eucaristía es recordar el mandamiento del amor, lavarse los pies (servir a los demás, descubrir las necesidades)

c) Es una Celebración

Sabiendo que es un acto festivo, una invitación, no se puede asistir a Misa con una actitud propia de un restaurante, donde se llega a la hora que se quiere,
y vamos solos o en grupo, y cada uno va a la suya... podemos imaginarnos una historia.

Jordi llega a su casa: "hola cariño -saluda a su mujer-... voy a jugar tenis, Manuel y yo hemos quedado, lo siento porque no podré quedarme a cenar..."

-"Pero Jordi -contesta la mujer-: es ya tarde, y quería estar contigo el día de tu cumpleaños... te tenía preparada la comida que te gusta: carne a la
borgoñona, verduras, una tarta de limón..."
-"Lo siento cariño, tomaremos algo en un frangfurt..." y mientras sale por la puerta dice unas últimas palabras: -"tómatelo tú".
Ella cae sentada allí mismo donde estaba, y llora con fuerza mientras no sabe repetir otra cosa que "-¡no me quiere!".

Pues esta falta de consideración es la que tenemos con Jesús no valorando -despreciando- este amor que ha tenido con nosotros, cuando no vamos a Misa,
o no queremos comulgar bien preparados, o no hacemos la acción de gracias... abandonando la celebración antes de que haya acabado, o pasando al lado de
las personas con las que hemos estado en Misa sin saludarlas... No: la Misa es una participación en el banquete de Jesús, y participar es señal de gratitud
y de amor. Él ha tenido esta genialidad para que le recordemos, para estar con él; una invitación que contiene un flechazo de amor como el que sintió Zaqueo
cuando se subió a un árbol para verle mejor, y Jesús le dice al verle: "Baja, Zaqueo, que hoy quiero comer en tu casa"; y hace un cambio radical en su
vida. Muchas amistades con Jesús comienzan así, con un poco de curiosidad para que el corazón quede después impactado con la mirada de Jesús... y cenamos
con él. Jesús preparó cuidadosamente la Eucaristía durante toda su vida y se concretó en la última Pascua, a la que también nosotros estamos invitados
junto con los Apóstoles, pues es una cena más allá del espacio y del tiempo... este signo que empezó entonces durará hasta que El vuelva.

d) Prepararnos para la comunión.

Es el alimento esperado desde todos los tiempos. El maná del desierto. El pan ázimo que representa la marcha liberadora de la esclavitud de Egipto. Es
el pan que da fuerza al profeta exausto para andar cuarenta días. No es lo mismo comulgar o no hacerlo, como decía una monitora que trabajaba en Navidad
en un campamento de chicos y pidió al director ir a la Misa del gallo. Le contestó "¿Por qué no la miráis por la tele?" y ella contestó: "Escuche, cuando
le inviten a un buen banquete, yo también le diré que por qué no lo mira por la tele" (el director les dejó ir).

Aquellas multitudes que fueron saciadas por Jesús cuando la multiplicación de los panes representan los que gustan de este pan del cielo; y es fundamental
que participemos de este alimento. Decía un alma piadosa: "A veces me asusto pensando en los que han decidido, por las razones que sean, no comer de este
manjar cuyo contenido espiritual es más consistente que lo que se puede ver y tocar. Es como si hubieran iniciado, con esa decisión, una terrible huelga
de hambre, un ayuno suicida que les llevará a no poder resucitar.

Se puede caer en esa especie de anorexia del espíritu en la que el alma ha perdido el instinto de conservación, mientras que el dueño de la vida, porque
ha vencido nuestra muerte, nos ofrece gratis, con el gesto más solidario que pueda existir, un banquete infinito". Para poder participar de este banquete
es necesario creer. ¿Qué es lo que pretende Jesús? Pues nada tan alto como que, comiendo su cuerpo, participemos en su divinidad; en la Eucaristía nos
transformamos en lo que comemos, como dice la LG 26: "La participación del cuerpo y sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos". Esta
divinización del hombre podemos representarla con la imagen de la custodia. "Las custodias generalmente representan un sol cuyo centro es Él. Un encuadre
perfecto que nos puede recordar que Jesús Eucaristía es la diana del cosmos. Punto de partida y de llegada de la creación entera. En torno a cada ostensorio
o custodia bien pueden girar todas las galaxias, poniendo a la humanidad entera de rodillas en primera fila para adorarlo. Jesús Eucaristía el Hijo de
Dios, el mismo que inició este sublime traspaso lavándonos los pies" (Fanlo, 30).

Pero de nada aprovecha la carne si no lo aprovechamos en el espíritu, que es el que da vida. Por esto, en primer lugar hemos de tener el discernimiento
de lo que hacemos, examinar nuestra conciencia: estar en gracia de Dios, pues si fueran conscientes de pecados graves para comulgar hay que recibir el
perdón de Dios mediante el Sacramento de la reconciliación, pues como dice San Pablo "quien come el pan o bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo
del Cuerpo y de la Sangre del Señor", y también se nos pide no haber probado alimento una hora antes (excepto los enfermos).

e) Dar gracias a Dios.

Como y se ha dicho, después de que se nos ha ofrecido la eternidad en forma de banquete, procuramos dar gracias a Dios, sabiendo que somos un auténtico
sagrario. Un niño que tenía que ir al mar a hacer submarinismo, le decía a Jesús en esos momentos: "ahora irás conmigo al mar, como si fueras en un submarino".
A veces con la ayuda de un misal o devocionarios encontraremos textos apropiados para facilitarnos estos momentos tan preciosos, para pedir por nuestras
necesidades y nuestra conversión a Dios, cuando lo tenemos dentro.

f) Podemos visitar durante la semana a Jesús en el sagrario y adorarlo en contemplación.

Exponerle en confianza nuestros asuntos y descansar en Él. Este es el motivo (junto con la comunión de los enfermos, motivo principal) de que se reserve
a Jesús en el sagrario de nuestras iglesias.

Catequesis eucaristica. 5. Conclusion.

Autor: P. Llucià Pou | Fuente: Catholic.net
Conclusión: el domingo, la gran fiesta
Un día de Dios dado al hombre para su pleno crecimiento humano y espiritual.
 
El precepto de santificar las fiestas nos ayuda a regular un deber esencial del hombre con respecto a su Creador y Redentor, y darle culto especialmente
con la asistencia a Misa. Celebrar el domingo nos llena de alegría y permite que encontremos la paz y el amor de Jesús, para poder darlos a los demás.
Y el descanso dominical no es sólo reponer fuerzas sino principalmente esta dedicación a dar culto a Dios, y poder gozar de la vida en familia, y así
el domingo cristiano es un auténtico "hacer fiesta", un día de Dios dado al hombre para su pleno crecimiento humano y espiritual. Un descanso alegre y
solidario, pues debe ofrecer también a los fieles la ocasión de dedicarse a las actividades de misericordia, de caridad y de apostolado; ha de reconocer
cada uno que no se puede ser feliz "solo", y por tanto buscar a las personas que necesitan su solidaridad. Cultivar amistades, visitar enfermos y otras
formas de caridad (no caer en formas fáciles de descanso como estar el día ante la televisión mientras la conciencia nos recuerda visitar un pariente que
necesita nuestra ayuda, o conversar con un amigo, o hablar -el padre o la madre- a solas con un hijo que necesita una conversación, o la tertulia familiar,
con buen humor...).

La alternancia entre trabajo y descanso no es un capricho: el descanso es una cosa sagrada, y así las preocupaciones materiales que nos absorven dejan
paso a las amplitudes del espíritu, y las personas que nos rodean recuperan su verdadero rostro; las mismas bellezas de la naturaleza son gustadas profundamente.
Sin que sea el descanso algo vacío ni motivo de aburrimiento, porque se busca el enriquecimiento espiritual. Si no, podemos vestirnos de fiesta pero sin
saber "hacer fiesta", celebrar la fiesta, el domingo, como dicen los primeros cristianos del siglo II: "pasando toda nuestra vida como en una fiesta, persuadidos
de que Dios está en todas partes, trabajamos cantando, navegamos al son de himnos, nos dedicamos a todas nuestras ocupaciones rezando.

El cristiano que realmente lo es, habita constantemente con Dios: está siempre grave y alegre; grave por el respeto que debe a la presencia de Dios: alegre,
porque reconoce todos los bienes que Dios ha hecho al hombre". Esto es lo que nos propone la Iglesia: Los cristianos convocados cada domingo para vivir
y confesar la presencia del Resucitado están llamados a ser evangelizadores y testigos en su vida ordinaria. Y así hacer del día una Misa, dar testimonio
de Jesús resucitado en el día a día, y nuestro corazón -como en un altar- ofrecerá a Dios todo lo que hacemos, unidos a Jesús: las situaciones concretas
de la familia y de trabajo, relaciones sociales...

El Papa Juan Pablo II nos animaba a mirar a la Virgen, para que "nos haga tomar conciencia de los dones de Dios y que el domingo se convierta cada vez
más en el día en que las personas y las familias, reuniéndose para la Eucaristía y viviendo un descanso rico en alegría cristiana y solidaridad, canten
la alabanza del Señor con los mismos sentimientos del corazón de María".

Bibliografia:

Juan Pablo II, Dies Domini, 1997; Centre de Pastoral Litúrgica, Anar a Missa, per què?, Barcelona 1999; Id: Per què vaig a Missa els diumenges, Barcelona
1998; J. Gomis, La missa, el diumege, la vida,Barcelona 1999; Josep Riera, per què hem d´anar a Missa. Una resposta. Vic 1986; Leandro Fanlo, "La Eucaristía,
una fiesta infinita", Madrid 1998; Raniero Cantalamessa, "La Eucaristía, nuestra santificación", Valencia 1997; J. Escrivá de Balaguer, "La Eucaristía,
misterio de fe y de amor", Madrid 1973.

¿Podemos imaginar algo mas maravilloso en la tierra que la Misa?

Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
Muchos católicos no tienen misas
¿Podemos imaginar en la tierra algo más maravilloso que la misa? ¿Hay un momento en la semana que pueda compararse con los instantes en los que podemos asistir al misterio de la Pascua? 
 
 
Hay católicos que ven con desgana la posibilidad de ir a misa los domingos, aunque la iglesia esté cerca de sus casas. Unos porque se cansan en la homilía (larga, o aburrida, o molesta). Otros porque han reajustado su escala de valores y dedican el domingo a diversas actividades (deporte, televisión, o más tiempo en la cama) sin dejar ningún espacio para la misa.

En otros lugares, hay católicos que sólo pueden tener la misa una vez al año (con suerte) porque faltan sacerdotes. O católicos que van a misa a pesar del miedo y las amenazas de quienes adoptan actitudes agresivas, llenas de odio, hacia los cristianos. O católicos que llevan varios años sin ver un sacerdote y sueñan con la inmensa alegría que les produce el que pase algún misionero para celebrar la misa, confesar y administrar otros sacramentos.

Valoraríamos mucho más la misa si nos diésemos cuenta del privilegio que significa tener una parroquia más o menos cerca de casa con un sacerdote que puede celebrar el gran misterio de la Eucaristía.

Es cierto que la costumbre nos hace perder el sentido auténtico de cosas importantes; pero aprendemos a valorar más lo que tenemos cuando nos damos cuenta de que hay millones de personas que sueñan, ardientemente, con poder tener una misa cada semana y en un clima de paz.

Además, ¿es que podemos imaginar en la tierra algo más maravilloso que la misa? ¿Es que hay un momento en la semana que pueda compararse con los instantes en los que podemos asistir al misterio de la Pascua, cuando Cristo se da para salvarnos del pecado y para acercarnos a la dicha del cielo?

Con un poco de mayor fe y con los ojos y el corazón abierto a la situación terrible que vive nuestro mundo lleno de anticristianismo, valoraríamos mucho más cada misa. Los pequeños sacrificios que a veces realizamos para estar presente en ese gran milagro nos parecerían nada comparados con el anhelo y la sed de Eucaristía que tienen tantos hermanos nuestros.

Si recordamos a esos hermanos nuestros, sentiremos el alma un poco más abierta y disponible a recibir a Dios, a pedir su misericordia en la confesión, a comulgar santamente. Y elevaríamos una oración sincera y llena de esperanza al Padre de los cielos para que envíe obreros a su mies, sobre todo en tantos lugares del planeta donde recibirían la llegada de sacerdotes con una alegría que apenas podemos imaginar.

Jesus resucito, esta partiendo el pan para ti.

Jesús resucitó, está partiendo el pan para ti
Junto a nosotros, es El, "sus manos están partiendo el pan" y la gracia se hace viva en nuestros corazones.
Autor: Ma Esther de Ariño | Fuente: Catholic.net

 


Por el camino de Emaús dos de los seguidores de Cristo regresan a su pueblo. Emaús es una pequeña aldea de Judea, dista unos once o doce kilómetros de Jerusalén. Está atardeciendo. Van llenos de amargura y decepción. Saben que Cristo, el Maestro ha muerto. Han oído algo que han dicho unas mujeres de su Comunidad pero no quieren prestar oídos; piensan: si hubiera resucitado lo hubiéramos visto.

María Magdalena con su amor vivo y esperanzado lo ha visto ya, ellos tendrán que "calentar el corazón" como nos dice San Lucas.

Mientras ellos van conversando de todo lo sucedido, un caminante se les ha unido y les va hablando con voz cálida y persuasiva: -" Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas ¿no era preciso que Cristo padeciera eso y entrara así en la gloria?. Y empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó todo lo que había sobre él en todas las escrituras" ( Lucas 24, 25-27).

Lo oían y estaban embelesados pero no lo reconocían. Como nos dice Evely: -" Jesús no se impone, aunque se proponga siempre así mismo. El nos deja libres. ¡Nada resulta tan fácil como obrar cual si no lo hubiésemos encontrado, como si no lo hubiésemos oído, como si no lo hubiésemos reconocido!". No queremos saber que camina en nuestro mismo camino y siempre junto a nosotros. No vaya a se que sus palabras y su mirada nos haga sus prisioneros.

Pero hay veces que es una enfermedad, un accidente, una pena, un momento especial en nuestras vidas que hacen que lo veamos, que la venda caiga de nuestros ojos, y ahí está, frente a nosotros, junto a nosotros, es El, "sus manos están partiendo el pan" y la gracia se hace viva en nuestros corazones.

Y los apóstoles que están cenando con el caminante, al reconocerlo se levantan, corren y regresan a Jerusalén. No guardan para sí su alegría, tienen que comunicarla y repartirla. Así nosotros, si el compañero de nuestro diario vivir es Jesús, no podemos esconder ni guardar para nosotros solos esa gran verdad, hemos de proclamarla para que todos los hombres estemos conscientes de esa maravillosa compañía.

El sabe lo testarudos que somos lo difícil que le es al hombre creer en lo que no ve. Más aún, en lo que no palpa. Y cuando se vuelve a aparecer al resto de los apóstoles adivina sus pensamientos y les dice:- " ¿ Por qué os turbáis y por qué sube a vuestro corazón esos pensamientos?. Ved mis manos y mis pies. Si soy yo. Palpadme y ved, los espíritus no tienen carne y huesos como veis que tengo yo" ( Lc, 24, 38-43).Y les va mostrando sus manos donde están sus heridas aún abiertas. Abre su túnica y ven su carne rota por larga y profunda herida, allí donde late el corazón. No hay misterios ni fantasías. Es El, y con una sonrisa tierna les dice:-" ¿Tenéis algo de comer?.

Tomás no estaba con ellos en ese grandioso momento. Sobre esto Evely nos comenta:-" Tomás es un auténtico hombre moderno, un existencialista que no cree mas que en lo que toca, un hombre que vive sin ilusiones, un pesimista audaz que quiere enfrentarse con el mal, pero que no se atreve a creer en el bien. Para él lo peor es siempre lo más seguro". Y cuando Jesús le dice:-" Tomás trae tu dedo y mételo en las llagas de mis manos, trae tu mano y métela en mi costado"(Jn 2O,27). Tomás toca, palpa y deslumbrado y aplastado, cae de rodillas y dice :-" Señor mío y Dios mío". Y Jesús responde ante esta bellísima oración:-" Tomás porque has visto has creído, dichosos los que han creído sin ver".

No nos empeñemos en "tocar y ver". Amémosle, que es mucho más sólido nuestro amor que nuestras manos. La humildad y profundidad de nuestra fe hará que haya una llama ardiente en nuestro corazón porque sabemos, porque creemos que Cristo es el compañero fiel en todo los instante de nuestra vida.

Senor, ¿por que nos amas tanto?

Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
Señor... ¿por qué nos amas tanto?
Jesús, el saber que estás en el Sagrario, me hace pensar que si nos amaste hasta dar tu vida por nosotros pues... ¡si que debemos de valer!.
 
Señor... ¿por qué nos amas tanto?
Ante ti, Señor, pongo mis ojos en esa pequeña puerta, que esconde la grandeza de un amor infinito como infinita es tu bondad, infinita tu paciencia e infinita
tu humildad. ¿Por qué, Señor?...¿Por qué nos amas tanto?

No es posible saber de tu espera eterna en todos los Sagrarios de este mundo, y no sentir la nada que somos, lo poco que merecemos, el fardo que cargamos
tan pesado de nuestros errores y faltas, de lo poco que valemos... pero ya ves, Jesús, el saber que estás ahí, me obliga a pensar que si valemos mucho,
porque si nos amaste y nos amas hasta dar tu vida por nosotros pues... ¡si que debemos de valer!.

Y al pensar en esto me dan ganas de llorar por lo mal que te correspondemos, lo mezquinos y tacaños que somos para todo lo concerniente a tu sagrada persona....horas
y horas ante la televisión, ante la "ventanita" de Internet, tardes enteras de cine, de café, de espectáculos, a veces con grandes sacrificios de filas
y de dinero para verlos.... todo, todo lo damos, todo nos parece poco para asistir o lograr aquello que nos interesa y seduce....

Pero para ti, Señor, apenas y nos detenemos un instante ante tu figura de Dios hecho hombre muriendo en una cruz con los brazos abiertos para esperarnos
y redimirnos.... ¡Qué poco tiempo para tí, Señor!.

Los días trascurren... mañana, tarde y noche y vuelta a lo mismo... ni un pequeño rato, a veces ni un minuto para ti y cuando llega el domingo, que es
el Día del Señor, tu Día, si es que nos late entramos al Templo donde tu estás, siempre esperando.... ¡y qué larga es la media hora de la misa!.

Estamos empezando los cuarenta días que nos llevarán a desembocar en la Semana de los mayores tormentos que se le pueden infligir a un ser humano, pero
aún peor a un Dios que por amor acepta libre y voluntariamente todo eso y más, hasta la muerte. ¿Nos paramos, en nuestro loco correr, para pensar un pequeño
instante en esto?
¡Cómo desearías que esto ocurriera, Señor!.

Quizá nunca nos confesamos de este desamor, de esta gran indiferencia....

Como un acto de desagravio, a tanta frialdad y olvido, recordamos el Salmo 50:

"Misericordia, Señor, hemos pecado."
Por tu inmensa compasión y misericordia,
Señor, apiádate de mi y olvida mis ofensas.
Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados
Puesto que reconozco mis culpas, tengo siempre presentes mis pecados. Contra ti solo pequé, Señor, haciendo a lo que a tus ojos era malo.
Crea en mi, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos. No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mi tu santo espíritu.
Devuélveme tu salvación, que regocija, y mantén en mi un alma generosa. Señor, abre mis labios y cantará mi boca tu alabanza.
Misericordia, Señor, hemos pecado"

Se que nos miras con ojos llenos de amor porque eres Padre y te damos un poco de pena al vernos tan vulnerables... pero ese gran amor nos dará la fuerza
que necesitamos para tratar de ser cada día un poco mejores y pensar también un poco más en ti.

Es todo lo que nos pides... es todo lo que deseas.

mayetey@gmail.com

Sentido de la Misa del domingo.

Sentido de la misa del domingo. Un trato de corazón a corazón, fruto del amor y no de la costumbre, creando un "espacio interior".
Autor: P Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net


Una mujer comenzó a ir con sus padres a Misa por costumbre. Después, al profundizar en la fe, vio que "empezaba a tener otro sentido, un sentido de compromiso, me sentí más implicada... descubrí el valor de la Eucaristía como un encuentro con Cristo..."

En nuestra sociedad actual, la asistencia a Misa depende de la costumbre del entorno familiar, de la fe que se ha recibido desde pequeños... y cuando se asiste a Misa por ejemplo en acontecimientos sociales o fiestas principales, incluso los que no saben "qué pasa ahí" sienten alguna motivación, el gusanillo de profundizar, pues no solo queremos vestirnos de fiesta sino que queremos participar en la fiesta, celebrarla. Como en las familias, que tienen un plato preferido para ciertas celebraciones. Queremos tener una relación viva y personal, maravillosa, con Jesús. Qué lástima, escuchar palabras y cantos, pero no gozar plenamente de las emociones estéticas en la música o en la belleza de las celebraciones, al no vivir la esencia de la Misa y de la comunión... Recuerdo un compañero de estudios que iba a la catedral de Córdoba a escuchar la Misa del domingo fascinado por la belleza de la liturgia y la música. Es difícil entender a Bach sin su fe, pues muchas composiciones están unidas a un sentimiento.

Hemos de conocer lo esencial de la vida. Muchas veces vamos por la vida buscando la felicidad, y no la encontramos... más tarde nos damos cuenta de que estaba allí al lado, en las cosas pequeñas de cada día, en las cosas obvias, que son las que olvidamos más fácilmente, y así nos va... Como el sentido religioso, el sentido trascendente de las cosas. Olvidamos las cosas que no proporcionan un inmediato beneficio práctico con la excusa de que "no sirven para nada", cuando son las que más sirven. Cuando faltan estas cosas, nos damos cuenta de que la vida no sirve para nada. Cuentan de una araña que se dejó caer por uno de sus hilos desde un árbol, para anclar los soportes alrededor de una rama y tejer su telaraña, esa malla que va engrandeciéndose con sucesivas vueltas, hasta completar su obra. Entonces, paseándose por su territorio, orgullosa de su realización, mira el hilo de arriba y dice: "éste es feo, vamos a cortarlo", olvidando que era el hilo por donde empezó todo, el que sustentaba todo. Al cortarlo, la araña desmemoriada cayó enredada en su red, prisionera de su obra. Así nosotros, encerrados en la obra de nuestra inteligencia o en el cuidado de tantas cosas... podemos olvidar la esencial, cuando cortamos el hilo de soporte. ¡No prescindamos de Dios! Es el soporte de todo lo invisible, los valores de amor y respeto a los demás, en definitiva, de la felicidad. Esta dimensión invisible de la vida. Si no, nos enmarañamos en cosas que nos hacen perder la libertad.

La necesidad de dar culto a Dios está en lo más profundo de nuestro interior (y cuando no le hacemos caso, se proyecta en forma de supersticiones varias, idolatrías de todo tipo, sectas variopintas pero peligrosas algunas de ellas, o una apatía brutal por la que no se ve sentido a nada...) Estamos en una época de "complejidad", en la que hay avances técnicos de todo tipo (en el campo científico, en el genético, en la informática...) y en medio del estado de bienestar, muchos de nuestros compañeros de viaje están prisioneros de la angustia ante el futuro, tienen miedo, incluso miedo a vivir. ¿Por qué tanta inseguridad? Porque quizá hoy se absolutiza el bienestar y éste no da respuesta al sentido de la vida, impide volar hacia arriba, mirar el cielo, en ese horizonte no hay Dios; es el gran ausente.

Todo ello causa el sentimiento de "insoportable ligereza del ser". En medio del pensamiento moderno que tiene tantas cosas buenas tenemos al hombre enfermo de frustración y un deseo de búsqueda de Dios, de ahí las profecías de que el siglo XXI sería "místico", porque es la única forma de recuperar el norte. Se intuye que la medicina es la misma: recuperar la idea de Dios, que sirve para cultos e ignorantes, enfermos y sanos, pobres y ricos...

Pero para hallar a Dios hay que tratarle, darle culto. Y no externo, sino que implique la conciencia, un trato de corazón a corazón, fruto del amor y no de la costumbre, creando un "espacio interior" en nuestra conciencia, solos ante el espejo ante el cual encontramos el sentido de la vida, la seguridad que nos falta.

La religión pertenece a las cosas importantes de la vida. Cuentan de un barquero que llevaba gente de un lado a otro de un gran río, y un día subió un sabiondo que empezó a increparle diciéndole: "¿conoces las matemáticas?" -"no", contestó el barquero. -"Has perdido una cuarta parte de tu vida. ¿Y la astronomía?" -"¿Esto se come o qué?", contestó el pobre. "-Has perdido dos cuartas partes de tu vida". -"¿Y la astrología?" -"Tampoco", dijo el barquero. "-¡Desgraciado, has perdido tres cuartas partes de tu vida!". En aquel momento la barca se hundió, y viéndolo que se lo llevaba la corriente, le dijo el barquero: -"¡Eh, sabio!, ¿sabes nadar?" -"¡No!", contestó desesperado. -"Pues has perdido las cuatro cuartas partes de tu vida, ¡toda tu vida!" Pues para quien va por un río, lo importante no es saber tantas cosas sino saber nadar. Así las cosas esenciales de la vida, muchas veces olvidadas, son saber quién soy, de dónde vengo y adónde voy, y descubrir el sentido religioso y -como dice el viejo refrán- al final de la vida el que se salva sabe y el que no, no sabe nada. Los peces se ahogan sin agua y los hombres se asfixian sin aire, así nuestra alma sufre asfixia si no tiene saciada esta sed de Dios, pues el corazón del hombre está inquieto y sin paz hasta que reposa en Él.

La religión es una experiencia personal de la que no podemos prescindir, es una necesidad. Y también es social, constituye una de las tradiciones no sólo culturales sino también basilares de la misma familia: la familia que reza unida permanece unida, dice el refrán. Ante una crisis familiar, para resistir ante las dificultades, es importante ver el cielo, recordar el sentido divino del contemplar el cielo.



Fragmento del Capítulo 1 del Libro "Mi Querida Misa. La belleza de la Eucaristía y del domingo"

Eucaristia, ¡misterio de luz, misterio de vida!

Eucaristía ¡Misterio de luz, Misterio de vida!
Como los dos discípulos del Evangelio, te imploramos, Señor Jesús: quédate con nosotros!
Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net



"Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).

Reunidos ante la Eucaristía, experimentamos con particular intensidad en este momento la verdad de la promesa de Cristo: ¡Él está con nosotros!

(...)

¡Misterio de luz!

De luz tiene necesidad el corazón del hombre, oprimido por el pecado, a veces desorientado y cansado, probado por sufrimientos de todo tipo. El mundo tiene necesidad de luz, en la búsqueda difícil de una paz que parece lejana al comienzo de un milenio perturbado y humillado por la violencia, el terrorismo y la guerra.

¡La Eucaristía es luz! En la Palabra de Dios constantemente proclamada, en el pan y en el vino convertidos en Cuerpo y Sangre de Cristo, es precisamente Él, el Señor Resucitado, quien abre la mente y el corazón y se deja reconocer, como sucedió a los dos discípulos de Emaús "al partir el pan" (cf Lc 24,25). En este gesto convivial revivimos el sacrificio de la Cruz, experimentamos el amor infinito de Dios y sentimos la llamada a difundir la luz de Cristo entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

¡Misterio de vida!

¿Qué aspiración puede ser más grande que la vida? Y sin embargo sobre este anhelo humano universal se ciernen sombras amenazadoras: la sombra de una cultura que niega el respeto de la vida en cada una de sus fases; la sombra de una indiferencia que condena a tantas personas a un destino de hambre y subdesarrollo; la sombra de una búsqueda científica que a veces está al servicio del egoísmo del más fuerte.

Queridos hermanos y hermanas: debemos sentirnos interpelados por las necesidades de tantos hermanos. No podemos cerrar el corazón a sus peticiones de ayuda. Y tampoco podemos olvidar que "no sólo de pan vive el hombre" (cf Mt 4,4). Necesitamos el "pan vivo bajado del cielo" ( Jn 6,51). Este pan es Jesús. Alimentarnos de él significa recibir la vida misma de Dios (cf. Jn 10,10), abriéndonos a la lógica del amor y del compartir.

(...)

Como los dos discípulos del Evangelio, te imploramos, Señor Jesús: quédate con nosotros!

Tú, divino Caminante, experto de nuestras calzadas y conocedor de nuestro corazón, no nos dejes prisioneros de las sombras de la noche.

Ampáranos en el cansancio, perdona nuestros pecados, orienta nuestros pasos por la vía del bien.

Bendice a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, a las familias y particularmente a los enfermos. Bendice a los sacerdotes y a las personas consagradas. Bendice a toda la humanidad.

En la Eucaristía te has hecho "remedio de inmortalidad": danos el gusto de una vida plena, que nos ayude a caminar sobre esta tierra como peregrinos seguros y alegres, mirando siempre hacia la meta de la vida sin fin.

Quédate con nosotros, Señor! Quédate con nosotros! Amén.


Fragmentos de la homilía con ocasión del comienzo del Año de la Eucaristía el 17 de octubre de 2004.

La Misa, misterio de fe y amor.

La Misa, misterio de fe y amor.
La Iglesia es la familia de los hijos de Dios, extendida por todo el mundo, y esta familia tiene un hogar en el que se reúnen todos.
Autor: P Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net



En la Misa, estamos hablando de un misterio de fe y de amor. De fe, porque a Jesús no lo vemos; de Amor, porque del suyo participamos.

En cuanto a la fe, decir que es un "misterio" no es quedarse en un "no se puede entender": es más bien un mar sin orillas, y penetrar en él es como atravesar la puerta de un gran palacio y encontrarnos una estancia preciosa llena de tesoros que tiene a su vez cinco puertas, cada una de las cuales da a habitaciones más espléndidas... tesoros escondidos nos depara la Misa si ponemos el corazón, si profundizamos en ella desligándonos de los lazos de la tierra y del tiempo y penetramos con Jesús en el cielo. El descubrimiento de este día es una gracia que se ha de pedir.

Y es también misterio de amor. Dicen de un obispo que daba catequesis a unos peques, y preguntó por qué comulgar a Jesús. Entonces, un gitano de entre los más traviesos, contestó: "Zeñó, porque pa querelo hay que rosarlo". Hay muchos jóvenes que no van a Misa, cierto, y otros usan esta excusa para tampoco ir ellos, pero no se trata de hacer lo que todos, sino de actuar en conciencia. Podemos recordar la vieja historia de un chico que tenía una novia en el pueblo, y se fue a hacer la mili. Desde ahí escribía a la novia cada día. El cartero llevaba puntualmente las cartas a casa de la novia cada día, pero él, influido por malas compañías, no iba nunca al pueblo a verla, sino que utilizaba los permisos para irse de juerga. Cuando acabó la mili y volvió al pueblo, fue a casa de la novia y se encontró con la sorpresa de que la novia se había casado... ¡con el cartero! Ojos que no ven, corazón que no siente, y al no ver nunca a su novio y ver sólo al cartero, acabó por enamorarse de él. Si dejamos de tratar a una persona, poco a poco podemos quererla menos, y si esto nos pasa con Dios nuestro corazón puede llenarse con las cosas en las que ponemos el corazón. Si dejamos de tratar a Dios nos “casamos” con otras cosas...

Decía una chica, leyendo el "Cántico espiritual" de San Juan de la Cruz, que "hasta entonces no se me había ocurrido plantearme mi relación con Dios como la de dos amantes... la palabra amor no me sonaba como amor real... esto me abrió una puerta, y pido al Señor cuando comulgo que me haga descubrirle/vivir como mi Amado, y sentirme yo su amada". La Misa es un acontecimiento de amor, en el que Jesús, "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo". Esta entrega nos interpela y nos lleva a preguntarnos: ¿Estamos tratando a Dios como se merece?

La Misa también es un encuentro con Jesús, y con los hermanos. Las grandes experiencias humanas (enamoramiento, amistad, contemplación, sentido estético, etc.) son muy difíciles de transmitir si no es desde la "experiencia vivida". Es como si alguien nos pregunta: “cuéntame el sabor de las cerezas, de las fresas...” le diremos: “toma, come una”, porque sólo desde el gusto podemos hablar. También si nos describen desde fuera las vidrieras de las catedrales, explicaremos que no se puede ver la luz que ellas desprenden sino desde dentro, que hay que entrar para gozar de estas cosas...

Sin la experiencia del amor de Dios, el fracaso y la muerte, el dolor y los desengaños que acompañan el camino de la vida nos dan un carácter agrio y resentido, y en cambio el sentido de Dios nos hace ver que tanto nacer como morir son fases hacia la resurrección, así todo tiene un lugar en los planes de Dios.

Nos abre las puertas a la esperanza. No estamos solos, pues nos dice Jesús: "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). No es Jesús un recuerdo pasado sino que se queda Él mismo. Aquel “Yo soy el que soy/el que seré” es “Enmanuel”, Dios-con-nosotros, presencia viva del Resucitado en medio de los suyos que se presenta de nuevo por el Espíritu Santo en la "ekklesia", asamblea convocada por el Señor resucitado, quien ofreció su vida "para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos" (Jn 11, 52). Se hace una fiesta que ya se vive desde los primeros cristianos: "acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones" (Hechos 2, 42). Nos toca vivir el mandato de Jesús: "Haced esto en memoria mía". Así como la memoria de una persona conserva su identidad, y la de un pueblo, así el memorial del Señor que nos acompaña siempre constituye nuestra identidad, que hemos de conservar.

La Iglesia es la familia de los hijos de Dios, extendida por todo el mundo, y esta familia tiene un hogar en el que se reúnen todos, y en él una mesa donde se celebra la comida preparada y servida con amor. Faltar a esta comida es separarse de la vida familiar, pues esa comida -esa cena- es el acto familiar por excelencia, donde padres e hijos, hermanos entre ellos, renuevan su mutuo afecto y tratan las cuestiones de familia, y se dan consejos y exhortaciones, ánimos para el bien de todos; cuando falta un hijo por cualquier motivo, es en la mesa donde se nota su ausencia, y también ahí es cuando más se añoran los difuntos que ya no están entre nosotros. Así también la Iglesia mira con afán alrededor de su mesa, en la mesa del altar, a ver si encuentra a todos sus hijos, y con frecuencia llora ausencias. Algunos ni siquiera entran en el comedor, otros entran pero miran la comida desde lejos, inapetentes, desganados, anoréxicos o con el paladar estragado con otros sabores, y no encuentran gusto en el alimento del alma, y así la Iglesia llora por estos hijos.

No son ritos formalistas, sino que en los gestos hay la expresión del corazón, ciertas “rutinas” necesarias en la vida, pues -comenta otro- "la vida me ha enseñado que ha de haber momentos fuertes de plegaria y de celebración, que el alimento de la fe no puede dejarse a la sola espontaneidad, sino que ha de haber cierto orden para hacer las cosas como en el horario de comidas. Dicho de otro modo, he aprendido la importancia de los ritos y de su repetición, como un cierto sentido cíclico en el tiempo". La asamblea eucarística dominical es un acontecimiento de fraternidad, como se ve desde los primeros documentos cristianos. En la primera carta de Pablo a los Corintios ya se habla de las colectas a favor de los hermanos necesitados, y en los Hechos de los Apóstoles se ve cómo ponían todo en común.



Fragmento del Capítulo 2 del Libro "Mi Querida Misa. La belleza de la Eucaristía y del domingo"

El pan de yuca.

EL PAN DE YUCA
Por Carlos Rey

Nadie supo cómo había quedado embarazada la hija del jefe, porque ningún hombre la había tocado. No obstante, comenzó a formarse en su vientre un niño. El desarrollo físico e intelectual del niño, al que llamaron Mani, fue tan asombroso como su nacimiento virginal, pues comenzó a correr y a conversar en cuestión de días. Corrió la noticia y se desató una ola de peregrinajes desde los más remotos rincones de la selva. Todo el mundo quería conocer al prodigioso Mani.

El día de su primer cumpleaños, a pesar de no haber padecido de enfermedad alguna durante todo ese año, dijo: «Voy a morir», y murió. Pasó algún tiempo y una planta desconocida brotó en la tierra donde lo sepultaron. Bajo el cuidado de la madre de Mani que la regaba cada mañana, la planta creció, floreció y fructificó. A los pájaros les encantaba picotearla, porque volaban luego dando tumbos por el aire, aleteando en espirales locas y cantando como nunca.
Un día se abrió la tierra en la que yacía Mani. De allí el jefe arrancó una inmensa raíz carnosa. La ralló con una piedra, del polvo hizo una pasta, la exprimió, encendió un fuego y coció pan para que comieran todos. A esa raíz la nombraron mani oca, que significa «casa de Maní». De ahí viene el vocablo mandioca, que es el nombre que se le da a la yuca en la cuenca amazónica y otros lugares de América.1

¿En qué se parecen ese mito indígena y la historia de la encarnación de Jesucristo? En que tanto el niño Dios como el niño Mani nacen y viven milagrosamente. Pero difieren esencialmente en que el Hijo de Dios muere a los treinta y tres años y resucita como el Pan de vida eterna, mientras que el nieto del jefe muere al año ¡y reencarna como pan de yuca!

Tal vez una de las razones por las que el niño Jesús nació en Belén haya sido que en hebreo Belén significa «casa de pan». Lo cierto es que en su ministerio público Jesucristo se presentó como el pan de vida. A la multitud que lo seguía le dijo: «Yo soy el pan de vida. El que a mí viene nunca pasará hambre..., y... no lo rechazo... Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad sino la... de [mi Padre] que me envió: que... es que todo el que reconozca al Hijo y crea en él, tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final.»2

Si bien Mani mitológicamente nació, murió y reencarnó para alimentarnos físicamente, Cristo realmente nació, murió y resucitó para alimentarnos espiritualmente. Trabajemos, pues, como nos exhorta Cristo, «no por la comida que es perecedera, sino por la que permanece para vida eterna»,3 que Él mismo quiere darnos. Ésa es la única comida que va acompañada de una póliza de seguro a todo riesgo contra el hambre.


1.- Eduardo Galeano, Memoria del fuego I: Los nacimientos, 18a ed. (Madrid: Siglo XXI Editores, 1991), p. 35.
2.- Jn 6, 35-38.40
3.- Jn 6, 27
(
http://www.egrupos.net/grupo/diosexiste
).

Visita al Santísimo. Meditaciones juveniles.

VISITA AL SANTÍSIMO

 
BREVES LECTURAS PARA LOS DÍAS DE LA SEMANA

Lunes. AMOR A JESÚS

HABLA JESÚS. Por ti, joven, por ti estoy en el Sagrario. Por ti la noche antes de morir, y viendo que iba a dejar a los hombres según mi presencia visible,
encontré un medio para quedarme siempre con ellos, aunque de una manera invisible a los ojos del cuerpo.

Instituí a este efecto la Sagrada Eucaristía convirtiendo el pan y vino en mi verdadero Cuerpo y Sangre, mandando a mis Apóstoles y a todos los Sacerdotes
que vinieran después al mundo, que hicieran lo mismo que Yo acababa de hacer.

Y aquí estoy en el Sagrario, noche y día, para ser tu Amigo y Compañero, para favorecerte; pero tú, ¿piensas mucho en Mí?

 
Martes. INGRATITUD DEL HOMBRE

HABLA JESÚS. La mayor parte de las personas no tienen para Mí el más insignificante detalle de urbanidad, y son muchas las que no se dignan hacerme ni una
visita. Y ¡tanto como Yo deseo su bien! Las veo pasar por delante de mis iglesias y no me dirigen ni un saludo, ni una palabra, ni un recuerdo. ¡Como si
Yo no estuviera en el Sagrario! ¡Como si no hubiera hecho nada por la salvación de todos! Por lo menos tú, joven de mi alma, no me olvides; ven a visitarme
todos los días; que no te domine la ingratitud. Te espero aquí. ¿Me dejarás solo?

 
MIÉRCOLES- AMARGAS QUEJAS

HABLA JESÚS: Si un hombre cualquiera de la tierra te hubiera hecho muchos menos beneficios de los que Yo te he hecho, le manifestarías tu agradecimiento,
le visitarías algunas veces, te considerarías obligado a prestarle algunas atenciones. ¿Por qué no lo haces conmigo?¿No sabes que Yo soy tu Dios, tu Creador,
tu Padre, tu Amigo, tu Bienhechor? ¿No sabes que por tu amor, sí, sólo por tu amor, estoy en el Sagrario? Por lo menos tú, joven, ven a visitarme. Dime,
¿me amas? ¿Cómo te has portado hoy? ¿No te gusta estar aquí un rato haciéndome compañía? Ven, ven, que yo te diré lo que has de hacer y lo que has de evitar
para agradarme y alcanzar la santidad.

JUEVES. LOS PELIGROS

HABLA JESÚS. Cuando estaba yo con mis Apóstoles en el huerto de Getsemaní, y sabiendo los peligros que les aguardaban, les dije: Velad y orad para que no
caigáis en la tentación. Lo mismo te digo, querido joven. Te encuentras en medio de muchos peligros; vigila, apártate de ellos, reza bien tus oraciones.

No seas temerario; no te expongas voluntariamente a ningún peligro de pecar, porque caerías miserablemente. Si conoces que una cosa es mala o que no te
conviene para tu alma, déjala. ¿Beberías una copa de vino dulce temiendo que está envenenada? Así son muchas ocasiones de pecado...

VIERNES. EL PECADO

HABLA JESÚS. Hijo Mío, ¿por qué pecas? ¿No conoces la enormidad del pecado y cuánto me ofende e injuria? Si alguna vez llegas a pecar mortalmente es como
si me azotases, coronases de espinas y clavases de nuevo en la Cruz. ¿Lo has pensado bien?

Al pecar, te entregas a tu enemigo y enemigo mío el demonio. Al cometer un pecado mortal, al consentir voluntariamente en un pecado impuro, al dejar sin
causa grave la Misa en el día de obligación, pierdes mi amistad, pierdes el derecho al Cielo. Al cometer un pecado mortal, te abres tú mismo las puertas
del infierno. ¡Infeliz!  Haz aquí a mis pies el propósito de no cometer nunca un pecado mortal.

 
SÁBADO. EL GRAN CASTIGO

HABLA JESÚS. Yo soy bueno y quiero la salvación de todos los hombres, y doy a todos mi gracia para que no se condenen. El que va al infierno, es porque
quiere.

Has pensado seriamente en lo que es el Infierno? ¿Sabes lo que es estar para siempre apartado de MI, lejos de MI, padeciendo las penas del Infierno? Yo
te aseguro que, si pensases en él, no pecarías.

Tú que eres tan delicado y que cualquier cosa te molesta y no la puedes sufrir, ¿cómo sufrirás las penas del infierno, que nunca, nunca han de tener fin?
Piénsalo unos momentos a mis pies y forma propósito de llevar una vida del todo cristiana.

 
DOMINGO. EL CIELO

HABLA JESÚS. Ahora no puedes comprender lo que es el Cielo, lo que es estar conmigo en aquella gloria, que tengo preparada para los que me aman y huyen
del pecado.

Estás tú acostumbrado a ver las cosas de la tierra, y te figuras el Cielo como lo que ves en este mundo. Y el Cielo es diferente, muy diferente de las cosas
de acá abajo. Si supieras lo que es ver a Dios, gozar de Dios, estar conmigo, con tu Madre la Virgen María, con los Ángeles y Santos...

Los ojos no han visto jamás cosa semejante; y por más que pienses y discurras, nunca podrás imaginarte la felicidad del Cielo.

Allí no hay dolores, tristezas ni tribulaciones de ninguna clase; allí la muerte no tiene entrada; allí se poseen todos los bienes sin ningún mal y sin
miedo de perder jamás aquella gloria.

¿No comprendes que vale la pena de abstenerse de las cosas malas de este mundo para poseer el Cielo? ¿No conoces que es una locura, por una tontería de
este mundo, perder el Cielo, y perderlo para siempre?

Dime, jovencito, dime: ¿qué piensas hacer? Mira que el demonio se vale de todos los ardides para condenarte. Vigila, pues, alerta, y procura que no te engañe.

Sea alabado en todo momento el Santísimo y Divinísimo Sacramento.
(
http://www.webcatolicodejavier.org
).

La adoración eucarística (I).

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JOSE MARIA IRABURU
La adoración eucarística
I
Historia
Centralidad de la Eucaristía
Desde el principio del cristianismo, la Eucaristía es la fuente, el centro y el cúlmen de toda la vida de la Iglesia. Como memorial de la pasión y de la resurrección de Cristo Salvador, como sacrificio de la Nueva Alianza, como cena que anticipa y prepara el banquete celestial, como signo y causa de la unidad de la Iglesia, como actualización perenne del Misterio pascual, como Pan de vida eterna y Cáliz de salvación, la celebración de la Eucaristía es el centro indudable del cristianismo.
Normalmente, la Misa al principio se celebra sólo el domingo, pero ya en los siglos III y IV se generaliza la Misa diaria.
La devoción antigua a la Eucaristía lleva en algunos momentos y lugares a celebrarla en un solo día varias veces. San León III (+816) celebra con frecuencia siete y aún nueve en un mismo día. Varios concilios moderan y prohiben estas prácticas excesivas. Alejandro II (+1073) prescribe una Misa diaria: «muy feliz ha de considerarse el que pueda celebrar dignamente una sola Misa» cada día.
Reserva de la Eucaristía
En los siglos primeros, a causa de las persecuciones y al no haber templos, la conservación de las especies eucarísticas se hace normalmente en forma privada, y tiene por fin la comunión de los enfermos, presos y ausentes. Esta reserva de la Eucaristía, al cesar las persecuciones, va tomando formas externas cada vez más solemnes.
Las Constituciones apostólicas -hacia el 400- disponen ya que, después de distribuir la comunión, las especies sean llevadas a un sacrarium. El sínodo de Verdun, del siglo VI, manda guardar la Eucaristía «en un lugar eminente y honesto, y si los recursos lo permiten, debe tener una lámpara permanentemente encendida». Las píxides de la antigüedad eran cajitas preciosas para guardar el pan eucarístico. León IV (+855) dispone que «sólamente se pongan en el altar las reliquias, los cuatro evangelios y la píxide con el Cuerpo del Señor para el viático de los enfermos».
Estos signos expresan la veneración cristiana antigua al cuerpo eucarístico del Salvador y su fe en la presencia real del Señor en la Eucaristía. Todavía, sin embargo, la reserva eucarística tiene como fin exclusivo la comunión de enfermos y ausentes; pero no el culto a la Presencia real.
La adoración eucarística dentro de la Misa
Ha de advertirse, sin embargo, que ya por esos siglos el cuerpo de Cristo recibe de los fieles, dentro de la misma celebración eucarística, signos claros de adoración, que aparecen prescritos en las antiguas liturgias. Especialmente antes de la comunión -Sancta santis, lo santo para los santos-, los fieles realizan inclinaciones y postraciones: «San Agustín decía: "nadie coma de este cuerpo, si primero no lo adora", añadiendo que no sólo no pecamos adorándolo, sino que pecamos no adorándolo» (Pío XII, Mediator Dei 162).
Por otra parte, la elevación de la hostia, y más tarde del cáliz, después de la consagración, suscita también la adoración interior y exterior de los fieles. Hacia el 1210 la prescribe el obispo de París, antes de esa fecha es practicada entre los cistercienses, y a fines del siglo XIII es común en todo el Occidente. En nuestro siglo, en 1906, San Pío X, «el papa de la Eucaristía», concede indulgencias a quien mire piadosamente la hostia elevada, diciendo «Señor mío y Dios mío» (Jungmann II,277-291).
Primeras manifestaciones del culto a la Eucaristía fuera de la Misa
La adoración de Cristo en la misma celebración del Sacrificio eucarístico es vivida, como hemos dicho, desde el principio. Y la adoración de la Presencia real fuera de la Misa irá configurándose como devoción propia a partir del siglo IX, con ocasión de las controversias eucarísticas. Por esos años, al simbolismo de un Ratramno, se opone con fuerza el realismo de un Pascasio Radberto, que acentúa la presencia real de Cristo en la Eucaristía, no siempre en términos exactos.
Conflictos teológicos análogos se producen en el siglo XI. La Iglesia reacciona con prontitud y fuerza unánime contra el simbolismo eucarístico de Berengario de Tours (+1088). Su doctrina es impugnada por teólogos como Anselmo de Laón (+1117) o Guillermo de Champeaux (+1121), y es inmediatamente condenada por un buen número de Sínodos (Roma, Vercelli, París, Tours), y sobre todo por los Concilios Romanos de 1059 y de 1079 (Dz 690 y 700).
En efecto, el pan y el vino, una vez consagrados, se convierten «substancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Jesucristo, nuestro Señor». Por eso en el Sacramento está presente totus Christus, en alma y cuerpo, como hombre y como Dios.
Estas enérgicas afirmaciones de la fe van acrecentando más y más en el pueblo la devoción a la Presencia real.
Veamos algunos ejemplos. A fines del siglo IX, la Regula solitarium establece que los ascetas reclusos, que viven en lugar anexo a un templo, estén siempre por su devoción a la Eucaristía en la presencia de Cristo. En el siglo XI, Lanfranco, arzobispo de Canterbury, establece una procesión con el Santísimo en el domingo de Ramos. En ese mismo siglo, durante las controversias con Berengario, en los monasterios benedictinos de Bec y de Cluny existe la costumbre de hacer genuflexión ante el Santísimo Sacramento y de incensarlo. En el siglo XII, la Regla de los reclusos prescribe: «orientando vuestro pensamiento hacia la sagrada Eucaristía, que se conserva en el altar mayor, y vueltos hacia ella, adoradla diciendo de rodillas: "¡salve, origen de nuestra creación!, ¡salve, precio de nuestra redención!, ¡salve, viático de nuestra peregrinación!, ¡salve, premio esperado y deseado!"».
En todo caso, conviene recordar que «la devoción individual de ir a orar ante el sagrario tiene un precedente histórico en el monumento del Jueves Santo a partir del siglo XI, aunque ya el Sacramentario Gelasiano habla de la reserva eucarística en este día... El monumento del Jueves Santo está en la prehistoria de la práctica de ir a orar individualmente ante el sagrario, devoción que empieza a generalizarse a principos del siglo XIII» (Olivar 192).
Aversión y devoción en el siglo XIII
Por esos tiempos, sin embargo, no todos participan de la devoción eucarística, y también se dan casos horribles de desafección a la Presencia real. Veamos, a modo de ejemplo, la infinita distancia que en esto se produce entre cátaros y franciscanos. Cayetano Esser, franciscano, describe así el mundo de los primeros: «En aquellos tiempos, el ataque más fuerte contra el Sacramento del Altar venía de parte de los cátaros [muy numerosos en la zona de Asís]. Empecinados en su dualismo doctrinal, rechazaban precisamente la Eucaristía porque en ella está siempre en íntimo contacto el mundo de lo divino, de lo espiritual, con el mundo de lo material, que, al ser tenido por ellos como materia nefanda, debía ser despreciado. Por oportunismo, conservaban un cierto rito de la fracción del pan, meramente conmemorativo. Para ellos, el sacrificio mismo de Cristo no tenía ningún sentido. «Otros herejes declaraban hasta malvado este sacramento católico. Y se había extendido un movimiento de opinión que rehusaba la Eucaristía, juzgando impuro todo lo que es material y proclamando que los "verdaderos cristianos" deben vivir del "alimento celestial".
«Teniendo en cuenta este ambiente, se comprenderá por qué, precisamente en este tiempo, la adoración de la sagrada hostia, como reconocimiento de la presencia real, venía a ser la señal distintiva más destacada de los auténticos verdaderos cristianos. El culto de adoración de la Eucaristía, que en adelante irá tomando formas múltiples, tiene aquí una de sus raíces más profundas. Por el mismo motivo, el problema de la presencia real vino a colocarse en el primer plano de las discusiones teológicas, y ejerció también una gran influencia en la elaboración del rito de la Misa.
«Por otra parte, las decisiones del Concilio de Letrán [IV: 1215] nos descubren los abusos de que tuvo que ocuparse entonces la Iglesia. El llamado Anónimo de Perusa es a este respecto de una claridad espantosa: sacerdotes que no renovaban al tiempo debido las hostias consagradas, de forma que se las comían los gusanos; o que dejaban a propósito caer a tierra el cuerpo y la sangre del Señor, o metían el Sacramento en cualquier cuarto, y hasta lo dejaban colgado en un árbol del jardín; al visitar a los enfermos, se dejaban allí la píxide y se iban a la taberna; daban la comunión a los pecadores públicos y se la negaban a gentes de buena fama; celebraban la santa Misa llevando una vida de escándalo público», etc. (Temi spirituali, Biblioteca Francescana, Milán 1967, 281-282; +D. Elcid, Clara de Asís, BAC pop. 31, Madrid 1986, 193-195).
Frente a tales degradaciones, se producen en esta época grandes avances de la devoción eucarística. Entre otros muchos, podemos considerar el testimonio impresionante de san Francisco de Asís (1182-1226). Poco antes de morir, en su Testamento, pide a todos sus hermanos que participen siempre de la inmensa veneración que él profesa hacia la Eucaristía y los sacerdotes: «Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y sólo ellos administran a los demás. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos» (10-11; +Admoniciones 1: El Cuerpo del Señor).
Esta devoción eucarística, tan fuerte en el mundo franciscano, también marca una huella muy profunda, que dura hasta nuestros días, en la espiritualidad de las clarisas. En la Vida de santa Clara (+1253), escrita muy pronto por el franciscano Tomás de Celano (hacia 1255), se refiere un precioso milagro eucarístico. Asediada la ciudad de Asís por un ejército invasor de sarracenos, son éstos puestos en fuga en el convento de San Damián por la virgen Clara: «Ésta, impávido el corazón, manda, pese a estar enferma, que la conduzcan a la puerta y la coloquen frente a los enemigos, llevando ante sí la cápsula de plata, encerrada en una caja de marfil, donde se guarda con suma devoción el Cuerpo del Santo de los Santos». De la misma cajita le asegura la voz del Señor: "yo siempre os defenderé", y los enemigos, llenos de pánico, se dispersan» (Legenda santæ Claræ 21).
La iconografía tradicional representa a Santa Clara de Asís con una custodia en la mano.
Santa Juliana de Mont-Cornillon y la fiesta del Corpus Christi
El profundo sentimiento cristocéntrico, tan característico de esta fase de la Edad Media, no puede menos de orientar el corazón de los fieles hacia el Cristo glorioso, oculto y manifiesto en la Eucaristía, donde está realmente presente. Así lo hemos comprobado en el ejemplo de franciscanos y clarisas. Es ahora, efectivamente, hacia el 1200, cuando, por obra del Espíritu Santo, la devoción al Cristo de la Eucaristía va a desarrollarse en el pueblo cristiano con nuevos impulsos decisivos.  A partir del año 1208, el Señor se aparece a santa Juliana (1193-1258), primera abadesa agustina de Mont-Cornillon, junto a Lieja. Esta religiosa es una enamorada de la Eucaristía, que, incluso físicamente, encuentra en el pan del cielo su único alimento. El Señor inspira a santa Juliana la institución de una fiesta litúrgica en honor del Santísimo Sacramento. Por ella los fieles se fortalecen en el amor a Jesucristo, expían los pecados y desprecios que se cometen con frecuencia contra la Eucaristía, y al mismo tiempo contrarrestan con esa fiesta litúrgica las agresiones sacrílegas cometidas contra el Sacramento por cátaros, valdenses, petrobrusianos, seguidores de Amaury de Bène, y tantos otros.
Bajo el influjo de estas visiones, el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, instituye en 1246 la fiesta del Corpus. Hugo de Saint-Cher, dominico, cardenal legado para Alemania, extiende la fiesta a todo el territorio de su legación. Y poco después, en 1264, el papa Urbano IV, antiguo arcediano de Lieja, que tiene en gran estima a la santa abadesa Juliana, extiende esta solemnidad litúrgica a toda la Iglesia latina mediante la bula Transiturus. Esta carta magna del culto eucarístico es un himno a la presencia de Cristo en el Sacramento y al amor inmenso del Redentor, que se hace nuestro pan espiritual.
Es de notar que en esta Bula romana se indican ya los fines del culto eucarístico que más adelante serán señalados por Trento, por la Mediator Dei de Pío XII o por los documentos pontificios más recientes: 1) reparación, «para confundir la maldad e insensatez de los herejes»; 2) alabanza, «para que clero y pueblo, alegrándose juntos, alcen cantos de alabanza»; 3) servicio, «al servicio de Cristo»; 4) adoración y contemplación, «adorar, venerar, dar culto, glorificar, amar y abrazar el Sacramento excelentísimo»; 5) anticipación del cielo, «para que, pasado el curso de esta vida, se les conceda como premio» (DSp IV, 1961, 1644).
La nueva devoción, sin embargo, ya en la misma Lieja, halla al principio no pocas oposiciones. El cabildo catedralicio, por ejemplo, estima que ya basta la Misa diaria para honrar el cuerpo eucarístico de Cristo. De hecho, por una serie de factores adversos, la bula de 1264 permanece durante cincuenta años como letra muerta. Prevalece, sin embargo, la voluntad del Señor, y la fiesta del Corpus va siendo aceptada en muchos lugares: Venecia, 1295; Wurtzburgo, 1298; Amiens, 1306; la orden del Carmen, 1306; etc. Los títulos que recibe en los libros litúrgicos son significativos: dies o festivitas eucharistiæ, festivitas Sacramenti, festum, dies, sollemnitas corporis o de corpore domini nostri Iesu Christi, festum Corporis Christi, Corpus Christi, Corpus...
El concilio de Vienne, finalmente, en 1314, renueva la bula de Urbano IV. Diócesis y órdenes religiosas aceptan la fiesta del Corpus, y ya para 1324 es celebrada en todo el mundo cristiano.
Celebración del Corpus y exposiciones del Santísimo
La celebración del Corpus implica ya en el siglo XIII una procesión solemne, en la que se realiza una «exposición ambulante del Sacramento» (Olivar 195). Y de ella van derivando otras procesiones con el Santísimo, por ejemplo, para bendecir los campos, para realizar determinadas rogativas, etc.
Por otra parte, «esta presencia palpable, visible, de Dios, esta inmediatez de su presencia, objeto singular de adoración, produjo un impacto muy notable en la mentalidad cristiana occidental e introdujo nuevas formas de piedad, exigiendo rituales nuevos y creando la literatura piadosa correspondiente. En el siglo XIV se practicaba ya la exposición solemne y se bendecía con el Santísimo. Es el tiempo en que se crearon los altares y las capillas del santísimo Sacramento» (Id. 196).
Las exposiciones mayores se van implantando en el siglo XV, y siempre la patria de ellas «es la Europa central. Alemania, Escandinavia y los Países Bajos fueron los centros de difusión de las prácticas eucarísticas, en general» (Id. 197). Al principio, colocado sobre el altar el Sacramento, es adorado en silencio. Poco a poco va desarrollándose un ritual de estas adoraciones, con cantos propios, como el Ave verum Corpus natum ex Maria Virgine, muy popular, en el que tan bellamente se une la devoción eucarística con la mariana.
La exposición del Santísimo recibe una acogida popular tan entusiasta que ya hacia 1500 muchas iglesias la practican todos los domingos, normalmente después del rezo de las vísperas -tradición que hoy perdura, por ejemplo, en los monasterios benedictinos de la congregación de Solesmes-. La costumbre, y también la mayoría de los rituales, prescribe arrodillarse en la presencia del Santísimo. En los comienzos, el Santísimo se mantenía velado tanto en las procesiones como en las exposiciones eucarísticas. Pero la costumbre y la disciplina de la Iglesia van disponiendo ya en el siglo XIV la exposición del cuerpo de Cristo «in cristallo» o «in pixide cristalina».
Las Cofradías eucarísticas
Con el fin de que nunca cese el culto de fe, amor y agradecimiento a Cristo, presente en la Eucaristía, nacen las Cofradías del Santísimo Sacramento, que «se desarrollan antes, incluso, que la festividad del Corpus Christi. La de los Penitentes grises, en Avignon se inicia en 1226, con el fin de reparar los sacrilegios de los albigenses; y sin duda no es la primera» (Bertaud 1632). Con unos u otros nombres y modalidades, las Cofradías Eucarísticas se extienden ya a fin del siglo XIII por la mayor parte de Europa.
Estas Cofradías aseguran la adoración eucarística, la reparación por las ofensas y desprecios contra el Sacramento, el acompañamiento del Santísimo cuando es llevado a los enfermos o en procesión, el cuidado de los altares y capillas del Santísimo, etc.
Todas estas hermandades, centradas en la Eucaristía, son agregadas en una archicofradía del Santísimo Sacramento por Paulo III en la Bula Dominus noster Jesus Cristus, en 1539, y tienen un influjo muy grande y benéfico en la vida espiritual del pueblo cristiano. Algunas, como la Compañía del Santísimo Sacramento, fundada en París en 1630, llegaron a formar escuelas completas de vida espiritual para los laicos.
Su fundador fue el Duque de Ventadour, casado con María Luisa de Luxemburgo. En 1629, ella ingresa en el Carmelo y él toma el camino del sacerdocio (E. Levesque, DSp II, 1301-1305).
Las Asociaciones y Obras eucarísticas se multiplican en los últimos siglos: la Guardia de Honor, la Hora Santa, los Jueves sacerdotales, la Cruzada eucarística, etc.
Atención especial merece hoy, por su difusión casi universal en la Iglesia Católica, la Adoración Nocturna. Aunque tiene varios precedentes, como más tarde veremos, en su forma actual procede de la asociación iniciada en París por Hermann Cohen el 6 de diciembre de 1848, hace, pues, ciento cincuenta años.
La piedad eucarística en el pueblo católico
Los últimos ocho siglos de la historia de la Iglesia suponen en los fieles católicos un crescendo notable en la devoción a Cristo, presente en la Eucaristía. En efecto, a partir del siglo XIII, como hemos visto, la devoción al Sacramento se va difundiendo más y más en el pueblo cristiano, haciéndose una parte integrante de la piedad católica común. Los predicadores, los párrocos en sus comunidades, las Cofradías del Santísimo Sacramento, impulsan con fuerza ese desarrollo devocional.
En el crecimiento de la piedad eucarística tiene también una gran importancia la doctrina del concilio de Trento sobre la veneración debida al Sacramento (Dz 882. 878. 888/1649. 1643-1644. 1656). Por ella se renuevan devociones antiguas y se impulsan otras nuevas.
La adoración eucarística de las Cuarenta horas, por ejemplo, tiene su origen en Roma, en el siglo XIII. Esta costumbre, marcada desde su inicio por un sentido de expiación por el pecado -cuarenta horas permanece Cristo en el sepulcro-, recibe en Milán durante el siglo XVI un gran impulso a través de San Antonio María Zaccaria (+1539) y de San Carlos Borromeo después (+1584). Clemente VIII, en 1592, fija las normas para su realización. Y Urbano VIII (+1644) extiende esta práctica a toda la Iglesia.
La procesión eucarística de «la Minerva», que solía realizarse en las parroquias los terceros domingos de cada mes, procede de la iglesia romana de Santa Maria sopra Minerva.
Las devociones eucarísticas, que hemos visto nacer en centro Europa, arraigan de modo muy especial en España, donde adquieren expresiones de gran riqueza estética y popular, como los seises de Sevilla o el Corpus famoso de Toledo. Y de España pasan a Hispanoamérica, donde reciben formas extremadamente variadas y originales, tanto en el arte como en el folclore religioso: capillas barrocas del Santísimo, procesiones festivas, exposiciones monumentales, bailes y cantos, poesías y obras de teatro en honor de la Eucaristía. El culto a la Eucaristía fuera de la Misa llega, en fin, a integrar la piedad común del pueblo cristiano. Muchos fieles practican diariamente la visita al Santísimo. En las parroquias, con el rosario, viene a ser común la Hora santa, la exposición del Santísimo diaria o semanal, por ejemplo, en los Jueves eucarísticos.
El arraigo devocional de las visitas al Santísimo puede comprobarse por la abundantísima literatura piadosa que ocasiona. Por ejemplo, entre los primeros escritos de san Alfonso María de Ligorio (+1787) está Visite al SS. Sacramento e a Maria SS.ma, de 1745. En vida del santo este librito alcanza 80 ediciones y es traducido a casi todas las lenguas europeas. Posteriormente ha tenido más de 2.000 ediciones y reimpresiones.
En los siglos modernos, hasta hoy, la piedad eucarística cumple una función providencial de la máxima importancia: confirmando diariamente la fe de los católicos en la amorosa presencia real de Jesús resucitado, les sirve de ayuda decisiva para vencer la frialdad del jansenismo, las tentaciones deistas de un iluminismo desencarnado o la actual horizontalidad inmanentista de un secularismo generalizado.
Congregaciones religiosas
Institutos especialmente centrados en la veneración de la Eucaristía hay muy antiguos, como los monjes blancos o hermanos del Santo Sacramento, fundados en 1328 por el cisterciense Andrés de Paolo. Pero estas fundaciones se producen sobre todo a partir del siglo XVII, y llegan a su mayor número en el siglo XIX.
«No es exagerado decir que el conjunto de las congregaciones fundadas en el siglo XIX -adoratrices, educadoras o misioneras- profesa un culto especial a la Eucaristía: adoración perpetua, largas horas de adoración común o individual, ejercicios de devoción ante el Santísimo Sacramento expuesto, etc.» (Bertaud 1633). Recordaremos aquí únicamente, a modo de ejemplo, a los Sacerdotes y a las Siervas del Santísimo Sacramento, fundados por san Pedro-Julián Eymard (+1868) en 1856 y 1858, dedicados al apostolado eucarístico y a la adoración perpetua. Y a las Adoratrices, siervas del Santísimo Sacramento y de la caridad, fundadas en 1859 por santa Micaela María del Santísimo Sacramento (+1865), que escribe en una ocasión:
«Estando en la guardia del Santísimo... me hizo ver el Señor las grandes y especiales gracias que desde los Sagrarios derrama sobre la tierra, y además sobre cada individuo, según la disposición de cada uno... y como que las despide de Sí en favor de los que las buscan» (Autobiografía 36,9).
Es en estos años, en 1848, como ya vimos, cuando Hermann Cohen inicia en París la Adoración Nocturna.
En el siglo XX son también muchos los institutos que nacen con una acentuada devoción eucarística. En España, por ejemplo, podemos recordar los fundados por el venerable Manuel González, obispo (1887-1940): las Marías de los Sagrarios, las Misioneras eucarísticas de Nazaret, etc. En Francia, los Hermanitos y Hermanitas de Jesús, derivados de Charles de Foucauld (1858-1916) y de René Voillaume. También las Misioneras de la Caridad, fundadas por la madre Teresa de Calcuta, se caracterizan por la profundidad de su piedad eucarística. En éstos y en otros muchos institutos, la Misa y la adoración del Santísimo forman el centro vivificante de cada día.
Congresos eucarísticos
Émile Tamisier (1843-1910), siendo novicia, deja las Siervas del Santísimo Sacramento para promover en el siglo la devoción eucarística. Lo intenta primero en forma de peregrinaciones, y más tarde en la de congresos. Éstos serán diocesanos, regionales o internacionales. El primer congreso eucarístico internacional se celebra en Lille en 1881, y desde entonces se han seguido celebrando ininterrumpidamente hasta nuestros días.
La piedad eucarística en otras confesiones cristianas
Ya hemos aludido a algunas posiciones antieucarísticas producidas entre los siglos IX y XIII. Pues bien, en la primera mitad del siglo XVI resurge la cuestión con los protestantes y por eso el concilio de Trento, en 1551, se ve obligado a reafirmar la fe católica frente a ellos, que la niegan:
«Si alguno dijere que, acabada la consagración de la Eucaristía, no se debe adorar con culto de latría, aun externo, a Cristo, unigénito Hijo de Dios, y que por tanto no se le debe venerar con peculiar celebración de fiesta, ni llevándosele solemnemente en procesión, según laudable y universal rito y costumbre de la santa Iglesia, o que no debe ser públicamente expuesto para ser adorado, y que sus adoradores son idólatras, sea anatema» (Dz 888/1656).
El anglicanismo, sin embargo, reconoce en sus comienzos la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Y aunque pronto sufre en este tema influjos luteranos y calvinistas, conserva siempre más o menos, especialmente en su tendencia tradicional, un cierto culto de adoración (Bertaud 1635). El acuerdo anglicano-católico sobre la teología eucarística, de septiembre de 1971, es un testimonio de esta proximidad doctrinal («Phase» 12, 1972, 310-315). En todo caso, el mundo protestante actual, en su conjunto, sigue rechazando el culto eucarístico. En nuestro tiempo, estas posiciones protestantes han afectado a una buena parte de los llamados católicos progresistas, haciendo necesaria la encíclica Mysterium fidei (1965) de Pablo VI:
En referencia a la Eucaristía, no se puede «insistir tanto en la naturaleza del signo sacramental como si el simbolismo, que ciertamente todos admiten en la sagrada Eucaristía, expresase exhaustivamente el modo de la presencia de Cristo en este sacramento. Ni se puede tampoco discutir sobre el misterio de la transustanciación sin referirse a la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en su sangre, conversión de la que habla el concilio de Trento, de modo que se limitan ellos tan sólo a lo que llaman transignificación y transfinalización. Como tampoco se puede proponer y aceptar la opinión de que en las hostias consagradas, que quedan después de celebrado el santo sacrificio, ya no se halla presente nuestro Señor Jesucristo» (4).
Las Iglesias de Oriente, en fin, todas ellas, promueven en sus liturgias un sentido muy profundo de adoración de Cristo en la misma celebración del Misterio sagrado. Pero fuera de la Misa, el culto eucarístico no ha sido asumido por las Iglesias orientales separadas de Roma, que permanecen fijas en lo que fueron usos universales durante el primer milenio cristiano. Sí en cambio por las Iglesias orientales que viven la comunión católica (+Mysterium fidei 41). En ellas, incluso, hay también institutos religiosos especialmente destinados a esta devoción, como las Hermanas eucarísticas de Salónica (Bertaud 1634-1635).
Doctrina espiritual
Maestros espirituales de la devoción a la Eucaristía
El más grande teólogo de la devoción a la Eucaristía es santo Tomás de Aquino (1224-1274). Según datos históricos exactos, sabemos que santo Tomás era en su comunidad dominica «el primero en levantarse por la noche, e iba a postrarse ante el Santísimo Sacramento. Y cuando tocaban a maitines, antes de que formasen fila los religiosos para ir a coro, se volvía sigilosamente a su celda para que nadie lo notase. El Santísimo Sacramento era su devoción predilecta. Celebraba todos los días, a primera hora de la mañana, y luego oía otra misa o dos, a las que servía con frecuencia» (S. Ramírez, Suma Teológica, BAC 29, 1957,57*).
Él compuso, por encargo del Papa, el maravilloso texto litúrgico del Oficio del Corpus: Pange lingua, Sacris solemniis, Lauda Sion, etc (+Sisto Terán, Santo Tomás, poeta del Santísimo Sacramento, Univ. Católica, Tucumán 1979). La tradición iconográfica suele representarle con el sol de la Eucaristía en el pecho. Un cuadro de Rubens, en el Prado, «la procesión del Santísimo Sacramento», presenta, entre varios santos, a santa Clara con la custodia, y junto a ella a santo Tomás, explicándole el Misterio. Sobre la tumba de éste, en Toulouse, en la iglesia de san Fermín, una estatua le representa teniendo en la mano derecha el Santísimo Sacramento.
Desde el siglo XIII, los grandes maestros espirituales han enseñado siempre la relación profunda que existe entre la Eucaristía -celebrada y adorada- y la configuración progresiva a Jesucristo. Recordaremos sólo a algunos. Esta relación de maestros espirituales acentuadamente eucarísticos podría alargarse hasta nuestro tiempo. Pero aquí sólamente haremos mención especial de algunos santos de los últimos siglos.
En el XVI, pocos hacen tanto por difundir entre el pueblo cristiano el amor al Sacramento como san Ignacio de Loyola (1491-1556). En seguida de su conversión, estando en Manresa (1522-1523), en la Misa, «alzándose el Corpus Domini, vio con los ojos interiores... vio con el entendimiento claramente cómo estaba en aquel Santísimo Sacramento Jesucristo nuestro Señor» (Autobiografía, 29).
Recordemos también las visiones que tiene de la divina Trinidad, con tantas lágrimas, en la celebración de la Misa, y «acabando la Misa», al «hacer oración al Corpus Domini», estando en el «lugar del Santísimo Sacramento» (Diario espiritual 34: 6-III-1544).
No es extraño, pues, que san Ignacio fomentara tanto en el pueblo la devoción a la Eucaristía. Así lo hizo, concretamente, con sus paisanos de Azpeitia. En efecto, cuando Paulo III, en 1539, aprueba con Bula la Cofradía del Santísimo Sacramento fundada por el dominico Tomás de Stella en la iglesia dominicana de la Minerva, San Ignacio se apresura a comunicar esta gracia a los de Azpeitia, y en 1540 les escribe: «ofreciéndose una gran obra, que Dios N. S. ha hecho por un fraile dominico, nuestro muy grande amigo y conocido de muchos años, es a saber, en honor y favor del santísimo Sacramento, determiné de consolar y visitar vuestras ánimas in Spiritu Sancto con esa Bula que el señor bachiller [Antonio Araoz] lleva» (VIII/IX-1540). Los jesuitas, fieles a este carisma original, serán después unos de los mayores difusores de la piedad eucarística, por las Congregaciones Marianas y por muchos otros medios, como el Apostolado de la Oración.
Santa Teresa de Jesús (1515-1582), en el mismo siglo, tiene también una vida espiritual muy centrada en el Santísimo Sacramento. Ella, que tenía especial devoción a la fiesta del Corpus (Vida 30,11), refiere que en medio de sus tentaciones, cansancios y angustias, «algunas veces, y casi de ordinario, al menos lo más continuo, en acabando de comulgar descansaba; y aun algunas, en llegando a el Sacramento, luego a la hora quedaba tan buena, alma y cuerpo, que yo me espanto» (30,14).
Confiesa con frecuencia su asombro enamorado ante la Majestad infinita de Dios, hecha presente en la humildad indecible de una hostia pequeña: «y muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia» (38,19). «Harta misericordia nos hace a todos, que quiere entienda [el alma] que es Él el que está en el Santísimo Sacramento» (Camino Esc. 61,10).
La Eucaristía, para el alma y para el cuerpo, es el pan y la medicina de Teresa: «¿pensáis que no es mantenimiento aun para estos cuerpos este santísimo Manjar, y gran medicina aun para los males corporales? Yo sé que lo es» (Camino Vall. 34,7; +el pan nuestro de cada día: 33-34). Ella se conmueve ante la palabra inefable del Cantar de los Cantares, «bésame con beso de tu boca» (1,1): «¡Oh Señor mío y Dios mío, y qué palabra ésta, para que la diga un gusano de su Criador!». Pero la ve cumplida asombrosamente en la Eucaristía: «¿Qué nos espanta? ¿No es de admirar más la obra? ¿No nos llegamos al Santísimo Sacramento?» (Conceptos del Amor de Dios 1,10). La comunión eucarística es un abrazo inmenso que nos da el Señor.
Para santa Teresa, fundar un Carmelo es ante todo encender la llama de un nuevo Sagrario. Y esto es lo que más le conforta en sus abrumadores trabajos de fundadora:
«para mí es grandísimo consuelo ver una iglesia más adonde haya Santísimo Sacramento» (Fundaciones 3,10). «Nunca dejé fundación por miedo de trabajo, considerando que en aquella casa se había de alabar al Señor y haber Santísimo Sacramento... No lo advertimos estar Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como está, en el Santísimo Sacramento en muchas partes, grande consuelo nos había de ser» (18,5). Hecha la fundación, la inauguración del Sagrario es su máximo premio y gozo: «fue para mí como estar en una gloria ver poner el Santísimo Sacramento» (36,6).
Por otra parte, Teresa sufre y se angustia a causa de las ofensas inferidas al Sacramento. Nada le duele tanto.
Mucho hemos de rezar y ofrecer para que «no vaya adelante tan grandísimo mal y desacatos como se hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos, deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos» (Camino Perf. Vall. 35,3)... «parece que le quieren ya tornar a echar del mundo» (ib. Esc. 62,63; +58,2). Pero aún le horrorizan más a Teresa las ofensas a la Eucaristía que proceden de los malos cristianos: «Tengo por cierto habrá muchas personas que se llegan al Santísimo Sacramento -y plega al Señor yo mienta- con pecados mortales graves» (Conceptos Amor de Dios 1,11).
En la España de ese tiempo, la devoción eucarística está ya plenamente arraigada en el pueblo cristiano. San Juan de Ribera (1532-1611), obispo de Valencia, en una carta a los sacerdotes les escribe:
«Oímos con mucho consuelo lo que muchos de vosotros me han escrito, afirmándome que está muy introducida la costumbre de saludarse unas personas a otras diciendo: Alabado sea el Santísimo Sacramento. Esto mismo deseo que se observe en todo nuestro arzobispado» (28-II-1609).
En Francia, en el siglo XVII, las más altas revelaciones privadas que recibió santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación, acerca del Sagrado Corazón se produjeron estando ella en adoración del Santísimo expuesto.
Y como ella misma refiere, esa devoción inmensa a la Eucaristía la tenía ya de joven, antes de entrar religiosa, cuando todavía vivía al servicio de personas que le eran hostiles: «ante el Santísimo Sacramento me encontraba tan absorta que jamás sentía cansancio. Hubiera pasado allí los días enteros con sus noches sin beber, ni comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en su presencia, como un cirio ardiente, para devolverle amor por amor. No me podía quedar en el fondo de la iglesia, y por confusión que sintiese de mí misma, no dejaba de acercarme cuanto pudiera al Santísimo Sacramento» (Autobiografía 13).
De hecho, la devoción al Corazón de Jesús, desde sus mismos inicios, ha sido siempre acentuadamente eucarística, y por causas muy profundas, como subraya el Magisterio (+Pío XII, 1946, Haurietis aquas, 20, 35; Pablo VI, cta. apost. Investigabiles divitias 6-II-1965).
En el siglo siguiente, en el XVIII, podemos recordar la gran devoción eucarística de san Pablo de la Cruz (+1775), el fundador de los Pasionistas. Él, como declara en su Diario espiritual, «deseaba morir mártir, yendo allí donde se niega el adorabilísimo misterio del Santísimo Sacramento» (26-XII-1720). Captaba en la Eucaristía de tal modo la majestad y santidad de Cristo, que apenas le era posible a veces mantenerse en la iglesia: «decía yo a los ángeles que asisten al adorabilísimo Misterio que me arrojasen fuera de la iglesia, pues yo soy peor que un demonio. Sin embargo, la confianza en mi Esposo sacramentado no se me quita: le decía que se acuerde de lo que me ha dejado en el santo Evangelio, esto es, que no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Diario 5-XII-1720).
En cuanto al siglo XIX, recordemos al santo Cura de Ars (1786-1859). Juan XXIII, en la encíclica Sacerdotii Nostri primordia, de 1959, en el centenario del santo, hace un extenso elogio de esa devoción: «La oración del Cura de Ars que pasó, digámoslo así, los últimos treinta años de su vida en su iglesia, donde le retenían sus innumerables penitentes, era sobre todo una oración eucarística. Su devoción a nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento, era verdaderamente extraordinaria: Allí está, solía decir» (16).
Otro gran modelo de piedad eucarística en ese mismo siglo es san Antonio María Claret (1807-1870), fundador de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, los claretianos. En su Autobiografía refiere: cuando era niño, «las funciones que más me gustaban eran las del Santísimo Sacramento» (37). Su iconografía propia le representa a veces con una Hostia en el pecho, como si él fuera una custodia viviente.
Esto es a causa de un prodigio que él mismo refiere en su Autobiografía: el 26 de agosto de 1861, «a las 7 de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales, y tener siempre, día y noche, el Santísimo Sacramento en el pecho» (694). Gracia singularísima, de la que él mismo no estaba seguro, hasta que el mismo Cristo se la confirma el 16 de mayo de 1862, de madrugada: «en la Misa, me ha dicho Jesucristo que me había concedido esta gracia de permanecer en mi interior sacramentalmente» (700). El Señor, por otra parte, le hace ver que una de las devociones fundamentales para atajar los males que amenazan a España es la devoción al Santísimo Sacramento (695).
Frutos de la piedad eucarística
El desarrollo de la piedad eucarística ha producido en la Iglesia inmensos frutos espirituales. Los ha producido en la vida interior y mística de todos los santos; por citar algunos: Juan de Ávila, Teresa, Ignacio, Pascual Bailón, María de la Encarnación, Margarita María, Pablo de la Cruz, Eymard, Micaela, Antonio María Claret, Foucauld, Teresa de Calcuta, etc. Ellos, con todo el pueblo cristiano, contemplando a Jesús en la Eucaristía, han experimentado qué verdad es lo que dice la Escritura: «contemplad al Señor y quedaréis radiantes» (Sal 33,6). Pero la devoción eucarística ha producido también otros maravillosos frutos, que se dan en la suscitación de vocaciones sacerdotales y religiosas, en la educación cristiana de los niños, en la piedad de los laicos y de las familias, en la promoción de obras apostólicas o asistenciales, y en todos los otros campos de la vida cristiana. Es, pues, una espiritualidad de inmensa fecundidad. «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20).
Hoy, por ejemplo, en Francia, los movimientos laicales con más vitalidad, y aquellos que más vocaciones sacerdotales y religiosas suscitan, como Emmanuel, se caracterizan por su profunda piedad eucarística.
En las Comunidades de las Bienaventuranzas, concretamente, compuestas en su mayor parte por laicos, se practica la adoración continua todo el día. Iniciadas hacia 1975, reunen hoy unos 1.200 miembros en unas 70 comunidades, que están distribuidas por todo el mundo. Y recordemos también la Orden de los laicos consagrados (Angot, Las casas de adoración).
¿Deficiencias en la piedad eucarística?
La sagrada Eucaristía es en la Iglesia el misterio más grandioso, es el misterio por excelencia: mysterium fidei. Excede absolutamente la capacidad intelectual de los teólogos, que balbucean cuando intentan explicaciones conceptuales. Y también es inefable para los más altos místicos, que se abisman en su luz transformante.
No es, pues, extraño que, al paso de los siglos, las devociones eucarísticas hayan incurrido a veces en acentuaciones o visiones parciales, que no alcanzan a abarcar armoniosamente toda la plenitud del misterio. No se trata en esto de errores doctrinales, pero sí de costumbres piadosas que expresan y que inducen acentuaciones excesivamente parciales del misterio inmenso de la Eucaristía. Escribe acerca de esto Pere Tena:
«"El Espíritu de verdad os guiará hasta la verdad completa" (Jn 16,13)... Desde la primitiva comunidad de Jerusalén, que partía el pan por las casas y tomaba alimento con alegría y simplicidad de corazón (Hch 2,46), hasta la solemne misa conclusiva de un Congreso Eucarístico internacional, pasando por las asambleas dominicales de las parroquias y por las prolongadas adoraciones eucarísticas de las comunidades religiosas especialmente dedicadas a ello, la realidad de la Eucaristía se ha visto constantemente profundizada, y continúa siendo fuente renovada de vigor cristiano.
«Esto no significa que en todo momento haya habido, o haya en la actualidad incluso, una armonía perfecta de los diversos aspectos (...) Un aspecto legítimo de la Eucaristía puede, en determinadas circunstancias espirituales, adquirir tal intensidad y tal valoración unilateral, que llegue casi a relegar a un segundo plano los aspectos más fundamentales y fontales del misterio. Pero estas desviaciones de atención no niegan el valor de acentuación que tal aspecto concreto representa para la comprensión de la Eucaristía, ni pueden ser relegados al olvido tales aspectos en la práctica histórica de la comunidad eclesial, una vez han entrado a formar parte del patrimonio de las expresiones de la fe cristiana» (205-206).
Es una trampa dialéctica, en la que ciertamente no pensamos caer, decir: «cuanto más se centren los fieles en el Sacramento, menos valorarán el Sacrificio»; «cuanto más capten la presencia de Cristo en la Eucaristía, menos lo verán en la Palabra divina o en los pobres»; etc. Un san Luis María Grignion de Montfort, por ejemplo, ya conoció ampliamente este tipo de falsas contraposiciones -«a mayor devoción a María, menos devoción a Jesús»-, y las refutó con gran fuerza. No. En la teoría y también en la práctica, es decir, de suyo y en la inmensa mayoría de los casos, «a más amor a la Virgen, más amor a Cristo», «donde hay mayor devoción al Sacramento, hay más y mejor participación en el Sacrificio», «a más captación de la presencia de Cristo en la Eucaristía, mayor facilidad para reconocerlo en la Palabra divina o en los pobres».
¿Cómo puede contraponerse en serio, concretamente, devoción a Cristo en la Eucaristía y devoción servicial a los pobres? ¿Qué dirían de tal aberración Micaela del Santísimo Sacramento, Charles de Foucauld o Teresa de Calcuta?... Son trampas dialécticas sin fundamento alguno doctrinal o práctico. Pablo VI, por el contrario, afirma que «el culto de la divina Eucaristía mueve muy fuertemente el ánimo a cultivar el amor social», y explica cómo y por qué (Mysterium fidei 38).
Siempre se ha entendido así. El artículo 15 de los Estatutos de la Compañía del Santísimo Sacramento, fundada en Francia el 1630, dispone que «el objeto de la caridad de los hermanos serán los hospitales, prisiones, enfermos, pobres vergonzantes, todos aquellos que están necesitados de ayuda», etc. (DSp II/2, 1302).
El venerable Alberto Capellán (1888-1965), labrador, padre de ocho hijos, miembro de la Adoración Nocturna, en la que pasa 660 noches ante el Santísimo, escribe: «Dios me encomendó la misión de recoger a los pobres por la noche». Hace un refugio, y desde 1928 hasta su muerte acoge a pobres y les atiende personalmente (G. Capellán, La lucha que hace grande al hombre. El venerable Alberto Capellán Zuazo, c/ Ob. Fidel 1, 26004 Logroño, 1998).
La madre Teresa de Calcuta refiere en una ocasión: «En el Capítulo General que tuvimos en 1973, las hermanas [Misioneras de la Caridad] pidieron que la Adoración al Santísimo, que teníamos una vez por semana, pasáramos a tenerla cada día, a pesar del enorme trabajo que pesaba sobre ellas. Esta intensidad de oración ante el Santísimo ha aportado un gran cambio en nuestra Congregación. Hemos experimentado que nuestro amor por Jesús es más grande, nuestro amor de unas por otras es más comprensivo, nuestro amor por los pobres es más compasivo y nosotras tenemos el doble de vocaciones» («Reino de Cristo» I-1987).
Ahora bien, ¿significa todo eso que la devoción eucarística, al paso de los siglos, de hecho, no ha sufrido deficiencias o desviaciones? Por supuesto que las ha sufrido, y muchas, como todas las instituciones de la Iglesia. Pero ¿el monacato, la educación católica, las misiones, la misma celebración de la Misa, el clero diocesano, la familia cristiana, no han sufrido deficiencias y desviaciones muy graves en el curso de los siglos? «El que de vosotros esté sin pecado, arroje la piedra el primero» contra la piedad eucarística (Jn 8,7).
El monacato, por ejemplo, ha conocido en su historia desviaciones o deficiencias muy considerables. En la historia del monacato ha habido ascetismos asilvestrados, vagancias ignorantes, erudiciones sin virtud, semipelagianismos furibundos, condenaciones maniqueas de la vida seglar, romanticismos del claustro y del desierto, etc. Pero no por eso dejamos de considerar la vida monástica como una forma maravillosa de realizar el Evangelio. Nada nos cuesta admitir que en esa forma de vida admirable han florecido santos de entre los más grandes de la Iglesia. Y no se nos ocurre decir de la vida monástica lo que alguno ha dicho de la piedad eucarística: que «aunque legítima, está fundada en una visión parcial del misterio» cristiano, por lo que «está expuesta a tambalearse por sí sola, si se pone en contraste con formas de vida cristiana más plenas», sobre todo cuando «se funda más en el sentimiento que en la razón». Por el contrario, nosotros decimos simplemente y con toda sinceridad que la vida monástica -aunque no ignoramos sus diversas deficiencias históricas- es una de las maneras más bellas y santificantes de vivir el Evangelio.
Hubo deficiencias
Pues bien, es evidente que en la historia de la devoción eucarística, según tiempos y lugares, se han dado desviaciones, acentuaciones excesivamente unilaterales, incluso errores y abusos, unas veces en las exposiciones doctrinales, otras en las costumbres prácticas. Y por eso ahora, al tratar aquí de la espiritualidad eucarística, es necesario que señalemos esas deficiencias, al menos las que estimamos más importantes. En efecto, una acentuación parcial de la Presencia real eucarística ha llevado en ocasiones a devaluar otras modalidades de la presencia de Cristo en la Iglesia: en la Palabra, por ejemplo, o en los pobres o en la misma inhabitación. Otras veces la devoción centrada en la Presencia real ha dejado en segundo plano aspectos fundamentales de la Eucaristía, entendida ésta, por ejemplo, como memorial de la pasión y de la resurrección de Cristo, como actualización del sacrificio de la redención, como signo y causa de la unidad de la Iglesia, etc.
Los fieles, entonces, más o menos conscientemente, consideran que la Misa se celebra ante todo y principalmente para conseguir esa presencia real de Jesucristo. Olvidando en buena medida que la Misa es ante todo el memorial del Sacrificio de la redención, «la Eucaristía se ha transformado en una epifanía, la venida del Señor, que aparece entre los hombres y les distribuye sus gracias. Y los hombres se han reunido en torno al altar para participar de estas gracias» (Jungmann I,157).
En esta perspectiva, no se relaciona adecuadamente la presencia real de Cristo y la celebración del sacrificio eucarístico, de donde tal presencia se deriva. No siempre se ha entendido tampoco, como se entendía en la antigüedad, que la reserva de la Eucaristía se realiza principalmente para hacer posible fuera de la Misa la comunión de enfermos y ausentes.
Esto ha dado lugar, en ocasiones, a una multiplicación inconveniente de sagrarios en una misma casa, orientando así la reserva casi exclusivamente a la devoción.
En algunos tiempos y lugares la veneración a la Presencia real se ha estimado en forma tan prevalente que las Misas más solemnes se celebran ante el Santísimo expuesto (+Jungmann I,164).  Con relativa frecuencia, por otra parte, la solemnización sensible de la presencia real de Cristo en el Sacramento -cantos, órgano, número de cirios encendidos, uso del incienso- ha sido notablemente superior a la empleada en la celebración misma del Sacrificio.  Y a veces, en lugar de exponer la sagrada Hostia sobre el altar, según la tradición primera, que expresa bien la unidad entre Sacrificio y Sacramento, se ha expuesto el Santísimo en ostensorios monumentales, muy distantes del altar y mucho más altos que éste.
Deficiencias del lenguaje piadoso
Otra cuestión, especialmente delicada, es la del lenguaje de la devoción a la Eucaristía. También aquí ha habido deficiencias considerables, sobre todo en la época barroca.
«¡Oh, Jesús Sacramentado, divino prisionero del Sagrario! Acudimos a Vos, que en el trono del sagrario te dignas recibir el rendimiento de nuestra pleitesía», etc.
No debemos ironizar, sin embargo, sobre estas efusiones eucarísticas piadosas, tan frecuentes en los libros de Visitas al Santísimo y de Horas santas. Son perfectamente legítimas, desde el punto de vista teológico. Merecen nuestro respeto y nuestro afecto. Han sido empleadas por muchos santos. Han servido para alimentar en innumerables cristianos un amor verdaderamente profundo a Jesucristo en la Eucaristía. Y más que expresiones inexactas, son simplemente obsoletas.
Por lo demás, los cristianos de hoy, en lo referente a la devoción eucarística, no estamos en condiciones de mirar por encima del hombro a nuestros antepasados. Al atardecer de nuestra vida, vamos a ser juzgados en el amor, más bien que por la calidad estética y teológica de nuestras fórmulas verbales o de nuestros signos expresivos.
Pero tampoco debemos ignorar que, no pocas veces hoy, la sensibilidad de los cristianos, por grande que sea su amor a la Eucaristía, suele encontrarse muy distante de esas expresiones de piedad. Hoy, quizá, el sentimiento religioso, al menos en ciertas cuestiones, está bastante más próximo a la Antigüedad patrística y a la Edad Media o al Renacimiento, que al Barroco o al Romanticismo. También en las devociones eucarísticas.
Recordemos, por ejemplo, la ternura tan elegante de la devoción franciscana hacia el Misterio eucarístico. Recordemos el temple bíblico y litúrgico, así como la profundidad teológica y la altura mística de las oraciones eucarísticas de santo Tomás o de santa Catalina de Siena... Por eso, entre los autores del siglo XX, las expresiones devocionales de mayor calidad teológica y estética hacia la Eucaristía las hallamos justamente en aquellos autores, como los benedictinos Dom Marmion o Dom Vonier, que están más vinculados a la inspiración bíblica y litúrgica, y a la tradición teológica y mística de la Edad Media.


Deficiencias históricas
Pero, volviendo a la cuestión central, todas éstas son deficiencias históricas -que en seguida veremos corregidas por la renovación litúrgica moderna-, y en modo alguno nos llevan a pensar que la piedad eucarística es en sí misma deficiente. Alguno, sin embargo, arrogándose la representación del movimiento litúrgico, se expresa como si lo fuera:
«El movimiento litúrgico ha reconocido que [la piedad eucarística] se trata de una piedad legítima, fundada empero en una visión parcial del misterio de la eucaristía; por esto mismo dicha piedad está expuesta por sí sola a tambalearse cuando se la contrasta con cualquier forma de espiritualidad que ofrezca una visión completa del misterio de Cristo, del mismo modo que están expuestas a perder actualidad otras devociones que tengan una visión parcial de la historia de la salvación, sobre todo las que se fundan más en el sentimiento que en la razón [sic; querrá decir que en la fe]» (subrayados nuestros).
¿Cómo se puede decir que la devoción eucarística, la devoción predilecta de Francisco y Clara, de Tomás e Ignacio, de Margarita María, de Antonio María, de Foucauld o de Teresa de Calcuta, la mil veces aprobada y recomendada por el Magisterio apostólico, la piedad tan hondamente vivida por el pueblo cristiano en los últimos ocho siglos, está fundada en una visión parcial del misterio de la fe, se apoya más en el sentimiento que en la fe, y en sí misma se tambalea? Y por otra parte, ¿qué fin cauteloso se pretende al declarar legítima una devoción que se juzga de tan mala calidad?
Renovación actual de la piedad eucarística
El movimiento litúrgico y el Magisterio apostólico, por obra como siempre del Espíritu Santo, al profundizar más y más en la realidad misteriosa de la Eucaristía, han renovado maravillosamente la doctrina y la disciplina del culto eucarístico.
Por lo que al Magisterio se refiere, los documentos más importantes sobre el tema han sido la encíclica de Pío XII Mediator Dei (1947), la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (1963), la encíclica de Pablo VI Mysterium fidei (1965), muy especialmente la instrucción Eucharisticum mysterium (1967) y el Ritual para la sagrada comunión y el culto a la Eucaristía fuera de la Misa, publicado en castellano en 1974. Y la exhortación apostólica de Juan Pablo II, Dominicæ Cenæ (1980). La devoción y el culto a la Eucaristía, en fin, es recomendada a todos los fieles en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992: 1378-1381).
Diversas modalidades de la presencia de Cristo en su Iglesia
El concilio Vaticano II, en su constitución sobre la liturgia, Sacrosanctum Concilium, da una enseñanza de suma importancia para la espiritualidad cristiana:
«Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, "ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz" [Trento], sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza [S. Agustín]. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20)» (7).
Pablo VI, en su encíclica Mysterium fidei, hace una enumeración semejante de los modos de la presencia de Cristo, añadiendo: está presente a su Iglesia«que ejerce las obras de misericordia», a su Iglesia «que predica», «que rige y gobierna al pueblo de Dios» (19-20). Y finalmente dice: «Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el que Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía... Tal presencia se llama real no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro» (21-22; +Ritual 6).
Y aún se podría hablar de otros modos reales de la presencia. La inhabitación de Cristo en el justo que le ama es real, según Él mismo lo dice: «si alguno me ama... vendremos a él, y en él haremos morada» (Jn 14,23).
En cuanto a la presencia de Cristo en los pobres, fácilmente se aprecia que es de otro orden. Tanto les ama, que nos dice: «lo que les hagáis, a mí me lo hacéis» (+Mt 25,34-46). En un pobre, sin embargo, que no ama a Cristo, no se da, sin duda, esa presencia real de inhabitación.
Pues bien, la configuración de una espiritualidad cristiana concreta se deriva principalmente de su modo de captar las diversas maneras de la presencia de Cristo. Desde luego, toda espiritualidad cristiana ha de creer y ha de vivir con verdadera devoción todos los modos de la presencia de Cristo. Pero es evidente que cada espiritualidad concreta tiene su estilo propio en la captación de esas presencias. Hay espiritualidades más o menos sensibles a la presencia de Cristo en la Escritura, en la Eucaristía, en la inhabitación, en los sacramentos, en los pobres, etc. Ahora bien, si la presencia de Cristo por antonomasia está en la Eucaristía, toda espiritualidad cristiana, con uno u otro acento, deberá poner en ella el centro de su devoción.
El fundamento primero de la adoración
La Iglesia cree y confiesa que «en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles» (Trento 1551: Dz 874/1636).
La divina Presencia real del Señor, éste es el fundamento primero de la devoción y del culto al Santísimo Sacramento. Ahí está Cristo, el Señor, Dios y hombre verdadero, mereciendo absolutamente nuestra adoración y suscitándola por la acción del Espíritu Santo. No está, pues, fundada la piedad eucarística en un puro sentimiento, sino precisamente en la fe. Otras devociones, quizá, suelen llevar en su ejercicio una mayor estimulación de los sentidos -por ejemplo, el servicio de caridad a los pobres-; pero la devoción eucarística, precisamente ella, se fundamenta muy exclusivamente en la fe, en la pura fe sobre el Mysterium fidei («præstet fides supplementum sensuum defectui»: que la fe conforte la debilidad del sentido; Pange lingua).
Por tanto, «este culto de adoración se apoya en una razón seria y sólida, ya que la Eucaristía es a la vez sacrificio y sacramento, y se distingue de los demás en que no sólo comunica la gracia, sino que encierra de un modo estable al mismo Autor de ella. «Cuando la Iglesia nos manda adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucarísticos, y pedirle los dones espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad» (Mediator Dei 164).
El culto eucarístico, ordenado a los cuatro fines del santo Sacrificio, es culto dirigido al glorioso Hijo encarnado, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Es, pues, un culto que presta a la santísima Trinidad la adoración que se le debe (+Dominicæ Cenæ 3).
Sacrificio y Sacramento
Puede decirse que «para ordenar y promover rectamente la piedad hacia el santísimo sacramento de la Eucaristía [lo más importante] es considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud, tanto en la celebración de la Misa, como en el culto a las sagradas especies» (Ritual 4).  Juan Pablo II insiste en este aspecto: «No es lícito ni en el pensamiento, ni en la vida, ni en la acción quitar a este Sacramento, verdaderamente santísimo, su dimensión plena y su significado esencial. Es al mismo tiempo Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión, Sacramento-Presencia» (Redemptor hominis 20).
Ya Pío XII orienta en esta misma dirección su doctrina sobre la devoción eucarística (cf. Discurso al Congreso internacional de pastoral litúrgica, de Asís (A.A.S. 48, 1956, 771-725).
Esta doctrina ha sido central, concretamente, en la disciplina renovada del culto a la Eucaristía.
«Los fieles, cuando veneran a Cristo presente en el Sacramento, recuerden que esta presencia proviene del Sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión sacramental y espiritual» (Ritual 80).  Lógicamente, pues, «se prohibe la celebración de la Misa durante el tiempo en que está expuesto el santísimo Sacramento en la misma nave de la iglesia» (ib. 83). Esa íntima unión entre Sacrificio y Sacramento se expresa, por ejemplo, en el hecho de que, al final de la exposición, el ministro «tomando la custodia o el copón, hace en silencio la señal de la Cruz sobre el pueblo» (ib. 99). El Corpus Christi de la custodia es el mismo cuerpo ofrecido por nosotros en el sacrificio de la redención: el mismo cuerpo que ahora está resucitado y glorioso.
Devoción eucarística y comunión
La presencia eucarística de Cristo siempre «se ordena a la comunión sacramental y espiritual» (Ritual 80). En efecto, la Eucaristía como sacramento está intrínsecamente orientada hacia la comunión. Las mismas palabras de Cristo lo hacen entender así: «tomad, comed, esto es mi cuerpo, entregado por vosotros». Consiguientemente, la finalidad primera de la reserva es hacer posible, principalmente a los enfermos, la comunión fuera de la Misa. En el sagrario. como en la Misa, Cristo sigue siendo «el Pan vivo bajado del cielo».
En efecto, «el fin primero y primordial de la reserva de las sagradas especies fuera de la misa es la administración del Viático; los fines secundarios son la distribución de la comunión y la adoración de Nuestro Señor Jesucristo, presente en el Sacramento. Pues la reserva de las especies sagradas para los enfermos ha introducido la laudable costumbre de adorar este manjar del cielo conservado en las iglesias» (Ritual 5).
Según eso, en la Eucaristía, Cristo está dándose, está entregándose como pan vivo que el Padre celestial da a los hombres. Y sólo podemos recibirlo en la fe y en el amor. Así es como, ante el sagrario, nos unimos a Él en comunión espiritual. En la adoración eucarística Él se entrega a nosotros y nosotros nos entregamos a Él. Y en la medida en que nos damos a Él, nos damos también a los hermanos.
«En la sagrada Eucaristía -dice el Vaticano II- se contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia, es decir, el mismo Cristo, nuestra Pascua y Pan vivo, que, mediante su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, invitándolos así y estimulándolos a ofrecer sus trabajos, la creación entera y a sí mismos en unión con él» (Presbiterorum ordinis 5).
La adoración eucarística, por tanto, ha de tener siempre forma de comunión espiritual. Y según eso, «acuérdense [los fieles] de prolongar por medio de la oración ante Cristo, el Señor, presente en el Sacramento, la unión con él conseguida en la Comunión, y renovar la alianza que les impulsa a mantener en sus costumbres y en su vida la que han recibido en la celebración eucarística por la fe y el Sacramento» (Ritual 81).

Adoración eucarística y vida espiritual
La piedad eucarística ha de marcar y configurar todas las dimensiones de la vida espiritual cristiana. Y esto ha de vivirse tanto en la devoción más interior como en la misma vida exterior.
En lo interior. «La piedad que impulsa a los fieles a adorar a la santa Eucaristía los lleva a participar más plenamente en el Misterio pascual y a responder con agradecimiento al don de aquel que, por medio de su humanidad, infunde continuamente la vida en los miembros de su Cuerpo. Permaneciendo ante Cristo, el Señor, disfrutan de su trato íntimo, le abren su corazón por sí mismos y por todos los suyos, y ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo, sacan de este trato admirable un aumento de su fe, su esperanza y su caridad. Así fomentan las disposiciones debidas que les permiten celebrar con la devoción conveniente el Memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre» (Ritual 80).
Disfrutan del trato íntimo del Señor. Efectivamente, éste es uno de los aspectos más preciosos de la devoción eucarística, uno de los más acentuados por los santos y los maestros espirituales, que a veces citan al respecto aquello del Apocalipsis: «mira que estoy a la puerta y llamo -dice el Señor-; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).
En lo exterior, igualmente, toda la vida ordinaria de los adoradores debe estar sellada por el espíritu de la Eucaristía. «Procurarán, pues, que su vida discurra con alegría en la fortaleza de este alimento del cielo, participando en la muerte y resurrección del Señor. Así cada uno procure hacer buenas obras, agradar a Dios, trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano, y también proponiéndose llegar a ser testigo de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana» (Ritual 81; +Dominicæ Coenæ 7).
Adoración y ofrenda personal
Adorando a Cristo en la Eucaristía, hagamos de nuestra vida «una ofrenda permanente». Los fines del Sacrificio eucarístico, como es sabido, son principalmente cuatro: adoración de Dios, acción de gracias, expiación e impetración (Trento: Dz 940. 950/1743. 1753; +Mediator Dei 90-93). Pues bien, esos mismos fines de la Misa han de ser pretendidos igualmente en el culto eucarístico. Por él, como antes nos ha dicho el Ritual, los adoradores han de «ofrecer con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo» (80). Pío XII lo explica bien:
«Aquello del Apóstol, "habéis de tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús" (Flp 2,5), exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio; es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad divina la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y expiando cada uno sus propios pecados. Exige, en fin, que nos ofrezcamos a la muerte mística en la cruz, juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como san Pablo: "estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo" (Gál 2,19)» (Mediator Dei 101).
Adoración y súplica
En el Evangelio vemos muchas veces que quienes se acercan a Cristo, reconociendo en él al Salvador de los hombres, se postran primero en adoración, y con la más humilde actitud, piden gracias para sí mismos o para otros.
La mujer cananea, por ejemplo, «acercándose [a Jesús], se postró ante él, diciendo: ¡Señor, ayúdame!» (Mt 15,25). Y obtuvo la gracia pedida.
Los adoradores cristianos, con absoluta fe y confianza, piden al Salvador, presente en la Eucaristía, por sí mismos, por el mundo, por la Iglesia. En la presencia real del Señor de la gloria, le confían sus peticiones, sabiendo con certeza que «tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo. Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1Jn 2,1-2).
En efecto, Jesús-Hostia es Jesús-Mediador. «Hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a Sí mismo como rescate por todos» (1Tim 2,5-6). Su Sacerdocio es eterno, y por eso «es perfecto su poder de salvar a los que por Él se acercan a Dios, y vive siempre para interceder por ellos» (Heb 7,24-25).
Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía
Al finalizar su estudio sobre La presencia real de Cristo en la Eucaristía, José Antonio Sayés escribe:
«La adoración, la alabanza y la acción de gracias están presentes sin duda en la trama misma de la "acción de gracias" que es la celebración eucarística y que en ella dirigimos al Padre por la mediación del sacrificio de su Hijo. «Pero la adoración, que es el sentimiento profundo y desinteresado de reconocimiento y acción de gracias de toda criatura respecto de su Creador, quiere expresarse como tal y alabar y honrar a Dios no sólo porque en la celebración eucarística participamos y hacemos nuestro el sacrificio de Cristo como culmen de toda la historia de salvación, sino por el simple hecho de que Dios está presente en el sacramento... «Por otra parte, hemos de pensar que la Encarnación merece por sí sola ser reconocida con la contemplación de la gloria del Unigénito que procede del Padre (Jn 1,14)... La conciencia viva de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, prolongación sacramental de la Encarnación, ha permitido a la Iglesia seguir siendo fiel al misterio de la Encarnación en todas sus implicaciones y al misterio de la mediación salvífica del cuerpo de Cristo, por el que se asegura el realismo de nuestra participación sacramental en su sacrificio, se consuma la unidad de la Iglesia y se participa ya desde ahora en la gloria futura» (312-313).
Adoremos, pues, al mismo Cristo en el misterio de su máximo Sacramento. Adorémosle de todo corazón, en oración solitaria o en reuniones comunitarias, privada o públicamente, en formas simples o con toda solemnidad.
-Adoremos a Cristo en el Sacrificio y en el Sacramento. La adoración eucarística fuera de la Misa ha de ser, en efecto, preparación y prolongación de la adoración de Cristo en la misma celebración de la Eucaristía. Con razón hace notar Pere Tena:
«La adoración eucarística ha nacido en la celebración, aunque se haya desarrollado fuera de ella. Si se pierde el sentido de adoración en el interior de la celebración, difícilmente se encontrará justificación para pomoverla fuera de ella... Quizá esta consideración pueda ser interesante para revisar las celebraciones en las que los signos de referencia a una realidad transcendente casi se esfuman» (212).
-Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía: exaltemos al humillado. Es un deber glorioso e indiscutible, que los fieles cristianos -cumpliendo la profecía del mismo Cristo- realizamos bajo la acción del Espíritu Santo: «él [el Espíritu Santo] me glorificará» (Jn 16,14).
En ocasión muy solemne, en el Credo del Pueblo de Dios, declara Pablo VI: «la única e indivisible existencia de Cristo, Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente gratísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos» (n. 26).
-Adorando a Cristo en la Eucaristía, bendigamos a la Santísima Trinidad, como lo hacía el venerable Manuel González:
«Padre eterno, bendita sea la hora en que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: "sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Padre, Hijo y Espíritu Santo, benditos seáis por cada uno de los segundos que está con nosotros el Corazón de Jesús en cada uno de los Sagrarios de la tierra. Bendito, bendito Emmanuel» (Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario, 37).
-Adoremos a Cristo en exposiciones breves o prolongadas. Respecto a las exposiciones más prolongadas, por ejemplo, las de Cuarenta Horas, el Ritual litúrgico de la Eucaristía dispone: «en las iglesias en que se reserva habitualmente la Eucaristía, se recomienda cada año una exposición solemne del santísimo Sacramento, prolongada durante algún tiempo, aunque no sea estrictamente continuado, a fin de que la comunidad local pueda meditar y orar más intensamente este misterio. Pero esta exposición, con el consentimiento del Ordinario del lugar, se hará sólamente si se prevé una asistencia conveniente de fieles» (86).
«Póngase el copón o la custodia sobre la mesa del altar. Pero si la exposición se alarga durante un tiempo prolongado, y se hace con la custodia, se puede utilizar el trono o expositorio, situado en un lugar más elevado; pero evítese que esté demasiado alto y distante» (93).
Ante el Santísimo expuesto, el ministro y el acólito permanecen arrodillados, concretamente durante la incensión (97). Y lo mismo, se entiende, el pueblo. Es el mismo arrodillamiento que, siguiendo muy larga tradición, viene prescrito por la Ordenación general del Misal Romano «durante la consagración» de la Eucaristía (21). Y recuérdese en esto que «la postura uniforme es un signo de comunidad y unidad de la asamblea, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes» (20).
-Adoremos a Cristo con cantos y lecturas, con preces y silencio. «Durante la exposición, las preces, cantos y lecturas deben organizarse de manera que los fieles atentos a la oración se dediquen a Cristo, el Señor».
«Para alimentar la oración íntima, háganse lecturas de la sagrada Escritura con homilía o breves exhortaciones, que lleven a una mayor estima del misterio eucarístico. Conviene también que los fieles respondan con cantos a la palabra de Dios. En momentos oportunos, debe guardarse un silencio sagrado» (Ritual 95; +89).
-Adoremos a Cristo, rezando la Liturgia de las Horas. «Ante el santísimo Sacramento, expuesto durante un tiempo prolongado, puede celebrarse también alguna parte de la Liturgia de las horas, especialmente las Horas principales [laudes y vísperas].
«Por su medio, las alabanzas y acciones de gracias que se tributan a Dios en la celebración de la Eucaristía, se amplían a las diferentes horas del día, y las súplicas de la Iglesia se dirigen a Cristo y por él al Padre en nombre de todo el mundo» (Ritual 96). Las Horas litúrgicas, en efecto, están dispuestas precisamente para «extender a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias, así como el recuerdo de los misterios de la salvación, las súplicas y el gusto anticipado de la gloria celeste, que se nos ofrecen en el misterio eucarístico, "centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana" (CD 30)» (Ordenación general de la Liturgia de las Horas 12).
-Adoremos a Cristo, haciendo «visitas al Santísimo». En efecto, como dice Pío XII, «las piadosas y aún cotidianas visitas a los divinos sagrarios», con otros modos de piedad eucarística,
«han contribuido de modo admirable a la fe y a la vida sobrenatural de la Iglesia militante en la tierra, que de esta manera se hace eco, en cierto modo, de la triunfante, que perpetuamente entona el himno de alabanza a Dios y al Cordero "que ha sido sacrificado" (Ap 5,12; +7,10). Por eso la Iglesia no sólo ha aprobado esos piadosos ejercicios, propagados por toda la tierra en el transcurso de los siglos, sino que los ha recomendado con su autoridad. Ellos proceden de la sagrada liturgia, y son tales que, si se practican con el debido decoro, fe y piedad, en gran manera ayudan, sin duda alguna, a vivir la vida litúrgica» (Mediator Dei 165-166).
Sagrarios dignos en iglesias abiertas
Procuremos tener sagrarios dignos en iglesias abiertas, para que pueda llevarse a la práctica esa adoración eucarística de los fieles. Así pues, «cuiden los pastores de que las iglesias y oratorios públicos en que se guarda la santísima Eucaristía estén abiertas diariamente durante varias horas en el tiempo más oportuno del día, para que los fieles puedan fácilmente orar ante el santísimo Sacramento» (Ritual 8; +Código 937). «El lugar en que se guarda la santísima Eucaristía sea verdaderamente destacado. Conviene que sea igualmente apto para la adoración y oración privada» (Ritual 9).
«Según la costumbre tradicional, arda continuamente junto al sagrario una lámpara de aceite o de cera, como signo de honor al Señor» (Ritual 11; puede ser eléctrica, pero no común: Código 940). En cada iglesia u oratorio haya «un solo sagrario» (Código 938,1). Y en los conventos o casas de espiritualidad el sagrario esté «sólo en la iglesia o en el oratorio principal anejo a la casa; pero el Ordinario, por causa justa, puede permitir que se reserve también en otro oratorio de la misma casa» (ib. 937).
Devoción eucarística y esperanza escatológica
Adoremos a Cristo en la Eucaristía, como prenda y anticipo de la vida celeste. La celebración eucarística es «fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura» (Vat.II: UR 15a). Por eso el culto eucarístico tiene como gracia propia mantener al cristiano en una continua tensión escatológica.
Ante el sagrario o la custodia, en la más preciosa esperanza teologal, el discípulo de Cristo permanece día a día ante Aquél que es la puerta del cielo: «yo soy la puerta; el que por mí entrare, se salvará» (Jn 10,9). Ante el sagrario, ante la custodia, el discípulo persevera un día y otro ante Aquél «que es, que era, que vendrá» (Ap 1,4.8). El Cristo que vino en la encarnación; que viene en la Eucaristía, en la inhabitación, en la gracia; que vendrá glorioso al final de los tiempos.
No olvidemos, en efecto, que en la Eucaristía el que vino -«quédate con nosotros» (Lc 24,29)- viene a nosotros en la fe, «mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo». Así lo confesamos diariamente en la Misa. Como hace notar Tena, «la presencia del Señor entre nosotros no puede ser más que en la perspectiva del futuræ gloriæ pignus [prenda de la futura gloria]» (217). En los últimos siglos, ha prevalecido entre los cristianos la captación de Cristo en la Eucaristía como Emmanuel, como el Señor con nosotros; y éste es un aspecto del Misterio que es verdadero y muy laudable. Pero los Padres de la Iglesia primitiva, al tratar de la Eucaristía, insistían mucho más que nosotros en su dimensión escatológica. En ella, más que el Emmanuel, veían el acceso al Cristo glorioso que ha de venir. Y en sus homilías y catequesis señalaban con frecuencia la relación existente entre la Eucaristía y la vida futura, esto es, la resurrección de los muertos: «el que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54).
Esta perspectiva escatológica de la Eucaristía no es exclusiva de los Padres primeros, pues se manifiesta también muy acentuada en la Edad Media, es decir, en las primeras formulaciones de la adoración eucarística. Bastará, por ejemplo, que recordemos algunas estrofas de los himnos eucarísticos compuestos por santo Tomás:
La secularización de la vida presente, es decir, la disminución o la pérdida de la esperanza en la vida eterna, es hoy sin duda la tentación principal del mundo, y también de los cristianos. Por eso precisamente «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico» (Dominicæ Cenæ 3), porque ésa es, sin duda, la devoción que con más fuerza levanta el corazón de los fieles hacia la vida celestial definitiva.
Y «he aquí -escribe Tena- cómo a través de esta dimensión escatológica de la adoración eucarística, reencontramos la motivación fundamental de la misma reserva: para el Viático, para que los enfermos puedan comulgar... Este pan de vida que está encima del altar, así como procede del banquete celestial, continúa ofrecido como alimento de tránsito: es un viático, sobre todo. Cada uno de los adoradores puede pensar, en el instante de adoración silenciosa, en este momento en que recibirá por última vez la Eucaristía: "¡quien come de este pan vivirá para siempre!" (Jn 6,58). La prenda del futuro absoluto está ahí: es la presencia del Señor de la gloria, que aparece en la Eucaristía» (217).
Los sacerdotes y la adoración eucarística
Si todos los fieles han de venerar a Cristo en el Sacramento, «los pastores en este punto vayan delante con su ejemplo y exhórtenles con sus palabras» (Ritual 80). En efecto, los sacerdotes deben suscitar en los fieles la devoción eucarística tanto por el ejemplo como por la predicación. Es un deber pastoral grave.
La piedad eucarística de los fieles depende en buena medida de que sus sacerdotes la vivan y, consiguientemente, la prediquen -«de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34)-. Por eso la Congregación para la Educación Católica, en su instrucción de 1980 Sobre la vida espiritual en los Seminarios, muestra tanto interés en que los candidatos al sacerdocio sean formados en el convencimiento de que «el continuo desarrollo del culto de adoración eucarística es una de las más maravillosas experiencias de la Iglesia».
«Un sacerdote que no participe de este fervor, que no haya adquirido el gusto de esta adoración, no sólo será incapaz de transmitirlo y traicionará la Eucaristía misma, sino que cerrará a los fieles el acceso a un tesoro incomparable».
Y por eso la Congregación para el Clero, en el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, de 1994, toca también con insistencia el mismo punto:
«La centralidad de la Eucaristía se debe indicar no sólo por la digna y piadosa celebración del Sacrificio, sino aún más por la adoración habitual del Sacramento. El presbítero debe mostrarse modelo de la grey [1Pe 5,3] también en el devoto cuidado del Señor en el sagrario y en la meditación asidua que hace -siempre que sea posible- ante Jesús Sacramentado. Es conveniente que los sacerdotes encargados de la dirección de una comunidad dediquen espacios largos de tiempo para la adoración en comunidad, y tributen atenciones y honores, mayores que a cualquier otro rito, al Santísimo Sacramento del altar, también fuera de la Santa Misa. "La fe y el amor por la Eucaristía hacen imposible que la presencia de Cristo en el sagrario permanezca solitaria" (Juan Pablo II, 9-VI-1993). La liturgia de las horas puede ser un momento privilegiado para la adoración eucarística» (50).
De todo esto, ya hace años, dijo hermosas cosas el gran liturgista dominico A.-M. Roguet (L'adoration eucharistique dans la piété sacerdotale, «Vie Spirituelle» 91, 1954, 11-12).
La devoción eucarística después del Vaticano II
La piedad eucarística es en el siglo XX una parte integrante de la espiritualidad cristiana común. Por eso San Pío X no hace sino afirmar una convicción general cuando dice:
«Todas bellas, todas santas son las devociones de la Iglesia Católica, pero la devoción al Santísimo Sacramento es, entre todas, la más sublime, la más tierna, la más fructuosa» (A la Adoración Nocturna Española 6-VII-1908).
¿Y después del Vaticano II? La gran renovación litúrgica impulsada por el Concilio también se ha ocupado de la piedad eucarística.
Concretamente, el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa es una realización de la Iglesia postconciliar. Antes no había un Ritual, y la devoción eucarística discurría por los simples cauces de la piadosa costumbre. Ahora se ha ordenado por rito litúrgico esta devoción. Por otra parte, en el Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, de 1977, después de la comunión, se incluye un rito para la «inauguración de la capilla del Santísimo Sacramento». Antes tampoco existía ese rito. Es nuevo.
Son éstos, sin duda, gestos importantes de la renovación litúrgica postconciliar. Y los recientes documentos magistrales sobre la adoración eucarística que hemos recordado, más explícitamente todavía, nos muestran el gran aprecio que la Iglesia actual tiene por esta devoción y este culto. Por eso, si la doctrina y la disciplina de la Iglesia ha querido en nuestro tiempo podar el árbol de la piedad eucarística, lo ha hecho ciertamente a fin de que crezca más fuerte y dé aún mejores y más abundantes frutos. Y por eso aquéllos que, en vez de podar el árbol de la devoción al Sacramento, lo cortan de raíz se están alejando de la tradición católica y, sin saberlo normalmente, se oponen al impulso renovador de la Iglesia actual.
Ya en 1983 observaba Pere Tena: «sabemos y constatamos cómo en muchos lugares se ha silenciado absolutamente el sentido espiritual de la oración personal ante el santísimo sacramento, y cómo esto, juntamente con la supresión de las procesiones eucarísticas y de las exposiciones prolongadas, se considera como un progreso» (209). En esta línea, podemos añadir, hay parroquias hoy que no tienen custodia, y en las que el sagrario, si existe, no está asequible a la devoción de los fieles.
La supresión de la piedad eucarística no es un progreso, evidentemente, sino más bien una decadencia en la fe, en la fuerza teologal de la esperanza y en el amor a Jesucristo. Y no parece aventurado estimar que entre la eliminación de la devoción eucarística y la disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas existe una relación cierta, aunque no exclusiva. Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Dominicæ Coenæ, no sólamente manifiesta con fuerza su voluntad de estimular todas las formas tradicionales de la devoción eucarística, «oraciones personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales -las cuarenta horas-, bendiciones y procesiones eucarísticas, congresos eucarísticos», sino que afirma incluso que «la animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto y de la que es el punto central».
Y es que «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (3).
Secularización o sacralidad
Hoy se hace necesario en el cristianismo elegir entre secularización y sacralidad.
-El cristianismo secularizado, de claras raíces nestorianas y pelagianas, deja en la duda la divinidad de Jesús y la virginidad de María, busca la salvación en el hombre mismo, ignorando la necesidad de la fe y de la gracia para la salvación, olvida la vida eterna, y aleja al pueblo cristiano de la Misa y de los sacramentos, especialmente del sacramento de la penitencia. Este «cristianismo», por supuesto, suprime la adoración eucarística, vacía los templos, y consigue así tenerlos cerrados. De este modo evita que los cristianos se pierdan en pietismos alienantes, y fomenta que vayan entre los hombres, que es donde deben estar.
Hoy es bien conocido este falso cristianismo (+Iraburu, Sacralidad y secularización, Fundación GRATIS DATE, Pamplona 1996): falsifica la acción misionera, niega la necesidad de la Iglesia, elimina la finalidad sobrenatural de las obras misioneras y educativas, caritativas y asistenciales, y secularizando todo en un horizontalismo inmanentista, acaba, claro está, con las vocaciones sacerdotales y religiosas.
-El cristianismo sagrado, por el contrario, el bíblico y tradicional, el propugnado por el Magisterio apostólico, confiesa firmemente a Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre, afirma que su gracia es en absoluto necesaria para el hombre, y que su presencia en la Eucaristía, real y verdadera, debe ser adorada.
Los cristianos, en este verdadero cristianismo, permanecen en el mismo Señor Jesucristo, como sarmientos en la Vid santa, y se unen a él por el amor servicial y la oración, por la penitencia sacramental, y muy especialmente por la celebración y la adoración de la Eucaristía. Ésta es la Iglesia que, centrada en el Mysterium fidei, florece en vocaciones, en familias cristianas y en innumerables obras misioneras y educativas, sociales, culturales y asistenciales. Escuchemos, pues, de nuevo a Juan Pablo II (Dominicæ Coenæ 3): «La animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto, y de la que es el punto central. La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico».
II
La Adoración Nocturna
Hermann Cohen, fundador
Nacido en una poderosa familia judía de Hamburgo, Hermann Cohen (1820-1871) es educado en la religiosidad de un judaísmo ilustrado, y en el desprecio de todo lo cristiano: sacerdotes, cruz, sacramentos, etc. A los cuatro años inicia Hermann su formación musical, y a los once da ya conciertos al piano. Un año después, como discípulo predilecto de Franz Liszt (1811-1886), inicia en París y desarrolla después por toda Europa una carrera muy brillante como pianista, profesor de piano y compositor. Los personajes más brillantes y anticatólicos de su tiempo fueron los más íntimos amigos de Hermann en su adolescencia y juventud. Felicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote que acabó en la apostasía, fue su maestro. George Sand (1804-1876), escritora casada, que abandonó a su familia, y vivió sucesivamente con Mérimée, Musset, Chopin y con algún otro, tenía en Hermann, su Puzzi, su pajecito inseparable, que a veces incluso le acompañaba en los viajes. Admirador de Voltaire y de Rousseau, lo mismo se relacionaba con el anarquista Bakunine (1814-1876), que brillaba en los salones de la aristocracia europea. Hermann Cohen es un triunfador famoso, viaja por toda Europa, conoce bien varias lenguas -alemán y francés, italiano y español-, gana mucho dinero con sus conciertos, lo pierde también cuantiosamente en el juego, y llega a conocer todos los vicios. Así vive, así malvive hasta los veintiséis años, hasta 1847.
Una conversión eucarística
El propio Hermann relata su conversión al sacerdote Alfonso María de Ratisbona (1814-1884), otro judío converso, como antes lo fue el hermano de éste, Teodoro, también sacerdote. Un viernes de mayo de 1847, en París, el príncipe de Moscú le pide a su amigo Hermann que le reemplace en la dirección de un coro de aficionados en la iglesia de Santa Valeria. Hermann, que vive en la vecindad, va allí con gusto. Y en el acto final de la bendición con el Santísimo, experimenta
«una extraña emoción, como remordimientos de tomar parte en la bendición, en la cual carecía absolutamente de derechos para estar comprendido». Sin embargo, la emoción es grata y fuerte, y siente «un alivio desconocido».
Vuelve Hermann a la misma iglesia los viernes siguientes, y siempre en el acto en que el sacerdote bendice con la custodia a los fieles arrodillados, experimenta la misma conmoción espiritual. Pasa el mes de mayo, y con él las solemnidades musicales en honor de María. Pero él cada domingo vuelve a Santa Valeria para asistir a Misa. En la casa de Adalberto de Beaumont, donde vive entonces, toma un viejo devocionario de la biblioteca, y con él inicia su instrucción en el cristianismo. En seguida, recibe la ayuda del padre Legrand, de la curia arzobispal de París. También el vicario general, Mons. de la Bouillerie, muy interesado en las obras eucarísticas, se interesa por él. Pero pronto Hermann tiene que partir a Ems, en Alemania, donde ha de dar un concierto.
«Apenas hube llegado a dicha ciudad, visité al párroco de la pequeña iglesia católica, para quien el sacerdote Legrand me había dado una carta de recomendación. El segundo día después de mi llegada, era un domingo, el 8 de agosto, y, sin respeto humano, a pesar de la presencia de mis amigos, fui a oír Misa.
«Allí, poco a poco, los cánticos, las oraciones, la presencia -invisible, y sin embargo sentida por mí- de un poder sobrehumano, empezaron a agitarme, a turbarme, a hacerme temblar. En una palabra, la gracia divina se complacía en derramarse sobre mí con toda su fuerza. En el acto de la elevación, a través de mis párpados, sentí de pronto brotar un diluvio de lágrimas que no cesaban de correr a lo largo de mis mejillas... ¡Oh momento por siempre jamás memorable para la salud de mi alma! Te tengo ahí, presente en la mente, con todas las sensaciones celestiales que me trajiste de lo Alto... Invoco con ardor al Dios todopoderoso y misericordiosísimo, a fin de que el dulce recuerdo de tu belleza quede eternamente grabado en mi corazón, con los estigmas imborrables de una fe a toda prueba y de un agradecimiento a la medida del inmenso favor de que se ha dignado colmarme...
«Al salir de esta iglesia de Ems, era ya cristiano. Sí, tan cristiano como es posible serlo cuando no se ha recibido aún el santo bautismo...»
Vuelto a París, se dedica Hermann apasionadamente a la oración y a su instrucción religiosa. Pero todavía se ve obligado durante unos meses a dar clases y conciertos, pues ha de pagar considerables deudas de juego a sus acreedores. Llega por fin el día de su bautismo: el 28 de agosto de 1847. «Estaba tan emocionado, escribe, que aun hoy no recuerdo, sino muy imperfectamente, las ceremonias que se hicieron». Ingresa en las Conferencias de San Vicente de Paúl. Pero donde mejor se halla siempre es en la iglesia, en oración ante el Santísimo. El 10 de noviembre hace voto, ante el altar de la Virgen, de ordenarse sacerdote y de prepararse a ello en cuanto se vea libre de sus acreedores. Cambia su vida totalmente, y sus antiguos compañeros de bohemia y de fiesta no lo entienden. Piensan que, quizá por sus excesos, anda trastornado. Algunos, como Adalberto de Beaumont, le vuelven la espalda, y él ha de buscarse nuevo domicilio.
Proyecto de Hermann aprobado por Mons. de la Bouillerie
Hermann alquila un modesto cuarto en la calle de la Universidad, número 102 -casa que ya no existe-, y que se puede considerar como la cuna de la Adoración Nocturna. Un amigo suyo, el señor Dupont, uno de sus primeros seguidores, refiere los datos de esta fundación:
«Habiendo entrado un día por la tarde en la capilla de las Carmelitas, [Hermann] que se complacía en visitar las iglesias en que se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento, se puso a adorar a Nuestro Señor manifiesto en la custodia, sin contar las horas y sin advertir que la noche se acercaba. Era en noviembre. Una Hermana tornera llega y da la señal de salir. Fue necesario un segundo aviso. Entonces Hermann dijo a la religiosa: "Ya saldré cuando lo hagan esas personas que se hallan al fondo de la capilla". Y ella: "Pues no saldrán en toda la noche". «Semejante respuesta de la Hermana era más que suficiente, y dejaba una preciosa semilla en un corazón bien dispuesto. Hermann sale del oratorio y se dirige precipitadamente a casa de Monseñor de la Bouillerie: "Acaban de hacerme salir de una capilla, exclama, en la que unas mujeres estarán toda la noche ante el Santísimo Sacramento"... Monseñor de la Bouillerie responde: "Bien, encuéntreme hombres y les autorizo a imitar a esas buenas mujeres, cuya suerte ante Nuestro Señor envidia usted". Pues bien, ya desde el día siguiente, con el favor de los ángeles buenos, Hermann hallaba la necesaria ayuda en varias almas».
Monseñor de la Bouillerie había establecido ya anteriormente en París, en 1844, una pequeña asociación para la Adoración nocturna en casa, cuyos miembros, hombres o mujeres, se levantaban por turnos durante la noche una vez al mes, a hora fijada de antemano, para adorar a Nuestro Señor. También había contribuído a fundar la Adoración nocturna del Santísimo Sacramento, asociación femenina establecida por la señorita Debouché, que iba a ser el núcleo de las religiosas Reparadoras.
Nace la Adoración Nocturna
Hermann, muy contento con la autorización de Monseñor de la Bouillerie, se puso inmediatamente en busca de hombres de fe, ávidos como él de agradecer al Jesús de la Eucaristía todos sus beneficios, entregándole sacrificio por sacrificio.
Los primeros inscritos en la lista fueron el caballero Aznarez, antiguo diplomático español, que había enseñado el castellano a Hermann en los tiempos de su vida artística, y el conde Raimundo de Cuers, capitán de fragata, muy amigo. Pronto se presentaron otros, y el 22 de noviembre de 1848, Hermann los reunía a todos en su cuartito de la calle de la Universidad. Sólo diecinueve miembros se hallaban presentes; cuatro inscritos no habían podido acudir. Monseñor de la Bouillerie presidía la pequeña reunión, cuyos miembros se habían juntado
«con la intención, dice el acta de esta primera sesión, de fundar una asociación que tendrá por objeto la Exposición y Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, la reparación de los ultrajes de que es objeto, y para atraer sobre Francia las bendiciones de Dios y apartar de ella los males que la amenazan».
¡Un programa inmenso para tan pequeño número de hombres, casi todos de la más humilde condición! Aparte del promotor de la reunión, pianista famoso, además de Mons. de la Bouillerie y de dos oficiales de marina, los asociados no eran casi más que empleados oscuros, obreros y criados. Éstos fueron los instrumentos de que el Señor se sirvió para establecer la asociación de la Adoración Nocturna, que pronto había de extenderse por casi todos los países católicos.
Obra providencial para tiempos duros de la Iglesia
Al saber que la revolución había triunfado en Roma, y que el papa Pío IX había tenido que refugiarse en Gaeta, puerto al sur de Roma, animó a aquellos primeros asociados a poner en práctica inmediatamente su proyecto. Y así la primera vigilia nocturna de Adoración se celebró el 6 de diciembre de 1848.
La segunda y tercera noches se verificaron los días 20 y 21 del mismo mes, con ocasión de las rogativas de Cuarenta Horas ordenadas con esa ocasión, en favor del Papa, por el arzobispo de París.
En Francia, pues, esta fundación se relaciona con una de las fases más dolorosas del Papado. Y coincide en ello con la obra de Adoración fundada en Roma, en 1809, cuando Napoleón hace cautivo a Pío VII.
Primeras vigilias de la Adoración Nocturna
Las primeras vigilias se efectuaron en el famoso santuario de Nuestra Señora de las Victorias. Más tarde, los socios de la Adoración Nocturna y de las Conferencias de San Vicente de Paúl perpetuaron el hecho con una lápida de mármol, en testimonio de agradecimiento:
A Nuestra Señora de las Victorias, nuestra protectora, en homenaje de gratitud y de amor de las Conferencias de San Vicente de Paúl y de la asociación de la Adoración Nocturna de parís.
31 de mayo de 1871
La asociación de la Exposición y Adoración Nocturna del Santísimo Sacramento, en París, ha tenido su origen en esta iglesia, el 6 de diciembre de 1848, debido al celo del Rdo. padre Hermann y de Mons. Francisco de la Bouillerie, obispo de Carcasona,
entonces vicario general de la diócesis de París.
Las vigilias no pudieron continuarse en Nuestra Señora de las Victorias, y se escogió para lugar de reunión el oratorio de los Padres Maristas.
El padre Hermann, carmelita
En 1849 Hermann ingresa en el Carmelo, que en esos años, tras las persecuciones de la Revolución Francesa, estaba siendo refundado en Francia bajo la dirección del carmelita español Domingo de San José. Una vez ordenado presbítero, el padre Hermann, con muchos viajes y trabajos, fue la fuerza más eficaz tanto para la extensión del Carmelo como para la difusión de la Adoración Nocturna en Francia y fuera de ella.
El padre Hermann era un religioso ejemplar, tan contemplativo y orante como activo y apostólico. Tuvo relación amistosa con muchas de las grandes figuras católicas de su tiempo: el santo Cura de Ars, santa Bernardita, san Pedro-Julián Eymard, el cardenal Wiseman, etc. Tuvo, por otra parte, la alegría de bautizar a diez miembros de su familia judía. Al fin, agotado por el trabajo y contagiado de viruela, muere en 1871, a los cincuenta años de edad, estando en Spandau, Alemania, al servicio de los prisioneros franceses de la guerra franco-prusiana.
El apóstol de la Eucaristía
El padre Hermann, famoso predicador, hace voto de mencionar la Eucaristía en todos sus sermones. Y no le cuesta nada cumplirlo, pues como su tesoro es la Eucaristía, allí está, pues, su corazón; y de la abundancia del corazón habla su boca (+Mt 6,21; 12,34).
Aunque al entrar en el Carmelo dejó del todo la composición de música, siendo estudiante de teología, le autorizaron en una ocasión sus superiores esa actividad como descanso. Y como no podía ser menos, compuso una colección de Cánticos al Santísimo Sacramento, la más perfecta de todas sus obras. En la introducción, escribe emocionado:
«Jesús, adorado por mí, que me has conducido a la soledad para hablarme al corazón; por mí, cuyos días y noches se deslizan felizmente en medio de las celestiales conversaciones de tu Presencia adorable, entre los recuerdos de la comunión de hoy y las esperanzas de la comunión de mañana... Yo beso con entusiasmo las paredes de mi celda querida, en la que nada me distrae de mi único pensamiento, en la que no respiro sino para amar tu divino Sacramento...
«¡Que vengan, que vengan los que me han conocido en otro tiempo, y que menosprecian a un Dios muerto de amor por ellos!... Que vengan, Jesús mío, y sabrán si tú puedes cambiar los corazones. Sí, mundanos, yo os lo digo, de rodillas ante este amor despreciado: si ya no me veis esforzarme sobre vuestras mullidas alfombras para mendigar aplausos y solicitar vanos honores, es porque he hallado la gloria en el humilde tabernáculo de Jesús-Hostia, de Jesús-Dios. «Si ya no me veis jugar a una carta el patrimonio de una familia entera, o correr sin aliento para adquirir oro, es porque he hallado la riqueza, el tesoro inagotable en el cáliz de amor que guarda a Jesús-Hostia. «Si ya no me veis tomar asiento en vuestras mesas suntuosas y aturdirme en las fiestas frívolas que dais, es porque hay un festín de gozo en el que me alimento para la inmortalidad y me regocijo con los ángeles del cielo. Es porque he hallado la felicidad suprema. Sí, he hallado el bien que amo, él es mío, lo poseo, y que venga quien pretenda despojarme de él.
«Pobres riquezas, tristes placeres, humillantes honores eran los que perseguía con vosotros... Pero ahora que mis ojos han visto, que mis manos han tocado, que sobre mi corazón ha palpitado el corazón de un Dios, ¡oh, cómo os compadezco, en vuestra ceguera, por perseguir y lograr placeres incapaces de llenar el corazón!
«Venid, pues, al banquete celestial que ha sido preparado por la Sabiduría eterna; ¡venid, acercaos!... Dejad ahí vuestros juguetes vanos, las quimeras que traéis, arrojad a lo lejos los harapos engañadores que os cubren. Pedid a Jesús el vestido blanco del perdón, y, con un corazón nuevo, con un corazón puro, bebed en el manantial límpido de su amor... "¡Venid y ved qué bueno es el Señor!" [Sal 33,9].
«¡Oh Jesús, amor mío, cómo quisiera demostrarles la felicidad que me das! Me atrevo a decir que, si la fe no me enseñase que contemplarte en el cielo es mayor gozo aún, no creería jamás posible que existiera mayor felicidad que la que experimento al amarte en la Eucaristía y al recibirte en mi pobre corazón, que tan rico es gracias a ti!»...
No fueron éstos unos pasajeros fervores de novicio. Por el contrario, durante toda su vida -como se comprueba en su diario, en sus cartas y predicaciones- el Espíritu Santo mantuvo su corazón encendido en la llama de un amor inmenso al Jesús de la Eucaristía.
Jesucristo es hoy la Eucaristía
El amor abrasador del padre Hermann a la Eucaristía, es decir, a Jesucristo, hacía que no pudiera comulgar o llevar el Sacramento sin experimentar una emoción tan viva y fuerte que se parecía a la embriaguez. De esta vivencia personal tan profunda reciben sus escritos eucarísticos una vibración tan singular.
«¡Oh, Jesús! ¡oh, Eucaristía, que en el desierto de esta vida me apareciste un día, que me revelaste la luz, la belleza y grandeza que posees! Cambiaste enteramente mi ser, supiste vencer en un instante a todos mis enemigos... Luego, atrayéndome con irresistible encanto, has despertado en mi alma un hambre devoradora por el Pan de vida y en mi corazón has encendido una sed abrasadora por tu Sangre divina...
«Y ahora que te poseo y que me has herido en el corazón, ¡ah!, deja que les diga lo que para mi alma eres... «¡Jesucristo, hoy, es la sagrada Eucaristía! Jesus Christus hodie [+Heb 13,8]. ¿Es posible pronunciar esta palabra sin sentir en los labios una dulzura como de miel? ¿como un fuego ardiente en las venas? ¡La sagrada Eucaristía! El habla enmudece, y sólo el corazón posee el lenguaje secreto para expresarlo. «¡Jesucristo en el día de hoy!...
«Hoy me siento débil... Necesito una fuerza que venga de arriba para sostenerme, y Jesús bajado del cielo se hace Eucaristía, es el pan de los fuertes. «¡Hoy me hallo pobre!... Necesito un cobertizo para guarecerme, y Jesús se hace casa... Es la casa de Dios, es el pórtico del cielo, ¡es la Eucaristía!...
«Hoy tengo hambre y sed. Necesito alimento para saciar el espíritu y el corazón, y bebida para apagar el ardor de mi sed, y Jesús se hace trigo candeal, se hace vino de la Eucaristía: Frumentum electorum et vinum germinans virgines [trigo que alimenta a los jóvenes y vino que anima a las vírgenes: Zac 9,17].
«Hoy me siento enfermo... Necesito una medicina benéfica para curarme las llagas del alma, y Jesús se extiende como ungüento precioso sobre mi alma al entregárseme en la Eucaristía: impinguasti in oleo caput meum; oleum effusum... oleo lætitiæ unxi eum... fundens oleum desuper [Sal 22,5; 44,8; 88,21].
«Hoy necesito ofrecer a Dios un holocausto que le sea agradable, y Jesús se hace víctima, se hace Eucaristía.
«Hoy en fin me hallo perseguido, y Jesús se hace coraza para defenderme: scutum meum et cornu salutis meæ [mi escudo y la fuerza de mi salvación: 2Re 22,3 Vulgata]. Me hace temible al demonio.
«Hoy estoy extraviado, se me hace estrella; estoy desanimado, me alienta; estoy triste, me alegra; estoy solo, viene a morar conmigo hasta la consumación de los siglos; estoy en la ignorancia, me instruye y me ilumina; tengo frío, me calienta con un fuego penetrante. «Pero, más que todo lo dicho, necesito amor, y ningún amor de la tierra había podido contentar mi corazón, y es entonces sobre todo cuando se hace Eucaristía, y me ama, y su amor me satisface, me sacia, me llena por entero, me absorbe y me sumerge en un océano de caridad y de embriaguez. «Sí, ¡amo a Jesús, amo a la Eucaristía! ¡Oídlo, ecos; repetidlo a coro, montañas y valles! Decidlo otra vez conmigo: ¡Amo a la Eucaristía! Jesús hoy es Jesús conmigo»...
2
La Adoración Nocturna
Las vigilias de la antigüedad, primer precedente de la AN
Las vigilias mensuales de la Adoración Nocturna (=AN) continúan la tradición de aquellas vigilias nocturnas de los primeros cristianos, si bien éstos, como sabemos, no prestaban todavía una especial atención devocional a la Eucaristía reservada.
En efecto, los primeros cristianos, movidos por la enseñanza y el ejemplo de Cristo -«vigilad y orad»-, no sólamente procuraban rezar varias veces al día, en costumbre que dio lugar a la Liturgia de las Horas, sino que -también por imitar a Jesús, que solía orar por la noche (+Lc 6,12; Mt 26,38-41)-, se reunían a celebrar vigilias nocturnas de oración.
Estas vigilias tenían lugar en el aniversario de los mártires, en la víspera de grandes fiestas litúrgicas, y sobre todo en las noches precedentes a los domingos. La más importante y solemne de todas ellas era, por supuesto, la Vigilia Pascual, llamada por San Agustín «madre de todas las santas vigilias» (ML 38,1088).
En las vigilias los cristianos se mantenían vigiles, esto es, despiertos, alternando oraciones, salmos, cantos y lecturas de la Sagrada Escritura. Así es como esperaban en la noche la hora de la Resurrección, y llegada ésta al amanecer, terminaban la vigilia con la celebración de la Eucaristía. Tenemos de esto un ejemplo muy antiguo en la vigilia celebrada por San Pablo con los fieles de Tróade (Hch 20, 7-12). Con el nacimiento del monacato en el siglo IV, se van organizando en las comunidades monásticas vigilias diarias, a las que a veces, como en Jerusalén, se unen también algunos grupos de fieles laicos. Así lo refiere en el Diario de viaje la peregrina española Egeria, del siglo V. En todo caso, entre los laicos, las vigilias más acostumbradas eran las que semanalmente precedían al domingo.
La costumbre de las vigilias nocturnas se hizo pronto bastante común. San Basilio (+379), por ejemplo, respondiendo a ciertas reticencias de algunos clérigos de Neocesarea, habla con gran satisfacción de tantos «hombres y mujeres que perseveran día y noche en las oraciones asistiendo al Señor», ya que en este punto «las costumbres actualmente vigentes en todas las Iglesias de Dios son acordes y unánimes»:
«El pueblo [para celebrar las vigilias] se levanta durante la noche y va a la casa de oración, y en el dolor y aflicción, con lágrimas, confiesan a Dios [sus pecados], y finalmente, terminadas las oraciones, se levantan y pasan a la salmodia. Entonces, divididos en dos coros, se alternan en el canto de los salmos, al tiempo que se dan con más fuerza a la meditación de las Escrituras y centran así la atención del corazón. Después, se encomienda a uno comenzar el canto y los otros le responden. Y así pasan la noche en la variedad de la salmodia mientras oran. Y al amanecer, todos juntos, como con una sola voz y un solo corazón, elevan hacia el Señor el salmo de la confesión [Sal 50], y cada uno hace suyas las palabras del arrepentimiento.  «Pues bien, si por esto os apartáis de nosotros [con vuestras críticas], os apartaréis de los egipcios, os apartaréis de las dos Libias, de los tebanos, los palestinos, los árabes, los fenicios, los sirios y los que habitan junto al Éufrates y, en una palabra, de todos aquellos que estiman grandemente las vigilias, las oraciones y las salmodias en común» (MG 32,764).
Las vigilias mensuales de la AN -también con oraciones e himnos, salmos y lecturas de la Escritura- prolongan, pues, una antiquísima tradición piadosa del pueblo cristiano, que nunca se perdió del todo, y que hoy sigue siendo recomendada por la Iglesia. Así en la Ordenación general de la Liturgia de las Horas, de 1971:
«A semejanza de la Vigilia Pascual, en muchas Iglesias hubo la costumbre de iniciar la celebración de algunas solemnidades con una vigilia: sobresalen entre ellas la de Navidad y la de Pentecostés. Tal costumbre debe conservarse y fomentarse de acuerdo con el uso de cada una de las Iglesias (71). «Los Padres y autores espirituales, con muchísima frecuencia, exhortan a los fieles, sobre todo a los que se dedican a la vida contemplativa, a la oración en la noche, con la que se expresa y se aviva la espera del Señor que ha de volver: "A medianoche se oyó una voz: `¡que llega el esposo, salid a recibirlo´ (Mt 25,6)!; "Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer o a medianoche, o al canto del gallo o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos" (Mc 13,35-36). Son, por tanto, dignos de alabanza los que mantienen el carácter nocturno del Oficio de lectura» (72). En este mismo documento se dan las normas para el modo de proceder de «quienes deseen, de acuerdo con la tradición, una celebración más extensa de la vigilia del domingo, de las solemnidades y de las fiestas» (73).
Otros precedentes
Las vigilias de los antiguos cristianos, como sabemos, no tenían, sin embargo, una referencia devocional hacia la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En este aspecto, los antecedentes de la devoción eucarística de la AN han de buscarse más bien en las Cofradías del Santísimo Sacramento, de las que ya hemos hablado, nacidas con el Corpus Christi (1264), y acogidas después normalmente a la Bula de 1539.
Son también antecedente de la AN las Cuarenta horas. Éstas tienen su origen en Roma, en el siglo XIII; reciben en el XVI un gran impulso en Milán, y Clemente VIII, con la Bula de 1592, las extiende a toda la Iglesia. Como las Cuarenta Horas de adoración en un templo eran continuadas sucesiva e ininterrumpidamente en otros, viene a producirse así una adoración perpetua.
Pero si buscamos antecedentes más próximos de la Adoración actual, los hallamos en la Adoración Nocturna nacida en Roma en 1810, con ocasión del cautiverio de Pío VII, por iniciativa del sacerdote Santiago Sinibaldi. Y en la Adoración Nocturna desde casa, fundada por Mons. de la Bouillerie en 1844, en París. Pues bien, en su forma actual, la AN es iniciada, según vimos, en Francia por Hermann Cohen y dieciocho hombres el 6 de diciembre de 1848, con el fin de adorar en una iglesia, con turnos sucesivos, al Santísimo Sacramento en una vigilia nocturna.
La Adoración Nocturna en España
España conoce también en su historia cristiana muchas Cofradías del Santísimo Sacramento, agregadas normalmente a Santa Maria sopra Minerva, iglesia de los dominicos en Roma, y que durante el XIX se integran en el Centro Eucarístico. Pero la AN, como tal, se inicia en Madrid, el 3 de noviembre de 1877, en la iglesia de los Capuchinos.
Allí se reúnen siete fieles: Luis Trelles y Noguerol -está en curso su proceso de beatificación-, Pedro Izquierdo, Juan de Montalvo, Manuel Silva, Miguel Bosch, Manuel Maneiro y Rafael González. Queda la Adoración integrada al principio en el Centro Eucarístico.
En cuanto Adoración Nocturna Española (ANE) se constituye de forma autónoma en 1893. A los comienzos reúne en sus grupos sólamente a hombres, pero más tarde, sobre todo en los turnos surgidos en parroquias, forma grupos de hombres y mujeres. En 1977 celebra en Madrid, con participación internacional, su primer centenario.
En 1925 nace en Valencia la Adoración Nocturna Femenina (ANFE), que desde 1953, cuando se unifican experiencias de varias diócesis, es de ámbito nacional.
ANE -ver apéndice (pág. 56)- y ANFE están hoy presentes en casi todas las Diócesis españolas.
La Adoración Nocturna en el mundo
La AN, iniciada en París en 1848 y en Madrid en 1877, llega a implantarse en un gran número de países, especialmente en aquellos que, cultural y religiosamente, están más vinculados con Francia y con España.
Alemania, Argentina, Bélgica, Benin, Brasil, Camerún, Canadá, Colombia, Costa de Marfil, Cuba, Congo, Chile, Ecuador, Egipto, España, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Guinea Ecuatorial, Honduras, India, Inglaterra, Irlanda, Italia, Isla Mauricio, Luxemburgo, México, Panamá, Polonia, Portugal, Santo Domingo, Senegal, Suiza, Vaticano y Zaire.
Todas estas asociaciones de adoración nocturna, desde 1962, están unidas en la Federación Mundial de las Obras de la Adoración Nocturna de Jesús Sacramentado.
Naturaleza de la Adoración Nocturna
Al describir en lo que sigue la AN, nos referimos concretamente al modelo de la AN Española. Pero lo que decimos vale también más o menos para ANFE y para otros países, especialmente para los de Hispanoamérica, ya que usan normalmente el mismo Manual.
La AN es una asociación de fieles que, reunidos en grupos una vez al mes, se turnan para adorar en la noche al Señor, realmente presente en la Eucaristía, en representación de la humanidad y en el nombre de la Iglesia.  Los adoradores, una vez celebrado el Sacrificio eucarístico, permanecen durante la noche por turnos ante el Sacramento, rezando la Liturgia de las Horas y haciendo oración silenciosa.
Fines principales
Los fines de la AN son los mismos de la Eucaristía. Son aquellos fines de la adoración eucarística ya señalados por la Bula Transiturus de 1264, por el concilio de Trento, por la Mediator Dei o en la Eucharisticum mysterium: adorar con amor al mismo Cristo; adorar con Cristo al Padre «en espíritu y en verdad»; ofrecerse con Él, como víctimas penitenciales, para la salvación del mundo y para la expiación del pecado; orar, permanecer amorosamente en la presencia de Aquel que nos ama...
Estos fines son los que una y otra vez han subrayado los Papas al dirigirse a la AN:  «El alma que ha conocido el amor de su divino Maestro tiene necesidad de permanecer largamente ante la Hostia consagrada y de adoptar, en la presencia de la humildad de Dios, una actitud muy humilde y profundamente respetuosa» (Pío XII, Alocución a la AN, Roma, AAS 45, 1953, 417). «La presencia sacramental de Cristo es fuente de amor. Amor, en primer lugar al mismo Cristo. El encuentro eucarístico es un encuentro de amor... Y amor a nuestros hermanos. Porque la autenticidad de nuestra unión con Jesús sacramentado ha de traducirse en nuestro amor verdadero a todos los hombres, empezando por quienes están más próximos» (Juan Pablo II, Alocución a la AN, Madrid 31-X-1982).
En la adoración eucarística y nocturna, los fieles se unen profundamente al Sacrificio de la redención -centro absoluto de la vigilia-, acompañan a Jesús en su oración nocturna y dolorosa de Getsemaní:
«Quedáos aquí y velad conmigo... Velad y orad, para que no caigáis en tentación... En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían sobre la tierra» (Mt 26,38.41; Lc 22,44).
Los adoradores alaban al Señor y le dan gracias largamente. Le piden por el mundo y por la Iglesia, por tantas y tan gravísimas necesidades.
«En esas horas junto al Señor, os encargo que pidáis especialmente por los sacerdotes y religiosos, por las vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada» (Juan Pablo II, ib.).
Los adoradores, en las vigilias nocturnas, permanecen atentos al Señor de la gloria, el que vino, el que viene, el que vendrá.
«¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!. Yo os aseguro que él mismo recogerá su túnica, les hará sentarse a la mesa y se pondrá a servirles. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!» (Lc 12,37-38).
Los adoradores, perseverando en la noche a la luz gloriosa de la Eucaristía, esperan en realidad el amanecer de la vida eterna, de la que precisamente la Eucaristía es prenda anticipada y ciertísima:
«La sagrada Eucaristía, en efecto, además de ser testimonio sacramental de la primera venida de Cristo, es al mismo tiempo un anuncio constante de su segunda venida gloriosa, al final de los tiempos. «Prenda de la esperanza futura y aliento, también esperanzado, para nuestra marcha hacia la vida eterna. Ante la sagrada Hostia volvemos a escuchar aquellas dulces palabras: "venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré" (Mt 11,28)» (Juan Pablo II, ib.).
Fines complementarios
La AN no agota su finalidad con la pura celebración de las vigilias mensuales. A ella le corresponde también, por Estatutos, promover otras formas de devoción y culto a la sagrada Eucaristía, siempre dentro de la comunión de la Iglesia y la obediencia a la Jerarquía apostólica. Los adoradores, pues, cada uno en su familia, en su parroquia o allí donde puedan actuar -colegios, asociaciones laicales y movimientos, etc.-, han de promover la devoción a la Eucaristía y el culto a la misma. Ésta es la proyección apostólica específica de la AN. Otras actividades apostólicas podrán ser cumplidas por los adoradores en cuanto feligreses de una comunidad parroquial o miembros de determinados movimientos laicales. Pero en cuanto adoradores han de comprometerse en el apostolado eucarístico. Señalaremos, a modo de ejemplo, algunos de los objetivos que los adoradores deben pretender con todo empeño, con oración insistente y esperanzada, y con trabajo humilde y paciente:
-Practicar con frecuencia las visitas al Santísimo y difundir esta preciosa forma de oración. Esto ha de ir por delante de todo. El adorador nocturno ha de ser también un adorador diurno. -Conseguir que, según lo que dispone la Iglesia (Ritual 8; Código 937), haya iglesias que permanezcan abiertas durante algunas horas al día, de modo que no se abran sólo para la Misa o los sacramentos. Al menos en la ciudad y también en los pueblos más o menos grandes, en principio, es posible conseguirlo.
Éste es un asunto muy grave. La vida espiritual del pueblo católico se configura de un modo u otro según que los fieles dispongan o no de templos, de lugares idóneos no sólo para la celebración del culto, sino para la oración. El Ritual de la dedicación de iglesias manifiesta muy claramente que las iglesias católicas han de ser «casas de oración».
-Procurar la dignidad de los sagrarios y capillas del Santísimo.
-Fomentar en la parroquia, de acuerdo con el párroco y en unión si es posible con otros adoradores, algún modo habitual de culto a la Eucaristía fuera de la Misa: exposiciones del Santísimo diarias, semanales o mensuales, celebración anual de las Cuarenta Horas, o en fin, lo que se estime más viable y conveniente.
-Promover en alguna iglesia de la ciudad alguna forma de adoración perpetua durante el día. Los adoradores activos, y también los veteranos, han de ofrecerse los primeros para hacer posible la continuidad de los turnos de vela.
-Cultivar grupos de tarsicios, es decir, de adoradores niños o adolescentes: animarles, formarles, guiarles en sus reuniones de adoración eucarística. San Tarsicio, en los siglos III-IV, fue un niño romano, mártir de la Eucaristía.
-Difundir la devoción eucarística en colegios católicos, reuniones de movimientos apostólicos, Seminario, ejercicios espirituales, catequesis, retiros y convivencias.
-Procurar que el Corpus Christi sea celebrado con todo esplendor, y guarde su identidad genuina, la que es querida por Dios, de tal modo que esta solemnidad litúrgica no venga a desvanecerse, ocultada por otras significaciones -por ejemplo, el Día de la Caridad-. Por muy valiosas que sean estas otras significaciones, son diversas.
Insistamos en lo primero. Si un adorador tiene de verdad amor a Cristo en la Eucaristía, si quiere ser de verdad fiel a su propia vocación, la que Dios le ha dado, ¿cómo podrá limitar su devoción y acción a una vigilia mensual?
Vigilias mensuales
Las vigilias mensuales se celebran normalmente en una iglesia fija, que puede ser una parroquia, un convento o a veces, donde existe, el oratorio propio de la AN. Y tienen «una duración mínima de cinco horas de permanencia, incluida la santa Misa». En ocasiones, ese tiempo se verá reducido, cuando, por ejemplo, es el grupo muy pequeño y no es posible establecer varios turnos sucesivos de vela.
En la vigilia un sacerdote celebra la Eucaristía y, si le es posible, administra antes el sacramento de la penitencia a los adoradores que lo desean, les acompaña en la vigilia, y da la bendición final con el Santísimo. Está prevista, sin embargo, la manera de celebrar vigilias sin sacerdote, allí donde por una u otra razón no hay uno disponible.
Notas esenciales de la AN son tanto la nocturnidad como la adoración prolongada, que para poder serlo se realiza normalmente en turnos sucesivos. Es la modalidad tradicional que el mismo Ritual de la Iglesia recomienda, en referencia a comunidades religiosas:
«Se ha de conservar también aquella forma de adoración, muy digna de alabanza, en la que los miembros de la comunidad se van turnando de uno en uno o de dos en dos, porque también de esta forma, según las normas del instituto aprobado por la Iglesia, ellos adoran y ruegan a Cristo el Señor en el Sacramento, en nombre de toda la comunidad y de la Iglesia» (90).
Las vigilias de la AN se desarrollan siguiendo un Manual propio que es bastante amplio y variado -la edición española tiene 670 páginas-, en el que se incluyen un buen número de modelos de vigilias, siguiendo los tiempos litúrgicos, en las diversas Horas. Recoge también otras oraciones y cantos.


Espíritu
La AN, tras siglo y medio de existencia, tiene un espíritu propio, que está expresado no sólamente en sus Estatutos, aprobados en cada país por la Conferencia Episcopal, sino también en una tradición viva, que trataremos de plasmar a través de varias palabras clave.
-Vocación. En la Iglesia todos tienen que amar y ayudar a los pobres, pero no todos tienen que trabajar en Caritas o en instituciones análogas; eso requiere una vocación especial. En la Iglesia todos tienen que rezar y ayudar a las misiones, pero no todos tienen que irse misioneros; sólo aquellos que son llamados por Dios. Etc.
En la Iglesia todos tienen que adorar a Cristo en la Eucaristía. Evidente. No serían cristianos si no lo hicieran; y en las Misas se hace siempre. Pero no todos están llamados a venerar especialmente la presencia de Cristo en la Eucaristía, y menos en una larga permanencia comunitaria, nocturna, orante, litúrgica, penitencial. Para eso hace falta una gracia especial, que reciben cuantos fieles cristianos se integran en la AN -o en otras obras análogas centradas en la devoción eucarística-.  -Fidelidad personal a la vocación. No se ingresa en la Adoración por una temporada. Al menos en la intención, el cristiano ha de integrarse en la AN para siempre. Entiende que Dios le ha llamado a ella con una vocación especial; y que, por tanto, es un don gratuito que el Señor no piensa retirarle, pues quiere dárselo para siempre. En efecto, «los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Rom 11,29).
Los Estatutos prescriben la obligación de asistir a las 12 vigilias mensuales, más a las 3 extraordinarias de Jueves Santo, el Corpus Christi y Difuntos. Pero aún más fuertemente los adoradores se ven sujetos a la perseverancia por un amor que quiere ser fiel a sí mismo, y también por una tradición de fidelidad muy frecuente. Ha habido adoradores que en cincuenta años no han faltado a una sola vigilia. Si por viaje, enfermedad o por lo que sea no pudieron asistir a su turno, acudieron otro día a otro, como está mandado. En cualquier turno tenemos veteranos cuya fidelidad conmovedora está diciendo a los novatos: "si no piensas perseverar fielmente en la Adoración, no ingreses en ella. Acompáñanos en las vigilias siempre que quieras, pero no te afilies a la Adoración Nocturna si no piensas perseverar en ella".
-Fidelidad comunitaria al carisma original. De la Cartuja se dice nunquam reformata, quia nunquam deformata. Algo semejante podría decirse de la AN: no ha sido reformada desde su origen, porque nunca se ha deformado. Su misma sencillez -de la que en seguida hablaremos- hace posible su perduración secular.
En 1980, en la introducción a las Bases doctrinales para un ideario de la AN, Salvador Muñoz Iglesias, consiliario nacional de ANE, escribe: «La Adoración Nocturna en España cumplió cien años [en 1977] sin perder su identidad. Mejor diríamos: cumplió cien años porque no perdió su identidad, porque supo ser fiel al ideario que le diera origen». Observación muy exacta. Cuando el concilio Vaticano II trata de la renovación de los institutos religiosos señala como uno de los criterios decisivos la fidelidad al carisma original: «manténgase fielmente el espíritu y propósitos propios de los fundadores, así como las sanas tradiciones» (PC 2). Una Obra de Iglesia, como lo es la AN, ha de crecer y crecer siempre como un árbol: en una fidelidad permanente a sus propias raíces.
-Penitencia. Espíritu de expiación y reparación por los pecados propios y los del mundo. La Eucaristía es un sacrificio de expiación por el pecado del mundo, y no se puede participar verdaderamente de ella sin un espíritu penitencial. En la Eucaristía -tanto en el Sacrificio como en el culto al Sacramento- nos ofrecemos con Cristo al Padre como víctimas expiatorias.
Ya vimos que muchas de las Cofradías del Santísimo más antiguas, como las del siglo XIII, se llamaban Cofradías de Penitentes. También vimos que, concretamente, la Adoración Nocturna ha iniciado su vida coincidiendo con episodios muy duros del Papado. Así fue como se formaron aquellas cofradías y así nace también la AN.
Hay muchos pecados en el mundo y en la Iglesia por los que expiar. Los adoradores, precisamente por su espiritualidad eucarística -sacrificial, por tanto, victimal-, se sienten muy llamados a expiar por los pecados propios y ajenos, sobre todo por los pecados contra la Eucaristía. En los pueblos cristianos, concretamente, muchas blasfemias se dirigen contra ella; muchísimos bautizados viven habitualmente alejados de la Misa, de la comunión, de toda forma de devoción a la Eucaristía... como si pudiera haber vida cristiana que no sea vida eucarística.
En América, el párroco admirable de una enorme parroquia, comentando unos malos sucesos, nos decía: «Las cosas están mal. Hay muchos males y mucho pecado. Voy a hacer todo lo posible para establecer en mi parroquia la Adoración Nocturna». Es un hombre de fe. Se ve que entiende el mundo y la misión que en él debe cumplir.
Sin un espíritu penitencial firme no se puede perseverar en la AN un mes y otro, año tras año, con frío o calor, con indisposiciones corporales o cansancios, con disgustos y preocupaciones, con viajes, espectáculos y fiestas. Sin espíritu penitencial, no puede haber fidelidad perseverante al compromiso de la Adoración, libremente asumido por amor a Cristo, a la Iglesia y al mundo. Se participará en sus vigilias unas veces sí, otras no, subordinando la asistencia a cualquier eventualidad. Y se acabará en la deserción. Es el amor, el amor capaz de cruz penitencial, el único que tiene fuerza para perseverar fielmente.
-Diversidad de miembros. En una Misa parroquial se reúnen feligreses de toda edad y condición, pues la Eucaristía -así se entendió desde el principio- es precisamente el sacramento de la unidad de la Iglesia: «siendo muchos, somos un solo cuerpo, porque todos participamos de un solo pan» (1Cor 10,17). Pues bien, es también característico de la Adoración Nocturna, desde sus inicios, que en sus turnos se reúnan en grata fraternidad jóvenes y ancianos, personas cultas y otras ignorantes, médicos, zapateros, funcionarios, campesinos, todos unidos en la celebración, primero, y en la adoración después de la Eucaristía, el sacramento de la unidad.
En un Discurso al Congreso de Malinas, en 1864, el padre Hermann hacía notar que la AN, que obtuvo un rápido desarrollo en Inglaterra, hubo de superar en primer lugar un clasismo cerrado, muy arraigado en aquellas gentes: «La Adoración Nocturna encuentra serios obstáculos en el carácter, costumbres e ideas de este pueblo esencialmente dado a las comodidades materiales, y en el que el respeto por las desigualdades sociales hace muy difícil la fusión de las diferentes clases de la sociedad. Si un inglés de alta alcurnia necesita tener una virtud casi heroica para pasar parte de una noche descansando sobre un colchón duro en exceso, junto a un obrero o al lado de un pequeño comerciante, a éstos no les cuesta menos hallarse en un mismo pie de igualdad tan completa con el gran señor» (Sylvain 246).
-Gente sencilla. Por supuesto, hay en la Adoración cristianos muy cultos, económicamente fuertes, políticamente importantes, etc. Pero, ya desde sus comienzos, es evidente que la mayoría de sus miembros son personas socialmente modestas.
Los primeros adoradores de Jesús, el Emmanuel, Dios-con-nosotros, son María y José: personas modestas. Y en seguida, avisados por los ángeles, acuden a adorarle unos pastores: gente humilde. Más tarde, conducidos por la estrella, llegaron los «magos», grandes personajes... Y así viene a ser siempre.
En el Cincuentenario de la AN en Francia, Mr. Cazeaux, en la Memoria, hacía recuerdo de aquel primer grupo de diecinueve adoradores, en su mayoría gente muy modesta. «¿A quién se dirige [nuestro Señor] para realizar sus designios, especialmente para la realización de las obras que más caras le son, que más le interesan? A los pequeños, a los humildes, a los menospreciados por el mundo. Claro está que veremos también [en la AN] a personas notables y distinguidas, pero el grueso de la tropa se compone de simples empleados y de obreros ignorados por el mundo.
«Y todavía continúa siendo lo mismo. Entre todas las parroquias de París, las más fervientes y las que dan el mayor número de adoradores son las parroquias de los arrabales. En ellas los obreros, que todo el día se han afanado en el trabajo, no regatean la noche a Nuestro Señor, y se ve a algunos que dejan la adoración de madrugada, antes de la primera Misa, que ni siquiera pueden oír, porque deben hallarse temprano en la reanudación del trabajo» (Sylvain 432-433).
-Sencillez. En la AN todo es muy sencillo. Ésa es una de las razones por la que se manifiesta válida para personas, para espiritualidades y para naciones muy diversas.
Es muy sencilla -sustancial y universal- la doctrina espiritual que la sustenta. De hecho, es asumida por personas de filiaciones espirituales muy diversas. Es sencilla su organización interna: un Consejo Nacional, un Consejo Diocesano, presidentes de sección, jefes de turno. Es sencilla la estructura de sus vigilias nocturnas: breve reunión, rosario y confesiones, santa Misa, turnos de vela en los que se alterna el rezo de las Horas y la oración en silencio, más una Bendición final.
Antes hemos citado al Vaticano II, que exige a los institutos religiosos un retorno constante «a la primitiva inspiración». Pero el concilio también les exige para su adecuada renovación «una adaptación a las cambiadas condiciones de los tiempos» (PC 2). Pues bien, por lo que se refiere a los modos de celebrar las vigilias nocturnas de la Adoración, se comprende que unas celebraciones tan perfectas en su sencillez hayan perdurado en su forma durante tantos años. Al menos en lo substancial, ¿qué habría que añadir, quitar o cambiar en un orden tan armonioso, tan simple y perfecto, y tan probado además por la experiencia?... Cristianos ajenos a la AN sienten, a veces, la necesidad de introducir en ella grandes cambios. Pero, curiosamente, quienes son miembros de ella y la viven, normalmente, no sienten la necesidad de tales cambios, sino que se sienten muy bien en ella, tal como es.  Algunos cambios, sin embargo, se han hecho al paso de los años, y se han cumplido, sin duda, en buena hora: paso del latín a la lengua vernácula, abandono progresivo de algunos símbolos militares o cortesanos perfectamente legítimos, pero que han ido quedando alejados de la sensibilidad de nuestro tiempo.
Si la AN acentuase ciertos aspectos de la espiritualidad cristiana -lo que, por otra parte, sería perfectamente legítimo: en tantas obras católicas se dan, por la gracia de Dios, esas acentuaciones-, vendría a ser un camino idóneo para ciertas espiritualidades, pero no para otras; para ciertos tiempos o lugares, pero no para otros.
Por el contrario, la noble sencillez de la AN, en sus líneas esenciales, es idónea para acoger -y de hecho acoge- a personas, grupos o naciones de muy diversos talantes y espiritualidades. Concretamente, el orden fundamental de sus vigilias, tanto por la calidad absoluta de sus ingredientes -Misa, adoración del Santísimo, rezo de las Horas, oración silenciosa, permanencia nocturna-, como por el orden armonioso que los une, goza de una perfecta sencillez, que le permite perdurar pacíficamente al paso de los años y de las generaciones en muchas naciones.
En 1848, hace ciento cincuenta años
-En 1848 se publica el Manifiesto comunista. Es elaborado por el judío Karl Heinrich Marx (1818-1883) y por Friedrich Engels (1820-1895). Marx nace en Tréveris, al noroeste de Alemania, cerca de Luxemburgo. Estudia derecho, pero pronto, bajo el influjo de Hegel (1770-1831), se dedica a la filosofía, y más tarde a la economía y la política. El marxismo, que de él deriva, se extendió desde entonces por gran parte del mundo, y tuvo su mayor fuerza en la Unión Soviética.
Según un informe de la KGB, de 1994, cuarenta y dos millones de rusos fueron asesinados por los comunistas entre 1928 y 1952. El número de muertos por el comunismo se amplía enormemente si se mira el conjunto de las naciones en que estuvo vigente: «el total se acerca a la cifra de cien millones de muertos» (AA.VV., El libro negro del Comunismo, Planeta-Espasa 1998, 18). En 1989, con la caída del muro de Berlín, decayó en gran medida el poderío del comunismo.
-En 1848, asimismo, se inicia la Adoración Nocturna. Es fundada por el judío converso Hermann Cohen (1810-1870), nacido en Hamburgo, al norte de Alemania, a unos 500 kilómetros de Tréveris.
La AN, que la gracia de Dios inició y mantiene, ha dado excelentes frutos entre los laicos, ha suscitado un gran número de vocaciones sacerdotales y religiosas, y está hoy presente, y con buena salud, en treinta y cinco naciones.
Sólamente en España, la AN tiene ya diez Beatos que fueron adoradores, el último el gitano Ceferino Giménez Malla, «El Pele»; en tanto que otros doce están en proceso de beatificación. Uno de ellos, Alberto Capellán Zuazo, ha sido declarado recientemente «venerable».
Dios lo quiere
Actualmente la AN en unos lugares crece y florece, y en otros languidece y disminuye. Esta alternativa puede explicarse sin duda por condicionamientos externos, por situaciones de Iglesia, como los que hemos considerado antes al hablar de la sacralidad y la secularización. Pero aún más se debe a causas internas, es decir, al espíritu de los mismos adoradores. En éstas centramos ahora nuestra atención.
La AN decae y disminuye allí donde el amor a la Eucaristía se va enfriando en sus adoradores; donde una adoración de una hora resulta insoportable; donde los adoradores, entre una y otra vigilia, no visitan al Señor en los días ordinarios; donde la oración es muy escasa, y no se pide suficientemente a Dios nuevas vocaciones de adoradores, ni se procuran éstas con el empeño necesario; donde se acepta con resignación que las iglesias estén siempre cerradas, aún allí donde podrían estar abiertas...
Los adoradores que están en este espíritu aceptan ya, sin excesiva pena, la próxima desaparición de la AN en su parroquia o en su diócesis, atribuyendo principalmente esa pérdida a causas externas, sobre todo a la falta de colaboración de ciertos sacerdotes. Y no se dan cuenta de que son ellos mismos, los adoradores con muy poco espíritu de adoración, los que amenazan disminuir la AN hasta acabar con ella.
La AN, por el contrario, crece y florece allí donde los adoradores mantienen encendida la llama del amor a Jesús en la Eucaristía, y viven con toda fidelidad las vigilias tal como el Manual y la tradición las establecen; allí donde los adoradores adoran al Señor no sólo de noche, una vez al mes, sino también de día, siempre que pueden; allí donde piden al Señor nuevos adoradores con fe y perseverancia; allí donde difunden la devoción eucarística y procuran con todo empeño que las iglesias permanezcan abiertas... 
Donde más se necesita actualmente la AN -o cualquier otra obra eucarística- es precisamente allí donde la devoción a la Eucaristía está más apagada. Allí es donde más quiere Dios que se encienda poderosa la llama de la AN. Si los adoradores, fieles al Espíritu Santo, con oración y trabajo, procuran el crecimiento de la Adoración, empezando por vivirla ellos mismos con toda fidelidad, la AN crece: ellos plantan y riegan, y «es Dios quien da el crecimiento» (1Cor 3,6).
Dios ha concedido por su gracia a la Adoración Nocturna ciento cincuenta años de vida en la Iglesia. Que Él mismo, por su gracia, le siga dando vida por los siglos de los siglos. Amén.

3
Las vigilias mensuales
Importancia del Manual de la Adoración Nocturna
La AN concentra su identidad en la celebración mensual de las vigilias nocturnas. El adorador se compromete a asistir durante el año a doce vigilias mensuales y a tres extraordinarias: Jueves Santo, Corpus y Difuntos.
Las vigilias, en principio, podrían celebrarse de modos muy diversos: podrían ser más largas, con más lecturas o con silencios mayormente prolongados, o más breves, como una Hora santa, más didácticas o con menos elementos de formación, con más o menos rezos comunitarios, con mayor o menor solemnidad en las formas, etc. Pues bien, las vigilias de la Adoración Nocturnas han de celebrarse siguiendo con fidelidad lo que prescribe su propio Manual, de uso en todos los grupos, aunque ciertas acomodaciones vendrán a veces exigidas por las circunstancias internas del grupo o por condicionamientos externos. No es raro hoy, con tantos viajes y con calendarios de actividades a veces tan apretados, que los adoradores no puedan asistir una noche a su turno, sino que ese mes deban hacer su vigilia en otro. Es hermoso que en diversos turnos, ciudades e incluso países, hallen una forma común de celebrar las vigilias nocturnas de adoración. Y esta uniformidad aún tiene otra razón más profunda: la vigilia se ordena con un rito propio, en todas partes el mismo,
y siempre el rito «implica por sí mismo repetición tradicional, serenamente previsible. Así es como el rito sagrado se hace cauce por donde discurre de modo suave y unánime el espíritu de cuantos en él participan. Así se favorece en el corazón de los fieles la concentración y la elevación, sin las distracciones ocasionadas por la atención a lo no acostumbrado» (J. Rivera-J.M. Iraburu, Síntesis de espiritualidad católica, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 19944, 96).
Por eso, quienes en sus vigilias, sin razón suficiente, alteran un poco el Manual, alteran un poco la AN. Sin embargo, en algunos casos, ciertas variaciones, vienen obligadas por las circunstancias: muy reducido número de adoradores, carencia de una sala de reunión, frío en la iglesia, etc. Y como se comprende, están justificadas. Hay, pues, que cumplir lo establecido en la AN lo mejor que se pueda. No más.
Pero quienes arbitrariamente configuran sus vigilias en modos diversos a los del Manual, aunque realicen provechosas y bellas celebraciones -sugeridas quizá por un sacerdote bienintencionado, pero que apenas conoce la AN, o propuestas por algún adorador-, abandonan la AN. Ésta es una asociación de fieles, con su propia forma y tradición, a la que los cristianos se afilian libremente, y que se rige por Estatutos aprobados por la Iglesia y por normas concretas de acción y celebración.
La Liturgia de las Horas
La Liturgia de las Horas es la oración de la Iglesia, la oración más sagrada y santificante de todo el pueblo de Dios; es, como dice el Vaticano II, «la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre» (SC 84).
Como es sabido, durante muchos siglos fue la oración habitual de las comunidades cristianas. De suyo, pues, las Horas litúrgicas son de los laicos tanto como lo es la Misa. Pero más tarde, por una serie de circunstancias, fue quedando su rezo relegado, en la práctica, a sacerdotes y religiosos.
Por tanto, cuando el concilio Vaticano II recomienda «que los laicos recen el Oficio divino o con los sacerdotes o reunidos entre sí, e incluso en particular» (SC 100), toma una decisión de extraordinaria importancia para la espiritualidad cristiana laical. Así lo han entendido muchas asociaciones seglares y muchos laicos en particular, que en los últimos años han ido asumiendo el rezo de las Horas, sobre todo de Laudes y Vísperas, que son «las Horas principales» (SC 89).
Pues bien, eso es lo que hace mucho tiempo venían haciendo en todas partes los laicos de la Adoración Nocturna. Por eso los adoradores hoy han de seguir recitando o cantando las Horas -Vísperas, el Oficio de lecturas, Laudes- con un fervor renovado, es decir, con una acrecentada conciencia de la maravilla que supone rezar la Liturgia de las Horas en unión con Cristo, su protagonista celestial, y en el nombre de la Iglesia.
Las Horas, en todo caso, han de ser rezadas con pausa, sin prisa, con atención, con toda devoción:  «Por eso se exhorta en el Señor a los sacerdotes y a cuantos participan en dicho Oficio [divino] que, al rezarlo, la mente concuerde con la voz y, para conseguirlo mejor, adquieran una instrucción litúrgica y bíblica más rica, principalmente acerca de los salmos» (SC 90).
Esquema de una vigilia
Pero expongamos ya el orden que el Manual de la Adoración Nocturna de España, en la edición de 1996, establece para la celebración de una vigilia. Señalamos entre paréntesis los tiempos que a cada acto se calculan, aunque son bastante variables, según se hagan pausas más o menos largas, se canten algunas partes, etc.
-(30') Reunión previa, en una sala, normalmente.
-(20') Rosario, en la misma sala o ya en la iglesia.
-(20') Vísperas, en la iglesia.
-(45') Eucaristía, que termina con la exposición del Santísimo.
-(60'+60'+...) Turnos de vela. El número de turnos dependerá del número de adoradores. En cada turno: Oficio de lectura (25') y oración personal (35').
La Eucaristía y los turnos de vela forman el corazón mismo de la vigilia, y deben por tanto celebrarse con la mayor plenitud posible. Es importante tener presente esto cuando la necesidad obligue a suprimir o abreviar alguna otra parte de la vigilia. Durante el turno de vela, unos lo cumplen en la iglesia, mientras los demás están en una sala aparte.
-(30') Laudes y Bendición eucarística, todos reunidos de nuevo.
Se termina con un canto y oración a la Virgen.
Comento brevemente cada parte, ateniéndome a lo que dispone el Manual.
Reunión previa
No es, por supuesto, el centro de la vigilia de la AN, y por eso ha de tenerse cuidado para que no se alargue indebidamente, restando tiempo a las partes más importantes.
Se inicia la reunión previa con la colocación de las insignias y la oración: Señor, tu yugo... En ella, en seguida, se preparan los detalles de la vigilia; se distribuyen las funciones, según el número de asistentes, procurando que en lo posible actúen varios: salmista, lector, cantor, acólito, etc; se comunican y comentan avisos y noticias, con la ayuda quizá de la hoja o boletín de la AN en la diócesis; se repasa la lista de los asistentes, anotando presencias y ausencias; se distribuye la composición de los turnos; se expone el tema de meditación o formación.
El tema puede ser leído o expuesto por el director espiritual, por uno de los responsables del turno o por alguno de los adoradores. Puede emplearse como base textos ofrecidos por el Consejo Nacional de la AN, por el Consejo Diocesano, elegidos por el director espiritual o por el mismo grupo: números, por ejemplo, del Catecismo de la Iglesia Católica, comentarios litúrgicos a la fiesta del día, una o dos páginas de un libro de espiritualidad eucarística, etc. Un diálogo posterior, aunque no necesario, puede ser sin duda muchas veces provechoso.
El responsable del grupo -jefe de turno, secretario, etc.- debe moderar y conducir la reunión adecuadamente. No conviene, al menos normalmente, que la reunión previa sobrepase la media hora. Ello iría normalmente en detrimento de las partes principales de la vigilia.
Rosario y confesiones
Aunque el Manual no prescribe el rezo en común del Rosario, sí lo recomienda, y de hecho suele rezarse en la gran mayoría de los grupos. La AN es muy mariana: no olvida nunca que el Corpus Christi que adora es el nacido de la Virgen María -«corpus datum, corpus natum ex Maria Virgine»-; y que Ella, con san José y los pastores, fue la primera y la mejor adoradora de Jesús. Es normal, pues, que ya desde el principio los adoradores invoquen para la vigilia la asistencia espiritual de su gloriosa Madre.
El Rosario puede ser rezado al principio, en la sala de reunión, o cuando los adoradores van a la iglesia -suele ser lo más común-; o más tarde en la sala, mientras otros están haciendo en la iglesia el turno de vela. Lo importante es que se rece.
La confesión, durante el Rosario o en otro momento conveniente, es también una parte no obligada, pero muy preciosa. Para muchos adoradores es la manera mejor para asegurar una vez al mes el sacramento de la penitencia. Así lo decía Juan Pablo II a la AN de España:
La piedad eucarística «os acercará cada vez más al Señor. Y os pedirá el oportuno recurso a la confesión sacramental, que lleva a la Eucaristía, como la Eucaristía lleva a la confesión. ¡Cuántas veces la noche de adoración silenciosa podrá ser también el momento propicio del encuentro con el perdón sacramental de Cristo!» (31-X-1982).
Vísperas
En la Liturgia de las Horas la oración de las Vísperas se celebra al terminar el día, «en acción de gracias por cuanto se nos ha concedido en la jornada y por cuanto hemos logrado realizar con acierto» (Ordenación gral. LH 39a).
Tal como suelen celebrarse actualmente las vigilias de la AN, las Vísperas llegan un poco tardías, es cierto; en tanto que, por el contrario, el rezo de Laudes, llega normalmente demasiado temprano. Pero esto no tiene mayor importancia. En efecto, rezar en comunidad litúrgica la oración de la Iglesia, aunque no sea en su momento exacto del día, vale mucho más que hacer otros rezos no litúrgicos, por dignos que éstos puedan ser.
Por lo demás, la Iglesia no manda, sino aconseja «que en lo posible las Horas respondan de verdad al momento del día... Ayuda mucho, tanto para santificar realmente el día como para recitar con fruto espiritual las Horas, que la recitación se tenga en el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica» (Ordenación gral. LH 11).  A ciertos objetantes del tiempo de las Horas en la AN actual convendría recordarles aquello de Cristo: «coláis un mosquito y os tragáis un camello» (Mt 23,24).
Celebración de la Eucaristía
La celebración del Sacrificio eucarístico es, indudablemente, el centro absoluto de toda vigilia de la AN, como es el centro y el culmen de toda existencia cristiana, personal o comunitaria (Vat. II: LG 11a; CD 30F; PO 5bc, 6e; UR 6e). La reunión previa, el Rosario, la confesión penitencial, la acción de gracias de las Vísperas, todo ha de ser una preparación cuidadosa para la Misa; y del mismo modo, la adoración posterior del Sacramento y el rezo final de los Laudes han de ser la prolongación más perfecta de la misma Misa.
El momento ideal de la Misa es, como hemos dicho, al principio de la vigilia, de tal modo que la adoración eucarística derive, incluso sensiblemente, del Sacrificio. Sin embargo, la escasez de sacerdotes u otras circunstancias pueden obligar a celebrar la Misa al final de la vigilia. O quizá incluso antes de la vigilia -por ejemplo, una Misa parroquial de fin de tarde-, para iniciar después, pero partiendo de esa Misa, la celebración de la vigilia. Hágase en cada caso lo que mejor convenga. Pero eso sí, entendiendo bien el sentido y el valor de cada parte de la vigilia y del conjunto total de la misma.
En la celebración misma de la Eucaristía participamos del Sacrificio de Cristo, ofreciéndonos con él al Padre, para la salvación del mundo; adoramos su Presencia real; comulgamos su Cuerpo santísimo, pan vivo bajado del cielo.
Es posible, y a veces será conveniente, celebrar en la vigilia de forma unida las Vísperas y la Eucaristía. Pero otras veces convendrá celebrarlas en forma separada. Así cada una conserva toda su plenitud y armonía. Y por lo demás, la noche es larga... No hay prisa. La prisa es totalmente ajena al espíritu de la AN.
Oración de presentación de adoradores
Para las diversas semanas o los tiempos litúrgicos cambiantes, el Manual ofrece varios modelos de «oración de presentación de adoradores», todos los cuales tienen algo en común: su profundidad teológica y su notable belleza espiritual.
Si alguien quiere enterarse bien de lo que significa y hace la AN, lea y medite con atención estas oraciones en sus diversos modelos. En ellas se confiesan, de maravillosa forma orante, todos los fines de la adoración eucarística, y concretamente de la AN.
Turnos de vela
Con la Oración de presentación y el Invitatorio se inician los turnos de vela. Cuando un cierto grupo de la AN se compone, por ejemplo, de veintiún miembros, lo normal es que se repartan en tres turnos de vela, siete en cada uno. O que se establezcan al menos dos turnos, de diez y once adoradores. No olvidemos que la AN asume como fin velar en la noche prolongadamente ante el Santísimo. «Cada turno de vela es de una hora». De esa hora, más o menos, una mitad se ocupa en el rezo del Oficio de lecturas, y la otra mitad en la oración personal silenciosa.
-El Oficio de lectura, lo mismo que Laudes y Vísperas, es una parte de la Liturgia de las Horas. En las vigilias de la AN es, en concreto, la parte más directamente heredera de las antiguas vigilias de oración en la noche. De hecho, en la renovada Liturgia de las Horas, el Oficio de lectura conserva su primitivo acento de «alabanza nocturna», aunque está dispuesto de tal modo que pueda rezarse a cualquier hora del día (Ordenación gral. LH 57-59). La AN -esta vez sí- celebra el Oficio de lectura en la hora nocturna que le es más propia y tradicional. Es ésta una Hora litúrgica bellísima, meditativa, contemplativa, alimentada por los salmos, la Sagrada Escritura y la lectura de «las mejores páginas de los autores espirituales» (ib. 55). En las vigilias, esta Hora, más aún, está alimentada por la presencia real del mismo Cristo, que es Luz y Verdad, Camino y Vida.
El Manual ofrece un buen elenco de elegidas lecturas. Pero puede ser muy conveniente, para aumentar la variación, la riqueza y la adecuación exacta al momento del año litúrgico, hacer aquellas lecturas exactas de la Biblia y de los autores eclesiásticos que la Liturgia de las Horas dispone precisamente para el día en que se celebra la vigilia. Bastará para ello el breviario del sacerdote; o que el turno disponga de un ejemplar de las Horas oficiales; o ayudarse de otros libros, como Sentir con los Padres, que traen esas lecturas oficiales de las Horas (Regina, Barcelona 1998).
-La oración personal silenciosa, una vez rezado el Oficio de lectura, mantiene al adorador en oración callada y prolongada ante la presencia real de Jesucristo, sobre el altar, en la custodia. Para muchos adoradores es éste el momento más precioso de toda la vigilia. Sí, la Misa y el rezo de las Horas son aún más preciosos, de suyo, por supuesto; pero eso quizá ya el adorador lo tiene todos los días a su alcance. Por el contrario, ese tiempo largo, nocturno y silencioso en la presencia real de Cristo, el Amado, oculto y manifiesto en la Eucaristía, es un tiempo sagrado, que ha de ser gozado y guardado celosamente, no permitiendo que en modo alguno sea abreviado sin razón suficiente. De lo contrario, se acabaría matando la AN.
Ya hemos dicho lo que dispone el Manual: «cada turno de vela es de una hora». Si el Señor nos da 24 horas cada día, y unos 30 días todos los meses, ¿será mucho que una vez al mes le entreguemos a Él, inmediata y exclusivamente, una hora, una hora de sesenta minutos? Tanto si en ella estamos gozosos o aburridos, como si estamos despiertos o adormilados, el caso es que, ante la custodia, nos entreguemos al Señor fielmente y con todo amor una hora al mes. Es cierto que, en determinadas condiciones, quizá convenga reducir ese tiempo. Y esa reducción será buena y conveniente cuando se realiza por razones válidas. Pero no si se hace por falta de amor o de espíritu de sacrificio. Cristo, como hizo con sus más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, nos ha llevado consigo en la noche a orar en el Huerto. Que no tenga que reprocharnos como a ellos: «no habéis podido velar conmigo una hora?» (Mt 26,40).
En el turno de vela los adoradores, orando con la Liturgia o en silencio ante el Santísimo, cobran en la noche una especial conciencia de estar representando a la santa Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. Una vez al mes, es un tiempo prolongado para alabar al Señor y darle gracias por tantos beneficios materiales y espirituales recibidos por nosotros y por los demás hombres. Es un tiempo para pedir por la familia, por la parroquia, por la diócesis, por las personas conocidas más necesitadas, por las vocaciones sacerdotales y religiosas, por las misiones, etc. Y también un tiempo para expiar el pecado del mundo, como claramente se indica en el rezo de las Preces expiatorias.
Laudes
Concluídos los turnos sucesivos, los adoradores que estaban descansando en la sala se unen a quienes terminan su tiempo de vela, y todos juntos, asumiendo de nuevo la oración litúrgica de la Iglesia, rezan los Laudes. Esta Hora, cuyo tiempo más apropiado es el amanecer, celebra especialmente «la resurrección del Señor Jesús, que es la luz verdadera que ilumina a todos los hombres, y el sol de justicia, que nace de lo alto (Jn 1,9; Mal 4,2; Lc 1,78)» (Ordenación gral. LH 38). En los Laudes suele predominar -y de ahí el nombre- el impulso de la alabanza, especialmente en los salmos.
El Manual ofrece la posibilidad de que en lugar de los Laudes, donde así se estime conveniente, se recen Completas, otra de las Horas litúrgicas.
Bendición final
Si la vigilia ha sido presidida por un sacerdote o un diácono, termina, como la Misa, con una bendición. Cristo mismo, en el signo de la cruz sacrificial, por mano de su ministro, bendice a los adoradores que le han acompañado esa noche con amor.
«Al acabar la adoración, el sacerdote o diácono se acerca al altar, hace genuflexión sencilla, se arrodilla a continuación, y se canta un himno u otro canto eucarístico. Mientras tanto, el ministro arrodillado inciensa el Santísimo Sacramento, cuando la exposición tenga lugar con la custodia» (Ritual 97).
Si no hay sacerdote o diácono, no se da la bendición, y uno de los adoradores recoge sencillamente el Santísimo en el sagrario. La Iglesia le autoriza a hacerlo (Ritual 91).
La vigilia termina con un canto y oración a la Virgen María, de la que nació el Corpus Christi adorado esa noche. Y con el lema propio de la AN:
-Adorado sea el Santísimo Sacramento. Sea por siempre bendito y alabado
-Ave María Purísima. Sin pecado concebida.

La Eucaristia como Sacramento.

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La Eucaristía como Sacramento

 

 


Bajo las especies de pan y vino, Jesucristo se halla verdadera, real y sustancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.
EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTIA


Dividiremos este capítulo en dos grandes apartados: la Eucaristía como sacramento (incisos 4.1 y 4.2) y la Eucaristía como sacrificio (inciso 4.3). Esta división se explica en virtud de que la Eucaristía tiene una doble significación:
1) Por una parte, la consagración del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre, renueva mística y sacramentalmente el sacrificio de Jesucristo en la Cruz.
2) Por otra, la recepción de Jesucristo sacramentado bajo las especies de pan y vino en la sagrada comunión significa y verifica el alimento espiritual del alma. Y así, en cuanto que en ella se da la gracia invisible bajo especies visibles, guarda razón de sacramento (cfr. S. Th. III, q. 79, a. 5). Tiene razón de sacrificio en cuanto se ofrece, y de sacramento en cuanto se recibe.


4.1 LA EUCARISTIA COMO SACRAMENTO

4.1.1 Noción de Eucaristía

A. Definición


La Eucaristía es el sacramento en el cual, bajo las especies de pan y vino, Jesucristo se halla verdadera, real y sustancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Es, por eso, el más sublime de los sacramentos, de donde manan y hacia el que convergen todos los demás, centro de la vida litúrgica, expresión y alimento de la comunión cristiana. Lo recuerdan los obispos latinoamericanos: La celebración eucarística, centro de la sacramentalidad de la Iglesia y la más plena presencia de Cristo en la humanidad, es centro y cúlmen de toda la vida sacramental"" (Documento de Puebla, n. 923).

                                               B. Figuras

Antes de la llegada a la tierra de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía que habría de venir fue prefigurada de diversos modos en el Antiguo Testamento. Fueron figuras de este sacramento: el maná con el que Dios alimentó a los israelitas durante cuarenta años en el desierto (cfr. Ex. 16, 435), y al que Jesús se refiere explícitamente en el discurso eucarístico de Cafarnaúm (cfr. Jn. 6, 31 ss.); el sacrificio de Melquisedec, gran sacerdote, que ofreció pan y vino materia de la Eucaristía para dar gracias por la victoria de Abraham (cfr. Gen. 14, 18); gesto que luego ser recordado por San Pablo para hablar de Jesucristo como de sacerdote eterno..., según el orden de Melquisedec (cfr. Heb. 7, ll); los panes de la proposición, que estaban de continuo expuestos en el Templo de Dios, pudiéndose alimentar con ellos sólo quienes fueran puros (cfr. Ex. 25, 30); el sacrificio de Abraham, que ofreció a su hijo Isaac por ser ésa la voluntad de Dios (cfr. Gen. 22, 10); el sacrificio del cordero pascual, cuya sangre libró de la muerte a los israelitas (cfr. Ex. 12).

                                                C. Profecías

La Eucaristía fue también preanunciada varias veces en el Antiguo Testamento:
- Salomón en el libro de los Proverbios: La Sabiduría se edificó una casa con siete columnas (los siete sacramentos), preparó una mesa y envió a sus criados a decir: ‘Venid, comed el pan y bebed el vino que os he preparado (Prov. 9, 1);
- el Profeta Zacarías predijo la fundación de la Iglesia como una abundancia de bienes espirituales, y habló del trigo de los elegidos y del vino que hace germinar la pureza"" (Zac. 9, 17);

- el profeta Malaquías, hablando de las impurezas de los sacrificios de la ley antigua, puso en boca de Dios este anuncio del sacrificio de la nueva ley: Desde donde sale el sol hasta el ocaso, grande es mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y ofrece a mi nombre una oblación pura (Mal. 1, 10ss.).

La verdad de la presencia real, corporal y sustancial de Jesús en la Eucaristía, fue profetizada por el mismo Señor antes de instituirla, durante el discurso que pronunció en la Sinagoga de Cafarnaúm, al día siguiente de haber hecho el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces:
"En verdad, en verdad os digo, Moisés no os dio el pan del cielo; es mi Padre quien os dar el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es Aquel que desciende del cielo y da la vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. Respondióles Jesús: Yo soy el pan de vida (. . .) Si uno come de este pan vivir para siempre, pues el pan que yo dar‚ es mi carne, para la vida del mundo"" (Jn. 6, 32-34, 51).
D. Preeminencia de la Eucaristía
Santo Tomás de Aquino señala la preeminencia de la Eucaristía sobre todos los demás sacramentos (cfr. S. Th. III, q. 65, a. 3):
- por su contenido: en la Eucaristía no hay, como en todos los demás, una virtud otorgada por Cristo para darnos la gracia, sino que es Cristo mismo quien se halla presente; Cristo, fuente de todas las gracias; - por la subordinación de los otros seis sacramentos a la Eucaristía, como a su último fin: todos tienden a disponer más convenientemente al alma a la recepción de la Eucaristía; - por el rito de los otros sacramentos, que la mayor parte de las veces se completan con la Eucaristía.

Haciéndose eco de las palabras de Santo Tomás, el Concilio Vaticano II afirma que la Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo que, a través de su Carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, invitados así y conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas juntamente con El. Por lo cual, la Eucaristía aparece como fuente y culminación de toda evangelización (Presbyterorum ordinis, n. 5. Ver también Documento de Puebla, n. 923).
De esta manera, el Concilio enseña que la Eucaristía es el centro y tesoro de la Iglesia, y el Papa Juan Pablo II exhorta por eso a todos. . . , pero sobre todo a los Obispos y sacerdotes, a vigilar para que este sacramento de amor sea el centro de la vida del Pueblo de Dios (Enc. Redemptor hominis, n. 20).

                   4.1.2 La Eucaristía, sacramento de la Nueva Ley

Que la Eucaristía es verdadero y propio sacramento constituye una verdad de fe declarada por el Magisterio de la Iglesia (Concilio de Trento, Dz. 844). Se deduce del hecho de que en ella se cumplen las notas esenciales de los sacramentos de la Nueva Ley:
a) el signo externo, que son los accidentes de pan y vino (materia) y las palabras de la consagración (forma), de los que hablaremos con más detenimiento enseguida;
b) para conferir la gracia, como afirma el mismo Cristo: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (Jn. 6, 54), o sea, la gracia, que es la incoación de la vida eterna;
c) instituido por Cristo en la Ultima Cena, como consta repetidamente en la Escritura: Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Y tomando el cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que ser derramada por muchos para remisión de los pecados (Mt. 26, 26-28). Este pasaje lo recogen también San Marcos (14, 22-25), San Lucas (22, 19-20) y San Pablo (I Cor. 11, 23-26).

                              4.1.3 El signo externo de la Eucaristía

Como en todo sacramento, en la Eucaristía se distingue un signo sensible que nos comunica la gracia. Basta recordar su institución en la Ultima Cena: Jesús utiliza dos elementos sencillos, el pan y el vino, y pronuncia unas palabras que ‘hacen’ el sacramento. Así queda constituido el signo: el pan y el vino serán la materia para la confección de la Eucaristía, y las palabras de la consagración que son las mismas palabras de Cristo, pronunciadas dentro de la Misa, las que renuevan esa transformación que la Iglesia ha llamado transustanciación.
A. Materia
La materia para la confección de la Eucaristía es el pan de trigo y el vino de vid. Esta es una verdad de fe, definida en el Concilio de Trento (cfr. Dz. 877, 884; ver también CIC, c. 924 & 2-3).

La seguridad de la materia proviene de la utilización por parte de Cristo de ambos elementos durante la Ultima Cena: cfr. Mt. 26, 26-28; Mc. 14, 22-25; Lc. 22, 19-20; I Cor. 11, 23-26. Para la validez del sacramento se precisa: - que el pan sea exclusivamente de trigo (amasado con harina de trigo y agua natural, y cocido al fuego), de modo que sería materia inválida el pan de cebada, de arroz, de maíz, etc., o el amasado con aceite, leche, etc. (cfr. CIC, c. 924 &2); - que el vino sea de vid (i.e., del líquido que se obtiene exprimiendo uvas maduras, fermentado); sería materia inválida el vino agriado (vinagre), o cualquier tipo de vino hecho de otra fruta, o elaborado artificialmente (cfr. CIC, c. 924 & 3).
Para la licitud del sacramento se requiere:
- que el pan sea ázimo (i.e., no fermentado; cfr. CIC, c. 926), hecho recientemente, de manera que no haya peligro de corrupción (cfr. CIC, c. 924 & 2); - que al vino se le añadan unas gotas de agua (cfr. Dz. 698 y CIC, c. 924 &1). El mezclar agua al vino era práctica universal entre los judíos y seguramente así lo hizo Jesucristo, y también entre griegos y romanos.

                                                   B. Forma

La forma son las palabras con las que Cristo instituyó este sacramento: Esto es mi Cuerpo. . . esta es mi Sangre (cfr. textos de la institución eucarística, citados adelante, 4.2.1 B).
El concilio de Trento enseña que, según la fe incesante de la Iglesia, "inmediatamente después de la consagración, es decir, después de pronunciadas las palabras de la institución, se hallan presentes el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre del Señor" (Dz. 876).

                       4.1.4 Los efectos de la recepción de la Eucaristía

Los efectos que la recepción de la Eucaristía produce en el alma, son los siguientes:
A. Aumento de la gracia santificante. B. Gracia sacramental específica. C. Perdón de los pecados veniales. D. Prenda de vida eterna.

                                 A. Aumento de la gracia santificante

De la unión íntima con Jesucristo se siguen lógicamente los demás efectos de la Sagrada Comunión. En primer lugar, el aumento de la gracia ya que debe tener el alma para recibir el sacramento. Para comulgar, como señalamos, hay que estar en gracia de Dios la Eucaristía es un sacramento de vivos, y por la Comunión esa gracia se sustenta, se revitaliza, se aumenta, y enciende en el gozo de la vida divina. La Comunión, pues, hace crecer en santidad y en unión con Dios.
La Sagrada Eucaristía es capaz de producir por sí misma un aumento de gracia santificante mayor que cualquier otro sacramento, por contener al mismo Autor de la gracia. Por eso se puede decir que, al ser la gracia unión con Cristo, el fruto principal de la Eucaristía es la unión íntima que se establece entre quien recibe el sacramento y Cristo mismo. Tan profunda es esta mutua inhesión de Cristo en el alma y de ésta en Aquél, que puede hablarse de una verdadera transformación del alma en Cristo.

Esto es lo que enseñó San Agustín al escribir en las Confesiones aquellas misteriosas palabras que le pareció oír de la Verdad eterna: Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Mas no me mudarás en ti, como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mi (7, 10, 16; PL 32, 742). La misma doctrina expone Santo Tomás: El que toma alimentos corporales los transforma en aquél que los toma. . . Síguese de aquí que el efecto propio de este sacramento es una tal transformación del hombre en Cristo, que puede en realidad decir con el Apóstol (cfr. Gal. 2, 20): “Vivo yo, o más bien no vivo yo, sino que Cristo vive en mi"" (In IV Sent. dist. 12, q. 2, a. 1). Y San Cirilo de Jerusalén llega a decir que la Eucaristía nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús"" (Catecheses, 22, 3).
B. Gracia sacramental específica
La gracia sacramental específica de la Eucaristía es la llamada gracia nutritiva, porque se nos da a manera de alimento divino que conforta y vigoriza en el alma la vida sobrenatural.
Todos los efectos que el manjar y la bebida corporal producen en relación con la vida del cuerpo, sustentándola, aumentándola, reparándola y deleitándola, todos esos los produce este sacramento en relación con la vida del espíritu (Concilio de Florencia, Decretum pro Armeniis, Dz. 698).

                                    C. Perdón de pecados veniales
 
También se perdonan los pecados veniales, alejando del alma la debilidad espiritual. Los pecados veniales, en efecto, constituyen una enfermedad del alma que se encuentra débil para resistir al pecado mortal.

En la Comunión Jesús es Médico, que suministra el remedio para la enfermedad y fortalece nuestra debilidad, preservándonos de los pecados futuros: por ello el Concilio de Trento llama a la Eucaristía ‘Antídoto, con el que somos liberados de las culpas cotidianas y somos preservados de los pecados mortales’ (Dz. 875).
D. Prenda de vida eterna
De acuerdo a las palabras de Cristo en Cafarnaúm, la Eucaristía constituye un adelanto de la bienaventuranza celestial y de la futura resurrección del cuerpo: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo resucitar‚ en el último día"" (Jn. 6, 54; cfr. Dz. 875).
Que es verdaderamente prenda de la gloria futura, lo canta la liturgia: Oh sagrado banquete, en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura (Himno ‘Oh Sacrum convivium’). Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados de gracia y bendición, la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial (Catecismo, n. 1402).

                                    4.1.5 Necesidad de la Eucaristía

Hemos dicho que el único sacramento absolutamente indispensable para salvarse es el bautismo: si un niño recién bautizado muere, se salva, aunque no haya comulgado. Sin embargo, para un bautizado que ha llegado al uso de razón, la Eucaristía resulta también requisito indispensable, según las palabras de Jesucristo: "Si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tendréis vida en vosotros"" (Jn. 6, 53).
No sería razonable que un hombre alcanzara la salvación -que es unión con Dios-, sin tener en la tierra al menos el deseo de la Eucaristía, que también es unión con Dios.
Para aquellos que inculpablemente ignoran la verdadera fe, la necesidad de recibir físicamente la Eucaristía sería necesidad in voto, o de deseo.
En correspondencia con ese precepto divino, la Iglesia ordena en su tercer mandamiento (cfr. Curso de Teología Moral, cap. 19), que al menos una vez al año y por Pascua de Resurrección, todo cristiano con uso de razón debe recibir la Eucaristía. También hay obligación de comulgar cuando se está en peligro de muerte: en este caso la comunión se recibe a modo de Viático, que significa preparación para el viaje de la vida eterna (cfr. Catecismo, nn. 1517, 1524 y 1525).
Esto, sin embargo, es lo mínimo, y el precepto ha de ser bien entendido: la Iglesia desea que se reciba al Señor con frecuencia, incluso diariamente.
4.1.6 El ministro de la Eucaristía
"Sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando en la persona de Cristo" (CIC, c. 900 &1; cfr. Catecismo, n. 1411).
La validez de la confección de la Eucaristía depende, por tanto, de la validez de la ordenación: consagrar es tarea propia y exclusiva del sacerdocio ministerial. Lo anterior es verdad de fe, declarada contra los valdenses (Concilio de Letrán en 1215; cfr. Dz. 424), que rechazaban la jerarquía y otorgaban a todos los fieles los mismos poderes. A su vez, el Concilio de Trento condenó la doctrina protestante, que no establecía diferencia esencial entre el sacerdocio común de todos los fieles, y el sacerdocio ministerial propio de quienes reciben el sacramento del Orden (cfr. Dz. 949, 961).
Esta verdad ha sido recientemente recordada por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en una Carta dirigida a los obispos de la Iglesia sobre algunas cuestiones concernientes al ministro de la Eucaristía, el 6-VIII-1983. La prueba que ofrece la Sagrada Escritura es concluyente: el encargo hecho por Cristo en la intimidad del Cenáculo a sus Apóstoles y a sus sucesores haced esto en memoria mía (Lc. 22, 19; I Cor. 11, 24), va dirigido exclusivamente a ellos, y no a la multitud de sus discípulos.

                         4.1.7 El sujeto de la recepción de la Eucaristía

Todo bautizado es sujeto capaz de recibir válidamente la Eucaristía, aunque se trate de un niño (Concilio de Trento, cfr. Dz. 893).
Para la recepción lícita o fructuosa se requiere:
a) el estado de gracia, y b) la intención recta, buscando la unión con Dios y no por otras razones.

El Concilio de Trento condenó la doctrina protestante de que la fe sola (fides informis) era preparación suficiente para recibir la Eucaristía (cfr. Dz. 893). Al mismo tiempo ordenó que todo aquel que quisiere comulgar y se hallare en pecado mortal tiene que confesarse antes, por muy contrito que le parezca estar.
La Iglesia apoyándose en las duras amonestaciones del Apóstol para que los fieles examinen su conciencia antes de acercarse a la Eucaristía (cfr. I Cor. 11, 27-29), ha exigido siempre el estado de gracia, de modo "que si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente, no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia" (Catecismo, n. 1415).
Así como nada aprovecha a un cadáver el mejor de los alimentos, así tampoco aprovecha la Comunión al alma que está muerta a la vida de la gracia por el pecado mortal.
El pecado venial no es obstáculo para comulgar, pero es propio de la delicadeza y del amor hacia el Señor dolerse en ese momento hasta de las faltas más pequeñas, para que El encuentre el corazón bien dispuesto.
En sentido inverso, la Iglesia reprobó el rigorismo de los jansenistas, que exigían como preparación para recibir la Sagrada Comunión un intenso amor de Dios (cfr. Dz. 1312). San Pío X, en su Decreto sobre la Comunión declaró que no se puede impedir la Comunión a todo aquel que se halle en estado de gracia y se acerque a la sagrada mesa con piadosa y recta intención (cfr. Dz. 1985). Como la medida de la gracia producida ex opere operato depende de la disposición subjetiva del que recibe el sacramento, la Comunión deber ir precedida de una buena preparación y seguida de una conveniente acción de gracias.
La preparación en el alma y en el cuerpo -deseos de purificación, de tratar con delicadeza el Sacramento, de recibirlo con gran fe, etc.- es lo que corresponde a la dignidad de la Presencia real de Jesucristo, oculto bajo las especies consagradas.
También es prueba de devoción dar gracias unos minutos después de haber comulgado, para bendecir al Señor en nombre de todas las criaturas y pedir la ayuda que necesitamos.
Junto a las disposiciones interiores del alma, y como lógica manifestación, están las del cuerpo: además del ayuno, el modo de vestir, las posturas, etc., que son signos de respeto y reverencia (cfr. Catecismo, n. 1387).
La legislación prescribe que quien va a recibir la Santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos durante una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas"" (CIC, c. 919 &1; cfr. Curso de Teología Moral, cap. 19.1).


              4.2 LA PRESENCIA REAL DE JESUCRISTO EN LA EUCARISTIA

                                 4.2.1 El hecho de la Presencia real

Por la fuerza de las palabras de la consagración, Cristo se hace presente tal y como existe en la realidad, bajo las especies de pan y vino y, en consecuencia, ya que está vivo y glorioso en el cielo al modo natural, en la Eucaristía está presente todo entero, de modo sacramental. Por eso se dice, por concomitancia, que con el Cuerpo de Jesucristo está también su Sangre, su Alma y su Divinidad; y, del mismo modo, donde está su Sangre, está también su Cuerpo, su Alma y su Divinidad.

La fe en la Presencia real, verdadera y sustancial de Cristo en la Eucaristía nos asegura, por tanto, que allí está el mismo Jesús que nació de la Virgen Santísima, que vivió ocultamente en Nazaret durante 30 años, que predicó y se preocupó de todos los hombres durante su vida pública, que murió en la Cruz y, después de haber resucitado y ascendido a los cielos, está ahora sentado a la diestra del Padre.
Está en todas las formas consagradas, y en cada partícula de ellas, de modo que, al terminar la Santa Misa, Jesús sigue presente en las formas que se reservan en el Sagrario, mientras no se corrompe la especie de pan, que es el signo sensible que contiene el Cuerpo de Cristo.
La Presencia real de Cristo en la Eucaristía es uno de los principales dogmas de nuestra fe católica (ver, p. ej., Concilio de Trento: Dz. 883, 885, 886; y también 355, 414, 424, 430, 465, 544, 574a, 583, 666, 698, 717, 997, 1468, 2045, Catecismo, nn. 1373 a 1381). Al ser una verdad de fe que rebasa completamente el orden natural, la razón humana no la alcanza a demostrar por sí misma. Puede, sin embargo, lograr una mayor comprensión a través del estudio y la reflexión. Para ello procederemos exponiendo primero los errores que se han suscitado sobre este tema a lo largo de los siglos.

                     A. Doctrinas heréticas opuestas a este dogma

La doctrina clara y explícita del Evangelio, y las enseñanzas constantes de la Tradición, han sido repetidas y explicadas a lo largo de los siglos por los Concilios y los Romanos Pontífices. Los documentos del Magisterio fueron motivados algunas veces por el deseo de aclarar un poco más algún punto, y otras, en cambio, por la necesidad de salir al paso de verdaderas herejías. Entre las principales herejías contra el dogma de la Presencia real se encuentran las siguientes:
- En la antigüedad cristiana, las herejías de los docetas, gnósticos y maniqueos que, partiendo del supuesto de que Jesús sólo tuvo un cuerpo aparente, contradijeron el dogma de la Presencia real. - En el siglo XI, Berengario de Tours negó la Presencia real, considerando la Eucaristía sólo como un símbolo (figura ver similitudo) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo glorificado en el cielo y que, por tanto, no puede hacerse presente en todas y cada una de las hostias consagradas. El Cuerpo de Cristo está en el Cielo, y en la Eucaristía sólo estaría de un modo espiritual (condenado en 1079: cfr. Dz. 355). - En el siglo XIV, Juan Wicleff afirmó que, después de la Consagración, no había sobre el altar más que pan y vino y, en consecuencia, el fiel al comulgar sólo recibía a Cristo de manera ‘espiritual’ (condena del Concilio de Constanza de 1418: cfr. Dz. 581 ss.). - Entre los protestantes, algunos niegan la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, y otros la admiten, pero con graves errores:
1o. Niegan la Presencia real:
a) Zwinglio: "La Eucaristía es "figura" de Cristo"; b) Calvino: "Cristo está en la Eucaristía porque actúa a través de ella, pero no está sustancialmente"; c) Protestantes liberales: "Cristo existe en la Eucaristía ‘por la fe’; esto es, porque lo creemos así: el creyente ‘pone’ a Cristo en la Eucaristía".
2o. Explican erróneamente la doctrina:
a) Lutero: "En la Eucaristía está al mismo tiempo la sustancia del pan y del vino junto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo"; b) Osiandro: "Se efectúa una unión hipostática entre el pan y el Cuerpo de Cristo (impanación)"; c) otros protestantes afirman que Cristo está presente cuando se recibe la Comunión (in uso), pero no perdura en las hostias consagradas que se reservan después de la Misa.

Todas estas herejías de los protestantes encuentran sus correspondientes condenas dogmáticas en las sesiones XIII, XXI y XXII del Concilio de Trento.
B. El testimonio de la Sagrada Escritura B.1 La promesa de la Eucaristía

La verdad de la Presencia real y sustancial de Jesús en la Eucaristía, fue revelada por El mismo durante el discurso que pronunció en Cafarnaúm al día siguiente de haber hecho el milagro de la multiplicación de los panes:

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivir para siempre, pues el pan que yo le dar‚ es mi carne, para la vida del mundo. Entonces comenzaron los judíos a discutir entre ellos y a decir: ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ Díjoles, pues, Jesús: “En verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitar‚ en el último día. Porque mi carne es verdaderamente comida y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él"" (Jn. 6, 51-56). B.2 La institución
Esa promesa de Cafarnaúm tuvo cabal cumplimiento en la cena pascual prescrita por la ley hebrea, que el Señor celebró con sus Apóstoles, la noche del Jueves Santo. Tenemos cuatro relatos de este acontecimiento: Mateo 22, 19-20
"Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, este es mi Cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi Sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de los pecados" Marcos 14, 22-24
"Mientras comían, tomó pan y, bendiciéndole lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, esto es mi Cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó, y bebieron de él todos, Y les dijo: Esta es mi Sangre de la alianza, derramada por muchos"

Lucas 22, 19-20
"Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Y el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre, que es derramada por vosotros". I Corintios 11, 23-25
"Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche que fue entregado, tomo el pan y después de dar gracias lo partió y dijo: Este es mi cuerpo, que se da por vosotros, haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es el nuevo testamento en mi Sangre; cuantás veces lo bebáis, heced esto en memoria mía...Así pues, quien coma el pan y bebe el cáliz indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre de Señor".

Es imposible hablar de manera más realista e indubitable: no hay dogma más manifiesto y claramente expresado en la Sagrada Escritura. Lo que Cristo prometió en Cafarnaúm, lo realizó en Jerusalén en la Ultima Cena.
Las palabras de Jesucristo fueron tan claras, tan categórico el mandato que dio a sus discípulos -"haced esto en memoria mía"- (Lc. 22, 19), que los primeros cristianos comenzaron a reunirse para celebrar juntos la ‘fracción del pan’, después de la Ascensión del Señor a los cielos.
"Todos -narran los Hechos de los Apóstoles- perseveraban en la doctrina de los Apóstoles y en la comunicación de la fracción del pan, y en la oración" (Hechos 2, 42).
San Pablo mismo testimonia la fe firme en la Presencia real de la primitiva cristiandad de Corinto: "El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la Sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es comunión del Cuerpo de Cristo? (. . .) Porque cuantas veces comáis este pan y bebáis el cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que El venga. De modo que quien comiere el pan o bebiere cl cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor" (I Cor. 10, 16; 11, 26-27).

                C. La Presencia real según el testimonio de la Tradición

La ‘fracción del pan’ -sintagma técnico para designar la Eucaristía- pasó pronto, junto con el bautismo, a ser el rito característico de los primeros cristianos. Ellos creían con absoluta sencillez que el pan consagrado era el Cuerpo de Cristo. Los Apóstoles y sus sucesores presentaban a los fieles el pan consagrado diciendo: Corpus Christi, y los fieles respondían Amén. La Eucaristía era Jesús, y nadie habló jamás de símbolo o figura.
Uno de los Santos Padres lo explica así: "Este pan es pan antes de la consagración; no bien ha tenido lugar ésta, el pan pasa a ser la Carne de Cristo. . . Ved, pues, cuán eficaz es la palabra de Cristo. . . Así pues, cuando lo recibes, no dices en vano ‘Amén’, confesando en espíritu que recibes el Cuerpo de Cristo. El sacerdote te dice: ‘El Cuerpo de Cristo’ y tú dices: ‘Amén’; esto es, ‘verdadero’" (SAN AMBROSIO, De sacram., lib. 4, cap. 4).
Del siglo II tenemos, entre muchos, el testimonio de San Ignacio de Antioquía: “La Eucaristía es la carne de Nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados, y a la que el Padre por su bondad ha resucitado” (Ep. ad Smyrn. 7, 1). Y, como para prevenir posibles interpretaciones mediatizadas, otro escritor de la antigüedad dice: Porque el Señor no dijo: “Esto es un símbolo de mi cuerpo y esto es un símbolo de mi sangre”. Nos enseña a no considerar la naturaleza de la cosa propuesta a los sentidos, ya que con las palabras pronunciadas sobre la ofrenda por ella se cambia en su carne y en su sangre (TEODORO DE MOPSUESTIA, In Matth. Comm. 26).
Esta fe se ha mantenido en la Iglesia a lo largo de todos los siglos posteriores. Ha sido enriquecida con un desenvolvimiento filosófico y teológico, uniforme con la Tradición, que ha venido a profundizar y a clarificar el dogma. Con brevedad, hablaremos a continuación de esas fundamentaciones racionales.
 
                           4.2.2 Modo de verificarse la Presencia real

Habiendo dejado expuesta la verdad de la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, hablaremos ahora del modo de realizarse. Es importante recordar, sin embargo, que las verdades de fe se creen no por su evidencia racional, sino porque nos han sido reveladas por Dios, que nunca nos engaña. Por ello, y siendo la Eucaristía una insondable verdad de fe, no se trata de ‘probar’ la Presencia real de Cristo -es un misterio inalcanzable a la razón-, sino de dar una congruente explicación filosófica de lo que ahí sucede.

                                          A. La transubstanciación

El Magisterio de la Iglesia nos enseña que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía. . . se produce una singular y maravillosa conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo de Cristo, y de toda la substancia del vino en la Sangre; conversión que la Iglesia católica llama aptísimamente transubstanciación (Concilio de Trento, Dz. 884; cfr. Catecismo, n. 1376).

En efecto, el término transubstanciación (trans-substare) expresa perfectamente lo que ocurre, pues al repetir el sacerdote las palabras de Jesucristo, se da el cambio de una substancia en otra (en este caso, de la substancia ‘pan’ en la substancia ‘Cuerpo de Cristo’, y de la substancia ‘vino’ en la substancia ‘Sangre de Cristo’), quedando solamente las apariencias, que suelen denominarse -como veremos más adelante- con la expresión “accidentes”.
Esas especies consagradas de pan y de vino permanecen de un modo admirable sin su substancia propia, por virtud de la omnipotencia divina.
La transubstanciación se verifica en el momento mismo en que el sacerdote pronuncia sobre la materia las palabras de la forma (‘esto es mi Cuerpo’; ‘este es el cáliz de mi Sangre’), de manera que, habiéndolas pronunciado, no existen ya ni la substancia del pan ni la substancia del vino: sólo existen sus accidentes o apariencias exteriores.
Para comprenderlo mejor es preciso entender antes qué es una substancia. La palabra substancia viene de sub-stare = estar debajo; es decir, latente bajo unas apariencias. Si alguien tiene una rosa artificial, podemos pensar al verla que es una rosa natural, porque los ojos ven el color, la forma y las apariencias de una rosa verdadera. Sin embargo, bajo esas apariencias no hay una rosa, no existe la substancia rosa. De modo análogo, aunque contrario, cuando yo miro la Hostia consagrada veo los accidentes -color, forma, olor, tamaño, etc.- del pan; pero la fe no los sentidos- me dicen que ahí no está la substancia del pan, sino la substancia del Cuerpo de Cristo.
Precisando más el concepto de transubstanciación, y sus implicaciones en este sacramento, puede afirmarse:

a) en la Eucaristía no hay aniquilamiento de la substancia del pan (o del vino), porque ésta no se destruye, sólo se cambia;
b) no hay creación del Cuerpo de Cristo: crear es sacar algo de la nada, y aquí la substancia del pan cambia por la substancia del Cuerpo, y la del vino por la de la Sangre;

c) no hay conducción del Cuerpo de Cristo del cielo a la tierra: en el cielo permanece el único Cuerpo glorificado de Jesucristo, y en la Eucaristía est su Cuerpo sacramentalmente;

d) Cristo no sufre ninguna mutación en la Eucaristía; toda la mutación se produce en el pan y en el vino;

e) lo que se realiza, pues, en la Eucaristía es la conversión de toda la substancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es lo que llamamos transubstanciación.
En los últimos años, algunos teólogos han buscado nuevas formas de explicar esta Presencia real de Cristo en la Eucaristía, usando términos tomados de filosofías más personalistas. Por ejemplo, hablan de transignificación o de transfinalización, señalando que, por las palabras de la consagración, el pan y el vino consagrados adquieren una nueva significación y se dirigen a un nuevo fin.
Estas doctrinas recientes parece que no intentan disminuir el realismo de la Presencia de Cristo, sino idear nuevos cauces terminológicos en conformidad a las categorías antropológicas de algunas corrientes del pensamiento moderno.
No obstante, el Magisterio de la Iglesia las juzga insuficientes y exige mantener la terminología de siempre: al variarla, en efecto, se incurre en peligro de alterar la verdad de fe. Advierte el Papa Pablo VI que "salvada la integridad de la fe, es también necesario atenerse a una manera apropiada de hablar, para que no demos origen a falsas opiniones -lo que Dios no lo quiera- acerca de la fe en los altos misterios, al usar palabras inexactas. . . La norma, pues, de hablar que la Iglesia, con su prolongado trabajo de siglos, no sin ayuda del Espíritu Santo, ha establecido, confirmándola con la autoridad de los Concilios, y que con frecuencia se ha convertido en contraseña y bandera de la fe ortodoxa, debe ser escrupulosamente observada y nadie, por su propio arbitrio, con pretexto de nueva ciencia, presuma cambiarla" (Encíclica Mysterium fidei, 3-IX-1965, n. 39).


                                 B. Permanencia de los accidentes

Se entiende por ‘especie’ o ‘accidente’, todo aquello que es perceptible por los sentidos, como el tamaño, la extensión, el peso, el color, el olor, el sabor, etc.

Podemos explicarlo también, diciendo que si la substancia es el ser que existe en sí mismo (p. ej., un libro), el accidente es el ser que no puede existir en sí mismo, sino en otro: los accidentes existen en la substancia (p. ej., un libro azul, pesado, de gran volumen, etc.; lo azul, lo pesado o el volumen, no se dan independientes del libro en el que inhieren). Ahora bien, en la Eucaristía -como ya explicamos- hay un cambio de substancia, pero no hay cambio de accidentes. Los accidentes del pan y del vino continúan, conservando todas sus propiedades, pero permanecen sin sujeto: son mantenidos en el ser por una especialísima y directa intervención de Dios que, siendo Autor del orden material y Creador de todas las cosas, puede suspender con su poder las leyes naturales.
Este tipo de mutación no se encuentra en ningún caso dentro del mundo físico: siempre que cambia la substancia, cambia también con ella los accidentes (p. ej., cuando se quema un papel cambia la substancia ‘papel’ en otra substancia, la ceniza, y se da obviamente también cambio de accidente: tamaño, color, olor, peso, etc.).

                4.2.3 El modo como el Cuerpo de Cristo está realmente presente

Nadie duda que el Señor está presente en medio de los fieles, cuando éstos se reúnen en su nombre: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos (Mt. 18, 20).
También está presente en la predicación de la palabra divina, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla (Const. Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, n. 7).
Igualmente está presente en los sacramentos, ya que son acciones del Cristo, como explicamos.
Sin embargo, la presencia de Jesucristo en la Eucaristía es de otro orden: Es muy distinto el modo verdaderamente sublime, por el cual Cristo est presente en su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos (Pablo VI, Enc. Mysterium Fidei, n. 39). En efecto, esta presencia de Jesucristo en la Eucaristía se denomina real para hacer frente a la presencia figurativa o simbólica de la que hablan los protestantes, y para señalar también que es diferente de esos otros modos que mencionamos anteriormente.
Se le llama real no por exclusión, como si las otras presencias de Cristo -en la oración, en la palabra, en los otros sacramentos- no fueran reales, sino por antonomasia, pues es una presencia substancial: por ella se hace presente Cristo, Dios y Hombre, entero e íntegro. Por lo tanto, sería entender mal esta manera de presencia, imaginarla al modo espiritual, como si fuera Cuerpo glorioso de Cristo presente en todas partes, o se redujera a un puro simbolismo.

                                         A. Per modum substantiae

Bajo cada una de las especies sacramentales, y bajo cada una de sus partes cuando se fraccionan, est contenido Jesucristo entero, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
Lo anterior fue definido como verdad de fe en el Concilio de Trento: "Si alguno negare. . . que bajo cada una de las partes de cualquiera de las especies se contiene Cristo entero, sea anatema"" (Dz. 885). Con este dogma de fe se impugna la falsedad de quienes afirman que en las fracciones de la Hostia (o en las gotas del vino consagrado) no está ya presente Cristo. Puesto que lo está por transubstanciación -y no de otra manera-, se sigue forzosamente que ahí donde antes había substancia de pan (o de vino) hay ahora la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo: Jesucristo está presente al modo de la presencia de la substancia. Jesucristo no se encuentra presente en la Hostia al modo de los cuerpos, que ocupan una extensión material determinada (la mano en un lugar, y la cabeza en otro), sino al modo de la substancia (‘per modum substantiae’), que está toda entera en cada parte del lugar (la substancia del agua se encuentra tanto en una gota como en el océano; la substancia del pan esta tanto en una migaja como en un pan entero, etc.). Por ello, al dividirse la Hostia, está todo Cristo en cada fragmento de ella.
Cualquier punto de referencia a los cambios que conocemos es inadecuado. El cambio milagroso de la Eucaristía -la transubstanciación- supera toda experiencia; es un cambio que está más allá de los sentidos. Por eso, nunca será descubierto por las ciencias humanas: la química más avanzada no puede descubrir en sus análisis más que pan y vino.

                       B. Cristo está todo entero bajo cada especie
No está únicamente el Cuerpo de Cristo bajo la especie del pan, ni únicamente su Sangre bajo los accidentes del vino, sino que en cada uno se encuentra Cristo entero. Donde está el Cuerpo, concomitantemente se hallan la Sangre, el Alma y la Divinidad; y donde está la Sangre, igualmente por concomitancia se encuentran el Cuerpo, el Alma y la Divinidad de Jesucristo.
Jesucristo, pues, está presente en la Eucaristía con la naturaleza humana (Cuerpo- y Sangre- y Alma) y la naturaleza divina (Divinidad). Pero el Alma y la Divinidad no están por conversión, sino por simple presencia, debido a la unión hipostática que se da en la Persona de Cristo entre su naturaleza humana y su naturaleza divina. Como escribe Santo Tomás (cfr. S. Th. III, q. 76, a. 1, ad. 1 ), el Cuerpo y la Sangre están por la conversión y el Alma y la Divinidad por real concomitancia.
La doble consagración del pan y del vino fue realizada por Cristo para representar mejor aquello que la Eucaristía renueva: la muerte cruenta del Salvador, que supuso una separación del Cuerpo y de la Sangre. Por ello, el sacerdote consagra separadamente el pan y el vino. Este tema se estudia con más amplitud en el inciso

                             4.3 La Eucaristía como Sacrificio"".
                             C. Permanencia de la Presencia real

"La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsisten las especies eucarísticas" (Catecismo, n. 1377).
La permanencia de la Presencia real es una verdad de fe, definida contra la herejía protestante que afirmaba la presencia de Cristo en la Eucaristía sólo in uso, es decir, mientras el fiel comulga (Concilio de Trento, cfr. Dz. 886 y 889). Según la doctrina católica, la Presencia real dura mientras no se corrompen las especies que constituyen el signo sacramental instituido por Cristo. El argumento es claro: como el Cuerpo y la Sangre de Cristo suceden a la substancia del pan y del vino, si se produce en los accidentes tal mutación que a causa de ella hubieran variado las substancias del pan y del vino contenidas bajo esos accidentes, igualmente dejar n de estar presentes la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
Por eso, cuando el sujeto recibe el sacramento, permanecen en su interior la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, hasta que los efectos naturales propios de la digestión corrompen los accidentes del pan y del vino (alrededor de 10 ó 15 minutos); es entonces cuando deja de darse la Presencia real de Cristo. En vista de esa permanencia, es dogma de fe que a la Santísima Eucaristía se le debe el culto de verdadera adoración (o culto de latría), que se rinde a Dios (Concilio de Trento, cfr. Dz. 888; Catecismo, n. 1378-9).

                                 4.2.4 Devociones Eucarísticas

Porque Jesucristo permanece en las hostias consagradas que se reservan en el Sagrario, el Santísimo Sacramento es tratado con singular reverencia, guardándose en ricos vasos sagrados, y doblando ante El la rodilla. Además, cerca del Sagrario arde constantemente una lamparilla de cera, que recuerda su Presencia real.
Así pues, "la Iglesia católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión" (Catecismo, n. 1378).
La liturgia reserva dos solemnidades para honrar esta Presencia real: el Jueves Santo se celebra la institución del Sacramento, con especial referencia al Sacrificio de la Cruz (‘la Eucaristía como sacrificio’), mientras que el día del Corpus et Sanguis Christi se acentúa el homenaje de adoración al Señor realmente presente en el sagrario (‘la Eucaristía como sacramento’). Ese día, en muchos sitios es costumbre llevar solemnemente al Santísimo en procesión por las calles de la ciudad.
Recomienda la Iglesia hacer con frecuencia la Exposición y Bendición con el Santísimo, dando gracias por su Amor y pidiendo su ayuda. Se canta el Pange lingua, y el Tantum ergo, u otro himno oportuno, y al final el mismo Jesucristo bendice cuando el sacerdote hace la Cruz sobre nosotros con la Hostia Sagrada.
En realidad, todo el culto de la Iglesia se mueve alrededor de la Eucaristía, y la devoción privada de los cristianos ha encontrado diversas formas de manifestar su fe y su amor al Señor presente en medio de nosotros. Una muy especial es la Visita al Santísimo, para hacerle compañía durante algunos minutos, ya que Jesús nos espera en este sacramento de amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración (Catecismo, n. 1380).


4.3 LA EUCARISTIA COMO SACRIFICIO

Habiendo concluido la explicación de la Eucaristía como sacramento, se estudia ahora bajo su otra consideración fundamental: la Eucaristía como sacrificio.
Aunque el sacramento y el sacrificio de la Eucaristía se realizan por medio de la misma consagración, existe entre ellos una distinción conceptual. La Eucaristía es sacramento en cuanto Cristo se nos da en Ella como manjar del alma, y es sacrificio en cuanto que en Ella Cristo se ofrece a Dios como oblación (cfr. S. Th. III, q. 75, a. 5).
El sacramento tiene por fin primario la santificación del hombre; el sacrificio tiene por fin primario la glorificación de Dios. También Santo Tomás señala que el sacramento de la Eucaristía se realiza en la consagración, en la que se ofrece el sacrificio a Dios (cfr. S. Th. III, q. 82, a. 10, ad.1). Con estas palabras indica que el sacrificio y el sacramento son una misma realidad, aunque podemos considerarlos por separado en cuanto que la razón de sacrificio está en que lo realizado tiene a Dios como destinatario, mientras que la razón de sacramento contempla al hombre, a quien se da Cristo como alimento.
La Eucaristía como sacramento es una realidad permanente (res permanens), como sacrificio es una realidad transitoria (actio transiens). Se entiende como sacramento la Hostia ya consagrada en la comunión, en la reserva del sagrario, en la exposición del Santísimo, etc.; se entiende como sacrificio en la Santa Misa, esto es, cuando se lleva a cabo la consagración. "La Eucaristía es también el sacrificio de la Iglesia". La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa de la ofrenda de su Cabeza. Con El, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres.
En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones la posibilidad de unirse a su ofrenda (Catecismo, n. 1368).

                                      4.3.1 Del Sacrificio en general

Por sacrificio se entiende:
a) el ofrecimiento a Dios, b) de una cosa sensible que se destruye o inmola, c) hecha por el ministro legítimo, d) en reconocimiento del supremo dominio de Dios sobre las criaturas.
El sacrificio es el acto principal de la religión. Ya desde los tiempos más remotos ha sentido el hombre la necesidad de rendir a Dios homenajes debidos, y le manifiesta esta convicción sacrificando en su honor algunas criaturas: las mejores y las más apropiadas. Además, el hombre buscó también así aplacar a Dios por los pecados cometidos, privándose de objetos que le resultaban valiosos.
El sacrificio requiere la destrucción o inmolación de la víctima, pues sólo así se testifica el dominio de Dios sobre lo creado: de aquello que se destruye nada queda; el hombre se priva de un bien que ofrece del todo para el solo honor de Dios.
Adán y sus hijos sacrificaban las primicias del campo y del rebaño para honrar a Dios (cfr. Gen. 4, 3). Noé, al salir del Arca, sacrificó animales para dar gracias a Dios (cfr. Gen. 8, 20). David hizo un sacrificio cuando se privó del agua que sus soldados le ofrecían, y la echó al suelo en honor de Dios (cfr. I Paralip. 11, 17). La inmolación del cordero pascual sirvió para librar de la muerte a los israelitas (cfr. Ex. 12). Los judíos, en fin, ofrecían de continuo oblaciones y holocaustos en el Templo de Jerusalén.
Todos estos sacrificios llamados sacrificios de la Antigua Ley, anunciaban y prefiguraban el verdadero y perfecto sacrificio, el sacrificio de la Nueva Ley realizado por Jesucristo con su muerte en la Cruz.


                                        4.3.2 El Sacrificio de la Misa

En el Antiguo Testamento Dios había manifestado a su pueblo con qué sacrificios quería ser honrado. Sin embargo, esos sacrificios eran aún imperfectos, sombra y figura del sacrificio perfecto que le ofrecería su Hijo al venir al mundo y morir en la Cruz: sacrificio único y de valor infinito.

En el año 420 A. C., Dios envió al último profeta, Malaquías, quien habló así en su Nombre:
"Se acabó ya mi benevolencia para con vosotros, oh sacerdotes hebreos, que me ofrecéis sacrificios en el Templo! Porque he aquí que (la mirada del profeta escudriñaba aquí el porvenir) desde Oriente hasta Occidente mi gloria se difunde entre todos los pueblos y en todo lugar se me ofrece una Víctima que es toda ella pura. Porque grande es mi gloria entre los pueblos, dice el Señor "(Mal. 1, 10-11).
Este nuevo sacrificio no puede ser ninguno de la Antigua Ley. Primero, por el rechazo a los sacerdotes hebreos. Luego, porque en la antigua alianza sólo se ofrecían sacrificios en el Templo de Jerusalén; ahora se ofrecer en todo lugar. En el Templo, las víctimas no eran necesariamente gratas a Dios; ahora será una Víctima siempre pura y grata a su presencia, al tratarse del mismo Hijo de Dios. Por último, los sacrificios antiguos se reservaban sólo a los judíos; ahora se extenderá entre todos los pueblos.
Este sacrificio de la Nueva Ley es el sacrificio que Cristo realizó en la Cruz. En él se cumplen todas las condiciones del sacrificio: el Sacerdote y la Víctima son el mismo Cristo, la inmolación consiste en la muerte del Redentor, y el holocausto del Hijo tiene por fin la gloria de Dios Padre. Este sacrificio es del todo agradable a Dios y lo satisface de modo pleno y sobreabundante por los pecados de todos los hombres. En virtud de la expresa voluntad del Señor, este único sacrificio es renovado bajo las especies de pan y vino, cada vez que se celebra la Santa Misa. El sacrificio de la Misa fue instituido en la Ultima Cena, cuando Cristo convirtió el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre, ordenando a los Apóstoles: Haced esto en memoria mía (Lc. 22, 19). Aquello que iba a suceder al día siguiente -su muerte cruenta en la Cruz, para obtener el perdón de los pecados- quedaría perpetuamente renovada con la oblación incruenta de las especies sacramentales, para que se aplicaran esos méritos infinitos obtenidos por Jesucristo con su inmolación.


                      4.3.3 Relación entre el Sacrificio de la Misa y el de la Cruz

La Misa no es una simple representación, sino que es una renovación del sacrificio de la Cruz.
El Concilio de Trento (Dz. 938, 940) enseña que el sacrificio de la Misa es esencialmente el mismo de la Cruz (es una misma la Víctima, el Sacerdote y los fines); sólo difiere en el modo como se ofrece (en la Cruz, de modo cruento, con un derramamiento de Sangre; incruentamente en la Eucaristía). Hay también una íntima relación entre la Misa y la Ultima Cena (cfr. Dz. 938ss., 949, 957, 961, 963):
La consagración del pan y del vino hecha en la Ultima Cena tuvo principalmente carácter de sacramento, porque lo que pretendió Cristo fue especialmente darse como alimento. Pero tuvo también carácter de sacrificio. En efecto, si la Víctima no fue inmolada en ese momento, sí fue ofrecida para ser inmolada en la Cruz (esto es mi Cuerpo, que ser entregado por vosotros. Esta es mi sangre, que será derramada por vosotros""; Lc. 22, 19-20). Se ve, pues, que su Cuerpo y su Sangre tuvieron ya carácter de víctima inmolada; y por eso si La Misa es la renovación del sacrificio de la Cruz, la Ultima Cena fue la anticipación de él. La Santa Misa remite directamente al Sacrificio de la Cruz, anunciado y sacramentalmente anticipado, pero aún no consumado, en La Última Cena. La Santa Misa fue instituida en la Última Cena, no para perpetuarla, sino para perpetuar el Sacrificio de la Cruz. Por eso, en sentido estricto, la primera Misa sólo pudo celebrarse después del Sacrificio del Calvario, aunque se pudo hacer en virtud de la institución sacramental de la noche anterior.


                                 4.3.4 La esencia del Sacrificio de la Misa

En la estructura de la Misa encontramos las siguientes partes (cfr. Catecismo, nn. 1348 a 1355):

- los ritos iniciales;
- la liturgia de la palabra (lectura de los libros sagrados, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento);
- la liturgia eucarística (desde el ofrecimiento del pan y del vino hasta la comunión del sacerdote, teniendo como parte central la consagración);
- el rito de comunión;
- los ritos de conclusión. La esencia de la Santa Misa como sacrificio consiste en la consagración de las dos especies, que se ofrecen a Dios como oblación (cfr. S. Th. III, q. 82, a. 10). Con la doble consagración se manifiesta la cruenta separación del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la Cruz.
"La divina Sabiduría ha hallado un modo admirable para hacer manifiesto el Sacrificio de nuestro Redentor, con señales inequívocas que son símbolo de muerte, ya que gracias a la transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Cristo, las especies eucarísticas simbolizan la cruenta separación del Cuerpo y de la Sangre" (Pío XII, Enc. Mediator Dei). De acuerdo a lo anterior, no constituye la esencia de la Misa la parte didáctica o de la palabra (error protestante), ni la sola comunión (cfr. Dz. 948), ni se requiere para el sacrificio la presencia de los fieles (cfr. Dz. 944), ni el asentamiento de la comunidad para que la Misa tenga lugar, etc.: la esencia de la Misa es la doble consagración.

                               4.3.5 Fines del Sacrificio de la Misa

Siendo el Sacrificio de la Misa el mismo Sacrificio del Calvario, sus fines resultan también idénticos. De acuerdo a la enseñanza del Concilio de Trento (cfr. Dz. 940 y 950) son cuatro los fines de la Misa:
1) Alabar a Dios, reconociéndolo como Ser Supremo (fin latréutico). El fin principal de la Misa es dar a Dios la adoración y alabanza que sólo El merece. Este acto se realiza por la inmolación en su honor de la Víctima de infinito valor: el Hombre-Dios.
Cuando la Iglesia celebra misas en honor de los santos, no ofrece el sacrificio a los santos, sino sólo a Dios. La Iglesia hace tan sólo conmemoración de los santos con el fin de agradecer a Dios la gracia y la gloria concedidas a ellos, y con el propósito de invocar su intercesión: Dz. 941, 952. 2) Darle gracias por los beneficios recibidos (fin eucarístico). La Misa realiza de manera excelente el deber de agradecimiento, pues sólo Cristo, en nuestro nombre, es capaz de retribuir a Dios sus innumerables beneficios para con nosotros. 3) Moverlo al perdón de los pecados (fin propiciatorio), toda vez que el mismo Cristo dijo: Esta es mi sangre, que será derramada para el perdón de los pecados"" (Mt. 26, 28). A través de la Santa Misa recibe Dios, de modo infinito y sobreabundante, méritos remisores de los pecados de vivos y difuntos.

Trento declaró que, según tradición apostólica, la propiciación puede aplicarse también por las almas del purgatorio (cfr. Dz. 940, 950). 4) Pedirle gracias o favores (fin impetratorio), pues la Misa tiene la eficacia infinita de la oración del mismo Cristo.

 

 

 


“Yo soy el camino, la verdad y la vida, el que me sigue, NO caminará en tinieblas”.

 

¿Es la Eucaristía una cosa sagrada?

¿Es la Eucaristía una cosa sagrada?
La Eucaristía es una Persona, es la presencia de una Persona Santísima: Jesucristo Nuestro Señor.
Autor: Rubén Robles Monge | Fuente: anmconsamex.homestead.com


¿Es la Eucaristía una cosa sagrada?
La Eucaristía NO ES UNA COSA, aunque le pongamos el adjetivo de sagrada. La Eucaristía ES UNA PERSONA; es la presencia de una PERSONA SANTISIMA: Jesucristo Nuestro Señor


¿Es la Eucaristía una cosa sagrada?
Si lo fuera seríamos idólatras y, por cierto, de los más vulgares, baratos y corrientes.

Sin embargo, cada vez que hago esta pregunta, la respuesta rápida es: ¡sí!

Por alguna razón el Pueblo de Dios ha mantenido esta idea corrupta de la Eucaristía, en su mente y en su corazón, que pervierte sus sentimientos hacia quien está presente en los dones consagrados.

Y es que la Eucaristía NO ES UNA COSA, aunque le pongamos el adjetivo de sagrada.

La Eucaristía ES UNA PERSONA; es la presencia de una PERSONA SANTISIMA: Jesucristo Nuestro Señor, El Verbo Eterno, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Quizá en parte se deba a que se le designan sus características con palabras que, fuera de un contexto complementario que manifieste su calidad de persona, en principio dan idea de cosas.

Así sucede con las palabras como sacramento, santísimo o Santísimo Sacramento con que se ha designado a la Presencia Santa durante siglos.

Y no es que esas palabras designen algo que no es.

La Eucaristía es verdaderamente un sacramento. El Señor no se presenta con un cuerpo físico como hace dos mil años lo fué Jesús de Nazaret, sino que se presenta como signo en los dones consagrados, es decir, como sacramento.

Igualmente, es verdaderamente Santísimo --o Santísima (Eucaristía)--; es el Señor "tres veces santo"; es aquel de quien se dice "ángeles y querubines dicen santo, santo, santo".

Como Dios Hijo es verdaderamente el Santísimo que se presenta como Sacramento. Es realmente el Santísimo Sacramento.

El problema está, como se dijo antes, que esas palabras tienen que ir complementadas con otras que afirmen y confirmen que el Santísimo, o el Santísimo Sacramento, es una Persona.

Por ejemplo, en las preces litánicas para la reserva del Santísimo Sacramento se dice maravillosamente: "Bendito sea JESÚS en el Santísimo Sacramento del Altar".

En nuestro Ritual Nacional, en México, se dice: "¡CRISTO, Pan Celestial, danos la vida eterna!"

La Adoración Nocturna Española tiene como su lema de presentación; ¡Adorado sea JESÚS Sacramentado!

Frases acordes a esta necesidad serían: "El Señor Jesús en el Santísimo Sacramento"; "El Señor de la Eucaristía"; "Nuestro Señor Jesucristo Sacramentado"... y así de forma semejante.

Con la palabra eucaristía sucede lo mismo. Igualmente, al usarla sin su contexto de persona, como primera idea se entiende una cosa.

Alguien podría decir, peyorativamente, que se es perfeccionista. Entonces pregúntese si es válido el actual desprestigio del Resucitado, el Viviente de la Eucaristía, que se observa en los ambientes de fe, tan infestados, más en otras latitudes, de relativismo infantil.

Para muchas otras fiestas y celebraciones religiosas, hay ocasiones en que se derrocha gusto y fervor, se hacen las inmensas peregrinaciones. ¿Cuántas peregrinaciones grandiosas, al menos en nuestro país, se harán a Guadalajara con motivo del Congreso Eucarístico Internacional, para acudir al llamado del Señor de la Eucaristía, Nuestro Dios y Señor Jesucristo? ¿O siquiera peregrinaciones sencillas? Quizá se realicen de estas últimas; pero pocas.

Es que la cosa no llama, no se le escucha; la cosa solo sirve para usarse utilitariamente.

Pero si sabemos que quien llama es una persona, se pondrá más atención al llamado. Y si amamos a esa Persona, porque sabemos que nos ama con amor divino e infinito, más fácilmente acudiremos a su llamado; es que no podemos quedar mal con ALGUIEN que amamos y que sabemos que nos ama.

San Pedro Julián Eymard, Apóstol de la Eucaristía, observa: "La Eucaristía es la Persona del Señor...La Sagrada Eucaristía es Jesús pasado, presente y futuro... Es Jesús hecho Sacramento". Y con palabras que son válidas en nuestros días, también dice: "El gran mal de nuestra época es que no vemos a Jesucristo como su salvador y a su Dios. Se abandona el único fundamento, la única fe, la única gracia de la salvación... Entonces ¿qué hacer? Regresar a la fuente de la vida, pero no al Jesús histórico o al Jesús glorificado en el cielo sino al Jesús que está en la Eucaristía..."

El Pueblo de Dios merece que se le anuncie la verdad sobre el Viviente que está con nosotros en la Eucaristía.

Que sepa que Dios misericordioso ha puesto su tienda junto a la nuestra: "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros..." (Jn 1, 14). "He aquí que Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). "No los voy a dejar huérfanos; volveré para estar con ustedes. Dentro de poco, los que son del mundo ya no me verán; pero ustedes me verán y vivirán porque Yo vivo" (Jn 14, 18-19).

El Señor Jesús, en la Eucaristía, se ha hecho, por amor, nuestro vecino, nuestro amigo, nuestro confidente, nuestro prójimo.

Es la Persona del Santísimo Sacramento, la Eucaristía, que, brazo al hombro, nos va contando de cómo Él va preparando nuestra historia rumbo a la patria prometida y de cómo, en comunión con Él, compartimos el mismo destino: la instauración del Reino.


¡Adorado sea el Santísimo Sacramento! ¡Ave María Purísima!

La Eucaristía es fuente de alegría.

La Eucaristía es fuente de alegría
Festeja la Alianza que hizo Jesús con nosotros, porque es imagen del banquete celestial, porque da sentido a nuestros dolores ofrecidos al Señor.
Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net


¿Qué es la alegría? Es ese sentimiento o efecto del amor, dice santo Tomás. Pero hay tantas clases de alegría como clases de amor, unas más profundas, otras más superficiales.

Está la alegría de quien ganó la lotería; la alegría de haber encontrado algo perdido, la alegría de tener un hijo, la alegría de una curación, la alegría de volver a ver a alguien querido, la alegría de haber recobrado la gracia y la amistad con Dios, la alegría de haber aprobado un examen, la alegría de estar enamorado, la alegría del casamiento, la alegría de una ordenación sacerdotal.

El Evangelio está lleno de manifestaciones de alegría: La alegría por haberse encontrado con Jesús, la alegría de los pastores al ver al Niño, la alegría de Simeón, la alegría de los Magos, la alegría en el Tabor al ver a Jesús, la alegría de María Magdalena, la alegría de los discípulos de Emaús, la alegría de María: “Mi alma canta...”.

Pero hay una alegría secreta e íntima en la eucaristía. Es fracción del pan, banquete. Nos encontramos en comunidad. La comida produce euforia. Quien participa de la misa debería experimentar esa euforia y alegría espiritual. Es el clima de la vida cristiana. ¡Nunca nos faltará!

Por eso Jesús escogió el signo del vino y el vino alegra el corazón.

Caná es el primer anuncio del Nuevo Testamento de la eucaristía: el agua se convirtió en vino. El vino alegra el corazón del hombre, dice la Sagrada Escritura. La parábola del festín es otro anuncio: “Venid y comed”. Cuando uno come está satisfecho y feliz. A un banquete va la gente feliz y risueña.

La eucaristía es fuente de alegría porque festeja la Alianza que hizo Jesús con nosotros, porque es imagen del banquete celestial, porque da sentido a nuestros dolores ofrecidos al Señor. “Vuestra tristeza se convertirá en alegría” (Jn. 16, 20).

Es una alegría que se abre a los demás, para compartir con ellos un gozo superior a los demás.

“¿No tienes dinero? ¿No tienes nada para regalar? ¡Qué importa! No olvides que puedes ofrecer tu alegría, que puedes regalar esa paz que el mundo no puede dar en tu lugar. Tus reservas de alegría deberían ser inagotables”.
arivero@legionaries.org

El porqué de la Eucaristía.

Autor: P. Antonio Rivero LC
El porqué de la Eucaristía
“Existen interrogantes que únicamente encuentran respuesta en un contacto personal con Cristo". (Juan Pablo II)
 
“¿Por qué, Señor, te quedaste en la Eucaristía?”

“Te amo, Señor, por tu Eucaristía,
por el gran don de Ti mismo.
Cuando no tenías nada más que ofrecer
nos dejaste tu cuerpo para amarnos hasta el fin,
con una prueba de amor abrumadora,
que hace temblar nuestro corazón
de amor, de gratitud y de respeto” .

Llevamos veinte siglos de cristianismo, por todas las latitudes, celebrando lo que Jesús encomendó a sus apóstoles en la noche de la Cena: “Haced esto en conmemoración mía”.

Los nombres de la Eucaristía

Es de tal profundidad y belleza la eucaristía que en el transcurso de los tiempos a este misterio eucarístico se le ha llamado con varios nombres:


Fracción del pan, donde se parte, se reparte y se comparte el pan del cielo, como alimento de inmortalidad.

Santo Sacrificio de la Misa, donde Cristo se sacrifica y muere para salvarnos y darnos vida a nosotros.

Eucaristía, porque es la acción de gracias por antonomasia que ofrece Jesús a su Padre celestial, en nombre nuestro y de toda la Iglesia.

Celebración Eucarística, porque celebramos en comunidad esta acción divina.

La Santa Misa, porque la eucaristía acaba en envío, en misión, donde nos comprometemos a llevar a los demás esa salvación que hemos recibido.

Misterio Eucarístico, porque ante nuestros ojos se realiza el gran misterio de la fe.

Antes de empezar a hablar de este misterio hay que preguntarse el porqué de la eucaristía, por qué quiso Jesús instituir este sacramento admirable, por qué quiso quedarse entre nosotros, con nosotros, para nosotros, en nosotros; qué le movió a hacer este asombroso milagro al que no podemos ni debemos acostumbrarnos. ¡Oh, asombroso misterio de fe!

¿Por qué quiso Jesús hacer presente el sacrificio de la Cruz, como si no hubiera bastado para salvarnos ese Viernes Santo en que nos dio toda su sangre y nos consiguió todas las gracias necesarias para salvarnos?

La respuesta a esta pregunta sólo Jesús la sabe. Nosotros podemos solamente vislumbrar algunas intuiciones y atisbos.

Se quedó por amor excesivo a nosotros, diríamos por locura de amor. No quiso dejarnos solos, por eso se hizo nuestro compañero de camino. Nos vio con hambre espiritual, y Cristo se nos dio bajo la especie de pan que al tiempo que colma y calma, también abre el hambre de Dios, porque estimula el apetito para una vida nueva: la vida de Dios en nosotros. Nos vio tan desalentados, que quiso animarnos, como a Elías: “Levántate y come, porque todavía te queda mucho por caminar” (1 Re 19, 7).

Actitudes ante la Eucaristía

Ante este regalo espléndido del Corazón de Jesús a la humanidad, sólo caben estas actitudes:

1. Agradecimiento profundo.
2. Admiración y asombro constantes.
3. Amor íntimo.
4. Ansias de recibirlo digna y frecuentemente.
5. Adoración continua.

La eucaristía prolonga la encarnación. Es más, la eucaristía es la venida continua de Cristo sobre los altares del mundo. Y la Iglesia viene a ser la cuna en la que María coloca a Jesús todos los días en cada misa y lo entrega a la adoración y contemplación de todos, envuelto ese Jesús en los pañales visibles del pan y del vino, pero que, después de la consagración, se convierten milagrosamente y por la fuerza del Espíritu Santo en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y así la eucaristía llega a ser nuestro alimento de inmortalidad y nuestra fuerza y vigor espiritual.

Hace dos mil años lo entregó a la adoración de los pastores y de los reyes de Oriente. Hoy María lo entrega a la Iglesia en cada eucaristía, en cada misa bajo unos pañales sumamente sencillos y humildes: pan y vino. ¡Así es Dios! ¿Pudo ser más asequible, más sencillo?

El valor y la importancia de la Eucaristía

La eucaristía es la más sorprendente invención de Dios. Es una invención en la que se manifiesta la genialidad de una Sabiduría que es simultáneamente locura de Amor.

Admiramos la genialidad de muchos inventos humanos, en los que se reflejan cualidades excepcionales de inteligencia y habilidad: fax, correo electrónico, agenda electrónica, pararrayos, radio, televisión, video, etc.

Pues mucho más genial es la eucaristía: que todo un Dios esté ahí realmente presente, bajo las especies de pan y vino; pero ya no es pan ni es vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo. ¿No es esto sorprendente y admirable? Pero es posible, porque Dios es omnipotente. Y es genial, porque Dios es Amor.

La eucaristía no es simplemente uno de los siete sacramentos. Y aunque no hace sombra ni al bautismo, ni a la confirmación, ni a la confesión, sin embargo, posee una excelencia única, pues no sólo se nos da la gracia sino al Autor de la gracia: Jesucristo. Recibimos a Cristo mismo. ¿No es admirable y grandiosa y genial esta verdad?

¿Cómo no ser sorprendidos por las palabras “esto es Mi cuerpo, esta es Mi sangre”? ¡Qué mayor realismo! ¿Cómo no sorprendernos al saber que es el mismo Creador el que alimenta, como divino pelícano, a sus mismas criaturas humanas con su mismo cuerpo y sangre? ¿Cómo no sorprendernos al ver tal abajamiento y tan gran humildad que nos confunden? Dios, con ropaje de pan y gotas de vino...¡Dios mío!

Nos sorprende su amor extremo, amor de locura. Por eso hay que profundizar una y otra vez en el significado que Cristo quiso dar a la eucaristía, ayudados del evangelio y de la doctrina de la Iglesia. Nos sorprende que a pesar de la indiferencia y la frialdad, Él sigue ahí fiel y firme, derramando su amor a todos y a todas horas.

¡Cuánto necesitamos de la eucaristía!

Necesitamos la eucaristía para el crecimiento de la comunidad cristiana, pues ella nos nutre continuamente, da fuerzas a los débiles para enfrentar las dificultades, da alegría a quienes están sufriendo, da coraje para ser mártires, engendra vírgenes y forja apóstoles.

La eucaristía anima con la embriaguez espiritual, con vistas a un compromiso apostólico a aquellos que pudieran estar tentados de encerrarse en sí mismos. ¡Nos lanza al apostolado!

La eucaristía nos transforma, nos diviniza, va sembrando en nosotros el germen de la inmortalidad.

Necesitamos la eucaristía porque el camino de la vida es arduo y largo y como Elías, también nosotros sentiremos deseos de desistir, de tirar la toalla, de deprimirnos y bajar los brazos. “Ven, come y camina”.

Tomad, esto es mi cuerpo...

Tomad, esto es mi cuerpo...
 
Cristo se ha hecho Eucaristía para estar con cada hombre de una manera personal y total. En el sagrario, está a la disposición de todos.
 
Autor: P. Fintan Kelly LC | Fuente: Catholic.net
 
 
Tomad, esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre...
Mc 14,12-16.22-26
 
Durante siglos algunos han dado mil vueltas a estas palabras. Han querido quitar de ellas todo lo que suena a exigencia. Han tratado de dar otra interpretación diferente de la católica a las palabras de Cristo. Sin embargo, es la fe de la Iglesia, durante 2,000 años, que Cristo realmente está presente en la Eucaristía. No dijo "Esto parece o simboliza mi cuerpo" sino "Esto es mi cuerpo".
 
Si aceptamos que Cristo realmente está presente en la Eucaristía, entonces es una razón muy fuerte para ir a Misa los domingos y comulgar. Cristo se ha hecho Eucaristía para alimentarnos espiritualmente. En cierto sentido nos hacemos “co-corpóreos" y "co-sanguíneos" con Cristo.
 
Cristo se ha hecho Eucaristía para estar con cada hombre de una manera personal y total. Allí, en el sagrario, está a la disposición de todo hombre.
 
“Nos dejaste tu último recuerdo palpitante y caliente, a través de los siglos, para que recordáramos aquella noche en que prometiste quedarte en los altares hasta el fin de los tiempos, insensible al dolor de la soledad en tantos sagrarios".
 
Cuando tenemos una dificultad, en vez de sumergirnos en nosotros mismos, deberíamos visitar a Cristo en el sagrario. Allí está el amigo, el médico, el hermano que quiere y puede ayudarnos.
 
La Misa no debe ser una obligación pesada sino una cita con la Persona que más me ha amado y más me ama. Cuando uno escucha esta pregunta: "Padre, ¿por qué la Iglesia nos obliga a ir a misa los domingos?", uno sabe que esa alma concibe la religión de una manera legalista. Sólo le falta preguntar: "Padre, ¿qué es lo mínimo que debo hacer para poder entrar en el cielo?"
 
"Cada vez que le conozco (a Cristo en la Eucaristía), me entra un deseo más y más grande de poseerle. Me pasa lo que al hidrópico, que mientras más bebe, mayor es su sed. ¡Quién me diera poder saciarme de Él! Pero aún no llega la hora”
 
 
Puedes hacer una visita fervorosa al Santísimo.

¿Qué es la Transubstanciación?

¿Qué es la Transubstanciación?
Estimemos por «justa y conveniente» la palabra exacta que expresa la conversión del pan y del vino: ¡Transubstanciación!
Autor: P. Carlos Miguel Buela, VE | Fuente: www.iveargentina.org
 
«La Presencia Real»


1. Verdadera, real y sustancial

Nos enseña la santa fe católica que Nuestro Señor Jesucristo está verdadera, real y sustancialmente presente, en el Santísimo Sacramento del altar. Es sacramento porque es signo sensible -pan y vino-, y eficaz -produce lo que significa-, de la gracia invisible y porque contiene al Autor de la gracia, al mismo Jesucristo nuestro Señor.

¿Qué quiere decir verdadera?
Verdadera quiere decir que su presencia no es en mera figura (como en una foto), como quería Zwinglio, sino en verdad.

¿Qué quiere decir realmente?
Realmente quiere decir que su presencia no es por mera fe subjetiva (no porque uno así lo opine), como quería Ecolampadio, sino en la realidad.

¿Qué quiere decir sustancialmente?
Sustancialmente quiere decir que la presencia del Señor en la Eucaristía no es meramente virtual (como la usina eléctrica está virtualmente presente en el foco de luz), como quería Calvino, sino según el mismo ser de su Cuerpo y Sangre que asumió en la Encarnación.

El Concilio de Trento enseña que: «Si alguno negare que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real, y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero; sino que dijere que sólo está en él como en señal y figura o por su eficacia, sea anatema».

Doctrina que recoge el reciente Catecismo de la Iglesia Católica: «Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros (Ro 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos, en los sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo (está presente), bajo las especies eucarísticas”.

El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos”. En el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero.” “Esta presencia se denomina ´real´, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen ´reales´, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente”».

De tal modo, que Nuestro Señor Jesucristo está presente en la Eucaristía con el mismo Cuerpo y Sangre que nació de la Virgen María, el mismo cuerpo que estuvo pendiente en la cruz y la misma sangre que fluyó de su costado.


2. De la Transubstanciación

Nuestro Señor se hace presente por la conversión del pan y el vino en su Cuerpo y Sangre. Esa admirable y singular conversión se llama propiamente «transubstanciación», no consustanciación, como quería Lutero.

Se dice admirable porque es un misterio altísimo, superior a la capacidad de toda inteligencia creada. ¡Es el Misterio de la fe! Se dice singular porque no existe en toda la creación ninguna conversión semejante a esta.

En la transubstanciación toda la substancia del pan y toda la sustancia del vino desaparecen al convertirse en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo. De tal manera que bajo cada una de las especies y bajo cada parte cualquiera de las especies, antes de la separación y después de la separación, se contiene Cristo entero.

Es de fe, por tanto, que de toda y sola la substancia del pan y del vino se transubstan­cia en toda y sola la sustancia del cuerpo y sangre de Cristo. Ahora bien, ¿qué es lo que permanece? Permanecen, sin sujeto de inhesión, por poder de Dios, en la Eucaristía los accidentes, especies o apariencias del pan y del vino.

¿Cuáles son? Los accidentes que permanecen después de la transusbtanciación son: peso, tamaño, gusto, cantidad, olor, color, sabor, figura, medida, etc, de pan y de vino. Sólo cambia la sustancia.

Por la fuerza de las palabras bajo la especie de pan se contiene el Cuerpo de Cristo y, por razón de la compañía o concomitancia, junto con el Cuerpo, por la natural conexión, se contiene la Sangre, y el alma y, por la admirable unión hipostática, la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Y, ¿qué se contiene por razón de las palabras bajo la especie del vino? Por razón de las palabras se contiene la Sangre de Cristo bajo la especie del vino y, por razón de la concomitancia, junto con la Sangre, por la natural conexión, se contiene el Cuerpo, el Alma y, por la unión hipostática, la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión. Así, san Juan Crisóstomo declara que: “No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas”.

Y san Ambrosio dice respecto a esta conversión: “Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada... La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela”».

Sigue diciendo el Catecismo de la Iglesia Católica: «El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación”».


3. Omnipotencia de Dios

El sacerdote ministerial predica la Palabra de Dios, presenta a Dios los dones de pan y vino, los inmola y los ofrece al transubstanciarlos en el Cuerpo y la Sangre del Señor, obrando en nombre y con el poder del mismo Cristo, de modo tal que, por sobre él sólo está el poder de Dios, como enseña Santo Tomás de Aquino: «El acto del sacerdote no depende de potestad alguna superior, sino de la divina», de tal modo, que ni siquiera el Papa, tiene mayor poder que un simple sacerdote, para la consagración del Cuerpo de Cristo: «No tiene el Papa mayor poder que un simple sacerdote».

«Al mandar a los Apóstoles en la Última Cena: Haced esto en memoria mía (Lc 22,19; 1Cor 11,24.25), les ordena reiterar el rito del Sacrificio eucarístico de mi Cuerpo que será entregado y de mi Sangre que será derramada (Lc 22,19; 1Cor 11,24.25). Enseña el Concilio de Trento que Jesucristo, en la Última Cena, al ofrecer su Cuerpo y Sangre sacramentados: “a sus apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, les mandó ... que los ofrecieran”».

Y esto por el poder divino, ya que existe «en la misma transformación, una selección que indica penetración extraordinaria; dentro de una misma cosa material hay algo que cambia y algo que permanece inmutable; además el cambio produce algo nuevo...». En la Divina Invocación, como llamaban muchos Santos Padres a la consagración, se da:

1. Una selección: entre la substancia y los accidentes;

2. Una penetración extraordinaria: distinguir ambos elementos, para que desaparezca uno y permanezca el otro;

3. Algo nuevo aparece: el Cuerpo entregado y la Sangre derramada de Cristo, bajo especie ajena, o sea, sacramental.

Por esto, la conversión del pan y del vino en la Misa, implica dificultades más grandes que respecto a la creación del mundo, como dice Santo Tomás de Aquino: «En esta conversión hay más cosas difíciles que en la creación, en la que sólo es difícil hacer algo de la nada. Crear, sin embargo, es propio de la Causa Primera, que no presupone nada para su operación. Pero en la conversión sacramental (de la Eucaristía) no sólo es difícil que este todo (el pan y el vino) se transforme en este otro todo (el Cuerpo y la Sangre de Cristo), de modo que nada quede del anterior, cosa que no pertenece al modo corriente de producir, sino que también queden los accidentes desaparecida la substancia...».


Queridos hermanos y hermanas:

Crezcamos siempre en la fe y el amor a Nuestro Señor presente en la Eucaristía. Estimemos por «justa y conveniente» la palabra exacta que expresa la conversión del pan y del vino: ¡Transubstanciación!, que debería sonar en nuestros oídos como música celestial.

Y admiremos siempre el poder de Dios que allí se manifiesta, como lo hace el pueblo fiel que dice, con las palabras del Apóstol Tomás, después de ocurrida la transustanciación: ¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,28).

Comentarios al autor:
carlosbuela@ive.org

Explicación de la Misa.

Autor: Carta del Cardenal Norberto Rivera | Fuente: Catholic.net
La Santa Misa
Explicación de la misa. Carta del Cardenal Norberto Rivera.
 
Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio. Efectivamente, siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más que pueda (I Corintios 9, 16-19).
 
Estas frases de san Pablo podrían aplicarse a toda la Iglesia. Esto es lo que ha hecho la Iglesia desde sus orígenes: proclamar el Evangelio. Siendo libre, se ha hecho esclava de muchos, servidora abnegada, para ganar para el Evangelio a la mayoría, a los más que ha podido y puede, para entregarles la revelación de Jesucristo que nos descubre el amor y nos abre las puertas de la salvación. El Evangelio es el centro de la primera parte de la Misa: la liturgia de la palabra. La Iglesia proclama solemnemente la Buena Nueva (Eu-angelion: Evangelio) de Jesucristo en la liturgia eucarística.
 
La Eucaristía es el misterio de la fe y, por tanto, es necesario que la asamblea cristiana de los fieles alimente su fe escuchando la palabra de Dios antes de acercarse a su mesa. Seguimos así una tradición que nace con la Iglesia (Cf Hechos 20, 7-11). El mismo Jesús en la Última Cena enseñó el mandamiento del amor antes de partir el pan con sus apóstoles (Cf Juan 13) o leyó y explicó la palabra de Dios en la Sinagoga (Cf Lucas 4, 16), tal como hacemos hoy en todas las misas del mundo. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña:
 
La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica:
 
- la reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;
- la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consecratoria y la comunión.
 
Liturgia de la Palabra y liturgia eucarística constituyen juntas "un solo acto de culto" (Cf Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (Cf Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum 21) (Catecismo de la Iglesia Católica 1346).
 
La liturgia de la Palabra comprende "los escritos de los profetas", es decir, el Antiguo Testamento, y "las memorias de los apóstoles", es decir, sus cartas y los Evangelios; después, la homilía que exhorta a acoger esta palabra como lo que "es verdaderamente, Palabra de Dios" (I Tesalonicenses 2,13), y a ponerla en práctica; vienen luego las intercesiones por todos los hombres, según la palabra del apóstol: "Ante todo, recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad" (I Timoteo 2,1-2). (Catecismo de la Iglesia Católica 1349).
 
La lectura se hace desde un lugar destacado, el “ambón”, un puesto algo elevado y bien visible. Cualquier bautizado puede realizar este ministerio litúrgico, pero debe prepararse para hacerlo digna y eficazmente.
 
La primera lectura casi siempre se toma del Antiguo Testamento. Puede ser un libro histórico, de la ley, de los profetas o de los escritos sapienciales. La Iglesia ha distribuido los principales textos del Antiguo Testamento a lo largo de todo el Año Litúrgico estableciendo así un ciclo catequético que ayuda a conocer a fondo las Sagradas Escrituras. El salmo responsorial, tomado del libro bíblico de los Salmos, reaviva en nosotros sentimientos del salmista y ofrece un versículo que repite toda la asamblea y que, generalmente, ofrece la interpretación cristiana del salmo. Desde la venida de Jesucristo, leemos el Antiguo Testamento a la luz de Cristo, como una profecía ya cumplida. Con el Salmo Responsorial se cierra lo que nos refiere San Lucas en su evangelio: Después les dijo: “Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: ‘Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito acerca de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos’.” Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras (Lucas 24, 44-45). El Nuevo Testamento que vamos a leer a continuación nos va a mostrar el cumplimiento de todo lo anunciado en el Antiguo. Jesucristo, en la liturgia, vuelve a abrir nuestras inteligencias para que comprendamos desde el amor las Sagradas Escrituras. La actitud del cristiano debe ser la de poner atención a las lecturas para captar y penetrar las luces y gracias que el Espíritu Santo le quiere ofrecer en la escucha atenta de la palabra de Dios. Por eso, hay que dar lugar en nuestras vidas a la meditación de las lecturas de la liturgia, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen que “conservaba todas las cosas en su corazón” (Cf Lucas 2, 19; 2, 51).
 
Con la lectura del Nuevo Testamento entramos en contacto con la doctrina de los Apóstoles que construyeron los cimientos de la Iglesia, siempre fieles a lo que habían visto y escuchado del Señor. Por tanto, son el vehículo más autorizado para entrar en contacto con la vida y las enseñanzas del Maestro. Por eso, en el tiempo Pascual, los cincuenta días después de la Solemnidad de la Resurrección, la primera lectura se toma del Apocalipsis o de los Hechos de los Apóstoles en lugar del Antiguo Testamento; así se acentúa la importancia determinante que tuvo en la vida de la Iglesia lo que los apóstoles hacían y enseñaban después de la Resurrección de Jesucristo. Las lecturas de las cartas de los apóstoles nos enseñan cómo su doctrina sigue guiando a la Iglesia a través de los tiempos y continúa siendo punto de referencia obligado para todo el que quiera ser un buen seguidor de Jesucristo. Los apóstoles son los pilares de la Iglesia y, por ello, decimos que la Iglesia es apostólica (Cf Efesios 2, 20; Apocalipsis 21, 14). El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica en el número 857:
 
La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:
- Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los apósto-les" (Ef 2,20), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo.
- Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles.
- Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, "a los que asisten los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia": “Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio” (Misal Romano).
 
El segundo sentido de la apostolicidad que anuncia este número del Catecismo tiene un cumplimiento especial en la lectura de las epístolas apostólicas durante la liturgia eucarística: la liturgia guarda y transmite la enseñanza de los apóstoles.
 
El “Aleluya” es la aclamación de la ciudad futura, Jerusalén (Cf Tobías 13, 16-17), con la que se saluda a Cristo como vencedor de la antigua Babel (Cf Apocalipsis 19, 1-9). El “aleluya” resuena en el rito cristiano mientras el Evangeliario (libro de los santos Evangelios) es llevado al ambón acompañado de los cirios y el incienso. En ese momento, la asamblea se levanta y saluda al Señor que se dirige a nosotros, a cada uno en particular y a toda la Iglesia, con las palabras del Evangelio. El aleluya suele ser cantado, no desde el ambón, como el Salmo, y es repetido por toda la asamblea. Después se canta el versículo señalado por el leccionario y luego se repite el “aleluya”. Después de la lectura del Evangelio se puede repetir el “aleluya” cantado por toda la asamblea. Durante la Cuaresma, la Iglesia, peregrina en el desierto en preparación para la Pascua del Señor, renuncia al “aleluya”, canto de la tierra prometida, y entona antes del Evangelio otra alabanza a Cristo adecuada al momento. El día de Pascua, la Iglesia saluda de nuevo con el “aleluya” la resurrección del Señor.
 
La proclamación del Evangelio. Este momento es uno de los ejes centrales de la Misa, el culmen de la liturgia de la palabra y, por ello, se reviste con una solemnidad especial. El lector del Evangelio, un diácono o un presbítero, se preparan de distinta forma para leer el Evangelio: el presbítero con una oración en secreto que dice mientras hace una reverencia al altar: “purifica, Señor, mis labios y mi corazón, para que anuncie dignamente el Evangelio”; el diácono, sin embargo, recibe la bendición del celebrante principal y se dirige en procesión hasta el ambón. Desde allí proclama el Evangelio, que es siempre un texto (en griego, “perícopa”) tomado de uno de los cuatro evangelios. Comienza con el saludo a la asamblea: “el Señor esté con ustedes” que hace patente la presencia de Cristo en la palabra del Evangelio. Todo el pueblo se pone de pie mirando hacia el ambón. Después, el lector del Evangelio hace la señal de la cruz sobre el Evangelio, la mente, la boca y el corazón. La asamblea se signa con la cruz triple. Al final de la lectura, después de la aclamación a Cristo de todo el pueblo presente (“Gloria a ti, Señor Jesús”), besa el libro en señal de reverencia, igual que se besa el altar al inicio y al final de la Misa.
 
La homilía. La homilía busca explicar y actualizar los textos sagrados durante la liturgia, pero el hecho de que sea explicación o actualización no quita que lleve una fuerte carga de motivación y de persuasión buscando guiar a los fieles en el mejor seguimiento de Cristo. La deben decir sólo los obispos, los sacerdotes o los diáconos, que son ministros ordenados y, por tanto, representan oficialmente a Cristo presente entre nosotros. Ellos presiden la Liturgia de la Palabra en la Misa. Es obligatoria en todas las misas de domingo y de días festivos y en todas las celebraciones del Bautismo, la Confirmación, el Matrimonio y las Sagradas Órdenes. Se recomienda en los días feriales del tiempo de Adviento, de Cuaresma y de Pascua. Debe ayudar a profundizar la liturgia y, por ello, no puede ser superficial ni quedarse en aspectos puramente sociológicos o políticos. No hay que olvidar que la homilía está incluida en un acto litúrgico, de culto, de oración, y por tanto, no hay que perder ese ambiente espiritual de diálogo con Dios sobre lo que el sacerdote nos está diciendo.
 
La profesión de fe. Los domingos o los días de las grandes solemnidades, toda la asamblea reunida para celebrar la Eucaristía recita o canta el Credo como profesión de fe después de la homilía. Decir el Credo es renovar el Bautismo, gracias al cual podemos presentarnos ante el altar para participar en el sacrificio eucarístico. El rezo del Credo representa la comunión de fe que existe entre todos los miembros de la Iglesia, todos participan en la Eucaristía porque creen en la misma revelación de Jesucristo. Esta comunión de fe es, al mismo tiempo, comunión con todos los miembros del mismo cuerpo.
 
La oración de los fieles u oración universal cierra la Liturgia de la Palabra. Siguiendo las enseñanzas de san Pablo: Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad (I Timoteo 2, 1-4). La asamblea reunida ora por toda la humanidad, por todos los que gobiernan y tienen autoridad, por la paz en el mundo y por las necesidades de la Iglesia. Es un momento importante de la liturgia en que todos los presentes se hacen solidarios con los hombres que padecen necesidad. La oración de los fieles es introducida y concluida por el sacerdote, mientras que las peticiones pueden ser leídas por los miembros de la asamblea. El orden normal de las peticiones suele ser el siguiente: primero se pide por las intenciones de la Iglesia, luego por los gobernantes y por la salvación del mundo, después por las personas que tienen especiales necesidades y, finalmente, por la comunidad local reunida en asamblea. En algunas ocasiones especiales, como en los matrimonios, las primeras comuniones, las confirmaciones o las ordenaciones sacerdotales, es aconsejable que los que reciben los sacramentos preparen las peticiones incluyendo en ellas las intenciones que lleven en su corazón sin dejar de lado las intenciones universales. Siempre son oraciones, no interpelaciones morales o momentos de diálogo. La asamblea eucarística siempre acoge las peticiones como un acto de culto pronunciando alguna invocación como: “escúchanos, Señor”, “te rogamos, óyenos”, “Señor, ten piedad de nosotros”, etc.

¿Ir a Misa sin sentirlo?

¿Ir a Misa sin sentirlo?
 
La Misa y los sentimientos:una confusión quizá demasiado extendida.
 
Autor: P. Eduardo Volpacchio | Fuente: Algunas ideas
 
Me preocupa haber encontrado no pocas personas a las que les han aconsejado -incluso algún sacerdote- no asistir a Misa el domingo si “no lo sentían”. De ser cierto estos consejos, significaría que el criterio moral para evaluar la conveniencia de la asistencia a Misa sería el siguiente: “Si lo sentís, tenéis el deber de ir a Misa; si no lo sentís no tenéis que ir (o al menos podrías no ir)”. Es un planteo que hace decisivos, desde el punto de vista moral, los sentimientos.
 
Si, con una pizca de ironía, nos colocamos en un contexto de buscar excusas para no ir a Misa, el asunto sonaría de tal manera que sentirse bien en Misa sería una carga, que me obliga a ir; y sentirse mal con la Misa, una fuerza liberadora del precepto. Ya se vé que hay algo que no funciona.
 
En efecto, si consideramos racionalmente la postura, nos daremos cuenta de que es sencillamente un disparate. Es lo que trataremos de analizar en estas líneas.
 
De entrada hay que decir que el criterio señalado es inaplicable. Para poder usarlo tendríamos que descubrir primero de qué sentimientos se trata: sentir ganas de ir a Misa, sentir emoción en Misa, aburrirse en Misa, sentir pereza, sentir simpatía o enojo con el sacerdote, sentir más ganas de otras cosas y un largo etcétera de posibles sentimientos. Una vez aclarado qué tipos de sentimientos aconsejarían no asistir a Misa; habría que preguntarse qué intensidad de sentimiento sería necesario para excusar de pecado o cometerlo.
De más está decir que todo este planteo carece de sentido.
 
Sabemos qué nos pide Dios en primer lugar: "Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con todas tus fuerzas". No nos pide buenos sentimientos, sino que amemos "con obras y de verdad".
 
La superficialidad del argumento usado como justificante del abandono de la práctica religiosa, supone además ignorar varias realidades:
 
• Desconocer el valor salvífico de la Misa más allá de los sentimientos de los asistentes.
• Desconocer el valor de la obediencia a las leyes de la Iglesia.
• Desconocer el sentido del deber.
• Desconocer el valor del sacrificio como expresión de amor.
• Desconocer la psicología humana, ya que si dejo de hacer cosas buenas -está fuera de discusión la bondad del sacrificio Eucarístico- que me cuestan, difícilmente tendré ganas de hacerlas después. Y menos de apreciarlas.
 
El valor de la Misa
 
El consejo sería válido si la única función de la Misa fuera suscitar en quienes participan buenos sentimientos. Si fracasara en tal intento -que sería su única razón de ser- efectivamente sería inútil, y no nos serviría para nada la asistencia a la misma.
Pero la Misa es una acción divina, que santifica al mundo. Hay en ella mucho más de lo que veo, de lo que toco, de lo que siento. De manera que la Misa me sirve mucho más de lo que puedo darme cuenta, es más, no sólo me sirve, la necesito para tener vida eterna.
 
Preceptos y sentimientos
 
En el caso de la Misa dominical hay en juego algo más que la piedad: un precepto de la Iglesia. Y el cumplimiento de las leyes va más allá de los sentimientos. En este caso, además, se trata de un precepto que obliga gravemente (es decir, que su incumplimiento, en principio, es grave). Un legislador jamás contemplaría entre las causas excusantes del cumplimiento de la ley la carencia de sentimientos: los sentimientos no tienen lugar en el ámbito jurídico porque no pueden ser medibles objetivamente.
 
Si una persona flaquea y por debilidad falta a Misa el domingo, con humildad pedirá perdón al reconocer su falta, y Dios lo perdonará. El problema aparece cuando se intenta justificar la falta, para que deje de ser falta. Entonces, se confirma en el camino del abandono del cumplimiento de sus deberes religiosos. Y esto, lejos de acercarlo al amor de Dios, lo alejará de su presencia.
 
La falta de sentimientos puede ser ofensiva
 
En las relaciones humanas, la falta de sentimiento no exime del cumplimiento de deberes familiares o sociales. Por el contrario, si ése es el motivo del incumplimiento, lo hace más ofensivo. Si no asisto a la celebración del cumpleaños de un amigo, seguramente podrá entender las razones que me lo impiden. Pero si me justifico diciendo que no me dice nada su persona y su celebración, lejos de excusarme, la explicación hará más dolorosa mi ausencia, la convertirá en un auténtico desprecio.
 
Me parece que a Dios lejos de agradarle que un cristiano no vaya a Misa porque no lo siente, le resulta más ofensivo. Y le “duele” que no haga ningún esfuerzo por superar esa falta de sentimiento para estar con El.
 
Sería muy egoísta la actitud de quien dejara de ir a Misa cuando deja de “sentir”: como si sólo buscara “sentirse bien” y cuando no lo consigue, la abandonara porque “ya no me sirve”. No vamos a Misa a sentirnos bien, sino a participar del mayor acto de amor de Dios por los hombres; no vamos a pasárnoslo bien, sino a dar a Dios el culto que merece ofreciéndole nada menos que la entrega de Cristo y a buscar la gracia que necesitamos para ser buenos hijos de Dios. El valor de esto está mucho más allá de lo que yo pueda sentir.
A Dios no le molesta que no sienta nada. El sabe bien cómo es mi estado interior. Quiere que lo ame, incluso cuando mis sentimientos no me facilitan ese amor.
 
La solución verdadera
 
Quizá sea cierto que la mayor parte de la gente que deja de ir a Misa, lo haga por motivos “afectivos”: no siente nada, se aburre, no tiene ganas. Tienen fe, dicen amar a Dios, pero no los llena, no sienten nada. Y es la mayor donación de Dios a los hombres. Es una lástima, pero está muy lejos de justificar la falta de práctica religiosa.
 
Quienes están en esta situación tienen un problema, y tendrían que buscar cómo resolverlo. Quizá deberían plantearse que la Misa no tiene la “culpa”. Que la solución no es dejar de asistir, sino intentar que les diga algo, entenderla mejor, vivirla con más intensidad. Dejar de ir a Misa es la peor de todas las “soluciones” posibles a su falta de sentimientos, porque no soluciona nada. Nunca “gracias” a dejar de participar en la Misa conseguirán amar más a Dios, y sentir más intensamente ese amor.
 
Quien ama se lo pasa bien con el amado, pero no es eso lo que busca (el amor egoísta se busca a sí mismo). Quien busca dar gloria a Dios, sabe prescindir de sus sentimientos: busca agradarlo, aunque no saque nada de provecho personal.
 
Conclusión
 
Si faltas a Misa los domingos, por favor, no te justifiques diciendo que no te dice nada. No te excusará delante de Dios. Resulta evidente que a quien nos pide como primer mandamiento que lo amemos, no puede resultarle indiferente que le digamos que no sentimos nada por su compañía.
 
Si escuchas a alguien razonar de esta manera, decirle que lo piense mejor, porque es un razonamiento que carece de lógica por donde lo consideres.
 
Por otro lado, y para terminar, si ha habido tantas almas enamoradas de la Eucaristía, será que algo tiene, y habrá que ponerse en campaña para descubrirlo. Es todo un desafío.

Familia y Eucaristía.

Familia y eucaristía
 
1. Hemos acogido con fe y esperanza el llamado de nuestros Obispos latinoamericanos en Aparecida, quienes nos invitan a asumir la dinámica catequética de la iniciación cristiana (N. 291) para renovar nuestra vida comunitaria y despertar el carácter misionero, pues son muchos los creyentes que no participan en la Eucaristía dominical, ni reciben con regularidad los Sacramentos, ni se insertan activamente en la comunidad eclesial (N. 286); por eso, es necesario recomenzar desde Cristo en el seno de las familias, como nos indica el Papa Benedicto XVI: En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la familia cristiana al itinerario de la iniciación. Recibir el Bautismo, la Confirmación y acercarse por primera vez a la Eucaristía, son momentos decisivos no solo de la persona que los recibe sino también de toda la familia, la cual ha de ser ayudada en su tarea educativa por la comunidad eclesial, con la participación de sus diversos miembros (Sacram. Caritatis, 19). El centro y culmen de todo este manantial de vida que es la iniciación cristiana, está en la Eucaristía. Por eso, hablaré de la relación de la Familia con la santa Eucaristía, especialmente en la Misa dominical.
 
2. Las campanas. Al sonido de las campanas nos congregamos los católicos para la oración y para la Misa dominical. Somos llamados por Dios para reunirnos en su nombre. Convocación y reunión son dos aspectos de una misma acción. Dios tiene la iniciativa: nos llama, y nosotros respondemos congregándonos, formando una eklesía, una comunidad, una familia. Estas reuniones para la celebración dominical vienen de muy atrás; se iniciaron con las reuniones que Jesús tenía con sus discípulos; luego, de la reunión de los Apóstoles con el Resucitado; después, de la reunión de los primeros discípulos para escuchar las enseñanzas de los Apóstoles, para la fracción del Pan y la oración (Hech 2, 42), es decir, para celebrar la Eucaristía; y finalmente, de la reunión semanal de los discípulos para el memorial de la Cena del Señor, que se ha prolongado a través de los siglos en la Misa dominical. Esta es nuestra carta de presentación ante el mundo de hoy: Los católicos somos la gran familia de los hijos de Dios, que se reúne en torno a la Mesa del Cuerpo y la Sangre de Cristo para proclamar su muerte, anunciar su resurrección y esperar su retorno glorioso. Esta es una realidad maravillosa: Cada una de nuestras familias, la pequeña iglesia doméstica, ahora se hermana con otras familias para formar la gran familia de los hijos de Dios, la Iglesia católica. Somos un gran misterio de comunión.
 
3. El atrio. La familia, convocada por la voz de Dios, atraviesa el atrio del templo y pasa, de su casa mundana, al umbral de la casa de Dios; cruza la puerta y se encuentra con un lugar sagrado, el templo. El atrio es el lugar de tránsito, donde recibimos una advertencia respetuosa de que estamos ya pisando terreno sagrado; de que estamos ya cercanos a la zarza ardiente, delante de la cual debemos descalzarnos los pies, dejar nuestros malos pasos para no pisotear los atrios de Dios (cf Is 1,12). El atrio es el espacio sagrado intermedio entre el ruido del mundo y la paz interior, que nos ayuda espiritualmente para el encuentro con Dios. Vamos, no a cualquier parte, sino al encuentro con el Señor: Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales Jerusalén. Los umbrales son de Jerusalén, la ciudad de Dios, y sólo caminando con rectitud podemos acercarnos a ella sin profanarla.
 
4. La Puerta. Yo soy la Puerta de las ovejas. El que entra por mí, tendrá pastos y estará seguro bajo el cayado del Buen Pastor. La Puerta es Cristo. Es su corazón abierto el que nos invita a entrar y a encontrar descanso en Él. Es también la Puerta del cielo, porque anuncia y prepara la entrada a la Jerusalén celestial. Quien entra por esta Puerta del templo parroquial, prepara ya su ingreso a la Jerusalén del cielo. Éstas son las puertas de la justicia, los vencedores entrarán por ellas. Por aquí entran los que vencerán los poderes de la muerte y se preparan para entonar el canto de victoria. La gran sorpresa que recibe el que cruza esta puerta la expresa el sacerdote con su saludo: El Señor esté con ustedes. Es el Señor Jesucristo quien le sale al encuentro, le da la bienvenida y lo recibe en su corazón abierto. Este es el gran misterio que encierra la asamblea cristiana, la Iglesia: El encuentro con Jesús resucitado, vivo y palpitante, presente en medio de quienes se reúnen en su nombre. Por eso el señor Obispo saluda en la Misa como Jesús resucitado: La paz esté con ustedes. Participar en la Misa dominical es disfrutar de la presencia de Cristo glorioso en medio de los suyos.
 
5. Yo pecador. Yo confieso que he pecado mucho sólo lo decimos los católicos, al principio de la Misa; nadie, en ninguna reunión, comienza su asamblea pidiendo perdón de sus pecados. Esta es para nosotros una gracia singular de Dios; nos reconocemos pecadores, sí, pero de inmediato nos sentimos perdonados y reconciliados por la oración de los hermanos, mediante la intercesión de la Virgen y de los Santos y gracias a la misericordia de Dios manifestada en Cristo Jesús. ¡Qué maravillosa lección de humildad y de consuelo nos da nuestra madre la Iglesia en la santa Eucaristía, para que todos aprendamos a perdonarnos en nuestro hogar! La Misa del domingo es una escuela de reconciliación y de paz.
 
6. La Palabra de Dios. ¿Qué sería de nosotros, en particular de los padres de familia, si no tuvieran la guía segura de la Palabra de Dios para conducirse en la vida y orientar a los hijos? Los cristianos no andamos, como los Aztecas, peregrinando en pos de un oráculo divino para encontrar descanso, sino que tenemos la palabra luminosa de Dios para hacernos sabios, adquirir un corazón sensato y dar culto al verdadero Dios. ¿Cómo conocerá el hombre lo que es grato a tus ojos, Señor?, se preguntaba el salmista, y respondía: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. San Pablo nos ayuda con su consejo: No se comporten como necios, entre borracheras y lujurias, sino como sabios; llénense del Espíritu (Santo) y reciten en sus reuniones salmos, himnos y cánticos inspirados. Canten y toquen para el Señor de todo corazón, y den continuamente gracias a Dios Padre (Ef. 5, 2. 18ss). Dios quiera que todos los padres de familia católicos dejen hijos sabios que honren su memoria y la de su santa madre la Iglesia. La escucha de la Palabra de Dios en la Misa se completa con la homilía del sacerdote, con la catequesis y la lectura de la Biblia en el hogar.
 
7. Las ofrendas y la Ofrenda. Tenemos que distinguir muy bien entre las ofrendas que presentamos ante el altar, y la Ofrenda que hacemos a Dios por medio del sacerdote. Nosotros presentamos las ofrendas de pan y vino, fruto de la tierra, de la vid, y del trabajo del hombre, y el sacerdote las recibe, las pone sobre el altar, las toma en sus manos y pronuncia las palabras de Cristo: Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre, y se convierten para nosotros en comida y bebida de salvación. De manera sencilla y maravillosa, la humilde ofrenda que presentamos se convierte en la Ofrenda agradable al Padre: el Cuerpo y la Sangre de su Hijo. El trabajo hecho con sudor, nuestras buenas obras y esfuerzo cotidiano, son asumidos por Cristo y transformados, por la fuerza del Espíritu Santo, en Ofrenda agradable a Dios. Así, toda nuestra vida queda santificada.
 
8. El Padrenuestro. El Padre del cielo jamás podrá rechazar a su Hijo Jesucristo, quien, por ser hermano nuestro, nos acerca al Padre; por eso todo, absolutamente todo, lo pedimos al Padre por Jesucristo nuestro Señor. En la santa Misa queda santificado nuestro trabajo semanal y nosotros somos santificados en virtud de la Sangre de Cristo. Al ofrecernos con Cristo, nos convertimos en ofrenda agradable a Dios, y así le consagramos el mundo al Padre y devolvemos la creación entera a su Creador. Volvemos nosotros también a la condición de hijos y, por eso, nos atrevemos, con osadía divina, a recitar el Padrenuestro. Aquí nace una nueva fraternidad, la gran familia de los hijos de Dios, la santa Iglesia. Esta es la experiencia de paternidad que deben vivir los esposos para que aprendan a ser padres y madres según el modelo del cielo, y puedan comunicar a sus hijos esta experiencia celestial. Sin haber experimentado y vivido la paternidad divina es imposible ser padres cristianos, pues de la paternidad del cielo se nombra la de la tierra. La Misa del domingo es la verdadera y auténtica escuela para padres.
 
9. El Pan sobre la Mesa. Es muy hermoso ver llegar a su casa a un padre de familia con el pan ganado con el sudor de su frente en sus manos, entregarlo a su esposa, colocarlo ambos sobre la mesa, repartirlo y disfrutarlo con sus hijos en el calor de su hogar dando gracias a Dios. La familia completa comparte la vida y la alegría de vivir bajo la mirada de Dios. Eso es la santa Misa en el momento de la comunión. El Pan del dolor, el cáliz del sufrimiento, el fruto de los trabajos y lágrimas de la pasión de Cristo, se convierten en su Cuerpo inmolado y en su Sangre derramada para darnos vida en abundancia, la vida de Dios. Comemos en la Eucaristía el Pan de los hijos y bebemos el vino que nos alegra el corazón, para cantar por siempre las alabanzas del Señor en la mesa de su Reino. El pan que comemos en nuestra mesa casera es prolongación del Pan santo de la Eucaristía que bendecimos y comemos en la Mesa común del altar el domingo. Por eso decían los mártires de Túnez: “Sin la Eucaristía no podemos vivir”, y prefirieron el martirio.
 
10. Vayamos en paz, la Misa (no) ha terminado. Es verdad, la Misa ha terminado como celebración comunitaria y sacramental, pero continúa como vida en acción. El católico, congregado en el nombre del Señor, purificado de sus pecados e iluminado por la Palabra divina; aceptado como ofrenda agradable al Padre con Cristo y reconocido en su dignidad altísima de hijo de Dios; hermanado con los otros cristianos y alimentado con el Cuerpo y la Sangre de Cristo; hecho ahora objeto de toda esta bendición divina, se va renovado y fortalecido en medio del mundo a ser luz del mundo y sal de la tierra. Nada hay de mayor provecho y utilidad social, que la participación activa y consciente en la Misa dominical. Esta es la herencia más preciosa que los padres católicos pueden dejar a sus hijos: La asistencia gozosa a la Misa dominical.
(Mario Gasperín Gasperín, Obispo de Querétaro).

Este es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre.

“Éste es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre”
 
Reflexiones para este día
 
LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA
 
Ensayemos un cuestionamiento que podrían lanzar los que no creen en la presencia de Cristo en la Eucaristía a los católicos de hoy: “si ustedes afirman y sostienen que ese pan consagrado que adoran es Cristo, Dios que hace dos mil años se encarnó de una Virgen, nació de parto virginal, anunció la salvación a todos los hombres y por amor se dejó clavar como un malhechor en una Cruz; si sostienen y afirman que Él resucitó al tercer día y subió a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, y que lo que ahora adoran es ese mismo Dios-hecho-hombre que murió y resucitó, en su Cuerpo y en su Sangre, entonces ¿por qué su vida refleja tan pobremente eso que dicen creer? ¿Cuántos de ustedes viven como nosotros? Aunque van a Misa los Domingos y comulgan cuando y cuanto pueden aun sin confesarse, en la vida cotidiana olvidan a su Dios y se hincan ante nuestros ídolos del dinero y riquezas, de los placeres y vanidades, del poder y dominio, se impacientan con tanta facilidad y maltratan a sus semejantes, se dejan llevar por odios y se niegan a perdonar a quienes los ofenden, se oponen a las enseñanzas de la Iglesia que no les acomodan, incluso le hacen la vida imposible a sus hijos cuando —cuestionando vuestra mediocridad con su generosidad— quieren seguir al Señor con “demasiado fanatismo”. ¿Viven así y afirman que Dios está en la Hostia? ¿Por qué creer lo que afirman, si con su conducta niegan lo que con sus labios enseñan? Bien se podría decir lo que Dios reprochaba a Israel, por medio de su profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Mt 15,8-9)”.
 
Este duro cuestionamiento es también una invitación a preguntarme yo mismo: ¿Dejo que el encuentro con el Señor, verdaderamente presente en la Eucaristía, toque y transforme mi existencia? Nutrido del Señor, de su amor y de su gracia, ¿procuro que mi vida entera, pensamientos, sentimientos y actitudes, sea un fiel reflejo de la Presencia de Cristo en mí? ¿Encuentro en cada Comunión o visita al Señor en el Santísimo Sacramento un impulso para reflejar al Señor Jesús con una conducta virtuosa, para vivir más la caridad, para rechazar con más firmeza y radicalidad el mal y la tentación, para anunciar al Señor y su Evangelio?
 
Si de verdad creo que el Señor está presente en la Eucaristía y que se da a mí en su propio Cuerpo y Sangre para ser mi alimento, ¿puedo después de comulgar seguir siendo el mismo, la misma? ¿No tengo que cambiar, y fortalecido por su presencia en mí, procurar asemejarme más a Él en toda mi conducta? El auténtico encuentro con el Señor necesariamente produce un cambio, una transformación interior, un crecimiento en el amor, lleva a asemejarnos cada vez más a Él en todos nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes. Si eso no sucede, mi Comunión más que un verdadero Encuentro con Cristo, es una mentira, una burla, un desprecio a Aquel que nuevamente se entrega a mí totalmente en el sacramento de la Comunión.
 
¿Experimento esa fuerte necesidad e impulso de la gracia que me invita a reflejar al Señor Jesús con toda mi conducta cada vez que lo recibo en la Comunión, cada vez que me encuentro con Él y lo adoro en el Santísimo Sacramento? Si reconozco al Señor realmente presente en la Eucaristía, debo reflejar en mi conducta diaria al Señor a quien adoro, a quien recibo, a quien llevo dentro. Sólo así muchos más creerán en este Milagro de Amor que nos ha regalado el Señor.
 
Conscientes de que es el mismo Señor Jesús el que está allí en el Tabernáculo por nosotros, no dejemos de salir al encuentro, renovadamente maravillados, del dulce Jesús que nos espera en el Santísimo. Las visitas al Santísimo son una singular ocasión para estar junto al Señor Jesús, realmente presente en el Sagrario, dejándonos ver y abriendo los ojos del corazón a Él, escuchándolo en el susurro silencioso de su hablar y haciéndole saber cuanto vivimos, y necesitamos, y agradecemos.
 
 
 
PADRES DE LA IGLESIA
 
San Juan Crisóstomo: «Se los da a la muchedumbre por medio de sus discípulos, honrándolos así, para que no olviden el milagro que se ha verificado. No hizo de la nada aquellos alimentos para dar de comer a la muchedumbre, a fin de cerrar la boca del maniqueo, el cual dice que es ajena a Él toda criatura. Y también para demostrar que Él es quien da de comer y el mismo que dijo: “Produzca la tierra” (Gén 1,11). Multiplica también los peces, para dar a entender que no sólo se extiende su dominio a la tierra, sino que también a los mares. Ya había hecho milagros en beneficio de los enfermos, ahora los hace en beneficio de los que no están enfermos, pero que necesitan alimento».
 
San Gregorio Niceno: «El Señor saciaba la gran necesidad de aquellos para quienes ni el cielo llovía maná, ni la tierra, según su naturaleza en aquel sitio, producía qué comer. Pero el beneficio afluía de los graneros inagotables del divino poder. El pan se prepara y se hace en las manos de los ministros y además se multiplica, saciando el hambre de los que lo comen. Tampoco el mar administraba a la necesidad de ellos el alimento de sus peces, sino el que puso los peces en el mar».
 
San Ambrosio: «Aunque esta muchedumbre no es alimentada todavía con los manjares más nutritivos. Porque el primer alimento, a manera de leche, son cinco panes; el segundo siete; el tercero el Cuerpo de Cristo, que es el alimento más sólido. Si alguno se avergüenza de pedir pan, que deje todas sus cosas y acuda a la palabra de Dios. Pues cuando alguno empieza a oír la Palabra de Dios, empieza a tener hambre. Empiezan los Apóstoles viendo de qué tiene hambre. Y si aquellos que tienen hambre aún no entienden de qué lo tienen, Cristo lo sabe: sabe que no tienen hambre de alimento temporal, sino del alimento de Cristo. Los Apóstoles aún no habían comprendido que el alimento del pueblo fiel no era venal; pero Cristo sabía que nosotros seríamos redimidos y que sus banquetes serían gratuitos».
 
San Jerónimo: «Sin duda, el texto: “Quien come mi Cuerpo y bebe mi Sangre” (Jn 6,56) encuentra su total aplicación en el Misterio Eucarístico... Cuando acudimos a los sagrados Misterios, si cae una partícula, nos inquietamos... La Carne del Señor es verdadero manjar y su Sangre verdadera bebida. Nuestro único bien consiste en comer su Cuerpo y beber su Sangre».
 
San Juan Crisóstomo: «No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas».
 
 
 
CATECISMO DE LA IGLESIA
 
La presencia real de Cristo en la Eucaristía
 
1373: «Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros» (Rom 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia: en su Palabra, en la oración de su Iglesia, «allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre» (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (ver Mt 25,31-46), en los sacramentos de los que Él es autor, en el sacrificio de la Misa y en la persona del ministro. Pero, «sobre todo (está presente), bajo las especies eucarísticas» (SC 7).
 
1374: El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella «como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos» (S. Tomás de A.). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Cc. de Trento: DS 1651). «Esta presencia se denomina “real”, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente».
 
1375: Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión.
 
1376: El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: «Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación».
 
1377: La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo.
 
El culto de la Eucaristía
 
1378: En la liturgia de la Misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. «La Iglesia Católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la Misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión».
 
1379: El sagrario (tabernáculo) estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la Misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento.
 
1380: Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por nuestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado «hasta el fin» (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (ver Gál 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:
 
«La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (S.S. Juan Pablo II).
 
1381: La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, “no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios”. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22,19: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”, S. Cirilo declara: “No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente”».
 
 
 
PALABRAS DE LUIS FERNANDO (transcritas de textos publicados)
 
«El magno don de la Eucaristía es un tesoro para la Iglesia y para el mundo. Cuando se reflexiona sobre tal don de Dios surgen multitud de pensamientos y un continuo maravillarse. El creyente tiene la conciencia de que el Sacrificio del Gólgota y el Santo Sacramento que se celebra en la Misa son uno y el mismo. ¿Cómo no caer en una experiencia de asombro, gratitud y alabanza? ¡En la Misa se perpetúa sacramentalmente el Sacrificio de la Cruz! En ella se manifiesta el inmenso amor de Dios por el ser humano. Al hacerse verdadera, real y sustancialmente presente, el Señor Jesús muestra el amor reconciliador y pone ante nosotros cómo en Él la existencia humana adquiere pleno sentido. El misterio humano se esclarece en la magnitud de la Eucaristía, que es como una continuación y extensión de la Encarnación.
 
»Ver con los ojos de la fe la presencia real de Jesús es revivir la experiencia de los discípulos de Emaús, es reconocer al Salvador y percibir que el corazón arde de gozo en su presencia. Las preguntas fundamentales del ser humano adquieren una respuesta inimaginable. En una América Latina crucificada por el secularismo, por la injusticia, por el abuso contra los derechos humanos, por el consumismo, por la violencia, la Eucaristía es una experiencia del amor de Dios que se hace solidario con su criatura y le abre el horizonte del amor, la liberación, la plena reconciliación.
 
»En la Eucaristía Dios sale al encuentro del ser humano y lo que aconteció en la historia hace dos mil años se prolonga en nuestro tiempo. ¡Es el Emmanuel! Por lo que San Juan Crisóstomo comentando este nombre dice que es como si dijera: “Verán a Dios entre los hombres”. Y así lo ven los hombres y mujeres de América Latina. Con los ojos de la fe los pueblos sellados por la Evangelización constituyente creen firmemente que el Verbo Eterno que se encarnó en la Virgen Inmaculada, que murió en la Cruz y Resucitó vencedor de la muerte se hace realmente presente en el Altar para nuestro bien, y se queda en el Tabernáculo dando luz y calor a la existencia humana».
 
 
 
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¿Es pecado faltar a Misa el Domingo?

¿Es pecado faltar a Misa el domingo?
 
La respuesta a esta pregunta podría ser muy corta:
 
Sí, faltar a Misa –sin un motivo serio que lo justifique– es pecado grave.
 
Quizá interese detenernos un poco a analizar porque esto es así.
 
¿Y por qué faltar a Misa el domingo es un pecado?
Porque dejando de asistir dejamos de cumplir voluntariamente una obligación grave que tenemos. Y el incumplimiento de un deber grave, es una falta grave.
Por eso el punto de partida de esta cuestión es la consideración de la ley de la Iglesia que manda participar en la Misa los domingos y días festivos.
 
¿Por qué puede ser pecado, si quien falta a Misa no hace mal a nadie?
La gravedad de los pecados no se mide por cuánto mal hace a otros, sino por la ofensa que representa a Dios. Por eso, por ejemplo la blasfemia es un pecado grave, aunque ninguna otra persona la escuche.
Por otro lado quien falta a Misa el domingo se hace daño a sí mismo y a la Comunidad eclesial a la que pertenece. La falta de Dios es una carencia peligrosa: hace daño al alma.
 
¿Cuales son las obligaciones del católico?
Los católicos, además de los Diez Mandamientos que resumen la ley natural y que son válidos para todos los hombres –no sólo para los cristianos-, tenemos otras obligaciones específicas por serlo: son los cinco Mandamientos de la Iglesia.
 
Se trata de algunos deberes que regulan y encauzan la forma concreta de ser católicos: cómo nosotros amamos a Dios y le rendimos culto en la Iglesia. Entre ellos se encuentra la obligación de participar en la Santa Misa los domingos y fiestas de precepto.
 
Es una de las obligaciones más básicas de los católicos.
 
Sorprendentemente algunos católicos desconocen sus obligaciones. Y otros no acaban de creerse que existan verdaderos deberes que los obliguen. Piensan que por ser el amor la máxima ley cristiana, todo tendría que ser amor espontáneo, sin obligaciones. Pero esto no es así, ya que el amor es muy exigente: cuánto más amor, más exigencia de manifestarlo y de evitar todo lo que lo ofenda.
 
¿Es un consejo o es una ley?
Es importante distinguir los consejos y las leyes. Una cosa son las recomendaciones de cosas buenas que nos dan para ayudarnos a ser mejores: “procurá ayudar a los demás”, “tratá de rezar el Rosario”, etc. En este caso haremos lo que nos parezca oportuno, pero sin estar obligados en conciencia a seguir dichos consejos. Obviamente no pecamos, si decidimos no seguir un consejo.
Otra muy distinta son las leyes que nos obligan en conciencia: las leyes establecen estrictos deberes.
 
Entonces, ¿el incumplimiento de las leyes es pecado?
Tenemos que distinguir entre la ley divina –que viene directamente de Dios- y la ley eclesiástica –dictada por la Iglesia para concretar modos de servir y honrar a Dios.
 
La ley divina regula cuestiones esenciales de la vida, por lo que no admite excepciones: su incumplimiento siempre es malo, no puede no ser pecado. Es el caso de los Diez Mandamientos.
 
En cambio de la ley eclesiástica trata de concreciones de la Iglesia para ayudar a vivir mejor la vida cristiana y no tiene intención de obligar cuando existe una grave dificultad para cumplirla. Por esto la ley eclesiástica no me obliga cuando su cumplimiento me representa una incomodidad grave: si un domingo estoy enfermo o tengo otra dificultad que me lo hace muy difícil no tengo obligación de ir a Misa.
Pero en situaciones normales obliga de tal manera que su incumplimiento es pecado.
Porque el desprecio de la ley de la Iglesia no puede ser bueno. Y no darle importancia, dejar voluntariamente de cumplirla, sin motivo, supone de hecho un desprecio.
 
Como no es una cuestión de opiniones personales, sino de lo establecido por la Iglesia –que es quien ha establecido las leyes eclesiásticas–, veamos qué nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de sus mandamientos (he resaltado con negrita las partes espe