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Se muestran los artículos pertenecientes al tema PASCUA. DOMINGO II DEL CICLO B..

Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Evangeli.net).

xContemplar el Evangelio de hoy Día litúrgico: Domingo II (A) (B) (C) de Pascua
Texto del Evangelio (Jn 20,19-31): Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
Comentario: Rev. D. Joan Ant. MATEO i García (La Fuliola, Lleida, España)
Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados
Hoy, Domingo II de Pascua, completamos la octava de este tiempo litúrgico, una de las dos octavas —juntamente con la de Navidad— que en la liturgia renovada por el Concilio Vaticano II han quedado. Durante ocho días contemplamos el mismo misterio y tratamos de profundizar en él bajo la luz del Espíritu Santo.

Por designio del Papa Juan Pablo II, este domingo se llama Domingo de la Divina Misericordia. Se trata de algo que va mucho más allá que una devoción particular. Como ha explicado el Santo Padre en su encíclica Dives in misericordia, la Divina Misericordia es la manifestación amorosa de Dios en una historia herida por el pecado. “Misericordia” proviene de dos palabras: “Miseria” y “Cor”. Dios pone nuestra mísera situación debida al pecado en su corazón de Padre, que es fiel a sus designios. Jesucristo, muerto y resucitado, es la suprema manifestación y actuación de la Divina Misericordia. «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito» (Jn 3,16) y lo ha enviado a la muerte para que fuésemos salvados. «Para redimir al esclavo ha sacrificado al Hijo», hemos proclamado en el Pregón pascual de la Vigilia. Y, una vez resucitado, lo ha constituido en fuente de salvación para todos los que creen en Él. Por la fe y la conversión acogemos el tesoro de la Divina Misericordia.

La Santa Madre Iglesia, que quiere que sus hijos vivan de la vida del resucitado, manda que —al menos por Pascua— se comulgue y que se haga en gracia de Dios. La cincuentena pascual es el tiempo oportuno para el cumplimiento pascual. Es un buen momento para confesarse y acoger el poder de perdonar los pecados que el Señor resucitado ha conferido a su Iglesia, ya que Él dijo sólo a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,22-23). Así acudiremos a las fuentes de la Divina Misericordia. Y no dudemos en llevar a nuestros amigos a estas fuentes de vida: a la Eucaristía y a la Penitencia. Jesús resucitado cuenta con nosotros.
(
http://evangeli.net
).

Ejercicio de lectio divina para el Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Cem.org).

Lectio Divina: Domingo 2º del Tiempo Pascual


Escrito por P. Toribio Tapia Bahena

 

Voces de los Obispos

“¡Señor mío y Dios mío!
Juan 20,19-31

1. Lectura
 
¿Con qué indicación temporal aparece el evangelio? ¿A qué se refiere la indicación de “al atardecer de aquel día? (véase 20,1) ¿Por qué estaban cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos?
 
¿Dónde se presentó Jesús? ¿De qué manera saluda Jesús a los discípulos? ¿Cuántas veces? (lee los vv. 19. 21. 26).
 
Después de saludarlos la primera ocasión ¿qué les mostró? ¿Por qué se alegraron los discípulos?
 
¿Quién no estaba con los otros discípulos cuando llegó Jesús? ¿A qué grupo pertenecía Tomás, el mellizo? ¿Qué le decían los discípulos a Tomás? ¿Qué quería ver en las manos de Jesús?  ¿Qué deseaba hacer en el agujero de los clavos? ¿Y qué en el costado? ¿Qué hará Tomás si no consigue todo esto?
 
Compara la respuesta de Tomás con lo que les había mostrado Jesús a los discípulos cuando él no estaba.
 
¿Quiénes estaban reunidos ocho días después? ¿Quién se presentó en medio de ellos otra vez estando las puertas cerradas (véase v. 19)? ¿A quién se dirigió Jesús inmediatamente? ¿Qué le pide que acerque? ¿Qué le pide que mire? ¿Qué le pide que meta en su costado? ¿Qué le dice Jesús a Tomás que deje de ser? ¿En qué debe transformarse? ¿En qué consiste la respuesta de Tomás? ¿Qué afirma?
 
De acuerdo a la respuesta de Jesús ¿por qué ha creído Tomás? ¿En qué consiste la bienaventuranza que dice Jesús?
 
Según el autor del cuarto evangelio ¿En presencia de quién realizó otros muchos signos que no están escritos en este libro? ¿Para qué han sido escritos estos signos?
 

_______________
 

Para comprender mejor este evangelio tengamos en cuenta que lo que se dice de las apariciones del Resucitado en los evangelios tiene como finalidad principal dar una catequesis sobre el significado de la presencia del Señor entre ellos; muchos de los primeros cristianos estaban convencidos de que la presencia de Jesucristo Vivo los comprometía antes que privilegiarlos. En otras palabras, la presencia del Resucitado en medio de los discípulos reunidos es de primera importancia para la existencia y el porvenir de la comunidad eclesial[2].
 
Aunque otros textos como 1Cor 15,5 afirma que el Señor Resucitado “se apareció a Cefas y luego a los Doce” Juan quiere remarcar que fue a los discípulos (20,19) y, entre ellos, a los Doce[3]. Juan tiene clara la distinción entre “discípulos” y “apóstoles” (6,66-67); si su intención hubiera sido reducir la manifestación del Resucitado a los “Doce” hubiera podido hacerlo sin mayor dificultad. Sin embargo, pone a los discípulos, más aún, a todos ellos les da su Espíritu y los envía. Es posible que con este importante detalle el evangelio desee poner el acento en la adhesión a Jesús[4].
 
El Señor Resucitado saluda a los discípulos diciéndoles “la paz esté con ustedes (Jn 20, 19. 21. 26). La paz en el evangelio significa mucho más que tranquilidad. No es un simple saludo que procura un buen deseo[5].  Es la gracia de Dios que llena de posibilidades al hombre para ser feliz; lo había anunciado el mismo Señor diciendo: “Les dejo la paz, mi paz les doy; no se las doy como la da el mundo” (14, 27). Para dejar claro que es un regalo importante para los discípulos el evangelio presenta a Jesús en tres ocasiones dando el mismo saludo.
 
El regalo de la paz que da el Señor Resucitado tiene aún más importancia porque el evangelio ha dicho que los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos. La paz que da el Señor no envalentona al discípulo; lo hace consciente de que Él no es un fantasma. El hecho de que Jesucristo entre al lugar donde están reunidos los discípulos aún cuando las puertas están cerradas no quiere remarcar que una vez resucitado atraviesa paredes; más bien se pretende dejar claro que, a partir de ese momento, los discípulos saben que el Señor siempre estará con ellos a pesar de los aparentes obstáculos que se presenten.
 
Debemos tomar en cuenta que, después de saludar a los discípulos por primera ocasión, Jesús les muestra las manos y el costado, las señales de que era el mismo que había muerto en la cruz (19,34)[6]. Se insiste pues en que el Resucitado es el Crucificado y viceversa. Después del tercer saludo, ante la incredulidad de Tomás, el Señor le mostrará las manos y el  costado (20,27).
 
El evangelio agrega el famoso caso de Tomás el mellizo que, por su típica necedad, ha pasado a ser el modelo de quien no cree[7]. El problema del apóstol Tomás era que quería conocer a Jesucristo directamente y no aceptaba el testimonio de quienes lo habían visto. Aquí se deja clara la eterna tentación del ser humano de pretender creer sin la ayuda de los demás. Mientras María Magdalena había reconocido al Señor inmediatamente (20,15-16) o el discípulo amado había creído sólo ante el sepulcro vacío (v. 8) Tomás se resiste a creer.
 
Las palabras de Tomas “si no veo en sus manos… si no meto mi dedo… no creeré” (v. 25) imponen una condición irrefutable[8]; exige experimentar antes que creer en el testimonio de los otros discípulos. El evangelio pone en contraste la actitud de Tomás con la del discípulo amado que, ante el sepulcro vacío, vio y creyó (20,8). Jesús acepta el reto de Tomás pero no para complacer su curiosidad sino para invitarlo a una decisión más profunda: que se transforme en creyente. El evangelio no dice si Tomás lo hizo; quizás no. Lo que si deja claro es que Tomás creyó; así lo expresa su proclamación de fe: “Señor mío y Dios mío” (v. 28)[9]; él había creído porque vio al Señor, “dichosos los que no han visto y han creído” (v. 29). El evangelista aprovecha y proclama una bienaventuranza que debió animar muchísimo a quienes, muchos años después de la muerte y resurrección del Señor, escuchaban este evangelio. Ya lo había adelantado en el personaje del discípulo que sólo vio el sepulcro vacío y creyó (v. 8); ahora lo deja todavía más claro. Aquellos cristianos no tenían por qué sentirse menos privilegiados que los que habían vivido con el Señor; en todo caso, los que habían visto al Señor y convivido con Él, tenían la responsabilidad de convencer con su testimonio a las siguientes generaciones no sólo de aprovechar esa experiencia a favor de ellos mismos. De hecho aquí se ubica la finalidad principal del evangelio: que las nuevas generaciones –que no habían conocido y tratado físicamente al Señor- creyeran que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios y, así, tuvieran vida en su nombre.
 

2. Meditación
 
¿En qué me hace reflexionar este evangelio?
 
¿En qué nos responsabiliza la resurrección?
 
¿Qué me dice este pasaje sobre la responsabilidad que tenemos de construir la paz?
 
Somos responsables de que otros crean en el Señor resucitado ¿en qué nos podemos comprometer para convencer a otros de que vale la pena creer en Jesucristo?
 

3. Oración
 
Comencemos por repetir en silencio las palabras del apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”
 
Agradezcamos a Dios el testimonio de muchos hermanos nuestros a través de los cuales hemos creído en el Señor Resucitado.
 
Pidámosle que tomemos con seriedad nuestra responsabilidad en vivir mejor para que otros crean de manera más firme.
 
Roguémosle que nos conceda trabajar por la paz, la misericordia y la reconciliación.
 

4. Contemplación – acción
 
¿En qué nos anima la presencia del Señor Resucitado? ¿A qué nos compromete?
 
¿Qué propósito podemos hacer para ir consiguiendo la auténtica paz en nuestras vidas?
 
¿En qué debemos ser mejores para que quienes entran en contacto con nosotros experimenten la misericordia?
 
¿Por qué es de fundamental importancia creer y crecer en nuestra fe a través de la ayuda de la comunidad?
 
¿En qué nos podemos comprometer para que otros sigan creyendo de manera más auténtica en el Señor Resucitado?
 

[1] En el domingo de Pentecostés se retomará este texto en los vv. 19-23. Por esto, la explicación correspondiente al don del Espíritu Santo por parte del Resucitado la desplazaremos a ese momento.
 
[2] También lo presentan, aunque cada uno con diferentes matices, los otros evangelios (Mt 28, 16-20; Mc 16,14-19; Lc 24,36-50).
 
[3] Esto parece deducirse de que Juan al mencionar a Tomás dice que era “uno de los Doce” (v. 24).
 
[4] El evangelio de Juan había adelantado esto, de alguna manera, al colocar como testigo privilegiado de la Resurrección y como un modelo de fe al discípulo amado (20, 8). Con mucha seguridad este discípulo anónimo tiene como finalidad involucrar al oyente o lector para que se sienta parte de los destinatarios inmediatos (y ahora posteriores) del evangelio; esto estaría en estrecha relación con la intención de Juan de poner como testigos de la Manifestación del Señor a los discípulos y, entre otras cosas, con la bienaventuranza del v. 29: “dichosos los que no han visto y han creído”.
 
[5] En el Antiguo Testamento cuando un ser divino dice “la paz esté contigo” se cumple lo que se desea (Jue 6,23s). Para el pueblo de Israel la paz era un don divino; de hecho, el Mesías victorioso era “el Príncipe de la paz”, él establecería una paz sin fin (Is 9,5; Miq 5,4).
 
[6] Además Juan, a diferencia de los otros evangelistas, dice que de esto se da testimonio “para que también ustedes (los que escuchan después de muchos años el evangelio) crean” (19,35).
 
[7] Tomás, como judío, no ignora que algún día vendrá la resurrección –al final de los tiempos- de todos los hombres. Sin embargo, se le dificultaba admitir que Jesucristo ya hubiera entrado a la vida definitiva; quería verificarlo tocando sus llagas.
 
[8] Las condiciones de Tomás se parecen a lo que dijo Jesús al funcionario del rey: “si no ven signos y prodigios no creen”.
 
[9] Llama la atención que la primera ocasión en que el Señor se aparece a los discípulos Tomás no esté; es cierto que el texto no alcanza a decir todo lo que nos gustaría que dijera. Sin embargo, podríamos preguntarnos si el hecho de haber estado al margen de la comunidad lo incapacitaba –de algún modo- para creer en el testimonio de los otros discípulos.
(
http://www.cem.org.mx/index.php/voces-de-los-obispos/1806-lectio-divina-domingo-2o-del-tiempo-pascual
).


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Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua del ciclo B (P. Llucià Pou Sabate).

San Juan 20,19-31:

Jesús resucitado trae la divina misericordia, con sus apariciones, la iglesia, los sacramentos y el amor.

Autor: Padre Llucià Pou Sabaté 

 
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 4,32-35. En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor. Todos eran muy bien vistos. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

Salmo 117,2-4.16ab18.22-24: R/. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia [o, Aleluya]

   Diga la casa de Israel: / eterna es su misericordia. / Diga la casa de Aarón: / eterna es su misericordia. / Digan los fieles del Señor: / eterna es su misericordia.

   La diestra del Señor es poderosa, / la diestra del Señor es excelsa. / No he de morir, viviré / para contar las hazañas del Señor. / Me castigó, me castigó el Señor, / pero no me entregó a la muerte.

   La piedra que desecharon los arquitectos, / es ahora la piedra angular. / Es el Señor quien lo ha hecho, / ha sido un milagro patente. / Este es el día en que actuó el Señor: / sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 5,1-6. Queridos hermanos: Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios; y todo el que ama a Aquel que da el ser, ama también al que ha nacido de Él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe; porque ¿quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre: y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 20,19-31. Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: -Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo. A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: -Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. Contestó Tomás: -¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: -¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

Comentarios: Acabamos la octava de Pascua, que con la de Navidad son las dos fiestas que duran una semana. Este domingo se llama también de la “Divina Misericordia”, gracias a Juan Pablo II que en su escrito sobre Dios Padre dijo que era “rico en misericordia”, que nos cura de los pecados: misericordia quiere decir poner el corazón en la miseria de los demás (la palabra viene de “Miseria” y “corazón”). Dios se pone en mi lugar, sufre por mis pecados en Jesús (Jn 3,16) y me salva. El sacramento de la confesión nos ayuda a participar de esta misericordia divina, y he de llevar esta misericordia a los demás, ayudarles a estar con Jesús para estar contentos, y así perdonar. Para esto, tengo que ponerme en la piel de los demás, para entenderles, y si puede ser llevar a los amigos a confesar, como Jesús les dice a los Apóstoles (Jn 20,22-23). Los dos rayos de la imagen de la fiesta, Jesús resucitado con rayos de plata y sangre, agua del bautismo el plata y la Eucaristía el rojo... estos sacramentos son la esencia de la devoción a la Misericordia Divina, que entendió Santa Faustina Kowalska. El centro de la vida de la religiosa fue el anuncio de la misericordia de Dios con cada ser humano. Su legado espiritual a la Iglesia es la devoción a la Divina Misericordia, inspirada por una visión en la que Jesús mismo le pedía que se pintara una imagen suya con la invocación «Jesús, en ti confío» y de ahí surgió la fiesta de este domingo, como institución de la «Fiesta de la Misericordia», así dice haber oído del Señor: «Esta Fiesta surge de Mi piedad más entrañable... Deseo que se celebre con gran solemnidad el primer domingo después de Pascua de Resurrección... Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y abrigo para todas las almas y especialmente para los pobres pecadores». Jesús pidió que Sor Faustina se preparara para la celebración de la Fiesta de la Misericordia con una novena que debía comenzar el Viernes Santo: «Deseo que durante estos nueve días encauces almas a la fuente de Mi misericordia, a fin de que por ella adquieran fortaleza y consuelo en las penalidades, y aquella gracia que necesiten para salir adelante, especialmente en la hora de la muerte» (oraciones y más información en www.ewtn.com). Juan Pablo II fue gran propagador de la Misericordia Divina, desde su encíclica “Rico en misericordia” y dijo: «Desde el principio de mi ministerio en la Sede Romana, hice de este mensaje mi tarea primordial. La Providencia me lo ha encargado ante la presente situación del hombre, de la Iglesia y del mundo. Podría también decirse que, precisamente esta situación, me ha llevado a hacerme cargo de este mensaje, como mi tarea ante Dios...», y la jaculatoria "Jesús, en ti confío" -dijo- «es un sencillo pero profundo acto de confianza y de abandono al amor de Dios. Constituye un punto de fuerza fundamental para el hombre, pues es capaz de transformar la vida». «En las inevitables pruebas y dificultades de la existencia, como en los momentos de alegría y entusiasmo, confiarse al Señor infunde paz en el ánimo, induce a reconocer el primado de la iniciativa divina y abre el espíritu a la humildad y a la verdad». «En el corazón de Cristo encuentra paz quien está angustiado por las penas de la existencia; encuentra alivio quien se ve afligido por el sufrimiento y la enfermedad; siente alegría quien se ve oprimido por la incertidumbre y la angustia, porque el corazón de Cristo es abismo de consuelo y de amor para quien recurre a Él con confianza».

   Algunos trozos de su diario, frases que le dijo Jesús: "La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia" (Diario, 300). La Fiesta de la Divina Misericordia tiene como fin principal hacer llegar al corazón de cada persona el siguiente mensaje: Dios es Misericordioso y nos ama a todos ... "y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia" (Diario, 723). En este mensaje, que Nuestro Señor nos ha hecho llegar por medio de Santa Faustina, se nos pide que tengamos plena confianza en la Misericordia de Dios, y que seamos siempre misericordiosos con el prójimo a través de nuestras palabras, acciones y oraciones... "porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil" (Diario, 742). Con el fin de celebrar apropiadamente esta festividad, se recomienda rezar la Coronilla y la Novena a la Divina Misericordia; confesarse -para lo cual es indispensable realizar primero un buen examen de conciencia-, y recibir la Santa Comunión el día de la Fiesta de la Divina Misericordia.

   La esencia de la devoción se sintetiza en cinco puntos fundamentales: 1. Debemos confiar en la Misericordia del Señor. Jesús, por medio de Sor Faustina nos dice: "Deseo conceder gracias inimaginables a las almas que confían en mi misericordia. Que se acerquen a ese mar de misericordia con gran confianza. Los pecadores obtendrán la justificación y los justos serán fortalecidos en el bien. Al que haya depositado su confianza en mi misericordia, en la hora de la muerte le colmaré el alma con mi paz divina". 2. La confianza es la esencia, el alma de esta devoción y a la vez la condición para recibir gracias. "Las gracias de mi misericordia se toman con un solo recipiente y este es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son mi gran consuelo y sobre ellas derramo todos los tesoros de mis gracias. Me alegro de que pidan mucho porque mi deseo es dar mucho, muchísimo. El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella. Ningún alma que ha invocado mi misericordia ha quedado decepcionada ni ha sentido confusión. Me complazco particularmente en el alma que confía en mi bondad". 3. La misericordia define nuestra actitud ante cada persona. "Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia mí. Debes mostrar misericordia siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. Te doy tres formas de ejercer misericordia: la primera es la acción; la segunda, la palabra; y la tercera, la oración. En estas tres formas se encierra la plenitud de la misericordia y es un testimonio indefectible del amor hacia mí. De este modo el alma alaba y adora mi misericordia". 4. La actitud del amor activo hacia el prójimo es otra condición para recibir gracias. "Si el alma no practica la misericordia de alguna manera no conseguirá mi misericordia en el día del juicio. Oh!, si las almas supieran acumular los tesoros eternos, no serían juzgadas, porque la misericordia anticiparía mi juicio"  5. El Señor Jesús desea que sus devotos hagan por lo menos una obra de misericordia al día. "Debes saber, hija mía, que mi Corazón es la misericordia misma. De este mar de misericordia las gracias se derraman sobre todo el mundo. Deseo que tu corazón sea la sede de mi misericordia. Deseo que esta misericordia se derrame sobre todo el mundo a través de tu corazón. Cualquiera que se acerque a ti, no puede marcharse sin confiar en esta misericordia mía que tanto deseo para las almas".

   1. Hch 4,32-35: los primeros discípulos compartían lo que tenían, sin preocuparse demasiado por el día de mañana. Por esta despreocupación y aquella espontaneidad, por tratarse de un orden libremente aceptado, se distingue esta comunicación de bienes de otros grupos antiguos o modernos, y todos disfrutaban como hermanos de una misma propiedad. La comunidad piensa y siente lo mismo, no es algo teórico, sino algo que se concreta en la venta que los ricos hacen de sus propiedades, para que no haya pobres; y los apóstoles, sostenidos por la comunidad, dan testimonio de Jesús. Nos sirve para hacer examen para nuestras comunidades (J. Lligadas). "Los creyentes tenían un solo corazón…" Por desgracia, Señor, / estamos llenos de contradicciones / y nos destruimos los unos a los otros. / Pero Tú eres más fuerte que nuestras divisiones: / ¡danos un corazón nuevo! // "Los creyentes tenían un solo corazón.." / Por desgracia, Señor, / vivimos temiendo a los demás. / Pero Tú eres más fuerte que nuestras congojas: / ¡danos un corazón nuevo! // "Los creyentes tenían un solo corazón...". / Por desgracia, Señor, / nuestro corazón está como muerto. / Pero Tú eres más fuerte que nuestra miseria: / ¡danos un corazón nuevo! (Dios cada día, de Sal Terrae).

   S. Agustín habló de hallar el gozo en lo común, no en lo privado: "Quien cumple rectamente lo que enseña y enseña a cumplirlo así, se convierte en morada para el Señor junto con aquel a quien enseña, porque todos los creyentes son un lugar único donde mora Dios. El Señor tiene su morada en el corazón, porque uno sólo es el corazón de cuantos están unidos por la caridad. ¡Cuántos miles de personas, hermanos míos, creyeron y pusieron a los pies de los apóstoles el precio de sus bienes! Y ¿qué dice de ellos la Escritura? En verdad, se habían convertido en templo del Señor. Se hicieron templos de Dios no sólo cada uno en particular, sino todos en conjunto. Se convirtieron, pues, en lugar para el Señor. Para que sepáis que todos ellos se habían convertido en lugar para el Señor, dice la Escritura: Tenían un alma sola y un único corazón dirigido hacia Dios (Hch 4,32). En cambio, los muchos que rehúsan convertirse en lugar para el Señor, buscan y aman sus propios intereses, se gozan de su propio poder y anhelan lo que es propio de ellos sólo. Mas quien quiera disponer una morada para el Señor no debe gozar de lo que es privado, sino de lo que es común. Esto hicieron aquellos con sus bienes privados: los pusieron en común. ¿Acaso perdieron lo que poseían personalmente? Si lo hubieran poseído ellos solos y cada uno hubiese tenido lo suyo, hubiese poseído solamente eso; pero al hacer común lo que era particular pasaron a ser suyos también los bienes de los demás... De las cosas que cada uno posee en particular dimanan las riñas, las enemistades, las discordias, las guerras entre los hombres, los alborotos, las mutuas disensiones, los escándalos, los pecados, las iniquidades y los homicidios. ¿De dónde nacen estas cosas? De lo que cada uno posee en particular. ¿Acaso litigamos por lo que poseemos en común? Usamos del aire en común; al sol lo vemos todos. Dichosos, pues, quienes preparan la morada al Señor de tal modo que no encuentran gozo en lo particular y privado. Tú mismo serás la morada del Señor y formarás una unidad con cuantos se conviertan en morada para el Señor. Abstengámonos, pues, hermanos de toda posesión privada o, si no podemos abandonar la posesión en sí, hagamos desaparecer el amor a ella. Alguno dirá: «Eso es mucho para mí». Mas considera quién eres tú que debes hacer una morada para el Señor. Si un senador quisiera hospedarse en tu casa; y no digo ya un senador, sino un administrador de algún gran personaje según el mundo y te dijere: «Esta cosa me desagrada en tu casa», aun cuando tú la estimases, la quitarías para no desagradar a aquel cuya amistad ansías. Y, con todo, ¿qué provecho puede aportarte la amistad de un hombre? Es posible que en vez de encontrar ayuda en ella, te cause problemas. Muchos, antes de juntarse con los grandes, vivían sin peligro alguno, pero anhelaron su amistad para caer en ellos. Desea sin temor la amistad de Cristo: quiere hospedarse en tu casa; prepárale el lugar. ¿Qué significa ese prepararle el lugar? No te ames a ti mismo, ámale a él. Si te amas a ti mismo, le cierras la puerta; si le amas, se la abres. Y si se la abres y entra, ya no perecerás amándote, sino que te hallarás a ti mismo junto con quien te ama. Si entrare en la tienda de mi casa, si subiere al lecho de mi reposo. La posesión privada sobre la que descansa el hombre le hace soberbio. Por eso dijo: Si subiere. Toda posesión privada en la que el hombre halla su descanso le hace soberbio necesariamente. De aquí que un hombre se enfrente a otro hombre a pesar de que ambos son carne. ¿Qué es un hombre, hermanos? Carne. Y ¿qué es el otro hombre? Otra carne. No obstante ello, la carne del rico se dilata a expensas de la carne del pobre, como si aquella hubiera traído algo cuando vino al mundo o pudiera llevarse algo de él. Todo lo que tuvo de más fue para envanecerse".

   2. Salmo 117 (118)1-14: Cristo cantó al finalizar la Última Cena este himno-así consta en las anotaciones de los salterios más antiguos- y con estos sentimientos nuestro Salvador se encaminó hacia la vía dolorosa que le introduciría en la gloria del día eterno. Y con anterioridad, Jesús había revelado el significado mesiánico de este salmo refiriéndose a él en una acalorada discusión sostenida con los sacerdotes y fariseos que rehusaban admitir en su Persona al Mesías enviado por Dios. Hay una referencia a la pasión, pero no será el final, aunque el designio de su Padre era permanecer en la Cruz hasta el final. "Si no hubiera existido esa agonía en la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar" (Juan Pablo II).

   No he de morir, viviré: Así es; Cristo ya no morirá más. Vive 'según la fuerza de una vida indestructible' (Hebr 7,16): No he de morir, viviré: "Es una profecía de la Resurrección; en realidad, es como decir: la muerte ya no será más la muerte. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte: Es Cristo quien da gracias al Padre no sólo por haber sido liberado, sino incluso por haber sufrido la Pasión" (S. Juan Crisóstomo). Jesús es piedra angular de una nueva construcción. Los versículos describen la obra salvífica maravillosa de Dios mediante un proverbio: la liberación de la muerte ha sido tan extraordinaria como si una piedra, desechada como inservible por los canteros, se convirtiera en piedra clave para la edificación. Así de cerca estuvimos de la muerte; así de seguros estamos consolidados en la vida. La Iglesia utiliza este salmo con particular frecuencia y eficacia en el Tiempo Pascual durante el cual conmemora la Resurrección de Cristo. Celebramos el día de la Creación, pero, sobre todo, el Domingo de la Resurrección, cuando la humanidad, perdida por el pecado, es hallada de nuevo en el paraíso de la gracia. Ese Domingo señala para el género humano el inicio de una nueva era y la Iglesia, en la noche de la Vigilia pascual y a lo largo de toda la Octava, saluda el nacimiento de ese día glorioso con el canto solemne de este salmo. Este es el día en el que la diestra del Señor se revela como verdaderamente excelsa y poderosa, exaltando a Cristo de la muerte a la gloria. A partir de él, la piedra desechada por los arquitectos es colocada sobre la tierra como piedra angular, porque sobre ella se podrá levantar la construcción de la nueva humanidad, que se alza hasta formar una sola ciudad santa en la que Dios habita con los hombres.

      Este salmo fue utilizado por primera vez el año 444 antes de Jesucristo, en la fiesta de los Tabernáculos (Nehemías 8,13-18). Forma parte del ritual actual de esta fiesta. Según M. Mannati, especialista en el estudio de los salmos, se ha puesto en evidencia el diálogo entre los diversos actores de la celebración: los levitas... el rey... la muchedumbre... Podemos imaginar el lirismo festivo, el entusiasmo comunicativo, la alegría rítmica, que irrumpen en este canto a varias voces. La fiesta de los Tabernáculos era la más popular: el "patio de las mujeres" en la explanada del Templo, permanecía iluminado toda la noche... Procesionalmente se iba a buscar el "agua viva" a la piscina de Siloé... Y durante siete días consecutivos, se vivía en chozas de ramaje en recuerdo de los años de la larga peregrinación liberadora en el desierto… En el Templo la alegría se expresaba mediante una "danza" alrededor del altar: en una mano se agitaba un ramo verde; la otra se apoyaba en el hombro del vecino, en una especie de ronda... se giraba alrededor del altar balanceándose rítmicamente y cantando "¡Hosanna! ¡Bendito sea el que viene en nombre del Señor!" Todavía hoy, cuando se celebra esta fiesta, que en hebreo se llama Fiesta de Sukkot (chozas), gran parte de la población israelí saca sus cosas para vivir siete días a la intemperie, bajo unos techados de palmas que se deben dejar estratégicamente abiertas a fin de poder observar las estrellas. Al llegar el séptimo día de celebraciones, Fiesta de la Simjat Torah, día en que concluye la lectura anual de la Torá, y comienza de nuevo, los judíos observantes se reúnen ante el mal llamado Muro de las Lamentaciones a "bailar la Torah". Es impresionante observar desde fuera, especialmente si uno es mujer- a ellas sólo se les permite observar detrás de la valla y no participan de las celebraciones festivas- cómo los fieles judíos se abrazan a los rollos de la Torah, revestidos de un terciopelo ricamente bordado, y danzan alrededor de las mesas-altar que normalmente les sirven de atriles. Cantan salmos, gritan entusiasmados, dan gracias a Dios porque les ha dado su Palabra, celebran la posesión de la Palabra de Dios. Según testimonio de los tres evangelistas sinópticos, Jesús se aplicó explícitamente este salmo (Mateo 21,42; Marcos 12,10; Lucas 20,17), para concluir la parábola de los "viñadores homicidas": "la piedra que desecharon los constructores, se convirtió en la ¡piedra angular!". Jesús se consideraba como esta "piedra" rechazada por los jefes de su pueblo (anuncio de su muerte), y que llegaría a ser la base misma del edificio espiritual del pueblo de Dios. El día de los ramos, los mismos evangelistas señalan cuidadosamente que la muchedumbre aclamó a Jesús con las palabras del salmo: "¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor!". No olvidemos que el "rey" que habla en este salmo, es un símbolo, un "revestimiento midráshico". Todos los exegetas están de acuerdo en afirmar que la composición de este salmo se hizo después del exilio, es decir, en una época en que ya no había reyes en Israel. ¿Se trata entonces de una fábula? No. Porque este rey vencedor de todos sus enemigos, es el Rey Mesiánico. Y la victoria que se celebra aquí, es la victoria escatológica, la victoria completa y definitiva de Dios sobre todas las potencias del "mal". La obra de Dios, es la obra salvífica, la salvación del pecado y de la muerte. "Y el día que hizo el Señor, es el famoso día de Yahvé", en que su reino brillará a plena luz. Resulta extraño pues poner este salmo en labios de Jesús: este Rey que habla y que arrastra a toda la multitud en su "acción de gracias", ¡es Él! Releámoslo en esta perspectiva. Hacer de este salmo la oración de Jesús de Nazaret no es nada artificial. Sabemos que Él, efectivamente, cantó este salmo después de la comida de Pascua, cada año de su vida terrena, y particularmente la tarde del Jueves Santo, ya que formaba parte del Hallel al finalizar la comida Pascual. Sí, Pascua es el "día que el Señor ha hecho". He ahí la ¡obra de Dios! Vanamente buscaríamos en el pasado la victoria o el acontecimiento histórico de Israel, en honor de los cuales se compuso esta exultante "Eucaristía", acción de gracias. Es evidente que el salmista no conoció a Jesús de Nazaret, su muerte o su Resurrección; pero esperaba ¡al Mesías, al Rey, al ungido, al Christos! Recitando este salmo con Jesús, el día de Pascua, cantamos la victoria de Dios sobre el mal. ¡Alegrémonos por este día de fiesta! ¡Jesús cantó su propia Resurrección, esa tarde! (Noel Quesson).

    El salmo 117 se parece a un inmenso anfiteatro donde se representa una gran ópera. En el escenario se desarrolla una gesta de liberación, con aires casi épicos. Hay un personaje central que, con descripciones vivas y coloridas metáforas, narra cómo, en momentos determinados, se encontró con toda suerte de enemigos que, surgidos desde todos los ángulos, le cerraban el paso y ponían en jaque su vida. Pero con la «poderosa diestra del Señor» no sólo consiguió zafarse de las manos asesinas, sino que puso a todos sus opositores en vergonzosa desbandada. Hay también coros griegos que, a veces, comentan o celebran la victoria del personaje, y otras veces organizan y guían la procesión triunfal hasta el vértice mismo del templo. Y por encima del escenario planea, majestuoso, el binomio poder-amor del Señor Dios que, como un cóndor invencible, protege a sus hijos contra cualesquiera amenazas y peligros. La liberación a que se refiere el salmista puede encerrar diferentes significados. Puede tratarse de una verdadera escaramuza tribal en que el salmista pudo haberse visto enredado por sorpresa. Podría ser también esta narración una simple figura literaria para significar diferentes enemigos y amenazas: una grave enfermedad, situaciones de rivalidad u hostilidad en las relaciones humanas, dificultades de diversa índole en el quehacer humano, conflictos familiares o comunitarios, luchas espirituales en el logro de un ideal... Para cualquiera de estas circunstancias es válido, y notablemente válido, el mensaje central del salmo 117.

   El inicio del salmo es espectacular. Todos los metales de la orquesta, encabezados por las trompetas de plata, lanzan al aire, como una fanfarria piafante, el grito de júbilo que dará el tono a todo el salmo: «Eterna es su misericordia». Exulte la tierra entera y salten de alegría las islas innumerables ante esta gran noticia: nuestro Dios está vestido de un manto de misericordia, le precede la ternura y le acompaña la lealtad, y desde siempre y para siempre avanza sobre una nube en cuyos bordes está escrita la palabra Amor. Israel está en condiciones de confirmar esta noticia: desde pequeño fue tratado con cuerdas de ternura; fue para él -el Señor- como la madre que se inclina para dar de comer a su pequeño y luego lo levanta hasta su mejilla para acariciarlo, y en su borrascosa juventud lo acompañó con su brazo tenso y fuerte hasta instalarlo en la tierra jurada y prometida. Esta noticia de su eterno amor lo pueden también constatar todos los fieles en cuyas noches brilló el Señor como una antorcha de estrellas, y fue sombra fresca para sus horas meridianas. ¡Gloria, pues, eternamente a Aquel que vela nuestro sueño y cuida nuestros pasos!

    La narración puede ser aplicada a múltiples situaciones humanas de diversa índole: las incomprensiones eran como avispas venenosas; como el sordo rumor de un río en crecida, los amargados de siempre no cesaban de murmurar en contra de mí mientras las enfermedades consumían mis huesos; los que siempre confiaron en mí, me retiraron los créditos, el afecto y la palabra, y me dejaron indefenso en la calle; las dificultades se levantaban ante mí altas como las olas de una pleamar; parecía que todos huían de mí, y me sentía como una isla perdida en el ancho mar. Y, cuando parecía que la muerte era mi único destino y refugio, salí a los espacios divinos, invoqué el Nombre del Señor, y, ¡oh prodigio!, la tempestad amainó, las olas se calmaron, me nacieron alas, fuertes como las de las águilas, por mis huesos comenzó a correr un río de energía, los temores se dieron a la fuga, la seguridad penetró mis riñones, y la libertad levantó cabeza en mis patios como una columna de granito. Todo fue obra del Señor: «ha sido un milagro patente» (v. 24), «es el Señor quien lo ha hecho» (v. 23). «Este es el día en que actuó el Señor» (v. 24) ¡cantos de victoria para el Señor! ¡Aleluyas y hurras para nuestro victorioso salvador!, «sea nuestra alegría y nuestro gozo» (v. 24), resuene la música en nuestra trastienda, sea nuestra existencia una fiesta, nuestros días una danza, y la alegría sea nuestra respiración. Ahora «viviré» (v. 17), ya que en los días de aflicción no vivía, agonizaba: mi existencia era un morir viviendo o un vivir muriendo, porque mi alma agonizaba en la fosa de la tristeza; ni podía respirar, la angustia tenía paralizados mis pulmones. Era la muerte. Pero ahora que «el Señor actuó» y «nos ha dado la salvación» (v. 25) y en que la vida se convirtió en una fiesta, ya «no he de morir» (v. 17), «viviré» para transformar mis días en un himno de gloria para mi Dios, «para contar las hazañas del Señor» (v. 17).

    El Señor, como Padre solícito y sabio, tuvo para conmigo una pedagogía acertada: «me castigó» (v. 18) una y otra vez: me abandonó en las sombras del desconcierto, me sentí mil veces con las aguas al cuello, las dificultades me desbordaban, me sentía como un muro en ruinas, mi prestigio recibió heridas de muerte, caí en las manos de la desesperanza, invoqué a la muerte.... pero «no me entregó a la muerte» (v. 18). Fueron sacudidas y golpes para liberarme de los atavíos postizos; yo creía que los muros de las apropiaciones me defendían, pero en realidad me encarcelaban; tenían que caer esos muros para recuperar la libertad. «Me castigó» para no confiar nunca más «en mis caballos» ni «en los señores de la tierra», sino tan sólo en mi Dios, para experimentar el contraste entre mi contingencia y la consistencia del Señor, para saltar de la nada al todo, de la oscuridad a la luz, de la indigencia a la opulencia, para que, en fin, yo probara y comprobara en mi propia carne que el Señor es mi único salvador... Es un «milagro patente» (v. 23: Larrañana).

   Así comentaba Juan Pablo II este salmo: "Cuando el cristiano, en sintonía con la voz orante de Israel, canta el salmo 117, que acabamos de escuchar, experimenta en su interior una emoción particular. En efecto, encuentra en este himno, de intensa índole litúrgica, dos frases que resonarán dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad. La primera se halla en el versículo 22: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21, 42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles: "Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta: "Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno sólo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno sólo, para que no pienses que existe otro (...). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado". La segunda frase que el Nuevo Testamento toma del salmo 117 es la que cantaba la muchedumbre en la solemne entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén: "¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" (Mt 21, 9; cf. Sal 117, 26). La aclamación está enmarcada por un "Hosanna" que recoge la invocación hebrea hoshia' na': "sálvanos"...

   La palabra "misericordia" traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas:  todo Israel, la "casa de Aarón", es decir, los sacerdotes, y "los que temen a Dios", una expresión que se refiere a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor (cf. vv. 2-4).

   La procesión parece desarrollarse por las calles de Jerusalén, porque se habla de las "tiendas de los justos" (v. 15). En cualquier caso, se eleva un himno de acción de gracias (cf. vv. 5-18), que contiene un mensaje esencial: incluso cuando nos embarga la angustia, debemos mantener enarbolada la antorcha de la confianza, porque la mano poderosa del Señor lleva a sus fieles a la victoria sobre el mal y a la salvación...

   El salmo 117 estimula a los cristianos a reconocer en el evento pascual de Jesús "el día en que actuó el Señor", en el que "la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Así pues, con el salmo pueden cantar llenos de gratitud: "el Señor es mi fuerza y mi energía, Él es mi salvación" (v. 14). "Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo" (v. 24)"... (Liberado del peligro), "el pueblo de Dios prorrumpe en "cantos de victoria" (v. 15) en honor de la "poderosa diestra del Señor" (cf. v. 16), que ha obrado maravillas. Por consiguiente, los fieles son conscientes de que nunca están solos, a merced de la tempestad desencadenada por los malvados. En verdad, Dios tiene siempre la última palabra; aunque permite la prueba de su fiel, no lo entrega a la muerte (cf. v. 18)... Para expresar la dura prueba que ha superado y la glorificación que ha tenido como consecuencia, se compara a sí mismo a la "piedra que desecharon los arquitectos", transformada luego en "la piedra angular" (v. 22). Cristo utilizará precisamente esta imagen y este versículo, al final de la parábola de  los  viñadores homicidas, para anunciar su pasión y su glorificación (cf. Mt 21, 42). Aplicándose el salmo a sí mismo, Cristo abre el camino a una interpretación cristiana de este himno de confianza y de acción de gracias al Señor por su hesed, es decir, por su fidelidad amorosa, que se  refleja en todo el salmo (cf. Sal 117, 1. 2. 3. 4. 29). Los símbolos adoptados por los Padres de la Iglesia son dos. Ante todo, el de "puerta de la justicia", que san Clemente Romano, en su Carta a los Corintios, comentaba así: "Siendo muchas las puertas que están abiertas, esta es la puerta de la justicia, a saber: la que se abre en Cristo. Bienaventurados todos los que por ella entraren y enderezaren sus pasos en santidad y justicia, cumpliendo todas las cosas sin perturbación".

   El otro símbolo, unido al anterior, es precisamente el de la piedra. En nuestra meditación sobre este punto nos dejaremos guiar por san Ambrosio, el cual, en su Exposición sobre el evangelio según san Lucas, comentando la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo, recuerda que "Cristo es la piedra" y que "también a su discípulo Cristo le otorgó este hermoso nombre, de modo que también él sea Pedro, para que de la piedra le venga la solidez de la perseverancia, la firmeza de la fe". San Ambrosio introduce entonces la exhortación: "Esfuérzate por ser tú también piedra. Pero para ello no busques fuera de ti, sino en tu interior, la piedra. Tu piedra son tus acciones; tu piedra es tu pensamiento. Sobre esta piedra se construye tu casa, para que no sea zarandeada por ninguna tempestad de los espíritus del mal. Si eres piedra, estarás dentro de la Iglesia, porque la Iglesia está asentada sobre piedra. Si estás dentro de la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán contra ti".

   3. 1 Jn 5, 1-6: el símbolo de nuestra fe no es otro que éste: "Jesús es el Cristo", o simplemente "Jesucristo". Pues con estas palabras se confiesa el evangelio: que Jesús, el que ha muerto en la cruz y no otro, es realmente el Cristo que ha resucitado. He aquí la identidad que constituye la sustancia del mensaje predicado por los apóstoles, por los testigos. El que cree en el evangelio es el hijo de Dios, ha nacido de Dios. Y, en consecuencia, ama al que le ha dado el ser, al Padre, y a todos los que han nacido del Padre por esa misma fe. Todos los que creen en Jesucristo son hermanos. Esta fraternidad es fundamental, pertenece a la misma constitución de la comunidad de Jesús que llamamos la Iglesia. Cualquier diferencia que se establezca después dentro de la iglesia y para servir a la iglesia, cualquier ministerio, permanece si ha de ser válidamente cristiano, dentro del marco de la fraternidad, y nadie puede situarse por encima de ella sin salirse de la familia de los hijos de Dios.

   v. 2: Hay en estas palabras un proceso que va de la fe al cumplimiento de los mandamientos, del evangelio o anuncio de lo que somos -hijos de Dios- a lo que hacemos o debemos hacer, de la ortodoxia a la ortopraxis: El que cree que Jesús es el Cristo, nace de Dios, ama a Dios y en consecuencia a los hijos de Dios, cumple los mandamientos. Pero, si no cumple los mandamientos, esto es, si no cumple el mandamiento del amor, el proceso denuncia su mentira y lo condena: es un incrédulo, no cree que Jesús es el Cristo y ya está condenado. He aquí, pues, cómo para Juan la ortopraxis es la verificación o falsificación de la ortodoxia. La nueva vida de los hijos de Dios se mantiene en el mundo y a pesar de este mundo. Es verdad que la concupiscencia o los intereses egoístas de este mundo oponen resistencia a los hijos de Dios. Pero nuestra fe es la victoria que vence al mundo. Pues se trata de una fe que nos une a Jesucristo, el mismo Hijo de Dios.

    Frente a los herejes que acentuaban el valor del bautismo de Jesús en el Jordán y negaban el sentido salvador de su muerte en el Calvario, el autor acentúa por igual ambos misterios. "Agua y sangre" son aquí dos figuras que se refieren al bautismo y a la muerte de Jesús respectivamente. Si en el bautismo en el Jordán fue investido con la misma fuerza de Dios, el Espíritu, esta fuerza se manifestaría precisamente en la debilidad de la cruz. Se trata del mismo Espíritu que descendió sobre Jesús en el Jordán y al comienzo de su vida pública. Se trata del Espíritu que Jesús, muerto y resucitado, envía sobre la iglesia naciente para que empiece su misión en el mundo y predique el evangelio. Es el Espíritu Santo que da testimonio de que Jesús es el Cristo, revelando el sentido salvador de su muerte en la cruz. Por eso este Espíritu es la verdad, pues es quien la manifiesta y la comunica ("Eucaristía 1982").

   S. Agustín comenta que "en esto conocemos que amamos a los hijos de Dios. ¿Qué significa esto, hermanos? Poco antes hablaba del Hijo de Dios, no de los hijos de Dios. Propuso a nuestra consideración a Cristo solamente, y nos dijo: Todo el que cree que Jesús es Cristo, ha nacido de Dios. Y todo el que ama al que lo engendró, es decir, al Padre, ama al que ha sido engendrado por él, es decir, al Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Y sigue: en esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, lo que equivale a decir: en esto conocemos que amamos al Hijo de Dios. Llamó hijos de Dios a lo que poco antes llamó Hijo de Dios, porque los hijos de Dios son el cuerpo del Hijo único de Dios, y siendo él la Cabeza y nosotros los miembros, sólo hay un Hijo de Dios. Luego quien ama a los hijos de Dios ama al Hijo de Dios, y quien ama al Hijo de Dios, ama al Padre. Nadie puede amar al Padre, si no ama al Hijo, y quien ama al Hijo ama también a los hijos de Dios. ¿A qué hijos de Dios? A los miembros del Hijo de Dios. Amando se hace él mismo miembro y por el amor entra a formar parte de la trabazón del cuerpo de Cristo, y será un único Cristo amándose a sí mismo.

    El cuerpo se ama a sí mismo cuando los miembros se aman mutuamente. Y si padece un miembro padecen con él todos los demás, y si uno es honrado, gozan con él todos los demás. ¿Cómo sigue? Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,26-27). Poco antes hablaba San Juan sobre la caridad fraterna y decía: Quien no ama al hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ve? (1 Jn 4,20). ¿No amas a Cristo amando al hermano? ¿Cómo no ha de ser así, si amas a los miembros de Cristo? Pues, mira: cuando amas a los miembros de Cristo, le amas a él; cuando amas a Cristo amas al Hijo de Dios y cuando amas al Hijo de Dios, amas también al Padre. El amor es indivisible. Elige uno de estos tres amores: le siguen los otros dos. Si dices que amas sólo a Dios Padre, mientes. Si realmente le amas, no le amas solo; si en verdad amas al Padre, amas también al Hijo. Supongamos que dices: «amo al Padre y al Hijo, pero nada más; al Padre que es Dios y al Hijo que es Dios y nuestro Señor Jesucristo, que subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre, Palabra por quien fueron hechas todas las cosas, Palabra hecha carne que habitó entre nosotros; nada más amo». Mientes. Si amas a la Cabeza, amas también a los miembros, y si no amas a los miembros, tampoco amas a la Cabeza.

      ¿No oyes con espanto la voz de la Cabeza, que clama desde el cielo en favor de sus miembros diciendo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hch 9,4). Llamó perseguidor propio a quien perseguía a sus miembros; llamó amador suyo al amador de sus miembros. Ya sabéis, hermanos, quiénes son sus miembros: la misma Iglesia de Dios. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: en que amamos a Dios. ¿Y cómo esto? ¿No son cosa distinta los hijos de Dios y Dios? Pero quien ama a Dios ama sus preceptos. Y ¿cuáles son los preceptos de Dios? Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros (Jn 13,34). Nadie se excuse de tener un amor porque ya tiene otro, pues el amor de Dios es así: como él se centra en la unidad, a todos los amores que dependen de él los hace uno y, como fuego, los funde a todos. Todo amor bueno es oro; al fundirse la masa, resulta una sola cosa; mas para fundirse todos en uno se requiere el fuego de la caridad. Conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios".

      4. Jn 20, 19-31: En los textos bíblicos, las denominaciones de elegido, ungido y enviado son equivalentes. Cuando los primeros cristianos se llaman a sí mismos elegidos, no están presumiendo por ningún privilegio, sino recordándose que han sido enviados a cumplir una misión, en favor de los demás, que prolonga en cierto sentido la del mismo Cristo: "Como el Padre me ha enviado, así os envío yo". Para la realización de esta tarea reciben también la fuerza del Espíritu. El episodio de Tomás quiere animar la fe de todos aquellos que no vieron directamente al Señor y para los que se han escrito todos los signos que Juan narra en su evangelio. "Dichosos los que crean sin haber visto". De cualquier modo, la simple contemplación de lo exterior de los acontecimientos nos da su sentido profundo. Sólo la fe permite ver y entender la trascendencia de lo que se está presentando. En el resucitado reconocen los apóstoles al Jesús que anduvo con ellos por los caminos de Palestina. Distinto, pero el mismo. El Jesús de la historia es el Cristo de la fe, Jesús es el Cristo. La más breve confesión cristiana quedará en esta palabra: Jesucristo ("Eucaristía 1990").

    Así como en la primera creación del hombre, Dios le infundió la vida, así también el aliento de Jesús comunica la vida a la nueva creación espiritual. Cristo, que murió para quitar el pecado del mundo, ya resucitado, deja a los suyos el poder de perdonar. Así se realiza la esperanza del pueblo de la Biblia. Dios lo había educado de modo que sintiera la presencia universal del pueblo. En el templo se ofrecían animales en forma ininterrumpida para aplacar a Dios. Pero ese río de sangre no lograba destruir el pecado, y los mismos sacerdotes debían ofrecer sacrificios por sus propios pecados antes de rogar a Dios por los demás. Las ceremonias y los ritos no limpiaban el corazón ni daban el Espíritu Santo. Pero ahora, en la persona de Jesús resucitado, ha llegado un mundo nuevo. Aunque la humanidad siga pecando, ya el primero de sus hijos, el "hermano mayor de todos ellos", ha ingresado en la vida santa de Dios. Los que se afanan por la vida espiritual, sufren sobre todo por la presencia universal del pecado. Su tristeza profunda está en no hallarse aún totalmente liberados de él. De ahí que el perdón de los pecados sea para ellos la riqueza más grande de la iglesia. La capacidad de perdonar es la fuerza que permite solucionar las grandes tensiones de la humanidad. Si bien penetra difícilmente en los corazones, ella no deja de ser un gran secreto... Quien no sabe perdonar, no sabe amar. En la reconciliación se muestra al prójimo el amor más auténtico ("Eucaristía 1992").

   Cristo es percibido como presente entre sus discípulos reunidos en la tarde del primer día de la semana (las reuniones de Jesús resucitado con los discípulos suceden frecuentemente en domingo, y los cristianos se comenzaron a reunir el día de la Resurrección de Jesús). Este dato, confirmado por 1 Cor 15, 4 (uno de los más antiguos relatos sobre la resurrección), no parece que se refiera solamente a la costumbre literaria de hacer resucitar a los dioses a los tres días. Sino que, dado el número, la confluencia de testigos y la simplicidad de los relatos, podemos admitir que así fue. Posteriormente los creyentes tomaron este día como el más significativo para celebrar al misterio cristiano. Obligación de amor, que no de ley. La misión de los discípulos se deriva del suceso de Pascua (cf. Mt 28, 16-20; Mc 16, 15-20; Lc 24,44-49); pero Juan lo encuadra en el conjunto de la misión de Jesús (17, 17-19). Además no subraya el carácter universal de la misión; tal vez porque esta meta ya ha sido conseguida a la hora en que se escribe el evangelio de Juan (cf. 4, 35-38). Los apóstoles y todos los discípulos son portadores de la misión de Jesús. La Iglesia, si cree de verdad en la resurrección, tiene que acercarse a los extremos de la miseria humana; allí está su campo de misión, su labor de hacer ver que el mensaje pascual es coherente y válido. A pesar de que en las diferentes Iglesias hay controversia sobre el punto de quién ejerce el don del perdón, lo que sí es cierto es que la fuerza perdonadora del resucitado reside en los creyentes, en los discípulos de Jesús (cf. Mt 16, 19). Después de la resurrección es posible creer en el perdón porque el poder de las tinieblas ya no volverá a reinar en el mundo. Creer en esto y trabajar en consecuencia es ser cristiano. En adelante, la fe reposa no sobre el "ver", sino sobre el testimonio de los que han visto. Por esta fe es por la que los cristianos llegamos a Cristo (17, 20). Y recreamos en nuestras vidas el mismo hecho salvador de la cruz y la misma alegría de la resurrección. Así entramos en comunión con los Apóstoles, que "vivieron", y participamos de su experiencia pascual ("Eucaristía 1977").

    Podríamos llamar «oficiales», apariciones colectivas, a las de Jesús resucitado a todos los discípulos juntos. De entre ellas, aquellas cuyo día nos es señalado claramente, tienen lugar en domingo. La tarde del mismo día de Pascua los discípulos de Emaús, después de la aparición con que ellos han sido agraciados, se reúnen con los otros discípulos en Jerusalén (Lc. XXIV, 33), Jesús se aparece a todo el grupo en ausencia de Tomás. Una semana más tarde se aparece de nuevo y confunde el escepticismo de Tomás que no creyó lo que le refirieron sus compañeros. El evangelio de este domingo nos relata punto por punto estas dos primeras apariciones generales, separadas por una semana. La elección de este pasaje para el domingo posterior a la Pascua está inspirada en la concreta indicación que figura en medio del texto y que es como el quicio del evangelio de este domingo: «ocho días más tarde» (v. 26).

     Este domingo después de Pascua es, verdaderamente, el primero de todos los domingos. En efecto, la Resurrección de Jesús es un acontecimiento histórico, único en el transcurso de los siglos. La reunión de los discípulos, justamente una semana después, y la visita de Jesús que viene a solemnizar esta reunión como si le confiriese un carácter oficial, hacen que el misterio de la Resurrección deje de tener, si así se puede decir, carácter de acontecimiento para adquirir el de institución. Se trata de algo que no basta recordar como un hecho histórico, sino que es preciso celebrarlo, es decir, empaparse de su realidad y de su riqueza espiritual. La primera celebración de la Pascua tuvo lugar el primer domingo siguiente a la misma. De este modo, el domingo ha venido a ser el «hebdoversario» de la Resurrección, su celebración hebdomadaria.

     Los discípulos del Señor, judíos de origen, tenían la costumbre de dedicar al Señor un día por semana; pero ya estaba el sábado. Les era necesario conservar el ritmo religioso hebdomadario, pero también les era necesario indicar que convenía cambiar de día para que el día del Señor fuese el día de la Resurrección del Señor. Jesús, con su aparición del primer domingo después de Pascua, contribuyó a este desplazamiento del día consagrado y de descanso. Con ocasión de la Pascua todos los cristianos han cumplido su "deber pascual". Los inconstantes, los negligentes y los indiferentes también han hecho el cumplimiento pascual. Es necesario ayudarles a permanecer fieles, a no retornar a su negligencia... hasta la próxima Pascua. Muchos pastores toman voluntariamente la negligencia como tema para su predicación del domingo in albis. La celebración hebdomadaria inaugurada por el Señor, el pasaje del acontecimiento único convertido en institución habitual, todos estos pensamientos enmarcados en la liturgia del día, ¿no constituyen un buen punto de partida para una tal predicación dirigida a los que han hecho el cumplimiento pascual? San Gregorio Nacianceno escribió en el siglo IV a propósito del domingo de la octava de la Pascua: «Después de ocho días, que la octava sea para ti una gran fiesta... El domingo aquel (la Pascua) era el de la salud, éste es el del aniversario de la salud; aquél era la frontera entre el sepulcro y la resurrección; éste es sencillamente el de la segunda creación, a fin de que, igual que la primera creación comenzó en domingo, así también la segunda creación comience en el mismo día, que es, al mismo tiempo, el primero en relación con los que le siguen y el octavo con relación a los que le preceden, más sublime que el día sublime y más admirable que el día admirable: él se refiere, en efecto, a la vida de arriba» (L. Heuschen).

   S. Agustín nos dice que "la lectura del santo evangelio de hoy ha relatado de nuevo la manifestación del Señor a sus siervos, de Cristo a los apóstoles y el convencimiento del discípulo incrédulo. El apóstol Tomás, uno de los doce discípulos, no dio crédito ni a las mujeres ni a los varones cuando le anunciaban la resurrección de Cristo el Señor. Y era ciertamente un apóstol que iba a ser enviado a predicar el evangelio.

      Cuando comenzó a predicar a Cristo, ¿cómo podía pretender que le creyeran lo que él mismo no había creído? Pienso que se llenaba de vergüenza propia cuando increpaba a los incrédulos. Le dicen sus condiscípulos y coapóstoles también: Hemos visto al Señor. Y él respondió: Si no introduzco mis manos en su costado y no toco las señales de los clavos no creeré. Quería asegurar su fe tocándole. Y si el Señor había venido para que lo tocasen, ¿cómo dice a María en el texto anterior: No me toques, pues aún no he subido al Padre (Jn 20,17). A la mujer que cree le dice: No me toques, mientras dice al varón incrédulo: «Tócame». María ya se había acercado al sepulcro y, creyendo que era el hortelano el Señor que estaba allí de pie, comienza diciéndole: Señor, si tú le has quitado, dime dónde le has puesto y yo lo tomaré. El Señor la llama por su nombre: María. Ella reconoció al instante que era el Señor al oír que la llamaba por su nombre; Él la llamó y ella lo reconoció. La hizo feliz con su llamada otorgándole poder reconocerlo. Tan pronto como oyó su nombre con la autoridad y voz acostumbrada, respondió también ella como solía: Rabí. María, pues, ya había creído; pero el Señor le dice: No me toques, pues aún no he subido al Padre. Según la lectura que acaba de sonar en vuestros oídos, ¿qué oísteis que dijo Tomás? «No creeré, si no toco». Y el Señor dijo al mismo Tomás: «Ven, tócame; introduce tus manos en mi costado y no seas incrédulo, sino creyente. Si piensas, dijo, que es poco el que me presente a tus ojos, me ofrezco también a tus manos. Quizás seas de aquellos que cantan en el salmo: En el día de mi tribulación busqué al Señor con mis manos, de noche, en su presencia». ¿Por qué buscaba con las manos? Porque buscaba de noche. ¿Qué significa ese buscar de noche? Que llevaba en su corazón las tinieblas de la infidelidad.

      Mas esto se hizo no sólo por él, sino también por aquellos que iban a negar la verdadera carne del Señor. Efectivamente, Cristo podía haber curado las heridas de la carne sin que hubiesen quedado ni las huellas de sus cicatrices; podía haberse visto libre de las señales de los clavos de sus manos y de la llaga de su costado; pero quiso que quedasen en su carne las cicatrices para eliminar de los corazones de los hombres la herida de la incredulidad y que las señales de las heridas curasen las verdaderas heridas. Quien permitió que continuasen en su cuerpo las señales de los clavos y de la lanza, sabía que iban a aparecer en algún momento herejes tan impíos y perversos que dijesen que Jesucristo nuestro Señor mintió en lo referente a su carne y que a sus discípulos y evangelistas profirió palabras mendaces al decir: «Toma y ve». Ved que Tomás duda. ¿Es verdad que duda? «Si no toco, no creeré». El creer se lo confía al tacto. Si no toco, no creeré. ¿Qué opinamos que dijo Manés? Tomás lo vio, lo tocó, palpó los lugares de los clavos y, no obstante su carne era falsa. Por tanto, de haberse hallado allí, ni aún tocando hubiera creído". Y decía también: "Escuchasteis cómo el Señor alaba a los que creen sin haber visto por encima de los que creen porque han visto y hasta han podido tocar. Cuando el Señor se apareció a sus discípulos, el apóstol Tomás estaba ausente; habiéndole dicho ellos que Cristo había resucitado, les contestó: Si no meto mi mano en su costado, no creeré (Jn 20,25). ¿Qué hubiese pasado si el Señor hubiese resucitado sin las cicatrices? ¿O es que no podía haber resucitado su carne sin que quedaran en ella rastro de las heridas? Lo podía; pero si no hubiese conservado las cicatrices en su cuerpo, no hubiera sanado las heridas de nuestro corazón. Al tocarle lo reconoció. Le parecía poco el ver con los ojos; quería creer con los dedos. «Ven -le dijo-; mete aquí tus dedos, no suprimí toda huella, sino que dejé algo para que creyeras; mira también mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (ib., 27). Tan pronto como le manifestó aquello sobre lo que aún le quedaba duda, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (ib., 28). Tocaba la carne y proclamaba la divinidad. ¿Qué tocó? El cuerpo de Cristo. ¿Acaso el cuerpo de Cristo era la divinidad de Cristo? La divinidad de Cristo era la Palabra; la humanidad, el alma y la carne. Él no podía tocar ni siquiera el alma, pero podía advertir su presencia, puesto que el cuerpo, antes muerto, se movía ahora vivo. Aquella Palabra, en cambio, ni cambia ni se la toca, ni decrece ni acrece, puesto que en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (Jn 1,1). Esto proclamó Tomás; tocaba la carne e invocaba la Palabra, porque la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14)".
(
http://homiletica.org/lluciapou/lluciapousabateE0329.htm
).

Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Regnum Christi).

San Juan 20, 19-31:
Demos ejemplo
Autor: Regnum Christi

Fuente: Regnum Christi       Para suscribirse 

 

 

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Juan 20, 19-31: 

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo.

Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. Se escribieron éstas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.


Meditación

El don del Espíritu Santo renovó interiormente a los Apóstoles, revistiéndoles de la fuerza que les hizo capaces de anunciar sin miedo que Cristo había resucitado. Esos pescadores atemorizados se convirtieron en mensajeros valientes del Evangelio.

Vemos también que los Apóstoles permanecían juntos a la espera de ese Espíritu Santo prometido. Ellos han de ser nuestra inspiración. Los cristianos debemos estar unidos, dar ejemplo de caridad y de verdadera oración.

Algunos de nosotros nos identificaremos más con Tomás, el discípulo incrédulo, que busca evidencias sensibles y lo quiere comprobar todo. No dejemos endurecer nuestro corazón por el naturalismo y la falta de visión sobrenatural. Demos hoy el salto de la fe confesando a Cristo como nuestro Dios y Señor.

Reflexión apostólica

Una espiritualidad en el corazón de la Iglesia.
La Iglesia reconoce en el Espíritu Santo al guía y artífice de la santidad, el que hace que nuestro apostolado sea fecundo y que demos frutos que permanezcan. Por ello, hemos de incrementar en nuestras vidas la fe, el amor a la tercera persona de la Sma. Trinidad, y ser dóciles y fieles a sus inspiraciones, teniéndolo como el gran socio del alma.

Por el Bautismo y la Confirmación nos hemos convertido en Templos del Espíritu Santo. Busquemos cada día vivir con especial pureza de alma y de cuerpo, cuidando lo que vemos, pensamos y hacemos.

Propósito

Convirtámonos hoy en testigos de la Resurrección de Cristo comprometiéndonos con alguna obra a favor de la evangelización.
(
http://homiletica.org/legionarios/legionariosdecristoD0183.htm
).

Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Fe Adulta).

Juan 20, 19 - 31

La fe en la resurrección

 
Es una falta de perspectiva exegética el creer que la fe de los discípulos se basó en las apariciones de Jesús, o en el sepulcro vacío. Los evangelios nos dicen más bien, que para ver a Jesús después de su muerte, hay que tener fe. El sepulcro vacío, sin fe, sólo lleva a la conclusión de que alguien se ha llevado el cuerpo de Jesús, como hace Magdalena.

 

La resurrección es la manera como los primeros cristianos quisieron trasmitir una vivencia de Jesús después de su pasión y muerte.  Pero esa experiencia de que seguía vivo, y que además les estaba comunicando Vida a ellos mismos, no era fácil de comunicar.

 

Antes de hablar de resurrección, en las comunidades primitivas se habló de Jesús como el juez escatoló­gico, que vendría al fin de los tiempos a juzgar, es decir, a salvar definitivamente. Fijándose en la predicación por parte de Jesús de la inminente venida del Reino de Dios, pasaron por alto los demás aspectos del Jesús histórico y se fijaron en éste. Predicaron a Jesús como dador de salvación definitiva sin hacer ninguna referencia a la resurrección.      

 

Otra cristología que se percibe en algunas comunidades primitivas, es la de Jesús como taumaturgo, que manifestaba con su poder que Dios estaba con él. Para ellos los milagros eran la clave para la compren­sión de Jesús. Esta cristología es muy criticada en los mismos evangelios, lo cual quiere decir que tuvo mucha influen­cia y se quería contrarrestar.

 

Otra manera de explicar la experiencia pascual, que no tiene explícita-mente en cuenta la resurrección, es la que considera a Jesús como la Sabiduría de Dios manifestada por medio de Jesús. Sería el Maestro que conectando con la Sabiduría preexistente del Antiguo Testamento, nos enseña lo necesario para llegar a Dios.

 

Todas estas maneras de entender a Cristo fueron cristalizando en la cristología pascual, que encontró en la idea de resurrección el marco más adecuado para explicar la vivencia de los seguidores de Jesús después de su muerte.

 

En ninguna parte de los escritos canónicos del Nuevo Testamento se narra el hecho de la resurrección. La resurrección no puede ser un fenómeno constata­ble empíricamente; no puede ser objeto de nuestra percepción sensorial. Todos los intentos por demostrar la resurrección como un fenómeno constatable por los sentidos, están de antemano abocados al fracaso. Todo intento de discusión científica sobre la resurrección no tiene sentido.

 

Lo importante es descubrir cómo llegaron los discípulos a esta convicción; sobre todo teniendo en cuanta que, en los momentos de dificultad, todos le abandonaron a su suerte. Es importante por conocer lo que pasó en ellos, pero es más importante porque ese mismo proceso tiene que realizarse en nosotros, si queremos vivir como ellos la resurrección.

 

El relato que hemos leído hoy, fue escrito hacia el año cien, es decir 70 años después de morir Jesús. Como todos los relatos guarda un mensaje teológico. Cada frase, cada detalle tiene un significado concreto. El entenderlo literalmente nos priva del verdadero contenido.

 

Es curioso que el relato de hoy no tiene en cuenta para nada el texto inmediatamente anterior del evangelio que leímos el domingo pasado, el de Magdalena, Pedro y Juan en el sepulcro.

 

Reunidos el primer día de la semana. Sigue insistiendo en el primer día de la semana. Los que seguían a Jesús, empezaron a reunirse después de terminar la celebración del sábado. Como el paso de un día a otro, se producía a la puesta del sol, al reunirse en la noche, era ya para ellos el domingo. El texto demuestra que en las comunidades cristianas estaba ya consolidado el ritmo de las reuniones litúrgicas (cada ocho días).

 

Con las puertas atrancadas, por miedo a los judíos. ¿No eran judíos ellos? Ya les habían expulsado de la sinagoga, por lo tanto se sentían cristianos, no judíos. El local cerrado delimita el espacio de la comunidad en medio del mundo hostil.

 

En medio. No recorrió ningún espacio, su presencia se efectúa directamente. Jesús había dicho: “Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Él es para la comunidad fuente de vida, referencia y factor de unidad. La comunidad cristiana está centrada en Jesús y solamente en él. Jesús se manifiesta, se pone en medio y les saluda. No son ellos los que buscan la experiencia, sino que se les impone.

 

Les mostró las manos y el costado. Los signos de su amor evidencian que es el mismo que murió en la cruz. No hay lugar para el miedo a la muerte. La verdadera vida nadie pudo quitársela a Jesús ni se la quitará a ellos. La permanencia de las señales, indica la permanencia de su amor. La comunidad tiene la experiencia de que Jesús comunica vida.

 

Recibid Espíritu Santo. “Sopló" es el verbo usado en Génesis 2, 7. Con aquel soplo se convirtió el hombre barro en ser viviente. Ahora Jesús les comunica el Espíritu que da verdadera Vida. Termina así la creación del hombre. "Del Espíritu nace espíritu" (3, 6). Esto significa nacer de Dios. Se ha hecho realidad la capacidad para ser hijos de Dios. La condición de hombre-carne queda transformada en hombre-espíritu.

 

Tomás no estaba. Separado de la comunidad no tiene la experiencia de Jesús vivo. Está en peligro de perderse. Sólo unido a la comunidad puedes encontrar a Jesús.

 

Los otros le decían, hemos visto al Señor. Significa la experiencia de la presencia de Jesús que les ha trasformado. Les sigue comunicando la Vida de la que tantas veces les ha hablado. Les ha comunicado el Espíritu y les ha colmado del amor que ahora brilla en la comunidad.        Jesús no es un recuerdo del pasado, sino que está vivo y activo entre los suyos. Los testimonios nunca son suficientes, no puedes suplir la experiencia personal.

 

A los ocho días. Es decir, en la siguiente ocasión en que la comunidad se vuelve a reunir. Jesús se hace presente en cada celebración comunitaria. El día octavo es el día primero de la creación definitiva. La creación que Jesús ha realizado durante su vida, el día sexto, y que culmina en la cruz. Tomás se ha reintegrado a la comunidad, allí puede experimentar el amor.  Las señales son inseparables de la muerte por amor y el don del Espíritu. La resurrección no lo separa de la condición humana anterior.

 

¡Señor mío y Dios mío! La respuesta de Tomás es tan extrema como su incredulidad. Al llamarle Señor, reconoce el amor de Jesús y lo acepta dándole su adhesión.

 

Dichosos los que crean sin haber visto. Tomás tiene la misma experiencia de los demás: ver a Jesús en persona. Por exigir esa presencia, la experiencia de Tomás no puede ser modelo. Tomás quería tener un contacto con Jesús como el que tenía antes de su muerte. Pero la adhesión no se da al Jesús del pasado, sino al presente.

 

El reproche de Jesús se refiere a la negativa a creer el testimonio de la comunidad. Sólo el marco de la comunidad hace posible la experiencia de Jesús vivo, resucitado. La demostración de que Jesús está vivo, tiene que ser el amor manifestado en la comunidad. El descubrimiento de ese amor, tiene que llevar a la fe en Jesús vivo.

 

Se pone una bienaventuranza en boca de Jesús para todos aquellos que les escuchan. Naturalmente, todos tienen que creer sin haber visto, porque lo que se ve no se cree.

 

Tomás ve el cuerpo de Jesús, pero dice: ¡Señor mío y Dios mío! La resurrección no puede ser objeto de conoci­miento, ni sensorial ni intelectual, sino de fe. Sólo experimentando a Cristo Vivo, sabré lo que es la resurrección.

 

 

Meditación-contemplación
 

Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi. (Pablo)

Métete esto bien en la cabeza:

sin experiencia pascual, no hay cristiano posible.

Es necesario un proceso de interiorización de lo aprendido sobre Jesús

.........................

 

El difícil paso que dieron los discípulos de Jesús,

del conocimiento externo y sensorial a la experiencia viva.

Es el paso que tengo que dar yo,

del conocimiento teórico de Jesús,

a la vivencia interna de que me está comunicando su misma VIDA.

...................

 

El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada.

El mismo Espíritu que descendió sobre él,

me está invadiendo a mí en cada momento.

Si dejo que él tome las riendas de mi ser,

me hará vivir su misma vida.

.........................

 Marcos Rodríguez
(
http://www.feadulta.com/anterior/Ev-jn-20-19-31-M.htm
).

Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Patxi Loidi).

Juan 20, 19 - 31

 Comentarios de Patxi Loidi

 
El capítulo 20 de Juan está dedicado a la resurrección de Jesús. Era el último del evangelio, como se ve en los versículos 30 y 31. Después le añadieron un apéndice, que es el capítulo 21.

 

En el capítulo 20 tenemos 4 narraciones, que son:

 

1ª) Dos discípulos ven el sepulcro vacío

 

2ª) Primera aparición: a una mujer, María, no la madre de Jesús. Esta María, a la que solemos llamar Magdalena, fue líder junto a Pedro en la primitiva comunidad.

 

3ª) Aparición a los discípulos en grupo en ausencia de Tomas.

 

4ª) Aparición a los discípulos en grupo, estando con ellos Tomás. Este apóstol es el que había dicho anteriormente: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Jn 11,16). Después de la crucifixión se había separado de la comunidad y había perdido la fe. Jesús sale a buscarlo, como en la parábola de la oveja perdida.

 

El evangelio de hoy toma las dos últimas narraciones. El último relato nos muestra que la fe, aunque es personal, no es individual sino comunitaria y eclesial; se nos da en la comunidad de Jesús, que es la Iglesia. No nace de los milagros o de la visión ocular, sino del don de Dios, que se nos revela.

 

 

Comentarios de Pedro Olalde

 

¿Qué era la paz, el shalom para un judío? Era el buen saludo, el buen deseo. La paz que Jesús da no es ausencia de riñas. Es bienestar general. Es anchura de espíritu. Es una situación plena. Es poder decir desde dentro: Soy feliz.

 

Esta es la comunicación de Jesús, a la que le da la máxima importancia, porque quiere que acojamos en nuestra vida esta paz profunda, para que estemos a gusto con nosotros y con los demás y demos gloria a Dios. Esta es la felicidad que Jesús nos quiere transmitir, felicidad que abarca la hondura de nuestro ser.

 

El que acepta la paz, la felicidad interior que da Jesús, se siente impulsado a transmitir eso mismo a otros. Es algo que no se puede poseer en exclusiva. Como se contagia la tristeza y el pesimismo, así también se transmite la alegría y la dicha profunda.

 

No podemos reducir el perdón a la función sacramental. Todos nosotros estamos llamados a vivir en el perdón y a darlo en nuestro vivir diario.

 

Jesús nos invita a comunicar vida y libertad. Y esto está dirigido a todos. Todos somos ahora la presencia viva de Jesús. Él quiere llegar por medio de nosotros a nuestros hijos, familiares, amigos y desconocidos.

 

El texto aborda también las dificultades. Tomás era uno de los Doce. No creía. No estaba con los demás en la Comunidad. Los otros le decían: “Hemos visto al Señor”, pero él seguía sin creer.

 

Y ¿dónde estaba la dificultad? Hoy mismo, si alguien de otra cultura nos pregunta: “Vosotros, ¿de quién sois seguidores? Y si le contestáis: “De un crucificado”, él os puede contestar: “Qué insensatez”.                                                               

 

Nosotros, a 2000 años de distancia, lo vemos todo normal; pero los primeros cristianos se preguntaban: ¿Se puede mostrar Dios en un condenado a muerte?

 

Dios estaba con Jesús cuando su compromiso por los marginados de este mundo lo llevó a morir ajusticiado. Dios está en la debilidad, en la pobreza. Esta es la lógica de Dios. Y parece que tiene que ser así.

             

 “Al anochecer, el primer día de la semana”, es decir, en domingo, cuando están reunidos para la Fracción del Pan, tiene lugar el encuentro con Jesús Resucitado. Como nosotros, que podemos tener experiencia de Jesús en nuestra Eucaristía, a través de la Palabra y del Sacramento… Y así sentimos la presencia de Jesús, su paz, su alegría.

 

Tomás supera las dificultades en la Comunidad, por el testimonio de los demás, porque se pone a tiro de recibir el don del Espíritu. También a él se le calienta el corazón en contacto con Jesús y siente su paz y su alegría. Al final se rinde: ¡Señor mío y Dios mío!
(
http://www.feadulta.com/anterior/Ev-jn-20-19-31.htm
).

Ejercicio de lectio divina para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Siervas Seglares).

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TIEMPO DE PASCUA
II DOMINGO (Ciclo B)

  1.- CREER Y VER


  " ... en el grupo de los creyentes ... lo ponían todo en común. " (Hch 4, 32-35)
   " ... y esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe." (I Jn 5, 1-6)

 

  SÍMBOLOS

 

◦ Cirio Pascual
◦ La Cruz Florida
◦ La Fuente Bautismal


  2.- PALABRA


(Jn 20, 19-31). En la primera aparición Cristo les confía la misión de perdonar; en la segunda aparición, Tomás confiesa la resurrección viendo y creyendo. Los discípulos de después creemos sin haber visto.

 

 Lectura del santo evangelio según san Juan (Jn 20, 19-31)
 

       19 Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
        - "Paz a vosotros".
        20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús repitió:
       - "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo".
        22 Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
        - "Recibid el Espíritu Santo, 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos".
        24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Y los otros discípulos le decían:
        - "Hemos visto al Señor".
        Pero él les contestó:
        - "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo".
        26 A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
        - "Paz a vosotros".
        27 Luego dijo a Tomás:
        - "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente".
        28 Contestó Tomás:
        - "¡Señor mío y Dios mío!".
       29 Jesús le dijo:
        - "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto".
        30 Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31 Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.


        COMENTARIO


         El testimonio de los ángeles, los encuentros y apariciones y, en especial, las exigencias de comprobación por parte de Tomás, son de sumo interés. De ellas se deduce que el Resucitado y el Crucificado son el mismo, aunque su forma de vida sea diversa. Ambos aspectos son igualmente importantes. De ahí las exigencias de ver y palpar los agujeros de las manos y del costado: identidad. De ahí la dificultad en reconocer al Resucitado; creen ver un fantasma, un viandante, el jardinero: diversidad en su nueva forma de vida. La resurrección de Jesús no es la vuelta de un cadáver a la vida, sino la plena participación de la vida divina por un ser humano.
        El contacto físico con el Resucitado no pudo darse. Sería una antinomia. Como tampoco es posible que él realice otras acciones corporales que le son atribuidas, como comer, pasear, preparar la comida a la orilla del lago de Genesaret, ofrecer los agujeros de las manos y del costado para ser tocados ... Este tipo de acciones o manifestaciones pertenece al terreno literario y es meramente funcional: se recurre a él para destacar la identidad del Resucitado, del Cristo de la fe, con el Crucificado, con el Jesús de la historia.
        También intenta poner de relieve la confesión adecuada de la fe cristiana al citar las palabras de Tomás: Señor mío y Dios mío. Tomás es presentado como representante de los que no quieren creer sin ver. Vencida su increeencia, el evangelista nos lo presenta como modelo de fe. Son sus palabras las que recogen la auténtica confesión de la fe cristiana. En sus palabras el evangelio de Juan alcanza su cota más elevada: el reconocimiento de Jesús como Señor y Dios. Con esta claridad sólo se había hablado en el prólogo: la Palabra era Dios (Jn 1,1). De esta forma todo el evangelio queda "incluido" entre estas dos afirmaciones o confesiones de fe. El protagonista es el Hijo de Dios, y la fe descubre esta realidad en un ser humano como nosotros. Él es la última y definitiva intervención de Dios en la historia.

Comentario al Nuevo Testamento
 Casa de la Biblia
(
http://www.siervas-seglares.org/lectio_ciclo_b/siervas_b_2pascua_lectio.html
).

Homilia para la Misa del Domingo II de Pascua del ciclo B (Parroquia Pilar Soria).

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HOMILÍA DOMINICAL - CICLO B

  Segundo Domingo de Pascua

P. Félix Jiménez Tutor, escolapio

Escritura:

Hechos 4, 32-35; 1 Juan 5, 1-6; Juan 20, 19-31
 

EVANGELIO

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a vosotros". Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos, cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". Pero él contestaba: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo". A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y dijo: "Paz a vosotros". Luego dijo a Tomás; "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente". Contestó Tomás: "!Señor mío y Dios mío!" Jesús le dijo: "¿Por qué has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto." Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

 

HOMILÍA

Si usted examina un objeto de plata verá que tiene unas marcas grabadas por el fabricante.

Estas marcas nos revelan dos cosas. La primera es que ese objeto es lo que parece ser, es decir, está hecho de plata y no está mezclado con otros materiales menos nobles.

La segunda cosa que nos revela es el lugar donde fue fabricado.

Dicen que esta práctica se remonta al año 1300, en Inglaterra y desde entonces continúa hasta hoy de una manera u otra.

El evangelio de hoy nos presenta a Tomás, el incrédulo. Tomás se había perdido la primera visita de Jesús después de su resurrección. Y cuando sus amigos le contaron la aparición de Jesús, Tomás no les creyó. Tomás quería pruebas, quería ver las marcas de la verdad y la calidad.

"Si no meto mi mano…"

Tomás se negaba a creer hasta ver las marcas de Jesús.

Verdad que ustedes y yo, como Tomás, vivimos en el planeta de show me, enséñame, muéstrame la prueba. Es muy bonito decir, dichosos los que creen sin haber visto, pero todos queremos ver las marcas y leer las etiquetas primero.

Tomás, el incrédulo, una semana más tarde tuvo la oportunidad de su vida. Jesús se hizo presente y después de saludarles con su saludo habitual: Shalom, la paz sea con vosotros, Jesús se dirigió a Tomás y le dijo: "Pon tu dedo aquí. Mira mis manos. Pon tu mano en mi costado. No seas incrédulo sino creyente".

Tomás vio, creyó y exclamó:"Señor mío y Dios mío".

Cuenta una hermosa leyenda que Tomás fue a predicar el evangelio a la India. Y un rey le dio dinero para que le edificara un palacio. Pero Tomás distribuía el dinero entre los pobres y les anunciaba la muerte y resurrección de Jesús. Y muchos se hicieron cristianos.

"¿Cómo va mi palacio?", le preguntaba el rey. "Va muy bien" y el rey le daba más dinero. Al cabo de un tiempo, la ciudad toda era ya cristiana.

Un día el rey le dijo a Tomás: "¿Cuándo podré ver mi palacio?" "Majestad, pronto lo verá terminado", le contestó.

"¿Por qué no puedo verlo hoy? Llévame a verlo ahora mismo", le dijo el rey.

Tomás paseó al rey Vecius por la ciudad y le señalaba a la gente y le explicaba cómo sus vidas habían cambiado para bien.

¿Dónde está mi palacio?, preguntaba el rey.

"Está a su alrededor y es un hermoso palacio. Qué pena que no pueda verlo. Espero pueda verlo un día", le decía Tomás.

"¿Qué has hecho con mi dinero, ladrón?"

"Tu palacio está hecho de personas, tu palacio es tu gente. Ya no son pobres y ahora creen en Jesús. Tus gentes son las torres de tu palacio. Dios vive en ellos. Tu palacio es un magnífico palacio."

Tomás fue encarcelado. Pero el rey vio poco a poco el cambio de la gente y cómo por el poder de la resurrección de Jesús , éste vivía en el corazón de las gentes. El último en convertirse fue el rey y éste liberó a Tomás. Y su palacio no fue una obra de piedras sino de corazones vivos y creyentes.

Hermanos, nosotros que también dudamos y queremos ver las marcas de autenticidad de la resurrección y los miles de personas que viven en el planeta de show me, ¿qué podemos hacer para probar lo que ocurrió hace dos mil años?

Nos es mucho consuelo decirnos y decirles: "Dichosos los que no han visto y han creído".

En el evangelio de hoy una cosa está clara, Jesús, en su aparición, les enseña a los discípulos las marcas de su amor. Marcas auténticas, marcas puras, no mezcladas con los metales baratos del egoísmo, el interés, el protagonismo, marcas de sangre de un gran amor. Marcas registradas no desde el año 1300 como la plata, sino del año 0, desde la nueva creación.

Hoy, las marcas de su amor no las vemos en el cuerpo físico de Jesús, pero sí tenemos que verlas en el cuerpo de Cristo que somos nosotros, su iglesia.

Hoy, las marcas del amor de Jesús tenemos que verlas en las vidas cristianas de los que le imitan, los que se dejan criticar por dar testimonio del resucitado, los que viven desapegados de la vacuidad y se abrazan a la cruz.

Hay muchas marcas falsas. Lo mismo ocurre en este cuerpo de Cristo que somos nosotros. Pero nosotros venimos aquí para ver las marcas auténticas del amor y para dejarnos transformar por el poder de la resurrección y para dejar de ser mezcla de metales baratos y convertirnos en plata pura de amor y servicio a los hermanos.

Nuestra Pascua es distinta de la de Tomás.

No hemos visto pero creemos en el milagro de la resurrección. Nuestra Pascua no es ver sino creer en el amor de Dios. Nuestra Pascua no es tocar sino experimentar la paz de Cristo Resucitado. Nuestra Pascua es aceptar el testimonio de los que vieron un día, porque estamos llamados a ver también un día.

Nuestra Pascua es toda nuestra vida.

Todos los días llamados a proclamar con Tomás: "Señor mío y Dios mío".

Abramos las puertas del corazón al Cristo Resucitado, al que lleva grabadas para siempre las cinco marcas del verdadero amor. Amén.
(
http://www.parroquiaelpilarsoria.es/2dompascuab.htm.
).

Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua del ciclo B (Biblia de Navarra).

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miércoles, 11 de abril de 2012¡Señor mío y Dios mío! (Jn 20,19-31)
2º domingo de Pascua – B. Evangelio
19 Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo:
—La paz esté con vosotros.
20 Y dicho esto les mostró las manos y el costado.
Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. 21 Les repitió:
—La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo.
22 Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:
—Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.
24 Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Los otros discípulos le dijeron:
—¡Hemos visto al Señor!
Pero él les respondió:
—Si no le veo en las manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en esa marca de los clavos y meto mi mano en el costado, no creeré.
26 A los ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Aunque estaban las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo:
—La paz esté con vosotros.
27 Después le dijo a Tomás:
—Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.
28 Respondió Tomás y le dijo:
—¡Señor mío y Dios mío!
29 Jesús contestó:
—Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto hayan creído.
30 Muchos otros signos hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no han sido escritos en este libro. 31 Sin embargo, éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
La aparición de Jesús glorioso a los discípulos y la efusión del Espíritu Santo sobre ellos viene a equivaler, en el Evangelio de Juan, a la Pentecostés en el libro de los Hechos, de San Lucas. «Ya se había llevado a cabo el plan salvífico de Dios en la tierra; pero convenía que nosotros llegáramos a ser partícipes de la naturaleza divina del Verbo, esto es, que abandonásemos nuestra vida anterior para transformarla y conformarla a un nuevo estilo de vida y de santidad. Esto sólo podía llevarse a efecto con la comunicación del Espíritu Santo» (S. Cirilo de Alejandría, Commentarium in Ioannem 10).
La misión que el Señor da a los Apóstoles (vv. 22-23), similar a la del final del Evangelio de Mateo (Mt 28,18ss.), manifiesta el origen divino de la misión de la Iglesia y su poder para perdonar los pecados. «El Señor, principalmente entonces, instituyó el sacramento de la Penitencia, cuando, resucitado de entre los muertos, sopló sobre sus discípulos diciendo: Recibid el Espíritu Santo... Por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo» (Conc. de Trento, De Paenitentia, cap. 1).
En la nueva aparición (Jn 20,24-29), ocho días más tarde, destaca la figura de Tomás. Así como María Magdalena era modelo de los que buscan a Jesús (20,1-11), Tomás llega a ser la figura de los que dudan de Él, tanto de su divinidad como de su Humanidad, pero que luego se convierten sin reservas. El Resucitado es el mismo que el crucificado. El Señor manifiesta nuevamente que la fe en Él ha de apoyarse en el testimonio de quienes le han visto. «¿Es que pensáis —comenta San Gregorio Magno— que aconteció por pura casualidad que estuviera ausente entonces aquel discípulo elegido, que al volver oyese relatar la aparición, y que al oír dudase, dudando palpase y palpando creyese? No fue por casualidad, sino por disposición de Dios. La divina clemencia actuó de modo admirable para que tocando el discípulo dubitativo las heridas de carne en su ­Maestro, sanara en nosotros las heridas de la incredulidad (...). Así el discípulo, dudando y palpando, se convirtió en testigo de la verdadera resurrección» (Homiliae in Evangelia 26,7).
Los vv. 30-31 constituyen el primer epílogo o conclusión del evangelio. Exponen la finalidad que perseguía Juan al escribir su obra: que los hombres creamos que Jesús es el Mesías, el Cristo anunciado en el Antiguo Testamento por los profetas, y el Hijo de Dios, y que esa fe nos lleve a participar ya aquí de la vida eterna.
Publicado por Francisco Varo
(
http://bibliadenavarra.blogspot.com.es/2012/04/senor-mio-y-dios-mio-jn-2019-31.html
).

Ejercicio de lectio divina para el Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (menesianos.org).

Oración inicial
¡Oh Padre!, que en el día del Señor reúnes a todo tu pueblo para celebrar a Aquél que es el Primero y el Último, el Viviente que ha vencido la muerte; danos la fuerza de tu Espíritu, para que, rotos los vínculos del mal, abandonados nuestros miedos y nuestras indecisiones, te rindamos el libre servicio de nuestra obediencia y de nuestro amor, para reinar con Cristo en la gloria
 EL TEXTO
 El relato de Juan describe con rasgos precisos el estado de la comunidad cristiana –y de nuestras comunidades de Hermanos y de Laicos - cuando falta la presencia viva del Resucitado. La luz se apaga y llega la noche; los discípulos quedan paralizados por «el miedo a los judíos»; la comunidad permanece encogida y acobardada, con «las puertas cerradas», sin fuerza para la misión. Falta vida, vigor, vitalidad. Todo es miedo, cobardía, oscuridad.
La presencia de Cristo vivo en medio de ellos lo cambia todo. El evangelista subraya, sobre todo, dos aspectos. Por una parte, el Resucitado arranca de sus corazones el miedo y la turbación, y los inunda de paz y alegría: «La paz con vosotros». Al mismo tiempo, les infunde su aliento, abre las puertas y los envía al mundo: «Como el Padre me envió, así también os envío yo».
El misterio de Cristo resucitado es, antes que nada, fuente de paz: la vida es más fuerte que la muerte, el amor de Cristo más poderoso que nuestro pecado, Dios más grande que el mal. 
Por otra parte, Cristo resucitado conduce a sus discípulos a la apertura creadora al mundo. Liberada del miedo y la inseguridad, la Congregación, la comunidad ha de abrirse confiadamente al futuro, renunciando a la voluntad de poder, de saber y de tener, para buscar, como Cristo, ser «fermento» y «sal».
Meditamos este texto en esta perspectiva desde nuestro ser parte de la Congregación Hermanos Menesianos y de Familia Menesiana.
 
19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes.» 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes”
Como el Padre me envió, también yo les envío.» 22 Dicho esto, sopló y les dijo: «Reciban  el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonen  los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»
24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» 25 Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»
 26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con ustedes» 27 Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» 28 Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» 29 Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»
30 Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. 31 Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

DEJA UN TIEMPO DE SILENCIO PARA QUE LA PALABRA HAGA SU TRABAJO EN TI Y EN TU COMUNIDAD.

Algunas preguntas para ayudar a la meditación:
 ¿Quién o qué cosa ha suscitado mi interés y maravilla en la lectura que he hecho? ¿Cómo identificas tu comunidad con la comunidad de los discípulos? ¿Qué momento de tu vida estás viviendo como creyente?¿Qué significado tiene para mí el don del Espíritu para la misión? Jesús envía a la misión ye eso no se termina? ¿ Cómo estás viviendo la misión ahora mismo? ¿Cómo enviado o como dueño, llamado a comenzar cada día o de forma rutinaria,  después de la Resurrección, la misión de Jesús en el mundo?  ¿Siento y vivo mi vocación menesiana en la comunidad como fundación permanente?. ¿ Es Cristo resucitado quien desde dentro la anima, la mueve, la impulsa y la recrea incesantemente? Puedo orar con las señales de vida resucitada que hay en mí y en mi comunidad y en la Iglesia.
 

El texto sagrado habla de dos apariciones de Cristo a los discípulos (Jn 20,19-29), y agrega la primera conclusión del Cuarto Evangelio (Jn 20,30-31). En el escrito se pueden distinguir, entre otros, los siguientes elementos:
• Los dones del Resucitado: El don del Espíritu Santo, que capacita para formar nuevas comunidades y anunciar la resurrección; la paz, entendida como armonía con el Dios de Jesucristo, con los seres humanos, y con la naturaleza; el perdón y la liberación de toda esclavitud, incluida la del pecado.
• La historia de Tomás.  Tomás (hebreo: to'am; arameo: tom'; griego: didimos, significa gemelo) es uno del grupo de los Doce (Jn 6,67; Mt 10,13; Hch 1,13). Juan nos dice que este discípulo estaba dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte (Jn 11,16). Después se queja a Jesús de que éste no les indica el camino que Jesús mismo iba a recorrer, el camino al Padre (Jn 14,5). Tomás permanece en la memoria común como "el que duda". La duda de Tomás está relacionada con el testimonio de la comunidad. Él siente la necesidad del encuentro personal con el Resucitado, para arrojar de sí el miedo a la muerte, que llevaba dentro. La condición es ésta: ver y tocar las heridas de Jesús, que son el signo de su victoria sobre la muerte.
Sin embargo, cuando se encuentra con el amor gratuito de Cristo, brota desde su interior esta confesión de fe: "¡Señor mío y Dios mío!"
La presencia del Resucitado abre el corazón de Tomás, que confiesa: "¡Señor mío y Dios mío!". Tomás confiesa su fe en el Señor Resucitado y glorioso, que es el único y verdadero Dios. Es importante este hecho: que Jesús se convierte en "mi" Señor y "mi" Dios para Tomás. Esta confesión muestra la fe como una relación profunda, personal e íntima. Jesús, sin embargo, pone de relieve que es mejor creer sin ver: "¡Dichosos los que crean sin haber visto!". Jesús dirige estas palabras no sólo a Tomás, sino a todos los hombres y mujeres que, a través de los siglos, lo buscan sin verlo (1 Pe 1,8-9)
 
  • Los otros signos. Si descubrimos los "muchos otros signos", que Jesús realiza en nuestra propia existencia, crecerá la fe en Él, y recibiremos de Él la comunicación de la Vida Divina.

El máximo deseo de Jesús Resucitado para todos los hombres es la paz. Ese es el saludo que sale siempre de sus labios: «la paz con ustedes».
La vida de los seres humanos está hecha de conflictos. La historia de los pueblos es una historia de enfrentamientos y guerras. La convivencia diaria está salpicada de agresividad. Lo estamos viviendo en estos últimos tiempos muy de cerca en nuestro País. La gran opción que hemos de hacer para superar los conflictos es la de escoger   los caminos del diálogo, la razón y el mutuo entendimiento 
. Hemos de creer más en la eficacia del diálogo pacífico que en la violencia destructora.  Hemos de confiar más en los procedimientos humanos y racionales que en las acciones bélicas.  Hemos de buscar la humanización de los conflictos y no su agudización.
Lectio: Juan 20,19-31 2º Domingo de Pascua
La misión de los discípulos y el testimonio del apóstol Tomás


 ¿Cómo y cuándo se hace presente la fuerza Jesús en la vida y la actuación de los creyentes menesianos?
Antes que nada, hemos de decir que la resurrección se vive y se hace presente donde se trabaja por la vida y se combate contra la muerte y como menesianos cuando nuestra educación genera vida integral.
Donde se liberan las fuerzas de la vida y donde se lucha contra todo lo que deshumaniza y mata al hombre estableciendo “lazos” de vida con los pobres, con los laicos, con los Hermanos, con los niños y jóvenes…
Creer hoy en la resurrección es comprometerse por una vida más humana, más plena, más feliz. «La resurrección se hace presente y se manifiesta allí donde se trabaja y hasta se muere por evitar la muerte que está a nuestro alcance, y por suprimir el sufrimiento que se puede evitar».
Quien a pesar de fracasos, frustraciones y sufrimientos, se mantiene incansablemente por todo aquello por lo que luchó Jesús, está caminando con él hacia la vida. Éste y no otros – número, prestigio, el pasado, poder, plata… - es el criterio de calidad de nuestra vida menesiana sea de Hermano sea de Laic@.
Creemos en el gesto resucitador de Dios cuando damos vida a los crucificados, cuando damos vida a quienes están amenazados en su dignidad y en su vida misma, cuando educamos para que desaparezcan crucificados y crucificadores.
Vivir como resucitados es vivir como servidores, buscando la vida y la justicia por la que Jesús vivió y murió.
A partir de la resurrección, los primeros creyentes confesaron a Jesús como Señor. Pero esto no es una pura afirmación teórica. Se trata más bien de hacer que Jesús sea realmente Señor de la historia y de la vida- ¿Podemos decir que Jesús es el Señor de todo y de todos los menesianos?
El señorío de Jesús resucitado no significa solamente que Cristo sea reconocido por los creyentes, sino que seamos servidores como él lo fue. «El reino de Cristo se hace real en la medida en que hay servidores como él lo fue».

Te doy gracias Jesús, mi Señor y mi Dios, que me has amado y llamado, hecho digno de ser tu discípulo, que me has dado el Espíritu, el mandato de anunciar y testimoniar tu resurrección, la misericordia del Padre, la salvación y el perdón para todos los hombres y todas las mujeres del mundo. Verdaderamente eres Tú el camino, la verdad y la vida, aurora sin ocaso, sol de justicia y de paz. Haz que permanezca en tu amor, ligado como sarmiento a la vid, dame tu paz, de modo que pueda superar mis debilidades, afrontar mis dudas, responder a tu llamada y vivir plenamente la misión que me has confiado, alabándote para siempre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
(
http://www.menesianos.org
).

Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua del ciclo B (El Taller de la Serenidad).

Reflexión al evangelio de S. Juan 20,19-31- II Domingo de Pascua–B

Publicado en abril 15, 2012by El Taller de la Serenidad

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado así también os envió yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.


 
 
Siempre debemos mirar hacia aquella primera comunidad cristiana. Seguramente, al igual que la nuestra, no era perfecta, pero supieron aceptar y compartir su fe con personas de distintas culturas, enriqueciéndose mutuamente.
Jesús murió y ellos cayeron en la apatía, el abatimiento, también a nosotros nos sigue pasando hoy porque seguimos sin creer que Cristo Vive.
El evangelio de hoy  tiene una fuerza impactante. El evangelista no explica como entra Jesús en la habitación, pero es el protagonista de la acción, lo pone en el centro y Él saluda a todos con el saludo: «Paz a vosotros».  En este momento  la iglesia resurge con fuerza, la fuerza que da descubrir que Cristo no está muerto.  La resurrección es energía, revitalización, para dejar atrás el miedo y la sinrazón, es el pilar donde todo cristiano debe poner su fe porque a partir de este momento todos vivimos con Él.
 Otra idea que nos deja el evangelista es que la fe hay que vivirla en comunidad, fijémonos en Tomás. Tiene fe, pero prescinde del grupo, quizás por ello le cueste creer que Cristo ha resucitado. La comunidad es pilar fundamental para compartir y vivir la fe.
Cuando Jesús vuelve a aparecer Tomás está con la comunidad. Jesús le invita a tocarle,  no lo echa ni le regaña por no creer, Tomás lo toca y a partir de ese momento cree. Ya no vive en la oscuridad, ha descubierto que la resurrección es verdad y a partir de ese momento se compromete a celebrar la fe y practicar la Palabra de Dios.
Todos tenemos dudas e interrogantes y eso es bueno, es un indicador de que no tenemos una fe rutinaria, sino que tenemos el deseo de crecer en la fe, de crecer en el amor y la confianza en el Maestro.  Tener dudas nos motiva para buscar la verdad.
Nuestra fe crece cuando nos sentimos amados, cuando conocemos en profundidad que Cristo es el Hijo de Dios que habita entre nosotros.
          ¡Tengan feliz semana y dichosos todos los que crean sin haber visto!
(
http://eltallerdelaserenidad.wordpress.com/2012/04/15/reflexin-al-evangelio-de-s-juan-2019-31-ii-domingo-de-pascuab/
).

Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua del ciclo B (Aqplink.com).

Juan 20,19-31 – Dichosos los que no han visto y han creído.


Publicado 15 abril 2012 | Por Miguel Damiani


Texto del evangelio (Juan 20,19-31) – Dichosos los que no han visto y han creído.
 
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
 
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
 
Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».
 


Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
 
Reflexión: Jn 20,19-31
 
Hemos de contarnos entre aquellos que sin ver creen. Sin embargo, la pregunta es ¿qué tan cierto es que no hemos visto? Es que como diría El Principito: “Solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos”. ¿Recuerdas? Qué lecciones que nos dio Saint Exupéry cuando fuimos adolescentes. Pues de eso se trata. A Dios lo encuentras en ti. No tienes que buscar mucho. Solo tienes que detenerte, apartarte –como nos enseñó Jesús- y escucharle. El vive en nosotros. Entonces ¿cómo podemos decir que no le conocemos, que no le hemos visto? Es muy distinto que no queramos oírle, que no queramos hacerle caso…Eso es otra cosa. ¿Por qué no queremos verle ni oírle? Porque es muy exigente y no encaja en la cultura hedonista en la que vivimos, procurando el ocio y la satisfacción personal antes que nada. Así, la Voluntad del Padre y la prédica de Jesús se convierte en un estorbo, en una molestia que es preferible erradicar. ¿Yo? ¿Cuándo? Si no lo conozco…Nunca lo he visto. Y como Tomás, creemos encontrar la excusa perfecta. Es muy buena para aquellos que, como nosotros, andan buscando excusas. Con nuestro argumento y su complicidad, logramos –aparentemente- soplar la pluma, lavarnos las manos, como Pilatos. Pero, ¿ahí termina todo? Dichosos los que no han visto y han creído.
 
Hay entre nosotros en realidad muchos que no le han conocido. No, no somos ni tu ni yo…Nosotros le conocemos, lo hemos visto en varias oportunidades y le oímos, aunque no siempre le hacemos caso. Sabemos muy bien lo que debemos hacer, solo que nos da flojera, nos da pereza y lo dejamos para mañana…Desde mañana empezamos…Así nos pasamos de día en día, debatiéndonos entre la desidia y la mediocridad. Somos tibios. Lo sabemos muy bien. ¿Hasta cuándo? Llegará el día y no sabemos cuando, en que este sol no nos ilumine igual o al menos no podremos verlo; el día en que querrás ir al baño y no podrás; querrás decir algo y no hilvanarás vocablos. Llegará el día en que ya no podrás hacer tu voluntad. No esperes a entonces, porque será demasiado tarde. Es Hoy y AHORA que debes cambiar, que debes oír la Voluntad del Padre para tu vida y obedecerla. ¿Por qué me ordena mi Padre? Porque Él sabe lo que te conviene; por eso te lo dice enérgicamente. Dios te dice muy claramente lo que DEBES hacer, pero está en ti el aceptarlo, el acatarlo, el obedecerle. Esa es tu libre elección. Pero no esperes que Él te de mensajes ambiguos, relativistas, confusos. Él te dirá escoge la Justicia, escoge la Verdad, escoge la Vida…Anda por la Luz; busca la Paz; Ama a tus hermanos; sé Sincero; lleva Esperanza; Comparte lo que tienes…Entrégate Hoy, AHORA. Dichosos los que no han visto y han creído.
 
Para el resto de nuestros hermanos, aquellos que efectivamente no lo conocen, estás tú. Tu testimonio habrá de atraerlos y arrastrarlos. Preocúpate de hacer la Voluntad del Padre y el resto vendrá por añadidura. No puedes llegar al mundo entero, ni trasladarte a confines de la tierra, seguramente, pero si actúas como levadura ayudarás a fermentar la masa. Oye lo que te ordena nuestro Padre y ponlo en práctica, que Él se hará cargo de los que no han visto. ¡Sé testigo! ¡Da testimonio! Dichosos los que no han visto y han creído.
 
Oremos:
 
Padre Santo, que fortalecidos con el Espíritu Santo demos testimonio de Jesús en nuestras vidas. No permitas que desfallezca nuestra fe, sino por el contrario, acreciéntala para que se manifieste en cada cosa que hacemos…Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor…Amén.
(
http://www.aqplink.com/roguemos/2012/04/juan-2019-31-dichosos-los-que-no-han-visto-y-han-creido/
).

Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Regnum Christi).

San Juan 20,19-31:
Ocho días después
Autor: Regnum Christi

Fuente: Regnum Christi       Para suscribirse  

 

Evangelio: San Juan 20,19-31:

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”. Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”. Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Luego le dijo a Tomás: “Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió: “¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: “Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”. Otras muchas señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritas en este libro. Se escribieron estas para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

Oración introductoria:

Jesús, ayúdame a leer con detenimiento las palabras del Evangelio y descubrir que ellas van dirigidas a mí también. En esta oración, me abres tu costado, me muestras tus llagas, me invitas a tocarte por medio de la fe, me traes tu paz. No puedo menos que decir con Tomás que ¡Tú, Señor, eres mi Dios!

Petición:

Creo Señor, pero aumenta mi fe.

Meditación:

Jesús, tras la resurrección, se pone en contacto con los discípulos, con el fin de disipar sus dudas y sus miedos. Establece con ellos relaciones directas, incluso mediante el tacto. En el caso de Tomás, que acabamos de recordar, el Señor invita a palparlo y a constatar que su cuerpo resucitado, con el que se presenta, es el mismo que fue martirizado y crucificado. Su cuerpo es auténtico y real, pero a la vez espiritual, no sometido a limitaciones materiales. En resumen, se trata de una demostración que nos da Cristo de su resurrección. Aprendamos de la docilidad del apóstol Tomás. Él no se encerró en su postura de incredulidad o en sus juicios, no inventó más pretextos. Se atrevió a cambiar de opinión. Reconoció su error delante de todos los demás apóstoles con humildad. Se dejó convencer y se dio por “vencido”. Por todo ello, se atrevió a proclamar su fe en la divinidad de Cristo. ¿Dejamos que Cristo nos convenza y nos transforme como le sucedió a Tomás? Ojalá que el día de hoy, el apóstol santo Tomás encuentre muchos imitadores suyos, en aquel acto suyo de fe que le llevó a exclamar: “¡Señor mío y Dios mío!”. Acojamos el don de la fe, seguros de que quien cree, ama e imita a Cristo, lo tiene todo.

Reflexión apostólica:

El deseo de formarse, sólo brotará del encuentro personal con Jesucristo. Nuestra formación cristiana proviene también de una auténtica vida de oración. A una sincera vida de piedad corresponderá igualmente una formación integral.

Propósito:

Renovar la adhesión de mi voluntad a aquellas verdades de la fe que me cueste más creer, seguir y vivir.

Diálogo con Cristo:

Señor, ayúdame a identificarme cada vez más con mi vocación en el Regnum Christi, ayúdame a dar la talla del apóstol que se caracteriza por tener una sólida formación cristiana y por un fuerte dinamismo apostólico.

«Ábranse a las inspiraciones del Espíritu Santo, dulce huésped del alma, manteniendo un ambiente interior propicio para poder percibirlas y seguirlas con prontitud y docilidad» (Cristo al centro, n. 814).
(
http://homiletica.org/legionarios/legionariosdecristoD0596.htm
).

Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Pedro Sergio Antonio Donoso Brant).

“Ahora crees, porque me has visto”

Jn 20, 19-31

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds

1.      AL ATARDECER DEL PRIMER DÍA DE LA SEMANA

Estas apariciones a los apóstoles son destacadas en el Evangelio de San Juan para relatarnos su particular importancia, estos son hechos excepcionales. La primera aparición, sucede en la “tarde” del mismo día de la resurrección, cuyo nombre de la semana era llamado por los judíos como lo pone aquí San Juan, “el primer día de la semana.”

Los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Suponemos que los once apóstoles están juntos, sin embargo también se puede presumir que posiblemente hubiese con ellos otras personas, pero estas no se citan.

El relato evangélico no precisa el lugar donde sucedieron estos hechos, no obstante creíblemente podría ser en el cenáculo (Act 1:4.13). Los sucesos de aquellos días, siendo ellos los discípulos del Crucificado, les tenían temerosos. Esa es la razón por la cual se ocultaban y permanecían a puertas cerradas. Temía la intromisión inesperada de sus enemigos

2.      EL ESTADO “GLORIOSO” EN QUE SE HALLA CRISTO RESUCITADO

Pero la entrega de este detalle tiene también por objeto demostrar el estado “glorioso” en que se halla Cristo resucitado cuando se presenta ante ellos. Es así como inesperadamente, Cristo se apareció en medio de ellos. En el relato de Lucas, se comenta que quedaron “despavoridos,” pues creían ver un “espíritu” o un fantasma.

Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Con ello les dispensó lo que ésta llevaba adjunto (cf. Lc 24:36-43). San Juan omite lo que dice en evangelio de Lucas, sobre que no se turben ni duden de su presencia. Aquí, al punto, como garantía, les muestra “las manos,” que con sus cicatrices les hacían ver que eran las manos días antes perforadas por los clavos, y “el costado,” abierto por la lanza; en ambas heridas, mostradas como títulos e insignias de triunfo, tal así que Tomás podría poner sus dedos.

En evangelio de Lucas se relata que les muestra “sus manos y pies,” y se omite lo del costado, sin duda porque se omite la escena de Tomás. Ni quiere decir esto que Cristo tenga que conservar estas señales en su cuerpo. Como se mostró a Magdalena seguramente sin ellas, y a los peregrinos de Emaús en aspecto de un caminante, así aquí, por la finalidad apologética que busca, les muestra sus llagas. Todo depende de su voluntad. Esta, como la escena en Lucas, es un relato de reconocimiento: aquí, de identificación del Cristo muerto y resucitado; en Lucas es prueba de realidad corporal, no de un fantasma.

Bien atestiguada su resurrección y su presencia sensible, San Juan transmite esta escena de trascendental alcance teológico.

3.      COMO EL PADRE ME ENVIÓ A MÍ, YO TAMBIÉN LOS ENVÍO A USTEDES.

Jesús anuncia a los apóstoles que ellos van a ser sus “enviados,” como El lo es del Padre. Es un tema constante en los evangelios. Ellos son los “apóstoles” (Mt 28:19; Jn 17:18, etc.).

Jesucristo tiene todo poder en cielos y tierra y los “envía” ahora con una misión concreta. Los apóstoles son sus enviados con el poder de perdonar los pecados. Para ese tiempo, ese envío era algo insólito. En el Antiguo Testamento, sólo Dios perdonaba los pecados. Por eso, de Cristo, al considerarle sólo hombre, decían los fariseos escandalizados: Este “blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” (Mc 2:7).

4.      AL DECIRLES ESTO, SOPLÓ SOBRE ELLOS Y AÑADIÓ: “RECIBAN EL ESPÍRITU SANTO”

El Espíritu Santo es el “don” por excelencia, infinito como infinito es Dios; aunque quien cree en Cristo ya lo posee, puede sin embargo recibirlo y poseerlo cada vez más. La donación del Espíritu Santo los Apóstoles en la tarde de la Resurrección demuestra que ese don inefable, indescriptible, está estrechamente unido al misterio pascual; es el supremo don de Cristo que, habiendo muerto y resucitado por la redención de los hombres, tiene el derecho y el poder de concedérselo. La bajada del Espíritu en el día de Pentecostés renueva y completamente este don, y se realiza no de una manera íntima y privada, como en la tarde de Pascua, sino en forma solemne, con manifestaciones exteriores y públicas indicando con ello que el don del Espíritu no está reservado a unos pocos privilegiados sino que está destinado a todos los hombres como por todos los hombres murió, resucitó y subió a los cielos Cristo. El misterio pascual culmina por lo tanto no sólo en la Resurrección y en la Ascensión, sino también en el día de Pentecostés que es su acto conclusivo.

5.      “LOS PECADOS SERÁN PERDONADOS A LOS QUE USTEDES SE LOS PERDONEN, Y SERÁN RETENIDOS A LOS QUE USTEDES SE LOS RETENGAN”.

Al decir esto, “sopló” sobre ellos. Es símbolo con el que se comunica la vida que Dios concede (Gen 2:7; Ez 37:9-14; Sab 15:11). Por la penitencia, Dios va a comunicar su perdón, que es el dar a los hombres el “ser hijos de Dios” (Jn 1:12): el poder de perdonar, que es dar vida divina. Precisamente en Génesis, Dios “sopla” sobre Adán el hombre de “arcilla,” y le “inspiró aliento de vida” (Gen 2:7) Por eso, con esta simbólica sopladura explica su sentido, que es el que “reciban el Espíritu Santo.” Dios les comunica su poder y su virtud para una finalidad muy concreta: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

Aquí el regalo del Espíritu Santo a los apóstoles tiene una misión de “perdón.” Los apóstoles se encuentran en adelante investidos del poder de perdonar los pecados. Este poder exige para su ejercicio un juicio. Si han de perdonar o retener todos los pecados, necesitan saber si pueden perdonar o han de retener. Evidentemente es éste el poder sacramental de la confesión.

Por otra parte, para no confundirse, esta no es la promesa del Espíritu Santo que les hace en el evangelio de Juan, en el Sermón de la Cena (Jn 14:16.17.26; 16:7-15), ya que en esos fragmentos se les promete al Espíritu Santo, que se les comunicará en Pentecostés, una finalidad “defensora” de ellos e “iluminadora” y “docente.” En este relato san Juan trata sólo del poder que se confiere del perdón de los pecados. “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

6.      “¡HEMOS VISTO AL SEÑOR!”

En esta aparición del Señor a los apóstoles no estaba el apóstol Tomás, de sobrenombre el mellizo. Si aparece, por una parte, el hombre de corazón y de arranque que relata san Juan 11:16. En el capitulo 14:5 san Juan lo muestra un tanto escéptico. Entonces se diría que es lo que va a reflejarse aquí. No solamente no creyó en la resurrección del Señor por el testimonio de los otros diez apóstoles, y no sólo exigió para ello el verle él mismo, sino el comprobarlo. Es así como el necesitaba ver las llagas de los clavos en las manos del Señor, y aún mas, meter su dedo en ellas, lo mismo que su mano en la llaga del costado de Cristo, la que había sido abierta por el golpe de lanza del centurión. Entonces, sólo a este precio creerá.

7.      “TRAE AQUÍ TU DEDO: AQUÍ ESTÁN MIS MANOS.”

Pero a los ocho días se realizó otra vez la visita del Señor. Estaban los apóstoles juntos, probablemente en el mismo lugar, y Tomás con ellos. Y vino el Señor otra vez, cerradas las puertas. San Juan relata esta escena muy sobriamente. Y después de desearles la paz "¡La paz esté con ustedes!", se dirigió a Tomás y le dijo: Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos y le mandó que cumpliese en su cuerpo la experiencia que él exigía diciéndole: Acerca tu mano, métela en mi costado. En adelante, no seas incrédulo, sino hombre de fe.

No dice explícitamente el relato si Tomas llegó a introducir el dedo en las llagas para cerciorarse, al contrario lo exceptúa al decirle Cristo: Ahora crees, porque me has visto. La evidencia de la presencia de Cristo había de deshacer la obstinación de Tomás.

8.      ¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

Tomas exclamo: ¡Señor mío y Dios mío! Esta exclamación encierra una riqueza teológica grandiosa y hermosísima. Esta es un reconocimiento de Cristo, es una afirmación de quién es El. Es, además, esta enunciación, uno de los pasajes del evangelio de san Juan junto con el prólogo, en donde explícitamente se proclama la divinidad de Cristo. Dado el lento proceso de los apóstoles en ir valorando en Cristo su divinidad hasta la gran clarificación de Pentecostés, sin duda la frase es una explicitación de san Juan a la hora de la composición de su evangelio. Pero supone el acto de fe de Tomás.

9.      “AHORA CREES, PORQUE ME HAS VISTO.”

Tomás fue reprochado, no porque el ver para creer sea malo, sino por haber rechazado el testimonio de los otros apóstoles que vieron. Para creer hay que verlo directamente, como los apóstoles, o indirectamente, como nosotros, que nos apoyamos en el ver y en la predicación solemne y pública de los apóstoles.

La fe es un don de Dios, pero tiene también sus bases humanas, como es el estudio y el testimonio de los testigos.

Este Evangelio nos enseña una lección de fe y, nos invita a no esperar signos visibles para creer. Pero también es comprensible que Tomás quisiera experimentar por si mismo, del mismo modo como nos gusta a nosotros experimentar por nosotros mismos, por que a Cristo se le debe experimentar en primera persona. Es cierto que la ayuda de los amigos como los consejos de nuestro director espiritual son validos, pero al final solo depende de nosotros mismos dar ese gran paso a la fe, y entregarnos con toda confianza a los brazos del Señor.

El Señor permite a Tomás esta experiencia, se aparece a los apóstoles e inmediatamente le habla, me imagino la emoción de Tomás al verle, tal vez entristecido por haber dudado, pero al mismo tiempo agradecido por esta actitud de Cristo y, así, el hace ese hermoso reconocimiento a la divinidad de Jesús con esta hermosa oración de alabanza: “Señor mío y Dios mío.”

10.  ¡FELICES LOS QUE CREEN SIN HABER VISTO!

Dice el Señor: ¡Felices los que creen sin haber visto! La respuesta de Cristo a esta confesión de Tomás acusa el contraste, se diría un poco irónico, entre la fe de Tomás y la visión de Cristo resucitado, para proclamar bienaventurados a los que creen sin ver. No es censura a los motivos racionales de la fe y la credibilidad, como tampoco lo es a los otros diez apóstoles, que ocho días antes le vieron y creyeron, pero que no plantearon exigencias ni condiciones para su fe, ya que ellos no tuvieron la actitud de Tomás, que se negó a creer a los testigos para admitir la fe si él mismo no veía lo que no sería posible verlo a todos, ni por razón de la lejanía en el tiempo, ni por haber sido de los elegidos por Dios para ser testigos de su resurrección (Act 2:32; 10:40-42). Es la bienaventuranza de Cristo a los fieles futuros, que aceptan, por tradición ininterrumpida, la fe de los que fueron elegidos por Dios para ser testigos oficiales de su resurrección y para transmitirla a los demás. Es lo que Cristo pidió en la Oración Sacerdotal: No ruego sólo por éstos (por los apóstoles), sino por cuantos crean en mí por su palabra” (Jn 17:20).

Cristo es "nuestra paz" (Ef 2, 14), la Paz de Cristo Resucitado para todos

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant ocds

Segundo Domingo de Pascua

 
 
 

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Meditacion para la Misa del Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Pablo Cardona).

Juan 20, 19-31
Autor: Pablo Cardona

Fuente: almudi.org (con permiso)  suscribirse

 

«Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos. Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.

Tomás, uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: ¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en su costado, no creeré.

A los ocho días, estaban de nuevo dentro sus discípulos y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: La paz sea con vosotros. Después dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han creído.» (Juan 20, 19-31)

1º. Jesús, tus primeras palabras a los apóstoles, después de resucitado, son palabras de paz: «Paz sea a vosotros».

Has venido a traer la paz.

Sin embargo, antes les habías dicho: «No he venido a traer la paz sino la espada» (Mateo 10,34).

¿Por qué?

Porque tu paz no es la paz del equilibrio, la paz del bienestar material.

«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo»

Tu paz es la paz del corazón, la paz interior que procede de la lucha interior; la paz que has conseguido con tu muerte, y que sólo puedo conseguir con la muerte de mis pasiones, con mortificación.

«A quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.»

Jesús, con estas palabras instituyes el sacramento de la penitencia.

¿Cómo voy a inventarme yo mi propio modo de pedirte perdón, si Tú lo has dejado clarísimamente establecido?

Sería absurdo pretender confesarme «directamente» contigo cuando Tú quieres que lo haga a través de tus ministros.

«Cristo quiso que toda su Iglesia, tanto en su oración como en su vida y su obra, fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio apostólico» (C. I. C.-1442)

Jesús, hablas del perdón de los pecados después de desear la paz a los apóstoles.

¡Qué medio más impresionante es la Confesión para recuperar la paz!

Gracias, Jesús, por haberme dado este sacramento para volver a empezar una y mil veces, y para saber con certeza que Tú me has perdonado y vuelves a tratarme como hijo de Dios.

 

2º. «¡Con qué humildad y con qué sencillez cuentan los evangelistas hechos que ponen de manifiesto la fe floja y vacilante de los Apóstoles!

-Para que tú y yo no perdamos la esperanza de llegar a tener la fe inconmovible y recia que luego tuvieron aquellos primeros» (Camino.-581).

Jesús, quieres que tenga la fe inconmovible y recia de los apóstoles, pero sin necesidad de poner el dedo en tus llagas, sin verte físicamente.

¿Por qué no te apareces como lo hiciste con los primeros?

Y me respondes: «bienaventurados los que sin haber visto han creído.»

Una vez visto, se reduce el margen para la fe y disminuye, por tanto, el mérito.

Los apóstoles necesitaron esta ayuda porque eran los primeros y tenían que dar testimonio con el martirio.

Jesús, quiero creer como el que más, sin exigirte continuas pruebas: me bastan los milagros que aparecen en la Sagrada Escritura y tu gracia, que me concedes siempre si te la pido.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.
(
http://homiletica.org/pablocardona/pablocardonaD349.htm
).

11 Homilias para la Misa del Domingo II de Pascua del ciclo B (Mercaba.org).

30 HOMILÍAS QUE SIRVEN INDISTINTAMENTE PARA LOS TRES CICLOS DEL II DOMINGO DE PASCUA
1-11


1. FE. SEGURIDAD. MIEDO.

Dicen que el miedo es mal consejero, pues atenaza y perturba. El miedo es inseguridad y angustia de riesgo. El miedo trastrueca y deforma la realidad. Los apóstoles tienen miedo a los de fuera. Por eso atrancan las puertas, cierran con llave al atardecer. Es aún la noche oscura de cuantos confiaban en Jesús. Se sienten amargamente burlados y hay que protegerse.

Miedo entonces y miedo ahora. ¿Corren malos tiempos para la Iglesia? En una sociedad de "libertades" sin límite, andan sueltos todos los pareceres y "la libertad de expresión no conoce individuos ni instituciones intocables y cualquier momento es bueno para descalificaciones y escarnios". El evangelio pica más que el sarampión y las actitudes cristianas ante el poder, el dinero, la violencia, la insolidaridad y el sexo resultan hoy insensatas y "violentas". El modelo de sociedad que tenemos delante no puede funcionar a golpe de Sermón de la Montaña.

Molesta el reto a hacer un hombre nuevo en una tierra nueva... cuando la tierra no tiene ganas de renovarse. Aun así, no cedamos a la tentación de retornar al Cenáculo, atrancar las puertas y aislarnos en la noche.

Fueron aquellas noches de espera noche oscura, pero noche de Dios, no para dormirse sino para velar. Tiempo para auscultar el silencio, soportar la noche, aguardar impacientes. Porque quien vela se encuentra con la novedad de la aurora: "La paz con vosotros". "Vamos, amigos, que se os ría el alma". Es él, el Señor.

Abrid de par en par. "No tengáis miedo". "No perdáis la calma", la misión está fuera. Abrid, fuera sistemas de seguridad. No quiero una Iglesia invernadero sino a la intemperie. "Como el Padre me envió, también os envió". El evangelio es libertad radical y el medio a la libertad es grave ofensa a Dios. Inútil intentar poner puertas al campo, grillos a la libertad o diques al vendaval de Dios.

Tomás viene a complicar la situación. El miedo no está sólo en la calle, detrás de las ventanas. El miedo y el recelo mutuo está también dentro, en las distintas tendencias, posturas y convicciones, en las condiciones que pone Tomás para creer. Se resiste a gritar: ¡"Es el Señor!".

Tomás busca experimentos con Dios -meter los dedos, tocar-, y no experiencias de Dios. Se equivoca. Dios no es experimento sino experiencia, y en ésta la iniciativa la lleva El. "Intentar definir a Dios es imposible, es limitarlo; El se deja aprehender pero no comprender, es Alguien accesible pero no dominable...".

Tomás se ganó a pulso el reniego de Jesús: "Dichosos los que tienen fe sin haber visto". Jesús pide disponibilidad y el discípulo sólo entiende el lenguaje de la seguridad

FE/SEGURIDAD FE/DUDAS. El hombre de fe ni ignora lo bastante como para ser un irresponsable ni sabe lo suficiente como para vivir seguro. "La fe no es explicación para suprimir la inseguridad sino, a lo sumo, una fuerza para soportarla." En materia de fe la capacidad del hombre llega apenas a alcanzar la penúltima respuesta; la última es siempre la apelación al misterio.

RUTINA:COSTUMBRE: Tomás no se atreve con una fe desnuda, desprotegida, desinstalada, capaz de soportar dudas. Que nadie pida a la fe lo que no puede dar: seguridad e instalación. Creer es azaroso viaje: "Sal de tu tierra" (/Gn/12/01). Este es el origen de la historia religiosa y la primera definición de fe. Creer es abandonar Egipto sin añoranzas: "Saca a mi pueblo de Egipto" (/Ex/03/10). Egipto es la esclavitud de la religión burguesa, las oraciones rutinarias, la estrechez de la propia instalación; Egipto es el derecho, la certeza de las ollas... La fe es volver la espalda a Egipto, éxodo, perspectiva, espacios nuevos. Tomás pide explicaciones, necesita instrucción. A sus compañeros les ha bastado la experiencia de haber sentido al Señor. Tomás pide laboratorio y libros. Saber y tocar para creer. Al resto de discípulos les atrae más sentir para amar. Instrucción o vida, he ahí el dilema.

¿No será tarea cristiana hoy no olvidar la instrucción pero sí primar la búsqueda de modelos de identificación que hagan creíble, en nuestro tiempo, la nueva vida y el nuevo modelo de hombre que es Jesús de Nazaret?

B. CEBOLLA
DABAR 1988, 24


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2.

TOMAS TIENE LOS OJOS ABIERTOS

Siempre abiertos, siempre pidiendo "ver". No se conforma con bellas teorías, con sospechosos testimonios.

La raza de Tomás no se extinguirá nunca, para bien de la Iglesia. No creo en el crepúsculo de las ideologías, pero sí creo en el crepúsculo de las teorías. A la gente más despierta no se le convence con estructuraciones mentales atractivas ni con argumentos de irrefutable historicidad. Sobre todo cuando le va en ello la vida, cuando una doctrina no es mera convicción, sino que afecta de lleno a la vida entera.

Ser cristiano es creer que Jesús es Dios, pero es mucho más. Es convivir en el amor con los demás hombres. Es re-nacer a una vida nueva, distinta, plena.

La fe viene de Dios pero no sabemos qué caminos sigue. El camino más normal, el más accesible a todos, es el del "contagio".

Un niño nace porque un hombre y una mujer se aman tanto como para prolongarse en una vida nueva. Puede haber nacimientos "milagrosos", el de Jesús lo fue.

A-H/TESTIMONIO: Puede haber re-nacimientos a la fe absolutamente fuera de todo cauce acostumbrado: una melodía, una revelación directa, un desbordamiento del amor del Padre. Lo normal es que alguien crea porque otros le han transmitido la fe en su infancia o se la han "contagiado" en su juventud, en su madurez. Jesús "exhala su aliento" y cada creyente es un nuevo Resucitado con poder de transmitir el Mensaje. Y el grupo de los creyentes es, debe ser, el pueblo-imán de los hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. El testimonio vivo del Resucitado. "Mirad como se aman", decían de los primeros cristianos. Y más gente venía a participar del "milagro" del amor. Y creía en Jesús.

Tomás hubiera exigido palpar desde dentro ese pretendido amor comunitario. Tomás, la gente de su raza, eso es lo que pide ahora. Y de verdad podemos invitarle a que venga, a que palpe, a que se convenza por la fuerza de nuestro amor. Siempre ha existido en la Iglesia una limpia corriente de imitación hacia las primeras comunidades creyentes. En estos últimos años se ha fortalecido esa corriente, a medida que se han ido masificando y burocratizando las masas de cristianos. Masas que a nadie convencen, cuya religión es una más.

Sin caer en la tentación de la nostalgia, del perfeccionismo imposible, ni del aristocratismo de las élites -Jesús vino para todos-, se impone una seria reflexión sobre el testimonio que la Iglesia -nosotros, la Iglesia- está dando acerca de la Resurrección de Jesús, del amor del Padre manifestado en el amor a los hermanos. La Iglesia tiene una estructura externa de la que pudo prescindir en los primeros tiempos y que hoy resulta necesaria. Pero siempre que facilite la transmisión de la Verdad, el testimonio de la Resurrección. Necesitamos estar organizados pero no para dar sensación de poderío, sino sensación de fe y caridad. Sensación de esperanza. Las ramas que matan el fruto son ramas malditas. Porque lo importante del árbol es el fruto.

Tomás tiene los ojos abiertos y pide a gritos "ver", "meter su mano en el costado abierto", palpar el amor. Tiene perfecto derecho, aunque dos mil años después no lo tuvieran. Y no se va a conformar con disfrutar cálidos amores familiares, idílicos paisajes de amistad. Exige que ese amor que parece sustancia y razón de nuestra vida, máxima expresión de nuestra fe -creer y amar se confunden- sea ancho como el mundo. No basta que los cristianos nos queramos entre nosotros y demos -que tampoco la damos, ¡ay!- la impresión de una familia unida: hace falta que el cristianismo sea una inmensa casa de recepción para todos los que buscan, para todos los que sufren, para todos los que necesitan ser amados.

He conocido una vez a un hombre que buscaba, buscaba ardientemente. En la amistad, en el arte, en las religiones, en las iglesias... "¿Has probado en la Iglesia Católica?", le pregunté. Y su respuesta me dejó frío, frío de terror. Me dijo: "Sois como todos, como los demás. Palabras, palabras, palabras..." Efectivamente, tenemos un infinito almacén de palabras maravillosas que soltamos en chorro cuando la ocasión se ofrece.

Pero...¿tenemos algo más? Sabemos que tenemos algo más, mucho más. Los demás no lo saben ni tienen por qué saberlo. Mientras pretendamos invadir el mundo de palabras -jerarquía, teólogos, creyentes "rasos", organizaciones...-, Tomás tendrá perfecto derecho a no creer.

Jesús fue mucho más que una palabra: fue y es la Palabra encarnada.

BERNARDINO M. HERNANDO


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3. PAS/ALEGRIA  /Jn/16/22  /Rm/10/17  C/SIGNO

Lo que interesa al evangelista es mostrar el miedo de los discípulos. Han cerrado las puertas a fin de que no entre ningún extraño y menos aún ningún enemigo. Es un relato que denota miedo y cerrazón, así como la superación de todo esto por el Resucitado. Aunque el miedo y la cerrazón sean tan grandes, Jesús Resucitado tiene la capacidad de penetrar a través de las puertas cerradas.

El Resucitado puede entrar en un mundo cerrado para convertirlo, con su presencia, en un mundo abierto. Este es el primer mensaje de este domingo II de Pascua, que nos debe llenar de alegría. El pecado es la cerrazón que aísla y separa al hombre tanto de su fundamento existencial como de sus semejantes; nos separa tanto de Dios como de nosotros mismos y de toda la creación. Si aún vives en una complicidad voluntaria con el pecado no puedes alcanzar la gracia de la resurrección. Debes suplicarle al Señor resucitado que se haga presente en tu corazón y te dé la gracia del arrepentimiento y de la conversión. Pero también los que hemos resucitado con Cristo por la gracia, tenemos necesidad de que entre en nuestro corazón y se apodere totalmente de él. Él entra con más facilidad en una habitación con puertas de seguridad que en un corazón centrado en sí mismo y en sus cosas. Porque solamente hay una llave que él no puede abrir: nuestra libertad.

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"Paz a vosotros". La paz es el don del Resucitado. En ella está comprendida la gran reconciliación que abarca al mundo entero y que Jesús ha operado con su muerte para la vida del mundo. La paz del Resucitado es una realización del Crucificado; es decir, que sólo ha sido posible por su Pasión y su Muerte. Es la paz que brota del sacrificio de Jesús.

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También es importante para Juan la identificación: "y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado". El resucitado es el mismo que murió en la cruz. Por eso les muestra las manos y el costado. Las heridas de Jesús se convierten en su tarjeta de identidad. El Cristo resucitado y glorioso no borra de su personalidad la historia terrena de los padecimientos. Está marcado por esa historia dolorosa de una vez para siempre, de tal modo que ya no pueden separarse el resucitado y el crucificado.

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"Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor". La tristeza de los discípulos se convierte en alegría. La alegría es el sentimiento fundamental de la fe pascual. "Vosotros estáis tristes ahora -decía Jesús a los discípulos la víspera de su muerte- pero yo volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie podrá quitaros vuestra alegría" (Jn 16. 22). Ahora se cumple esta promesa de Jesús y el corazón de los discípulos se desborda de alegría.

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CREACION/RECREACION PAS/NUEVA-HUMANIDAD /Gn/02/07: "Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo". Es un gesto que recuerda el del creador, cuando infunde el espíritu vital en el rostro de Adán. Dice el Gn 2,7 "Sopló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente".

El don del Espíritu Santo, que Jesús concede a sus discípulos, es descrito de la misma forma que el don de la vida que Dios comunicó al hombre en sus orígenes. Y es que ahora, el día de Pascua, estamos al principio de una nueva humanidad, ante una nueva creación. Nace la Iglesia: comunidad de hermanos y de misioneros.

-Comparten lo que tienen, sin preocuparse mucho por el día de mañana. Surge una comunidad que derriba todo tipo de fronteras porque se funda en la comunión de una misma fe, de un mismo amor y de una misma esperanza. Una comunidad de renacidos y de vencedores. Que en las aguas del bautismo han nacido a una nueva vida y han vencido el poder del pecado y de la muerte.

-"Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". Nace una comunidad de enviados, de misioneros C/MISION, que debe anunciar a todos los hombres esta buena noticia del amor de Dios. Un amor de Dios a cada uno de los hombres, que no puede fracasar nunca si nos fiamos de Él, a pesar de los sufrimientos incomprensibles y absurdos en que nos encontremos. Un amor de Dios que no puede fracasar, como lo ha demostrado resucitando a Jesús de entre los muertos.

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I/ES

El Santo Padre habló sobre la importancia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. Para dar peso a sus palabras, recordó que en sus orígenes, tras la muerte y resurrección de Cristo, la Iglesia no era más que un núcleo cerrado y estático de unas 120 personas. Sin embargo, tras Pentecostés se convirtió en una bomba explosiva de unas 3 mil personas, que irradiarían el mensaje del cristianismo por los cinco continentes, hasta el punto de que la historia ha quedado dividida en dos: antes y después de Cristo.

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-"... a quienes les perdonéis los pecados...". El fruto de la obra redentora de Jesús es, en primer lugar, el perdón de los pecados.

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TOMAS/INCREDULO: En este texto no se trata, en primer término, del "incrédulo Tomás" que, como tal, se ha convertido en un personaje perenne; quienes interesan son los destinatarios del evangelio de Juan, aquellos cristianos que no tuvieron un contacto directo con el Jesús terreno ni tampoco con los primeros discípulos y apóstoles, y a los que tampoco se les apareció el Resucitado.

Pertenecemos a esos destinatarios del evangelio todos los cristianos de hoy. Para todos nosotros vale la bienaventuranza que constituye la cumbre del relato: "Dichosos los que crean sin haber visto".

Para el evangelista la fe pascual en el Señor JC vivo no necesita en absoluto de las apariciones pascuales. El discípulo amado sólo tuvo necesidad de entrar con Pedro en la tumba vacía para llegar a la fe, "vio y creyó". Posiblemente, respecto de la fe, Juan ha considerado las apariciones pascuales de modo parecido a los milagros: "Si no véis señales y milagros, no creéis" (/Jn/04/48). Para él, las "señales y milagros" son, más bien, una concesión a la debilidad humana. Pueden incluso llegar a ser algo peligroso para quienes se detienen en los efectos sensacionalistas de los milagros sin descubrir su carácter de signo, a través del cual el hombre debe llegar en definitiva a la fe en Jesús. Pero, en el fondo, a la fe se llega sólo "por la palabra" de la predicación en la Iglesia.

En el tiempo de la Iglesia en que nosotros vivimos, que no hemos conocido a Jesús según la carne, la fe no se origina en el ver, sino en el oír, como dice san Pablo (/Rm/10/17): FE/ESCUCHA: la fe viene de la predicación. No tenemos otro medio de llegar a la fe que el testimonio apostólico que se transmite en la predicación de la Iglesia. Pero sobre nosotros recae también esta bienaventuranza.

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C/PRESENCIA-J: Tomás no interesa aquí como personaje histórico, sino como tipo de una determinada conducta. La figura de Tomás viene introducida con ocasión de no haber estado presente en la primera aparición pascual de Jesús a los discípulos. La aparición tiene lugar "a los ocho días" de la primera aparición. Esto parece indicar que, para san Juan, Cristo hace de la reunión de los discípulos en nombre del Señor resucitado (nuestra reunión dominical: la Eucaristía) un signo de la presencia de Cristo. Tomás vuelve a ver a Jesús cuando se reúne con los "suyos", con los otros discípulos: cuando acepta humildemente estar con los otros, aunque no los entienda a fondo.

Tomás representa la figura de aquél que no hace caso del testimonio de la comunidad ni percibe los signos de la nueva vida que en ella se manifiestan. En lugar de integrarse y participar de la misma experiencia, pretende obtener una demostración particular. No quiere aceptar que Jesús vive realmente y que la señal tangible de ello es la comunidad transformada en la que ahora se encuentra. La comunidad transformada es ahora lo importante: ella es el medio que las generaciones posteriores tendrán para saber que Jesús vive realmente.


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4 COMUNIDAD FE. INDIVIDUO GRUPO. TRADICIÓN IGLESIA MEDIACIÓN.

La vida, la vida humana, discurre por ese difícil equilibrio entre -dialéctica insoslayable- el individuo y el grupo, la libertad y la norma, la espontaneidad y la tradición. Somos creyentes. Y nuestra fe es ciertamente herencia y tradición, entrega. Y por eso mismo la fe sólo puede ser aceptada, interiorizada, personalizada FE/PERSONAL Nadie puede creer por otro. La fe que nos salva, no es ciertamente la de nuestros mayores, sino la nuestra. La fe, por otra parte, es don de Dios que se nos confiere en el bautismo; pero es, al mismo tiempo, aceptación y respuesta del hombre a la gracia de Dios. Creer no es sólo, ni sobre todo, creer en Dios, sino creer a Dios, abrirle crédito en nuestra vida, para que su palabra resulte eficaz en nuestra biografía.

FE/COMUNIDAD: Pero simultáneamente la fe nos remite constantemente al grupo, a la Iglesia. Porque lo que creemos no lo hemos inventado, sino que lo hemos recibido en cadena. Y el primer eslabón de esa cadena es siempre la fe de los apóstoles, cuya experiencia es irrepetible. Y porque la fe, la fe que recibimos en el bautismo, es una fe respaldada por la comunidad -la fe de la Iglesia- que sale garante del desarrollo de nuestra fe. La fe, como la vida y la enseñanza, no es algo que se recibe de una vez por todas, sino que es susceptible de educación. Nuestra adscripción al grupo de creyentes, al pueblo de Dios, es garantía de fe, indispensable en el niño tanto como en el adulto. La comunidad, la Iglesia, educa, es decir, hace posible el desarrollo de la fe y, al mismo tiempo, la Iglesia se va edificando y construyendo desde la fe del pueblo de Dios.

La pretensión de Tomás de no aceptar el testimonio del grupo tiene el mérito de haber puesto de relieve el carácter personal de la fe. No creemos porque nos lo dicen. Sin embargo, la actitud de Jesús de reducir a Tomás a la comunidad de los once, ejemplariza la necesidad de mediación de la Iglesia. No podemos creer si no nos lo dicen. La fe, sentenciará Pablo, viene por el oído, por la comunicación, por la tradición, por la Iglesia.

EUCARISTÍA 1975, 24


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5.

Hubo unos primeros cristianos, unos primeros discípulos de Jesús, que convivieron con él en el espacio y en el tiempo; tuvieron esa especie de "suerte" de haber nacido en los mismos años que él y en el mismo espacio geográfico y cultural que Jesús de Nazaret. Pero esa "suerte" no puede engañarnos:

-ellos, por el simple hecho de convivir con él, no lo tuvieron más fácil; en todo caso, quizá sería más adecuado hablar de que tuvieron "mayor responsabilidad" pero no "mayor facilidad";

-ellos también tuvieron que aprender a confiar; está claro que las cosas no fueron tan fáciles y sencillas como nosotros a veces pensamos (¿quizás interesadamente, para justificar nuestra indecisión?); ahí está el ejemplo de tantos otros que también convivieron con él y, sin embargo, no sólo se negaron a reconocerlo como el Mesías, sino que lo llegaron a identificar con Belcebú;

-por tanto, aquellos primeros discípulos de Jesús también tuvieron que aprender a interpretar los signos que él hacía;

-y el hecho de que pusieran su confianza en él muchas veces les trajo graves y serias complicaciones, no facilidades.

LOS PRIMEROS DISCÍPULOS Y LOS QUE NO CONVIVIERON CON JESÚS. Hubo, pues, unos primeros discípulos que vivieron unas situaciones especiales, diferentes -no más fáciles-; pero esa realidad, una vez muerto y resucitado el Señor, se terminó. Y ahora empieza una nueva época, la época de los que ya no convivieron con el Señor Jesús.

Y, desde el primer momento, esa tentación ya comentada de pensar que los que habían convivido con el Señor lo tuvieron más fácil, se hizo realidad entre los discípulos. Por eso el evangelista sale al paso: los que creen por "haber visto", por haber convivido con Jesús, no son los más afortunados.

Y se proclama una nueva bienaventuranza: "Dichosos los que crean sin haber visto". CREER SIN VER. No se trata de apostar por una fe absolutamente ciega y sin ningún apoyo. Eso sería incluso contrario al propio mecanismo de la fe, que siempre necesita algunos signos que nos indiquen que la fe no es algo absurdo e ilógico, sino aceptable, creíble.

Simplemente se quiere animar al creyente que no vivió en contacto físico con Jesús -los cuales, dicho sea de paso, somos la inmensa mayoría- a no perder el tiempo "envidiando" a los que sí convivieron con él, a no creerse creyentes menos afortunados o de segunda categoría. Es verdad que aquellos tuvieron esa suerte, pero los demás tenemos otra suerte, otra dicha: la de ser creyentes aun sin haber convivido con él.

LOS QUE VIERON Y CREYERON. Los que tuvieron esa suerte de la convivencia física con el Mesías tuvieron una responsabilidad: fueron los primeros que tuvieron que hacer el ejercicio de interpretar correctamente la persona y la actuación de Jesús. Ellos se encontraron ante Jesús, como tantos otros, y tuvieron que dar una respuesta: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?"; una respuesta que, hasta entonces, nadie la había dado; tuvieron que hacer un gran esfuerzo de confianza para afirmar: "Tú eres el Mesías"; nos consta que no les fue fácil, que no lo consiguieron a la primera, que hubo deserciones

-Judas y otros-, negaciones -Pedro-, confusiones -los hijos del Zebedeo queriendo sentarse a la derecha y a la izquierda-, vueltas atrás cuando parecía que ya habían comprendido -"¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?"-. Al final, lo consiguieron y así ahora nos facilitan a nosotros el camino (y, en esto, ciertamente, somos más afortunados que ellos, lo tenemos más fácil):

-Dándonos, de antemano, la respuesta adecuada, para que nos sirva de orientación, de meta hacia la que debemos caminar.

-Dándonos el ejemplo de sus propias dificultades y de cómo las superaron, de su propio proceso de fe y de cómo llegaron a la meta, a la confesión de que Jesús es el Mesías. Ahora somos nosotros los que, con el camino abierto, tenemos que seguir interpretando los signos que nos hablan del amor y la presencia de Dios entre nosotros.

-Una tarea difícil, ciertamente; a veces nos encontramos con signos muy difíciles de interpretar: la muerte de un niño, el hambre de millones de hombres, las guerras entre hermanos, el dolor de tantos inocentes... Es difícil encontrar ahí a Dios; pero también hay que decir que ahí es donde más fuerte se hace su presencia

-Una tarea comunitaria: muchas veces pretendemos comprenderlo todo por nuestra cuenta y riesgo; olvidamos que mientras Tomás no estuvo reunido con todo el grupo, con toda la comunidad, no fue capaz de comprender y creer lo que había pasado con Jesús. Que es exactamente lo que nos sucede muchas veces a los cristianos, que hemos hecho de la fe una cuestión absolutamente individual, sin apenas contar con la experiencia, el testimonio y la ayuda de los hermanos.

-Una tarea evangélica, la de discernir e interpretar el sentido de los acontecimientos; es el ejercicio práctico de nuestra condición de ser "la luz del mundo y la sal de la tierra"; tarea que muchas veces no somos capaces de realizar simplemente porque nosotros mismos nos movemos en la oscuridad, nos falta esa luz que primero nos ilumine a nosotros y luego nos ayude a iluminar a los demás.

-Una tarea necesaria, para que el género humano no caiga en la desesperanza, no piense que todo está perdido o, a lo sumo, se conforme con un cierto grado de bienestar material como si eso fuese a lo más que el hombre puede aspirar (...).

LUIS GRACIETA
DABAR 1987, 26


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6. FE/CRISIS/I  FE/ABANDONO.

Querido Tomás, apodado el gemelo, el mellizo. ¿Por qué huiste de la Comunidad de los Doce que el Señor Jesús formó? ¿Te pareció que no ibas a ninguna parte con el grupo de pobres que el Señor congregó? Impulsivo Tomás. Te creías fuerte y decidido, con impulsos de mártir: "¡Vamos allá y muramos con Él!" habías dicho cuando lo de Lázaro, ¿recuerdas?

Te comías el mundo, joven intrépido, y ahora tienes aire cansino, ojos enrojecidos, espíritu derrotado por una muerte y un fracaso con los que nadie queremos contar. (...). ¡Mi querido hermano, te llames como te llames! Te fuiste de la Iglesia porque su crisis te aplastó. Tuviste una juventud intrépida y ardorosa. Quisiste hacer un mundo según Dios... y todo se acabó. La modernidad, el secularismo, la desmitologización, la "muerte de Dios".

¿Para qué seguir en el Seminario? ¿Para qué grupos apostólicos? ¿Qué sentido tiene ser apóstol? J/DERROTADO/RS:Viste a Jesús muerto y derrotado por la eficacia, la técnica, la psicología, la política. Abandonaste el Seminario, el grupo, la parroquia, la Iglesia. (...).

Pues te digo una cosa: "!HEMOS VISTO AL SEÑOR!" Era necesario que sobre la debilidad humana, apareciera resucitado el poder de Jesús. Tomás apodado el mellizo. Cuánto gemelo de Tomás entre los hombres de nuestra generación. ¿Por qué resignarse a perderlos definitivamente para el Anuncio? Ni siquiera es prudente esperar hoy en el Cenáculo a que regresen contando tristezas. Tal vez sea la primera urgencia de quienes reencontraron al Dios de los padres presente en Jesús resucitado, salir al encuentro de los hermanos que se fueron el día de la dispersión. ¿Cómo olvidar que fueron llamados por Jesús para ser testigos de la Resurrección? En la Historia de la Salvación que Dios gusta hacer con los hombres, ellos son tal vez los más indicados para, ya que han hecho tan larga y cruda experiencia de muerte, poder proclamar con humildad y alegría: "¡Señor mío y Dios mío!".

MIGUEL FLAMARIQUE VALERDI
ESCRUTAD LAS ESCRITURAS
COMENTARIOS AL CICLO C
Desclee de Brouwer BILBAO 1988.Pág. 73


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7. EXP-PASCUAL

La cruz y la muerte habían llevado la tristeza, el desánimo y el miedo a los corazones de los discípulos, como acostumbran hacerlo con el común de los mortales. Estaban allí, agarrotados sus corazones por el miedo, con los cerrojos echados bloqueando salidas e ilusiones.

No resolvía su problema el sepulcro vacío, que pudiera significar tan sólo el rapto de un cadáver; aunque Juan "vio y creyó". Lo que realmente iba a transformar la vida de los discípulos, es lo que ha dado en llamarse "la experiencia pascual": sentirse resucitados con la fuerza del Resucitado.

Jesús aparece con la paz. Nada mejor podían recibir aquellos corazones atribulados y con explicable complejo de culpabilidad.

No viene Jesús a echarles en cara su traición. Un aire nuevo irrumpe en la casa con la presencia de Jesús: el perdón de los pecados y el Espíritu Consolador. ¿No os había dicho que no me enviaba el Padre a condenar sino a salvar? Pues ahí tenéis mi Palabra cumplida: Paz a vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo: Recibid mi propio Espíritu y salid al mundo a hacer presente el perdón de los pecados.

El evangelio de hoy habla de dos apariciones de Jesús, la primera tiene todo el perfume de la celebración de un sacramento: el domingo, al atardecer, los discípulos perdonados y llenos del Espíritu Santo, que son enviados a llevar a los hombres el amor y el perdón de que han sido testigos.

Tres años de intimidad con Jesús de Nazaret; catequesis escuchadas y comentadas después en la intimidad; signos y prodigios de Jesús... Todo pudo haberse quedado en la estupenda experiencia de haber conocido de cerca un gran Maestro y Profeta suscitador de esperanzas, que había acabado -como acaba todo- con la muerte. Pero la experiencia pascual, contra lo que no caben argumentos, los hace cristianos: Testigos de la Resurrección, que proclaman que Jesús de Nazaret es el Cristo Señor.

Cristianos nominales, bamboleados por todo viento de doctrina, víctimas de la decepción y la duda, pueblan hoy nuestras asambleas cristianas. Hay un serio esfuerzo por reconvertirlos a una fe adulta y renovada por la doctrina conciliar. Pululan cursos y cursillos, multicopias, folletos y libros, llamadas a la participación eclesial, al compromiso con el mundo y a la oración... Todo puede quedarse en una estupenda pero frustrante anécdota, si no culmina en la experiencia pascual. Ni cursos, ni libros, ni catequesis, ni convivencias, pasan de ser el prólogo que ha de abrir las puertas a esa experiencia. Lo que confirma cristianos-creyentes- enviados, es la celebración festiva del perdón de los pecados y del poder del Espíritu creador de unidad.

No es preciso, para confirmar la fe, tocar físicamente a Jesús. Él ha dejado, al alcance y servicio de todas las generaciones, la experiencia pascual. Tomás, uno de los doce, no estaba con sus hermanos comulgando con su miedo y su decepción. Se había ido a hacer la guerra por su cuenta. Pero ¿qué podría llevar Tomás al mundo sin ser testigo de la Resurrección? ¿Y qué podrá llevar el discípulo de hoy, cargado de ideas, adoctrinado y actualizado, lleno incluso de la mejor voluntad redentora, si no le es dado vivir tal experiencia? Poco más que teorizar sobre idealismo de comunidad cristiana, culturizar, ideologizar, religiosizar y tal vez hacer beneficencia o justicia.

¡Dichoso el que viva hoy la experiencia pascual! No ha visto a JC y lo ama; no lo ve y cree en Él; y se alegra con un gozo indecible, transfigurado, alcanzando así la meta de la fe: la propia salvación; la vida en comunión que nos hace testigos de cómo Dios sigue salvando.

Los sacramentos que Él nos dejó, celebrados con alegría como acontecimiento salvador, ponen al alcance de la mano el poder exclamar hoy como ayer lo hizo Tomás: "JESÚS ES EL SEÑOR".

MIGUEL FLAMARIQUE VALERDI
ESCRUTAD LAS ESCRITURAS
REFLEXIONES SOBRE EL CICLO A
DESCLÉE DE BROUWER/BILBAO 1989 .Pág. 79


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8. PAZ/RS  PAZ/PERDERLA:

Paz es el nombre de la resurrección. Cristo, cuando se aparece a sus discípulos, utiliza la palabra "shâlôm", que era un saludo familiar para todo israelita, una expresión augural. La paz era un don de Yahvé, y más que un vocablo, era un concepto teológico. El estado de paz, en una persona, indicaba una condición de plenitud, de bienestar, realizable solamente por medio de una íntima comunión con Yahvé.

El resucitado, pues, augura la paz. Y se trata, bien entendido, de su paz. Detengámonos a considerar esta paz que hemos de poseer en nosotros mismos, para poderla irradiar a los demás y así llegar a ser -usando el lenguaje de las bienaventuranzas- "constructores de la paz".

Como de la alegría, también de la paz, se puede decir que existen en el comercio dos tipos. La nuestra y la que nos dan los otros. La primera tiene características de inalterabilidad. La otra existe bajo el signo de lo precario y lo provisional. Me explico con un ejemplo. Pablo es un niño simpático. Un día decide construir una cabaña en su propio patio. Convoca a los compañeros de juego y todos se comprometen a colaborar en la empresa. Uno trae los palos, otro una tienda, otro una silla, otro una estera, otro un florero, otro un espejo...

El pacto se mantiene durante algunas semanas. Una tarde los chicos riñen con Pablo. "Si no fuese por mi patio...", se hace el fuerte. "Pero nosotros hemos puesto todo lo demás". Al terminar la acalorada disputa, cada cual retira lo que había ofrecido para la construcción de la cabaña. Cada uno recupera precipitadamente su propiedad y se la lleva a casa. Todo se deshace en un momento.

¡Y Pablo se queda con su patio vacío y una escoba! Aquí está todo el problema. ¿Con qué materiales hemos fabricado nuestra paz? Cuando alguno se queja en el confesonario: -Padre, me han hecho perder la paz... Yo respondo: -Si los otros se han llevado su paz, es porque no era verdaderamente tuya. Los otros se han limitado a recuperar lo que habían prestado... Estaban en su derecho. Demasiadas veces nuestra paz está construida con materiales que no nos pertenecen. Uno nos da una migaja de confianza, otro nos ofrece un poco de comprensión, otro todavía una pizca de estima por nuestro trabajo, una manifestación de consenso con nuestras ideas, una sonrisa, un elogio.

Y nosotros vivimos en paz en nuestra cabaña. Todo marcha a la perfección. No tenemos el valor de reconocer que tal construcción se mantiene en pie con materiales prestados. Que nuestra paz depende, en realidad, de lo que han puesto los otros. Luego, un día hay un grande o pequeño incidente. Alguien retira su parte (un desaire, una incomprensión, una advertencia injusta, una indelicadeza, una malignidad, una interpretación malévola de una acción nuestra). Y nuestra paz se viene abajo. Es natural. No era nuestra. Simplemente hemos perdido lo que no nos pertenecía. La paz que no es nuestra dura mientras todo va bien. La paz nuestra, en cambio, dura también cuando todo fracasa. "No tengo ya paz...". No la has poseído de verdad nunca. La que tenías estaba expuesta a la intemperie, a las variaciones meteorológicas, al capricho de los otros, a los humores cambiantes de las personas que viven a tu lado.

Para que la paz sea nuestra, es necesario recibirla como don de Cristo. El nos da su paz. Y no la vuelve a tomar ya. Nos pertenece. PAZ-CRISTIANA/NOTAS: Pero tengamos presentes, según invitación de un estudioso ·Ricca-P, las características fundamentales de esta paz suya, que puede hacerse también nuestra, si la queremos, si la aceptamos.

Es una paz crítica. Es una espada que corta, divide, parte ciertas ligaduras. Por lo que esa paz representa la crisis, y quizás el fin de nuestra paz.

Es una paz militante. "He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?" (Lc 12,49). No podemos separar este fuego de su paz. No se trata, pues, de una paz tibia, sino de una paz que quema, que deja la señal en la carne. La paz evangélica lleva al combate más que al reposo. No es un punto de partida sino de llegada.

Es una paz diversa. Excluye el miedo, brota de la lógica del ir más adelante, de la capacidad de andar contra corriente.

Y, finalmente, es una paz crucificada. Aquel que es nuestra paz, es también aquel que ha sido traicionado, arrestado, entregado, juzgado, condenado a muerte, crucificado. O sea, su paz es una paz rechazada. No es la paz triunfante como la "pax romana". Si esta paz todavía hoy se anuncia, se proclama, se vive, es debido al hecho de que Dios ha resucitado al crucificado. Por eso está aún presente y operante en medio de nosotros. La paz que nos da Cristo se sitúa en el centro, en las profundidades de nuestro ser, no se pega a la piel, con peligro de verla desaparecer al más ligero soplo de viento en contra. El es nuestra paz (/Ef/01/14:/Flp/04/07):.

Acoger la paz de Cristo significa acoger su persona, no simplemente un don suyo "separado". La paz es la consecuencia necesaria del don fundamental de su persona, y el signo más evidente de que hemos abierto de par en par las puertas a Cristo. En tal caso, solamente nosotros podemos perder esta paz. Desentendiéndonos del huésped. O también, lo que es igual, obligándole a cohabitaciones desagradables. La paz, más que una conquista, es una elección.

ALESSANDRO PRONZATO
EL PAN DEL DOMINGO CICLO C
EDIT. SIGUEME SALAMANCA 1985.Pág. 71


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9. C/RS.

Del evangelio de hoy podemos deducir una serie de realidades existentes en nuestra vida de fe que no debemos ignorar y, además, debemos tratar de llevar a la práctica. En primer lugar nos encontramos con que Jesús es el único y verdadero centro de la comunidad de los creyentes. La comunidad no es algo que se constituye "per se", espontáneamente; ni es algo surgido por un capricho de unos hombres empeñados en mantener vivo un sueño, ni una veleidad surgida de una cierta situación psicológica. La comunidad existe, única y exclusivamente, porque Jesucristo ha muerto y ha resucitado. Sin Cristo muerto y resucitado nunca hubiese surgido la comunidad: la única razón de ser del nacimiento y existencia de la comunidad es que Jesucristo ha muerto y ha resucitado. Jesús es, por tanto, el centro vital de la comunidad; y él mismo les da a sus miembros la confianza que necesitan para poder llevar adelante su misión: él, mostrándoles los signos de su triunfo sobre la muerte, les anima a trabajar positivamente en la misión de trabajar en favor de la liberación de los hombres.

(Dos primeras cuestiones prácticas a plantearnos: ¿es Cristo muerto y resucitado el centro de nuestras comunidades? ¿Nos anima su presencia a trabajar por la liberación de los hombres?) De este modo la comunidad se constituye en la alternativa que Jesús ofrece a los hombres para sacarlos de su situación de cerrazón. El fue alternativa de vida en su momento; ahora, que ya no está presente como hombre, brinda a la humanidad la posibilidad de que esa alternativa continúe en pie, presente entre los hombres: él -su alternativa- se mantendrá viva entre los hombres a través de la comunidad: por supuesto, la comunidad que se mantenga fiel a Cristo muerto y resucitado.

(Otra cuestión: ¿son nuestras comunidades alternativa real y válida al mundo de hoy, consumista, materialista, pasota, egocéntrico, insolidario...?) Al mismo tiempo esa comunidad, al igual que continúa la misión de Jesús de ser alternativa al mundo y al hombre, también continúa otra tarea de Jesús: testificar ante el mundo el amor del Padre a los hombres.

I/SACRAMENTO C/SACRAMENTO: (¿Nuestras comunidades son muestra clara y palpable del amor de Dios Padre a los hombres? ¿Cómo? ¿En qué?) Tan cierto es que la comunidad se constituye exclusivamente por la vida de Cristo; tan cierto es que la comunidad se convierte en la prolongación de la doble misión de Jesús de mostrar el amor del Padre y ser alternativa a la humanidad que, en el fondo, la fe se caracterizará por ser la capacidad de reconocer esa presencia de Jesús en la comunidad puesto que, por otra parte, la comunidad no es sino el lugar lógico y natural en el que se hace presente el amor de Dios y a través de la cual él mismo se hace presente en el mundo (o como suele formular tradicionalmente: la Iglesia es el sacramento del encuentro con Dios).

(¿Se reconoce la presencia de Cristo en nuestras comunidades?, ¿son éstas lo suficientemente claras y transparentes como para que cualquiera descubra, a su través, el amor de Dios?) El caso de Tomás (que ocupa medio Evangelio de hoy) merece su consideración especial. No se trata de relatar un hecho aislado que pudo suceder para informarnos de la cuestión. Si algo es proverbial en el Evangelio de Juan es su intencionalidad en todo lo que relata. ¿Cuál tiene en esta ocasión? Tomás es, ante todo, una figura-tipo que representa a todo aquél que desoye la voz de la comunidad, a todo aquél que no es capaz -por las razones que sean- de percibir los signos de esa vida nueva que, con Jesús y a partir de él, ha comenzado para todos los hombres. Tomás es la figura de todo aquél que en lugar de integrarse y participar de la experiencia colectiva de la comunidad (experiencia de vida, experiencia transformadora, experiencia salvífica, experiencia de que el crucificado está vivo) busca una demostración (una demostración de algo que pertenece a un plano bien distinto de lo empírico pero, no por eso menos real); Tomás es la figura del que en lugar de buscar al Resucitado, fuente de vida, trata de encontrarse con una reliquia del pasado; una reliquia que, por otra parte, no va a encontrar.

Nuestras comunidades deben revisarse, por tanto, a la luz del evangelio y tratar de descubrir si realmente son lo que deben ser; las comunidades aparecen, sobre todo, como la única salida viable a la experiencia de fe; la fe se recibe de la comunidad eclesial (como don de Dios) y en ella debe vivirse. Y comunidad que no es centro irradiante del amor de Dios deberá cuestionarse seriamente, si, por muy dentro de la ortodoxia dogmática que esté, es comunidad eclesial que vive gracias a la vida del resucitado.

DABAR 1981, 28


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10.

Todos los evangelistas nos hablan de la poca fe que dieron los discípulos de Jesús a las primeras noticias y rumores sobre el hecho de la resurrección del Maestro, en especial cuando estas noticias venían del círculo de las piadosas mujeres; pero solamente Juan nos ofrece un caso concreto en el que ejemplariza esa actitud escéptica y desconfiada. Ahora bien, en el contexto del cuarto evangelio el comportamiento de Tomás respecto al grupo apostólico y su confesión final significa un punto culminante en el que se cierra toda la narración evangélica y se entrega a la responsabilidad de los lectores y de cuantos con el tiempo se vean confrontados con el testimonio de Juan. Pues todo cuanto ha sido escrito, lo ha escrito el evangelista para que creamos y, creyendo, tengamos vida en el nombre de Jesús. Por eso, al escuchar hoy este evangelio proclamado por la iglesia, nos encontramos en una situación semejante a la de Tomás respecto a los otros apóstoles que vieron al Señor. Para Tomás no fue suficiente el testimonio de sus compañeros y exigió verlo todo con sus propios ojos y aun tocar con sus manos el cuerpo de Jesús resucitado. Para nosotros, el testimonio apostólico que nos llega en la predicación de la iglesia deberá ser suficiente. Jesús tuvo para Tomás un reproche, y para cuantos creyeran aun sin haber visto pronunció una bienaventuranza. Sin embargo, la bienaventuranza de Jesús no debemos entenderla como la simple aprobación de una fe convencional que se desarrolle en creencias y rutinas y vacía de toda experiencia pascual y de todo compromiso.

Tomás era uno de los doce. Y como los doce, Tomás había sido testigo privilegiado de cuanto hizo el maestro y de cuanto dijo a partir del bautismo en el Jordán. Le había seguido a todas partes, le había acompañado en su último viaje a Jerusalén, donde le había visto morir entre dos ladrones y fuera de los muros de la ciudad Santa, como si fuera un excomulgado. Más aún, Tomás había pronunciado en un momento de duda y desconcierto estas palabras hermosas: "subamos, y muramos con El", pero la muerte de Jesús en el calvario había sido también para Tomás la muerte de todas sus ilusiones y de todos sus ánimos. Aunque Jesús había anunciado repetidamente a los suyos que sería entregado a los sacerdotes y a los jefes de Israel para que le dieran muerte y que resucitaría al tercer día, es claro que Tomás lo mismo que los doce no comprendió nada de esto. Tomás no esperaba en absoluto la resurrección de Jesús. Sin embargo aquella tarde del domingo, a los tres días de la crucifixión, Jesús se presentó a sus discípulos, que se habían encerrado por miedo a los judíos, y les dio la paz y les devolvió la alegría, y les enseñó las llagas de sus manos y el costado abierto para que fueran testigos de su identidad y creyeran que el que había sido crucificado es ahora el que vive para siempre. Jesús los envió al mundo como El mismo había sido enviado por el Padre, y les dio poder para perdonar los pecados y, exhalando su aliento sobre ellos, les dijo: "recibid el Espíritu Santo". Esta venida de Jesús cambiaba por completo la situación de sus discípulos y enriquecía la vida del grupo con la inapreciable experiencia de la verdadera vida. Sólo Tomás seguía con su pena y su recuerdo sin esperar nada, porque "Tomás uno de los doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús". Y aunque sus compañeros le decían: "hemos visto al Señor", Tomás no se dejaba sorprender por esta noticia, y no les hacía ningún caso. Frente al testimonio unánime de todo el grupo, Tomás se encuentra solo. Jesús reprochará a Tomás su conducta disidente, y el evangelista san Juan tomará buena nota de las palabras de Jesús para hacernos ver que no es así, a la manera de Tomás, como nosotros podemos y debemos llegar a la fe.

Fe/personal: Con todo, la fe de Tomás es ejemplar en cuanto en ella se expresa una respuesta personal que no se disuelve en las creencias del grupo. Es él mismo, Tomás el Mellizo, el que se encuentra inmediatamente con Jesús y confiesa: "Señor mío y Dios mío". Una fe así, ardorosamente vivida como penosa fue la duda que la precedió, con su propia biografía, es la que nos da la vida y da vida a la comunidad de los creyentes. Por eso Juan presenta la confesión de Tomás como punto final de su evangelio y en el que éste alcanza su objetivo.

FE/EXPERIENCIA  I/MEDIACION: Hay algo en la historia de la iglesia que es irrepetible: La experiencia apostólica de la resurrección y el testimonio de los Doce. Nadie puede llegar ya a la fe en Jesucristo tal y como llegaron los apóstoles, los testigos que vieron y oyeron al Señor. Por lo tanto, la mediación de la iglesia resulta absolutamente necesaria para la fe. Ahora bien, esta mediación está al servicio de la vida y, consiguientemente, al servicio de un encuentro personal con Cristo. Esto implica que la tradición no es simplemente una transmisión de verdades sobre Cristo, sino un proceso en el que se expande la nueva vida y enrola a todos cuantos entran por la fe en comunión con Cristo, el Señor, que es la Vida de nuestras vidas.

EUCA 1975, 24


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11.

-LA EXPERIENCIA DE LA RESURRECCIÓN RS/EXPERIENCIA
La resurrección, tal como la describe el Evangelio, es una experiencia antes que un acontecimiento y una verdad. Porque el acontecimiento histórico nadie lo vio en directo y la resurrección como verdad a creer necesitará tiempo para poder ser formulada. Entre tanto, nos encontramos con un puñado de hombres sometidos a una experiencia inaudita. Estos hombres reaccionan de manera distinta. Ahí tenemos el ejemplo tan diverso de Pedro, Juan, la Magdalena y Tomás.

Pedro, ante la alarma del sepulcro vacío y posible robo, va rápidamente a comprobar la situación, entra el primero en el sepulcro, ve las vendas y el sudario, que sería la prueba de no haber sido robado, y "regresó a casa admirado de lo sucedido" (Lc. 24, 12). En cambio, "el otro discípulo", según la tradición "entró.., vio y creyó" (Jn 20, 8). ¿Discípulo ejemplar? María Magdalena, según el Evangelio de Juan, es la primera que ve al Señor resucitado.

Tomás se pone terco con sus compañeros y para creer tiene que palpar y ver, para terminar haciendo una confesión de fe admirable. Y luego, como dirigiéndose a los discípulos de todos los tiempos, está la sentencia final: "Dichosos los que creen sin haber visto" (Jn. 20, 29). Parece que lo primero fue el sepulcro vacío, después las apariciones y la comprobación admirada de la presencia de Jesús, de que el mismo que había muerto en la cruz, con las señales recientes de sus heridas y llagas, estaba en medio de ellos y hasta compartía su mesa. RS/PASOS:Y así es como van pasando del asombro y sorpresa a la alegría de la experiencia de la resurrección. Al final, todos tienen esta misma experiencia, pero parece que llegan a ella por diversos caminos. Recordemos también a los de Emaús. Como toda experiencia, es algo muy personal y que requiere sus pasos de maduración, aunque al final se termine en una explosión de fe comunitaria: "es verdad, el Señor ha resucitado" (Lc 24, 34).

-LA IGLESIA EN PERSPECTIVA

Jesús prepara a sus discípulos, durante el tiempo pascual, para cuando él falte, dándoles instrucciones, según Lucas. El Evangelio de Juan nos recuerda cuatro cosas que el discípulo debe tener en cuenta o cuatro pasos por los que debe pasar. Lo primero que tiene que hacer el discípulo es reanudar la relación con el Maestro. En muchos sabemos que quedó cortada o muy disminuida con los acontecimientos de la pasión y muerte. El discípulo tiene que estar plenamente convencido de que ese Jesús que se le aparece ahora es el mismo que predicó el Reino de Dios y murió en la cruz. Esa identificación es primordial en la fe pascual. Una fe que aparece ahora prodigiosamente fortalecida y gozosa. Es el mismo Jesús, ahora el Señor.

Restablecidas las relaciones entre el Maestro y los discípulos viene el segundo paso, que es el envío. Jesús trajo del Padre una misión que ha cumplido. Esta misión ha de ser continuada ahora por los discípulos, por todos los discípulos, y no sólo por los doce. El tiempo de Pascua es un tiempo de preparación para el envío a la misión de evangelizar todo el mundo. La misión es elemento integrante de la fe, y es el segundo punto a tener en cuenta que aquí se nos recuerda, una vez que ya tenemos muy claro el primero, que consiste, como ya dijimos, en la identificación con el Maestro muerto y resucitado. El tercer paso es la donación del Espíritu. La vida del discípulo, como la de Jesús, no se entiende sin la presencia del Espíritu. Por eso les dice: "Recibid el Espíritu Santo" (Jn. 20,22). Lucas nos narrará cómo va a ser esa irrupción y presencia del Espíritu en la Iglesia. Aquí lo único que podemos hacer es tomar conciencia de la necesidad del Espíritu para cualquier tarea relacionada con la edificación de la Iglesia.

Y, por último, se señala como punto clave de esta misión el perdón de los pecados. No hace falta encarecer la importancia de esta enseñanza para los discípulos de todos los tiempos. Sin duda estaba en la intención del evangelista en relación con su Iglesia al escribir el Evangelio. Y es algo de lo que nos conviene tomar buena nota a los discípulos de hoy.

-UN MENSAJE DE VIDA, PAZ Y ALEGRÍA

La palabra vida se repite con frecuencia en el Evangelio de Juan y es como su meta: que tengan vida, vida abundante, vida eterna. Al finalizar el cuarto Evangelio se repite la idea. Paz es el saludo de Jesús resucitado. Se repite dos veces en tres versículos seguidos: "La paz esté con vosotros" (Jn. 20, 19-21). "Los discípulos, al verle, se llenaron de alegría" (Jn 20, 20). No era para menos. Y ésta es como una constante, a pesar de las grandes pruebas, en las primeras comunidades cristianas. Y es que se sentían salvados en la fe del Señor Jesús.

MARCOS M. DE ·VADILLO
DABAR 1992/26
(
http://www.mercaba.org
).

8 Homilias para la Misa del Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Mercaba.org).

30 HOMILÍAS QUE SIRVEN INDISTINTAMENTE PARA LOS TRES CICLOS DEL II DOMINGO DE PASCUA
12-19

 

12.

Frase evangélica: «Hemos visto al Señor»

Tema de predicación: LOS SIGNOS DEL RESUCITADO

1. Los que nos consideramos creyentes vivimos a menudo, como los discípulos del evangelio, «al anochecer», «con las puertas cerradas», llenos de «miedo». Estamos inmersos en la vieja creación. Nuestras comunidades están a veces replegadas, ocultas, sin dar testimonio.

2. Necesitamos que el Señor se haga presente y debemos reconocerlo por tres signos: la donación de la paz (hay que desterrar los conflictos), el soplo creador (hay que infundir aliento de vida) y los estigmas de Jesús (el sufrimiento por los otros es huella redentora). Jesús es el centro de la comunidad de creyentes testigos.

3. Pero la reunión termina cuando la misión comienza. El Señor nos invita a ser creyentes, con todas las dificultades de «ver», a ser testigos de reconciliación en un mundo dividido e injusto y a compartir la «vida» donde se dan sombras de muerte.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Somos capaces de ver y experimentar los signos de Jesús?

CASIANO FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 195


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13.

-El miedo los tiene paralizados

El texto que vamos a comentar es una catequesis sobre la resurrección. Una catequesis muy actual. Nos presenta la aparición de Jesús a los suyos el mismo día de su resurrección (Lucas y Juan), y de nuevo "a los ocho días" (Juan). Las dos -una sin Tomás y la otra con él- tienen lugar estando reunidos los discípulos y en domingo. Jesús no puede ser visto ni reconocido fuera de la comunidad reunida en su nombre (Mt 18,20).

El mismo día de la resurrección de Jesús, sus discípulos están reunidos en una casa. La situación en que se encuentran -"al anochecer..., con las puertas cerradas, por miedo a los judíos"- muestra su desamparo en medio de un ambiente adverso. El miedo los tiene paralizados. Es un grupo que se ha reunido para encerrarse y aislarse de los demás. Mutuamente se consuelan por el fracaso de sus ilusiones y esperanzas. El miedo es fruto de su inseguridad, de su falta de fe en Jesús resucitado. El mensaje de las mujeres no les ha liberado todavía de él. Quieren pasar desapercibidos, no llamar la atención, no establecer relaciones con nadie. Es la actitud que parecen tener muchas comunidades cristianas laicas y religiosas en la actualidad, desconocedoras de que si cerramos las puertas a los demás, las cerramos a Jesús vivo y presente en los otros. ¿Qué puede hacer una comunidad encerrada, sino vegetar? Al poco tiempo muere en sus miembros el sentimiento, el afecto, las iniciativas, las esperanzas, el deseo de caminar y progresar. Como los discípulos del relato, estarán juntos pero no vivirán en comunidad, al no unirles la fe en Jesús resucitado. ¿Qué puede unir a un grupo de personas que ya no saben mirar hacia el futuro? Encerradas en sus cuatro paredes, su vacío será cada día más desolador. Sólo la presencia del Resucitado les dará la firmeza y la alegría necesaria en medio de la hostilidad del mundo.

-La paz de Jesús

"Mientras hablaban" los dos caminantes de Emaús (Lucas), "se presentó Jesús en medio de sus discípulos". Ya no es un hombre como los demás, puesto que pasa a través de las puertas cerradas. La resurrección le ha otorgado un nuevo modo de existencia corporal. No es un espíritu: se le puede ver y tocar. Viene a llenar el vacío de los suyos, a devolverles la ilusión y la esperanza, a abrir las puertas y las ventanas cerradas de las casas que se dicen suyas. Ya nada ni nadie podrá obstaculizar su acción. El único verdadero escollo que tendrá siempre será su propia comunidad, los que están dentro; sólo ellos pueden tergiversar su mensaje y su vida, presentarlo como no es. Y es éste el único y verdadero peligro, como ha demostrado y sigue demostrando la historia de la Iglesia.

"Paz a vosotros". Su saludo es todo un proyecto de vida. Es la paz del profeta, del inconformista, del rebelde con causa, del pobre, del perseguido por ser justo... Una paz que es fruto de la lucha por la nueva humanidad; la paz del que ha vencido al mundo (Jn 16,33) y a la muerte. En medio del temor a la persecución que domina a los discípulos, Jesús los urge a la paz. Emplea la palabra "Shalom", saludo familiar para todo israelita.

PAZ-EXTERNA: Jesús nos da su paz, que en él indica plenitud, bienestar, alcanzable solamente por medio de una íntima comunión con Dios. Como de la alegría, también de la paz podemos decir que existen dos tipos: la nuestra y la que nos proporcionan los demás. La nuestra es inalterable; la que nos dan los otros es precaria y provisional. Si alguien o algo me hacen perder la paz, es prueba de que mi paz no es mía, es prestada. La paz que no es nuestra dura mientras todo va bien. En cambio, la paz nuestra permanece también en medio de los fracasos.

PAZ/DON: Jesús nos da su paz. Es una paz diferente, porque si nosotros la acogemos se convierte en nuestra; se sitúa en las profundidades de nuestro ser. Si acogemos a Jesús, con todas las consecuencias, alcanzaremos la plenitud de nuestro ser. No nos faltará nada. Habremos conseguido la paz.

La paz es el signo más evidente de que hemos abierto nuestra vida totalmente a Jesús. Esta paz, más que una conquista, es una elección: la elección de un todo. La paz es una totalidad. No se puede tener un poco de ella. Tener un poco es no tener nada. Es un don extremadamente comprometido, como lo es el que nos la regala.

"Les enseñó las manos y el costado", signos de su amor y de su victoria. No deben temer a la muerte que puedan infligirles los enemigos de la verdadera vida, porque ya nada ni nadie podrá quitarles la única vida que merece la pena ser vivida: la que él les comunica. "Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor". No es un fantasma; es el mismo condenado a muerte. Cuando la pena es más honda y más sin futuro, la alegría se torna más desbordante. Jesús ha muerto a un modo de vida, y ahora retorna para continuar en medio de ellos. La alegría es el signo de la presencia de Jesús resucitado.

Es en comunidad donde podemos palpar la presencia de Jesús como un bien común. También nos da su paz y su alegría como dones comunitarios. Quien no comparta su vida con los demás, no podrá alcanzar la paz y la alegría de Jesús resucitado, siempre presente en medio de los que comparten la paz, la alegría y la unidad del Espíritu. La alegría de la comunidad cristiana es fruto de la victoria de la vida sobre el pesimismo y la tristeza de la muerte, la expresión de una profunda paz interior.

La alegría, como la paz y la unidad, son virtudes que brotan de la pascua. Salen de dentro de nosotros mismos, del interior hacia afuera. No es producida por lo bueno que hay en el exterior, sino por el bien que tenemos dentro: la presencia de Cristo. Así lo entienden los discípulos, que se llenan de alegría a pesar del ambiente hostil que seguirá fuera. Muy pronto comenzará contra ellos la abierta persecución del sanedrín, como nos cuenta detalladamente el libro de los Hechos. La alegría que depende del exterior es muy limitada, porque no suprime la cobardía ante la vida ni tiene nada esencial para fundamentarla. Su alegría brotaba de la presencia del Señor, que jamás abandonaría a los que creyeran en él.

A partir de la resurrección de Jesús, contemplada desde la fe, todo cristiano tiene la obligación de ser optimista, porque no se puede ser creyente sin esa alegría profunda que brota de una fe consecuente. Si la fe no nos sirve para los momentos difíciles, ¿para qué la queremos?

-Los detalles de Lucas: /Lc/24/36-49

¿Ha resucitado Jesús y ha sido visto por sus discípulos? ¿Es real su triunfo personal sobre la muerte? Para responder a estas preguntas, Lucas utiliza el recuerdo de las apariciones del Resucitado, tal como se transmitían dentro de las comunidades. Sin embargo, su exposición tiene algo nuevo: al darse cuenta del peligro de interpretar estas apariciones como fenómenos psicológicos -"fantasmas", según el texto-, resalta la corporalidad de Jesús y la realidad física de su encuentro con los discípulos. Y así, quiere que le palpen las señales de los clavos y come delante de ellos.

La descripción es realista, pero impregnada también de un cierto misterio. ¿Por qué dice que Jesús "comió delante de ellos" y no con ellos?; ¿por qué los discípulos permanecen "atónitos" tanto tiempo?; ¿por qué no dice el texto que le tocaron, cuando se les invita a hacerlo? Lucas refleja el descubrimiento progresivo que hace la comunidad a medida que su fe en el Resucitado se va haciendo más profunda. Lentamente van comprendiendo los acontecimientos, hasta que llegan a descubrirlos llenos de una coherencia insospechada hasta entonces. Lo importante para el evangelista es que admitamos la realidad de la resurrección de Jesús, su valor como principio de la nueva humanidad, su función de comienzo de la historia verdadera de los hombres.

"No acababan de creer por la alegría". La resurrección es algo que sobrepasa la capacidad de comprensión humana. No acabamos de creer una pena que nos supera -la muerte de un padre, o de un hermano, o de un hijo, por ejemplo-. Lo mismo una gran alegría -la resurrección de los muertos-. ¡Qué difícil es al hombre abrirse a la vida eterna, incluso a los que hablan tanto de ella! Pero no podemos olvidar nunca que la esperanza de los cristianos se concentra en la verdad de la resurrección de Jesús y de toda la humanidad. Creer en Jesús resucitado significa cambiar toda la propia vida. Para ello necesitamos unos ojos abiertos por Dios.

Después de comer "delante de ellos", les explicó "todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de él", como había hecho con los caminantes a Emaús. Este pasaje debe ser como una síntesis de las conversaciones de Jesús con los discípulos durante los cuarenta días que, según Lucas (He 1,3), se les apareció para hablarles del reino de Dios. Les hace comprender que el plan del Padre sobre él no tenía nada que ver con el mesianismo ambiental, nacionalista y político; que todo lo que le ha sucedido está anunciado en las Escrituras; que "en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén".

Los discípulos serán "testigos de esto". Serán preparados por el Espíritu Santo para esta misión universal. Serán -seremos- verdaderos testigos en la medida en que anuncien su mismo mensaje. Responsabilidad que nunca reflexionaremos bastante.

-Su misión tiene que continuar

Mientras Lucas presenta a Jesús vuelto hacia el pasado con el fin de probar que su resurrección estaba prevista, en Juan está más bien orientado hacia el futuro y enviando a sus discípulos al mundo para que continúen su misión. Misión que supone una oferta de vida para siempre, de salvación-liberación para todos, fruto del Espíritu Santo. Es el Espíritu, fuente de esa vida, el que llevará a la humanidad a la comunión con Dios, con los hombres, con nosotros mismos y con toda la creación.

Para introducir la misión, repite Jesús su saludo de paz. Una paz que abarca el presente y el futuro, y que permanecerá en medio de las dificultades y enfrentamientos con el mundo. "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo". Los discípulos deben continuar la obra comenzada por Jesús, realizarla como él: por medio del amor hasta la entrega de la propia vida. Después de la experiencia que tienen de su resurrección, están ya preparados para continuar su tarea. Por eso, haciendo uso de su cualidad de resucitado, les transmite todos sus poderes. El envío de los discípulos es prolongación del que el Padre le hizo a él. Deben continuar su obra comenzada, y nosotros debemos continuar la obra de los apóstoles. ¿Lo hacemos? ¿Estamos contagiando a alguien nuestra fe? ¿Sentimos la Iglesia como algo propio? No anunciamos bien a Dios si no lo hacemos apasionadamente, vivencialmente, si su anuncio no es fruto del propio convencimiento y de la propia vida. "Exhaló su aliento sobre ellos", símbolo de la vida que concede Dios (Gén 2,7; Sab 15,11; Ez 37,9-14). Con él les infunde el Espíritu, la vida que supera la muerte y que les capacita para enfrentarse a ella.

"Recibid el Espíritu Santo". Jesús lo había prometido en varias ocasiones a sus discípulos, insistiendo que sólo él les llevaría a la verdad plena, a la nueva vida de hijos de Dios. Juan narra la venida del Espíritu sobre los apóstoles el mismo día de la resurrección de Jesús. Lucas, en pentecostés, cincuenta días después (He 2,1-11), haciéndola coincidir con la fiesta que celebraban los judíos para conmemorar la entrega de las tablas de la ley por Dios a Moisés en el Sinaí, lo que explica la gran cantidad de peregrinos que había en Jerusalén de todas las partes del mundo. Se lo da para que continúen su misión, comprometiendo toda su vida en la lucha contra el mal-pecado del mundo.

¿Cómo imaginarnos la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos -unos ciento veinte (He 1,15)-? Jesús marchó, y ellos vivieron reunidos, compartiendo la oración, las mutuas experiencias y recuerdos de Jesús. Y fueron descubriendo detalles de su vida y obra que hasta ese momento les pasaron desapercibidos. Y así, poco a poco, se fueron llenando del Espíritu de Jesús, de las profundas razones de su actuar..., y comprendieron..., y se vieron impulsados irresistiblemente a comunicarlo.

ES/EFECTOS: El Espíritu, que es Dios, está en el mundo desde su principio (Gén 1,2). Espíritu que se revela constantemente en los logros de los pueblos, en el amor y en el valor de cada hombre y cada generación. Espíritu que se ha embarcado en la misma historia de los hombres y que es para todos revelador de la palabra de Dios. Espíritu que llevará a su plenitud a la creación y a cada uno de nosotros.

¿Cómo conocer hoy al verdadero Espíritu? ¿Cómo seguirlo sin vacilaciones? Sólo un fruto revela con claridad al Espíritu de Jesús: un amor como el suyo. Todo lo demás será verdadero en tanto refleje ese amor: la institución, el culto, las palabras... P/PERDON/PAS: "A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". Van a ser sus enviados y tendrán el poder de perdonar los pecados. Algo insólito: "¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?" (Mc 2,7). Es el fruto principal de su resurrección, el núcleo de la enseñanza que deben transmitir a los hombres. Se necesita una victoria de la magnitud de la resurrección para arrancar el mal del corazón del hombre. Allí donde la conversión-perdón se extiende entre los hombres, allí donde existe una vida fraternal..., allí tiene sentido y puede comprenderse el triunfo pascual de Jesús. Fuera de este campo de conversión-perdón sin límites y de vivencia comunitaria, la resurrección de Jesús se presenta como un problema mítico o como un dato nunca demostrado ni demostrable en la historia de los hombres. La muerte-resurrección de Jesús es el gran juicio de Dios contra el mal. En estas palabras de Jesús sobre el perdón ha visto la tradición católica el origen del sacramento de la penitencia.

El pecado consiste en integrarse voluntariamente en el orden injusto. "Los pecados" son las injusticias concretas a que conducen la adhesión al montaje mundano y a sus principios. A los que involuntariamente han aceptado la situación de mal de la sociedad deben mostrarles el proyecto de Dios sobre ella y ayudarles a abandonarla y a convertirse, como hizo él con sus curaciones. Con los que se nieguen a ponerse de parte del hombre y se obstinen en su conducta opresora adoptarán una clara postura de denuncia, sin temer a las consecuencias que les puedan venir.

Juan no concibe el pecado como una mancha o un acto malo concreto, sino como una actitud del individuo. Para él, pecar es ser cómplice de la injusticia encarnada en la opresión y explotación de unos hombres sobre otros. Cuando el hombre cambia de actitud y se pone en favor del hombre. cesa el pecado. El perdón se hace imposible para el que no reconoce su pecado o no quiere salir de él. En éstos, el pecado persiste.

-Faltaba Tomás

"Tomás, uno de los doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús". No comprendía que la muerte no era el final, sino el encuentro con el Padre; no concebía una vida después de la muerte. Separado de la comunidad, está en peligro de perderse por no haber participado de la experiencia común. No sabía que no existe verdadera adhesión a Jesús mientras no se crea en la victoria de la vida; que mientras considere a la muerte como el final no logrará la libertad de los hijos de Dios ni le será posible cumplir el mandamiento de Jesús: amar como él ha amado. El miedo a perder la vida lleva a defenderla incluso con la violencia.

"Hemos visto al Señor". La frase jubilosa de sus compañeros formula la experiencia que tienen de Jesús, experiencia que los ha transformado al infundirles el Espíritu. La existencia de tal comunidad es la prueba de que Jesús vive.

Tomás no acepta el testimonio de sus compañeros. No se dejó contagiar por la vivencia que invadía los corazones y las bocas de todo el grupo, que proclamaban que habían visto a Jesús. Exige una prueba individual y extraordinaria: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo". Con sus palabras subraya Tomás su testarudez. Su postura no es de creyente. Aceptará la resurrección únicamente cuando se le muestre su evidencia. Sólo se fía de su propia experiencia, de lo que pueda tocar y palpar. Y eso ya no es fe.

Tomás sólo cree lo que ve, lo que toca. ¡Como si la única realidad existente fuese la sensible! No quiere vivir de ilusiones; no se atreve a creer en la dicha, en la alegría, en la felicidad. Parece que para él lo peor es siempre lo más seguro. Es la tercera vez que interviene en este evangelio (las otras dos: Jn 11,16; 14,5). Demuestra ser un hombre pesimista y práctico. Son duras las condiciones que pone a su rendición. Una dureza tan grande no puede provenir más que de un gran sufrimiento. Ha sufrido por la pasión y muerte de Jesús, se ha dolido de no haber estado a su lado. La consecuencia ha sido su falta total de esperanza.

¡Es todo tan actual! Tomás está muy cercano a nosotros: el camino de la fe no es fácil; requiere mucha sinceridad con nosotros mismos y salir de todo tipo de espiritualismo. ¿Creemos, o decimos que creemos? ¿Ahondamos en nuestra fe para saber si es nuestra, o es ambiental? La fe, como el amor, exige desprendimiento, pobreza de espíritu, ponerse en camino, trabajar por el reino de Dios. La fe no pide pruebas; se fía del Otro. Los cristianos no tenemos pruebas, sino signos. Y los signos máximos son los sacramentos y nuestra propia vida.

La duda de Tomás no está sólo en el hecho y en la posibilidad de la resurrección, sino también en que Dios se complazca precisamente en un hombre que sufrió semejante muerte. ¿Cómo es posible que aquella muerte tan ignominiosa sea realmente una victoria? La muerte de Jesús en la cruz es la prueba evidente de su fracaso, la señal más clara de que Dios no estaba con él. No es posible que Dios esté de su parte. Los cristianos afirmamos que creemos y aceptamos esta muerte ignominiosa de Jesús. Pero con nuestro modo de vivir estamos demostrando que nuestro mesianismo es otro. ¿No buscamos el éxito? ¿En qué se distingue nuestra vida de la vida de los no creyentes? ¿En meras palabras y algunos ritos sin compromiso?

-"A los ocho días"

Al domingo siguiente "estaban otra vez dentro los discípulos, y Tomás con ellos". Se refleja la costumbre de celebrar en ese día la reunión comunitaria.

"Llegó Jesús" y les saludó con las mismas palabras que el domingo anterior: "Paz a vosotros". Después invita a Tomás a que verifique en él las condiciones que ha puesto a sus compañeros para creer en su resurrección. Quiere que penetre en el profundo significado de su muerte y de su resurrección, y que sea consecuente. Acepta sus exigencias porque lo ama, porque conoce sus sufrimientos. Sabe que debe consolarlo, animarlo, abrirlo de nuevo a la vida, a la esperanza...

Pero no se le aparece a él solo. Porque se unió con sus compañeros, pudo Tomás experimentar la presencia de Jesús y sentirse miembro de la comunidad. La respuesta de Tomás es tan extrema como su incredulidad: "¡Señor mío y Dios mío!" Confesar a Jesús como Señor es aceptarlo como lo absoluto, como aquel por el que todo adquiere su verdadero sentido y sin el que nada tiene valor. Ha llegado también a descubrir la total identificación de Jesús con el Padre: "Dios mío". Reconoce en Jesús al Hombre-Dios; al Hombre pleno y al verdadero Dios. Confiesa al Jesús total: el de la muerte y el de la resurrección. Es la más clara y contundente profesión de fe de todo el Nuevo Testamento. "¿Porque me has visto has creído?" Jesús le reprocha el no haberse fiado de la comunidad y exigir una experiencia individual, separado de ella. "Dichosos los que crean sin haber visto", porque el futuro no se puede "ver"; se cree en él, se espera en él, pero no se le puede "tocar". El que cree en este futuro ofrecido por Dios en Jesucristo es creyente. Hemos de creer desprendidamente, sin buscar pruebas de ningún tipo, fiados en las palabras de Jesús. El evangelio queda así abierto al futuro. No pidamos pruebas. Un día lo veremos y tocaremos; un día nos convenceremos de la verdad de sus palabras y de su vida. Ese día ya no podremos negarnos a la dicha, al amor y a la presencia de Dios, porque le veremos cara a cara (1 Jn 3,2). Aquel día descubriremos que lo sabíamos desde siempre, que nuestro mayor sufrimiento había consistido en aparentar no haberlo creído.

Dichosos los que creen, porque serán libres. ¿Debería dejar Jesús de decir su verdad por ser demasiado luminosa? ¿Somos menos hombres porque creemos en el Hombre pleno, porque nos fiamos de las promesas del Padre? Racionalizamos demasiado la fe; por eso surgen tantas crisis.

-¿Cómo entrar hoy en contacto con la resurrección de Jesús?

¿Cómo podemos ahora aceptar y vivir un hecho tan insólito, tan sin precedentes? No por el camino del tocar, porque Jesús resucitado ya no es objeto de los sentidos. Hay unos ojos de la fe, una mirada profunda, contemplativa, especial del creyente, que es la que le lleva al encuentro con el Cristo glorioso.

REALIDAD/CONOCERLA: Juan es el evangelista que más profundiza en estas dos clases de ver, sobre estas dos fuentes de conocimiento: el conocimiento empírico, cientifista, que funciona mecánica y automáticamente y que se aplica a la técnica; y el conocimiento interior, personal, intuitivo, contemplativo, que es fruto de la fe, del riesgo, del amor, del compromiso, de la libertad, de la lucha por la justicia. Todos sabemos que quien no ama no opta, no confía, no se decide, no se arriesga; y vive cerrado a las realidades más sublimes y densas de la vida, porque se le escapan, le resbalan, le superan. Cuanto más sutil e importante es la realidad vital, más necesidad tenemos de aplicar ese mirar profundo del conocer interior, personal. Dios Padre y Jesús resucitado son las realidades vivientes y supremas que reclaman un especial esfuerzo para purificar nuestra mirada. De aquí arranca todo lo demás.

Nuestra fe en la resurrección no se apoya en los sentidos. Se fundamenta en la palabra del Padre. Para el israelita, la palabra significa la fuerza de la persona que se comunica y suscita en el interior del que escucha una transformación. La Palabra, que es Jesús (Jn 1,14), nos llega hoy a través de otros hombres como nosotros. Y sabemos que es la suya porque va acompañada de hechos, de signos, de Espíritu, de un amor que vence todas las dificultades. Son estas señales las que nos lo muestran vivo, compañero y hermano en nuestra vida.

J/RSD/H-AUTENTICO: La resurrección es un acontecimiento personal y social, que afecta decisivamente a la lucha que libramos los hombres por la libertad, la justicia, el amor, por la humanización y transformación de la sociedad, por encontrarnos a nosotros mismos como individuos y como comunidad. Es el anuncio de que él sigue siendo en cada época el hombre pleno, el hombre llegado a la plenitud, la meta de todas nuestras esperanzas, ilusiones y utopías; el Hombre que nos brinda a cada uno de nosotros la posibilidad del encuentro personal y absoluto con el Padre; el Hombre de la transparencia, del amor fraternal y universal, que nos empuja y nos reta diariamente; el Hombre vencedor de todo mal y de toda muerte. Es el triunfo de la humanidad utópica, "increíble", imposible de edificar con nuestras manos; el triunfo de las esperanzas de los pobres, porque el Pobre perseguido, Jesús, ha vencido el odio de los poderosos.

Después de la resurrección de Jesús no tenemos derecho a perder nunca la esperanza en el triunfo final de nuestra lucha liberadora en favor de la fraternidad universal. La victoria es segura..., pero -como le sucedió a Jesús- después de nuestra muerte. Esa muerte que sigue siendo hoy ley de vida para todos.

La fe en la resurrección de Jesús tenemos que vivirla como experiencia de un amor no manipulable, subversivo. Al hombre que nunca le ha sonado el mensaje de Jesús como intolerable y delictivo, no está preparado para creer en él. Desde el edicto de Milán -año 313- la fe está en rebajas, y la Iglesia se ha ido convirtiendo en unos grandes almacenes donde todos podemos entrar y apuntarnos, al resultarnos muy útil para vivir tranquilos y sin riesgos, dado su bajo precio.

Jesús resucitado vive entre nosotros, está en nosotros, sobre todo en nuestra lucha denodada contra todas las formas de muerte que siguen oprimiendo al hombre de hoy. Creemos en él si estamos presentes allí donde la muerte ha clavado sus garras. Si nuestra fe no nos lleva a luchar contra toda clase de muerte, ¿cómo podremos creer en la vida? Con esta apertura al futuro termina Juan el relato de los hechos de Jesús. Todo lo que sigue fue añadido después.

-Juan sólo ha contado algunos signos

"Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre".

Es el primer epílogo o colofón del cuarto evangelio. Después de la escena del lago de Tiberíades, el libro tendrá su segundo colofón final. El autor ha hecho una selección de los acontecimientos vividos por Jesús. La experiencia de los discípulos fue mucho más amplia de lo que está contado en el evangelio. Ellos son testigos de todo. Lo escrito tiene como finalidad conseguir la fe de los lectores y, con ella, la vida definitiva.

FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
ACERCAMIENTO A JESUS DE NAZARET- 4
PAULINAS/MADRID 1986./Pág. 354-364


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14.

-UN ERROR FRECUENTE

Afortunadamente van siendo cada vez menos quienes conservan la vieja imagen de que los judíos contemporáneos de Jesús eran "demonios con piel humana". La formación religiosa de los creyentes -e incluso de los no creyentes- va avanzando y ciertas cuestiones, muy claras para teólogos y biblistas, van estando claras también para la gran mayoría. Con todo, aún quedan muchos convencidos de que los judíos fueron unos hombres "malísimos", con un grado de maldad que jamás se volverá a dar en ningún otro ser humano.

Por eso vemos importante comenzar nuestras notas para la homilía de hoy con una constatación: Jesús, su actividad, su mensaje, su especial filiación divina, su resurrección..., no fueron realidades tan evidentes como, con frecuencia, hemos pretendido.

-LA "AMBIGÜEDAD" DE JESÚS: J/OPINIONES Todo lo referente a Jesús fue mucho más ambiguo, mucho menos evidente, mucho menos fácil de comprender y asimilar de lo que ha podido resultar para quienes hemos nacido en un ambiente cristiano y cristianizado; así, leyendo con detenimiento los Evangelios descubrimos cosas como éstas:

-Unos consideraron a Jesús como un profeta y otros afirmaron de él que estaba endemoniado.

-Hubo quienes afirmaron de él que tenía palabras de vida, mientras que para otros estaba loco y había que aislarlo.

-Otros lo tomaron por el Mesías, el Hijo de Dios, pero no faltaron quienes lo acusaron de blasfemo.

-EL JESÚS DE LOS EVANGELIOS

Si hacemos un sencillo trabajo de "limpieza" y liberamos a Jesús del mucho ropaje "mítico" con el que el paso del tiempo y el folklore popular lo han revestido, redescubriremos la imagen genuina que de Jesús nos transmiten los Evangelios; y, probablemente, muchos serían los que, al encontrarse frente a él, sin folklores ni deformaciones, ya no les sería tan fácil tomar una opción ante él, como también es muy probable que quienes se declarasen discípulos suyos lo hiciesen con más convicción, con más seriedad, con más conocimiento de causa.

En definitiva, si hiciésemos ese esfuerzo de acercamiento a Jesús, muchos tendrían el mismo problema que tuvieron sus contemporáneos: ¿quién es Jesús?

-LA FE, MAS ALLÁ DE LAS EVIDENCIAS: FE/EVIDENCIA:

Muy relacionado con esto está la postura de quienes se preguntan por qué Dios nos deja notar su presencia en el mundo con claridad, para que todos lo vean y lo acepten; que a todos les pudiese suceder, más o menos, lo que le sucedía a Tomás en el Evangelio que hemos leído hoy.

Sin embargo, ahí mismo deja claro Jesús que, sin menosprecio de los testigos oculares, lo esencial de la fe no se mueve en el plano de las evidencias, sino en el plano de las convicciones íntimas y profundas; la fe es una opción que se realiza ante un Jesús que aparece como Salvador, pero que también puede ser percibido por el hombre como otro hombre más.

-JESÚS Y LA LIBERTAD DEL HOMBRE:
J/LIBERTAD: Jesús nunca se ha impuesto; ni entonces ni ahora. Jesús es una oferta gratuita que respeta la libertad del hombre; éste, libremente, debe conocer los "signos" realizados por Jesús e interpretarlos:

-Como actos más o menos valientes y valiosos de un hombre muy especial, íntegro, quizás un utópico soñador.

-O como la Palabra de Dios hecha carne, que viene a asumir plenamente nuestra condición y a darle, desde el misterio, un sentido. Pero elegir una postura u otra pasa por el respeto a la libertad del hombre. Y esto le da a la fe su aspecto doloroso y su aspecto grandioso.

-LA FE, ESFUERZO DOLOROSO:
FE/ESFUERZO:  FE/DUDA:

La fe no es, con frecuencia, cosa fácil; solemos olvidar que está apoyada sobre una duda no resuelta, aunque sí asumida y superada; solemos olvidar que la fe no es aceptación de una evidencia porque tal evidencia no es existente (so pena de que consideremos, a los no creyentes, o muy tontos o muy "malos").

Y esto hace de la fe una realidad que, en ciertos momentos, se percibe y se vive como una cuestión profunda y vitalmente dolorosa; porque hay momentos en los que las "evidencias" parecen estar en contra de la fe; y hay momentos en los que Dios parece guardar silencio; hay momentos en los que el creyente tiene la sensación de estar haciendo el ridículo, de estar nadando contra corriente, de estar fuera de onda.

Hay momentos en los que, como han afirmado muchos teólogos y místicos, el creyente se siente como desterrado de su mundo, como expatriado, como fuera de sitio.

-LA FE, ESPERANZA DEL HOMBRE

Pero no es menos cierto que, quien recorre ese doloroso camino, termina por conseguir la verdadera experiencia de fe; una experiencia más allá de toda teoría, una experiencia que se vive en lo más hondo del ser del hombre y que termina por ser la más fuerte de las convicciones.

Es la experiencia de haber encontrado, de forma vivencial antes que teórica, el sentido de la vida; o mejor: que Jesús da sentido a la vida del hombre. Y cuando la vida encuentra sentido, ésta brota con fuerza. Pero, atención: no se trata de un sentido cualquiera, ni de un sentido para la vida muy valioso: se trata del máximo sentido de la vida porque es el único realmente pleno, el único realmente válido. Porque es el sentido de la vida toda, incluida la muerte, que queda superada y vencida.

-Y DE ESTO SOMOS TESTIGOS

A partir de todo esto, ser creyente ya no se puede entender, en ningún momento ni bajo ningún sentido, como una simple aceptación de verdades, sino como un testigo vivo de las mismas.

Estamos en Pascua, el tiempo de la fiesta y de la alegría que nace en nosotros porque Jesús ha resucitado; y, si queremos transmitir este gozoso anuncio a los hombres, el mejor camino es vivir conforme a lo que creemos; lo demás servirá de bien poco. Y en este testimonio ocupa un lugar importante la humildad y la sencillez de quienes estamos convencidos de que el camino para llegar a la fe no es, normalmente, fácil. A esta fe, nos recuerda la exégesis, llegaron los apóstoles por medio de un signo: el sepulcro vacío; un signo que, para muchos otros, no significa nada especial. Pero ese pequeño grupo de amigos de Jesús supo leer aquel signo, supo ver con otros ojos que los de la cara y supo lo que aquello significaba.

Hoy día sigue habiendo signos, pero éstos siguen necesitando que alguien los llene de sentido, que alguien los sepa interpretar, que alguien los desvele apostando en ello su vida.

CR/TESTIGO:Ser testigos de Jesús muerto y resucitado es poner toda la vida al servicio de la causa de Jesús; ser testigos de Jesús no es participar de una tradición social y de unas costumbres ancestrales, sino tener la experiencia de que Jesús está vivo, dando sentido a mi vida personal y concreta, como da sentido a la vida de todos los que formamos la comunidad de los creyentes.

Ser testigos es vivir juntos, como hermanos, mostrando ante los hombres que nos sentimos y somos hermanos, porque todos tenemos un Padre común que nos llama a vivir una vida en plenitud.

L. GRACIETA
DABAR 1986, 23


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15.

EL MILAGRO DE LA PASCUA

Enseguida, después de la Pascua, empezaron a florecer los milagros. Todos estaban asombrados y se «hacían lenguas» del poder carismático de los apóstoles. Sobre todo, Pedro: su energía curativa alcanzaba a todos, incluso a distancia; no hacía falta que tocaran su cuerpo, bastaba pisar su sombra. Nadie puede dudar de que Pedro tenía «buena sombra». Y nadie puede dudar de que se cumplía la palabra del Señor: «El que crea en mí, hará las obras que yo hago, y aún mayores» (Jn 14,12).

Y, sin embargo, el mayor milagro pascual no es el que surgía de la palabra o el toque de los discípulos, sino el que se realizaba en los mismos discípulos. La transformación realizada en ellos a partir de la Pascua fue realmente milagrosa. Veamos lo que nos cuenta el evangelio.

-«Al anochecer de aquel día»

Una pincelada oscura. La oscuridad, el frío y el miedo envolvían el espíritu de aquellos que habían creído y habían seguido a Jesús. ¡Qué desilusión! Se sentían realmente avergonzados. Les quedaba la pena, el recuerdo, la querencia de Jesús. Habían llegado a quererle. Pero les quedaba también el amargo sabor de su dolorosa y humillante derrota. Y les quedaba también un miedo terrible. ¿Quién sabía hasta dónde llegaban las intenciones de las autoridades? A lo mejor intentaban, no sólo aplastar a Jesús, sino aplastar todo su movimiento. Por eso. "estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos".

Aquellos discípulos, aquella pequeña comunidad seguidora de Cristo, se encontraba herida de muerte. Podríamos distinguir cinco grandes heridas:

--Desilusión y falta de fe. Habían seguido a Jesús, pero nunca acabaron de entender su mesianismo. Su pasión y muerte supuso para ellos un verdadero escándalo, "piedra de tropiezo". Y todos tropezaron. Y eso que Jesús les había advertido de muchas maneras: "Os he dicho esto para que no os escandalicéis" (Jn 16. 1). Pero se escandalizaron. «Todos os vais a escandalizar» (Mc 14, 24). Quizá esperaban un gesto glorioso de Jesús a última hora. Mas no ocurrió nada. Y perdieron la fe en Jesús. El mismo Señor lo prevenía: «¡Simón, Simón! Mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo; pero yo he pedido por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando te recobres, confirma a tus hermanos» (Lc 22, 31-32). A pesar de esta oración, la fe de todos desfallecía.

-- Tristeza. La de Pedro era clara, porque no dejaba de llorar. Los demás tampoco levantaban cabeza. Tenían todos una losa encima que les pesaba más que la del sepulcro. ¡Y pensar que a estas horas las mujeres ya sabían lo de la losa y la tumba vacía! Estos discípulos miraban al pasado. No hacían más que recordar. ¡Qué días más hermosos habían vivido siguiendo al Maestro! Pero cada recuerdo les punzaba el alma. ¡Qué mal había terminado todo!

--Cobardía. Ya hemos señalado cómo se cuidaban de cerrar bien todas las puertas. ¿Y qué podían hacer? Antes se las prometían muy felices con dos espadas. Pero es que, claro, tenían el invencible escudo del Maestro. Privados de este escudo, ni doscientas espadas hubieran sido suficientes. Y cerraban bien las puertas, claro.

--Desunión. Dicen que la unión hace la fuerza, aunque poca fuerza puede hacer la unión de los cobardes. A lo mejor se desanimaban más unos a otros. Pero es que ni siquiera estaban unidos. Se cumplía una vez más la palabra del Señor: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas» (Mc 14, 27).

¿Dónde estaban las ovejas cuando mataron a su pastor? Y ahora mismo ¿dónde estaban los discípulos?: Tomás, por una parte; los de Emaús, por otra, y otros muchos que no sabemos dónde se habían metido, porque no sólo los doce seguían a Jesús.

--Desesperanza. Mirando al futuro, las cosas estaban muy oscuras. Realmente. ¿qué se podía esperar? ¿A dónde iban a ir? ¿Quién iba a liderar movimiento alguno? ¿Acaso Pedro, que había recibido promesas especiales? Ya sabemos cómo se encontraba. Lo mejor era, pues eso, volver cada uno a su casa y a su trabajo; tratar de olvidar y curar las heridas; atender a la propia familia que los estarían echando de menos, y, por fin, volver al lago querido. Todavía no se les había olvidado pescar.

Como vemos, se trata de una situación de muerte. En esta situación no hay persona ni comunidad que pueda durar mucho tiempo.

«Y en esto entró Jesús»

Es la experiencia de la resurrección. Entró Jesús y fue la luz. Entró Jesús y la noche se convirtió en día. Entró Jesús y las puertas se abrieron. Entró Jesús y el miedo salió temblando. Entró Jesús y la alegría les sonrió a todos. Entró Jesús y todos se renovaron. Entró Jesús y se pusieron a hacer proyectos. Entró Jesús y la fe les desbordaba. En la presencia de Jesús se curaron todas sus heridas. Este fue el gran milagro de la Pascua. A partir de ese momento, los acobardados se llenan de audacia, los tristes se encienden de gozo, los desencantados se entusiasman, los desunidos logran una profunda comunión. Esto es lo que se dice una resurrección espiritual; los que estaban muertos resucitan. Algo inexplicable según las leyes naturales. Y algo que, desde luego, todo el mundo podía verificar.

Autodonación

Esta presencia de Jesús significa una autodonación del Resucitado a sus discípulos, verdaderamente generosa. Es una presencia:

--Curativa. Les cura de miedos y tristezas. Les alienta la fe y la esperanza. Les perdona todos sus pecados. La experiencia del Resucitado es inicialmente una experiencia de perdón y sanación. Por eso, los discípulos se capacitan para continuarla: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados...». Es el triunfo de la misericordia.

--Pacificadora. Va unida a la anterior. Jesús les saluda y les reitera su paz: «Paz a vosotros». Paz es reconciliación y es gozo. Paz es sentirte bien contigo mismo y con Dios. Paz es escuchar interiormente: «Tú eres aceptado». Paz es ausencia de remordimientos y temores.

-- Vivificadora. Ilumina y entusiasma. Restablece la fe y enciende la esperanza. Es la vida del Espíritu. Es el Espíritu de vida: «Recibid el Espíritu Santo». No cabe donación mayor. El Espíritu que vivificó a Jesús se comunica a los discípulos para que vivan.

Es impresionante el gesto que hizo Jesús: "Exhaló su aliento sobre ellos". Está recordando el primer soplo divino que creó y vivificó al hombre. Ahora este soplo de Cristo recrea a sus discípulos por medio del Espíritu, "el aliento" de Dios.

-- Comunitaria. Crea comunidad. Los dispersos se reúnen. Los reunidos se integran en comunión de fe, de sentimientos y de bienes. Y, por otra parte, así como la presencia de Cristo crea la comunidad, la comunidad hace presente a Cristo. Es lo que sucede en la eucaristía y cada vez que nos reunimos en su nombre.

CARITAS
UN DIOS PARA TU HERMANO
CUARESMA Y PASCUA 1992.Págs. 198-201


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16.

-«Exhaló el aliento sobre ellos»

He aquí nuestra primera estampa pascual. Graba bien la imagen de Jesús exhalando su aliento sobre los discípulos. Era como una nueva creación, como una nueva resurrección. Los discípulos estaban muertos: por el miedo, por la tristeza, por la duda. Jesús estaba rebosando Espíritu, lleno de vida y de poder, transmitiendo alegría y paz. Habían arrebatado a los discípulos la ilusión y el sentido, habían matado su esperanza. Pero Jesús era la vida resucitada.

A pesar de las puertas cerradas, entró Jesús donde estaban los discípulos. La casa se llenó del perfume de la Pascua. Y al ver Jesús a sus discípulos tan muertos, a sus discípulos a quienes tanto quería, en un nuevo gesto creador, «exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo». Recibid la fuerza y la alegría del Espíritu, recibid la vida nueva del Espíritu. ¡Vivid! Vivid de mi misma vida, de mi energía liberadora. Y desde entonces los discípulos resucitaron. El gesto y las palabras de Jesús fueron eficaces, como en un sacramento. Aquella tarde, Pascua fue Pentecostés. Los discípulos se llenaron del Espíritu de Jesús y se sentían identificados con Jesús. No tardarían en abrir todas las puertas y empezar a dar testimonio de aquella experiencia de fuego.

No dejes de exhalar tu aliento sobre nosotros, Jesús resucitado, porque también nuestro espíritu se acobarda y se entristece. Sopla tu aliento sobre nosotros, para que se disipen nuestras dudas y temores. Alienta tu Espíritu sobre nosotros, para que nos contagiemos de tu vida resucitada y vivamos ya de ti.

-Las llagas, puertas del Templo

Las llagas son como el velo del Templo rasgado después de la muerte de Jesús, la puerta de la divinidad de par en par abierta. Esas llagas son la apertura del Santuario. En adelante, el templo de Dios quedará enteramente abierto .

Abierto por parte de Dios. A través de esas benditas aberturas, Dios se nos comunica y nos hace llegar sus abundantes misericordias. Fuentes inagotables de gracia y bendición. Abierto para el hombre, que ya tiene el acceso fácil para encontrarse con el mismo Dios. «Yo soy la puerta», afirmaba Jesús, y ya vemos qué puerta más hermosa, más transparente y más abierta. Puedes entrar en el Santuario divino siempre que quieras, y aun poner allí la morada, diciendo aquello de «¡qué bien se está aquí!». Penetrando por las llagas de Cristo, puedes llegar a las mismas entrañas de Dios y acercarte a la intimidad de su misterio.

CARITAS
RIOS DEL CORAZON
CUARESMA Y PASCUA 1993.Págs. 208 s.


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17. COMUNIDAD.PASCUA.

-La comunidad, fruto de la Pascua

La comunidad cristiana, tal como se manifiesta sobre todo en la asamblea dominical, se ve a sí misma como una comunidad pascual, nacida de la Pascua ("del costado abierto de Cristo muerto y resucitado"). Los documentos que leemos en este tiempo nos muestran cómo en torno a Cristo resucitado se empieza a congregar una comunidad: de su Persona se desprende una fuerza que reúne y aglutina a los discípulos, que el vendaval de la Pasión había dispersado. La 1a lect. es un canto (probablemente idealizado) a la comunión que el impacto de la Resurrección ha generado: "vida común", "vivían todos unidos y lo tenían todo en común", "lo repartían entre todos", "acudían todos unidos", "comían juntos".

-Una comunidad de fe pascual

Los seguidores del Resucitado forman una comunidad de "creyentes (1a lect.). La fe pascual (la fe en Cristo muerto y resucitado, núcleo del kerigma) está en el origen de esta comunidad: una fe que se alimenta de "escuchar la enseñanza de los apóstoles", porque son gente que "cree sin haber visto" por haberse fiado del testimonio de los apóstoles. La 2a lect. y el evangelio subrayan con fuerza la importancia y el valor de la fe para la "vida" y la "salvación" de los seguidores de Cristo.

-Una comunidad animada por el Espíritu

A la escena narrada en la primera parte de la perícopa evangélica se le ha solido llamar el Pentecostés de Juan. El Espíritu aparece aquí como el don pascual del Resucitado a su Iglesia. Con su poder de anular la fuerza disgregadora del pecado, es el principio que da cohesión y unidad al cuerpo de la Iglesia. Sería acaso el momento de hablar también de la presencia y actividad del Espíritu a lo largo de toda la celebración eucarística. Aun antes de que llegue la última semana, el tiempo pascual tiene que aparecer como "el tiempo del Espíritu" a título especial.

-Una comunidad misionera

La relación Resurrección-misión está presente, de una manera explícita o implícita, en casi todas las narraciones de las apariciones del Resucitado: la experiencia pascual lleva al compromiso misionero (Pascua-Pentecostés). La misión de la Iglesia es la misión del Hijo por el Padre. "Las puertas cerradas" y "el miedo a los judíos" no encajan bien con este envío al mundo. La comunión fraterna tiene ya por sí sola una gran fuerza evangelizadora: "Eran bien vistos y día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando".

-Una comunidad en tensión escatológica

La perspectiva de la Resurrección y la espera del Resucitado imprimen al tiempo pascual una fuerte tensión escatológica. "Buscad las cosas de arriba...". Esta dimensión está insistentemente sugerida en la 2a lect. "...para una esperanza viva, para una herencia que os está reservada en el cielo... para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final... la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación".

I. OÑATIBIA
MISA DOMINICAL 1990, 9


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18. RS/PERDON

LA AMNISTÍA DEL RESUCITADO

La paz con vosotros

Ha sido E. Schillebeeckx quien nos ha recordado recientemente que el encuentro con el resucitado ha sido una "experiencia de perdón". Los discípulos han experimentado al resucitado como alguien que los perdona y les ofrece paz y salvación.

Ninguna alusión al abandono de los suyos. Ningún reproche por la cobarde traición. Ningún gesto de exigencia para reparar la injuria. Las apariciones significan una verdadera «amnistía» en el sentido etimológico de esta palabra: olvido total de la ofensa recibida.

Los relatos insisten en que el saludo del resucitado es siempre de paz y reconciliación: "Paz a vosotros". Y es precisamente este perdón pacificador y esta oferta de salvación los que ponen una alegría y una esperanza nuevas en la vida de los discípulos. Vivimos en una sociedad que no es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón es «la virtud de los débiles» que se resignan y se doblegan ante las injusticias porque no saben luchar y arriesgarse.

Y, sin embargo, los conflictos humanos no tienen nunca una verdadera solución, si no se introduce la dimensión del perdón. No es posible dar pasos firmes hacia la paz, desde la violencia, el endurecimiento y la mutua destructividad, si no somos nadie capaces de introducir el perdón en la dinámica de nuestras luchas.

El perdón no es sólo la liquidación de conflictos pasados. Al mismo tiempo, despierta la esperanza y las energías en quien perdona y en aquel que es perdonado. El perdón, cuando se da realmente y con generosidad, es, en su aparente fragilidad, más vigoroso que toda la violencia del mundo. La resurrección nos descubre a los creyentes que la paz no surge de la agresividad y la sangre sino del amor y el perdón.

Necesitamos recuperar la capacidad de perdonar y olvidar. La verdadera paz no se logra cuando unos hombres vencen sobre otros, sino cuando todos juntos tratamos de vencer las incomprensiones, agresividades y mutua destructividad que hemos desencadenado. La paz no llegará a nuestro pueblo mientras unos y otros nos empeñemos obstinadamente en no olvidar el pasado. La paz no será realidad entre nosotros sin un esfuerzo amplio y generoso de mutua comprensión, acercamiento y reconciliación. En una sociedad tan conflictiva como la nuestra, los creyentes estamos llamados a reivindicar la fuerza social y política que puede tener el perdón.

JOSE ANTONIO PAGOLA
BUENAS NOTICIAS
NAVARRA 1985.Pág. 49 s.


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19. PAZ/VIOLENCIA

LA PAZ

Paz a vosotros

El máximo deseo del resucitado para todos los hombres es la paz. Ese es el saludo que sale siempre de sus labios: «la paz con vosotros». La vida de los hombres está hecha de conflictos. La historia de los pueblos es una historia de enfrentamientos y guerras. La convivencia diaria está salpicada de agresividad. La gran opción que hemos de hacer para superar los conflictos es la de escoger entre los caminos del diálogo, la razón y el mutuo entendimiento o los caminos de la violencia.

El hombre ha escogido casi siempre este segundo camino. A lo largo de los siglos ha podido experimentar una y otra vez el sufrimiento y la destrucción que se encierra en la violencia. Pero, a pesar de ello, no ha sabido renunciar a ella. Y ni siquiera hoy que siente la amenaza de la destrucción y el aniquilamiento local, parece capaz de detenerse en este camino.

El resucitado nos invita a buscar otros caminos. Hemos de creer más en la eficacia del diálogo pacífico que en la violencia destructora. Hemos de confiar más en los procedimientos humanos y racionales que en las acciones bélicas. Hemos de buscar la humanización de los conflictos y no su agudización.

Nos hemos acostumbrado demasiado a la violencia, sin reparar en los danos actuales que produce y en el deterioro que introduce para el futuro de nuestra convivencia. Aun los que justifican la violencia, tienen que reconocer que la violencia es un mal. La violencia daña al que la padece y al que la produce. La violencia mata, golpea, aprisiona, secuestra, manipula las mentes y los sentimientos, deforma los criterios morales, siembra la división y el odio.

La violencia nos deshumaniza. Busca imponerse, dominar y vencer, aunque sea atentando contra los derechos de las personas y los pueblos. Los hombres no tenemos la vocación de vivir haciéndonos daños unos a otros.

El que vive animado por el resucitado busca la paz. Y busca la paz no solamente como un objetivo final a alcanzar, sino como que busca la paz ahora mismo, utilizando procedimientos pacíficos, caminos de diálogo y negociación.

El seguidor de Jesús no busca sólo resolver a cualquier precio los conflictos. Busca también humanizarlos. Lucha por la justicia, pero lo hace sin introducir nuevas injusticias y nuevas violencias.

JOSE ANTONIO PAGOLA
BUENAS NOTICIAS
NAVARRA 1985.Pág.167 s.
(
http://www.mercaba.org
).

11 Homilias para la Misa del Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Mercaba.org).

30 HOMILÍAS QUE SIRVEN INDISTINTAMENTE PARA LOS TRES CICLOS DEL II DOMINGO DE PASCUA
20-30

 

20. SIN HABER VISTO

Dichosos los que crean sin haber visto.

Las experiencias de Pascua terminaron un día. Ninguno de nosotros se ha vuelto a  encontrar con el resucitado. Al parecer, ya no tenemos, hoy día, experiencias semejantes. Pero, si las experiencias que se esconden tras esos relatos no son ya accesibles a  nosotros, y si no pueden ser revividas, de alguna manera, en nuestra propia experiencia,  ¿no quedarán todos estos relatos maravillosos en algo muerto que ni la mejor de las  exégesis logrará devolver a la vida?

Sin duda, ha habido a lo largo de la historia, hombres que han vivido experiencias  extraordinarias. No se puede leer sin emoción el fragmento que encontraron en una prenda  de vestir de Blas Pascal.

Con toda exactitud nos indica el gran científico y pensador francés el momento preciso en  que vivió una experiencia estremecedora que dejó huella imborrable en su alma. No parece tener palabras adecuadas para describirla: «Seguridad plena, seguridad  plena... Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría... Jesucristo. Yo me he separado de El;  he huido de El; le he negado y crucificado. Que no me aparte de El jamás. El está  únicamente en los caminos que se nos enseñan en el Evangelio».

No se trata de vivir experiencias tan profundas y singulares como la vivida por Pascal.  Mucho menos, todavía, pretender encontrarnos con el resucitado de manera idéntica a  como se encontraron con él los primeros discípulos sobre cuyo testimonio único descansan  todas nuestras experiencias de fe.

Pero, ¿hemos de renunciar a toda experiencia personal de encuentro con el que está  Vivo? Obsesionados sólo por la razón, ¿no nos estamos convirtiendo en seres insensibles,  incapaces de escapar de una red de razonamientos y raciocinios que nos impiden captar  llamadas importantes de la vida?

¿No tenemos ya nadie esas experiencias de encuentro reconciliador con Cristo en donde  uno encuentra esa paz que le recompone a uno el alma, le reorganiza de nuevo la vida y le  introduce en una existencia más clara y transparente?

¿No hemos tenido nunca la «certeza creyente» de que el que murió en la cruz vive y está  próximo a nosotros? ¿No hemos experimentado nunca que Cristo resucita hoy en las raíces  mismas de nuestra propia vida?

¿No hemos experimentado nunca que algo se conmovía interiormente en nosotros ante  Cristo, que se despertaba en nosotros la alegría, la seducción y la ternura y que algo se  ponía en nosotros en seguimiento de ese Jesús vivo?

El hombre crítico, atento sólo a la voz de la razón y sordo a cualquier otra llamada,  objetará que todo esto es especulación irreal a la que no responde realidad objetiva  alguna.

Pero el creyente comprobará humildemente la verdad de las palabras de Jesús:  «Dichosos los que creen sin haber visto».

JOSE ANTONIO PAGOLA
BUENAS NOTICIAS
NAVARRA 1985.Pág. 285 s.


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21. TOMAS/APOSTOL

El mellizo del Señor

"Figuras de la pasión del Señor" es una de las obras más conocidas del escritor  alicantino Gabriel Miró fallecido en 1930. Dado que a lo largo de las lecturas de estos  domingos de pascua van a ir apareciendo ante nosotros una serie de personajes  evangélicos, los podemos ir contemplando en su conjunto, como «figuras de la resurrección  del Señor». El domingo pasado, la figura central era María Magdalena y hoy lo es uno de  los apóstoles, Tomás, el llamado «Dídimo», al que la tradición cristiana, apoyándose en el  texto de hoy, ha calificado como «el incrédulo Tomás».

La figura de Tomás es secundaria en los evangelios sinópticos. Su presencia se limita a  que su nombre aparece siempre citado en la lista de los doce que fueron llamados por  Jesús. Sin embargo, en el evangelio de Juan, con anterioridad al relato de hoy, había  aparecido ya en dos momentos importantes de la vida de Jesús. Cuando los discípulos no  se atreven a ir a Judea por miedo a los judíos, después de la muerte de Lázaro será Tomás  el que diga con valentía: «Vamos también nosotros a morir con él». El sobrenombre de  «Dídimo», mellizo, que se cita aquí, parece aludir a que compartía esa condición con un  hermano desconocido aunque algún comentador alude a un posible sentido simbólico: su  disponibilidad a correr la misma suerte de Jesús le convierte en «el doble (mellizo) de  Jesús» (J. Mateos).

Tomás vuelve a reaparecer en la última Cena. Será Tomás el que pregunte a Jesús:  «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?», recibiendo la  conocida respuesta de Jesús: "Yo soy el camino, la verdad y la vida".

Otro comentarista subraya que la figura de Tomás aparece en el evangelio de Juan «en  relación con los grandes misterios de la glorificación de Jesús».

Finalmente es importante subrayar que Tomás es uno de los discípulos que es testigo del  Resucitado en la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades y que aparece, por última vez en  el Nuevo Testamento, dentro del grupo de los once, a la espera de Pentecostés, al inicio de  los Hechos de los apóstoles.

Podemos decir que la figura de Tomás es contradictoria. Como indicábamos antes, se le  ha calificado de «incrédulo» y se ha hablado de este pasaje como de las «dudas de  Tomás». Tomás vendría a ser el símbolo del hombre cerrado al misterio; que sólo es capaz  de aceptar la realidad física que puede ver con los ojos y tocar con sus dedos y con sus  manos. Es lo que expresaría con gran contundencia su negativa a creer el testimonio de los  otros discípulos: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el  agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». No se conforma ni  siquiera con ver al Resucitado: exige meter sus dedos y sus manos en las llagas del  Crucificado.

R. Mª Rilke escribía que «las cosas no son tan comprensibles y decibles como se nos  quiere hacer creer ordinariamente. La mayoría de los acontecimientos son indecibles,  acontecen en un espacio en el que nunca ha entrado una palabra». Sin embargo, ¡con  cuánta frecuencia el hombre de hoy siente una gran dificultad para aceptar la realidad que  no se puede aprehender y comprender, que no se puede fotografiar o filmar! Y, no  obstante, sigue siendo verdad lo que escribía el poeta checo: la mayoría de los  acontecimientos -esos acontecimientos que de verdad marcan nuestra vida y dejan un poso  en nuestro ser- tenemos que reconocer que suceden en un espacio en el que nunca ha  entrado una palabra; donde las palabras se nos hacen demasiado pobres y torpes para  expresar la grandeza de la vivencia que estamos experimentando. ¿Acaso no  experimentamos, en contra de nuestra tendencia a un craso materialismo que quiere tocar y  mensurar todo, lo que expresaba maravillosamente el zorro al Principito: «Lo esencial es  invisible a los ojos; sólo se ve bien con el corazón»?

Es a ese Tomás incrédulo, al de ayer y al de hoy, que sigue anidando en el corazón de  cada uno de nosotros, al que Jesús le sigue diciendo hoy: «¿Porque me has visto has  creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Dichosas esas generaciones de veinte  siglos de cristianismo, dichosos esos millones de hombres y de mujeres, que han creído y  creen en Jesús resucitado aunque no lo han visto con los ojos ni han metido los dedos en  sus llagas... Dichosos aquellos que tienen los ojos limpios, que ven con los ojos iluminados  del corazón a Jesús resucitado. Dichosos los que han tenido la gracia de descubrir en ese  espacio en que no han entrado nuestras palabras, al que es la Palabra que estaba junto a  Dios y se ha hecho uno de nosotros.

Pero, por otra parte, hay un aspecto positivo, generalmente poco subrayado en la figura  de Tomás. Porque no sólo es el «incrédulo», también puede ser entendido hoy como «el  hombre de fe adulta»; el que no se deja arrastrar por entusiasmos fáciles, las corrientes en  boga, las afirmaciones y opiniones de los otros... Pocas veces se ha subrayado algo muy  positivo en el comportamiento de Tomás: no se aleja de los demás, a pesar de no compartir  sus vivencias, sino que sigue en actitud de esperanza unido a ellos. Aquel Tomás que  había dicho, demasiado fácilmente, «vayamos y muramos con él», quizá experimentaba tras  su fracaso cobarde en la cruz que hay que madurar y sopesar las respuestas, que el  camino de Jesús exige vivencias profundas y son insuficientes los entusiasmos  superficiales y sensibles.

Su frase: «Señor mío y Dios mío», es un espléndido acto de fe. No sabemos cómo  explicar la vivencia del Resucitado que tuvieron los testigos y el mismo Tomás. El relato del  evangelio no nos dice que metiese sus dedos en las llagas del Resucitado. Uno se lo  imagina cayendo de rodillas y formulando esa magnífica síntesis de su fe en Jesús como su  Señor y Dios. Su experiencia fue distinta de la de aquellos que son dichosos por creer sin  haber visto.

Aquí podemos citar el fragmento de papel que se encontraron en una prenda de vestir de  Blas ·Pascal-B. Refleja una emocionada experiencia de Jesús, una de esas vivencias que  acontecen en ese espacio en el que no entran las palabras o son demasiado torpes para  expresarlas: «Seguridad plena, seguridad plena... Alegría, alegría alegría, lágrimas de  alegría... Jesucristo. Yo me he separado de él: he huido de él, le he negado y crucificado.  Que no me aparte de él jamás. Él está únicamente en los caminos que se nos enseñan en  el evangelio». Esta vivencia, como la de tantos otros a lo largo de los siglos, es más bella e  intensa que la que pudo haber tenido Tomás, metiendo sus dedos y sus manos en las  heridas del Resucitado. Es la vivencia que lleva a repetir la frase de Jesús: «Dichosos los  que creen sin haber visto». Dichosos los que experimentan lo que expresaba Pascal: que  Cristo resucitado «está únicamente en los caminos que se nos enseñan en el evangelio»;  dichosos los que han tenido la experiencia del que se llamó a sí mismo «camino, verdad y  vida», respondiendo a una pregunta de Tomás; dichosos los que pueden afirmar, desde la  verdad de su corazón: «Señor mío y Dios mío».

Una leyenda dice que Tomás acabó compartiendo realmente el destino de Jesús. Según  el Martirologio, entregó su vida en Calamina, en la India, después de haber predicado allí  en Persia el evangelio. San Francisco Javier contará en sus cartas cómo se encontró en el  Malabar con cristianos viejos, que se llaman a sí mismos «cristianos de santo Tomás» en  recuerdo del que fue primer evangelizador de aquella cristiandad.

Probablemente es un poco forzada la interpretación que considera que Juan utiliza el  calificativo de Dídimo para afirmar que Tomás, por su decisión de compartir el destino de  Jesús, se había convertido en "el doble (mellizo) de Jesús". Pero esta figura de la  resurrección puede ser hoy símbolo de nuestra fe acompañada siempre de dificultades pero  que nos lleva a afirmar que Jesús es nuestro Señor y nuestro Dios, al que ojalá intentemos  imitar como «mellizos», como Dídimos.

JAVIER GAFO
DIOS A LA VISTA
Homilías ciclo C
Madris 1994.Pág. 147 ss.


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22.

-La duda de Tomás.

Tomás era uno de los Doce. Como ellos fue testigo de cuanto Jesús hizo y dijo. Lo había  seguido a todas partes, hasta Jerusalén. Cenó con Jesús antes de la pasión y,  posiblemente, lo vio morir colgado de la cruz. Tomás quería a Jesús. En una ocasión  resolvió con intrepidez y entusiasmo: vayamos y muramos con Él. Pero la realidad de la  muerte de Jesús acabó con su entusiasmo. Y, aunque estaba escrito, y por más que lo  había advertido Jesús con antelación, ni Tomás, ni los demás, habían entendido nada.  Tomás no esperaba que Jesús resucitase. ¿Resucitar? Así que cuando aquel domingo por  la tarde, se incorporó al grupo y éstos le contaron alborozados la gran noticia de que  habían visto a Jesús, resucitado, Tomás creyó que alucinaban. ¿Queréis que me crea que  lo habéis visto.. ? Mientras no meta mis dedos en sus llagas, ¡ni hablar!

-Nuestros temores.

Nuestra situación, como creyentes, se parece mucho a la de Tomás. Sus temores y duda  tienen mucho que ver con nuestras dudas y temores. ¿Estamos convencidos de la  resurrección de Jesús? ¿Creemos en la vida eterna? Sí, ya sé que lo sabemos de memoria,  que lo repetimos maquinalmente al recitar el credo, que los escuchamos, tal vez como quien  oye llover, cien veces de boca de los predicadores, pero aquí viene nuestra duda, nuestros  temores. Se nos hace muy cuesta arriba creer en la resurrección, sobre todo cuando nos  acercamos a ella, porque nos acercamos inexorablemente a la muerte. Sabemos que  estamos en lista de espera, ¡y sin esperanza! La esperanza en la vida eterna no deja huella  en nuestra vida. No se nos nota demasiado. No hay alegría, ni ilusión, ni estímulo en  nuestra vida rutinaria, pues vivimos como si no tuviéramos esperanza.

-Creer para ver.

Jesús disipó los temores de Tomás, apareciéndosele, haciéndose presente e invitándole  a meter la mano en la llaga del costado. Y en presencia de Jesús, los temores  desaparecieron. No fue necesario cumplir sus exigencias. Tampoco hizo falta, pues su  corazón le convenció: Señor mío y Dios mío. Juan, el autor de este hermoso fragmento del  evangelio, lo ha escrito por nosotros, para nosotros, nos ha conservado estas hermosas  palabras de Jesús: dichosos los que crean sin haber visto. Porque lo definitivo, tanto en el  caso de Tomás como en el nuestro, no es ver, sino amar. Sólo el amor puede hacer que  veamos y creamos.

-La audacia de creer.

La fe no es un puro saber, sino un saber experiencial. Lo sucedido entre Jesús y Tomás,  la aparición, se parece a lo que ocurre entre amigos. No podemos ver al amigo, como  amigo, mientras no creamos que es amigo, o sea, mientras no lo queramos como amigo. Es  el amor, la amistad, lo que nos hace descubrir al amigo. Por eso la fe no es una respuesta  calculada y calculadora, sino una apuesta. No hay ninguna seguridad para creer o antes de  creer, como no la hay en las apuestas. Lo que sí hay es certeza en la fe. El creyente no  vive atormentado por la duda, sino que se va cerciorando y descubriendo el sentido de su  opción, conforme va creyendo y viviendo la fe en la praxis. Y la praxis de la fe en Jesús  resucitado es emprender su camino y seguirle hasta la muerte. Entonces se comprende que  el que da la vida, la gana resucitando con él.

-¿Hemos visto al Señor?

Los evangelistas nos relatan los encuentros de Jesús con sus discípulos, como  apariciones de Jesús. De modo que Jesús es quien toma la iniciativa. El es quien decide la  ocasión y elige los medios, los signos. Los discípulos, los creyentes, vemos a Jesús,  porque se nos aparece, porque se nos da a conocer, porque quiere, porque nos ama. Y así  también acontece en nuestros días, hoy. Aquí está Jesús, en nuestra asamblea. Hemos  escuchado su palabra. Ha elegido el pan y el vino como signos de su presencia y  encuentro en la intimidad con nosotros, la comunión. Pero no sólo aquí. Jesús se nos  aparece también en el otro, en el prójimo, en el pobre, en el que nos necesita. Se nos  aparece, es decir, se nos hace presente. Otra cosa es que queramos reconocerlo. Y sólo  podremos reconocerlo si lo amamos, si amamos al prójimo, si practicamos el mandamiento  del amor. Porque el amor es el fundamento de nuestra fe cristiana. El que no ama, decía  san Juan, está muerto.

EUCARISTÍA 1995, 20


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23.

TOMAS, EL CREYENTE

Te confesaré, Tomás, que, al pensar en el título de mi glosa de hoy, como tú, he dudado.  Un buen título resume el contenido de un escrito. Pues, verás, mis dudas saltaban entre  estas cuatro posibilidades:

EL SOLITARIO.--El evangelio resalta que tú «no estabas con ellos cuando llegó Jesús».  Pienso que esta frase es una implícita acusación. Es como si dijera que te habías ido a vivir  tu fe en «solitario», por libre. Y eso no está bien, Tomás. Es verdad que nuestro  seguimiento de Cristo es una opción personal y que también El nos ama en nuestra propia  identidad. Pero, claro, sin caer en el individualismo. Por eso hoy la Iglesia trata de superar  épocas en las que cada cual buscaba su santificación «en solitario»: «mi» misa, «mis»  pobres, «mi» director espiritual. Hoy se nos dice que somos «pueblo de Dios» y que,  atendiendo por supuesto a nuestra perfección personal, tenemos que poner el acento en lo  «comunitario». Y así, nunca como en nuestros días, se nos ha hecho ver esta vertiente  comunitaria de toda la obra del Dios Salvador.

EL PESIMISTA.--También podía haber puesto este título. Dime, Tomas: ¿Por qué te  fuiste? Tengo para mí que fue tu desilusión, tu pesimismo, el que te apartó de los demás.  Habías puesto tantas esperanzas en aquel líder, por él lo dejasteis todo, que ahora, al  comprobar el fracaso de la cruz, se te derrumbaron los castillos. Tú, como los de Emaús,  «esperabas que reconstruyera el reino de Israel». Y, en vez de eso, viste que «lo llevaban a  la cruz sin que abriera la boca, como un manso cordero». ¡Se te oscureció el sol! Y, como  todos los pesimistas, pensaste: «Aquí no hay nada que hacer. Hemos perdido el tiempo». Y  te envolvió una nube.

EL INCRÉDULO RACIONALISTA.--Más o menos, así te hemos bautizado todos. Hemos  convenido en que tú fuiste, y serás, el prototipo de los empiristas, de los racionalistas.  Aunque Pablo, más adelante, dirá que «la fe proviene del oído», a ti no te bastó «oír», de  tus compañeros, su testimonio de la resurrección. Ni siquiera te fiabas de tu «vista», ya que  también la vista puede sufrir espejismos. Tu exigías «palpar con tus manos», experimentar  en tu propio laboratorio: «Si no meto mis manos». En una palabra, tú eras de aquéllos de  los que un día dijo Jesús: «Esta generación me pide una señal; pero no se le dará otra que  la de Jonás».

EL CREYENTE.--Y aquí, ¡chapeau ante ti, Tomás! Porque, cuando Jesús se acercó a ti  y te dijo: «Mete tus dedos en las llagas... y tu mano en mi costado...», te estaba brindando  esa señal. Es como si te dijera: «He estado tres días en el vientre de la ballena y aquí me  tienes, Tomás».

Y fue entonces cuando tú, empirista empedernido, te entregaste. Y aunque fuiste el  último en creer, las palabras tan breves y bellas que entonces pronunciaste --«Señor mío y  Dios mío»-- vienen a recoger todas las dudas e incredulidades de una Humanidad abatida,  dentro de la cual camino yo, caminamos todos.

Es verdad, como te dijo Jesús, que merecen una singular admiración los «que, sin ver,  han creído». Como Noé. Como Abraham... Son almas privilegiadas que nos dan ejemplo.  Pero, qué quieres, yo, con mis dudas a cuestas, siento mucho consuelo pensando en ti. Y,  a cada paso, en los momentos más aciagos, repito tu bella oración: «Señor mío y Dios  mío».

Por eso, jugando a «las cuatro esquinas» con los cuatro títulos que en esta glosa he  reseñado, he elegido, al fin, el de «Tomás el creyente».

ELVIRA-1.Págs. 35 s.


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24. ME CAES MUY BIEN, TOMAS

A mí, qué quieres que te diga, me caes muy bien Tomás. Quizá sea por la cuenta que me  trae, ya que me siento muy retratado en ti. O simplemente porque comprendo las sucesivas  etapas de tu actitud.

Ya lo sé desde siempre, y basándonos en las mismas palabras de Jesús, te hemos  llamado «el incrédulo». Y nos hemos quedado tan anchos. Pero estoy seguro que el  «tono» que empleó Jesús -«no seas incrédulo»-, fue un tono afectuoso, de exquisita  amistad, con una gota de ironía. Como si te dijera: «¡Vaya Tomás, te ha tocado sufrir! ¡Lo  siento! ¡Ya pasó todo! ¡Ven a mis brazos, incrédulo!» Por eso, me caes bien. Y, lo repito,  comprendo todos tus pasos.

Primero.-Tu huida.-El evangelio dice sin explicaciones: «Tomás... no estaba con ellos».  ¿Habías huido? ¡Qué va, por Dios, que va! Tú, simplemente, no podías soportar la  cháchara de tus compañeros que repetían y repetían: «Y ahora, ¿qué hacemos?»  Empezaba a invadirte una agobiante claustrofobia entre aquellas paredes. Y abriste la  puerta y... saliste. Sin más. Para llorar a solas. Para seguir dando vueltas en tu cabeza a  los recuerdos. Para tratar de reconstruir, sobre el propio terreno, los pasos de Jesús. Para  tratar de entender cómo lo pudisteis dejar tan sólo. No. Tú no huiste.

Segundo.-Tu rabia.-Lo tuyo no era falta de fe. Lo tuyo era «rabia». (Y perdona que  interprete así tus famosas palabras: «Si no meto mis dedos en las llagas... no creo».) Eso  era rabia. Una rabia infinita y terrible. Una gran contrariedad. Y tus palabras fueron como  esas pataletas que hacemos todos, cuando todo nos sale mal. ¡Sales un momento a rumiar  las cosas con más sosiego, con más intensidad, y ¡zas!, en ese momento aparece Jesús. Y.  encima, tus compañeros, como chicos con zapatos nuevos, te pasan la miel por los labios:  «¡Hemos visto al maestro! ¡Hemos visto al maestro!» Te descentraste, eso fue todo. Y  soltaste todos los disparates que se te ocurrieron. Eso es lo que solemos hacer todos  cuando aquello que más queremos presenciar, al fin ocurre, y nosotros... ¡de infantería!

Tercero.-«Señor mío y Dios mío».-Pero lo que de verdad me entusiasma de ti, y me  enternece, y me llena de envidia, son las palabras que tú, «estando con ellos»,  pronunciaste, «a los ocho días»: «Señor mío y Dios mío». Son las palabras de un  verdadero creyente. Son la llegada y entrega de alguien que ha recorrido un difícil itinerario  de fe. La rendición incondicional de un luchador que se humilla sin condiciones. Son  palabras que tienen el mismo carisma que el «Qué quieres, Señor, que haga» de San  Pablo o aquellas de San Agustín: «¡Qué tarde te conocí, hermosura siempre antigua y  siempre nueva!» Son la oración-síntesis de un alma orante. Porque contienen sobre todo,  el reconocimiento de que, sin Jesús, no podemos nada de nada.

«¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!» ¡Qué hermoso ejercicio repetirlas cuando nos hemos  pasado de rosca y deseamos volver al buen camino! ¡Qué bello decirlas esas noches que  nos sentimos muy cansados y no tenemos ganas de hacer una oración larga! ¡Qué  oportuno acudir a ellas cuando necesitamos que se nos eche una mano! ¡O cuando la  soledad nos sube por los entresijos del alma envolviendo nuestro corazón en la niebla!  ¡Qué gratificante, en fin, pronunciarlas cuando queremos reafirmar nuestra fe en Cristo  resucitado!

ELVIRA-1.Págs. 134 s.


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25. TOMAS DE CARNE Y HUESO

Estando los discípulos encerrados en una casa, sin abrir puertas ni ventanas, apareció  Jesús en medio de ellos y les dijo: «Paz a vosotros». Como Tomás no estaba con ellos, en  cuanto llegó, le espetaron entusiasmados: «Hemos visto al Maestro». No quiero ocultar, amigos, que, por lo que tiene de humano, siempre he sido admirador  de Tomás y he tratado de comprenderlo. Por eso, aquí presento su pliego de descargo.

1. Hay que ponerse en el lugar de las dos partes. Primeramente, en la de los alborozados  apóstoles. ¿Cómo iban a ser capaces de medir sus palabras con una noticia de tal calibre?  Con noticias mucho más pequeñas solemos salir por ahí, sacando pecho. Pues, eso: a  Tomás le pasaron la miel por los labios con verdadero regodeo. Por eso, es comprensible  la actitud de Tomás: «Si no meto mis dedos en las llagas de sus manos, si no meto mis  manos en su costado... no lo creo». No era un alarde de incredulidad. Era la pataleta de  alguien que renegaba contra su «mala suerte». Como si dijera: «¡Vaya, hombre, cinco  minutos que salgo fuera y... entonces tenía que venir!» Sí, era una comprensible rabieta.

2. Lo que sucedió a Tomás nos enseña una cosa. Que la vida suele ser así. Unas veces,  «noche oscura del alma». Y otras -«quedéme y olvidéme», como cantaba Juan de la Cruz-  «abrazo de abandono en el Amado». Tomás vivió las dos experiencias sucesivamente: la  profunda soledad de quien pierde al Señor a quien amaba, y el contacto sensible de la  presencia del Resucitado: «Mete tus manos en mi costado, etc...». Es decir, las mayores  consolaciones, incluidas las de los sentidos. Nunca debe olvidarlo el cristiano. Porque  todas las «pruebas» de nuestro peregrinaje suelen terminar en luminosos amaneceres:  «Dentro de un poco no me veréis, pero dentro de otro poco volveréis a verme».

Y 3. A Tomás hay que agradecerle muchas cosas. Porque, a sus dudas y objeciones  debemos las más espléndidas aclaraciones de Jesús. Así, cuando Jesús afirmó que sus  apóstoles le seguirían a donde él iba, Tomás preguntó ingenuamente: «¿Cómo te  seguiremos si no sabemos el camino»? Y es entonces cuando Jesús manifestó: «Yo soy el  Camino, la Verdad y la Vida». Del mismo modo, cuando Jesús, ya resucitado, le invitó a  «meter sus manos en su costado», Tomás hizo el más bello acto de fe, la más amplia  oración de adoración: «¡Señor mío y Dios mío!» Lo dijo quizá confuso y avergonzado. Pero  lo dijo. Tuvo, además, detalles de verdadera voluntad comprometida. Recordad: cuando  Jesús anunció que iba a Jerusalén a morir, Tomás se adelantó en un gesto que le honra:  «Vayamos también nosotros y muramos con El».

Con que, no me condenéis a Tomas, por favor, amigos. Tratádmelo siempre bien. El era  simplemente un hombre de «carne y hueso». Y como no quería ni pensar que el Jesús que  habían visto los apóstoles fuera un fantasma, es decir, alguien «que no tiene carne ni  huesos», por eso precisamente exigía «meter los dedos en las llagas de las manos y la  mano en el costado de Jesús». Era como si hubiera dicho: «Dentro de tus llagas,  escóndeme y mándame ir a ti».

Y mirad el detalle. Mientras a la Magdalena Jesús le dijo: «No quieras tocarme, porque  aún no he subido a mi Padre», a Tomás, sí. A Tomás le dijo: «Mete tus manos, Tomás, en  mi costado». Y, seguramente, tirándole suavemente de las orejas, le añadió: «Y no seas  incrédulo, sino creyente».

ELVIRA-1.Págs. 216 s.


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26.

Frase evangélica: «No seas incrédulo, sino creyente»

Tema de predicación: LAS DUDAS DE FE

1. El capítulo 20 de Juan describe la experiencia pascual de los discípulos el «primer día  de la semana», tanto «por la mañana» (de la búsqueda al encuentro) como «ya  anochecido» (de la obcecación al reconocimiento). Juan muestra dos figuras de creyentes  que siguen procesos distintos: la Magdalena y Tomás. Una mujer y un hombre representan  a quienes acceden con dificultad a la fe en el Resucitado a lo largo de un proceso. Ambos  quieren tocar y ambos se basan en sentimientos, pero, en definitiva, quieren creer. María  Magdalena llora, busca el cadáver, ve el sepulcro vacío..., pero al final reconoce la voz de  Cristo, o la Palabra de Dios, y da testimonio; Tomás se ha aislado de la comunidad, duda,  es obcecado, necesita palpar, no percibe los signos de la nueva vida que se manifiesta,  busca a Jesús como reliquia de un pasado..., pero en última instancia reconoce en Jesús al  Cristo pascual.

2. Los discípulos están «con las puertas cerradas», inseguros, llenos de «miedo».  Todavía se encuentran de noche, en la esclavitud. No les ha llegado el día ni la fuerza para  manifestarse. Jesús les infunde el Espíritu (nueva Creación) y les da el saludo de paz junto  a la actitud de perdón. La nueva comunidad se cimienta con espíritu de Dios, paz y  reconciliación. Cuando Jesús repite el saludo de paz, añade la invitación a la misión.  Estamos en el «primer día», al anochecer, cuando la comunidad cristiana primitiva  celebraba la eucaristía. Este relato muestra el proceso de transformación o de conversión  de Tomás, que representa a los catecúmenos y candidatos a ser miembros de la  comunidad. Son los nuevos cristianos que han creído «sin haber visto», que poseen la vida  en el nombre de Jesús.

3. El proceso de la fe comienza por verificar la realidad humana o la realidad de Dios en  la humanidad: las heridas corporales de los que sufren y las losas de los muertos. Resulta  difícil creer, a causa de la indiferencia o la incredulidad que nos rodean. Ante lo cual, no  nos resignamos, e intentamos pensar por nuestra cuenta o dialogar con alguien que tenga  experiencia. En el fondo, hay siempre esperanza de vida, que se comprueba en ciertos  signos de los tiempos. Jesucristo no es una reliquia del pasado, sino el que siempre está  vivo, en presente y en futuro. Tres requisitos son indispensables para creer: escuchar la  palabra de Dios (habla de muchas maneras), dar primacía al testimonio (hay militantes  incansables) y formar parte de la comunidad (en su centro está el Señor). Frente a la vieja  creación llena de muerte, está la nueva creación repleta de Espíritu y de vida.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Estamos en proceso de madurar nuestra fe?

¿Mostramos en nuestras vidas los signos de Jesús?

CASIANO FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 266 s.


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27.

Frase evangélica: «Dichosos los que crean sin haber visto»

Tema de predicación: LA FE PERSONAL

1. En las Escrituras, «ver» significa advertir, percatarse, experimentar o conocer. En san  Juan equivale a descubrir la revelación de Dios. Con visión de fe se contempla la gloria de  Dios, el reino de Dios y la liberación del ser humano. Ver a Dios es una de las supremas  aspiraciones de toda persona religiosa. En todo caso, ver es para todo ser vivo algo  fundamental. Ver a Jesucristo es para el creyente encuentro existencial con el Señor. Más  aún, Jesús espera que se crea sin haber visto.

2. Es evidente que Dios ve y que lo ve todo, pero el ser humano no puede ver a Dios,  porque es pecador. Ciertamente, Dios se manifiesta en diversas epifanías y mediante  signos, aunque es un «Dios escondido» al que sólo se puede contemplar con fe. Se le  conoce escuchando sus palabras y poniéndolas en práctica. Solamente en la parusía se  podrá contemplar a Dios «cara a cara» (1 Cor 13,12). Entonces «todos lo verán con sus  ojos» (Ap 1,7). Los limpios de corazón verán a Dios (Mt 5,8).

3. Dios se ha hecho visible en Jesucristo por la encarnación. Pero, así como muchos lo  vieron físicamente y no todos lo reconocieron, así también sucede hoy: muchos pueden  imaginarlo revestido de humanidad, pero no llegan a reconocerlo, por ausencia de fe. Cristo  resucitado y glorioso es invisible; se revela en los signos; se aparece, se deja ver. Los  relatos pascuales muestran que el Resucitado es «reconocido» por su modo de actuar.  Describen encuentros que llevan a la fe, al testimonio, al compromiso, a la misión.

REFLEXIÓN CRISTIANA:

¿Qué señales de Jesucristo vemos hoy?

¿Por qué nos resistimos a reconocer a Dios?

CASIANO FLORISTAN
DE DOMINGO A DOMINGO
EL EVANGELIO EN LOS TRES CICLOS LITURGICOS
SAL TERRAE.SANTANDER 1993.Pág. 119 s.


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28.

-En el centro de la vida

Hoy se nos proclama la presencia de Jesús en medio de sus discípulos. «Se puso en  medio.» Es una palabra significativa. Cristo no está en los laterales contemplando la vida  como un espectador, desde fuera o desde arriba. Cristo está en el centro de nuestra vida y  de nuestra historia. Está en el centro del corazón. Está en el centro de nuestro dolor, de  nuestra alegría y nuestra esperanza. Está en el centro de la reunión y la comunidad.  Cuando dos o tres se reúnen en su nombre, El está ahí, en medio. Cuando dos o tres  trabajan en su nombre, o luchan en su nombre, o sufren en su nombre, El está ahí, en  medio.

-Recibid el Espíritu Santo

La Pascua anticipa Pentecostés, es ya Pentecostés. También en la Pascua hay una  efusión del Espíritu. También en la Pascua hay una transformación espiritual de los  discípulos. Pasaron de la tristeza a la alegría, del miedo a la fortaleza, del individualismo a  la comunidad, del pecado a la santidad, de la muerte a la vida. Son frutos del Espíritu  Santo.

Pensando sacramentalmente, hoy diríamos que no hay que esperar a la confirmación  para recibir el Espíritu Santo. En el bautismo, que se refiere directamente al misterio  pascual, también se recibe el Espíritu.

-Exhaló su aliento

El gesto de Jesús es realmente impresionante. Al ver a los discípulos mortecinos, exhala  su aliento sobre ellos y les dice: «Recibid el Espíritu Santo.» Este gesto recuerda el aliento  de Dios Creador sobre el cuerpo del hombre. Es un gesto vivificante, un gesto pascual. El aliento de Jesús sobre los discípulos alude a una donación de la vida íntima de Jesús.  Quiere decir que el Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús, la fuerza de Jesús, la animación  de Jesús, como el alma de Jesús. Al darles el Espíritu Santo, se está dando a sí mismo, les  está dando lo mejor de sí mismo, es una autodonación. Jesús resucitado les hace  partícipes de su vida nueva, a través de su Espíritu. Jesús resucitado les hace resucitar, les  recrea y les enriquece en el Espíritu. No viváis ya vuestra vida, vivid la mía. «Cristo, vida  nuestra.»

También Jesús hoy, en la Pascua, está aquí en medio de nosotros y exhala su aliento  sobre nosotros. Nos parecemos a aquellos discípulos por las dudas y los miedos. Pero el  Resucitado nos hace partícipes de su energía divina liberadora. De nuestra celebración  hemos de salir resucitados, con la luz en las manos para comunicarla, convertidos en  antorchas vivas de Pascua.

-La cultura del perdón

Al recibir el Espíritu se nos perdonan los pecados, porque El es santidad. Donde hay  Espíritu no puede haber pecado, como no puede haber tinieblas donde hay luz. Donde hay  Espíritu no puede haber esclavitud, porque El es libertad. Donde hay Espíritu no puede  haber enemistad, porque El es amor.

La vida resucitada de Cristo, la del Espíritu, es vida nueva, porque lo viejo, el pecado, ya  quedó en el sepulcro. Ya no necesitamos sacrificios por el pecado, porque Cristo es el  Cordero que quita el pecado del mundo. Cristo es el perdón de los pecados, reconciliación  viva, fuente permanente de perdón y purificación. Su Espíritu es el sello de gracia y fuego  de este perdón y esta reconciliación. Por eso, si te sientes con pecado, invoca a Jesús  resucitado, para que aliente su Espíritu sobre ti.

Los apóstoles recibieron no sólo el perdón de sus pecados, sino el poder de perdonar a  los demás. Y, prescindiendo de la dimensión sacramental, todo el que es perdonado y  recibe el Espíritu Santo se capacita para perdonar a los demás. Si te perdonan diez mil  talentos, ¿no vas a ser capaz de perdonar cien denarios? Estamos necesitados de que nos  miremos unos a otros con misericordia y comprensión. Necesitamos una cultura en la que  prevalezca el perdón sobre la esperanza, el olvido sobre el rencor, la reconciliación sobre la  división, la paz sobre la guerra, la compresión sobre la intolerancia, la acogida sobre el  rechazo, el amor sobre el egoísmo. Necesitamos vivir y contagiar la cultura del perdón. Es  flor de Pascua y fruto del Espíritu.

CARITAS


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29.

Una historia siempre actual: "Hoy es el dia... "

A los ocho dias, y desde entonces cada ocho dias, el Señor se aparece en medio de la  comunidad reunida en su nombre. Hoy también. Hoy, como en aquellos primeros domingos,  él nos da la paz y el Espiritu Santo. Y nosotros nos alegramos. Y él nos envía. Pensemos  un poco en este "hoy". ¿Realmente, vivimos también nosotros la experiencia de los  apóstoles y de los primeros cristianos?

El Espíritu que el Señor nos da nos hace miembros de su Cuerpo

El Espiritu que el Señor nos da en su resurrección nos hace miembros de su Cuerpo. A  pesar de que muchas veces para venir a misa hemos de hacer un esfuerzo para vencer  otras llamadas que nos atraen, también es cierto que no estamos aquí porque queremos,  sino porque el Espíritu Santo nos constituye en el Cuerpo de Cristo.

No somos un grupo de gente con buena voluntad que constituimos una asociación con  finalidades benéficas. Nuestro compromiso, el esfuerzo que a veces hemos de hacer, es  una respuesta a la convocatoria que él nos hace. Y es él mismo quien pone las bases de  cómo ha de ser nuestro "grupo" y las "finalidades" que tiene. En la Palabra que hemos  escuchado encontramos algunas pinceladas importantes de cómo es el grupo que él forma,  la Iglesia, y de qué finalidades tiene: "hacían muchos signos y prodigios en medio del  pueblo", "se reunían de común acuerdo", "estaban (reunidos) en una casa", "y todos (los  enfermos) se curaban", "los pecados quedarán perdonados...". Sólo con estas pinceladas  nos basta para revisar nuestra comunidad, percatándonos de que, en verdad, somos el  cuerpo de Cristo porque nos mueve el Espíritu Santo; y para revisar y corregir aquellos  aspectos en los que descubrimos que pretendemos anteponernos a él.

La presencia del Señor nos alegra

Afirma el evangelio que "los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor". Este fruto  de la muerte y resurrección de Jesucristo, que consiste en su presencia en medio de  nosotros, es la fuente de nuestra alegría. Así lo podemos afirmar, y puede ser motivo de  revisión. Lo afirmamos porque tenemos el testimonio de muchos cristianos, también de  nuestra comunidad, que reconocen la presencia del Señor y viven en su presencia. Son  testimonios de ayuda mutua, de servicio, de compromiso con los pobres y los enfermos, de  oración serena y sincera ... Podríamos citar entre todos muchos nombres. Y nos daríamos  cuenta de que en estas personas que han "visto" al Señor hay una auténtica alegría.

Pero, al mismo tiempo que lo afirmamos, podemos preguntarnos si vivimos de la alegría  de la Pascua del Señor. Demasiadas veces los cristianos no somos testigos de esa alegría.  Por supuesto, no se trata de vivir "alegremente", con una ingenuidad falsa que nos obligue  a decir que todo es maravilloso. Para muchos la vida es dura. Dureza que se manifiesta  muy a menudo en el rostro de muchas personas. Y no puede ser de otra manera. Pero  también es cierto que muchas veces ponemos caras largas entre nosotros mismos. Por  ejemplo, antes de comulgar parece que nos demos la paz a la fuerza, y no como el Señor la  dio a sus apóstoles reunidos, llenándolos de alegría. Y al hablar de la Iglesia ¡qué palabras  salen de nuestra boca!

Dejemos que el Señor, hoy, como aquel primer domingo, nos llene de alegría también a  nosotros. Acojamos a manos llenas su presencia. Pidámosle un poco de novedad, que nos  haga participar de su Pascua, que, no lo olvidemos, es pasar de muerte a resurrección,  paso de la muerte a la vida.

Confiándonos su paz y su Espíritu Santo, nos envía el Señor

Finalmente, el Espíritu Santo nos convierte en enviados. Jesús nos envía. Quizás con  las manos vacías y sin bolsa. Pero con el corazón a rebosar de su paz y de su Espiritu  Santo. Este, el Espíritu Santo, es quien nos convierte en enviados. Esto es, la condición de  enviado es una manera de ser propia de aquella persona que ha recibido el Espíritu Santo  por el bautismo y la confirmación. Somos enviados en el Enviado del Padre. Así, como los  apóstoles y aquellos primeros cristianos, también nosotros podremos llevar a cabo la vida  del mismo Señor, que continúa viviendo "en medio del pueblo" al que tanto ama.

No en vano el libro de los Hechos de los Apóstoles va narrando la vida de los primeros  cristianos en términos muy parecidos a las narraciones que los evangelios nos hacen del  mismo Jesús. Por ejemplo, cuando hoy nos dice que "la gente sacaba a los enfermos a la  calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos,  cayera sobre alguno", nos recuerda aquellos pasajes del evangelio en los que se nos dice  que "la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos". La  Iglesia, movida por el Espíritu Santo recibido, es el Cuerpo de Cristo, es enviada a  continuar la obra del Padre. ¿Lo creemos esto? ¿Nos creemos, de verdad, que hemos  recibido un mensaje que puede interesar a la gente?

EQUIPO-MD
MISA DOMINICAL 1998, 6, 23-24


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30.

UN HOMBRE MODERNO

Vivimos en Pascua, es decir, en el gozoso clima litúrgico de la Resurrección de Cristo.  resurrección proclamada luminosamente por la Iglesia -recordemos la liturgia del fuego  nuevo en la noche santa que culmina con el cirio pascual- y testimoniada desde las orillas  de la fe por millones de creyentes cristianos.

El evangelio del segundo domingo plantea cuestiones apasionantes como la experiencia  común del Resucitado, protagonizada por el grupo de los discípulos. Protagonizada por el  shalón, la paz, como don y señal del Resucitado. Protagonizada también por la relación  directa e inmediata entre la experiencia del Resucitado y la misión, por la transmisión del  Espiritu Santo, por la silueta y la actitud de Tomás, por su confesión ardiente; y por último,  esa nueva y radiante bienaventuranza para los que tienen fe sin haber visto.  Cada fotograma trae de la mano un hermoso mensaje.

La experiencia común del Resucitado constituye en las primeras comunidades el pilar  básico que sustentaba la fe de los cristianos. Y nos invita, en el camino de esa fe, a fiarnos  del testimonio y de la experiencia de los otros.

Creer sólo lo que uno experimenta nos sumiría en una gran ignorancia y haría imposible  la convivencia. El Shalom, la paz, introduce una novedad histórica y no tiene nada que ver  con el poder y la dominación. La misión es consecuencia lógica de la experiencia del  Resucitado en su vida. Inmediatamente se siente enviado a testimoniarla, a transmitirla. Al  igual que la experiencia del Resucitado y la vivencia del Espiritu son inseparables.  Pero quizás la figura de Tomás en este evangelio, atraiga con más fuerza. Ahí está.  Aparentemente arrogante, en el desafío de imponer su criterio y su personalidad.  Tomás es la imagen de un hombre moderno que quiere ver para creer. Y no sólo ver sino  también tocar y palpar las llagas, por si acaso se trata de una alucinación.

Tomás es el símbolo de todos los discípulos de Jesús que a lo largo de los tiempos no  tendrán una experiencia directa del Resucitado, y que, para poder afianzar su fe tendrán  que confiar en el testimonio de aquellos que lo vivieron.

La duda ya estaba presente desde el comienzo, en los primeros cristianos. Por eso las  palabras del Resucitado para Tomás: "No seas desconfiado, ten fe", están dirigidas a todos y  cada uno de nosotros que constantemente nos enfrentamos a la duda de no haber tenido el  privilegio de experimentar en primera mano al Resucitado.

En nuestros días se ha puesto de moda considerar la "duda" como un componente  esencial de la fe.

Sin embargo, nada hay más contrario al evangelio.  Constantemente, Jesús reclama una fe total. Y coloca esa espléndida bienaventuranza,  pensada para los que tenemos fe gracias al testimonio de los apóstoles, transmitido de  generación en generación: «Dichosos los que crean sin haber visto».  Es como si Jesús nos felicitara a cada uno por haber creído, sin necesidad de ver y tocar.

ANTONIO GIL
ABC/DIARIO
Sábado 18-4-98. pág. 41
(
 http://www.mercaba.org
).

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Fluvium.org).

La fe no es privilegio, sino don
"La crítica y el diálogo con los no creyentes, cuando se desarrollan en el respeto y en la lealtad recíproca, nos resultan de gran utilidad. Ante todo nos hacen humildes. Nos obligan a tomar nota de que la fe no es un privilegio, o una ventaja para nadie. No podemos imponerla ni demostrarla, sino sólo proponerla y mostrarla con la vida", asegura Raniero Cantalamessa, predicador del Papa.

«Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros”. Luego dice a Tomás: “Acerca tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”. Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío”. Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”».
        Con la insistencia sobre el suceso de Tomás y su incredulidad inicial («Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos, no creeré»), el Evangelio sale al encuentro del hombre de la era tecnológica que no cree más que en lo que puede verificar. Podemos llamar a Tomás nuestro contemporáneo entre los apóstoles.

        San Gregorio Magno dice que, con su incredulidad, Tomás nos fue más útil que todos los demás apóstoles que creyeron enseguida. Actuando de tal manera, por así decirlo, obligó a Jesús a darnos una prueba «tangible» de la verdad de su resurrección. La fe en la resurrección salió beneficiada de sus dudas. Esto es cierto, al menos en parte, también aplicado a los numerosos «Tomás» de hoy que son los no creyentes.

        La crítica y el diálogo con los no creyentes, cuando se desarrollan en el respeto y en la lealtad recíproca, nos resultan de gran utilidad. Ante todo nos hacen humildes. Nos obligan a tomar nota de que la fe no es un privilegio, o una ventaja para nadie. No podemos imponerla ni demostrarla, sino sólo proponerla y mostrarla con la vida. «¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?», dice San Pablo (1 Corintios 4,7). La fe, en el fondo, es un don, no un mérito, y como todo don no puede vivirse más que en la gratitud y en la humildad.

        La relación con los no creyentes nos ayuda también a purificar nuestra fe de representaciones burdas. Con mucha frecuencia lo que los no creyentes rechazan no es al verdadero Dios, al Dios viviente de la Biblia, sino a su doble, una imagen distorsionada de Dios que los propios creyentes han contribuido a crear. Rechazando a este Dios, los no creyentes nos obligan a volvernos a situar tras las huellas del Dios vivo y verdadero, que está más allá de toda nuestra representación y explicación. A no fosilizar o banalizar a Dios.

        Pero también hay un deseo que expresar: que Santo Tomás encuentre hoy muchos imitadores no sólo en la primera parte de su historia --cuando declara que no cree--, sino también al final, en aquel magnífico acto suyo de fe que le lleva a exclamar: «¡Señor mío y Dios mío!».

        Tomás es también imitable por otro hecho. No cierra la puerta; no se queda en su postura, dando por resuelto, de una vez por todas, el problema. De hecho, ciertamente le encontramos ocho días después con los demás apóstoles en el cenáculo. Si no hubiera deseado creer, o «cambiar de opinión», no habría estado allí. Quiere ver, tocar: por lo tanto está en la búsqueda. Y al final, después de que ha visto y tocado con su mano, exclama dirigido a Jesús, no como un vencido, sino como un vencedor: «¡Señor mío y Dios mío!». Ningún otro apóstol se había lanzado todavía a proclamar con tanta claridad la divinidad de Cristo.
(
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).

 

Ejercicio de lectio divina para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Menesianos.org).

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 Oración inicial
¡Oh Padre!, que en el día del Señor reúnes a todo tu pueblo para celebrar a Aquél que es el Primero y el Último, el Viviente que ha vencido la muerte; danos la fuerza de tu Espíritu, para que, rotos los vínculos del mal, abandonados nuestros miedos y nuestras indecisiones, te rindamos el libre servicio de nuestra obediencia y de nuestro amor, para reinar con Cristo en la gloria
 EL TEXTO
 El relato de Juan describe con rasgos precisos el estado de la comunidad cristiana –y de nuestras comunidades de Hermanos y de Laicos - cuando falta la presencia viva del Resucitado. La luz se apaga y llega la noche; los discípulos quedan paralizados por «el miedo a los judíos»; la comunidad permanece encogida y acobardada, con «las puertas cerradas», sin fuerza para la misión. Falta vida, vigor, vitalidad. Todo es miedo, cobardía, oscuridad.
La presencia de Cristo vivo en medio de ellos lo cambia todo. El evangelista subraya, sobre todo, dos aspectos. Por una parte, el Resucitado arranca de sus corazones el miedo y la turbación, y los inunda de paz y alegría: «La paz con vosotros». Al mismo tiempo, les infunde su aliento, abre las puertas y los envía al mundo: «Como el Padre me envió, así también os envío yo».
El misterio de Cristo resucitado es, antes que nada, fuente de paz: la vida es más fuerte que la muerte, el amor de Cristo más poderoso que nuestro pecado, Dios más grande que el mal. 
Por otra parte, Cristo resucitado conduce a sus discípulos a la apertura creadora al mundo. Liberada del miedo y la inseguridad, la Congregación, la comunidad ha de abrirse confiadamente al futuro, renunciando a la voluntad de poder, de saber y de tener, para buscar, como Cristo, ser «fermento» y «sal».
Meditamos este texto en esta perspectiva desde nuestro ser parte de la Congregación Hermanos Menesianos y de Familia Menesiana.
 
19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes.» 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes”
Como el Padre me envió, también yo les envío.» 22 Dicho esto, sopló y les dijo: «Reciban  el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonen  los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»
24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» 25 Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»
 26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con ustedes» 27 Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» 28 Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» 29 Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»
30 Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. 31 Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

DEJA UN TIEMPO DE SILENCIO PARA QUE LA PALABRA HAGA SU TRABAJO EN TI Y EN TU COMUNIDAD.

Algunas preguntas para ayudar a la meditación:
 ¿Quién o qué cosa ha suscitado mi interés y maravilla en la lectura que he hecho? ¿Cómo identificas tu comunidad con la comunidad de los discípulos? ¿Qué momento de tu vida estás viviendo como creyente?¿Qué significado tiene para mí el don del Espíritu para la misión? Jesús envía a la misión ye eso no se termina? ¿ Cómo estás viviendo la misión ahora mismo? ¿Cómo enviado o como dueño, llamado a comenzar cada día o de forma rutinaria,  después de la Resurrección, la misión de Jesús en el mundo?  ¿Siento y vivo mi vocación menesiana en la comunidad como fundación permanente?. ¿ Es Cristo resucitado quien desde dentro la anima, la mueve, la impulsa y la recrea incesantemente? Puedo orar con las señales de vida resucitada que hay en mí y en mi comunidad y en la Iglesia.
 

El texto sagrado habla de dos apariciones de Cristo a los discípulos (Jn 20,19-29), y agrega la primera conclusión del Cuarto Evangelio (Jn 20,30-31). En el escrito se pueden distinguir, entre otros, los siguientes elementos:
• Los dones del Resucitado: El don del Espíritu Santo, que capacita para formar nuevas comunidades y anunciar la resurrección; la paz, entendida como armonía con el Dios de Jesucristo, con los seres humanos, y con la naturaleza; el perdón y la liberación de toda esclavitud, incluida la del pecado.
• La historia de Tomás.  Tomás (hebreo: to’am; arameo: tom’; griego: didimos, significa gemelo) es uno del grupo de los Doce (Gn 6,67; Mt 10,13; Hch 1,13). Juan nos dice que este discípulo estaba dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte (Jn 11,16). Después se queja a Jesús de que éste no les indica el camino que Jesús mismo iba a recorrer, el camino al Padre (Jn 14,5). Tomás permanece en la memoria común como "el que duda". La duda de Tomás está relacionada con el testimonio de la comunidad. Él siente la necesidad del encuentro personal con el Resucitado, para arrojar de sí el miedo a la muerte, que llevaba dentro. La condición es ésta: ver y tocar las heridas de Jesús, que son el signo de su victoria sobre la muerte.
Sin embargo, cuando se encuentra con el amor gratuito de Cristo, brota desde su interior esta confesión de fe: "¡Señor mío y Dios mío!"
La presencia del Resucitado abre el corazón de Tomás, que confiesa: "¡Señor mío y Dios mío!". Tomás confiesa su fe en el Señor Resucitado y glorioso, que es el único y verdadero Dios. Es importante este hecho: que Jesús se convierte en "mi" Señor y "mi" Dios para Tomás. Esta confesión muestra la fe como una relación profunda, personal e íntima. Jesús, sin embargo, pone de relieve que es mejor creer sin ver: "¡Dichosos los que crean sin haber visto!". Jesús dirige estas palabras no sólo a Tomás, sino a todos los hombres y mujeres que, a través de los siglos, lo buscan sin verlo (1 Pe 1,8-9)
 
  • Los otros signos. Si descubrimos los "muchos otros signos", que Jesús realiza en nuestra propia existencia, crecerá la fe en Él, y recibiremos de Él la comunicación de la Vida Divina.

El máximo deseo de Jesús Resucitado para todos los hombres es la paz. Ese es el saludo que sale siempre de sus labios: «la paz con ustedes».
La vida de los seres humanos está hecha de conflictos. La historia de los pueblos es una historia de enfrentamientos y guerras. La convivencia diaria está salpicada de agresividad. Lo estamos viviendo en estos últimos tiempos muy de cerca en nuestro País. La gran opción que hemos de hacer para superar los conflictos es la de escoger   los caminos del diálogo, la razón y el mutuo entendimiento 
. Hemos de creer más en la eficacia del diálogo pacífico que en la violencia destructora.  Hemos de confiar más en los procedimientos humanos y racionales que en las acciones bélicas.  Hemos de buscar la humanización de los conflictos y no su agudización.
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Ejercicio de lectio divina para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Ompe Mexico).

Lectio Divina para el domingo 15 de abril del 2012, domingo 2° del Tiempo de Pascua


Escrito por P. Toribio Tapia Bahena/Diócesis Cd. Lázaro Cárdenas   

 

Jueves, 12 de Abril de 2012 15:00


 
II Domingo de pascua
 
Testigos del Señor Resucitado para la reconciliación
 
Juan 20,19-31
 
 
 
"1. Lectura
 
¿Con qué indicación temporal aparece el evangelio? ¿A qué se refiere la indicación de “al atardecer de aquel día? (véase 20,1) ¿Por qué estaban cerradas las puertas de lugar donde se encontraban los discípulos? ¿Dónde se presentó Jesús? ¿De qué manera saluda Jesús a los discípulos? ¿Cuántas veces? (lee los vv. 19. 21. 26).

Después de saludarlos la primera ocasión ¿qué les mostró? ¿Por qué se alegraron los discípulos?

¿Qué es lo que sucede después del segundo saludo? ¿Cómo envía Jesús? ¿Qué les entrega? ¿A quiénes les quedarán perdonados los pecados? ¿A quiénes les quedarán retenidos?

¿Quién no estaba con los otros discípulos cuando llegó Jesús? ¿A qué grupo pertenecía Tomás, el mellizo? ¿Qué le decían los discípulos a Tomás? ¿Qué quería ver en las manos de Jesús?  ¿Qué deseaba hacer en el agujero de los clavos? ¿y qué en el costado? ¿Qué hará Tomás si no consigue todo esto?

Compara la respuesta de Tomás con lo que les había mostrado Jesús a los discípulos cuando él no estaba.

¿Quiénes estaban reunidos ocho días después? ¿Quién se presentó en medio de ellos otra vez estando las puertas cerradas (véase v. 19)? ¿A quién se dirigió Jesús inmediatamente? ¿Qué le pide que acerque? ¿Qué le pide que mire? ¿Qué le pide que meta en su costado? ¿Qué le dice Jesús a Tomás que deje de ser? ¿En qué debe transformarse? ¿En qué consiste la respuesta de Tomás? ¿Qué afirma? 

De acuerdo a la respuesta de Jesús ¿por qué ha creído Tomás? ¿En qué consiste la bienaventuranza que dice Jesús?

Según el autor del cuarto evangelio ¿En presencia de quién realizó otros muchos signos que no están escritos en este libro? ¿Para que han sido escritos estos signos?

 Para comprender mejor este evangelio tengamos en cuenta que lo que se dice de las apariciones del Resucitado en los evangelios tiene como finalidad principal dar una catequesis sobre el significado de la presencia del Señor entre ellos; muchos de los primeros cristianos estaban convencidos de que la presencia de Jesucristo Vivo los comprometía antes que privilegiarlos. En otras palabras, la presencia del Resucitado en medio de los discípulos reunidos es de primera importancia para la existencia y el porvenir de la comunidad eclesial 44.
 
Por esto, con mucha seguridad, el evangelio de Juan presenta a Jesucristo saludando a los discípulos diciéndoles “la paz esté con ustedes (Jn 20, 19. 21. 26). La paz en el evangelio significa mucho más que tranquilidad. No es un simple saludo que procura un buen deseo 45.  Es la gracia de Dios que llena de posibilidades al hombre para ser feliz; lo había anunciado el mismo Señor diciendo: “Les dejo la paz, mi paz les doy; no se las doy como la da el mundo” (14, 27) 46. Para dejar claro que es un regalo importante para los discípulos el evangelio presenta a Jesús en tres ocasiones dando el mismo saludo 47. 

En el segundo saludo encontramos unas palabras de envío; Jesús, el Enviado por excelencia 48, envía a los discípulos. Juan, a diferencia de los otros evangelios, ha dejado –con ligeras excepciones 49- el envío hasta el final, una vez que Él ha vuelto al Padre. El envío de los discípulos incluye la semejanza con el Hijo que ha sido enviado por el Padre: “como (en gr. kathós) el Padre me envió, también yo los envío” (v. 21). No se trata de una comparación sino de una continuidad inseparable. Es decir, el Hijo extiende a los discípulos su propia misión, la que recibió del Padre 50. Ahora bien, esta continuidad significa en el evangelio de Juan que los discípulos deben realizar la misión del Hijo que el cuarto evangelio parece resumir en: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (10,10)  51. Ahora bien, no debemos pasar por alto una sutileza; el cuarto evangelio ha evitado mencionar –quizás expresamente- que los discípulos habían sido enviados para realizar acciones semejantes a las que había hecho el Maestro (véase, por ejemplo, Mc 6,12; 16, 17; Mt 10,8; Lc 10, 9.17). Por algunos otros testimonios como el de la comunidad de Corinto 52 sabemos que con cierta facilidad el enviado pretendía –consciente o inconscientemente- sustituir a quien lo había enviado. Por esto, es muy probable que el evangelio de Juan esté vislumbrando el peligro real de que el enviado, con cierta facilidad y con mucha conveniencia, pretenda e incluso llegue a tomar el lugar de quien lo envía. 

Esta misión se concretiza en Jn 20,21-23. Llama la atención que especialmente Juan relacione el envío de los discípulos con el perdón de los pecados 53. Esto es coherente con todo el evangelio pues desde el comienzo había dejado claro que Jesús era el Cordero de Dios que quitaba el pecado del mundo (1,29) y Él mismo había hecho signos que libraban a la gente de sus males. Con las palabras de “a quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá”  no se señala un privilegio sino una responsabilidad 54.  El Señor envía a sus discípulos para que se comprometan en la disminución del mal; para esta gran tarea contarán con la presencia del Espíritu Santo. Esta gracia y responsabilidad que el Resucitado concede a sus discípulos aparece indicada tanto de manera positiva como negativa (atar y desatar); en la mentalidad semítica la pareja de términos contrarios refleja totalidad 55. De este modo “perdonar/retener” estaría significado la totalidad del poder misericordioso que el Resucitado transmite a los discípulos; la manera en que se dice esta frase (en voz pasiva: “les quedan perdonados”-“les quedan retenidos”) significa que el autor de esta misericordia infinita es Dios; es un perdón definitivo. Donde la comunidad de discípulos ejerce la misericordia y perdona, Dios mismo lo hace 56.

El hecho de que el evangelio mencione a los discípulos (20, 19) y, dentro de este grupo a los apóstoles, es debido a que se desea poner el acento en la adhesión a Jesús 57; esto no es una desventaja para el grupo de los Doce, tampoco una minimización 58. La inclusión de todos los discípulos corresponde, no sólo a la gravedad de la situación, sino sobre todo a la importancia de la tarea. El evangelio de Juan expresa una responsabilidad fundamental de los discípulos de Jesús: disminuir el mal, eliminar del ámbito de las relaciones lo que impide vivir como verdaderos hermanos y auténticos hijos de Dios. Esto es una tarea de toda la comunidad 59.

Por último, el evangelio agrega el famoso caso de Tomás el mellizo que, por su típica necedad, ha pasado a ser el modelo de quien no cree 60. El problema del apóstol Tomás era que quería conocer a Jesucristo directamente y no aceptaba el testimonio de quienes lo habían visto. Aquí se deja clara la eterna tentación del ser humano de pretender creer sin la ayuda de los demás. Mientras María Magdalena había reconocido al Señor inmediatamente (20,15-16) o el discípulo amado había creído sólo ante el sepulcro vacío (v. 8) Tomás se resiste a creer.

Las palabras de Tomas “si no veo en sus manos… si no meto mi dedo… no creeré” (v. 25) imponen una condición irrefutable 61; exige experimentar antes que creer en el testimonio de los otros discípulos. El evangelio pone en contraste la actitud de Tomás con la del discípulo amado que, ante el sepulcro vacío, vio y creyó (20,8). Jesús acepta el reto de Tomás pero no para complacer su curiosidad sino para invitarlo a una decisión más profunda: que se transforme en creyente. El evangelio no dice si Tomás lo hizo; quizás no. Lo que si deja claro es que Tomás creyó; así lo expresa su proclamación de fe: “Señor mío y Dios mío” (v. 28) 62; él había creído porque vio al Señor, “dichosos los que no han visto y han creído” (v. 29).

El evangelista aprovecha y proclama una bienaventuranza que debió animar bastante a quienes, muchos años después de la muerte y resurrección del Señor, escuchaban este evangelio. Ya lo había adelantado en el personaje del discípulo que sólo vio el sepulcro vacío y creyó (v. 8); ahora lo deja todavía más claro. Aquellos cristianos no tenían por qué sentirse menos privilegiados que los que habían vivido con el Señor; en todo caso, los que habían visto al Señor y convivido con Él, tenían la responsabilidad de convencer con su testimonio a las siguientes generaciones no sólo de aprovechar esa experiencia a favor de ellos mismos 63.

 
 
2. Meditación
 
La manifestación del Señor Resucitado con su regalo de paz es un signo culminante en el que se nos deja claro el sentido de su presencia así como el alcance de la responsabilidad de nosotros como discípulos. Tenemos la tarea de ser portadores de paz; es decir, por la presencia del Resucitado en nuestra existencia debemos ser portadores y forjadores de vida. 

¿En qué nos hace pensar esto respecto del alcance de nuestra acción evangelizadora?

El evangelio nos deja claro que somos continuadores de la obra del Señor que ha Resucitado; ante el peligro real de usurpar el lugar de quien nos ha llamado y enviado es importante que tomemos conciencia de que somos continuadores de la misión del Hijo; es nuestra misión porque la asumimos responsablemente no porque seamos sus dueños absolutos.

¿En que nos hace reflexionar esto respecto de nuestra responsabilidad en nuestra familia, en la Iglesia…? 

El envío que nos ha hecho el Señor Resucitado está en orden a la reconciliación; Jesucristo, el enviado del Padre para la reconciliación, nos envía para que continuemos con esta misión. No es una tarea que podamos cumplir individualmente; el evangelio remarca el carácter eminentemente comunitario y corresponsable de esta tarea. Tampoco es un asunto que debamos emprender como se nos ocurra; es una responsabilidad comunitaria en la que no debe faltar la presencia del Espíritu Santo.

¿En qué nos hace reflexionar esto respecto a nuestra tarea  como agentes de reconciliación?

El testimonio de la comunidad eclesial es un camino indispensable para la fe en el Señor Resucitado. Pero a esta gracia corresponde una responsabilidad: ser una comunidad creíble. La bienaventuranza “dichosos los que no han visto y han creído” evidencia el ejemplo de muchas personas que con su testimonio han facilitado, en muchos espacios y en todos los tiempos, el encuentro con el Señor; pero al mismo tiempo resuena como una alerta que provoca temor y temblor ante la posibilidad –y por desgracia a veces pecado- de no ser creíbles obstaculizando el encuentro con Jesucristo.

¿En qué nos hace pensar esto con relación al testimonio que hemos recibido y que a su vez debemos dar? 

 
 
3. Oración
 
Comencemos por repetir en silencio las palabras del apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”

Agradezcamos a Dios el testimonio de muchos hermanos nuestros a través de los cuales hemos creído en el Señor Resucitado.

Pidámosle que tomemos con seriedad nuestra responsabilidad en vivir mejor para que otros crean de manera más firme.

Roguémosle que nos conceda trabajar por la paz, la misericordia y la reconciliación.

Pidámosle perdón por las ocasiones en que se nos ha olvidado que somos sus enviados para trabajar para que todos tengamos más vida en abundancia.

 
 
4. Contemplación – acción
 
¿En qué nos anima la presencia del Señor Resucitado? ¿A qué nos compromete?

¿Qué propósito podemos hacer para ir consiguiendo la auténtica paz en nuestras vidas?

El Señor nos ha enviado a trabajar para que el perdón y la misericordia se hagan presentes ¿qué podemos hacer para que quienes nos traten experimenten el perdón? ¿En qué debemos ser mejores para que quienes entran en contacto con nosotros experimenten la reconciliación?

¿Por qué es de fundamental importancia creer y crecer en nuestra fe a través de la ayuda de la comunidad?
 
¿En qué nos podemos comprometer para que otros sigan creyendo de manera más auténtica en el Señor Resucitado?" 64
 
 
 
 
 
44 También lo presentan, aunque cada uno con diferentes matices, los otros evangelios (Mt 28, 16-20; Mc 16,14-19; Lc 24,36-50).
 
45 En el Antiguo Testamento cuando un ser divino dice “la paz esté contigo” se cumple lo que se desea (Jue 6,23s). Para el pueblo de Israel la paz era un don divino; de hecho, el Mesías victorioso era “el Príncipe de la paz”, él establecería una paz sin fin (Is 9,5; Miq 5,4).
 
46 Además, debemos tomar en cuenta que, después de saludar a los discípulos por primera ocasión, Jesús les muestra las manos y el costado, las señales de que era el mismo que había muerto en la cruz (19,34). Se insiste pues en que el Resucitado es el Crucificado y viceversa. Después del tercer saludo, ante la incredulidad de Tomás, el Señor le mostrará las manos y el  costado (20,27). Juan, a diferencia de los otros evangelistas, dice que de esto se da testimonio “para que también ustedes (los que escuchan después de muchos años el evangelio) crean” (19,35).
 
47 El regalo de la paz que da el Señor Resucitado tiene aún más importancia porque el evangelio ha dicho que los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos. La paz que da el Señor no envalentona al discípulo; lo hace consciente de que Él no es un fantasma. El hecho de que Jesucristo entre al lugar donde están reunidos los discípulos aún cuando las puertas están cerradas no quiere remarcar que una vez resucitado atraviesa paredes; más bien se pretende dejar claro que, a partir de ese momento, los discípulos saben que el Señor siempre estará con ellos a pesar de los aparentes obstáculos que se presenten.
 
48 Véase Jn 3, 31-34; 5,30; 7, 17s. 28s; 8, 16. 28s. 42; 12, 44s; 14, 10; 16, 28.
 
49 Podemos mencionar entre las excepciones: Jn 4,38; 13,20; 17,18.
 
50 La continuidad entre la misión del Hijo y la de los discípulos se expresa en 13,20: “En verdad, en verdad les digo: quien acoja al que yo envíe, me acoge a mí, y quien acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado”.
 
51 Ahora bien, la responsabilidad comunitaria para la disminución del pecado no debe confundirse con el ministerio del perdón de los pecados; este evangelio habla de una responsabilidad no del modo en que esta debe ejercerse.
 
52 “…Porque hermanos míos, estoy informado de ustedes, por los de Cloe, que existen discordias entre ustedes. Me refiero a que cada uno de ustedes dice: ‘Yo soy de Pablo’, ‘yo de Apolo’, ‘yo de Cefas’, ‘yo de Cristo’ ¿Está dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por ustedes? ¿O han sido bautizados en el nombre de Pablo?” (1Cor 1,11-13). “¿Qué es, pues, Apolo? ¿Qué es Pablo?... ¡Servidores, por medio de los cuales han creído! Y cada uno según el don del Señor” (3. 5); “…¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo!” (vv. 10b-11).
 
53 Según Lucas “se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones” (24,47); de acuerdo a Mateo: “vayan, pues, y hagan discípulos a todas las naciones bautizándolas…” (28,19); y según Marcos: “vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (16, 15-16).
 
54 Debido a que Juan enfatiza el riesgo de la infidelidad de los discípulos (véase por ejemplo 15,2.6; 17,15) la posibilidad de retener el perdón podría estarse refiriendo a la tarea que tiene la comunidad de discernir quiénes se han abierto a la luz y quiénes la han rechazado. Ahora bien, el acento del texto no está en el juicio sino en la totalidad del poder del perdón y de la misericordia.
 
55 Por ejemplo: luz/tinieblas, felicidad/desdicha, expresan el campo ilimitado de la acción de Dios (Is 45,7); entrar/salir se relaciona con la libertad total de la conducta (1Sam 29,6; Jn 10,6), atar/desatar significa plenos poderes (Mt 18,18), perdonar/retener, la posibilidad total de luchar contra el pecado (Jn 20, 23).
 
56 Podría también decirse con mucha probabilidad al relacionarse el soplo del Espíritu con el perdón que el evangelio desea hablar de la reconciliación como el inicio de una nueva creación.
 
57 El evangelio de Juan había adelantado esto, de alguna manera, al colocar como testigo privilegiado de la Resurrección y como un modelo de fe al discípulo amado (20, 8). Con mucha seguridad este discípulo anónimo tiene como finalidad involucrar al oyente o lector para que se sienta parte de los destinatarios inmediatos (y ahora posteriores) del evangelio; esto estaría en estrecha relación con la intención de Juan de poner como testigos de la Manifestación del Señor a los discípulos y, entre otras cosas, con la bienaventuranza del v. 29: “dichosos los que no han visto y han creído”.
 
58 No debemos pasar por alto que, si bien otros textos como 1Cor 15,5 afirma que el Señor Resucitado “se apareció a Cefas y luego a los Doce” Juan quiere remarcar que fue a los discípulos (20,19) y, entre ellos, a los Doce (v. 24). El cuarto evangelio tiene clara la distinción entre “discípulos” y “apóstoles” (6,66-67); si su intención hubiera sido reducir la manifestación del Resucitado a los “Doce” hubiera podido hacerlo sin mayor dificultad.
 
59 No es posible ver en este texto, como lo hacen algunos hermanos protestantes, una justificación de que todos pueden sacramentalmente perdonar los pecados.
 
60 Tomás, como judío, no ignora que algún día vendrá la resurrección –al final de los tiempos- de todos los hombres. Sin embargo, se le dificultaba admitir que Jesucristo ya hubiera entrado a la vida definitiva; quería verificarlo tocando sus llagas.
 
61 Las condiciones de Tomás se parecen a lo que dijo Jesús al funcionario del rey: “si no ven signos y prodigios no creen”.
 
62 Llama la atención que la primera ocasión en  que el Señor se aparece a los discípulos Tomás no esté; es cierto que el texto no alcanza a decir todo lo que nos gustaría que dijera. Sin embargo, podríamos preguntarnos si el hecho de haber estado al margen de la comunidad lo incapacitaba –de algún modo- para creer en el testimonio de los otros discípulos.
 
63 De hecho aquí se ubica la finalidad principal del evangelio: que las nuevas generaciones –que no habían conocido y tratado físicamente al Señor- creyeran que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios y, así, tuvieran vida en su nombre.
 
 
 
64 TAPIA Bahena, Toribio. La Buena Nueva de Jesucristo es para todos. Itinerarios de encuentro con la palabra a través de la Lectio Divina. Ciclo B. Páginas 103 a 110 (Adquiérelo en OMPE México, Tel. 01 800 561 67 80)
(
http://www.ompemexico.org.mx/noticias/index.php?option=com_content&view=article&id=7878:lectio-divina-para-el-domingo-15-de-abril-del-2012-domingo-2d-del-tiempo-de-pascua&catid=42:genesis&Itemid=74
).

 

Ejercicio de lectio divina para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Formacion Cofrade).

PRÁCTICA DE LA LECTIO DIVINA EN GRUPO
 15 abril 2012: II Domingo de Pascua
 
1. Disposición espiritual.
 Haz silencio, exterior e interior.¡Es el Señor quien nos visita con su Palabra, para tratar amorosamente con nosotros, como un Padre con sus hijos! ¡También nos habla, mediante la palabra de los hermanos, para sentirnos Iglesia! Invoca al Espíritu Santo con toda sinceridad, con la certidumbre de ser escuchado. Que el Espíritu te ilumine, te fortifique, te guíe y te consuele. Revele y encarne en ti el gran misterio de Cristo, presente en su Palabra.

 Oración: Señor Jesucristo, envía tu Espíritu Santo sobre nosotros y haznos comprender las Escrituras inspiradas por él; concédenos interpretarlas de manera digna para que saquemos provecho. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos. Amén.

 

2. Lectura (lectio) Lo que el texto dice Juan 20, 19-31:
 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
 "Paz a vosotros." Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado así también os envió yo." Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
 "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."
 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor." Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo."

 A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: "Paz a vosotros." Luego dijo a Tomás: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente." Contestó Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" Jesús le dijo: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto."

 Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos.
 Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. Palabra del Señor Lee y relee tranquila y detenidamente este pasaje bíblico fijándote bien en todos los detalles. Descubre sus recursos literarios, las acciones, los verbos, los sujetos, el ambiente descrito, su mensaje. Tras un momento de silencio descubrimos juntos qué dice el texto.

 El evangelio de hoy debe entenderse en el contexto del capítulo al que pertenece (Jn 20). Es muy significativo que todo cuanto en él se narra acontece en domingo ("el primer día de la semana"). Ese era el día en el que los primeros cristianos recordaban la resurrección de Jesús y se reunían para celebrar la eucaristía. De hecho, no debemos leer estas escenas de apariciones como "crónica histórica", sino como una meditación pascual que la comunidad cristiana hace en torno a la mesa del Señor, lugar privilegiado de encuentro con el Resucitado para aquellos que creen en él aun sin haberlo visto.

 En este relato se distinguen claramente dos escenas. La primera sucede el mismo día de la Pascua y narra la aparición de Jesús Resucitado a un grupo de discípulos (Jn 20,19-23). De este modo el Señor cumple su promesa de volver junto a ellos y enviarles su Espíritu. De hecho algunos han llamado a esta página el "Pentecostés del cuarto evangelio"
 Si repasamos el evangelio de Juan descubrimos que el "miedo a los judíos" que sentían los discípulos refleja el que experimentaba la comunidad a la que se dirige el evangelista. Ésta se veía acosada por la hostilidad de los dirigentes judíos que les hacían el vacío e incluso habían llegado a expulsarlos de las sinagogas. Las palabras de Jesús son una invitación a superar la tentación de encerrarse y aceptar el reto de la misión. La segunda escena (Jn 20,24-29) tiene lugar al domingo siguiente y narra la aparición a Tomás, que no ha
 participado de la misma experiencia que el resto del grupo. Tampoco hace caso del testimonio de sus compañeros y exige pruebas palpables de que el Señor está vivo. De modo significativo, el relato insiste en que "no estaba con ellos cuando se apareció Jesús". De este modo el evangelista indica la importancia de la comunidad como lugar privilegiado para vivir e interpretar la experiencia pascual. Para Tomás, esta se produce cuando se reintegra a la misma y desemboca en una auténtica confesión de fe: "Señor mío y Dios mío".

 El significado de esta segunda escena del evangelio de Juan gira en torno a la relación entre "ver" y "creer". El evangelista parece jugar con el sentido de ambos verbos. Fijaos en las veces en que aparecen y comparad la reacción de Tomás ante el testimonio de los demás discípulos con las palabras finales que Jesús le dirige.
 Los últimos versículos constituyen el final original del cuarto evangelio, en los que su autor nos explica por qué lo ha escrito (Jn 20,30-31). Según sus propias palabras la intención que le ha movido a componerlo no ha sido la de elaborar una biografía detallada sobre Jesús, sino la de fortalecer la fe de sus lectores mostrando el sentido profundo de los "signos" por él realizados. Ojalá que también nosotros, al leer estas cosas, nos sintamos confirmados en lo que creemos y podamos experimentar en nuestras vidas la presencia viva y dinámica del Resucitado.

 

3. Meditación (meditatio), Lo que el texto me dice
 Permite que lo leído baje hasta el corazón y encuentre en él un centro de acogida donde pueda resonar con todas las vibraciones posibles. Es Dios mismo quien te atrae y te habla al corazón. Quédate con algún verso o frase.

 El evangelista Juan escribía pensando en muchos cristianos que, como Tomás, se tambaleaban en sus convicciones y necesitaban ser fortalecidos. A nosotros no nos cuesta mucho identificarnos con él porque también atravesamos nuestras crisis de fe. Pero, a pesar de todo, nos sentimos felices de "creer sin haber visto" y queremos renovar constantemente nuestro encuentro con el Señor. Necesitamos, como hizo con sus primeros discípulos, que él nos libere de nuestros miedos y nos comunique su Espíritu para poder ser sus testigos.

 Por lo que se refiere a la fe: Jesús declara felices a los que creen sin haber visto. ¿De qué manera interpelan estas palabras tu vida de fe y tu relación personal con el Señor? En Tomás vemos reflejadas las dificultades que tenemos para creer. ¿Podrías compartir con los demás las dudas que sueles experimentar en tu proceso de fe y el modo en que intentas superarlas? En alusión a la caridad: Las lecturas de hoy subrayan el poder transformador de la fe y los frutos que produce en los creyentes. ¿Qué cambios personales y comunitarios nos invitan a realizar para que nuestro testimonio sea creíble?

 Jesús se hace reconocible en sus llagas e invita a Tomás a tocarlas. ¿Qué te sugiere este gesto en medio de un mundo como el nuestro en el que las llagas de Jesús siguen todavía frescas? En cuanto a la esperanza: Gracias al Espíritu del Resucitado el miedo de los discípulos se transformó en paz, el pesimismo en alegría. ¿En qué sentido puede estimularnos este relato para vivir más abiertos y esperanzados?

 

4. Oración (oratio). Lo que yo digo a Dios y lo que Dios me dice a partir del texto.
 La oración es la respuesta a las sugerencias e inspiraciones, al mensaje que Dios te ha dirigido en su Palabra.
 Haz silencio dentro de ti y acoge las palabras de Jesús en tu corazón. Practicando estas palabras, terminarás por transformarte en El.
 La incredulidad de Tomás deja paso a la adoración: "Señor mío y Dios mío". Son palabras que sólo pueden pronunciarse sinceramente cuando estamos convencidos de que Jesús Resucitado nos acompaña. Al final de nuestro encuentro de hoy nos ponemos también nosotros en su presencia para transformar en oración todo lo que hemos compartido en este encuentro.
 Como signo de esa presencia viva y transformante podemos encender el Cirio Pascual.
 Compartimos nuestra oración.

 Terminamos la reunión recitando juntos el salmo 117 correspondiente a la liturgia de hoy: "Dad gracias al Señor porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia. La diestra del Señor es poderosa, la diesta del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para cantar la hazañas del Señor. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte. La piedra que desecharon los arquitectos es la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo".
(
http://www.formacioncofrade.org/noticias-2012/2012-04-15_Lectio_Divina.php
).

 

Ejercicio de lectio divina para el Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Carmelitas).

"La Lectio Divina es una fuente genuina de la espiritualidad cristiana y a ella nos invita nuestra Regla. Practiquémosla cada día para adquirir un suave y muy vivo amor y para aprender la supereminente ciencia de Jesucristo. Así cumpliremos el mandato del Apóstol Pablo que nos recuerda la Regla: “La espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios, habite con toda su riqueza en vuestra boca y en vuestros corazones, y todo lo que debáis hacer hacedlo en el nombre del Señor”.        Constituciones Carmelitas (n. 82)
 

 
 

Lectio: 2º Domingo de Pascua
Lectio: Domingo, 1 Mayo, 2011
Juan 20,19-31
La misión de los discípulos y
el testimonio del apóstol Tomás
 
1. Oración inicial
 
¡Oh Padre!, que en el día del Señor reúnes a todo tu pueblo para celebrar a Aquél que es el Primero y el Último, el Viviente que ha vencido la muerte; danos la fuerza de tu Espíritu, para que, rotos los vínculos del mal, abandonados nuestros miedos y nuestras indecisiones, te rindamos el libre servicio de nuestra obediencia y de nuestro amor, para reinar con Cristo en la gloria
 
2. LECTIO
 
a) Clave de lectura:
 
Estamos en el así llamado “libro de la resurrección” donde se narran, sin una continuidad lógica, diversos episodios que se refieren a Cristo Resucitado y los hechos que lo prueban. Estos hechos están colocados, en el IV Evangelio, en la mañana (20,1-18) y en la tarde del primer día después del sábado y ocho días después, en el mismo lugar y día de la semana. Nos encontramos de frente al acontecimiento más importante en la historia de la Humanidad, un acontecimiento que nos interpela personalmente. “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra predicación, y vana es también nuestra fe.. y vosotros estáis aún en vuestros pecados” (1Cor 15,14.17) dice el apóstol Pablo, que no había conocido a Jesús antes de la Resurrección, pero que lo predicaba con toda su vida, lleno de celo. Jesús es el enviado del Padre. Él también nos envía. La disponibilidad de “andar” proviene de la profundidad de la fe que tenemos en el Resucitado. ¿Estamos preparado para aceptar Su “mandato” y a dar la vida por su Reino? Este pasaje no se refiere sólo a la fe de aquéllos que no han visto (testimonio de Tomás), sino también a la misión confiada por Cristo a la Iglesia.
 
b) Una posible división del texto para facilitar la lectura:
 
20,19-20: aparición a los apóstoles y muestra de las llagas
20,21-23: don del Espíritu para la misión
20,24-26: aparición particular para Tomás ocho días después
20,27-29: diálogo con Tomás
20,30-31: finalidad del evangelio según Juan
 
c) El texto:
 
19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» 20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros.
Como el Padre me envió, también yo os envío.» 22 Dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» 25 Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»
 26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.» 27 Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.» 28 Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.» 29 Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»
30 Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. 31 Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
 
3. Un momento de silencio
 
para conseguir depositar la Palabra en nuestro corazón
 
4. MEDITATIO
 
a) Algunas preguntas para ayudar a la meditación:
 
¿Quién o qué cosa ha suscitado mi interés y maravilla en la lectura que he hecho? ¿Es posible que haya algunos que se profesen cristianos, pero que no crean en la Resurrección de Jesús? ¿Tan importante es creer? ¿Qué cambia si sólo nos quedásemos con su enseñanza y su testimonio de vida? ¿Qué significado tiene para mí el don del Espíritu para la misión? ¿Cómo continúa, después de la Resurrección, la misión de Jesús en el mundo? ¿Cuál es el contenido del anuncio misionero? ¿Qué valor tiene para mí el testimonio de Tomás? ¿Cuáles son , si las tengo, las dudas de mi fe? ¿Cómo las afronto y progreso? ¿Sé expresar las razones de mi fe?
 
b) Comentario:
 
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana: los discípulos están viviendo un día extraordinario. El día siguiente al sábado, en el momento en el que viene escrito el IV evangelio, es ya para la comunidad “ el día del Señor” (Ap 1-10), Dies Domini (domingo) y tiene más importancia que la tradición del sábado para los Judíos.
 
Mientras estaban cerradas las puertas: una anotación para indicar que el cuerpo de Cristo Resucitado, aún siendo reconocible, no está sujeto a las leyes ordinarias de la vida humana.
 
Paz a vosotros: no es un deseo, sino la paz que había prometido cuando estaban afligidos por su partida (Jn 14,27; 2Tes 3,16; Rom 5,3), la paz mesiánica, el cumplimiento de las promesas de Dios, la liberación de todo miedo, la victoria sobre el pecado y sobre la muerte, la reconciliación con Dios, fruto de su pasión, don gratuito de Dios. Se repite por tres veces en este pasaje, como también la introducción (20,19) se repite más adelante (20,26) de modo idéntico.
 
Les mostró las manos y el costado: Jesús refuerza las pruebas evidentes y tangibles de que es Él el que ha sido crucificado. Sólo Juan recuerda especialmente la herida del costado producida por la lanza de un soldado romano, mientras Lucas tiene en cuenta las heridas de los pies (Lc 24-39). Al mostrar las heridas quiere hacer evidente que la paz que Él da, viene de la cruz (2Tim 2,1-13). Forman parte de su identidad de Resucitado (Ap 5,6)
 
Los discípulos se alegraron de ver al Señor: Es el mismo gozo que expresa el profeta Isaías al describir el banquete divino (Is 25,8-9), el gozo escatológico, que había preanunciado en los discursos de despedida, gozo que ninguno jamás podrá arrebatar (Jn 16,22; 20,27). Cfr. También Lc 24,39-40; Mt 28,8; Lc 24,41.
 
Como el Padre me envió, también yo os envío: Jesús es el primer misionero, el “apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos” (Ap 3,1). Después de la experiencia de la cruz y de la resurrección se actualiza la oración de Jesús al Padre (Jn 13,20; 17,18; 21,15,17). No se trata de una nueva misión, sino de la misma misión de Jesús que se extiende a todos los que son sus discípulos, unidos a Él como el sarmiento a la vid (15,9), como también a su Iglesia (Mt 28,18-20; Mc 16,15-18; Lc 24,47-49). El Hijo eterno de Dios ha sido enviado para que “el mundo se salve por medio de Él” (Jn 3,17) y toda su existencia terrena, de plena identificación con la voluntad salvífica del Padre, es una constante manifestación de aquella voluntad divina de que todos se salven. Este proyecto histórico lo deja en consigna y herencia a toda la Iglesia y de modo particular, dentro de ella, a los ministros ordenados.
 
Sopló sobre ellos: el gesto recuerda el soplo de Dios que da la vida al hombre (Gn 2,7); no se encuentra otro en el Nuevo Testamento. Señala el principio de una creación nueva.
 
Recibid el Espíritu Santo: después que Jesús ha sido glorificado viene dado el Espíritu Santo (Jn 7,39). Aquí se trata de la transmisión del Espíritu para una misión particular, mientras Pentecostés (Act 2) es la bajada del Espíritu Santo sobre todo el pueblo de Dios.
 
A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos: el poder de perdonar o no perdonar (remitir) los pecados se encuentra también en Mateo de forma más jurídica (Mt 16,19; 18,18). Es Dios quien tiene el poder de perdonar los pecados, según los escribas y fariseos (Mc 2,7), como según la tradición (Is 43,25). Jesús tiene este poder (Lc 5,24) y lo transmite a su Iglesia. Conviene no proyectar sobre este texto, en la meditación, el desarrollo teológico de la tradición eclesial y las controversias teológicas que siguieron. En el IV evangelio la expresión se puede considerar de un modo amplio. Se indica el poder de perdonar los pecados en la Iglesia como comunidad de salvación, de la que están especialmente dotados aquéllos que participan por sucesión y misión del carisma apostólico. En este poder general está también incluso el poder de perdonar los pecados después del bautismo, lo que nosotros llamamos “sacramento de la reconciliación” expresado de diversas formas en el curso de la historia de la Iglesia.
 
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo: Tomás es uno de los protagonistas del IV evangelio, se pone en evidencia su carácter dudoso y fácil al desánimo (11,16; 14,5). “Uno de los doce” es ya una frase hecha (6,71), porque en realidad eran once. “Dídimo” quiere decir Mellizo , nosotros podremos ser “mellizos” con él por la dificultad de creer en Jesús, Hijo de Dios muerto y resucitado.
 
¡Hemos visto al Señor! Ya antes Andrés, Juan y Felipe, habiendo encontrado al mesías, corrieron para anunciarlo a los otros (Jn 1,41-45). Ahora es el anuncio oficial por parte de los testigos oculares (Jn 20,18).
 
Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré: Tomás no consigue creer a través de los testigos oculares. Quiere hacer su experiencia. El evangelio es consciente de la dificultad de cualquiera para creer en la Resurrección (Lc24, 34-40; Mc 16,11; 1Cor 15,5-8), especialmente aquéllos que no han visto al Señor. Tomás es su (nuestro ) intérprete. Él está dispuesto a creer, pero quiere resolver personalmente toda duda, por temor a errar. Jesús no ve en Tomás a un escéptico indiferente, sino a un hombre en busca de la verdad y lo satisface plenamente. Es por tanto la ocasión para lanzar una apreciación a hacia los futuros creyentes (versículo 29).
 
Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente: Jesús repite las palabras de Tomás, entra en diálogo con él, entiende sus dudas y quiere ayudarlo. Jesús sabe que Tomás lo ama y le tiene compasión, porque todavía no goza de la paz que viene de la fe. Lo ayuda a progresar en la fe. Para profundizar más en la meditación, se pueden confrontar los lugares paralelos: 1Jn 1-2; Sal 78,38; 103,13-14; Rom 5,20; 1Tim 1,14-16.
 
¡Señor mío y Dios mío!: Es la profesión de fe en el Resucitado y en su divinidad como está proclamado también al comienzo del evangelio de Juan (1,1) En el Antiguo Testamento “Señor” y “Dios” corresponden respectivamente a”Jahvé” y a “Elohim” (Sal 35,23-24; Ap 4,11). Es la profesión de fe pascual en la divinidad de Jesús más explicita y directa. En el ambiente judaico adquiría todavía más valor, en cuanto que se aplicaban a Jesús textos que se refieren a Dios. Jesús no corrige las palabras de Tomás, como corrigió aquéllas de los judíos que lo acusaban de querer hacerse “igual a Dios” (Jn 5,18ss), aprobando así el reconocimiento de su divinidad.
 
Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído: Jesús nunca soporta a los que están a la búsqueda de signos y prodigios para creer (Jn 4,48) y parece reprochar a Tomás. Encontramos aquí un pasaje hacia una fe más auténtica, un “camino de perfección” hacia una fe a la que se debe llegar también sin las pretensiones de Tomás, la fe aceptada como don y acto de confianza. Como la fe ejemplar de nuestros padres (Ap 11) y como la de María (Lc 1,45). A nosotros, que estamos a más de dos mil años de distancia de la venida de Jesús, se nos dice que, aunque no lo hayamos visto, lo podemos amar y creyendo en Él podemos exultar de “un gozo indecible y glorioso” (1Pt 1,8).
 
Estos [signos] han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre: El IV evangelio, como los otros, no tiene la finalidad de escribir la vida completa de Jesús, sino sólo demostrar que Jesús era el Cristo, el Mesías esperado, el Liberador y que era Hijo de Dios. Creyendo en Él tenemos la vida eterna. Si Jesús no es Dios, ¡vana es nuestra fe!
 
5. ORATIO
 
Salmo 118 (117)
 
¡Aleluya!
¡Dad gracias a Yahvé, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
¡Diga la casa de Israel:
es eterno su amor!
¡Diga la casa de Aarón:
es eterno su amor!
¡Digan los que están por Yahvé:
es eterno su amor!
 
¡Cómo me empujaban para tirarme!,
pero Yahvé vino en mi ayuda.
Mi fuerza y mi canto es Yahvé,
él fue mi salvación.
Clamor de júbilo y victoria
se oye en las tiendas de los justos.
 
La piedra que desecharon los albañiles
se ha convertido en la piedra angular;
esto ha sido obra de Yahvé,
nos ha parecido un milagro.
¡Éste es el día que hizo Yahvé,
exultemos y gocémonos en él!
¡Yahvé, danos la salvación!
¡Danos el éxito, Yahvé!
 
6. CONTEMPLATIO
 
Oración final
 
Te doy gracias Jesús, mi Señor y mi Dios, que me has amado y llamado, hecho digno de ser tu discípulo, que me has dado el Espíritu, el mandato de anunciar y testimoniar tu resurrección, la misericordia del Padre, la salvación y el perdón para todos los hombres y todas las mujeres del mundo. Verdaderamente eres Tú el camino, la verdad y la vida, aurora sin ocaso, sol de justicia y de paz. Haz que permanezca en tu amor, ligado como sarmiento a la vid, dame tu paz, de modo que pueda superar mis debilidades, afrontar mis dudas, responder a tu llamada y vivir plenamente la misión que me has confiado, alabándote para siempre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
(
http://ocarm.org/es/content/lectio/lectio-2%C2%BA-domingo-de-pascua
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B. La paz sea con vosotros (Desconozco el autor).

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Jn 20, 19-31. ¡La paz sea con vosotr@s!

 Los discípulos estaban encerrados en la habitación superior de la casa por miedo a los judíos. Y Jesús aparece en medio y dice: ¡La paz sea con vosotros!, y ellos se llenaron de alegría.
 Los discípulos se habían encerrado en la casa porque deseaban la paz. Deseaban la paz que es producto de la seguridad. Pensaban que podrían construir una paz basada en la exclusión de los enemigos. Su deseo era, sobre todo, sobrevivir. Pero irrumpe Jesús y les ofrece otra paz, que es su propia paz. ¡Mi paz os dejo, mi paz os doy! Todos deseamos la paz. Pero nosotros, como los discípulos, la buscamos cerrando las puertas y dejando fuera a aquellos que podían molestarnos. Es un frágil paz, pues nos obliga a estar siempre en guardia para repeler a quines puedan invadir nuestro castillo. Es una paz de muerte. Es la paz de las tumbas.
 Ahora bien, sólo existe una paz que en definitiva nos puede satisfacer, la paz de Dios. Pero para conseguirla tenemos que arriesgarnos a abrirnos a los demás, ser heridos. Es la paz del vulnerable Cristo: ¡La paz esté con vosotros!, dijo Jesús, ¡Y les mostró sus manos y su costado!
 La persona a la que dejamos fuera es Dios. Es Dios quien aguardará a irrumpir en nuestras vidas, par alterar nuestra agradable, tranquila paz de muertos. ¡Por mucho que cerremos las puertas y bloqueemos con barras las ventanas, Dios se las arreglará para entrar y ofrecernos su inquietante paz!
 Cristo irrumpe en la habitación, donde nos hemos encerrado, de modos muy diversos. Viene a nosotros en aquel que golpea nuestra puerta para pedirnos nuestro tiempo. Viene a nosotros en el pobre que, como Cristo, nos muestra sus heridas. Viene Cristo en el joven que quiere cambiar nuestras vidas y en el anciano que necesita nuestros cuidados. Viene a nosotros en el extranjero, en el enfermos de sida...
 Los discípulos habían echado la llave a la habitación por miedo: miedo a ser heridos, a ser perturbados, miedo al cambio. Y sobre todo por miedo al otro.
 Cristo se aparece a los discípulos y les dice: ¡La paz sea con vosotros! y ellos se llenan de alegría. La buena nueva del evangelio de hoy es que por muchas barras y cerraduras que pongamos para mantener afuera a Dios, él entra en nuestras vidas y nos ofrece la paz. La paz que anhelamos y nos llena de alegría.
 Regocijémonos con este regalo de Pascua, la paz propia de Dios. Paz que permite introducir al otro en nuestras vidas, que quita las barras y cerraduras que le mantienen fuera. Es el signo que nos permite abrir nuestras vidas al peligroso Dios. Nos invitará a dejar atrás la seguridad, la protección, y vivir con la vulnerabilidad propia de Cristo.


“El Oso y la Monja” Timothy Radcliffe. Ed. San Esteban 1999
(
(Desconozco el autor).

 

Ejercicio de lectio divina para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Oblatos).

LECTIO DIVINA PARA EL 15 DE ABRIL DE 2012


Estudio Bíblico de base para la Lectio Divina del Evangelio del Domingo
Segundo de Pascua – 15 de abril de 2012
 
UNA HERMOSA PEDAGOGÍA DE LA FE PASCUAL:
El itinerario de la fe pascual
Juan 20, 19 –31
 
Este octavo día de celebración de la Resurrección se une al domingo anterior para seguir proclamando que Cristo ha vencido la muerte y ha recobrado la vida que le había sido arrebatada por sus enemigos.

 
 
Durante una semana de nueva creación hemos revivido una serie de encuentros con el Verbo de Dios, el hombre perfecto resucitado de entre los muertos, quien es el centro del género humano, la alegría de cada corazón y la plenitud de sus aspiraciones, como nos enseña el Concilio Vaticano II (GS 45).
 
Para culminar esta serie de encuentros, el evangelio de este domingo nos presenta un itinerario de fe pascual bien elaborado.

Tomemos contacto inmediatamente con las tres partes del evangelio para que captemos su enfoque:
 
• En la primera parte, en Jn 20,19-23, Jesús resucitado se le aparece por primera vez a la comunidad reunida en el cenáculo y les hace vivir la experiencia pascual. Esta primera parte responde a la pregunta: ¿Qué dones trae para mí el Resucitado?
 
• En la segunda parte, en Jn 20,24-29, Jesús resucitado se aparece a la comunidad “ocho días después”, esta vez estando presente Tomás, quien pone en duda la veracidad de la resurrección de Jesús. El mismo Jesús lo conduce a la fe pascual.  Surge entonces la pregunta: ¿Cómo pueden llegar a creer en Jesús las personas que no han visto directamente a Jesús resucitado como lo vieron los apóstoles?

• El texto termina con una anotación conclusiva del evangelista Juan, en Jn 30-31. En estos dos versículos el cuarto evangelio se presenta todo él como un camino de fe pascual. Al condensar en sus pasos fundamentales el camino vivido y proyectarlo como modelo hacia el futuro, se plantea la pregunta: ¿Qué pretende suscitar la proclamación del Evangelio, en cuanto anuncio de los signos del Resucitado para las personas y comunidades de todos los tiempos?
 

 

1. Primera parte: Primer encuentro con la comunidad reunida (20,19-23)
 
Ese mismo día –el primero de la semana- por la mañana, María Magdalena les había comunicado que “Hemos visto al Señor” (20,18).  Ahora, al atardecer (20,19ª), es el mismo Jesús quien viene donde los discípulos y ellos lo ven.

Jesús los encuentra con la puerta cerrada. Todavía están en el sepulcro del miedo y no están participando de su nueva vida (20,19b).
 
Notemos lo que va sucediendo en la medida en que Jesús se manifiesta en medio de la comunidad:
 
1.1. Primer momento: los discípulos experimentan la presencia del Señor (20,19c-21)
 
Detengámonos en las frases y procuremos sentir la fuerza de sus afirmaciones:
 
(1) Jesús se pone en medio: “Se presentó en medio de ellos” (20,19c).

Lo primero que hace Jesús es mostrarles que lo tienen a él, vivo, en medio de ellos, y su presencia los llena de paz y alegría.

En un mundo que les infunde miedo, ellos tienen en medio al vencedor del mundo. Recordemos que la última palabra de su enseñanza cuando se despidió de ellos fue: “Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero ¡ánimo!, yo he vencido al mundo” (16,33).

(2) Jesús les da la paz: “Y les dijo: La paz con vosotros” (20,19d)
 
El don primero y fundamental del Resucitado es la paz. Tres veces en este pasaje del evangelio se repite el saludo: “Paz a vosotros” (20,19.21.26).

Jesús les había prometido esa paz que el mundo no puede dar (ver 14,27).  Ahora, en el tiempo pascual, cumple su palabra porque está en el Padre y porque ha vencido al mundo (16,33).
 
Esta victoria de Jesús es el fundamento de la paz que él ofrece. Y, si bien Jesús no pretende eximir a sus discípulos de las aflicciones del mundo (ver 16,33), ciertamente su intención es darles seguridad, serenidad y confianza en medio de ellas.
 
(3) Jesús les muestra las llagas de sus manos: “Dicho esto, les mostró las manos...” (20,20ª)
 
El Resucitado no sólo habla de paz, sino que se legitima delante de sus discípulos, dándole un fundamento sólido a su palabra. Para ello les muestra sus llagas.  Los discípulos aprenden entonces que el que está vivo delante de ellos es el mismo Jesús que murió en la Cruz: el Resucitado es el Crucificado.

Mostrar las llagas tiene un doble significado: (1) es una expresión de su victoria sobre la muerte; es como si nos dijera: “Mira he vencido”. (2) Es un signo de su inmenso amor, un amor que no retrocedió a la hora de dar la vida por los amigos; y es como si nos dijera: “Mira cuánto te he amado, hasta dónde he ido por ti”.

El Resucitado estará siempre lleno de esta victoria y de este amor de la Cruz.  En otras palabras, en el Resucitado permanece para siempre el increíble amor del Crucificado.

(4) Jesús les muestra la herida del pecho: “...y el costado” (20,20b)

Jesús le muestra a su comunidad las llagas de los clavos y también su pecho traspasado por la lanza.  De esa herida había fluido sangre y agua cuando estuvo en la Cruz. Por lo tanto el gesto nos remite a lo que observó el Discípulo Amado cuando estuvo al pie de la Cruz: “Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua” (19,34).
 
La herida del costado de Jesús permanece para siempre en el cuerpo del Resucitado como una prueba de que él es la fuente de la vida (ver 7,38-39), esa vida nos hace nacer de nuevo en el Espíritu Santo.
 
(5) Los discípulos, finalmente, reaccionan con una inmensa alegría: “Los discípulos se alegraron de ver al Señor” (20,20c)
 
La alegría pascual había sido una promesa de Jesús antes de su muerte: “Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo... Vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (16,20.22).

Ahora, cuando los discípulos “ven” a Jesús, la promesa se convierte en realidad.  Jesús resucitado es el fundamento indestructible de la paz y la fuente inagotable de la alegría.
 
En fin, el Resucitado viene y se deja ver. Contemplar al Resucitado es experimentar el amor sin límite ni medida del Crucificado, participar de su victoria sobre la muerte y recibir plenamente el don de su vida.  Entre más comprendan esto los discípulos, mucho más se llenarán de paz y de alegría.  Jesús Resucitado es el fundamento de la paz y la fuente de la alegría.
 
1.2. Segundo momento: Jesús envía al mundo a la comunidad compartiéndole su misión, su vida y su autoridad (20,22-23)
 
La experiencia del Resucitado que lleva a la comunidad a hacer propia la victoria de Jesús sobre la Cruz, tiene enseguida consecuencias: ella es enviada con la misma misión, vida y autoridad de Jesús resucitado.

De esta manera Jesús les abre las puertas a los discípulos encerrados por el miedo y los lanza al mundo con una nueva identidad y como portadores de sus dones. Veamos:
 
(1) Los discípulos reciben la misma misión de Jesús: “Como el Padre me envió, también yo os envío” (20,21)
 
Jesús les da la paz a sus discípulos por segunda vez y conecta este don con la misión que les confía. Quien participa de la misión de Jesús, también participa de su destino de Cruz, por eso los misioneros pascuales deben estar arraigados en la paz de Jesús.
 
Jesús envía a sus discípulos al mundo con plena autoridad (“Yo os envío”), así como el Padre lo envió a Él (ver también 17,18).  En la pascua se participa de la vida del Verbo encarnado y una forma concreta de participar de su vida es continuar su misión en el mundo.  Como se ve enseguida, el Espíritu Santo es también el principio creador de la misión.
 
(2) Los discípulos reciben la misma vida de Jesús: “Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo’” (20,22ª)
 
Para que la misión sea posible, los discípulos deben estar revestidos del Espíritu Santo.  Cuando Jesús sopla el Espíritu Santo sobre ellos los hace “hombres nuevos”.  El mismo Jesús de cuyo costado herido por la lanza brotó el agua que es símbolo del Espíritu Santo (ver 7,39), él mismo –como en el día de la creación-  infunde en los discípulos el “Ruah”, esto es, el “Soplo vital” de Dios.

Jesús les da una vida nueva que no pasará nunca, su misma vida de resucitado, esa vida que tiene en común con el Padre.

(3) Los discípulos reciben la misma autoridad de Jesús: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados...” (20,23)

Finalmente el Resucitado envía a los discípulos con plena autoridad para perdonar pecados.  El perdón de los pecados es acción del Espíritu, porque ser perdonado es dejarse crear por Dios. Es así como en la Pascua se realizan plenamente las palabras que Juan Bautista dijo acerca de Jesús: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (1,29).  Quien acoge a Jesús resucitado, experimenta su salvación, sus pecados son perdonados y entra en la comunión con Dios.

Los discípulos, testigos de la salvación pascual, prosiguen esta obra de Jesús en la obra de la evangelización.  De ahí que toda acción evangelizadora debe llevar a una verdadera transformación de la persona, mediante la superación de sus contradicciones internas y la apertura a una vida nueva de comunión con Dios y con los hermanos.
 
Los discípulos pueden ser rechazados en la misión. En realidad, el rechazo del evangelizador no es un rechazo de él sino de Jesús que fue quien lo envió (ver 20,21b). Y el rechazo de Jesús es el rechazo de su obra pascual, el negarse una vida en paz y alegría, porque el pecado es conflicto interno y tristeza continua.  Por eso, cuando hay “obstinación” ante el mensaje pascual de los discípulos, ellos pueden “retener los pecados”, que en realidad es “retener el perdón”.  Esta frase, que suena dura, en realidad no se refiere a una condenación, sino a un renovado llamado a la conversión. Según el evangelio, “retener” es poner en “cuarentena” e inducir una pedagogía del perdón.
 
La comunidad de los seguidores de Jesús queda consagrada para la misión. Por eso la Iglesia es por su naturaleza propia: misionera.  Todo discípulo debe llevar por todo el mundo la Palabra de Jesús y su persona divina, para hacerlo conocer y acoger por todos.

2. Segunda parte: el drama del nacimiento de la fe en el corazón del incrédulo Tomás (20,24-29)
 
La segunda parte del evangelio de este domingo nos presenta la pedagogía de la fe pascual para todos aquellos cuyo “creer” tiene como punto de partida la “predicación-testimonio” de la Iglesia.
 
El apóstol Tomás, ausente en el primer encuentro con el Resucitado, rechaza el testimonio de los otros discípulos (“Hemos visto al Señor”, 20,24), no confía en ellos, porque los considera víctimas de una alucinación colectiva. Él exige ver a Jesús personalmente para constatar que se trata del mismo Jesús que conoció terrenalmente, con las cicatrices de los clavos y la herida de lanza (ver 20,24-25).
 
Y el Señor acepta el desafío de Tomás. Jesús no rechaza su solicitud sino que, contrariamente a lo que se podría esperar, le concede lo pedido.  Pero si bien mediante el contacto con sus llagas lo conduce a la fe, una fe nunca antes vista, Jesús recalca que la verdadera fe que merece bienaventuranza es de los que creen sin haber visto, es decir, la fe que no depende de las condiciones puestas por este apóstol. Veamos el itinerario.
 
De nuevo es el primer día de la semana.  Los discípulos están reunidos, como lo hicieron ocho días antes, y Tomás ahora está entre ellos (20,26ª).  Entonces, Jesús irrumpe en medio de la comunidad como lo hizo también en la primera aparición: les desea la paz (20,26b).
 
Y comienza la pedagogía de la fe con Tomás:
 
(1) Por propia iniciativa se va hasta donde está Tomás, se le pone al frente y habla con él. Jesús retoma las mismas palabras que Tomás dijo cuando se cerró ante el testimonio de los discípulos, cuando no conseguía ver el camino hacia la fe, la paz y la alegría pascual.  El gesto de Jesús hace salir a Tomás de su aislamiento, de manera que junto con él, toda la comunidad sea una en el gozo pascual.  Jesús no quiere que nadie quede excluido de la paz y del gozo pascual.
 
(2) Jesús le muestra las marcas de su muerte y de su amor (20,27), es decir, le hace sentir que lo ama y que al dar la vida por él, Jesús es la fuente de su salvación. Al mostrarle las llagas responde plenamente a la pregunta que Tomás le hizo en el ambiente de la última cena: esas llagas son el camino de la resurrección, la verdad de un Dios que lo ama y lo Salva, y la fuente de la vida nueva.
 
(3) Tomás reacciona con una altísima confesión de fe, como ninguno antes que él: “¡Señor mío y Dios mío!” (20,28).  Tomás se demoró más que todos los demás para llegar a la fe, pero cuando llegó los sobrepasó a todos.

Cuando dice “Mi Señor”, Tomás está reconociendo que con su resurrección Jesús ha mostrado que es verdadero Dios, ya que “Señor” es la forma como la Biblia griega lee el nombre de “Yahveh”. Por tanto Jesús es Dios así como Dios Padre: con la resurrección Él ha entrado en la posesión de la gloria divina, la gloria que tenía en el Padre antes de la creación del mundo (ver 17,5.24). Cuando dice “Mío”, Tomás se somete a su voluntad y se abre a la acción de su mano poderosa.
 
Esta relación con Jesús, basada en su Señorío, tiene validez porque Jesús es Dios. Por eso lo acepta como “¡Mi Dios!”.  Tomás reconoce a Jesús como el mismo Dios en persona que se acerca a cada hombre en su realidad histórica para salvarlo dándole vida en abundancia.  Para Tomás, todo lo que Jesús obra como Señor, en realidad es lo que Dios obra.

En el corazón del discípulo incrédulo se enciende entonces la llama de una fe profunda que supera la de los demás. Tomás comprende que al resucitar de entre los muertos, el Maestro ha demostrado de forma clara y convincente que Él es el Señor Dios, como Yahvéh, soberano de la vida y de la muerte.
 
Pero las cosas no terminan aquí. Es verdad que la fe de Tomás es auténtica y sincera, pero ella tuvo necesidad de la prueba concreta: ver con los propios ojos y tocar con las propias manos al Resucitado.  Cuando llega a este punto, el evangelista plantea el problema de cómo llegarán a la fe los que no han podido ver al Señor Jesús: ¿éstos podrán creer?  La respuesta es: ¡Claro que sí!  No sólo será posible su fe, sino que ésta será superior y más meritoria que la de los primeros discípulos.
 
Es por eso que al final el diálogo de Jesús con Tomas nos involucra también a nosotros. De repente, vemos cómo Jesús da media vuelta y nos hace un guiño de ojo a nosotros los lectores de este evangelio hoy diciendo: “Dichosos los que no han visto y han creído” (20,29).  Jesús mira y felicita con una bienaventuranza a todos los que creerán en el futuro.

El camino de Tomás no se repetirá de nuevo, lo que queda vigente para nosotros es el testimonio apostólico que con la fuerza del Espíritu Santo proclama: “Hemos visto al Señor”.
 
3. Conclusión: el evangelio como signo permanente que invita a la fe pascual (20,30-31)
 
Veamos finalmente la conclusión. La voz pasa de Jesús a la del evangelista Juan quien dialoga directamente con nosotros.
 
Si leemos estos versículos en conexión con Jn 20,29, notaremos enseguida la continuidad. Jesús pronunció la bienaventuranza del “creer”, pero no dejó claro con base en qué se daría este “creer”.  Ahora Juan nos dice que el “creer” está basado en el “testimonio pascual”, y dicho testimonio llega a nosotros por medio del evangelio escrito y por la predicación de la Iglesia que le da viva voz y la actualiza.

Los signos “escritos” (20,30-31) hacen referencia al itinerario de la fe propio del evangelio de Juan: sus siete signos reveladores transversales, las tres pascuas de Jesús y sobre todo el relato de la Pasión-gloriosa del Maestro. Juan no considera inútiles los signos que Jesús obró, con relación a la fe ellos puede favorecer el nacimiento y la profundización de su fe.

Por esta razón termina diciendo que redactó su evangelio precisamente con este fin: que los lectores de su libro crean que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios (20,30-31).  La fe en el mesianismo divino de Jesús se alimenta de la meditación de los signos realizados por el Señor, entre los cuales el más estrepitoso consiste en su resurrección de entre los muertos al tercer día (ver Jn 2,18ss), precisamente allí donde nos comunicó su misma vida.
 
Resulta entonces el siguiente esquema:
 

PROCLAMACIÓN ESCRITA
 
de los "signos" de Jesús
 

 

=> CREER
 
en Jesús como Cristo e Hijo de Dios

=> TENER VIDA
 
en el nombre de Jesús


El evangelio está diseñado para enseñarnos a leer los signos del Resucitado en la historia y nos conduce por itinerarios de fe que desembocan en la rica experiencia de la vida nueva de Cristo Resucitado, y en esa vida nueva nos sumergimos en la amorosa comunión, profunda y total con Dios, fuente, origen y meta de nuestra existencia.
 

4. Releamos el Evangelio con los Padres de la Iglesia
 
4.1. San Gregorio Magno: Incorruptible, pero palpable
 
“Debemos considerar a la luz de toda la obra del Redentor, aquellas acciones que por sí mismas no se pueden comprender, a fin de que los maravillosos hechos de su vida nos den argumentos de fe en orden a aquello que nos parece más sorprendente.
 
De hecho, el cuerpo del Señor, que entró en el cenáculo estando las puertas cerradas era el mismo que en el momento de su nacimiento salió a los ojos de los hombres del vientre intacto de la Virgen. ¿Porque, entonces, nos habríamos de admirar que después de la resurrección, Él, vencedor para siempre, entre (donde están los discípulos) con las puertas cerradas, si Él, cuando vino para morir, salió intacto del vientre de la Virgen?
 
Pero porque la fe de aquellos que contemplaban su cuerpo estaba dudando, les mostró las manos y el costado, e hizo tocar aquella carne que pasó a través de las puertas cerradas.
De modo maravilloso e incomparable, nuestro Redentor mostró después de la resurrección su cuerpo incorruptible pero palpable, para que la incorruptibilidad convidara a conquistar el premio, y la posibilidad de tocarlo fuera una confirmación de la fe. Se mostró incorruptible y palpable también para demostrar que su cuerpo después de la resurrección tenía la misma naturaleza, pero una diversa gloria”. (Homilía 26,1)
 
4.2. San Agustín: Toquemos a Cristo
 
“¿Por qué razón se le permite a Tomás que toque el cuerpo del Señor, mientras que a María se le dice: ‘¿No me toques?’. En el mismo lugar se dice el motivo: ‘Todavía no he subido al Padre’ (Juan 20,17). ¿Cómo así? ¿Estás aquí en la tierra y me prohíbes tocarte? ¿Quién te tocará cuando subas? ¿Estando en la tierra rechazas la mano que está cerca? (…).
‘No me toques’. ¿Por qué? ‘Porque todavía no he subido a mi Padre’: toca al que sube al Padre.

¿Qué quiere decir: ‘toca al que sube al Padre’? Toca a Aquel que es igual al Padre, toca a Dios, esto es, cree en Dios. Lo que ves es fácil… no es gran cosa ver la carne… Por eso, ‘no me toques’, esto es, no te contentes con eso, no se detenga ahí tu mirar, no se acaba ahí tu fe.

Toquemos a Cristo, toquemos. Creer es tocar. No quieras extender la mano apenas hacia el hombre, di lo que Pedro dijo: ‘Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’. Que Cristo no sea para ti apenas un hombre… Insisto en que no prescindas de Cristo hombre, pero te quedes con eso: no llega a la posada quien quiere quedarse en el camino. Levántate y camina: Cristo hombre es tu camino, Cristo-Dios es tu patria”. (Sermón 375C, 4.5)
 
5. Para cultivar la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón:
 
1. Quien cree realmente en el Señor resucitado, no puede vivir dominado por un estado de tristeza permanente, de miedo y de angustia, porque el sol fulgurante de la pascua aclara todo su cielo y le da confianza, paz y gozo. ¿Cuánto ha crecido en estos ocho días mi fe, mi paz y mi alegría? ¿He tomado en serio los itinerarios pascuales?
 
2. ¿Qué consecuencias tuvo para la comunidad reunida en Jerusalén la primera aparición del Resucitado? ¿Cómo se vivencia hoy?
 
3. ¿Qué pasos dieron los apóstoles y Tomás para llegar al reconocimiento de Jesús resucitado en medio de ellos?
 
4. Cuando en oración repito la confesión de fe de Tomás, “Señor mío y Dios mío”, ¿qué estoy queriendo decir? ¿Qué consecuencias tiene para mi estilo de vida?
 
5. ¿Qué pistas nos sigue dando el Resucitado hoy para que lo reconozcamos?
 
P. Fidel Oñoro C., cjm
Centro Bíblico del CELAM
(
http://www.oblatos.com/dematovelle/index.php?option=com_content&view=article&id=4688:lectio-divina-para-el-15-de-abril-de-2012-&catid=99:comunidad-guadalupana&Itemid=168
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Jules Stragier).

Comentario evangelio dominical

 

 

jueves 12 de abril de 20122º Domingo de Resurrección: Jn 20, 19-31

 

2° Domingo de Pascua: Jn 20, 19-31


En Chile y especialmente en la zona central, en este 2° domingo de Resurrección, se celebra la popular y folclórica fiesta del “Quasimodo” (viene de la antigua antífona de entrada: “así como recién nacidos…). Hombres y mujeres enfermos que no pudieron recibir a Cristo sacramentado el día de Pascua de Resurrección, lo reciben este domingo en su casa. El sacerdote o diácono, repartiendo el Santísimo, va acompañado de una multitud de huasos a caballo o de ciclistas, todo muy adornado y pintoresco. Es una hermosa costumbre de una gran fe popular.


Precisamente es el tema de la fe en Cristo vivo, resucitado, que está central en el evangelio de hoy con la figura del apóstol Tomás. Este discípulo se caracteriza por su gran generosidad en seguir al Señor cuando invita a sus compañeros: “Vamos también nosotros a morir con Él” (Jn 11, 16). Pero cuestionará luego a Jesús que dice: “ya conocen el camino para ir a donde yo voy”. Todavía con el corazón embotado Tomás le replica: “Señor no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Conocemos bien la respuesta de Jesús: “Yo soy el camino…” (Jn 14, 6). Un poco más adelante precisa: “Quien me ha visto a mi ha visto al Padre”.


En el evangelio de hoy, los discípulos llenos de alegría anuncian a Tomás: “Hemos visto al Señor”. Sabemos que en el evangelio de Juan el verbo “ver” no se refiere a una visión sensible, sino es la percepción nueva que se abre a la mirada del creyente gracias a la acción del Espíritu, como nos lo sugiere el relato por el gesto del Señor que sopla sobre ellos diciendo: “Reciban el Espíritu Santo”. Lo que los discípulos han visto a partir de la obra del Espíritu Santo en ellos es el verdadero sentido del acontecimiento de la resurrección que es el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor misericordioso sobre el odio. Eso lo entendemos por el alcance de las palabras de Jesús quien les da el poder de perdonar (es decir el poder de reconciliar a los hombres con el proyecto del Padre revelado en Jesús). Jesús les confirma el sentido redentor (reparador o de “nuevo orden”, “nueva creación”) instaurado con su Pasión gloriosa. Jesús los invita a compartir la gracia de la que son los primeros beneficiarios. Acceden (finalmente) al don de la fe (al recibir el Espíritu de Jesús). Porque, al fin y al cabo, es un ejercicio de fe, pues nada permite verificar que la reconciliación y la nueva creación estén visiblemente en marcha y que, por lo tanto, los pecados quedan efectivamente perdonados.


Tomás que aun no ha visto al Señor resucitado desde esta perspectiva, porque no estaba en la comunidad y aun no había recibido al Espíritu de Jesús, recorre un camino distinto para llegar a la fe. Llegará a creer que la misericordia del Señor ha triunfado de su pecado. El Resucitado le llama a salir de una culpabilidad que lo aquejaba probablemente a partir de la muerte (y fracaso) del Señor para acoger la vida nueva de su Espíritu. “Shalom o la paz esté con ustedes”. Con ese saludo familiar entre los judíos se presenta el Señor.


Se suele interpretar fácilmente que Tomás buscaba una prueba de la resurrección del Señor. El texto no dice que puso su mano en las llagas gloriosas de su Maestro. Como muchas veces ocurre en el cuarto evangelio, Tomás pedía un signo para creer y aceptar el amor misericordioso de su Señor. El signo es el de la Pasión y del sufrimiento, del costado abierto de donde nace la nueva humanidad. “No seas incrédulo, sino hombre de fe”.


A partir de allí Tomás puede acoger el don de la fe y pronunciar en el Espíritu la más hermosa profesión de fe de los evangelios: “Señor mío y Dios mío”. Por el Espíritu Santo reconoció en Jesús al hijo de Dios, vencedor de la muerte. Brotó la nueva creación (agua y sangre) de su corazón perforado. Aceptando la Pasión de Cristo pudo recibir la gracia de creer en la Resurrección.


¿No nos dice todo aquello que en la medida que reconocemos la Pasión de Cristo en la pasión de tantos hombres,  mujeres y niños dolientes, sufridos, vejados y que estamos dispuestos a poner nuestra mano en esas llagas, en esa misma medida el Espíritu nos dará la gracia de creer y reconocer a Cristo resucitado?
Es conmovedor el camino que recorrió el apóstol Tomás.
Desentendernos de la pasión de nuestros hermanos que es la Pasión de Cristo, nos puede dejar caer en la culpabilidad de Tomás (o la desesperanza que veremos el próximo domingo en los discípulos de Emaús).
Estando solo y fuera de la Comunidad, Tomás mantuvo su visión embotada, triste y sin fe. Estando nuevamente “con ellos”, descubre el camino de la fe.


¿No es hermoso que en el relato de hoy,  Juan nos describe a su manera el evento de Pentecostés y el nacimiento de la Iglesia, la nueva comunidad y principio de la nueva humanidad?
Publicado por Jules Stragier
(
http://jstragier.blogspot.com.es/2012/04/2-domingo-de-resurreccion-jn-20-19-31.html
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Parroquia Fatima).

Jn 20, 19-31 Aparición a los Apóstoles y a Tomás
 
 

El evangelio de Juan nos hace ver que la experiencia de Jesucristo Resucitado tuvo para los discípulos una fuerza transformadora que cambió sus vidas para siempre. Al mismo tiempo, quiere hacernos ver que esa fuerza transformadora sigue disponible para nosotros hoy y puede cambiarnos como lo hizo con aquellos primeros testigos
Después que Jesús fue crucificado, muerto y sepultado, la comunidad de sus discípulos se disolvió. Y ninguno de ellos creyó a los primeros anuncios de su resurrección. De pronto, sin embargo algo en su interior los animó a reunirse de nuevo en Jerusalén, aunque a puertas cerradas, por miedo. Entonces, cumpliendo la promesa que había hecho: donde estén dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estaré yo, el Resucitado se les hace presente, atraviesa los muros del miedo y la desilusión, y les devuelve la confianza.
Se presentó en medio de ellos (v.19), en el centro de la comunidad. Jesús es y debe ser el centro de todo lo que la Iglesia –allí representada- realiza o proclama, es el centro íntimo de nuestras personas y el centro también o punto de convergencia al que debemos ir cuando buscamos darle una orientación segura y fecunda a nuestra vida.

Y les dijo: La paz esté con ustedes… (vv. 19 y 21). La paz es la señal cierta de la presencia del Resucitado, es su saludo característico, el fruto primero de su Espíritu que actúa en los corazones. La paz, shalom, que en la Biblia es el conjunto de los bienes prometidos por Dios y esperados por la humanidad, fundamenta las relaciones de las personas y de los pueblos en la justicia. La paz es signo de la gracia de Dios en nuestros corazones y del orden social basado en la justicia. La paz restablece al creyente en la confianza, es garantía de la esperanza.

Entonces, el Señor Jesús les mostró las manos y el costado (v. 20): se les dio a conocer haciéndoles referencia a su historia, a lo que hizo por nosotros. Siempre podemos reconocerle por lo que él hace por nosotros. Los discípulos comprendieron al mismo tiempo que el Resucitado allí presente era el mismo Jesús de Nazaret, de Galilea, Judea y el Calvario, no otro. Y se llenaron de alegría, de la alegría que el mismo Jesús les había anunciado antes de partir: volveré y de nuevo se alegrarán con una alegría que ya nadie les podrá quitar (Jn 16,22). La Iglesia vive de esa alegría, la necesitamos, no se puede vivir sin ella. Ella es el reflejo de nuestra confianza en la presencia continua del Señor en la Iglesia: el Señor no la abandonará; salvada, nadie ni nada prevalecerá contra ella.

Viene luego un gesto simbólico: Sopló sobre ellos. Y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. Este gesto evoca el soplo creador de Dios sobre Adán y sugiere que la obra que el Padre realiza con la resurrección de su Hijo equivale a una nueva creación, al nacimiento de una humanidad nueva liberada, capaz de vivir según su Espíritu y de demostrar que el pecado, el mal de este mundo, pierde su fuerza opresora cuando se sigue a Cristo y se acepta su perdón.

Al domingo siguiente Jesús se vuelve aparecer. Esta vez está en el grupo Tomás, que no estaba en la casa, cuando Jesús se les apareció. Como todos los demás, Tomás había pasado por la dura crisis de la muerte del Señor. Se aisló, rechazó el testimonio dado por María Magdalena y las otras mujeres, ni quiso creer tampoco a lo que decían sus compañeros: que era verdad, que el Señor había resucitado y se había aparecido a Simón. Pero a pesar de todo, Tomás siente la necesidad de vivir él también la experiencia de la presencia viva del Señor para poder dar testimonio y colaborar en su obra. Pero supedita su fe a lo que pueda ver con sus ojos. El Señor se muestra dispuesto a responder a su deseo: “Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo sino creyente”. La duda de Tomás queda resuelta y ya, sin necesidad de comprobaciones físicas, su respuesta resuelta demuestra el reconocimiento de quien está dispuesto a cambiar de conducta y seguir al Señor hasta las últimas consecuencias: ¡Señor mío y Dios mío! Con estas palabras –que han pasado a ser una síntesis de la confesión de fe cristiana- Tomás confiesa su fe en la divinidad y humanidad de Jesucristo. En el agujero de los clavos y en la herida de su costado, Tomás ha reconocido al Señor, soberano universal, y ha reconocido también al Dios a quien nadie ha visto nunca, que en la cruz nos ha revelado su amor extremado.

Dice Romano Guardini: “Tomás pudo creer porque la misericordia de Dios le tocó el corazón y le dio la gracia del ver interior, la abertura y la aceptación del corazón. Es más, el ver y tocar exterior no le hubiera valido para nada. Lo hubiera considerado una ilusión”. Y dice también un santo Padre: «Como hombre mortal, Tomás no podía ver la divinidad. Lo que él vio fue al hombre Jesús, pero confesó que era Dios, y por eso dijo: “Señor mío y Dios mío”. En este sentido, viendo creyó, viendo a Jesús como hombre, proclamó su divinidad que no podía ver».

Las palabras finales de Jesús, “Dichosos los que crean sin haber visto”, están dirigidas a los cristianos de todos los tiempos, a nosotros, para que creamos en la resurrección de Jesús, fiados en la fe de la Iglesia. Entonces, cuando creemos sin haber visto, se cumplen en nosotros lo que San Pedro decía de los destinatarios de su carta: “Ustedes no lo han visto, pero lo aman; creen en él aunque de momento no puedan verlo; y eso les hace rebosar de una alegría inefable y gloriosa, porque obtienen  el resultado de su fe, la salvación personal” (1Pe 1, 8-9).
(
http://www.parroquiafatima.org/es/component/content/article/299
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Notitarde).

Jesucristo: Divina Misericordia (Jn.20, 19-31)
 
En este segundo domingo de Pascua de Resurrección, nuestra Iglesia Cristiana Católica, celebra la solemnidad de Jesús de la Divina Misericordia, instituida por el beato Juan Pablo II el 30 de abril del año 2000 y que vino a reconocer las apariciones e inspiraciones de Jesús a la monja polaca Sor María Faustina en el año de 1930. Como sabemos a partir del año 1938 estas revelaciones se fueron comunicando al mundo católico y reconocidas luego oficialmente por la Iglesia; ya que no contradicen lo que la Iglesia siempre ha enseñado desde la Sagrada Escritura y la Tradición, acerca de la Divina Misericordia de Dios; es decir, que Dios es infinitamente misericordioso, siempre dispuesto al perdón y suma bondad con sus hijos. El cristiano sabe y reconoce que la Misericordia de Dios ha sido revelada y hecha cercana en Cristo Jesús; por lo que podemos decir y afirmar que la Misericordia Divina es la misma Persona de Nuestro Señor Jesucristo; porque tanto amó Dios al mundo que llegado la plenitud de los tiempos envió a su Hijo Único a salvar al hombre sumergido en la esclavitud del pecado y de la muerte. En efecto, Jesús tomó la condición humana para redimir al hombre a través del sacrificio de la cruz y con su victoria sobre la muerte, resucitando al tercer día, como nos lo narran los evangelios y como de manera especial nos lo recuerda el evangelio que hoy leemos; donde Cristo resucitado se aparece a sus discípulos, que estaban llenos de temor y tristeza, les ofrece su paz, les otorga el poder que Él mismo había recibido del Padre, les dona la fuerza y la presencia del Espíritu Santo, les ofrece nueva vida o vida renovada, los envía a predicar, siendo testigos de lo que han visto, palpado y oído y los invita a la fe y confianza plena en su victoria sobre la muerte y el pecado. Quien cree en Jesús puede ver la vida nueva que Él nos ofrece, puede alcanzar las cosas nuevas que con su Muerte y Resurrección Él ha alcanzado para la humanidad; sobre todo la posibilidad de volver al amor de Dios, de experimentar su bondad, su perdón y su infinita misericordia; que siempre espera por sus hijos; como lo recuerda la parábola del hijo pródigo. ¿Qué hace falta para que podamos experimentar la infinita misericordia de Dios revelada en la persona de Nuestro Señor Jesucristo? Como nos lo hace ver la Escritura, la Tradición de la Iglesia y como se desprende de las 600 páginas del diario de Sor María Faustina, podemos aplicar la regla del ABC para sintetizar la respuesta sobre el tema de la misericordia: a) Reconociendo que ante Dios todos somos pecadores, necesitados de su infinita bondad, de su perdón, porque muchas veces le hemos dado la espalda a su amor, hemos perdido o apagado la fe, nos hemos alejado de Dios y de su Iglesia; entonces necesitamos pedir la misericordia de Dios; rogar que tenga misericordia de nuestras debilidades e infidelidades. b) Si lo primero es pedir la misericordia de Dios, lo segundo es ser misericordiosos; es decir, vivir la misericordia con nosotros mismos y sobre todo con los demás; estar dispuestos al perdón, a la tolerancia, a la bondad y comprensión con los errores, debilidades y equivocaciones de los demás. Que así como Dios nos perdona, seamos capaces de perdonar las ofensas de aquellos que arrepentidos nos piden perdón o que sin hacerlo, como cristianos, estamos dispuestos a perdonar y tener misericordia, a ser misericordiosos, como el Padre Dios es misericordioso. c) Confiar en la misericordia divina es lo tercero que necesitamos recordar en este día en que celebramos a Jesús de la Divina Misericordia. Creer que realmente el amor de Dios y su misericordia por todos los hombres es infinita; que siempre está dispuesto a perdonarnos, a darnos siempre una nueva oportunidad cuando nos acercamos a Él arrepentidos y que no le importan nuestros muchos o pocos pecados, sino el que tratemos todos los días de corresponder a su amor y al amor de los hermanos. Acerquémonos confiados al amor infinito de Dios y digamos: Jesús en ti confío. IDA Y RETORNO: ¿Qué debemos hacer los cristianos católicos ante tanta inseguridad, violencia y muerte que se vive en nuestro país? Orar con fe para que Dios destruya los planes del demonio y de los que quieren imponer la cultura de la muerte en el mundo. Es necesario que desde la familia, la escuela, el liceo y las universidades se eduquen y formen a nuestros niños y jóvenes en una cultura de la vida; el respeto a la vida desde su concepción hasta la muerte natural y rechazar la violencia y la agresión.
pjoel_15895@hotmail.com
(
http://www.notitarde.com/notitarde/plantillas/columnista.aspx?idart=1613814&idcat=9852&tipo=2
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Aula Juan XXIII).

2º Pascua, (Jn 20, 19-31)
 
15 de abril de 2012


Homilía/Oración dominical Pbro. Pedro Olalde Biain
 
1-   Aquel mismo domingo, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con vosotros”. Y les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor (Jn 20.19-21).
 ■Domingo de Pascua. Aquel día, el sol había lucido sus mejores galas en el cielo palestinense, mostrándoles su esfera más luciente. Después de haber sembrado la tierra de luz y vida, ahora se retiraba para dar paso al que es el Sol de Justicia, Cristo Resucitado.
 ■Al anochecer, en la casa donde están reunidos los discípulos, todavía amedrentados por miedo a los judíos, te haces presente, Jesús, en medio de ellos.
 ■Deseo que tu saludo de paz me alcance también a mí. Que tu paz, Señor, ahuyente mis miedos: a las personas, a las dificultades, a la crisis de valores, a sentirme solo, a la dureza de la vida, a la vejez, a la enfermedad.
 ■Tu presencia, Cristo Resucitado, enardece de alegría los corazones de tus discípulos, lo que ahuyenta su tristeza. ¡Ah, cómo deseo palpar tu presencia viva, capaz de prender fuego en mi corazón! Sí, Jesús, constato que eres la fuente de energía, esperanza y de gozo. No te alejes nunca de mí.
 ■Como el Padre me envió así os envío yo a vosotros. Hoy, también yo oigo tu voz apremiante que me envía a los hermanos y me dices: Alza tu voz y no calles. Di a los hermanos que la vida verdadera proviene de la Fuente Original. Hazles descubrir la superioridad de la vida en el Espíritu a todos los placeres materiales. Anuncia mi evangelio con potente voz. Clama día y noche. Te he constituido en profeta de la palabra. Yo estoy contigo. No te canses.
 ■Gracias, Señor, por purificar mi corazón y mis labios. Desde las terrazas y balcones, desde la humildad cercana, anunciaré a mis hermanos tu Buena nueva.
 
2-   Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará; y a quienes se los retengáis, Dios se los retendrá (20,22-23).
 ■Me encuentro en el Cenáculo, rodeado de tus discípulos, Jesús. Nos une una misma fe y el mismo deseo de dejarnos llevar por tu Espíritu. No quiero, Señor, ser un anunciador mediocre de tu Palabra. Necesito el fuego de tu Espíritu, que haga saltar chispas incandescentes para crear hogares en ebullición.
 ■Sopla, Señor, tu Espíritu de vida para que quede enardecido y pueda convertir los corazones de mis hermanos en ascuas vivas. ¡Oh, cuánto deseo poseer el don de una palabra inflamada, portadora del ardor de tu Espíritu!
 ■Toda la gloria será para ti, Señor mío, que me prestas tus dones y me capacitas para lanzar dardos penetrantes que hieran la sensibilidad de los oyentes. Gracias, mi Señor, porque me concedes mucho más de lo que puedo expresarte.
 ■A quienes les perdonéis los pecados… Deseo, mi Jesús, ser transmisor de vida, de perdón, de misericordia. ¡Cuánta gente, que es víctima del placer, de la bebida, de la vida material, puede ser alcanzada por tu ternura misericordiosa!
 ■Sí, la tarea de todo seguidor tuyo es ser mediador de tu perdón, que tú concedes tan pronto como uno decide romper con el mal y abrazarte. Anhelo vivamente ser mediador del perdón y la vida que Dios quiere otorgar a manos llenas a los hombres.
 ■Hay demasiados aherrojados con grilletes fieros que les tienen esclavizados.¿No podré yo serles de ayuda y convencerles de que ahí no existe la felicidad alguna?
 
3-   Tomás, uno del grupo de los doce, no estaba con ellos cuando se les apareció Jesús. Le dijeron, pues, los demás discípulos: Hemos visto al Señor (20,24-25).
■Tomás estaba lejos cuando tú, Jesús, estuviste con los discípulos. Le dijeron los demás: Hemos visto al Señor. He aquí una frase preciosa para decírsela  a mis hermanos: Yo también he visto al Señor.
 ■He visto al Señor, y os invito a tener la misma experiencia. Él es de todos.
 ■He visto al Señor y he llegado a valorar todo lo que a Jesús. También tú, hermano, harás bien en comprobar que es verdad lo que te transmito.
 ■He visto al Señor, y voy progresando en la vida y valorando cada vez menos lo caduco. Deseo que tú también hagas otro tanto. No se trata de renunciar a nada, sino entre dos realidades, elegir la más valiosa.
 ■He visto al Señor, y ya no se me va la vista en pos de otras apetencias, por maravillosas que sean.
 ■He visto al Señor y puedo entonar el Nunc dimittis, ahora, Señor, puedo irme en paz…
 ■He visto al Señor, y mi corazón rebosa de alegría y de gratitud. A ti, Señor, la alabanza por siempre.
 
Tomás les contestó: Si no veo las señales dejadas en sus manos por los clavos y meto mi mano en ellas… no lo creeré.
 ■Básteme a mí, ver tu vida de cada día, en busca de las ovejas descarriadas de Israel, y yo sí creeré.
 ■Básteme ver tu inmenso amor hasta la entrega de tu vida, y yo sí creeré.
 ■Básteme verte tocando al leproso, purificándole y quedándote tú impuro, y yo sí creeré.
 ■Básteme verte perdonando al pecador y haciéndole recobrar su dignidad de un ser amado de Dios, y yo sí creeré.
 ■Básteme verte, mi Jesús, alzado en la Cruz, por salir fiador de la felicidad de tantos pecadores y publicanos despreciados.
 ■Gracias, Señor, por la revelación de este evangelio, en verdad Buena Noticia. ¡Alabado seas, mi Señor!
(
http://www.aulajuanxxiii.com/homilias/2%C2%BA-pascua-jn-20-19-31/
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Fe adulta).

Juan 20, 19 - 31

 

 

Comentarios de Patxi Loidi

 

 

El capítulo 20 de Juan está dedicado a la resurrección de Jesús. Era el último del evangelio, como se ve en los versículos 30 y 31. Después le añadieron un apéndice, que es el capítulo 21.

 

En el capítulo 20 tenemos 4 narraciones, que son:

 

1ª) Dos discípulos ven el sepulcro vacío

 

2ª) Primera aparición: a una mujer, María, no la madre de Jesús. Esta María, a la que solemos llamar Magdalena, fue líder junto a Pedro en la primitiva comunidad.

 

3ª) Aparición a los discípulos en grupo en ausencia de Tomas.

 

4ª) Aparición a los discípulos en grupo, estando con ellos Tomás. Este apóstol es el que había dicho anteriormente: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Jn 11,16). Después de la crucifixión se había separado de la comunidad y había perdido la fe. Jesús sale a buscarlo, como en la parábola de la oveja perdida.

 

El evangelio de hoy toma las dos últimas narraciones. El último relato nos muestra que la fe, aunque es personal, no es individual sino comunitaria y eclesial; se nos da en la comunidad de Jesús, que es la Iglesia. No nace de los milagros o de la visión ocular, sino del don de Dios, que se nos revela.

 

 

Comentarios de Pedro Olalde

 

¿Qué era la paz, el shalom para un judío? Era el buen saludo, el buen deseo. La paz que Jesús da no es ausencia de riñas. Es bienestar general. Es anchura de espíritu. Es una situación plena. Es poder decir desde dentro: Soy feliz.

 

Esta es la comunicación de Jesús, a la que le da la máxima importancia, porque quiere que acojamos en nuestra vida esta paz profunda, para que estemos a gusto con nosotros y con los demás y demos gloria a Dios. Esta es la felicidad que Jesús nos quiere transmitir, felicidad que abarca la hondura de nuestro ser.

 

El que acepta la paz, la felicidad interior que da Jesús, se siente impulsado a transmitir eso mismo a otros. Es algo que no se puede poseer en exclusiva. Como se contagia la tristeza y el pesimismo, así también se transmite la alegría y la dicha profunda.

 

No podemos reducir el perdón a la función sacramental. Todos nosotros estamos llamados a vivir en el perdón y a darlo en nuestro vivir diario.

 

Jesús nos invita a comunicar vida y libertad. Y esto está dirigido a todos. Todos somos ahora la presencia viva de Jesús. Él quiere llegar por medio de nosotros a nuestros hijos, familiares, amigos y desconocidos.

 

El texto aborda también las dificultades. Tomás era uno de los Doce. No creía. No estaba con los demás en la Comunidad. Los otros le decían: “Hemos visto al Señor”, pero él seguía sin creer.

 

Y ¿dónde estaba la dificultad? Hoy mismo, si alguien de otra cultura nos pregunta: “Vosotros, ¿de quién sois seguidores? Y si le contestáis: “De un crucificado”, él os puede contestar: “Qué insensatez”.                                                               

 

Nosotros, a 2000 años de distancia, lo vemos todo normal; pero los primeros cristianos se preguntaban: ¿Se puede mostrar Dios en un condenado a muerte?

 

Dios estaba con Jesús cuando su compromiso por los marginados de este mundo lo llevó a morir ajusticiado. Dios está en la debilidad, en la pobreza. Esta es la lógica de Dios. Y parece que tiene que ser así.

             

 “Al anochecer, el primer día de la semana”, es decir, en domingo, cuando están reunidos para la Fracción del Pan, tiene lugar el encuentro con Jesús Resucitado. Como nosotros, que podemos tener experiencia de Jesús en nuestra Eucaristía, a través de la Palabra y del Sacramento… Y así sentimos la presencia de Jesús, su paz, su alegría.

 

Tomás supera las dificultades en la Comunidad, por el testimonio de los demás, porque se pone a tiro de recibir el don del Espíritu. También a él se le calienta el corazón en contacto con Jesús y siente su paz y su alegría. Al final se rinde: ¡Señor mío y Dios mío!
(
http://www.feadulta.com/Ev-jn-20-19-31.htm
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B (cecopros).

DOMINGO II DE PASCUA.CICLO B. D. 15.04.2012. JN. 20,19-31.
SEÑOR MIO Y DIOS MIO

El ev. De Jn 20,19-31 nos narra la aparición de Jesús a sus discípulos. Tomás no estaba presente, se resiste a creer el testimonio de sus compañeros. Quiere descubrir por sí mismo y nos enseña a recorrer ese camino de la fe.

Los discípulos están con las puertas cerradas por miedo a los judíos. El temor se había apoderado de ellos frente a la muerte de su maestro. Pero Jesús llega y se coloca en medio de ellos. Y los saluda: “La paz esté con Uds. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes” (v.21). Jesús nos transmite seguridad, como la dio a sus discípulos y los envía a una misión, como Él la recibió de su Padre. Porque “ante la desesperanza de un mundo sin Dios, que sólo ve en la muerte el termino definitivo de la existencia, Jesús nos ofrece la resurrección y la vida eterna en la que Dios será todo en todos(1 Cor 15,28) (D.A. 109)
Jesús sopló sobre ellos: “reciban el Espíritu Santo”(v. 23). Los hace una nueva creación y les confía la misión de anunciar el mensaje de reconciliación y de comunión. Porque como discípulos comprendemos que “sus palabras son Espíritu y vida” (Jn 6,63.68). “Con la alegría de la fe, somos misioneros para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en Él, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación”(D.A. 103).

Cuando los discípulos, le comunican a Tomás: “Hemos visto al Señor”, responde: “Si no veo en sus manos la marca de los clavos…no creeré” (v. 25). Ocho días después, Jesús se presenta de nuevo. No le reprocha nada a Tomás, lo llama y le dice: “Mira mis manos, toca mis heridas. No seas incrédulo, sino hombre de fe” (v.27). Y experimenta un encuentro personal con el resucitado y le dice: “Señor mío y Dios mío” (v. 28). ¡Cuántas veces nosotros como Tomás, hemos experimentado este camino de madurez en la fe. Porque como discípulos tenemos que tener un vínculo de amor, de amistad, de ser tocados en nuestro corazón y nuestra mente para tener la capacidad de descubrir que somos hijos de un mismo Padre, llamados a anunciar la vida como don de Dios en gestos concretos de solidaridad. Porque “todo aquél que cree que Jesús es el Cristo es hijo de Dios y todo el que ama al Padre ama también al Hijo. Si amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, es señal que amamos a los hijos de Dios. Porque el amor de Dios consiste en cumplir sus mandatos, que no son una carga”(1 Jn 5,1-3).

“Felices los que creen sin haber visto” (v. 29). Felices si somos testigos de la vida, frente a los poderes de la muerte que quitan la vida de los niños, que tienen plomo en la sangre, a causa de la contaminación de gases tóxicos, porque a algunos nos les interesa la vida, sino el dinero. Felices si somos testigos de esperanza y creemos que en el compartir el don de la vida nos lleva a solidarizarnos concretamente en defensa de la vida y de los derechos de los más pobres. Solo tendremos los mismos sentimientos de compasión y de misericordia, si vivimos ese encuentro con el Resucitado y sabemos encontrarlo en el encuentro con nuestros hermanos. (Fr. Héctor Herrera, o.p.)
(
http://www.cecopros.org/index.php?option=com_content&view=article&id=5488:domingo-ii-de-pascuaciclo-b-d-15042012-jn-2019-31-senor-mio-y-dios-mio&catid=220&Itemid=400
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Blogs de la gente).

Iglesia sacramentada / Segundo Domingo de Pascua – Ciclo B – Jn. 20, 19-31 / 15.04.12
 
10 Abril 2012 | Por Leonardo Biolatto | Claves: abandono, camino, clavos, comunidad, costado, creer, discípulos, domingo, domingo in albis, espíritu santo, fe, hijo de dios, iglesia, incredulidad, jesús, mellizo, mesías, nombre, ocho, pascua, paz, sacramento, señor mío y dios mío, soledad, tiempo pascual, tomás, traición, traidor, ver, verdad, vida

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
 
Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.
 
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. El les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomas respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”.
 
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre. (Jn. 20, 19-31)
 
Tomás, el Mellizo
 
Uno de los personajes del texto es Tomás. Anteriormente, en el Evangelio según Juan, este apóstol aparece en dos ocasiones. En la primera, con el contexto de la muerte de Lázaro, su intervención es heroica o irónica, de acuerdo a cómo se interprete su dicho.
 
Jesús decide volver a Judea para realizar la resurrección de su amigo, pero varios de sus discípulos lo cuestionan recordándole que allí lo han querido matar y, por lo tanto, están aguardando la oportunidad para concretar el asesinato (cf. Jn. 11, 8). Por supuesto, no logran disuadir a su Maestro y, finalmente, Tomás expresa: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Jn. 11, 16). Esta frase puede entenderse como un gesto de heroísmo y de acompañamiento al condenado a muerte, o puede ser la ironía de decir en voz alta que se están dirigiendo a la muerte a conciencia. La segunda intervención del apóstol la hallamos en el capítulo catorce, durante uno de los discursos de Jesús situados por el evangelista en el ambiente de la última cena. Tras decir que se irá a la casa del Padre y que sus discípulos ya saben el camino a esa casa, Tomás pregunta: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn. 14, 5), y Jesús responde con la conocida frase: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn. 14, 6).
 
Es este mismo Tomás quien se nos presenta incrédulo frente a la resurrección, o quizás debamos decir incrédulo frente al testimonio de sus compañeros. Hasta la muerte de Jesús, Tomás es un discípulo del camino. Irónicamente o no se muestra decidido a caminar a la tierra que los quiere apedrear, y sinceramente desea saber el camino a ese lugar del que habla Jesús con tanta pasión y tanto misterio. Parece un hombre decidido a transitar el sendero que indique el Maestro, vaya donde vaya el trayecto, desemboque donde desemboque. Pero sorpresivamente, tras la cruz y la muerte, tras la oscuridad de las esperanzas que parecen perdidas en el sepulcro, el discípulo del camino se decepciona. Cuando la muerte se concreta, sus palabras son llevadas por el viento, sus arengas no son más que un mal recuerdo. Como un hombre inconsistente, incapaz de permanecer fiel en las tribulaciones, se aleja de la comunidad y, el domingo de resurrección, anda vagando por allí, desprotegido, desencantado, asustado.
 
Tomás es un traidor de sus propias palabras, como Judas es el traidor de la Palabra. El apelativo uno de los Doce, en el Evangelio según Juan, sólo se aplica a Judas (cf. Jn. 6, 71) y a Tomás (cf. Jn. 20, 24). Son los dos apóstoles de la doblez. Mientras el primero, encargado de la economía comunitaria (cf. Jn. 12, 6; Jn. 13, 29) traiciona a su comunidad vendiendo al Maestro; el segundo, discípulo que camina junto a Jesús, traiciona a la comunidad abandonando a los que había invitado a subir a Judea. Por eso aparecen diferenciados de los Doce como uno de los Doce, como individualidades egoístas dentro de la comunidad apostólica. Traicionando a sus compañeros marcan una ruptura con el grupo, prefiriendo su bien sobre el bien comunitario. Por gracia de Dios, Tomás terminará por reconocer su error y será reincorporado, dejando de ser uno para ser directamente de los Doce. Lamentablemente, Judas prefiere seguir siendo uno.
 
Signos para creer
 
La incredulidad de Tomás se encuentra muy cerca del pasaje sobre la credulidad del discípulo amado (cf. Jn. 20, 8). La antítesis entre ambos frente a la resurrección es la antítesis del que exige para creer la seguridad cientificista y el que cree con los signos/sacramentos. Tomás, separado de la comunidad apostólica, se pierde la aparición y asegura que no creerá sin ver y sin tocar al mismísimo Resucitado. Necesita la evidencia de los agujeros causados por los clavos y el costado abierto. El discípulo amado, en cambio, cree por los lienzos y el sudario vacíos, o sea, por el signo de la ausencia del cadáver. No necesita los agujeros de los clavos ni el costado.
 
No es casual que el Evangelio según Juan utilice, en lugar de la palabra milagros, el término signos. Para el cuarto evangelista, la milagrería es importante en tanto y en cuanto transfiera un mensaje o significado, en tanto y en cuanto sean sacramento, señal visible de otra realidad trascendental a la que se refieren. Así arribamos a la primera conclusión del Evangelio (cf. Jn. 20, 30-31), y clave intencional del libro: los signos han sido escritos para que creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y tengamos vida en su nombre. Somos nosotros, ahora, en la actualidad, los bienaventurados que, sin haber visto, tienen fe gracias al testimonio recogido por la tradición apostólica y la Biblia. El discípulo amado es el modelo del creyente, el que cree con los signos/sacramentos. Tomás es lo contrario, es el incrédulo, al que no le bastan los signos y que, a la vez, adolece de ellos.
 


El signo de la comunidad
 
Uno de los signos de los que adolece es la comunidad/Iglesia. Al encontrarse separado de los demás, Tomás no tiene la experiencia pascual, experiencia comunitaria. La Iglesia es sacramento de la pascua, es signo del Resucitado. Al vivir en paralelo a su comunidad, Tomás carece de un sacramento fundamental, carece del signo para creer. La fe en Jesús no puede ser a-comunitaria, porque el ritmo de las apariciones (de domingo a domingo) es el ritmo de la Iglesia (reunida domingo tras domingo).
 
A riesgo de ser redundantes, recalcamos que la re-incorporación de Tomás a la comunidad apostólica en el segundo domingo es también re-incorporación a la vida en Cristo, pues en su boca se halla, quizás, la expresión más teológicamente densa de todas las que se conservaron en los Evangelios: Señor mío y Dios mío. Tras creer, su fe se expresa en una declaración solemne que manifiesta abiertamente la divinidad y el señorío de Jesús. La re-incorporación de Tomás es un re-comienzo personal que se une al re-comienzo comunitario y cósmico, a la nueva creación mesiánica. Porque así como en el principio, “Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida” (Gen. 2, 7), es el mismo Resucitado quien sopla sobre sus discípulos para darles el Espíritu Santo, el Espíritu de la vida, el Espíritu que anima. Se trata del segundo Génesis, la nueva esperanza. Mientras los primeros capítulos de la Biblia nos narran cómo Dios nos rescató de la nada, de la no-existencia; sobre el final del Evangelio según Juan se nos narra cómo Dios nos vuelve a rescatar, cómo nos salva, cómo nos vuelve a comunicar vida.
 
Se trata de un Génesis contrario a la lógica, un Génesis desde la nada, un Génesis entre discípulos atemorizados y encerrados. Es un Génesis desde la paz. Así se presenta el Resucitado, dando la paz. A la comunidad apostólica asediada por la persecución judía, batallada por el ambiente externo, se les aparece el Rey de la paz. En esta nueva creación, en este re-inicio diminuto e insignificante, prima la paz y el perdón. En el primer Génesis, rápidamente la violencia ingresó al mundo, y rápidamente el humano se lanzó contra su hermano (cf. Gen. 4, 8). En este segundo Génesis, desde el Espíritu Santo, los humanos son hermanos fraternos con un Padre en común, hermanos en la paz, hermanos en comunidad. Son hermanos que perdonan los pecados porque han sido renovados espiritualmente. Son comunidad de perdón y reconciliación. No se construye el Reino desde la muerte, sino desde la vida; no puede haber esperanza asesinando, no puede haber re-inicio sin una comunidad, no puede Tomás reconocer al Resucitado, reconocer al Señor y Dios, separado de sus hermanos, aislado de la Iglesia/signo/sacramento.
 
Iglesia-Sacramento
 
Reconocer en la comunidad eclesial un signo es poner en el plano de la evangelización la actitud de testimonio y acogida. Para que el sacramento sea entendido, debe ser explícito, debe verse. Una Iglesia oculta, callada, en las sombras, no es signo del Cristo. Por eso los discípulos encerrados cambian rotundamente y son enviados a partir del encuentro con el Resucitado.
 
Se es signo en las calles, con los mendigos y los sin techo; se es signo en los ámbitos políticos, legislando para una democracia; se es signo en el ámbito de la salud y la ecología, protegiendo la vida; se es signo en los grandes imperios industriales, denunciando la explotación. Esos viejos edificios curiales, altos, inalcanzables, omnipotentes, de pasillos sin iluminación, poco pueden decir al mundo actual, anti-institucional por naturaleza. Las pequeñas comunidades de vida, en cambio, cercanas entre vecinos, reunidas en torno a la Palabra, con proyectos de promoción humana y fraternidad de saludo sin doblez, son Iglesia-sacramento, verdadera luz para las sociedades.
 
La segunda actitud, la acogida, la aprendemos del episodio de Tomás, que separado un domingo de su comunidad, es recibido nuevamente, es informado sobre el acontecimiento pascual y, a pesar de su incredulidad, no es expulsado hasta el domingo siguiente. Para ser signo hay que acoger, mostrar el interior, la intimidad, la fibra íntima de la Iglesia. Acoger a Tomás es dejar que los Tomases de hoy se introduzcan en nuestras realidades, nos conozcan como somos, pecadores, humanos. En esa honestidad, los Tomases verán al Resucitado, porque el sacramento eclesial será sincero, será signo del poder de Dios que lo transforma todo, que hace la historia de la salvación a pesar nuestro, a pesar de nuestra historia de matanzas, guerras y combates. Ningún Tomás será juzgado y condenado en la Iglesia-sacramento, porque se trata de comunidades de paz y reconciliación, comunidades con una utopía que intenta hacer el nuevo Génesis contrariamente a los Caínes que atentan contra su hermano. En esa línea evangelizadora, quizás vayamos abandonando los viejos edificios autoritarios para iluminar el mundo con una Iglesia de los caminos.
(
http://blogsdelagente.com/palabrademision/2012/04/10/iglesia-sacramentada-segundo-domingo-de-pascua-%E2%80%93-ciclo-b-%E2%80%93-jn-20-19-31-15-04-12/
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Alforjas de pastoral).

Jn 20, 19-31
 
11 abril, 2012 por rjuarezsc


1. Los relatos de las apariciones en el evangelio de Juan son auténticas catequesis pascuales, donde el recuerdo histórico transmitido por la tradición se une a una delicada tarea teológica que ahonda en el misterio que comenzara con el sepulcro vacío. Las dos escenas de la lectura de hoy son, por lo tanto, una armónica fusión de los acontecimientos acaecidos en la primavera del año 30 en Palestina y la reflexión profunda de los judeo cristianos de ambiente cosmopolita y helenista al que llegó la tradición viva de Juan hacia los años 50-60.
 
La conclusión que pone punto final tanto a las escenas como al evangelio mismo (el c.21 será un añadido posterior al mismo) revela que estas catequesis se dirigen a una comunidad con cierta madurez cristiana, que ha de ser confirmada en la fe, amenazada desde fuera.
 
Sabido es el gusto de Juan de interpretar la historia de Jesús como nueva creación o, mejor, como re-creación; superación y remodelación de la primera. “Al principio…”, comenzaba el evangelio, y culminaba en “otro jardín”, “el primer día de la semana”, cuando la mujer encontraba al Hombre Nuevo. Ahora, en dos domingos, Juan nos va a presentar el paradigma de la comunidad nacida en esta nueva creación que es la Pascua: dos escenas para mostrarnos el carácter de una misma comunidad, en dos momentos distintos.
 
2.- En la primera aparición a los discípulos “aquél mismo día, el primero de la semana”, el grupo que había vivido el acontecimiento trágico y glorioso de la Pascua vive con intensidad los dones de esta nueva creación, aun en el desamparo y en medio del ambiente hostil, pues estaban “con las puertas cerradas, por miedo…”. El rítmico “y dijo Dios…” del libro del Génesis se repite tres veces (número de perfección y plenitud), para derramar los bienes escatológicos: - el don mesiánico de la paz o Shalom definitivo como nuevas relaciones entre los hombres; – la presencia del Espíritu Santo como el Dios con-nosotros definitivo; – el perdón de los pecados como nuevas relaciones de los hombres con Dios. Todo es novedad, nueva creación, como revela la exhalación de aliento sobre ellos, en un claro eco a Gen 2,7 (versión griega), cuando Dios “exhaló aliento de vida” en el hombre.
 
3. Pero con el paso del tiempo, la segura presencia del crucificado-resucitado para la comunidad entró en crisis; las puertas estaban ya abiertas y llegaron nuevos discípulos, paradigma de los cuales es Tomás, el ausente en las primeras experiencias. En la Pascua surgió un mundo definitivo, pero en el tiempo posterior surgen los miedos y la incredulidad, pese a que el Señor seguía haciéndose presente, especialmente cada ocho días, en cada primer día de la semana.
 
En contra del dicho popular “ver y creer” como santo Tomás”, el discípulo incrédulo no toca el costado del crucificado-resucitado. Venciendo la duda, cree sin necesitar las peculiares experiencias que vivieron los primeros. El discípulo del “tiempo después”, Tomás, tú o yo, puede llegar a confesar a Jesús con tanta intensidad como el grupo de los Doce. De hecho, ningún título cristológico del cuarto evangelio es tan sublime como la profesión de Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Nadie había llegado a combinar los nombres de Dios para llamar a Jesús, Yhwh = Kyrios =Señor, y Elohim = Theos = Dios; nadie en el cuarto evangelio, nadie, salvo el discípulo llamado a vencer la tentación de las seguridades humanas y científicas.
(
http://alforjasdepastoral.wordpress.com/2012/04/11/jn-20-19-31/
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Agenciasic.es).

Tomás, de agnóstico a creyente (Juan 20,19-31)

Por Mons. Jesús Sanz el 16 de abril de 2012


Mons. Jesús Sanz    Se agolparon rápidamente los acontecimientos. Fugas, idas y venidas. Tristezas en los ojos y agobio en los corazones. Pero aquella mañana de pascua, algunas mujeres volvieron diciendo cosas que a los discípulos les parecían muy extrañas: la piedra de la tumba quitada, el sepulcro vacío. Bloqueados por su propia perplejidad, tampoco recordaban lo que Jesús les había dicho sobre su desenlace. Ahora, al final de aquel domingo de pascua, estaban encerrados a cal y canto, llenos de pánico.
 
Jesús se presenta en medio de ellos para anunciarles la paz y mostrarles los signos de su muerte. Era salir de una horrible desazón y ver con sus ojos el milagro de las promesas de su Maestro cumplidas. Pero no estaban todos. Cuando llegó Tomás, el que faltaba, rápidamente le dijeron la gran noticia, lo increíble e inaudito: “hemos visto al Señor” (Jn 20,25). Semejante anuncio era insuficiente para un Tomás que también “había visto” morir al Señor. No era fácil borrar de su recuerdo ese pánico que había hecho esconderse a sus compañeros.
 
La condescendencia de Dios hacia todas las durezas de los hombres, está representada en la respuesta que Tomás recibe por parte de Jesús, cuando al volver allí ocho días después, le dice que toque lo que le parecía una cosa imposible. Es el perfecto tipo de agnóstico, tan corriente hoy en día: no niego que esto que contáis haya sucedido, pero hasta que no lo vea con mis ojos, ni lo palpe con mis dedos, yo no creo. Y este “agnosticismo” Jesús lo llamará sencillamente “incredulidad”: “Trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente” (Jn 20,27).
 
Hoy nosotros los cristianos, que creemos en la Resurrección de Jesús, ¿cómo podemos mostrar a la Humanidad aquello que los discípulos trataron de anunciar a su compañero Tomás? No somos los propagandistas teóricos de un cambio abstracto del mundo, sino los testigos de que aquello que aconteció en Jesús, también nos ha sucedido a nosotros: el odio, la oscuridad, la violencia, el miedo, el rencor, la muerte… es decir, el pecado, no tienen ya la última palabra. Cristo ha resucitado y en Él han sido muertas todas nuestras muertes. De esto somos testigos. Esta es nuestra alegría. Y por eso, a pesar de todas las cicatrices de un mundo caduco, insolidario, violento, que mancha la dignidad del hombre y no da gloria a Dios, nosotros decimos: Hemos visto al Señor. Ojalá nuestra generación se llene de alegría como aquellos discípulos, al ver en nuestra pequeñez las señales de la victoria pascual, y como Tomás diga también: Señor mío y Dios mío. Somos custodios de las señales que ayudan a creer a los demás.
 
 + Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
 Arzobispo de Oviedo
(
http://www.agenciasic.es/2012/04/16/tomas-de-agnostico-a-creyente-juan-2019-31/
).

 

Evangelio diario meditado del Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Catholic.net).

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Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net
La humildad de un triunfador
Juan 20, 19-31. Pascua. También en su gloriosa resurrección, Cristo sabe ser humilde...
 
 
La humildad de un triunfador
Del santo Evangelio según san Juan 20, 19-31

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído». Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

Oración introductoria

¡Señor mío y Dios mío! Ten compasión de mí porque, como Tomás, hay ocasiones en que dudo de mi fe. En este domingo que me invitas a contemplar tu inmensa misericordia, que me muestras tu costado y tus llagas, y me invitas a experimentar tu cercanía por medio de la oración, no puedo más que decir: ¡Tú, Señor, eres mi Dios!

Petición

"¡Jesús, confío en ti!". Ven y guía mi oración y mi camino.

Meditación del Papa

También para nosotros es posible tener un contacto sensible con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales de su Pasión, las señales de su amor. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega. Queridos jóvenes, aprended a "ver", a "encontrar" a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda.
Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica; hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará [...] Así podréis adquirir una fe madura, sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago recuerdo del catecismo de vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando profesó abiertamente su fe en Jesús: "¡Señor mío y Dios mío!". (Benedicto XVI, Mensaje para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, 2011).

Reflexión

¡¡Jesús ha resucitado!! Ésta es la noticia más importante de todo el Evangelio. Debería haber ocupado, con enormes titulares, la primera página de todos los periódicos del país y de todo el mundo conocido de la época... Y, sin embargo, como siempre, Dios nos confunde. Sucedió de noche, sin que nadie apenas se enterara. Sí, de noche. Así son todos los grandes acontecimientos de Dios... Este Dios nuestro tiene un sentido del humor bastante fino y ocurrente. Parece que Dios se divierte gastándoles bromas a los hombres para jugar luego con ellos a las "escondidas". Y mientras se esconde, se sigue riendo traviesamente -como hace el papá con su hijo pequeño- a ver si nosotros somos capaces de descubrirlo y de encontrarlo en medio del bosque o del jardín....

Pero Dios, con este modo de actuar, nos está revelando su infinita humildad, bondad y condescendencia. Sólo un Dios puede ser tan humilde. Como nuestras alabanzas no lo engrandecen, se puede dar el lujo de esconderse y de pasar desapercibido...

Tampoco así se nos impone a fuerza de evidencias, sino que respeta nuestra libre elección. Porque nos ama como un auténtico Padre. Sólo los seres verdaderamente grandes son también profundamente humildes. Muy al contrario de nosotros, a quienes tanto nos fascina el ruido, la vanidad y el "cacareo" en todo lo que hacemos; nos encanta que el mundo entero se dé cuenta de nuestras "hazañas" y nos alabe por las "bobadas" que realizamos como si fueran el heroísmo más espectacular de la historia... ¡Qué pequeños y ridículos somos tantas veces! Y Dios se debe de seguir riendo de nosotros... Al menos así se "divierte".

También a Jesús le gusta esconderse y pasar desapercibido. Porque es Dios. Su nacimiento en Belén ocurrió en medio de la noche. Pasó treinta largos años de su vida escondido en la aldea de Nazaret, "de noche". Como la primera Pascua de la historia, cuando Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. O al igual que la primera Pascua cristiana, la de aquel gran Jueves Santo... ¡De noche! De noche quiso morir -¡hasta el mismo sol se eclipsó en pleno mediodía!- y de noche quiso ser sepultado en la tierra.

Y ahora, su gran triunfo, su victoria definitiva, su resurrección, se realiza de noche y a la vista de casi nadie. ¿Por qué? Además de revelarnos su humildad divina, este modo de actuar es una fuerte llamada a nuestra conciencia y a nuestro corazón para invitarnos a estar en vela, con los ojos del alma y del cuerpo bien atentos y despiertos. No nos vaya a ocurrir lo mismo que les pasó a los apóstoles la noche de aquel primer Jueves Santo, después de la Ultima Cena -que fue también la primera Cena de la nueva alianza-: ¡se quedaron dormidos en el huerto, mientras su Maestro allí, en Getsemaní, entraba en agonía!

Pero también actúa así para que nuestra respuesta a Él sea en la fe, en el amor auténtico, en la humildad y en la libertad. Nadie vio cómo resucitó el Señor, ni a qué hora sucedió aquel portento... ¡y es el evento más grandioso de nuestra fe y el más decisivo de todo el cristianismo!... Sí. La resurrección de Jesús es la “Buena Nueva” por antonomasia, anunciada por Jesús mismo durante su vida pública y proclamada por la Iglesia de todos los tiempos. Si su nacimiento en Belén fue un hecho que llenó de inmensa alegría el orbe entero -y todos los años lo celebramos con desbordante júbilo en la Navidad- su resurrección lo es aún más. Los ángeles cantaron a coro el "Gloria in excelsis Deo" la noche santa de Belén, y también ellos fueron los únicos testigos -además de aquellos soldados romanos que estaban de guardia, ¡tan cobardes!, que no fueron capaces de convertirse luego en pregoneros del hecho más portentoso de la historia-. Y si el nacimiento de Jesús es un motivo de dicha para el mundo entero, su resurrección es la máxima coronación de toda su vida y su plan redentor.

El misterio del Dios hecho Hombre, que se encarnó por amor a nosotros y nació para salvarnos, encuentra su pleno cumplimiento en el triunfo glorioso y definitivo de su resurrección. Si todo hubiera acabado con su muerte, Cristo no sería sino sólo un gran hombre, como cualquiera de nosotros, y su vida habría sido la de un profeta excepcional, y nada más. Pero si Cristo ha resucitado y ha salido de la tumba con su propio poder, es la señal más clara de que es verdaderamente Dios, todopoderoso, el Señor absoluto de la vida y de la muerte. Y entonces todo lo anterior recibe su explicación y máxima justificación.

Pero, además, sus apariciones después de su resurrección... ¡muchas de ellas serán también de noche o casi a escondidas, con la presencia de unos cuantos, sus amigos predilectos! También aquí nos vuelve a sorprender el Señor: "Al anochecer de aquel día, el primero de la semana... entró Jesús y se puso en medio de ellos" -nos dice el Evangelio de hoy.

¡El Señor ha resucitado! Sí, pero lo ha hecho "como callandito" -según la dulce expresión de santa Teresa- y en silencio. No con trompetas y espectacularidades. Nunca ha actuado así el Señor. También en su gloriosa resurrección sabe ser humilde... ¡Qué impresionante es el modo de actuar de Dios! Cualquiera de nosotros hubiéramos preferido "restregarles" en la cara a los fariseos y a los sumos sacerdotes esta victoria para que se dieran cuenta con quién se estaban metiendo y para humillarlos en su derrota. Cristo no. Nunca ha actuado así. Y tampoco en su resurrección.

Propósito

Celebrar hoy con alegría la Divina Misericordia, aprendiendo de Jesús a ser misericordioso con lo sdemás.

Diálogo con Cristo

Jesús, también en la victoria tenemos que ser humildes, sencillos y discretos como Tú. Ése será un gran testimonio de nuestra fe ante todo el mundo, como lo fue en los primeros siglos de la Iglesia.

 

Ejercicio de lectio divina para el Domingo II de Pascua de los ciclos A, B y C (Aviaceli).

 ¿Porque me has visto has creído, Tomás? ¡Dichosos los que crean sin haber visto! El apóstol Tomás, ausente en la primera aparición de Jesús, no daba fe a la palabra de sus compañeros, exigiendo tocar con sus propios dedos las llagas del crucificado, para  cerciorarse así de la realidad de la resurrección. Jesús no solamente no toma a mal la dificultad de Tomás, sino que lo invita a palpar sus llagas, arrancando de sus labios la profesión decidida: ¡Señor mío y Dios mío! Pero las palabras de Tomás son algo más que una manifestación de sorpresa ante el Resucitado. Como  cuenta el mismo evangelio de san Juan, Tomás, poco antes de la Pasión, había sido testigo de cómo Lázaro, a la voz de Jesús volvió a la vida, después de haber estado cuatro días en el sepulcro. Pero Tomás sabe distinguir muy bien entre lo sucedido a Lázaro y lo que significa la presencia de Jesús resucitado. No se trata de la reanimación de un cadáver como en el caso de Lázaro, sino de una presencia nueva, que permite adivinar una realidad que va mucho más allá de lo que los hombres podían esperar. Por esto no duda en proclamar: ¡Señor mío y Dios mío! Es decir proclama, reconoce, afirma que Jesús es Señor, el Mesías, el Cristo o Ungido del Padre, que es el Hijo de Dios, en su sentido pleno, es decir que es Dios.
 La misma fe que Tomás expresa con su vibrante: ¡Señor mío y Dios mío!, la confirma el apóstol Juan cuando decía en la segunda lectura que Jesús es el Hijo de Dios, que vino con agua y con sangre, aludiendo concretamente a la lanzada que infligieron a Jesús en la cruz, de cuya herida brotaron sangre y agua, que la tradición interpreta como símbolos de los sacramentos del bautismo y de la eucaristía, por los cuales entramos en estrecha comunión de vida con Jesús resucitado. En efecto, la realidad de la resurrección no puede reducirse a una prerrogativa de la persona misma de Jesús. La resurrección supone un cambio profundo en Jesús, pero también en todos los que creen en él. Y no sólo para cuando llegue el momento de la muerte, sino también desde ahora. El apóstol en efecto precisa: El que cree que Jesús es Hijo de Dios, vence al mundo. El que participa en la victoria del Resucitado recibe la fuerza para vencer el mundo, para poder vivir sin miedo ni temor, porque el que cree que Jesús es el Hijo nacido de Dios llega a ser en verdad hijo de Dios, y, en consecuencia, demuestra que ama a Dios cumpliendo sus mandamientos.
 Cumplir los mandamientos. El apóstol Juan afirma hoy que los mandamientos no son pesados. Los mandamientos no son caprichos de Dios, sino exigencias de la misma naturaleza humana para hacer posible la convivencia entre los hombres, de modo que sea aceptable y no se convierta en una jungla despiadada, en la se impone la ley del más fuerte. Los mandamientos en la perspectiva del evangelio sólo se pueden entender y aceptar desde una perspectiva de amor. El que ama cumple los mandamientos, así como el amigo, el amante, busca libremente como expresión de cariño el bien de la persona amada.
 Sería empobrecer el mensaje de la resurrección reducirlo a la observancia fría y escrupulosa de determinadas reglas o normas. El que vive en el ámbito del resucitado entra en una dimensión nueva. Es lo que Lucas trata de esbozar en la primera lectura de hoy, al describir, de manera bastante idealista, la primera comunidad de Jerusalén. Aquella gente, dice Lucas, se tomó tan en serio el mensaje de la novedad del Resucitado que todos pensaban y sentían lo mismo, lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían lo ponían a disposición de los apóstoles que lo distribuían según lo que necesitaba cada uno. Y este modo de actuar agradaba a Dios. Aunque no nos toca pretender implantar en nuestra sociedad el ideal trazado por san Lucas, el hecho de la resurrección de Jesús debería invitarnos a revisar nuestro modo de pensar, de hacer, de vivir, para dejar nuestros egoísmos y abrirnos al amor y al servicio de todos los hermanos, de modo que los que no creen, al vernos deban reconocer que Jesús ha resucitado verdaderamente dado que existen hombres y mujeres que viven ya una vida nueva.
(
http://www.aviaceli.com/lectio.htm
).

 

Lecturas meditadas y oraciones de la Misa del Domingo II de Pascua del cicloB. Pedidos de oraciones (Winston Francisco Pauta Avila).

«Dar a conocer a Cristo: La relacion con
Cristo no puede reducirse a una relacion individua-lista, orientada solo a la
propia salvacion. La espiritualidad del Movimiento lleva consigo la conviccion,
profundamente sentida, de que todos los hombres tienen necesidad de encontrarse
con el amor redentor de Cristo.
MISA 15 de
Abril, Santoral, PETICIONES Y REFLEXIONES
DOMINGO
15
II
DOMINGO DE PASCUA o “DE LA DIVINA MISERICORDIA”
Santos:
Santas Anastasia y Basilisa de Roma, martires. (Blanco)
 
LA
VICTORIA QUE HA DERROTADO AL MUNDO
 
Hch 4, 32-35; 1 Jn 5,1.6; Jn:20, 19-31
 
El relato del
Evangelio que nos refiere la tozudez de Tomas es por demás ilustrativo. El
salto de la Pascua no fue fácil de vivir. Los seguidores de Jesús estaban
acostumbrados a las experiencias mundanas que todos hemos conocido. Acceder a
la dimension sobrenatural que Jesus resucitado habia inaugurado no era rapido
ni sencillo de vivir. Tomas imaginaba que Jesus regresaba a la existencia biologica
de su vida pasada. Nada mas erroneo que eso. La victoria del resucitado sobre
la muerte es definitiva. Esa no volvera jamas a sujetarlo, Por esa fe
inconmovible han sido dinamizados numerosos seguidores de Jesus. Cuando la
existencia cristiana se arraiga en el encuentro vivo con el resucitado
transforma a los creyentes en, una comunidad fraterna, solidaria, que dialoga y
supera sus tensiones internas sin recurrir al control de conciencia ni a la
manipulacion de las personas. De esa vida, es un eco, fiel el sumario de los
Hechos de los Apostoles.
 
ANTIFONA DE ENTRADA (4 Esd 2, 36-37)
Abran su
corazon con alegria, y den gracias a Dios, que los ha llamado al Reino de los
cielos. Aleluya.
 
Se dice Gloria.
 
ORACION COLECTA
Dios de eterna misericordia,
que reavivas la fe de tu pueblo con la celebracion anual de las fiestas
pascuales, aumenta en nosotros tu gracia, para que comprendamos a fondo la
inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del Espiritu que nos ha
dado una vida nueva y de la Sangre que nos ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo...
 
LITURGIA DE LA
PALABRA
 
Tenian un solo
corazon y una sola alma.
 
Del libro de los Hechos de los Apostoles: 4, 32-35
 
La multitud de
los que habian creido tenia un solo corazon y una sola alma; todo lo poseian en
comun y nadie consideraba suyo nada de lo que tenia.
Con grandes
muestras de poder, los apostoles daban testimonio de la resurreccion del Señor
Jesus y todos gozaban de gran estimacion entre el pueblo. Ninguno pasaba
necesidad, pues los que poseian terrenos o casas, los vendian, llevaban el
dinero y lo ponian a disposicion de los apostoles, y luego se distribuia segun
lo que necesitaba cada uno. Palabra de
Dios.
Te alabamos, Señor.
 
Del salmo 117
R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
 
Diga la casa de
Israel: "Su misericordia es eterna". Diga la casa de Aaron: "Su
misericordia es eterna". Digan los que temen al Señor: "Su
misericordia es eterna". R/. La
misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
 
La diestra del
Señor es poderosa, la diestra del Señor es nuestro orgullo. No morire,
continuare viviendo para contar lo que el Señor ha hecho. Me castigo, me
castigo el Señor; pero no me abandono a la muerte.
R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
 
La piedra que
desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra de la
mano del Señor, es un milagro patente. Este es el dia del triunfo del Señor,
dia de jubilo y de gozo.
R/. La misericordia del Señor es eterna. Aleluya.
 
Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo.
 
De la primera carta del apostol san Juan: 5, 1-6
 
Queridos hijos:
Todo el que cree que Jesus es el Mesias, ha nacido de Dios; todo el que ama a
un padre, ama tambien a los hijos de este. Conocemos que amamos a los hijos de
Dios en que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos, pues el amor de Dios
consiste en que cumplamos sus preceptos. Y sus mandamientos no son pesados,
porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y nuestra fe es la que nos
ha dado la victoria sobre el mundo. Porque, ¿quien es el que vence al mundo?
Solo el que cree que Jesus es el Hijo de Dios.
Jesucristo es
el que vino por medio del agua y de la sangre; El vino, no solo con agua, sino con
agua y con sangre. Y el Espiritu es el que da testimonio, porque el Espiritu es
la verdad. Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
 
SECUENCIA opcional
 
ACLAMACION
(Jn 20, 29) R/. Aleluya, aleluya.
Tomas,
tu crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haberme visto, dice el
Señor. R/.
 
Ocho
dias despues, se les aparecio Jesus.
 
LECTURA Evangelio Juan capitulo 20, versiculos  19 al 31
 
Al anochecer
del dia de la resurreccion, estando cerradas las puertas de la casa donde se
hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presento Jesus en medio de
ellos y les dijo: "La paz este con ustedes". Dicho esto, les mostro
las manos y el costado. Cuando los discipulos vieron al Señor, se llenaron de
alegria.
De nuevo les
dijo Jesus: "La paz este con ustedes. Como el Padre me ha enviado, asi
tambien los envio yo". Despues de decir esto, soplo sobre ellos y les
dijo: "Reciban el Espiritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedaran
perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedaran sin perdonar".
Tomas, uno de
los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesus, y
los otros discípulos le decian: "Hemos visto al Señor". Pero el les
contesto: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi
dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creere".
Ocho dias
despues, estaban reunidos los discipulos a puerta cerrada y Tomás estaba con
ellos. Jesus se presento de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz
este con ustedes". Luego le dijo a Tomas: "Aqui estan mis manos; acerca
tu dedo. Trae aca tu mano, metela en mi costado y no sigas dudando, sino
cree". Tomas le respondio: "¡Señor mio y Dios mio!" Jesus añadio:
"Tu crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber
visto".
Otros muchos
signos hizo Jesus en presencia de sus discipulos, pero no estan escritos en
este libro. Se escribieron estos para que ustedes crean que Jesus es el Mesias,
el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesus.
 
Oracion introductoria
¡Ven Espiritu Santo! Me concedes este dia para poder acompañar a Cristo en
su pasión. No quiero evadir ni olvidar toda la crueldad y maldad que vives por
causa de mis pecados. Que esta oracion sea el inicio de un dia en donde no te
escatime tiempo ni esfuerzo para saber contemplarte en tu pasion y muerte.
 
Peticion
Señor, ayudame
a vivir un ayuno gozoso al saber renunciar a todo lo que no sea tu santa
voluntad.
 
REFLEXION Evangelio Juan capitulo
20, versiculos 19 al 31
 
El don del Espiritu Santo renovo
interiormente a los Apostoles, revistiendoles de la fuerza que les hizo capaces
de anunciar sin miedo que Cristo habia resucitado. Esos pescadores atemorizados
se convirtieron en mensajeros valientes del Evangelio.
 
Vemos tambien que los Apostoles
permanecian juntos a la espera de ese Espiritu Santo prometido. Ellos han ser
nuestra inspiracion. Los cristianos debemos estar unidos, dar ejemplo de
caridad y de verdadera oracion.
 
Algunos de nosotros nos
identificaremos mas con Tomas, el discipulo incredulo, que busca evidencias
sensibles y lo quiere comprobar todo. No dejemos endurecer nuestro corazon por
el naturalismo y la falta de vision sobrenatural. Demos hoy el salto de la fe
confesando a Cristo como nuestro Dios y Senor.
 
Credo
 
PLEGARIA UNIVERSAL
A Jesus
resucitado, vida y esperanza de la humanidad entera, oremos. Despues de cada
peticion diremos: R/. Jesus resucitado, escuchanos.
 
Por los que
creemos en Jesus resucitado. Que vivamos con mucha alegria la vida nueva que
nace de la Pascua. Oremos.
R/. Jesus resucitado, escuchanos
 
Por las
comunidades cristianas de todo el mundo. Que sean ejemplo y testimonio de
comunion, de alegria, de esperanza, de amor. Oremos.
R/. Jesus resucitado, escuchanos
 
Por los obispos
mexicanos que se reuniran en asamblea esta semana. Oremos. R/. Jesus resucitado, escuchanos
 
Por los que no
creen en Jesus. Que puedan llegar a descubrir su amor, y la felicidad que El
nos da. Oremos. R/. Jesus resucitado,
escuchanos
 
Por los que
recibiran durante este tiempo de Pascua los sacramentos de la iniciacion cristiana:
el Bautismo, la Confirmacion, la primera Eucaristia. Oremos. R/. Jesus resucitado, escuchanos
 
Por todos
nosotros, reunidos como cada domingo, convocados por Jesus resucitado. Que El
mismo nos de la alegria, la paz, la fuerza de su Espiritu.
 
Oremos.
Escucha, Jesus
resucitado, nuestras oraciones, y derrama tu amor sobre nosotros. Tu, que vives
y reinas por los siglos de los siglos.
 
ORACION SOBRE LAS OFRENDAS
Recibe, Señor,
las ofrendas que (junto con los recien bautizados) te presentamos; tu que nos
llamaste a la fe y nos has hecho renacer por el bautismo, guianos a la
felicidad eterna. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
 
PREFACIO I DE PASCUA
En verdad es
justo y necesario, es nuestro deber y fuente de salvacion glorificarte siempre,
Señor, pero mas que nunca en este dia, en que Cristo, nuestra Pascua, fue
inmolado.
Porque El es el
verdadero Cordero que quito el pecado del mundo: muriendo, destruyo nuestra
muerte, y resucitando, restauro la vida.
Por eso, con
esta efusion del gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegria y tambien
los coros celestiales, los angeles y los arcangeles cantan sin cesar el himno
de tu gloria: Santo, Santo, Santo...
 
ANTIFONA DE LA COMUNION (cfr. Jn 20, 27)
Jesus dijo a
Tomas: Acerca tu mano, toca las cicatrices dejadas por los clavos y no seas
incredulo, sino creyente. Aleluya.
 
ORACION DESPUES DE LA COMUNION
Concedenos,
Dios todopoderoso, que la gracia recibida en este sacramento nos impulse
siempre a servirte mejor. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
 
OTRAS
REFLEXIONES AL EVANGELIO DE HOY
 
UNA REFLEXION
PARA NUESTRO TIEMPO.- La pintura que nos regala el libro de los Hechos de los
Apostoles está indudablemente retocada, pero no es resultado del amor ciego del
escritor ni de su vision idilica sobre el cristianismo primitivo. Los primeros
creyentes reconstruyeron su identidad mas profunda a partir del encuentro con Jesus
resucitado. El Espiritu los humanizo y ellos humanizaron al Espiritu. Eran los
mismos hombres y mujeres de Galilea que habian llegado en las visperas de
Pascua a Jerusalen, pero ahora un impulso inagotable les daba una nueva
vitalidad. Su nueva identidad les permitio vivir una nueva socializacion. Los
creyentes en Jesus eran sus hermanos y esa no era una palabra hueca ni un
titulo vacio. La vivencia de la fraternidad universal reacomodaba sus
relaciones en clave de solidaridad y amor fraterno.
 
 Abril 15
Tremendo misterio este que
de las oraciones y voluntarios sacrificios de unos pocos, depende la salvacion
de muchos". (Pio XII)
 
A las almas adoloridas,
que cargan pesos insufribles, a quienes sus cruces pareciera aplastar sin
remedio, el recuerdo del valor pleno de sentido del dolor otorga al sufrimiento
una trascendencia del que estan privados los paganos. Recomendamos vivamente su
lectura y hacer de su difusion un apostolado
 
Desde el mas profundo
sentido de comunion deseo, de todo corazon, que a este tiempo de quejas,
llantos y reproches dirigidos al Padre por tantas personas que viven en sus
carnes un dolor tan hondo, le sigan algunos momentos de paz y silencio,
suficientes como para poder oir las respuestas y consuelos que el Buen Dios
susurra a sus hijos que sufren
 
DIOS PODEROSO DADOR DE LA SALUD
 
Buenos dias
queridos hermanos: Anoche en el momento de las peticiones de la entrega del
Cirio nuestra hermana y mi ovejita predilecta Esperanza pidio por la intervención
que tendra en el dia de hoy nuestra querida hermana Altagracia, muchos de nosotros
compartimos con ella en el retiro Eucaristico. Hagamos una cadena de oracion
para que nuestro Señor sea el que intervengan en esa operacion. Laura del
Carmen
 
Vino mi hijo a
decirme que su suegro esta agonizando ya prendí una veladora y mañana si Dios
quiere ire a el hospital es papa de mi nuera Claudia el señor se llama Margarito Jimenezmexicano de Chilpancingo, Guerrero muchas gracias
Elisa Dios te compesara tu ORACION Dios contigo linda besitos  Dios te bendiga hoy mañana y siempre con
cariño. Socorro
 
Pido oracion
para una bebe (no se el nombre) que esta muy grave. Cuando nacio los medicos la
dieron por muerta, estuvo 12 horas en la morgue. La madre pidio verla cuando la
llevaron a ver a su bebe, resulto que estaba viva, inmediatamente la llevaron a
neonatologia, pero esta muy delicada. Nelly
 
Hermanos les
pido si pueden orar por Elizabeth, martes 17 se interna, 18 operan cirugia
abierta de corazon. bendiciones.beatriz.
 
Hermanos,
unamos nuestras oraciones por Mariela  (28
años) y su bebe Juan
Ignacio, que mañana (14 de abril) nacera por cesarea. Esto se debe a
que ella sufre, La Esclerosis Sistemica Progresiva (ESP) es un desorden cronico
del tejido conectivo, etiologia desconocida, caracterizado por inflamacion,
fibrosis, cambios degenerativos. Si bien el compromiso mas visible es el cutaneo,
tambien afecta el aparato,  ciertos
organos internos como pulmon, corazon, riñon y el tracto gastrointestinal.
Gracias, bendiciones. Gracielita
 
AGRADECIMIENTO A DIOS
 
Cumpleaños de Ana Excelente
Cumpleaños de Sor Maria
 
Pablo fue transplantado con
exito, anoche a las 22 hs hora Argentina se hizo el estudio de
histocompatibilidad que permitio el transplante, hoy a las 8 am me llego el
mensaje de la finalizacion de la cirugía, es un caso especial para mi. Conozco
a su familia. su hermano Gaston fue transplantado hace 4 años con un riñon
donado por su madre, y al poco tiempo, Pablo comenzo con su enfermedad. Estaba primero
en la lista de espera del incucai, los invito a dar gracias a Dios por haberse
manifestado de esta manera. Elisa Zarza
 
POR LAS NECESIDADES DE
 
Ruego oracion
por mi Conchi,
por mi hna. Rosa,
mi sobrina Laura por el atropeyo que estamos sufriendo por Luis, defiendonos Señor. Conchi
 
Buenas, Dios
los bendiga abundantemente, mi peticion de oracion es por mi economia esta
desquebrajada, me siento muy triste por esta situacion, se que cuando dos o mas
se reunen para Orar la oracion es de muchas bendiciones por eso les pido que
oren por mi Gracias. Omaira
 
Señor te pido
por favor que me ayudes a salir adelante mira que estoy en un momento muy
dificil del cual solo tu puedes ayudarme, bendice mi trabajo y librame de todo
mal, cuida y bendice mi familia dandole salud, por favor ten misericordia de mi
alma y abreme los caminos correcto Padre celestial. Bendice y ayuda a toda esta
gente.. Amen. Manuela
 
Amigos solicito
pongan en oracion a mi hermana Carmen Violeta Vasquez a sus hijas Gabriela Gomes
Vasquezquien tiene dos ñiños, Ethan
Josue de año y medio y Tamara de 10 y a Laura Gomez Vasquezcon
sus dos niños Joshua de 10 y Leonardo de 7, estan pasando una situacion muy
dificil, sin trabajo, por lo cual no pueden pagar la casa y sin comida porque
no pueden comprarle, mi hermana Carmen Violetatrata
de ayudarlas pero ella tampoco trabaja y lo que llega es apenas para ir
comprando algo para comer. Ayudenme con sus oraciones para que el Señor ayude a
encontrar trabajo y asi puedan solventar sus necesidades. Gracias de todo
corazon. Lizbeth Vasquez
 
Q. E. P. D.
 
Sabrina Basualdo
Margarito Jimenez
 
PALANCAS POR QUIENES HAN PARTIDO A SU QUINTO DIA
 
Ofrezcamos tambien nuestras PALANCAS y oraciones
por aquellos que, habiendo vivido los 3 Dias del Cursillo de Cristiandad,
compartieron con nosotros su CUARTO Dia, fermentando de Evangelio los
ambientes, y que hoy, llamados por el Senor a su presencia, se encuentran
viviendo su QUINTO Dia.
 
Por los que llegaran a su destino final hoy, que
lo hagan en Gracia de Dios
 
Por las benditas almas del Purgatorio

ECUADOR
 
ENVIE SU PETICION DE ORACION  a
 
wpauta@gmail.com,
wpauta@yahoo.es,
 
indicando su nombre y peticion 
P.D. Si Ud., quiere referirse a este envio por favor copiar el ASUNTO
 
http://www.facebook.com/groups/228027363944602/


http://grupodeoraciondivinonio.blogspot.com/
 
Me inclino reverentemente ante El Señor

 
M.E. Winston Pauta Avila
Grupo de Oracion "DIVINO NINO"   
Guayaquil - Ecuador
C. C. DE COLORES
Cursillista de Cursillo de Cristiandad  No. 40
Guayaquil- Ecuador

Cursillista de Cursillo de Cristiandad de Barcelona- Espana
Chistifideles Laici
Barcelona - España

 

Lecturas meditadas de la Misa del Domingo II de Pascua del ciclo B (Dios existe).

Lecturas del Domingo 15 de Abril de 2012

2º Domingo de Pascua

Santoral: Benito José Labre

Hechos 4,32-35: Todos pensaban y sentían lo mismo
Salmo 117: Dad gracias al Señor porque es bueno
1Juan 5,1-6: Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo
Juan 20,19-31: Dichosos los que creen sin haber visto.

Hechos de los apóstoles 4,32-35


Todos pensaban y sentían lo mismo
En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

Salmo responsorial: 117


Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel: / eterna es su misericordia. / Diga la casa de Aarón: / eterna es su misericordia. / Digan los fieles del Señor: / eterna es su misericordia. R.

La diestra del Señor es poderosa, / la diestra del Señor es excelsa. / No he de morir, viviré / para contar las hazañas del Señor. / Me castigó, me castigó el Señor, / pero no me entregó a la muerte. R.

La piedra que desecharon los arquitectos / es ahora la piedra angular. / Es el Señor quien lo ha hecho, / ha sido un milagro patente. / Éste es el día en que actuó el Señor: / sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.


1Juan 5,1-6


Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo
Queridos hermanos: Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

Juan 20,19-31


Porque me has visto, Tomás, has creído, -dice el Señor-. Dichosos los que crean sin haber visto.
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: "Paz a vosotros." Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado así también os envió yo." Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor." Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo."

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: "Paz a vosotros." Luego dijo a Tomás: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente." Contestó Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!" Jesús le dijo: "¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto."

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Comentarios

Tras la muerte de Jesús, la comunidad se siente con miedo, insegura e indefensa ante las represalias que pueda tomar contra ella la institución judía. Se encuentra en una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto cuando los israelitas eran perseguidos por las tropas del faraón (Éx 14,10); y, como lo estuvo aquel pueblo, los discípulos están también en la noche (ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1). El mensaje de María Magdalena, sin embargo, no los ha liberado del temor. No basta tener noticia del sepulcro vacío; sólo la presencia de Jesús puede darles seguridad en medio de un mundo hostil.

Pero todo cambia desde el momento en que Jesús –que es el centro de la comunidad- aparece en medio, como punto de referencia, fuente de vida y factor de unidad.

Su saludo les devuelve la paz que habían perdido. Sus manos y su costado, pruebas de su pasión y muerte, son ahora los signos de su amor y de su victoria: el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles "los judíos", ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica.

El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra tristeza se convertirá en alegría). Ya ha comenzado la fiesta de la Pascua, la nueva creación, el nuevo ser humano capaz de dar la vida para dar vida

Con su presencia Jesús les comunica su Espíritu que les da la fuerza para enfrentarse con el mundo y liberar a hombres y mujeres del pecado, de la injusticia, del desamor y de la muerte. Para esto los envía al mundo, a un mundo que los odia como lo odió a él (15,18). La misión de la comunidad no será otra sino la de perdonar los pecados para dar vida, o lo que es igual, poner fin a todo lo que oprime, reprime o suprime la vida, que es el efecto que produce el pecado en la sociedad.

Pero no todos creen. Hay uno, Tomás, el mismo que se mostró pronto a acompañar a Jesús en la muerte (Jn 11,16), que ahora se resiste a creer el testimonio de los discípulos y no le basta con ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido; no cree en la permanencia de la vida. Exige una prueba individual y extraordinaria. Las frases redundantes de Tomás, con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi mano), subrayan estilísticamente su testarudez. No busca a Jesús fuente de vida, sino una reliquia del pasado.

Necesitará para creer unas palabras de Jesús: «Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel». Tomás, que no llega a tocar a Jesús, pronuncia la más sublime confesión evangélica de fe llamando a Jesús “Señor mío y Dios mío”. Con esta doble expresión alude al maestro a quien llamaban Señor, siempre dispuesto a lavar los pies a sus discípulos y al proyecto de Dios, realizado ahora en Jesús, de hacer llegar al ser humano a la cumbre de la divinidad realizado ahora en Jesús (Dios mío)..

Pero su actitud incrédula le merece un reproche de parte de Jesús, que pronuncia una última bienaventuranza para todos los que ya no podrán ni verlo ni tocarlo y tendrán, por ello, que descubrirlo en la comunidad y notar en ella su presencia siempre viva. De ahora en adelante la realidad de Jesús vivo no se percibe con elucubraciones ni buscando experiencias individuales y aisladas, sino que se manifiesta en la vida y conducta de una comunidad que es expresión de amor, de vida y de alegría. Una comunidad, cuya utopía de vida refleja el libro de los Hechos (4,32-35): comunidad de pensamientos y sentimientos comunes, de puesta en común de los bienes y de reparto igualitario de los mismos como expresión de su fe en Jesús resucitado, una comunidad de amor como defiende la primera carta de Juan (1 Jn 5,1-5).


Para la revisión de vida
Dichosos los que sin ver han creído. ¿Cuáles son los fundamentos de mi fe? ¿Por qué creo? ¿Es mi fe una fe que no se apoya en argumentos racionales?
Paz a vosotros. ¿Tengo paz, paz profunda, shalom ?

Para la reunión de grupo
- Dichosos los que sin ver han creído. Creer ¿qué?, ¿a quién realmente? ¿Se puede creer a Dios? ¿En qué sentido
- Si la fe es «creer lo que no se ve”, ¿tuvo fe Tomás cuando confesó a Jesús como “Señor mío y Dios mío” sólo después de haberlo visto?
- ¿Qué relación (semejanzas, diferencias...) hay entre la fe humana (creer a alguien) y la fe religiosa (creer a Dios)?
- ¿Son las palabras «fe», «creer»... las más adecuadas para expresar la decisión del ser humano respecto al sentido más hondo de la vida? ¿Es posible que Dios sea un «alguien ahí superior», que creó un mundo y en él nos puso a nosotros, se escondió, dejó caer algunos signos, y ahora todo consiste en que tengamos «fe», en que le «creamos» creyendo a los que nos dicen que Alguien les dijo para que nos dijeran... ¿Es esto inteligible? ¿Es esto digno de Dios, y digno de la Humanidad actual? ¿No cabe otra manera de plantearlo todo? ¿«Otra fe es posible»?

Para la oración de los fieles
- Para que nuestras comunidades cristianas se miren en el espejo de aquella primera comunidad surgida a partir de la resurrección de Jesús, roguemos al Señor...
- Por todos los que tienen dificultades para la fe; para que encuentren en la comunidad de los creyentes un testimonio atractivo e iluminador...
- Para que como en el tiempo de la comunidad primitiva sean también hoy muchos los que se adhieran a la fe...
- Para que también hoy nuestra comunidad cristiana ejerza el ministerio de la curación, del alivio de todas las penalidades que afectan a la vida humana...
- Para que los cristianos de hoy aprovechemos también el ministerio del perdón de los pecados, tanto en forma individual como comunitaria...

Oración comunitaria
Dios de misericordia infinita que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual de las fiestas pascuales: acrecienta en nosotros los dones de tu gracia para que comprendamos mejor que eres verdaderamente Padre y dador de Vida, que nos has encomendado acoger y acrecentar la vida, y que la Vida finalmente triunfará. Por J.N.S.
(
http://www.egrupos.net/grupo/diosexiste
).

 

Domingo II de Pascua. recorrido hacia la fe (Desconozco el autor).

II Domingo de Pascua
15 de abril de 2012
 
LITURGIA DE LA PALABRA
 
HECHOS DE LOS APÓSTOLES 4, 32-35

En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenían. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor.

Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego, se distribuía según lo que necesitaba cada uno.

SALMO 117

R.- DAD GRACIAS AL SEÑOR PORQUE ES BUENO, PORQUE ES ETERNA SU MISERICORDIA.

PRIMERA CARTA DEL APÓSTOL SAN JUAN 5, 1-6

Queridos hermanos:

Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Aquel que da el ser, ama también al que ha nacido de Él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.

Pues en esto consiste el amor a Dios: que guardamos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo.

Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Este es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No solo con agua, sino con agua y con sangre: y el Espíritu es quien da testimonio, porque el espíritu es la verdad

SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 20, 19- 31

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

--Paz a vosotros.

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

--Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Y dicho esto exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

--Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

--Hemos visto al Señor.

Pero él les contestó:

-- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

--Paz a vosotros.

Luego dijo a Tomás:

--Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Contestó Tomás:

--¡Señor mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

--¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.

Muchos otros signos que no están escritos en este libro hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su Nombre.

 

COMENTARIO DOMINICAL
 
Autor: José Antonio Pagola
Fuente:
http://www.eclesalia.net
 
Recorrido hacia la fe
 
Estando ausente Tomás, los discípulos de Jesús han tenido una experiencia inaudita. En cuanto lo ven llegar, se lo comunican llenos de alegría: "Hemos visto al Señor". Tomás los escucha con escepticismo. ¿Por qué les va creer algo tan absurdo? ¿Cómo pueden decir que han visto a Jesús lleno de vida, si ha muerto crucificado? En todo caso, será otro.

Los discípulos le dicen que les ha mostrado las heridas de sus manos y su costado. Tomás no puede aceptar el testimonio de nadie. Necesita comprobarlo personalmente: "Si no veo en sus manos la señal de sus clavos... y no meto la mano en su costado, no lo creo". Solo creerá en su propia experiencia.

Este discípulo que se resiste a creer de manera ingenua, nos va a enseñar el recorrido que hemos de hacer para llegar a la fe en Cristo resucitado los que ni siquiera hemos visto el rostro de Jesús, ni hemos escuchado sus palabras, ni hemos sentido sus abrazos.

A los ocho días, se presenta de nuevo Jesús a sus discípulos. Inmediatamente, se dirige a Tomás. No critica su planteamiento. Sus dudas no tienen nada de ilegítimo o escandaloso. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le entiende y viene a su encuentro mostrándole sus heridas.

Jesús se ofrece a satisfacer sus exigencias: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano, aquí tienes mi costado". Esas heridas, antes que "pruebas" para verificar algo, ¿no son "signos" de su amor entregado hasta la muerte? Por eso, Jesús le invita a profundizar más allá de sus dudas: "No seas incrédulo, sino creyente".

Tomás renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo experimenta la presencia del Maestro que lo ama, lo atrae y le invita a confiar. Tomás, el discípulo que ha hecho un recorrido más largo y laborioso que nadie hasta encontrarse con Jesús, llega más lejos que nadie en la hondura de su fe: "Señor mío y Dios mío". Nadie ha confesado así a Jesús.

No hemos de asustarnos al sentir que brotan en nosotros dudas e interrogantes. Las dudas, vividas de manera sana, nos salvan de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, sin crecer en confianza y amor. Las dudas nos estimulan a ir hasta el final en nuestra confianza en el Misterio de Dios encarnado en Jesús.

La fe cristiana crece en nosotros cuando nos sentimos amados y atraídos por ese Dios cuyo Rostro podemos vislumbrar en el relato que los evangelios nos hacen de Jesús. Entonces, su llamada a confiar tiene en nosotros más fuerza que nuestras propias dudas. "Dichosos los que crean sin haber visto".

(Desconozco el autor).

 

Domingo II de Pascua del ciclo B, ano 2012. ¿Influye la Resurreccion de Jesus en nuestra vida? Por Jose Portillo Perez.

   Padre nuestro.

   Domingo, 15/04/2012, Domingo II de Pascua del ciclo C.

   ¿Influye la Resurrección de Jesús en nuestra vida?

   Meditación de JN. 20, 19-31.

   "Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros" (JN. 20, 19).

   Jesús resucitó el primer día de la semana. Este hecho es significativo, porque, la hora en que Nuestro Señor venció a la muerte, simboliza el momento en que Nuestro Santo Padre empezó a renovarnos. Si Jesús padeció, nosotros también seremos capaces de sobrellevar el sufrimiento con dignidad, pues, si tenemos fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ello será posible para nosotros. Si Jesús venció a la muerte, cuando llegue el momento oportuno, también venceremos a la muerte.

   Los discípulos de Nuestro Señor estaban reunidos en la noche del primer día de la semana. A los seguidores de Jesús les costaba creer en la Resurrección de Nuestro Salvador. Como aún no habían recibido el Espíritu Santo, creían en Jesús como en un amigo muy estimado, pero eran incapaces de aceptar al Mesías, tal como Nuestro Señor requiere que lo hagamos todos cuantos afirmamos creer en El.

   Para creer que Jesús ha resucitado de entre los muertos, no es necesario contemplar su tumba vacía, pues, algunos que vieron vacío el sepulcro del Señor, creyeron que habían robado el cadáver del Salvador de la humanidad.

   Para creer que Jesús ha resucitado, no necesitamos ver milagros, porque, cuando el Señor vivió en Palestina, llevó a cabo muchos signos, y fueron pocos los que creyeron que El es el Mesías de Dios.

   Para creer que Jesús ha resucitado, nos es necesario aceptar el Evangelio sin rebatirlo, vivir la doctrina predicada por Nuestro Señor, y esforzarnos en aumentar el número de creyentes, tanto con nuestra predicación, como con el buen ejemplo de cristianos comprometidos, con la plena instauración del Reino de Dios, entre nosotros.

   Quizá no creemos que Jesús ha resucitado de entre los muertos, porque no tenemos suficiente fe en el Señor. Quizá pensamos que Jesús fue un gran hombre, que su solidaridad fue digna de imitar, pero no podemos -o no queremos- aceptarlo como Dios, porque el Cristianismo no se reduce a una ideología, pues es una forma de vivir.

   Los Apóstoles del Mesías estaban reunidos durante la noche, y tenían las puertas cerradas, por miedo a las represalias que las autoridades judías podían tomar contra ellos. No es descartable el hecho de que hayamos decidido aceptar la parte de la doctrina de Jesús que nos interese, si lo único que nos importa de nuestra religión es tomar los elementos necesarios de la misma, para crearnos un dios a nuestra imagen y semejanza. Posiblemente decimos que tenemos fe, pero no hacemos nada, ni para fortalecer nuestra creencia en Dios, ni para favorecer a Nuestro Santo Padre en sus hijos los hombres, porque no amamos a Dios como para dar la cara por la difusión del Evangelio.

   Dios no puede adaptarse a nosotros, pues, siendo El el mayor ejemplo de amor a imitar, debemos ser nosotros quienes cumplamos su voluntad. No podemos ser cristianos a medias. No podemos aceptar las creencias de nuestra religión que nos interesen para creer que Jesús ha vencido a la muerte.

   Jesús se les apareció a sus amigos, a pesar de que estaban cerradas las puertas del lugar en que estaban reunidos. El Cuerpo de Nuestro Señor Resucitado es como el nuestro, pero tiene propiedades espirituales, lo cual se demuestra, por su capacidad de hacerse presente en cualquier lugar, aunque estén cerradas las puertas que acceden al mismo.

   Jesús Resucitado se les apareció a sus discípulos, y se puso en medio del grupo de sus amigos. Este hecho me sugiere el pensamiento de que debemos dejar que la doctrina predicada por Nuestro Salvador sea el centro de nuestra vida. Para vivir plenamente el cumplimiento de la voluntad de Dios, no solo debemos consagrar nuestros esfuerzos a la consecución del alcance de las metas que nos proponemos, pues también hemos de hacerlo, para servir a Dios en nuestros prójimos, intentando solventar las carencias de nuestros hermanos los hombres. Si sustituimos la forma de pensar y actuar que tenemos por la forma de pensar y proceder de Cristo, podremos cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha, viviendo en su presencia.

   Nuestro Señor les deseó y transmitió su paz a sus amigos. Recordemos que no podemos vivir como buenos hijos de Dios, si no nos esforzamos por vivir en paz, y, en cuanto depende de nosotros, por recuperar el amor, la confianza y el respeto, de aquellos con quienes dejamos de mantener buenas relaciones. La paz cristiana no es compatible con el rencor y la desconfianza. No podemos cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, si no somos capaces de vencer la turbación, ni de controlar las pasiones que se oponen al ejercicio de la citada virtud.

   No podemos alcanzar la paz cristiana por nuestro medio, pero podemos recibir la misma, porque es una virtud divina, que nos concede el Espíritu Santo, si nos esforzamos en vencer las pasiones que se oponen a ella. Recordemos las siguientes palabras de San Agustín:

   "El que te creó sin ti, no te salvará sin ti".

   El Espíritu Santo no deja de asistirnos, pero, al mismo tiempo que nos infunde sus dones, es necesario que ejercitemos los mismos, con tal de no perderlos. Dado que Dios nos ha creado libres, no nos puede salvar si no lo dejamos santificarnos, así pues, este es el sentido en que nos es necesario hacer el bien para ser salvos. Viviremos en la presencia de Nuestro Padre común porque Nuestro Criador nos ama, pero, si no cumplimos su voluntad, ello significa que lo rechazamos.

   "Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor" (JN. 20, 20).

   Jesús Resucitado no se nos ha aparecido, pero, por la fe que profesamos, lo recibimos en la Eucaristía, y lo vemos sufriendo con quienes lloran, y gozándose con quienes son felices, de hecho, si no vemos al Señor en nuestros prójimos los hombres, ello significa que la fe que tenemos en Dios no es plena. Tal como Jesús evangelizó a quienes fueron sus Apóstoles, y, después de resucitar de entre los muertos, comenzó a formarlos nuevamente, haciéndoles recuperar la fe perdida, debemos estar dispuestos a seguir creciendo espiritualmente, mediante la vivencia de nuestro ciclo vital de formación, acción y oración. No podremos cumplir la voluntad de dios perfectamente valiéndonos de nuestros medios, pero, en cada ocasión que erremos, el Señor nos ayudará a seguir recorriendo el camino de la salvación.

   "Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío" (JN. 20, 21).

   La aceptación de la Resurrección de Jesús, impulsó a los Apóstoles de Nuestro Señor, a considerar la posibilidad, de reemprender su actividad evangelizadora.

   La Resurrección de Jesús, no es un acontecimiento que celebramos anualmente porque forma parte de una tradición muy antigua, sino nuestro punto de apoyo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   Tal como los Apóstoles de Jesús fueron instruidos por el Señor durante los primeros cuarenta días de Pascua para reanudar su actividad evangelizadora, y enseñados a actuar bajo las inspiraciones del Espíritu Santo, debemos imitar a tales siervos de Nuestro Salvador, formándonos mediante el estudio constante de la biblia y los documentos de la Iglesia, haciendo el bien para ejercitar los dones que hemos recibido del Espíritu Santo, y dedicándole tiempo a la oración, porque, si no oramos, ello significa que no creemos en Dios.

   Jesús nos envía a predicar y hacer el bien de la misma forma que Nuestro Santo Padre lo envió a Palestina a evangelizarnos y redimirnos, pero, ¿cómo podremos cumplir la voluntad de Dios perfectamente?

   "Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo" (JN. 20, 22).

   No podemos cumplir la voluntad de dios perfectamente por causa de nuestra imperfección, pero, si nos dejamos impulsar por el Espíritu Santo, sí podremos hacerlo, en conformidad con el nivel de perfección que alcancemos.

   Dejémonos impulsar por el Espíritu Santo imitando la ciega obediencia de los niños pequeños que no cuestionan la autoridad de sus padres. Dios no quiere salvarnos sin que colaboremos en tan ardua empresa, y desea que le ayudemos a salvar al mundo. Esta es la razón que nos hace pensar que, si queremos que nuestra cruz sea llevadera, es bueno que carguemos con las cruces de nuestros prójimos, porque ello nos ayuda a no desanimarnos, al pensar que hay en el mundo quienes sufren más que nosotros, lo cual nos hace pensar que no debemos perder el tiempo quejándonos, porque tenemos muchas actividades que realizar.

   Jesús depositó una gran confianza en sus Apóstoles, cuando instituyó el Sacramento de la Penitencia.

   "A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos" (JN. 20, 23).

   Dios perdona nuestros pecados, por medio de sus ministros. La confesión ante nuestros sacerdotes nos ayuda a concienciarnos de la gravedad del pecado, y a comprometernos a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre. Recordemos las siguientes palabras de San Pablo:

   "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios" (2 COR. 5, 17-20).

   Dado que Jesús sabe que nuestra fe es débil para comunicarnos con Dios, y que corremos el peligro de crearnos una divinidad a nuestra imagen y semejanza, el Señor ha instituido el Sacramento de la Penitencia, para que no nos desviemos del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre. Dios nos perdona los pecados que cometemos, pero, para que ello suceda, es necesario que nos comprometamos a enmendar los errores que cometemos, y a corregir las conductas inadecuadas.

   "De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo" (MT. 18, 18).

   Cuando nos confesamos, los sacerdotes no nos perdonan los pecados que cometemos en su nombre, sino en el Nombre de Dios, pues son intermediarios ante Nuestro Santo Padre y nosotros. Hacer esta afirmación, significa que los sacerdotes no nos remiten los pecados por sí mismos, porque es Dios quien actúa por mediación de sus ministros, ya que sabe que nos cuesta percatarnos de su presencia en nuestra vida, por causa de la debilidad de nuestra fe.

   Los poderes de atar y desatar que Jesús les transmitió a sus ministros, son la potestad que los tales tienen de posibilitarnos el hecho de realizarnos cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre, y de prohibirnos llevar a cabo las obras que atentan contra la santificación de nuestra alma.

   Quienes no aceptan el hecho de que nos confesemos ante los sacerdotes de Cristo, pueden utilizar el siguiente pasaje bíblico, para apoyar su razonamiento:

"así dice Yahveh:
Maldito sea aquel que fía en hombre,
y hace de la carne su apoyo,
y de Yahveh se aparta en su corazón" (JER. 17, 5).

   Quienes rechazan la confesión sacramental, pueden valerse del citado extracto de la Profecía de Jeremías, para afirmar que son malditos quienes creen que se les remiten sus pecados por medio de los sacerdotes, dado que no son los tales quienes deben perdonarles sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, sino Dios. Se puede llegar a este razonamiento, por medio de una instrucción bíblica insuficiente, o a través de la manipulación consciente de la biblia, pues, quienes nos acusan de contradecir a Dios a quienes somos receptores del Sacramento de la Penitencia, omiten de su consideración, este otro versículo de Jeremías:

"Bendito sea quel que fía en Yahveh,
pues no defraudará Yahveh su confianza" (JER. 17, 7).

   La meditación de los dos versículos de Jeremías correcta, nos induce a pensar que el citado Profeta consideraba malditos a quienes desconfiaban de Dios, y vivían inspirados en sus razonamientos humanos. La meditación de ambos extractos bíblicos separados carece de sentido porque la biblia no se contradice a sí misma, pero, quienes la desconocen, o son partidarios de manipularla para alcanzar sus objetivos, pueden ser inducidos al engaño, o mentir conscientemente.

   En el mismo capítulo de Jeremías del que estamos considerando algunos versículos, se describe implícitamente la razón por la que necesitamos confesarnos.

"El corazón es lo más retorcido;
no tiene arreglo: ¿quién lo conoce?
Yo, Yahveh, exploro el corazón,
pruebo los riñones,
para dar a cada cual según su camino,
según el fruto de sus obras" (JER. 17, 9-10).

   En el precursorado de San Juan Bautista, se anunció la futura institución del Sacramento de la Penitencia, por parte de Jesús, Nuestro Señor.

   "Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados. Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados" (MC. 1, 4-5).

   San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba, pero no tenía el poder que Jesús les dio a sus Apóstoles, para perdonar pecados, en Nombre de Dios.

   El Sacramento de la Penitencia no es un invento de la Iglesia.

   "Y muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos" (HCH. 19, 18).

   Si quienes se confesaban en Efeso le hubieran pedido a Dios perdón secretamente, no hubieran recurrido a la Reconciliación sacramental, porque lo hubieran estimado innecesario.

   En la Carta bíblica de Santiago, también se nos habla de los Sacramentos de la Penitencia y la Extremaunción.

   "¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho" (ST. 5, 14-16).

   Notemos cómo Santiago les escribió a sus lectores que los Sacramentos no habían de ser administrados por laicos, sino por presbíteros, por causa de su dedicación al cumplimiento de la voluntad del Señor, y de su gran formación, que aventaja el conocimiento de los seglares.

   Los Sacramentos son signos, porque nos permiten captar sus efectos, por medio de la fe que profesamos, de hecho, no podemos captar los frutos sacramentales, valiéndonos del conocimiento científico.

   Quienes conocemos a Dios, lo hemos aceptado, y hemos sido bautizados, solo tenemos un medio para que se nos perdonen los pecados, el cual es el Sacramento de la Penitencia, que también es llamado Sacramento de la conversión, porque, cuando nos arrepentimos sinceramente de haber pecado, realiza sacramentalmente, nuestro retorno a la presencia de Nuestro Santo Padre. Esta es la razón por la que leemos en la Carta bíblica a los Hebreos:

   "Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios" (HEB. 10, 26-27).

   Si después de haber sido redimidos por Cristo pecamos deliberadamente, ¿qué ha de hacer Dios para perdonarnos, si rechazamos el sacrificio de Jesús?

   Aunque la recepción del Bautismo significa que adoptamos el compromiso de esforzarnos en ser purificados, el hecho de ser imperfectos, es indicativo de que no estaremos exentos de pecar. Si nos arrepentimos sinceramente de pecar, Dios nos perdonará siempre, a pesar de que cometamos los mismos fallos muchas veces.

   Dado que el Sacramento de la Confesión es el único medio de que disponemos para alcanzar el perdón divino, ello significa que nuestros pecados mortales -o graves- no nos serán retenidos si los confesamos, a menos que no podamos recibir este Sacramento, y anticipemos la recepción del perdón de Dios, por medio de la realización de un acto de contrición perfecta, acompañado del propósito de confesarnos, en cuanto nos sea posible hacerlo. La contrición perfecta significa que hemos de sentir rechazo hacia el pecado, no por causa del miedo a ser condenados, ni por el daño ocasionado por nuestras obras, sino por cuanto hemos ofendido a Dios, quien es la personificación de la bondad infinita. No pretendo afirmar que debemos aborrecer el mal solo pensando que ofende a Dios sin importarnos el daño que podemos causar, sino que la ofensa a Dios debe ser nuestra primera prioridad que ha de inducirnos a suplicar su perdón.

   A lo largo de los años que he predicado el Evangelio en Internet, me he encontrado con algunos de mis lectores que no han querido confesarse, temiendo que sus confesores no les concedan el perdón divino. Los confesores solo nos retienen los pecados durante el tiempo que no nos hayan dispuestos a enmendarnos, porque dios no puede estar relacionado con la impureza. Si tenemos el propósito de corregirnos aunque fallemos en nuestro empeño de ser santificados con el paso del tiempo, seremos perdonados por dios, porque Nuestro Santo Padre comprende que actuamos intentando superar nuestra humana debilidad, que es tendente a hacernos fracasar muchas veces, lo cual nos sirve para comprobar la fuerza con que intentamos superarnos en cada ocasión que erramos.

   Después de confesarnos, en cuanto nos sea posible, debemos reparar el daño que hemos hecho, además de cumplir la penitencia que nos imponga nuestro confesor.

   "Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Al Señor hemos visto. El les dijo: Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré" (JN. 20, 24-25).

   Cuando el padre de San Juan Bautista supo que su mujer concibiría y daría a luz a su hijo, le preguntó al ángel que le hizo tal revelación:

   "¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada" (CF. LC. 1, 18).

   Zacarías no creyó al ángel que se le manifestó, pues le preguntó: ¿Cómo es posible que sea verdad lo que me has dicho, si tanto mi mujer como yo somos ancianos? Es curioso constatar cómo Zacarías, después de haber ejercido el sacerdocio durante muchos años, no tenía fe en Dios, y cómo María, -la Madre de Jesús-, sin tener una buena instrucción religiosa, creía fielmente en Yahveh, pues ella le dijo a San Gabriel, en el episodio de la Anunciación:

   "¿Cómo será esto? pues no conozco varón" (CF. LC. 1, 34).

   Mientras Zacarías le dijo al ángel de su revelación: Lo que me dices no puede ser cierto, Nuestra Santa Madre, le dijo a San Gabriel: ¿Cómo será posible que yo pueda ser madre, sin haberme relacionado con ningún hombre?

    Zacarías se negó a creer en Dios, y, Nuestra Santa Madre, sin comprender el designio divino, se arriesgó a creer en Yahveh, porque, el hecho de tener un Hijo, estando comprometida en matrimonio con San José, podía costarle la vida, si, el actual Patrón de nuestra Santa Madre la Iglesia, no quería reconocer al Niño como Hijo.

   Si Jesús accedió a reavivar la fe de Santo Tomás, ello sucedió porque Nuestro Señor sabía que su Apóstol no negaba su Resurrección exigiéndole pruebas a Dios bajo la creencia de que las mismas no se le podrían aportar nunca, sino porque había sufrido, y necesitaba conocer a fondo la realidad, para poder aceptarla.

   Jesús les dijo a los oyentes de su discurso escatológico:

   "Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán" (MT. 24, 4-5).

   El deseo de Santo Tomás de estar seguro de que Jesús había resucitado no es pecaminoso. También nosotros debemos estar seguros de a quién creemos y de lo que creemos, pues, San Juan Apóstol y Evangelista, escribió en su primera Carta:

   "Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo" (1 JN. 4, 1).

   Quizá nos sucede que asistimos a la celebración de la Eucaristía dominical por tradición y rutina, y no conocemos la fe que afirmamos que profesamos. Tal desconocimiento y la carencia de predicadores que tenemos que consuelen a quienes sufren, es el terreno excelente que encuentran muchos detractores de nuestra fe, que, si no consiguen llevarse a nuestros hermanos a su terreno, hacen que pierdan su débil fe en Dios, y que vaguen por el mundo sin encontrarle sentido a su existencia. Si fuéramos conscientes de la gravedad que supone el desconocimiento de la Palabra de Dios, empezaríamos a comprender la razón por la que tanto la biblia como los documentos de la Iglesia hacen tanto hincapié en el hecho de que conozcamos y amemos a dios, y vivamos cumpliendo su santa voluntad, incesantemente.

   "Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente" (JN. 20, 26-27).

   De la misma manera que Santo Tomás creyó que Jesús había resucitado de entre los muertos al tocar las heridas de Jesús, deberíamos avivar nuestra fe, por medio del estudio de la biblia y los documentos de la Iglesia, el ejercicio de los dones del Espíritu Santo, y la incesante práctica de la oración.

   "Si, pues, habéis resucitado con Cristo, -nos dice San Pablo-, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria... Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él" (COL. 3, 1-4. 17).

   "Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron" (JN. 20, 28-29).

   Aunque las palabras que Santo Tomás le dijo a Jesús constituyen una jaculatoria muy útil para aumentar nuestra fe en los ratos de contemplación, para Nuestro Salvador, es más digna de mérito la fe de quienes no le hemos visto, que la credulidad de quienes pudieron tocar su Cuerpo resucitado.

   "Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre" (JN. 20, 30-31).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que el Espíritu Santo siga infundiéndonos sus dones, para que, el cumplimiento de su voluntad, mantenga encendida la llama de nuestra fe, hasta que concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Que así sea.

José Portillo Pérez

joseportilloperez@gmail.com

Domingo II de Pascua del ciclo B, ano 2003. Por Jose Portillo Perez.

   Domingo II de Pascua, ciclo B, año 2009.

   Meditación del 27/04/2003, Domingo II de Pascua. Texto de José Portillo Pérez.

   1. Amigos, hermanos, ¿podemos creer literalmente las palabras de San Lucas con respecto a que los primeros cristianos de la primitiva Iglesia de Jerusalén sentían y pensaban de igual forma? Para interpretar correctamente el texto correspondiente a la primera lectura de la celebración eucarística de este II Domingo de Pascua, es preciso que tengamos en cuenta que San Lucas escribió sus dos obras -Las Actas Apostólicas y el tercer Evangelio Sinóptico- inspirado por el entusiasmo que San Pablo le contagió durante el tiempo en que ambos amigos vivieron dedicados a la causa de la Evangelización de los no judíos o paganos. Durante los XX siglos que han transcurrido prácticamente desde que fue fundada la Iglesia de Jerusalén, los cristianos no han sido siempre unánimes en su forma de pensar y proceder, por consiguiente, en nuestro tiempo, no sólo los cristianos separados, sino los mismos católicos, estamos divididos entre nosotros, porque no pensamos ni sentimos lo mismo, de hecho, tergiversamos las realidades de Dios y los hombres de forma que adaptamos el Verbo o Palabra de Dios a nuestra conveniencia.

   2. Una prueba evidente de que los cristianos no pensamos ni sentimos lo mismo, consiste en que no tenemos todas nuestras posesiones al servicio de la comunidad mundial de cristianos, independientemente de la iglesia o congregación a la que pertenezcan nuestros hermanos, así pues, si las diversas religiones existentes no son capaces de vender su patrimonio para solventar las carencias materiales y/o espirituales de nuestros hermanos necesitados, también es cierto que nosotros no podemos alardear de que somos muy caritativos con los más desfavorecidos de nuestra sociedad. Hermanos, nuestra tierra tiene recursos suficientes para satisfacer las carencias de todos los hombres, así pues, no permitamos que este injusto sistema de cosas siga perjudicando a aquellos de nuestros hermanos que no tienen voz ni voto, porque las injusticias que se cometen en nuestra sociedad diariamente, hieren al Espíritu Santo de Dios.

   Queridos hermanos:

   Cristo ha resucitado, por consiguiente, no sólo tenemos poder para permitirnos la dicha de cambiar nuestra insolidaria conducta, pues tenemos el deber de cambiar el mundo, no de hacer que nuestros prójimos cambien mientras nosotros seguimos igual que estamos, sino de hacer ese cambio desde nuestro interior.

   3. Cuando los Apóstoles fundaron la Iglesia de Jerusalén, la gente del pueblo los miraba con simpatía. El afecto con que la gente observaba a los Apóstoles no duró mucho tiempo, pues de ello tenemos constancia en el Nuevo Testamento, en algunos textos de entre los cuales vamos a recordar algunos ejemplos.

   "Llamaron a los Apóstoles, los azotaron y les prohibieron terminantemente hablar más de Jesús. Después les soltaron. Los apóstoles salieron del consejo llenos de alegría por haber sido considerados dignos de sufrir por Jesús. Y, tanto en el templo como por las casas, continuaron día tras día enseñando y proclamando que Jesús era el Mesías" (HCH. 5, 40-42).

   "Por entonces inició el rey Herodes una persecución contra algunos miembros de la iglesia. Ordenó la ejecución de Santiago, el hermano de Juan; y, al comprobar la satisfacción que con ello había causado a los judíos, procedió a encarcelar a Pedro en fecha que  coincidió con la fecha de Pascua" (HCH. 12, 1-3).

   "Si hay que gloriarse, en mi flaqueza me gloriaré" (2 COR. 11, 30).

   "Pero, a lo que veo, Dios nos ha reservado a los apóstoles el último lugar, como a condenados a muerte, como a gentes convertidas en espectáculo del mundo entero, tanto de los ángeles como de los hombres" (1 COR. 4, 9).

   En la Iglesia ha sido muy frecuente el martirio de nuestros santos por el deseo constante de no guardarse para ellos la verdad de Dios.

   ¿Por qué se dejaron asesinar los Mártires, si cuando nos falta la fe, todos los hechos martiriales nos inducen a pensar que Dios se muestra impasible ante la muerte de aquellos de sus hijos que lo arriesgaron todo esperando que El no les defraudara?

"En ti esperaron nuestros padres,
esperaron y tú los liberaste;
a ti clamaron, y salieron salvos,
en ti esperaron, y nunca quedaron confundidos" (SAL. 22, 5-6).

"Guarda mi alma,
no quede confundido, cuando en ti me cobijo" (SAL. 25, 20).

   Jesús le dijo al Padre en su Pasión:

"¡No se avergüencen por mí los que en ti esperan,
oh Yahveh Sebaot!
¡No sufran confusión por mí los que te buscan,
oh Dios de Israel!" (SAL. 69, 7).

"¡No vuelva (a tu presencia, oh Dios) cubierto de vergüenza el oprimido;
el humilde y el pobre puedan loar (alabar) tu nombre!" (SAL. 74, 21).

   Ciertamente podemos decir que Dios no ayudó a Jesús en su Pasión, e incluso que nuestro Padre común no le evitó la muerte a su Primogéníto, pero, si la fe y la convicción no afloran en el corazón de los creyentes, los mártires no son mártires, sino pobrecillos que no supieron defender su vida ni sus creencias porque las mismas no fueron consideradas aceptables en su tiempo, o justos que hubieron de morir para divertir a sus opresores. Si carecemos de fe, si ignoramos que nuestro dolor tiene sentido, sólo nos limitaremos a sufrir cuando se nos rompan los lazos sentimentales, lloraremos cuando nuestros hijos se separen de nosotros...

   Como tenemos fe, hagamos nuestras las siguientes palabras del Apóstol:

   "¿Qué añadir a todo esto? Si Dios está a nuestro favor, ¿quién podrá estar contra nosotros? Si, lejos de escatimar a su propio Hijo, lo entregó a la muerte por nosotros, ¿Cómo no habrá de darnos con él todas las cosas? ¿Quién será el fiscal de los elegidos de Dios? ¡Dios es quien nos salva! ¿Quién se atreverá a condenarnos? ¡Cristo Jesús es quien murió; más aún, resucitó y está al lado de Dios, en el lugar de honor intercediendo por nosotros! ¿Quién, pues, podrá arrebatarnos el amor de Cristo? ¿El sufrimiento, la persecución, la angustia, el hambre, la desnudez, el peligro, el miedo a la muerte? Ya lo anuncia la Escritura: Por tu causa estamos en trance de muerte cada día; nos tratan como a ovejas destinadas al matadero. Pero Dios, que nos ama, nos hace salir victoriosos de todas estas pruebas. Seguro estoy de que nada, ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni cualquiera otra suerte de fuerzas sobrehumanas, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes sobrenaturales, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni criatura alguna existente, será capaz de arrebatarnos este amor que Dios nos ha mostrado por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro" (ROM. 8, 31-39).

   El mensaje de la segunda lectura correspondiente a esta celebración de la Eucaristía tiene una fuerza impactante. San Juan nos dice que no podemos amar a Dios sin servir a nuestros hermanos los hombres, porque Dios, hermanos y amigos, es servicio recíproco, pues, si lo servimos por amor en nuestros hermanos los hombres, El nos salva porque desea que vivamos en su presencia, no como agradecimiento a nuestro servicio. Paradójicamente, el Apóstol más amado de Jesús nos dice que no aman a sus prójimos verdaderamente quienes no aman a Dios. Ello es paradójico, si consideramos que Dios es una alternativa de escape que muchos de nuestros hermanos utilizan para hacer fiestas o para no pensar en sus problemas, pero San Juan nos dice:

   "El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor" (1 JN. 4, 8).

   Si Dios es amor, ¿cómo podremos amar a nuestros prójimos, si no creemos en ese amor?

   ¿Cómo podremos amar el servicio recíproco si no estamos llenos de esa plenitud de amor que es Dios?

   El Espíritu Santo, es un fiel testigo de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, y de que San Juan no miente al decirnos esas palabras que son muy fáciles de comprender, y muy difíciles de creer.

   5. Contemplemos a los Apóstoles en el Cenáculo en la tarde del Domingo de Resurrección. Judas Iscariote se había ahorcado, Tomás no estaba presente, y, algunos de entre los Diez, no se decidían a creer que Jesús había resucitado de entre los muertos. Es cierto que algunas mujeres habían ido al sepulcro del Señor y habían recibido la Buena Nueva evangélica con respecto a que no debían buscar entre los muertos al que estaba vivo, y que María de Magdala había tenido un encuentro personal con el Rabbi, pero esa realidad era demasiado bella para poder ser creída.

   Los Apóstoles estaban confundidos cuando Jesús, estando las puertas cerradas, apareció entre sus compañeros, y los instó a recibir el Espíritu Santo, un hecho que recordaremos en la celebración de Pentecostés.

   6. El Apóstol incrédulo se hizo creyente porque tocó las heridas de Jesús, así pues, las palabras de dicho escéptico se han convertido en una jaculatoria muy importante para nosotros, que podemos usar, por ejemplo, al comenzar nuestra oración.

   "¡Señor mío y Dios mío!" (JN. 20, 28).

   Concluyamos esta meditación elevando al cielo nuestras oraciones. Oremos fervorosamente para que Dios nos permita sentir, no sólo que su Reino está entre nosotros, sino que somos el Reinado de Dios. Amén.

José Portillo Pérez

joseportilloperez@gmail.com

 

Moniciones para la Misa del Domingo II de Pascua del ciclo B (Catholic.net).

Moniciones para el Segundo Domingo de Pascua - Ciclo B
Ciclo B Pascua
Autor: P. Domingo Vásquez Morales | Fuente: Catholic.net

 


Monición de entrada:

Buenas noches (días) hermanos en Cristo resucitado. Hoy en las lecturas bíblicas se concluye una idea básica: la Comunidad cristiana como signo de Cristo resucitado. La Iglesia que surge de la Resurrección del Señor y nace del bautismo en el Espíritu es comunidad que vive unida en el amor y atestigua con su vida la victoria de la fe sobre el mal del mundo. Empecemos esta celebración con mucho entusiasmo, cantando con alegría, de pie, por favor.


Primera lectura: Hc 4, 32-35 (Vivían todos unidos y lo tenían todo en común)

La primera lectura nos da una descripción de la primera comunidad cristiana. Ellos dieron testimonio de la resurrección y vivieron juntos en comunidad. Todos pensaban y sentían lo mismo. Escuchemos atentamente.


Segunda lectura: I Jn 5, 1-6 (Dios nos ha hecho renacer a una esperanza viva)

En esta primera carta de San Juan, el apóstol nos dice que creer en Cristo es: ser hijo de Dios, amar a Dios, vencer al mundo y obedecer los mandamientos. Es el Espíritu quien garantiza la verdad y la eficacia salvadora de la fe.


Tercera lectura: Jn 20, 19-31 (A los ocho días llegó Jesús de nuevo)

En la aparición a los discípulos, Cristo les da su paz y también los envía a continuar su misión. La segunda escena es la visita de Cristo a Tomás y la confesión de fe de éste. En preparación para escuchar esta Buena Nueva, nos ponemos de pie y cantamos jubilosamente el Aleluya.


Oración universal:

A cada invocación oremos diciendo:
Por la Resurrección de tu Hijo, escúchanos Padre.


1. Por todo el pueblo cristiano, convocado en el día del Señor, Pascua de la semana: para que manifieste la presencia de Cristo resucitado con la alegría de vivir en un mismo lugar y con el mismo corazón. Roguemos al Señor


2. Por nuestra comunidad: para que crezca, junto a los recién bautizados, como una verdadera familia de Dios, asidua en la escucha de la Palabra, perseverante en la oración, testigo en la caridad fraterna. Roguemos al Señor.


3. Por todos los que viven la experiencia del dolor: para que no se dejen vencer por el desánimo, sino que, por la fuerza de la fe y la solidaridad de los hermanos, sientan que el Señor está cerca de cada uno de ellos. Roguemos al Señor.


4. Por el cristiano que duda, por el incrédulo que quisiera creer y por todos los que buscan con amor la verdad: para que, iluminados por la gracia pascual, reconozcan que no hay otro, fuera de Cristo que pueda salvarnos. Roguemos al Señor.


5. Por todos los aquí presentes: para que nos dejemos evangelizar con un corazón dócil y seamos resonancia viva de la Palabra que nos salva. Roguemos al Señor.


Exhortación final:

Tomado de B. Caballero: La Palabra cada día, San Pablo, España, 1995, p. 278

Señor Jesús, aunque no te vemos con estos ojos de carne, nuestra ardiente profesión de fe es hoy la del apóstol Tomás, primeramente incrédulo y después creyente ejemplar: ¡Creemos en ti, Señor nuestro y Dios nuestro!

Vamos buscando razones, pruebas y seguridad absoluta para creer y aceptar a Dios en nuestra vida personal y social.

Pero tú nos dices: ¡Dichosos los que crean sin haber visto!

Tú eres, Señor, la razón de nuestra fe, esperanza y amor.

Ábrenos, Señor Jesús, a los demás, a sus penas y alegrías, porque cuando amamos y compartimos, estamos testimoniando tu resurrección en un mundo nuevo de amor y fraternidad. Amén.

 

Homilia para el Domingo II de Pascua del ciclo B. Catholic.net

B - Domingo II de Pascua
Primera: Hch 4,32-35; Segunda: 1 Jn 5, 1-6; Evangelio: Jn 20, 19-31
Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net


Segundo domingo de PASCUA

27 de abril de 2003
Primera: Hch 4,32-35
Segunda: 1 Jn 5, 1-6
Evangelio: Jn 20, 19-31


Nexo entre las lecturas

Los hechos de los apóstoles (1L) nos narran el ambiente de la primera comunidad cristiana. Una comunidad donde había comunión de pensamientos y sentimientos; una comunidad donde había una íntima preferencia por el prójimo y, sobre todo, una comunidad que daba testimonio de la Resurrección del Señor. La primera lectura de san Juan escrita hacia el final del primer siglo, cuando ya la comunidad cristiana había atravesado por diversas y dolorosas pruebas, hace presente que “quien ha nacido de Dios”, es decir, el que tiene fe, ha vencido al mundo. Para vencer al mundo hay que creer en el Hijo de Dios (2L). El evangelio nos expone la fe todavía incrédula de Tomás y su paso a una confesión magnífica de la divinidad del Señor. Pensamos que la “fe en Jesús resucitado” puede ser aquello que hoy unifica las lecturas y nos ofrece unidad en nuestra meditación.


Mensaje doctrinal

1. Todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. La primera lectura de Juan guía en este momento nuestra reflexión. La carta, como se sabe, ha sido escrita para combatir a los heréticos que habían surgido en la misma comunidad cristiana a finales del primer siglo: los gnósticos. Éstos presumían de poseer el conocimiento de Dios, de estar por encima y más allá del pecado y de toda norma moral. Por una parte los gnósticos pensaban que Cristo era un ser celeste que se había unido a Jesús, pero no que era el Verbo de Dios encarnado: uno y el mismo. Por otra parte, pensaban que eran iluminados directamente por Dios y que su proceder moral no importaba lo más mínimo. Ante este pensamiento la carta de Juan reacciona fuertemente. Por una parte subraya la fe de la Iglesia, “nuestra fe”, es decir que Jesús es el hijo de Dios. La carta subraya la verdad profunda de la encarnación del Verbo de Dios. Por otra parte, hace notar que la fe va acompañada de la vida y de las obras. Es un engaño creerse poseedor de la verdad y después tener una vida moral disoluta, como si no hubiese una relación vinculante entre la verdad y la libertad.

Podemos decir que la primera carta de san Juan posee una gran actualidad al ver la situación de la Iglesia y del mundo contemporáneos. También hoy han surgido muchos pensamientos heréticos en el interior de la iglesia. Pensamientos heréticos en torno al dogma y a la moral de la Iglesia. El Santo Padre Juan Pablo II en su encíclica Veritatis Splendor dice: “Sin embargo, hoy se hace necesario reflexionar sobre el conjunto de la enseñanza moral de la Iglesia, con el fin preciso de recordar algunas verdades fundamentales de la doctrina católica, que en el contexto actual corren el riesgo de ser deformadas o negadas. En efecto, ha venido a crearse una nueva situación dentro de la misma comunidad cristiana, en la que se difunden muchas dudas y objeciones de orden humano y psicológico, social y cultural, religioso e incluso específicamente teológico, sobre las enseñanzas morales de la Iglesia. Ya no se trata de contestaciones parciales y ocasionales, sino que, partiendo de determinadas concepciones antropológicas y éticas, se pone en tela de juicio, de modo global y sistemático, el patrimonio moral. En la base se encuentra el influjo, más o menos velado, de corrientes de pensamiento que terminan por erradicar la libertad humana de su relación esencial y constitutiva con la verdad” Veritatis splendor 4. Y más adelante el Papa añadirá que nos encontramos ante una “verdadera crisis, por ser tan graves las dificultades derivadas de ella para la vida moral de los fieles y para la comunión en la Iglesia, así como para una existencia social justa y solidaria”.

Este domingo de Pascua nos invita, pues, a renovar “nuestra fe que vence al mundo”. Una fe que es sobre todo creer en Jesucristo, hijo de Dios que tomó carne en el seno de la Virgen Santísima, que predicó, padeció, murió y resucitó por nuestra salvación. Una fe que es valorar en toda su profundidad el misterio de la encarnación. Así como la primera comunidad vivía intensamente su fe en Cristo resucitado y daba testimonio de ella ante una sociedad pagana y gnóstica, así hoy nos corresponde dar testimonio de esa misma fe. Nos corresponde transmitir a las futuras generaciones la pureza de la doctrina y la rectitud de las costumbres

Todo el que nace de Dios vence al mundo. En esta afirmación de la epístola de san Juan encontramos una invitación profunda a volver a la raíz de nuestra fe. Nacer de Dios es recibir la fe, es recibir el bautismo y con él la gracia y la filiación divina. El mundo se presenta aquí como esa serie de actitudes, comportamientos, modos de pensar y de vivir que no provienen de Dios, que se oponen a Dios. Cristo mismo había dicho a sus apóstoles: vosotros estáis en el mundo, pero no sois del mundo. Así pues, vencer al mundo significa “ganarlo para Dios”, significa “restaurar todas las cosas en Cristo, piedra angular; significa valorar apropiadamente el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Por Encarnación entendemos el hecho de que el Hijo de Dios haya asumido una naturaleza humana para llevar a cabo por ella nuestra salvación. En Cristo, Verbo de Dios hecho carne, nosotros los cristianos vencemos al mundo. Él ha establecido un admirabile commercium: él tomo de nosotros nuestra carne mortal, nosotros hemos recibido de él la participación en la naturaleza divina.

Así como san Juan invitaba a la comunidad primitiva a afirmar su fe en el Hijo de Dios que ha venido realmente en la carne, así hoy nosotros estamos invitados a reafirmar nuestra fe en Cristo, en quien nosotros tenemos la salvación (Cfr. Tes 5,9) y el acceso al Padre (Cfr. Ef 2,18), pues no hay otro nombre bajo el cual podamos ser salvados (Cfr. Hch 4,12).

Por otra parte, Juan invita a sus lectores a no separar su fe de su vida y sus obras, peligro que vivía la comunidad de entonces, y peligro que vive nuestra comunidad cristiana hoy. Se trata, pues, de amar a Dios y cumplir sus mandatos. Tratemos de descubrir en la norma moral que viene de Dios y se nos manifiesta a través de la Iglesia, no una imposición externa, sino la “verdad más profunda de nuestras vidas”. Aquello que nos conducirá a una plena vida cristiana, aquello que triunfará sobre el mundo.


Sugerencias pastorales

1. El compromiso cristiano. La figura de Tomás, así llamado el “incrédulo” nos estimula en nuestra vida cristiana para vivir con un mayor compromiso. Tomás tiene dificultad para creer que Jesús ha resucitado. Es una verdad de tal magnitud y de tantas implicaciones, que no alcanza a aceptarla bien sea por el temor, bien sea por la inmensa alegría que le producía. Sin embargo, Tomás hizo una experiencia maravillosa: “logró tocar a Cristo”, logró sentirlo cerca de su propia vida, cerca de sus afanes, cerca de su misión. Tomás comprendió que aquel que estaba de frente a Él, no era un simple hombre: era el Verbo de Dios encarnado. Era Cristo mismo que había resucitado y no moría más. Evidentemente esta experiencia es necesaria para asumir un compromiso cristiano: quien no comprende quién es Cristo y qué ha hecho por él, no puede comprometerse realmente. Su fe será siempre una cuestión periférica. Pero quien se sabe salvado de la muerte eterna, de la “segunda muerte”, de la perdición eterna, no se puede sino “cantar las misericordias de Dios” que nos amó cuando éramos pecadores y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.

Y así, Tomás no pudo quedar igual después de la experiencia de Cristo. Salió como un apóstol convencido, salió del cenáculo para anunciar a Cristo a sus hermanos. ¡Qué grande necesidad tenemos de hacer esta experiencia de Tomás! Ojalá que cada uno pueda sentir el amor de Cristo con tanta intensidad que no pueda salir del mismo modo. Cuando Maximiliano Kolbe se encontraba de pie ante los oficiales nazistas viendo cómo condenaban a un hombre con familia a morir en el “bunker” del hambre, su corazón no quedó inactivo. Experimentó que él debía dar la vida, como Cristo la había dado por él. Preguntémonos hoy todos: ¿cuál es y hasta dónde llega mi compromiso cristiano? ¿Qué estoy haciendo por “vencer al mundo”, por “ganarlo para Cristo”, por ayudar a todos a alcanzar la salvación?

 

Tres homilias para el Domingo II de Pascua del ciclo B (Almudi.org).

Domingo de la semana 2 de Pascua; ciclo B

 

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II
Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva
Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

                        (Hch 4,32-35) "Lo poseían todo en común"
                        (1 Jn 5,1-6) "Lo que ha conseguido la victoria sobre este mundo es nuestra fe"
                        (Jn 20,19-31) ¡Señor mío y Dios mío!

Homilía I: con textos de homilías pronunciadas por S.S. Juan Pablo II

Homilía en la parroquia romana de San Pancracio (22-IV-1979)

            --- Domingo “in albis”
            --- Acción de gracias
            --- El don de la fe

--- Domingo “in albis”

Esta vigilia, como atestigua incluso su forma actual, representaba un día grande para los catecúmenos, que durante la noche pascual, por medio del bautismo, eran sepultados juntamente con Cristo en la muerte para poder caminar en una vida nueva, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre (cf. Rom 6,4).

San Pablo ha presentado el misterio del bautismo en esta imagen sugestiva.

De este modo la noche que precede al domingo de Resurrección se ha convertido realmente para ello, en “Pascua”, es decir, el Paso del pecado, o sea, de la muerte del espíritu, a la Gracia; estos, a la vida en el Espíritu Santo. Ha sido la noche de una verdadera resurrección en el Espíritu. Como signo de la gracia santificante, los neo-bautizados recibían, durante el bautismo, una vestidura blanca, que los distinguía durante toda la octava de Pascua. En este día del II domingo de Pascua, deponían tales vestidos; de donde el antiquísimo nombre de este día: domingo in Albis depositis.

--- Acción de gracias

Hoy, pues, deseamos cantar juntos aquí la alegría de la resurrección del Señor, así como lo anuncia la liturgia de este domingo.

“Dad gracias porque es bueno, porque es eterna su misericordia... . Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117/118,1,24).

--- El don de la fe

Deseamos también dar gracias por el inefable don de la fe, que ha descendido a nuestros corazones y se refuerza constantemente mediante el misterio de la resurrección del Señor. San Juan nos habla hoy de la grandeza de este don en las potentes palabras de su Carta: “pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. Pues, ¿quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Io 5,4-5).

Nosotros, pues, damos gracias a Cristo resucitado con una gran alegría en el corazón, porque nos hace participar en su victoria. Al mismo tiempo le suplicamos humildemente que no cesemos nunca de ser partícipes, con la fe, de esta victoria: particularmente en los momentos difíciles y críticos, en los momentos de las desilusiones y de los sufrimientos, cuando estamos expuestos a la tentación y a las pruebas. Sin embargo, sabemos lo que escribe San Pablo: “Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones” (2 Tim 3,12). Y he aquí todavía las palabras de San Pedro: “Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo” (1 P 1,6-7).

Los cristianos de las primeras generaciones de la Iglesia se preparaban para el bautismo largamente y a fondo. Éste es el período del catecumenado, cuyas tradiciones se reflejan todavía en la liturgia de la Cuaresma. En la medida que se fue desarrollando la tradición del bautismo de los niños el catecumenado en esta forma debía desaparecer. Los niños recibían el bautismo en la fe de la Iglesia de la que eran fiadores toda la comunidad cristiana.

En el domingo in Albis la liturgia de la Iglesia hace de nosotros testigos del encuentro de Cristo resucitado con los Apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén. La figura del Apóstol Tomás y el coloquio de Cristo con él atrae siempre nuestra atención particular. El Maestro resucitado le permite de modo singular reconocer las señales de su pasión y convencerse así de la realidad de su resurrección. Entonces Santo Tomás, que antes no quería creer, expresa su fe con las palabras: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28). Jesús le responde: “Porque me has visto has creído; dichosos los que sin ver creyeron” (Jn 20,29).

Mediante la experiencia de la Cuaresma, tocando en cierto sentido las señales de la pasión de Cristo, y mediante la solemnidad de su resurrección, se renueva y se refuerza nuestra fe, y también la fe de los que están desconfiados, tibios, indiferentes, alejados.

¡Y la bendición que el Resucitado pronunció en el coloquio con Tomás, “dichosos los que han creído”, permanezca con todos nosotros!

DP-135 1979


Homilía II: a cargo de D. Justo Luis Rodríguez Sánchez de Alva

Con la muerte violenta y afrentosa de Jesús el pasado fin de semana, parecía que todas las esperanzas de sus discípulos habían sido destrozadas. Jesús había unido de tal modo su mensaje de salvación a su persona que, viéndolo colgar de un palo como un maldito de Dios, propagar su doctrina era un escándalo para los judíos y una locura para los gentiles (Cf. 1 Cor 1,23). Sin embargo, pocos días después de aquel Viernes espantoso, sus enseñanzas corrían de boca en boca con un dinamismo inimaginable. Fue el verlo resucitado lo que originó este vigoroso impulso catequético que se mantiene vivo en nuestros días.

El escepticismo que un suceso de esta naturaleza puede provocar en quien recibe esta noticia: Jesucristo ha resucitado, no es mayor que el que encontró en el grupo de sus discípulos más íntimos. Los evangelios nos hablan de las dudas, de la incredulidad y de la terquedad con que es recibida esta noticia. Especialmente expresiva resulta la postura de Tomás que nos narra el Evangelio de la Misa de hoy. Con dolorida y cariñosa ironía invita Jesús a Tomás a que realice la exploración que exige. El discípulo se rinde ante la evidencia, pero Jesús le dice y nos dice: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

Creer no es estar convencidos de algo por una información sin fundamento. Es escuchar unas palabras, aceptarlas y llevar la inteligencia más allá de sus límites basándonos en la confianza y la autoridad de la persona que me asegura aquello. Creer es poner el corazón cerca de esa persona que merece nuestra confianza. Es un modo de amar, como afirmaba Newman: “creemos porque amamos”. Sin la fe, que es el conocimiento más espontáneo y más frecuente del hombre, no podríamos dar un paso en la vida. Toda nuestra convivencia está sostenida por una tupidísima red de actos de fe. En el mundo del trabajo, de las comunicaciones, en la ayuda que unos a otros nos prestamos en el campo médico, jurídico, financiero, alimenticio, etc., juega un papel decisivo la fe en los demás. La fe es también nuestra primera y más rica fuente de conocimientos científicos. El saber humano en todas sus vertientes depende del aporte de conocimientos y de esfuerzos de años de investigación paciente de una multitud de seres humanos. La mayor parte de lo que la ciencia biológica, matemática, jurídica, etc., me ha legado con los años y me sigue aportando todavía, lo recibo por la fe. Ciertamente y en teoría, podría comprobar si esos datos que recibo son exactos, pero en la práctica carecería de tiempo y tal vez de capacidad para ello. Si desconfío de los datos que a diario me están suministrando millones de personas, tampoco en el ámbito del saber podría dar un paso. Lo más irracional de este mundo es conducirse sólo con la razón. Es un imposible.

Si esto es así, ¿qué tiene de extraño que Dios y su Iglesia nos pidan un asentimiento a las verdades reveladas aun cuando no siempre las comprendamos del todo o nos parezcan absurdas? “Dichosos los que crean sin haber visto”. Aquí estamos nosotros recogiendo esta alabanza que viene de Dios y que elogia algo tan humano como es la confianza, la buena fe. ¡Si tú me lo dices, lo creo! ¡Qué humano es esto! Es lo que Jesús espera de nosotros, que le creamos.

Pero la fe no debe estar sólo en los labios porque, como enseña el apóstol Santiago, “¿qué aprovecha, hermanos míos, que uno diga que tiene fe, si no tiene obras? ¿Puede acaso la fe sola salvarle?” (2, 14). Fe que nos lleve a amar a Dios de verdad, cumpliendo con amor sus mandatos; a preocuparnos seriamente por los demás, procurando influir cristianamente en sus vidas y ayudándoles también materialmente con nuestro trabajo bien hecho y la limosna de nuestro tiempo, nuestros conocimientos, nuestro dinero.


Homilía III: basada en el Catecismo de la Iglesia Católica

"¡Señor mío y Dios mío!" Sólo desde la fe se puede adorar así."

Hch 4,32-35: "Todos pensaban y sentían lo mismo"
Sal 117,2-4.16ab-18.22-24: "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia"
1 Jn 5,1-6: "Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo"
Jn 20,19-31: "A los ocho días llegó Jesús"

"Dios los miraba a todos con mucho agrado" revela que lo que hacían las primeras comunidades no quedaba inadvertido. Y, si además, la gente se fijaba en su actitud y se sentía atraída por su novedad u originalidad, se convertía en testimonio. Por sus obras eran misioneros, testigos.

San Juan muestra la conexión entre la Resurrección y el envío del Espíritu Santo. Por el Espíritu reúne Jesús a su Iglesia, anuncia un nuevo modo de presencia, le garantiza que estará en y con la comunidad. Es como si les invitara a verlo desde el acontecimiento Pascual.

Desde las perspectivas anteriores, la 2.a lectura adquiere su verdadera dimensión. La victoria de la fe se "ve", se "palpa" en quienes han creído. Desde la fe, el derrotado es el mundo y el pecado, lo viejo del hombre, lo que ha quedado clavado con Cristo en la cruz.

Las convicciones de las personas se notan en sus obras. Las palabras pueden ser fachada de lo que no se cree. El cristiano, como hombre de la verdad, muestra su fe en las obras, en lo que su modo de vivir delata.

— La fe de la primera comunidad:

"Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles _y a Pedro en particular_ en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y, para la mayoría, viviendo entre ellos todavía. Estos  «testigos de la Resurrección de Cristo» (cf. Hch 1,22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y los Doce" (642; cf. 639-647).

— La Resurrección como acontecimiento trascendente: 647.

— Sentido y alcance salvífico de la Resurrección: 651-655.

— El amor de los pobres:

"Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo:  «a quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda» (Mt 5,42).  «Gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt 10,8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres. La buena nueva  «anunciada a los pobres» (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo" (2443; cf. 2444-2447).

— "Les dijo: Recibid el Espíritu Santo". Se nos ocurre preguntar: ¿Cómo es que Nuestro Señor dio el Espíritu Santo una vez cuando estaba en la tierra y otra cuando ya estaba en el cielo?... Porque dos son los preceptos de la caridad, a saber, el amor de Dios y del prójimo. Fue dado el Espíritu Santo en la tierra para que sea amado el prójimo; es dado desde el cielo para que sea amado Dios. Así como es una la caridad y dos los preceptos, así también es uno el Espíritu y dos las dádivas" (San Gregorio Magno, hom, 26).

Bienaventurados los que tengan oportunidad de ver los signos en los creyentes, porque ellos también lo serán.
(
http://www.almudi.org
).

 

Meditacion para el Domingo II de Pascua del ciclo B. (Aciprensa.com

"Porque me has visto has creído" (Juan 20,19-31)
Semana II del Tiempo de Pascua - 1 de mayo de 2011

 

Las lecturas que nos propone la liturgia en el Día del Señor están distribuidas en tres ciclos: A,B y C, de  manera que se repiten solamente cada tres años. Este año estamos leyendo las lecturas del ciclo A. Pero en este domingo segundo después de Pascua, los tres ciclos proponen el mismo Evangelio. Este Evangelio se lee todos los años en el segundo domingo de Pascua: se suele recordar como el Evangelio de la incredulidad del apóstol Santo Tomás.

El motivo que lleva a vincular tan estrechamente este Evangelio con este domingo es que el episodio que relata está cronológicamente fijado ocho días después de la resurrección del Señor, es decir, en un día como hoy. En efecto, el Evangelio relata dos apariciones de Jesús a sus apóstoles: la primera ocurre "en la tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado", es decir, el mismo día de la resurrección del Señor, ocasión en que no estaba Tomás; la segunda ocurre "ocho días después" y esta vez estaba presente Tomás.

Como suele ocurrir en San Juan, sus textos son inagotables y están llenos de sugerencias y evocaciones. Es imposible agotarlos en un breve comentario; es necesario optar por un aspecto. Esta vez analizaremos el aspecto de la fe de Tomás.

Cuando los apóstoles dijeron a Tomás: "Hemos visto al Señor", él ciertamente creyó que habían tenido una aparición de algún ser trascendente; pero que éste fuera el mismo Jesús que él vio crucificado y muerto, eso era más que lo que podía aceptar. Seguramente en esa primera aparición de Jesús crucificado, los mismos apóstoles que allí estaban creyeron estar viendo un fantasma como lo atestigua Lucas: "Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: ... Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo. Y diciendo esto les mostró las manos y los pies" (Lc 24,37-40). Después de esta experiencia, en que habían palpado al Señor resucitado, habían verificado que tenía carne y huesos y habían examinado sus manos y sus pies, los apóstoles podían asegurar a Tomás: "Hemos visto al Señor".

Pero también Tomás necesitaba ver para verificar la identidad del aparecido con Jesús: "Si no veo en sus manos el signo de los clavos y no meto el dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré". ¿"No creeré" qué cosa? Que el mismo que estaba muerto ahora está vivo. Para aceptar esto Tomás necesitó ver al Señor resucitado y examinar el signo de los clavos. Pero una vez que vio esto, Tomás tuvo un acto de fe que trasciende infinitamente lo que vio y verificó.  Por eso exclama:  "Señor mio y Dios mio". Tomás vio a Jesús resucitado y lo reconoció como a su Dios. Su acto de fe va mucho más allá de lo que vio. Vio a un hombre y confesó a Dios. No pudo ver a Dios, pues "a Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado" (Jn 1,18). En ese momento Tomás creyó y, en ese mismo acto de fe, comprendió la identidad de Jesús, que es expresada por el mismo San Juan en la conclusión de su primera carta: "Sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo: éste es el Dios verdadero y la Vida eterna" (1Juan 5,20).

La resurrección de Jesús fue para Tomás un "signo" que lo llevó a la plenitud de la fe. Por eso Jesús dice: "Porque me has visto has creído". No es que el "signo" sea causa de la fe. La fe permanece un don gratuito de Dios, que El concede libremente; pero Dios quiere concederla con ocasión de algo que se ve, de algo que opera como signo. La fe de Tomás fue tan firme, que lo llevó a dar testimonio de Cristo con el martirio. Por eso no conviene apresurarse en atribuirse la bienaventuranza de Jesús: "Bienaventurados los que sin ver han creído". Es cierto que nosotros no hemos visto a Jesús resucitado; pero no está dicho que "hayamos creído" en Cristo resucitado tanto como Tomás.

Sin embargo, es verdad que allí estamos implicados nosotros, pues por la bondad divina ocurrió que Tomás estuviera ausente, dudara y exigiera verificar la resurrección de Cristo, palpando sus heridas. Así lo interpreta el Papa San Gregorio Magno (590-604): "Esto no ocurrió por casualidad, sino por disposición divina. En efecto, la clemencia divina actuó de modo admirable, de manera que, habiendo dudado aquel discípulo, mientras palpaba en su maestro las heridas de la carne sanara en nosotros las heridas de la incredulidad. Es así que más aprovechó a nosotros la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles. El palpando fue devuelto a la fe para que nuestra mente, alejada toda duda, se consolide en la fe. Dudando y palpando aquel discípulo fue un verdadero testigo de la resurrección".

También hoy ofrece Dios signos que deben despertar la fe en nosotros. El más evidente de ellos es la existencia de la Iglesia; ella misma es un signo magnífico para suscitar en nosotros la fe. Así lo declara el Concilio Vaticano I: "La Iglesia por sí misma, es decir, por su admirable propagación, por su eximia santidad e inexhausta fecundidad en toda suerte de bienes, por su unidad católica y por su invicta estabilidad, es un grande y perpetuo motivo de credibilidad y un testimonio irrefutable de la divina legación" (Año 1870).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Los Angeles (Chile)
(
http://www.aci.com
).



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