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Se muestran los artículos pertenecientes al tema MADRE DE DIOS.

Con flores a Maria.

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Con flores a María


A lo largo del mes de mayo en pueblos y ciudades de nuestra geografía se reza el Rosario, se elevan cantos a María, la Madre, se celebran cientos de fiestas y actos marianos.

Todo es poco para la Madre, todo es poco para honrar a la Madre de Dios y Madre nuestra. Cada pueblo, cada parroquia, cuida que a la imagen de la Virgen no le falten flores o velas, que su altar esté adornado y limpio. Expresión tangible de religiosidad popular, una religiosidad que expresa un sentimiento profundo de amor.

"Venid y vamos todos con flores a María" se cantaba en este mes de mayo, y se sigue cantando en nuestras iglesias, pequeñas o grandes. Con flores que el campo trae ya en la primavera, que son belleza y homenaje a la madre. Y, sobre todo, con las flores de nuestras vidas, con nuestros esfuerzos cotidianos ofrecidos a la Madre, con nuestra alegría compartida con los demás, con nuestras ilusiones depositadas a sus pies, con nuestras oraciones, con nuestros pequeños o grandes actos de amor.
(Desconozco el autor. Imagen extraída de:
http://2.bp.blogspot.com/--ubp42L9myk/Tl0Usvxkg_I/AAAAAAAALnc/1C4oJqMAP8c/s1600/CTV%252CVirgenMaria_y_NinoJesus1.gif
).

 

01/05/2013 23:39 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

10 Flores con el color del cielo, para Maria.

10 Flores con el color del cielo, para María

 

1. La FORTALEZA EN LA VIDA CRISTIANA.

La conseguiremos con la lectura o escucha de la Palabra de Dios.

¿Cómo vamos a ser fuertes si, tal vez, no conocemos aquello

que Dios nos intenta transmitir?

 

2. La SENCILLEZ EN LA VIDA.

María fue feliz edificando su existencia en esa piedra: ser sencilla.

Asomémonos a la figura de la Virgen y, en su mirada, descubriremos

que no es grande quien tiene mucho sino aquel que con lo poco

es inmensamente rico disfrutando con lo que posee.

 

3. La ALEGRIA EN LO QUE HACEMOS.

El gozo de la Virgen fue su comunión con Dios. La realidad se empeña

en encajarnos por todos los poros de nuestra piel que, la prosperidad,

se encuentra fuera. ¿Cuándo nos daremos cuenta que, el agua

del manantial de la dicha, está en el corazón?

 

4. La FE EN TIEMPOS DE INCREENCIA.

María fue una de esas personas que, tocadas por el Señor,

formó parte de la primera comunidad cristiana. ¿Te sientes tú así?

¿Eres partícipe de la misión de la Iglesia? ¿Lo demuestras

o prefieres pasar inadvertido?

 

5. La VALENTIA EN MOMENTOS DE DISCERNIMIENTO.

Ser cristiano, como María, no es ser más que nadie. Pero, eso sí,

es ser diferente. La Virgen, con su apertura al Señor, manifestó que

–sólo Dios– es capaz de empujar y dar fuerza a los que se fían

y creen de verdad en Él.

 

6. La ILUSIÓN DE SER CRISTIANOS.

“Desde ahora me felicitarán todas las generaciones” (Lc 1,48).

Necesitamos recuperar, vivir y transmitir el orgullo de ser católicos.

La “lotería” que supone el ser cristianos, seguidores de Jesús.

 

7. La ESPERANZA DE UN FUTURO.

María es modelo de fe inconmovible. Nada, ni la cruz donde estaba

clavado Jesús, movió un ápice sus sentimientos y criterios para con Dios.

¿En quién esperas? ¿A dónde miras cuando te levantas por la mañana?

¿En qué piensas cuando te acuestas por la noche?

¿Está tu esperanza puesta en el cielo?

 

8. La LUZ DE LA RESURRECCIÓN.

Con María, en Pascua, nos asomamos al sepulcro. ¿Lo vemos vacío?

¿Hemos pasado de la tiniebla a la luz? ¿No nos habremos quedado

observando a la cruz de viernes santo y, sin embargo, no contagiados

por el anuncio del triunfo de la VIDA sobre la muerte?

 

9. La VERDAD DE CRISTO.

No podemos silenciar o poner sordina a nuestras convicciones.

María, en su visita a su prima Santa Isabel, nos indica una dinámica

válida para nuestros tiempos: cuando uno/a se encuentra lleno de Dios…

se pone en camino, sale al encuentro de quien haga falta.

¿Va tu fe contigo? ¿La llevas allá donde peregrinas, trabajas,

decides o piensas?

 

10. La PRESENCIA DEL ESPÍRITU.

María, llena del Espíritu, se dejó arrastrar con todas las consecuencias

hacia la causa de Dios. ¿De qué espíritus estamos nosotros llenos?

¿Del Espíritu Divino o del espíritu humano? ¿Del Espíritu del cielo

o del espíritu exclusivamente efímero?

 

María, ayúdanos a florecer en estas diez flores que te presentamos

en estos días de mayo. Que, unidos a la VID que es CRISTO,

podamos fructificar en aquello que DIOS desea de nosotros.

¡Ven, María, y enséñanos a despuntar en vida cristiana!

 

P. Javier Leoz
(
http://www.celebrandolavida.org
).

 

12/05/2012 13:09 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

¿Quien es Maria?

¿Quién es María?

Nuestra Dueña.

Si estamos consagrados a María, entonces Ella es nuestra Dueña. Porque con la consagración, le hemos entregado a María, todo lo que tenemos y lo que somos, y lo que tendremos y lo que seremos alguna vez.

¡Qué gran confianza debemos tener al recordar esta verdad, especialmente cuando nos sobrevengan desgracias o problemas, sabiendo que nada nos puede suceder sin que María lo permita! Puesto que María es nuestra Dueña, sólo Ella tiene potestad sobre nosotros y puede disponer a su voluntad de todo lo nuestro y de nosotros mismos.

Pero al recordar que María es la segunda en bondad después de Dios, no podemos menos que exultar de alegría por tener tan gran Señora, y podemos vivir tranquilos y felices, pues todo, absolutamente todo lo que nos suceda, será dispuesto por la Virgen para nuestro mayor bien, la gloria de Dios y el bien de las almas.

¡Qué hermoso es decirle a la persona que amamos: “Eres mi dueña”, “eres mi dueño”! Pues bien, nosotros podemos decir con mucha verdad a María Santísima: “¡Tú, María, eres mi Dueña!” Y actuemos acordes a esta verdad, pidiendo siempre consejo a la Virgen en lo que debemos hacer.

Y contentémonos con ser semejantes a Jesús, que también tiene a María por Dueña.

¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos
(
http://www.consagracionmariana.santisimavirgen.com.ar
).

 

22/03/2012 00:53 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La vocacion de la Virgen Maria.

LA VOCACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

La fe de la Virgen María

Palabras de Juan Pablo II comentando el relato de la Anunciación


"Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel, dejándola, se fue".  Evangelio según San Lucas (Lc 1, 26-38)

 


LUMINOSA RESPUESTA DEL ÁNGEL


1.   …  Al ángel que le propone ser madre, María le hace presente su propósito de virginidad. Ella, creyendo en la posibilidad del cumplimiento del anuncio, interpela al mensajero divino sólo sobre la modalidad de su realización, para corresponder mejor a la voluntad de Dios, a la que quiere adherirse y entregarse con total disponibilidad.

«Buscó el modo; no dudó de la omnipotencia de Dios», comenta san Agustín (Sermo 291).


 

MOVIDA POR SU GRAN AMOR


2.  … San Lucas no indica el lugar preciso en el que se realiza la anunciación del nacimiento del Señor; refiere, solamente, que María se hallaba en Nazaret, aldea poco importante, que no parece predestinada a ese acontecimiento.

 

Además, el evangelista no atribuye especial importancia al momento en que el ángel se presenta, dado que no precisa las circunstancias históricas. En el contacto con el mensajero celestial, la atención se centra en el contenido de sus palabras, que exigen a María una escucha intensa y una fe pura.


Esta última consideración nos permite apreciar la grandeza de la fe de María, sobre todo si la comparamos con la tendencia a pedir con insistencia, tanto ayer como hoy, signos sensibles para creer. Al contrario, la aceptación de la voluntad divina por parte de la Virgen está motivada sólo por su amor a Dios.

 


SU PREGUNTA MANIFIESTA SU FE


3.  … María es invitada a creer en una maternidad virginal, de la que el Antiguo Testamento no recuerda ningún precedente.


En realidad, el conocido oráculo de Isaías: «He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7, 14), aunque no excluye esta perspectiva, ha sido interpretado explícitamente en este sentido sólo después de la venida de Cristo, y a la luz de la revelación evangélica.


A María se le pide que acepte una verdad jamás enunciada antes. Ella la acoge con sencillez y audacia. Con la pregunta: «¿Cómo será esto?», expresa su fe en el poder divino de conciliar la virginidad con su maternidad única y excepcional.


Respondiendo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lc 1, 35), el ángel da la inefable solución de Dios a la pregunta formulada por María. La virginidad, que parecía un obstáculo, resulta ser el contexto concreto en que el Espíritu Santo realizará en ella la concepción del Hijo de Dios encarnado. La respuesta del ángel abre el camino a la cooperación de la Virgen con el Espíritu Santo en la generación de Jesús.

 


SIEMPRE FE PARA LA SALVACIÓN


4.   En la realización del designio divino se da la libre colaboración de la persona humana. María, creyendo en la palabra del Señor, coopera en el cumplimiento de la maternidad anunciada.

 
Los Padres de la Iglesia subrayan a menudo este aspecto de la concepción virginal de Jesús. Sobre todo san Agustín, comentando el evangelio de la Anunciación, afirma: «El ángel anuncia, la Virgen escucha, cree y concibe» (Sermo 13 in Nat. Dom.). Y añade: «Cree la Virgen en el Cristo que se le anuncia, y la fe le trae a su seno; desciende la fe a su corazón virginal antes que a sus entrañas la fecundidad maternal» (Sermo 293).


El acto de fe de María nos recuerda la fe de Abraham, que al comienzo de la antigua alianza creyó en Dios, y se convirtió así en padre de una descendencia numerosa (cf. Gn 15, 6; Redemptoris Mater, 14). Al comienzo de la nueva alianza también María, con su fe, ejerce un influjo decisivo en la realización del misterio de la Encarnación, inicio y síntesis de toda la misión redentora de Jesús.


La estrecha relación entre fe y salvación, que Jesús puso de relieve durante su vida pública (cf. Mc 5, 34; 10, 52; etc.), nos ayuda a comprender también el papel fundamental que la fe de María ha desempeñado y sigue desempeñando en la salvación del género humano.


 Juan Pablo II,  3 de julio de 1996
(
http://www.egrupos.net/grupo/diosexiste
).

 

22/03/2012 00:41 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

¿Por que rezar el Ave Maria?

¿Por qué rezar el Ave María?
 
El Avemaría es seguramente una de las primeras oraciones que aprendimos cuando éramos niños. Es una oración sencilla, un diálogo muy sincero nacido del corazón, un saludo cariñoso a nuestra Madre del Cielo.

Recoge las mismas palabras del saludo del ángel en la Anunciación (Lucas 1, 28) y
del saludo de Isabel (Lucas 1, 42), y después añade nuestra petición de intercesión confiada a su corazón amantísimo. En el siglo XVI se añadió la frase final: “ahora y en la hora de nuestra muerte”. Todo ello forma una riquísima oración llena de significado.

El Avemaría es una oración vocal, es decir, que se hace repitiendo palabras, recitando fórmulas, pero no por esto es menos intensa, menos personal.

Podemos decir que el Avemaría y el Rosario son las dos grandes expresiones de la devoción cristiana a la Santísima Virgen. Pero la devoción no se queda sólo ahí.

En el Avemaría, descubrimos dos actitudes de la oración de la Iglesia centradas en la persona de Cristo y apoyadas en la singular cooperación de María a la acción del Espíritu Santo (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 2675).

La primera actitud es la de unirse al agradecimiento de la Santísima Virgen por los beneficios recibidos de Dios (“llena eres de gracia”, “el Señor es contigo”, “bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”) y la segunda es el confiar a María Santísima nuestra oración uniéndola a la suya (“ruega por nosotros, pecadores”).

Para explicar esta oración es muy útil seguir los números 2676 y 2677 del Catecismo de la Iglesia Católica.

1. En la primera parte de la oración se recoge el saludo del ángel, del enviado del Señor. Es una alabanza en la que usamos las mismas palabras del embajador de Dios. Es Dios mismo quien, por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava y a alegrarnos con el gozo que Dios encuentra en ella.

"Llena eres de gracia, el Señor es contigo":

Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquél que es la fuente de toda gracia.

María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es "la morada de Dios entre los hombres" (Apocalipsis 21, 3). "Llena de gracia", se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que ella entregará al mundo.

2. A continuación, en el Avemaría se añade el saludo de Santa Isabel: "Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". Isabel dice estas palabras llena del Espíritu Santo (Cf Lucas 1, 41), y así se convierte en la primera persona dentro de la larga serie de las generaciones que llaman y llamarán bienaventurada a María (Cf Lucas 1, 48): "Bienaventurada la que ha creído..." (Lucas 1, 45); María es "bendita entre todas las mujeres" porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor.

Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las "naciones de la tierra" (Génesis 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: "Jesús el fruto bendito de tu vientre".

El Papa Juan Pablo II nos explica muy bien el contenido de este saludo de Isabel a su prima en el número 12 de la Carta Encíclica Redemptoris Mater:

3. Después, el Avemaría continúa con nuestra petición: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros..." Con Isabel, nos maravillamos y decimos: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?" (Lucas 1 ,43).

María nos entrega a Jesús, su Hijo, que muere por nosotros y por nuestra salvación en la cruz y, desde esa misma cruz, Jesucristo nos da a María como Madre nuestra (Cf Juan 19, 26-28); María es madre de Dios y madre nuestra, y por eso podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones, porque sabemos que Dios no le va a negar nada (Cf Juan 2, 3-5) y al mismo tiempo confiamos en que tampoco nos lo va a negar a nosotros si es para nuestro bien.

María Santísima reza por nosotros como ella oró por sí misma: "Hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1,38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: "Haced lo que Él os diga" (Cf Juan 2, 5).

"Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la "Madre de la Misericordia", a la Toda Santa.

Nos ponemos en sus manos "ahora", en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, "la hora de nuestra muerte". Que esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte de su Hijo al pie de la cruz y que en la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso, a nuestra felicidad eterna en el pleno y eterno amor de Dios.
(Autor: Norberto Rivera Carrera, Cardenal).

 

16/03/2012 00:49 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria y la morada de Jesus.

María y la morada de Jesús…. (Juan 1,35-39)

 

   Después de haber escuchado la lectura de la Misa, en la que dos discípulos de Juan Bautista se acercan a Jesús para seguirle, me he quedado meditando en las circunstancias de lo ocurrido….

  Le preguntan ¿Dónde moras? y a la invitación del Maestro “vengan y lo verán” ellos responden siguiéndole “fueron pues y, viendo donde vivía, se quedaron con El”…

   Este detalle, de que recién  después de “ver  donde vivía” deciden quedarse con El, me ha llegado al alma, pues se que al llegar a la casa de Jesús, te hallaron, Madre….

   Hace varios días que esta escena da vueltas en mi corazón y aunque mucho te he preguntado acerca de ella, no he llegado a encontrar respuesta…. Segura de que sacaras de mi pedido el mejor fruto, te digo en oración: “Madre, si tu quieres que escriba acerca de esto, pues asísteme, porque yo no veo más que asombro de mi parte ante la belleza de la escena, pero no puedo traerla a mi propia vida, a mi deseo de servirte…”

   Y, como siempre, no te haces esperar… en un claro de la tarde mientras miro la arboleda del patio de mi casa, me invitas a vivir contigo ese momento…

   Mi corazón se trepa al tuyo y te sigo, en la plena confianza de que hallare respuesta…

   Me conduces al lugar donde estás viviendo con Jesús, al que pronto llegará con sus discípulos…

   Es un lugar sencillo y sin nada de lujos, pero se respira en él una paz infinita. Todo allí está en orden y se nota tu trabajo, María…

   Cuando llegamos te apresuras a atenderme como la más distinguida de tus huéspedes…

-          ¿Cómo estas hoy hija?, cuéntame- me dices porque quieres que aprenda a escucharme y discernir entre el camino que lleva a tu Hijo y los otros….

-          Pues, no dejando nunca de pedirte me alcances la serenidad del alma, esa paz profunda aun en medio de las tormentas, esa paz que me hace ver el faro y el camino aun en medio de la borrasca, para que ésta no me trague… Gracias por escuchar mi oración de estos días, pues sabes que esta escena en la vida de Jesús me ha llegado mucho, pero no logro hallar manera de sacar de ella frutos para mi vida y la de mis hermanos….

   Mientras me sirves delicadamente algo para comer y beber, me siento casi en el Paraíso… me tratas con tanta dulzura, me escuchas, me enseñas, me consuelas, me muestras caminos… jamás me dejas sola….

   En tanto disfrutamos juntas de los alimentos, que tienen un inequívoco sabor a ti, se escuchan las voces de Jesús y los dos futuros apóstoles…

-          Madre, allí vienen, ¿Qué hago?

-          Pues nada hija, tú sigue allí, que ellos no te verán, este es un viaje del corazón…

   Confiando plenamente en tus consejos no me muevo de mi sitio. Jesús hace su entrada y siento que me tiembla el alma ante su belleza, serenidad y la fuerza de su presencia… dos hombres lo siguen.

-          ¿Ven? Esta es mi morada por estos días….- les dice el Maestro al entrar

   Los hombres se quedan mirando el sencillo lugar y, como no podía ser de otra manera, reparan en tu presencia silenciosa, María. Ven en este sitio mucho más que paredes y algunos muebles, ven un hogar seguro, un sitio donde saben podrán encontrar respuesta a todas las preguntas de su alma.

Te apresuras  a atenderlos, María y les sirves algo de comer y beber. Ellos aceptan gustosos y disfrutan, junto a Jesús, del pequeño refrigerio. Se sienten atendidos y contenidos. Tu mirada y tu cariño les llega al alma. Jesús les empieza a hablar y ellos le escuchan con gran atención. El momento es tan fuerte para ellos…  la Eterna Sabiduría les muestra caminos y se brinda a ellos, dentro de un pequeño recinto, ordenado y fresco, siempre con sitio para quien quisiera ir. Con una mujer de exquisita prudencia y mirada de cielo, no por el color de sus ojos, sino por lo que estos dejan en el ama que se zambulle en ellos…. Así pues, luego de ver donde el Maestro vivía, los hombres toman la decisión….

        Maestro, nos quedaremos contigo….Es como si ver el lugar hubiera sido el paso que necesitaban para seguirlo... y al llegar y ver en ese sitio a María ya no tuvieron dudas... porque cuando el alma se encuentra con María y siente su paz y ve que esa paz viene de Dios, el alma ansia quedarse allí, para aprender de Ella a  conservar esa paz....

   Me miras Madrecita y me pides nos vayamos fuera. Te sigo. Nos alejamos un poco del lugar y me preguntas:

-          ¿Has hallado la respuesta que buscabas?

-          Yo… lo siento, Madre, pero no la he hallado. Fue hermosa la escena, lo que viví, lo que vi, pero no sé cómo llevarla ahora a mi vida diaria… Ayúdame Madre mía a sacar el mejor fruto de lo que me has mostrado….

-          Hija querida, tienes que ir y tratar de que esta escena se repita muchísimas veces….

-          ¿Esta escena? ¿Cómo Madre? Discúlpame, pero sigo sin comprender  ¡Ay Madre, gracias por tu gran paciencia para conmigo!

   Me miras con infinita dulzura, como miraste a los amigos de Jesús. Esa dulzura que es como abrazo cálido al alma….

-          Te explicare. Esos hombres oyeron hablar de Jesús. Estaban en búsqueda. Se le acercaron y le preguntaron donde vivía. Jesús les trajo y ellos ya no quisieron irse…. Esto mismo pasa cerca de ti muchas veces. Hay  personas que están en búsqueda,  que oyen hablar de Jesús y necesitan un lugar para ir a encontrarse con Él. Tu parroquia es un perfecto  lugar para ese encuentro, ya que desde el Sagrario, Jesús les mira entrar….¿ Recuerdas como te sentiste atendida y contenida al llegar a la casa hace un momento?

-          Si Madre, bien lo recuerdo, fue un remanso de paz para mi alma, salí de allí con mucha paz…

-          Bien hija, lo mismo ha de sucederle a quien te pregunte donde puede hallar a Jesús. Deberás mostrarle que vive en tu parroquia, (además de en cada corazón que le quiera recibir)… tu hermano te seguirá para ver. Tienes que asegurarte de que tendrá una cálida acogida, un saludo, un abrazo, una palabra, un lugar… Debe ser tal el recibimiento, no por lo pomposo, sino por lo lleno de amor, que este hermano que hoy pregunta por Jesús, decida “quedarse con Él” luego de visitar tu parroquia….La parroquia no es solo el párroco, sino todos los feligreses que asisten a Misa y hallan en ella un lugar donde hablar con Jesús…. Tú eres parte de la parroquia. ¿Qué haces para que los nuevos hermanos que llegan se sientan con la necesidad de “ya no seguir buscando, pues han encontrado su lugar”? ¿Cómo te relacionas con los miembros de tu parroquia para que todos hallen amor y amistad, palabras y silencios que les vayan ayudando a caminar su propio camino hacia mi Hijo?

Si ves un hermano que no conoces y está llorando al final de la Misa ¿Pasas de largo? ¿Le dices una palabra de le ayude a poner su confianza en Jesús? ¿Le abrazas, aunque más no sea, para que en el silencio de un abrazo de hermana, sienta que no está solo frente a su dolor? Si haces estas cosas, por pequeñas que sean, si las haces siempre, no solo cuando te queda cómodo, o fácil…  si las haces aún cuando andas apurada, pues una sonrisa y una palabra amable se dice en un pequeño momento ( ¿Qué tanto te urge en el exterior para dejar a un hermano solo con sus lágrimas, o con su soledad? ) Entonces la escena bíblica ha de repetirse más veces de las que imaginas…Piénsalo, hija, piénsalo y medítalo en tu corazón…

   Me quedo asombrada ante tus palabras. Es tan cierto lo que dices. Muchas veces pase de largo o salí apurada de la Misa saludando solo a algunos. ¡Cuánto debo aprender de ti, Madrecita! Cuánto debo aprender de tu actitud ante los discípulos de Jesús. Era una actitud serena y silenciosa, sin ostentaciones. Pero era una actitud de cariño y compañía, de presencia, de saber que allí “había alguien”. Si Jesús había salido, podían esperarlo junto a ti, en la plena seguridad de que, mientras estuvieran contigo, seguro iban a hallarle.

   Me llevo este tesoro de tu enseñanza listo para poner en práctica en la próxima Misa, y para contarlo a mis amigos y que  ellos también te imiten, así, nuestra parroquia no solo tendrá abiertas sus puestas, sino también su corazón…..o mejor dicho, sus brazos, porque si bien el corazón de la Parroquia es Jesús, nosotros, los feligreses, somos sus brazos para recibir, a quien viene, con un abrazo, somos su voz, para predicar Su Palabra, somos su mirada, para dar serenidad, somos sus pasos, para acompañar a otros por el camino….

-          Inténtalo, hija, te aseguro te sorprenderás. No te decepciones por lo que algunas veces sentirás como falta de respuesta en el hermano. A veces la pena es grande y no les deja escuchar, a veces los tiempos de uno y de otro son distintos. Pero tu siembra, siembra siempre en tu parroquia y fuera de ella… y no esperes la cosecha, porque toda semilla lleva su tiempo de germinación… Te ofrezco mi compañía en esta tarea. Llámame con tu corazón cada vez que la hagas y yo pondré lo que a ti te falta….

-          Gracias Madre!!!! Inmensas gracias… si, bien dices, sola no podría, pero si tú me acompañas, entonces sí podre…. Una duda, Madre, ¿Cómo te llamo para que vengas lo más rápido posible?

-          Estoy a la corta distancia de un Avemaría….

-          Es cierto Madre, es cierto…. Un Avemaría para llamarte es como ir a refugiarse bajo tu manto y llegar, así, protegida, enseñada y cuidada…. Sé que te llamare muchísimas veces… sé que en cada llamada estarás  conmigo….

   Volvemos a la arboleda del patio de mi casa, me quedo con el alma llena de asombro, gozo y muchas ansias de poner en práctica tu sencilla pero profunda enseñanza….

   Hermano, hermana, que has venido conmigo en este viaje al Corazón de María… Ella cuenta con tus brazos, con tus palabras, con tus pasos, para recibir y acompañar a cada hermano que llega…cuenta contigo y con cada miembro de tu parroquia, ya sea que tenga cargos en ella o sea un simple feligrés. Así, la escena bíblica se repetirá tantas veces como corazones generosos estén dispuestos a ser canal del amor de María por sus hijos, que no es otra cosa, que el amor de Jesús por cada uno de nosotros…

 María Susana Ratero

 

NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón  por el amor que siento por Ella."

María Susana Ratero pone audios a disposición de deficientes visuales y de ciegos totales con sus narraciones, en

http://misencuentrosconmaria.blogspot.com

26/02/2012 00:05 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria provoca la primera senal.

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Autor: P. Fintan Kelly | Fuente: Catholic.net
María provoca la primera "señal"
Además de la gran confianza que María mostró en su Hijo, ella fue el medio que Dios usó para dar comienzo a la manifestación de Jesús. 
 
 

Ojalá puedas leer en el Evangelio Jn 2, 1-12, cuando María le pide a su Hijo que les falta el vino en una boda donde fueron invitado en Caná.

A mí me llama poderosamente la atención ese detalle de María de acercarse a visitar a su prima santa Isabel tras tener conocimiento de su estado de gestación, también su fina observación en las bodas de Caná, en una situación de tanto embarazo para aquellos jóvenes esposos. Todo ello habla de un corazón amable, sencillo, bondadoso, atento, comprensivo, servicial en nuestra madre del cielo".

Una contemplación superficial del episodio de la boda de Caná nos dice que lo más milagroso fue el hecho de que Jesús mostró su dominio absoluto sobre la materia, convirtiendo agua en vino. Sin embargo, el Evangelista nos da a entender que no fue así al decir "Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzó a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos" (Jn 2, 11).

Según el Evangelista la finalidad intrínseca de este milagro fue el convencer a sus discípulos que Él era lo que decía que era: el Hijo de Dios. Así manifestó su "gloria" que era su divinidad, pues María le obligó a "hacer llegar su hora" de mostrar su gloria o divinidad.

Independientemente de la gran confianza que María mostró en su Hijo, como hemos comentado antes, está el hecho de que ella fue el medio que Dios usó para dar comienzo a la manifestación de Jesús de Nazaret como su Hijo. Aquí María aparece como aquella que hace conocer a Cristo. Uno podría pensar que tal vez su misión fuese solamente traer al Hijo al mundo y después dejarlo manifestarse como le pareciera mejor. Dios en su providencia quería hacer las cosas de otra manera: quería dar a conocer a su Hijo al mundo por medio de su Madre. Nosotros podemos no estar de acuerdo con esta metodología, pero no se puede negar que Él quiso adoptarla para manifestar a su Hijo.

Parece ser que el Padre sigue usando esta metodología para dar a conocer a su Hijo. Son elocuentes las múltiples apariciones de la Virgen en estos dos últimos siglos. Pensemos en Lourdes, Fátima...

11/02/2012 21:38 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

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 QUE MUCHAS QUE OFREZCAN POR TI ....LUEGO DE TU MUERTE¡¡


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Dios exalta a los humildes (Lc 1,52) y dice su Palabra: “...El que se humille será ensalzado” (cf Lc 14,11) y entonces si Dios lo hace, nosotros también exaltamos y ensalzamos a quién es tan humilde que se llamó a sí misma esclava del Señor (Lc 1,38), y celebra que Dios tome en cuenta su humildad y se regocija en la bajeza de su condición de sierva (Lc 1,46-48).

              Si es correcto alabar a la Virgen, porque cuenta la Palabra que el Ángel Gabriel, enviado por Dios Padre, le dijo una hermosa alabanza: “Dios te salve María ¡oh llena de gracia!, el Señor está contigo: Bendita tú eres entre todas las mujeres” (Lucas 1,28), y sabemos que Jesús la honro de toda su vida, cumpliendo el precepto y  la exaltó  como la mejor Madre del mundo (la Bendita entre todas las Mujeres). Por eso la Biblia expresa que en todos los tiempos, se alabará a la Bienaventurada Virgen María, que es la Mujer Virtuosa de Proverbios 31,29-30, la misma Virgen llena del Espíritu Santo dijo: “Porque: ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán Bienaventurada” (Lucas 1,48). En cumplimiento de esa profecía Bíblica, todas las generaciones de creyentes en Cristo Jesús, desde el primer siglo de la cristiandad,  han alabado, honrado y exaltado a la Bendita Madre de Jesucristo, en virtud de las grandes maravillas que Dios ha hecho en Ella (Lc 1,49) y se seguirá alabando a la Bienaventurada Virgen, porque es Palabra de Dios, profecía bíblica, voluntad y designio Divino, que por los siglos de los siglos ha de cumplirse, como decreto eterno, para mayor Gloría de Jesucristo Hijo único de Dios y de la Virgen, amén. Es importante notar también el verdadero sentido del pasaje. El pasaje no dice: "Todas las generaciones sabrán que soy bienaventurada", o "Todas las generaciones dirán que fui bienaventurada", sino que la Virgen María va mucho más allá: "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada", la llamarán a ella, desde ese momento y en el futuro, dirigiéndose a ella directamente, porque Dios, no es un Dios de muertos sino de vivos.

31.

 ¿Los Católicos adoramos a la Santísima Virgen María?

              No, de ninguna manera. Todo buen cristiano  debe amar, y venerar a la Bendita Madre de Dios, pero adoramos únicamente a Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo, un solo Dios verdadero en tres Divinas Personas. Adorar a alguien significa, creer que ese ser es el creador de cielo y la tierra y amarlo sobre todas las cosas, y ningún católico es tan ignorante para pensar que la Virgen María creó el cielo y la tierra, pero sabemos que la Bienaventurada Virgen María es una criatura amada y exaltada por Dios.

              Para entender bien el primer mandamiento referido a la Adoración a Dios y la prohibición de la idolatría, es bueno leer en Marcos 12,30 lo que nos  explica Jesucristo: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma,  con toda tu mente y  con todas tus fuerzas". Para darnos cuenta que es en Espíritu y en Verdad que debemos adorar a Dios, y no es tan fácil Adorar como arrodillarse, adorar involucra nuestra inteligencia y nuestras facultades, es mucho más que gestos externo.

El Antiguo Testamento relata la gran veneración del Arca de la Alianza (cf   Núm 10:33; 14:44; Deut 10:8; 31:9; 31:25; 31:26; Josué 3:3-4,18  I Reyes 3:15; I Reyes 6:19- 8:21; I Crónicas 15:25- I Crónicas 28:18) y a Biblia nos revela que María es la nueva arca de la alianza, por haber en ella la presencia completa de la Trinidad:"El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios." Lucas 1,35: El Padre: "y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" El Hijo: "eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios." El Espíritu Santo: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti" "Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario , y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada." Apocalipsis 11,19  y en el capitulo siguiente la llama directamente “Señal” a Maria que es la Mujer vestida de según la profecía: “Por lo tanto, el mismo Señor os dará la señal: Sabed que una Virgen concebirá  y parirá un hijo,  y que su  nombre será Emmanuel (o Dios con nosotros)” (Isaías 7, 14)

 

              Veneramos a la Santísima Virgen, porque Dios Padre, la alabó por boca del Ángel Gabriel: "Y habiendo entrado el Ángel, le Dijo:  “Dios te salve ¡oh llena de gracia!, el Señor está contigo: Bendita tú eres entre todas las mujeres" (Lucas 1,28), Dios Hijo Jesucristo, en cumplimiento del cuarto mandamiento (cf Ex 20,12), la  honra toda su vida, como a la mejor de las Madres (cf Lucas 2,51), y Dios Espíritu Santo, que vino sobre la Virgen, la cubrió con su sombra (cf Lucas 1,35),  la alabó por boca de Santa Isabel: “Y aconteció que cuando oyó Isabel la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Isabel fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz: Bendita tú entre las mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre”  (Lucas 1,41).

 

32. ¿Por qué la Virgen María aparece en distintos lugares de Mundo?

              La Virgen se aparece para renovar la fe de los pueblos, nos hace un llamado a la conversión y a la penitencia, y  recuerda a la humanidad el mensaje contenido en el evangelio de su Hijo Jesucristo, para los que estén alejados vuelvan a la Iglesia que Jesús fundó. El mensaje mariano, no añade nada nuevo a la revelación, la Virgen “llena de gracia” nos conduce al fiel cumplimiento de nuestros deberes cristianos, al igual que en el evangelio: “Su Madre (María)  dijo a los que servían: Haced todo lo que (Jesús) os mande” (Juan 2,5).  Luego Jesús nos pide que cumplamos la divina voluntad del Padre Celestial, por eso todos los mensajes su Bendita Madre son Cristo céntricos «Haced lo que Jesucristo os diga.» Preparándonos para que Jesucristo nos diga: «No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. (Mateo 7,21)

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La Santísima Virgen María, viene a cumplir su Misión de Aplastar la cabeza de Satanás, derrocar y destronar las huestes Malignas aliadas al mal y al error. En Génesis capitulo tres, Dios predestina a la Madre del Salvador, y le otorga  a la Virgen y su descendencia (Jesucristo y su Iglesia) el Poder y la Misión de derrotar a la Serpiente Antigua (Satanás y sus demonios), "Enemistad pondré entre ti (Serpiente)  y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.»" Génesis 3,15 Profecía que se vería cumplida cuando María como nueva arca de la alianza y la serpiente manifestaría su enemistad contra ella: "Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada." Apocalipsis 11,19; "Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza ;" Apocalipsis 12,1. La mujer es María, con una corona (por ser reina, "La gran Dama") de 12 estrellas (reina de las 12 tribus de Israel y de los 12 apóstoles) "está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz." (Apocalipsis 12,2 ). Que está en cinta del Mesías (El linaje de la mujer), por lo que aparece el dragón que en su rebelión le siguen la tercera parte de los ángeles convertidos en demonios y precipitados a tierra: "Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo , con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de = las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. = El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz." Apocalipsis 12,3-4. La mujer da a luz el Mesías:"La mujer = dio a luz un = Hijo = varón, = el que ha de = regir a todas las naciones con cetro de hierro; = y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono." Apocalipsis 12,5 Y sus ángeles dirigidos por San Miguel combaten a las serpientes y vencen gracias a la sangre del Cordero: "Entonces se entabló una batalla en el cielo: = Miguel = y sus Angeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Angeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Angeles fueron arrojados con él. Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: «Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios . Ellos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero y a la palabra de testimonio que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte." Apocalipsis 12,7-11. Cumpliéndose plenamente estas profecías,  en esa lucha, la Virgen recibe muchos ataques del Maligno y sus secuaces,  donde hay enemistad entre la mujer y el dragón debemos tener claro de que bando debemos estar.

 

33. ¿Las Apariciones de María están predichas en la Biblia?

              Si la apariciones de la Virgen María son el cumplimiento de una profecía del Apocalipsis de San Juan, que narra una aparición de la Madre de Jesús: "Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar  a  luz" (Ap 12,1-2)... "La mujer, dio a luz un  Hijo  varón,  el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro;  y su  hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono" .(Apocalipsis 12,5). ¿Quién es esa mujer y por qué está en el cielo? Es la Madre del Hijo de Dios, ¿Cómo es qué da a luz al varón  que se sienta junto al trono de Dios? Porque es la Madre del Rey de reyes ¿Cómo es qué está coronada? En virtud de su Hijo que prepara un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes ¿Cómo es qué apareces viva?  Porque su Hijo, nos trajo la vida abundante y no el sueño abundante, Dios es un Dios de vivos, ¿Cómo es que aparece en el cielo?  Porque fue asunta a los cielos, ¿Por qué está vestida por el Sol de Justicia? Ya que esta revestida de la plenitud de las gracias de Dios, porque es la llena de gracia, ¿Por qué Juan la llama Señal? Porque María es la Doncella de la profecía de Isaías 7,11-14  “Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta  y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”. ¿Cómo es qué lucha contra al dragón la antigua serpiente? Porque La Virgen Maria  es la  Nueva Eva, anunciada en Génesis 3,15, si la Biblia dice todo esto de María ¿Cómo puede haber cristianos que afirman saber mucho de la  Biblia y no saben esto?  Leamos más la Biblia.

             

Dios desde antiguo anuncia que: «Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones” (Joel 3,1) San Pedro el día de Pentecostés confirma que estamos en el tiempo del derramamiento del Santo Espíritu sobre todo hombre y unas de sus manifestaciones sería tener “Visiones” (cf Hch 2,l7) entonces, que es lo extraño que tengamos visiones o videntes en la Iglesia; como el apóstol  Juan que en el Apocalipsis narra un gran numero de visiones.

 

 

34. ¿Es correcto que los Católicos  llamemos a María “Reina y Madre”?

              Si San Pablo nos dice que todos creyentes recibiremos una corona incorruptible (Lee I Co 9,25) ¿Por qué María no? Si Isabel (inspirada por el Espíritu Santo) le dice a María: “Bienaventurada tu por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor” (Lucas 1,45) ¿Acaso no fue creyente? Si Cristo prepara una nación santa, un pueblo de Sacerdotes, Profetas y Reyes (Lee I Pe 2,9; Apocalipsis 5,10) ¿Que de extraño puede tener que también su Madre, en ese pueblo,  pueda recibir algunos de esos títulos?

          

            Si es correcto que todo cristiano llame a María “Reina”: porque es la Madre de Jesucristo Rey de reyes y Señor de señores, porque esta casada con José heredero legítimo al trono de la dinastía de David (según S. Mateo 1,6-16) y en Ap 12,1 aparece la Madre de Jesús coronada por doce estrellas, y esa corona es símbolo de su Reinado en la Iglesia Católica y Apostólica del Señor; El cristiano católico debe tener claro que la adoración solo se debe a Dios, pero a María hay que amarla y honrarla por ser quien es, la madre del Rey y Señor y por tanto la Reina. Recordemos que en el reinado de David siempre la reina era la madre y tenía un trono al lado del rey: "Entró Betsabé donde el rey Salomón para hablarle acerca de Adonías.  Se levantó el rey, fue a su encuentro y se postró ante ella, y se sentó después en su trono; pusieron un trono para la madre del rey y ella se sentó a su diestra. Ella dijo: «Tengo que hacerte una pequeña petición, no me la niegues.» Dijo el rey: «Pide, madre mía, porque no te la negaré.»" 1 Reyes 2,19-20.Tenía un título poderoso y prestigioso: GEBIRAH ("señora", "Gran Dama") y hasta llevó una corona: "Di al rey y a la Gran Dama : Humillaos, sentaos, porque ha caído de vuestras cabezas vuestra diadema preciosa." Jeremías 13,18 Y por eso la madre del rey ocupaba un lugar especial y su nombre era asociado con la toma de poder de éste: "Roboam, hijo de Salomón, reinó en Judá; tenía 41 años Roboam cuando comenzó a reinar y reinó diecisiete años en Jerusalén, la ciudad que había elegido Yahveh de entre todas las tribus de Israel para poner en ella su Nombre . El nombre de su madre era Naamá, ammonita." 1 Reyes 14,21 "El año dieciocho del rey Jeroboam, hijo de Nebat, comenzó a reinar Abiyyam sobre Judá. Reinó tres años en Jerusalén; el nombres de su madre era Maaká, hija de Absalón." 1 Reyes 15,1-2 La "Gebirah" es mencionada casi regularmente en las listas de los reyes de Judá (salvo Jorán, Acaz y Asá).  Y Jesús es el legítimo heredero del reinado de David, que trascendería el mundo terrenal: "El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre;" Lucas 1,32 Y por eso estaba profetizado desde el antiguo testamento que Jesús tomaría posesión de su reino, y a su lado, una reina vestida con oro de Ofir (lugar que como hemos visto ocupa siempre la madre) "Tu trono es de Dios para siempre jamás; un cetro de equidad, el cetro de tu reino; tú amas la justicia y odias la impiedad. Por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros; mirra y áloe y casia son todos tus vestidos. Desde palacios de marfil laúdes te recrean. Hijas de reyes hay entre tus preferidas; a tu diestra una reina, con el oro de Ofir" Salmo 45,7-10 Y la concordancia entre el salmo 45 y las palabras de María es innegable: "Toda espléndida, la hija del rey, va adentro, con vestidos en oro recamados; con sus brocados el llevada ante el rey. Vírgenes tras ella, compañeras suyas, donde él son introducidas; entre alborozo y regocijo avanzan, al entrar en el palacio del rey. En lugar de tus padres, tendrás hijos; príncipes los harás sobre toda la tierra .¡Logre yo hacer tu nombre memorable por todas las generaciones, y los pueblos te alaben por los siglos de los siglos!" Salmo 45,14-18 y dice San Juan que María, la Mujer vestida de Sol que aparece en el cielo coronada, se enfrenta en gran batalla contra el Dragón, y el cual viendo su inminente derrota: “Entonces el Dragón se llenó de ira contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios  y mantienen el testimonio de Jesús” (Ap 12,17) San Juan es claro en afirmar que los seguidores de Jesucristo sus validos testigo, somos  descendencia de la Mujer que dio a luz a Jesús (la Virgen María) la Madre de Aquel que: “fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono” es “María” por tanto ella es nuestra Madre (Lee Ap 12, 1-17). Y la llamamos “Madre” a la Santísima Virgen, no porque  somos dignos de tener una madre pura,  santa e inmaculada, sino porque Jesús que si la mereció, nos la regaló como madre nuestra en la cruz: “Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre." Y desde  aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Juan 19,27).  Y desde esa hora del calvario, comenzó la maternidad espiritual de la Virgen sobre todos los discípulos amados por Jesús. Además siendo la Virgen  Madre de Jesús que es la Cabeza de la Iglesia (Lee Efesios 1,22), es también madre de nosotros que somos su cuerpo místico y mantenemos su testimonio, porque una madre no engendra solo a la cabeza, sino también el cuerpo de su hijo, pues dice San Pablo en las cartas a los Corintios, que la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo (Lee I Cor 12,27) entonces necesariamente la Virgen María también es madre nuestra, si pertenecemos al Cuerpo Místico de Cristo la verdadera Iglesia que Jesús edificó.

 

 

35. ¿María la Madre del Señor tubo más hijos biológicos?

Aunque la Biblia especifica toda la familia de Jesús desde Abraham en adelante (Mateo 1,1-ss) y no menciona que José y María, hayan tenido más hijos,  las sectas afirman argumento de que Jesús tenía "hermanos", que María tiene más hijos biológicos.  Ciertamente la Biblia nos habla de los "hermanos de Jesús" (cf Mateo 12,46; Marcos 6,3; Juan 7,5; I Corintios 9,5)    pero jamás menciona otros hijos de María y José sino solo a Jesucristo. Es necesario entender que el arameo, lenguaje de Jesús y de los Apóstoles, utilizaba la misma palabra para referirse a hermanos, como a parientes, primos, sobrinos, tíos y miembros del clan familiar. El Nuevo Testamento fue escrito en griego pero sus autores eran de cultura hebrea. La palabra hebrea que significa "hermanos" o "primos" fue traducida al texto original griego de la Biblia como "adelphos". A diferencia del hebreo o el arameo, el griego tiene una palabra específica para primos: "anepsios", pero los traductores del Nuevo Testamento, siendo de cultura hebrea, prefirieron usar "adelphos" para traducir la palabra aramea "hermanos" que, como hemos dicho incluye primos y otras relaciones. Es decir, utilizaron la palabra griega pero en el sentido original del lenguaje de Jesús. El mismo uso de "adelphos" ocurre en la Septuagésima, la traducción de las Sagradas Escrituras (A.T.) al griego, hecha por los judíos poco antes de la venida de Cristo. Esta traducción es importante porque es la que utilizaron los autores del N.T. para la mayoría de sus referencias al A.T

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            Es  así como vemos en la Biblia que  Lot se le llama "hermano" de Abraham en Gen. 14,14, pero sabemos por la misma Biblia que era su sobrino (Gen. 11,26-28),  a Jacob le llaman "hermano" de Laban quien es en realidad su tío (Gen. 29,15); en   Crónicas 23,21-22:  "Hijos de Majlí: Eleazar y Quis. Eleazar murió sin tener hijos; sólo tuvo hijas, a las que los hijos de Quis, sus hermanos, tomaron por mujeres."  Aquí son primos o parientes  los que se casan pero se les llama "hermanos", según la  costumbre hebrea, ver también: 1 Sam. 9,13; 20,32; 2 Sam. 1,26; Amos 1,9.

Además la Biblia llama "Hermanos" no solo a los que eran  familia cercana, por ejemplo:   en Deuteronomio 23,8: "No tendrás por abominable al idumeo, porque es tu hermano";  Los 42 "hermanos" del rey Ocozías que bajaban a saludar a los hijos del mismo rey y de la reina. Cf. II Reyes 10,13-14; Nehemías 5,8: "y les dije: «Nosotros hemos rescatado, en la medida de nuestras posibilidades, a nuestros hermanos judíos que habían sido vendidos a las naciones. ¡Y ahora sois vosotros! vendéis a vuestros hermanos" ; en Jeremías 34,9: "en orden a dejar cada uno a su siervo o esclava hebreos libres dándoles la libertad de suerte que ningún judío fuera siervo de su hermano." (Mat. 13, 55-56).

En Mt. 13, 55-56 encontramos los nombres de cuatro «hermanos» de Jesús: Santiago (o Jacobo), José, Simón y Judas.  De estos cuatro hermanos de Jesús arriba mencionados, dos eran apóstoles: Santiago «el hermano del Señor» (Gál. 1, 19) es el apóstol Santiago «el Menor» (Mc. 15, 40), y Judas, «servidor de Jesucristo y hermano de Santiago». La madre del apóstol Santiago el Menor se llama María y esta María, madre de Santiago y José, estaba junto a la cruz de Jesús (Mc. 15, 40) y era «hermana de María la Madre de Jesús» (Jn. 19, 25) y tía de Jesús. Es la que el Evangelista llama María de Cleofás (Jn. 19, 25) y si la Biblia nos menciona los el papa y  mamá (Cleofás y otra María) de estos hermanos de Jesús,  porque seguir especulando en contra de la Palabra de Dios.

            Los católicos creemos que Jesús tiene mas hermanos, profesamos que todos los cristianos somos hermanos de Jesús en virtud de nuestro bautismo. Profesamos al mismo tiempo que Jesús no tuvo hermanos naturales (Biológicos). La Santísima Virgen María fue siempre Virgen. Porque  no existe una sola sugerencia en la Biblia de que la Virgen tuviera otros hijos. Cuando la Sagrada Familia huye a Egipto, cuando se les pierde el niño en Jerusalén (Lucas 2,41-51), siempre se refiere a un solo hijo. Los de Nazaret, aun cuando hablan de los "hermanos" de Jesús, se refieren a Jesús, no como "un hijo de María" sino como "el hijo de María" (Mc 6,3).

Hay además otras razones culturales que indican que los "hermanos" de Jesús no eran de sangre. Entre los judíos, los hermanos menores no podían aconsejar a los mayores. Por eso cuando en una cita un hermano aconseja al otro se entiende que quien aconseja es el mayor. Sin embargo los "hermanos" de Jesús le aconsejan que se vaya a Judea (Juan 7,3-4). En otra ocasión tratan de llevárselo (Marcos 3,21). Estos hermanos no pueden entonces ser hermanos de sangre ya que Jesús es el primogénito (no tenía hermanos mayores -Cf. Lucas 2,7).

Veamos lo que ocurrió cuando Jesús moría en la cruz. Juan 19,26-27  "Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa." El Evangelio nos da el nombre de cuatro de sus "hermanos" de Jesús: Santiago, José, Simón y Judas. Si fueran sus hermanos de sangre serían hijos de María. ¿Por qué entonces Jesús la entregó a Juan?  Si ellos (los hermanos del Señor) hubiesen sido hijos de María, ella nunca hubiese sido entregada en el momento de la pasión al apóstol Juan como su madre. Jesús establece una relación de madre-hijo que no es por naturaleza sino por gracia. Como Juan, todos los bautizados somos hijos de María, ella es nuestra Madre y somos hermanos de Jesús.

En el Apocalipsis vemos, en efecto, quienes son los otros hijos de María. Apocalipsis 12,17  "Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús." Es por eso una lástima que algunos cristianos renuncien a la Madre que el mismo Jesús ha dado a los que han de mantenerse fieles en la batalla. Finalmente. ¿No es cierto que los protestantes, como nosotros, suelen saludarse como "hermanos" y que sus predicadores se dirigen al pueblo con las palabras "queridos hermanos"?. ¿Sería lógico entender que se trata hermanos de sangre?. Entonces, ¿Por qué no utilizar también el buen juicio que Dios nos da para entender las Sagradas Escrituras? ¿Por qué no aceptar con humildad la sabia interpretación que han tenido los cristianos desde los primeros siglos que es la enseñanza de la Iglesia? Recemos pues para que los corazones se ablanden y podamos un día vivir todos en paz, como hermanos en Cristo y con nuestra madre, María Santísima.

 

36. ¿María Permaneció siempre Virgen?

La Biblia nos habla de la virginidad Perpetua de María Santísima (cf Isaías 7,14; Lc 1,26-38), en la Anunciación, el ángel dice a María que concebirá un hijo. María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lucas 1,34) ¿Por qué María hace esta pregunta? "Conocer" para los hebreos significa tener relaciones. Si ella tuviera planes de tener relaciones con José o con otro hombre, entonces la pregunta sería absurda. Por eso, desde el principio (como se puede constatar al leer los Padres de la Iglesia), los cristianos han entendido en este pasaje que María tenía un voto de virginidad que debía mantenerse aún en caso de matrimonio. Sabemos que algunos judíos hacían este voto (Ej.: Números 6,2-ss). Además había mujeres consagradas vírgenes para el servicio del Templo.

 

Muchos protestantes niegan la virginidad perpetua de María. Se basan en una mala interpretación de Mateo 1,24-25: "Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús".   Hay muchos pasajes de la Biblia en que la palabra "hasta que" no indica un cambio posterior de estado. Por ejemplo, 1 Corintios 15,25: "Porque debe él (Jesús) reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies". Obviamente Cristo no dejará de reinar después de vencer a sus enemigos. Más bien será entonces cuando su reino se haga evidente a todos, la Biblia nos dice que "Cristo reinará para siempre" (Lc 1, 32-33).  Otros ejemplos del uso de la palabra "hasta" sin cambio posterior de estado: A.T: Gen 8, 5y 49,10; Sam 20,3; Judit 12,14 y 16,23. En el N.T.: Mat 28,20; 1 Tim 4,13 y 6,14; Rom 8,22; Fil 1,5.

 

Mateo quiso especificar que el parto de Jesús fue virginal. Los protestantes contradiciendo la composición de la familia de Jesús que describe el evangelio (cf Mateo 1,1-ss); deducen que  Jesús al ser "el primogénito", entonces otros hermanos vendrían después;  en algunas traducciones del texto dice "dio a luz a su primer nacido" o primogénito  (la Biblia de Jerusalén traduce "un hijo"). El "primer nacido" era un título de privilegio, aunque no tuviese hermanos. Una vez más vemos el error de traducir e interpretar sin conocer el lenguaje, la cultura y el contexto de aquellos tiempos. Ejemplos: David es llamado el "primer nacido" (salmo 89,28) aunque es el octavo hijo (1 Sam 16). Jesús es llamado el "primer nacido" de toda la creación (Col 1,15) aunque muchos nacieron en la carne antes que El. San Pablo quiere indicar la primacía de Jesús. Según la ley del A.T., los varones primeros en nacer debían ser consagrados y  redimidos 40 días después del nacimiento (Ex 34,20). Estos eran "Primogénitos" sin saberse si serían o no hijos únicos.  La prueba que esta en el calvario, cuando: “Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre." Y desde  aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Juan 19, 26-27).

 

Más sagrada que el Arca de la Alianza, del Antiguo Testamento, María se tiene en la Biblia como santísima e incorrupta: ¿Qué era el Arca para los Israelitas? El Arca era una "caja" mandada hacer por Dios (Ex 25,10-22) con el propósito de comunicarle a Israel sus oráculos desde el Arca (Ex 25,22). Este término es de uso muy antiguo y de significación muy profunda. Lo utiliza Lucas en su relato de la visitación de María a su prima Isabel, y lo utiliza Juan en el Apocalipsis. El Arca contenía lo más valioso para los judíos; las tablas de la ley (Ex 40,18-21), la vara de Aarón (Núm 17,16-26) y el maná que con que Dios los alimentó en el desierto (Ex 16,32-34). En resumen, el Arca era el signo de la presencia de Dios. Ahora bien, María lleva en el vientre algo mucho más valioso que todo esto. María lleva en su seno al Autor de la Ley, lleva en sus entrañas al que colgó de un madero para salvar al mundo; y de su ser tomo carne el Pan Vivo bajado del Cielo que da la Vida Eterna.  Por esto María es el Tabernáculo donde habita el Señor, y de aquí surgen varias letanías, vivas expresiones del pueblo cristiano a lo largo de los siglos y que son propuestas por la Iglesia para instrucción nuestra.

 

37. ¿ Por qué pedir a la Virgen María si Jesucristo es el único Mediador”?

              Jesucristo quiso necesitar la mediación de San José (como padre adoptivo) y de la Virgen, para insertarse en la familia humana, Jesús si necesitó a La Virgen de Nazaret para encarnarse, para nacer,  para ser presentado en el templo,  para ser criado en el pueblo de Dios como uno de tantos, para que lo acompañara hasta el calvario, en su resurrección, para que acompañara a sus discípulos en Pentecostés, para que fuera la madre de los discípulos; entonces cómo es que alguien que dice guiarse por la Biblia profesa que la Virgen no es necesaria.  

              Las sectas  hacen ver que los Católicos adoramos a la Virgen y a los Santos y esto lo hacen con el único propósito de hacernos ver que nosotros no creemos que existe un solo mediador entre el Hijo y El Padre y poniendo en tela de juicio nuestra propia fe católica.
Para aclarar esta disyuntiva, nuestra respuesta es la siguiente: Hay dos clases de mediadores: el que paga por nuestros pecados y salva nuestra alma ese es uno solo, Jesucristo. En esto únicamente Cristo es el Mediador porque El murió para pagar nuestros pecados, y nadie más ha muerto por nuestros pecados.

“Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también” (I Timoteo 2,5). Y precisamente ese Mediador nos dice: “En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago,  y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. (Juan 14,12). Es decir cada creyente es en Cristo mediador y corredentor de la humanidad, la misma obra del Mesías se le confía al pueblo que recibe el Espíritu Santo del Mesías, para continuar su misión mediadora. Encargando a los creyentes, al nuevo  Pueblo  de Dios, que es la Iglesia, la labor Sacerdotal, que es medicación entre Dios y los hombres (Levítico 14,19; Hebreos 5,1), en virtud de las gracias y méritos de su misión mesiánica, su pasión,   su resurrección y su ascensión.

             

Todos los creyentes podemos y debemos ser intercesores o mediadores (cf I Tes 5,25) los unos de los otros (Santiago 5,16), ya que Cristo con su sacrificio en la cruz compró para Dios, con su sangre: hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;  “y has hecho de ellos para nuestro Dios, un Reino de Sacerdotes, y reinan sobre la  tierra.» (Apocalipsis 5,10) y si somos ese pueblo de sacerdotes, profetas y reyes (cf I Pe 2,9)  es precisamente para como sacerdotes presentar sacrificios y ofrendas a Dios, por los hombres (Mediación), como profetas llevar el mensaje de Dios a los hombres  (Mediación) y como reyes extender el reino de Dios en toda la creación (Mediación).

             

Todos los creyentes somos mediadores en Cristo, no por nuestros méritos, sino por los virtudes de Cristo, porque El murió para pagar nuestros pecados, y solo el sacrificio del Hijo Eterno tiene ese valor infinito de saldar o redimir nuestros pecados a eso se refiere san Pablo en su primera encíclica a  Timoteo (2,5), pero hay otra clase de mediador el que ruega a Jesús y al Padre y al Espíritu Santo por nosotros para obtener de ellos, los favores que necesitamos. Esos son la Santísima Virgen y los Santos y toda la Iglesia. Y en este sentido si puede haber más de un mediador.

             

En la Sagrada Escritura tanto en el antiguo testamento como en el nuevo, trae ejemplos de lo expuesto anteriormente: Cuando Dios se disgustó con los 4 hombres que le habían inventado al Patriarca Job lo que él había hecho, entonces Dios les dijo: "Mi siervo Job intercederá por vosotros y Yo le atenderé su petición para no trataros duramente como merecéis" (Job 42,8). En este caso Job aparece como Mediador entre los hombres y Dios, pero no para pagar las deudas que le tenían al Señor, sino para rogar en favor de ellos. Y el Señor Dios atendió su petición y los perdonó. Hay otro caso en el antiguo testamento donde Moisés dice a Dios: “Perdona las maldades de este pueblo, según la grandeza de tu misericordia” (Nm. 14,19) y Dios le responde:"Los perdono conforme a tu súplica" Aquí Moisés aparece como mediador no pagando los pecados de los otros (que eso solamente lo puede hacer y lo hizo el propio Jesucristo). Así la Virgen María en las Bodas de Caná rogó a Jesús y se hizo el milagro para los novios y los presentes en aquella boda (Juan. 2,1-11).  La Virgen y Los Santos son mediadores ante el Gran Mediador que es Jesucristo. Cabe entonces hacernos la siguiente pregunta ¿Por qué siendo tan amigos de El, no pueden ir a pedirle favores para nosotros? ¿Es qué una vez que están en el cielo ya no nos aman? Podemos observar en el Nuevo Testamento un gran número de mediadores narrados en los Evangelios que actuaron por otras personas para que Jesús les concediera favores o milagros.  Por ejemplo cuando Jesús sana a un paralítico, descrito este mismo pasaje en los tres Evangelios sinópticos como son: (cf Mt. 9,1-18; Mc. 2,1-12;  Lc. 5,17-26), lo realiza en razón de la fe y petición que tenían los hombres (terceros- medidores) que llevaban al paralítico a sus píes. Y el Señor Jesús les concede el favor que ellos le piden. “Allí le llevaron un paralítico, acostado en una camilla; y cuando Jesús vio la fe que tenían, le dijo al enfermo: - Animo, hijo; tus pecados quedan perdonados” (Mateo 9,2). Otro ejemplo de la intervención de terceros lo vemos en la Biblia cuando Jesús sana a la suegra de San Pedro y de igual forma indicado en los tres sinópticos. (Mateo 8,14-15;  Marcos 1,29-31)  "Jesús salió de la sinagoga y entro en casa de Simón. La suegra de Simón estaba enferma, con mucha fiebre, y rogaron por ella a Jesús" (Lucas. 4,38-39). Otros episodios narran la intervención de terceros, como cuando Jesús sana al criado de un capitán romano ( Lc 7,1-10; Mt 8,5-13 ), de igual forma a la hija de Jairo en: (Mt. 9,18-26), también cuando un hombre pide curación para su hijo que tenía un demonio en: ( Mt 17,14-20;/ Mc. 9,14-29; Lc. 9,37- 43) y otro de los casos es cuando a Jesús, le llevan un sordo mudo para que lo sane: (Mc. 7,31-37). Una de las intervenciones más extraordinarias, realizadas por un mediador y narrada en la Biblia es el caso de una de las hermanas de Lázaro, Marta cuya mediación o petición es totalmente directa a Jesús: " Señor si hubieras estado aquí mi hermano no hubiera muerto." (Jn.11,21). Y más tarde ocurre el milagro de volver a la vida a Lázaro. Peticiones muy similares como las nombradas anteriormente, están en capacidad de hacer los santos y la Santísima Virgen por nosotros ante Dios, ¿Quién se atrevería a dudar de esta posibilidad? Ya que sus amigos en el cielo están más cerca de Él: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios  de Isaac y el Dios de  Jacob?  No es un Dios de muertos, sino de vivos.» (Mateo 22,32).

             

Si examinamos de cerca el resto de la vida de Jesucristo, veremos que ha querido inaugurar sus milagros por medio de María. Mediante la palabra de María santificó a San Juan en el seno de Santa Isabel, su madre; habló María, y Juan quedó santificado. Este fue el primero y mayor milagro de Jesucristo en el orden de la gracia. Ante la humilde plegaria de María, convirtió el agua en vino en las bodas de Caná. Era su primer milagro en el orden de la naturaleza. Comenzó y continuó sus milagros por medio de María, y por medio de Ella los seguirá realizando hasta el fin de los siglos (TVD)

             

La oración a los santos del cielos nos viene del ejemplo de Jesús: “Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante,  y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; (Lucas 9,30) Al orar a Dios no es extraño orar también a aquellos que ya están en perfecta comunión con Él en el cielo, “Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos  como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él” (Mateo 17,2-3).

 

 38. ¿Por qué a la Santísima Virgen María la llamamos “Madre de Dios”?

            Simplemente porque Jesucristo su hijo es Dios, no es que la Virgen existiera antes que Dios, porque Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, existe desde toda la eternidad, pero los Evangelios la llaman  “la Madre de Jesús” (cf Jn 2,1; 19,25; Mt l3,55) y  desde antes del nacimiento de su Hijo, María es aclamada bajo el impulso del Espíritu Santo como “La madre de mi Señor” (cf Lc 1,43), refiriéndose Isabel al “Señor” que realizo las promesas a los Patriarcas (cf Lc 1,45) porque en la Biblia el único y verdadero Señor es Dios, porque los Judíos en tiempos de María, no pronunciaban el Nombre de Dios “YHWH”, sino que en su lugar usaban “Señor” (Kyrios o Adonais) para referirse a Dios, Isabel recibe a María con estas palabras inspiradas por el Espíritu de Dios: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre! ¿Como he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?” (Lucas 1,42-43), ¿A cual Señor se refiere Isabel? ¿Será a Dios? Ella misma nos da la respuesta: “Bienaventurada tu por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor” (Lucas 1,45). Isabel felicita a María por creer en las promesas del Señor y la llama Madre del mismo Señor de las promesas ¿Por qué  Isabel no ve la vista de su prima la Virgen María, como un hecho común?  Lo extraordinario es que María lleva en su seno a Dios, y es la Madre del  Señor, es decir: de Dios que realizo las promesas a los patriarcas, la Madre de “Dios con Nosotros”:

  “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo,  y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios con nosotros” (Mateo 1,23 cf Isaías 7,14) “Y la Mujer dio a luz un  hijo  varón,  el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro;  pero su  hijo fue arrebatado y levado ante  Dios y su trono” (Apocalipsis 12,5).

 

Dice San Luis M. de Monfort, que Dios Hijo descendió al seno virginal de María como nuevo Adán a su paraíso terrestre para complacerse y realizar allí secretamente maravillas de gracia. Este Dios‑hombre encontró su libertad en dejarse aprisionar en su seno; manifestó su poder en dejarse llevar por esta jovencita; cifró su gloria y la de su Padre en ocultar sus resplandores a todas las criaturas de la tierra para no revelarlos sino a María; glorificó su propia independencia y majestad, sometiéndose a esta Virgen amable en la concepción, nacimiento, presentación en el templo, vida oculta de treinta años, hasta la muerte a la que Ella debía asistir para ofrecer con Ella un solo sacrificio y ser inmolado por su consentimiento al Padre eterno, como en otro tiempo Isaac, por la obediencia de Abraham, a la voluntad de Dios. Ella le amamantó, alimentó, cuidó, educó y sacrificó por nosotros.  ¡Oh admirable e incomprensible dependencia de un Dios! (TVD 18)

           

Llamar a la Virgen María “Madre de Jesucristo” o  “Madre del Señor” o “Madre de Dios” es lo mismo, porque Jesús es “El Señor” y es  Dios hecho Hombre (cf Juan 1,1-3), y al llamarla así no se diviniza a María, lo que se resalta la divinidad del  Hijo único de Dios, que de ella nación en Belén, como Dios y Hombre verdadero, en la Biblia ¿donde dice? que María sea Madre solo de una parte (humana) de Cristo, con San Pablo nos preguntamos  ¿Esta dividido Cristo? (cf I Cor 1,13) y la respuesta es no, pues Cristo Jesús es uno con el Padre.

39.

¿Jesús condena orar haciendo repeticiones?

             

Jesús lo que condena son las vanas repeticiones en la oración, lo vano significa: lo falso lo manipulador, los conjuros  esotéricos que usan  los Gentiles de su época, no se estaba por ejemplo refiriendo a la oraciones propias de Israel el pueblo  de Dios del Antiguo Testamento como  Salmos Letanías y Lamentaciones,  donde se ora al Señor, repitiendo los Salmos desde tiempo de David, varios siglos antes de Cristo, hasta la actualidad. Pero veamos la cita a la que las Sectas hacen referencia para atacarnos (y según su traducción), para ver bien que dijo Jesús:

“Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos” (Mateo 6,7), esta oración vana de los gentiles es condenada porque ellos creen en varios dioses (ídolos), en hechizos, conjuros, encantamientos, espiritismo,  y usan las palabras en forma supersticiosas, todas estas creencias de los pueblos Gentiles, esta descrita y condenada en Dt 18,9-14. Si Jesús habla de vanas repeticiones ¿Condena toda las repeticiones? Es bueno distinguir sí existen vanas, es porque también existen autenticas, y validas repeticiones, aún cuando estemos recitando oraciones que el Espíritu Santo inspiró en otras personas, antes que a nosotros, por ejemplos los Salmos, que han sido rezados por el Pueblo Judío por miles de años, también Cristo los rezó mucho, incluso en la Cruz recito el Salmo  35 en el verso 5 según San  Lucas (23,46) y el Salmo 22,1 según San Mateo (27,46),  la Iglesia los a rezado desde el inicio (cf Sal 66,2; I Cor 14,26; Hch 2,42) y los rezará hasta la consumación de los tiempos, como lo recomienda la Palabra: “Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor” (Efesios 5,19).

            

 En la  practica,  vemos que en las sectas auque se les prohíbe a sus seguidores, repetir la oración que Jesús enseña en el evangelio (Lucas 11,1-ss); se les impulsa a repetir las oraciones de sus fundadores o lideres recopiladas en (devocionarios, cancioneros, seudo liturgias,  cultos y  libros) y ¿Cómo pueden repetir estos rezos y reprimir los   bíblicos?

              ¿Entonces o distinguimos o confundimos? Hay que diferenciar entre lo verdadero y lo vano , entre lo sagrado y lo profano, quién generaliza trata de confundir, como en el Jardín del Edén, cuando  Diablo con astucia y engaño dice a la Mujer:  ¿Como es que Dios os ha dicho: No comáis del de ninguno de los arboles del Jardín? (cf Gn 3,1)  generalizando cuando en realidad Dios solo prohibió comer del fruto del Arbol de la ciencia del bien y del mal, Adán y Eva podían comer todos los demás s frutos de los Arboles del Jardín (cf Gn 2,16-17), por eso digo quién no distingue, confunde, engaña  y enreda.      

             

Jesucristo en Mateo 6,7 condena el modo de oración de los pueblos Gentiles (de creencias politeístas y esotéricas), y no el hecho de repetir oraciones al Dios verdadero, o de hacer oraciones repetitivas,  porque estaría en contradicción con los Salmos, varios de los cuales traen letanías, que es un verso que se repite entre cada uno de los  versículos del Santo Salmo, como por ejemplo en el Salmo 135 se repite 26 veces la letanía  “Porque es eterna su misericordia” en esta hermosa oración de acción de gracias y el Salmo 118 también se repite 5 veces la  frase: “Es eterna su misericordia”  la letanía no nos lleva al error al contrario este tipo de oración nos lleva a memorizar las verdades reveladas, y  a interiorizarlas en nuestro corazón. En la parte vivencial,  vemos que en las sectas auque se les prohíbe a sus seguidores, repetir la oración que Jesús enseña en el evangelio (); se les impulsa a repetir las oraciones de sus fundadores o lideres recopiladas en (devocionarios, cancioneros, cultos y  libros) y ¿Cómo pueden repetir estos rezos y reprimir los   bíblicos?

             

Cuentan los evangelistas que en el Montes de los Olivos Jesús “Se fue otra vez a orar repitiendo las mismas palabras” (Mc 14,39), esa oración rezaba así: “¡Oh Padre, Padre mío!, decía, todas las cosas te son posibles, aparta de mí este cáliz, mas no sea lo que yo quiero, si no lo que tu” (Mc 14,36) y por tres veces repitió esa misma oración (Lee Lucas  26,39-44) en conclusión el ejemplo de Jesús es  lo que debemos seguir y no doctrinas inventadas por hombres sectarios (Cf  Mc ?7,7; Rom 16,17; Ef 4,14)

 

   

 

¿Por qué la Oración del Rosario?
 

     Dios Padre comunicó a María su fecundidad, en cuanto una pura creatura era capaz de recibirla, para que pudiera engendrar a su Hijo y a todos los miembros de su Cuerpo Místico. Habien­do querido Dios comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder: es Dios, y no cambia ni en sus sentimientos ni en su manera de obrar” (TVD 14-15). 

             

Oramos con el Rosario, porque Dios Padre manda a el ángel Gabriel saludar así a la Madre de su Hijo: “Dios te salve ¡oh llena de gracia!, el Señor está contigo: Bendita tú eres entre todas las mujeres" (Lucas 1,28),  Si los siervos de Dios en el cielo deben saludar así a María, en relación con Mateo 6,10 ¿Los siervos de Dios en la tierra no debemos hacer lo mismo?

              Porque Jesucristo, recomienda “Orar siempre” (cf Lucas 18,1) y el Santo Rosario nos facilita cumplir ese mandato, haciendo perseverante nuestra suplica, como lo recomienda la Biblia (cf Rom 1,10; Col 1,3; II Cor 4,1), y en el mismo oramos según el modelo que Jesús nos enseñó (Lc 11,2).

              Porque el Espíritu Santo  así inspiró alabar a María y a Jesús: “Bendita tú entre las mujeres y bendito sea el fruto de tu seno”  (Lucas 1,42).  Sí el Espíritu a ti no te inspira alabar así a María y a su Hijo ¿Que espíritu será ese? Lee: I Juan 4,1. 

              Porque en la Biblia llama Bienaventurado a quién medita en la Palabra de Dios (Salmo 1,1-2), nos aconseja continuamente a meditar en las maravillas de Dios, y el Santo Rosario recordamos y meditamos los hechos más importantes narrados en la Biblia, los momentos gozosos, dolorosos y gloriosos del Evangelio donde se rememora la vida, pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

              Por tanto quiénes realizamos la Oración del Santo el Rosario obedecemos al mandato del Padre, a la recomendación del Hijo y a la inspiración del Espíritu Santo.

     

41. ¿Cuáles son las Lecturas Bíblicas que se meditan en el Rosario?

Mediante el Santo Rosario vamos meditando los pasajes más importantes de la vida, pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, a continuación las citas Bíblicas que alternativamente se meditan en cada misterio del Rosario:

La anunciación del Nacimiento del Mesías (Lc 1,26-38).

            La visita de María Santísima a su parienta Isabel (Lc 1,39-45).

            El nacimiento de Jesús (Lc 2,1-20; Ga 4,4).

            La presentación del Divino Niño en el templo (Lc 2,21-38).

            El Niño Perdido y hallado en el templo (cf  Lc 2,41-52).

            El Bautismo de Jesús en el Jordán. (Mt 3,11-16; Mc 1,9-10; Lc 3,21-22; Jn 1,32)

            El Milagro se Jesús en la Bodas del Caná. (Juan. 2,1-11). 

El anuncio de la venida del Reino de Dios. (Mateo 10,7; Marcos 1,15; Lucas 10,9-11).

La transfiguración del Señor. (Lucas 9,30; Mateo 17.2-3).

La Institución de la Eucaristía. (Mt 26,26; Mc 14,21; Lucas 22,19;Lc 24,30; I Cor 11;23).

            La agonía de Jesús en el huerto de los olivos (cf Mc 14,26-34; Mt 26,30-46;Lc 22,39-46).

            La flagelación el Señor (cf Mc 14,65; Isaías 53,4-9; Mateo 27,26; Juan 19,1).

            La coronación de espinas (Mc 15,17; Mt 27,27-33; Jn 19,1-3)

            Jesús con la Cruz a cuestas camino del Calvario (Mc 15,21-22; Juan 19:16-18).

            La crucifixión (cf Mt 15,23-39; Mt 27,34-38; Lc 23,33-34; Jn 19,18-24).

            La resurrección  (Mc 16,1-20; Mt 28,1-20; Lc 23,1-10; Jn 20,1-10; I Cor 15,3-17).

            La ascensión del Señor al Cielo (Mc 16,19; Lc 24,50-53; Ech 1,9-12).

            La venida del Espíritu Santo (Joel 3,1; Hch 2,l1-17).

            La asunción de María al Cielo (Cant 8,5-7; Ecl 3,21; Jn 14,3; Ap 12,1).

            La coronación de la Virgen (Ap 12,1-17; I Cor 9,25).
(Desconozco el autor).

10/02/2012 01:29 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maestra incomparable en el callar.

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Autor: Juan S. Clá Díaz | Fuente: Catholic.net
Maestra incomparable en el callar
La prudencia consiste en saber callar y saber hablar en el momento oportuno. María, prudente en el hablar ...como en el callar. 
 
 

Una prueba muy elocuente de la prudencia de una persona consiste en saber callar y saber hablar en el momento oportuno; pues, como dice el Eclesiástico (III,7) hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar. En lo uno y en lo otro, María fue incomparable.

Podría haber hablado, observa justamente un piadoso autor, manifestando a José el secreto misterio que se había obrado en Ella, despejando así el desconcierto del amantísimo Esposo; pero eso hubiera sido revelar el secreto del Rey del Cielo; se hubiera convertido en una celebridad para Ella; prefirió, pues, callar y dejó que hablase Dios por medio del Ángel.

Habría podido hablar en Belén, cuando le fue negado el hospedaje, dando a conocer la nobleza de su linaje, su sublime dignidad; la humildad profunda y el deseo de sufrir, de conformarse con la voluntad divina, La llevaron al silencio y calló.

Cuántas cosas habría podido decir a los Pastores y a los Magos que fueron a visitar al Divino Infante. Esto podría haber alborotado la adoración y la contemplación de esos santos personajes delante de Jesús: la gloria de Dios, la caridad para con los Magos y los Pastores le impedían hablar y se calló.

Oía con admiración todo lo que decían para gloria del Hijo, de su celestial doctrina, de sus milagros; María, más que los demás Lo admiraba en su corazón, y en éste conservaba con cuidado aquellas palabras y aquellos hechos.

El anciano profeta Simeón le predijo los destinos del Hijo y sus futuros y atrocísimos tormentos; María no dice una sola palabra, pues está dispuesta para todo; no ensalza su resignación, escucha, se ofrece a Sí misma en holocausto juntamente con el Hijo y calla.

Por las mismas justísimas razones, se calla al pie de la Cruz, se calla en las tribulaciones, en las humillaciones, como por modestia, se calla en la alegría y en la gloria. Estas son las pruebas admirables de prudencia divina que nos ofrece el silencio de María: Tempus tacendi.


Maestra insuperable en el saber hablar

Maestra incomparable en el callar cuando se debe callar, se mostró también maestra insuperable en el hablar a tiempo, en lugar y manera conveniente, es decir, cuando y cuanto conviene para dar gloria a Dios y hacer bien a los hombres.

También están aquí los hechos que lo prueban. Habló al Arcángel San Gabriel y no podemos dejar de admirar la prudencia de sus palabras. Habló a su prima Santa Isabel y sus palabras hicieron saltar de gozo, antes de su nacimiento, al futuro Precursor de su Hijo. Sus palabras fueron una profesión de humildad, de gratitud, un cántico de alabanza, un himno sublime de agradecimiento al Omnipotente: Magnificat anima mea Dominum.

Habló con el Hijo en el Templo y sus palabras fueron una admirable demostración de afecto y de solicitud maternales.

Habló en las bodas de Caná y con sus palabras quedó patente su compasiva misericordia con los necesitados y su ilimitada confianza en Dios. ¡Oh admirable prudencia de María, prudencia incomparable, tanto en el hablar como en el callar!...

14/01/2012 17:40 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria estrella de evangelizacion.

Catequesis Mariana desde San Nicolás. por el Pbro. Carlos A. Pérez

Durante 10 años, todos los días 25 de cada mes en San Nicolás, se convoco a un gru-po voluntario de Misioneros de diversos lugares del país, felizmente, por iniciativa de los propios laicos presentes en las reuniones, fueron grabadas las charlas que se dieron.

Hoy contamos con esta catequesis que nos disponemos a ofrecer aquí a modo de en-tregas semanales para todos, peregrinos en general y misioneros en particular.

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María estrella de Evangelización. Pbro. Carlos A. Pérez

María nos predica a Jesús y los mensajes son la enseñanza que María da El riesgo de que el Mensaje cubra a la Palabra de Dios, o la oscurezca, no debe pasar porque así como la Virgen jamás tapa a Jesús, sino que nos lleva a Él, nos lo muestra, nos lo enseña, nos abre el corazón para que Jesús pueda entra; así el mensaje de María nos llena de inquietudes para conocer la Palabra de Dios, para conocer la enseñanza de la Iglesia. El Mensaje de la Virgen viene a ser un gran llamado a la fe, a la conversión, a la oración, a la felicidad a los Mandamientos. Nos invita a la santidad por el camino de la Consagración; nos hace Iglesia, nos hace misioneros; el misionero es alguien que debe estar metiéndose siempre, mas en el lenguaje de María, descubriendo que estamos llamados a concretar ese anuncio evangelizador de Jesucristo y su Palabra. El detenernos a meditar la Palabra de Dios y en este caso la Palabra de María hace que vaya penetrando en nuestro corazón la riqueza que encierra para nuestra vida espiritual; nos habla para que aprendamos a vivir y amar el estado de Gracia, de amistad con Dios. Estamos en plena etapa evangelizadora donde el Señor a cada uno nos va pidiendo una cuota de vida, no ya de sangre ni sudor, de vida, para que esa cuota Él la pueda utilizar al servicio de la Evangelización en tantos lugares y con tantos hermanos nuestros. La enseñanza de María nos lleva a la enseñanza de Jesús porque hace pedagogía con la sabiduría de Dios.

 


Mensajes 1603

Gladys, mis mensajes van dirigidos a todos mis hijos, creyentes o no, pero si hijos de Dios. Este prolon-gado llamado de esta Madre, tiene un solo fin: Que el alma vaya hacia a Dios. Aquel que escucha Mis Palabras, verá en ellas, una gran enseñanza y un gran amor de la Madre por sus hijos. Yo les digo: Os anuncio La Palabra de Dios, os revelo Su Amor, os alcanzo el Camino de la Salvación. Sed sensatos, abrid vuestros ojos, vuestros oídos, quiero decir, tened vuestros sentidos puestos en Dios. Gloria al Altísimo. Que estas, mis palabras, tengan alcance universal.

 


Mensaje 359

Hijos míos, no tengáis atadas las manos vosotros los que marcháis dóciles. Sed sembradores de la Palabra de Cristo, llevadla a todos vuestros hermanos y sentiréis renacer el espíritu. Amén, Amén.

 

 

 

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Seamos sencillos en el trato con Dios y con nuestro prójimo, porque Dios ama la sencillez y la sinceridad, y el prójimo también las aprecia.
No comulgues nunca en la mano, hazlo siempre en la boca. Y si te es posible de rodillas


HECTOR "EL ERMITAÑO" PEDERNERA
(
http://ar.groups.yahoo.com/group/hermanocatolicoesfuerzateysevaliente
).

04/01/2012 22:43 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria y la fe de una mama.

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Autor: Susana Ratero | Fuente: Catholic.net
María y la fe de una mamá
Cuando hagas oración por alguien, no esperes que esa persona ponga de sí "algo" para alcanzar el milagro. 
 
 

Hoy te encuentro, mujer cananea, en un pasaje del Evangelio… (San Marcos 7, 24-30) Y me quedo pensando en ti… en tu dolor de madre, en tu búsqueda de caminos para tu hija…

Pasan las horas y siento que sigues estando allí, en mi corazón, tratando de hacerme entender, tratando de explicarme algo…. Pero no te entiendo…

Y como mi corazón sabe que cuando no entiende debe buscar a su Maestra del alma, entonces te busco, Madre querida… te busco entre las letras de ese pasaje bíblico que leo y releo una y otra vez…

De pronto mi alma comienza a sentir tu perfume y me voy acercando al lugar de los hechos…

Allí te encuentro, Madrecita, mezclada entre la gente que hablaba de Jesús… me haces señas de que tome tu mano. ¡Qué alivio para el alma tomar tu Mano, Señora Mía!!! ¡¡¡Como se abren caminos santos cuando nos dejamos llevar por ti!!!

Así, aferrada a ti, te sigo hasta muy cerquita de una mujer de triste mirada… Esa mirada que tiene una mama cuando un hijo no esta bien, sea cual sea el problema. Es la cananea. Pasa por aquí, quizás va a buscar agua o comida… Ve la gente que habla y se acerca. Su dolor le pesa en el alma.

- Presta atención, hija, - me susurras dulcemente, Madrecita…

Alguien habla de Jesús, de sus palabras, de sus enseñanzas, de sus milagros… Los ojos de la cananea parecen llenarse de luz…

No alcanzo a divisar a quien habla, ni a escuchar lo que dice, pero, en cambio, puedo ver el rostro de la cananea…

- Mira cómo cambia la mirada de ella, Madre- te digo como buscando tu respuesta

- ¿Sabes que es ese brillo que va creciendo en sus ojos? Es la luz de la esperanza. Una esperanza profunda y una fe incipiente que, como lluvia serena en tierra árida, va haciendo florecer su alma. Dime, qué piensas de esto.

- Pues… que me alegro por ella…

- Esta bien hija, que te alegres por ella, pero si te explico esto, es también para que comprendas algo. Te alegras por esa mama, pero nada me has dicho de quien estaba hablando de Jesús…

- No te entiendo, Madre

- Hija ¿Cómo iba a conocer a mi Hijo esa sencilla mujer si esa persona no hubiese hablado de Él? Lee con atención nuevamente el pasaje del Evangelio. , “habiendo oído hablar de Él, vino a postrarse a sus pies…” habiendo oído, hija mía, habiendo oído…

Te quedas en silencio, Madre, y abres un espacio para que pueda volver, con mi corazón, a muchos momentos en los que mi hermano tenía necesidad de escuchar acerca de tu Hijo, acerca de ti… y yo les devolví silencio… porque estaba apurada, porque tenía cosas que hacer…

Trato de imaginar, por un momento, como fue aquel “habiendo oído”… Cuáles fueron los gestos y el tono de voz de quien habló, cuáles fueron sus palabras y la fuerza profunda de su propia convicción... Cómo la fe que inundaba su corazón se desbordó hacia otros corazones, llegando hasta uno tan sediento como el de la cananea… ¡Bendito sea quien haya estado hablando de tal manera! los Evangelios no recogen su nombre pero sí recogen su fruto, el fruto de una siembra que alcanzó el milagro… ¡Dame, Madre, una fe que desborde mi alma y así, llegue al corazón de mi hermano!

De pronto, veo que la cananea va corriendo a la casa donde Jesús quería permanecer oculto… Tu mirada, Madre, y la de ella se encuentran. Es un dialogo profundo, de Mamá a mamá…

Entonces, con esa fuerza y ese amor que siente el corazón de una madre, la mujer cananea suplica por su hija. Jesús le pone un obstáculo, pero este no es suficiente para derribar su fe….

Ella implora desde y hasta el fondo de su alma… Todo su ser es una súplica, pero una súplica llena de confianza…

Entonces, María, entonces mi corazón ve el milagro, un milagro que antes no había notado… un milagro que sucede un instante antes de que Jesús pronuncie las esperadas palabras…

El milagro de la fe de una mamá….

Aprieto tu mano, María Santísima y te digo vacilante:

- Madre… estoy viendo algo que antes no había visto…

- ¿Qué ves ahora, hija?

- Pues… que Jesús no le dice a esa mujer que cura a su hija por lo que su hija es, por lo que ha hecho, por los méritos que ha alcanzado, ni nada de eso…. Jesús hace el milagro por la fe de la madre…

- Así es, hija, es la fe de la madre la que ha llegado al Corazón de Jesús y ha alcanzado el milagro… la fe de la madre… Debes aprender a orar como ella…

- Enséñame, Madre, enséñame

- La oración de la cananea tiene dos partes. La súplica inicial, la súplica que nace por el dolor de su hija, ese pedido de auxilio que nace en su corazón doliente. Pero su oración no termina allí. Jesús le pone una especie de pared delante….

- Así es Madre, si yo hubiese estado en su lugar quizás esa pared hubiera detenido el camino de mi oración…

- No si hubieses venido caminando conmigo. Pero sigamos. Jesús le pone una pared que ella ve y acepta… y así, postrada a los pies del Maestro su fe da un salto tal que le hace decir a Jesús "¡Anda! Por lo que has dicho, el demonio ha salido de tu hija". Ese salto de su fe es esa oración que persevera confiada a pesar de que las apariencias exteriores la muestren como “inútil” “para qué insistir”… por tanto, hija, te digo que no condiciones tu oración a actitudes de otras personas…

-¿Cómo es esto Madre?

- Cuando hagas oración por alguien, no esperes que esa persona ponga de sí “algo” para alcanzar el milagro. Tú continúa con tu oración, que los milagros se alcanzan por la fe de quien los pide más que por los méritos del destinatario. Suplica para ti esa fe, una fe que salta paredes, una fe que no se deja vencer por las dificultades, una fe como la de la cananea…

Y vienen a mis recuerdos otras personas que han vivido lo mismo… desde Jairo (Mt 9,18; Mc 5,36; Lc 8,50) o ese pobre hombre que pedía por su hijo (Mt 17,15 Mc 9,24) hasta Santa Mónica, suplicando tanto por su Agustín… y alcanzando milagros insospechados, pues ella solo pedía su conversión y terminó su hijo siendo no solo santo sino Doctor de la Iglesia…

Las oraciones de una mamá…

La fe de una mamá…

Te abrazo en silencio, Madre… y te suplico abraces a todas las mamás del mundo y les alcances la gracia de una fe como la de la cananea, esa fe que salta paredes y se torna en milagro…


NOTA de la autora: "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón por el amor que siento por Ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna.

19/11/2011 22:19 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Mes de mayo, mes de Maria.

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Mes de mayo, mes de María

María es el corazón espiritual, porque su presencia es memoria viviente del Señor Jesús y prenda del don de su Espíritu.

Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net


Domingo 9 de mayo de 2010, palabras pronunciadas por el Papa Benedicto XVI durante el rezo del Regina Caeli


Queridos hermanos y hermanas

Mayo es un mes amado y llega agradecido por diversos aspectos. En nuestro hemisferio la primavera avanza con muchas y polícromas florituras; el clima es favorable a los paseos y a las excursiones. Para la Liturgia, mayo pertenece siempre al tiempo de Pascua, el tiempo del "aleluya", del desvelarse del misterio de Cristo a la luz de la Resurrección y de la fe pascual: y es el tiempo de la espera del Espíritu Santo, que descendió con poder sobre la Iglesia naciente en Pentecostés. En ambos contextos, el “natural” y el litúrgico, se combina bien la tradición de la Iglesia de dedicar el mes de mayo a la Virgen María.

Ella, en efecto, es la flor más bella surgida de la creación, la “rosa” aparecida en la plenitud del tiempo, cuando Dios, mandando a su Hijo, entregó al mundo una nueva primavera. Y es al mismo tiempo la protagonista, humilde y discreta, de los primeros pasos de la Comunidad cristiana: María es su corazón espiritual, porque su misma presencia en medio de los discípulos es memoria viviente del Señor Jesús y prenda del don de su Espíritu.

En el Evangelio, tomado del capítulo 14 de san Juan, nos ofrece un retrato espiritual implítico de la Virgen María, allí donde Jesús dice: "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23). Estas expresiones se dirigen a los discípulos, pero se pueden aplicar al máximo grado a Aquella que es la primera y perfecta discípula de Jesús. María de hecho observó primera y plenamente la palabra de su Hijo, demostrando así que le amaba no sólo como madre, sino antes incluso, como sierva humilde y obediente; por esto Dios Padre la amó y tomó morada en ella la Santísima Trinidad. Y aún más, allí donde Jesús promete a sus amigos que el Espíritu Santo les asistirá ayudándoles a recordar cada una de sus palabras y a comprenderla profundamente (cfr Jn 14,26), ¿cómo no pensar en María, que en su corazón, templo del Espíritu, meditaba e interpretaba fielmente todo lo que su Hijo decía y hacía?

De esta forma, ya antes y sobre todo después de la Pascua, la Madre de Jesús se convirtió también en la Madre y el modelo de la Iglesia.

Queridos amigos, en el corazón de este mes mariano, tendré la alegría de dirigirme en los próximos días a Portugal. Visitaré la capital, Lisboa, y Oporto, segunda ciudad del país. La meta principal de mi viaje será Fátima, con ocasión del décimo aniversario de la beatificación de los dos pastorcitos Jacinta y Francisco. Por primera vez como Sucesor de Pedro, me dirigiré a ese Santuario mariano, tan querido al Venerable Juan Pablo II. Invito a todos a acompañarme en esta peregrinación, participando activamente con la oración: con un corazón solo y un alma sola invocamos la intercesión de la Virgen María por la Iglesia, en particular por los sacerdotes, y por la paz en el mundo.

16/11/2011 00:01 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria, formadora en el camino cristiano.

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Autor: Marianistas.org | Fuente: Catholic.net
María, formadora en el camino cristiano
Como Madre de una gran familia, distribuye los bienes según las necesidades, las circunstancias y la fidelidad de cada uno. 
 
 

«Madre de la vida y de la gracia». «El Padre ha puesto en manos de María los tesoros adquiridos por Cristo, para que ella ejerza las funciones de su maternidad». María está en el comienzo, acompañando la llamada, pero también está en el camino: engendra, acompaña y forma. María forma «recibiendo y entregando» : «es el canal que recibe y deja correr hasta nosotros». Recordemos que este doble movimiento es el de la transmisión kerigmática del Evangelio: «porque yo recibí lo que a mi vez os he transmitido» (1 Cor 15,3 ). Hay que caminar sabiendo recibir y comunicar lo recibido.

El primer deber de una madre es alimentar a sus hijos, y la primera necesidad que siente es la de amarlos. María no ha querido renunciar a esta obligación sagrada. Madre de la vida y de la gracia, nos ha dado la vida, y cada día derrama en nuestras almas la gracia que debe alimentarlas, fortificarlas y hacerlas llegar a la plenitud de la edad perfecta. Efectivamente, de su bondad recibimos todos los auxilios que conducen a la salvación. Es verdad que Jesucristo, de quien viene todo nuestro valer, es el único que nos ha podido merecer esas gracias por su muerte. Como Padre, ha provisto abundantemente de todo lo necesario para la vida de nuestras almas, para el aumento de nuestras fuerzas, para la curación de nuestras enfermedades y para el desarrollo de la fe y de todas las virtudes.

Al mismo tiempo, ha puesto en manos de María los tesoros de bendición adquiridos por su sangre, para que ella ejerza las funciones de su maternidad. De ese modo, María, como Madre de una gran familia, distribuye todos los bienes según las necesidades, las circunstancias y la fidelidad de cada uno. Por eso, nada viene del cielo sin pasar por la Santísima Virgen. Ella es el canal que recibe y deja correr hasta nosotros el agua bienhechora de la gracia. Como dice san Bernardo, María ha sido dada al mundo para que por ella se transmitan sin cesar los dones celestiales de Dios a los hombres; y Jesucristo ha querido poner en manos de María el fruto de sus méritos para que recibamos de ella todos los bienes que podamos obtener.

12/11/2011 20:57 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Nacida para la libertad.

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Autor: P. Antonio Izquierdo y Florian Rodero | Fuente: Catholic.net
Nacida para la libertad
Vivió en la fe, en la confianza y en el amor a Dios los incomprensibles planes de su misión. 
 
 


María, con su ejemplo y maternal ayuda nos acompaña muy de cerca en nuestra misión de apóstoles. María acogió con absoluta disponibilidad los designios de Dios para su vida, y su palabra no fue primero "sí" y luego "no"; nunca consintió que la duda horadara su incondicional entrega al Señor. Vivió en la fe, en la confianza y en el amor a Dios los incomprensibles planes de la providencia y su martirio incruento al pie de la cruz.

El ser humano ha nacido para la libertad. Es libre y quiere ser soberanamente libre. La libertad es su prerrogativa, su gloria y su riesgo. Porque el buen uso de la libertad no es empresa fácil. Para ejercer bien nuestra libertad, Dios nos ha dado un mapa de ruta: la ley natural, la revelación y sobre todo el Evangelio. En seguir o no este mapa de ruta el hombre se juega su destino, su eternidad. Existe la libertad de todo aquello que nos impide realizarnos como personas e hijos de Dios, y existe la libertad para adherirnos siempre a la verdad y al bien. En la santísima Virgen encontramos un modelo de quien usa la libertad para acoger los designios de Dios, para ejercitarse tenazmente en la virtud.

1. María nos acompaña. María ha seguido libremente y con perfección la ruta marcada por Dios. Por eso, puede acompañarnos en nuestro camino, mostrarnos la ruta; podemos fiarnos de Ella. Ella, en efecto, ya conoce ese camino, lo ha recorrido con extraordinaria fidelidad, sin salirse ni un momento de él. Ella nos puede señalar los momentos de peligro, animarnos en las cuestas arriba, compartir nuestra alegría cuando el camino es ligero y nuestra lucha cuando se presenta la dificultad. Ella nos acompaña para que a su lado aprendamos también nosotros a caminar en la fidelidad y, como apóstoles cristianos, a acompañar a los demás en su marcha por la vida.

2. Acoger los designios de Dios. María aceptó los planes de Dios sin titubeos e indecisiones, como se acepta un axioma o una evidencia. Y sobre todo los puso libre y amorosamente en práctica. Ejerzamos nuestra libertad con María y como ella. Al igual que para María, el plan de Dios para nosotros es muy concreto: el estado actual de vida; la vivencia generosa y fiel de la vocación cristiana, quizá de la vocación consagrada; el compromiso con el apostolado de la Iglesia en la parroquia, en un Movimiento o institución cristiana. Siguiendo el ejemplo de María, acojamos con libertad y digamos sí, día tras día, a ese plan amoroso de Dios. Meditémoslo con sencilla fe para adherirnos más y mejor a él. Admiremos los designios divinos que ordenan todo a nuestro bien, incluso cuando nuestra mirada no es capaz de percibirlo, o nuestra inteligencia está ofuscada por signos contrarios.

3. Vivió en la fe y en el amor. La fe y el amor son los dos guardaespaldas de nuestra verdadera libertad. Creo en Dios y en su misterio, creo en sus designios, y por ello me siento soberanamente libre y sostenido por el mismo Dios para optar por su voluntad en libertad. Amo a Dios, amo su voluntad, y ese amor libera mi alma de toda cadena para volar por los espacios de la libertad. Por tanto, cree, confía, ama, y serás verdaderamente libre; usarás bien de tu libertad; sujetarás tu libertad libremente a las leyes del bien y de la verdad. La verdad -dice Jesús- os hará libres. Tus cadenas no están en tu camino, sino dentro de ti mismo. ¿A quién mirar, como modelo, sino a Jesús, el hombre más libre y liberador de la historia? ¿A quién mirar, sino a María, nacida del corazón de Dios para ejercer con perfección la libertad para el bien y la verdad?

Más eficaz que las súplicas de los profetas, que la ascesis y los ayunos de los justos, es el don de salvación que ha obtenido el mundo y cada uno de los hombres por tu gracia. Por eso, agradó al Rey tu hermosura, es decir, tu inmenso amor por los hombres, tu compasión, el inimitable cuidado de tu misericordia.

Aunque sean innumerables todas las demás virtudes -la santidad, la sabiduría, la fortaleza y cualquier otra virtud-, te distingues por la premura y la misericordia en la que imitaste a tu Hijo y a tu Dios...Verdaderamente tú excedes los límites de la naturaleza, no solamente por el modo de dar a luz, que superó toda la sabiduría humana, sino por tu premura, que también va más allá de la misma naturaleza...

Por ti hemos alcanzado la victoria sobre el pecado. Por ti ha florecido la virginidad entre los hombres. Por ti aprendemos la perseverancia en las buenas obras. Por ti se nos ha concedido la sabiduría, la humildad y el amor. Gracias a ti podemos salir victoriosos en todas las demás virtudes y de una manera más airosa de la forma en que habíamos caído.

05/11/2011 22:57 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Mi hermosa Nina de Galilea.

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Mi hermosa Niña de Galilea


María, así de simple. Es la forma de dirigirme y conversar con mi Madre del Cielo, llamándola simplemente María. Sé que mucha gente no la conoce, o tiene una imagen lejana de Ella, quizás demasiado formal, demasiado protocolar. ¿Cómo puede ser nuestra Mamá protocolar al presentarse a nosotros? No, Ella es sencilla, mi pequeña Niña de Galilea, así es para mí. Pero es también lógico que cada uno la vea del modo que su propio corazón indica, con la mirada del alma que todo lo convierte en la expresión del Espíritu Divino, si es que nosotros nos dejamos iluminar por dentro.

Por un instante, déjenme narrarles cómo es que mi corazón ve a la Madrecita del Verbo Divino. De un modo muy particular, la veo de unos quince o dieciséis años, que es la edad en la que Ella se convirtió en Madre Divina, dándonos a Aquel que todo lo puede por amor. A tan temprana edad, mi María se presenta ante mi corazón como una hermosa Mujer, delicada en su mirar, en su caminar. Destaca su delicado cuello, largo y estilizado para dar cabida al más hermoso rostro que Dios jamás cinceló en criatura alguna. Ella es perfecta, no existe ni existirá mujer más hermosa que María, porque Dios la modeló en un acto sublime de Su Potencia Creadora. Y su belleza sólo es superada por su pureza, su inocencia y su férrea voluntad de no desagradar al Padre que tanto ama.

Cuando veo las imágenes de las distintas presentaciones de María a lo largo de los siglos, me quedo con la convicción de que el hombre no ha podido ni podrá modelar jamás la belleza de María ni siquiera en un modo aproximado. Mi alma se esfuerza en descubrir la visión verdadera con que mi joven Reina se presentó como la Medalla Milagrosa, por ejemplo. Santa Catalina de Labouré sin dudas describió del modo más aproximado posible la celestial visión que se presentó ante ella, pero no pudo hacer que el artista cincele en la Medalla Milagrosa el verdadero rostro de la Reina de los ángeles. Esa sonrisa, esas manos siempre en posición de oración, esos ojos iluminados por la Fuente de todo el Amor.

María, joven y sonriente, fulgurante estrella de la mañana. Se presenta en mi corazón como una Rosa que se abre derramando su fragancia y frescura, haciendo de mi un ovillo de hilo que se recoge sobre sí mismo, se envuelve pliegue sobre pliegue hasta quedar extasiado mirándola sonreír, llamándome, invitándome a acompañarla en este viaje. Ella nunca se presenta en vano en nuestro corazón, como una madre nunca se acerca a sus hijos sin un profundo deseo de cuidarlos y amarlos.

María, hermosa Niña de Galilea, perfecto fruto de la Creación en cuerpo y alma. Sólo Ella pudo tener la Altísima Gracia de ser Madre del mismo Dios. El, ante el que el universo mismo se doblega, se hizo pequeñito y vivió nueve meses oculto dentro de ésta hermosa Joven Palestina. El, instante tras instante, fue tomando de su sangre todo aquello que necesitó para formar Su naturaleza humana, Su humanidad. Así, Ella es nuestra Niña de la Alta Gracia, porque ninguna Gracia puede ser tan elevada como la Maternidad Divina.

Enamorarse de María es enamorarse de su Divina Maternidad, de su Inmaculado Corazón, y de su infinita belleza humana también. La siento tan cercana, tan vivamente presente en mi vida, que no puedo más que dirigirme a Ella como María, mi María. Ella es compasiva y paciente ante mis demoras en acudir a su mirada, Madre de la Misericordia. Juntos conversamos, compartimos mis pequeñas aventuras humanas, mis decepciones y dolores, mis esperanzas y sueños. Y María, con esa hermosa sonrisa que se funde en mis pupilas, me mira y me invita a levantar los ojos al Cielo con las manos unidas sobre mi pecho. Madre de la oración, Bella Dama del clamor y la plegaria, Omnipotencia Suplicante, Ella nos enseña a ver a través de los Ojos de Aquel que todo lo puede.

Mi María, hermosa y joven Niña de Galilea, que enamoraste mi corazón porque sabías que era el modo de abrir la puerta al soplo del Amor Verdadero. Me siento tan feliz y orgulloso de ser tu hijo, y al mismo tiempo tan indigno de serlo, que no puedo más que pedirte me ayudes a seguirte en tus deseos, que no son otros que los deseos de Tu Hijo. Dame las palabras para que pueda mostrar a mis hermanos lo hermosa y pura que eres, y lo buena y suave que eres conmigo. Dales la luz que les permita enamorarse de ti como lo has hecho conmigo. Que puedan descubrirte como la más hermosa y pura Mujer que jamás existió, Inmaculada en cuerpo y alma, llena del Espíritu Santo
 
, plena de humildad y fortaleza, escudo que protege y consejo que ilumina. Mi hermosa María, luz de mi vida.
(
http://www.reinadelcielo.org
).

12/10/2011 20:54 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Bienaventuranzas de Maria.

Bienaventuranzas de María

BIENAVENTURADOS SI RESPONDEMOS A LA IDEA CREADORA DE DIOS

Bienaventurados nosotros si respondemos como ella con todo nuestro ser y en respuesta, va contenida una cooperación perfecta con la gracia de Dios que previene y socorre y una disponibilidad plena y generosa a la acción del Espíritu Santo que hace de nosotros una criatura nueva y abierta a la acción constante y maravillosa de nuestro padre y creador.

BIENAVENTURADOS SI ABIERTOS A SU PALABRA MANTENEMOS UN DIALOGO CONSTANTE CON ÉL

Bienaventurados nosotros si sabemos que creer es "abandonarse" en la verdad misma de la palabra de Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente cuán inescrutables son sus designios e inescrutables sus caminos. Se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en su proyecto eterno de amor.

BIENAVENTURADOS SI EN LAS PRUEBAS Y DIFICULTADES SABEMOS DECIR AMÉN

Bienaventurados nosotros si como Ella, que confió plenamente en Él, en medio de las pruebas y dificultades de la vida y supo decir cada día con más hondura y radical confianza: "Hágase en mí según tu palabra". Que seamos capaces de crecer y cultivar juntos en familia, en grupo, en comunidad, esa Palabra dicha para cada uno, aceptando, descubriendo, asumiendo en toda su profundidad ese beneplácito amoroso de Dios.

BIENAVENTURADOS SI NOS ADHERIMOS A CRISTO, CAMINO Y VERDAD DE NUESTRAS VIDAS

Bienaventurados nosotros si como Ella, llena de Gracia, que está permanentemente presente en el misterio de Cristo, pegada y adherida a Él en todo su peregrinar (terrestre y celeste) y al mismo tiempo, de modo discreto, pero directo y eficaz, haciendo presente a los hombres el misterio de Jesucristo doloroso, muerto y resucitado. Quien cree en Él no muere, vive para siempre.

BIENAVENTURADOS NOSOTROS SI UNIDOS AL ESPÍRITU HACEMOS IGLESIA

Bienaventurados nosotros si estrechamos nuestra unión y abiertos a la acción fecunda del Espíritu Santo, sabemos aguardar con ánimo abierto y esperanzado, la promesa de los dones del Espíritu para hacer brotar y renacer algo nuevo e inesperado, porque las riquezas del Espíritu son inagotables. Para Dios NADA hay imposible. "Dichosa tú que has creído, porque se hará lo que Él ha dicho".

BIENAVENTURADOS SI SOMOS LIBRES Y VIVIMOS EN LA VERDAD Y LA LUZ

Bienaventurados nosotros si abiertos totalmente a la luz de Dios y orientados hacia Él, por el empuje de la fe, vemos en María, al lado de su hijo, la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia Ella, Madre y Modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión expresado en el Magnificat.¡Eso engrandece!

BIENAVENTURADOS SI LA ACOGEMOS EN EL ESPACIO MÁS ÍNTIMO DE NUESTRO SER

Bienaventurados nosotros si como auténticos discípulos de Cristo, como Juan al pie de la Cruz, vivimos esta dimensión Mariana, mediante una entrega filial y confiada a la Madre de Dios, iniciada con el testamento del Redentor en el Calvario, "acogiéndola entre las cosas propias" e introduciéndola en todo el espacio de su vida interior, es decir, en su yo humano y cristiano. Vivir en Él.

BIENAVENTURADOS SI VEMOS EN ELLA EL MODELO DE UNA PERSONA PLENA Y REALIZADA

Cultivando los más altos sentimientos de que es capaz el corazón humano: la oblación total del amor, la fuerza que sabe resistir los más fuertes dolores, la fidelidad sin límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo. El verdadero sentido de la mujer que la Iglesia descubre a la luz de María. "Tú, que para asombro de la naturaleza humana, has dado el ser humano a tu Creador.
(P. Ignacio Prado).

12/10/2011 20:38 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Imitar a Maria.

IMITAR A MARÍA

 

- Una manera de amar a María, la más eficaz, que supone otros ejercicios previos, es la imitación de sus virtudes, con ella enraizamos en nuestra vida la auténtica devoción y la limpiamos de estériles sentimentalismos, convirtiendo en frutos de virtudes los deseos de amar.
En María han florecido todas las virtudes evangélicas, por eso el ejercicio de cualquier virtud supone un transplante en nuestra vida del amor de María hacia Dios, si nos fijamos directamente en María es por el ánimo que nos infunde la posibilidad de ejercitarla, al mismo tiempo que nos agrada el parecernos a nuestra Madre.
En la medida que crece en nosotros el amor a María crece el amor a Dios. Todo amor tiende a la perfección y ésta está en Dios, por eso el amor a María, que debe terminar en el amor a Dios, tiende a reproducir en nosotros las virtudes, las perfecciones, que encuentran en Dios la máxima expresión y en María la mejor reproducción.

- Ante el cúmulo de virtudes que sobresalen en la Virgen podemos seleccionar las disposiciones fundamentales en las que aquellas se cultivan. Juan Pablo II en una oración que le dirige nos marca a nosotros el camino a seguir, imitando a María, para conseguir tantas virtudes que en Ella florecieron:
"Tú creíste en su amor y obedeciste a su palabra. El Hijo de Dios te quiso como Madre suya, al hacerse hombre para salvar a la humanidad. Tú lo acogiste con solícita obediencia y corazón indiviso."


- La virtud es una faceta del amor a Dios y es el término de una correcta disposición, por eso nuestro amor a Dios, pasando por María, debe encontrar en la correcta disponibilidad que nos indica el Papa en la anterior oración:
Creer en el amor de Dios,
Obediencia a su palabra.
Lo segundo es consecuencia de lo primero. Si creemos en el amor de Dios, aceptamos lo esencial del ser divino, que San Juan claramente nos lo ha dicho: "Dios es Amor" (1Jn. 4, 8). Todo el obrar de Dios procede de su esencia, de ahí que si aceptamos que Dios todo lo hace por amor, lo lógico es que le obedezcamos, que nos pongamos a su entera disposición, ya que Dios busca siempre nuestro bien, como nos lo recuerda San Pablo: "Para el que ama a Dios, todo colabora para su bien" ( Rom. 8, 28 ).

- María se fió plenamente de la Palabra de Dios: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra" (Lc. 1, 38). El aceptar incondicionalmente lo que Dios le proponía, a pesar de tirar por tierra sus proyectos humanos, implícitamente admite que Dios la ama, que busca su bien, aunque a primera vista no lo entienda, era consciente de lo que San Pablo nos diría: ADiscernir la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo que es perfecto@ (Rom. 12, 2).

- El seguir la voluntad de Dios es la imitación de su perfección y la manera práctica de amarle. María así lo hizo en su vida y nos invita a que la imitemos, para que pasemos de la teoría a la práctica, del deseo a la realidad de amar a Dios.

- La actitud de una solícita obediencia a la voluntad divina conlleva lo que Juan Pablo II nos dice en la mencionada oración:
ATú lo acogiste con solícita obediencia y corazón indiviso.

- No podemos negar que el aceptar a Dios como Amor Supremo, nos exige el estar en continua sintonía con la voluntad divina y ponernos totalmente a su entera y constante disposición, sin fisuras en nuestro corazón, pues, el seguimiento de la voluntad de Dios nos ocupará toda nuestra actividad humana con el deseo de acomodarnos a lo que Dios quiere. María nos ayudará con su ejemplo de fidelidad a que nosotros no le demos a Dios el corazón partido, sino todo y en exclusiva.

- Decía Juan Pablo II en el Santuario de Nuestra Señora del Rocío (14-6-93): "La verdadera devoción a la Virgen os llevará a la imitación de sus virtudes. A través de Ella y por su mediación, descubriréis a Jesucristo, su Hijo, Dios y Hombre verdadero, que es el único mediador entre Dios y los hombres".
(P. Tomás Carbajo).

12/10/2011 00:50 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Volver los ojos a la Inmaculada Virgen Maria.

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Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net
Volver los ojos a la Inmaculada Virgen María
¡Virgen María! el bien que encierras en tu Corazón Inmaculado es mucho mayor que el mal del enemigo.
 
 
Volver los ojos a la Inmaculada Virgen María
Nos gusta mucho mirar los males que padece nuestro mundo, la sociedad que nos rodea. Y no es porque seamos pesimistas, o porque tengamos manías autodestructivas o masoquistas, como se dice, ¡no!... Si miramos nosotros el mal, es porque queremos oponerle el bien.

Tenemos el optimismo debido, sabiendo que los males se pueden remediar cuando nosotros les aplicamos los medios oportunos. Es lo que hacemos en nuestros mensajes siempre que sacamos a relucir algunos males: es porque sabemos que aplicamos a la enfermedad la medicina apropiada.

Hoy, por ejemplo, me gustaría tender de nuevo una mirada al mundo nuestro. El que ha perdido el sentido del pecado, el de las guerras, el de la droga, el del sexo desbordado, el del tráfico de la mujer y de los menores para la prostitución, el del materialismo, el de la rebeldía juvenil, el del infanticidio con el aborto despiadado, el del paganismo galopante... ¿De veras que no tiene remedio tanto mal?...


Digo esto, porque se me ocurre una anécdota muy interesante:

A mitades del siglo diecinueve, el Papa Pío IX estaba muy preocupado por los males que aquejaban al mundo. Le obsesionaba, sobre todo, el avance del Racionalismo que amenazaba gravemente el por-venir de la Iglesia. El Papa meditaba, exponía sus temores, consultaba. Y un Cardenal, famoso en la Roma de entonces por el montón de lenguas que hablaba, le decía repetidamente al Papa:

- Santidad, defina el dogma de la Inmaculada Concepción.

El insigne Cardenal sabía lo que se decía. Venía a decirle al Papa:

- Proponga al mundo, Santo Padre, un ideal muy alto de santidad, de belleza y de pureza.

El Papa le hizo caso y definió el dogma de la Inmaculada.


El Cielo, con las apariciones de Lourdes cuatro años después, vino a ratificar el gesto del Vicario de Jesucristo.

El Racionalismo encontró una roca de contención en su avance. Y la piedad cristiana se acrecentó enormemente con la devoción a la Virgen Inmaculada.

Ahora nos podemos preguntar nosotros. - ¿Nos encontramos hoy mejor o peor que en los tiempos del Papa Pío IX? ¿Tenemos o no tenemos derecho a estar preocupados? ¿Nos importa o no nos importa que muchos deserten de su fe; que se acomoden a un mundo cada vez más secularizado; que acepten prácticas totalmente paganas; que se rebelen contra la Iglesia y su Autoridad; en una palabra, que se vayan alejando cada vez más de Dios?...
Nos preocupa esto, y mucho, a los que nos llamamos cristianos y católicos, porque sabemos el riesgo que muchas almas corren de perderse.

Pero, al mismo tiempo, ¿no sabremos oponernos eficazmente para detener el mal y promover el bien?... ¿No podremos hoy volver también los ojos a la Inmaculada Virgen María?...

Si vivimos nosotros el amor, la invocación, la imitación de la Virgen, y si lo hacemos vivir a los demás, promoviendo su devoción, ¿no pondríamos el remedio de los remedios a muchos de los males que nos rodean?
La salvación nos vendrá siempre de Dios por Jesucristo. Pero, es que Jesucristo y Dios han tenido la elegancia con su Madre de confiarle a Ella los problemas más grandes de la Iglesia.

Además, nos la han propuesto como el modelo y el ejemplar de lo que Dios quiere de nosotros. ¿Qué ocurriría entonces, si amamos a la Virgen y la hacemos amar?...

¿Mirar a la Inmaculada, triunfadora del demonio en el primer instante de su Concepción, y dejarle al Maligno que avance por el mundo, destruyendo el Reino de Dios?... Imposible.

¿Mirar a María, ideal de pureza sin mancha alguna, y seguir sus hijos como víctimas vencidas de la impureza?... Imposible.

¿Mirar a María, la Mujer elevada a la máxima altura de Dios, honor y orgullo de la Humanidad, y no respetar, defender, promover y amar a la mujer como lo hacemos con María?... Imposible.

¿Mirar a María e invocarla, para que ayude hoy a la Iglesia, como la ayudó en los momentos difíciles de otros tiempos, y que Ella nos abandone a nuestra pobre suerte?... Imposible.

Todas esas cosas son imposibles porque María tiene un Corazón de Madre. Y es imposible que la Madre permanezca indiferente a los males de sus hijos.

Ciertamente que habremos de contar siempre con la malicia humana, guiada por el enemigo que desde el paraíso nos persigue a muerte para evitar nuestra salvación, llevado del odio que le tiene a Dios y la envidia con que nos mira a los redimidos. Dios previno esta lucha entre el dragón y la Mujer, pero la victoria definitiva se la asignó a la Mujer y no al dragón. María, Mujer delicada y Madre tierna, se presenta al mismo tiempo en la Biblia como una guerrera invencible en las batallas de Dios.

¡Virgen María! El mal del mundo es muy grande. Pero el bien que encierras en tu Corazón Inmaculado es mucho mayor. La Iglesia, Pueblo y Familia de Dios, te invoca confiada. ¿Quién va a poder más, el enemigo o Tú?....

09/10/2011 23:26 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria, la Virgen toda hermosa.

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Autor: P. Marcelino de Andrés | Fuente: El Paraíso de Nazaret
María, la Virgen toda hermosa
María era y es preciosa. Sí, por dentro, pero también por fuera.
 
 
María, la Virgen toda hermosa

María era y es preciosa. Sí, por dentro, pero también por fuera (recalco esto último). Tenía que serlo. Lo demuestro con un simple silogismo. A Dios corresponden todas las perfecciones en grado sumo. Tener buen gusto estético es una perfección. Por lo tanto, Dios es el que tiene buen gusto en grado sumo. Y siendo así ¿cómo no iba a poner en juego esa cualidad a la hora de escoger nada menos que a su misma Madre? San Bernardo tiene al respecto una expresión muy acertada: “El Creador del hombre, al hacerse hombre, naciendo en la raza humana, debió elegir, o mejor dicho, formar para sí entre todas, una madre tal que fuese digna de Él y de su pleno agrado”.

Casi siempre, al reflexionar sobre la hermosura de María, nos quedamos en la consideración de sus virtudes humanas o espirituales. Y no está mal, desde luego. Pero muy pocas veces ponderamos su belleza física. Si es verdad que Dios, cuando pensó y creó a María, lo hizo adornándola de las más excelsas virtudes en lo humano y en lo espiritual, también lo es que no pudo olvidarse de poner en Ella las más apropiadas cualidades corporales.

María era y es guapa, muy guapa. Y no tiene que darnos pena ni corte decirlo y decírselo a Ella también con frecuencia (aunque le saquemos los colores allá en el cielo...). Y si se sonroja, podemos preguntarle con el poeta Diego Cortés: “¿Por qué va cubriendo / tu frente el rubor, / si más pura eres / y hermosa que el sol?”

San Antonio, en su Itinerarium, hace la observación, confirmada por muchos, de que las mujeres de Nazaret, altas, morenas, bien proporcionadas, son, aún hoy día, las mujeres más bellas de oriente. Y él lo atribuye a un privilegio alcanzado para ellas por la Virgen María. Nosotros sabemos que fue más bien predestinación del Señor que quiso prepararse como Madre a la más bella de las hijas de Israel.

María, la toda hermosa, la enteramente hermosa. Nada feo había en Ella. Nada. Ni en su alma ni en su cuerpo. Por lo menos a los ojos de Dios. El mismo arcángel Gabriel lo dijo claramente en su anuncio: “has hallado gracia delante de Dios”; es decir, le has encantado a Dios, le has cautivado con la belleza que Él puso en ti. El mismo Diego Cortés lo expresaba así: “Placer inefable / al punto que vio / tu rostro gracioso / el cielo gozó”. Y no somos quién ninguno de nosotros para contradecir los gustos de Dios en algo tan delicado como el aspecto interior y exterior de su misma Madre...

Una mujer humilde, pobre, silenciosa, pura, alegre, creyente, trabajadora, hecha al dolor y rebosante de amor. Pequeñas pinceladas pero que ya de por sí dejan entrever, como en bosquejo, una espléndida obra de arte. ¡Qué magnífica mujer! “María inigualable, hermosa sin mancha, porque es toda hermosa”, decía San Ambrosio.

La hermosura de María no puede agotarse en un libro, ni en un cuadro, ni en una escultura por geniales que sean sus autores. Es un dechado de belleza que excede la pluma más cultivada, el pincel más delicado o el más diestro cincel. No es obra humana (aunque Ella tuvo su buena parte en el cultivo de algunas de sus virtudes), sino en mucho directamente divina. En palabras de San Luis M. Grignion de Montfort: “María es el paraíso de Dios, su mundo inefable... Dios ha creado un mundo para sí mismo y lo ha llamado María”.

Sólo Dios pudo llenar un alma de gracia con la plenitud con la que llenó a María. Sólo Él pudo preservarla inmaculada desde su concepción. Y lo hizo sólo con Ella. Predilección sin parangón de parte de Dios para con Ella. Hermosura sin par la de María. Ella es, con expresiones de Pablo VI, “el espejo nítido y sagrado de la infinita Belleza, la semblanza divina en rostro humano, la Belleza invisible en figura corpórea”.

Podemos presumir, y con toda razón, de la Madre que tenemos en el cielo. No es para menos. Hemos de sentirnos orgullosos de ser hijos de una madre tal. No deberíamos cansarnos de contemplarla y admirarla; su belleza es inagotable. No deberíamos cesar de cantar sus glorias y cubrirla de piropos. Hemos de proclamarla siempre dichosa, alegrándonos con Ella por las maravillas que Dios obró en su favor.

Con una Madre así, no es poca nuestra responsabilidad de ser sus buenos hijos. Es todo un reto el parecernos a Ella imitando las virtudes que ornamentaron su vida. Sería estupendo que se pudiera decir de cada uno de nosotros: este ha salido a su madre... Porque es humilde, sencillo, pobre, sacrificado, discreto, puro, alegre, creyente y rebosante de amor hecho obras como lo fue Ella.
(
http://es.catholic.net
).

08/10/2011 23:52 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria, eres mi madre y mi maestra.

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Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
María, eres mi madre y mi maestra
Es María Santísima quien me abre la puerta del Corazón de Jesús, quien me enseña a amarlo.
 
 
María, eres mi madre y mi maestra


¡Oh, María, no sólo eres mi madre, sino también mi maestra, y quiero ser una obra maestra en tus manos! Alfarera divina, estoy ante ti como un cantarillo roto, pero con mi mismo barro puedes hacer otro a tu gusto. ¡Hazlo! Toma mi barro, el barro de mis dificultades, de mis problemas, de mis defectos, de mis pecados. Toma ese barro, ese barro que se ha deshecho tantas veces por obra de Satanás, del mundo, de las tentaciones, de la carne, y construye otro cantarillo nuevo, mejor que el del principio. Quiero ser santo en tu escuela, María; quiero ser un gran sacerdote en tu escuela, quiero ser un gran apóstol en tu escuela, María de Nazaret.

Quiero, en la escuela de María de Nazaret, aprender el arte de vivir. Maestra, sobre todo, del amor a Jesús. Si en algo ella ha sido maestra, ha sido en el amor. Por eso, si es el amor el que nos va a salvar, el único que nos va a salvar, nos importa ir a esa escuela donde hay una maestra sublime, excelsa, en el arte, precisamente, de amar. Ninguna criatura ha amado tanto, y tan bien como María, a Dios. Ninguna criatura ha amado y ama a los hombres como Ella, porque es su Madre. Por tanto, Ella es la persona que mejor nos puede enseñar a nosotros a amar.

Se es fiel, sólo por amor. Se es auténticamente feliz, sólo en el amor. Se es idéntico, sólo amando. Si esto es verdad, la gran fuerza, la única fuerza, capaz de arrancarnos de nuestro egoísmo y lanzarnos hacia Dios y hacia nuestros hermanos, es el amor. Pues bien, María de Nazaret tiene una escuela de amor. Es una maestra insigne, y a nosotros, sus hijos predilectos, nadie mejor que Ella nos puede enseñar el amor.

María, se ha dicho, es el camino más corto y más hermoso para llegar a Jesús. El camino más fácil para conocer al Hijo es el corazón de su Madre. Yo tendré un santo orgullo en decir que fue María Santísima quien me abrió la puerta del Corazón de Jesús. Quien me enseñó a amarlo.

Decía San Pablo, también, "¿Quién me arrancará del amor a Cristo?" Yo quiero decir lo mismo, pero añadir también estas palabras: “¿Quién me arrancará del amor a mi Madre?.” Un santo decía:” "Creo en mi nada unida a Cristo". Yo también quiero decirlo: “Creo en mi nada unida a Cristo.” Pero también quiero decir: "creo en mi nada unida a María Santísima".

08/10/2011 23:51 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Reina y Madre de sus queridos hijos.

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Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
Reina y Madre de sus queridos hijos
Llévanos al cielo María, haznos vivir en la tierra como quienes están de paso hacia la felicidad eterna.
 
 
Reina y Madre de sus queridos hijos


Acto preparatorio:

Para dar novedad a la meditación voy a escribir una carta destinada a la Virgen María en el cielo. Una forma muy sencilla y profunda de manifestar el aprecio y cariño a una persona es a través de una carta. Lo importante no es mi carta sino la que tú escribas a María desde el fondo de tu corazón.

Objetivo que deseas lograr:

Aumentar muchísimo más mi amor y confianza en María Santísima y suscitar en mí un intenso deseo de imitarla. Entregarle mi vida, mi misión en la vida para que Ella logre un final feliz en la tierra y sobre todo en el cielo.

Petición:

Tú sí eres la Reina Madre de todos. Por eso asistir a tu coronación es asistir al triunfo de la Mujer más maravillosa, de la Reina más Santa , de la Madre más dulce que haya pisado la tierra. Concédeme ser un hijo digno de tal Madre, un súbdito leal a su Reina y un hombre o mujer semejante a ti.

Lectura: Ap. 12,1

“Una gran señal apareció en el cielo, una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”...

1. Querida y respetable señora, queridísima madre:

Sé que estoy escribiendo a la mujer más maravillosa del mundo.
Y esto me hace temblar de regocijo, de amor y de respeto.
Cuántas mujeres en el mundo, queriendo parecerse a ti,
llevan con orgullo santo el dulce nombre de María.
Cuantas iglesias dedicadas a tu nombre.

Tú eres toda amor, amor total a Dios
y amor misericordiosísimo a los hombres, tus pobres hijos.
Eres el lado misericordioso y tierno
del amor de Dios a los hombres,
como si tu fueses la especie sacramental
a través de la cual Dios se revela y se da
como ternura, amor y misericordia.

2. Estoy escribiendo una carta a la Madre de Dios:

Esa es tu grandeza incomparable.
Eres la gota de rocío que engendra a la nube
de la que Tú procedes.

Me mereces un respeto total, al considerar
que la sangre que tu hijo derramó en el Calvario
es la sangre de una mártir, es tu propia sangre;
porque Dios, tu hijo, lleva en sus venas tu sangre, María.

Pero el respeto que me mereces como Madre de Dios
se transforma en ímpetu de amor, al saber que eres mi madre|
desde Belén, desde el Calvario, y para siempre.
Y por eso después de Dios me quieres como nadie.
Yo sé que todos los amores juntos de la tierra
no igualan al que Tú tienes por mí.
Si esto es verdad, no puedo resistir la alegría tremenda
que siento dentro de mi corazón.

Pero ese amor es algo muy especial,
porque soy otro Jesús en el mundo, alter Christus.
Tú lo supiste esto antes que ningún teólogo,
desde el principio de la redención.
No puedo creer que me mires con mucho respeto.

Para ti un sacerdote es algo sagrado.
Agradezco a tu Hijo, al Niño aquél, maravilla del mundo,
que todavía contemplo reclinado en tus brazos,
su sonrisa, su caricia y su abrazo
que quedaron impresos a fuego en mi corazón para siempre.

Oh bendito Niño que nos vino a salvar.
Oh bendita Madre que nos lo trajiste.

Contigo nos han venido todas las gracias,
por voluntad de ese Niño.
Todo lo bueno y hermoso que me ha hecho,
me hace y me hará feliz, tendrá que ver contigo.
Por eso te llamamos con uno de los nombres más entrañables:
causa de nuestra alegría.

He sabido que tu Hijo dijo un día:
“Alegraos más bien de que vuestros nombres
estén escritos en el cielo”
Sí. Escritos en el cielo por tu mano, Madre amorosísima.
Cuando dijiste sí a Dios,
escribiste nuestros nombres en la lista de los redimidos.
Y esta alegría nos acompaña siempre,
porque Tú también como Jesús estás y estarás con nosotros todos los días de nuestra vida.
¡Qué hermosa es la vida contigo, junto a ti,
escuchándote, contemplando tus ojos dulcísimos
y tu sonrisa infinita!
También como a Dios, yo te quiero con todo mi corazón,
con toda mi alma y con todas mis fuerzas.

3. Sigo escribiendo mi carta a la que es puerta del cielo.

¡Cómo he soñado desde aquel día,
en que experimenté el cielo en aquella cueva,
en vivir eternamente en ese paraíso!
Junto a Dios y junto a ti, porque eso es el cielo.
La puerta de la felicidad eterna, sin fin,
tiene una llave que se llama María.
Cuando anhelo ese momento
en que tu mano purísima
me abra esa puerta del cielo eterno y feliz

Oh Madre amantísima, eres digna de todo mi amor,
por lo buena que eres,
por lo santa, santísima que eres,
la Inmaculada, la llena de gracia,
por ser mi Madre,
por lo que te debo: una deuda infinita,
porque, después de Dios, nadie me quiere tanto,
por tu encantadora sencillez.

Yo sé, Madre mía, que, después de ver a Dios,
el éxtasis más sublime del cielo será mirarte a los ojos
y escuchar que me dices: Hijo mío,
y sorprenderme a mí mismo diciendo:
Madre bendita, te quiero por toda la eternidad.

4. Oh Virgen clementísima, Madre del hijo pródigo

-Yo soy el hijo pródigo de la parábola de tu hijo-
que aprendiste de Jesús el inefable oficio de curar heridas,
consolar las penas, enjuagar las lágrimas,
suavizar todo, perdonar todo.
Perdóname todo y para siempre, oh Madre.

Bellísima reina, Madre del amor hermoso, toda hermosa eres, María.
Eres la delicia de Dios, eres la flor más bella
que ha producido la tierra.
Tu nombre es dulzura, es miel de colmena.
Dios te hizo en molde de diamantes y rubíes
y después de crearte, rompió el molde.
Le saliste hermosísima, adornada de todas las virtudes,
con sonrisa celestial...
Y cuando Él moría en la cruz, nos la regaló.
Por eso, Tú eres toda de Jesús por derecho,
y toda de nosotros por regalo.

Todo tuyo y para siempre,

Conclusión:

Asistimos hoy al desamparo de muchas madres que sufren antes de crear hijos, que siguen sufriendo al engendrarlos, y sufren mucho más al tener que educarlos, por no mencionar a las madres que suprimen a algún hijo. Todas tienen una Abogada en el cielo, que les ayuda misericordiosamente por ser ella también mujer y madre. Todas las que deseen saber cómo es, cómo ama y cómo se realiza una mujer deben mirar al cielo y contemplar a su celestial patrona e intercesora, la redentora de la mujer, de su maternidad, de su amor y de su felicidad en la tierra y en el cielo.

Oración:

El cielo es tu sitio, Virgen María. Y el cielo es también el sitio para tus hijos. No permitas que los hijos de una madre que vivió y murió de amor, vivan y mueran de hastío. Llévanos al cielo. Haznos vivir en la tierra como quienes están de paso hacia la felicidad eterna. Que dejemos pasar lo pasajero y nos aferremos a lo eterno. Amén.

Cuestionario:

1. ¿Es María Santísima para mí la más poderosa de las reinas y la más amorosa de las madres?.

29/09/2011 22:50 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Nacer de la Virgen Maria.

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Autor: Ágora marianista | Fuente: Catholic.net
Nacer de la Virgen María
María, con un amor inimaginable, nos lleva siempre como hijos pequeños, formando nuestra vida con la suya. 
 
 

Una persona realmente cristiana no puede ni debe vivir más que de la vida de Nuestro Señor Jesucristo.

Esta vida divina debe ser el principio de todos sus pensamientos, de todas sus palabras y de todas sus acciones.

Jesucristo fue concebido en el seno de María por obra del Espíritu Santo. Jesucristo nació del seno virginal de María. Concebido por obra del Espíritu Santo, nacido de María Virgen.
El bautismo y la fe hacen que empiece en nosotros la vida de Jesucristo. Por eso, somos como concebidos por obra del Espíritu Santo. Pero debemos, como el Salvador, nacer de la Virgen María.

Jesucristo quiso formarse a nuestra semejanza en el seno virginal de María. También nosotros debemos formarnos a semejanza de Jesucristo en el seno de María, conformar nuestra conducta con su conducta, nuestras inclinaciones con sus inclinaciones, nuestra vida con su vida.

María, con un amor inimaginable, nos lleva siempre en sus castas entrañas como hijos pequeños, hasta tanto que, habiendo formado en nosotros los primeros rasgos de su hijo, nos dé a luz como a Él. María nos repite incesantemente estas hermosas palabras de san Pablo: Hijitos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo se forme en vosotros (Gál 4,19). Hijitos míos, que yo quisiera dar a luz cuando Jesucristo se haya formado perfectamente en vosotros.

24/09/2011 15:53 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

¡Gracias, por haber dicho que si!

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Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
¡Gracias, por haber dicho que sí!
Yo me uno a ese coro de voces que le dan las gracias a María.
 
 
¡Gracias, por haber dicho que sí!
Eres la misma que habías renunciado a ser madre: del Mesías y de otros posibles hijos, porque Dios te pidió ser virgen. Pero Él hizo que pudieras seguir siendo virgen y que al mismo tiempo fueras madre de Cristo y madre de todos los hombres.

Dios es un ladrón muy singular. Algunos roban y no devuelven. Son la mayoría. Algún ladrón, arrepentido, devuelve lo que ha robado o parte de lo que ha robado. Pero Dios devuelve lo que robó multiplicado al ciento por uno. En ese sentido yo quisiera que Dios me robara todo para aumentarlo al cien por cien.

¡Gracias, por haber dicho que sí!

Un día llamaron a la puerta de una casita de Nazareth. La niña abrió la puerta y escuchó al mensajero que le pedía de parte de Dios: Se solicita una madre para el redentor de los hombres. ¿Aceptas ser su madre?...

Todos los hombres de todos los tiempos, encadenados, infelices, destinados al castigo eterno, rodeaban la casita de Nazareth. Gritaban angustiosamente a la niña inocente y asustada: Di que sí, dilo pronto, y estaremos salvados... La respuesta fue tan sencilla como firme: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.”

Hoy todos los hombres decimos a aquella mujer: ¡Gracias, madre, por haber dicho que sí.”

Yo me uno a ese coro de voces que le dan las gracias. Santa María es el nombre de aquella maravillosa Niña que nos fue quitando las cadenas de las manos y las cadenas del cuello; la que nos ha abierto a cada uno las puertas de la gloria, hasta el punto de ser invocada como “Puerta del cielo”. Hay que decirle con el corazón: ¡Gracias, Madre, por haber dicho que sí!

Pasó por el susto, la sorpresa y la alegría del llamado como tú. Dijo sí con unas palabras hermosas que eran su fórmula de consagración: “He aquí la esclava del Señor...” En esas palabras había entrega total, confianza plena, amor muy hondo...¿cómo tú?

Alma que alimentaba el amor y vivía del amor en su vida.

Una lámpara en que reponía el aceite, una hoguera en que renovaba la leña para alimentar la llama. El aceite era la oración rica, jugosa, apasionante...¿cómo tú?

Y el sacrificio por amor la leña de la hoguera. Todas las cosas que hacía llevaban un sello: Amor a Dios. Todo era razón y motivo para amar: una escoba, un puchero, un cántaro.¿Para ti también?

Vivía de amor; era su respiración, su vida, su sentido. Sin el amor a Dios, a su hijo, a san José, a las almas, su vida no era nada... ¿cómo tú?

Y María era feliz en medio del dolor, del trabajo, de la sencillez de su vida. ¿Cómo tú?

Alma que de su consagración hizo su vida, su por qué, su alegría.

Demostró que una vida entregada a Dios por amor es una vida hermosísima, muy valiosa, muy rica, digna de imitarse. Tú eres uno de esos imitadores, imitadoras... Tienes que seguir demostrándote a ti y al mundo que tu vida dedicada a Dios y a los hombres es muy hermosa, valiosísima, riquísima, digna de vivirse e imitarse.

Petición: Oh María, que supiste dar un sí a Dios como ninguna criatura, enséñame a decir sí a Dios todos los días de manera semejante a como tú lo hiciste.

20/09/2011 18:54 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria es una peregrina en la fe.

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Autor: P Fintan Kelly | Fuente: Catholic.net
María es una peregrina en la fe
Cuando uno hace un viaje le gusta tener una idea clara de todo el itinerario. A nadie le gusta aventurarse para ver que sale. 
 
 

Un viajero del tiempo de Jesús que visitaba las pirámides no las encontraba en mejores condiciones que lo hace un turista moderno, pues las pirámides fueron las reliquias de dinastías 3.000 años anteriores a Cristo. No es muy probable que María y José ni siquiera las hayan visto, pues seguramente huyeron a Alejandría donde ya había una gran comunidad judía desde hacía años.

Parece ser que Dios Padre no quería que María echara raíces en ninguna parte. Le hubiera haber gustado dar a luz en Nazaret donde estaba su familia y la de José, pero la Providencia quería que fuese en Belén. Parece ser que consiguieron una casa en Belén porque los Magos “entraron en la casa.” Además Herodes iba a mandar matar a todos los niños de 2 años para abajo, lo que nos da a entender que ya habían pasado 1 o 2 años en Belén. Pronto tendrían que trasladarse a otro sitio. María es una peregrina en la fe al estilo de Abraham que iba a donde Dios le iba indicando.

Cuando uno hace un viaje le gusta tener una idea clara de todo el itinerario. A nadie le gusta aventurarse para ver “que sale.” María se convierte de repente en una refugiada en tierra extranjera. Dijimos antes que ella se identificaba totalmente con su pueblo, el pueblo de Dios. El tener que ir a Egipto tenía su elemento de humillación porque era precisamente del Egipto que Dios había librado a su pueblo.

La Virgen de Nazaret llevaba una espada clavada en su corazón: el recuerdo de la matanza de los bebés de sus amigas en Belén. Como en todos los pueblos pequeños todo el mundo se conoce y especialmente las mamás más jóvenes. Conocía muy bien a todos los recién nacidos. María llevaba en su mente las imágenes de unos 20 ó 30 niños pasados a cuchillo por los soldados herodianos.

El sentir que uno es responsable del sufrimiento ajeno es un dolor muy grande. Pensemos en un chofer de camión que causa un accidente y mata a muchas personas. María de alguna manera se siente la causa de la muerte de los bebés de sus amigas porque murieron por razón de la envidia del rey hacia su Hijo. Su sufrimiento moral seguramente fue inmenso y le quitó muchas noches de sueño. De nuevo ella se refugiaba en la bondad de Dios que no deja de hacerse solidario con el hombre.

17/09/2011 23:59 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

¿Cuales son mis actitudes frente a Maria?

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Autor: P Mariano de Blas | Fuente: Catholic.net
¿Cuáles son mis actitudes frente a María?
Si quiero muchísimo a la Santísima Virgen, tengo que querer muchísimo a Jesús.
 
 
¿Cuáles son mis actitudes frente a María?


¿Qué actitudes debo de tomar de frente a la Santísima Virgen?

En primer lugar, gloriarme en Ella como me glorío en Cristo. Decía San Pablo que Cristo en la cruz es el culmen de todo: “Líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de Jesucristo”.

También podemos decir de modo semejante ¿cuál es tu gloria más grande, oh, Niña Eterna? Tu imagen más maravillosa con tu hijo muerto en tus brazos aquel Viernes Santo, Santísimo. Yo también digo: "Líbreme Dios de gloriarme si no es en María Santísima, con su hijo muerto en los brazos, aquel Viernes Santo”.

Si quiero muchísimo a la Santísima Virgen, tengo que querer muchísimo a Jesús, a quien llevó en sus brazos de niño, al que tuvo muerto sobre sus rodillas, al que Ella ama más que a sí misma. Por eso, no hay peligro en amar mucho a la Santísima Virgen y que esto pueda ir en perjuicio del amor a Jesucristo. Todo lo contrario: Ella es un camino hacia Cristo, ella lo sabe, ella lo quiere, para ella es su máxima gloria: llevarnos a Cristo. Y, por eso, uno que se empeña en amar a María, acabará amando a Jesús, por necesidad.

Segundo, ser un niño. Si yo tuviera alma de niño me llevaría mil veces mejor con Cristo, con mi madre y con los hombres, y, aún, conmigo mismo. Cuanto más sencillo sea con la Santísima Virgen más nos vamos a entender. A veces le he preguntado, le he pedido que me dé un conocimiento y un amor muy grande hacia Jesús. La respuesta que me dio fue tan sencilla, que tardé mucho tiempo en saber que venía de Ella. Yo me esperaba una respuesta grandiosa, solemne. La respuesta fue ésta: "Sé como un niño y ten una fe viva y operante". Es decir, si te dicen que Él es Dios, créelo; si te dicen que murió crucificado por ti, créelo; si te dicen que está en la Eucaristía por amor a ti, acéptalo y créelo como un niño, con fe viva y operante.

Si la Santísima Virgen me dice que sea un niño con Jesús, ¿qué tengo que ser con Ella? Un niño eterno. En el orden espiritual soy como un niño, no soy más que eso. Por tanto, comportarme con María como un niño impotente, inexperto, pero confiado.

Tercero, amar y confiar. “ ¡Oh, Madre, somos otros niños Jesús que corren a tu encuentro, que quieren amarte como Él y ser amados por ti! ¡Oh, María, yo te quiero decir, hoy y siempre: tú eres mi victoria, tú eres mi paz, mi seguridad! “ Y esto lo debe de decir cada sacerdote, cada cristiano, si de veras quiere a María como madre.

Resucitar es sentir la alegría del triunfo de Cristo en mi corazón. “Jesucristo, Tú eres mi victoria.” Pero, también sentir el triunfo de María Santísima en su Asunción. “ ¡Madre bendita, tú también eres mi victoria! Y así como me alegro del triunfo de Cristo resucitado, me alegro del triunfo tuyo, Madre mía, en tu Asunción al cielo. Es también mi triunfo, porque es el triunfo de mi madre. Cuando un hijo tuyo te toma en serio, todas las cosas se vuelven posibles.” Esas cosas que uno piensa a veces: ¿podré? ¿Me curaré, algún día, de esa enfermedad? ¿Podré superar esa tentación alguna vez? ¿Podré lograr esas metas apostólicas?

Esas cosas que uno considera imposibles, o muy difíciles, se hacen posibles cuando se toma en serio, en serio, a María Santísima. Por ejemplo, vencer todas las tentaciones, conquistar las metas difíciles y, sobre todo, llegar al cielo.

Quiero arriesgarme del todo con la mujer más maravillosa del mundo, la madre más tierna, la reina más poderosa: María. Es una gran diferencia tener una madre como tú, una gran diferencia. A veces se nos ve a los cristianos tristes, desorientados, desanimados, como niños huérfanos. ¿Dónde está tu madre? ¿Quién es? ¿Cómo se llama? Cuando estoy enojado, desanimado o impaciente, al mirar tu rostro, al contemplar tus ojos, al mirar tu sonrisa, se me va el enojo, el desaliento y la impaciencia, Madre.

Y cuanto más incapaz me sienta por falta de cualidades, de tiempo y experiencia, más me debo lanzar. Eso es fe y confianza y amor. Lo otro es la vanidad de siempre, el mirarme a mí, y a mi barca y a mis redes, y no a Cristo Omnipotente y a María, omnipotencia suplicante. La diferencia de Pedro. Primero dijo: "Toda la noche he tirado mis redes y no he sacado ni un pez". Lo segundo: "En tu nombre echaré las redes". Las redes llenas de peces: ésa es la diferencia. Y no crean que Jesús se enoja porque uno tira las redes, también, en nombre de María Santísima. Jesús sonreirá de gusto, de emoción, al ver que no sólo confiamos en Él y tiramos las redes en su nombre, sino que también confiamos en María, su madre y la nuestra, y en su nombre, en el nombre de Ella, echamos también nuestras redes. En nombre de María también se llenarán nuestras redes de peces. No te quiero perder, madre mía. El día que te pierda, estaré perdido. Ese día sí estaré perdido.

Y cuando se juntan muchos contratiempos -que eso nos suele suceder en nuestra vida- podemos recordarnos a nosotros mismos, o recordar a otros, quién es la causa de nuestra alegría. Si realmente creemos en esto que decimos diariamente en las letanías del rosario, debería siempre asomarse a nuestro rostro una sonrisa eterna, una paz permanente, una fortaleza continua, aún en medio del dolor y del sufrimiento. ¡Oh, María, tú eres mi salvación! ¡Contigo sí me atrevo! ¡Contigo sí puedo! ¡Contigo voy al fin del mundo! Esto lo tenemos que decir, lo tenemos que gritar, a todos aquellos enemigos que nos desafían: llámese mundo, llámese demonio, llámese la carne; que nos desafían a que no llegaremos a santos, y no llegaremos a realizar grandes cosas en el apostolado. Hay que profundizar la confianza en Ella hasta sentir en las venas, en el cuerpo, en el alma toda, una seguridad y un valor absolutos. Yo sé que una Mujer me llevará al cielo, me obtendrá la gracia de la santidad, el valor de los mártires, el celo de los apóstoles.

Como San Pablo, yo también, y tú, podemos decir: "todo lo puedo en Cristo, que me conforta". Pero también podemos y debemos decir: "todo lo puedo en María, que me fortalece". Si tengo a María Santísima, si tengo a Cristo, y creo que me aman muchísimo y lo pueden todo, no debo temer, andar asustado, inquieto, derrumbado: jamás.

Se ha hablado de que el sacerdote ha perdido su identidad. Su identidad es ser otro Cristo en la tierra. ¿Ustedes creen que a María Santísima se le puede olvidar el rostro de su Hijo? ¿Ustedes creen que María Santísima ha perdido, o desconoce, la identidad del sacerdote, cuando ve en él la imagen, el rostro, de su propio hijo? ¿Quién nos ha dicho que el sacerdote ha perdido su identidad? Si la lleva impresa en su alma a fuego.

¿Se puede o no se puede con María? ¿Se puede o no se puede en la Iglesia resolver los grandes problemas, las grandes reformas? ¿Se puede o no se puede con María? Se pudo al inicio, porque Ella puso a rezar a la Iglesia. Ella obtuvo la venida del Espíritu Santo que transformó a aquellos hombres de cobardes en valientes, de tímidos en leones, de hombres incapaces -humanamente hablando- en apóstoles que lograron realmente la conversión de aquel mundo pagano. Hoy, la Iglesia también puede si toma en serio a María Santísima. Ella es, por providencia de Dios, la que volverá a pisar, a aplastar, la cabeza de Satanás que se ha metido dentro de la misma Iglesia.

Por eso, si hoy queremos triunfar, individualmente como cristianos, como sacerdotes, y conjuntamente como Iglesia, tenemos que tomar muy en serio en nuestra vida, en nuestra oración, en nuestro apostolado, a quien aplastó la cabeza de la serpiente: a María Santísima.

15/09/2011 23:17 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria, Senora de Misericordia.

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Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
María, Señora de Misericordia
La llamaron de la Merced por haber usado de la máxima caridad con sus hijos más necesitados. 
 
 

Ha caído en mis manos una pequeña historia de la Merced, y me hace ilusión dedicar este mensaje de hoy a la Virgen de la Merced, un nombre y una advocación tan bellos de María, la que se apareció a San Pedro Nolasco, la que sostuvo a San Ramón Nonato y liberó a tantos cautivos. La llamaron de la Merced por haber usado de la máxima caridad con sus hijos más necesitados.

Hay que trasladarse a la Europa de principios del siglo doce. El mar Mediterráneo estaba infestado de corsarios turcos y sarracenos, musulmanes fanáticos que asaltaban las embarcaciones, descendían en las costas, arrasaban casas y pueblos enteros, robaban, asesinaban, y, lo peor de todo, se llevaban cristianos al norte de Africa para venderlos como esclavos y hacerles apostatar de la fe. Ante la impotencia de las naciones cristianas, será la Virgen María, --la de siempre, la que es el Auxilio de los Cristianos--, quien intervenga, con mano suave, pero firme, y con corazón de Madre.

A un comerciante rico de Barcelona le preguntan ansiosos sus familiares y amigos:
- Pero, ¿qué estás haciendo, con eso de vender todos tus negocios y enseñar a ese grupo de muchachos a hacer lo mismo? ¿A qué viene el meterse en esas embarcaciones de moros con tanto peligro?
Y Pedro Nolasco, sin miedo ninguno, responde a todos:
- Nada. ¿Quieren ustedes venir también a rescatar de la morería a los cristianos que están esclavos? Necesito más voluntarios.

Ahora interviene la Virgen. Era la noche del 1 al 2 de Agosto de 1218. Estaba Pedro Nolasco en oración, cuando aparecen los primeros destellos de una luz celestial. Y empiezan a verse ángeles y más ángeles, que vienen rodeando a una Señora hermosísima, la cual le sonríe amorosa, y le dice:
- Lo que estás haciendo agrada mucho a Dios. No te desanimes. Yo te encargo ahora que fundes una Orden religiosa. Tus compañeros, imitando a mi Hijo Jesús, se entregarán a la salvación de sus hermanos, si es preciso hasta dándose en prenda por su rescate. Yo estaré con vosotros.
Pedro Nolasco no duda de la presencia de María, y comunica la visión al rey Don Jaime y al consejero real San Raimundo de Peñafort, los cuales hablan con el Obispo, que se queda pasmado:
- Pero, ¿es verdad lo que me dicen? Si es así, yo pongo el habito a esos valientes.
Con la protección de María y la misión del Obispo, Pedro Nolasco y sus compañeros se lanzan a una empresa sin igual.

Pronto se les agrega Ramón Nonato, valiente como ninguno. Se ordena de sacerdote, y marcha al norte del Africa a rescatar cautivos. Lo da todo, se queda sin un centavo, y se pregunta:
- ¿Y qué hago ahora?
El amor es ingenioso, y le dicta una resolución heroica. No pudiendo rescatar más esclavos, porque ya no tiene un centavo, se presenta decidido ante aquel dueño:
- Aquí me tiene. Me vendo como esclavo. ¿Cuánto paga por mí?
El rico no suelta dinero, y le ofrece con desdén:
- La libertad de otro esclavo.
- ¡Aceptado!...
Y, al convertirse Ramón en esclavo, se da con ardor a predicar a los otros cautivos la fe cristiana. Pero sus nuevos dueños, para que no hable más, le cierran la boca con un candado. Ocho meses dura su cautiverio y su martirio.

Al llegar el dinero para su rescate, es liberado y devuelto a España. En Barcelona se le hace un recibimiento triunfal. Y el Papa Gregorio IX le llama para hacerlo Cardenal, aunque muere apenas inicia el camino hacia Roma.

Bonita historia, que tanto nos dice hoy. Mientras haya hombres, hermanos nuestros, esclavos de otros hombres, que los tiranizan injustamente, siempre la Virgen de la Merced tendrá una palabra para ellos.

Mientras haya hombres, hermanos nuestros, que se han hecho ellos mismos cautivos de un vicio cualquiera, la Virgen tendrá para ellos un latido de su corazón maternal.

Mientras haya una sola persona que sufre, la Virgen tendrá que desempeñar su oficio de liberadora del dolor.

Son cautivos --justa o injustamente, para nosotros es igual-- tantos presos, que, en las cárceles de nuestros países, no tienen condiciones de vida dignas de una persona humana.

Son cautivos de la sociedad tantos niños que pululan desarrapados por nuestras calles, ladronzuelos en tan tierna edad, sin hogar, sin escuela, sin esperanza de un puesto digno entre la ciudadanía.
Son cautivas tantas mujeres, que no acaban de liberarse de las mil esclavitudes a que se han visto sujetas durante siglos, y que esperan liberación.

Son cautivas tantas personas en su propio hogar, cuando en él falta el amor, y falla el marido o falla la esposa y madre, convirtiendo la casa en una cárcel o poco menos.

Nosotros somos cautivos de nosotros mismos cuando no acabamos de romper lazos --fuertes como sogas o finos como hilos de seda-- que nos impiden volar libres hacia Dios.

¡Virgen de la Merced, ya ves que aún te queda algo que hacer en el mundo! Aún hay muchos esclavos que gimen entre cadenas y encerrados en prisiones tenebrosas. Si quieres liberar a tus hijos cautivos, sirviéndote de nosotros, aquí nos tienes, instrumentos fieles en tus manos de Madre.

11/09/2011 00:33 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria esta cerca de cada uno de nosotros.

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Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net
María está cerca de cada uno de nosotros
Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, está "dentro" de todos nosotros.
 
 

Esta poesía de María –el «Magníficat»– es totalmente original; sin embargo, al mismo tiempo, es un "tejido" hecho completamente con "hilos" del Antiguo Testamento, hecho de palabra de Dios.

Se puede ver que María, por decirlo así, "se sentía como en su casa" en la palabra de Dios, vivía de la palabra de Dios, estaba penetrada de la palabra de Dios. En efecto, hablaba con palabras de Dios, pensaba con palabras de Dios; sus pensamientos eran los pensamientos de Dios; sus palabras eran las palabras de Dios. Estaba penetrada de la luz divina; por eso era tan espléndida, tan buena; por eso irradiaba amor y bondad.

María vivía de la palabra de Dios; estaba impregnada de la palabra de Dios. Al estar inmersa en la palabra de Dios, al tener tanta familiaridad con la palabra de Dios, recibía también la luz interior de la sabiduría. Quien piensa con Dios, piensa bien; y quien habla con Dios, habla bien, tiene criterios de juicio válidos para todas las cosas del mundo, se hace sabio, prudente y, al mismo tiempo, bueno; también se hace fuerte y valiente, con la fuerza de Dios, que resiste al mal y promueve el bien en el mundo.

Así, María habla con nosotros, nos habla a nosotros, nos invita a conocer la palabra de Dios, a amar la palabra de Dios, a vivir con la palabra de Dios, a pensar con la palabra de Dios. Y podemos hacerlo de muy diversas maneras: leyendo la sagrada Escritura, sobre todo participando en la liturgia, en la que a lo largo del año la santa Iglesia nos abre todo el libro de la sagrada Escritura. Lo abre a nuestra vida y lo hace presente en nuestra vida.

Pero pienso también en el «Compendio del Catecismo de la Iglesia católica», que hemos publicado recientemente, en el que la palabra de Dios se aplica a nuestra vida, interpreta la realidad de nuestra vida, nos ayuda a entrar en el gran "templo" de la palabra de Dios, a aprender a amarla y a impregnarnos, como María, de esta palabra. Así la vida resulta luminosa y tenemos el criterio para juzgar, recibimos bondad y fuerza al mismo tiempo.

María fue elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y con Dios es reina del cielo y de la tierra. ¿Acaso así está alejada de nosotros? Al contrario. Precisamente al estar con Dios y en Dios, está muy cerca de cada uno de nosotros.

Cuando estaba en la tierra, sólo podía estar cerca de algunas personas. Al estar en Dios, que está cerca de nosotros, más aún, que está "dentro" de todos nosotros, María participa de esta cercanía de Dios.

Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Nos ha sido dada como "madre" –así lo dijo el Señor–, a la que podemos dirigirnos en cada momento. Ella nos escucha siempre, siempre está cerca de nosotros; y, siendo Madre del Hijo, participa del poder del Hijo, de su bondad. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.
 

30/08/2011 09:53 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria Madre de los penitentes.

Catequesis Mariana desde San Nicolás. por el Pbro. Carlos A. Pérez

Durante 10 años, todos los días 25 de cada mes en San Nicolás, se convoco a un gru-po voluntario de Misioneros de diversos lugares del país, felizmente, por iniciativa de los propios laicos presentes en las reuniones, fueron grabadas las charlas que se dieron.

Hoy contamos con esta catequesis que nos disponemos a ofrecer aquí a modo de en-tregas semanales para todos, peregrinos en general y misioneros en particular.

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MARIA MADRE DE LOS PENITENTES: Pbro. Padre Carlos A. Pérez

“Contra ti, contra ti solo pequé e hice lo que es malo a tus ojos. Crea en mi, Dios mío, un corazón puro y renueva la firmeza de mi espíritu y mi boca provocara tu alabanza. Mi sacrificio es un espíritu contrito, tu no desprecias el corazón contrito y humillado.” (Salmo 50, 6; 12; 17; 19)

La Santidad es la meta de la Conversión, que para su continuidad ha de sostenerse y afianzarse en actitud de Penitencia; implica arrepentimiento del pecado y deseo de consolidarnos en Dios. Es una disposición fundamental por la que sintiendo dolor por haber ofendido, abandonado o desagradado a Dios se quiere enmendar y reparar lo que no queríamos o no debíamos haber hecho. La actitud penitencial actualiza en los dones del Espíritu Santo de Piedad y Temor de Dios y nos lleva a unirnos cada vez más a El como hijos, con conductas que nos permitan decir como Jesús: “Hago siempre lo que al Padre le agrada…”. El penitente vive en opción y acto de amor permanente. Recordemos el amor de la alianza esponsal de Dios con su Pueblo, de los esposos, de los amigos, de los hermanos, de los padres al hijo y viceversa. Son todos muy exigentes y aunque humanamente cuestan no duelen, porque el amor esta mas allá de cualquier exigencia. Los sacrificios ya no son renuncias, sino donación de Amor; la mejor Penitencia siempre será aquella que pone el dedo en la llaga de nosotros mismos no para hacerla doler sino para curarla. Hay caminos de penitencia y uno es la fidelidad al Señor en aquello que nos ha encomendado como deber de estado: hacer las cosas cada día lo más perfectamente posible por amor al Señor. Ser cotidianamente fieles es excelente vía de Penitencia, que nos afianza en Conversión. Otro es la mortificación voluntaria en orden a la vigilancia del corazón y los sentidos que lleva el dominio del hombre nuevo sobre el hombre viejo. La concupiscencia tiende a abarcar toda nuestra vida y ahogarla, entonces luchar para superarla haciendo aparecer en nosotros la virtud.

Otro la cruz que aparece en nuestra vida y no es fácil de llevar; asumirla como parte de la Cruz de Cristo en humilde actitud penitencial, porque con la cruz el Señor nos ata a Él y nos desata de nosotros.

El prójimo también es camino de penitencia ya que en la relación con nuestros hermanos, la Caridad es frecuentemente herida, agredida y exige de nosotros estar siempre con el corazón abierto para el perdón y el amor. Todos los días tenemos que estar purificándonos porque el Señor nos pide a nosotros que llevamos el misterio de la Palabra a los hermanos, que seamos fieles, en actitud penitente. Dios con pedagogía muy especial nos invita a caminar pero no por el camino fácil sino que nos lleva de la mano por el de espinas. Sobre todo si nos ocupamos de Él, también Él se ocupa de nosotros

de manera que a causa de nuestros limites y miserias no caigamos fácilmente en vanidad con lo que hacemos. La Virgen que vivió intensamente el misterio de su Inmaculada Concepción nos invita a purificar nuestra alma por el camino de: Oración, Conversión, Penitencia, Reparación y Expiación para vivir más profundamente la Consagración a su Sagrado Corazón. Tenemos que descubrir los caminos y poner los medios para que se produzca la gracia de estar en Oración continua porque en ella están todos los demás.

 


Mensaje 1084

¡Pobre humanidad! Esta desorientada en medio del desierto que ha provocado el maligno. Describo así, la situación, por la que atraviesan mis hijos, la dolorosa realidad que tanto aflige a la Madre. Yo estoy pronta para cuidarlos con mi Luz, que es la Luz de la Iglesia, la Luz de Cristo Jesús.

 


Mensaje 1116

Este tiempo, es tiempo de dolor, tiempo de reflexión, tiempo de amor. En estos días, el cristiano debe creer y crecer en la Palabra de Dios, debe vivir intensa y eficazmente la Palabra, debe también disponerse a ofrecer penitencia y reparación. Hoy los hijos son llamados por la Madre, A sentir plenamente la oración y a ofrecer la oración. Jesús, amor misericordioso, esperanza de la humanidad, vela por la humanidad. Glorificado sea el Señor.

 

 


--
Seamos sencillos en el trato con Dios y con nuestro prójimo, porque Dios ama la sencillez y la sinceridad, y el prójimo también las aprecia.
No comulgues nunca en la mano, hazlo siempre en la boca. Y si te es posible de rodillas


HECTOR "EL ERMITAÑO" PEDERNERA
(
http://ar.groups.yahoo.com/group/hermanocatolicoesfuerzateysevaliente).

19/08/2011 22:49 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Los ojos dulces de Maria.

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Autor: P. Marcelino de Andrés | Fuente: El Paraíso de Nazaret
Los ojos dulces de María
Mírame María, con tus ojos comprensivos y misericordiosos y lléname de paz. 
 
 

Siempre me ha hecho reflexionar mucho aquella bienaventuranza de Cristo: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios”. ¿Qué tendrá que ver la pureza con la vista? Desde luego, con la vista corporal quizá no tenga que ver apenas nada. Pero seguramente mucho con la “vista” espiritual. Porque está claro que a Dios no se le puede ver con los ojos de la carne, pero sí con los del espíritu, con los del corazón, que son la fe y el amor. Sólo cuando el alma es pura y cristalina está en condiciones de poder ver y contemplar a Dios. “Sólo en un corazón puro -escribía San Agustín- existen los ojos con que puede Dios ser visto”.

Me imagino que Cristo al formular esta bienaventuranza tenía en mente a su Madre. Ella era la creatura más pura que jamás ha existido y existirá. El corazón de María era como un mar de gracia profundo, cristalino y transparente.

Se ha dicho siempre que los ojos son las ventanas del alma. Es cierto. A través de ellos se puede mirar al interior de otra persona. Por eso, mirando a los ojos a María podremos ver y apreciar la pureza inmaculada de su alma.

Los ojos de María. ¡Quién pudiera haberlos visto realmente tan siquiera una vez, aunque fuera por un instante! Sólo a algunos privilegiados les tocó. Nosotros hemos de contentarnos con verlos desde la fe o con soltar un poco nuestra imaginación para hacernos una idea de cómo eran.

Los ojos de María. Ojos hermosos, agradables, con esa belleza natural que no necesita de mejunjes ni postizos para ser encantadores. Ojos sencillos, de esos que no saben mirar a los demás desde arriba. Ojos bondadosos, que nunca se han desfigurado con guiños de ira o de odio. Ojos sinceros, que no han aprendido a mentir; testigos de un interior sin sombra de doblez. Ojos atentos a las necesidades ajenas y distraídos para fijarse y molestarse por sus defectos. Ojos comprensivos y misericordiosos que, ante pecadores y malhechores, se transforman en manos abiertas que ofrecen la gracia a raudales. Esos ojos cuya mirada Judas evitó al salir del cenáculo la noche de la traición... Esa misma mirada que a Dimas, en el Calvario, llevó a la conversión y al paraíso...

Ojos de mujer que reflejan nítidamente un alma preciosa, adornada de humildad, de bondad, de sinceridad, caridad, de comprensión y misericordia. Los ojos de María. Los ojos de un alma en gracia. Verdaderas ventanas al cielo. Porque cielo era toda su alma.

Los ojos de María, cuya penetrante y dulce mirada todo lo puede. Cuántos indiferentes se han visto interpelados por el brillo de pureza de esos ojos inocentes. Cuántos orgullosos han caído rendidos a sus plantas, desarmados por la mansedumbre que traslucen sus pupilas. Cuántos ánimos frágiles ante el mal se han armado de bravura y han vencido al tentador al recordar que Ella les miraba.

Cuántas veces la sola mirada de María fue sin duda bálsamo sobre el desgarrado corazón de algún vecino atribulado. Cuántas fue fuente de paz y consuelo que barrió de angustias el interior de algún contrariado pariente. Cuántas, esos luceros de su rostro, fueron luz cálida, manto que arropó de piedad e intercesión las almas atenazadas por el frío del pecado. Y cuántas siguen siendo aún todo eso y más para muchos de nosotros.

Es sumamente consolador saber que tendremos toda la eternidad para contemplar, sin cansancio ni aburrimiento, los hermosos ojos de María. Asomarse a ellos es asomarse a la maravilla más excelsa salida de las manos de Dios. María fue su obra maestra. En Ella el Creador se lució. Ella es, en palabras de Pio IX, “un inefable milagro de Dios; es más, es el más alto de todos los milagros y digna Madre de Dios”. Pablo VI la describe como “la mujer vestida de sol, en la que los rayos purísimos de la belleza humana se encuentran con los sobrehumanos, pero accesibles, de la belleza sobrenatural”. Sin embargo, no hay que esperar a llegar al cielo para recrearnos en su contemplación. Podemos desde ahora, con la fe, mirar sus ojos y sostener su mirada portentosa.

Pero me temo que muchos de nosotros somos incapaces de sostener una mirada tan luminosa. Nos molesta el chorro de luz que el alma pura de María despide a través de sus ojos y de todo su ser. Nuestras pupilas, tan acostumbradas quizá a las oscuridades de la impureza y del pecado, no soportan semejante claridad. A lo mejor no queremos que esa mirada materna desenmascare y purifique nuestra alma llena de barro. Porque no estamos dispuestos a dejar que en ella penetre la gracia de Dios y la limpie y la ordene y la santifique. Todo eso cuesta mucho. El precio de la pureza es elevado, sólo las almas ricas pueden pagarlo. Ricas en amor, en generosidad, en desprendimiento de sí y de los placeres desordenados.

Sólo esas almas disfrutarán ya en la tierra del gozo espiritual incomparablemente más sublime, profundo y duradero que el más refinado placer corporal. Sólo ellas experimentarán la libertad interior del que no está encadenado por los instintos del cuerpo. Y sólo ellas gozarán de la bienaventuranza de la visión de Dios por toda la eternidad.

María ha sido la creatura más pura y por eso también la más auténticamente feliz y satisfecha, la más libre de espíritu, la mejor dispuesta para ver a Dios y saborear esa deliciosa visión con una intensidad inigualable.
(
http://es.catholic.net
).

14/08/2011 18:36 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Con Maria y Jose, en la Elevacion.

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Autor: María Susana Ratero | Fuente: Catholic.net
Con Maria y José, en la Elevación
Sé que no soy digna, Señor, de que entres en mi casa, pero una sola palabra Tuya bastara para sanarme. 
 
 
El sacerdote, durante la Misa, alza sus manos sosteniendo en alto a Jesús Eucaristía.

Es la Elevación

Y mi corazón te contempla a su derecha, María Santísima, sosteniendo amorosamente su brazo, en tanto que San José se halla a su izquierda.

Ambos, con infinita delicadeza y suave firmeza, ayudan al sacerdote al sostener al Niño…

- ¿Al Niño, Madre?

- Si hija mía- respondes a mi alma sin soltar tu preciosa carga- el Niño…

José no aparta la mirada de las manos del sacerdote. Ambos son perfectos custodios del Hijo amado.

- Dime, Madre, pues no comprendo ¿Por qué Tu y José ayudan al sacerdote a sostener la Hostia?

Tu manto con piedritas bordadas se ilumina de repente:

- ¿Sabes hija? En cada Elevación vuelven a mi alma aquellos recuerdos de Belén, cuando José y yo tomábamos al pequeño Jesús en brazos. Le alzábamos alto y le contemplábamos… con infinito amor, con serena admiración. Por eso es que, José y yo, nos acercamos al sacerdote en cada Elevación, para volver a abrazar a Jesús.

Las manos consagradas del sacerdote sostienen delicadamente al Niño.

Si, un Divino Niño que parece pan, pero los ojos de mi alma ven más allá de su apariencia. Esas manos consagradas sostienen a Jesús con la misma delicadeza que José y María lo hacían en los días de Belén.

Las manos santas y las consagradas se han unido, se han mezclado, prodigando al pequeño, las mas suaves caricias.

Y mi alma te entrega la pregunta.

- ¿Belén? ¿Belén en la Elevación, Señora mía?

- Si hija, Belén, José y yo alzando al Niño

Y la Parroquia se transporta toda a la cueva de Belén

Tu, Madre junto a tu esposo, toman delicadamente a Jesús bebe y lo van elevando para que lo vean los pastores. Luego dejan al Niño en manos del sacerdote, quien pronuncia la magnifica invitación:

“Dichosos los invitados a la Cena del Señor”

Y sé que no soy digna, Señor, de que entres en mi casa, pero una sola palabra Tuya bastara para sanarme.

Es tiempo de comunión. Es tiempo de abrazo.

Sales majestuosamente del humilde copón y vas nombrándonos, a todos, uno a uno.

Y eres Niño, y eres Hombre… y eres mi Dios…

Te entregas en un abrazo perfecto, único, irrepetible.

Así, entre parroquianos y pastores, te llegas a mi alma.

Vuelvo lentamente al banco de la parroquia y te suplico, Señora mía:

- Sostenlo, Madre, sostenlo en mi corazón con esa delicadeza que solo Tus manos tienen. Sostenlo y dile que le amo. Tus palabras llegan a Su Corazón más puras que las mías…

Maestra del alma, gracias…. Gracias por hacerme conocer este pequeño gran secreto de amor. Gracias por ayudar a cada sacerdote a sostener al Niño.

Ahora viviré plenamente cada Elevación, porque tu generoso Corazón descorrió, para mí, un poquito, el velo que cubre el más profundo de los misterios: La Eucaristía.

Niño de brazos tiernos y perfume de pan. Pan que llega a mi alma con el acompasado latido del Sagrado Corazón de Jesús.

 

Amiga mía, amigo mío que lees este pequeño relato de amor. Espero que tu alma se inunde de gozo al contemplar, en cada Misa, este sencillo pero profundo gesto. La Elevación. Aunque tus ojos vean solo las manos del sacerdote, tu corazón sabrá, que otras Manos sostienen tan preciosa carga, desde la eternidad.

 

NOTA de la autora: Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna.

04/08/2011 22:12 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Encogido, espere la aurora.

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Encogido, esperé la aurora
María nos abraza cuando tenemos miedo, cuando no sabemos a dónde ir.
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net

 


La tormenta arreciaba en el bosque, mientras trataba de mantener lo menos dispersas posible mis pocas ideas de orientación.

Los relámpagos fotografiaban mi pavor y lo mostraban a todos los árboles que se asomaban por entre las copas vecinas para ver a aquel intruso.

EL corazón aceleraba. Mi indecisión inventaba precipicios a poca distancia que destrozaban mi ánimo empequeñecido.

Fue entonces, allí, que me topé con una ermita de la Virgen. Me metí sin precauciones y, encogido, esperé la aurora.

Aprendí la lección. Cuando mi vida tropieza y parece que caerá sin remedio, yo La miro. Me enamoré de Ella. Cada mañana le llevo una flor a su santuario.

María nos abraza cuando tenemos miedo, cuando no sabemos a dónde ir. ¡Cuenta siempre con Ella!

31/07/2011 14:22 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Soy tu Madre.

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Autor: H. Javier Ayala, | Fuente: Catholic.net
Soy tu Madre
Mes de Mayo, mes de María. En medio de la oscuridad, en medio del desierto no temo, María, porque tú estás conmigo. 
 
 


Mamá

Es la primera palabra que aprenden los niños. Los niños crecen seguros cuando han logrado estrechar una relación con su madre. No importa que no la vean, saben que está ahí y por eso no tienen miedo.

¿Quién es esta Mujer? Juan Pablo II la invocaba: «totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt». Y la tenía en su escudo y en su corazón.

¿Quién es esta Mujer? Se le apareció a una niñita en una cueva y le dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción». ¿Quién es esta Mujer?

Miguel Ángel la esculpió en mármol de Carrara.

¿Quién es esta Mujer? París puso su nombre a su catedral.

¿Quién es esta Mujer? Éfeso le dio el título más grande que jamás ha recibido alguna mujer.

¿Quién es esta Mujer? En torno a Ella la Iglesia primitiva perseveraba unida en la oración.

¿Quién es esta Mujer? El ángel le dijo: «no temas».

Mujer, tú que escuchaste del ángel del Señor: «no temas», dinos: ¿es verdad? ¿Es verdad que no hay que tener miedo? Mira el mundo… Mira la Iglesia… Mira mi vida… Mira mi pecado… ¿Es verdad, Mujer? ¿Es verdad que no hemos de temer?

Dinos, Mujer, ¿qué le dijiste a san Juan Diego en el Tepeyac? ¿Qué le dijiste al joven Karol Wojtyla que después, siendo Papa, tantas veces nos repitió «no tengáis miedo»?

Respóndenos, Mujer, dinos algo… ¿quién eres?

No temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad, ni cosa difícil o aflictiva. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?.

Si es así, si eres mi Madre, si estás aquí… no temo, María. En medio de la oscuridad, en medio del desierto no temo, María, porque tú estás conmigo. Estoy a punto de comenzar una misión y no sé lo que me espera, pero no temo porque tú estás conmigo. En unos meses pueden pasar muchas cosas pero no temo porque tú estás conmigo.

Tengo una responsabilidad muy grande sobre mis hombros, no sé si puedo, pero no temo porque tú estás conmigo. Entonces, mi última palabra en la hora de mi muerte será la misma que la primera que pronuncié de niño… «Mamá».

25/07/2011 14:52 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria, indica el camino hacia la union plena con Dios.

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María, indica el camino hacia la unión plena con Dios
Juan Pablo II profundizó en la fuerza que puede infundir en un corazón azorado la figura de la Virgen.
Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net


En medio de las dificultades de la vida, el cristiano cuenta con una ayuda única: la figura de la Madre de Dios «que indica el camino, es decir, Cristo, único mediador que lleva en plenitud al Padre».

Juan Pablo II profundizó en la fuerza que puede infundir en un corazón azorado la figura de la Virgen.

Al levantar la mirada hacia su imagen, explicó el Santo Padre, «podemos afirmar que María, junto a su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos».


Queridos hermanos

Recordemos una de las páginas más conocidas del Apocalipsis de Juan. En la mujer encinta, que da a luz un hijo, ante un dragón rojo como la sangre enfurecido con ella y con el que ha engendrado, la tradición cristiana, litúrgica y artística, ha visto la imagen de María, la madre de Cristo. Sin embargo, según la intención original del autor sagrado, si el nacimiento del niño representa la venida del Mesías, la mujer personifica evidentemente al pueblo de Dios, es decir, el Israel bíblico, o sea, la Iglesia. La interpretación mariana no está en contraste con el sentido eclesial del texto, ya que María es «figura de la Iglesia» (Lumen Gentium, 63; cf. San Ambrosio, «Expos. Lc», II, 7).

En lo profundo de la comunidad fiel aparece por tanto el perfil de la Madre del Mesías. Contra María y la Iglesia se levanta el dragón, que evoca a Satanás y el mal, como lo indica la simbología del Antiguo Testamento: el color rojo es signo de guerra, de masacre, de sangre derramada; las «siete cabezas» coronadas indican un poder inmenso; mientras que los «diez cuernos» evocan la fuerza impresionante de la bestia, descrita por el profeta Daniel (cf. 7,7), imagen también del poder prevaricador que amenaza a la historia.

El bien y el mal, por tanto, se enfrentan. María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente debilidad y pequeñez del amor, de la verdad, de la justicia. Contra ellos se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia, de la mentira, de la injusticia. Pero el canto que sella el pasaje nos recuerda que el veredicto definitivo es confiado a «la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo» (Apocalipsis 12, 10).

Ciertamente en el tiempo de la historia, la Iglesia puede verse obligada a refugiarse en el desierto, como el antiguo Israel en marcha hacia la tierra prometida. El desierto, entre otras cosas, es el refugio tradicional de los perseguidos, es el ámbito secreto y sereno donde se ofrece la protección divina (cf. Génesis 21, 14-19; 1Reyes 19,4-7). Ahora bien, en este refugio la mujer permanece sólo durante un período de tiempo limitado, como subraya el Apocalipsis (cf. 12,6.14). El tiempo de la angustia, de la persecución, de la prueba no es, por tanto, definitivo: al final, vendrá la liberación y será la hora de la gloria.

Contemplando este misterio desde una perspectiva mariana, podemos afirmar que «María, junto a su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, que es su madre y modelo, para comprender el sentido de su propia misión en plenitud» (Congregación para la Doctrina de la Fe, «Libertatis conscientia», 22-3-1986, n. 97; cf. «Redemptoris Mater», 37).

Fijemos, entonces, nuestra mirada en María, imagen de la Iglesia peregrina en el desierto de la historia, que se dirige a la meta gloriosa de la Jerusalén celeste, donde resplandecerá como Esposa del Cordero, Cristo Señor. La Iglesia de Oriente honra a la Madre de Dios como la «Odiguitria», la que «indica el camino», es decir, Cristo, único mediador que lleva en plenitud al Padre. Un poeta francés ve en ella «la criatura en su estado original y en su lozanía final, como surgió de Dios en la mañana de su esplendor original» (Paul Claudel, «La Vierge à midi», editorial Pléiade, página 540).

En su inmaculada concepción, María es el modelo perfecto de la criatura humana, llena desde el inicio de esa gracia divina que sostiene y transfigura a la criatura (cf. Lucas 1, 28), que escoge siempre, en su libertad, el camino de Dios. De este modo, en su gloriosa asunción al cielo, María, es la imagen de la criatura llamada por Cristo resucitado a alcanzar, al final de la historia, la plenitud de la comunión con Dios en la resurrección a una eternidad bienaventurada. Para la Iglesia, que experimenta con frecuencia el peso de la historia y el asedio del mal, la Madre de Cristo es el emblema luminoso de la humanidad redimida y abrazada por la gracia que salva.

La meta última de la vicisitud humana llegará cuando «Dios sea todo en todo» (1 Corintios 15, 28) y, como anuncia el Apocalipsis, cuando «el mar deje de existir» (21, 1), para explicar que el signo del caos destructor y del mal será finalmente eliminado. Entonces la Iglesia se presentará ante Cristo «como una novia ataviada para su esposo» (Apocalipsis 21, 2). Esa será la hora de la intimidad y del amor sin fisuras. Pero ya desde ahora, al mirar a la Virgen elevada al cielo, la Iglesia comienza a experimentar la alegría que le será ofrecida en plenitud al final de los tiempos.

En la peregrinación de fe a través de la historia, María acompaña a la Iglesia como «modelo de la comunión eclesial en la fe, en la caridad y en la unión con Cristo. Eternamente presente en el misterio de Cristo, ella está, en medio de los apóstoles, en el corazón mismo de la Iglesia naciente y de la Iglesia de todos los tiempos. Efectivamente, "la Iglesia fue congregada en el cenáculo con María, que era la Madre de Jesús, y con sus hermanos. No se puede, por tanto, hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor, con sus hermanos» (Congregación para la Doctrina de la Fe, «Communionis notio», 28-5-1992, n. 19; cf. San Cromacio de Aquileya, «Sermo» 30, 1).

Cantemos, entonces, nuestro himno de alabanza a María, imagen de la humanidad redimida, signo de la Iglesia que vive en la fe y en el amor, anticipando la plenitud de la Jerusalén celeste. «El genio poético de san Efrén el Sirio, llamado "la cítara del Espíritu Santo", ha cantado incansablemente a María, dejando una impronta todavía presente en toda la tradición de la Iglesia siríaca» («Redemptoris Mater», 31). Es él quien presenta a María como imagen de belleza: «Ella es santa en su cuerpo, bella en su espíritu, pura en sus pensamientos, sincera en su inteligencia, perfecta en sus sentimientos, casta, firme en sus propósitos, inmaculada en su corazón, eminente, llena de todas las virtudes» («Himnos a la Virgen María» 1,4; editorial Th. J. Lamy, «Hymni de B. Maria», Malines 1886, t. 2, col. 520). Que esta imagen resplandezca en el corazón de toda comunidad eclesial como reflejo perfecto de Cristo y que sea como un signo que se alza por encima de los pueblos, como «ciudad colocada en la cumbre de una montaña», y «lámpara sobre el candelero para que alumbre a todos» (cf. Mateo 5, 14-15).

25/07/2011 14:45 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria, escucha y proclama la Palabra.

Catequesis Mariana desde San Nicolás. por el Pbro. Carlos A. Pérez

Durante 10 años, todos los días 25 de cada mes en San Nicolás, se convoco a un gru-po voluntario de Misioneros de diversos lugares del país, felizmente, por iniciativa de los propios laicos presentes en las reuniones, fueron grabadas las charlas que se dieron.

Hoy contamos con esta catequesis que nos disponemos a ofrecer aquí a modo de en-tregas semanales para todos, peregrinos en general y misioneros en particular.

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“Maria, escucha y proclama la Palabra”: Pbro. Carlos A. Pérez

La misión del evangelizador es predicar, anunciar la Palabra, proclamar a Jesucristo que es la Palabra del Padre. La Palabra revelada, es un cuasi Sacramento, de alguna manera tiene la eficacia del Sacramento del Bautismo, de la Reconciliación y de la Eucaristía. Jesús da, juntamente con la Luz de la Palabra, la fuerza para que la podamos cumplir. Y sobre todo si la hacemos fecunda con el hábito de la Oración que, nos permite profundizar en el silencio, en la contemplación, en la paz del corazón, la infinita grandeza y riqueza de esa palabra. En la Oración es donde vamos gestando nuestra receptividad de Cristo; que Él se haga uno con nosotros, o nosotros uno con Él. Es un don de Dios que dispone el corazón para que el Señor produzca en nosotros esa transformación. Jesús llama a creer en la Palabra de Dios, a la fe en su persona como Mesías. Ese llamado incluye vivir de acuerdo a la coherencia de nuestro corazón con el Cristo con quien hemos creído. Jesús viene a proclamar el Evangelio para que en el hombre se produzca la fe y por ella la necesidad de conversión que le hace crecer en un ámbito de santidad. Nos pide que contemplando a Maria la imitemos en la actitud de escucha, de contemplación para que el Señor pueda hacerse carne en nosotros. Entonces con ese Cristo viviendo en nosotros, Él mismo se encargara por obra de su Espíritu de proyectar su misterio desde nosotros a los demás. La Virgen escucha la Palabra, la contempla, la deja entrar, asimila y le dice “sí” a Dios. Y el verbo se hace carne, pero antes lo encarno en su corazón, en su vida, en su seño y después sale a anunciar el Misterio de la Encarnación. Jesús nos envía a predicar el Evangelio, es una misión, un mandato un envío. Los que estamos profundamente insertos en este acontecimiento de la Santísima Virgen, tenemos aquí un caudal misionero extraordinario. Primeramente en la contemplación de la persona de Maria y luego en la riqueza de lo que Ella nos ofece aca. Cuando nosotros le decimos "si" a Dios, vamos encarnando su Palabra, de algun modo somos el reflejo del Señor y tenemos que serlo, los demas tienen que ver en nosotros algo de Dios sobre todo en las actitudes del corazón. La Evangelización exige un caminar sin treguas, con la seguridad del Espiritu que nos acompaña.

 


Mensaje 1270

"Digo a mis hijos: Sembrad bondad y recogereis la Paz de Cristo. Sembrad la fe en Cristo y cosechareis la Esperanza de Cristo. Sembrad la Palabra de Dios y gozareis del Amor de Dios. Gloria por siempre a Él."

 


Mensaje 1273

“Esto dice vuestra Madre: En esta Novena orad, para que la Palabra de Dios sea conocida universal-mente. La Tierra toda debe quedar impregnada de su Palabra y cada Cristiano debe vivirde acuerdo a esa Palabra. Todos sois partes del Cuerpo Mistico que es la Iglesia y del cual Cristo es la Cabeza. En la tierra, el Vicario de mi Hijo es el responsable de que ese Cuerpo siga en pie; por eso seguid junto a vuestro Papa, siguiendo su enseñanza, que es en definitiva la enseñanza de Cristo. Hagase la voluntad de mi Hijo, amén, amén. Sea esto conocido, por todos tus hermanos."

 

 

JESÚS EUCARISTÍA:

Cristo esta presente entre nosotros, de muchas maneras y la mas excelente es la Eucaristía, donde queda para constituirse en el centro de la vida de la Iglesia antes de realizar el verdadero sacrificio cruento que es la muerte en la Cruz. Él realiza sacramentalmente (en la Santa Cena) esta entrega de su vida al Padre por nosotros que somos su Cuerpo. Es un acto sagrado, infinitamente meritorio capaz de infinita reparación, porque es el Hijo de Dios el que lo hace. En cada Eucaristía la victima es Cristo que se ofrece al Padre y con Él nos ofrecemos nosotros como victimas que, aceptamos a vivir, morir y ser sacrificados con Él. Es un verdadero sacrificio donde se produce la muerte de la victima y donde nosotros con el celebrante estamos también a ser llamados a ser victima ofrecida con Cristo al Padre por una redención. Aquí es donde la Misa adquiere una especial dimensión de participación del Sacrificio de Cristo y por eso tiene tanto poder. Jesús sigue sufriendo en nosotros; y lo que hizo con el pan, lo hizo con su vida. Al pan lo partió pero antes partió su vida y la entregó. Este Sacramento prolonga misteriosamente su misma acción sacrificial de la Cruz. Cuando llevamos la Cruz en serio y la experiencia del dolor es muy fuerte, llega el momento de la inmolación plena; ya no hay palabras humanas y ninguno aparentemente parece entendernos. Allí solo Jesús nos entiende porque nos hace participes de su misterio: la inmolación de su vida al Padre por nosotros. En esos momentos de soledad nos invita a establecer una profunda comunión de Amor y de Amistad con Él que, hará especialmente fecunda la entrega de nuestra vida, produciendo verdaderas gracias de Redención. Esto es una experiencia religiosa intensa, que muchas veces vivimos sin darnos cuenta y que, Dios permite para purificarnos y unirnos más plenamente a Él. El dolor, sin una visión de fe es un absurdo humano, solo tiene sentido desde la Redención y junto con la Oración es una fuente de gracia extraordinaria. La presencia de Maria es habitual junto a la Cruz de su Hijo y junto a la nuestra, Ella vivió en primer lugar, en su propia carne la “espada del dolor” del Hijo y la “corona de espinas” de nuestros pecados. Cuando asumimos una actitud de oblación y de inmolación lo hacemos también en actitud de Misericordia como la de Jesús por nuestros pecados. Nuestra comunión con el Señor en cada Eucaristía produce la comunión fraterna que es esencial si queremos convencer al mundo de que somos cristianos y tenemos la responsabilidad de mostrar al Señor porque seremos sus testigos mostrándonos en unidad. El amor es vivir en permanente estado de comunión y de conversión personal y no hay autentica reconciliación con Dios sino pasa por la reconciliación con los demás.

La Comunión implica humillarnos con sinceridad de corazón estando en un continuo proceso de conversión personal. Maria, acompaño al Señor en todos los tramos de su vida y de modo especial a los Apóstoles después del drama de la Cruz.

Hoy aparece en San Nicolás como lo hizo tantas veces en la historia de la Iglesia, acompañándonos y llamándonos a descubrir la Fe, la Conversión de la vida para que todos sean uno, esta Comunión profunda como meta de Jesús y fruto de la Redención; haciendo que el Evangelio sea posible de ser vivido y por eso tenemos multitudes “enracimadas” en torno a Ella, nutriéndose de la Palabra de Dios, de la Oración, de la Eucaristía. “La unidad del Rebaño”, es la meta de la Virgen.


Mensaje 632

“Hijos míos: Os pido, que vayáis a la Iglesia y participéis de la Santa Misa, porque en ella, os alimentareis con el Pan de la Vida, que es Cristo Jesús. Alimentaos con Él no os llegara ninguna plaga que venga de afuera, ya que Jesús la destruirá. Id entonces, en busca de la Fortaleza, id que os espera. Amén, Amén.”

 


Mensaje 1400

“¡Mi querida hija, el Santuario, la Casa de la Madre para los hijos!. El Santuario, lugar de Culto, donde la Madre habita para las almas que va a adorar al Hijo; lugar donde la Madre congrega a los hijos para el encuentro con el Hijo y lugar donde el Hijo se ofrece en la Santa Comunión, por la Misericordia del Padre. Jesús Eucaristía; profundísima comunicación entre Dios y el hombre; poderosísimo amor de Dios hacia el hombre y por el hombre. Es en el Santuario, donde Maria Madre, Madre de Cristo espera a los hijos heredados desde la Cruz; es en el Santuario que Maria obra en las almas, para bien de las almas. Aleluya”

 

 


--
Seamos sencillos en el trato con Dios y con nuestro prójimo, porque Dios ama la sencillez y la sinceridad, y el prójimo también las aprecia.
No comulgues nunca en la mano, hazlo siempre en la boca. Y si te es posible de rodillas


HECTOR "EL ERMITAÑO" PEDERNERA
(
http://ar.groups.yahoo.com/group/hermanocatolicoesfuerzateysevaliente
).

17/07/2011 20:07 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Y se llamaba Maria.

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Y se llamaba María
María creyó en el Dios del amor, de él se fió y a él le cantó todas las maravillas que hizo en ella y en su pueblo.
Autor: Padre Eusebio Gómez Navarro OCD | Fuente: Catholic.net

 


“No más que el cielo puede ser espejo tuyo. ¡Oh sol!-suspiró la gotita de rocío.

“Yo siempre estoy soñando contigo. ¿pero qué puedo esperar? Soy tan pequeña para tenerte en mí -Y se echó a llorar desconsolada.

“Le contestó el sol: Yo lleno el cielo infinito; pero también puedo estar en ti, gotita de rocío. Yo me haré chispa para llenarte y tu vida pequeñita se hará un mundo de luz”. (Tagore)


María era como una pequeña gota de rocío que, por recibir a Dios, se hizo luz para el mundo. María creyó en el Dios del amor, de él se fió y a él le cantó todas las maravillas que hizo en ella y en su pueblo.

La Virgen se llamaba María. Así la pusieron sus padres. Era un nombre muy corriente, pero que tenía un gran significado: “La llena de gracia”. María, la criatura más cercana a la Trinidad, estuvo llena de Dios. Dios estaba en María y María vivía en Dios y de Dios. El creador dejó una profunda huella en su alma y por donde caminaba María, se palpaba la presencia del Omnipotente.

Sin darse cuenta, un día cualquiera, Dios la cambió. “Fue un día en que no te esperaba. Entraste, sin que yo lo pidiera, en mi corazón. Y pusiste un sello de eternidad en los instantes fugaces de mi vida" (Tagore).

María creyó y por eso fue alabada. “Ella concibió la Palabra de Dios antes en la mente que en el seno” (San Agustín). Isabel pone la fe de María como fundamento de todo lo que ha realizado y va a poder realizar. Así dice “Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc 1,45). San Pablo habla de la fe como fundamento de toda vida cristiana: “El justo vive de la fe”(Rom 1,17). Así lo entendió San Juan de la Cruz al poner la fe como único medio adecuado para unir el alma a Dios. Para conocer y poseer a Dios es necesario, despojarse de todos los bienes para quedarse con sólo Dios.

Aunque la Virgen recibe la alabanza de su prima, expresa con el canto del Magníficat lo que Dios es para ella: todo. Este himno de acción de gracias alaba a Dios por la elección que hizo en ella, a pesar de ser tan pequeña; reconoce, además, la providencia y misericordia de Dios en el mundo y el cumplimiento de las promesas hechas a los padres antiguos.

María experimenta en su vida que “para Dios no hay nada imposible” (Lc 1,37). Dios visitó a María y de este encuentro nació el Amor. Es imposible explicar la acción de Dios. Algo nos puede aclarar estas palabras de Tagore: “El que puede abrir los capullos, ¡lo hace tan sencillamente!. Los mira, nada más, y la savia de la vida corre por las venas de las hojas.

10/07/2011 14:25 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Las manos juntas de Maria.

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Las manos juntas de María
Nos recuerdan que el oficio más importante de Ella en el Cielo: es interceder por nosotros.
Autor: P. Carlos M. Buela | Fuente: Catholic.net

 


En la mayoría de las imágenes de María,la encontramos con las manos juntas.

Por así decirlo, se refuerza esa esperanza, esa certeza en la protección materna de la Virgen. Esas manos juntas de la Virgen nos recuerdan permanentemente que el oficio más importante de Ella en lo más alto de los Cielos es interceder, es rezar. ¿A quién se acercan los hombres y mujeres? ¡A aquellos que saben que rezan por ellos! Como se dice en el Oficio de Pastores, en el responsorio: "¡Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo!".

Esas manos juntas de la Virgen nos recuerdan que Ella sigue cumpliendo en el Cielo ese oficio principal, que fue su oficio principal también aquí en la tierra, porque entre los muchos privilegios que tiene la Santísima Virgen hay un privilegio que hace que Ella sea el refugio de los pecadores; hace que Ella sea el imán que atrae a las multitudes, hace que Ella sea llamada bienaventurada por todas las generaciones, y a medida en que nos vayamos acercando al fin de los tiempos, más aún; de alguna manera, como vemos en la actualidad, los Santuarios que mayor número de peregrinos tienen son santuarios de la Virgen: Guadalupe, Lourdes, Fátima, Luján, etc.

Esas manos juntas nos recuerdan que un día en Caná de Galilea Jesús le dijo: "no ha llegado mi hora", porque se habían quedado sin vino. Sin embargo, la Santísima Virgen, con plena conciencia de que Ella es Madre del Hijo de Dios, va a imperarles a los servidores: «¡Haced lo que Él os diga!». El Hijo Único de Dios, Aquel que es consustancial al Padre y al Espíritu Santo, no pudo decir que no a esa intercesión, a ese pedido de la Santísima Virgen, y por así decirlo se vio obligado a realizar ese primer milagro, porque la Santísima Virgen es la "Omnipotencia suplicante". No es omnipotente como Dios es omnipotente. Como Dios es omnipotente, sólo Dios es omnipotente. La Virgen no tiene la omnipotencia por su naturaleza, que es una naturaleza humana, pero sí tiene una forma muy particular de omnipotencia: es la "Omnipotencia suplicante", es la omnipotencia de aquella que siempre alcanza lo que pide, porque así como su Hijo la escuchó en Caná de Galilea, así su Hijo en este mismo instante sigue escuchando todos y cada uno de los pedidos de la Santísima Virgen.

Por eso, por muy difíciles que sean los momentos para nosotros, Aquella que ha comenzado en nosotros la obra buena, Ella misma la llevará a feliz término.

Por eso hoy, con renovado fervor, nos encomendamos a María; le pedimos por nuestra familia, por nuestros trabajos, necesidades y enfermedades. Y le pedimos a Ella la gracia de poder aportar nuestro pequeño granito de arena para la construcción del Reino de Dios.

Esas manos juntas de María, nos invitan a la oración, las manos juntas de la Inmaculada de Lourdes, y las manos juntas de la Inmaculada de Fátima: "Rezad, rezad mucho, dijo con aire de tristeza, y haced sacrificios por los pecadores, pues van muchas almas al infierno, por no tener quien se sacrifique y pida por ellas".

27/06/2011 09:55 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Dos grandes secretos.

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Dos grandes secretos
Éstos son los dos grandes secretos, que grandes hombres y santos, a ejemplo de María, tuvieron en la vida para vencer las dificultades.
Autor: Mariano Hernández | Fuente: Catholic.net

 

En la mañana del 13 de mayo de 1981, Juan Pablo II pasaba por la plaza de San Pedro y recibió tres balazos. Una bala entró directamente en su abdomen, las esperanzas se volvieron angustias al ver la sotana blanca llena de sangre.

El hombre que le disparó al Papa, Ali Agca, arrastraba una vida de asesinatos y pertenecía a grupos terroristas palestinos. No era un simple ladrón, era un tirador profesional que no pudo explicarse por qué el Papa no murió. A penas empezaba el pontificado del Papa, no podía acabar tan rápido. El Papa sobrevivió al atentado porque el tirador se equivocó de día. Sí, el 13 de mayo es día de la Virgen de Fátima, fue ella quien salvó al Papa de la muerte.

Con claridad lo dice el Papa Benedicto XVI, la vida de los santos no se entiende sólo con su biografía, sino con su actuación después de la muerte. Ahí está la protección de María, Ella sigue viva y nos sigue demostrando su amor.

Simplemente basta con ver nuestro país: millones de peregrinos visitan la basílica de Guadalupe, no van por tradiciones o por compromisos, van porque ella es verdaderamente la Madre de Dios. En Francia, millones visitan el santuario de Lourdes. En Portugal, en Italia, en todas partes María se hace presente y quiere guiarnos por el camino de Dios.

Y si nos preguntáramos ¿cuál es el secreto de María?, ¿qué es lo que la ha hecho digna de tanta grandeza?, nos encontraríamos ésta respuesta: María es grande porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a ella misma. Ella es humilde, no quiere ser sino la esclava del Señor. En la vida pública de Jesús, María desaparece de los evangelios y es hasta la hora de la muerte, cuando los discípulos huyen, ella permanece al pie de la cruz, enseñándonos a ser fieles hasta el final, y misteriosamente, en este acompañar a Cristo hasta la cruz, está el secreto de su fortaleza.

La vida es difícil, son muchas las batallas y estas no se ganan solas. María quiere ayudarnos, y con su ejemplo nos da la fortaleza necesaria para salir adelante. Invitándonos a seguir a Cristo como ella lo hizo, quizá de manera silenciosa, pero siempre fiel, hasta la cruz. Y es en este seguir a Cristo donde nos ha dejado nuestra mejor arma, el mejor apoyo que tenemos para el arduo caminar de la vida, esa gran herramienta que ella espera y quiere que hagamos: rezar el rosario. No solo para nuestro beneficio, sino como un regalo para ella, refugio de los pecadores y auxilio de los Cristianos, siempre dispuesta a interceder por nosotros para nuestra salvación.

Éstos son los dos grandes secretos, que grandes hombres y santos, a ejemplo de María, tuvieron en la vida para vencer las dificultades, y que todos nosotros también podemos imitar para vencer en la gran batalla de la vida: "Seguir a Cristo hasta la cruz, y rezar el santo rosario para nuestra salvación".

29/05/2011 14:37 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Textos biblicos con referencia mariana.

Textos bíblicos con referencia mariana

A veces se cree que la Virgen María es muy poco mencionada en la Biblia. Aquí se demuestra que las citas directas, en el Nuevo Testamento, son más frecuentes de lo que se cree y llenas de significado, y las alusiones indirectas a la Virgen, estas son muchas y fundamentales.


El Antiguo Testamento también está lleno de imágenes y de profecías en las cuales el Magisterio, los Padres de la Iglesia, sus Doctores y sus Santos han reconocido el anuncio de Aquella que trajo al mundo el Mesías esperado. Desde el Génesis a Isaías y a los últimos profetas de la Primera Alianza, las prefiguraciones y referencias a la Virgen Madre del Salvador recorren el conjunto de los textos del Antiguo Testamento, desde el Pentateuco hasta los Profetas pasando por los libros históricos y por los de la sabiduría!


Genesis 3 9-15,20
Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer

Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?»
Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí.»
El replicó: «¿Quién te ha hecho ver que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?»
Dijo el hombre: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí.»
Dijo, pues, Yahveh Dios a la mujer: «¿Por qué lo has hecho?» Y contestó la mujer: «La serpiente me sedujo, y comí.»
Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida.
Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.»
El hombre llamó a su mujer «Eva», por ser ella la madre de todos los vivientes.

Génesis 12, 1-7
Como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abraham y su descendencia por siempre

Yahveh dijo a Abram: «Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré.
De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición.
Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra.»
Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot. Tenía Abram 75 años cuando salió de Jarán.
Tomó Abram a Saray, su mujer, y a Lot, hijo de su hermano, con toda la hacienda que habían logrado, y el personal que habían adquirido en Jarán, y salieron para dirigirse a Canaán. Llegaron a Canaán,y Abram atravesó el país hasta el lugar sagrado de Siquem, hasta la encina de Moré. Por entonces estaban los cananeos en el país.
Yahveh se apareció a Abram y le dijo: «A tu descendencia he de dar esta tierra.» Entonces él edificó allí un altar a Yahveh que se le había aparecido.

Samuel II 7, 1-5 8b-11.16
Dios le dará el trono de David, su padre

Cuando el rey se estableció en su casa y Yahveh le concedió paz de todos sus enemigos de alrededor,dijo el rey al profeta Natán: «Mira; yo habito en una casa de cedro mientras que el arca de Dios habita bajo pieles.»
Respondió Natán al rey: «Anda, haz todo lo que te dicta el corazón, porque Yahveh está contigo.»
Pero aquella misma noche vino la palabra de Dios a Natán diciendo: «Ve y di a mi siervo David: Esto dice Yahveh. ¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite?
Ahora pues di esto a mi siervo David: Así habla Yahveh Sebaot: Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo Israel.
He estado contigo dondequiera has ido, he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos y voy a hacerte un nombre grande como el nombre de los grandes de la tierra: fijaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiéndole como antes, en el tiempo en que instituí jueces en mi pueblo Israel; le daré paz con todos sus enemigos. Yahveh te anuncia que Yahveh te edificará una casa.
Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente.»

Cronicas I 15, 3-4. 15-16, 1-2
Metieron el arca de Dios y la istalaron en el centro de la tienda que David le habia preparado

Congregó, pues, David a todo Israel en Jerusalén para subir el arca de Yahveh al lugar que para ella había preparado.
David reunió también a los hijos de Aarón y a los levitas: Y los levitas trasladaron el arca de Dios a hombros, como lo había ordenado Moisés, según la palabra de Yahveh, llevando los varales sobre los hombros.
Dijo David a los jefes de los levitas que dispusieran a sus hermanos los cantores, con instrumentos músicos, salterios, cítaras y címbalos, para que los hiciesen resonar, alzando la voz con júbilo.
Introdujeron el arca de Dios y la colocaron en medio de la Tienda que David había hecho levantar para ella; y ofrecieron ante Dios holocaustos y sacrificios de comunión.
Cuando David hubo acabado de ofrecer los holocaustos y los sacrificios de comunión, bendijo al pueblo en nombre de Yahveh,

Proverbios 8, 22-31
María, trono de Sabiduría

«Yahveh me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas.
Desde la eternidad fui fundada, desde el principio, antes que la tierra.
Cuando no existían los abismos fui engendrada, cuando no había fuentes cargadas de agua.
Antes que los montes fuesen asentados, antes que las colinas, fui engendrada.
No había hecho aún la tierra ni los campos, ni el polvo primordial del orbe.
Cuando asentó los cielos, allí estaba yo, cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo, cuando arriba condensó las nubes, cuando afianzó las fuentes del abismo, cuando al mar dio su precepto – y las aguas no rebasarán su orilla – cuando asentó los cimientos de la tierra, yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo, jugando por el orbe de su tierra; y mis delicias están con los hijos de los hombres.»

Eclesiástico 24, 1. 3-4, 8-12. 19-21
María, trono de Sabiduría

La sabiduría hace su propio elogio, en medio de su pueblo, se gloría.
«Yo salí de la boca del Altísimo, y cubrí como niebla la tierra.
Yo levanté mi tienda en las alturas, y mi trono era una columna de nube.
Entonces me dio orden el creador del universo, el que me creó dio reposo a mi tienda, y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, entra en la heredad de Israel.”
Antes de los siglos, desde el principio, me creó, y por los siglos subsistiré.
En la Tienda Santa, en su presencia, he ejercido el ministerio, así en Sión me he afirmado, en la ciudad amada me ha hecho él reposar , y en Jerusalén se halla mi poder.
He arraigado en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad.
Venid a mí los que me deseáis, y hartaos de mis productos.
Que mi recuerdo es más dulce que la miel, mi heredad más dulce que panal de miel.
Los que me comen quedan aún con hambre de mí, los que me
beben sienten todavía sed.

Isaías 7, 10-14; 8, 10
Mirad, la virgen está encinta

Volvió Yahveh a hablar a Ajaz diciendo:
«Pide para ti una señal de Yahveh tu Dios en lo profundo del seol o en lo más alto.»
Dijo Ajaz: «No la pediré, no tentaré a Yahveh.»
Dijo Isaías: «Oíd, pues, casa de David: ¿Os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios?
Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.
Trazad un plan: fracasará. Decid una palabra: no se cumplirá. Porque con nosotros está Dios.

Isaías 9, 1-3. 5-6
Un hijo se nos ha dado

El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos. Acrecentaste el regocijo, hiciste grande la alegría. Alegría por tu presencia, cual la alegría en la siega como se regocijan repartiendo botín.
Porque el yugo que les pesaba y la pinga de su hombro – la vara de su tirano – has roto, como el día de Madián.
Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre «Maravilla de Consejero», «Dios Fuerte», «Siempre Padre», «Príncipe de Paz». Grande es su señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia, Desde ahora y hasta siempre, el celo de Yahveh Sebaot hará eso.

Isaías 61, 9-11
Desbordo de gozo con el Señor

Será conocida en las naciones su raza y sus vástagos entre los pueblos; todos los que los vean reconocerán que son raza bendita de Yahveh.
«Con gozo me gozaré en Yahveh, exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación, en manto de justicia me ha envuelto como el esposo se pone una diadema, como la novia se adorna con aderezos.
Porque, como una tierra hace germinar plantas y como un huerto produce su simiente, así el Señor Yahveh hace germinar la justicia y la alabanza en presencia de todas las naciones.»

Miqueas 5, 1-4a
El tiempo en que la madre dé a luz

Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño.
Por eso él los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz. Entonces el resto de sus hermanos volverá a los hijos de Israel.
El se alzará y pastoreará con el poder de Yahveh, con la majestad del nombre de Yahveh su Dios. Se asentarán bien, porque entonces se hará él grande hasta los confines de la tierra.
El será la Paz. Si Asur invade nuestra tierra, y huella nuestro suelo, suscitaremos contra él siete pastores, y ocho príncipes de hombres.

Zacarías 2, 14-17
Alégrate hija de Sión, que yo vengo

Grita de gozo y regocíjate, hija de Sión, pues he aquí que yo vengo a morar dentro de ti, oráculo de Yahveh.
Muchas naciones se unirán a Yahveh aquel día: serán para mí un pueblo, y yo moraré en medio de ti. Sabrás así que Yahveh Sebaot me ha enviado a ti.
Poseerá Yahveh a Judá, porción suya en la Tierra Santa, y elegirá de nuevo a Jerusalén.
¡Silencio, toda carne, delante de Yahveh, porque él se despierta de su santa Morada!

Mateo 1, 1-16. 18-23
La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo

Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:
Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos,
Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara, Fares engendró a Esrom, Esrom engendró a Aram,
Aram engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naassón, Naassón engendró a Salmón,
Salmón engendró, de Rajab, a Booz, Booz engendró, de Rut, a Obed, Obed engendró a Jesé,
Jesé engendró al rey David. David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón,
Salomón engendró a Roboam, Roboam engendró a Abiá, Abiá engendró a Asaf,
Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Joram, Joram engendró a Ozías,
Ozías engendró a Joatam, Joatam engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías,
Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amón, Amón engendró a Josías,
Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando la deportación a Babilonia.
Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel,
Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliakim, Eliakim engendró a Azor,
Azor engendró a Sadoq, Sadoq engendró a Aquim, Aquim engendró a Eliud,
Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Mattán, Mattán engendró a Jacob,
y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo.
La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo.
Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto.
Así lo tenía planeado, cuando el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo.
Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta:
- Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, -que traducido significa: «Dios con nosotros.»

Mateo 2, 13-15. 19-23
Dichosa tu, Virgen María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá

Después que ellos se retiraron, el Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.»
El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: – De Egipto llamé a mi hijo. – Muerto Herodes, el Angel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:
«Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.»
El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel.
Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea, y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: – Será llamado Nazoreno. -

Mateo 12, 46-50
Señalando con la mano a los discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos”

Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él.
Alguien le dijo: «¡Oye! ahí fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.»
Pero él respondió al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis
hermanos?»
Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos.
Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Lucas 1, 26-38
Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo

Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios;
vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.
El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre;reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.»
María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?»
El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.
Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril,- porque ninguna cosa es imposible para Dios.»
-Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue.

Lucas 1, 39-47
Dichosa tú, que has creído

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno.
¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»
Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu – se alegra en Dios mi salvador -

Lucas 2, 1-14
Dio a luz a su hijo primogénito

Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo.
Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino.
Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.
Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.
Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.
Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño.
Se les presentó el Angel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor.
El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»
Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace.»

Lucas 2, 15-19
Conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón

Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado.»
Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre.
Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño;
y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían.
María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón.

Lucas 2, 27-35
A ti, una espada te traspasará el alma

Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra,
dejar que tu siervo se vaya en paz;
porque han visto mis ojos tu salvación,
la que has preparado a la vista de todos los pueblos,
luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él.
Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción – ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»

Lucas 2, 41-52
Tu padre y yo te buscábamos angustiados

Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua.
Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta
y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres.
Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos;
pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca.
Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles;
todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas.
Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando.»
El les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?»
Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio.
Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón.
Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres.

Lucas 11, 27-28
Dichoso el vientre que te llevó

Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!»
Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan.»

Juan 2, 1-11
Y la madre de Jesús estaba allí

Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús.
Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos.
Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.»
Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.»
Dice su madre a los sirvientes: – «Haced lo que él os diga.» -
Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una.
Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba.
«Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron.
Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.»
Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.

Juan 19, 25-27
Ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu madre

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena.
Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.»
Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.

Hechos 1, 12-14
Se dedicaban a la oración, junto con María, la madre de Jesús

Entonces se volvieron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio de un camino sabático.
Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago.
Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.

Romanos 5, 12. 17-19
Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia

Por tanto, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
En efecto, si por el delito de uno solo reinó la muerte por un solo hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por uno solo, por Jesucristo!
Así pues, como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo procura toda la justificación que da la vida.
En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos

Romanos 8, 28-30
A los que había escogido, Dios los predestinó

Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio.
Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogenito entre muchos hermanos;
y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó.

Gálatas 4, 4-7
Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer

Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva.
La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!
De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios.

Efesios 1, 3-6. 11-12
Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo;
por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor;
eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado.
A él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros alabanza de su gloria, los que ya antes esperábamos en Cristo.

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab
Apareció una figura portentosa en el cielo

Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada.
Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza;
Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas.
Su cola arrastra la tercera parte de – las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. – El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz.
La mujer – dio a luz un – Hijo – varón, – el que ha de – regir a todas las naciones con cetro de hierro; – y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono.
Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada 1.260 días.
Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: «Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo, porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios.

Apocalipsis 21, 1-5
Vi la nueva Jerusalén, arreglada como una novia que se adorna para su esposo

Luego vi – un cielo nuevo y una tierra nueva – porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya.
Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo.
Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él Dios con ellos, será su Dios.
Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.»
Entonces dijo el que está sentado en el trono: «Mira que hago un mundo nuevo.» Y añadió: «Escribe: Estas son palabras ciertas y verdaderas.»

Fuente EWTN
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://forosdelavirgen.org
).

28/05/2011 22:18 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La figura de Maria a traves de San Marcos.

La figura de María a través de San Marcos. Del padre Horacio Bojorge SJ

La imagen más antigua. El más breve y, casi con seguridad, el más antiguo de los cuatro evangelios. El que recoge, muy probablemente, las catequesis y predicaciones de San Pedro, o sea, el evangelio según lo proclamaba Pedro.

Acerca de María, este evangelio de Marcos es una parquedad extrema, comparable –por la ausencia de referencias- al gran silencio marial neo-testamentario. Marcos comienza su evangelio presentando la figura de san Juan Bautista, y casi inmediatamente a un Jesús ya adulto que llega a bautizarse en el Jordán. Nada de relatos de la infancia, que –como vemos en Mateo y Lucas- se prestan a decirnos algo de la Madre. Nada comparable a dos grandes escenas marianas del evangelio de San Juan: las bodas de Caná y el Calvario.

1. Dos textos: Mc 3, 31-35; 6, 1-3

Lo que dice Marcos acerca de María se agota en dos brevísimos pasajes, ambos situados en la primera parte de su evangelio. Y en esos pasajes ni siquiera se advierte la impronta personal del narrador. Este mantiene una fría objetividad de cronista y nos reporta lo que terceras personas dicen de María. Y si nos detenemos a analizar el texto, encontramos que esas terceras personas son incrédulas, enemigos de Jesús, que por supuesto no se ocupan de su madre con benevolencia, sino desde su hostilidad y descreimiento. Para ellos se agrega, como contrapunto y refutación, el testimonio de Jesús mismo acerca de María.

Leamos los pasajes. El primero en Mc 3, 31-35
“Vinieron su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le mandaron llamar.
Se había sentado gente a su alrededor y le dicen:
-Mira, tu madre y tus hermanos y te buscan allí fuera.
El replicó :
-¿Quién es mi madre y mis hermanos?
Y mirando en torno, a los que se habían sentado a su alrededor, dijo:
-Aquí tienes a mi madre y mis hermanos.
El que haga voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

El segundo pasaje es la escéptica exclamación de los que se admiraban, incrédulos, de su inexplicable poder y sabiduría; se lee en el capítulo 6, 1-3
“Se marchó de allí y fue a su tierra, y le siguieron sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y los muchos que le oían se admiraban diciendo:
-¿De dónde le viene esto? ¿Y qué sabiduría es ésta que se le ha dado? ¿Y tales milagros hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanos aquí con nosotros?
Y se escandalizaron de él”.

Estos son los dos únicos pasajes del evangelio de Marcos en que se menciona a María. Ellos comprueban simplemente que a Jesús se lo conocía en su medio como el carpintero, el hijo de María. Que esa filiación hacía para muchos más increíble que fuera el enviado de Dios. Servía de excusa a los mal dispuestos para afirmarse en su incredulidad. Porque las mismas distancias entre las muestras de poder y sabiduría que –según el relato de Marcos- Jesús iba dando por todas partes, era un argumento de que no le venían de herencia ni de bagaje humano, sino como don de lo alto. La misma humildad de su parentela galilea –la parte proverbialmente más ignorante de las cosas de la ley dentro del pueblo judío- debía haber sido argumento convincente a favor del origen divino de sus obras. Si ellas eran inexplicables por la carne y el parentesco, ¿no habría que tratar de explicarlas por el espíritu de Dios?

2. El contexto del evangelio

Pero tratemos de comprender mejor el sentido de estos episodios colocándonos en la óptica del relato de Marcos. Toda la primera parte de su evangelio, hasta el capítulo octavo, versículos 27-30 (la confesión de Pedro), nos muestra a Jesús que obra maravillas y portentos, que despierta la admiración del pueblo, que deslumbra con su poder sobrehumano. Es decir, nos muestra la revelación progresiva y creciente de Jesús. Y al mismo tiempo nos muestra la absoluta y general comprensión del verdadero carácter de su persona y su misión. Jesús se revela, pero nadie entiende su revelación. No la entiende el pueblo, no la entienden sus discípulos, no la entienden los escribas, no la entienden sus familiares. No la entienden los que se niegan a creer en él y con los que se enfrenta en polémicas y a los que les habla en parábolas.

De esta incomprensión de los incrédulos no hay que admirarse. Pero sí de que tampoco lo comprendan ni entiendan sus propios discípulos. En la privilegiada confesión de la fe de Pedro, con la que culmina la primera parte del evangelio, se entrevé al mismo tiempo un abismo de ignorancia y de resistencia al aspecto doloroso de la identidad de Jesús Mesías.

Nada más comenzar la carrera de Jesús con un sábado en Cafarnaúm, con su enseñanza en la sinagoga y con numerosas curaciones de enfermos y expulsiones de demonios, en cuanto han empezado a seguirle sus primeros discípulos y se ha encendido el fervor popular, ya apuntan la oposición y las críticas: Jesús cura en sábado, come con pecadores; sus discípulos no ayunan y arrancan espigas en sábado. Y ya desde el comienzo del capítulo tercero, los fariseos se confabulan con los herodianos para ver cómo eliminarlo. Pero ello se hace difícil, porque una muchedumbre sigue a Jesús. Este elige de entre ella a sus numerosos discípulos. Uno de los primeros pasos de la confabulación se advierte en 3, 20-21. Jesús vuelve a su tierra. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que ni siquiera podían comer.
“Se enteraron sus parientes y fueron a dominarlo, porque (les) decían: ‘Está fuera de sí’”.

3. La oposición al Mesías

El primer paso de la confabulación contra Jesús consiste en declararlo loco y en interesar a los parientes para dominar a un consanguíneo que podría implicarlo en sus locuras y traerles problemas. Que este método intimidatorio de los parientes –que fue usado contra Jesús y los suyos- era un método usual, nos lo demuestra el episodio del ciego de nacimiento, en el evangelio según san Juan, a cuyos padres llamaron a declarar ante el tribunal (9, 18-23).

Habiendo oído que Jesús estaba fuera de sí, y movidos quizás por temores y veladas amenazas, los parientes de Jesús acuden a dominarlo. Arrastran a su madre a cuyas instancias esperan que Jesús no pueda resistir. Entre tanto, Marcos registra el crescendo de las acusaciones contra Jesús. Jesús es más que un loco. Es un endemoniado: “Está poseído por un espíritu inmundo” (3, 22).

En medio de esta tormenta, de hostilidad por un lado y de entusiasmo popular por otro, es cuando relata Marcos con laconismo de cronista:
“Llegan su madre y sus hermanos y, quedándose fuera, le envían a llamar”.

Se trata de arreglar un problema familiar. Los humildes aldeanos galileos no quieren discutir de teologías. Por la humildad, por modestias o por prudencia campesina –porque la falta de letras no es sinónimo de tontería-, no entran. (Según Lucas, no entran simplemente porque la muchedumbre les impide acercarse).
“Estaba mucha gente sentada a su alrededor”

El odiado doctor está rodeado de una audiencia entusiasta que siente arder el corazón con su palabra, “porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”, ha registrado Marcos (1, 22). Algún malévolo infiltrado entre al audiencia se complace en anunciar en voz alta a Jesús:
“¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan”.

Es a Jesús a quien lo dice, pero indirectamente a su auditorio: “Ved de qué familia viene vuestro doctor”. Marcos registra más adelante, en el capítulo sexto que esta malévola cizaña ha prendido: “¿No es éste el carpintero, el hijo de María, y no conocemos a toda su parentela?”. Y se escandalizaban de él.

La humildad de María y de los parientes de Jesús es esgrimida para humillarlo, para empequeñecerlo delante de su auditorio: ¡Qué candidato a Rey Mesías! ¡Qué candidato a doctor y salvador! He aquí la parentela del profeta. Es el mismo argumento que nos relata también san Juan:
“Pero los judíos murmuraban de él, porque había dicho:
‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’.
Y decían:
‘¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del Cielo?’ (6, 42).

Y registra además san Juan que muchos de sus discípulos se apartaron de él con aquella ocasión:
“Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?” (Jn. 6, 61).
“Y ni siquiera sus parientes creían en él” (Jn. 7, 5).
“Y los judíos asombrados decían: ‘¿cómo entiende de letras sin haber estudiado?” (Jn. 7,15).

Marcos nos hace oír a los que hablan de María, la madre de Jesús, desde su profunda hostilidad al Hijo. Hay en sus palabras un subrayar los humildes orígenes humanos de Jesús, que es tácita negación de su origen y calidad divina.

Así como habrá un Ecce homo! que escarnece a Jesús en su pasión, hay aquí un adelanto del mismo, que envuelve a María en el mismo insulto de desprecio –Ecce mulier, ecce Mater eius- (He aquí a la mujer, ven quién es su madre…).

4. El testimonio de Jesús

A este lanzazo polémico, oculto en el comedimiento de aquellos que le anuncian la presencia de los suyos allí afuera, responde el contrapunto también polémico de Jesús:
“¿Quién es mi madre y mis hermanos?”.
“Y mirando en torno a los que estaban sentados a su alrededor (Mateo precisa el lugar paralelo que son sus discípulos), dice: ‘Estos son mi madre y mis hermanos’”.

Frecuentemente Jesús habla en los evangelios de sus discípulos como de sus hermanos, o de “estos hermanos míos mas pequeños”, o simplemente de “los pequeños”. Se trata de aquellos que oyen a Jesús con fe aunque no lo entiendan perfectamente. Se trata de los que no se le oponen, sino de los que le siguen y le escuchan. Esta es la familia de Jesús, porque es la familia del Padre. (Cuyo vínculo familiar no es la sangre, sino la Nueva Alianza en la Sangre de Jesús, o sea, la fe en él).

Como explicita san Juan: “A los que creen en su nombre les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn. 1, 12).

Por eso remata Jesús con una explicación de por qué son esos sus auténticos familiares:
“Quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

O en la versión de Lucas:
“El que oye la palabra de Dios y la guarda, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Lc. 8, 21).

La misteriosa (y quizás para muchos no muy evidentes) ecuación entre “cumplir la voluntad de Dios” o “escuchar su Palabra y cumplirlas”, y creer en Jesucristo, nos la revela explícitamente san Juan en su primera carta:
“Guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada. Y éste es su mandamiento (y lo que le agrada): que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó” (1ª Jn 3, 22-23).

Hacer la voluntad del Padre no es doblegarse a un oscuro querer, sino complacerse en hacer lo que a Dios le complace; es regocijarse en el regocijo de Dios. Y si nos pregunta en qué se deleita y regocija nuestro Dios, que como Ser omnipotente puede parecer muy difícil de contentar, sabemos qué responder porque ese Ser inaccesible nos ha revelado qué es lo que le regocija:
“Este es mi Hijo, a quien amo y en quien me complazco: escuchádle…” (Mt 17, 1-8; Mc 9, 7; Lc 9, 35).

Nuestro Dios se revela como el Padre que ama a su Hijo Jesucristo, y se deleita en él, y no pide otra cosa de nosotros sino que lo escuchemos llenos de fe y lo sigamos como discípulos.

Entendemos quizás ahora por qué Lucas traduce el “cumplir la voluntad de Dios”, de que hablan Mateo y Marcos, con una frase equivalente: Escuchar su Palabra (que es escuchar a su Hijo) y guardarla (que es seguirlo como discípulo).

Y similar identificación de la voluntad de Dios con la Palabra de Jesús nos ofrece un texto del evangelio de Juan:
“Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado, y el que quiera cumplir su voluntad verá si mi doctrina es de Dios o hablo yo por mi cuenta” (Jn 7, 16-17).

Parientes de Jesús son, pues, los que por creer en él entran en la corriente del vínculo de complacencia que une al Padre con el Hijo y al Hijo con el Padre.

Por eso, su respuesta a los que lo envuelven a él y a su madre en un mismo rechazo y vilipendio es una seria advertencia. Equivale a distanciarse de ellos y negarle cualquier otra posibilidad de entrar en comunión con Dios que no sea a través de la fe en él.

Pero esta palabra de Jesús tiene dos filos. Y el segundo filo es el de una alabanza, el de una declaración de Alianza de parentesco (el único real y más fuerte que el de sangre) entre el creyente y él. Y en la medida en que María mereció ser su Madre por haber creído es éste el más valioso testimonio que podía ofrecernos Marcos a cerca de María. El testimonio de Jesús a cerca de la razón última y única por la cual María pudo llegar a ser su Madre: la fe en él.

5. María Madre de Jesús por la fe

María no estuvo unida a Jesús solo ni primariamente por un vínculo de sangre. Para que ese vínculo de sangre pudiera llegar a tener lugar, tuvo que haber previamente un vínculo que Jesús estima como mucho más importante.

Pero todo esto Marcos no lo explicita. Ni el Señor lo explicitó sin duda en aquella ocasión. Es por otros caminos por donde hemos llegado a comprender lo que hay implícito en el velado testimonio de Jesús que Marcos nos relata. Que María creyó en Jesús antes de que Jesús fuera Jesús. Y que solo porque el verbo encontró en ella esa fe pudo encarnarse.

Es así como el silencio mariano de Marcos da paso a la elocuencia mariana de Jesús mismo. Una elocuencia que lleva la firma de la autenticidad en su mismo estilo enigmático, velado, parabólico, el estilo de Jesús en todas sus polémicas. Un lenguaje que es revelación para el creyente y ocultamiento para el incrédulo.

Y quiero terminar –para confirmar lo dicho- iluminando este primer retrato de María, según Marcos, con una luz que tomaré prestada del evangelio de Lucas, pero en la casi absoluta certeza de que no se debe sólo a su pluma, sino a la misma antiquísima tradición pre-evangelista en que se apoya Marcos. Me complace considerarlo como un incidente ocurrido en la misma ocasión que Marcos nos relata, cómo lo sugiere su engarce en un contexto similarísimo. En medio de las acusaciones de que está endemoniado, y estando Jesús ocupado en defenderse,
“Alzó la voz una mujer del pueblo y dijo:
‘Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron’.
Pero él dijo: ‘Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan’”. (Lc 11, 27-28).

Creo que Lucas ha querido explicitar directamente, al insertar este episodio en su evangelio, lo que no queda a su gusto suficientemente explícito en el relato de Marcos: que las palabras de Jesús, en respuesta a los que le anunciaban la presencia de los suyos, encerraban un testimonio acerca de María.

Conclusión

La figura de María según Marcos es, como nos lo puede mostrar su comparación con los pasajes paralelos de Mateo y Lucas, la figura más primitiva que podemos rastrear a través de los escritos del Nuevo Testamento. Es la imagen de la tradición pre-evangélica y se remonta a Jesús mismo.

Es una figura a penas esbozada, pero clara en sus rasgos esenciales. Rasgos que, como veremos, desarrollarán y explicitarán los demás evangelistas, limitándose solo a mostrar lo que ya estaba implícito en esta figura de María, madre ignorada de un Mesías ignorado. Madre vituperada del que es vituperado. Pero, para Jesús, bienaventurada por haber creído en él. Madre por la fe más que por su sangre.

Y ya desde el principio, y desde el testimonio mismo de Jesús: Madre del Mesías, presentada en explícita relación, de parentesco con los que creen en Jesús, como Madre de sus discípulos, que es decir, de su Iglesia.

Fuente: “LA FIGURA DE MARÍA A TRAVÉS DE LOS EVANGELISTAS” del Padre Horacio Bojorge sj
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://forosdelavirgen.org
).

28/05/2011 22:14 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La figura de Maria a traves de San Mateo.

La figura de María a través de San Mateo. Del padre Horacio Bojorge SJ

Mateo enriquece la figura de María respecto de la imagen de Marcos explicitando dos rasgos de la Madre del Mesías: 1) María es Virgen; 2) María es esposa de José, hijo de David.


Ambos rasgos los explicita Mateo no por satisfacer curiosidades, sino por lo que ellos significan en el marco de su presentación teológica del misterioso origen del Mesías.


1. De Marcos a Mateo

Marcos, cuya imagen de María ya hemos contemplado, escribió su evangelio para la comunidad cristiana de Roma; y lo hizo atendiendo especialmente a explicar un hecho del que sin duda pedían explicación los judíos de la diáspora romana a los misioneros cristianos: ¿Cómo es posible que, siendo Jesús el Hijo de Dios y Mesías, no fuera reconocido, sino rechazado y condenado a muerte por los jefes de la nación palestina?

Todo el evangelio de Marcos muestra, por un lado, la revelación de Jesús como Mesías, como Cristo o como Ungido (estos tres términos significan exactamente lo mismo); y por otro lado, muestra el progresivo descreimiento de muchos, la incomprensión, incluso por parte de sus fieles, respecto del carácter sufriente de su mesianidad.

La escueta presentación que Marcos nos hace de María –ya lo vimos- es un engranaje en esta perspectiva marcana. Muestra una de las formas que asumió el rechazo y la oposición de los dirigentes palestinos hacia Jesús y cómo involucraron en su campaña de difamación y hostigamiento la condición humilde y el origen galileo de su parentela.

Ante este ataque Jesús responde –sin arredrarse- a quienes le pedían un signo genealógico, confrontándolo con la necesidad de creer sin pedir signos, y dando un testimonio –velado para los incrédulos, pero elocuente para quienes creían en él- a favor de su madre y sus discípulos.

Mateo, de cuya imagen de María nos ocuparemos ahora, no ignora la visión de Marcos, sino que la retoma en el cuerpo de su evangelio (Mt 12, 46-50; 13, 53-57), como también lo hará san Lucas en el suyo (Lc 8, 19-21; 4, 22). No hay necesidad de volver aquí sobre esos pasajes, que son copia casi textual de Marcos o de una fuente preexistente y en los que Mateo introduce sólo algún ligero retoque. Vamos a ocuparnos más bien de los que Mateo agrega a la figura de María como rasgos de su cosecha. Ellos son una explicitación de lo que estaba implícito en Marcos.

2. María Virgen y esposa de José

Mateo enriquece la figura de María respecto de la imagen de Marcos explicitando dos rasgos de la Madre del Mesías: 1) María es Virgen; 2) María es esposa de José, hijo de David.

Ambos rasgos los explicita Mateo no por satisfacer curiosidades, sino por lo que ellos significan en el marco de su presentación teológica del misterioso origen del Mesías.

Que María es Vírgen es un rasgo mariano que está en íntima conexión con la filiación y origen divino del Mesías. Este nace de María sin mediación del hombre y por obra del Espíritu Santo, nos dice Mateo.

Que María sea esposa de José, hijo de David, es un rasgo mariano que está a su vez en íntima conexión con la filiación davídica y el carácter humano del Mesías.

Hijo de Dios por el misterio de la virginidad de su Madre, e Hijo de David por el no menos misterioso matrimonio con José, hijo de David.

3. El origen humano – divino del Mesías

Hijo de David, hecho hijo de mujer.

Es larga la galería de pintores cristianos que nos presenta a la Madre con el Niño. Esa larga galería, nos parece Mateo el precursor y pionero. Y sin embargo el texto más antiguo que poseemos de Jesús y su Madre es muy probablemente de san Pablo.

La adusta parquedad mariológica de Pablo merece aquí, aunque sea lateralmente y de paso, el homenaje de nuestra atención. Hacia el año 51 de nuestra era, o sea unos veinte años antes de la fecha probable de composición del evangelio de Mateo, les escribe Pablo a los Gálatas:
“Pero al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, hecho hijo de mujer, puesto bajo la ley para rescatar a los que se hallaban bajo la ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Gál 4, 4-5).

Y entre diez y doce años más tarde, entre el 61-63 de nuestra era, escribe el mismo Pablo desde su primera cautividad a los fieles de Roma:
“Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios, (evangelio) que había ya prometido por medio de sus profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo (de Dios) nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder…(Rom 1, 1-3).

Estos dos textos de Pablo nos muestran la presencia en el estado más primitivo de la tradición, de tres elementos esenciales que vamos a encontrar en los pasajes marianos de Mateo.

El primero: lo que se dice de Jesucristo se presenta como sucedido según las Escrituras, como cumpliendo las Escrituras, como la realización de lo predicho por los profetas que hablaron en nombre de Dios e ilustrados por el Espíritu.

El segundo elemento es la doble fijación de Jesús, Hijo de Dios y al mismo tiempo hijo de David. Pablo ve en Jesús dos filiaciones. Una filiación espiritual, por la cual es Hijo de Dios por obra del Espíritu que nos permite clamar ¡Abba!, o sea, Padre. Y una filiación según la carne por la cual es hijo de David. Y notemos –tercer elemento a tener en cuenta- que no especifica el cómo de dicha descendencia davídica diciéndonos: “engendrado por José” o “nacido de varón”, sino diciéndonos: “hecho hijo de mujer”. *

He aquí los elementos constitutivos de uno de los problemas al que va a responder Mateo en su evangelio.

Es el mismo problema del origen del Mesías que se agita en los textos de Marcos que ya vimos. Pero no ya planteado en términos de objeción en boca de los enemigos, sino en términos de respuesta a la objeción. Respuesta que se inspira, sin duda, en la que el mismo Jesús había dado en los tiempos de su carne mortal y que los tres sinópticos nos narra en sus evangelios (Mt 22, 41ss. y paralelos).

“Estando reunidos los fariseos le propuso Jesús esta cuestión: ‘¿Qué pensáis acerca del Mesías? ¿De quién es Hijo?’.
Dícenle: ‘De David’.
Replicó: ‘Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu le llama Señor, cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies? (Sal 110, 1). Si, pues David le llama Señor, cómo puede ser Hijo suyo?’.
Nadie es capaz de contestarle nada; desde ese día ninguno se atrevió a preguntarle más”.

Ya Jesús había alertado, por lo tanto, a sus oyentes contra el peligro de juzgarlo exclusivamente según la carne. No es que rechazara el origen davídico del Mesías, pero señalaba que ese origen davídico encerraba un misterio, y que el misterio de la personalidad del Mesías no se explicaba exclusivamente por su ascendencia davídica, sino por una raíz que lo hacía superior a su antepasado según la carne y que habría espacio, en el misterio de su origen, a la intervención divina, pues, “Señor” era título reservado a Dios.

Y en esta filiación doble y compleja del Mesías, es en la convergencia de estos dos títulos (Hijo de Dios e hijo de David) donde Mateo ve enclavado el misterio de María.

4. La revelación de la virginidad de María

Al finalizar su genealogía de Jesús, Mateo nos dice: Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. La fórmula es ya intrigante. A lo largo de toda la genealogía con la que comienza su evangelio, Mateo ha hablado empleando el verbo engendrar: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob. Y cuando, contra lo usual en la genealogías hebreas, nombra a una madre, dice: Judá engendró de Tamar a Fares; David engendró de la que fue mujer de Urías a Salomón… Jacob engendró a José, el esposo de María.

José es el último de los “engendrados”. De Jesús ya no se dice que haya sido engendrado por José de María, sino que José es el esposo de María de la cual nació Jesús.

Se abre, pues, para cualquier lector judío avezado en el estilo genealógico, un interrogante al que Mateo va a dar respuesta versículos más abajo:
“El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a convivir ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo”.

He aquí la revelación de la virginidad de María. Nos asombra la sobriedad casi frialdad de Mateo al referirse a este portento. No hay ningún énfasis, ninguna consideración encomiosa ni apologética, ninguna apreciación que exceda el mero anunciado del hecho. Mateo está más preocupado por su significación teológica que por su rareza, más preocupado por el problema de interpretación que plantea al justo José que el que puede plantear a todas las generaciones humanas después de él.

¿Qué significa –teológicamente hablando- la maternidad virginal de María?

A Mateo no le interesa dar aquí argumentos que la hagan creíble o aceptable. Y no pensemos que sus contemporáneos fueran más crédulos que los nuestros ni más proclives a aceptar sin chistar este misterio de la madre virgen. Hemos visto las dificultades que levantaban contra un Jesús reputado hijo carnal de José y María. Imaginemos las que podían levantar contra alguien que se presentara –o fuera presentado- con la pretensión de ser Hijo de Madre Virgen, de haber sido engendrado sin participación de varón y por obra directa de Dios en el seno de su madre.

5. La genealogía

Entenderemos mejor por dónde va el interés de Mateo en la concepción virginal de Jesús y su adopción por José tomando a María por esposa; nos explicaremos mejor por qué Mateo engarza esta gema en el contexto – tan poco elocuente para nosotros- de una genealogía, si nos detenemos un poco a considerar qué función cumplía este género literario genealógico en el contexto vital del pueblo judío en tiempos de Jesús.

En tiempos de Jesús, la genealogía de una persona y una familia tenía suma importancia jurídica e implicaba consecuencias en la vida social y religiosa. No era, como hoy entre nosotros, un asunto de curiosidad histórica o de elegancia, o de mera satisfacción de la vanidad.

Una genealogía se custodiaba como un título familiar. Posición social, origen racial y religioso dependían de ella.

Sólo formaban parte del verdadero Israel la familia que conservaban la pureza de origen del pueblo elegido tal como lo habían establecido después del exilio, la reforma religiosa de Esdras.

Todas las dignidades, todos los puestos de confianza, los cargos públicos importantes, estaban reservados a los israelitas puros. La pureza había que demostrarla y el Sanedrín contaba con un tribunal encargado de validar las genealogías e investigar los orígenes de los aspirantes a los cargos.

El principal de todos los privilegios que reportaba una genalogía pura se situaba en el dominio estrictamente religioso. Gracias a la pureza de origen el israelita participaba de los méritos de sus antepasados. En primer lugar, todo israelita participaba en virtud de ser hijo de Abraham, de los méritos del Patriarca y de las promesas que Dios le hiciera a Abraham. Todos los israelitas –por ejemplo- tenían derecho a ser oídos en su oración, protegidos en los peligros, asistidos en la guerra, perdonados de sus pecados, salvados de la Gehena y admitidos a participar del Reino de Dios. Literalmente: el Reino de Dios se adquiría por herencia. Jesús impugna enérgicamente esta creencia.

“Dios puede suscitar de las piedras hijos de Abraham” (Lc 3, 8).

“Los publicanos y prostitutas los precederán en el Reino de los Cielos” (Mt 21, 31).

Porque, según Jesús, el título que da derecho al Reino no es la pureza genealógica de la raza ni la sangre, sino la fe (Jn 3, 3ss.; 8, 3ss.).

6. Hijo de David

Pero además, y en segundo lugar, la pureza de una línea genealógica daba al descendiente participación en los méritos particulares de sus antepasados propios.


Un descendiente de David, por ejemplo, participaba de los méritos de David y era especialmente acreedor a las promesas divinas hechas a David.

Por eso, cuando Mateo comienza su evangelio ocupándose del origen genealógico del Mesías comienza por un punto candente para todo judío de su época: el origen davídico del Mesías.

Según la convicción común y corriente de los contemporáneos de Jesús, fundada con razón en la Escritura, el Mesías sería un descendiente de David. En la Palestina de los tiempos de Jesús había, además de los hijos de Leví, otros grupos familiares o clanes que llevaban nombres de los ilustres antepasados de los que descendían. Existía todo un clan de los descendientes de David –uno de los cuales era José-, que debía ser muy numeroso no solo en Belén, ciudad de origen de David, sino también en Jerusalén y en toda Palestina.

No es exagerado calcular en número de los hijos de David, como cifra baja, en unos mil o dos mil. Ser hijo de David era, pues, llevar un apellido corriente que no necesariamente le daba al portador demasiado brillo ni gloria. Y si comparamos el título Hijo de David con uno de nuestros apellidos equivaldría a la frecuencia de nuestros Pérez, González y Rodríguez.

Los parientes cercanos de Jesús aparecen en el evangelio como un grupo numeroso, y parece que fueron un grupo importante de la comunidad primitiva de Jerusalén, quizás cerca de un centenar.

Entre los hijos de David había, sin duda, familias pobres y familias acomodadas. Habría, sin duda también, miembros de la aristocracia de Jerusalén. Y la pretensión y lustre mesiánico de Jesús, su éxito y el fervor popular que despertaba su persona, no habrá dejado de levantar ronchas y envidias entre los hijos de David más acomodados e ilustrados, puesto que vendría a frustrar espectativas de elección divina de más de alguna madre davídica orgullosa de sus hijos dotados de más títulos, relaciones y letras que el pariente galileo.

La afirmación de Mateo del origen davídico merece toda fe. Que no sea una invención tardía del Nuevo Testamento para fundamentar el origen mesiánico de Jesús haciéndolo descendiente de David, nos lo muestra el testimonio unánime de todo el nuevo testamento y el de otras fuentes históricas. Eusebio registra en su Historia Eclesiástica el testimonio de Hegesipo, que escribe hacia el 180 de nuestra era, recogiendo una tradición palestina, cómo los nietos de Judas, hermano del Señor, fueron denunciados a Domiciano como descendientes de David y reconocieron en el transcurso del interrogatorio dicho origen davídico.

Igualmente Simón, primo del Señor y sucesor de Santiago en el gobierno de la comunidad de Jerusalén, fue denunciado como hijo de David y de sangre mesiánica, y por eso crucificado. Julio el Africano confirma que los parientes de Jesús se gloriaban de su origen davídico a todo lo cual se suma que ni los más encarnizados adversarios de Jesús ponen en duda su origen davídico, lo que hubiera sido un poderoso argumento contra él de haberlo podido alegar ante el pueblo.

Para Mateo, todo hubiera sido a primera vista más sencillo si hubiera podido presentar a Jesús como engendrado por José, a semejanza de todos sus antepasados. En realidad, el origen virginal de Jesús le complica las cosas. No sólo introduce un elemento inverosímil en su relato, una verdadera piedra de escándalo para muchos, sino que complica la evidencia del origen davídico de Jesús al transponerlo del plano físico al de los vínculos legales de la adopción.

¿Qué significado teológico encerraba el título Hijo de David –de suyo tan vulgar- aplicado al Mesías? ¿Y cómo lo entiende Mateo como título aplicable a Jesús?

El evangelio de Mateo se abre con las palabras: Libro de la Historia de Jesús el Ungido, Hijo de David, Hijo de Abrahám.

Mateo parte de los títulos mesiánicos más comunes y recibidos para mostrar en qué medida son falsos y en qué medida son verdaderos; para mostrar que no son ellos los que nos ilustran a cerca de la identidad del Mesías, sino que son el Mesías –Jesús- y su vida lo que nos enseñan su verdadero sentido.

Como Hijo de David, Jesús es portador de las promesas hechas a David para Israel. Como Hijo de Abrahám, trae la promesa a todos los pueblos. Como Hijo de David es rey, pero un rey rechazado por su pueblo y perseguido a muerte desde su cuna, pues ya Herodes siente amenazado su poder por su mera existencia y ordena para matarlo el degüello de los inocentes. No son los sabios de su pueblo, sino los de los paganos, venidos de oriente, los que preguntan por el rey de los judíos y le traen presentes y regalos. Como Hijo de David, también le corresponde nacer en Belén, pero su origen es ignorado, pues luego es conocido como galileo nazareno.

El sentido que tiene este reconocimiento inicial de los dos títulos (Hijo de David, Hijo de Abrahám) lo explicita ya el final de la genealogía: Hijo de María (por obra del Espíritu Santo), esposa de José.

María y José al culminar la lista genealógica arrojan sobre ella una luz que la transfigura. Esta genealogía misma encierra en su humildad carnal el testimonio perpetuo de la libre iniciativa divina, que ha de brillar deslumbrante al término de ella. Porque Abrahám en su comienzo absoluto, puesto por una elección gratuita de Dios. Porque este hombre se perpetúa en una mujer estéril. Porque la primogenitura no la tiene Ismael, sino Isaac, y más tarde no es Esaú, sino Jacob, quien la hereda, contra lo que hubiera correspondido según la carne; y lo mismo pasa con Judá que hereda en lugar del primogénito, y con David, que es el menor de los hermanos. En la larga lista se cobijan justos, pero también grandes pecadores a quienes se enorgullecían de la pureza de su origen davídico, o pensaran el origen davídico del Mesías en orgullosos términos de pureza racial, no podía dejarles de llamar la atención que en la genealogía que introdujera Mateo, contra lo habitual en nombre de cuatro mujeres, todas ellas extranjeras y ajenas no sólo a la estirpe sino a la nación Judía: Tamar, cananea, que disfrazándose de prostituta arranca a su suegro la descendencia que correspondía a su marido muerto, según la ley del levirato, y que sus parientes le negaban. Rajab, otra cananea, gracias a la cual los judíos pueden entrar en Jericó en tiempos de Josué, y que, según las tradiciones rabínicas extra bíblicas, fue madre de Booz, que a su vez, de Rut –extranjera también y nada menos de la odiada región moabita- engendró a Obed, abuelo de David. Bat-Seba, por fin, la adúltera presumiblemente hitita como su marido Urías, general de David, a quien este pecaminosamente hace morir en combate para arrebatarle a su mujer, la cual fue luego nada menos que madre de Salomón, hijo de la promesa.

¿Dónde queda lugar para el orgullo racial, para gloriarse en la pureza de la sangre o en los méritos de los antepasados? No están escritas en el linaje del Mesías, en cuanto provienen de David, ni la impoluta pureza de la sangre ni la justicia sin mancha. Más bien, por el contrario, si el Mesías se debe a sus antepasados, se debe también a los extranjeros y a los pecadores, y también los extranjeros y pecadores tienen títulos de parentesco que alegar sobre el Mesías.

Mateo se complace en señalar así la verdadera lógica genealógica inscrita en la historia del linaje davídico del Mesías y en contradecir con ella el orgullo carnal y el culto del linaje.

Aquellas mujeres extranjeras, a las cuales se debió la perpetuación del linaje de David, son prefiguración de María: ajena también al linaje de David según la carne, despreciable por los que se gloriaban en sus genealogías.

Pero, aunque eternamente extranjera al linaje de mujeres que conciben por obra de varón, es la madre del nuevo linaje de hombres que nace de Dios por la fe.

7. Hijo de David e Hijo de Dios

María Virgen y María esposa de José no son rasgos que se yuxtaponen, sino que se articulan y dan lugar a una explicación teológica: iluminan cómo debe entenderse el título mesiánico Hijo de David. La pertenencia del Mesías al linaje de David no se anuda a través de un vínculo de sangre, pues José, hijo de David, no tiene parte física en su concepción. La pertenencia del Mesías a la casa de David se anuda a través de una Alianza. Una alianza matrimonial. Pero una alianza matrimonial que no se explica tampoco por mera decisión o elección humana, sino por dos consentimientos de fe a la voluntad divina y, por lo tanto, a la vez que alianza matrimonial entre dos criaturas, es alianza de fe entre dos criaturas y Dios.

El Mesías no es Hijo de David por voluntad ni por obra de varón ni por genealogía, sino que entra en la genealogía en virtud de un asentimiento de fe que da José, hijo de David, a lo que se le revela como operado por Dios en María.

El Mesías no es Hijo de Dios por voluntad ni obra de varón, sino en virtud de un asentimiento de fe que da María a la obra del Espíritu en ella.

Para que el Mesías, Hijo de Dios e Hijo de David, 1) viniera al mundo y 2) entrara en la descendencia davídica, se necesitaron, pues, dos asentimientos de fe: el de María y el de José. Ambos fundan el verdadero Israel, la verdadera descendencia de Abraham, que nace, se propaga y perpetúa no por los medios de la generación humana, sino por la fe.

Mateo subraya que la filiación davídica de Jesús-Mesías no es signo genealógico que pueda ser leído, rectamente comprendido ni interpretado al margen de la fe. No es un signo que Dios haya dado en el campo de la generación humana, accediendo a la carnalidad de los judíos que pedían signos para creer.

Parece más bien antisigno, porque, en la realidad, el Mesías existió anterior e independientemente a su incorporación en el linaje de David a través del matrimonio de su Madre con un varón de ese linaje.

Los hechos, que Mateo no elude, más bien contradicen los modos concretos de la expectación mesiánica judía.

Mateo da muestras de un coraje y una honestidad intelectual muy grandes cuando acomete la tarea de exponer estos hechos (aunque increíbles) sin endulzarlos ni camuflarlos, en la confianza de que ellos manifiestan una coherencia tal con el Antiguo Testamento que no podrán menos de mover a reconocerlos –si se perfora la costra superficial de su apariencia- como signos de credibilidad.

De ahí su recurso al Antiguo Testamento, en paralelo continuo con los hechos, mostrando cómo no son las profecías las que condenan al Jesús Mesías, sino que es la vida real y concreta del Jesús-Mesías la que arroja luz sobre el contenido profético del Antiguo Testamento y la que amplía la extensión de su sentido profético a regiones insospechadas para los carriles vulgares de la teología judía de su tiempo.

*Tanto para justificar la traducción “hecho hijo de mujer”, en vez de “nacido de mujer”, como para comprender el sentido mesiánico de la alusión a la madre, véase el artículo de José M. Bover, sj, Un texto de san Pablo (Gál 4, 45) interpretado por san Ireneo (Estudios Eclesiásticos 17, 1943, pp. 145-181), cuya traducción del pasaje de Gálatas hemos adoptado.

Fuente: “LA FIGURA DE MARÍA A TRAVÉS DE LOS EVANGELISTAS” del Padre Horacio Bojorge sj
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://forosdelavirgen.org
).

28/05/2011 22:13 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La figura de Maria a traves de San Lucas.

La figura de María a través de San Lucas. Del padre Horacio Bojorge SJ

La obra del evangelista Lucas consta de dos libros: el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles.

El primero nos relata la historia de Jesús, el segundo la historia de los orígenes de la Iglesia. La intención del díptico es iluminar la experiencia que los fieles de origen pagano encontraban en la comunidad eclesial, explicándola a la luz de su origen histórico.


¿Cómo? Mostrando –en la experiencia actual del Espíritu Santo derramada en las primeras comunidades- la continuidad de la acción del mismo Espíritu que había obrado en la Iglesia de los Apóstoles, en la Vida y Obra de Jesús y en su preparación previa en la historia pasada de Israel.


1. La intención de Lucas

La inquietud de Lucas parte, pues, del presente; y para dar razón de él e interpretar su significado religioso, se remonta al pasado. En cambio su obra escrita, por pura razón del método, parte del pasado y, siguiendo un cierto orden cronológico de los hechos, llega al presente. El prólogo de su evangelio nos muestra claramente que Lucas ha usado la técnica cinematográfica del “raconto”:

“Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente los hechos que han tenido lugar entre nosotros, tal como nos los han transmitido los que presenciaron personalmente desde el comienzo mismo y que fueron hechos servidores del Mensaje, también a mí, que he investigado todo diligentemente desde sus comienzos, me pareció bien escribirlos ordenadamente para ti –ilustre Teófilo-, para que conocieras la certeza de las informaciones que has recibido”.

Lucas es plenamente consciente de su condición de testigo secundario y tardío. No es apóstol ni testigo presencial de los orígenes del milagro cristiano. Se ha incorporado a la Iglesia, y a sido dentro de ella una figura relativamente oscura y de segundo rango. Pero no es judío; y se ha aproximado a esta nueva “secta”, nacida del judaísmo, desde su cultura y mentalidad griega, como hijo ilustrado de ella, amante de claridades y certezas, de orden y de examen crítico de hechos y testigos.

En su prólogo distingue claramente: 1º) Los testigos presenciales (autoptai: los que vieron por sí mismos) y desde los comienzos (ap’arjés) y que convertidos en servidores de ese mensaje, lo transmitieron (paredosan). Ellos son la fuente de la tradición. 2º) Otros que se dieron a la tarea (epejéiresan: pusieron la mano, escribieron) de repetir por escrito, en el mismo orden que la tradición oral, las narraciones de los testigos (¿Marcos, por ejemplo?). Ellos son los que fijaron por escrito esas antiguas tradiciones. 3º) El, Lucas, que adopta un orden propio. Orden que fundado en una investigación diligente de los hechos, tiene por fin hacer resaltar en ellos su coherencia interior y, por lo tanto, su credibilidad.

Desde su relación actual (catequístico – apologética) con Teófilo- personaje real o personificación de los paganos instruidos (como Lucas) que se habían acercado a enterarse de la fe cristiana-, Lucas emprende su obra, que es a la vez historia de la fe y de teología de la historia. Y como buen historiador griego, se funda en testigos presenciales y fidedignos.

Su escrúpulo se refleja –entre otras cosas. En que sitúa los acontecimientos que relata en relación con ciertas coordenadas o hitos de la historia.

Teófilo ha recibido información o instrucción en una de aquellas comunidades contemporáneas, suyas y de Lucas, en la que ha visto las obras del Espíritu.. Lucas parte de allí hacia atrás, explicándolo todo desde el comienzo como obra del Espíritu Santo. Esta centralidad del Espíritu Santo en la obra de Lucas se desprende del prólogo de los Hechos de los Apóstoles, segundo tomo de su obra:

“En mi primer libro, oh Teófilo, hablé de lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio, hasta el día en que, después de haber enseñado a los Apóstoles que El había elegido por obra del Espíritu Santo, fue llevado al cielo”.

El Espíritu Santo ha presidido e inspirado la elección de los Apóstoles y es el vínculo divino entre Jesús y la Misión eclesial que comienza.

Lucas, que escribe a gentiles o cristianos provenientes de la gentilidad, no puede contentarse con el recurso al Antiguo Testamento y a la prueba de Escritura. Para su público es necesario integrar estos elementos en un nuevo marco significativo. Lucas debe atender a la solidez y certeza, y estas deben demostrarse a partir de hechos actuales, visibles en la iglesia. Desde estos hechos puede ya remontarse al pasado bíblico, que no ofrece para su público pagano interés por sí mismo.

Cuando Lucas nos narra la infancia de Jesús, trata la materia más lejana al presente, toca la parte más remota de su historia. Lucas podía haberlo omitido como Marcos y Juan. Era materia especialmente espinosa para explicar a gentiles. Mateo en cambio, podía mostrar más fácilmente a su público, judío, como a través de los hechos de la infancia de Jesús se cumplían las Escrituras. Pero para el público de Lucas, el argumento de Escritura adquiría fuerza si se presentaba integrado en el testimonio de un testigo, dirigido históricamente y claramente vinculado a la explicación del presente eclesial.

2. María como testigo

Y ese testigo de la infancia de Jesús es María. A Lucas debemos una serie de rasgos de María, un enriquecimiento de detalles de su figura que proviene precisamente de un interés por ella como testigo privilegiado no solo de la vida de Jesús, sino también del significado teológico de esa vida.

Si todo el evangelio de Lucas se funda en un testimonio de testigos oculares y si Lucas se atreve hablar de la infancia de Jesús es porque cuenta con el testimonio de María a cerca de ella. Lucas evoca por dos veces en su narración de la infancia los recuerdos de María: “María por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (2, 19); “Su Madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (2, 51). Estas fórmulas recuerdan la manera como san Juan invoca su propio testimonio en su evangelio y los términos análogos usados por el mismo Lucas cuando parece referirse al testimonio de vecinos y parientes:

“Invadió el temor a todos sus vecinos (viendo lo sucedido a Zacarías) y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las guardaban en su corazón” (1,66).

“Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia” (1,58).

“Se volvieron glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído” (2, 20).

Algunos de estos testimonios, que difícilmente a podido recoger Lucas directamente de los testigos presenciales, deben haberle llegado a través de María o de familiares de Jesús que –como sabemos- integraba la comunidad primitiva y guardarían tradiciones familiares, de las cuales, sin embargo, la fuente última debió ser María.

3. Cualidades de María como testigo

Lucas pone especial cuidado en cualificarla como testigo: María es una persona llena de gracias de Dios, como lo dice el Angel. Instruido en las escrituras, como se desprende del lenguaje bíblico del Magníficat; como lo presupone la profunda reflexión bíblica sobre los hechos, que se entreteje de manera inseparable de su narración; y como se explica también por el parentesco levítico de María relacionada con Isabel, su prima, descendiente del linaje sacerdotal de Aarón y esposa del sacerdote Zacarías.

Nos detenemos a subrayar esto, porque hay quienes con cierta facilidad se inclinan a atribuir los relatos de la infancia de Jesús a la imaginación de los evangelistas, como si estos los hubieran inventado libremente, inspirándose en los relatos que el Antiguo Testamento suele hacer de la infancia de los grandes hombres de Dios, como Moisés o Samuel.

Es innegable que estos relatos de la infancia de Jesús son como un tapiz, tejidos con hilos de reminiscencias veterotestamentarias. Pero ¿con qué otro hilo podía tejer su meditación sobre los hechos María, una doncella judía, emparentada con levitas y sacerdotes, piadosa y llena de Dios, asistente asidua y atenta de las lecturas de las explicaciones de la sinagoga? ¿Y quién puede distinguir cuando abre el cofre de sus recuerdos más queridos, entre lo que un historiador frío podría llamar hechos, crónica, y la carga de evocación, interpretación personal y resonancias afectivas en quien volvemos como entre terciopelos, las joyas de nuestra memoria?

Lucas sabe que no puede pedir de María, su testigo, un testimonio redactado en el género de un parte de comisaría. Ni tampoco le interesa. Porque en la meditación con la que María comprendió los acontecimientos y los recuerda en la rumiación midráshica de que los hizo objeto, hay algo que Lucas aprecia más que la crónica de un archivo. Hay la revelación, hecha a una criatura de fe privilegiada, del sentido de los acontecimientos de la infancia de Jesús a la luz de la escritura, y hay una iluminación de oscuros pasajes de la escritura a la luz de los misterios de la vida del Salvador. Y en ese recíproco iluminarse de los hechos presentes por los pasados, y de los pasados por los presentes, no hay un método inventado por María, sino un procedimiento muy bíblico que revela, sin necesidad de firmas en la tela al verdadero autor: el Espíritu Santo. El que –como Lucas gusta subrayar- obra en la Iglesia, obró en la vida de María y que se revela como el conductor de toda la historia de salvación, no sólo hasta Abraham (según Mateo), sino hasta Adán mismo, como Lucas la traza en su genealogía de Jesús. Es el Espíritu Santo quien, a través de María, está dando testimonio de Jesús y quien comenzó por ella su tarea de enseñar a los creyentes en Jesucristo todas las cosas.

Por eso, María no podía faltar y no falta en la obra de Lucas, no sólo en el momento de la infancia de Jesús, como la voz del niño que todavía no es capaz de hablar, sino tampoco en la infancia de la Iglesia, cuando los Apóstoles después de la Ascensión, encerrados todavía en sus casas por temor a los judíos perseveran en la oración –como nos narra Lucas al comienzo de los Hechos de los Apóstoles- junto con la Madre de Jesús, sin animarse todavía a hablar; Apóstoles infantes hasta la mayoría de edad del Espíritu.

Por eso María desaparece discretamente y cede humilde la palabra a su Hijo cuando éste –a los doce años en su Bar-Mitzvá, en el Templo de Jerusalén- se convierte en un adulto maestro de la sabiduría de su Pueblo y se hace capaz de dar testimonio válido de sí mismo y del Padre.

Por eso desaparece también María muy pronto de los Hechos de los Apóstoles, a penas éstos llenos del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, se convierten en maestros de la Nueva Ley del Espíritu, en servidores de la Palabra, revestidos con fuerza y poder de lo alto en validos testigos de la Pasión y Resurrección o sea, de la identidad mesiánica y divina de Jesús.

María ocupa, pues, un puesto muy humilde como testigo, y cede ese puesto a penas su misión, provisoria deja de hacerse imprescindible. Pero su testimonio permanece como eternamente válido e irremplazable para aquél período de la concepción e infancia del Señor que ella presenció y en cuyas modestas y oscuras prominencias supo leer con fe, ilustrada por Dios y antes que nadie el cumplimiento de las profecías.

El contenido del testimonio de María en los relatos de la infancia según Lucas está polarizado en la persona de Jesús, protagonista de todo el evangelio, alrededor del cual se mueven muchas figuras: Zacarías, Isabel, Juan el Bautista, parientes y vecinos, pastores de Belén, Simeón y Ana la profetiza, doctores del templo, María y José.

4. La plenitud de los tiempos

Lucas, discípulo de Pablo refleja en su obra una idea muy paulina. Idea que ya hemos visto en aquél pasaje de la carta a los Gálatas que citábamos hablando de Mateo: “Pero al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, hecho hijo de mujer” (Gál 4,4). La plenitud de los tiempos ha llegado, y ella comienza y consiste en la vida de Cristo, pues en él está el centro de la historia de la salvación.

El oculto período de la infancia del Señor es el filo crítico en que comienza esa plenitud y termina lo antiguo, Juan el Bautista es el último personaje del Antiguo Orden. Jesús es el primero del Nuevo. De ahí que Lucas coloque en paralelo sus milagrosas concepciones, el anuncio angélico a sus padres sus nombres simbólicos, reveladores de sus respectivas identidades y misiones, sus infancias y su crecimiento. De este díptico de textos resalta una cierta semejanza pero también la radical diferencia de ambas figuras: Juan-precursor y Jesús-Mesías. Juan último profeta del Antiguo Orden y Jesús Hijo de Dios.

Lucas se complace en leer ya desde la infancia, más aún desde antes del nacimiento del Bautista, su destino de heraldo del Mesías. El niño Juan salta de gozo en el seno de su madre. Y ésta se llena del Espíritu Santo. Es el mismo Espíritu a cuya intervención se debe la milagrosa inauguración de la plenitud de los tiempos en el seno de María. El Espíritu que asegura la continuidad de una misma obra divina a través de la discontinuidad de los tiempos de uno que se extingue y de otro que se inaugura.

5. Una nube de testigos

Alrededor de la cuna de Jesús, Lucas, único evangelista que nos narra su nacimiento agrupa a sus testigos. Todos hablan de él. Zacarías da testimonio incluso con su mudez. Es el testimonio negativo de la mudez de la Antigua Ley –de la cual es sacerdote- para explicar lo que sucede. Dios no necesita de su testimonio ni de su palabra para llevar adelante su obra. A pesar del enmudecimiento de la Antigua Ley, de la Antigua Liturgia, del Antiguo Templo, de los cuales Zacarías es ministro, Dios suscita un testigo y precursor: Juan Bautista. Y cuando éste –mudo todavía también él- en el seno de su madre se estremece de gozo y comunica a la estéril anciana convertida milagrosamente en madre fecunda para concebir al último fruto del Antiguo Israel, el testimonio a cerca del que viene: “¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (1.43).

Isabel presta su voz, no está sola como testigo del Señor que viene. Y esto debemos tenerlo en cuenta cuando consideramos la figura de María según san Lucas. En la tela de Lucas, María no se dibuja aislada, solitaria figura de un retrato, sino en un grupo. Y es por contraste y por reflejo, por reflejado aire familiar y por contrastante genio propio, como resaltan sus rasgos. Por un lado Zacarías e Isabel. Por otro José y María. Allí es el padre el destinatario del Mensaje angélico, aquí María, la madre. Aquél pregunta sin fe y es reducido al silencio. Esta pregunta llena de fe y se le da la voz para un asentimiento trascendente.

En este grupo de testigos que Lucas nos pinta, sólo José está mudo. Al mismo Zacarías le es devuelta al fin su voz para que imponga al niño su nombre –según mandato del Angel- y para entonar el Benedictus, testimonio del origen davídico de Jesús y de la misión precursora de Juan. También Isabel, Simeón y Ana se llenan del Espíritu Santo y dan testimonio acerca del Niño. Y es también por reflejo y por contraste con todas estas voces como Lucas presenta el contenido del cántico de María, el Magníficat, una ventana no sólo hacia el alma del personaje, sino hacia el paisaje interior, hacia el corazón que meditaba todas estas cosas guardándolas celosamente.

Las miradas del grupo de testigos convergen en Jesús, pero la luz que ilumina sus rostros viene del Niño. Y así con la luz de su divinidad de la que ellos nos hablan, vemos iluminados sus rostros y entre ellos el gozo de María.

Es lo que muchos pintores han expresado con verdad plástica en sus telas, haciendo del Niño la fuente de luz que ilumina a los personajes del nacimiento. Lucas es su precursor literario.

6. Midrásh Pésher

Pero Lucas recoge y usa también una técnica que podríamos llamar impresionista. Su estilo literario, sobre todo en estos relatos de la infancia, está cuajado de referencias implícitas al Antiguo Testamento, de alusiones que son –cada una- evocación y sugerencia de un mundo de antiguos textos, convocados ellos también como testigos. ¿No había invocado acaso Jesús en su vida terrena, el testimonio de las Escrituras: “Escudriñad las Escrituras, ya que creéis tener en ella vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí”? (Jn 5,39).

Esa investigación mediativa de la Escritura no la inventa Lucas. Era un quehacer de la sabiduría de Israel; y al que lo practica, lo declara el salmo primero bienaventurado. Obedece a ciertas normas y tenía su nombre: Midrash (= búsqueda) Este derivado del verbo darash (= buscar, investigar) denomina el esfuerzo de meditación y de penetración creyente del texto sagrado, para encontrar su explicación profunda y su aplicación práctica. Ese estudio puede estar dirigido a buscar en el texto bíblico inspiración de la conducta (y entonces se llama Halakháh: derivado de halakh caminar), o es meditación del sentido salvador de un acontecimiento narrado en la Escritura. Sentido oculto que el texto le manifiesta al que lo medita e investiga, comunicándole el sentido divino de la historia. Y entonces se llama Haggadáh: narración, relato, anuncio de hechos. Pero nunca crónica, sino interpretación creyente de la historia.

Una de las formas de Midrash haggadáh es lo que tanto en la Sagrada Escritura como en la literatura rabínica y sobre todo qunrámica es conocido con el nombre de Pésher (plural: pesharim). El Pésher es la interpretación de hechos a la luz de los textos bíblicos y viceversa: la interpretación de textos bíblicos a la luz de hechos. Como se ha visto en el apéndice al capítulo dedicado a Marcos, el Pésher no es libre fabulación mitológica sino reflexión seria sobre la Escritura y presupone la realidad histórica de los hechos que se interpretan a su luz, y cuya luz se proyecta sobre las Sagradas Escrituras.

Midrash se le dice a menudo a la reflexión que tiene por objeto responder a un problema o a una situación nueva surgida en el curso de la historia del pueblo de Dios, incorporar a la Revelación un dato nuevo, prolongando con audacia las virtualidades de la Escritura.

Pero trasponiendo los límites del estudio, el midrash invade en Israel la vida cotidiana, se hace estilo proverbial que colorea la conversación, no sólo la culta, sino también la popular y la doméstica. Hay una santificadora contaminación de los temas profanos por lo que el israelita oye en la sinagoga sábado a sábado. Toma y acomoda expresiones del texto a las situaciones de su vida, y hace de la Escritura vehículo y medio de su comunicación.

Crea un estilo alusivo, metafórico, indirecto, estilo de familia ininteligible para el no iniciado en la Escritura.

En este estilo de arcanas alusiones habla Gabriel a María, parafraseando el texto de un oráculo profético de Sofonías:

(Sofonías 3, 14-17)
Alégrate,
Hija de Sión,
Yahvé es el rey de Israel
en ti.
No temas, Jerusalén;
Yahvé tu Dios
está dentro de ti,
valiente salvador,
rey de Israel en ti.

(Lc 1, 28ss)
Alégrate, María,
objeto del favor de Dios.
El Señor (está)
Contigo.
No temas, María.
Concebirás en tu seno
y darás a luz un hijo
y le llamarás:
Yahvé Salva.
El reinará

Uno de los procedimientos corrientes del Midrash consiste en describir un acontecimiento actual (o futuro) a la luz de uno pasado, retomando los mismos términos para señalar sus correspondencias y compararlos. Es el procedimiento que usa el libro de la Consolación (Deutero-Isaías), que para hablar de la vuelta del Exilio usa los términos de la liberación de Egipto (Exodo). Dios se apresta a repetir la hazaña liberadora de su pueblo.

El uso que en la Anunciación hace Gabriel de los términos de Sofonías implica una doble identificación: María se identifica con la Hija de Sión, Jesús con Yahvé, Rey y Salvador.

7. María: Hija de Sión

La Hija de Sión (Bat Sión) es una expresión que aparece por primera vez en el profeta Miqueas (1, 13; 4, 10ss.). Decir “Hija” era una manera corriente en la antigüedad de referirse a la población de una ciudad. Hija de Sión designaba también el barrio nuevo de Jerusalén al norte de la ciudad de David, donde, después del desastre de Samaría y antes de la caída de Jerusalén se había refugiado la población del norte: el Resto de Israel.

¿Qué significa su identificación con María?

La Hija de Sión, como expresión teológica, significa en la escritura el Israel ideal y fiel, el pueblo de Dios en lo que tiene de más genuino y puro, y puede encontrar su expresión ocasional en grupos determinados, pero permanece abierta al futuro y también a una persona. El Midrash es capaz, así, de reflejar sutilmente los misterios para los cuales está abierto, con particular habilidad. A lo largo de la historia teológica de la expresión Hija de Sión, ha habido un proceso desde la parte hacia el todo, que ahora el Angel reinvierte, volviendo del todo a una parte, a una persona, a María. El barrio de Jerusalén pasó a cobijar bajo su nombre a la ciudad entera y al pueblo entero como portadores de una promesa de salvación. Ahora es una persona, María, la que se revela como la Hija de Sión por excelencia y el punto diminuto del cosmo en que esa magnífica promesa se hace realidad.

8. María y el Arca de la Alianza

No nos detenemos a mostrar –interesados como estamos principalmente en la figura de María- cómo la segunda parte del mensaje de Gabriel, la referente a Jesús, glosa también, aludiéndolo al texto capital de la promesa hecha a David (2 Sam 7); ni nos detenemos en las demás alusiones a otros textos bíblicos que encierra el breve –o abreviado- mensaje del Angel. Pero sí es relativo a María el paralelo entre Exodo 40, 35 y lo que el Angel le anuncia sobre el modo misterioso de su concepción. Este paralelo nos permite invocar a María piadosa y místicamente en la letanía mariana como “Foederis Arca” (Arca de la Alianza) con toda verosimilitud, porque también sobre ella se posa la sombra de la Nube de Dios, donde él está presente actuando a favor de su Pueblo.

La Nube
cubrió con su sombra
el tabernáculo.
Y la gloria de Yahvé
colmó la morada.
El poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra.
Por eso lo que nacerá
de ti será llamado Santo,
Hijo de Dios.

La concepción virginal de María se describe aquí mediante la Epifanía de Dios en el Arca de la Alianza. La Nube de Dios aparece sobre ambas y sus consecuencias son análogas. El Arca es colmada de la Gloria; María es colmada de la presencia de un ser que merece el nombre de Santo y de Hijo de Dios.

Pero la acción del Espíritu Santo que se manifiesta como Nube alumbradora no se limita a reposar sobre María. Esta manifestación está señalando hacia delante en la obra de Lucas: hacia la escena del Bautismo, hacia la Transfiguración, textos en los que la voz del cielo da testimonio de su Santidad y de su Filiación divina. “Ese es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.

Imposible también detenernos aquí a desentrañar las alusiones midráshicas contenidas en la salutación de santa Isabel a María, ni el mosaico antológico –también midráshico- de que consta el Magníficat, verdadero testimonio de María acerca de sí misma.

9. El signo del Espíritu = el gozo

Quiero solo retener –para terminar- un aspecto de la imagen de María, según Lucas, que transfigura el rostro de su testigo privilegiada. Gabriel la invita al gozo y la alegría, y en el Magníficat María exulta. Detengámonos a mirar ese rostro de María que se alegra y se enciende de gozo. Veámosla prorrumpir en un cántico. No nos detengamos en las palabras, que pueden desviarnos o distraernos hacia una curiosa arqueología bíblica. Contemplemos el gozo en las facciones que Lucas nos dibuja.

Es el principal testimonio que Lucas se detiene a registrar. Porque en esa primigenia alegría ve la fuente del gozo que invade a las comunidades cristianas cuando cantan su fe en el Señor. Dichosos también ellos por haber creído.

El único pasaje evangélico que nos registra un estremecimiento de gozo en el Señor es aquél en que Cristo se goza. ¿Por qué? Porque el Padre lo ha revelado a sus creyentes. El episodio se conserva en Mateo y en Lucas. Pero mientras Mateo se limita sobriamente a decir que Jesús tomó la palabra Lucas nos precisa que en aquél momento se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo y dijo:

“Yo te bendigo, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, porque te has complacido en esto. Todo me ha sido entregado por mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”. (Lc 10, 21-22; Mt 11, 25-27).

“Y volviendo a los discípulos, les dijo aparte: ‘¡Dichosos los ojos que ven lo que veis. Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron!”. (Lc 10, 23-24; Mt 13, 16-17).

Si alguien siente la alegría de creer, si se regocija y exulta por la pura y gozosa alegría de su vivir creyente, sepa que esa es una voz angélica en su interior, y que está oyendo el lenguaje de los ángeles. Sepa que esa es la sombra protectora del Espíritu sobre él y dentro de él. Es la nube del Espíritu y la presencia divina en su interior. Es el esplendor de la manifestación de la Gloria y la manifestación gloriosa del Espíritu en la Iglesia. La que llamó la atención del ilustre Teófilo. La que Lucas quiere explicarle, remontándose a su origen en María, en Jesús, en los discípulos.

Y si alguien no siente en sí esa alegría, mire el rostro iluminado de gozo de María creyente y oiga la exultación de su Magníficat; y deje que esa alegría le inspire y le contagie.

Ella es para Lucas la garantía de solidez de las cosas que Teófilo ha escuchado.

Fuente: “LA FIGURA DE MARÍA A TRAVÉS DE LOS EVANGELISTAS” del Padre Horacio Bojorge sj
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://forosdelavirgen.org
).

28/05/2011 22:12 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La figura de Maria a traves de San Juan.

La figura de María a través de San Juan. Del padre Horacio Bojorge SJ

DOS HECHOS ENIGMÁTICOS. 1. Un primer hecho: Juan evita llamarla “María”.

Un primer hecho que nos llama la atención al leer el evangelio de San Juan en busca de lo que nos dice de María, es que este evangelista ha evitado llamarla por el nombre de María. Juan nunca nombra a la Madre de Jesús por este nombre, y es el único de los cuatro evangelistas que evita sistemáticamente el hacerlo. Marcos trae el nombre de María una sola vez. Mateo cinco veces. Lucas trece veces: doce en su evangelio y una en los Hechos de los Apóstoles. Juan nunca.

Y decidimos que Juan evitó intencionalmente el nombrarla con el nombre de María, porque hay indicios de que no se trata de omisión casual, sino premeditada, querida y planeada.

Juan no ignora, por ejemplo, el oscuro nombre de José que cita cuando reproduce aquella frase de la incredulidad que comentábamos a propósito de Marcos y que recogen de una manera u otra también Mateo y Lucas: “Y decían: ¿no es acaso éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: “He bajado del cielo’”. (Jn 6, 42).

En segundo lugar, Juan conoce y nos nombra frecuentemente en su evangelio a otras mujeres llamadas “María”: María la de Cleofás, María Magdalena, María de Betania, hermana de Lázaro y Marta. Son personajes secundarios del evangelio y, sin embargo Juan no evita llamarlas por su nombre propio. Esto hace también con otros personajes, cuyo nombre podía aparentemente haber omitido, sin quitar nada a su evangelio, como Nicodemo y José de Arimatea. Si nos ha conservado estos nombres de figuras menos importantes: ¿Por qué no ha nombrado por el suyo a la Madre de Jesús? Si la razón fuera –como pudiera alguien suponer- la de no repetir lo que nos dicen ya los otros evangelistas, tampoco se habría preocupado por darnos los nombres de José y de las numerosas Marías de las que también aquéllos nos han conservado la noticia onomástica.

En tercer lugar si había un discípulo que podía y debía conocer a la Madre de Jesús, ése era Juan, el discípulo a quien Jesús amaba y que por última voluntad de un Jesús agonizante la tomó como Madre propia y la recibió en su casa:

“Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su Madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu Hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu Madre’. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa’” (Jn 19, 25-27)

Pues bien, es este discípulo, que de todos ellos es quien en modo alguno puede ignorar el verdadero nombre de la Madre de Jesús el que –evitando consignarlo por escrito en su evangelio- alude siempre a ella como la Madre de Jesús o, más brevemente su Madre. Y es precisamente este discípulo – el que entre todos podía haber tenido mayores títulos para referirse a la Madre de Jesús como “Mi Madre”- quien insiste en reservarle –con una exclusividad que ya convierte en nombre propio lo que es un epíteto- el título “Madre de Jesús”.

Juan no ignoraba el nombre de María y, si de hecho lo ignora es con alguna deliberada intención. Una intención que no es fácil detectar a primera vista, pero que vale la pena esforzarse por comprender.

2. Una hipótesis

Y una primera hipótesis explicativa podría ser la siguiente. Quizás san Juan evita usar el nombre de María como nombre propio de la Madre de Jesús porque le parece un nombre demasiado común para poder aplicárselo como propio. Si el nombre propio es para nosotros el que distingue a una persona, a un individuo de todos los demás; sí –además- para la mentalidad israelita el nombre revela la esencia de una persona y enuncia su misión en la historia salvífica, entonces Juan tenía razón: María no es un nombre suficiente mente propio como para designar de manera adecuada o inconfundible a la Madre de Jesús. Es un nombre demasiado común para ser propio suyo. Marías hay muchas en los evangelios y sin duda eran muchísimas en el pueblo y en el tiempo de Jesús, como lo son aún hoy entre nosotros. Si Juan buscaba un nombre único, un título que le señalara la unicidad irrepetible del destino de aquella mujer, eligió bien: Madre de Jesús fue ella y sólo ella, en todos los siglos.

En esta hipótesis, por lo tanto, Juan, al evitar llamarla María, y al decirle siempre la Madre de Jesús, su Madre, lejos de silenciar el nombre propio de aquella mujer, nos estaría revelando su nombre verdadero, el que mejor expresa su razón de ser y su existir. Pero tratemos de ir más lejos y más hondo en las posibles intenciones ocultas de san Juan.

3. Otro hecho: Diálogos distantes

Analicemos un segundo hecho que llama la atención al estudiar la imagen de María tal como se desprende de los dos únicos pasajes de este evangelio en que ella aparece: las bodas de Caná y la Crucifixión.

Como sabemos, Juan, al igual que Marcos, no nos ofrece relatos de la infancia de Jesús. Podemos además desechar la referencia –que hacen sus opositores- a su padre y a su madre, y que Juan, al igual que los sinópticos nos ha conservado (Jn 6, 42). Ya vimos, al tratar de Marcos qué figura de María revela este enfoque de la más tradición pre-evangélica. Y por eso no volvemos a insistir aquí en ese aspecto, que no es propio de Juan.

El materia estrictamente joánico acerca de la Madre de Jesús –desgraciadamente para nuestra piadosa curiosidad, pero afortunadamente para quien, como nosotros, ha de considerarlo en un breve lapso- se reduce a esas dos escenas, que juntas no pasan de catorce versículos: las bodas de Caná (Jn 2, 1-11) y la Crucifixión (Jn 19, 25-27). Si no fuera por el evangelio de Juan, no sabríamos que Jesús había asistido con su Madre y con sus discípulos a aquellas bodas en Caná de Galilea. Ni sabríamos tampoco que la Madre de Jesús siguió de cerca su Pasión y fue de los poquitos que se hallaron al pie de la cruz.

Y he aquí –ahora- el segundo hecho sobre el que quisiera llamar la atención. Entre todos los pasajes evangélicos acerca de María, son poquísimos los que nos conservan algo que se parezca a un diálogo entre Jesús y su Madre. Para ser exactos son tres: estos dos del evangelio de Juan y la escena que nos narra Lucas del niño perdido y hallado en el Templo, cuando, en ocasión del acongojado reproche de la Madre: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo angustiados te andábamos buscando” (Lc 2, 48), responde Jesús con aquellas enigmáticas palabras que abren en Lucas el repertorio de los dichos de Jesús: “Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo tenía que estar (aquí) en lo de mi Padre?” (Lc 2, 49).

Quien lea los diálogos joánicos habiendo recogido previamente en Lucas esta primera impresión no podrá menos que desconcertarse más. En la escena de las bodas de Caná Jesús responde a su Madre que le expone la falta de vino: “Mujer, ¿qué hay entre tú y yo? (o, como traducen otros para suavizar esta frase impactante: ¿qué nos va a ti y a mí?), todavía no ha llegado mi hora”. Y en la escena de la crucifixión: “Mujer, he ahí a tu hijo”.

Notemos, pues, que en los tres diálogos que se nos conservan, Jesús parece poner una austera distancia entre él y su Madre. Son precisamente estos pasajes –que, por presentar a Jesús y María en un tú a tú, podrían haberse prestado para reflejar la ternura y el afecto que sin lugar a dudas unió a estos dos seres sobre la tierra –los que nos proponen, por el contrario, una imagen, al parecer, adusta, de esa relación, capaz de escandalizar la sensibilidad de nuestros contemporáneos: 1) Mujer: ¿Qué hay entre tú y yo?; 2) Mujer: He ahí a tu hijo.

Juan parece haber retomado y subrayado lo que Lucas nos adelantaba en su escena. La Madre de Jesús sólo aparece en su evangelio en estos dos pasajes dialogales, y Jesús parece en ellos distanciarse de su Madre: 1) con una pregunta que pone en cuestión su relación; 2) interpelándola con la genérica y hasta fría palabra Mujer; 3) remitiéndola a otro como a su hijo.

La impresión -decíamos- es desconcertante. Y agrega un segundo hecho, que pide ser explicado, al ya enigmático silenciamiento del nombre de la Madre de Jesús.

EXPLICACIONES

Tratemos de dar explicación a estos dos hechos enigmáticos.

1. “Haced todo lo que El os diga”

El evangelio de san Juan subraya la revelación de Dios en Jesucristo como la revelación del Padre de Jesús. Dios es el Padre de Jesús. Juan es el evangelista que nos muestra mejor la intimidad de Jesús con su Padre; la corriente de mutuo amor y complacencia que los une; cómo Jesús vive y se desvive por hacer lo que agrada a su Padre, cómo se alimenta de la complacencia paterna, siendo ésta su verdadera vida: “El Padre me ama, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la arrebata; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y recobrarla, y esa es la orden (la voluntad) que he recibido de mi Padre”. (Jn 10, 17-18). “El Padre y yo somos uno” (Jn 10, 30). “Felipe: el que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14, 9).

Es en paralelo, y por analogía con esos –en san Juan ubicuos- mi Padre, el Padre de Jesús, como creo debemos comprender la insistencia de Juan en referirse a María sola y exclusivamente como su Madre, la Madre de Jesús.

Así como Dios es para Jesús el Padre, omnipresente en su vida y en sus labios (mi Padre, el Padre que me envió, voy al Padre, mi Padre y vuestro Padre, el Padre que me ama, la casa de mi Padre…), así también y para señalar una mística analogía, para subrayar una paralela realidad espiritual, Juan llama a aquella que es como un eco de la divina figura paterna –no sólo a través de una maternidad física, sino principalmente a través de una comunión en el mismo Espíritu Santo- la Madre de Jesús.

Y una de las principales finalidades de la escena de Caná nos parece que es –en la intención de Juan- la de mostrar hasta qué punto la Madre de Jesús está identificada en su espíritu con el Espíritu del Padre de Jesús.

En la escena de Caná, en efecto, parecería que Juan se complace en subrayar la coincidencia del velado testimonio que de Jesús da María ante los hombres, con el testimonio que de Jesús da su Padre: “Haced todo cuanto os diga”, dice la Madre. “Escuchadlo”, dice el Padre; que es decir lo mismo: obedecerle. Sabemos, en efecto, por el testimonio de los sinópticos, que en los dos momentos decisivos del Bautismo y de la Transfiguración se abren los cielos sobre Jesús y desciende una voz –la voz de Dios- que proclama (con pequeñas variantes según cada evangelista): “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

En el Bautismo, la finalidad de esta voz –que se revela como la del Padre- es credencial de la identidad mesiánica y de la filiación divina de Jesús, y suena como solemne decreto de entronización pública en su misión de Hijo y en su destino de Mesías. En la Transfiguración, la finalidad de esta voz es dar confirmación y garantía de autenticidad mesiánica a la vía dolorosa que Jesús anuncia –con ternaria solemnidad- a sus discípulos. Y la voz celestial completa su mensaje con un segundo miembro de la frase: Escuchadlo.

San Juan, a diferencia de los sinópticos, no nos relata la escena del Bautismo. Tampoco hace referencia a la voz celestial que –según los sinópticos- se dejó oír en el Bautismo. Ha puesto en su lugar no sólo más profuso y explícito testimonio del Bautista, sino también –nos parece- la voz de María: “Haced todo lo que os diga”, que equivale al “escuchadle” de la voz divina en la Transfiguración, pero adelantada aquí al comienzo del ministerio de Jesús.

Antes de la escena de Caná, Jesús no ha nombrado ni una sola vez a su Padre, lo hará por primera vez en la escena de la purificación del templo, que sigue inmediatamente a la de Caná. Es a través de su Madre como le llega a Jesús ya en Caná, como a través de un eco fidelísimo la voz de su Padre. No, como en los sinópticos, a través de una voz del cielo ni como más adelante, en el mismo evangelio de Juan con un estruendo –que los circundantes, a quienes va destinado, se dividen en atribuir a trueno o voz de ángel-, sino como una sencilla frase de mujer cuyo carácter profético solo Jesús pudo entender, oculto como estaba bajo el más modesto ropaje del lenguaje doméstico.

Y prueba de que Jesús reconoció en las palabras de la Madre un eco de la voz de su Padre es que, habiendo alegado que aún no había llegado su hora, cambia súbitamente tras las palabras: “Haced cuanto os diga”, y realiza el milagro de cambiar el agua en vino.

No fuera mera deferencia o cortesía, ni mucho menos debilidad para rechazar una petición inoportuna. Fue reconocimiento en la voz de la Madre, del eco clarísimo de la voluntad del Padre. Obedeciendo a esa voz, Jesús “realizó este primer signo y manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él”. Y san Juan se preocupa, en otros pasajes del Evangelio, de subrayar el escrúpulo de Jesús en no hacer sino lo que el Padre le ordena, en mostrar, sólo lo que el Padre le muestra y en guardar celosamente lo que el Padre le da.

Sí, pues, María es por un lado “Hija de Sión”, en cuanto encarna lo más santo del Pueblo de Dios, es también Hija de la Voz, que así se dice en hebreo lo que nosotros decimos: Eco. Eco de la Voz de Dios = Bat Qol, Hija de la Voz.

2. Entre Caná y el Calvario

La importancia que la figura de la Madre de Jesús tiene en el evangelio según san Juan no la podemos inferir de la abundancia de referencias a ella, pues, como hemos visto, son pocas. La hemos de deducir de la sugestiva colocación, dentro del plan total del evangelio, de las dos únicas y breves escenas en que ella aparece: Caná y el Calvario. Y no sólo –por supuesto- de su lugar material, sino también de su contenido revelador.

Caná y el Calvario constituyen una gran inclusión mariana en el evangelio de san Juan. Encierran toda la vida pública de Jesús como entre paréntesis. Son como un entrecomillado mariano de la misión de Jesús. Abarcan como con un gran abrazo materno –discretísimo pero a la vez revelador de una plena comprensión y compenetración entre Madre e Hijo- toda la vida pública de Jesús desde su inauguración en Caná hasta la consumación en el Calvario.

La María de san Juan no es sólo –como en Marcos- la Madre solidaria con su Hijo ante el desprecio. No es tampoco –como en Mateo y en Lucas- una estrella fugaz que ilumina el origen oscuro del Mesías o la noche de una infancia perdida en el
olvido de los hombres.

La Madre de Jesús es para san Juan testigo y actor principal en la vida misma de Jesús. Su presencia al comienzo y al fin, en el exordio y el desenlace es como la súbita, fugaz, pero iluminadora irrupción de un relámpago comparable al también doble inesperado trueno de la voz del Padre en el Bautismo y la Transfiguración.

3. El diálogo en Caná

La Madre de Jesús tal como nos la presenta Juan, sabe y entiende. Es para Jesús un interlocutor válido e inteligente como iniciado en el misterio de la hora de Jesús, se entiende con él en un lenguaje de veladas alusiones a un arcano común.

Quien oye desde fuera este lenguaje, puede impresionarse por las apariencias. Aparente banalidad de la intervención de la Madre: No tienen vino. Aparente distancia y frialdad descortés del Hijo: Mujer, ¿qué hay entre tú y yo? Aún no ha llegado mi hora.

Con ocasión de una fiesta de alianza matrimonial, Madre e Hijo tocan en su conversación el tema de la Alianza. La Antigua y la Nueva. Vino viejo y vino nuevo. Vino ordinario y vino excelente que Dios ha guardado para servir al final. Antigua Alianza es agua de purificación rituales, que sale de la piedra de la incredulidad y sólo lava lo exterior. Nueva Alianza que brota inexplicablemente por la fuerza de la palabra de Cristo, como buen vino, como sangre brotando de su interior por su costado abierto y que alegra desde lo interior.

La observación de la Madre (no tiene vino) encierra una discreta alusión midráshica a la alegría de la Alianza Mesiánica, aún por venir, y de la cual el vino es símbolo de la Escritura.

Sabemos por san Lucas que no sólo Jesús sino también María, habla y entiende aquel estilo midráshico, que entreteje Escritura y vida cotidiana. En el evangelio de san Juan, Jesús aparece como Maestro en este estilo, que estriba en realidades materiales y las hace proverbio cargado de sentido divino: hablaba del Templo… de su Cuerpo; como el viento… es todo lo que nace del Espíritu; el que beba de esta agua volverá a tener sed… pero el que beba del agua que yo le daré…; mi carne es verdadera comida…

Y si la observación de María hay que entenderla como el núcleo de un diálogo más amplio, que san Juan abrevia y reproduce sólo en su esencia, también la arcana respuesta de Jesús hemos de interpretarla no como la de alguien que enseña al ignorante, sino como la de quien responde a una pregunta inteligente.

La frase de Jesús (Mujer, ¿qué hay entre tú y yo? Aún no ha llegado mi hora), antes que negar una relación con María es una adelantada referencia a que –una vez llegada la hora de Jesús- se creará entre él y su Madre el vínculo perfecto, último y definitivo ante el cual, palidecen los ya fuertes que lo unen con su Madre en la carne y el Espíritu. Un vínculo tan fuerte que –como veremos. Se podrá decir que la hora de Jesús es a la vez la hora de María, la hora de un alumbramiento escatológico, en la que el Crucificado le muestra en Juan al Hijo de sus dolores, primogénito de la Iglesia.

Y si la Madre pregunta indirectamente acerca de la alegría simbolizada por el vino (no hay fiesta si no hay vino, dice el refrán judío), Jesús alude a una alegría que viene en el dolor de su hora, de su pasión, alegría que Jesús anunciará oportunamente a su Madre, desde la cruz, como la dolorosa alegría del alumbramiento.

4. La escena en el Calvario

Y con esto hemos iniciado nuestra respuesta al segundo hecho sorprendente: el de la frialdad y distancia que parece interponer Jesús en sus diálogos con su Madre. Pero, al mismo tiempo, acabamos de insinuar el sentido de la segunda escena mariana en el evangelio de Juan: la del Calvario. Tomémosla en consideración con más detenimiento:

“Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su Madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su Madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu Hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu Madre’. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa’” (Jn 19, 25-27).

Nos parece que podemos partir para interpretar el sentido de este pasaje, de las palabras desde aquella hora. Juan ama las frases aparentemente comunes, pero cargadas de sentido. Y éstas, es una de ellas. Porque aquella hora es nada menos que la hora de Jesús; de la cual él dijo: ha llegado la hora…, ¿y qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero, ¡si para esto he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu nombre! (Jn 12, 23-27).

Para san Juan la hora de alguien es el tiempo en que este cumple la obra para la cual está particularmente destinado. La hora de los judíos incrédulos es el tiempo en que Dios les perpetrar el crimen en la persona de Cristo o de sus discípulos:

“Incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y lo harán. Porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os lo he dicho para que cuando llegue la hora os acordéis…” (16, 3-4).

Y esta expresión la hora, posiblemente se remonta a Jesús mismo, fuera de los numerosos pasajes de san Juan, también Lucas, nos guarda un dicho del Señor que habla de su Pasión como de la hora: Pero ésta es vuestra hora, y del poder de las tinieblas (Lc 22, 53).

La hora de Jesús es aquél momento en que se realiza definitivamente la obra para la cual fue enviado el Padre a este mundo. Es la hora de su victoria sobre Satanás, sobre el pecado y la muerte: “Ahora es el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será derribado; cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 31-32).

Por ser la hora de la Pasión una hora dolorosa pero victoriosa a la vez, está para san Juan íntimamente unida a la gloria, a la gloriosa victoria de Jesús. Y esa gloria se manifiesta por primera vez en Caná. Es la misma con la que el Padre glorificará a su Hijo en la cruz. Y María es testigo de esta gloria en ambas escenas.

Esa coexistencia de sufrimiento y gloria que hay en la hora se expresa particularmente en una imagen que Jesús usa en la Ultima Cena y que compara su hora con la de la mujer que va a ser madre:

“La mujer, cuando da a luz, está triste porque ha llegado su hora (la del alumbramiento), pero cuando le ha nacido el niño ya no se acuerda del aprieto, por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo” (Jn 16, 21).

Me parece que esta imagen no acudió casualmente a la cabeza de Jesús en aquella víspera de su Pasión. Creo más bien que es como una explicación adelantada de la escena que meditamos; Y que, a la luz de esta explicación Juan habrá podido comprender la profundidad del gesto y de las últimas palabras de Jesús agonizantes a él y a María.

¿Habrán recordado Jesús, Juan, María, el oráculo profético de Jeremías o algún otro semejante?:

“Y entonces oí una voz como de parturienta, gritos como de primeriza. Era la voz de la Hija de Sión, que gimiendo extendía sus manos: Ay, pobre de mí, que mi alma desfallece a manos de asesinos” (Jer 4, 31).

Al pie de la cruz, la Hija de Sión gime y siente desfallecer su alma a causa de los asesinos de su Hijo. Y Jesús, que la ve afligida, comparable a una parturienta primeriza en sus dolores; Jesús, que advierte el gemido de su corazón; aludiendo quizás en forma velada a algún oráculo profético como el de Jeremías, la consuela con el mayor consuelo que se puede dar a la que acaba de alumbrar un hijo: mostrándoselo. He ahí a tu hijo, le dice mostrándole al discípulo, el primogénito eclesial del nuevo pueblo de Dios que Jesús adquiere con su sangre. Juan el bienaventurado que ha permanecido en las puertas de la Sabiduría en aquella hora de las tinieblas:

“Bienaventurado el hombre que me escucha, y que vela continuamente a las puertas de mi casa, y está en observación en los umbrales de ella” (Prov 8,34).

Juan, el primogénito de la Iglesia, permanece junto a los postes de la puerta de la Sabiduría, marcada con la sangre del Cordero, para ser salvo del paso del Angel exterminador.

Jesús revela que su hora es también la hora de su Madre. Lejos de distanciarse de ella o de renegar de su maternidad, la consuela como un buen hijo a su Madre, pero también como sólo puede consolar el Hijo de Dios: mostrándoles la parte que le cabe en su obra. Mostrándole en aquella hora de dolores, a su primer hijo alumbrado entre ellos.

He aquí indicada la dirección en que nos parece que se ha de buscar la explicación de ese Mujer con que Jesús habla a su Madre en el evangelio de Juan. Tanto en Caná como en el Calvario, Jesús ve en ella algo más que la mujer que le ha dado su cuerpo mortal y a la que está unido por razones afectivas individuales, ocasionales.

Para Jesús, María es la Mujer que el Apocalipsis describe, con términos oníricos, en dolores de parto, perseguida por el dragón, huyendo al desierto con su primogénito. Es la parturienta primeriza de Jeremías, dando a luz entre asesinos. Jesús no ve a su Madre –como nosotros a las nuestras- en una piados pero exclusiva y estrecha óptica privatista, sino en la perspectiva de la hora, fijada de antemano por el Padre, en que recibiría y daría gloria. Esa gloria que es una corriente que va y viene y, como dice Jesús, está en los que creen en él: Yo he sido glorificado en ellos (Jn 17, 9-10), los que tú me has dado y son tuyos, porque todo lo mío es tuyo. El Padre glorifica a su Hijo en los discípulos llamados a ser uno con él, como él y el Padre son uno. Y María, Madre del que es uno con el Padre es también Madre de los que por la fe son uno con el Hijo.

Por eso, al señalar a Juan desde la cruz, Jesús se señala a sí mismo ante María, la remite a sí mismo, no tal como lo ve crucificado en su Hora, sino tal como lo debe ver glorificado en los suyos, en los que el Padre le ha dado como gloria que le pertenece. Y la remite a ella misma: no según su apariencia de Madre despojada de su único Hijo, humillada Madre del malhechor ajusticiado, sino según su verdad: primeriza de su Hijo verdadero, nacido en la estatura corporativa –inicial, es verdad, pero ya perfecta- de Hijo de Hombre.

Se comprende así lo bien fundada en la Sagrada Escritura que está la contemplación eclesial de la figura de María como nueva Eva, esposa del Mesías y Madre de una humanidad nueva de Hijos de Dios. En efecto, en la tradición de la Iglesia se ha interpretado que en el apelativo Mujer está la revelación de grandes misterios acerca de la identidad de María. Por un lado, se ha reconocido en ella a la Nueva Eva que nace del costado del Nuevo Adán, abierto en la cruz por la lanza del soldado. Como nueva Eva ella celebra a los pies de la cruz un misterioso desposorio con el nuevo Adán, que la hace Esposa del Mesías en las Bodas del Cordero. Allí por fin, Jesús la hace y proclama madre, parturienta por los mismos dolores de la redención que fundan su título de corredentora. Madre de una nueva humanidad, de la cual Juan será el primogénito y el representante de todos los creyentes.

Fuente: “LA FIGURA DE MARÍA A TRAVÉS DE LOS EVANGELISTAS” del Padre Horacio Bojorge sJ
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://forosdelavirgen.org
).

28/05/2011 15:13 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Haced lo que mi Hijo os diga.

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"Haced lo que mi Hijo os diga"
Que nuestros oídos escuchen constantemente con la adecuada claridad tu voz maternal, de ti Madre nuestra.
Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net

 

 

"HACED LO QUE MI HIJO OS DIGA"


MADRE... En este solemne momento escuchamos con particular atención tus palabras: "Haced lo que mi Hijo os diga". Y queremos responder a ellas con todo nuestro corazón. Queremos hacer lo que tu Hijo nos dice, porque Él tiene palabras de vida eterna. Queremos llevar a cabo y cumplir todo aquello que provenga de Él, todo aquello que se contiene en la Buena Nueva, tal como nuestros antepasados lo hicieran durante tantos siglos.

MADRE..Tu fidelidad a Cristo y a su Iglesia, han estampado en cierto modo en nosotros una marca indeleble que todos compartimos. Esa fidelidad ha fructificado en el heroísmo cristiano y en una poderosa tradición de vivir de acuerdo con la Ley de Dios, en concordancia con el mandamiento más sagrado del Evangelio: el mandamiento del Amor. Hemos recibido esta espléndida herencia de tus manos al principio de una nueva era, al aproximarnos al cierre del segundo milenio del nacimiento del Hijo de Dios de Tí, nuestra Alma Mater, y queremos llevar esta herencia en el futuro con la misma fidelidad con la que nuestros antepasados dieron testimonio de ella.

MADRE..Que nuestros oídos escuchen constantemente con la adecuada claridad tu voz maternal: "Haced lo que mi Hijo os diga".

MADRE..Haznos capaces de perseverar con Cristo. Haznos capaces, Madre de la Iglesia, de construir su Cuerpo Místico viviendo con la vida que solo Él puede darnos de Su plenitud, que es a la vez divina y humana."

28/05/2011 15:05 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

El amor de Maria llena nuestro corazon.

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El amor de María llena nuestro corazón
Mes de Mayo, mes de María. Si uno de veras cree en este amor que le tiene María Santísima como madre ¿podrá sentirse desgraciado? ¿Podrá sentirse desesperado?
Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

 

Dios es amor.

María Santísima es también amor.

Podríamos decir que María es el lado misericordioso y tierno del amor de Dios.
“Tú sola, Virgen María, le curas a Dios de todas las heridas que le hacemos los hombres. Por ti sola valió la pena la redención, aunque, afortunadamente, hay otras y otros que se han tomado en serio la redención ".

Este amor tuyo que, por un lado, sube hasta Dios y, por lo tanto, tiene toda la gratitud de una creatura, toda la profundidad de una madre, toda la pureza de una virgen; por otro lado, se dirige a nosotros, hacia la tierra, hacia tus hijos.

Cómo me impresionó -y aparte al principio no lo creí- leer aquellas palabras de San Alfonso María de Ligorio: "Si juntáramos el amor de todos los hijos a sus madres, el de todas las madres a sus hijos, el de todas las mujeres a sus maridos, el de los santos y los ángeles a sus protegidos: todo ese amor no igualaría al amor que María tiene a una sola de nuestras almas". Primero, no lo creí porque era demasiado grande para ser cierto. Hoy, lo creo, y posiblemente estas palabras de San Alfonso se quedaron cortas.

Yo me pregunto: si uno de veras cree en este amor que le tiene María Santísima como madre ¿podrá sentirse desgraciado? ¿Podrá sentirse desesperado? ¿Podrá vivir una vida sin alegría, sin fuerza, sin motivación? ¿Podrá alguna vez, en su apostolado, llegar a decir "no puedo, me doy"? ¿Podrá algún día decir : "renuncio al sacerdocio y lo dejo"? Si Cristo, por nosotros, dio su sangre, su vida, ¿qué no dará la Santísima Virgen por salvarnos? Ella ha muerto crucificada, espiritualmente, por nosotros. A Cristo le atravesaron manos y pies por nosotros; a ella una espada le atravesó el alma, por nosotros. Si Él dijo: "He ahí a tus hijos" ¿cómo obedece la Santísima Virgen a Dios? Entonces, cuánto nos tiene que amar. Y si somos los predilectos de su hijo: "vosotros sois mis amigos", somos también los predilectos de Ella.

El amor de María llena nuestro corazón, debe llenarlo. El amor de una esposa no es el único que puede llenar el corazón de un hombre como yo. El amor de María Santísima es muchísimo más fuerte, rico, tierno, confortante, que el de todas las esposas de la tierra. El amor de mi madre celestial llena, totalmente, mi corazón. Una mirada, una sonrisa de María Santísima, me ofrecen más que todo lo que pueden darme todas la mujeres de la tierra juntas.

¿Cuál debe ser mi respuesta a tan grande y tierno amor?

Como Juan Pablo II debemos decir cada uno de nosotros, también, "totus tuus": todo tuyo y para siempre. Aquella expresión que el Papa nos decía: "Luchando como María y muy juntos a María", que le repitan siempre: "totus tuus".

¿Por qué no llevarme a todas partes a la Santísima Virgen? En el pensamiento, en el corazón, y también, en una imagen, en un cuadro: su presencia es benéfica. Yo tengo en mi despacho y en mi cuarto una imagen de la Santísima Virgen. Con mucha frecuencia la miro, con mucha frecuencia le hablo y, también, la escucho. Siento su presencia y su amor a través de esa imagen.

26/05/2011 11:48 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria y el sacerdote.

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María y el sacerdote
Los sacerdotes, como María, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo.
Autor: Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net

 


Queridos hermanos y hermanas:

En la celebración de la solemnidad de la Asunción de la santísima Virgen, y como estamos en el contexto del Año sacerdotal; deseo hablar del nexo entre la Virgen y el sacerdocio. Es un nexo profundamente enraizado en el misterio de la Encarnación. Cuando Dios decidió hacerse hombre en su Hijo, necesitaba el "sí" libre de una criatura suya. Dios no actúa contra nuestra libertad. Y sucede algo realmente extraordinario: Dios se hace dependiente de la libertad, del "sí" de una criatura suya; espera este "sí". San Bernardo de Claraval, en una de sus homilías, explicó de modo dramático este momento decisivo de la historia universal, donde el cielo, la tierra y Dios mismo esperan lo que dirá esta criatura.

El "sí" de María es, por consiguiente, la puerta por la que Dios pudo entrar en el mundo, hacerse hombre. Así María está real y profundamente involucrada en el misterio de la Encarnación, de nuestra salvación. Y la Encarnación, el hacerse hombre del Hijo, desde el inicio estaba orientada al don de sí mismo, a entregarse con mucho amor en la cruz a fin de convertirse en pan para la vida del mundo. De este modo sacrificio, sacerdocio y Encarnación van unidos, y María se encuentra en el centro de este misterio.

Pasemos ahora a la cruz. Jesús, antes de morir, ve a su Madre al pie de la cruz y ve al hijo amado; y este hijo amado ciertamente es una persona, un individuo muy importante; pero es más: es un ejemplo, una prefiguración de todos los discípulos amados, de todas las personas llamadas por el Señor a ser "discípulo amado" y, en consecuencia, de modo particular también de los sacerdotes.

Jesús dice a María: "Madre, ahí tienes a tu hijo" (Jn 19, 26). Es una especie de testamento: encomienda a su Madre al cuidado del hijo, del discípulo. Pero también dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre" (Jn 19, 27). El Evangelio nos dice que desde ese momento san Juan, el hijo predilecto, acogió a la madre María "en su casa". Así dice la traducción italiana, pero el texto griego es mucho más profundo, mucho más rico. Podríamos traducir: acogió a María en lo íntimo de su vida, de su ser, "eis tà ìdia", en la profundidad de su ser.

Acoger a María significa introducirla en el dinamismo de toda la propia existencia -no es algo exterior- y en todo lo que constituye el horizonte del propio apostolado. Me parece que se comprende, por lo tanto, que la peculiar relación de maternidad que existe entre María y los presbíteros es la fuente primaria, el motivo fundamental de la predilección que alberga por cada uno de ellos. De hecho, son dos las razones de la predilección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo. Por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre.

El Concilio Vaticano II invita a los sacerdotes a contemplar a María como el modelo perfecto de su propia existencia, invocándola como "Madre del sumo y eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles, Auxilio de los presbíteros en su ministerio". Y los presbíteros -prosigue el Concilio- "han de venerarla y amarla con devoción y culto filial" (cf. Presbyterorum ordinis, 18).

El santo cura de Ars, en quien pensamos de modo particular este año, solía repetir: "Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir, de su santa Madre" (B. Nodet, Il pensiero e l´anima del Curato d´Ars, Turín 1967, p. 305). Esto vale para todo cristiano, para todos nosotros, pero de modo especial para los sacerdotes.

Queridos hermanos y hermanas, oremos para que María haga a todos los sacerdotes, en todos los problemas del mundo de hoy, conformes a la imagen de su Hijo Jesús, dispensadores del tesoro inestimable de su amor de Pastor bueno.
¡María, Madre de los sacerdotes, ruega por nosotros!

 

Audiencia General del miércoles 12 de agosto 2009. Año Sacerdotal y Festividad de la Asunción de la Santísima Virgen

23/05/2011 21:43 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La Virgen ha sido venerada como Madre de Dios desde los albores del cristianismo.

LA VIRGEN HA SIDO VENERADA COMO MADRE DE DIOS DESDE LOS ALBORES DEL CRISTIANISMO

Con motivo del mes de mayo, recogemos este texto sobre una de las primeras oraciones dirigidas a la Virgen por los primeros cristianos.


EN UN PAPIRO EGIPCIO

Edgar Lobel, experto en papirología de la Universidad de Oxford,  dedicó su vida al estudio de los papiros encontrados en Egipto. Como es conocido, el clima extremadamente seco de la mayor parte de Egipto ha hecho que se conserven multitud de fragmentos de papiros antiquísimos, con textos de hace milenios, en griego y en copto. Muchos de estos textos se habían perdido. En otros casos, los papiros sirven para confirmar la antigüedad de textos que sí que se habían conservado a través de sucesivas copias o traducciones.

Uno de estos papiros, descubierto en las proximidades de la antigua ciudad egipcia de Oxirrinco, contenía una oración a la Virgen. Y no cualquier oración, sino una plegaria que continuamos rezando hoy en día, la oración Sub tuum praesidium. La versión latina es:

Sub tuum praesidium
confugimus,
Sancta Dei Genitrix.
Nostras deprecationes ne despicias
in necessitatibus nostris,
sed a periculis cunctis
libera nos semper,
Virgo gloriosa et benedicta.

La versión castellana, es muy conocida:

Bajo tu amparo nos acogemos,
santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas
que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos de todo peligro,
¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!

Y la versión en griego clásico, que es precisamente la que se encontró en el papiro. Basta fijarse con detenimiento en la foto del papiro para reconocer las palabras griegas originales:

Ὑπὸ τὴν σὴν εὐσπλαγχνίαν,
καταφεύγομεν, Θεοτόκε.
Τὰς ἡμῶν ἱκεσίας,
μὴ παρίδῃς ἐν περιστάσει,
ἀλλ᾽ ἐκ κινδύνων λύτρωσαι ἡμᾶς,
μόνη Ἁγνή, μόνη εὐλογημένη.

Cabe destacar la presencia del término Theotokos (en este caso, Theotoke, en vocativo), es decir, “Madre de Dios”. Dos siglos después, en el Concilio de Éfeso, se reconoció de forma  solemne que este título era adecuado para la Virgen María, contra el parecer de Nestorio. Es decir, en Éfeso, la Tradición de la Iglesia fue defendida contra los que preferían sus propios razonamientos a la enseñanza de siempre de la Iglesia.

Resulta impresionante rezar esta oración, sabiendo que los cristianos la rezaban ya, por lo menos, en el año 250 d.C., que es la fecha en la que Edgar Lobel dató el papiro en el que se encontraba. Nosotros no la hemos recibido de los arqueólogos, sino de la tradición de la Iglesia, a través del latín en el caso de la Iglesia Latina o del griego y el eslavonio antiguo en Oriente. Resulta agradable, sin embargo, que la arqueología nos muestre una vez más que la tradición no es algo inventado, sino que verdaderamente nos transmite la herencia que los primeros cristianos recibieron de Cristo y de los Apóstoles.


THEOTOKOS, LA MADRE DE DIOS

La oración Sub tuum praesidium es un testimonio entrañable, probablemente el más antiguo y el más importante en torno a la devoción a Santa María. Se trata de un tropario (himno bizantino) que llega hasta nosotros lleno de juventud. Es quizás el texto más antiguo en que se llama Theotokos a la Virgen, e indiscutiblemente es la primera vez que este término aparece en un contexto oracional e invocativo.

G. Giamberardini, especialista en el cristianismo primitivo egipcio,  en un documentado estudio ha mostrado la presencia del tropario en los más diversos ritos y las diversas variantes que encuentra, incluso en la liturgia latina. La universalidad de esta antífona hace pensar que ya a mediados del siglo III era usual invocar a Santa María como Theotokos, y que los teólogos, como Orígenes, comenzaron a prestarle atención, precisamente por la importancia que iba adquiriendo en la piedad popular. Simultáneamente esta invocación habría sido introducida en la liturgia.

En el rito romano, su presencia está ya testimoniada en el Liber Responsalis, atribuido a San Gregorio Magno y es copiado en el siglo IX en la siguiente forma: "Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix". Algunos manuscritos de los siglos X y XI, presentan unas deliciosas variantes de esta oración, manteniendo intacta la expresión Santa Dei Genitrix, en estricta fidelidad a la Theotokos del texto griego.

Se trata de traducciones fidelísimas del texto griego, tal y como aparece en el rito bizantino, en el que se utiliza la palabra griega eysplagknían, para referirse a las entrañas misericordiosas de la Madre de Dios. La consideración de la inmensa capacidad de las entrañas maternales de la Madre de Dios está en la base de la piedad popular que tanta importancia dio al título Theotokos para designar a la Madre de Jesús. Y quizás como lo más importante sea el hecho de que el testimonio del Sub tuum praesidium levanta la sospecha de que el título Theotokos se origina a mediados del siglo III en la piedad popular como invocación a las entrañas maternales de Aquella que llevó en su seno a Dios. Esta vez, quizás, la piedad popular fue por delante de la Teología. Al menos, es muy verosímil que así fuese.

Los fieles que, con sencillez, rezan esta oración a la Sancta Dei Genitrix, la Theotokos, la Madre de Dios,  porque la han recibido de manos de la Iglesia, son los que están más cerca de lo que transmitieron los primeros cristianos y, por lo tanto, más cerca de Cristo.

La versión latina de esta oración ha sido inmortalizada en la música especialmente por Antonio Salieri y Wolfgang Amadeus Mozart.

FUENTES:
Lucas F. Mateo-Seco,  La devoción mariana en la primitiva Iglesia
Bruno Moreno Ramos, InfoCatólica
G. Giamberardini, Il "Sub tuum praesidium" e il titolo Theotokos nella tradizione egiziana, en "Marianum" 31 (1969) 350-351
A.M. Malo, La plus ancienne prière à notre Dame, en De primordis cultus mariani, cit., t. 2, 475-485.
(
http://www.egrupos.net/grupo/diosexiste
).

23/05/2011 14:25 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria no se jubilo de la maternidad.

Autor: José Luis Martín Descalzo | Fuente: Razones para el amor
La más honda historia de amor
María no se jubiló de la maternidad. Sigue engendrando, engendrándonos
 
 
La más honda historia de amor
Si preguntásemos a los creyentes cuál ha sido la más bella historia de pureza y virginidad que ha producido nuestro planeta, estoy seguro de que una gran mayoría nos responderían sin dudar que la de María. Y si les interrogásemos por la historia de la mujer que con mayor coraje ha soportado el dolor, pensaron en seguida en la Virgen de los Dolores. Pero ya no serían muchos los que se acordasen de la fe de María si les pidiésemos el nombre del ser humano que más hondamente vivió su fe. Y poquísimos o tal vez nadie nos presentaría la historia de María como la más honda historia de amor. Y es que se habla mucho de las virtudes de María, pero menos de la raíz amorosa de todas ellas. Incluso se piensa que el amor de María fue, en todo caso, un amor «raro», ya que, asombrosamente, los hombres unimos la idea de amor a la de apasionamiento romántico, cuando no la emparejamos con la de la carne y terminamos llamando amor «platónico» a todo el que no se expresa carnalmente y ponemos en ese calificativo un tono despectivo como si se tratara de un amor metafórico, una especie de sustitutivo del verdadero amor. Hay predicadores que parecen avergonzarse de hablar del amor de María a José, como si en ello pudiera haber algo turbio. Y hasta prefieren muchos hablar de la «caridad» de María como si todo su amor a Dios se hubiera realizado con una especie de efluvio místico y no con todo su corazón de mujer.

Y, sin embargo, no conocemos historia de amor como la de María. Yo pienso incluso que si tuviera que escribir una «historia del amor», me limitaría a narrar la de María. Y que toda la vida de la Virgen podría contarse perfectamente desde la única clave del amor.

Un gran amor cuya plenitud empieza, asombrosamente, por un ancho vacío. Un vaciado de egoísmos. Porque la razón por la que los más de los hombres no nos llenamos de amor es que estamos ya llenos de nosotros mismos. Como una tierra a la que la planta de nuestro propio orgullo le devorase todo su jugo, así no se puede sembrar en nuestras almas ningún otro árbol. Vivimos tan pensando en nuestras cosas que ni llegamos a enterarnos de que hay otros seres a los que amar. Nos volvemos infecundos al autoadorarnos. El egoísmo es una especie de interminable masturbación del alma. ¿Cómo podría amar quien siempre tuviera llena su boca con la palabra yo-yo-yo?

María pudo amar mucho y recibir mucho porque toda su infancia y adolescencia fue un permanente vaciarse de sí misma. Vivía a la espera de algo más grande que ella. El centro de su alma estaba fuera de sí misma, por encima de su propia persona. No sabía muy bien lo que esperaba, pero era pura expectación. No sólo es que fuera virgen, es que estaba llena de virginidad, de apertura integral de alma y cuerpo. Alguien la llenaría. Ella no tenía más que hacer que mantener bien abiertas sus puertas. Era libre para amar porque era esclava. Podía ser reina, porque era servidora. Podía ser llena de gracia, porque estaba vacía de caprichos, de falsos sueños, de intereses, de esperanzas humanas. Podía recibir al Amor, porque no se había atiborrado de amorcillos.

Y su amor a José era parte del gran amor, un camino misterioso. No sabía aún muy bien cómo se realizaría aquel noviazgo suyo, pero sí intuía que, en todo caso, formara parte de un plan más ancho que sus ilusiones de muchacha. Por él, a través de él o quizá sólo a la sombra de él, vendría la gran fecundidad, una fecundidad más grande que ellos dos. En todos los enamoramientos -lo sabía- hay algo de misterio y tanto más cuanto más amor. El suyo era un misterio que, más que desbordarles, les ensancharía, les multiplicaría las almas. Una gran vocación nunca rebaja o recorta: dilata, estira, agranda. Así entraron ellos en su matrimonio, como una tierra que espera una semilla, aunque no podían sospechar qué honda y enorme sería la suya.

Y así llegó a su alma y a su seno un Amor que era mucho más grande que el que ella hubiera podido, con sus fuerzas de mujer, fabricar e incluso soñar. Ahora se dio cuenta de que su amor de muchacha había sido sólo un prólogo, una lejana intuición del que la invadiría. Pues si es cierto que había sido elegida porque antes amaba, también lo es que ahora amaba multiplicadamente porque había sido elegida.

¿Cómo pudo tanto Amor caberle dentro? Esto no lo entendería nunca, sólo la fe vislumbraba desde lejos el tamaño que había tomado su alma. Jamás en ser humano alguno cupo tanto Amor. Jamás soñó nadie engendrar un Amor semejante. Y, sin embargo, «cabía» en ella. Porque el enorme Amor se había hecho pequeñito, bebé. ¡Un bebé-Dios, qué cosas! Y ella era madre en el sentido más literal de la palabra. Pero «tan» madre que parecía imposible. Tenía el cielo en su corazón y en su seno. Sólo Dios podía hacer realizable esa paradoja del infinito empequeñecido que la habitaba.

Y desde entonces su alma, más que llena de amor, lo estaba de vértigo. Toda vocación nos desborda, nos saca de nosotros mismos, tira del alma hacia arriba, nos aboca al riesgo. ¿Cómo no desgarró su alma aquella tan enorme? ¿Cómo pudo soportar ella .el tirón de todos los caballos de Dios cabalgándole dentro?

No se hizo, claro, sin desgarramiento. Y es que, antes o después, todo amor se vuelve prueba y desconcierto. No hay amor sin Vía Crucis. Y María recorrió todas las estaciones. Entrar primero a oscuras en la penumbra de la fe. Pasar luego por los túneles de la desconfianza. Exponerse a perder el amor de José para proteger el otro gran Amor. Conocer las dulces rechiflas de las murmuraciones y las sospechas. Y callar. Callar, la más difícil asignatura que tiene que aprobar todo amor. Olvidarse de sí misma y, sin defenderse, descubrir el otro gran rostro del amor: el que nos empuja a difundirlo. Pues por amor va corriendo hacia Isabel. Alguien la necesita. ¿Cómo podría ella quedarse cómoda en casita, esperando acontecimientos, cuando alguien está pasando una prueba parecida a la suya, aunque infinitamente menor?

Y allá va el amor de la muchacha corriendo campo a través para, sin preocuparse de la tormenta interior, volcarse en el canto de las misericordias de Dios sobre ella y su pueblo. El amor es poeta y del fuego interior sale esa milagrosa llamarada del Magnificat: Dios es grande aunque a veces nos vuelva locos con sus cosas.

Y Belén, que es la patria natal del amor. Dicen que no se puede querer una cosa que no se llega a estrechar entre los brazos. Y ahora el infinito amor se ha hecho digerible, abrazable, abarcable. Se le puede llamar Hijo. Ahora sí que el pequeño amor humano de María toma los límites de la eternidad, y por primera y única vez en la historia «el Amor es amado» si no como él merece, sí al menos esta vez sin metáforas, «con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas». Pues no hay un solo rincón en María que no esté amando.

Y, tras la pausa de gozo, el amor prosigue su Vía Crucis. Simeón le explica que el amor no es una confitería, que siempre hay una espada en el horizonte, que el dolor es el crisol del amor. Y hay que empezar a amar de esa manera absurda que es huir en la noche porque este mundo empieza a no soportar al amor apenas ha nacido. Amar -ahora lo entiende María bien- no es una historia de besos y caricias, no son las dulces consolaciones del alma, no es una fogarata de entusiasmo enamorado; es luchar por aquello que se ama, dejándose tiras de alma en las aristas de la realidad.

Para dejar luego paso al mejor de los amores: al amor gris, al lento y aburrido amor de treinta años sin hogueras, con el caliente rescoldo del amor de cada día. ¿Puede realmente llamarse amor al que no ha cruzado el desierto de treinta años de silencio? El paso de los días y los meses quita brillo al amor, pero le presta hondura y verdad. El tiempo -y no el entusiasmo- es la prueba del nueve del amor. Los amores de teatro duran horas o, cuando más, semanas. Los auténticos surgen de la suma de días y días de hacer calladamente la comida, acarrear el agua y la leña, estar juntos cuando ya no se tiene nada nuevo que decir. En Nazaret no se vive una «locura de amor»; se vive el denso, callado, lento, cotidiano, oscuro y luminoso, el enorme amor construido de infinitos pequeños minutos de cariño. Allí se ama a un Dios que no mima, a un Dios que parece haberse olvidado de nosotros, con un amor que parecería ser de ida sin vuelta. Un amor sin ángeles consoladores. La esclava descubre que aquello no fue una palabra, que la tratan realmente como una esclava, sin otro reino que sus manos cansadas.

Y después la soledad. Tampoco hay amor verdadero sin horas de soledad y abandono. Porque el Hijo-Amor se ha ido lejos, a su gran locura, y la madre tiene que vivir un amor de abandonada. ¿Abandonada? No en el corazón, pero sí en la cama del muchacho vacía, en la puerta que nunca cruza nadie.

Luego el amor se vuelve tragedia. ¿Puede decir que ha amado quien jamás ha sufrido por su amor? Santa María del amor hermoso es hermana gemela de Santa María del mayor dolor. Las cruces tienen una extraña tendencia a crecer en el corazón. Con la única diferencia de que en los corazones que aman esa cruz está llena y no vacía. Pero todas las cruces tienen sangre. Y todo amor se vive a contramuerte.

Por fortuna, ningún dolor es capaz de ahogar una esperanza verdadera. Y en la tarde de todos los sábados se junta al vacío de la soledad la plena luz de la esperanza. El amor es más fuerte que la muerte, cuanto más el Amor. El de María también es inmortal.

Y resucitará el domingo en el abrazo total, el amor sin eclipse de la mañana pascual. Porque sólo detrás de la muerte el amor está a salvo, definitivamente invencible, vuelto ya sólo luz. Ahora ya, sin temores, sin riesgos, puede decir que «sólo en amar es nú ejercicios, volver a engendrar, ahora con el alma.

Una alegría que no logra empañar la nostalgia de la ausencia, durante esos años en los que se diría que hay dos cielos: uno arriba y otro, prestado, en el alma amante de María. ¿No es cielo allí donde está Dios?

Y, al fin, morir de amor. «No sólo -escribirá Terrién- murió en el amor y por el amor, sino también de amor. Morir de amor es tener por causa próxima de la muerte al amor mismo.»

Y luego, todavía el amor: «dedicarse» por toda la eternidad a ser madre de los hombres. María no se jubiló de la maternidad. Sigue engendrando, engendrándonos. Ejerce de madre, tal vez porque es lo único -¡lo único!- que sabe hacer. ¡Y qué bien lo hace! ¿Por qué entonces le pedimos que vuelva a nosotros esos sus ojos misericordiosos cuando sabemos que no tiene ojos sino para nosotros, Madre, Madre nuestra?
(
http://es.catholic.net
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21/05/2011 09:38 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria, la Virgen pobre.

María, la Virgen pobre

Estamos acostumbrados a considerar a María en su pobreza. Y con mucha razón. Realmente nació pobre. Vivió pobremente. Y además, dejó este mundo siendo pobre. Tenemos una madre que sin dejar de ser la Reina del universo con sus inagotables riquezas, también nos da ejemplo de verdadera pobreza.

María nació pobre. Sus orígenes lo fueron. Todo lo que sabemos de Ella nos da a entender que venía de familia más bien de pocos recursos. Por más que fuese de linaje davídico, no heredó gran cosa de sus padres Joaquín y Ana, ni éstos de los suyos. Estaban ya a demasiadas generaciones del Rey David y del fausto de aquel reinado. Y en la familia sencilla de María tan ausente estaba la riqueza material como la presunción por su linajuda condición. No entendían ellos de abolengos y esas cosas tan importantes para muchos de nosotros.

Pobre era también el pueblo de María: Nazaret. Esa aldea ni siquiera aparecía en los mapas romanos de la época, que tenían fama de ser detalladísimos. Ninguno de aquellos meticulosos geógrafos la juzgó digna de incluirla en sus diseños. Además, la frase de Natanael, “un hombre en quien no había engaño”, lo dice todo de ese pueblecito: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” Si eso salió de los labios de un hombre así, por algo sería... Así que María venía de un poblado perdido y que no debía gozar de muy buena reputación.

Pobres fueron sin duda, por otro lado, las casas donde vivió María. Sí, las casas de la María fueron testimonio de su admirable pobreza. Primero su casa de Nazaret: humilde y sencilla. Una más del vecindario. Nada especial a pesar de ser la Madre del creador de todas las cosas.

Luego en Belén, primero ni siquiera casa, una cueva; con un poco de paja y unos animales. ¡Qué poca cosa para tan ilustres moradores! Después, cuando el barullo del censo amainó, quizá pudieron rentar una casita por unos días. Pero nada fuera de lo común. No podían permitirse un gran qué, a pesar de ser Ella Señora de los ángeles y su Hijo el mismo Dios.

Más tarde, llegaron sin nada a Egipto. Como inmigrantes sin recursos. Habrán tenido que alquilar también cualquier cosilla digna para los tres, pidiendo al patrón les fiase el primer mes mientras encontraban algo para ganarse la vida allí.

Pero eso sí, en las casas de María, aún siendo humildes y sencillas, brillaría siempre en ellas la dignidad, la limpieza y el arreglo. Tanto que hasta el mismo Dios se sintió a gusto en ellas. Tan a gusto que quiso estar durante treinta años en casa y luego dedicó sólo tres a otras cosas.

Y aunque de vez en cuando faltasen cosas, nunca faltó distinción, decoro y también alegría y buen ánimo en casa de María. A decir verdad estaban ya algo acostumbrados a que faltasen cosas: faltó casa aquella noche fría de Belén; faltó oro al repartir entre los pobres lo que les dejaron los Magos de Oriente; faltó todo cuando llegaron a Egipto... Claro, ahora nadie se apura cuando falta dinero (pues José anda en cama y no cobra), y tienen que irse a la cama con una cena ligerita, ligerita. Esos días los tres conciliarían el sueño con el estómago un poco más vacío, pero con el corazón mucho más lleno.

Y no parece que a María le diese pena o vergüenza alguna la poqueza de sus raíces más próximas, o de sus hogares. Al contrario, a juzgar por las palabras de su Magnificat, se sentía muy dichosa de verse entre los pobres a los que Dios colma de otros bienes mejores.

Así es, María, fue pobre, pero muy alegre y dichosa. Con una pobreza que no era mera resignación forzada al descubrirse habitante de esa tierra, o al tener que pasar por aquellos episodios y circunstancias. Sin duda, por encima de aquel estado ya dado y de aquellos avatares de su existencia, Ella hizo de la pobreza una opción de vida y de alma. Opción que mantuvo intacta hasta el último día de su peregrinar por esta tierra. Ella optó en su corazón por vivir desprendida de todo, menos de Dios: su único Bien.

María se encontró pobre, de una pobreza material, porque así dispuso la providencia divina que Ella naciera y viviera. Pero supo de su condición sacar virtud. De su condición no sacó quejas, no sacó envidias, no sacó enfados ni enojos ni amarguras estériles; y tampoco sacó conformismo. Sacó virtud. Como la hubiese sacado si, por designio de Dios, le hubiera tocado vivir más cómodamente.

Esa es, para nosotros, la gran lección de nuestra Madre, la Virgen pobre. Hemos de aprender a sacar virtud de nuestra condición, sea la que sea. Es decir, optar por ser pobres en nuestro corazón. Optar por estar desprendidos de todo. Cuántos pobres hay en el mundo que de su pobreza sólo sacan tristeza y descontento; cuando muy bien podrían sacar virtud y la dicha que acompaña a toda virtud. Así lo hizo María.

El secreto de su pobreza era uno sólo: Dios. Solamente en Dios estaba firme su corazón. Sólo en Dios tenía sus alegrías, sus consuelos, sus esperanzas. Podía caer y faltar todo lo demás (como de hecho cayó y faltó varias veces), pero teniendo a Dios y confiando en su providencia nunca sintió necesidad de nada más.

Esa pobreza de espíritu, como la de María, nos hace vivir el gozo incomparable de sabernos libres, con esa soberana libertad de quien ha roto las cadenas que lo aprisionan al mundo. Nos hace estar firmes en el Único necesario, perla preciosa más valiosa que todos los universos. Nos hace pasar por esta tierra ligeros de equipaje como peregrinos hacia la patria celeste.

Ojalá que como Ella, también nosotros, sus hijos, sus buenos hijos, realicemos en nuestra vida aquella bienaventuranza: “felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.
(P. Marcelino de Andrés
http://es.catholic.net
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21/05/2011 09:37 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Dignos hijos de tal Madre.

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Dignos hijos de tal Madre
Madre de Dios y también Madre de todos los hombres. Ojalá, que los hombres valoren qué Madre les he regalado y la traten como se merece, a ejemplo de mi Hijo.
Autor: P. Marcelino de Andrés LC | Fuente: Catholic.net

 


Allá por el principio de todos los tiempos, un ángel particularmente avispado y vivaracho merodeaba curioso muy cerca de donde la Santísima Trinidad estaba reunida en consejo. Se detuvo aguzando sus “sentidos” y quedó enganchado por la curiosidad ante lo que allí se estaba planeando.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, con encendida ilusión y haciendo pleno uso de su infinita sabiduría, omnipotencia y amor, se daban a la tarea de idear el proyecto creatural más sublime y excelso que iba a salir de sus manos divinas.

Tendrá una mirada limpia e intuitiva como la de los ángeles, pues su alma será tan pura como ellos; y sus ojos serán verdaderas ventanas al cielo, porque cielo será toda su alma.

Su sonrisa lucirá irresistiblemente contagiosa, como trasparencia de una felicidad interior plena y auténtica.

Su voz ha de ser clara y agradable, casi mágica, pues a través de ella inducirá a un sueño tranquilo a los niños, infundirá consuelo, paz y confianza en los corazones atribulados y orientará hacia el bien muchos pasos vacilantes.

Sus dos hermosas manos serán capaces de multiplicarse en mil por lo hacendosas y solícitas ante sus quehaceres y las necesidades de los demás.

El ángel, mientras escuchaba, daba rienda suelta a su vivaz imaginación embelesado ante la imagen de esa creatura; y su arrebato crecía a medida que iban añadiéndose detalles.

Su cuerpo, además de una perfección y belleza sin par, tendrá que ser de una resistencia extrema para soportar constantes desvelos, para mantenerse en actividad de sol a sol, para comer muchas veces a deshoras y otras tantas ni siquiera comer o comer sólo a base de sobras...

Su corazón rebosará de un amor inmenso, el amor más semejante y cercano al nuestro que jamás haya existido ni existirá; y su capacidad de sacrificio igualará a su capacidad de amar.


Cuando el ángel oyó la palabra “sacrificio”, no pudo evitar encogerse de alas y arquear las cejas en señal de incomprensión y admiración.


La bondad será el sello distintivo de todos sus gestos, palabras, actitudes y pensamientos. Su paciencia no habrá de tener límites ya que vendrá puesta a prueba muchas veces, día y noche. Su generosidad tampoco tendrá medida, puesto que quienes se beneficiarán de ella serán innumerables.

De pronto, Dios Padre, que desde el primer momento se había percatado del atrevimiento del ángel, se volvió a él para interpelarlo. Pero éste, con su agilidad y espontaneidad características, se le adelantó con una pregunta:

-¿De quién se trata, Señor? ¡Dímero, por favor!
Dios Padre, desarmado ante la expresión de inocencia e interés de aquella creatura angélica, respondió sin poder disimular su entusiasmo:

-Se llamará María y será Madre de mi Hijo cuando se haga hombre; y será, por tanto, Madre de Dios y también Madre de todos los hombres. Por eso, en su honor, cada mujer y madre que exista en la tierra será creada a su imagen y semejanza.

Quiero, además, que mi Hijo pase con ella la inmensa mayoría del tiempo que dure su vida terrena -30 de sus 33 años- por dos motivos: primero, para que en su progresivo aprender humano sea precisamente de ella de quien aprenda todas las virtudes; y segundo, para que Ella reciba de Él, durante el mayor tiempo posible, el cariño del mejor de los hijos. Ojalá, que de este modo, los hombres valoren qué Madre les he regalado y la traten como se merece, a ejemplo de mi Hijo.

Dicho esto, Dios Padre miró fijamente al ángel y tras un gesto entre admirativo e interrogativo, esbozó una sonrisa y le dijo:

-Vaya, al ver tu reacción, acabo de percatarme de que en los ángeles también puede darse la “envidia”... pero es de la buena. Haz que ese sentimiento te lleve a ti y a tus demás compañeros ángeles custodios, a ayudar a todos los hombres a ser dignos hijos de tal Madre.

21/05/2011 09:35 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

El si de Maria y el si de cada hombre y mujer.

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Catequistas y Evangelizadores
 
El "sí" de María y el "sí" de cada hombre y mujer
Dios nos pide a cada uno de nosotros que le acojamos, que pongamos a disposición nuestro corazón y nuestro cuerpo, para que Él pueda habitar en el mundo.
Autor: SS Bebedicto XVI | Fuente: Catholoic.net

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

Recordando la gran fiesta de la Asunción de María al Cielo, leemos en el Evangelio estas palabras de Jesús: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo" (Juan 6, 51). No podemos permanecer indiferentes ante esta correspondencia, que gira en torno al símbolo del "cielo": María ha sido "elevada" al lugar del que su Hijo había "bajado".

Naturalmente este lenguaje, que es bíblico, expresa con términos figurativos algo que no entra completamente en el mundo de nuestros conceptos e imágenes. Pero, ¡detengámonos un momento a reflexionar!

Jesús se presenta como el "pan vivo", es decir, el alimento que contiene la vida misma de Dios y es capaz de darla a quien come de Él, el verdadero alimento que da vida, que alimenta profundamente. Jesús dice: "si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo" (Juan 6, 51).

Pues bien, ¿de quién ha tomado el Hijo de Dios su "carne", su humanidad concreta y terrenal? La tomó de la Virgen María. Dios tomó de Ella el cuerpo humano para entrar en nuestra condición mortal. A su vez, al final de la existencia terrena, el cuerpo de la Virgen fue llevado al cielo por parte de Dios e hizo que entrara en la condición celestial.

Es una especie de intercambio en el que Dios siempre toma la iniciativa, pero en cierto sentido, como hemos visto en otras ocasiones, tiene también necesidad de María, del "sí" de la criatura, de su carne, de su existencia concreta, para preparar la materia de su sacrificio: el cuerpo y la sangre para ofrecerla en la Cruz como instrumento de vida eterna y, en el sacramento de la Eucaristía, como alimento y bebida espirituales.

Queridos hermanos y hermanas: lo que le sucedió a María es válido también, de manera diferente aunque real, para todo hombre y mujer, porque Dios nos pide a cada uno de nosotros que le acojamos, que pongamos a disposición nuestro corazón y nuestro cuerpo, toda nuestra existencia, nuestra carne -dice la Biblia-, para que Él pueda habitar en el mundo.

Nos llama a unirnos a Él en el sacramento de la Eucaristía, Pan partido para la vida del mundo, para formar juntos la Iglesia, su Cuerpo histórico. Y si nosotros decimos "sí", como María, en la misma medida de este nuestro "sí" tiene lugar también para nosotros y en nosotros este misterioso intercambio: quedamos asumidos en la dignidad de Aquél que ha asumido nuestra humanidad.

La Eucaristía es el medio, el instrumento de esta transformación recíproca, que tiene siempre a Dios como fin y como actor principal: Él es la Cabeza y nosotros los miembros; Él es la Vid, y nosotros los sarmientos, quien come de este Pan y vive en comunión con Jesús, dejándose transformar por Él y en Él, queda salvado de la muerte eterna: ciertamente muere como todos, participando también en el misterio de la pasión y de la Cruz de Cristo, pero ya no es esclavo de la muerte y resucitará el último día para gozar de la fiesta eterna con María y todos los santos.


Intervención con motivo del Ángelus, el 16 de agosto 2009

16/05/2011 20:35 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

¿Por que mayo es el mes de Maria?

¿Por qué mayo es el mes de Maria?  ¿Dónde comienza esta antigua tradición?


Veamos un poco, y hagamos nuestra esta hermosa tradición.


  El mes de Maria es una antigua y muy bella tradición, que tiene sus inicios en Europa, continente que se caracteriza precisamente, por sus profundas raíces cristianas, como lo testifica su historia, su cultura y su religión.

  El Mes de María se reza en Mayo, en el llamado “mes de las flores”, que se llama así, porque con la llegada del buen tiempo y tras las lluvias invernales, el campo y los jardines comienzan a cubrirse de un verde intenso y de los colores y aromas de las flores. Es el apogeo de la primavera.

  Y así, desde la edad media se consagró el "mes de las flores" a la Virgen María para rendir culto a las virtudes y bellezas de la Madre de Dios.  La primera noticia clara que se tiene de la consagración del mes de mayo a la Virgen, viene de Alfonso X, "el Sabio", rey de España, en el siglo XIII. Este rey - Juglar cantaba en sus "Cantigas de Santa María" los loores de mayo en honor de la Virgen Santísima.

  Con el florecimiento espiritual del siglo XVI se dio gran impulso a esta hermosa práctica, con especiales ejercicios de piedad durante todos los días, en los que se van considerando diversos misterios, títulos y excelencias de la Madre del Señor. La universalización de esta práctica vino a verificarse en el siglo XIX, cuando fue favorecida y enriquecida con indulgencias por los sumos Pontífices Pío VII y Pío VIII.

  Ya en el siglo XIII, el Rey Alfonso X, el Sabio invitaba a alabar e invocar a María, ante su altar, en el mes de las flores. Y él mismo escribió las Cantigas de Santa María, porque quería "trovar en honor de la Rosa de las Rosas y de la Flor de las flores".

  En Italia fue San Felipe Neri, en el siglo XVI, el iniciador del Mes de Mayo dedicado a María, con la costumbre de invitar a los jóvenes a cantar, llevar flores y ofrecer sacrificios a la Virgen.

  En el continente de América, fueron los misioneros españoles los que difundieron y promovieron la tradición de dedicar el mes de mayo al mes de Maria. Por este motivo, existe una gran devoción popular y afecto hacia la Madre de Dios, como así lo testimonian los innumerables santuarios marianos bajo diversas advocaciones.


 ¿ Qué podemos hacer y practicar en el mes de Maria, en honor de la Santísima Virgen?


  En la Iglesia, durante la adoración, en la visitas al Santísimo Sacramento del Altar (donde María está realmente presente), o en mi casa en los momentos libres, solo o en familia, podemos y seria muy beneficioso para el crecimiento de nuestra vida espiritual:

Reflexionar en los principales misterios de la vida de María.
  Reflexionar implica hacer un esfuerzo con la mente, la imaginación y, también, con el corazón, para profundizar en las virtudes que la Virgen vivió a lo largo de su vida. Podemos meditar en cómo María se comportó, por ejemplo, durante:

-la Anunciación (Lc 1, 26)
-la Visita a su prima Isabel (Lc 1, 39)
-el Nacimiento de Cristo (Lc 2, 1)
-la Presentación del Niño Jesús en el Templo (Lc 2, 22)
-el Niño Jesús perdido y hallado en el templo (Lc 2, 40)
-las Bodas de Caná (Jn 2, 1)
-María al pie de la cruz. (Jn 19, 25)

Recordar las apariciones de la Virgen.
  En Fátima, Portugal; en Lourdes, Francia y en el Tepeyac, México Guadalupe, la Virgen entrega diversos mensajes, todos relacionados con el amor que Ella nos tiene a nosotros, sus hijos.

Meditar en los cuatro dogmas acerca de la Virgen María que son:
Su inmaculada concepción: A la única mujer que Dios le permitió ser concebida y nacer sin pecado original fue a la Virgen María porque iba a ser madre de Cristo.
Su maternidad divina: La Virgen María es verdadera madre humana de Jesucristo, el hijo de Dios.
Su perpetua virginidad: María concibió por obra del Espíritu Santo, por lo que siempre permaneció virgen.
Su asunción a los cielos: La Virgen María, al final de su vida, fue subida en cuerpo y alma al Cielo.
Recordar y honrar a María como Madre de todos los hombres.
  María nos cuida siempre y nos ayuda en todo lo que necesitemos. Ella nos ayuda a vencer la tentación y conservar el estado de gracia y la amistad con Dios para poder llegar al Cielo. María es la Madre de la Iglesia.

Reflexionar en las principales virtudes de la Virgen María.
  María era una mujer de profunda vida de oración, vivía siempre cerca de Dios. Era una mujer humilde, es decir, sencilla; era generosa, se olvidaba de sí misma para darse a los demás; tenía gran caridad, amaba y ayudaba a todos por igual; era servicial, atendía a José y a Jesús con amor; vivía con alegría; era paciente con su familia; sabía aceptar la voluntad de Dios en su vida.

Vivir una devoción real y verdadera a María.
Se trata de que nos esforcemos por vivir como hijos suyos. Esto significa:

Mirar a María como a una madre: Platicarle todo lo que nos pasa: lo bueno y lo malo. Saber acudir a ella en todo momento.
Demostrarle nuestro cariño: Hacer lo que ella espera de nosotros y recordarla a lo largo del día.
Confiar plenamente en ella: Todas las gracias que Jesús nos da, pasan por las manos de María, y es ella quien intercede ante su Hijo por nuestras dificultades
Imitar sus virtudes: Esta es la mejor manera de demostrarle nuestro amor.
Tratar de no pecar, porque siendo corredentora paga supratemporalmente con dolor por cada pecado nuestro
Rezar en familia las oraciones especialmente dedicadas a María.
  La Iglesia nos ofrece bellas oraciones como la del Ángelus (que se acostumbra a rezar a mediodía), el Regina Caeli, la consagración a Maria y el Santo Rosario ante la imagen de la Virgen.

  Y para finalizar, terminamos con las palabras que pronuncio el Papa Benedicto XVI, el 30 de abril, en el Regina Caelis, haciendo alusión al mes de mayo, mes de Maria:

  “ En los días que siguieron a la resurrección del Señor, los apóstoles permanecieron reunidos, confortados por la presencia de María, y después de la Ascensión, perseveraron junto a ella en oración esperando Pentecostés. La Virgen fue para ellos madre y maestra, papel que sigue desempeñando con los cristianos de todos los tiempos. Cada año, en el tiempo pascual, vivimos más intensamente esta experiencia y quizá precisamente por este motivo la tradición popular ha consagrado a María el mes de mayo, que normalmente cae entre Pascua y Pentecostés.

  Por tanto, este mes que comenzamos mañana, nos ayuda a redescubrir el papel maternal que ella desempeña en nuestra vida para que seamos siempre discípulos dóciles y testigos valientes del Señor resucitado.
(
http://www.egrupos.net/grupo/diosexiste
).

15/05/2011 20:48 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Con Maria, levantando el corazon.

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Con María, levantando el corazón
Cuando escuches en la misa: "Levantemos el corazón" tómate fuerte de la mano de María y pídele que te asista.
Autor: María Susana Ratero | Fuente: Catholic.net

 

Madre mía, hace unos días he leído una meditación de San Agustín que dice: "No escuchemos en vano la invitación:" ¡Levantemos el Corazón!" Y con todo el corazón ascendamos a Él"... y allí me quedé, Madrecita, preguntadote: ¿Que es ascender a él?

Y me respondiste:

- Si ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba"(Col 3,1)

Te confieso, Madre, que creí comprender tu respuesta, pero ya no estoy segura. Por eso espero que, en esta Misa, le pidas a tu Esposo, el Espíritu Santo, que me ilumine el alma.

Mientras transcurre la Misa siento la paz de saber que mi oración ha sido escuchada.

Y llega el momento, antes de la Consagración y como preparación a ella, en que el sacerdote pronuncia las palabras:

- "Levantemos el corazón"

En ese momento mil preguntas me inundan el alma y, sin atinar a más, me postro a tus pies y te las presento, de una en una:

-¿Cómo puedo levantar mi corazón, Madre, si me pesa tanto por causa de mis miserias y pecados? ¿Cómo puedo levantarlo si veo que tiene raíces demasiado profundas en las cosas de la tierra?

El tiempo se ha detenido en la Parroquia de Luján. No puedo responder al sacerdote si tú, Madre, no me explicas.

- Hija mía- y mi alma se calma y escucha- como lees en San Pablo (Col 3,1), levantar el corazón es deleitarse en los bienes de arriba, no en los de la tierra.

- Pero, Madre, no todo en mi corazón es anhelo de cielo... Hay demasiadas mezquindades con que me apego a la tierra.

- Comprendo, hija. Lo sientes tan pesado que no puede elevarse por sí mismo.

- ¿No tengo esperanza, entonces?

Y tu mirada sonríe y puedo sentir el océano de misericordia de tu Corazón, dulce Reina y Madre de Misericordia...

- Nada de eso, hija, si tu corazón no sube solo pues, súbelo tu, alto, muy alto...

-¿Qué tan alto, Madrecita? ¡No llego, no puedo!...

Y tu respuesta alegre me asombra el alma:

- Busca un sicómoro, ¡Vamos, trepa!, alto, como Zaqueo, y quédate en espera para que Jesús Eucaristía te diga: "Hoy me hospedaré en tu casa"

-¿Un sicómoro, Madre? Estamos dentro de la Parroquia ¡No hay sicómoros aquí!.. Ay, Madre, sé más explícita que tu torpe hija no te comprende.

Y me tiendes las manos para hacerme "pie", como me hacía mi padre para ayudarme a trepar a un árbol.

- Ven hija ¡Trepa a mi Corazón!

-¡Madre! ¡Claro! ¡Tu Corazón! Sí, solo tú puedes elevar mi corazón lo suficientemente alto...

Y levanto mi corazón hasta el Tuyo, pongo mi corazón en el Tuyo.

Ahora sí puedo responder al sacerdote:

- "Lo tenemos levantado hacia el Señor".

Madre, tú llevas mi corazón hasta donde Cristo ya ha llegado. Y allí me quedo, de tu mano...

Se acerca el momento de la Consagración. Con mi corazón en el Tuyo veo que estamos alto, muy alto, pues sólo desde tan alto puede adorarse plenamente a Jesús Eucaristía...

Sólo desde tan alto el alma puede rendirse ante un milagro cotidiano y conocido, pero jamás comprendido plenamente en su más profunda esencia...

Alto, Madre... mi corazón está alto... Sin embargo, sigo parada en el piso de la parroquia.

- La altura es interior, hija. Es un subir del alma para expresar su más profunda gratitud por tan grande amor...

Me preparo para recibir a Jesús bajo la apariencia de pan. Estoy en tu Corazón, Madre ¿Qué mejor lugar para recibirle?

Allí entregaré a Jesús a su Madre "que lo recibirá amorosamente, le colorará honrosamente, le adorará profundamente, le amará perfectamente, le abrazará estrechamente y le rendirá, en espíritu y en verdad, muchos obsequios que en nuestras espesas tinieblas nos son desconocidos"(San Luis María Grignion de Montfort)

"Levantemos el corazón". Apenas si empiezo a comprender la magnitud de la propuesta.

"Lo tenemos levantado hacia el Señor" Apenas si empiezo a comprender la magnitud de tal respuesta.

Madre... poco a poco voy comprendiendo cuán profundas son las palabras, los actos, los gestos de la Misa. Pide a Jesús me perdone por todas las veces que respondí mecánicamente, sin pensar.

Amigo, amiga que lees estas líneas, cuando escuches la propuesta "Levantemos el corazón" tómate fuerte de la mano de María y pídele que te asista. Tu corazón puede alcanzar alturas no imaginadas, aunque tus pies sigan pegados al piso de la Parroquia.

 

NOTA de la autora:

Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por Ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna.

15/05/2011 20:30 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

¡Totus Tuus!.

"Totus tuus!"

El mes de mayo ha iniciado con la beatificación de Juan Pablo II, quien se abandonaba en la Virgen con estas palabras "Totus tuus ego sum!" (soy todo tuyo).
Ofrecemos unas palabras del nuevo beato sobre la Madre de Dios.
opusdei.org

La vida de Jesucristo en la predicación de Juan Pablo II
Pedro Beteta

 María, la Madre, está en contacto con la verdad de su Hijo únicamente en la fe y por la fe. Es, por tanto, bienaventurada, porque « ha creído » y cree
cada día en medio de todas las pruebas y contrariedades del período de la infancia de Jesús y luego durante los años de su vida oculta en Nazaret. (Redemptoris
Mater, 17)

 Antes que nadie, Dios mismo, el eterno Padre, se entregó a la Virgen de Nazaret, dándole su propio Hijo en el misterio de la Encarnación (RM, 39)

 María aceptó la elección para Madre del Hijo de Dios, guiada por el amor esponsal, que « consagra » totalmente una persona humana a Dios. En virtud de
este amor, María deseaba estar siempre y en todo « entregada a Dios », viviendo la virginidad. Las palabras « he aquí la esclava del Señor » expresan el
hecho de que desde el principio ella acogió y entendió la propia maternidad como donación total de sí, de su persona, al servicio de los designios salvíficos
del Altísimo. (RM, 39)

 La maternidad de María, que se convierte en herencia del hombre, es un don: un don que Cristo mismo hace personalmente a cada hombre. El Redentor confía
María a Juan, en la medida en que confía Juan a María. A los pies de la Cruz comienza aquella especial entrega del hombre a la Madre de Cristo, que en
la historia de la Iglesia se ha ejercido y expresado posteriormente de modos diversos. (RM, 45)

 La figura de María de Nazaret proyecta luz sobre la mujer en cuanto tal por el mismo hecho de que Dios, en el sublime acontecimiento de la encarnación
del Hijo, se ha entregado al ministerio libre y activo de una mujer. Por lo tanto, se puede afirmar que la mujer, al mirar a María, encuentra en ella el
secreto para vivir dignamente su feminidad y para llevar a cabo su verdadera promoción. A la luz de María, la Iglesia lee en el rostro de la mujer los
reflejos de una belleza, que es espejo de los más altos sentimientos, de que es capaz el corazón humano: la oblación total del amor, la fuerza que sabe
resistir a los más grandes dolores, la fidelidad sin límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra
de apoyo y de estímulo. (RM, 46)

 El Rosario aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad
de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio.[2] En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación
redentora en su seno virginal (Rosarium Virginis Mariae, 1).

 [El rosario] ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes. Me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación.
A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. (...) Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María
el rostro de Cristo. (RVM, 2-3).

 La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha
formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad
de María a la contemplación del rostro de Cristo. (RVM, 10)

 Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de 'comprenderle a
Él'. Pero en esto, ¿qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo
(cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo
de su misterio (RVM, 14).

 La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la
difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. ¿Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido?
El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador (RVM, 17).

 «La plenitud de los tiempos» manifiesta la dignidad extraordinaria de la «mujer». (...) La «mujer» es la representante y arquetipo de todo el género humano,
es decir, representa aquella humanidad que es propia de todos los seres humanos, ya sean hombres o mujeres. Por otra parte, el acontecimiento de Nazaret
pone en evidencia un modo de unión con el Dios vivo, que es propio sólo de la «mujer», de María, esto es, la unión entre madre e hijo. En efecto, la Virgen
de Nazaret se convierte en la Madre de Dios (Mulieris dignitatem, 4).

 Cristo es siempre consciente de ser el «Siervo del Señor», según la profecía de Isaías (cf. 42, 1; 49, 3. 6; 52, 13), en la cual se encierra el contenido
esencial de su misión mesiánica: la conciencia de ser el Redentor del mundo. María, desde el primer momento de su maternidad divina, de su unión con el
Hijo que «el Padre ha enviado al mundo, para que el mundo se salve por él» (cf. Jn 3, 17), se inserta en el servicio mesiánico de Cristo.(20) Precisamente
este servicio constituye el fundamento mismo de aquel Reino, en el cual «servir» (...) quiere decir «reinar».(21) Cristo, «Siervo del Señor», manifestará
a todos los hombres la dignidad real del servicio, con la cual se relaciona directamente la vocación de cada hombre (MD, 5).

 «Ha hecho en mi favor maravillas»: éste es el descubrimiento de toda la riqueza, del don personal de la femineidad, de toda la eterna originalidad de la
«mujer» en la manera en que Dios la quiso, como persona en sí misma y que al mismo tiempo puede realizarse en plenitud «por medio de la entrega sincera
de sí». (MD, 11)
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://www.fluvium.org
).

12/05/2011 00:00 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

El amor de Maria llena nuestro corazon.

Catequistas y Evangelizadores
 
El amor de María llena nuestro corazón
Si uno de veras cree en este amor que le tiene María Santísima como madre ¿podrá sentirse desgraciado? ¿Podrá sentirse desesperado?
Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net

 


Dios es amor.

María Santísima es también amor.

Podríamos decir que María es el lado misericordioso y tierno del amor de Dios.
“Tú sola, Virgen María, le curas a Dios de todas las heridas que le hacemos los hombres. Por ti sola valió la pena la redención, aunque, afortunadamente, hay otras y otros que se han tomado en serio la redención ".

Este amor tuyo que, por un lado, sube hasta Dios y, por lo tanto, tiene toda la gratitud de una creatura, toda la profundidad de una madre, toda la pureza de una virgen; por otro lado, se dirige a nosotros, hacia la tierra, hacia tus hijos.

Cómo me impresionó -y aparte al principio no lo creí- leer aquellas palabras de San Alfonso María de Ligorio: "Si juntáramos el amor de todos los hijos a sus madres, el de todas las madres a sus hijos, el de todas las mujeres a sus maridos, el de los santos y los ángeles a sus protegidos: todo ese amor no igualaría al amor que María tiene a una sola de nuestras almas". Primero, no lo creí porque era demasiado grande para ser cierto. Hoy, lo creo, y posiblemente estas palabras de San Alfonso se quedaron cortas.

Yo me pregunto: si uno de veras cree en este amor que le tiene María Santísima como madre ¿podrá sentirse desgraciado? ¿Podrá sentirse desesperado? ¿Podrá vivir una vida sin alegría, sin fuerza, sin motivación? ¿Podrá alguna vez, en su apostolado, llegar a decir "no puedo, me doy"? ¿Podrá algún día decir : "renuncio al sacerdocio y lo dejo"? Si Cristo, por nosotros, dio su sangre, su vida, ¿qué no dará la Santísima Virgen por salvarnos? Ella ha muerto crucificada, espiritualmente, por nosotros. A Cristo le atravesaron manos y pies por nosotros; a ella una espada le atravesó el alma, por nosotros. Si Él dijo: "He ahí a tus hijos" ¿cómo obedece la Santísima Virgen a Dios? Entonces, cuánto nos tiene que amar. Y si somos los predilectos de su hijo: "vosotros sois mis amigos", somos también los predilectos de Ella.

El amor de María llena nuestro corazón, debe llenarlo. El amor de una esposa no es el único que puede llenar el corazón de un hombre como yo. El amor de María Santísima es muchísimo más fuerte, rico, tierno, confortante, que el de todas las esposas de la tierra. El amor de mi madre celestial llena, totalmente, mi corazón. Una mirada, una sonrisa de María Santísima, me ofrecen más que todo lo que pueden darme todas las mujeres de la tierra juntas.

¿Cuál debe ser mi respuesta a tan grande y tierno amor?

Como Juan Pablo II debemos decir cada uno de nosotros, también, "totus tuus": todo tuyo y para siempre. Aquella expresión que el Papa nos decía: "Luchando como María y muy juntos a María", que le repitan siempre: "totus tuus".

¿Por qué no llevarme a todas partes a la Santísima Virgen? En el pensamiento, en el corazón, y también, en una imagen, en un cuadro: su presencia es benéfica. Yo tengo en mi despacho y en mi cuarto una imagen de la Santísima Virgen. Con mucha frecuencia la miro, con mucha frecuencia le hablo y, también, la escucho. Siento su presencia y su amor a través de esa imagen.

29/04/2011 00:25 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

El amor de María llena nuestro corazón.

El amor de María llena nuestro corazón
Si uno de veras cree en este amor que le tiene María Santísima como madre ¿podrá sentirse desgraciado? ¿Podrá sentirse desesperado?
Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net




Dios es amor.

María Santísima es también amor.

Podríamos decir que María es el lado misericordioso y tierno del amor de Dios.
“Tú sola, Virgen María, le curas a Dios de todas las heridas que le hacemos los hombres. Por ti sola valió la pena la redención, aunque, afortunadamente, hay otras y otros que se han tomado en serio la redención ".

Este amor tuyo que, por un lado, sube hasta Dios y, por lo tanto, tiene toda la gratitud de una creatura, toda la profundidad de una madre, toda la pureza de una virgen; por otro lado, se dirige a nosotros, hacia la tierra, hacia tus hijos.

Cómo me impresionó -y aparte al principio no lo creí- leer aquellas palabras de San Alfonso María de Ligorio: "Si juntáramos el amor de todos los hijos a sus madres, el de todas las madres a sus hijos, el de todas las mujeres a sus maridos, el de los santos y los ángeles a sus protegidos: todo ese amor no igualaría al amor que María tiene a una sola de nuestras almas". Primero, no lo creí porque era demasiado grande para ser cierto. Hoy, lo creo, y posiblemente estas palabras de San Alfonso se quedaron cortas.

Yo me pregunto: si uno de veras cree en este amor que le tiene María Santísima como madre ¿podrá sentirse desgraciado? ¿Podrá sentirse desesperado? ¿Podrá vivir una vida sin alegría, sin fuerza, sin motivación? ¿Podrá alguna vez, en su apostolado, llegar a decir "no puedo, me doy"? ¿Podrá algún día decir : "renuncio al sacerdocio y lo dejo"? Si Cristo, por nosotros, dio su sangre, su vida, ¿qué no dará la Santísima Virgen por salvarnos? Ella ha muerto crucificada, espiritualmente, por nosotros. A Cristo le atravesaron manos y pies por nosotros; a ella una espada le atravesó el alma, por nosotros. Si Él dijo: "He ahí a tus hijos" ¿cómo obedece la Santísima Virgen a Dios? Entonces, cuánto nos tiene que amar. Y si somos los predilectos de su hijo: "vosotros sois mis amigos", somos también los predilectos de Ella.

El amor de María llena nuestro corazón, debe llenarlo. El amor de una esposa no es el único que puede llenar el corazón de un hombre como yo. El amor de María Santísima es muchísimo más fuerte, rico, tierno, confortante, que el de todas las esposas de la tierra. El amor de mi madre celestial llena, totalmente, mi corazón. Una mirada, una sonrisa de María Santísima, me ofrecen más que todo lo que pueden darme todas las mujeres de la tierra juntas.

¿Cuál debe ser mi respuesta a tan grande y tierno amor?

Como Juan Pablo II debemos decir cada uno de nosotros, también, "totus tuus": todo tuyo y para siempre. Aquella expresión que el Papa nos decía: "Luchando como María y muy juntos a María", que le repitan siempre: "totus tuus".

¿Por qué no llevarme a todas partes a la Santísima Virgen? En el pensamiento, en el corazón, y también, en una imagen, en un cuadro: su presencia es benéfica. Yo tengo en mi despacho y en mi cuarto una imagen de la Santísima Virgen. Con mucha frecuencia la miro, con mucha frecuencia le hablo y, también, la escucho. Siento su presencia y su amor a través de esa imagen.

16/01/2011 01:18 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Actitudes eucarísticas de María.

“Actitudes Eucarísticas de María”

 

Objetivo: Mirar a María como nos la presenta Juan Pablo II en la Encíclica “La Iglesia vive de la Eucaristía”, para aprender de ella a ser personas con actitudes Eucarísticas.
 
Desarrollo del Taller.

Ofrecimiento:

Trabajo Personal:

Plenario:

Trabajo Grupal: Actitudes Eucarísticas de María sacadas de la Encíclica-

Plenario:

Adoración u oración final:
 
Signo: María con pan en la mano.
 
Materiales:


ACTITUDES EUCARÍSTICAS DE MARÍA

 

POSIBLES CONTENIDOS DE TRABAJO GRUPAL:

(sacados de la misma encíclica)

 

1.     María es mujer eucarística con toda su vida –no sólo por su participación en el banquete eucarístico-. La Iglesia tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio.

 

2.     La Eucaristía es misterio de fe que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a  la Palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: “No dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo, EL que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “Pan de Vida”.

 

3.     María ha practicado, en cierto modo, su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por haber ofrecido su cuerpo virginal para que el Hijo de Dios se hiciera hombre en sus entrañas. María concibió en la  Anunciación al Hijo de Dios en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el Cuerpo y la Sangre del Señor.  María dijo SI, FIAT, al anuncio del ángel, nosotros respondemos AMEN al recibir el Cuerpo de Cristo. María tuvo que creer que quien concebía por obra del Espíritu Santo era el Hijo de Dios,  a nosotros se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

 

4.     María visita a su parienta Isabel, lleva en sus entrañas al Hijo de Dios hecho hombre, Ella es el primer tabernáculo, primer sagrario de la historia donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como irradiando su luz a través de los ojos y la voz de María.

 

 

 

5.     En Belén: “la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?”

 

6.     María con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Día a día se fue preparando para el día del Calvario, vive una especie de Eucaristía anticipada, se podría decir, una comunión espiritual de deseo y ofrecimiento que culminará en la unión con su Hijo en la cruz y se manifestará después con su participación en las celebraciones eucarísticas presididas por los Apóstoles, como “memorial de la pasión”

 

7.     ¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros apóstoles, las palabras de Jesús en la última cena: “este es mi Cuerpo que es entregado por vosotros”Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno¡ Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.

 

8.     Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros – a ejemplo de Juan- a quien una vez nos fue entregada como madre Significa asumir al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su madre y dejándonos acompañar por Ella. María está  presente con la Iglesia y como madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas.

 

9.     El Magnificat se puede profundizarlo releyéndolo en perspectiva eucarística: la Eucaristía, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. María alaba al padre por Jesús, pero también lo alaba en Jesús y con Jesús. Esto es la verdadera actitud eucarística.

María canta el cielo nuevo y la tierra nueva  que se anticipan en la Eucaristía.

     La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de MARÍA, toda ella un Magnificat.

 

CAPÍTULO VI

EN LA ESCUELA DE MARÍA, MUJER «EUCARÍSTICA»

53. Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia. En la Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, presentando a la Santísima Virgen como Maestra en la contemplación del rostro de Cristo, he incluido entre los misterios de la luz también la institución de la Eucaristía.102 Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con Él.

A primera vista, el Evangelio no habla de este tema. En el relato de la institución, la tarde del Jueves Santo, no se menciona a María. Se sabe, sin embargo, que estaba junto con los Apóstoles, «concordes en la oración» (cf. Hch 1, 14), en la primera comunidad reunida después de la Ascensión en espera de Pentecostés. Esta presencia suya no pudo faltar ciertamente en las celebraciones eucarísticas de los fieles de la primera generación cristiana, asiduos «en la fracción del pan» (Hch 2, 42).

Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio.

54. Mysterium fidei! Puesto que la Eucaristía es misterio de fe, que supera de tal manera nuestro entendimiento que nos obliga al más puro abandono a la palabra de Dios, nadie como María puede ser apoyo y guía en una actitud como ésta. Repetir el gesto de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato: «¡Haced esto en conmemoración mía!», se convierte al mismo tiempo en aceptación de la invitación de María a obedecerle sin titubeos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Con la solicitud materna que muestra en las bodas de Caná, María parece decirnos: «no dudéis, fiaros de la Palabra de mi Hijo. Él, que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio la memoria viva de su Pascua, para hacerse así “pan de vida”».

55. En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. La Eucaristía, mientras remite a la pasión y la resurrección, está al mismo tiempo en continuidad con la Encarnación. María concibió en la anunciación al Hijo divino, incluso en la realidad física de su cuerpo y su sangre, anticipando en sí lo que en cierta medida se realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, en las especies del pan y del vino, el cuerpo y la sangre del Señor.

Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió «por obra del Espíritu Santo» era el «Hijo de Dios» (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino.

«Feliz la que ha creído» (Lc 1, 45): María ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia. Cuando, en la Visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en «tabernáculo» –el primer «tabernáculo» de la historia– donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como «irradiando» su luz a través de los ojos y la voz de María. Y la mirada embelesada de María al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?

56. María, con toda su vida junto a Cristo y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía. Cuando llevó al niño Jesús al templo de Jerusalén «para presentarle al Señor» (Lc 2, 22), oyó anunciar al anciano Simeón que aquel niño sería «señal de contradicción» y también que una «espada» traspasaría su propia alma (cf. Lc 2, 34.35). Se preanunciaba así el drama del Hijo crucificado y, en cierto modo, se prefiguraba el «stabat Mater» de la Virgen al pie de la Cruz. Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de «Eucaristía anticipada» se podría decir, una «comunión espiritual» de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como «memorial» de la pasión.

¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: «Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros» (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz.

57. «Haced esto en recuerdo mío» (Lc 22, 19). En el «memorial» del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su pasión y muerte. Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro. En efecto, le confía al discípulo predilecto y, en él, le entrega a cada uno de nosotros: «!He aquí a tu hijo¡». Igualmente dice también a todos nosotros: «¡He aquí a tu madre!» (cf. Jn 19, 26.27).

Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en la celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente.

58. En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto, como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias. Cuando María exclama «mi alma engrandece al Señor, mi espíritu exulta en Dios, mi Salvador», lleva a Jesús en su seno. Alaba al Padre «por» Jesús, pero también lo alaba «en» Jesús y «con» Jesús. Esto es precisamente la verdadera «actitud eucarística».

Al mismo tiempo, María rememora las maravillas que Dios ha hecho en la historia de la salvación, según la promesa hecha a nuestros padres (cf. Lc 1, 55), anunciando la que supera a todas ellas, la encarnación redentora. En el Magnificat, en fin, está presente la tensión escatológica de la Eucaristía. Cada vez que el Hijo de Dios se presenta bajo la «pobreza» de las especies sacramentales, pan y vino, se pone en el mundo el germen de la nueva historia, en la que se «derriba del trono a los poderosos» y se «enaltece a los humildes» (cf. Lc 1, 52). María canta el «cielo nuevo» y la «tierra nueva» que se anticipan en la Eucaristía y, en cierto sentido, deja entrever su "diseño" programático.

Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!

fuente:
http://www.mejchile.cl

09/11/2010 17:17 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Guardar en el corazón.

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Guardar en el corazón
María nos invita a guardar lo que Dios nos dice, conservándolo en el corazón.
Autor: Máximo Alvarez | Fuente: Catholic.net




Pocas cosas hay tan hermosas como el entendimiento y la comunicación entre las personas, cuando comprobamos que comprenden lo que queremos decir y cuando nosotros mismos sabemos entender a los demás, llegando a adivinar lo que están pensando casi antes de que las palabras salgan de su boca. Algo totalmente distinto de aquellas conversaciones que parecen un diálogo entre sordos, como si se hablaran distintos lenguajes. Experiencias tan opuestas como Babel, donde se confundieron las lenguas y Pentecostés, donde todos se entendían a pesar de hablar lenguas distintas.

Adentrándonos en el terreno religioso resulta gratificante sentirnos escuchados y comprendidos por Dios y conocer con nitidez lo que quiere de nosotros, sus planes. Pero también puede ocurrir lo contrario: que nos dé la impresión de que Dios no nos escucha ni atiende o que seamos incapaces de conocer su voluntad.

El ser humano necesita comunicarse, expresar sus sentimientos, sus ideas; necesita de la acogida y comprensión de los demás. Pero a veces esto no es posible y no queda más remedio que guardar silencio, que callar lo que gustaría gritar o decir y rumiar las cosas en el interior. No es fácil, pero a la larga es mejor que hablar inútilmente.

Todo esto me trae a la memoria una frase del Evangelio referida a María, cuando se encontró con su hijo en el templo de Jerusalén después de tres días de angustiosa búsqueda, de ausencia e incertidumbre. Ella no entendía por qué Jesús les había hecho esto e incluso después de hablar con Él parece que no consiguió aclarar muchas dudas. Por lo que el evangelista comenta: ¡Y María conservaba todas estas cosas guardándolas en su corazón!.

Lo cual equivaldría a decir más o menos: no entiendo nada, pero no quiero discutir, me resigno a no encontrar una respuesta clara, esperar a que algún día, con el tiempo, pueda comprender el por qué de todo esto. Más o menos equivale a decir: Señor, hágase tu voluntad, aunque no la entienda.

Con frecuencia nuestra impaciencia nos lleva a querer respuestas y soluciones inmediatas para todo, a reaccionar bruscamente, a incomodarnos, a querer que los demás nos entiendan a la perfección o que Dios nos conceda al instante todo lo que le pedimos.

Puesto que no somos budistas tampoco es cuestión de cerrar los ojos como que no pasa nada, tratando de limpiar la mente y dejándola vacía. Por eso nos reconforta la actitud de María que nos invita a guardar las cosas conservándolas en el corazón.
maximoalba@telefonica.net

25/10/2010 14:26 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

María, auxiliadora de los cristianos.

María, auxiliadora de los cristianos

Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora
 
María Auxiliadora de los Cristianos
 



 María Auxiliadora.
 
Historia de la devoción a María Auxiliadora en la Iglesia Antigua.
 
 

 

Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo". Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama "Auxilio potentísimo" de los seguidores de Cristo.
 
 

 
Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: "La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto". San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen "Auxiliadora de los que sufren" y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquella imagen de la "Auxiliadora de los enfermos" se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo.
 
El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María "Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles" e insiste en que recemos para que Ella sea también "Auxiliadora de los que gobiernan" y así cumplamos lo que dijo Cristo: "Dad al gobernante lo que es del gobernante" y lo que dijo Jeremías: "Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien". En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebra el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: "María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo".
 
 

San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: "María Auxiliadora rogad por nosotros". Y repite: "La "Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte". San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: "Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda".-
 

La batalla de Lepanto.
 

En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa. En ese tiempo no había la tolerancia de unas religiones para con las otras. Y ellos a donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano. Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto.
 
 
Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron la Santa Misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario. Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos que eran todos barcos de vela o sea movidos por el viento.
 
 
Pero luego - de manera admirable - el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios. Es de notar, que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario. En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.-
 

El Papa y Napoleón.
 

El siglo pasado sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: "Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica".
 
 
Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: "Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados", vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.-
 

San Juan Bosco y María Auxiliadora.
 


El 9 de junio de 1868, se consagró en Turín, Italia, la Basílica de María Auxiliadora. La historia de esta Basílica es una cadena de favores de la Madre de Dios. su constructor fue San Juan Bosco, humilde campesino nacido el 16 de agosto de 1815, de padres muy pobres. A los tres años quedó huérfano de padre. Para poder ir al colegio tuvo que andar de casa en casa pidiendo limosna. La Sma. Virgen se le había aparecido en sueños mandándole que adquiriera "ciencia y paciencia", porque Dios lo destinaba para educar a muchos niños pobres. Nuevamente se le apareció la Virgen y le pidió que le construyera un templo y que la invocara con el título de Auxiliadora.
 

Empezó la obra del templo con tres monedas de veinte centavos. Pero fueron tantos los milagros que María Auxiliadora empezó a hacer en favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la gran Basílica. El santo solía repetir: "Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen". Desde aquel santuario empezó a extenderse por el mundo la devoción a la Madre de Dios bajo el título de Auxiliadora, y son tantos los favores que Nuestra Señora concede a quienes la invocan con ese título, que ésta devoción ha llegado a ser una de las más populares.-
 
San Juan Bosco decía: "Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros" y recomendaba repetir muchas veces esta pequeña oración: "María Auxiliadora, rogad por nosotros". El decía que los que dicen muchas veces esta jaculatoria consiguen grandes favores del cielo.-
 
 
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!Ave María purísima, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!
 
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SIGNIFICADO DEL NOMBRE DE MARIA

Del libro: Mes de María del Padre Eliecer Salesman,
Paulinas, Caracas, Venezuela

María:

-En el idioma popular significa: "La Iluminadora". (S. Jeronimo M 1.23.780)

-En el idioma arameo significa: "Señora" o "Princesa" (Bover).

-El significado científico de María en el idioma hebreo es: "Hermosa" (Banderhewer).

-En el idioma egipcio que fue donde primero se utilizó este nombre significa: "La preferida de Yahvé Dios". (Éxodo 15, 20). Mar o Myr, en Egipcio significaba la más preferida de las hijas. Y "Ya" o "Yam", significaba: El Dios verdadero -Yahvé-. Así que MAR-YA o MYR-YAM en egipcio significaria: "La Hija preferida de Dios" (Zorell).

Padres de la Iglesia:

El nombre hebreo de María se traduce por Domina en latín; el Ángel le da, por tanto, el título de Señora (SAN PEDRO CRISÓLOGO, Sermón sobre la Anunciación de la B. Virgen María, 142).

Estas palabras, el Señor es contigo, son las más excelsas que se le podían haber dicho. Con razón, pues, el Ángel reverencía a la Virgen, por ser Madre del Señor, y Señora por tanto. Y le es muy propio el nombre de María, que en siríaco quiere decir «Señora» (SANTO TOMÁS, Sobre el Avemaría, 1. c., p. 183).

Y el nombre de la Virgen era María. Digamos también acerca de este nombre, que significa «estrella del mar» y se adapta a la Virgen Madre con la mayor proporción (SAN BERNARDO, Hom. sobre la Virgen Madre, 2).

Porque sólo Ella conjuró la maldición, trajo la bendición y abrió la puerta del paraíso. Por este motivo le va el nombre de «María», que significa «estrella del mar»; como la estrella del mar orienta a puerto a los navegantes, María dirige a los cristianos a la gloria (SANTO TOMÁS, Sobre el Avemaría, 1. c., p. 185).

Con razón se la llama «María», que quiere decir «iluminada»: El Señor llenará tu alma de resplandores (Is 58, 11), y significa además «iluminadora de otros», por referencia al mundo entero; y se la compara a la luna y al sol (SANTO TOMAS, Sobre el Avemaría, 1. c., 182).

La palabra María significa en hebreo estrella del mar, y en siríaco Señora. Y con razón, porque mereció llevar en sus entrañas al Señor del mundo y a la luz perenne de los siglos (SAN BEDA, en Catena Aurea, vol. V, p. 36).
Agradecemos al autor - http://www.catolicosecumenicos.com/
 
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Meditemos sobre la verdadera y la falsa religión, sobre la fe genuina en el Señor de la historia, por un lado, y sobre la idolatría, por otro. Los salmos presentan a Dios como un ser vivo y personal, que con la fuerza de su amor guía y sustenta a sus fieles. La idolatría, por el contrario, manifiesta una religiosidad desviada y engañosa. Un ídolo es sólo “obra de las manos del hombre”: tiene apariencia humana pero no tiene vida. Los Salmos expresan la tentación del hombre de alcanzar la salvación con la “obra de sus manos”, mediante la riqueza, el poder, el éxito. Quienes adoran estas realidades inertes, dice san Agustín, se convierten, en su interior, en algo semejante a ellas: son como los ídolos que adoran, incapaces de oír y de ver.
 
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San Ambrosio (hacia 340-397) obispo de Milán y doctor de la Iglesia Católica
Tratado sobre el evangelio de Lucas, 7, 86-87
 
Marta y María acogiendo a la Sabiduría

   La virtud no tiene más que una cara. El ejemplo de Marta y María nos demuestra en las obras de una la dedicación activa y en la otra la atención piadosa del corazón a la palabra de Dios. Si esta atención está unida a una fe profunda, es preferible a las obras mismas: “María ha escogido la mejor parte y no se le quitará.” Esforcémonos, pues, nosotros también, para poseer lo que nadie nos podrá quitar jamás, prestando atención; porque si no, el mismo grano de la palabra divina puede ser arrebatado si cae en el borde del camino. (cf Lc 8,5.12)

        Sé, pues, como María, animado por el deseo de la sabiduría; es una obra mayor y más perfecta. Que las preocupaciones del servicio no te priven de aprender a conocer la palabra celestial. No critiques ni juzgues como holgazanes a los que vieras aplicarse a la sabiduría, porque Salomón, el pacífico, la invocó para que haga morada en su casa. (Cf Sg 9,10) Con todo, no se trata de reprochar a Marta sus buenos servicios, pero María tiene la preferencia por haber elegido la mejor parte. Jesús tiene muchas riquezas y las distribuye con largueza. La mujer más sabia ha escogido lo que había juzgado como más importante.

        En cuanto a los apóstoles, no prefirieron dejar la palabra de Dios para servir las mesas (He 6,2)  Las dos actitudes son obra de la sabiduría, porque Esteban, él también, estaba lleno de sabiduría y fue escogido como servidor... Porque el cuerpo de Cristo es uno; y si los miembros siendo diversos, tienen necesidad los unos de los otros. “El ojo no puede decir a la mano: No te necesito; ni la cabeza puede decir a los pies: No os necesito...” (1Cor 12,21)... Si algunos miembros son más importantes, los otros son, sin embargo, necesarios. La sabiduría reside en la cabeza, la actividad en las manos. “El sabio, dice el Eclesiastés, tiene sus ojos en la cabeza” (2,14) porque el auténtico sabio es aquel cuyo espíritu está en Cristo y cuyo ojo interior está mirando hacia las alturas.
 
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«Si el sacerdocio es un don y la Iglesia no es una empresa, ¿cómo se puede decir cuántos curas necesita y cuántos no necesita la Iglesia?. No es necesario dotarnos de un número determinado de dirigentes, precisamente porque no somos una empresa». Cardenal patriarca de Venecia, Angelo Scola, relator del Sínodo de los Obispos en curso en la Santa Sede. 2005-10-04
 
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La dictadura de los tolerantes
Los que tienen en la boca todo el día la palabra «tolerancia.

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«Los aforismos son las golondrinas de la dialéctica».
«Vivir es gestar un ángel para alumbrarlo en la eternidad».
«Nada hay tan moderno como lo que no debe cambiarse».
 
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El Alma:
1. Sea tu nombre, Señor, para siempre bendito, que quisiste que viniese sobre mí esta tentación y tribulación. Yo no puedo huirla; sino que necesito acudir a Ti, para que me ayudes, y me la conviertas en provecho. Señor; ahora estoy atribulado, y no le va bien a mi corazón; sino que me atormenta mucho esta pasión. Y ¿qué diré ahora, Padre amado? Rodeado estoy de angustias. Sálvame en esta hora. Mas he llegado a este trance, para que seas Tú glorificado cuando yo estuviere muy humillado y fuere librado por Ti. Dígnate, Señor, librarme; porque yo, pobre, ¿qué puedo hacer, y adónde iré sin Ti? Dame paciencia, Señor, también en este trance. Ayúdame, Dios mío, y no temeré por más atribulado que me halle.
2. Y entre estas congojas, ¿qué diré ahora? Hágase, Señor, tu voluntad. Bien he merecido yo ser atribulado y angustiado. Aún me conviene sufrir; y ¡ojalá sea con paciencia, hasta que pase la tempestad y haya bonanza! Pues poderosa es tu mano omnipotente para quitar de mí esta tentación, y amansar su furor, porque del todo no caiga; así como antes lo has hecho muchas veces, Dios mío, misericordia mía. Y cuanto para mí es más difícil, tanto es para Ti fácil esta mudanza de la diestra del Altísimo.
 
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Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, 1891-1942, carmelita descalza, filósofa, mártir, copatrona de Europa
“A Dios Padre”; OOCC. Edith STein, trad. co-ed. Carmelitana, Burgos 2004, pag. 811
 
“...vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.” (Mt 18,14)

A DIOS PADRE

Bendice el ánimo agobiado de pena de los oprimidos por el dolor,
La pesada soledad de almas hundidas;
El ser totalmente agitado de los hombres,
el sufrimiento que el alma nunca ha confiado a otra alma hermana.

Bendice ese grupo de caminantes nocturnos,
Los que no temen caminos desconocidos.
Bendice a los hombres necesitados, que en este momento están muriendo,
Dales, Dios bueno, un feliz y tranquilo final.

Bendice los corazones de todos, en especial, Señor, los entristecidos,
Sobre todo alivia a los enfermos, da paz a los atormentados.
Enseña olvidar a los que llevaron su amor al sepulcro.
Haz que en todo el mundo no viva un corazón bajo el tormento del pecado.

Bendice a los alegres, Señor, consérvalos bajo tu protección.
Todavía nunca me has quitado el vestido de luto.
A veces siento pesada la carga sobre mis cansadas espaldas,
Pero si tú me das fuerza,
llevaré esta carga como penitencia hasta el sepulcro.

Después bendice mi sueño, el sueño de todos los muertos.
Recuerda lo que tu Hijo sufrió por mí en la angustia de muerte.
Tu Ser tan misericordioso para con todas las necesidades humanas
Dé el descanso a todos los muertos en tu paz eterna.
 
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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.
 
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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!
 
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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25
 
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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!
 

Gracias de la visita
VERITAS OMNIA VINCIT
LAUS TIBI CHRISTI.
 
Debido a la existencia de páginas excelentes sobre apologética y formación,  lo que se pretende desde aquí es contribuir muy modestamente y sumarse a los que ya se interesan por el Evangelio de Cristo de manera mucho más eficaz.
 



 
 
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15/10/2010 19:27 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Una palabra que hace maravillas. El sí de María y nuestro.

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Una palabra que hace maravillas
Cada día es una oportunidad para que nosotros también pronunciemos un "sí" lleno de amor a Dios, en las pequeñas y grandes cosas.
Autor: Ignacio Sarre Guerreiro | Fuente: Catholic.net

Fiat. Hágase. Con esta palabra Dios creó el mundo, con todas sus maravillas. La tierra y el cielo, los astros, las aguas, las plantas, los animales, el hombre. “Y vio que era bueno” (cf. Gn 1). El hombre canta con el salmista al contemplar la creación: ¡Grandes y admirables son tus obras Señor! Esta primera creación, Dios la realizó sin depender de nadie. Por amor lo quiso así y creó con su libre voluntad.

Al hombre lo creó “a su imagen y semejanza” (Gn 1, 26), y le dio el don de la libertad. Lo hizo capaz de responder ´sí ´ o ´no´ a su voz. Y el hombre pecó, se dejó engañar por la serpiente y le volvió la espalda a su Dios. Entonces, de nuevo movido por el amor, Dios emprendió la obra de una nueva creación, una segunda creación: decidió salvar al hombre del pecado. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único” (Jn 3, 16).

El fiat de María fue la segunda creación, la obra redentora del hombre, provoca en nosotros un asombro aún mayor que la primera. Porque ahora Dios no quiso actuar por sí solo, aunque podía hacerlo así. Prefirió contar con la colaboración de sus creaturas. Y entre ellas, la primera de la que quiso necesitar fue María. ¡Atrevimiento sublime de Dios que quiso depender de la voluntad de una creatura! El Omnipotente pidió ayuda a su humilde sierva. Al ´sí´ de Dios, siguió el ´sí´ de María. Nuestra salvación dependió en este sentido de la respuesta de María.

San Lucas, en el capítulo 1 de su Evangelio, traza algunas características del asentimiento de la Virgen. Un fiat progresivo, en el que el primer paso es la escucha de la palabra. El ángel encontró a María en la disposición necesaria para comunicar su mensaje. En la casa de Nazaret reinaban la paz, el silencio, el trabajo, el amor, en medio de las ocupaciones cotidianas. Después la palabra es acogida: María la interioriza, la hace suya, la guarda en su corazón. Esa palabra, aceptada en lo profundo, se hace vida. Es una donación constante, que no se limita al momento de la Anunciación. Todas las páginas de su vida, las claras y las oscuras, las conocidas y las ocultas, serán un homenaje de amor a Dios: un ´sí´ pronunciado en Nazaret y sostenido hasta el Calvario. El fiat de María es generoso. No sólo porque lo sostuvo durante toda su vida, sino también por la intensidad de cada momento, por la disponibilidad para hacer lo que Dios le pedía a cada instante.

Como Dios quiso necesitar de María, ha querido contar con la ayuda que nosotros podemos prestarle. Como Dios anhelaba escuchar de sus labios purísimos “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), Dios quiere que de nuestra boca y de nuestro corazón brote también un ´sí´ generoso. Del fiat de María dependía la salvación de todos los hombres. Del nuestro, ciertamente no. Pero es verdad que la salvación de muchas almas, la felicidad de muchos hombres está íntimamente ligada a nuestra generosidad.

Cada día es una oportunidad para que nosotros también pronunciemos un fiat lleno de amor a Dios, en las pequeñas y grandes cosas. Siempre decirle que sí, siempre agradarle. El ejemplo de María nos ilumina y nos guía. Nos da la certeza de que aunque a veces sea difícil aceptar la voluntad de Dios, nos llena de felicidad y de paz.

Cuando Dios nos pida algo, no pensemos si nos cuesta o no. Consideremos la dicha de que el Señor nos visita y nos habla. Recordemos que con esta sencilla palabra: fiat, sí, dicha con amor, Dios puede hacer maravillas a través de nosotros, como lo hizo en María.

15/10/2010 19:00 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

María, compendio del Evangelio.

Autor: P Juan J. Ferrán

María, compendio del Evangelio
 
María crecía en paz, en armonía, en gozo por las cosas de Dios. Tener esa actitud para entender las cosas de la vida.
 
Admiramos en esta meditación a María, la mujer perfecta, la primera cristiana, el primer fruto de la redención de Cristo. En Ella el Padre Celestial plasmó su pensamiento de lo que Él quería del ser humano. Por eso, todos tenemos el orgullo y la satisfacción de contemplar en María lo mejor de la humanidad. En Ella se unen la mujer perfecta en esta tierra, no exenta de luchas, de sacrificios, de cruz, con la mujer salvada y celestial, que tiene ya su corazón en el cielo y nos adelanta esa otra vida de los bienaventurados.

Admiramos en María, por los datos evangélicos de que disponemos, su pureza virginal, su humildad profunda, su sentido exquisito de la Voluntad de Dios, su fe y confianza plenas en Dios, su fortaleza ante el dolor, su caridad sin límites, su condición de mujer de oración, su espíritu de servicio silencioso, su sencillez de vida, su desapego de las cosas materiales, su amor entrañable por su Hijo, su ejemplo de mujer, de madre y de esposa, y otras muchas cosas.

En María se realiza de una forma perfecta el plan de Dios sobre el ser humano en esta vida. María es una criatura salida de las manos de Dios. A Ella se dirige Dios, respetando su libertad, para pedirle que colabore en su Plan de salvación para la humanidad caída. María le dice SÍ a Dios. A partir de ese momento se empieza a realizar la obra de la redención, encarnándose Cristo en su seno virginal. Son muchas cosas las que María nos puede enseñar para esta vida cristiana nuestra de todos los días. Sólo vamos a escoger algunas.

María, ejemplo de obediencia a Dios. Por el diálogo entre María y el Ángel se deduce que la propuesta de Dios a María chocaba frontalmente con los planes de María misma sobre su vida. Sin embargo, nada más escuchar María el plan de Dios y resolver cómo se realizaría aquel plan, Ella se entrega con aquellas palabras maravillosas que debieron conmover el mismo Corazón de Dios: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra".(Lc 1, 38). El pecado por excelencia del ser humano ha sido siempre la soberbia contra Dios. Así fue en líneas generales la historia del pueblo elegido. Por fin una criatura, en nombre de toda la humanidad, le dice a Dios SÍ. Esa palabra que todos deberíamos usar ante los planes de Dios para nuestra vida, aunque no los entendamos.

María, ejemplo de oración. Varias veces a lo largo de su vida, los Evangelistas nos dicen aquella expresión: "María conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón" (Lc 2, 51). Era en la oración, en el silencio, en la reflexión en donde María crecía en paz, en armonía, en gozo por las cosas de Dios. Una actitud muy importante para quien quiera entender la vida y las cosas de la vida. No pensemos que María vivió permanentemente en un estado de comprensión normal de las cosas. Tal vez no nos imaginamos que significó para Ella escuchar aquellas palabras: "¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?" (Lc 2,49) o aquellas otras: "Y a ti misma una espada te atravesará el alma" (Lc 2, 35). Sin la oración también es difícil que nosotros entendamos la vida, el mundo, los acontecimientos.

María, ejemplo de sencillez de vida y de desapego de las cosas materiales. Impresiona, sobre todo con una mentalidad de hoy, el ver a María camino de la montaña para ayudar a su prima Isabel que estaba embarazada, el ver a María misma camino de Belén con Dios en su seno, o el contemplar su presencia siempre en segunda línea durante la vida de Cristo. Y era la Madre de Dios. Tal fue su sencillez que, cuando Cristo empezó a realizar milagros y a convertirse en un personaje famoso, los conciudadanos se extrañaban que sus padres fueran María y José. (Qué lección para la vanidad humana tan necesitada de reconocimientos, de títulos, de primeras filas! María jamás reclamó nada para sí. Cuando intervino fue para ayudar a otros, como en las bodas de Caná (Jn 2, 1-11).

María, ejemplo de mujer, madre y esposa. Es tan bello contemplar a María en estas facetas que tal vez tendríamos que dejar que la imaginación corriera por aquel hogar de Nazaret, en donde todo era paz, armonía, gozo, servicio. Y era un hogar difícil, porque allí todo estaba al revés: el Hijo, en teoría el más pequeño, era ni más ni menos Dios. José, el padre de familia, en teoría el jefe de aquel hogar, era en realidad inferior en santidad a Jesús y a María. Y ¿María?, allí en el medio, siendo una mujer cabal, equilibrada, serena, digna; siendo una esposa ejemplar, atenta, bondadosa, servicial; siendo una madre entregada, cariñosa, exigente, comprensiva, amorosa. Un ejemplo muy moderno para la mujer de hoy que se debate entre tantas dudas y dificultades.

Pero María también tenía ya su Corazón en el cielo. Es el ejemplo del ser humano que vive en este mundo, pero no se siente de este mundo, porque su verdadera patria está más allá, junto a Dios. Llena de gracia, María es la primera salvada, es el primer fruto de la redención de Cristo. Su tránsito de esta vida al Padre fue una mera circunstancia. Ella ya vivía en la presencia de Dios. Vamos a ver algunos aspectos de esta María ya salvada, ya con el corazón en el cielo, ya teniendo a Dios para siempre.

María era una mujer llena de gracia. Así se lo dijo el Ángel al saludarla: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo" (Lc 1,28). Para Ella, desde su infancia la amistad con Dios constituía lo más bello, lo más deseado, lo más defendido, lo más soñado que le podía acontecer. Dios era todo para Ella. Esta es la realidad del salvado. Dios lo será todo para nosotros, cuando lo veamos cara a cara. Pero en esta vida, María debe ser un ejemplo de nuestra amistad con Dios, amistad que no puede estar hipotecada, amistad que hay que defender y conservar, amistad que hay que tener por encima de lo que sea. Sería sólo un pre-anuncio de nuestra vida en Cristo por toda la eternidad.

María era una mujer alegre. La alegría es la virtud de los resucitados, de los que tienen a Dios, de los que han puesto su corazón en el cielo. Vemos esta alegría en María Magdalena cuando descubre al Resucitado, en los discípulos de Emaús cuando reconocen a Cristo en la fracción del pan, en los apóstoles cuando Cristo resucitado se les presenta en el Cenáculo. La alegría no puede abandonar nunca a quien cree en Dios. Y éste debería ser el rostro de nosotros los cristianos que ya vivimos de alguna forma nuestra fe en la resurrección. Por el contrario, la tristeza, como vivencia habitual y permanente, no entra nunca, pase lo que pase, en la vida de quien cree en Cristo.

María era una mujer con el corazón en el cielo. María veía todo a través del cielo. ¿Qué importancia tenían el sufrimiento, las carencias, las luchas, los sacrificios, los esfuerzos, las renuncias, los momentos difíciles, cuando todo eso se ve desde el cielo? Ninguna. Todo es parte de ese camino hacia el cielo, ese camino estrecho que tanto asusta al ser humano, que conduce a Dios. Ella ha sido nuestra precursora en este camino, dándonos ejemplo. Sigamos a María en esta vida que sin duda es para todos Aun valle de lágrimas, pero tengamos siempre el corazón arriba, junto a Dios, con espíritu de resucitados.

Dios nos ha dado a María como Madre, Abogada, Intercesora, Mediadora, Amiga y Compañera. En la espiritualidad cristiana debe haber un gran sitio para María en el corazón de cada cristiano. De lo contrario nuestra espiritualidad estaría incompleta, sería muy pobre. Podríamos proponer algunos caminos o medios de espiritualidad mariana para nuestro corazón de cristianos.

El amor tierno y filial a María. María debe convertirse en la vida de un cristiano en objeto de ternura, de cariño, de afecto. A María hay que quererla como se quiere a una madre. Lejos de nuestra espiritualidad una actitud seca, austera, distante, fría hacia quien nos ama tanto, hacia quien aboga tanto por nosotros ante Dios, ante quien tanto nos cuida, ante quien vigila nuestros pasos para que no caigamos en el mal. De ahí la necesidad de tener con María momentos de encuentro, diálogos cordiales, intimidad y confianza. No puede pasar un día en nuestra vida que no nos dirijamos a Ella con la sencillez de un niño a contarle a nuestra Madre del Cielo nuestros problemas, nuestras alegrías, nuestras luchas, nuestros planes.

Pero la devoción a María no debe quedarse sólo en un afecto y amor, porque entonces se empobrecería. Debe convertirse en imitación de sus virtudes. Para nosotros María es la obra perfecta de Dios y en Ella resaltan con luz muy especial todos aquellos aspectos de una vida que agradan a Dios. Aunque nunca seremos tan perfectos como Ella, sin embargo podemos seguir sus pasos para llegar a Cristo a través de María. Su mayor deseo es que amemos a su Hijo, que seamos como Él, que vivamos su Evangelio. (Que María sea nuestra guía en este camino!

Y no olvidemos esas formas de oración particular centradas en María como pueden ser el Santo Rosario. Una devoción que hay que llegar a gustar y gozar, metiendo el corazón en cada Avemaría, en cada invocación, en cada recuerdo de María. En casa en familia, ante el Santísimo, en los viajes, el rosario debe ser nuestro acompañante.

15/10/2010 09:50 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Catequesis mariana desde San Nicolás.

Catequesis Mariana desde San Nicolás

por el Pbro. Carlos A. Pérez

Durante 10 años, todos los días 25 de cada mes en San Nicolás, se convocó a un grupo voluntario de Misioneros de diversos lugares del país, felizmente, por iniciativa de los propios laicos presentes en las reuniones, fueron grabadas las charlas que se dieron. Hoy contamos con esta catequesis que nos disponemos a ofrecer aquí a modo de entregas semanales para todos, peregrinos en general y misioneros en particular. (Copyright 2002-2009 Centro de difusión del Santuario María del Rosario de San Nicolás - All rights reserved - Todos los derechos reservados.)

HACIA UNA ESPIRITUALIDAD MARIANA Y MISIONERA

MARÍA ARCA DE LA ALIANZA

Dios crea al hombre y hace alianza con él en el Paraíso.

Por causa del pecado, el primer hombre destruyó este pacto de amistad con Dios y el Señor compadecido de su extravío le promete una alianza nueva para lo cual elige un pueblo con el que realiza sucesivos pactos preparatorios para la llegada del Mesías.

En tiempos de Noé, Dios le hizo construir un arca para que todos los que ingresaran en ella se salvaran del diluvio.

En medio del pueblo, el Arca de la Alianza, conteniendo las Tablas de la Ley, aparece como el signo y el lugar privilegiado de la presencia de Dios salvando a su Pueblo y haciendo un llamado para que el pueblo recuerde su dependencia del Creador y su exigencia de fidelidad.

Aparece Cristo en su primera venida en la plenitud de los tiempos, inaugurando el último periodo de la historia de la humanidad e iniciando la preparación de su segunda venida, de este modo funda en Jesucristo una nueva Alianza, con María y por María. Por Ella y con Ella, realizó la Encarnación y quiso su presencia al pie de la cruz donde la dio por Madre a los discípulos, costándole a Ella nuestra filiación, verdaderos dolores de parto.

María es la Nueva Arca de la Alianza (cfr. Apoc.11,19). Así la reconoció el Ángel de la Anunciación (cfr. Lc.1,35). Así la reconoció también Isabel (cfr. Lc. 1,39-56). El arca de madera de la antigua alianza, era un símbolo profético de la presencia de Dios y un llamado al pueblo para que recordase que necesitaba de Dios. Esa profecía se cumple con María.

María es, en efecto, una morada de Dios hecho hombre para una Alianza Nueva, la Alianza de los últimos tiempos. Ella es Arca de la Alianza Viviente.

El Ángel Gabriel la pone en conocimiento de su misión como Arca de la Alianza Escatológica, retomando literalmente los conceptos del Éxodo referidos al momento en que Dios vino a habitar la primera Arca de la Alianza (Lc. 1,35 Ex40, 34)

Los profetas, especialmente Sofonías (Sof.3) anunciaban una nueva Arca de la Alianza para los últimos tiempos, que era un Ser vivo, una mujer , la hija de Sión, personalización ideal del Pueblo de Dios. No era una personificación pueramente simbólica sino real, ya que en María se realiza la perfección del pueblo. María es Iglesia. El ángel retoma las palabras de Sofonías.

María es el Arca viva de la Alianza Viviente que da a luz a Dios en medio de su pueblo. Esto constituye un prodigio nuevo e inusitado.

El verbo se hizo carne y habitó (esquénosen) como habitaba en el Antiguo Testamento, en el Arca.

Cuando Lucas refiere la visita de María Santísima a Santa Isabel, se basa en el relato del traslado del Arca, cuando David la llevaba a Jerusalén (cfr. 2Sam. 6,1-23). Así mostraba que María cumplió plenamente el misterio del Arca de la Alianza y en ella se realizó la subida de Dios hacia su Ciudad Santa.

RESTAURACIÓN DE LA ALIANZA

Como tantas veces en el Antiguo Testamento en que el Pueblo elegido se prostituía y era infiel a la Alianza, también ahora la humanidad ha quebrado ese pacto de amor con Dios, olvidándose del Señor y entregándose al pecado. Signos de esta ruptura con Dios en el hombre de hoy, son la desacralización, el materialismo, el consumismo, la inmoralidad generalizada; dicho en otros términos, el hombre ha caído en las mas variadas formás de idolatría, dando las espaldas al Único Dios

En esta grave situación, de una manera kairológica y exhortativa, reaparece el Plan del Salvador de Dios que quiere rehacer la Alianza Nueva, instaurada en Jesucristo. María es enviada para ello por un especial camino de la providencia. Ella nos trajo a Jesucristo y sigue trayéndonos al Señor, especialmente cuando la oscuridad de los distintos momentos de la historia intenta opacar el rostro de su Hijo.

La presencia de María en San Nicolás ejerce el protagonismo propio del Arca de la Alianza y crea un lugar de Gracia, una nueva Jerusalén, ciudad de Dios en la Tierra Prometida. María actúa cumpliendo su misión como Nueva Arca de la Alianza, a orillas del Paraná, para restaurar la morada de Dios en medio de su pueblo. También al modo del Arca de Noé, pero esta vez en tierra firme, ofrece su salvación a todos los que ingresen en ella. El Santuario es signo de esta Arca y la Imagen de María Santísima con el Niño Jesús en sus brazos es el signo claro de la presencia de María que nos ofrece a su Hijo, el Sol de Justicia, el Salvador de los hombres, el Restaurador de la Alianza.

SIGNOS DE ALIANZA Y EXIGENCIAS

Signos de Alianza:

Existen clásicos signos de alianza que Dios quiere restablecer con y por María:

* Se produce la elección de un Pueblo, que es la Argentina, llamada a ser el Nuevo Israel de Dios, desde el cual María llamará a todos los hombres a la conversión de sus vidas.

* María elige la ciudad de San Nicolás, que al modo de una Nueva Jerusalén será la ciudad sede del gran acontecimiento salvador.

* María pide un Templo en su honor, para glorificar a Dios y como centro de especiales gracias de salvación y constante llamado a la conversión y a la santidad en favor de sus hijos.

* La Imagen de María, entregándonos al Hijo, la representa como Arca Viva de la Alianza, que da a luz a Dios en medio de su Pueblo.

* Una medalla con la efigie de María y el signo Trinitario, nos recuerda al llevarla sobre el pecho, que somos pertenencia de Dios en Jesucristo y María es el instrumento más perfecto para vivir esa dependencia del Señor.

* El Rosario es un vínculo privilegiado de unión con Dios a través de María; un camino de oración que al modo de los salmos, se convierte en la gran oración del Pueblo sencillo.

* El Resto fiel; a pesar de las graves dificultades actuales, que atentan contra la Fe, también hoy un resto persevera en la Fidelidad a Dios; y por la total entrega de sus vidas, que Dios consagró para sí en el Bautismo, estas personas son semilla de una alianza definitivamente renovada.

Exigencias morales de la Alianza:

Como en toda alianza existen claras exigencias de orden moral, cuyo cumplimiento será la expresión de nuestra fidelidad al Señor.

* Una exigencia de fe en la palabra revelada.

* Una exigencia de conversión y de vida sacramental.

* Una exigencia de vida apostólica en el seno de la Iglesia del Señor.

* Una exigencia de caridad fraterna cuya meta sea la comunión en Jesucristo, llena de gestos de misericordia espiritual y material.

* Una exigencia de vivir las virtudes cristianas animadas por el amor, en una creciente aspiración a la santidad.

* Una exigencia de vivir en forma profunda la vida de oración, poniendo especial énfasis en la centralidad eucarística y en la oración de alabanza y reparación, descubriendo como gran camino de oración y de contemplación , la riqueza del Santo Rosario.

* Una exigencia de vivir la consagración al Corazón de María , como Arca de Salvación y Camino de Santidad para sus hijos.

EL SAGRADO CORAZÓN DE MARÍA EN EL MISTERIO DE LA ALIANZA

María Madre de todos los hombres, desde la cruz de su hijo, Maestra de la fe en el caminar de la Iglesia, Modelo de virtudes, Ejemplo de oración y de contemplación, Humilde Servidora del Señor y de sus hijos a quienes gestó con verdaderos dolores, Estrella de la Evangelización, Arca de la Alianza Viviente,

nos ofrece el ámbito del Sagrado Corazón como camino de salvación y de santidad. La alianza es un regalo que Dios nos da por puro amor; el Corazón de María, expresa visiblemente las maravillas del amor del Padre y la total gratuidad de su alianza.

Su Sagrado Corazón contiene y expresa el amor infinito que Dios es capaz de depositar en una creatura y por lo mismo es admirable objeto de contemplación.

La Santísima Trinidad reside en su corazón como Yavé en el Arca de la Alianza.

El Espíritu Santo, Amor Personal del Padre y del Hijo encuentra en el Corazón de María su más preciada sede.

El Hijo de Dios antes que en su Seno fue engendrado en su Corazón Virginal por la fe.

Desde ese Corazón Dios elige mostrarnos su infinito Amor de Padre, que encierra las riquezas del amor de la maternidad, al entregarnos la salvación en Jesucristo, Alianza Viviente nacido de María.

Así como María es el Arca de la Nueva Alianza porque encierra realmente a Jesús, su Corazón es el Arca de la Alianza donde sus hijos somos engendrados, alimentados, protegidos y desde el que somos dados a luz en medio del pueblo, para ser en cuanto hijos, misioneros de María que proclaman por todas partes el Misterio de Cristo, un Misterio de Amor y de Salvación.

El Corazón de María, Arca de la Nueva Alianza, refugio, fortaleza, descanso, auxilio, invita a sus hijos a consagrarle sus vidas para que a través de Ella el Padre Celestial nos haga vivir la consagración bautismal por la que El nos hizo hijos en su Hijo.

A través de su acción pedagógica María lleva a sus hijos consagrados, a descubrir a Cristo en su Iglesia, enseñándoles a cumplir todo lo que Él les ha mandado. Desde este modo conduce a las fuentes de la Vida Cristiana: la Palabra de Dios y la Tradición, de las cuales el Magisterio de la Iglesia es fiel custodio e intérprete.

Como sencillo sendero de reencuentro con las fuentes de la Gracia, María nos invita a recorrer los tradicionales caminos de la religiosidad popular, que tan hondamente han marcado la piedad de los fieles.

En este Hecho de San Nicolás, tanto en la Pastoral del Santuario cuanto en la proyección misionera que se expande del mismo, surgen claros elementos misioneros que ofrecen un campo de acción pastoral muy vasto, abriendo todo un horizonte de renovación espiritual para los fieles.

BASES PARA UNA ESPIRITUALIDAD MARIANA y MISIONERA

Todo el fuerte movimiento devocional mariano vivido en San Nicolás a la luz de la Alianza en plena etapa de restauración, y con una presencia especialmente providencial de María, Arca de la Nueva Alianza, hace surgir la necesidad de dar una adecuada respuesta pastoral al Pueblo, a quien Dios quiere conducir por este camino realizado por y con María.

Una atención especializada exige en primer lugar la presencia de misioneros, Sacerdotes, Consagrados y Laicos, que en torno al misterio de María, y consagrados totalmente a Ella sintonicen con Su Obra en San Nicolás y sean realmente instrumentos de alianza entre los hombres, viviendo del amor de su Corazón y mostrándoselo a sus hermanos, para que ellos hagan alianza con Dios en Jesucristo.

Surgen como lógica consecuencia de la misión que María protagoniza en San Nicolás, las bases de una espiritualidad mariana, que a la vez que enriquece el corazón de sus hijos, urgiéndolos a la santidad, los orienta eficazmente para el servicio que las necesidades pastorales señaladas exigen, hacia el interior del Santuario, o hacia el exterior del mismo como una necesaria proyección.

Estos hijos desde una vida orante y fraterna ejercerán con corazón de misioneros todo el servicio que esta nueva realidad exige, viviendo su condición de hijos del Sagrado Corazón de María y misioneros de su Obra para la Iglesia del Señor.

Deberán estar vitalmente enclavados en cada Iglesia Local, que desde este Hecho, todas ellas acrecientan su caudal evangelizador. Serán misioneros llevando los hombres a Dios, o entregando a los hombres que vengan al Santuario sedientos de Dios, el agua de la Fe, y el pan de la Palabra.

La raíz de esta espiritualidad mariana está en la Consagración al Sagrado Corazón de María como camino propio de santificación, acentuando la dimensión maternal de María sobre sus hijos, esta consagración implica aceptar que sea María quien lleva a sus hijos a vivir las grandes exigencias bautismales que el propio Señor exige de sus hijos a partir del momento en que El nos consagró para Sí.

La Consagración al Sagrado Corazón de María, Arca de la Alianza, en el seno de una nueva comunidad implica que sus miembros se dejen forjar por Ella que fue la encargada de formar el corazón de Jesús, Pastor del rebaño del Padre. Los cristianos misioneros imitarán a Cristo, viviendo en la diaria entrega exigida por la caridad, dando el testimonio de su vida, buscando imitar la humildad y mansedumbre del Corazón del Salvador, que se convierte en signo visible del amor del corazón del Padre. El Espíritu Santo en el corazón de María seguirá formando hoy en cada misionero una prolongación del Corazón de Cristo, Testigo del Padre.

Esencialmente, María dará a sus hijos un corazón lleno de entrañas de misericordia, indispensable para estar siempre disponibles a las diversas formas de pobreza encarnada en los hombres.

El Santuario como representación visible de la presencia de María y expresión de su Corazón maternal es Arca de Alianza, recibe a todos sus hijos y brinda especial receptividad a los que llegan más enfermos, pobres, pecadores, inseguros, abatidos. De una manera especial en la meditación atenta de la Palabra, y en la alimentación eucarística, María logrará en sus hijos esta formación si encuentra docilidad a su gracia, mucha oración y capacidad contemplativa.

Esta consagración a María, marca una serie de exigencias que son de vital importancia para cada uno de sus hijos y para la Iglesia en su conjunto si quiere responder a la doble misión de santificar a sus miembros y dar una seria respuesta a los peregrinos del Santuario y a quienes se dispongan a misionar en todas partes, llevando a Cristo a través de María.

Se buscará vivir una creciente experiencia de fraternidad que tiene su raíz en el bautismo y en respuesta al mandato del Señor “Ámense unos a otros como Yo los he amado”, teniendo como meta de ese amor la unidad a la que somos llamados por el mismo Señor cuando ruega “Padre, que todos sean como Tú y Yo somos Uno”. Esta vivencia del amor hará creíbles a los consagrados ante los demás: “En esto conocerán que sois mis discípulos”.

ESPÍRITU QUE ANIMARA LA VIDA Y LA TAREA APOSTÓLICA DE LOS CRISTIANOS Y MISIONEROS.

(A la luz del misterio y de la vida de la Santísima Virgen)

Como hijos del Sagrado Corazón de María, Arca de la Alianza, los misioneros anunciarán la presencia exigente del Reino, convocando a los hombres a la fe y a la conversión. Al modo de María, con Ella y por Ella ofrecerán el don de la alianza con Dios en Jesucristo, invitando a aceptarla en el corazón y en la vida y prolongando la acción de Cristo la celebrarán sacramentalmente.

Serán claros predicadores de la Palabra de Dios y testigos de esa Palabra; al modo de Juan, dirán también ellos: “Les anunciamos lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos tocado con nuestras manos”. Y al modo de María en Belén entregarán a los hombres la Palabra hecha Carne.

Serán servidores humildes de toda la Comunidad Eclesial. A semejanza de María serán sinceramente conscientes de la condición de pequeños servidores del Señor, disponibles en todo a su Voluntad.

Vivirán las exigencias cristianas desde la consagración a María, y desde los elementos carismáticos del acontecimiento de San Nicolás donde Ella reaparece en su condición de Arca de Alianza ofreciendo su Corazón salvador como seguro camino hacia Cristo.

Claros elementos misioneros están presentes en este Hecho de Alianza que deben ser desentrañados y están llamados a alimentar fuertemente su espiritualidad misionera y su actividad apostólica. En este Hecho el cristiano al modo de María en Nazaret donde María reitera su Si con proyección universal y el cristiano lo pronuncia juntamente con Ella, para que el Verbo de Dios, la Palabra, también se haga carne en su corazón, y pueda luego darlo a conocer a los demás.

El Santuario es el primer lugar para desarrollar la labor misionera enmarcada en esta espiritualidad mariana, a través del cual María da a Jesús, por ser como Belén la cuna de una especial gracia de María; allí a modo de peregrinos se sucedieron los pastores, los dueños del albergue, los vecinos del pueblo, los magos del Oriente. Por tanto el lugar natural del desarrollo de este carisma es el Santuario, lugar de incesantes peregrinaciones.

Pero el Santuario no es el único lugar para desarrollar este carisma apostólico. También en otras estructuras misioneras es viable encarnar el servicio eclesial que los elementos carismáticos misioneros de San Nicolás ofrecen.

Al modo de María que se trasladó evangelizadoramente a la casa de Isabel y ante la presencia del Verbo, Juan quedó justificado.

María es recibida por cada hijo en su casa como lo fue por Juan en su corazón, en su vida, viviendo con Ella una especial intimidad filial. Al modo del diálogo de María con Juan, también los cristianos que llevan a su casa a María dialogarán con Ella frecuentemente sobre el misterio, el amor, el designio de su Hijo y nuestro Redentor. De ese modo el Corazón de María será como un oratorio donde meditarán la Palabra de Dios y contemplarán el misterio de Cristo, y los acontecimientos que Dios utiliza para hablar. Así, como María y con Ella guardará cada misionero en su corazón lo que observa y lo meditará en toda su profundidad. La oración personal y comunitaria realizada en María y con María, les enseñará a ser dóciles a la Madre en la fidelidad al Hijo.

Existirá en sus vidas una experiencia comunitaria como la mejor expresión de fraternidad evangélica, especialmente fecunda para la evangelización seriamente exigente en orden a la santidad personal, claro testimonio de la vida de Cristo entre los suyos. Al modo de María que siempre vivió en familia adoptarán esta opción evangélica muy claramente marcada, por Jesús cuando envió a los discípulos de dos en dos, para que en el amor fraterno hicieran creíble la fuerza de la predicación.

María que hizo de Juan su hijo, nos hace hermanos y quiere que en torno a Ella vivamos con sencillez y profundidad nuestra fraternidad, clarísima expresión de una alianza realizada. Somos gestados en el Corazón de María como Cuerpo Misionero y así Ella nos entrega al mundo.

Inmersos en el Sagrado Corazón de María, Arca de la Alianza, al modo del Verbo en su seno virginal vivirán en la consagración a María la más perfecta entrega a su providencial designio de salvación, no adelantándose a la hora de Dios, dejándose llevar por la Madre, esperando en oración con inmensa confianza las distintas manifestaciones de la Voluntad Divina. La oración, la confianza, el abandono, son grandes caminos frente al misterio creído y adorado pero no comprendido. Como María dirán todos los días su Sí al Señor hasta las últimas exigencias.

Vivirán la clara conciencia de su llamado a la inmolación, identificándose con Cristo Víctima, sabiéndola a María al pie de la cruz, que vive en el dolor de nuestra agonía, el prolongado precio de su fecundidad maternal y nos invita a no dejar de sufrir hasta que el Padre nos llame.

También debemos pensar en la hora de la cruz que al modo de Juan estamos junto a María de pie, contemplando la muerte del Señor y participando activamente de ella para recibir hoy, en favor de todos los hombres, el regalo de la Maternidad de María, como regalo de Alianza que Dios nos hace, introduciéndonos en ese momento en el Corazón de su Madre, Arca de Salvación. También en ese instante en nosotros, está la actual humanidad representada; todos los hombres en nosotros, verán que la que nos fue dada por Madre es la Madre de ellos. En nombre de todos la hemos asumido y la llevamos a nuestra casa.

Dos grandes misterios vive Juan allí; la adoración a Cristo redimiéndonos en su muerte, misterio que el cristiano habitualmente adora en la Sagrada Eucaristía y la consagración a María como hijo que le entrega las llaves de su corazón y de su casa.

Exigirá esta consagración a María, una opción definida en favor de todos los que sufren diversas formas de necesidad espiritual y corporal. El cristiano misionero tendrá la sensibilidad de María en las Bodas de Caná para descubrir anticipadamente el dolor que aflige a sus hijos, y su capacidad de mediación para todo tipo de necesidad; siempre estará disponible a sus hermanos como consecuencia de la docilidad al Espíritu Santo y como expresión de la limpieza de su corazón. “Felices los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. El cristiano limpio de corazón conocerá al Padre y descubrirá la exigencia de los hijos. María nos lleva a esta pureza de corazón de la cual es perfectísimo modelo.

EXIGENCIAS PASTORALES PLANTEADAS POR LA PRESENCIA DE PEREGRINOS

Nos encontramos frente a la realidad de un nuevo Santuario en honor de María del Rosario, que posee características carismáticas propias:

Existe una Imagen Milagrosa, que atrae a miles de peregrinos y tiene una fuerte historia en San Nicolás; en efecto, esta Imagen fue bendecida en Roma por el Papa León XIII y traída a la Iglesia parroquial de San Nicolás, en ocasión de inaugurarse dicho templo en 1884. A partir de ese momento y durante varias décadas, ocupó el lugar central del Retablo principal de la Parroquia, que actualmente funciona como Catedral.

Surgen especiales manifestaciones de María, y mensajes exhortativos, que recorren el país y el exterior llamando a la fe y a la conversión. La respuesta de tantos peregrinos a este llamado, exige una oportuna dedicación.

Se producen frutos espirituales muy variados; entre ellos, en forma ininterrumpida, continuas peregrinaciones que deben ser atendidas.

Se ha ido creando en torno a este acontecimiento, conducido pastoralmente por el Obispo y sus sacerdotes colaboradores, un creciente clima de oración, que en torno al Santo Rosario y desde él, invita al peregrino a culminar su peregrinación, en un serio encuentro con Cristo, Palabra y Sacramento del Padre, escuchando con docilidad la Palabra y viviendo de la Gracia Sacramental. La participación en el misterio de la Eucaristía es el centro indiscutible, al que convergen todas las expresiones de la piedad popular. Esta centralidad Eucarística, además de mostrarse en las misas de cada día y del día 25, especialmente en la misa del campito que es como el broche de oro de la procesión, también se pone de manifiesto en la Adoración Eucarística de los días viernes y domingo y en el Retiro mensual del primer viernes de cada mes, donde la participación de fieles marca el natural interés por vivir el misterio de la fe en las fuentes de la gracia.

Se busca conocer detrás de los Hechos de San Nicolás, la enseñanza catequística que encierran y a la que María conduce por el ministerio de la Iglesia. Esto exige una profundizada catequesis de la Palabra de Dios que haga descubrir dicho contenido de fe.

Se expresa en el gozo festivo de la liturgia diaria, dominical y mensual (día 25 y la novena preparatoria), la oración de Alabanza y Acción de Gracias, la humilde súplica y el pedido de perdón de los pecados, como también la oración reparadora. Todo crea en el Santuario un verdadero ámbito de oración que debe ser constantemente orientado y alimentado, por una adecuada pastoral litúrgica y devocional. Dígase lo mismo de los lugares misioneros, donde María del Rosario es Venerada y convertida en camino de Evangelización que nos lleva a Cristo.

 

 Se constata la continua presencia de peregrinos enfermos, afligidos, pobres en el orden material o en el orden moral, confundidos o desalentados espiritualmente. Toda esta realidad habla de la necesidad de una atención espiritual más personalizada, y de crear respuestas, en el nivel de las necesidades. Aquí será oportuno el ministerio de la caridad que trate de resolver los reclamos que más urgen.

Con mucha insistencia se ha ido encontrando un marcado interés en vivir la respuesta a Dios en el marco de la Consagración al Sagrado Corazón de María; se constata la enorme importancia de profundizar en este camino al que tantas personas quieren tener acceso, como especial modo de responder al llamado de Dios a la perfección en el ejercicio de las virtudes cristianas.

La proyección del Hecho Mariano, fuera de San Nicolás; los grupos de oración y evangelización que se van formando; la inquietud de tantos peregrinos por dar una seria respuesta a Dios a través de María, crea una necesidad de dar adecuada respuesta desde el Santuario a los devotos de María, que en su propio lugar de origen quieren servir a la Iglesia movidos a la Evangelización por este Hecho de gracia y desean ser ayudados a responder a esta misión.

Pro. CARLOS A. PÉREZ

Rector del Santuario

EXIGENCIAS DE LA CONSAGRACIÓN A MARÍA

LA ORACIÓN

Solamente por la oración continua, que nos llevará a la fidelidad, podremos mantener la serenidad, la paz, la fortaleza, la esperanza en medio de las distintas tormentas de la vida.

La oración será cada vez más nuestra respiración y nuestro clima apropiado que nos permitirá discernir lo que es de Dios.

María en Pentecostés por la oración, nos hará capaces de formar una unidad de cuerpo como Iglesia que somos, nos engendrará por el Espíritu Santo como cuerpo para hacer visible a Jesús y ser eficaces evangelizadores. En ésta su hora nos va formando para responder a las exigencias de su tiempo.

Nos habituaremos a la reflexión de la Palabra y a la contemplación continua de los signos-acontecimientos por los que el Señor no deja de hablarnos diariamente al corazón y haremos como María, que guardaba todo en la contemplación de su Corazón virginal.

Las cuatro partes del santo rosario son un regalo que le debemos a María, una hermosa alabanza, una humilde actitud de súplica y un consuelo y fortaleza para nuestras almas. El adversario no podrá con nosotros si nos atamos a María con el rosario diario fervorosamente meditado.

Nos habituaremos a vivir en la presencia de Dios, buscando la unión con Él en la frecuente oración jaculatoria, que nos haga descubrir la Voluntad del Señor para serle fieles en la riqueza de cada momento.

Toda nuestra vida debe estar impregnada del espíritu de la oración, por eso será importante actualizar frecuentemente el ofrecimiento de nuestras actividades pastorales rectificando nuestra intención: debemos buscar en todo la Gloria de Dios.

ORACIÓN LITÚRGICA

La Eucaristía es el supremo momento del encuentro con el Señor. María está junto a nosotros en cada misa distribuyéndonos la gracia de Jesús, animándonos a ser víctimas queriendo ensanchar nuestro corazón para hacerlo capaz de mucho amor y de mucha entrega.

La Liturgia de las Horas celebrada en forma personal o comunitaria, unirá nuestras voces a la oración oficial de la Iglesia para alabanza de la Santísima Trinidad y para interceder por nuestros hermanos.

EL AMOR

En el capítulo XIII de la Primera Carta a los Corintios, el Apóstol San Pablo muestra En el amor el especial camino de gracia y de santidad. El cuerpo de Cristo , que es la Iglesia está llena de funciones, carismas y ministerios, pero el camino más excelente es el del amor, sin el cual todos los demás servicios quedan sin alma, no cumplen realmente su específica tarea. El amor es el alma de la Iglesia, el amor debe ser el alma de toda actitud que mueva nuestros corazones para establecer la verdadera comunión de las personas que en nosotros buscan a Dios. Debemos meditar en el ejemplo de los miembros de la primera comunidad cristiana, que inspirada en la palabra de los apóstoles, tenía un sólo corazón y una sola alma por el amor, repartían sus bienes, no habiendo pobres entre ellos y se alimentaban con la Eucaristía, viviendo en continua actitud de oración: hemos de vivir nuestra comunidad haciendo que el mundo que nos rodea, vaya descubriendo el ideal que Jesús aspira a concretar con nuestro pequeño aporte y ejemplo de pastores. María estará presidiéndonos en la oración y en la fraternidad, como lo hizo con los apóstoles.

NUESTRA VIDA FRATERNA

Nuestra vida fraterna debe ser el signo de la unidad Trinitaria y la imitación del modelo de Nazaret para que viéndonos, el mundo crea y destruya el egoísmo del pecado, aspirando a la alegría de la unidad por la que el Señor murió. Será nuestra mayor predicación, el signo visible de la unidad como consecuencia de la fe en el Señor y de la oración profunda y creciente, que va creando un estado de unión con Dios que hace posible el misterio de la fraternidad.

Como consecuencia de nuestra vida fraterna, nos consideraremos realmente hermanos de todos los hombres y servidores de los demás, considerándolos más dignos que a nosotros mismos, y sintiéndonos en deuda con ellos. Conocemos nuestra raíz común, en nuestra condición de pecadores y en la acción salvadora de Jesús en favor nuestro. El Señor nos da la gracia de servir desde su gesto salvador a la salvación de todos los hombres. La caridad fraterna debemos manifestarla en las múltiples ocasiones en que el prójimo nos la exige. La primera de ellas es nuestra vida comunitaria, familiar, parroquial, misionera, escolar, etc., donde a pesar de las dificultades naturales en toda vida fraterna no nos cansaremos de amarnos como hermanos, de buscar ser para los demás un signo visible y Trinitario del Amor de Dios Viviente en el seno de nuestra comunidad.

LA HUMILDAD

La humildad es virtud esencial para el consagrado. Muchas veces hemos señalado esa virtud, eminentemente evangélica, tan puesta de manifiesto por Jesús que nos dice “aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón”. La humildad nos lleva, en primer lugar, a una aceptación paciente, humilde, respetuosa de nosotros mismos y de nuestros hermanos. Como consecuencia inmediata de nuestra conciencia de pobres y pequeños la humildad nos hace orantes; justamente porque no podemos, porque no sabemos, porque no queremos, nos dirigimos incesantemente al Señor, al Padre de las luces, al dador de todo bien, para que nos plenifique y nos dé todo aquello de lo que nosotros carecemos.

El humilde, esencialmente es orante porque sabe que en la oración alabará a Dios, al Padre, al Creador, al Señor del Universo; le dará gracias por todos los beneficios que incesantemente recibe y encontrará la respuesta a sus constantes interrogantes que como creatura pobre, pequeña y pecadora no alcanza a descubrir por sí mismo. La oración será la expresión natural del corazón humilde. El cristiano humilde no puede dejar de orar porque allí está su fuerza, su consuelo, y la garantía de su fidelidad. María, la mujer orante por excelencia, la que nos preside en la oración, nos enseña este camino de encuentro creciente con el único Dios, con el Señor nacido de sus entrañas, con Quien quiere identificarnos en profunda actitud de amistad.

AMOR MISIONERO

El Santuario y los lugares de Misión como el arca, como el Corazón de la Madre serán los lugares donde recibiremos a todos aquellos que de distintas maneras vendrán a quitarnos tiempo, energía, todo aquello que quisiéramos hacer y nos indicarán aquello a lo que tendremos que renunciar. El prójimo es dueño de nosotros; voluntariamente nos hicimos sus servidores por nuestro amor misionero. Con amor al Señor y en el corazón de la Virgen, esta actitud de caridad debemos ejercitarla con todo hermano, comenzando por aquellos que por distintos motivos están más distanciados de nosotros, rezando por ellos y estableciendo puentes de unión, siendo para todos ejemplo de fraternidad; teniendo el corazón de tal manera abierto que como en el Corazón de Cristo y de María, también en nuestro corazón nadie quede afuera; que todos sean sincera y profundamente amados.

LA EFICACIA MISIONERA

No siempre estará en nuestras manos la posibilidad física o intelectual de realizar actividades apostólicas. A veces la enfermedad, la imposibilidad originada en diversas causas nos impedirá trabajar como quisiéramos; pero siempre estará en nuestras manos, en esos momentos especialmente, la posibilidad de orar por aquellos que el Señor nos ha confiado. La misión exige esta actitud: orar por nuestros hermanos y en segundo lugar ofrecer nuestros sacrificios voluntariamente sufridos y aceptados, por aquellos que el Señor quiere consagrar para Él, redimir, rescatar, desde nuestra inmolación personal, similar a la de María en la Cruz. Lograremos así frutos que solamente en la eternidad podremos verificar y que van a ser mucho más importantes que los que derivan de nuestra propia predicación y enseñanza, si ella está basada simplemente en nuestras capacidades humanas. Orar, ofrecer y trabajar para el Reino: las tres metas. La tercera, a veces, puede estar más condicionada; pero en ese momento recordemos que la oración y el ofrecimiento están produciendo grandes frutos de redención, si los hacemos con amor.

LA OBEDIENCIA

María nos invita a la humildad y a la obediencia que vivió Jesús en Nazaret; Él aprendió a obedecer entregando su vida hasta la muerte y muerte de Cruz; ya en Nazaret, vivió sujeto a José y a María; allí nos invita a la heroicidad de las cosas pequeñas que son garantía de la fidelidad a las cosas grandes; nos invita al trabajo silencioso, a la tarea contemplativa, a la oración humilde y perseverante, a descubrir la vida como servicio para la obra de la redención.

Nuestra actitud de obediencia se hará explícita en la docilidad a la Iglesia universal y particular y a las exigencias de la vida consagrada a Dios por la Consagración a María.

ESPÍRITU DE SACRIFICIO

Ciertamente el Señor nos enseñó la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz. Nosotros compartiremos su suerte inmolándonos cada día en el altar del sacrificio eucarístico; pero hemos de prolongar ese ofrecimiento de nuestro sacrificio en cada uno de los momentos del día en los que el Señor nos vaya a exigir algo de renuncia, algo menos agradable, algo decididamente doloroso. El Señor quiere prolongar en nuestro cuerpo, nos dice San Pablo, lo que aún falta a la pasión de Cristo por el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia.

El espíritu de sacrificio que sostiene nuestra actitud penitencial y de conversión debe ir haciéndonos cada vez más capaces de una gradual inmolación de nuestras vidas, en el silencio generoso, en la paciente y humilde aceptación de la tribulación, en el sacrificio que nos llega y que el Señor permite sin que lo hayamos buscado.

Aunque la naturaleza humana muchas veces se rebele ante el dolor, cualquiera sea él, sin embargo agrada especialmente al Señor ese ofrecimiento que le hacemos cuando el hombre viejo se resiste a sufrirlo. Es doblemente grato al Señor cuando libremente, sin que nadie nos quite la libertad, le ofrecemos lo que El nos pide. Desde ese sacrificio, unido al espíritu profundo de oración, llegaremos a salvar un gran número de nuestros hermanos, seremos causa de grandes conversiones, en el secreto y en lo íntimo del corazón.

Pro. CARLOS A. PÉREZ

Rector del Santuario

LA MISIÓN EVANGELIZADORA

Nuestra consagración a Dios por medio de María, nos ubica en la Iglesia y ésta es esencialmente misionera. Estamos llamados a santificarnos en la caridad. María está en el corazón mismo de la Iglesia. Renovadamente, la llena de su propia vida de Madre, la oxigena, bajo el impulso del alma de la Iglesia que es el Espíritu Santo.

El consagrado, que vive en el Corazón de María, también hace esto; intenta imitar a la Virgen: vitaliza a la Iglesia, la oxigena, la anima, como el corazón al cuerpo; María lo hace partícipe de su carisma. María anima a la Iglesia y el consagrado también anima a la Iglesia, como Ella, porque es hijo de su Corazón.

Como expresión de amor, el Corazón de María muestra el amor del Hijo, a los hijos, y esta es su tarea misionera: Amar y mostrar el Amor. María consuela y contempla; sirve a sus hermanos en Cana y en Nazareth. Comparte la Palabra con los Apóstoles; tiene un papel de Corredentora, junto a la cruz del Señor.

Esta es también nuestra tarea misionera: amar desde Dios, a los hombres, hasta dar la vida por ellos, hasta esa plena disponibilidad. Mostrarles cómo y cuánto los quiere Dios.

Jesús les dice a los apóstoles:"Vayan por todas partes", anuncien a todos los hombres y a todo el hombre el evangelio. Los mandó de dos en dos, para que viviesen el testimonio de la comunión fraterna, y ese testimonio fuera un signo muy claro de comunión que se ofrece a los demás.

No lleven nada para el camino. Estén libres de todo y de todos; es decir que no nos atemos, a las cosas, a las personas; que estemos libres, interiormente libres.

"No saluden a nadie en el camino", no estar distraído, no estar ocupados en cosas irrelevantes, cuando hay un tiempo precioso que debemos gastar en el Evangelio. Cuando entren en una casa - dice Jesús - saluden, deseen la paz, esa paz es fruto de la Misión en quien se deja misionar por la Palabra.

O no hablar o hablar de Dios decía santa Teresa. Buscaba que no hubiera una ruptura del silencio interior, de la interioridad. Es el gran peligro, vaciarnos. Vaciarnos de Dios, vaciarnos de las cosas santas, caer en la superficialidad. Don Bosco decía: Dame almas y llévate lo demás. Nuestra principal tarea de misionero, es salvar a las personas, llevarlas al cielo. Toda cosa que no vaya dirigida a esto, hay que analizarla.

Han recibido gratuitamente. Todo es gratuito: la vida, el Bautismo, la misión, la vocación, la enseñanza, nosotros somos recíprocamente un regalo. Den también gratuitamente, no por dinero; no busquen intereses mezquinos en lo que dan. Nuestra recompensa es Dios y la propia acción evangelizadora. Por eso la pobreza va tan unida al evangelizador, porque muestra que él trabaja, no por los bienes de la tierra sino por los bienes del cielo en los cuales cree. Le basta lo necesario.

Con todo derecho dice San Pablo, puedo recibir de ustedes la paga por lo que estoy haciendo, porque el que vive del culto tiene necesidad también de ser sostenido, sin embargo, trabajo con mis propias manos para no ser carga para nadie.

Anuncien la Palabra, comuniquen la gracia recibida, formen comunidades fraternas, esta es la meta del evangelizador; reconcilien a los que están enemistados, recen, perdonen siempre, gócense en perdonar.

Ser solidarios con los más pobres, capaces de contagiar la alegría de la fe y de la fraternidad, que es fruto del amor y que también es causa de la alegría, y esta, es contagiosa. La Primera Comunidad se reunía todos los días en el templo para rezar y compartían entre ellos lo que tenían. Nosotros vamos a formar pequeñas comunidades.

¿La originalidad del evangelio dónde está? En la capacidad de vivir el mandato del amor; una nueva forma de relación humana, gracias a la efusión del Espíritu.

Cristo como Pastor, es el gran ejemplo del misionero. Busca la oveja perdida, cuida la unidad del rebaño, da siempre nuevos pastos; el Sacerdote, siguiendo a Jesús, da; cuida al rebaño del lobo, da la vida por las ovejas, las llama por su nombre, porque las conoce y ellas lo conocen a Él. Realiza obras de misericordia, ya sea en la promoción humana, ya sea supliendo lo que a veces el poder del Estado no hace, y urge como expresión evangelizadora, creando una mentalidad solidaria, entre los hermanos que recíprocamente se necesitan.

Evangelizar las culturas; es decir, intentar que los contenidos del evangelio, lleguen a

descubrirse como un estilo de vida propio e inmensamente rico en contraposición a todos los modos o estilos de vida fijados en el egoísmo, en el poder, en el tener, en el placer. Evangelizar es crear una mentalidad de cambio, y lo hará el Espíritu Santo y nosotros somos sus instrumentos.

Lo más importante del apóstol es la santidad, a eso estamos llamados. El signo más evangelizador, es la comunión de quienes evangelizan; esto muestra la santidad de vida.

Una actitud esencial del evangelizador misionero es la pobreza. Justamente porque la obra es muy grande no se apoya en medios humanos, sino en el Señor. Es Él, el que hace la obra. La pobreza interior, la pobreza de corazón es base fundamental.

Una herramienta infalible: la oración, unida a la conversión, alimentada por la Eucaristía.

Don Bosco hablaba mucho de la oración y la templanza. La templanza para él, era toda una serie de pequeños actos de sacrificio, de mortificación voluntaria que iban templando la voluntad del misionero para que cuando llegara el momento de una exigencia grande, su voluntad estuviera en condiciones de responder a Jesús.

El problema humano que aparece con mucha frecuencia es una voluntad débil, una voluntad frágil, una voluntad pobre, porque no se la disciplinó. Crear el hábito de una voluntad disciplinada, al servicio del Plan de Dios.

Las actitudes del Pastor: que tengan vida y la tengan en abundancia, esa es su meta; que haya enorme capacidad de diálogo, que supone sobre todo escuchar mucho; una fuerte capacidad de compasión, sobre todo con los más débiles, aunque no podamos hacer nada por ellos, saber quererlos. Atender a todos los hombres y a todo el hombre, “No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Y la Virgen dirá "No es pobre el que carece de pan sino en que carece de Dios".

El misionero no se cansa de evangelizar en toda situación humana. Con la palabra y los gestos de misericordia, san Pablo dirá: predica oportuna o inoportunamente. Hacerse pobre cada día para poder amar preferentemente a quienes en su pobreza, nos parezca que son los preferidos del Señor y a quienes Él, especialmente nos está enviando. San Pablo dice: soportar las pruebas con paciencia incansable; aquí tenemos una actitud penitencial de cada día, soportar las pruebas, orar y dar la vida por nuestros hermanos.

Ofrecer los dolores, las tribulaciones, las frecuentes contrariedades del apostolado, ofrecer el fracaso de ciertas cosas.

Todo esto, Dios lo convierte en gracia. Lo que para mí es un fracaso, Él lo toma y si lo hicimos con amor, entonces no fracasaremos.

El misionero es hombre de consejo, que desde la Palabra ilumina cada situación que se plantea y desde la propia experiencia, porque Dios lo aconseja a él. Orienta la marcha del rebaño; él oye su voz y la distingue; el Pastor es capaz de inmensa misericordia. Esto es fundamental, imprescindible; manifestar todas las formas de misericordia. Debe haber una fuerte capacidad de comunión con los demás hermanos; el rebaño es de Jesús. Aunque nos dejen solos no dejaremos solos a nadie.

Pro. CARLOS A. PÉREZ

Rector del Santuario

CARISMA Y ACCIÓN MISIONERA

Al querer explicitar el Carisma que anima la vida cristiana de los misioneros de María, debemos comenzar, recordando que en la ciudad de San Nicolás de los Arroyos surgió una fuerte devoción a María Ssma., honrada bajo el título de María del Rosario de San Nicolás.

Esa devoción comenzó, a partir de manifestaciones especiales de María, que se convirtieron en fuente de incesantes gracias y una fuerte convocatoria de fieles.

En un momento histórico tan convulsionado y lleno de desafíos a la Fe y a las buenas costumbres, el deterioro moral de la humanidad, fue provocando un proceso de indiferencia religiosa, violencia, hedonismo, degradación de los valores Evangélicos.

Todo esto fue produciendo como consecuencia, el relativismo moral, una actitud contestataria frente a la Verdad revelada y a la Jerarquía de la Iglesia y todo fue dando lugar a la dispersión del Rebaño de Cristo.

La fuerte presencia de María como Profetisa de este tiempo, es el medio de que Dios quiere valerse, para que sus hijos vuelvan a la Casa del Padre y haya un solo Rebaño bajo un solo Pastor.

La Unidad del rebaño, es lo que María nos está indicando como meta; Ella congrega multitudes, especialmente en sus Santuarios. En el Santuario edificado en San Nicolás en su honor, podemos advertirlo claramente.

María convoca a sus hijos, encomienda a la Iglesia que los congregue, los alimente, los catequise, los haga concientes de la condición de hijos de Dios y de la vocación fraterna que nos debe unir en profunda comunión.

A partir de este hecho, surge del mandato de Jesús, la necesidad de formar a los hermanos en la fe, para que desarrollen una acción misionera, cuya finalidad fuese la evangelización de tantas personas que en el Santuario Mariano ó en lugares de Misión, necesiten un verdadero servicio pastoral, en esta Nueva Evangelización.

CARISMA QUE SURGE DEL ACONTECIMIENTO MARIANO

Definición: Vivir el Don de la Maternidad de María,

Consagrándonos a Su Sagrado Corazón

y proclamar la Esperanza, a través de

la Palabra y la Misericordia.

Vivir el Don de la Maternidad de María y nuestra Consagración

La Maternidad de María, es el Don ó Carisma que el Espíritu Santo a través del propio Jesús, nos dona en la Cruz.

A la manera del discípulo amado, a quien Jesús le dijo: "Ahí tienes a tu Madre", nos disponemos a recibir a María, como a nuestra propia Madre y llevarla al interior de nuestro corazón, a la manera del discípulo que "desde aquella hora la recibió en su casa".

Entendemos que Jesús nos pide recibir así a María y consagrarle nuestra vida en forma total, sin condiciones, para que albergados en su Corazón, el Espíritu Santo pueda reproducir en nuestra vida, al propio Jesús: buscaremos hacer como Él, la Voluntad del Padre; adquiriremos los mismos sentimientos de Jesús; estaremos dispuestos como el Divino Maestro, a servir y dar la vida por nuestros hermanos, a quienes somos enviados.

Como ocurrió con el Discípulo Amado, María, Madre y Maestra de la Fe, nos dispondrá el corazón y nos llevará de su mano, para que fieles al Espíritu Santo, lleguemos más rápidamente a establecer una sólida amistad con Jesús y a poder imitarlo en todo.

Por nuestra Consagración a María, sabemos que Ella nos consagra a Jesús y se ha de encargar de guiar nuestras vidas y conducir nuestra misión para que el Reino de Dios sea proclamado por todas partes y los hombres encuentren el tesoro escondido de la Fe, que los hará felices llegando a formar en la Iglesia, un solo Rebaño bajo un solo Pastor.

Vivir la Maternidad de María, no será solamente aceptarla como Madre, sino gozar de Ella, como Don precioso y supremo Testamento de Amor, que Jesús nos dejó en la Cruz.

Cuanto mayor sea el amor a María y la intimidad con Ella, tanto mas, gozaremos de la garantía de estar envueltos, conducidos y protegidos en su Amor de Madre, que continuamente buscará nuestro crecimiento interior.

Como Jesús en Nazareth, sabemos que debemos estar sujetos a Ella en una obediencia filial, que nace del amor.

Como "hijos”, sabemos que contemplando y amando a María, debemos imitarla, en su amor a Jesús y en su amor a la Iglesia, haciendo como cristianos lo que Ella realiza como Madre.

Una consecuencia de vivir consagrados en el Corazón de María, la Mujer contemplativa de la Palabra y la Expresión viviente de la Misericordia Divina, será encarnar en nosotros la Palabra de Dios, que luego deberemos anunciar y revestirnos como Ella de Entrañas de Misericordia, hasta llegar a tener con nuestros hermanos, un corazón compasivo, servicial y misionero.

Como Estrella de la Evangelización, María nos conducirá a sus hijos, a descubrir con luces nuevas, las metas y los modos de nuestra acción misionera.

También María nos enseña que como Ella recorrió un camino misionero para visitar a Isabel, nosotros debemos imitarla llevando la Palabra, adonde como misioneros de Su Obra lo exijan las diversas necesidades.

María fue especialmente consagrada por el Padre, en el momento de la Encarnación del Hijo, por obra del Espíritu Santo.

María a partir de ese momento, conoció y vivió el definitivo Plan de Dios para su vida y lo aceptó de una vez para siempre.

En ese instante fue constituido el primer Sagrario de Jesús, que comenzó a morar en su Seno Virginal.

En la última Cena, según la tradición, nuevamente María recibió el Cuerpo de su Hijo, bajo el velo de las especies sacramentales, que constituyeron la Primera Celebración Eucarística.

María está íntimamente unida a Jesús por la Fe en su Palabra y la Eucaristía, de la cual se nutre para adquirir la Fortaleza de entregar su vida al Padre como la de Cristo, hasta la Cruz.

Nos enseña, que cuando le decimos "sí" a Dios y a su Palabra como Ella en Nazareth, Dios nos habita con su divinidad a partir de nuestra fe y docilidad.

También cuando el Señor a través de la Eucaristía es recibido por nosotros nos fortalece, nos capacita para la misión y para la entrega de nuestra vida al Padre, en ininterrumpida oblación.

Cristo nos convierte en Pan para ser comido por las muchedumbres y María, nos enseña cómo dejarnos convertir en alimento para los hermanos, cuando incesantemente nos dice:

"Hagan todo lo que Él les diga".

PROCLAMAR LA ESPERANZA

En esta Nueva Evangelización, los desafíos que se presentan a la humanidad, provocan desánimo, desconcierto, angustias y claudicaciones. La Fe del Pueblo de Dios, está siendo seriamente probada.

Cristo resucitado, ha triunfado definitivamente sobre la raíz de todos estos desafíos. A la vez, el Señor Resucitado, nos otorgó el poder para triunfar nosotros con El. Reiteradamente, Jesús nos dice: "no temas pequeño Rebaño". Sin embargo las tormentas del tiempo presente, frecuentemente hacen entrar en crisis la Esperanza, como ocurrió con los Apóstoles que dudaron de la Resurrección de Cristo.

Solamente María, creyó en su Corazón y no dudó de la Palabra de Jesús. Como Ella, nosotros estamos llamados a ser testigos de la Esperanza de un tiempo nuevo, de un nuevo Pentecostés para la Iglesia, de una era de paz y de Gracia; mientras tanto debemos ser testigos de la Esperanza, a través de la fortaleza con que debemos sobrellevar las presentes dificultades.

Esa fortaleza y un futuro distinto en la tierra, que un día concluirá en la Gloria, deben ser la continuada proclamación de la Esperanza para los hombres de hoy.

Cristo venció al pecado, al demonio y a la muerte y nada tiene poder sobre Él.

Jesús nos invita a vivir el gozo de la Esperanza, porque El venció al enemigo de la Vida, está sentado a la derecha del Padre y en Él "estamos salvados en la Esperanza", como dice San Pablo; ser testigos de la Esperanza, es creer en Jesús Resucitado y vivir como Resucitados; vestidos del Hombre Nuevo; Revestidos de Cristo; somos llamados a "gustar las cosas de arriba" y "buscar las cosas de arriba".

El testigo de la Esperanza necesita vivir una profunda experiencia pascual, como María Magdalena y los Apóstoles en presencia del Señor Resucitado.

A partir de esa experiencia, podremos dar razón de nuestra Esperanza" y seremos: capaces de ser testigos de ella, comunicando "lo que hemos visto y oído acerca del Verbo de la Vida".

LA PALABRA

Somos discípulos de Jesús, Palabra del Padre, hecho Carne en María.

Somos mensajeros de la Palabra Viva, llamados a anunciar la Buena Noticia del Evangelio del

Señor.

Jesús nos invita a descubrir su Misterio, a adherirnos por el Amor a su Persona y a proclamar su Mensaje. Todo esto, supone un conocimiento , y una profundización en la lectura continua de la Palabra de Dios, en la asimilación de su contenido y en la meditación y Adoración del Misterio que debe ser proclamado .

Contemplar a Jesús, es el primer requisito para poder anunciarlo adecuadamente.

En la vida cristiana, La Palabra de Dios, continuamente, nos irá marcando el sendero que debemos recorrer; nos ha de iluminar en las instancias oscuras de la vida; nos dará las respuestas a los grandes temas, que se reiteran como interrogantes en cada persona, con matices diferentes. La misma Palabra, la misma Verdad, iluminará de manera propia a cada persona y sus distintas circunstancias.

La Palabra nos permite en el ámbito de la oración creciente, descubrir al Señor, entrar en Amistad con Él y convertirnos en eficaces instrumentos de Evangelización.

Jesús, Apóstol del Padre, nos envía para que seamos sus mensajeros, y los hombres conociendo a Jesús conozcan a su Padre y a nuestro Padre.

El Espíritu Santo que inspiró las Sagradas Escrituras nos ilumina la inteligencia y el corazón, para que podamos penetrar en lo profundo de la Palabra de Vida, hasta sentir la necesidad como María y los Apóstoles, de salir a proclamar las maravillas de Dios, que en primer lugar hemos descubierto nosotros.

La primera comunidad se reunía en torno a la Enseñanza de los Apóstoles y allí comenzaba el proceso de conversión.

A través de la Palabra comunicaremos el Misterio de Cristo, y proclamaremos como testigos, la Esperanza que nos comunica el Señor Resucitado; trataremos de ofrecer a la luz de la Palabra, los posibles caminos que dan claridad y paz a quienes viven atormentados en la angustia y la desilusión desesperanzada.

La Palabra de Dios encierra la Luz del Señor y el poder necesario, para vivir lo que presenta como horizonte de auténtica felicidad, aun en la tribulación.

De tal modo debiéramos asimilar la Palabra, que con el Apóstol pudiéramos decir: "Ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí"; por eso "hay de mí si no Evangelizara"; "el Amor de Cristo nos urge" a comunicarlo a los demás.

María, en quien la Palabra se hizo Carne, por nuestra consagración a Ella, hará posible que seamos prolongación viviente, del Verbo que se hizo Hombre.

LA MISERICORDIA

No podemos conocer la Esencia Divina; a Dios lo vamos conociendo gradualmente, a partir de la contemplación de sus atributos; el atributo que más hondamente nos permite conocer a Dios es la Misericordia. "Dios es Amor" y la Misericordia es el Amor de Dios volcado sobre nuestra miseria de pecadores; es el Amor compasivo de Dios.

Jesús proclamó, como Hijo, la Infinita Misericordia del Padre y en medio de sus continuos milagros y gestos de Misericordia nos muestra claramente cómo nos ama Dios.

Como miembros de la Iglesia, debemos estar siempre puestos al servicio del Padre para ejercer su Misericordia a favor de sus hijos, estamos llamados en primer lugar a tener una personal experiencia del Dios-Amor que tuvo compasión de cada uno de nosotros y siempre nos ofrece su Misericordia a manos llenas.

Esa experiencia personal de Dios - Amor nos capacitará mucho más en la Misión de Proclamar la Esperanza con obras de Misericordia, que devuelvan la alegría a los atribulados.

Seremos instrumentos de Misericordia, siguiendo el ejemplo de los Apóstoles, que se dedicaron a la oración y a la Predicación de la Palabra; la Palabra es el primer gran gesto de la Misericordia, porque llama a la Fe y a la conversión; a la vida y a la comunión; estas gracias hacen felices y alejan de toda orfandad a los creyentes, dándoles el calor de Dios a sus vidas.

Los gestos explícitos de Misericordia, llenan las páginas del Evangelio; Jesús se nos muestra amando, perdonando, sanando, animando, dando de comer a multitudes, compadeciéndose de la muchedumbre, resucitando muertos, expulsando demonios.

En toda su Vida, Jesús, es la Palabra del Padre, y es también la Misericordia viviente del Padre; como suprema Obra de Misericordia, nos dio la Redención en su Misterio Pascual, nos convirtió en hijos de Dios, nos perdonó los pecados, nos alimenta con su Cuerpo, nos hace su Iglesia y nos dio a su Madre, pidiéndonos que hagamos visible su Misericordia, a través del mandamiento del Amor, llevándolo a su plenitud; por eso ruega así "Padre que todos sean Uno, como Tú y Yo somos Uno"; “Ámense unos a otros como Yo los he amado”; “En esto conocerán que son mis discípulos”.

La Unidad del Rebaño, será la mayor expresión de victoria sobre el pecado y de triunfo de la Misericordia en medio de su Pueblo, pues "no debemos nada a la carne para vivir de una manera carnal"; somos animados por el Espíritu de Jesús, que al reconciliarnos con el Padre por Jesús, nos reconcilia entre nosotros y sacándonos de la dispersión nos lleva a la unidad y a la Comunión.

A la luz de la Misericordia que Dios nos concede, veremos la enorme importancia que tiene en nuestra vida, recibir el Sacramento de la Reconciliación, y celebrar la Eucaristía, que nos lleva a vivir en plenitud la reconciliación y nos convierte en servidores de la unidad del Pueblo de Dios, e instrumentos de Misericordia.

María, Madre de la Misericordia, es el reflejo de la Misericordia de su Hijo, en la total disponibilidad de su Corazón, ante el plan de Dios y a las necesidades de sus Hijos.

Vibrando junto al Corazón de María, encontraremos cómo ser "expresión viviente" del amor Misericordioso de Dios, manifestado en Jesucristo.

Ser Hijos del Corazón de María, esencialmente es vivir el Misterio de Misericordia de Su Corazón de Madre y ser sus instrumentos dóciles, en el anuncio y ejercicio concreto de la Misericordia.

ESPÍRITU QUE ANIMA A LOS MISIONEROS DE MARÍA

La Contemplación e Identificación con Jesucristo

Somos hijos en el Hijo. En las páginas del Evangelio, contemplaremos la Persona de Jesús, sus palabras y sus gestos de misericordia; nos proponemos encarnarlo como Palabra viviente del Padre y expresarlo en la caridad, para lo cual brindaremos la vida a nuestros hermanos como Jesucristo. Con San Pablo queremos decir, "ya no vivo yo sino Cristo en mí".

En el corazón del Padre

Jesús es el Camino al Padre, nadie puede conocer al Padre si Jesús no se lo muestra. El Señor nos reveló al Padre y sus secretos de amor para con nosotros. Nuestra vida como prolongación de la de Jesús y por la efusión del espíritu filial, deberá ser un sí al Padre; con quien estaremos en un diálogo ininterrumpido, gestado en la contemplación de la actitud de María; viviremos alabando las maravillas del Padre y caminando en el itinerario de la fe; solo buscaremos la voluntad del Padre, creyendo lo que no entendamos y amando lo que el Padre nos exprese como su clara voluntad.

La oración al Padre por la mediación de Jesús en la unidad del Espíritu Santo debe ser un ininterrumpido acto de amor de nuestra vida misionera y consagrada a Dios a través de nuestra consagración a María.

En el seno de la Iglesia

Somos Iglesia, amamos profundamente a la Iglesia con todas sus implicancias, estamos insertos desde nuestras comunidades en la misión que Jesús le ha encomendado. Nuestro carisma de Misioneros de María es un don del Espíritu a la Iglesia y en comunión con los demás carismas se convierte en una gracia nueva para un tiempo nuevo. En manos de la Iglesia ponemos nuestras aspiraciones y no aspiraremos a otra cosa que servir a la Iglesia de Jesús, en la extensión del Reino de Dios. Atendiendo con preferencia a los más pobres y necesitados que muestran una particular apertura al Evangelio, seremos fieles al Papa, a los Obispos y Sacerdotes; pondremos especial atención a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia, en estos momentos de mayor confusión.

La amistad fraterna

Jesús dijo: Ya no los llamo siervos sino amigos; ámense unos a otros como yo los he amado. Jesús nos entregó su amistad hasta la Cruz; quiere que nosotros nos amemos como El nos amó, regalándonos su vida. Como supremo gesto de amistad; nuestras comunidades cristianas encontrarán en este ofrecimiento de Cristo, el modelo para que entendamos nuestra relación fraterna, como la recíproca relación de amistad a la que somos llamados. Somos hermanos, hemos recibido la misma gracia bautismal y en la medida en que entendemos el mandato de Jesús, que es el mandato del amor, haremos plena esa vocación fraterna, en el recíproco y real ofrecimiento de nuestra amistad. Ello contribuirá a construir en nuestras comunidades cristianas verdaderos ámbitos de familia, de servicio, de alegría fraterna. Como dice Juan Pablo II: “Haremos de nuestras comunidades Escuelas de Comunión”.

La compasión por las muchedumbres

Nos interpela hoy con mucha fuerza esta expresión de Jesús: "Tengo compasión por las muchedumbres porque están como ovejas sin pastor".

Quisiéramos tener los mismos sentimientos del Señor, al encontrarnos a cada momento con verdaderas muchedumbres que atraídas por María, a su Santuario de San Nicolás, o a los lugares de misión, muestran la necesidad de la Palabra, de la Gracia Sacramental y de nuestro servicio. Esa compasión pondrá de manifiesto la misericordia de Jesús que se quiere hacer visible en nuestras vidas. Imitaremos al Corazón de María, que cuida a cada uno con especial amor de Madre.

Profunda esperanza

En un momento invadido por el consumismo, la indiferencia religiosa, el hedonismo, queremos con nuestra vida y trabajo pastoral, dar razón de nuestra esperanza denunciando los desafíos actuales y sus graves consecuencias, pero acentuando la existencia de Cristo, que habiendo triunfado sobre todo poder que lleva a la muerte, nos ofrece el camino hacia la vida eterna. El es la vida, y nos anima a combatir en el presente, con las armas de la fe, de la justicia, de la caridad. La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está muerte tu victoria?

En comunión con María la Madre de Jesús

María nos congrega en su Corazón Sagrado, Ella como al discípulo amado nos ofrece el don de su Maternidad y nos enseña a conocer a Jesús. También a los apóstoles nos congrega y preside en la oración; Ella sostiene el caminar de la Iglesia. María, bajo la Advocación de María del Rosario de San Nicolás, especialmente honrada en su Santuario, nos ofrece un camino de crecimiento personal, y una tarea misionera de la que ella se constituye en Estrella de Evangelización y Arca de la Alianza Nueva. Como Madre de la Iglesia, nos invita a seguirla en la actividad misionera que realiza para sus hijos. A Ella le consagramos nuestra vida para que nos enseñe a vivir nuestra existencia de consagrados a Dios.

Animados por esta Espiritualidad Mariana, confiamos que bajo la luz del Espíritu Santo, María nos enseñará a realizar como Hijos, lo que Ella hace como Madre, en una actitud de:

A. Misericordia: Al contemplar el amor gratuito de María descubriremos cómo encarnar la bondad de su Corazón maternal, que les expresa la Misericordia infinita del Corazón de Cristo.

B. Servicio a la unidad: Todo Santuario Mariano es el lugar físico que representa el Corazón maternal de María, allí la Madre nos animará, y de ese modo nos convertiremos en signo y fermento de la unidad del Pueblo de Dios.

C. Inmolación: Por la unidad del Rebaño de Cristo, inmolaremos nuestra vida, como María al pie de la Cruz.

D. Testigos de la Esperanza: en tiempos de oscuridad interior y angustias profundas, anunciaremos como María, la Gloria de Cristo Resucitado, fuente de absoluta esperanza.

 

 

Pro. CARLOS A. PÉREZ

Rector del Santuario

10/10/2010 22:34 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Santa María, Madre y Corredentora con Cristo.

Santa María, Madre y Corredentora con Cristo
 
Jesús creció, entre María y José, en un ambiente lleno de amor sacrificado y alegre, de protección firme y de trabajo.
 
Más tarde, durante su vida pública, salvo el milagro de la conversión del agua en vino, los Evangelistas no señalan que María estuviera presente en ningún otro milagro.
 
Tampoco mencionan si estuvo presente en los momentos en que las gentes desbordaban entusiasmo por su Hijo.
 
Pero allí está en el desprecio del Gólgota: junto a la cruz de Jesús estaba su Madre (Juan 19, 25), nos dice el Evangelio.
 
Dios la amó de un modo singular y único. Sin embargo, no la dispensó del trance del Calvario, haciéndola participar en el dolor de su Hijo como nadie; así fue profetizado por el anciano Simeón:  “¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!” (Lucas 2, 25-35).
 
… La Virgen no sólo acompañaba a Jesús, sino que estaba unida activa e íntimamente al sacrificio que se ofrecía en el altar de la Cruz.
 
Por eso, podemos decir que en cada Misa, en la que se ofrece al Padre el sacrificio inmaculado de Cristo (Malaquías 2, 11), se encuentra María, igual que aquel viernes junto a la Cruz.
 
Desde la Cruz, Jesús confía su Cuerpo Místico, la Iglesia, a Santa María, en la persona del “discípulo a quien amaba”. Sabía que constantemente necesitaríamos de una Madre que nos protegiera, que nos levantara y que intercediera por nosotros.
 
María aparece particularmente cercana a la Iglesia, porque la Iglesia es siempre como su Hijo: primero Niño, y después Crucificado y Resucitado, como expresa Karol Wojtyla, en su libro “Signo de contradicción”.
 
“Jesús, viendo a su Madre, y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Juan, 19, 26-27).
 
Cristo nos ha dado la filiación divina, haciéndonos hijos de Dios y nos ha hecho hijos de María. Meditemos en “he ahí a tu hijo”…  la Virgen ve en cada cristiano, en cada uno de nosotros, a su hijo Jesús.
 
Y nosotros podemos encontrarla cada vez que celebramos o participamos en la Santa Misa, en la que por voluntad del Padre y cooperando con el Espíritu Santo, el Hijo se ofrece en oblación redentora.
 
En ese insondable misterio, se advierte, como entre velos, el rostro purísimo de nuestra Madre Santa María: Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo.
 
La Virgen corredime junto a su Hijo en el Calvario, pero también lo hizo cuando pronunció su fiat al recibir la embajada del Ángel, y en Belén, y en el tiempo que permaneció en Egipto, y en su vida corriente en Nazaret.
 
Como Ella, también nosotros podemos ser corredentores todas las horas del día si las llenamos de oración, si trabajamos a conciencia y si vivimos una amable caridad con quienes nos rodean.
(Desconozco el autor).

08/10/2010 22:32 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Nos alegramos con María.

MES DE MAYO
 
NOS ALEGRAMOS CON MARIA
 
"EL HOGAR"
 
 
 
1. Saludo
 
Hay un viejo dicho que dice lo siguiente: "hay que querer lo que se hace, y no hacer lo que se quiere".
 
La Virgen tenía pensado un futuro. Un horizonte que, Dios a través del Ángel, se lo complicó de sobremanera.
 
Nazaret era su pueblo. Su pensamiento, y futuro esposo, José. Su sueño, como tantas personas de nuestro tiempo, formar un hogar.
 
La humildad de María, tal vez, fue la mejor rosa que floreció en aquel hogar. Dios, por aquello de que también le gusta lo bueno, se acercó a María. Atravesó el umbral de su hogar. Y puso, en medio de él, la semilla de la luz esperada desde siglos.
 
 
 
Dios, entra siempre así. En los corazones que no se resisten. En los hogares de las puertas abiertas. En las casas donde existe gente que le alaba, le bendice y le sirve con corazón sencillo.
 
 
 
Ciertamente, el hogar de José y de María, era una casa privilegiada. Cuando hay fe, una sola razón basta para creer. Cuando la fe es débil o sin trascendencia alguna, mil razones no bastan para fiarse.
 
El hogar de María era un semillero de fe y, por ello, una simple invitación del ángel, le bastó para abrirse sin reservas a Dios  y dejar que entrase en sus entrañas.
 
Contrasta, la apertura del hogar de María, con familias que nos decimos cristianas pero que, a duras penas, se nota -en palabras ni en gestos- que Dios es Alguien importante en nuestras vidas, en el amanecer cuando le damos gracias por el nuevo día, en la bendición de la mesa del mediodía o, incluso, cuando nos cuesta un esfuerzo el asistir como familia y en familia a la Eucaristía.
 
¿Cómo es la vida cristiana de nuestros hogares? ¿Rezamos o marginamos a Dios? ¿Confiamos en Dios o, solamente le recordamos en los momentos de prueba?
 
Ofrezcamos, ante la Virgen María, este ladrillo. Quiere simbolizar nuestro deseo de edificar familias en el Espíritu de Dios, con las líneas maestras del Evangelio y con la orientación de la Iglesia a la cual pertenecemos.
 
 
 
2. ORACIÓN
 
 
 
Quiero, Virgen María,
 
un hogar cálido como el tuyo
 
para que Dios no pase de largo.
 
Quiero, Virgen María,
 
un hogar sin puertas como el tuyo,
 
para que el Ángel entre sin dificultades.
 
Quiero, Virgen María,
 
un hogar sin techo,
 
para que, aún durmiendo,
 
pueda contemplar la inmensidad del cielo.
 
Quiero, Virgen María,
 
un hogar sencillo y con maderos
 
para que, ni la vida ni los problemas,
 
me alejen del espíritu de aquel esposo carpintero.
 
Quiero, Virgen María,
 
un hogar con veleta apuntando hacia Dios
 
un hogar con pozo de agua fresca
 
un hogar con alma sencilla
 
un hogar donde, cuando Jesús entre,
 
encuentre siempre la mesa puesta y el corazón dispuesto.
 
Quiero, Virgen María,
 
un hogar con paredes blancas y corazones fuertes
 
un hogar con fuego vivo y sábanas blancas
 
un hogar, donde el Evangelio,
 
sea escuchado, seguido y proclamado.
 
Así, Virgen María,
 
quiero que sea mi hogar.
 
Amén
 
 
 
Ave María y canto
(P. Javier Leoz).

08/10/2010 22:30 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

María, Madre.

Autor: P. Jorge Loring
 
María, Madre
 
Los tres Dogmas Marianos: de la Inmaculada Concepción, de la Maternidad divina y de la Virginidad de María.
 
Conferencia pronunciada en la Asamblea Nacional de los Montañeros de Santa María. Madrid)
 
Vamos a dedicar este rato a hablar de la Virgen. María nos dio a Jesús y Jesucristo es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. En primer lugar vamos a hablar de los tres Dogmas que relacionan a María con Dios. María es Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo. Por eso vamos a hablar de los tres Dogmas Marianos: de la Inmaculada Concepción, de la Maternidad divina y de la Virginidad de María. Al final hablaremos de los títulos de María en relación con los hombres.
 
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Hace dos mil años, dijo María: "Desde ahora me felicitarán todas las generaciones". Y así ha sido. Desde entonces, hasta el fin de los tiempos, todas las generaciones le han llamado y la llamarán Bienaventurada, Elegida de Dios. Elegida para este título fenomenal de María: MADRE DE DIOS. Es lo más grande para María. A esto van vinculados los demás títulos de María. Fijaos. Cristo es tan Hijo de María, como Hijo del Padre; porque cada uno le da su naturaleza. Cristo es Hombre-Dios. María le da la naturaleza de hombre, y Dios Padre le da la naturaleza divina. Por lo tanto, María puede llamar a Jesús "Hijo mío" con el mismo derecho que el Padre Eterno. En el bautismo de Jesús se oyó la voz del Padre que dijo: "Éste es mi Hijo". Pues María puede decir lo mismo y con el mismo derecho. Esto parece un atrevimiento, una irreverencia; pero sin embargo es así. Es una realidad honrosa para la Virgen.
 
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Los Testigos de Jehová andan por las casas enrollando a los incautos que los escuchan, y los engañan con sofismas, fraudes, falacias y mentiras. Van a destruir la fe. Por eso yo siempre digo: cuando llegue a casa un Testigo de Jehová, de entrada, decirle:
 
-Soy católico. No tengo nada que hablar con usted. Cuando quiera hablar de religión, me buscaré un sacerdote de mi confianza que me aclare las ideas, y le consultaré lo que yo quiera; pero con usted, no tengo nada que hablar.
 
Y que nadie piense que los va a convencer. Imposible. Su técnica es no escuchar. No aceptan razones. Son fanáticos. Vienen a quitar la fe. Y es más fácil destruir que construir. Eso ya se sabe. Un barco se hunde en un momento con un torpedo, y una casa se hunde en un segundo de un cañonazo.
 
Pero ni el barco se construye en un momento, ni la casa se construye en un segundo. Destruir es más fácil que construir. Y como ellos van por las casas a destruir la fe, a poner pegas, a echarte a pique, eso es muy fácil. Es más fácil poner una dificultad que resolverla. No todo el mundo está preparado para resolver las dificultades. Ellos llevan unos cuantos sofismas, unas cuantas falacias, y con eso te echan a pique como con un torpedo. Por ejemplo, una de las dificultades que suelen poner:
 
-Vosotros sois tontos. Os dejáis engañar por los curas. A quién se le ocurre decir que María es Madre de Dios. ¡Madre de Dios! Si Dios es eterno y María no. Dios existe desde siempre, y María no. ¿Cómo va a ser María Madre de Dios, si Dios es antes que María? ¿Es que el hijo puede ser más viejo que su madre? ¿Cómo va a ser María Madre de Dios, si Dios es eterno y María no es eterna? Los hijos no pueden ser más viejos que su madre. La madre no puede ser posterior al hijo..
 
Y ya te viene la duda. Sin embargo, es verdad que María es Madre de Dios. ¿Por qué? Porque Dios se encarna en las entrañas de María. Jesús es Dios hecho hombre. María es Madre de Jesús, y si Jesús es Dios, María es Madre de este Hombre que es Dios. Si lo que nace de María es Dios, María es Madre de Dios. Al ser María Madre de Jesús, y ser Jesús-Dios, a María la podemos llamar Madre de Dios, porque es Madre de un Hombre que al mismo tiempo es Dios.
 
Pongo un ejemplo: Si a un hombre lo hacen alcalde, su madre es madre del alcalde. La madre no le da la alcaldía; pero como es madre de este hombre, y a este hombre lo hacen alcalde, su madre, es madre del alcalde; aunque ella no le dé la alcaldía. Lo mismo. María es Madre de este Hombre que es Dios. Al ser Madre de Jesús-Dios, María es Madre de Dios. Aunque ella no le dé la Divinidad. Pero es Madre de Jesús, que es Hombre y Dios al mismo tiempo. Por lo tanto, María es Madre de Dios.
 
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Si Dios tomó carne en María, María es una mujer hecha para Madre de Dios. Dios la ha preparado para ser su Madre. Por eso María es la cumbre de la Humanidad. La joya de la Creación. Jamás ha habido una criatura que tenga una dignidad superior a la de María, porque María es la mujer proyectada y realizada por Dios para ser su Madre.
 
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Fijaos. Nosotros le tenemos un gran amor a nuestra madre. Nuestra madre es maravillosa, aunque reconocemos que nuestra madre tiene sus limitaciones, tiene sus defectos, como todas las personas. Si nosotros hubiéramos podido hacer a nuestra madre a nuestro gusto, ¿cómo hubiéramos dotado a nuestra madre? Para nuestra madre, lo mejor del mundo. Pues Dios ha proyectado y realizado a su Madre a su gusto. Y es Omnipotente. ¿Cómo será esa Madre que Dios ha hecho a su gusto para sí? No es posible pensar en una criatura mejor dotada que María.
 
Y, ¿cómo la hace? Inmaculada. Limpia de todo pecado. Ni siquiera el pecado original, que, por decirlo de alguna manera, es el menos pecado de los pecados; porque de todos los pecados somos responsables, menos del pecado original, que lo heredamos.
 
Cuando de algo no somos responsables, no es pecado. El que se emborracha porque quiere, peca. Pero el que se emborracha sin querer, no peca. Para que una persona peque, tiene que hacer una cosa voluntariamente, responsablemente. El único pecado del cual no somos responsables, es el pecado original; porque es el único que heredamos. Por eso podríamos decir que es el menos pecado de los pecados.
 
Pues María ni ése. Dios ha querido privarla hasta del pecado original. Esto es un privilegio único en la historia de la Humanidad. Dios se lo ha querido conceder a su Madre, porque no ha querido que su Madre, ni por un momento, estuviera manchada por Satanás. Dice la Biblia: “El que peca se hace hijo del diablo”. Y Dios no pudo permitir que aquella mujer que iba a ser su Madre, ni por un instante estuviera manchada por Satanás.
 
Esto, la sabiduría popular lo expresó con acierto, incluso antes de que fuera Dogma de Fe la Inmaculada Concepción. Cantaban nuestros mayores expresando el pensamiento teológico de Duns Scoto:
 
“Quiso y no pudo, no es Dios.
Pudo y no quiso, no es Hijo.
Digamos pues que pudo y quiso”.
 
Muy bonito.
“Quiso y no pudo, no es Dios”. ¿No pudo Dios hacer Inmaculada a la Virgen? Si no pudo, no es Dios. Dios lo puede todo. Es Omnipotente. Dios puede todo lo que no es absurdo, lo que no es contradictorio. Lo absurdo no lo puede Dios. Dios no puede hacer un círculo cuadrado. O es círculo o es cuadrado. Pero un círculo cuadrado es una contradicción. Es un absurdo. Dios no hace absurdos. Los absurdos no se pueden hacer. Pero todo lo que no es absurdo lo puede hacer Dios, que es Omnipotente. Como privar a la Virgen del pecado original no es un absurdo, es un privilegio. Dios puede hacerlo. Por lo tanto, pudo hacerlo. Si quiso hacerlo y no pudo, no es Dios.
 
“Pudo y no quiso, no es Hijo”. ¿Pudo hacer a su Madre Inmaculada y no quiso hacerlo? ¿No quiso dotar a su Madre de ese don, de verse privada del pecado original?¿Pudo privar a su Madre de esa mancha de Satanás y no quiso? ¿Pudo y no quiso? No es Hijo.
 
“Digamos pues que pudo y quiso”. Es el canto que cantaban nuestros mayores antes de que fuera Dogma de Fe la Inmaculada Concepción.
 
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Por eso a María la llama el ángel: “La llena de gracia”: “Kejaritomene”. Es la palabra griega que emplea el evangelista. Es el sentido teológico del saludo del ángel. Llena de gracia. No le cabe más. Y la gracia es el mayor de los dones que Dios nos puede conceder. La gracia vale más que la belleza, más que la salud, más que la inteligencia, más que la simpatía. El supremo de los valores es la gracia de Dios. Los hombres estimamos la inteligencia, la simpatía, la belleza; pero todo esto es relativo.
 
¿Cuántas mujeres por ser bellas son pecadoras? Para ellas la belleza es una desgracia. Si no hubieran sido tan bellas, seguramente no hubieran sido tan pecadoras.
 
¿Cuántos hombres por ser inteligentes son unos malvados? Ponen su inteligencia al servicio del mal. La inteligencia, para ellos ha sido una desgracia. Y cuántas veces la simpatía se usa para engañar a otros, para hacerles daño.
 
Todas estas cosas si se emplean para el bien, estupendo; pero a veces se emplean para el mal. Por eso no son bienes supremos. El bien supremo es la gracia de Dios. Por eso lo que Dios más estima es la gracia. Nosotros no lo estimamos porque no somos capaces de apreciarla. Porque no se nos ve en la cara. ¡Si el alma se viera en la cara, otra cosa sería! Pero como Dios sabe lo que vale la gracia, es para Él el supremo de los valores.
 
Y de gracia a María, todo lo que le cabía: llena de gracia. El don más grande que Dios puede dar es la gracia. Dios, puesto a dar, lo más grande que puede dar es la gracia, porque nos hace participantes de la naturaleza divina. Y de esto María, llena: “Kejaritomene”. Por eso Dios está orgulloso de su Madre que está tan bien dotada. Y nosotros también orgullosos de tener una Madre así. María es lo más grande que ha salido de las manos de Dios.
 
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Pasemos ahora a hablar de la virginidad de María. María Esposa del Espíritu Santo. Primero hay que distinguir algo que mucha gente confunde. No es lo mismo Concepción Virginal de María, que Inmaculada Concepción. Porque la virginidad de María se refiere a la concepción de Jesús. Que María concibió a su hijo, Jesús, sin obra de varón. Por eso es Virgen. En cambio, la Purísima Concepción se refiere a la concepción de María, que fue concebida sin pecado original. Por tanto, no es lo mismo la virginidad de María, que se refiere a cómo fue concebido Jesús, que Inmaculada Concepción, que se refiere a cómo fue concebida María en las entrañas de su madre Santa Ana. Pero a veces la gente confunde la concepción virginal de María con la Inmaculada Concepción, la Purísima Concepción.
 
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La concepción virginal de María está clarísima en el Evangelio Por eso es Dogma de Fe. Voy a leer el Evangelio de San Mateo, capítulo 1º, versículo 18. Dice San Mateo:
 
“El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: desposada María con José, antes de unirse, se halló que ella había concebido por obra del Espíritu Santo”.
 
El padre jesuita Braulio Manzano, que ha escrito la mejor vida documentada de Jesucristo que hay en castellano, afirma (II.17) que los desposorios entre los judíos equivalían a nuestra boda. Aunque faltaba alguna ceremonia complementaria, ésta no añadía ningún derecho nuevo al marido.
 
La virginidad de María está clarísima en el Evangelio que acabo de leer, pero está confirmada todavía más, por lo que dice el Evangelio de las dudas de José. María no se lo dijo a José por humildad. Lo que había recibido era tan grande, que no se atrevía a decirlo. Esperaba que fuera Dios quien se lo anunciara a José, como lo hizo con Santa Isabel, que cuando María la visitó, ya estaba Isabel informada de todo. Con más razón pensaría María, debía ser informado José. Pero Dios no le había dicho nada a José. Y menudo problemón para José cuando nota externamente las señales de la maternidad en su mujer. No podía dudar que su mujer estaba embarazada. Lo estaba viendo con sus ojos. Menudo problemón para un marido ver embarazada a su mujer y saber que aquello no era suyo, pues él no había hecho nada para dejarla embarazada.
 
Por otra parte, José, que no podía dudar de que su mujer estaba embarazada, tampoco se atrevía a pensar mal de ella; porque conocía las virtudes de María, y estaba seguro de que María no le había engañado. Él conocía a María, ¿pero cómo María iba a ser una adúltera? La adúltera estaba condenada a muerte. A la mujer adúltera, la ley hebrea la condenaba a morir apedreada. Y si José sospechaba que su mujer era una adúltera, tenía que denunciarla, para que muriera apedreada. Pero a José, que conocía a María, no le cabía en la cabeza que su mujer fuera una adúltera. Por eso las tremendas dudas de José. Decide dejarla y marcharse. Al fin Dios le saca de dudas y le dice:
 
-José, no te preocupes, hombre, que lo que ha engendrado tu esposa no es obra de varón, es obra del Espíritu Santo.
-Ah, bueno, si es obra del Espíritu Santo, pase.
 
Pues a esto voy: las tremendas dudas de José, cuando veía embarazada a su mujer, y sabía que aquello no era suyo, nos confirma la concepción virginal de María. La respuesta que María da al ángel supone en María un voto de virginidad. Porque cuando el ángel le dice que concebirá un hijo, que dará a luz un hijo, dice María:
 
-¿ Eso cómo va a ser?
Cuando María se extraña que el ángel le anuncie un hijo, es porque tiene voto de virginidad. Porque si ella no tuviera voto de virginidad, lo más lógico es que una mujer recién casada, piense en un hijo. Eso no tiene nada de particular.
 
Por ejemplo. Una chica sale de la boda. Al salir de la iglesia la están felicitando sus amigas, y una de ellas le dice:
 
-Mira, cuando tengas el primer hijo, vamos a celebrar una fiesta por
todo lo alto.
Y contesta la recién casada.
-¿Yo un hijo? ¿ De dónde? ¿ Dónde está el hombre que me dé a mí un hijo? ¿Cómo voy a tener yo un hijo?
-Pero niña, ¿no sales de la boda? ¿No acabas de casarte? ¿Te vas a extrañar de que te hablen de un posible futuro hijo.?
 
Cuando una mujer casada se extraña de que le hablen de un posible futuro hijo, es porque tiene voto de virginidad; porque si ella no tuviera voto de virginidad, no tenía por qué extrañarse. Por lo tanto, la respuesta de María al ángel no tendría sentido si ella no tuviera voto de virginidad.
 
Ahora bien. Una cosa interesante. Este voto de virginidad que tenía María lo conocía José. Hay que suponer que María había informado a José de que tenía voto de virginidad. Fijaos la sorpresa de José si después de casado, al acercarse a María, ella le dice:
 
-Lo siento mucho, pero es que tengo voto de virginidad.
-Oye niña, ¿y me lo dices ahora? ¡Eso se avisa antes! Para que yo me haga mis planes. ¿Pero una vez que te has casado, ahora me dices que tienes voto de castidad? ¡Tiene gracia! A buena hora me lo dices.
 
José hubiera ido a la boda engañado, si María no le previene. Por tanto, este voto de virginidad, por supuesto, lo conocía José. Esto es evidente. Pero José valoraba tanto a María que, a pesar de su voto, quiso casarse con ella.
 
Y este voto de virginidad que hace María, supone una vocación especial de Dios. Porque todas las hebreas querían tener muchos hijos. Y cuantos más hijos, mejor. Para tener más posibilidades de tener al esperado Mesías en su descendencia. Para ellas la esterilidad era un oprobio, porque sin descendencia no podrían tener al Mesías. Por tanto, era un deseo de todas las mujeres hebreas tener hijos. Por eso el voto de virginidad en una hebrea era una cosa insólita. Ese voto de virginidad era una llamada de Dios, una vocación de Dios. Y Dios premió la respuesta de María. Lo mismo que premió a Abraham.
 
Sabéis que Dios le pide a Abraham que le sacrifique su único hijo. Y el pobre Abraham, si Dios se lo pide, está dispuesto a obedecer. Dios es el primero. Dios tiene derecho a lo que pida. Entonces Abraham va a sacrificar a su hijo, porque Dios se lo pide. Pero a Dios le basta la buena voluntad de Abraham. Y cuando va a sacrificarlo, le dice: “No hace falta, ya me contento con tu buena voluntad”.
 
Y le perdonó el sacrificio que Abraham estaba dispuesto a hacer de su único hijo. Y le premió este sacrificio haciéndole padre de todos los creyentes. Pues lo mismo. Dios premia a María su voto de virginidad, y la hace, no antecesora del Mesías, como deseaban todas las mujeres hebreas, la hace Madre del Mesías, que es lo que ella nunca pudo sospechar. Dios premió la generosidad de María.
 
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Sobre la virginidad de María ha habido montones de herejías. Algunas herejías son muy descaradas. Por ejemplo, el que niega la posibilidad de que María haya concebido a Jesús virginalmente.
 
-Usted se ha caído de un pino. ¿Una mujer, un hijo sin obra de varón? ¿Usted se cree que soy tonto? ¿Cómo una mujer va a tener un hijo sin obra de varón?
 
Pues sí. Esto es así. ¿O es que vamos a creer que Dios no pudo hacerlo?
 
Pero vamos a ver. ¿Quién ha hecho las leyes de la reproducción? ¿No las ha hecho Dios? ¿Quién ha hecho que los seres humanos se reproduzcan de esta manera ? ¿No ha sido Dios? Dios ha hecho que los hombres se reproduzcan de esta manera, y los peces de otra, y las flores de otra. Si las leyes de la reproducción de los seres humanos son obra de Dios, ¿es que Dios no va a poder cambiar esas leyes? ¡Si las ha hecho Él! Por tanto, es ridículo pensar que Dios no pudo hacer que una mujer conciba sin obra de varón. Es evidente que pudo hacerlo. Y el que dude de la concepción virginal de María es porque duda del poder de Dios. Si creemos en un Dios Omnipotente, no podemos dudar de que realmente eso fue así. Además, es Dogma de Fe.
 
Hay otros más sutiles. Te dicen:
 
-Bueno, en la concepción sí. María concibió virginalmente; pero el parto no tiene por qué ser virginal; para el dogma basta la concepción virginal. El parto pudo ser normal; como cualquier parto de cualquier mujer normal.
 
Pero vamos a ver, ¿es que Dios que hace lo más difícil, no puede hacer lo más fácil? ¿Es que Dios que ha hecho que María conciba virginalmente no va a poder hacer que también el parto sea virginal.? Pero, ¿qué problema hay? No seamos ridículos. ¿Por qué aceptamos lo más y vamos a discutir lo menos? ¿Es que vamos a atar las manos a Dios? Y la fe de la Iglesia, desde el siglo V, en el símbolo de la fe, recogiendo la fe de épocas anteriores, siempre ha dicho que María fue virgen antes del parto, en el parto, y después del parto.
 
Éste es el contenido de la fe de la Iglesia. Por tanto, como dice el catecismo de una manera bella: “como el rayo del Sol atraviesa el cristal, sin romperlo ni mancharlo”. Por eso digo: en la fe de la Iglesia, desde los primeros siglos, siempre hemos dicho que María fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto.
 
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Sobre esto, los Testigos de Jehová andan por ahí engañando y diciendo por las casas, para quitar la fe en María:
 
-Cómo va a ser virgen, María? ¡Pero si María tuvo muchos hijos! ¡Si lo dice la Biblia!
 
Y para eso no necesitan su Biblia. Los Testigos de Jehová han escrito una Biblia falsaria donde han quitado lo que han querido y han metido lo que han querido. Es una Biblia falsaria. Tengo aquí un libro que se llama “Proceso a la Biblia de los Testigos de Jehová”.
 
Este libro de Eugenio Danyans, pone a dos columnas, lo que dice el texto original de la Biblia, y cómo traducen los Testigos de Jehová. Es para hacer ver lo mal que traducen los Testigos de Jehová, cómo manipulan, cómo hacen que la Biblia diga lo que ellos quieren, cómo quitan lo que quieren y meten lo que quieren. Esa es la Biblia de los Testigos de Jehová: una Biblia falsaria.
 
Pero para esto que estoy diciendo, ellos no necesitan su Biblia, les basta la nuestra. Porque en muchas de nuestras Biblias, lees en San Mateo, 13:55: “Santiago y José, hermanos de Jesús”. Y lo pone nuestra Biblia. La católica. Y dicen los Testigos de Jehová:
 
-¿No lo estáis viendo?, María tuvo muchos hijos. Eso de que María sólo tuvo un hijo, es un cuento de los curas. Lo que pasa es que vosotros no conocéis la Biblia. Como no estudiáis la Biblia, os dejáis engañar por los curas. Pero Santiago y José eran hermanos de Jesús. María tuvo muchos hijos.
 
Y es mentira. Los Testigos de Jehová saben que Santiago y José no son hijos de María, porque presumen de saber la Biblia de memoria. Eso dicen ellos. Pues si se saben la Biblia de memoria, saben que un poco más adelante, en San Mateo, 27:56 y en San Marcos, 15:40, dice el Evangelio: “Al pie de la cruz, junto a la Madre de Jesús, estaba la madre de Santiago y José”. Luego son distintas.
 
Una es la madre de Santiago y José, y otra es la madre de Jesús. Y lo saben de sobra, porque dicen que se saben el Evangelio de memoria. Luego entonces, ¿por qué te engañan y te quieren hacer creer que Santiago y José son hijos de María? Para quitarte la fe en la Virgen. Te lanzan el texto oscuro para engañarte, y se callan el texto claro que no les conviene decir. Porque van a engañar, porque van a quitar la fe.
 
Ahora, me podría decir alguien. Entonces si Santiago y José no son hijos de María, ¿ por qué los llama la Biblia hermanos de Jesús? Porque todo el mundo sabe que entre los hebreos la palabra “hermano” significa pariente en general. Lo mismo, tío, que sobrino, que primo, que cuñado, etc. No como nosotros que llamamos hermanos sólo a los hijos de los mismos padres. Hoy en algunos sitios pasa igual que entre los hebreos. Hace poco hablando yo en Cuenca a la juventud, había una chica de Guinea, y me dijo:
 
- Padre, allí nos llamamos hermanos todos los parientes.
 
Hay pueblos donde se llama «hermano» a los parientes. Igual que los hebreos. Y esto además, lo demuestro con la misma Biblia. Porque leo en Génesis 11:27, que Lot era hijo de un hermano de Abraham; luego Lot era sobrino de Abraham. Después cinco veces, en Génesis 13:14,16; etc. dice que Lot y Abraham eran hermanos. Primero dice que son tío y sobrino. Y después dice cinco veces que son hermanos. Lo que pasa es que para un hebreo la palabra “hermano” es pariente (tío, sobrino, primo, etc.) Pariente en general. Por eso la Biblia llama a Santiago y José hermanos de Jesús, aunque sean hijos de otra María, la de Alfeo, hermano de San José. Santiago y José eran primos de Jesús.
 
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El ejemplo de María es hoy muy interesante para la juventud actual, porque hoy la virginidad está en baja. Muchas chicas se avergüenzan de ser virgen. Y muchos chicos se ríen de la virginidad de las chicas. Naturalmente esto es mentira. Todo hombre normal quiere casarse con una mujer de estreno. A ningún hombre le hace gracia casarse con una mujer de segunda o de quinta mano. A nadie le gusta comerse las sobras que otro dejó en el plato.
 
Y toda chica soltera sabe que la virginidad es un tesoro irrecuperable si se pierde. Toda chica normal se ofende si le colocan las cuatro letras. Y el hecho de que haya chicas que no estimen su pureza, no por eso la pureza pierde valor. Las joyas no pierden valor porque haya personas que no saben apreciarlas. El ejemplo de María es una gran lección para la juventud de hoy.
 
Primero, conservando la pureza hasta el matrimonio, según la ley de Dios. Dios exige virginidad total hasta el matrimonio. Es voluntad de Dios. Y lo mismo para la mujer que para el hombre. No dejarse influenciar de los pornócratas que quieren corromper a la juventud para ellos hacer su negocio. O los políticos que buscan corromper al pueblo para facilitar la difusión de sus ideas. Decía Lenin: “Cuando queramos destruir una nación, lo primero que hemos de destruir es la moralidad”.
 
La corrupción de las costumbres es un punto de apoyo para algunas ideologías políticas. Así combaten hoy a la Iglesia. Las costumbres corrompidas son incompatibles con la fe. A una persona corrompida, la fe se le cae sola. No hay que quitársela. También podemos imitar a María consagrando la vida entera a Dios, para el bien de las almas. Virginidad perpetua. Los chicos con el sacerdocio y las chicas haciéndose religiosas. Sobre la grandeza de la vocación de la vida consagrada a Dios se podría decir mucho, pero en otro momento.
 
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Vamos a hablar un poco de los títulos de María, en relación con los hombres. María respecto a los hombres es Medianera, y Madre de la Iglesia. En primer lugar es Medianera. Medianera entre Dios y nosotros. Intercesora de las gracias. Empezó en Caná, cuando le dice Cristo: “Mujer, a nosotros, qué más nos da que no tengan vino. No ha llegado mi hora”. Eso es lo que suelen traducir los Evangelios: “Qué tenemos que ver tú y yo. No ha llegado mi hora”. Un autor explica así eso de “qué tenemos que ver tú y yo”.
 
Cuenta una anécdota que le pasó en Palestina. Estaba dando un paseo por el Mar de Galilea con un pescador. De repente le dice el teólogo:
 
-¿Por qué no vamos a Cafarnaún?
Y contesta el pescador:
-¿Qué tenemos que ver tú y yo?
 
Es la frase del Evangelio. Significa: “¿Qué hilo misterioso hay entre tú y yo? Porque eso mismo estaba yo pensando”. Cuando Jesús le dice a su Madre “¿Qué tenemos que ver tú y yo?”, lo que quiere decir es: “Precisamente eso es lo que yo estaba pensando ahora mismo. Me has adivinado el pensamiento”.
 
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Hay que resolver una dificultad, porque San Pablo dice en la Primera Carta a Timoteo, 2:5, “Cristo es el único Mediador”. Si Cristo es el único Mediador, porque lo dice San Pablo, ¿cómo María va a ser Medianera?
 
Sí. María es Medianera a pesar de la frase de San Pablo. ¿Por qué? Porque la frase de San Pablo excluye toda mediación paralela, pero no excluye una mediación dependiente y subordinada. María es mediación subordinada.
 
Cristo es el mediador principal para con el Padre Eterno. Es mediador por sus propios méritos, sin dependencia a ninguna otra persona. En cambio la mediación de María es secundaria, subordinada a la mediación de Cristo. Nadie está obligado a ir a Dios por medio de María. Todos podemos ir a Dios directamente. Pero qué duda cabe que nuestras peticiones en manos de María son más agradables a Dios que en nuestras manos sucias y pecadoras.
 
María nos lleva a Jesús. El lema de las Congregaciones Marianas: “A Jesús por María”. María nos lleva a Jesús. “María nos lleva a Cristo, como la aurora precede al sol”. La frase no es mía. Es muy bonita. Es del Padre Gracia. En brazos de María, nos acercamos a Dios. Como el niño pequeño que en brazos de su madre se acerca al corazón del padre.
 
San Bernardo llama a María, cuello. ¿Por qué la llama cuello? Porque une la cabeza con el cuerpo. Cristo es la cabeza del Cuerpo Místico. Nosotros somos el cuerpo del Cuerpo Místico. Y lo mismo que el cuello une la cabeza con el cuerpo, y todo pasa por el cuello, María une a Cristo con el Cuerpo Místico. Es el cuello. Todo pasa por María. Por eso María es la Medianera. La Gran Medianera. Vais a ver.
 
Os voy a contar tres milagros impresionantes, que ponen de manifiesto esta mediación de María. Uno por medio de la Virgen de Lourdes, otro por la Virgen de Fátima y otro por la Virgen del Pilar: María Medianera.
 
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Primero voy a contar el milagro causa de la conversión de Alexis Carrel.
 
Alexis Carrel era Premio Nobel de Medicina. Y era ateo. Y quiso reírse de Lourdes. Fue allí a demostrar que lo de Lourdes era una patraña, que aquello era mentira, que aquello era todo un fraude. Subió al tren de una peregrinación que iba a Lourdes.
 
He de decir primero, que en Lourdes existe una Oficina Médica, donde hay médicos, de todas las nacionalidades y de todas las ideologías, que estudian a los enfermos antes y después de salir. Hay un libro, que yo he leído, que se llama “Curaciones milagrosas modernas”, escrito por el Dr. Leuret, Director de la Oficina Médica de Lourdes. En ese libro hay radiografías antes y después de los milagros, con las firmas de médicos, que garantizan que estas curaciones instantáneas de ninguna manera se deben a la Medicina.
 
Personas que entran con estas radiografías y salen repentinamente curadas. Pues además de este libro del Dr. Leuret, os voy a contar un milagro que es muy llamativo, porque el protagonista fue Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina y ateo. Él iba a Lourdes a reírse. En el tren en el que iba, una enferma, creo que se llamaba Marie Ferrand Bayllie, se echa a morir. Piden un médico, y Alexis Carrel va a ver a aquella mujer, que tenía, al parecer, una peritonitis. Alexis Carrel dice que esa mujer se muere, que esta mujer no llega a Lourdes. No hay nada que hacer. Está desahuciada. Sabía lo que tenía aquella mujer, y sabía que aquello era gravísimo. Entonces de broma dice:
 
-Bueno, si esta mujer se cura en Lourdes, entonces yo creería en Lourdes.
 
Dios le cogió la palabra. Aquella mujer llegó a Lourdes. Y ante los ojos atónitos de Alexis Carrel aquella mujer instantáneamente se cura de su enfermedad. El cumple su palabra y se convierte. Tiene un libro muy bonito que se llama “Mi viaje a Lourdes”, donde cuenta su conversión. En este libro hay una oración muy bonita a la Virgen, en la que le da las gracias de haberle permitido presenciar aquel milagro maravilloso que le llevó a la fe.
 
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Además de este milagro, os voy a contar otros dos milagros. Los cuento como hechos históricos. Prescindo de lo que la Iglesia pueda declarar en su día.
 
Estando yo en Zaragoza, tuve conferencias en la parroquia de Santa Engracia. Ya que estaba en Zaragoza, quise averiguar algo de lo que yo iba diciendo por España. Hace mucho tiempo que yo hablo de esto. Cuando yo hablaba por España decía: En Zaragoza, en el despacho del Alcalde, está el acta notarial de lo que os voy a contar.
 
Bien. Pues hace un mes, cuando estuve en la Parroquia de Santa Engracia, de Zaragoza, aproveché para ir directamente a verlo con mis propios ojos. Un día fui a la Catedral, a la Seo de Zaragoza. Llamé al archivero y me sacó el proceso del Obispo Apaolaza. He tenido en mis manos el original del proceso del milagro que os voy a contar. Otro día me fui al Ayuntamiento. En una vitrina del despacho del Alcalde, he visto el original del acta notarial del milagro que os voy a contar. El Secretario del Ayuntamiento, muy amable, me regaló una edición facsímil del acta. La tengo en mi poder. Vais a ver. Es muy interesante.
 
Por cierto, que en la Basílica del Pilar, en uno de los laterales, el que da a la plaza, hay un cuadro que representa este milagro. Un muchacho de 23 años, llamado Miguel Juan Pellicer, labriego de profesión, un día volviendo del campo, se cae del carro y la rueda le pasa por encima de una pierna. Se la tienen que cortar y la entierran. A él le ponen una pata de palo. Entonces no había la ortopedia que hoy tenemos. Y con su pata de palo se pone a pedir limosna en la puerta del Pilar de Zaragoza, porque con aquella pata de palo no puede trabajar en el campo.
 
Está dos años y medio pidiendo limosna. Y todo el mundo en Zaragoza lo conoce como el “Cojo de Calanda”. Calanda era su pueblo. Aquel muchacho no se resigna a ser mendigo toda su vida, y le pedía todos los días a la Virgen que él quería trabajar. Un día estando en su casa pasó un soldado que iba a no sé donde. Como no tenían cuarto de huéspedes, porque eran pobres, acuestan al soldado en la cama de Miguel Juan Pellicer, y a él le echan un jergón a los pies de la cama de matrimonio de sus padres. Como estaba cansado se va antes a dormir, y, al cabo de un rato, cuando llegó su madre, da un grito porque ve que debajo de la manta que tapaba el cuerpo de su hijo, aparecen dos piernas.
 
Llama a su marido. Despiertan al muchacho, y él dice:
 
-¿Por qué me despertáis? Estaba soñando con la Virgen del Pilar.
-Muchacho, que tienes las dos piernas.
-¿Que tengo las dos piernas?
 
Se pone en pie y tiene las dos piernas. Y todo Zaragoza que lo había visto dos años y medio con la pierna cortada y la pata de palo, ahora lo ve con las dos piernas. Van a donde estaba enterrada la pierna, y allí no había nada. Y la pierna que le ha crecido tiene la cicatriz de la mordedura de un perro, de cuando él era niño. En el acta notarial firman veinticinco testigos: médicos, enfermeros, vecinos, etc. Habían visto a Miguel Juan Pellicer dos años y medio con la pierna cortada y la pata de palo, y ahora lo ven con las dos piernas enteras. Decidme si esto no es maravilloso.
 
Yo opino que pocos milagros hay en la Iglesia, tan espectaculares, y tan bien comprobados; porque el acta notarial es lo más serio que tenemos para certificar un hecho. Cuando de un hecho hay un acta notarial, eso es seguro. De eso no se puede dudar. Pues de este milagro tenemos acta notarial. Por eso cuando yo voy por ahí, le digo a los que no creen en Dios.
 
-¿Y tú no crees en Dios? Pues explícame cómo a un hombre le crece la pierna en una noche.
 
Los que creemos en Dios, sabemos que Dios hace milagros. Dios puede hacer milagros. Y Dios puede hacer que a este hombre le crezca la pierna en una noche. Lo mismo que resucitó muertos. Dios puede hacer milagros. Y de éste tenemos acta notarial con veinticinco testigos.
 
***
 
Pues dicho esto, os voy a contar otro milagro, que he seguido muy de cerca. He conocido a la protagonista. Cuando estaba en Zaragoza, estuve hablando con un señor del milagro del Cojo de Calanda. Le había hecho impacto lo del acta notarial. De repente se me ocurrió: cuando llegue a Cádiz me voy a buscar un notario para levantar acta notarial de este milagro que os voy a contar, porque todavía viven los testigos, y no quiero que se mueran sin que haya acta notarial. Quiero que conste para la posteridad. Este milagro tan formidable que he conocido, no tengo derecho a llevármelo a la tumba. Es tan fenomenal como el del Cojo de Calanda.
 
Fijaos de lo que se trata. Yo resido en Cádiz. He estado veinte años de capellán de las grandes factorías navales de la Bahía Gaditana. Pues un día estaba en la grada de la Factoría de Astilleros Españoles de Puerto Real, el buque “Talavera”, que era entonces el petrolero más grande construido en España, gemelo del “San Marcial”. Hubo un accidente a bordo. Se cayó una pieza de una grúa y cogió a dos hombres.
 
Uno murió y el otro quedó herido, dando la casualidad de que eran hermanos. Pues voy a la Clínica San Rafael para ver al herido, y estaba allí su mujer y su suegra. Estaba yo consolándolas y animándolas, y la suegra me dice:
 
-Mire usted Padre, yo tengo mucha fe, porque a mí la Virgen me curó la vista.
 
Y, lo digo sinceramente, más por educación y por caridad cristiana, que por esperar que me fuera a contar nada especial, me dispuse a escuchar. Escuchar es una virtud. Y a veces una obligación. Esta señora me dice:
 
-A mí la Virgen me curó la vista.
 
Nosotros vivíamos en el campo. Allí no teníamos luz eléctrica y nos alumbrábamos con candiles de carburo. Me reventó en las manos un candil de carburo y me quemó los ojos. (En frase de la familia, tenía los ojos como los de una pescadilla frita).
 
Entonces me traían a curar a Cádiz. Me curaba el Dr. D. José Pérez Llorca. (Padre del que fue ministro de la U.C.D. y de un médico que todavía vive en Cádiz, que se llama D.Jaime Pérez Llorca, que es oftalmólogo). Estuve seis meses con los ojos quemados. Un día estaba mi hija hablando con el médico y le dice:
 
-Doctor, dígame si lo de mi madre tiene solución, porque si no la tiene. no volvemos más: porque estamos gastando en taxis un dinero que no tenemos.
Y le contesta el médico:
-Siento decirle que lo de su madre no tiene solución, porque su ceguera es irreversible.
Y lo que es el amor de una madre. Aquella mujer me dijo:
-Yo sólo pensaba que nunca más podría volver a ver a mis hijos.
Y me dice:
-¡Me entró una pena, me entró un dolor! Empecé a llorar, y yo no tenía consuelo.
La llevan en el taxi y la meten en la cama.
Y me dice la mujer:
-Estando en la cama, me acuerdo de una Virgen de Fátima que yo tenía, y le dije con toda mi alma:
-“Madre mía Santísima, tú que eres tan milagrosa, que yo pueda verte otra vez”.
Y me dice:
-Padre, decir aquello y sentir un fuego que se me subía por dentro y que me salía por los ojos. Y dije:
-Si yo veo. Yo veo luz. Pero si yo veo claridad.
 
Viene su hija, le quita los vendajes y tiene los ojos como nosotros. Cogen un taxi y se van a ver al Dr. Pérez Llorca. Cuando él ve a la mujer que había despachado a las doce del mediodía con los ojos quemados, y que vuelve a las tres de la tarde con los ojos curados, se quedó pálido y repetía:
 
-Esto no tiene explicación. Esto no tiene explicación.
 
Pues al volver a Cádiz, hago el acta notarial, reúno treinta y dos testigos: hijas, hijos, yernos, nueras, y vecinos. Ahora vivían en distintos pueblos: Paterna, Puerto Real, Puerto de Santa María, Jerez, etc. Redactamos la narración del hecho y firmaron treinta y dos testigos. Y con ellos el Dr. D. José Pérez Llorca, que Dios me lo puso en las manos, pues vive habitualmente en Madrid, pero aquellos días estaba en Cádiz visitando a su hijo.
 
Cuando le pedí al Dr. Pérez Llorca que viniera a firmar el acta notarial, me contestó:
-Con mucho gusto. Me acuerdo perfectamente del caso.
 
Y firmó ante notario la siguiente declaración: “Me quedé sorprendido de la repentina e inexplicable curación de aquella ceguera que yo había diagnosticado irreversible”.
 
Y debajo de la firma le dije al notario que pusiera todos los títulos del Dr. Pérez Llorca: Miembro de la Real Academia de Medicina, Presidente de la Sociedad Oftalmológica Española, treinta años Catedrático de Oftalmología, General Inspector del Cuerpo de Sanidad de la Armada, etc. etc. Es decir, un médico de enorme categoría.
 
***
 
Por eso digo María Medianera, porque lo que pedimos por medio de María llega antes a Dios. Aquí fallan las matemáticas. Habéis estudiado en geometría que la línea más corta entre dos puntos es la recta. Cuando María está por medio, falla la geometría. El medio más rápido de llegar a Dios es María. Como os dije antes el niño pequeño en brazos de su madre. Se acerca más al corazón de su padre. Pues así nosotros. En manos de María llegamos antes a Dios. María es como la aurora que anuncia la llegada del Sol que es Cristo.
 
***
 
Para terminar: María es Madre de la Iglesia. Es un título que le dio el Papa Pablo VI a María el 21 de noviembre de 1964, al finalizar la tercera sesión del Concilio Vaticano II. La llama “María, Madre de la Iglesia”. Al hacer el Papa Pablo VI esta proclamación, se oyó en la Asamblea Conciliar la ovación más larga de todo el Concilio.
 
El llamar a María “Madre” no es metáfora. Por ejemplo, cuando llamamos a María “Rosa Mística” o “Torre de Marfil”, eso son metáforas. Pero cuando, llamamos a María Madre, indicamos una realidad. María es nuestra Madre por muchas razones. Si María es Madre de Cristo y Cristo es cabeza del Cuerpo Místico, y nosotros somos el Cuerpo Místico de Cristo, la que es madre de la cabeza es madre del cuerpo. María es Madre de la cabeza del Cuerpo Místico. María es Madre de todo el Cuerpo Místico. Por tanto, María es nuestra Madre, porque es Madre de Cristo. María es Madre física de Cristo y Madre espiritual nuestra.
 
Finalmente tengo que decir que María es nuestra Madre porque Cristo nos la dejó como Madre, en la cruz. Cristo le dice a San Juan: “Aquí tienes a tu Madre”. En San Juan estamos simbolizados todos nosotros. Según el testimonio de la tradición cristiana, confirmado por innumerables documentos del Magisterio de la Iglesia, San Juan representaba en aquellos momentos a toda la Humanidad redimida por Cristo.
 
Cristo pudo haber dejado su Madre a sus parientes. Cuando Cristo quiere dejar María a San Juan, es para darle un significado especial. Haciéndola Madre de San Juan, es la Madre Mística, por decirlo así. Cristo nos deja a María como Madre, para que acudamos a Ella. Entonces todo esto quiere decir que nosotros hemos de tener una enorme devoción a María, porque María es nuestra madre.
 
Cuanto más amemos a María, más contento Jesús, que, como todo hijo bien nacido, disfruta viendo a su Madre agasajada y honrada. Es curioso que, en la Historia, todas las piedades que han dejado a María bajo el pretexto de ir más directamente a Cristo, han terminado dejando a Cristo. Esto lo dice la Historia. Quien tiene a María, tiene a Cristo. Quien deja a María, termina por dejar a Cristo. Por eso tenemos que pedirle a la Virgen, que engendró en su seno a Cristo, que lo engendre también en nuestro corazón.
 
Que Ella nos lleve a Jesús. María no es estorbo para ir a Cristo. Ayuda a ir a Cristo. A Cristo por María. A Jesús por María. Dios quiere que acudamos a María. La escogió a Ella como Intercesora, como Medianera. Dicho esto voy a terminar con una anécdota que he leído en un libro del Padre Emilio Gracia. Se llama “María y los jóvenes”. En este libro cuenta una anécdota que es muy bonita. Y con esto termino.
 
Dice el P. Gracia que una mujercita muy pobre iba todos los días a encender una velita a la Virgen. Y el párroco le dice un día:
 
-Pero mujer, ¿cómo gastas en velas el dinero que necesitas para comer?
Y ella le contestó con los ojos muy abiertos:
-Padre, ¿ puede usted vivir sin corazón ? Pues la velita a la Virgen es mi corazón. Si no la pongo, me muero.
 
***
 
Pues pidámosle a María que engendró a Cristo en sus entrañas, que también engendre a Cristo en nuestro corazón para que nunca en la vida nos apartemos de Él. Y sobre todo en la hora de nuestra muerte, como rezamos en el “Ave María”.
 
 
N.B.: Esta conferencia está disponible en DISCO COMPACTO (CD) y en vídeo.
Todos los sistemas.
Pedidos a la EDITORIAL SPIRITUIS MEDIA-Apartado 2564-11080.Cádiz. (España)
Correo electrónico (e-mail):spiritusmedia@telefonica.net

08/10/2010 22:29 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

María, eres mi madre y mi maestra.

María, eres mi madre y mi maestra
Es María Santísima quien me abre la puerta del Corazón de Jesús, quien me enseña a amarlo.
Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
 
¡Oh, María, no sólo eres mi madre, sino también mi maestra, y quiero ser una obra maestra en tus manos! Alfarera divina, estoy ante ti como un cantarillo roto, pero con mi mismo barro puedes hacer otro a tu gusto. ¡Hazlo! Toma mi barro, el barro de mis dificultades, de mis problemas, de mis defectos, de mis pecados. Toma ese barro, ese barro que se ha deshecho tantas veces por obra de Satanás, del mundo, de las tentaciones, de la carne, y construye otro cantarillo nuevo, mejor que el del principio. Quiero ser santo en tu escuela, María; quiero ser un gran sacerdote en tu escuela, quiero ser un gran apóstol en tu escuela, María de Nazaret.

Quiero, en la escuela de María de Nazaret, aprender el arte de vivir. Maestra, sobre todo, del amor a Jesús. Si en algo ella ha sido maestra, ha sido en el amor. Por eso, si es el amor el que nos va a salvar, el único que nos va a salvar, nos importa ir a esa escuela donde hay una maestra sublime, excelsa, en el arte, precisamente, de amar. Ninguna criatura ha amado tanto, y tan bien como María, a Dios. Ninguna criatura ha amado y ama a los hombres como Ella, porque es su Madre. Por tanto, Ella es la persona que mejor nos puede enseñar a nosotros a amar.

Se es fiel, sólo por amor. Se es auténticamente feliz, sólo en el amor. Se es idéntico, sólo amando. Si esto es verdad, la gran fuerza, la única fuerza, capaz de arrancarnos de nuestro egoísmo y lanzarnos hacia Dios y hacia nuestros hermanos, es el amor. Pues bien, María de Nazaret tiene una escuela de amor. Es una maestra insigne, y a nosotros, sus hijos predilectos, nadie mejor que Ella nos puede enseñar el amor.

María, se ha dicho, es el camino más corto y más hermoso para llegar a Jesús. El camino más fácil para conocer al Hijo es el corazón de su Madre. Yo tendré un santo orgullo en decir que fue María Santísima quien me abrió la puerta del Corazón de Jesús. Quien me enseñó a amarlo.

Decía San Pablo, también, "¿Quién me arrancará del amor a Cristo?" Yo quiero decir lo mismo, pero añadir también estas palabras: “¿Quién me arrancará del amor a mi Madre?.” Un santo decía:” "Creo en mi nada unida a Cristo". Yo también quiero decirlo: “Creo en mi nada unida a Cristo.” Pero también quiero decir: "creo en mi nada unida a María Santísima".

08/10/2010 22:28 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria, causa de nuestra alegria.

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María, causa de nuestra alegría
María llenará de alegría, de canciones y de flores el mundo; porque, donde existe el amor, no muere nunca la felicidad.
Autor: Pedro García, misionero claretiano | Fuente: Catholic.net

Se ha observado muchas veces dentro de nuestro entorno religioso que las almas amantes de la Virgen María gozan y esparcen una alegría especial. Es un hecho comprobado y que nadie puede negar. La Virgen arrastra a multitudes hacia sus santuarios. Ante su imagen se congregan las gentes con flores, con velas, y rezan y cantan con fervor y entusiasmo inigualable. Y sobre ese ambiente flota un aire de paz y de alegría que no se da en otras partes. ¿Por qué será?... Una respuesta nos sale espontánea de los labios, y no nos equivocamos: ¡Pues, porque están con la Madre!...

Si esta es la razón más poderosa. Entonces, si queremos vivir alegres, y ser además apóstoles de la alegría para desterrar de las almas la tristeza, ¿por qué no contamos más con María?...

Partamos de la realidad familiar. Se trata de un hogar bien constituido. La madre ha sido siempre el corazón de ese hogar y los hijos se han visto siempre también amparados por el calor del corazón más bello que existe. ¿Puede haber allí tristeza?...
Aún podemos avanzar un poco más en nuestra pregunta, y plantear la cuestión de otra manera diferente.

Se trata de un hijo que viene con un fracaso espantoso, del orden que sea. No sabe dónde refugiarse. Pero llega a la casa y se encuentra con la madre que le está esperando. ¿Cabrá allí la desesperación? ¿Dejarán de secarse las lágrimas de los ojos? ¿Volverán los labios a sonreír?...

Todas estas cuestiones están de más. Sabemos de sobra que el amor de una madre no falla nunca. Y al no fallar su amor, al lado de ella la tristeza se hace un imposible.
Esto que nos pasa a todos en el seno del hogar cuando contamos con la bendición de una madre, es también la realidad que se vive en la Iglesia. Dios ha querido que en su Iglesia no falte la madre, para que en esa casa y en ese hogar del cristiano, como es la Iglesia, no sea posible la tristeza, pues se contará en ella con el ser querido que es siempre causa de alegría.

Por eso Cristo, moribundo en la Cruz, declaró la maternidad espiritual de María, nos la dio por Madre, y nosotros la aclamamos gozosos: ¡Madre de la Iglesia!.
Por eso el pueblo cristiano, con ese instinto tan certero que tiene --como que está guiado por el Espíritu Santo-- llama a María Causa de nuestra alegría.

Unos jóvenes ingeniosos, humoristas y cristianos fervientes, hicieron suyo un eslogan publicitario, que aplicaron a María y lo cantaban con ardor:
- Y sonría, sonría, con la protección de la Virgen cada día.
Habían cambiado el nombre de una pasta dentífrica por el nombre más hermoso, el de la Virgen. ¡Bien por la imaginación de nuestros simpáticos muchachos!...

Esos jóvenes cantaban de este modo su ideal y pregonaban por doquier, de todos modos y a cuantos quisieran oírles, su amor a la más bella de las mujeres.

Amar a la Virgen es tener el alma llena de juventud, de ilusiones, de alegría. Un amar que lleva a esparcir siempre en derredor ese optimismo que necesita el mundo.

Amar y hacer amar a la Virgen alegra forzosamente la vida. La mujer es el símbolo más significativo del amor, el ser más querido del amor, el difusor más potente del amor.

Y mujer como María no hay, la mujer más bella salida de la mano de Dios.
María, al dar amor, llenará de alegría, de canciones y de flores el mundo; porque, donde existe el amor, no mueren ni menguan nunca la felicidad, la belleza, el cantar...

Alegría y cantar de los que el mundo moderno está tan necesitado.
Alegría la más sana. Cantar el más puro a la más pura de las mujeres.
Con María, las caras aparecen radiantes, con la sonrisa siempre a flor de labios, como un rayo primaveral.
Ser apóstol de María es ser apóstol de la felicidad.

Llevemos María al que sufre soledad, y le haremos sonreír.
Llevemos María al tímido, y lo convertiremos en decidido y emprendedor.
Llevemos María al triste, y el que padece comenzará a disfrutar.
Llevemos María al anciano, y lo veremos volver a los años felices de la juventud.
Llevemos María al pecador, y veremos cómo el culpable vuelve muy pronto a su Dios.
Llevemos María a nuestro propio hogar, y veremos lo que será nuestra familia con dos madres juntas, que no son rivales celosas, sino dos amigas inseparables.
Llevemos María a nuestros amigos, ¡y sabremos lo que es amarnos con una mujer como Ella en medio del grupo!...

Hemos dicho antes que la piedad cristiana, siempre conducida por el Espíritu Santo, llama a la Virgen: Causa de nuestra alegría.
No puede ser de otra manera. Porque María nos trae y nos da siempre a Jesús, el que es el gozo del Padre, el pasmo de los Angeles, la dicha colmada de los Santos.

Como los jóvenes aquellos, junto con la plegaria, tenemos siempre en los labios el nombre de María, y sabemos decirnos:
- Sonría, sonría, con la protección de la Virgen cada día....

08/10/2010 22:25 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria y un seminarista en Nazaret.

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María y un seminarista en Nazaret
Pide por todos los seminaristas, para que, en medio del ruido del mundo, puedan escuchar la voz de María que los acompaña.
Autor: Ma. Susana Ratero | Fuente: Catholic.net


Durante la misa, nuestro Obispo es asistido en ella por un sacerdote, dos monaguillos y un seminarista de quien, y por casualidad, apenas sé su nombre.

Me pregunto, Madre querida, cuál habrá sido el camino que debió recorrer ese joven para llegar hasta...

- Hasta un especial sitio en mi Inmaculado Corazón.- Me respondes mientras le miras desde tu imagen del altar.

- Madre, por caridad, cuéntame lo que él y tantos como él, significan para ti.

Tu imagen de La Dolorosa, al pie de la Cruz, y junto a San Juan, parece murmurar una respuesta. Así es Madre, tu siempre eres para tus hijos, respuesta serena al alma.

- Verás, hija, desde aquellos tiempos en que veía a los Apóstoles ir recorriendo lentamente los caminos que Jesús les mostraba. Desde que aprendí a conocer sus dudas, sus preguntas, sus renuncias. Desde aquellos días mi corazón ha ansiado ser compañera de camino en quienes entregan su vida al servicio de Dios. Ese camino que empezó, para mí, el día de la Anunciación, en medio de un indescriptible gozo, pero que continuó, más tarde, en medio del silencio y la rutina de Nazaret.

- Comprendo, Madre, o casi... pero, a ellos, a nuestros seminaristas, ¿Cómo les acompañas?

- Cuando un alma escucha el llamado de Dios y responde, le invito a compartir mi alegría en el día de la Anunciación. Luego, le acompaño fielmente en las dificultades que debe afrontar, pues les espera un viaje a Belén, no programado, y muchas puertas que han de cerrarse. Tendrá una Nochebuena con canto de ángeles y también un Simeón anunciando espadas. Deberá buscar, en medio de tantas noches oscuras, un sitio seguro para resguardarse de las tentaciones. Oh! Hija, no puedes imaginar cuán hermoso, sereno y perfumado, es el sitio que tengo reservado para ese amado hijo.

-Es ¿Tu Corazón? O sí, seguro ha de ser tu Corazón, Madre querida. Allí tienes, para el alma, una exquisita ternura, un refugio seguro en las tormentas del alma, y, sobre todo, el camino más corto, seguro y fácil para llegar a Jesucristo.

-Así es hija. Desde mi corazón, le llevaré a los días en que Jesús se perdió y yo le buscaba. Le contaré que muchas veces deberá hacer esta búsqueda a lo largo de su vida. Después, le traeré conmigo a los días de Nazaret, al silencio, a lo cotidiano, a las pequeñas cosas.

- Entonces, Madre, un seminario ¿Es como un pequeño Nazaret?

- Pues... sí.

- Y, si es Nazaret, entonces ¡estas tú!. Siempre, cada día, cada mañana.

- Cada mañana- y tus ojos parecen recorrer todos los seminarios del mundo-, cada mañana le pregunto, si quiere permanecer junto a mí en Nazaret. Y su "sí" me alegra el alma. Y nos vamos juntos a buscar agua al pozo. Él alivia mis cansados brazos y yo le sirvo agua fresca cuando estudia en la biblioteca. También me ayuda a cargar la leña y encender el fuego y yo le regalo gracias a su alma, para que su oración no sea una simple repetición de palabras sino un torrente de amor que, desde su corazón, llegue al Corazón de Jesús.

Miro hacia el altar y allí, en un rincón, en un Nazaret de silencio, el joven seminarista se arrodilla durante la Consagración.

- Hija mía- susurras a mi corazón- ahora soy yo la que quiere pedirte algo.

- Dime, Madre, dime, pues mi corazón halla gozo en servirte.

- Ora, hija, ora por ese joven y por todos los seminaristas. Ora para que, en medio del ruido del mundo, puedan escuchar el canto del viento de Nazaret, el perfume de aquel hogar, que ahora habitan. Ora para que, cada mañana, su corazón elija, nuevamente, acompañarme al Corazón de Jesús, de donde brotan ríos de agua viva.. Ora para que sientan mi mano en la suya, mi abrazo en la noche oscura del alma, mi compañía en cada día, en cada alegría, en cada soledad, en cada pena. ¿Puedo, hija, contar con tus oraciones?.

-Sí, Madre, sí, y perdóname por no habértelas ofrecido antes. Perdóname por haber esperado, cómodamente, que siempre haya un sacerdote en la parroquia, sin haber pensado que, para hallarlo, primero debió existir un seminarista que, cada mañana, eligió ser tu compañero en Nazaret. Que sintió tu mano, cuando yo sólo le regalaba olvido, que sintió tu abrazo, cuando yo ni siquiera me preocupé por saber su nombre.

La misa ha terminado. Todos se han retirado. El joven seminarista atiende los pequeños detalles para la siguiente misa. Ahora sé que está contigo en Nazaret, ordenando la casa, esperando a Jesús.

Te regalo, Madre, mi oración por él. Regálale tu, todo el perfume de Nazaret.


NOTA DE LA AUTORA "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna."

08/10/2010 22:23 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Te basta mi gracia. (Maria y la santidad).

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Te basta mi gracia
 
María sigue siendo tan buena madre como siempre: por Ella has logrado grandes cosas, sin merecerlo, sin saberlo y sin haberlo agradecido
 
Autor: P Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
 
 
Nos hablaron de María en el sermón de la Iglesia: Bajaste los ojos tristes. ¡Qué Madre tan grande, tan maravillosa; Madre Purísima, Santísima, tan desperdiciada!
 
No has sabido ser buen hijo; ¡qué lejos de serlo! Has vivido a tu cuenta y riesgo la dureza de la orfandad; pero Ella sigue siendo tan buena madre como siempre: por Ella has logrado grandes cosas, sin merecerlo, sin saberlo, incluso, y sin haberlo agradecido.
 
Si antes no supiste o no quisiste hacerte digno de María Santísima, ahora, ¿cuál va a ser tu comportamiento con Ella? De ahora en adelante..., siempre dices así cuando terminas unos ejercicios, y ahora también lo dices; pero ser santo requiere agallas más duras que las de quien dice: ´Ahora sí´. Renovarse, nunca jamás, a pesar de las caídas, las crisis, las sequedades, tan duras, eso es querer la santidad.
 
Estás asustado de cómo te doblan, como a junco ribereño, los vientos débiles del norte; necesitas templarte y endurecerte a todos los vientos y tempestades; tienes que pasar la prueba del persistir como si tal cosa: la prueba del hastío, del no siento, del no tengo ganas, la dura prueba de la tentación insistente, que se enrosca en la sicología como pitón. Tres veces rogaste al Señor que se apartara de ti; más de tres y cuatro veces has rogado que el estigma de Satanás te sea retirado, pero el estigma sigue metido en la carne.
 
A Pablo le dijeron: “Te basta mi gracia, porque en la debilidad se perfecciona la virtud”. Y a ti te dicen lo mismo.
 
Enviar comentarios a:
mdblas@arcol.org

08/10/2010 22:22 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Maria y la Resurrección de Cristo.

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María y la Resurrección de Cristo
María es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso de la Resurrección.
Autor: SS Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net


Después de que Jesús es colocado en el sepulcro, María "es la única que mantiene viva la llama de la fe, preparándose para acoger el anuncio gozoso y sorprendente de la Resurrección"

La espera que vive la Madre del Señor el Sábado santo constituye uno de los momentos más altos de su fe: en la oscuridad que envuelve el universo, ella confía plenamente en el Dios de la vida y, recordando las palabras de su Hijo, espera la realización plena de las promesas divinas.

Los evangelios refieren varias apariciones del Resucitado, pero no hablan del encuentro de Jesús con su madre. Este silencio no debe llevarnos a concluir que, después de su resurrección, Cristo no se apareció a María; al contrario, nos invita a tratar de descubrir los motivos por los cuales los evangelistas no lo refieren.

Suponiendo que se trata de una "omisión", se podría atribuir al hecho de que todo lo que es necesario para nuestro conocimiento salvífico se encomendó a la palabra de "testigos escogidos por Dios" (Hch 10, 41), es decir, a los Apóstoles, los cuales "con gran poder" (Hch 4, 33) dieron testimonio de la resurrección del Señor Jesús. Antes que a ellos el Resucitado se apareció a algunas mujeres fieles, por su función eclesial: "Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán" (Mt 28, 10).

Si los autores del Nuevo Testamento no hablan del encuentro de Jesús resucitado con su madre, tal vez se debe atribuir al hecho de que los que negaban la resurrección del Señor podrían haber considerado ese testimonio demasiado interesado y, por consiguiente, no digno de fe.

Los evangelios, además, refieren sólo unas cuantas apariciones de Jesús resucitado, y ciertamente no pretenden hacer una crónica completa de todo lo que sucedió durante los cuarenta días después de la Pascua. San Pablo recuerda una aparición "a más de quinientos hermanos a la vez" (1 Co 15, 6). ¿Cómo justificar que un hecho conocido por muchos no sea referido por los evangelistas, a pesar de su carácter excepcional? Es signo evidente de que otras apariciones del Resucitado, aun siendo consideradas hechos reales y notorios, no quedaron recogidas.

¿Cómo podría la Virgen, presente en la primera comunidad de los discípulos (cf. Hch 1, 14), haber sido excluida del número de los que se encontraron con su divino Hijo resucitado de entre los muertos?

Más aún, es legítimo pensar que verosímilmente Jesús resucitado se apareció a su madre en primer lugar. La ausencia de María del grupo de las mujeres que al alba se dirigieron al sepulcro (cf. Mc 16, 1; Mt 28, 1), ¿no podría constituir un indicio del hecho de que ella ya se había encontrado con Jesús? Esta deducción quedaría confirmada también por el dato de que las primeras testigos de la resurrección, por voluntad de Jesús, fueron las mujeres, las cuales permanecieron fieles al pie de la cruz y, por tanto, más firmes en la fe.

En efecto, a una de ellas, María Magdalena, el Resucitado le encomienda el mensaje que debía transmitir a los Apóstoles (cf. Jn 20, 17-18). Tal vez, también este dato permite pensar que Jesús se apareció primero a su madre, pues ella fue la más fiel y en la prueba conservó íntegra su fe.

Por último, el carácter único y especial de la presencia de la Virgen en el Calvario y su perfecta unión con su Hijo en el sufrimiento de la cruz, parecen postular su participación particularísima en el misterio de la Resurrección.

Un autor del siglo V, Sedulio, sostiene que Cristo se manifestó en el esplendor de la vida resucitada ante todo a su madre. En efecto, ella, que en la Anunciación fue el camino de su ingreso en el mundo, estaba llamada a difundir la maravillosa noticia de la resurrección, para anunciar su gloriosa venida. Así inundada por la gloria del Resucitado, ella anticipa el "resplandor" de la Iglesia (cf. Sedulio, Carmen pascale, 5, 357-364: CSEL 10, 140 s).

Por ser imagen y modelo de la Iglesia, que espera al Resucitado y que en el grupo de los discípulos se encuentra con él durante las apariciones pascuales, parece razonable pensar que María mantuvo un contacto personal con su Hijo resucitado, para gozar también ella de la plenitud de la alegría pascual.

La Virgen santísima, presente en el Calvario durante el Viernes santo (cf. Jn 19, 25) y en el cenáculo en Pentecostés (cf. Hch 1, 14), fue probablemente testigo privilegiada también de la resurrección de Cristo, completando así su participación en todos los momentos esenciales del misterio pascual. María, al acoger a Cristo resucitado, es también signo y anticipación de la humanidad, que espera lograr su plena realización mediante la resurrección de los muertos.

En el tiempo pascual la comunidad cristiana, dirigiéndose a la Madre del Señor, la invita a alegrarse: "Regina caeli, laetare. Alleluia". "¡Reina del cielo, alégrate. Aleluya!". Así recuerda el gozo de María por la resurrección de Jesús, prolongando en el tiempo el "¡Alégrate!" que le dirigió el ángel en la Anunciación, para que se convirtiera en "causa de alegría" para la humanidad entera.



Catequesis durante la audiencia general del 3 de abril de 1996

08/10/2010 22:21 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Madre mía te quiero con todo mi corazón.

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Madre mía te quiero con todo mi corazón
Caminar contigo es tocar el cielo con la mano; vivir junto a Ti es ya adelantar la gloria. Contigo los dolores se mitigan, las lágrimas se detienen.
Autor: P. Mariano de Blas L.C. | Fuente: Catholic.net


Dulcísima Madre mía,
he venido a saludarte con cariño
en este nuevo día.
¿Quién te hizo tan bella?
Quizás Tú no lo sepas,
pero yo no puedo contemplar tu rostro
y mirar tus ojos de cielo
sin emocionarme hasta el alma.

¿Quién me amó tanto, tanto,
que me hizo hijo tuyo?
Hermosísima Reina, Madre de bondad,
estás hecha de bondad y de amor.

¡Qué felices nos has hecho,
qué afortunados por tenerte como madre!
Era yo un gitanillo que inspiraba compasión,
Era un niño pobre, un niño malo.
Había caminado descalzo
Por sendas de piedras y maleza;
traía una carita sucia de lágrimas antiguas
y polvo de muchos caminos.

Era un niño pequeño,
pero había sufrido ya como adulto.
Se me había olvidado la sonrisa.
El futuro era negro de nubes espesas.
Y, de pronto, apareciste Tú en mi vida.
Una mujer muy hermosa,
una mujer que inspiraba todo el cariño del mundo.

Me mirabas con una sonrisa de cielo.
Me llamaste con una voz tan dulce...
Me esforcé en sonreír un tanto,
y me fui acercando temblando de emoción.
De pronto, tus manos se abrieron
y me sumergí en un abrazo tan dulce
que todas mis penas se fueron;
y me sentí el niño más feliz del mundo.

Pero mi alegría fue más grande que yo mismo,
cuando de tus labios graciosos brotó esta palabra: “Hijo mío.”
Quise decir algo que brotaba con ímpetu del corazón.
No pude decirlo, no me atrevía.
Miré mis sandalias rotas, mi vestido raído;
mi corazón y mis manos no eran limpios.

“Hijo mío, cuanto te quiero,
cuánto te he esperado, hijo de mi alma.”
Entonces ya no pude callarme y le dije
con las lágrimas más puras
y la alegría de un niño feliz:
“Madre mía te quiero con todo mi corazón.”
Y un abrazo fundió
a la Madre pura y santa
y al niño pecador.

“He ahí a tu Madre, he ahí a tu hijo”
El que dijo estas bellas palabras
era Dios mismo,
un Dios que moría por mí en una cruz:
un Dios que me dio a su misma madre
en un impulso de amor.
No es un rato de contento,
es una eternidad de felicidad.
La eternidad de la alegría
comenzó desde ese momento
en que Jesús dijo esas palabras en la cruz.
Nos daba su vida y su sangre,
nos daba la Madre de sus sueños.

Desde entonces ya no soy el niño malo;
que malo no puedo seguir siendo
junto a una Madre tan buena.
Ya no soy un niño huérfano,
ni triste ni harapiento.
Soy el niño más feliz.
Ya mis lágrimas son de amor y alegría,
por Ella, por mi Madre del cielo.

Caminar contigo es tocar el cielo con la mano;
vivir junto a Ti es ya adelantar la gloria.
Contigo los dolores se mitigan,
las amargas lágrimas se detienen
y el desierto vuelve a florecer.
Mi desierto ha vuelto a florecer.
Todo cambió desde aquel día,
el día maravilloso en que te conocí, oh Madre.
Yo no te conocía, primor de los valles.
Ignoraba que existías, amor de mi vida.
Pasé junto a valles hermosos y bellísimas flores
y nunca imaginé que Tú tenías
la luz y la belleza de los valles y las flores.
Vida mía, amor mío,
Vida, belleza y amor ensamblados.

Eres una senda florecida
que me ha conducido a Dios.
Me enamoré de Ti primero para siempre,
pero tu amor me llevó dulcemente, sin fatiga,
hacia el Dios Amor.
Tú me hiciste querer a ese ser infinitamente amable.
Presentaste a mis ojos
a un Dios Niño, ternura infinita,
un encanto de Dios hecho niño por mí.

La mujer que es amor
llevando en sus brazos al Niño que es amor,
porque es el Niño Dios.
Oh Madre dulcísima,
no quiero jamás separarme de Ti,
no quiero jamás separarme del Dios
que me has enseñado a querer;
el mismo Dios que Tú amas tanto
porque es tu Dios y es hijo de tus entrañas.
Enséñame a amarlo con todo mi corazón.

Preguntas o comentarios al autor P. Mariano de Blas LC

08/10/2010 22:19 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La vida de la Virgen María.

La vida de la Virgen María

 

Conozcamos los aspectos más generales sobre nuestra Santísima Madre, la Virgen María, profundicemos un poco en su misterio, conociendo más sobre su vida, su culto y su intercesión. Empecemos pues diciendo que, la primera comunidad centró toda su atención en el misterio pascual de Cristo, y que solo poco a poco y con el paso de muchos años se fue poniendo por escrito los elementos que eran necesarios para que la fe de la Iglesia en Cristo Resucitado se solidificara (pensemos que el primer evangelio se escribiría unos 20 años después de la resurrección de Cristo).
 
Sin embargo, al mismo tiempo que la Iglesia iba poniendo por escrito la "vida de Cristo", fue incluyendo en sus escritos la presencia de María, la cual aparecerá siempre de modo discreto, pero fundamental para comprender el misterio de la redención. Todo esto ha hecho que no sea fácil precisar muchos de los elementos históricos de la vida de Cristo ni de María y que se tenga que recurrir a elementos extrabíblicos para acercarnos a los acontecimientos narrados por la Escritura, ya que por ejemplo si bien ésta dice que Jesús nació en tiempos de Herodes el Grande, no menciona la fecha, la cual ha tenido que ser calculada por otros medios, los cuales no siempre han sido precisos.
Dado que una de las fuentes en las que se han basado las fiestas y con ello la vida de María, sobre todo antes de la Anunciación, son los evangelios apócrifos, en especial el protoevangelio de Santiago, algunas cosas que sabemos de ella no pasan de ser, en el mejor de los casos, leyendas, siendo algunas de ellas producto de la mente enamorada del autor (por ello la Iglesia nunca los ha aceptado como escritos canónicos y aun se discute en círculos teológicos y bíblicos su uso como fuente de información confiable). Por ello, los datos que propondremos, los hemos tomado o de la Escritura o del uso común, según se vivía en aquel tiempo. Si pensamos que María debía tener entre 14 y 16 años cuando se casó con José ya que esta era la edad en que las muchachas hebreas contraían matrimonio, podemos decir que María debió nacer cerca del año 23 o 20 a.C. Este dato es aproximado y tiene en cuenta el error de cálculo sobre la fecha del nacimiento de Cristo, el cual debió ocurrir muy posiblemente en el año 4 a.C. (es decir 4 años antes de la fecha en que se supuso por muchos años y que marcó nuestro calendario).

De la vida de María antes de la Anunciación no sabemos nada. Por una muy antigua tradición se les ha atribuido el nombre de Ana y Joaquín a sus Padres, los cuales muy posiblemente vivirían en Nazaret. Según la costumbre judía María habrá realizado su desposorio (parte legal del matrimonio judío en el cual se obtienen todos los derechos y obligaciones de los esposos), con un joven (quizás de unos 27 años) llamado José, originario de Belén, posiblemente entre el 9 y el 6 a.C. (cf. Mt 1,16; Lc 1,27). Se presume que la Anunciación del ángel y la concepción de Jesús haya sido entonces en el año 5 a.C. (cf. Lc 1,26-38). Sabemos por la Escritura que inmediatamente se puso en camino para visitar a su prima (Lc 1,39), lo que indica que la vista ocurrió dentro del mismo año. Al regreso de su visita a santa Isabel, y después de la visita del ángel a José para explicarle el misterio, se realizó la ceremonia religiosa y la fiesta de bodas de José y María, a partir de la cual empezarían a vivir juntos (Mt 1,24). Debido al censo, José y María tuvieron que trasladarse a Belén (Lc 2,1) en donde nació Jesús probablemente en la primavera del año 4 a.C. A los 8 días, de acuerdo a la Ley judía, José lo llevó para que fuera circuncidado seguramente a la sinagoga de Belén (Lc 2,21). A los 40 días del nacimiento de acuerdo a la Ley, María debía purificarse del parto, por lo que la joven pareja subió al templo de Jerusalén en donde presentaron al niño al Señor y tuvieron el encuentro con Simeón y Ana, la profetisa (Lc 2,25-38).

Los datos de cuando regresó María y su familia a Nazaret no son claros, ya que por un lado Lucas, después de la presentación en el Templo nos indica que regresaron a Galilea, mientras que Mateo, que no habla de este evento, nos presenta la llegada de los magos de oriente (Mt 2,1-11), la huida de la Santa Familia a Egipto (Mt 2,13-14) y la muerte de los inocentes (Mt 2,16-18) y solo hasta la muerte de Herodes, el regreso a Nazaret. De acuerdo a algunos informes, Herodes habría muerto posiblemente en el año 4 d.C. Por ello una posible reconstrucción de esta etapa de la vida de la santa familia sería: Después de la presentación en el Templo, es muy posible que la santa familia haya regresado a Belén, de donde era originario José. En ese lugar se haya establecido por espacio al menos de un año (dado que Herodes mandará matar a todos los niños menores de 2 años). Durante este período ocurrió la visita de los magos (3/2 a.C.), enseguida la familia se fue a vivir a Egipto en donde permaneció por espacio de unos 4-6 años, para luego, avisados por el ángel (Mt 2,19-21) de la muerte de Herodes regresar a Israel y posteriormente dirigirse de nuevo a Nazaret en donde transcurriría el resto de su vida hasta la manifestación pública de Jesús (Mt 2,22-23).

Podemos decir que a partir del año 6 d.C. la familia vivió establemente en Nazaret. Cada año, según la tradición judía, se hacía una peregrinación al Templo de Jerusalén. De acuerdo a san Lucas, cuando Jesús cumplió 12 años, es decir cuando alcanzó la ciudadanía y todos los derechos y obligaciones de un judío, fueron como de costumbre al Templo (Lc 2,41-50). Esta ocasión servirá a Jesús para recordarles a sus padres, que aunque el tiempo va pasando y nada extraordinario sucede en sus vidas, el es Hijo de Dios, destinado a ser la luz y la salvación del mundo. Después de este suceso, la vida de José y María transcurrirá normalmente en Nazaret (Lc 2,51). Durante este período, de acuerdo a una muy antigua tradición y dado que no se vuelve a mencionar a José, la Iglesia ha creído que José murió santamente muy posiblemente cuando Jesús habría tenido unos 25 años, (ya que para ese entonces ya sería un carpintero reconocido que trabaja junto con su padre, como lo mencionan los evangelios). Contrario a lo que se ha difundido sobre la figura de José, al cual se le ha hecho aparecer como un viejito, con el fin de proteger la virginidad de María, podemos suponer que moriría a la edad de 50 o 52 años.

La siguiente vez que aparece María en escena es en las bodas de Canán (27/30 d.C.) (Jn 2,1-11). Es difícil saber que tanto acompañaría María a Jesús en sus viajes apostólicos. Lo más posible, de acuerdo a la mayoría de los autores, es que solo esporádicamente lo acompañara, por lo que su vida continuaría "normalmente" en Nazaret. Sin embargo, no hay razón tampoco para dudar que Jesús la visitaría con mucha frecuencia sobre todo si tomamos en cuenta que la mayor parte de su ministerio lo realizó en Galilea. Una indicación de esto la tenemos en el evangelio de Mateo y sus paralelos en los sinópticos (Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21), en donde se nos narra que al menos una vez María fue a visitar a Jesús mientras éste ejercía su ministerio. Es muy posible que, todos los años subiera con María a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Algunos autores piensan que si esto fue así, lo más posible es que se quedara en casa de Lázaro, en Betania. Esto explica el hecho de la presencia de María en la Crucifixión (Jn 19,25-27). María, muy posiblemente avisada por alguno de los discípulos, habría estado presente en todo el proceso del juicio y de la crucifixión de su hijo. Finalmente, recibirá el cuerpo de Jesús y lo acompañará hasta el sepulcro. Esa noche muy posiblemente habrá regresado a casa de Lázaro en Betania.

Después de la crucifixión de Jesús, la próxima referencia directa que tenemos sobre María es su presencia en Pentecostés, en donde, junto con los demás discípulos "perseveraba en oración". Por ello, se han hecho muchas conjeturas sobre si Jesús se apareció a María y cuando fue esto. Uno de los datos que llama la atención es el hecho de que María no estuviera con el grupo de mujeres que fueron a primera hora a visitar el sepulcro. Una de las suposiciones es que Jesús se le haya aparecido inmediatamente después de la resurrección, es decir antes que a los primeros que fueron a la tumba y la encontraron vacía; esto explicaría - dicen - el hecho de que María no fuera, pues ya lo habría visto resucitado. Otro grupo de teólogos afirman que, de acuerdo al Evangelio, María es presentada siempre como la mujer de fe y como la mujer que manifiesta en sí las "Bienaventuranzas"; de manera que basados en el Evangelio de Juan, en el que Jesús llama "bienaventurados a los que "sin ver han creído" (Jn 20,29) suponen que, Jesús se presentaría a María, solo después de que la noticia fue conocida por los primeros testigos de la resurrección. De esta manera María aparece como el modelo de la fe y del cristiano, de los que sin haber visto a Jesús creen que está vivo, de los que ya antes de haber recibido el anuncio de la resurrección, han aceptado las palabras de Jesús: Resucitaré. Sin embargo todo queda en posibilidades.

La vida de María después de la resurrección fue totalmente unida a la comunidad. Desde el día de la crucifixión viviría con san Juan (Jn 19,25) y en estrecha comunión con los demás miembros de la Iglesia naciente. La veremos de nuevo en el Cenáculo, lugar en que se reunía con periodicidad la primera comunidad, orando y pidiendo el cumplimiento de la promesa del Espíritu Santo (Act 1,14). Después de Pentecostés no volveremos a tener referencia bíblica sobre su vida. Por una muy antigua tradición sabemos que vivió durante mucho tiempo en Efeso con san Juan y que muy probablemente ahí mismo murió y fue llevada al cielo (hay algunos que afirman que murió en Jerusalén). En cualquier caso, como dice el Concilio al citar el dogma de la Asunción "llegado el final de su vida terrena, María fue asunta al cielo en cuerpo y alma" (DS 3903).


MARIA: LITURGIA-FIESTAS

Ya para el segundo siglo, el amor a María había crecido tanto en la comunidad que este se empezó a manifestar en muy diversas formas, entre ellas el arte y la liturgia. Prueba de ello es uno de los frescos más antiguos que se han encontrado referentes a María. En las catacumbas de santa Priscila en Roma se puede apreciar una pintura hecha en la pared en donde se ve a María sosteniendo al niño y en el fondo lo que se supone sería el profeta Isaías. Con esto la comunidad reconoce que Jesús es el Mesías esperado. Con el fin de fortalecer nuestra espiritualidad mariana, veremos las fiestas marianas más importantes, su desarrollo y fundamento, con el fin de vivirlas con toda su riqueza. "El Sacrosanto Sínodo enseña en particular y exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen, como también estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia ella, recomendados en el curso de los siglos por el Magisterio, y que observen religiosamente aquellas cosas que en los tiempos pasados fueron decretadas acerca del culto de las imágenes de Cristo, de la Bienaventurada Virgen y de los Santos." SC 67.

La Iglesia, reconociendo el papel fundamental que Dios le asignó en la historia de la Salvación a la Santísima Virgen María, desde sus primeros años, ha desarrollado un gran amor y veneración por ella, el cual se ha convertido con el paso de los años en culto, el cual es llamado de Hiper-Dulia (Dios recibe culto de "Latría", es decir de adoración, La Virgen de Hiper-Dulía es decir sobre-veneración, y los santos de "Dulía" que es decir de veneración). Por ello a lo largo del calendario litúrgico se han ido agregando las fiestas que nos recuerdan, ya sea su participación en el misterio de la salvación, o su constante presencia en la vida de la Iglesia por medio de sus apariciones. Podemos decir que existen 4 grandes fiestas dedicadas a honrar a nuestra Madre Santísima las cuales corresponderían a los 4 dogmas marianos: La Solemnidad de la Maternidad Divina (1Enero); La Solemnidad de la Anunciación (25 Marzo); La Solemnidad de la Asunción (15 Agosto); y la Conmemoración de la Inmaculada Concepción (8 Diciembre). "En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen Purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser" CIC 1172.

La Iglesia empieza el Año Nuevo de muy diferente forma que el mundo secularizado; prácticamente ignora las fechas del año civil, en cuanto expresan un continuo circuito sin fin de años. Para la Iglesia empezó con Cristo un tiempo totalmente nuevo (Kayros) que continúa hacia una sola fecha: El retorno glorioso del Señor, al final de los tiempos. Por ello la Iglesia ha colocado, dentro de la renovación litúrgica, al inicio del año del calendario la Solemnidad de la Maternidad Divina, de María llamada también "María, Madre de Dios". Esta, siendo una de las fiestas más antiguas de la Iglesia (posiblemente se inició en el siglo III), nos hace reconocer que la Iglesia, como María, siempre está grávida de los hijos de Dios; además nos la propone como ejemplo para cada uno de nosotros al inicio del año. Al contemplar el misterio de la Maternidad Divina, estamos contemplando el misterio de la cooperación humana al proyecto salvífico de Dios, al cual todos, de maneras muy particulares, hemos sido invitados a participar. "En la nueva ordenación del período natalicio, nos parece que la atención común se debe dirigir a la renovada solemnidad de la Maternidad de María; ésta, fijada en el día primero de enero, según la antigua sugerencia de la Liturgia de Roma, está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa, por la cual merecimos recibir al Autor de la vida" Marialis Cultus (MC) 5.

La segunda solemnidad que celebramos en el ciclo litúrgico, es la Anunciación, también llamada "Fiesta de la Encarnación del Señor". Esta fiestas Solemne se celebra el 25 de Marzo y conmemora el momento glorioso en el que la Redención se hace un acto concreto, pues con la Encarnación del Verbo, el proyecto de Dios para la salvación del mundo llega a su cumplimiento enviando al mundo al Emanuel, es decir al Salvador, a Jesús, el salvador. Es también una fiesta en la que celebramos la cooperación total del hombre al proyecto de Dios. María, responde toda la humanidad, aceptando tomar parte ACTIVA en la redención del mundo.. Por su voz, todas las criaturas dan el Sí definitivo a Dios. La fiesta solemne de este día nos invita a seguir las huellas de la fe de María: una fe generosa que se abre a la palabra de Dios, que acepta la voluntad de Dios, sea cual sea y se manifieste como se manifieste; una fe fuerte que supera todas las dificultades, incomprensiones y crisis; una fe activa, que desea colaborar vigorosamente en los designios de Dios sobre nosotros. "Memoria de un momento culminante del diálogo de salvación entre Dios y el hombre y conmemoración del libre consentimiento de María y su colaboración al plan de la redención". MC 6.

Nuestra tercer gran Solemnidad es la fiesta de la Asunción de María la cual celebramos el 15 de Agosto. Esta fiesta es llamada también (sobre todo por la Iglesia Oriental "La Dormición de María"). Esta es una de las fiestas mas antiguas (probablemente ya celebrada en Oriente en el siglo V) lo cual testifica la fe que la Iglesia ha tenido siempre en el hecho de que María, murió, como todos los humanos, pero que inmediatamente fue llevada en cuerpo y alma al cielo, convirtiéndose así en el modelo de la humanidad redimida y glorificada. En la Asunción, la Iglesia celebra el triunfo de la humanidad y contempla en María, lo que un día seremos todos los cristianos, que como María han sabido ser fieles al Señor hasta el final. "La solemnidad del 15 de agosto celebra la gloriosa Asunción de María al cielo: fiesta de su destino de plenitud y de bienaventuranza, de la glorificación de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, de su perfecta configuración con Cristo resucitado; una fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad, la imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza final". MC 6.

La última grande fiesta de María Santísima es la "Conmemoración" de la Inmaculada Concepción que se celebra el 8 de Diciembre. Esta fiesta fue celebrada ya en el Oriente probablemente desde el siglo VI. En ella celebramos la imagen perfecta del hombre pensado por Dios: sin pecado. Celebramos el llamado de Dios a vivir una vida de santidad, en obediencia y amor al Señor. La fiesta de María Inmaculada, nos presenta a María como la mujer que desde el primer momento de su concepción fue exenta de pecado, la mujer "llena de gracia" (Lc 1,28) que deposita en Dios toda su confianza y que no tiene otra preocupación que el "hacer la voluntad del Señor" (cf. Lc 1,38). "... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano. Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción" (LG 56) le viene toda entera de Cristo: Ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef. 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha "elegido en él, antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor" (Ef. 1, 4)." CIC 492.

Después de las grandes Solemnidades, tenemos las FIESTAS en las que celebramos alguno de los momentos importantes de la Historia de la Salvación en el cual María ha tomado parte de manera especial. Estas las podemos dividir en "bíblicas" y "populares". Las primeras emergen de la misma Escritura y están en íntima relación con Jesús como son: La presentación del Señor (2 Febrero), La visitación de María a Isabel (31 Mayo) y Navidad (25 de Diciembre). Las segundas se pueden dividir en "apariciones" y "legendarias". Las primeras nos ayudan a recordar el mensaje dado por nuestra Madre Santísima al mundo a través de alguna de sus apariciones. Mencionamos las de carácter universal (Pues en cada país estas pueden variar en importancia): Nuestra Señora de Lourdes (11 Febrero); La Virgen de Fátima (13 Mayo); La Virgen del Carmen (Julio 16); Nuestra Señora del Rosario (7 Octubre); La Medalla Milagrosa (27 de Noviembre); Solemnidad de Santa María de Guadalupe (12 de Diciembre). Entre las fiestas "legendarias" tenemos: María Reina (22 de Agosto); El Nacimiento de María (8 de Septiembre); Nuestra Señora de los Dolores (15 de Septiembre) y La presentación de María (21 de Noviembre). "… Ni debe olvidarse que el Calendario Romano General no registra todas las celebraciones de contenido mariano: pues corresponde a los Calendarios particulares recoger, con fidelidad a las normas litúrgicas pero también con adhesión de corazón, las fiestas marianas propias de las distintas Iglesias locales. Y nos falta mencionar la posibilidad de una frecuente conmemoración litúrgica mariana con el recurso a la Memoria de Santa María "in Sabbato"" MC 9.

Una de las fiestas más antiguas, es la Presentación del Niño o también llamada la Purificación de María (2 de Febrero). Esta es una memoria conjunta del Hijo y de la Madre. En 512 se le da mayor solemnidad, con procesiones de antorchas, cristianizando las fiestas paganas romanas que tenían lugar en febrero con antorchas y ritos de purificación. Como la imagen que representa este misterio es generalmente la de la Santísima Virgen con el niño en sus brazos, se le llegó a dar un matiz mariano a la fiesta, y por las velas -candelas- se le dio el nombre popular de Nuestra Señora de la Candelaria. Es común ver con la imagen, "las dos palomitas" signo de la ofrenda hecha. La otra fiesta importante que emerge de la Escritura es la fiesta de la visitación. La celebración de esta fiesta es muy antigua. Fue establecida definitivamente por el Concilio de Basilea en 1441. En la renovación litúrgica posterior al Concilio Vaticano II, se fijó esta nueva fecha para que quedara más lógica la secuencia: Anunciación (marzo 25), Visitación (mayo 31) y Nacimiento de San Juan Bautista (Jun. 24).

La Iglesia, buscando ante todo el promover y hacer conocer los mensajes dados por la Santísima Virgen al mundo en sus apariciones, ha instituido fiestas litúrgicas, en las cuales ha seleccionado los pasajes de la Escritura que hacen referencia a sus palabras y elaborado oraciones que nos hacen entender el papel que tiene María todavía en nuestra vida cristiana. Ella como madre amorosa no deja de preocuparse por la salvación de sus hijos, buscando continuamente el que éstos lleven una vida conforme a la verdad y al amor de Dios. Por ello, el participar ese día de la celebración Eucarística no solo nos ayuda a recordar algunas de las palabras de María, sino que éstas, acompañadas por la exhortación de la Sagrada Escritura y la fortaleza que se recibe en la Comunión, nos ayudan a perseverar en nuestro camino de perfección cristiana.

Recordemos siempre que las apariciones y mensajes de María, siempre tienen algo que decirnos, son siempre ayuda eficaz en la vida de la conversión y del amor. " La necesidad de una impronta bíblica en toda forma de culto es sentida hoy día como un postulado general de la piedad cristiana. El progreso de los estudios bíblicos, la creciente difusión de la Sagrada Escritura y, sobre todo, el ejemplo de la tradición y la moción íntima del Espíritu orientan a los cristianos de nuestro tiempo a servirse cada vez más de la Biblia como del libro fundamental de oración y a buscar en ella inspiración genuina y modelos insuperables. El culto a la Santísima Virgen no puede quedar fuera de esta dirección tomada por la piedad cristiana" MC 30.

Nueve meses después de la celebración de la Inmaculada Concepción (8 de Diciembre), la Iglesia celebra el Nacimiento de María Santísima (8 de Septiembre), fiesta que se deduce implícitamente de la vida de Jesús y María. La Fiesta nació en el Oriente en el siglo IV y muchos de los elementos que se conmemoraban y se destacaban en su celebración litúrgica provienen de los Evangelios Apócrifos, de manera particular del Protoevangelio de Santiago (escrito del siglo II), el cual narra una serie de acontecimientos, más que históricos, legendarios. Este escrito no tiene para nada el carácter histórico y doctrinal de los escritos de la Biblia, sin embargo, ha proveído de algunos elementos que, sin que sean totalmente históricos, presentan una posible realidad de la vida de María en algunos de sus aspectos. Entre ellos podemos mencionar los nombres de los papás de María (Joaquín y Ana). "Después de estas solemnidades se han de considerar, sobre todo, las celebraciones que conmemoran acontecimientos salvíficos, en los que la Virgen estuvo estrechamente vinculada al Hijo, como las fiestas de la Natividad de María (8 septiembre), "esperanza de todo el mundo y aurora de la salvación"" MC 7.

Los relatos relativos a la presentación y estancia de María en el Templo, fueron siempre tenidos en gran consideración en Oriente, donde la celebran como una de las doce grandes fiestas de precepto. La fiesta se originó muy posiblemente en Jerusalén. El primer dato es el de la dedicación de una iglesia -en honor a la Presentación- en las cercanías del templo el 21 de noviembre de 543, destruida por los persas en 614. Cualquiera que sea la realidad del hecho, lo que interesa a la liturgia y a la piedad, es el valor religioso y teológico del episodio de la Presentación. Esta es otra de las fiestas extraídas del Protoevangelio de Santiago, del cual históricamente no se puede aceptar que María haya sido presentada en el templo y mucho menos que haya vivido en él, sin embargo, el relato se acepta como símbolo de una verdad más alta: la de la total consagración a Dios por parte de la Virgen desde los primeros momentos de su existencia. Desde la época más remota, la Iglesia ha venerado la sublime santidad de María y muy pronto la piedad cristiana se detuvo en la misteriosa preparación de este ser elegido para una misión tan especial. Valores que encontramos en Occidente en el dogma de la Inmaculada Concepción y en Oriente en esta fiesta.

Los Padres de la Iglesia y los textos litúrgicos ven en este episodio los años de preparación -sostenida por el Espíritu Santo- dirigida al servicio del Señor. La fiesta constituye, además, un tributo a María, considerada como el nuevo y verdadero templo del Señor. Por la encarnación en Ella del Dios-Verbo, María llegó a ser de modo eminente templo de Dios.

Las fiestas de Nuestra Señora de los Dolores (15 de Septiembre), la Coronación de María o María Reina (22 de agosto), Nuestra Señora del Refugio (4 de Julio) junto con muchas fiestas más, obedecen a la piedad popular que va asociando a María Santísima con sus virtudes y prerrogativas, así como con algunos pasajes de su vida, que aunque no documentados, se suponen obvios, como es el caso del dolor que debió padecer al pie de la cruz. Por lo que se refiere al título de Reina, este es atribuido a María por la tradición cristiana al menos desde comienzos del siglo IV. Entre otros títulos reales aplicados a la Virgen, éste fue ganando terreno progresivamente en el uso del Pueblo de Dios, hasta llegar a ser del dominio común en la Iglesia. En 1954 Pío XII publica la encíclica Ad Coeli Reginam que es el principal documento del magisterio sobre la realeza de María, e instituye su fiesta litúrgica, la cual se fija, una semana después de la fiesta de la Asunción, ya que fue al culminar ésta cuando "la Santísima Virgen es coronada de gloria en la celestial bienaventuranza". "En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen Purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser" SC 103; CIC 1172.

A lo largo de esta catequesis hemos podido ver cómo el culto especial a María nació espontáneamente de la fe y del amor filial del pueblo de Dios y se ha convertido en un "elemento intrínseco del culto cristiano" formando "parte integrante" del mismo. En María, la Iglesia celebra el cumplimiento del misterio Pascual en su forma plena, semejante a la del Señor resucitado, puesto que realizó en cuerpo y alma su "paso" pascual de la muerte a la vida. De esta manera el culto cristiano se ve enriquecido con la celebración total del triunfo, no sólo de Cristo sino, que al celebrar a María celebramos nuestro propio triunfo dentro del misterio pascual de Cristo. María, como en Pentecostés, vuelve a reunirse con la Iglesia y en la Iglesia para pedir que el Espíritu Santo realice el misterio de la transubstanciación, para acompañar en la peregrinación al pueblo de Dios, para interceder y unirse a la misma oración de súplica, para volver a ofrecer con todo su corazón a Cristo, como lo hizo ante la cruz, para mostrarle a cada uno de los cristianos que el culto es la expresión más perfecta de adoración y sostén de la verdadera fe. Por ello, el culto a María nos ayuda a entender más el misterio interior de Dios, y a saber que contamos con una Madre amorosa que vela incesantemente por nosotros, ya que como dice el Concilio, su participación en el misterio de la salvación no ha terminado aun (LG 62), que continúa acompañándonos y protegiéndonos hasta que se realice en cada uno de sus hijos la victoria final sobre el mal y el pecado, y pueda tenerlos en su regazo en el cielo por toda la eternidad.
(Desconozco el autor).

08/10/2010 22:17 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La vida de la Virgen María.

La vida de la Virgen María

 

Conozcamos los aspectos más generales sobre nuestra Santísima Madre, la Virgen María, profundicemos un poco en su misterio, conociendo más sobre su vida, su culto y su intercesión. Empecemos pues diciendo que, la primera comunidad centró toda su atención en el misterio pascual de Cristo, y que solo poco a poco y con el paso de muchos años se fue poniendo por escrito los elementos que eran necesarios para que la fe de la Iglesia en Cristo Resucitado se solidificara (pensemos que el primer evangelio se escribiría unos 20 años después de la resurrección de Cristo).
 
Sin embargo, al mismo tiempo que la Iglesia iba poniendo por escrito la "vida de Cristo", fue incluyendo en sus escritos la presencia de María, la cual aparecerá siempre de modo discreto, pero fundamental para comprender el misterio de la redención. Todo esto ha hecho que no sea fácil precisar muchos de los elementos históricos de la vida de Cristo ni de María y que se tenga que recurrir a elementos extrabíblicos para acercarnos a los acontecimientos narrados por la Escritura, ya que por ejemplo si bien ésta dice que Jesús nació en tiempos de Herodes el Grande, no menciona la fecha, la cual ha tenido que ser calculada por otros medios, los cuales no siempre han sido precisos.
Dado que una de las fuentes en las que se han basado las fiestas y con ello la vida de María, sobre todo antes de la Anunciación, son los evangelios apócrifos, en especial el protoevangelio de Santiago, algunas cosas que sabemos de ella no pasan de ser, en el mejor de los casos, leyendas, siendo algunas de ellas producto de la mente enamorada del autor (por ello la Iglesia nunca los ha aceptado como escritos canónicos y aun se discute en círculos teológicos y bíblicos su uso como fuente de información confiable). Por ello, los datos que propondremos, los hemos tomado o de la Escritura o del uso común, según se vivía en aquel tiempo. Si pensamos que María debía tener entre 14 y 16 años cuando se casó con José ya que esta era la edad en que las muchachas hebreas contraían matrimonio, podemos decir que María debió nacer cerca del año 23 o 20 a.C. Este dato es aproximado y tiene en cuenta el error de cálculo sobre la fecha del nacimiento de Cristo, el cual debió ocurrir muy posiblemente en el año 4 a.C. (es decir 4 años antes de la fecha en que se supuso por muchos años y que marcó nuestro calendario).

De la vida de María antes de la Anunciación no sabemos nada. Por una muy antigua tradición se les ha atribuido el nombre de Ana y Joaquín a sus Padres, los cuales muy posiblemente vivirían en Nazaret. Según la costumbre judía María habrá realizado su desposorio (parte legal del matrimonio judío en el cual se obtienen todos los derechos y obligaciones de los esposos), con un joven (quizás de unos 27 años) llamado José, originario de Belén, posiblemente entre el 9 y el 6 a.C. (cf. Mt 1,16; Lc 1,27). Se presume que la Anunciación del ángel y la concepción de Jesús haya sido entonces en el año 5 a.C. (cf. Lc 1,26-38). Sabemos por la Escritura que inmediatamente se puso en camino para visitar a su prima (Lc 1,39), lo que indica que la vista ocurrió dentro del mismo año. Al regreso de su visita a santa Isabel, y después de la visita del ángel a José para explicarle el misterio, se realizó la ceremonia religiosa y la fiesta de bodas de José y María, a partir de la cual empezarían a vivir juntos (Mt 1,24). Debido al censo, José y María tuvieron que trasladarse a Belén (Lc 2,1) en donde nació Jesús probablemente en la primavera del año 4 a.C. A los 8 días, de acuerdo a la Ley judía, José lo llevó para que fuera circuncidado seguramente a la sinagoga de Belén (Lc 2,21). A los 40 días del nacimiento de acuerdo a la Ley, María debía purificarse del parto, por lo que la joven pareja subió al templo de Jerusalén en donde presentaron al niño al Señor y tuvieron el encuentro con Simeón y Ana, la profetisa (Lc 2,25-38).

Los datos de cuando regresó María y su familia a Nazaret no son claros, ya que por un lado Lucas, después de la presentación en el Templo nos indica que regresaron a Galilea, mientras que Mateo, que no habla de este evento, nos presenta la llegada de los magos de oriente (Mt 2,1-11), la huida de la Santa Familia a Egipto (Mt 2,13-14) y la muerte de los inocentes (Mt 2,16-18) y solo hasta la muerte de Herodes, el regreso a Nazaret. De acuerdo a algunos informes, Herodes habría muerto posiblemente en el año 4 d.C. Por ello una posible reconstrucción de esta etapa de la vida de la santa familia sería: Después de la presentación en el Templo, es muy posible que la santa familia haya regresado a Belén, de donde era originario José. En ese lugar se haya establecido por espacio al menos de un año (dado que Herodes mandará matar a todos los niños menores de 2 años). Durante este período ocurrió la visita de los magos (3/2 a.C.), enseguida la familia se fue a vivir a Egipto en donde permaneció por espacio de unos 4-6 años, para luego, avisados por el ángel (Mt 2,19-21) de la muerte de Herodes regresar a Israel y posteriormente dirigirse de nuevo a Nazaret en donde transcurriría el resto de su vida hasta la manifestación pública de Jesús (Mt 2,22-23).

Podemos decir que a partir del año 6 d.C. la familia vivió establemente en Nazaret. Cada año, según la tradición judía, se hacía una peregrinación al Templo de Jerusalén. De acuerdo a san Lucas, cuando Jesús cumplió 12 años, es decir cuando alcanzó la ciudadanía y todos los derechos y obligaciones de un judío, fueron como de costumbre al Templo (Lc 2,41-50). Esta ocasión servirá a Jesús para recordarles a sus padres, que aunque el tiempo va pasando y nada extraordinario sucede en sus vidas, el es Hijo de Dios, destinado a ser la luz y la salvación del mundo. Después de este suceso, la vida de José y María transcurrirá normalmente en Nazaret (Lc 2,51). Durante este período, de acuerdo a una muy antigua tradición y dado que no se vuelve a mencionar a José, la Iglesia ha creído que José murió santamente muy posiblemente cuando Jesús habría tenido unos 25 años, (ya que para ese entonces ya sería un carpintero reconocido que trabaja junto con su padre, como lo mencionan los evangelios). Contrario a lo que se ha difundido sobre la figura de José, al cual se le ha hecho aparecer como un viejito, con el fin de proteger la virginidad de María, podemos suponer que moriría a la edad de 50 o 52 años.

La siguiente vez que aparece María en escena es en las bodas de Canán (27/30 d.C.) (Jn 2,1-11). Es difícil saber que tanto acompañaría María a Jesús en sus viajes apostólicos. Lo más posible, de acuerdo a la mayoría de los autores, es que solo esporádicamente lo acompañara, por lo que su vida continuaría "normalmente" en Nazaret. Sin embargo, no hay razón tampoco para dudar que Jesús la visitaría con mucha frecuencia sobre todo si tomamos en cuenta que la mayor parte de su ministerio lo realizó en Galilea. Una indicación de esto la tenemos en el evangelio de Mateo y sus paralelos en los sinópticos (Mt 12,46-50; Mc 3,31-35; Lc 8,19-21), en donde se nos narra que al menos una vez María fue a visitar a Jesús mientras éste ejercía su ministerio. Es muy posible que, todos los años subiera con María a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Algunos autores piensan que si esto fue así, lo más posible es que se quedara en casa de Lázaro, en Betania. Esto explica el hecho de la presencia de María en la Crucifixión (Jn 19,25-27). María, muy posiblemente avisada por alguno de los discípulos, habría estado presente en todo el proceso del juicio y de la crucifixión de su hijo. Finalmente, recibirá el cuerpo de Jesús y lo acompañará hasta el sepulcro. Esa noche muy posiblemente habrá regresado a casa de Lázaro en Betania.

Después de la crucifixión de Jesús, la próxima referencia directa que tenemos sobre María es su presencia en Pentecostés, en donde, junto con los demás discípulos "perseveraba en oración". Por ello, se han hecho muchas conjeturas sobre si Jesús se apareció a María y cuando fue esto. Uno de los datos que llama la atención es el hecho de que María no estuviera con el grupo de mujeres que fueron a primera hora a visitar el sepulcro. Una de las suposiciones es que Jesús se le haya aparecido inmediatamente después de la resurrección, es decir antes que a los primeros que fueron a la tumba y la encontraron vacía; esto explicaría - dicen - el hecho de que María no fuera, pues ya lo habría visto resucitado. Otro grupo de teólogos afirman que, de acuerdo al Evangelio, María es presentada siempre como la mujer de fe y como la mujer que manifiesta en sí las "Bienaventuranzas"; de manera que basados en el Evangelio de Juan, en el que Jesús llama "bienaventurados a los que "sin ver han creído" (Jn 20,29) suponen que, Jesús se presentaría a María, solo después de que la noticia fue conocida por los primeros testigos de la resurrección. De esta manera María aparece como el modelo de la fe y del cristiano, de los que sin haber visto a Jesús creen que está vivo, de los que ya antes de haber recibido el anuncio de la resurrección, han aceptado las palabras de Jesús: Resucitaré. Sin embargo todo queda en posibilidades.

La vida de María después de la resurrección fue totalmente unida a la comunidad. Desde el día de la crucifixión viviría con san Juan (Jn 19,25) y en estrecha comunión con los demás miembros de la Iglesia naciente. La veremos de nuevo en el Cenáculo, lugar en que se reunía con periodicidad la primera comunidad, orando y pidiendo el cumplimiento de la promesa del Espíritu Santo (Act 1,14). Después de Pentecostés no volveremos a tener referencia bíblica sobre su vida. Por una muy antigua tradición sabemos que vivió durante mucho tiempo en Efeso con san Juan y que muy probablemente ahí mismo murió y fue llevada al cielo (hay algunos que afirman que murió en Jerusalén). En cualquier caso, como dice el Concilio al citar el dogma de la Asunción "llegado el final de su vida terrena, María fue asunta al cielo en cuerpo y alma" (DS 3903).


MARIA: LITURGIA-FIESTAS

Ya para el segundo siglo, el amor a María había crecido tanto en la comunidad que este se empezó a manifestar en muy diversas formas, entre ellas el arte y la liturgia. Prueba de ello es uno de los frescos más antiguos que se han encontrado referentes a María. En las catacumbas de santa Priscila en Roma se puede apreciar una pintura hecha en la pared en donde se ve a María sosteniendo al niño y en el fondo lo que se supone sería el profeta Isaías. Con esto la comunidad reconoce que Jesús es el Mesías esperado. Con el fin de fortalecer nuestra espiritualidad mariana, veremos las fiestas marianas más importantes, su desarrollo y fundamento, con el fin de vivirlas con toda su riqueza. "El Sacrosanto Sínodo enseña en particular y exhorta al mismo tiempo a todos los hijos de la Iglesia a que cultiven generosamente el culto, sobre todo litúrgico, hacia la Bienaventurada Virgen, como también estimen mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia ella, recomendados en el curso de los siglos por el Magisterio, y que observen religiosamente aquellas cosas que en los tiempos pasados fueron decretadas acerca del culto de las imágenes de Cristo, de la Bienaventurada Virgen y de los Santos." SC 67.

La Iglesia, reconociendo el papel fundamental que Dios le asignó en la historia de la Salvación a la Santísima Virgen María, desde sus primeros años, ha desarrollado un gran amor y veneración por ella, el cual se ha convertido con el paso de los años en culto, el cual es llamado de Hiper-Dulia (Dios recibe culto de "Latría", es decir de adoración, La Virgen de Hiper-Dulía es decir sobre-veneración, y los santos de "Dulía" que es decir de veneración). Por ello a lo largo del calendario litúrgico se han ido agregando las fiestas que nos recuerdan, ya sea su participación en el misterio de la salvación, o su constante presencia en la vida de la Iglesia por medio de sus apariciones. Podemos decir que existen 4 grandes fiestas dedicadas a honrar a nuestra Madre Santísima las cuales corresponderían a los 4 dogmas marianos: La Solemnidad de la Maternidad Divina (1Enero); La Solemnidad de la Anunciación (25 Marzo); La Solemnidad de la Asunción (15 Agosto); y la Conmemoración de la Inmaculada Concepción (8 Diciembre). "En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen Purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser" CIC 1172.

La Iglesia empieza el Año Nuevo de muy diferente forma que el mundo secularizado; prácticamente ignora las fechas del año civil, en cuanto expresan un continuo circuito sin fin de años. Para la Iglesia empezó con Cristo un tiempo totalmente nuevo (Kayros) que continúa hacia una sola fecha: El retorno glorioso del Señor, al final de los tiempos. Por ello la Iglesia ha colocado, dentro de la renovación litúrgica, al inicio del año del calendario la Solemnidad de la Maternidad Divina, de María llamada también "María, Madre de Dios". Esta, siendo una de las fiestas más antiguas de la Iglesia (posiblemente se inició en el siglo III), nos hace reconocer que la Iglesia, como María, siempre está grávida de los hijos de Dios; además nos la propone como ejemplo para cada uno de nosotros al inicio del año. Al contemplar el misterio de la Maternidad Divina, estamos contemplando el misterio de la cooperación humana al proyecto salvífico de Dios, al cual todos, de maneras muy particulares, hemos sido invitados a participar. "En la nueva ordenación del período natalicio, nos parece que la atención común se debe dirigir a la renovada solemnidad de la Maternidad de María; ésta, fijada en el día primero de enero, según la antigua sugerencia de la Liturgia de Roma, está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre Santa, por la cual merecimos recibir al Autor de la vida" Marialis Cultus (MC) 5.

La segunda solemnidad que celebramos en el ciclo litúrgico, es la Anunciación, también llamada "Fiesta de la Encarnación del Señor". Esta fiestas Solemne se celebra el 25 de Marzo y conmemora el momento glorioso en el que la Redención se hace un acto concreto, pues con la Encarnación del Verbo, el proyecto de Dios para la salvación del mundo llega a su cumplimiento enviando al mundo al Emanuel, es decir al Salvador, a Jesús, el salvador. Es también una fiesta en la que celebramos la cooperación total del hombre al proyecto de Dios. María, responde toda la humanidad, aceptando tomar parte ACTIVA en la redención del mundo.. Por su voz, todas las criaturas dan el Sí definitivo a Dios. La fiesta solemne de este día nos invita a seguir las huellas de la fe de María: una fe generosa que se abre a la palabra de Dios, que acepta la voluntad de Dios, sea cual sea y se manifieste como se manifieste; una fe fuerte que supera todas las dificultades, incomprensiones y crisis; una fe activa, que desea colaborar vigorosamente en los designios de Dios sobre nosotros. "Memoria de un momento culminante del diálogo de salvación entre Dios y el hombre y conmemoración del libre consentimiento de María y su colaboración al plan de la redención". MC 6.

Nuestra tercer gran Solemnidad es la fiesta de la Asunción de María la cual celebramos el 15 de Agosto. Esta fiesta es llamada también (sobre todo por la Iglesia Oriental "La Dormición de María"). Esta es una de las fiestas mas antiguas (probablemente ya celebrada en Oriente en el siglo V) lo cual testifica la fe que la Iglesia ha tenido siempre en el hecho de que María, murió, como todos los humanos, pero que inmediatamente fue llevada en cuerpo y alma al cielo, convirtiéndose así en el modelo de la humanidad redimida y glorificada. En la Asunción, la Iglesia celebra el triunfo de la humanidad y contempla en María, lo que un día seremos todos los cristianos, que como María han sabido ser fieles al Señor hasta el final. "La solemnidad del 15 de agosto celebra la gloriosa Asunción de María al cielo: fiesta de su destino de plenitud y de bienaventuranza, de la glorificación de su alma inmaculada y de su cuerpo virginal, de su perfecta configuración con Cristo resucitado; una fiesta que propone a la Iglesia y a la humanidad, la imagen y la consoladora prenda del cumplimiento de la esperanza final". MC 6.

La última grande fiesta de María Santísima es la "Conmemoración" de la Inmaculada Concepción que se celebra el 8 de Diciembre. Esta fiesta fue celebrada ya en el Oriente probablemente desde el siglo VI. En ella celebramos la imagen perfecta del hombre pensado por Dios: sin pecado. Celebramos el llamado de Dios a vivir una vida de santidad, en obediencia y amor al Señor. La fiesta de María Inmaculada, nos presenta a María como la mujer que desde el primer momento de su concepción fue exenta de pecado, la mujer "llena de gracia" (Lc 1,28) que deposita en Dios toda su confianza y que no tiene otra preocupación que el "hacer la voluntad del Señor" (cf. Lc 1,38). "... la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano. Esta "resplandeciente santidad del todo singular" de la que ella fue "enriquecida desde el primer instante de su concepción" (LG 56) le viene toda entera de Cristo: Ella es "redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo" (LG 53). El Padre la ha "bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo" (Ef. 1, 3) más que a ninguna otra persona creada. El la ha "elegido en él, antes de la creación del mundo para ser santa e inmaculada en su presencia, en el amor" (Ef. 1, 4)." CIC 492.

Después de las grandes Solemnidades, tenemos las FIESTAS en las que celebramos alguno de los momentos importantes de la Historia de la Salvación en el cual María ha tomado parte de manera especial. Estas las podemos dividir en "bíblicas" y "populares". Las primeras emergen de la misma Escritura y están en íntima relación con Jesús como son: La presentación del Señor (2 Febrero), La visitación de María a Isabel (31 Mayo) y Navidad (25 de Diciembre). Las segundas se pueden dividir en "apariciones" y "legendarias". Las primeras nos ayudan a recordar el mensaje dado por nuestra Madre Santísima al mundo a través de alguna de sus apariciones. Mencionamos las de carácter universal (Pues en cada país estas pueden variar en importancia): Nuestra Señora de Lourdes (11 Febrero); La Virgen de Fátima (13 Mayo); La Virgen del Carmen (Julio 16); Nuestra Señora del Rosario (7 Octubre); La Medalla Milagrosa (27 de Noviembre); Solemnidad de Santa María de Guadalupe (12 de Diciembre). Entre las fiestas "legendarias" tenemos: María Reina (22 de Agosto); El Nacimiento de María (8 de Septiembre); Nuestra Señora de los Dolores (15 de Septiembre) y La presentación de María (21 de Noviembre). "… Ni debe olvidarse que el Calendario Romano General no registra todas las celebraciones de contenido mariano: pues corresponde a los Calendarios particulares recoger, con fidelidad a las normas litúrgicas pero también con adhesión de corazón, las fiestas marianas propias de las distintas Iglesias locales. Y nos falta mencionar la posibilidad de una frecuente conmemoración litúrgica mariana con el recurso a la Memoria de Santa María "in Sabbato"" MC 9.

Una de las fiestas más antiguas, es la Presentación del Niño o también llamada la Purificación de María (2 de Febrero). Esta es una memoria conjunta del Hijo y de la Madre. En 512 se le da mayor solemnidad, con procesiones de antorchas, cristianizando las fiestas paganas romanas que tenían lugar en febrero con antorchas y ritos de purificación. Como la imagen que representa este misterio es generalmente la de la Santísima Virgen con el niño en sus brazos, se le llegó a dar un matiz mariano a la fiesta, y por las velas -candelas- se le dio el nombre popular de Nuestra Señora de la Candelaria. Es común ver con la imagen, "las dos palomitas" signo de la ofrenda hecha. La otra fiesta importante que emerge de la Escritura es la fiesta de la visitación. La celebración de esta fiesta es muy antigua. Fue establecida definitivamente por el Concilio de Basilea en 1441. En la renovación litúrgica posterior al Concilio Vaticano II, se fijó esta nueva fecha para que quedara más lógica la secuencia: Anunciación (marzo 25), Visitación (mayo 31) y Nacimiento de San Juan Bautista (Jun. 24).

La Iglesia, buscando ante todo el promover y hacer conocer los mensajes dados por la Santísima Virgen al mundo en sus apariciones, ha instituido fiestas litúrgicas, en las cuales ha seleccionado los pasajes de la Escritura que hacen referencia a sus palabras y elaborado oraciones que nos hacen entender el papel que tiene María todavía en nuestra vida cristiana. Ella como madre amorosa no deja de preocuparse por la salvación de sus hijos, buscando continuamente el que éstos lleven una vida conforme a la verdad y al amor de Dios. Por ello, el participar ese día de la celebración Eucarística no solo nos ayuda a recordar algunas de las palabras de María, sino que éstas, acompañadas por la exhortación de la Sagrada Escritura y la fortaleza que se recibe en la Comunión, nos ayudan a perseverar en nuestro camino de perfección cristiana.

Recordemos siempre que las apariciones y mensajes de María, siempre tienen algo que decirnos, son siempre ayuda eficaz en la vida de la conversión y del amor. " La necesidad de una impronta bíblica en toda forma de culto es sentida hoy día como un postulado general de la piedad cristiana. El progreso de los estudios bíblicos, la creciente difusión de la Sagrada Escritura y, sobre todo, el ejemplo de la tradición y la moción íntima del Espíritu orientan a los cristianos de nuestro tiempo a servirse cada vez más de la Biblia como del libro fundamental de oración y a buscar en ella inspiración genuina y modelos insuperables. El culto a la Santísima Virgen no puede quedar fuera de esta dirección tomada por la piedad cristiana" MC 30.

Nueve meses después de la celebración de la Inmaculada Concepción (8 de Diciembre), la Iglesia celebra el Nacimiento de María Santísima (8 de Septiembre), fiesta que se deduce implícitamente de la vida de Jesús y María. La Fiesta nació en el Oriente en el siglo IV y muchos de los elementos que se conmemoraban y se destacaban en su celebración litúrgica provienen de los Evangelios Apócrifos, de manera particular del Protoevangelio de Santiago (escrito del siglo II), el cual narra una serie de acontecimientos, más que históricos, legendarios. Este escrito no tiene para nada el carácter histórico y doctrinal de los escritos de la Biblia, sin embargo, ha proveído de algunos elementos que, sin que sean totalmente históricos, presentan una posible realidad de la vida de María en algunos de sus aspectos. Entre ellos podemos mencionar los nombres de los papás de María (Joaquín y Ana). "Después de estas solemnidades se han de considerar, sobre todo, las celebraciones que conmemoran acontecimientos salvíficos, en los que la Virgen estuvo estrechamente vinculada al Hijo, como las fiestas de la Natividad de María (8 septiembre), "esperanza de todo el mundo y aurora de la salvación"" MC 7.

Los relatos relativos a la presentación y estancia de María en el Templo, fueron siempre tenidos en gran consideración en Oriente, donde la celebran como una de las doce grandes fiestas de precepto. La fiesta se originó muy posiblemente en Jerusalén. El primer dato es el de la dedicación de una iglesia -en honor a la Presentación- en las cercanías del templo el 21 de noviembre de 543, destruida por los persas en 614. Cualquiera que sea la realidad del hecho, lo que interesa a la liturgia y a la piedad, es el valor religioso y teológico del episodio de la Presentación. Esta es otra de las fiestas extraídas del Protoevangelio de Santiago, del cual históricamente no se puede aceptar que María haya sido presentada en el templo y mucho menos que haya vivido en él, sin embargo, el relato se acepta como símbolo de una verdad más alta: la de la total consagración a Dios por parte de la Virgen desde los primeros momentos de su existencia. Desde la época más remota, la Iglesia ha venerado la sublime santidad de María y muy pronto la piedad cristiana se detuvo en la misteriosa preparación de este ser elegido para una misión tan especial. Valores que encontramos en Occidente en el dogma de la Inmaculada Concepción y en Oriente en esta fiesta.

Los Padres de la Iglesia y los textos litúrgicos ven en este episodio los años de preparación -sostenida por el Espíritu Santo- dirigida al servicio del Señor. La fiesta constituye, además, un tributo a María, considerada como el nuevo y verdadero templo del Señor. Por la encarnación en Ella del Dios-Verbo, María llegó a ser de modo eminente templo de Dios.

Las fiestas de Nuestra Señora de los Dolores (15 de Septiembre), la Coronación de María o María Reina (22 de agosto), Nuestra Señora del Refugio (4 de Julio) junto con muchas fiestas más, obedecen a la piedad popular que va asociando a María Santísima con sus virtudes y prerrogativas, así como con algunos pasajes de su vida, que aunque no documentados, se suponen obvios, como es el caso del dolor que debió padecer al pie de la cruz. Por lo que se refiere al título de Reina, este es atribuido a María por la tradición cristiana al menos desde comienzos del siglo IV. Entre otros títulos reales aplicados a la Virgen, éste fue ganando terreno progresivamente en el uso del Pueblo de Dios, hasta llegar a ser del dominio común en la Iglesia. En 1954 Pío XII publica la encíclica Ad Coeli Reginam que es el principal documento del magisterio sobre la realeza de María, e instituye su fiesta litúrgica, la cual se fija, una semana después de la fiesta de la Asunción, ya que fue al culminar ésta cuando "la Santísima Virgen es coronada de gloria en la celestial bienaventuranza". "En la celebración de este círculo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con especial amor a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con un vínculo indisoluble a la obra salvadora de su Hijo; en ella mira y exalta el fruto excelente de la redención y contempla con gozo, como en una imagen Purísima, aquello que ella misma, toda entera, desea y espera ser" SC 103; CIC 1172.

A lo largo de esta catequesis hemos podido ver cómo el culto especial a María nació espontáneamente de la fe y del amor filial del pueblo de Dios y se ha convertido en un "elemento intrínseco del culto cristiano" formando "parte integrante" del mismo. En María, la Iglesia celebra el cumplimiento del misterio Pascual en su forma plena, semejante a la del Señor resucitado, puesto que realizó en cuerpo y alma su "paso" pascual de la muerte a la vida. De esta manera el culto cristiano se ve enriquecido con la celebración total del triunfo, no sólo de Cristo sino, que al celebrar a María celebramos nuestro propio triunfo dentro del misterio pascual de Cristo. María, como en Pentecostés, vuelve a reunirse con la Iglesia y en la Iglesia para pedir que el Espíritu Santo realice el misterio de la transubstanciación, para acompañar en la peregrinación al pueblo de Dios, para interceder y unirse a la misma oración de súplica, para volver a ofrecer con todo su corazón a Cristo, como lo hizo ante la cruz, para mostrarle a cada uno de los cristianos que el culto es la expresión más perfecta de adoración y sostén de la verdadera fe. Por ello, el culto a María nos ayuda a entender más el misterio interior de Dios, y a saber que contamos con una Madre amorosa que vela incesantemente por nosotros, ya que como dice el Concilio, su participación en el misterio de la salvación no ha terminado aun (LG 62), que continúa acompañándonos y protegiéndonos hasta que se realice en cada uno de sus hijos la victoria final sobre el mal y el pecado, y pueda tenerlos en su regazo en el cielo por toda la eternidad.
(Desconozco el autor).

08/10/2010 17:36 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La caridad servicial de María.

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La caridad servicial de María
La caridad no puede esperar, tiene prisa. Es no tener que contemplar mis quehaceres por muy importantes que sean.
Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
 
LA VISITACIÓN

Lucas 1, 39-56


Composición de Lugar: apenas la Virgen supo del milagro de fecundidad operado en Isabel, su prima, se dirigió a visitarla. Era primavera, cercana, quizá, la Pascua. La aldea, situada hacia el Sur, en la montaña de Judea, se supone ser, probablemente, la actual Ain-Karim. Había, desde Nazaret, varios días de camino -tres o cuatro-, y cae dentro de lo probable que María los hiciera con alguna de las caravanas que se dirigían a Jerusalén, confundida entre la gente, a solas con su gozoso secreto. Debió de ser para Ella un viaje maravilloso. Te acompaño, María. Déjame ir en tu compañía, pues quiero aprender de ti la caridad.

Petición: Señor, ensancha mi corazón para que pueda desvivirme en caridad por mi hermano, a ejemplo de María con su prima Isabel, olvidándome de mí mismo.

Fruto: Vivir mi jornada animado por el espíritu de caridad activa y servicial, porque en servir está la verdadera libertad y alegría.

Puntos: Veamos los detalles de caridad de María en la Visitación a su prima Isabel.


1.Ponerse en camino, ¡qué incomodidad! Con lo bien que estaba en su casita de Nazaret, y poder disfrutar a solas de esa noticia tan maravillosa: “estoy embarazada de Dios”. Ponerse en camino implica desinstalarse, salir de uno mismo, exponerse a las sorpresas del camino y a la inclemencia del clima, a perder mucho tiempo. La caridad siempre me exige un salir de mí mismo y de mi comodidad para ir al otro, que me necesita, que me interpela, que me espera. ¿Cuáles son las cadenas que me impedirían ponerme en camino? El egoísmo ciego, la tibia comodidad, los propios intereses mezquinos. ¿Qué efectos produce en mi alma el ponerme en camino? Una grande alegría interior, una liberación de mi egoísmo, una dilatación de mi corazón. Ahí vemos a María, feliz, radiante, yendo a Ain Karim para servir a su prima Isabel que está embarazada de Juan Bautista. ¿En algo puedo ayudarte, Isabel? Señor, dame alas en mi alma para ponerme en camino donde tantos de mis hermanos me esperan para que les eche una mano o las dos.

2. Se fue de prisa a la montaña, ¡qué urgencia! La caridad no puede esperar, tiene prisa. Ir de prisa significa que no tenemos que contemplar nuestros quehaceres -por muy importantes que sean- pues nos atarían a la pata de nuestra mesa egoísta. Y, ¿quién te desata? A la caridad tienen que salirle las alas del alma para ir de prisa a socorrer al otro, al prójimo que está más necesitado que tú. La caridad no puede ser perezosa. No hay que reflexionar mucho al hacer la caridad, porque encontrarás siempre motivos para no moverte y hacer esa caridad. Dice el Kempis en su libro Imitación de Cristo: “Quien ama, corre, vuela; vive alegre, está libre y nada le entorpece...A quien ama, nada le pesa, nada le cuesta, emprende más de lo que puede...El amor está siempre vigilante e incluso no duerme...Sólo quien ama, puede comprender la voz del amor” (Libro III, capítulo 5). María ama y por eso escuchó la voz del amor que le pedía ayudar a su prima Isabel. El amor nos abre las alas del alma para volar y ayudar a los demás. Quien no ama no pasa de ser un pobre ave de corral que sólo picotea su granito para llenar su propio buche, y nunca vuela, porque no tiene alas desplegadas, fuertes y consistentes...y está siempre peleándose con las demás aves del corral por un ridículo granito de maíz.

3. Entró en casa de Zacarías, ¡qué intimidad! La casa del otro está de ordinario cerrada a los demás por miedo a los ladrones, a los fisgones, a los intrusos. Nadie abre la propia puerta de su casa a cualquiera. Un mínimo de intimidad se requiere. La caridad crea lazos de intimidad con el otro. Y aquí María creó lazos con su prima, porque entre ellas estaba la gran noticia que incumbía a las dos: el nacimiento del Salvador, que exigía la presencia del precursor, Juan. Cuando el Evangelio todavía no es palabra pública dirigida a todos los hombres, ya es mensaje acogido por María y hecho carne en ella. Está encerrado en su seno, es la debilidad de un niño. Pero ya está operante en su vida y desde ella obra la santificación de una familia, transformándose en Buena Noticia para todos sus miembros. En lenguaje cristiano “entrar en la casa de alguien” significa llevar la buena nueva, transformarse en apóstol. En esa intimidad esas dos mujeres se encendían con el amor de Dios y provocaron una enorme hoguera de fe, humildad y gratitud: “Feliz tú que has creído... ¿Cómo es que viene a mí la Madre de mi Señor?...Mi alma glorifica al Señor”. Así deberíamos ser cada uno de nosotros cuando visitamos a alguien: provocar el gozo de Dios en lo profundo de las almas.

4. Y saludó a Isabel, ¡qué delicadeza! Detrás del saludo se esconde ese deseo de salud física y espiritual. El saludo implica unión de corazones. El saludo verdadero es portador de gozo y energía al otro. El saludo despierta en el otro un deseo de entrar en esa misma corriente de expansión y amor. El saludo a su prima -seguramente lleno de amor cálido- es ya transmisión de la gracia, y con su sola presencia es instrumento de santificación para el hogar de Zacarías. Y con el saludo María lleva los bienes mesiánicos: la alegría y la acción del Espíritu Santo. Hay clima de fiesta en el encuentro, sorpresa por la visita y admiración por las grandezas divinas. María e Isabel están todavía bajo los efectos de las visitas de Dios en sus vidas; y uno de esos efectos es precisamente el gozo ante la misericordia y la fidelidad del Dios de la alianza. Isabel, impulsada por el mismo Espíritu que había obrado en María la Encarnación, alaba y reconoce en su prima a la Madre de su Señor, el Redentor de su pueblo. Su gozo es tan intenso ante este nuevo don, que se comunica al hijo que lleva en su seno, el futuro precursor de aquel que está en el seno de María. El Espíritu no encuentra barreras en estas mujeres llenas de fe y obra con plenitud en ellas, santificando también la experiencia más hermosa de sus vidas: la maternidad.

5. Exclamó, “Mi alma glorifica al Señor”. La reacción de María ante las maravillas obradas por Dios en su vida es un cántico de alabanza y gratitud. ¡Qué humildad! María no viene a creerse más importante que Isabel, pues la caridad no puede pavonearse ni ser vanidosa. La vanidad mancha la caridad y la pudre de raíz. María viene a reconocer que todo lo bueno que ella tiene viene de Dios, es de Dios, y que nada es mérito suyo. Ella es la Virgen evangelizadora de la buena nueva. Es la portadora de Cristo a sus semejantes. Ella no permanece pasiva en Nazaret; se siente urgida a transmitir los dones recibidos. María no los retiene para sí, los comunica con generosidad. Lo contemplado en el encuentro personal e íntimo con su Dios se vuelve en ella mensaje fecundo e irradiación espontánea. Nuestra caridad hecha mensaje para los demás tiene que estar amasada de humildad, pues no somos nosotros los que movemos el corazón; es Dios a través de nosotros quien llena a los demás del gozo íntimo. Dios es la fuente de la alegría. María se sabe y siente en posesión de Dios, por eso exulta su corazón. Dios es grande, Ella es pequeña. Dios es la alegría, Ella es el recipiente de esa alegría de Dios, y lo comparte con nosotros.

6. Y María se quedó con Isabel unos tres meses, ¡qué abnegación! ¿Haciendo qué? Cocinando, limpiando pisos, yendo de compras, charlando de corazón a corazón, sudando y cansándose. Pero ella estaba feliz, pues la caridad que cuesta provoca felicidad interior, nos desprende de esa costra de egoísmo que tanta paz nos roba y desfigura la belleza de nuestra alma. María aquí es la Virgen servicial, la que no duda en abrirse a los demás para compartir sus alegrías y dolores. La servidora del Señor se hace servidora de sus semejantes. No podía ser de otra manera, porque no hay separación entre entrega a Dios y compromiso con los hombres. El primer mandamiento de Jesús encuentra en María una encarnación preclara: el amor a Dios es fuente del amor al prójimo, y éste es consecuencia y sello de autenticidad de aquél. Su servicio mayor -la aceptación de la misión maternal- impulsa a María a esta otra forma de maternidad: el servicio desinteresado a los demás. El misterio de la Anunciación tiene su prolongación y complemente en el de la Visitación. ¿Soy capaz, no digo de permanecer tres meses, sino tres minutos, tres horas, tres días...con alguien que necesita de mi caridad?


Preguntas para reflexionar:

· ¿Qué me impide el servir a mis hermanos: el egoísmo, la comodidad, la soberbia?
· Cuando hago algún gesto con mi hermano, ¿es por caridad desinteresada o porque busco alguna compensación?
· Al entrar en contacto con mi hermano, ¿llevo la alegría de Dios que provoca en el otro el gozo íntimo? ¿O me llevo a mí mismo y mis problemas y reclamos?
· ¿Estaría dispuesto, como María, a servir a mi prójimo durante tres meses, tres semanas, tres días, tres horas ayudando y dando mi tiempo, mis haberes y mi cansancio?

08/10/2010 17:35 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La caridad ingeniosa, atrevida y efectiva de María.

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La caridad ingeniosa, atrevida y efectiva de María
El amor de María nuestra madre, intuye y se adelanta y se cree con confianza para pedir a Dios la solución.
Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
 
LAS BODAS DE CANÁ


Composición de Lugar: María recibió una invitación para acudir a unas bodas que se celebraban en Caná de Galilea. Unas bodas, en Palestina y entre los judíos, era un acontecimiento importante y revestía un carácter religioso, pues era el medio de perpetuar la raza hasta la plenitud de los tiempos, es decir, hasta los días del Mesías. Los contrayentes eran amigos, parientes quizá, y María aceptó la invitación y acudió a Caná. Fue también invitado Jesús con sus discípulos, y de nuevo se encontraron reunidos, siquiera fuese transitoriamente y por breve tiempo, Madre e Hijo. Y, ¿qué pasó? Vayamos también nosotros a Caná, pues hemos sido invitados con María y Jesús.

Petición: Señor, dame ojos y corazón para intuir las necesidades de mi prójimo y en la medida de mis posibilidades, ayúdame a solucionarlas, a ejemplo de María, que con su poderosa intercesión logró alegrar ese momento hermoso con el vino nuevo de su Hijo.

Fruto: Tener los ojos abiertos a las necesidades de mi prójimo. Tener el corazón listo para conmoverme y las manos listas para ayudar.

Puntos: Veamos los detalles de caridad de María en Caná.


1. María estaba invitada: quien vive en la caridad y con caridad siempre es querido en todas partes y, por lo mismo, fácilmente es invitado a estos eventos alegres, humanos y sociales. Y allá fue, porque el amor trata de difundirse por todas partes. ¿Cómo no compartir la alegría de los demás y felicitarles por esta boda? Ella, la madre de Jesús, no podía despreciar estas alegrías humanas, como tampoco lo hará después Jesús, su Hijo. En muchos otros lugares de los Evangelios vemos a Jesús compartiendo banquetes, tanto que los fariseos se escandalizan de eso e incluso algunos le llaman “comilón y bebedor”. ¡Habráse visto! El corazón mezquino que no rebosa amor se escandaliza de que el otro ame y derrame su amor.

Sí, María fue invitada. Pero, ¿en verdad fue a comer y aprovecharse del banquete? El que fuera la primera que captara la insuficiente cantidad de vino sugiere que “estaba en todo”, y esto supone atención, actitud observadora, pensar en lo que ocurre y no en sí misma. ¡Otra vez, la caridad, amor al prójimo! Sí, lo opuesto al egoísmo y a buscar la propia satisfacción. Quien se deja llevar por el impulso natural en sus relaciones sociales corre el peligro de ser imprudente y pecar por exceso o por defecto; está abocado a vivir para sí y no para los demás; a dejarse llevar por el egoísmo en lugar de ejercer la caridad y el amor al prójimo. No hubiera sido igual en esa boda sin la presencia de María. El amor todo lo transforma, incluso las situaciones adversas. La caridad no deja indiferente el ambiente en que está. Al contrario caldea el ambiente en que vive y alegra la vida de quienes están a su alrededor.

Quien tiene amor aumenta el grado de felicidad de los demás en la tierra. Basta una sonrisa, una palabra de aliento, un gesto de servicio. ¿Qué hizo María? ¿Qué hubiera hecho yo en su lugar: reclamar, protestar contra los novios y los servidores?


2. Se acabó el vino y María dijo a Jesús: “no tienen vino”. Aquí está el amor de María, amasado de sencillez y de fe. Sea por la afluencia de invitados, sea por error de cálculo, llegó un momento en que el vino comenzó a escasear de tal manera que era fácil prever su insuficiencia para el tiempo que todavía había de durar la fiesta. Esto era grave, porque el apuro iba a ser tal, cuando se descubriera, que bastaba para amargar a los novios el recuerdo de su boda, que se iba a convertir en regocijado comentario del pueblo durante mucho tiempo. Y aquí interviene María con su caridad intuitiva, ingeniosa y efectiva. Esto quiere decir que andaba discretamente pendiente del servicio, ayudando quizá, sin inmiscuirse en lo que era tarea propia de maestresala. En cuanto vio esto, pensó en el modo de remediarlo. Pensó en la violencia de la situación de los novios. Su bondad le llevó a compadecerse de ellos y a buscar un remedio. Ella sabía que no podía realizar un milagro, pero sabía que su Hijo sí podía. El amor intuye y se adelanta y se cree con confianza para pedir a Dios la solución. ¡Es la madre! Y comunica su preocupación a su Hijo.

María se dirige a Jesús como a su Hijo, pero Jesús le contesta como Mesías: no ha venido a remediar problemas materiales, pues es muy otra la misión que ha recibido del Padre. Aclarado esto, no tiene inconveniente en adelantar su hora: la de hacer un milagro que ponga de manifiesto su poder y dé testimonio de su divinidad. El amor todo lo puede. El amor abre el corazón de Dios. El amor humilde y confiado de María realizó lo que nadie podría hacer en ese momento: convertir el agua en vino. “No tienen vida”, ¡qué oración tan sencilla de María! Ella expone la necesidad con la simplicidad de un niño. Los niños más que pedir, exponen, y no es necesario más porque la compenetración es tan grande que los papás saben perfectamente todo lo que la frase del niño encierra, y es para ellos más clara que un largo discurso. María, siendo la más perfecta de las criaturas, o mejor todavía, la criatura perfecta, su oración, sin duda, es la más perfecta de las oraciones, la mejor hecha, la que reúne todas las cualidades en su máxima profundidad. Es el amor quien hace nuestra oración sencilla, sin rebuscamientos ni artificios. ¿Si nosotros no conseguimos de Dios lo que le pedimos no será porque nos falta sencillez en nuestra oración? Y si nos falta sencillez, ¿no será porque estamos faltos de amor en el corazón? Sólo un corazón que ama sabe ser sencillo al pedir y todo lo consigue. Como María. ¡Qué complicados somos los hombres a veces en nuestras relaciones con Dios y con los demás! Aprendamos de María.


3. “Haced lo que Él os diga”. Es el amor de María lleno de confianza y humildad. La mirada suplicante, confiada, sonriente y amorosa de la Virgen no podía ser indiferente a Jesús en ningún caso. María obró con la seguridad de quien sabe lo que hace, pues el amor da seguridad y abre las puertas del corazón de Dios. Se acercó a los sirvientes y les dio unas instrucciones muy sencillas: “Haced lo que Él os diga”. Tras esto, la Virgen vuelve a confundirse entre los convidados. Sólo el que ama a Dios, ama a los demás y se consume viendo cómo, por no poseerlo, no son felices. Esta vibración interior es lo que lleva a acercarles a Dios, pero sin artificios ni convencionalismo, sin acosos ni insistencias, con la tenacidad propia del amor, pero con su suavidad, haciendo que acaben queriendo, abriéndoles horizontes que tienen cerrados. “Haced lo que Él os diga”: es el imperativo que lanza quien ama, porque conoce a quien es el Amor supremo. El amor aquí se hace humilde: Él es quien cuenta, no yo. Sólo Él es el Salvador y Mesías. Pero su humildad sabe dar el tono y matiz preciso a su imperativo. La oración que nace de la humildad siempre será escuchada y casi “obliga” a Dios a escuchar y hacer caso. Lo que da intensidad a una oración, lo que hace poner en ella toda el alma es la necesidad, y nadie como el humilde puede percibir hasta qué punto está necesitado de que Dios se compadezca de su impotencia, hasta qué punto depende de Él, hasta qué extremo límite es cierto que el hombre puede plantar y regar, pero que es Dios quien da el incremento (cf 1 Cor 3, 6-7), es Dios quien puede convertir esa agua en vino.

Quien no ama no es humilde. Quien no es humilde trata a Dios con prepotencia y egoísmo, y lo usa para que resuelva los problemas que nosotros mismos nos hemos planteado o sacarnos de los atolladeros en que tercamente nos hemos metido. Pero María es humilde. Expone el problema y la necesidad y deja todo en las manos de su Hijo.

Deja a Cristo el campo totalmente libre para que haga sin compromisos ni violencias su voluntad, pero es porque Ella estaba segura de que su voluntad era lo más perfecto que podía hacerse y de verdad resolvería el asunto. María confía en la sabiduría de su Hijo, en su superior conocimiento, en su visión más amplia y profunda de las cosas que abarca aspectos y circunstancias que Ella podía, quizá, desconocer. La fe y la humildad deja a Dios comprometido con más fuerza que los argumentos más sagaces y contundentes. “Haced lo que Él os diga”: ¡Qué conciencia tiene María de que su Hijo es el Señor y es quien debe mandar y ordenar, y no ella! Nos pide que siempre escuchemos a su Hijo y después que hagamos lo que Él nos diga. El amor escucha y hace lo que dice y pide el Amor con mayúscula. Hacer lo que Cristo nos dice es obedecer. Por tanto el amor termina siempre en obediencia. Lo que María nos dice aquí es que obedezcamos, que pongamos toda nuestra personal iniciativa, no en hacer lo que se nos ocurra, sino al servicio de lo que Él nos indique. Como Ella, que fue siempre obediente.

Quien no ama, protesta y no obedece con alegría. Por tanto, este amor de María en Caná desemboca en obediencia a Cristo. No es un amor que se queda sólo a nivel de sentimientos y emociones, o de soluciones más o menos hermosas. El amor tiene que ser acrisolado por la obediencia. Con la obediencia hemos encontrado lo único necesario y todo lo demás viene resuelto como consecuencia. Y la obediencia consiste en cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida. Y fue esta obediencia de María y de los servidores quien hizo que Cristo obrase el milagro. Y no fue fácil lo que Cristo les mandó: “Llenen de agua esas tinajas” ¿No será esto absurdo? Los servidores no protestan ni reclaman ni cuestionan. Obedecen, simplemente. Y obedecieron inmediatamente. Y obedecieron hasta el final, llenando las tinajas hasta arriba. No puede obedecerse a medias.


Preguntas para reflexionar:

· ¿Qué me impide ver las necesidades de los demás: mi maldito egoísmo que me ciega, mi corazón duro y soberbio, mis manos cerradas y ociosas?
· ¿Pido a Jesús por las necesidades del mundo, de la Iglesia y de las familias? ¿O sólo pido por mí y mis cosas? ¿Pido, como María, con fe, con humildad, con amor, con confianza, con obediencia?
· ¿Tengo el vino de mi caridad dulce y oloroso para compartir con los demás, o está ya picado y avinagrado por mi egoísmo y orgullo?

08/10/2010 17:34 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La caridad animadora de María.

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La caridad animadora de María
María, ten caridad con nosotros y enséñanos a rezar, porque nos conformamos con nuestras devociones y creemos que con eso, basta.
Autor: P Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
 
PENTECOSTÉS

Hechos 1, 14)


Composición de Lugar: “Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús y con los hermanos de éste” (Hechos 1, 14). Ahí estaba María con los apóstoles, en oración íntima, preparándoles para la venida del Espíritu Santo, animándoles, pues Jesús se acababa de ir al cielo, y ellos se sentían solos, desprotegidos y con mucha añoranza del Maestro. ¿Qué les diría María? ¿Cómo les animaría? Cuántos recuerdos se agolpaban en la mente y en el corazón de María y de los apóstoles. Metámonos también nosotros en ese Cenáculo para prepararnos, con María, para la venida del Espíritu Santo. María ya tenía una larga historia personal con el Espíritu, desde la Encarnación. ¿Quién mejor que Ella para enseñarnos cómo prepararnos para Pentecostés?

Petición: Señor, que sea un gran animador entre mis hermanos los hombres, con una caridad que transmita seguridad, consuelo y aliento, a ejemplo de María en el Cenáculo.

Fruto: Ser siempre a mi alrededor un auténtico paráclito (animador y consuelo) para mis hermanos, como lo fue María en Pentecostés con los apóstoles a quienes ayudó a prepararse para recibir al Espíritu Santo.


Puntos:

1. La caridad de María les enseñaba con paciencia de madre y maestra a rezar a los apóstoles durante la espera de Pentecostés: ¡Qué dichosos los apóstoles que pudieron orar junto con la Virgen! Ella dirigiría la oración. Ella daría ejemplo de fervor. Sólo con mirarla a Ella, se disiparía el cansancio, la tibieza, las distracciones de los apóstoles. Esta caridad de María comprendía el tedio de los apóstoles que estaban ya fatigados de tanto esperar. Esta caridad de María excusaba los defectos de estos hombres tan llenos de defectos todavía, pero cuyo amor a Cristo su Hijo era evidente. Esta caridad de María animaba a estos apóstoles que experimentaron la ausencia de Cristo, después de tres años de tanta intimidad con Él. Les enseñaba a rezar. Enseñar a quien no sabe es una obra de misericordia, es un acto de caridad sublime. Enseñar a rezar, porque María sabía que la oración es fuerza, es luz, es consuelo para el camino. Les enseñaba a rezar con humildad, con confianza, con perseverancia y con corazón limpio y desinteresado. Les enseñaba esa oración personal e íntima, amasada de fe y gratitud, de entrega y humildad. Y también les enseñaba la oración comunitaria, hecha como Iglesia, en nombre de la Iglesia.

Ah, María, ten caridad con nosotros y enséñanos también a nosotros a rezar, porque nos conformamos muchas veces con nuestras devociones y creemos que con eso, basta. La oración es mucho más que rezar nuestras devociones privadas. Es abrirme y escuchar a Dios como persona, con toda mi mente, corazón, afecto y voluntad, y donde Dios me transforma poco a poco, y así poder hacer en mi vida su santísima voluntad.


2. La caridad de María les ayudó a abrir la mente, el corazón y la voluntad de los apóstoles para recibir el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés. El primer “Pentecostés” para María, por así decir, fue el día de la Anunciación, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ella e hizo el milagro de la fecundación del Verbo en su seno. La caridad de María les enseñó cómo abrir la mente, el corazón y la voluntad para la venida del Espíritu Santo. Les decía que abrieran la mente, porque el Espíritu Santo es Luz que les iluminaría para que comprendiesen el mensaje de su Hijo Jesús antes de predicarlo. Les decía que abrieran el corazón, porque el Espíritu Santo es Amor que limpia toda impureza y deseos terrenos, y de esta manera harían de su corazón un auténtico oasis donde Cristo podría reponer sus fuerzas e intimar con ellos. Les decía que abrieran su voluntad, para que el Espíritu Santo les llenase de fuerzas para después ser valientes testimonios de Cristo, como realmente lo fueron. Oh, María, dime cómo tengo yo que abrirme a este Don Supremo del Espíritu.


3. La caridad de María fue aliento y estímulo para lanzar a estos apóstoles por el mundo entero predicando el evangelio de su Hijo. Les dijo que ya estaban capacitados para ir y predicar con valentía la buena nueva de su Hijo Jesús. Les dijo que no tenía que importarles lo que dijeran o dejaran de decir los otros, pues el Espíritu Santo pondría las palabras acertadas en su boca. Les alentó para que no se desanimasen ante las dificultades que encontrarían en muchas casas y ciudades. Les consoló el corazón, tan necesitado del cariño maternal. Les aseguró que el Espíritu es viento impetuoso que les llevaría con fuerza por todos los rincones del mundo. Les aseguró que el Espíritu es lengua de fuego que se les meterá en el corazón y les hará hablar sin miedo y sin cobardías, hasta convertirles en celosos apóstoles y mártires. Les aseguró que el Espíritu restaurará la unidad perdida en Babel, donde el orgullo humano fue castigado con la diversidad de lenguas.

El Espíritu es forjador de unidad y comunidad. Ahí está María en esta primera Iglesia, en esta Iglesia primitiva. Está en medio de la Iglesia naciente. Está como la madre de Jesús, amándolo en estos hombres concretos que Él había elegido.

Conoce las debilidades y los miedos de esta primera comunidad eclesial y la ama en su realidad concreta. Les dice que a ellos se les ha encomendado el Reino. La pequeñez de los instrumentos no asusta a María. La presencia de María en este Cenáculo es solidaridad activa y consoladora con la comunidad de su Hijo. Ella es la que con mayor anhelo y fuerza implora la venida del Espíritu. Ella es la Madre de la Iglesia. Todo su amor y todos sus desvelos son ahora para esa Iglesia naciente que es la continuación de la obra de Jesús. Ella acompaña la difusión de la Palabra, goza con los avances del Reino, sigue sufriendo con los dolores de la persecución y las dificultades apostólicas. Ignoramos cómo transcurrieron los últimos años de María y también cuándo y dónde aconteció el final de su vida terrena. Pero seguramente fueron años de íntima unión con Cristo y con su obra. Y ese final marcó el inicio de otra forma de existencia, junto al Señor glorificado y junto a nosotros. Ella desde el Cielo sigue derramando su caridad con su mediación e intercesión por nosotros, sus hijos.


Preguntas para reflexionar:

· ¿Qué experiencia tengo del Espíritu Santo en mi vida? ¿Puedo decir que es para mí Luz para mi mente, consuelo para mi corazón y fuerza para mi voluntad?
· ¿Suelo ser para mis hermanos “paráclito”, es decir, consuelo y aliento, como lo fue María para los apóstoles? ¿O por el contrario los demás se apartan de mí porque soy portador de negativismo, disgustos y reclamos?
· ¿El Espíritu Santo me lanza a llevar el mensaje de Cristo por todas partes: en mi casa, entre mis vecinos, en mi trabajo, con mi grupo de amigos? ¿O soy cobarde y tengo respeto humano para hablar y dar testimonio de Cristo?
· ¿Cómo es mi relación con María Santísima, madre de Cristo, madre de la Iglesia y madre mía: filial e íntima, esporádica o constante?

08/10/2010 17:33 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

La adoración a Maria.

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Autor: Aci Digital
La "adoración" a María
Hay algunos que piensan que los católicos "adoramos" a María ¿Es eso cierto?  
 
Hay algunos que piensan que los católicos "adoramos" a María ¿Es eso cierto?

Primero que nada, hay que decir que los católicos no adoramos a la Virgen María. El culto que le profesamos no es adoración, puesto que ésta corresponde únicamente a Dios. Los católicos veneramos a Santa María, porque Ella es la mujer a quien Dios escogió para que fuera la Madre de Cristo. Es decir, María no es una persona cualquiera, es la Madre del mismo Dios.

María es bienaventurada por el hecho de haber sido escogida por Dios para llevar al Salvador en su seno, y por ello los católicos la hemos llamado así durante "todas las generaciones". El respeto y veneración que le profesamos los católicos a la Santísima Virgen tiene, por lo tanto, bases bíblicas sólidas.


1. Desde el designio divino

Dios manda alabar a María. El ángel Gabriel enviado por Dios saludó a María con estas palabras: "Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo" (Lc 1,28). Dios Padre ha querido asociar a María a la realización de su Plan de Reconciliación. Es así que María está asociada a la obra de su Hijo, el Señor Jesús. No es un simple capricho o exageración el reconocer la maternidad divina de María. El misterio de María está íntimamente unido al misterio de su Hijo. En Ella "todo está referido a Cristo", subordinado a Él. María no tiene naturaleza divina y todos sus dones le vienen por los méritos de su Hijo, y no por ello deja de ser una mujer única, con dones únicos para una misión muy particular en la historia.

La cooperación de María en la obra de la Reconciliación. Para ser la Madre del Salvador, María fue dotada por Dios con dones a la medida de su importante misión; ella es la "Llena de gracia". Sin esta gracia única, María no hubiera podido responder a tan grande llamado. Ella es Inmaculada, libre de todo pecado original, en virtud de los méritos de su Hijo (LG 53).

Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y posibilidad humanas (Catecismo de la Iglesia Católica n. 497). María es, pues, una mujer muy especial, dotada por Dios para ser Madre del Redentor, Madre de Dios.


2. Testimonio de las Escrituras

Los Evangelios nos la presentan como activa colaboradora en la misión de su Hijo. En Belén da a luz a Jesús, lo presenta a los pastores, a los Magos y en el Templo; convive con Él treinta años en Nazareth; intercede en Caná; sufre al pie de la cruz; ora en el Cenáculo. Por tanto, hacer a un lado a María, separarla de Cristo, no es lo que la revelación enseña. Si los Reyes Magos adoraron a Jesús en brazos de María, ¿será idolatría imitar su ejemplo?


3. En la vida de la Iglesia

La Iglesia nos presenta a María como Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. "Pero todo esto ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada nada a la dignidad y e ficacia de Cristo, único Mediador" (S. Ambrosio). La luna brilla porque refleja la luz del sol. La luz de la luna no quita ni añade nada a la luz del sol, sino manifiesta su resplandor. De la misma manera, la mediación de María depende de la de Cristo, único Mediador.

El culto a María está basado en estas palabras proféticas: "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso" (Lc 1, 48-49). Ella será llamada bienaventurada, no porque su naturaleza sea divina, sino por las maravillas que el Poderoso hizo en ella. Así como María presentó a los pastores al Salvador, a los Magos al Rey, para que lo adoraran, le presentaran dones y se alegraran con el gozo de su venida, así el culto a la Madre hace que el Hijo sea mejor conocido, amado, glorificado y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos. María nunca busca reducir la gloria de su propio Hijo; todo lo contrario, y así es como lo ha entendido la Iglesia desde los primeros siglos, cuando oraban al Señor los discípulos en el Cenáculo en compañía de la Virgen Madre (Hch 1,14).

08/10/2010 17:32 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Hoy voy a hablar contigo de ella, de mi Madre, de tu Madre.

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Hoy voy a hablar contigo de Ella, de tu Madre, de mi Madre
Es mayo, Señor, y la Iglesia que tu fundaste le ha dedicado este mes a María. Señor, Jesús, gracias porque tu Madre es mi Madre.
Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net


Es mayo, Señor, y la Iglesia que tu fundaste le ha dedicado este mes a María.

Vengo ante ti, la Capilla está vacía y en este silencio y soledad encuentro el momento propicio para hablar un rato contigo... podemos hablar de muchas cosas.... y traigo en el alma tantas penas, tantas preocupaciones, tantos desvelos, todos encerrados en mi "pequeño mundo", pero no. Hoy no te voy a hablar de mi, tu me conoces, tu lo sabes todo, Señor..

Hoy voy a hablar contigo de Ella, de tu Madre, de mi Madre, porque tu me la diste, me la entregaste desde la Cruz donde ya estabas a punto de morir.

Los brazos de María son los primeros que te arroparon allá, en una noche fría pero la más bella y buena de todas las noches y así empezaste a conocer lo que es el amor y el calor de una madre. Después atravesaste montañas y pueblos, siempre arropado en los brazos de una mujer, tu madre, que con el corazón de latir asustado, huía a otras tierras para proteger tu vida.

Tiempo después la vuelta y la vida tranquila, sencilla y humilde en la aldea de Nazaret... ¿Te acuerdas, Jesús del pozo donde la acompañabas a buscar el agua? ¿Te acuerdas de sus risas, de la mirada de sus ojos dulces y hermosos, desbordada de amor e infinita ternura?...¡Qué bonitos días, cuánta paz, cuánto amor!.

Tu crecías.... te estabas convirtiendo en un jovencito y Ella siempre a tu lado. Fuiste con tu "padre" y Ella a Jerusalém, entraste en el Templo y por aquel "misterioso mandato" te quedaste a participar en las discusiones de los grandes pensadores... y te dolía el corazón porque sabías del dolor de "esos dos seres" tan amados al vivir la zozobra de tu ausencia.... pero es que ya estabas empezando a cumplir tu misión...

Después volviste con "ellos" y ¡qué años tan inolvidables y hermosos! ¡Qué unión, qué felicidad, qué hogar tan pleno de armonía y de amor!. Cuántas veces la mirarías en el quehacer de las labores en la humilde casa, a la hora de estar reunidos en la comida, en la oración, desbordándose tu amor de hijo en aquella dulce y tierna mujer, sencilla pero con dignidad de reina, alegre y dispuesta... ¡cuánto te quería, cuánto la amabas... ¿Te acuerdas Jesús? Y un día la viste llorar... José, "tu padre" había muerto, Ella lo amaba mucho y lloraba...y tus brazos la rodearon y Ella apoyando su cabeza en tu pecho encontró, a pesar de su dolor, la paz.

El tiempo pasó y llegó el día...Día en que habías de "saber decir adiós" y tenías un nudo en la garganta pero la viste a Ella con el brillo de las lágrimas en los ojos, pero serena, otra vez "el fiat" en su corazón, esclava a la voluntad de Dios, pero con la dignidad de reina y señora despedirte con el más fuerte y amoroso de los abrazos, de unos brazos que tal vez no te volverían a envolver y apretar contra su corazón hasta que te entregaran en ellos después de bajarte de la cruz...¡qué despedida, Jesús, qué despedida!. Así los dos nos enseñasteis a "saber decir adiós."

Seguro que alguna vez regresaste para verla y estar con Ella pero... tu Misión había comenzado y ya no "eras suyo".

Después tu subiste al Calvario y Ella lo subió contigo para estar al pie de la cruz. ¡Jesús, si habías tenido todos los más crueles sufrimientos que un hombre puede tener, creo que ninguno pudo atormentar tu corazón como el volverla a ver en aquellos momentos! y nos la diste por Madre para que sus brazos, ya sin ti, pudieran abrazar a toda la Humanidad y en ella, a mí!. ¡Gracias, Jesús!.

¡Aleluya, Aleluya!. Otra vez Tu y Ella abrazados. ¡Madre querida, aquí estoy, he resucitado! ¿Te acuerdas, Jesús?. ¡No hubo una mañana más hermosa para Ti y para Ella!.

Y después el tiempo pasó...y un día, un día muy especial, Ella subió al cielo para estar contigo, con San José, con los Santos y los ángeles en la infinita y gloriosa presencia de Dios.

Estamos en el mes de mayo, Jesús, y hemos hecho un pequeño recuerdo de esa gran mujer, ejemplo de todas las madres del mundo: Estrella de la mañana, Reina de los ángeles, Virgen fiel, Virgen misericordiosa, Puerta del Cielo, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Reina de la Paz....

Señor, Jesús, gracias porque tu Madre es mi Madre.

Santa María, ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

También en este mes festejamos el Día de la Madre. Las que partieron y nos siguen amando desde el Cielo y las que todavía están con nosotros sabemos que no hay un amor como ese amor, que es el que más se asemeja al de nuestro Padre Dios, pues lo da todo sin pedir nada a cambio, tal vez, si, una sola cosa, al igual que el Señor..... ¡que las amemos!.

08/10/2010 17:31 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Explicación teológica de por qué la Virgen es Reina.

EXPLICACIÓN TEOLÓGICA DE POR QUÉ LA SANTÍSIMA VIRGEN ES REINA
 
(Juan Gusttavo Ruiz Ruiz).

La razón por la que la Santísima Virgen María es Reina se fundamenta teológicamente en su divina Maternidad y en su función de ser Corredentora del género humano.

En el mundo entero se repite con frecuencia y resuena en muchos corazones el rezo de la Salve: Salve Regina..., Dios te salve Reina... Es el reconocimiento y la proclamación de su realeza. Verdaderamente María es Reina.

Ella nació Reina porque fue predestinada abaeterno para que lo fuera. Y fue predestinada para ser Reina porque fue elegida para la singularísima y trascendental misión de ser la Madre de Cristo Rey y Mediadora universal de todas las gracias.

¿QUÉ ES UNA REINA?

El término reina (rey) deriva del verbo latino regere, que significa ordenar las cosas a su propio fin. Por tanto, el rey (reina) tiene el oficio de regir o gobernar a la sociedad a su cargo para que ésta alcance su fin, con un verdadero primado de poder y excelencia (cfr. Santo Tomás de Aquino, De regimini principium, I,1)

El significado de la palabra rey (reina) tiene múltiples acepciones. Así, por ejemplo:

a) Se puede ser reina de tres formas: la que es reina en sí misma, la que es esposa del rey, y la que es madre del rey. En este caso, María es reina por los dos últimos títulos: por su relación con Dios y con Cristo.

b) También cabe considerar el reinado en diversos grados: El Rey Supremo del Universo, el rey que domina sobre otros reyes (Rey de reyes), y el rey de un reino determinado. En el primer sentido lo es Dios, en el segundo Cristo y, en el tercero, cualquiera que lo reciba por derecho de herencia, conquista o elección. Según estas consideraciones, María es Reina de reinas y también en cierto modo es reina por derecho de conquista.

c) Por último, también puede entenderse el término reina (rey) en sentido metafórico. Así, se da éste título a aquél o aquello que excede de un modo singular a sus semejantes. Por ejemplo, se dice rey al león, a un deportista, a la rosa reina de las flores, etc. En este sentido la Virgen María es Reina por su plenitud de gracia y la excelencia de sus virtudes. En las letanías del Rosario la llamamos: Reina de los Santos, de los Ángeles, de los Mártires, de las Vírgenes, de los Confesores, etc.

LA REALEZA DE CRISTO Y DE MARÍA

Entre Cristo y María hay un perfecto paralelismo que es la razón fundamental de su realeza. Por este motivo la Virgen María es Reina: por su íntima relación con la realeza de Cristo, pues éste lo es por derecho propio y aquella lo es por razón de cierta analogía.

Cristo es Rey tanto por derecho propio como por derecho de conquista. En el primer caso lo es como hombre y como Dios. Jesucristo en cuanto hombre, por su Unión Hipostática con el Verbo, recibió del Padre "la potestad, el honor y el reino" (cfr. Dan. 7,13?14) y, en cuanto Verbo de Dios, es el Creador y Conservador de todo cuanto existe, por lo mismo, tiene pleno y absoluto poder en toda la creación (cfr. Jn. 1,1ss). En el segundo caso es Rey por derecho de conquista en virtud de haber rescatado al género humano de la esclavitud en la que se encontraba, al precio de su sangre, mediante su Pasión y Muerte en la Cruz (cfr. 1 Pe. 1,18?19).

De la unión con Cristo Rey deriva, en María Reina, tan esplendorosa sublimidad, que supera la excelencia de todas las cosas creadas; de esta misma unión nace su poder regio, por el que Ella puede dispensar los tesoros del reino del Divino Redentor; en fin, en la misma unión con Cristo tiene origen la eficacia inagotable de su materna intercesión con su Hijo y con el Padre (cfr. Pío XII, Enc. Mystici corporis , 29 VI 1943).

FUNDAMENTO TEOLÓGICO DE LA REALEZA DE LA VIRGEN MARÍA

La razón por la que la Santísima Virgen María es Reina se fundamenta teológicamente en su divina Maternidad y en su función de ser Corredentora del género humano.

a) Por su divina Maternidad: Es el fundamento principal, pues la eleva a un grado altísimo de intimidad con el Padre celestial y la une a su divino Hijo, que es Rey universal por derecho propio.

En la Sagrada Escritura se dice del Hijo que la Virgen concebirá: "Hijo del Altísimo será llamado Y a El le dará el Señor Dios el trono de David su padre y en la casa de Jacob reinará eternamente y su reinado no tendrá fin" (Lc. 1,32?33). Y a María se le llama "Madre del Señor" (Lc. 1,43); de donde fácilmente se deduce que Ella es también Reina, pues engendró un Hijo que era Rey y Señor de todas las cosas. Así, con razón, pudo escribir San Juan Damasceno: "Verdaderamente fue Señora de todas las criaturas cuando fue Madre del Creador" (cit. en la Enc. Ad coeli Reginam, de Pío XII, 11?X?1954).

b) Por ser Corredentora del género humano: La Virgen María, por voluntad expresa de Dios, tuvo parte excelentísima en la obra de nuestra Redención. Por ello, puede afirmarse que el género humano sujeto a la muerte por causa de una virgen (Eva), se salva también por medio de una Virgen (María). En consecuencia, así como Cristo es Rey por título de conquista, al precio de su Sangre, también María es Reina al precio de su Compasión dolorosa junto a la Cruz.

La Beatísima María debe ser llamada Reina, no sólo por razón de su Maternidad divina, sino también porque cooperó íntimamente a nuestra salvación. Así como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios sino también nuestro Redentor, con cierta analogía, se puede afirmar que María es Reina, no sólo por ser Madre de Dios sino también, como nueva Eva, porque fue asociada al nuevo Adán" (cfr. Pío XII, Enc, Ad coeli Reginam).

NATURALEZA DEL REINO DE MARÍA

El reino de Santa María, a semejanza y en perfecta coincidencia con el reino de Jesucristo, no es un reino temporal y terreno, sino más bien un reino eterno y universal: ?"Reino de verdad y de vida, de santidad, de gracia, de amor y de paz" (cfr. Prefacio de la Misa de Cristo Rey).

a) Es un reino eterno porque existirá siempre y no tendrá fin (cfr. Lc. 1,33) y, es universal porque se extiende al Cielo, a la tierra y a los abismos (cfr. Fil. 2,10?11).

b) Es un reino de verdad y de vida. Para esto vino Jesús al mundo, para dar testimonio de la verdad (cfr. Jn. 18,37) y para dar la vida sobrenatural a los hombres.

c) Es un reino de santidad y justicia porque María, la llena de gracia, nos alcanza las gracias de su Hijo para que seamos santos (cfr. Jn. 1,12?14); y de justicia porque premia las buenas obras de todos (cfr. Rom. 2,5?6).

d) Es un reino de amor porque de su eximia caridad nos ama con corazón maternal como hijos suyos y hermanos de su Hijo (cfr. 1 Cor. 13,8).

e) Es un reino de paz, nunca de odios y rencores; de la paz con que se llenan los corazones que reciben las gracias de Dios (cfr. Is. 9,6).

Santa María como Reina y Madre del Rey es coronada en sus imágenes según costumbre de la Iglesia para simbolizar por este modo el dominio y poder que tiene sobre todos los súbditos de su reino.

La oración Colecta de la Memoria de Santa María Reina dice: "Oh Dios, que nos has dado como Madre y como Reina, a la Madre de tu Unigénito; concédenos, por su intercesión, el poder llegar a participar en el Reino celestial de la gloria reservada a tus hijos".

"La Virgen Inmaculada ... asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial fue ensalzada por el Señor como Reina universal, con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muer te". (Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, n.59).

08/10/2010 17:29 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

El culto a María.

El Culto a la Santísima Virgen María


fuente: www.mercaba.org

Es el reconocimiento de la excelencia de la Madre de Dios, fundamento del culto mariano, que lleva a la piedad filial como Madre nuestra que es.

""María, elevada por la gracia de Dios por encima de todos los ángeles y de todos los hombres, como Madre de Dios Santísima, es honrada por la Iglesia con
un culto especial, que difiere esencialmente del culto de adoración que se rinde al Verbo Encarnado, así como al Padre y al Espíritu Santo... Ese culto
enteramente singular la Iglesia lo aprueba y favorece." (Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, nn.66 y 67).

EL CULTO EN GENERAL

Se llama culto a la reverencia que damos a Dios y a los santos por el honor que merecen. El culto -debido a nuestra condición humana corporal-, lleva al
hombre a exteriorizar esa reverencia, que se manifiesta no sólo en actos interiores sino también en prácticas externas. La Iglesia señala oficialmente
muchas prácticas de culto debido a Dios y a los santos, aunque cada cristiano movido por su piedad, pueda realizar algunos otros libre y espontáneamente.

Clases de culto

Hay tres clases de culto, por razón de la distinta dignidad de aquellos a quienes se ordena nuestra reverencia:

a) De latría o de adoración, que es debido sólo a Dios, como soberano Señor y por su infinita excelencia.

b) De dulía o de veneración, que es debido a los ángeles y a los santos por la excelencia de sus virtudes. Al honrar a los santos estamos honrando a Dios,
puesto que Él se manifiesta en ellos y por ellos somos atraídos hacia El.

El Concilio de Trento enseña la legitimidad de este culto, en contra de los protestantes que han querido ver en ello un modo de superstición (cfr. Conc.
de Trento, DZ. 941, 952 y 984).

c) Por último, el culto de hiperdulía o de veneración suprema, que es el culto debido a la Santísima Virgen en razón de su eminente dignidad de ser la Madre
de Dios.

La Sagrada Congregación de Ritos, Decreto del 1-VI-1884, dice: "Se debe a María un culto superior y eminente sobre los santos, en cuanto que es la Madre
de Dios"; (cfr. Conc. Vat. II, Const. dogin. Lumenn gentiumi, n.66 y, S.Th., II-II, q.103, a.4.).

EL CULTO A SANTA MARIA

Si la Virgen María es la Madre de Dios y Madre nuestra, si es nuestra intercesora y mediadora ante la Trinidad Beatísima, es muy justo y propio de hijos
agradecidos que le correspondamos con un entrañable amor, que se manifestará en un culto de especial veneración como merece la Reina del cielo.

Elementos integrantes del culto mariano

Se consideran elementos integrantes del culto a María los siguientes:

a) Veneración. Es el reconocimiento de la excelencia de la Madre de Dios, fundamento del culto mariano, que lleva a la piedad filial como Madre nuestra
que es.

b) Amor. Que se desprende del conocimiento íntimo de lo que es María y de lo que Ella supone en la vida cristiana de cada hombre. Ella es la Madre amable,
la Madre del Amor Hermoso. No se puede amar a Cristo sin amar, en Él y por Él, a quien lo hizo nuestro hermano.

c) Invocación. Como es Ella la Madre de misericordia, el pueblo cristiano ha tenido siempre la firme y fundada persuasión del valimiento universal como
celestial intercesora.

d) Imitación. Imitar a María lleva consigo, por su influjo maternal, una configuración con su Hijo Jesucristo (cfr. Cone. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium,
n.66).

Lo anterior se puede resumir en las palabras que nos recoge el Concilio Vaticano II: "Recuerden los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un
sentimentalismo estéril y transitorio ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la Madre
de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes" (Ibidem, n.67).

BREVE EXPOSICION HIS TORICA DEL CULTO A MARIA

Una breve exposición histórica del culto a María dará una mayor visión de la gran incidencia que la veneración a María ha tenido en el Pueblo cristiano.

En la Sagrada Escritura

a) El primer momento de veneración a María lo registra San Lucas. Es del Arcángel Gabriel cuando la saluda con reverencia diciéndole: "Dios te salve, María,
llena eres de gracia" (Lc. 1,28).

b) Más adelante, Santa Isabel alaba a María cuando exclama: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que la Madre
de mi señor venga a visitarme? “ (Lc. 1,42 ss).

c) La misma virgen María profetiza, llena de humildad y de gozo: "He aquí que me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque el Todopoderoso
ha hecho maravillas en mí" (Lc. 1,47).

d) Luego, años más tarde, cuando Jesús hablaba, inesperadamente una mujer del pueblo grita con toda su alma: ¡Bienaventurado el vientre que te llevó y los
pechos que te alimentaron!" (Lc. 11,27).

e) Después de la Ascensión del Señor a los cielos, los Apóstoles perseveraban en unión con María, la Madre de Jesús (cfr. Hechos 1,4).

En el culto de la Iglesia

a) Durante los tres primeros siglos, ante la imposibilidad de un culto externo y público --debido a las persecuciones-, los cristianos veneran a María en
las pinturas que se plasman en los murales de las catacumbas. Con la paz constantiniana (en el siglo IV), que permite el culto público, y con el Concilio
de Efeso (en el siglo V), que define la divina Maternidad, el culto mariano se extiende y propaga por todas partes.

b) Desde el siglo IV y hasta nuestros días se construye Iglesias dedicadas a la Santísima Virgen, Basílicas, Santuarios y ermitas esparcidos por toda la
tierra, como lugares de especial encuentro con María, la Señora del dulce Nombre.

c) Hace muchos siglos en la Iglesia se reza o se canta el Oficio divino en honor a María y, en todo el mundo, se celebran Misas propias para honrarla.

d) De las oraciones litúrgicas que existen para alabarla e invocar su protección y auxilio maternales son tan abundantes que, sería interminable su enumeración
(cfr. Apéndice 1).

e) En el Calendario litúrgico, tanto universal como particular de países o regiones, existen muchas celebraciones de fiestas marianas, tales como la de
la Maternidad, la Anunciación, la Asunción, la Natividad, la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora de Fátima, de Lourdes, del Carmen y la solemnidad de
Santa María de Guadalupe, etcétera.

Plegarias marianas

a) La más antigua de las oraciones marianas es la siguiente: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las súplicas que te dirigimos
en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todos los peligros, oh Virgen gloriosa y bendita".

b) La plegaria más universal y conocida en todo el mundo es, sin lugar a dudas, el Avemaría, iniciada en la liturgia oriental hacia el siglo V y definitivamente
fijada, como la conocemos hoy, en el siglo XVI. El Acordaos, cuya inspiración se atribuye a San Bernardo. La Salve, que proviene del siglo XI. El Angelus,
que surge hacia el siglo XIII y en el XVI adquiere su forma definitiva etc.

c) Los Himnos en honor de María, como el "Stabat Mater", "Ave Maris Stella", "Alma Redemptoris Mater", etc.

d) La oración más difundida y más recomendada por los Sumos Pontífices es el Santo Rosario. Su origen y estructura se remonta a las 150 Avemarías que los
fieles decían a imitación de los 150 salmos que los monjes y clérigos recitaban en el Oficio divino. Más tarde Santo Domingo de Guzmán, por especial revelación
-en el siglo XIII-, le dio un notable impulso y difusión. Desde entonces la Iglesia no ha dejado de recomendarlo encarecidamente a todos sus hijos.

En el rezo del Rosario se incluyen las Letanías Lauretanas, cuya composición fue progresiva. Se iniciaron desde los primeros siglos, y se cantaban en el
Santuario de N.S. de Loreto: de ahí su nombre. El Papa Clemente VIII (año de 1601) decretó que se incluyeran en el rezo del Santo Rosario.

e) Las prácticas de piedad

Finalmente, las prácticas de piedad surgidas en la Iglesia -de todo el Pueblo de Dios- como manifestación espontánea del culto a la Santísima Virgen, son
innumerables. Estas, por lo extenso y detallado de cada una de ellas merecen ser tratadas en capítulo aparte (cfr. Capítulo 14).

08/10/2010 17:28 JOSE PORTILLO PEREZ Enlace permanente. MADRE DE DIOS No hay comentarios. Comentar.

Los dogmas de María.

Dogmas
Los dogmas de María
Qué es un Dogma?
Desde siempre las verdades de la Fe reveladas por nuestro Divino Salvador Jesucristo,
fueron enseñadas y transmitidas por Su Iglesia.
De los primeros tiempos del cristianismo nos queda el testimonio de los "símbolos".
Símbolo es lo que hoy llamamos Credo, conjunto de las principales verdades que se enseñaban a
los fieles, que según los tiempos se completaron o explicaron mejor para dar más luz sobre ellas.
El Credo que hoy rezamos nos llega desde el tiempo de los Apóstoles.
Con el correr del tiempo aparecieron necesidades, desviaciones, errores; y por lo mismo la
Iglesia debió exponer, rectificar, aclarar. Y para ello debió expresar con palabras muy exactas que
no fueran susceptibles de cambios ni de diversas interpretaciones, porque son reveladas, vienen
directamente de Dios.
La Iglesia, que es Madre, las custodia, cuidando que sean bien entendidas, para que con la
gracia de Dios sean creídas y vividas por sus hijos.
Origen y significado de la palabra dogma
La palabra griega dogma, desde antes de Cristo y hasta el siglo IV significaba ley,
decreto, prescripción, tanto en los autores profanos y filosóficos como también en la versión de los
Setenta del Antiguo Testamento, en los escritores del Nuevo y en la primitiva literatura griega.
Al llegar el siglo IV algunos autores como San Cirilo de Jerusalén y San Gregorio de
Nicea dan el nombre de dogma solamente para las verdades reveladas. En el siglo V este sentido
específico fue adoptado por casi todos los autores cristianos y es el que ha tenido desde entonces
y tiene ahora. Así incorporado a la literatura cristiana tanto en latín como en las lenguas
vernáculas, dogma es una verdad revelada por Dios y enseñada por el Magisterio infalible
de la Iglesia.
Verdad contenida en el depósito de la Fe
"Una verdad revelada por Dios". El dogma es una verdad que pertenece a la revelación
cristiana, que ha de encontrarse por consiguiente en la Sagrada Tradición o en la Sagrada
Escritura, las que tomadas en conjunto constituyen el depositum fidei –depósito de la fe- que
contiene todas las verdades comprendidas en la revelación cristiana.
Los dogmas son verdades recibidas de Dios - no doctrinas humanas - que se exponen en
palabras adecuadas y precisas –se definen- en el momento oportuno de la historia, según los
designios de Dios que guía y gobierna a la Iglesia.
Leemos en la "Constitución Dogmática I sobre la Iglesia de Cristo", documento del
Concilio Vaticano I:
"Los Romanos Pontífices, según los persuadía la condición de los tiempos y de las
circunstancias, ora por la convocación de los Concilios universales, o explorando
el sentir de la Iglesia dispersa por el orbe, ora por sínodos particulares, ora
empleando los medios que la divina Providencia deparaba, definieron que habían
de mantenerse aquellas cosas que, con la ayuda de Dios habían reconocido ser
conformes a las Sagradas Escrituras y a las tradiciones Apostólicas; pues no fue
prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya
manifestaran una nueva doctrina, sino para que con su asistencia, santamente
custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es
decir, el depósito de la fe".
Magisterio de la Iglesia – Infalibilidad
"Enseñada por el magisterio infalible de la Iglesia". Jesucristo vino al mundo como
Maestro, Sacerdote y Rey. De allí que haya dado a la Iglesia el triple mandato de enseñar,
santificar y gobernar. Al magisterio corresponde el derecho y el deber que tiene la Iglesia de
enseñar.
Cuando se trata de verdades religiosas contenidas en la Revelación y aquellas
implícitamente conexas, el magisterio goza de la infalibilidad, prerrogativa concedida por
Nuestro Señor Jesucristo para continuar su misión custodiando y defendiendo esas verdades de
toda falsificación y disminución. El magisterio pues, enseña exponiendo la doctrina verdadera y
condenando las que se le oponen. Por medio del "sentido sobrenatural de la fe" el pueblo de Dios
"se une indefectiblemente a la fe" bajo el magisterio vivo de la Iglesia, con el carisma de la
infalibilidad en materia de fe y costumbres, dice el Catecismo de la Iglesia Católica citando la
Constitución "Dei Verbum" del Concilio Vaticano II.
Magisterio ordinario
El magisterio es ordinario cuando el Sumo Pontífice y los obispos enseñan una doctrina
reconocida por toda la Iglesia como revelada. Así ocurre, por ejemplo, con la defensa de la vida y
la condenación del aborto y de la eutanasia, o con la indisolubilidad y santidad del matrimonio y
la condenación del divorcio.
Magisterio extraordinario
El magisterio es extraordinario cuando el Sumo Pontífice, personalmente, en calidad de
Supremo Maestro de la Cristiandad define "ex cathedra" una verdad que concierne a la fe y a las
costumbres y que obliga a todos los fieles, según lo definió el Concilio Vaticano I:
"Que el Romano Pontífice cuando habla "ex cathedra" esto es, cuando
cumpliendo con su cargo de pastor de todos los cristianos, define por su
suprema autoridad apostólica, que una doctrina sobre la fe y costumbres
debe ser sostenida por la Iglesia Universal, por la asistencia divina que le fue
prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella
infalibilidad de que el Redentor Divino quiso que estuviera provista su Iglesia
en la definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres y por lo tanto, que
las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no
por el consentimiento de la Iglesia. Y si alguno tiene la osadía, lo que Dios no
permita, de contradecir ésta, nuestra definición, sea anatema".
(Concilio Vaticano I – Constitución Dogmática I
sobre la Iglesia de Cristo, 18 de julio de 1870).
Todas las definiciones dogmáticas terminan con una expresión como ésta para significar
que lo dicho es verdad revelada –"verdad de fe"- y que quien no la acepte queda separado de la
Iglesia, depositaria de la verdadera Fe Católica.
Ejemplos de definiciones "ex cathedra": La Inmaculada Concepción de María (Pío IX,
1854); su Asunción en Cuerpo y Alma a los Cielos (Pío XII, 1950).
Al proclamar Pío IX el dogma de la Inmaculada, aún no se había definido la infalibilidad,
pero dice nuestro Santo Padre Juan Pablo II:
"Mi venerado predecesor era consciente de que estaba ejerciendo su poder de
enseñanza infalible como Pastor universal de la Iglesia, que algunos años después
sería solemnemente definido durante el Concilio Vaticano I. Así realizaba su
magisterio infalible como servicio a la fe del pueblo de Dios; y es significativo
que ello haya sucedido al definir un privilegio de María".
(Juan Pablo II, 19 de junio de 1996,
catequesis de la audiencia general).
Juan Pablo II hace notar aquí dos cosas muy importantes; que el magisterio infalible es un
"servicio de fe", y que cuando lo ejerció Pío IX, antes de ser definido, lo hizo por un "privilegio
de María", y subraya este hecho como "significativo".
La infalibilidad papal es una realidad inmersa en otra más grande y consoladora aún:
"El Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los
Apóstoles, verdadero vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia, y padre y
maestro de todos los cristianos; al mismo, en la persona del bienaventurado
Pedro, le fue entregada por Nuestro Señor Jesucristo, plena potestad para
apacentar, regir y gobernar a la Iglesia universal, como se contiene hasta en
las actas de los Concilios ecuménicos y en los sagrados cánones".
(Definición del Concilio de Florencia,
Bula "Laetentur Coeli", 6 de julio de 1439).
El magisterio extraordinario también lo ejerce el Papa con un Concilio Ecuménico como
precisamente ocurrió en las dos definiciones que se han trascripto, Pío IX con el Vaticano I y
Eugenio IV con el de Florencia.
Un concilio sin el Papa, porque esté separado de él, o porque hubiese muerto, no sería tal,
ni aún podría sesionar, sería un conciliábulo.
Juan XXIII convocó y guió el Vaticano II, al morir él en plena tarea conciliar, quedó
automáticamente disuelto. El nuevo Papa, Pablo VI, lo volvió a convocar.
Precisamente este Concilio, que tuvo la misión de profundizar la doctrina sobre la Iglesia,
desarrolló todo lo concerniente a la colegialidad de los obispos, pero enfatizando siempre en la
autoridad del Papa.
En la constitución Lumen Gentium leemos:
"El Colegio o cuerpo episcopal (...) por su parte, no tiene autoridad si no se
considera incluido el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como Cabeza del
mismo, quedando siempre a salvo el poder primacial de éste, tanto sobre los
pastores como sobre los fieles. Porque el Pontífice Romano tiene, en virtud de su
cargo de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, potestad plena, suprema y
universal sobre la Iglesia..."
(Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 22).
y también:
"No puede haber concilio ecuménico que no sea aprobado o al menos
aceptado como tal, por el sucesor de Pedro. Y es prerrogativa del Romano
Pontífice convocar estos concilios ecuménicos, presidirlos y confirmarlos"
(Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 22).
Y es que la Iglesia tiene tres realidades que son a la vez fundamentales y maravillosas: La
Sagrada Eucaristía, la Santísima Virgen y el Papa. Si se reúne un concilio lo hará en torno al altar
de la misa, junto a María, intercesora ante el Espíritu Santo como en el Cenáculo de Jerusalén, y
en plena comunión y sumisión al Papa. El Vaticano II lo había proclamado desde su comienzo:
"...todos nosotros, sucesores de los Apóstoles, que formamos un solo
cuerpo apostólico cuya cabeza es el sucesor de Pedro, nos hemos reunido aquí en
oración unánime con María, Madre de Jesús, por mandato del Padre Santo
Juan XXIII".
(21 de Octubre de 1962, "Mensaje de los Padres
del Concilio Vaticano II a todos los hombres).
Los Concilios Ecuménicos pueden o no definir cuestiones dogmáticas, siempre unidos al
Papa que promulga sus decisiones. Así por ejemplo el Vaticano I con Pío IX definió el dogma de
la infalibilidad papal. El Vaticano II con Juan XXIII y Paulo VI no hizo ninguna definición
dogmática.
Verdad y fórmula con que el dogma es expuesto a la Iglesia
En el dogma distinguimos dos partes: la verdad y la fórmula con que esta verdad es
propuesta. La fórmula es evidentemente susceptible de evolución, pero no la verdad en ella
contenida; por lo tanto erraron los modernistas cuando afirmaron que también la verdad
expresada en la fórmula era susceptible de evolución. También erraron los pragmáticos al afirmar
que los dogmas no son más que una serie de recetas prácticas para dar normas al creyente hacia la
salvación.
La Iglesia nos enseña que el dogma puede variar en cuanto a la forma, teniendo ella una
perfección relativa, pero no en cuanto a la sustancia, porque la misma es, siendo verdad, absoluta
e inmutable. Únicamente en este sentido debe entenderse la frase "evolución del dogma".
El dogma de la Inmaculada se proclamó en el siglo pasado, pero ya estaba contenido en
las Sagradas Escrituras y en la Tradición. La Iglesia no hizo otra cosa que sacarlo de allí para
definirlo en forma simple.
El proceso que lleva a la definición de un dogma
A veces los dogmas son definidos y proclamados en razón de existir doctrinas que niegan
la verdad de Fe o parte de ella. En otros casos el influjo del Espíritu Santo obra por las
investigaciones teológicas, la devoción del pueblo, la atención de los obispos, y así la Iglesia es
movida a profundizar de una manera especial una verdad de fe hasta que se llega a una definición
dogmática. Pero en todos los casos hay que saber ver el obrar de la Providencia divina y su
infinita Misericordia, respondiendo a la oración de la Iglesia, pues cada dogma es una gracia
concedida por Dios en un momento determinado de la historia. Y esto hay que resaltarlo y
repetirlo: el dogma es una gracia, por lo tanto para que Dios la conceda es necesaria y decisiva la
oración del pueblo fiel.
Los teólogos suelen distinguir tres etapas en la maduración de una definición dogmática.
La primera, desde los primeros siglos del cristianismo una verdad fue creída y vivida por el
pueblo de Dios con total paz sin discusiones ni disensiones, y tal verdad aún podía ser objeto de
culto litúrgico como por ejemplo, las antiquísimas fiestas de la Asunción de María y de su
Inmaculada Concepción.
De esta etapa de mayor o menor duración nos queda el Magisterio de los Papas y Obispos,
y la Tradición testimoniada por los Santos y Padres de la Iglesia.
Una segunda fase es la profundización teológica de los fundamentos de esa verdad, sea
por interés de su estudio o por la urgencia ante posibles objeciones o errores. En esta etapa
aparecen casi siempre las controversias o dificultades de la época, o bien abiertas herejías, y así
se llega a la etapa de decidir una definición y proclamarlo, a veces con mucha urgencia como en
el Concilio de Éfeso, y así lo hace, con la gracia especial del Espíritu Santo, el Sumo Pontífice
solo o con un Concilio Ecuménico.
Siempre la exposición de una verdad trae paz y regocijo al pueblo fiel y a cada alma
dispuesta a escuchar a su Dios a través de quien lo represente.
La singular magnitud de una proclamación dogmática
Es necesario tener en cuenta que la definición y proclamación de un dogma tiene una
profunda significación para la Iglesia y para el mundo. Por eso en estas notas se intenta destacar
que un dogma no sólo tiene un desarrollo de maduración teológica, sino que conlleva un proceso
vital de la Iglesia toda. Y es que la verdad que se está estudiando concierne a la Fe, y por lo tanto
a toda la vida cristiana, como afirma el P. Demetrio Licciardo SDB: "todos los dogmas católicos
trascienden el marco de la especulación pura, y tienen profundas y extensas consecuencias en la
vida práctica y social: si así no fuera, sería tan sólo doctrina y no vida el cristianismo".
Para ayudarnos a comprender esta realidad, agregamos las vehementes palabras de San
Antonio María Claret en el Concilio Vaticano I, en apoyo de la infalibilidad papal.
El apóstol del Corazón de María hace ver cuánto se pone en juego cuando una verdad revelada se
define como dogma, y cuántas gracias trae consigo de manifestación pública y solemne.
La infalibilidad del Papa
Discurso pronunciado por San Antonio María Claret en el Concilio Vaticano I,
el 31 de mayo de 1870:
Eminentísimos presidentes,
Eminentísimos y reverendísimos padres:
Habiendo oído un día de éstos ciertas palabras que me disgustaron en extremo,
resolví en mi corazón que en conciencia debía hablar, temiendo aquel vae del profeta
Isaías que dice: ¡Ay de mí que he callado!.
Y así hablaré del Sumo Romano Pontífice y su infalibilidad según el esquema que
tenemos entre manos.
Y digo que, leídas las Sagradas Escrituras explicadas por los expositores católicos,
considerando la tradición jamás interrumpida, después de la más profunda meditación de
las palabras de los Santos Padres de la Iglesia, de los sagrados concilios y de las razones
de los teólogos, que en obsequio de la brevedad no referiré, digo: Que estoy sumamente
convencido, y, llevado por este convencimiento, aseguro que el Sumo Romano Pontífice
es infalible en aquel sentido y modo que es tenido en la Iglesia Católica, Apostólica,
Romana.
Esta es mi creencia, y con toda ansia deseo que ésta mi fe sea la fe de todos. No
temamos a aquellos hombres que no tienen otro apoyo que la prudencia de este mundo;
prudencia que, a la verdad, es enemiga de Dios; ésta es aquella prudencia con la que
satanás se transfigura en ángel de luz; esta prudencia es perjudicial a la autoridad de la
Santa Romana Iglesia.
Finalmente, digo que esa prudencia es la auxiliadora de la soberbia de aquellos
hombres que aborrecen a Dios, soberbia, que como dice el profeta David, cada día crece y
continuamente sube arriba.
No lo dudo, Eminentísimos y Reverendísimos Padres, que ésta Declaración
dogmática de la infalibilidad del Sumo Romano Pontífice será el bieldo o ventilabro7 con
que Nuestro Señor Jesucristo limpiará su era8, y reunirá el trigo en el troje o granero y
quemará con fuego inextinguible la paja. Esta declaración separará la luz de las tinieblas.
¡Ojalá pudiese yo en la confesión de esta verdad derramar toda mi sangre y sufrir
la misma muerte!
¡Ojalá pudiese yo consumar el sacrificio que se empezó en el año 1836 bajando
del púlpito después de haber predicado de la fe y de las buenas costumbres el día 1 de
febrero, vigilia de la Purificación de María Santísima!
Y traigo las estigmas o las cicatrices9 de Nuestro Señor Jesucristo en mi cuerpo,
como lo veis en la cara y en el brazo.
¡Ojalá pudiese yo consumar mi carrera confesando y diciendo de la abundancia de
mi corazón esta grande verdad: Creo que el Sumo Pontífice Romano es infalible!
7 Bieldo: Instrumento..., que se usa para "beldar", es decir aventar con él las mieses, legumbres, etc. Trilladas,
para separar el grano de la paja. (Diccionario Espasa Calpe). Ventilabro está usado como sinónimo.
8 Era: Espacio de tierra limpia y firme, algunas veces empedrado, donde se trillan las mieses// Cuadro pequeño de
tierra destinado al cultivo y hortalizas. (Diccionario Espasa Calpe).
9 Cicatrices de las gravísimas heridas sufridas el día que menciona, cuando fue atacado brutalmente en Holguín
donde se encontraba en visita pastoral como obispo de Cuba.
Sumamente deseo, Eminentísimos y Reverendísimos Padres, que todos
conozcamos y confesemos esta verdad.
En la Vida de Santa Teresa se lee que Nuestro Señor Jesucristo se le apareció y le
dijo: "Hija mía, todos los males de este mundo provienen de que los hombres no
entienden las Sagradas Escrituras".
A la verdad, si los hombres entendieran las Sagradas Escrituras claramente verían
esta verdad, que el Sumo Pontífice Romano es infalible, pues que esta verdad
claramente está contenida en las Sagradas Escrituras.
Pero ¿cuál es la causa de que no entiendan las Sagradas Escrituras?
Tres son las causas:
1º Porque los hombres no tienen amor a Dios, como dijo el mismo Jesús a Santa
Teresa.
2º Porque no tienen humildad, como dice el Evangelio: "Te confieso Padre,
Señor del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas verdades a los sabios y
prudentes según el mundo, y las has revelado a los humildes".
3º Finalmente, porque hay algunos que no quieren entenderlas, porque no quieren
obrar el bien.
Oigamos pues, como dice David:
"Dios se digne compadecerse de nosotros y bendecirnos, haga resplandecer su
rostro santísimo sobre nosotros y se compadezca de nosotros."
He dicho en el día treinta y uno de mayo de 1870.
Los dogmas de María
El depósito de la Fe
Tradicionalmente los Papas denominan sus documentos con las primeras palabras del
texto latino, elegidas de modo tal que expresen el punto de partida del pensamiento contenido en
él. Juan Pablo II inició la Constitución Apostólica para la promulgación del Catecismo de la
Iglesia Católica con las palabras Fidei depositum –El depósito de la fe- , para que con ese título
se la reconociera: ("Fideis depositum custodiendum Dominus Ecclesiae suae dedit, quod quidem
munus Ipsa idesinenter explet"...-"Conservar el depósito de la fe es la misión que el Señor
encomendó a su Iglesia y que ella realiza en todo tiempo...").
Como dijimos, el depósito de la fe contiene todas las verdades de la revelación cristiana
contenidas en las Sagradas Escrituras y la Tradición. El cristianismo consiste en creer y vivir
estas verdades. Ellas constituyen una sola y armoniosa unidad. Cuando se ataca a una, se ataca al
conjunto de la doctrina católica, y todo el cristianismo es iluminado cuando la Iglesia expone
alguna de estas verdades; toda nuestra vida de cristianos recibe luz, una luz que se irradia a todo
el mundo.
Multitud de gracias que atraen los dogmas marianos
Si entendemos esto, comprenderemos que una multitud de gracias para la Iglesia y para el
mundo fueron atraídas por la proclamación de los dogmas marianos, esas verdades
fundamentales que conciernen a la Madre de Dios y nuestra, y las que atraerá la proclamación del
dogma que ahora suplicamos.
Por cierto que esa comprensión es imposible sin la ayuda de Dios, que como nunca hoy
necesitamos, en estos tiempos de materialismo y de pecado que nos envuelven en una confusión
y que originaron la desgraciada "cultura de la muerte".
Pero al mismo tiempo, por la infinita Misericordia de Dios, en medio de esos males del
siglo que dejamos atrás, llega a su plenitud la Era Mariana: "Una gran señal apareció en el
cielo: Una mujer vestida del sol y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de
doce estrellas" (Ap. 12,1). Esa Mujer es María, la que por designio misericordioso de Dios, pone
luz en las tinieblas en que vivimos. Y han hecho eclosión, por así decirlo, las gracias de su
Corazón Inmaculado; nos encaminamos ya hacia su Triunfo, prometido en el Mensaje de Fátima.
Hoy más que nunca se hace necesario conocer, aunque no esté a nuestro alcance medirlas,
las grandezas con que el Señor ha privilegiado a María Santísima de modo tan sublime y excelso,
para así amarlas, reverenciarlas y cantarlas.
Muchas de ellas se rezan en las Letanías Lauretanas: "Sede de la Sabiduría, Causa de
nuestra alegría...", "Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, Consuelo de los afligidos,
Auxilio de los cristianos...".
Como ya vimos, Pío XII, la proclamó su Realeza: Reina de los Ángeles, de los Patriarcas,
de los Profetas, de los Apóstoles... y Paulo VI la proclamó Madre de la Iglesia. Títulos que se
unen a tantísimos otros. El último, el que le diera recientemente Juan Pablo II: Reina de la
Familia.
Y entre esos títulos, que hablan de sus grandezas, prerrogativas y glorias, están los cuatro
dogmas ya definidos: el primero y central, su Maternidad Divina del cual devienen todas aquéllas
y también los otros dogmas: su Virginidad Perpetua, su Inmaculada Concepción y su Gloriosa
Asunción en Cuerpo y Alma a los Cielos. Este pequeño trabajo es para hablar de ellos pero sin la
pretensión de exponer detalladamente la doctrina de los mismos. Se trata aquí de mencionarlos,
con un tímido resumen doctrinal e histórico, agregando algunas referencias y textos que la
Providencia puso a nuestro alcance, para tratar de descubrir un poco las circunstancias de esas
proclamaciones marianas y la participación en ellas del pueblo fiel, como también dar una idea de
la gloria que dieron a Dios y a María, y el gozo que llevaron a las almas, cómo influyen en la
vida de los cristianos, qué mensaje llevan al mundo entero...
Y en cuanto al dogma que se pide: María Corredentora, Medianera de todas las gracias y
Abogada del Pueblo de Dios, nos extendemos más, sobre todo transcribiendo la doctrina de San
Alfonso María de Ligorio y San Luis María Grignion de Montfort, los dos grandes Doctores
marianos de la Iglesia.
Debemos profundizar todo el gran Dogma Mariano
Y también se trata de despertar la inquietud por el estudio de la doctrina mariana, y
hacerlo sin separar los dogmas, antes bien profundizar todo el gran Dogma Mariano, toda la
verdad de las maravillas que el Señor hizo en María (Lc. 1,46) incluyendo otros privilegios y
glorias, expresadas en títulos y advocaciones que aquí no podemos abarcar. Y para ello debemos
acercarnos con profunda humildad, en la oración, para ver –con la Iglesia- lo que Dios quiso e
hizo en la Virgen, su Santísima Madre, las muy sublimes gracias con que la colmó, el lugar que
le dio en la Creación y en la Redención, en la adquisición y distribución de sus tesoros.
La invitación sugiere también estudiar la presencia de María en la historia de la Salvación
desde el Antiguo Testamento que anuncia y prepara la venida del Mesías y de su Madre, y luego
recorre los 2000 años de cristianismo, tratando de advertir su intervención maternal en cada
época, y la correspondencia que tuvo para con Ella el pueblo de Dios –su pueblo- por las gracias
del Espíritu Santo.
Y en ese contexto descubrir la relación de cada proclamación con las circunstancias
históricas del momento en que se realizaron, con la repercusión e influencia que tuvieron en la
vida de la Iglesia y del mundo.
Y así llegar a entender por qué Dios pide, eso creemos firmemente, el Dogma de la
Corredención, Mediación e Intercesión de María.
El misterio de María compromete a todo cristiano
Nuestro Santo Padre Juan Pablo II nos dice:
"... han sido necesarios muchos siglos para llegar a la definición explícita
de verdades reveladas referentes a María. Casos típicos de este camino de fe para
descubrir de forma cada vez más profunda el papel de María en la historia de la
salvación, son los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la Asunción,
proclamados, como es bien sabido, por dos venerados predecesores míos,
respectivamente por el siervo de Dios Pío IX en 1854, y por el siervo de Dios
Pío XII 10 durante el jubileo del año 1950.
La mariología es un campo de investigación teológica particular: en ella el
amor del pueblo cristiano a María ha intuido a menudo con anticipación algunos
10 Beatificado por el propio Juan Pablo II el 2 de septiembre del Año Jubilar 2000.
aspectos del misterio de la Virgen, atrayendo hacia ellos la atención de los
teólogos y de los pastores.
El Espíritu Santo guía el esfuerzo de la Iglesia, comprometiéndola a tomar
las mismas actitudes de María. En el relato del nacimiento de Jesús, Lucas afirma
que su Madre conservaba todas las cosas "meditándolas en su corazón" (Lc.
2,19), es decir, esforzándose por ponderar con una mirada más profunda todos los
acontecimientos de los que había sido testigo privilegiada.
De forma análoga, también el pueblo de Dios es impulsado por el mismo
Espíritu a comprender en profundidad todo lo que se ha dicho de María, para
progresar en la inteligencia de su misión, íntimamente vinculada al misterio de
Cristo.
En el desarrollo de la mariología, el pueblo cristiano desempeña un papel
particular: con la afirmación y el testimonio de su fe, contribuye al progreso de la
doctrina mariana, que normalmente no es sólo obra de los teólogos, aunque su
tarea sigue siendo indispensable para la profundización y la exposición clara del
dato de fe y de la misma experiencia cristiana.
La fe de los sencillos es admirada y alabada por Jesús, que reconoce en ella
una manifestación maravillosa de la benevolencia del Padre (Mt. 1; Lc. 10,21).
Esa fe sigue proclamando en el decurso de los siglos, las maravillas de la historia
de la Salvación, ocultas a los sabios. Esa fe en armonía con la fe de la Virgen, ha
hecho progresar el reconocimiento de su santidad personal y del valor
trascendente de su maternidad. El misterio de María compromete a todo cristiano,
en comunión con la Iglesia, a meditar en su corazón lo que la revelación
evangélica afirma de la Madre de Cristo".
(Juan Pablo II, 8 de noviembre de 1995,
Catequesis en la audiencia general).
Conocerla, honrarla y rogar por su quinto dogma
En estos tiempos son incontables los corazones que han sido tocados por la Virgen y que
se han decidido por el camino de la conversión a Dios: son los tiempos de María. Muchos se
muestran activos en el apostolado. A todos, especialmente a estos últimos va dirigida esta
invitación de profundizar las verdades marianas para conocer a la Toda Santa a la luz de las
enseñanzas de la Iglesia, en fuentes de sana doctrina.
Así harán que se la ame y honre más, como el mismo Dios lo hizo, según le cantamos:
Queremos hoy honrarte
como el mismo Dios te honró
y queremos amarte
como Jesús te amó
Sobre todo, a quienes pueda llegar este libro, queremos invitarlos a rogar para que María
Santísima sea proclamada Corredentora, Medianera de todas las gracias y Abogada nuestra;
porque al dogma sólo se llegará por el camino de la oración humilde, confiada y perseverante.
Madre de Dios
El primero y más grande dogma de María Santísima es su Divina Maternidad; el primero y más importante
de todos sus templos es la Basílica que se levantó en honor de ese privilegio, llamada por ello "la Mayor".
Nada más grato a Jesucristo
"De este dogma de la Divina Maternidad, como
fuente de un oculto manantial, proceden la gracia
singularísima de María y su dignidad suprema
después de Dios. Más aún, como admirablemente
escribe Santo Tomás de Aquino, la Bienaventurada
Virgen María, en cuanto es Madre de Dios, posee
cierta dignidad infinita, por ser Dios un bien
infinito. Lo cual explica y desarrolla más
extensamente Cornelio a Lápide con estas palabras:
La Santísima Virgen es Madre de Dios, luego posee
una excelencia superior a la de todos los ángeles,
más aún de los serafines y querubines. Es Madre de
Dios, luego es purísima y santísima, y tanto que
después de Dios, no puede imaginarse mayor pureza
y santidad. Es Madre de Dios: luego cualquier
privilegio concedido a cualquier santo en el orden
de la gracia santificante lo posee Ella mejor que
nadie. ¿Por qué pues, los novadores y no pocos
católicos censuran tan acérrimamente nuestra
devoción a la Virgen Madre de Dios, como si le
tributásemos un culto que sólo a Dios es debido?
¿No saben éstos y no consideran que nada puede ser
más grato a Jesucristo, cuyo amor a su Madre es sin
duda tan encendido y tan grande, que el que la
veneremos conforme a sus méritos y ejemplo y
procuremos conciliarnos a su poderoso auxilio?".
Pío XI, Encíclica "Lux veritatis",
25 de diciembre de 1931.
María Madre de Dios
"La Maternidad Divina, no parece posible un oficio más alto que éste" (Pío XII)
"Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu está transportado de gozo en el Dios
Salvador mío" (Lc. 1,46). Con esta antífona empezó Nuestra Santísima Madre un himno eterno
de alabanza a la majestad de Dios por el maravilloso misterio de la Divina Maternidad que Dios
había obrado en Ella. Cada generación sucesiva ha añadido su voz al coro, cumpliendo la
profecía de María de glorificar la divina bondad, "cuya misericordia se derrama de generación
en generación" (Lc. 1,50). Al hacer a María su Madre, Dios ha derramado en Ella todos los
tesoros que su omnipotencia amorosa podía conferir a una persona que no fuera Dios mismo.
Porque María es la Madre de Dios, está colocada detrás de su divino Hijo en la cima de la
creación, por encima de los Ángeles y Santos, encerrando en sí una plenitud real de gracia divina,
de pureza y santidad.
Como escribió Pío XII en su "Fulgens Corona":
"un oficio más alto que éste (la Maternidad Divina) no parece posible, puesto que
requiere la más alta dignidad y santidad después de Cristo, exige la mayor
perfección de la gracia divina y un alma libre de todo pecado. En verdad que todos
los privilegios y gracias con que su alma y su vida fueron enriquecidas de tan
extraordinaria manera y en tan extraordinaria medida parecen fluir de su sublime
vocación de Madre de Dios como de una fuente pura y oculta".
La Maternidad Divina no es ya sólo el mayor privilegio de María, sino que es la clave
para entender todos sus demás privilegios. No sólo ocupa esta verdad el primer lugar en la
mariología, sino que está tan íntimamente conectada con toda la economía de la Salvación de
Cristo, que durante mil quinientos años ha sido la piedra de toque de la ortodoxia cristiana.
Porque si María no es verdadera Madre de Dios, entonces su Hijo, Cristo, Nuestro Redentor, no
es verdadero Dios y verdadero hombre; además la obra salvífica de la redención de la humanidad
no sería más que una imaginación sin consistencia de una restauración que nunca hubiera tenido
lugar" (La Divina Maternidad de María –Gerald va Ackeren SJ).
Coincidentemente con el último párrafo citado, el P. Narciso García Garcés CMF nos dice
que el título de Madre de Dios ha sido llamado libro de la fe porque los misterios fundamentales,
Trinidad, Encarnación del Verbo, Redención del hombre, han de presuponerse cuando
profesamos y entendemos el alcance de este nombre: Deipara, Madre de Dios. Y todos los
herejes que erraron sobre la naturaleza, las operaciones y culto a Nuestro Salvador, se vieron
constreñidos antes a despojar las sienes de María de la diadema augusta de la divina maternidad.
(N. García, "Títulos y grandezas de María").
María, verdadera Madre de Dios
El dogma de la Divina Maternidad comprende dos verdades:
1- María es verdadera madre, es decir, ha contribuido a la formación de la naturaleza
humana de Cristo con todo lo que aportan las otras madres a la formación del fruto de sus
entrañas.
2- María es verdadera Madre de Dios, es decir, concibió y dio a luz a la segunda persona
de la Santísima Trinidad, aunque no en cuanto a su naturaleza divina, sino en cuanto a la
naturaleza humana que había asumido.
En las Escrituras
La Sagrada Escritura por un lado da testimonio de la verdadera divinidad de Cristo, y por
otro testifica también que María es verdaderamente su Madre.
Juan la llama "Madre de Jesús" (2,1); Mateo "Madre de Él" –de Jesús- (1,18; 2,11,13 y
20 12,46; 13,55); Lucas "Madre del Señor" (1,43).
El Arcángel San Gabriel anuncia a María: "Sabe que has de concebir en tu seno, y
darás a luz un hijo, a quien le pondrás por nombre Jesús" (Lc. 1,31).
San Lucas dice también en la Anunciación: "Por cuya causa lo santo que de Ti nacerá,
será llamado Hijo de Dios" (1,32).
San Pablo en la carta a los Gálatas (4,4): "envió Dios a su hijo formado de una mujer".
La mujer que engendró al Hijo de Dios, es la Madre de Dios.
En el Magisterio, antes de Éfeso
La Iglesia enseñó desde el principio la verdadera Maternidad Divina por medio de los
credos primitivos. En ellos se confesaba a María como verdadera Madre de Dios:
"Creo en Dios Padre Todopoderoso, y en Cristo Jesús su Único Hijo, Nuestro
Señor, que nació por obra del Espíritu Santo, de la Virgen María..."
Palabras del Credo Romano, que se repiten en los otros hasta llegar a nuestro Credo o
Símbolo de los Apóstoles.
El primer Concilio de Constantinopla (a.381) deja ya firme la doctrina de que el Hijo de
Dios.
"se hizo carne en la Virgen María por obra del Espíritu Santo".
En la Tradición
En la Tradición, los Santos Padres más antiguos, al igual que la Sagrada Escritura,
enseñan la realidad de la verdadera Maternidad de María, con diversas expresiones:
San Ignacio de Antioquía dice: "Porque Nuestro Señor Jesucristo fue llevado por
María en su seno, conforme al decreto de Dios de que naciera de la descendencia de David,
mas por obra del Espíritu Santo" (Eph. 18,2).
San Ireneo dice: "Este Cristo, como ojos del Padre, estaba con el Padre... fue dado a
luz por una virgen".
Los Santos Padres al fundamentar la Maternidad Divina se han apoyado en el texto de
Isaías: "una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y su nombre será Emmanuel" y así lo
canta la Sagrada Liturgia.
Desde el siglo III se hace corriente el uso del título Theotocos, Madre de Dios, de ello dan
testimonio Orígenes y muchos otros autores.
San Gregorio Nacianceno hacia el año 382 afirma: "Si alguno no reconociese a María
como Madre de Dios, se halla separado de Dios".
La herejía de Nestorio
Es a comienzos del siglo V cuando se produce el gran ataque a Nuestra Señora, y lo
realiza nada menos que el Patriarca de Constantinopla, Nestorio. Éste usaba en sus predicaciones,
indistintamente, la palabra Theotocos (Madre de Dios) y Christotocos (Madre de Cristo). La
herejía se manifiesta abiertamente cuando uno de sus seguidores niega el título de Theotocos a la
Virgen, y luego lo hace el propio Patriarca.
"María es una mujer nada más y Dios no puede nacer de una mujer", vociferaba
Anastasio, el predicador de Nestorio, y luego lo hace él mismo: "No es lícito darle a María el
título de Madre de Dios, Dios no puede tener Madre..." esto y mucho más blasfema el Patriarca
desde su sede, capital del Imperio.
Se negaba a María Santísima su más grande privilegio, ser la verdadera y excelsa Madre
de Dios. Una herejía que ya había surgido en forma limitada, y que ahora la encabezaba un pastor
de la Iglesia, y de una sede de particularísima importancia.
La misma se basaba en la teoría de que en Jesucristo existían dos personas distintas, una
el Verbo de Dios, otra Jesús, con una unión "moral". Y María Santísima era –decían- tan sólo
madre de Jesús, y no de Dios.
La herejía, que ya había sido condenada por el Papa San Dámaso y el Concilio Romano
IV (a. 380), destruía también la misma Redención, ya que una pasión puramente humana de
Cristo, no podía satisfacer al Padre por los pecados de los hombres. Como siempre, atacando a la
Virgen se ataca a su Divino Hijo Jesucristo y a todos sus hijos, a la Iglesia toda.
ÉFESO – El triunfo de María
Fue San Cirilo, Patriarca de Alejandría, quien encabezó la defensa de la verdadera fe, y
por lo tanto de la dignidad de María como Madre de Dios. Amonestó a Nestorio y dio cuenta al
Papa San Celestino, quien convocó a un Concilio Ecuménico en Éfeso11 y dio mandato de
presidirlo a San Cirilo. El mismo se reunió en el año 431.
El Concilio definió que en Cristo hay dos naturalezas –la divina y la humana- unidas
hipostáticamente en una sola persona, y por lo tanto que María Santísima es verdadera Madre de
Dios:
"La Santa Virgen es Madre de Dios puesto que según la carne ella dio a luz al
Verbo de Dios hecho carne".
(definición del Concilio de
Éfeso con el Papa San Celestino).
El Concilio de Éfeso tiene la gloria de ser el gran Concilio Mariano, pues su dogma
destruyó la más grande herejía contra la Virgen y puso la piedra angular de toda la mariología.
La Iglesia con el correr del tiempo iría descubriendo los grandes tesoros encerrados en la
Maternidad Divina de María.
11 La convocatoria formal la hacía el Emperador.
Es sencillamente apasionante leer la historia y crónicas de este Concilio. Al hacerlo, lo
primero que vemos es la indignación del pueblo fiel que repudiaba la afrenta a la Madre de Dios
y abandonaba la Catedral desde donde se pretendía imponer la infamia. Vemos también los
desvelos de San Cirilo encabezando por orden del Papa, la defensa de María y de toda la Fe
Católica. Vemos la energía del Santo Pontífice, la actitud del Emperador que le pide la reunión
del Concilio, las vicisitudes de los viajes de los obispos, la pobreza y enfermedades de no pocos
de ellos.
La apertura se postergó un tanto, mientras el pueblo rogaba fervorosamente. Por fin el
Concilio se reúne, San Cirilo, encendido de fervor lo inaugura con un saludo a los Padres y a
Éfeso, al apóstol San Juan que tuvo su casa allí, y a María, Madre de Dios, con un canto de
dulces alabanzas:
"Honra muy señalada es para mí llevar la voz ante tan ilustre asamblea de
venerables Padres. Mi ánimo, hondamente apenado por la impía blasfemia de
Nestorio, suspiraba por la celebración de este concilio angélico, celestial. En él
veo congregados a los maestros de la piedad, a los que son columna y antorchas de
nuestra fe... ¡Cuánto gozo viéndolos sentados en el hermoso y divino trono del
sumo sacerdote, derramando dulzura y suavidad, pregonero espiritual del saber
divino!... Confortados con vuestra santas oraciones, demos a esta ciudad el
parabién por tanta dicha"...
¡Salve, ciudad de Éfeso, más hermosa que los mares, porque hoy se dieron
cita en ti quienes son los puertos del cielo...
¡Salve, honor de esta región asiática, sembrada por doquiera de templos, a la
manera de preciosas joyas!...
¡Salve, bienaventurado Juan, apóstol y evangelista, gloria de la virginidad,
maestro de la honestidad, exterminador de todo fraude diabólico!... ¡Salve, vaso
purísimo lleno de templanza! A ti, virgen, te confió, desde la cruz, Nuestro Señor
Jesucristo a la Madre de Dios, siempre virgen...
Salve, ¡oh María!, Madre de Dios, lucero y vaso de elección. Salve, Virgen
María, madre y sierva: Virgen en verdad por Aquél que nació en ti virgen; madre,
por virtud de Aquél que nutriste y llevaste en pañales; sierva, por Aquél que en ti
tomó de siervo la forma. Como Rey, quiso entrar en tu ciudad, en tu seno, y salió
cuando le plugo, cerrando por siempre su puerta, porque concebiste sin obra de
varón y fue divino tu alumbramiento. Salve, María templo donde mora Dios,
templo santo, como la llama el profeta David cuando dice: Santo es tu templo
(S. 64,5).
Salve, María, criatura la más preciosa de la creación; salve, María,
purísima paloma; salve, María, antorcha inextinguible; salve, porque de ti nació el
Sol de justicia. Salve, María, morada de la inmensidad, que encerraste en tu seno
al Dios inmenso, al Verbo unigénito, produciendo sin arado y sin semilla la espiga
inmarcesible. Salve, María, Madre de Dios, aclamada por los profetas, bendecida
por los pastores cuando con los ángeles cantaron el sublime himno de Belén:
Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena
voluntad. Salve, María, Madre de Dios, alegría de los ángeles, júbilo de los
arcángeles, que te glorifican en el cielo. Salve, María, Madre de Dios, por ti
adoran a Cristo los Magos guiados por la estrella de Oriente. Salve, María, Madre
de Dios, honor y prez de los apóstoles. Salve, María, Madre de Dios, por quien
Juan el Bautista desde el seno de su madre saltó de gozo, adorando como lucero a
la luz perenne... Salve, María, Madre de Dios, por quien se poblaron de iglesias
nuestras ciudades ortodoxas. Salve, María, Madre de Dios, por quien vino al
mundo el vencedor de la muerte y el destructor del infierno. Salve, María, Madre
de Dios, por quien vino al mundo el autor de la creación y el restaurador de las
criaturas, el Rey de los Cielos. Salve, María, Madre de Dios, por quien brilló y
resplandeció la gloria de la resurrección..."
Sus palabras también expresaron la santa indignación de todo el Concilio y la recia
defensa que se hizo de la Fe:
"La concurrencia de los Santos Padres ha inundado de paz este país,
perturbado por las revueltas de la herejía.
La paz de Nuestro señor Jesucristo, pregonero de la paz, según afirma en su
Evangelio: Mi paz os doy (Jn. 14,27). La paz que rechazó el blasfemo Nestorio,
negando que el Verbo, Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, nació de María
Virgen...
¿Quién jamás oyó cosas tan horrendas y terribles?...
¡Cristo, Dios Verbo, anunciado por los profetas y predicado por los
apóstoles, transformado aquí en puro hombre...!; ¡y llamar a la Madre de Dios tan
sólo del hombre! Tu caída, ¡oh Nestorio!, ha sido más grande que tu soberbia, has
sido precipitado en el abismo más profundo de la blasfemia, despreciando al
Apóstol, vaso de elección, voz de la Iglesia..., el que con sus hermosas cartas
confirmó al mundo en la fe de la Trinidad consustancial, de un solo Señor, de un
solo bautismo; un solo Padre, un solo Hijo, un solo Espíritu Santo; sustancia
inseparable y simplicísima; divinidad incomprensible; Señor Dios de Dios, luz de
luz, esplendor de la gloria, que nació de María Virgen, conforme el anuncio del
arcángel: Ave, llena eres de gracia, el Señor es contigo... el Espíritu Santo
vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por ella el
Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios (Lc. 1,28-35). No sólo lo
sabemos por el arcángel Gabriel... ya el sapientísimo Isaías, hijo del profeta Amós,
profeta nacido de profeta, lo predijo: He aquí que la Virgen concebirá y dará a
luz un hijo y le pondrán por nombre Emmanuel que significará Dios con
nosotros (Lc. 7,14).
Si no queréis creer a los profetas, a los apóstoles, al arcángel Gabriel, imita
al menos a tus compañeros de protervia, los demonios, que gritaron horrorizados:
Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios, ¿viniste aquí antes de tiempo
para atormentarnos? (Mt. 8,29). Si entonces el propio demonio dijo antes de
tiempo, al presente, por fin, llegó en ti. Convenía que viniese el anticristo..., y en
el lugar de éste te presentaste tú, sin creer siquiera al mismo diablo que te ha
engañado, al que dijo: Si Tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se
conviertan en panes (Mt. 4,3).
¡Cosa tremenda que llena de asombro! Los demonios, con su padre el
diablo, llaman Hijo de Dios a aquél que nació de María Virgen. Nestorio reduce a
un mero hombre al Hijo de Dios...
Nadie, empero, al oírnos decir estas cosas, juzgue que nos alegramos de tu
desgracia, ¡miserable! Muy al contrario; cuando caíste en lo hondo de tu
blasfemia, te tendimos la mano por nuestras epístolas, y si incurriste en
contumacia, fue porque despreciaste nuestras advertencias. Testigo de la verdad de
estos hechos es Celestino, Arzobispo santísimo de todo el orbe, Padre y Patriarca
de la gran ciudad de Roma, el cual directamente te escribió exhortándote a que
desistieses de tu inconcebible blasfemia. Desobediente con él, te gloriaste y
envaneciste de tu propia insensatez. Convertido en innovador del mundo, turbaste
la paz en las cuatro partes de la tierra; y por tu causa ha sido necesario que todos
los santos se congreguen aquí a costa de mil fatigas. Dios te destituirá, por fin, de
tu sacerdocio y te privará de la sabiduría de los Padres, y serás proscrito, primero
de la ciudad imperial, y también de tu sede y pontificado..."
Nestorio fue condenado por el Concilio en su primera sesión:
"Todos los Padres del Concilio exclamaron contra la temeridad e impiedad
del novador y fulminaron anatema:
Conociendo que Nestorio sostiene y predica impíos errores y
constreñidos nosotros por los sagrados cánones y por la carta de nuestro
Santísimo Padre Celestino, obispo de la Iglesia romana, resolvemos, no sin
muchas lágrimas, que necesariamente debemos dar esta triste sentencia
contra aquél. Aquí pues, Nuestro Señor Jesucristo, ofendido por las
blasfemias de Nestorio, y hablando por medio de este santísimo Concilio
priva al mismo Nestorio de la dignidad episcopal y lo separa y expulsa de
todo consorcio y reunión sacerdotal".
Los siglos han pasado y en la Iglesia se mantiene vivo el recuerdo del júbilo incontenible
de todo el pueblo por el triunfo de María en Éfeso. Todos los que han escrito sobre este dogma
dan cuenta de la apoteosis mariana de aquella jornada. El propio San Cirilo hace esta descripción
en la carta que dirigió a su clero y a sus fieles de Alejandría:
"Vuestra piedad reclamaría un relato más detallado de los acontecimientos,
pero apremiado por los correos, abrevio mi carta. Sabed que el vigésimo octavo
día del mes de Paynil12 el Santo Concilio ha tenido lugar en Éfeso, en la gran
iglesia que lleva el nombre de María, Madre de Dios13. Después de un día entero,
terminamos por condenar a Nestorio sin que haya osado presentarse al Santo
Concilio, y pronunciamos contra él la sentencia de excomunión y de deposición.
Estábamos reunidos cerca de doscientos obispos.
Toda la población de la ciudad permaneció, desde las primeras horas del
día hasta el anochecer, esperando la decisión del Santo Concilio. Cuando se supo
la deposición del miserable, todos, a una sola voz, se pusieron a aclamar al Santo
Concilio y a glorificar a Dios por haber abatido al enemigo de la fe. Luego, a
nuestra salida de la Iglesia nos condujeron hasta nuestra casa, llevando antorchas
porque era de noche. Y hubo grandes festejos e iluminaciones por toda la ciudad;
algunas mujeres llegaron hasta a precedernos con incensarios. Así es como el
Salvador ha manifestado su omnipotencia a los que querían difamar su gloria".
12 22 de junio.
13 Nótese que la iglesia estaba dedicada a la Madre de Dios antes de que se celebrase el Concilio.
El Padre Rambla hace notar que estas demostraciones del gran fervor por la Virgen en
Éfeso, han quedado como clásicas para celebrar sus festividades: acompañar la Imagen de María
en procesiones, con antorchas, incienso, flores, oraciones, cánticos y júbilo.
En aquella jornada, única en la historia, el pueblo cantaba con sus Pastores:
¡Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte,
Amén!
El Espíritu Santo inspiraba la segunda parte del Ave María que desde entonces rezan y
cantan todas las generaciones y todos los pueblos, en todas las lenguas.
El Concilio siguió sesionando, llegaron los representantes del Papa, que aprobaron todo lo
actuado. Éfeso es ejemplo también de unión y fidelidad al Supremo Pastor de la Iglesia. El
Concilio siguió sus expresas directivas y dejó de manifiesto la importancia de su primado.
Las intrigas palaciegas impidieron al Emperador conocer la decisión conciliar. Los Padres
tuvieron que enviarle un emisario disfrazado de mendigo con la comunicación en un rollo
escondido en un hueco de su bastón.
Muchos monjes salieron de sus claustros para llegar procesionalmente a Constantinopla y
manifestar así su júbilo. En tanto por otro lado un conciliábulo pretendió sin resultado apoyar al
heresiarca.
El sucesor de San Celestino, Sixto III, incluyó el dogma en la fórmula de la consagración
de la Basílica de Santa María la Mayor el 31 de julio del año 432, y en el epígrafe de los
magníficos mosaicos –que lamentablemente ya no existen- para que la Basílica perpetúe la
acción de gracias por la proclamación del dogma.
En Éfeso se defendió, definió y proclamó a la faz de la tierra la Divina Maternidad de
María que "es la luz esplendorosa que directamente o por reflejo ilumina todas las perfecciones
de María. Ella es la clave que descifra los nombres honoríficos, los incontables títulos y arcanas
grandezas de la Señora. La Divina Maternidad es el fin primario de su predestinación, raíz y
fundamento de sus glorias". (P. García Garcés).
La Iglesia no deja de aclamar a María como Madre de Dios
La Divina Maternidad es afirmada después de Éfeso por el Magisterio de la Iglesia en
forma permanente. Anotamos aquí el Concilio de Calcedonia (segundo ecuménico) que hace
suya la palabra Theotocos y la define, y el segundo Concilio de Constantinopla que da valor
dogmático a las cartas de San Cirilo a Nestorio con sus anatemas. Y también la carta dogmática
del Papa León Magno.
La voz de la Iglesia que canta y defiende a la Madre de Dios, no se extinguió ni se debilitó
con el paso de los siglos, al contrario ha seguido resonando cada vez más firme en la voz de sus
Papas y concilios. Desde Éfeso hasta nuestros días, no hubo Pontífice que no reafirmara y
ensalzara la Divina Maternidad.
Pío XI celebró solemnemente los 1500 años del dogma, fue entonces cuando nos dejó el
gran monumento de la "Lux Veritatis" en la cual desarrolla con singular elocuencia los
acontecimientos que llevaron a la convocación del magno Concilio de Éfeso y su doctrina, la
herejía de Nestorio, su condenación, la Autoridad de la Sede Apostólica, la doctrina de la unión
hipostática –Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre-, culminando con la proclamación de
la más resplandeciente gloria de María: Su Maternidad Divina.
Todo católico debería estudiar esta Encíclica, para conocer mejor, a "la luz de la Verdad",
la Persona de su Santísimo Redentor junto a la gloriosa dignidad de Su Muy Bendita Madre:
"Proclamamos la Divina Maternidad de la Virgen María, que consiste,
como dice San Cirilo, no en que la naturaleza del Verbo y Su Divinidad hayan
recibido el principio de su nacimiento de la Virgen, sino que en Ésta naciese aquel
sagrado cuerpo, dotado de alma racional, al cual se unió hipostáticamente el Verbo
de Dios; y, por eso, se dice que nació según la carne.
En verdad, si el Hijo de María es Dios, evidentemente Ella, que lo
engendró, debe ser llamado con toda justicia Madre de Dios. Si la persona de
Jesucristo es una sola y divina, es indudable que debemos llamar a María no
solamente Madre de Cristo hombre, sino Deipara, o Theotokos, esto es: Madre de
Dios.
Esta Verdad, transmitida hasta nosotros desde los primeros tiempos de la
Iglesia, nadie puede rechazarla.
Porque como dice nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, así
quiso Dios darnos a María, cuando por lo mismo la eligió para ser Madre de Su
Unigénito, le infundió sentimientos de madre, que sólo respiran amor y perdón; así
nos lo mostró Jesucristo con sus obras cuando quiso de buen grado estar sujeto y
obedecer a María como un hijo a su madre; así nos lo señaló desde la cruz cuando,
en la persona de su discípulo Juan, le encomendó el cuidado y patrocinio de todo
el género humano; así, finalmente, se nos dio Ella misma cuando, recogiendo con
magnánimo corazón aquella herencia de tan inmenso trabajo que su Hijo
moribundo le dejaba, comenzó al punto a ejercer con todos el oficio de madre
(Encíclica Octobri mense, 22 de septiembre de 1891).
De aquí es de donde nace que nos sintamos atraídos por Ella por cierto
incoercible impulso, y a Ella confiemos todas nuestras cosas; nuestro gozo, si
estamos alegres; nuestras penas, si padecemos; nuestras esperanzas, si al fin nos
esforzamos por elevarnos a cosas mejores. De aquí que, si sobrevienen días
difíciles a la Iglesia, si la Fe se apaga por haberse enfriado la caridad, si se relajan
las costumbres públicas y privadas, si algún peligro amenaza al catolicismo o a la
sociedad civil, acudamos suplicantes a Ella, demandando su celestial auxilio. De
aquí, en fin, que en el peligro supremo de la muerte, cuando en ninguna otra parte
hallamos esperanza y ayuda, levantemos a Ella nuestras manos tenebrosas y
nuestros ojos llenos de lágrimas, pidiendo por medio de Ella el perdón de su Hijo
y la eterna felicidad en el cielo.
Acudan pues, todos a Ella con el más encendido amor en las necesidades
que actualmente padecemos, y pídanle con apremiantes súplicas "que interceda
con su Hijo para que las naciones extraviadas tornen a la observancia de las leyes
y preceptos cristianos, en los cuales se asienta el fundamento del bienestar público
y de los cuales mana la abundancia de la deseada paz y de la verdadera felicidad...
(Encíclica citada)".
(Pío XI, Encíclica "Lux Veritatis",
25 de diciembre de 1931)
María, Madre de la unidad de los cristianos
Pío XI, quiere, sobre todo, que se ruegue a la Madre de Dios y nuestra por el
importantísimo bien de la unión:
"Pero sobre todo esto, deseamos que todos imploren de la Reina del Cielo
un beneficio especialísimo, y, ciertamente, de la mayor importancia. Y es que,
pues tanto y con tanta encendida piedad aman y veneran los disidentes orientales a
la Santa Virgen, no permita esta Señora... que sigan apartados de la unidad..."
Llamado que culmina con las palabras de San Cirilo en Éfeso exhortando
"...a conservar la paz en la Iglesia y a mantener indisoluble el vínculo de
amor y concordia"...
"Y ojalá luzca cuanto antes aquel día felicísimo en que la Virgen Madre de
Dios... vea volver a todos los hijos separados... para venerarla juntamente con una
sola alma y una sola Fe, lo cual será ciertamente para Nos el más grato suceso que
podamos imaginar."
Llamado a las familias. Admonición a las madres
Hacia el final de la Encíclica el Papa alude a otra suya, la "Casti connubi" sobre la
santidad del matrimonio y la educación de los hijos, "que tienen maravilloso ejemplo en los
oficios de la Divina Maternidad y en la Sagrada Familia de Nazaret" y nuevamente cita a León
XIII:
"Dice muy bien nuestro predecesor, León XIII, de feliz memoria: "Los
padres de la familia tienen verdaderamente en San José un modelo preclaro de
paternal y vigilante providencia; las madres tienen en la Santísima Virgen, Madre
de Dios, un ejemplar excelentísimo de amor, de modestia, de sincera sumisión, y
de perfecta fidelidad y, en fin, de Jesús "que vivió sometido a ellos" tienen los
hijos de familia un ejemplo divino de obediencia, digno de que lo admiren,
reverencien e imiten".
y hace entonces una severa admonición a las madres, exhortándolas a contemplar el ejemplo de la
Santísima Madre de Dios:
"Pero es prácticamente oportuno que, sobre todo, aquellas madres de
nuestro tiempo que, aburridas de la prole y del vínculo conyugal, han envilecido y
violado los deberes que se habían impuesto, levanten sus ojos a María y
seriamente mediten la excelsa dignidad a que la Virgen elevó el gravísimo deber
de las madres. Sólo así podrá esperarse que, ayudadas por la Reina del Cielo, se
avergüencen de la ignominia en que han hecho caer el santo sacramento del
matrimonio y se animen saludablemente a conseguir con todo esfuerzo los
admirables méritos de sus virtudes".
(Encíclica "Neminem fugit", 14 de enero de 1892).
La Basílica de Santa María la Mayor y la fiesta de la Divina Maternidad
En el texto de ésta su memorable carta encíclica, Pío XI había hecho mención al artístico
mosaico de la Basílica (Santa María Maggiore) en el cual Sixto III mandó representar a la Virgen
Madre de Dios y que él, en ese gran aniversario de su dogma, hizo "restaurar y devolver a su
primitivo esplendor".
Finalmente anuncia que para gozo de todos ordena que toda la Iglesia Universal celebre
"la fiesta de la Divina Maternidad" que ayude a enfervorizar de nuevo en el clero y el pueblo la
más grande devoción a la Madre de Dios".
La fiesta, establecida para el día en que el Concilio de Éfeso proclamó el dogma de la
Divina Maternidad (11 de octubre) fue trasladada en la última reforma litúrgica al 1º de enero,
octava de la Navidad, para prolongar, como es tradición en la Iglesia, una semana entera las
grandes fiestas, culminando en su "Octava" (ocho días después) con otra fiesta unida a la
primera. En este caso la gran fiesta del Nacimiento del Señor culmina con la celebración de su
santísima Madre.
Cuántas bendiciones y cuánto gozo atraeríamos sobre este mundo los cristianos si
santificásemos verdaderamente ese día, el primero del año, tan profanado en nuestros tiempos
con escándalos de todo tipo que ofenden al Señor y a su divina Madre, la Purísima.
Nuestra devoción a la Madre de Dios
Luego el Pontífice rechaza enérgicamente las críticas de los innovadores a "nuestra
devoción a la Virgen Madre de Dios" ya que nada puede ser más grato a Jesucristo que esa
veneración y el procurar su poderoso patrocinio. Y señala un hecho consolador.
"No queremos pasar en silencio un hecho que nos produce no corto
consuelo. Y es que en nuestro tiempo hay algunos de esos mismos innovadores
que empiezan a conocer mejor la dignidad de la Virgen María y a sentirse
movidos a honrarla y reverenciarla. Lo cual, si procede sinceramente de lo íntimo
de la conciencia... nos permite esperar fundamentalmente que, esforzándose todos
los buenos con sus oraciones y con sus obras y por la intercesión de la Virgen
María, que tan maternalmente ama a sus hijos extraviados, éstos retornen por fin,
un día, al seno de la única grey de Jesucristo"...
La maternidad espiritual
Madre benignísima de todos nosotros. Exhortación a acudir a Ella
"Pero en el oficio de la maternidad de María hay también otra cosa que
juzgamos se debe recordar y que encierra, ciertamente, mayor dulzura y suavidad.
Y es que, habiendo María dado a luz al Redentor del género humano, es también
Madre benignísima de todos nosotros, a quienes Cristo, Nuestro Señor quiso tener
por hermanos" (Rom. 8,29).
Las expresiones del Magisterio sobre la Theotokos son literalmente incontables.
Tomemos solemnemente algunos enfoques de los últimos Papas.
Pío XII nos hace ver que este dogma es la clave de las riquezas del Corazón de María:
"¡Madre de Dios! ¡Qué título más inefable! La gracia de la Divina
Maternidad es la llave que abre a la débil investigación humana como un desafío,
que exige para Ella la más sumisa reverencia de todas las criaturas.
Sólo Ella, por su dignidad, trasciende los cielos y la tierra. Ninguna entre
las criaturas visibles o invisibles puede compararse con Ella en excelencias. Ella
es, al mismo tiempo, la esclava y la Madre de Dios; la Virgen y la Madre".
E inmediatamente nos señala su maternidad espiritual:
"Pero cuando la Virgencita de Nazareth balbuceó su fiat al mensaje del
Ángel y el Verbo se hizo carne en su seno, Ella fue no sólo Madre de Dios en el
orden físico de la naturaleza, sino también en el sobrenatural de la gracia, se
proclamó Madre de todos los que, por medio del Espíritu Santo, constituirían un
solo cuerpo con su Divino Hijo por cabeza. La Madre de la Cabeza será también la
Madre de los miembros (San Agustín). La Madre de la vid lo será también de los
sarmientos".
(Pío XII, 19 de junio de 1947, radiomensaje
al Congreso Mariano Nacional de Canadá).
Juan XXIII hace meditar el dogma en el Rosario con el saludo inspirado de Santa Isabel y
la profunda acción de gracias que brota del Inmaculado Corazón de María:
"¡Qué suavidad y qué gracia en aquella visita de tres meses de María a su
querida prima! La una y la otra depositarias de una maternidad inminente; para la
Virgen Madre la más sagrada maternidad que pueda imaginarse sobre la tierra.
¡Qué dulzura de armonía en aquellos dos cantos que se entrelazan!:
"Bendita tú eres entre todas las mujeres" (Lc. 1,42) de una parte, y de la otra:
"El Señor ha mirado la humildad de su esclava; todas las generaciones me
llamarán bienaventurada" (Lc. 1,48).
En los tiempos en que le tocó guiar la nave de Pedro a Paulo VI era muy necesaria la
reafirmación de este dogma; por eso no cesaba de repetir:
"No debemos olvidar nunca quién es María en la historia de la salvación; la
Madre de Cristo, y por ello la Madre de Dios"
(8 de febrero de 1964)
"Jesucristo es Dios, luego la Santísima Virgen es Madre de Dios"
(15 de agosto de 1967)
Dice el Padre Ángel Luis CSsR que "Pablo VI se complace en amontonar títulos,
expresiones, imágenes, que realcen de mil maneras diferentes esta gran verdad de nuestra Fe. Así
es que llama a María "canal por el que Jesús ha venido al mundo", "puerta por la que el Creador
entró en nuestro mundo y en nuestra historia", "vehículo de Cristo" (metáfora que recoge de
labios de San Efrén), "la cristífera, la portadora de Cristo al mundo", "la brillantísima aurora de
la que surgió el sol de la justicia", "lámpara portadora de la luz divina", "lámpara precursora de
Cristo". Pero aparte de estas bellas aclamaciones deslumbrantes de poesía –continúa- abunda en
términos que plasman el dogma de la Divina Maternidad en fórmulas de un perfil
inconfundiblemente teológico. Así, por ejemplo, se expresa sobre el misterio de la Navidad:
"el gran acontecimiento, el gran misterio de la Encarnación, del nacimiento
de Nuestro Señor Jesucristo, dos veces engendrado, como rezaba una inscripción
de la antigua Basílica de San Pedro; sin madre en el Cielo, sin padre en la tierra, es
decir, Hijo eterno de Dios e Hijo temporal de María...Madre de Cristo, y por eso
Madre de Dios".
(Pablo VI, 21 de diciembre de 1966)
La Divina Maternidad al encumbrar a María sobre todas las criaturas, exalta y enaltece a
toda la naturaleza humana:
"La doctrina de la Iglesia (relativa a este misterio) se presenta como una
exaltación de la humanidad, y ya sabéis donde se encuentra su vértice, en la
criatura que posee en sí, por un privilegio del Señor, la plenitud de la humana
perfección y que fue elegida para dar al Verbo de Dios... nuestra carne, nuestra
naturaleza, para ser así la Madre de Cristo, Dios-Hombre según la carne".
(Pablo VI, 18 de noviembre de 1964)
El Padre Luis hace una importante reflexión: "Sabido es el empeño de cierta pseudoteología
actual, por negar a la doncella de Nazareth el conocimiento del gran misterio del que,
cabalmente, Ella era la protagonista humana. La Virgen no solo concibió físicamente al Verbo
Encarnado sino que –como repite la tradición cristiana- lo concibió con la mente y el corazón, y
el espíritu, creyendo plenamente en el misterio de la Encarnación". Y cita palabras del mismo
Pontífice:
"María no sólo engendró a Nuestro Señor Jesucristo, sino que creyó en Él,
guardó la palabra de Dios y añadió al privilegio de su elección el mérito de la
correspondiente obediencia".
(Pablo VI, 11 de septiembre de 1965)
El mencionado Padre Luis nos muestra cómo Pablo VI ilumina el principio de la
Maternidad Divina, el cual no fue otro que el Espíritu Santo:
"Honrad el Espíritu Santo, del cual fue llena la Virgen y del cual procede su
Maternidad"
(Pablo VI, 14 de agosto de 1967)
"La caridad del Espíritu Santo... fue en Ella vivificante y amoroso principio de su
Divina Maternidad"
El Concilio Vaticano II ya había mostrado el Misterio de la Divina Maternidad en el seno
de la Trinidad Santísima:
"La Virgen María ...está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad
de ser la Madre de Dios Hijo, y por tanto, la hija predilecta del Padre y el sagrario
del Espíritu Santo".
(Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 2)
Juan Pablo II siente la necesidad de manifestar a la Madre de Cristo al llegar al año
dos mil:
"...al término del segundo milenio, nosotros los cristianos... sentimos la
necesidad de poner de relieve la presencia de la Madre de Cristo en la historia,
especialmente durante estos últimos años anteriores al dos mil:
Nos prepara a esto el Concilio Vaticano II presentando en su magisterio a
la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia" (...)
"Sólo en el misterio de Cristo se esclarece su misterio. Así por lo demás, ha
intentado leerlo la Iglesia desde el comienzo. El misterio de la encarnación le ha
permitido penetrar y esclarecer cada vez mejor el misterio de la Madre del Verbo
encarnado. En este profundizar tuvo particular importancia el Concilio de Éfeso
(a. 431) durante el cual, con gran gozo de los cristianos, la verdad sobre la
Maternidad Divina de María fue confirmada como verdad de fe de la Iglesia" (...)
"Así pues, mediante el misterio de Cristo, en el horizonte de la fe de la
Iglesia resplandece plenamente el misterio de su Madre. A su vez, el dogma de la
Maternidad Divina de María fue para el Concilio de Éfeso y es para la Iglesia
como un sello del dogma de la encarnación, en la que el Verbo asume realmente
en la unidad de su persona la naturaleza humana sin anularla".
(Juan Pablo II,"Redemptoris Mater",
25 de mayo de 1987)
Nuestro Santo Padre quiere que veamos cómo la Maternidad Divina de María debe
derramarse sobre la Iglesia:
"Las palabras que Jesús pronuncia desde lo alto de la cruz significan que la
Maternidad de su Madre encuentra una "nueva" continuación en la Iglesia y a
través de la Iglesia simbolizada y representada por Juan. De este modo, la que
como "llena de gracia" ha sido introducida en el misterio de Cristo para ser su
Madre, es decir la Santa Madre de Dios, por medio de la Iglesia permanece en
aquel misterio como "la mujer" indicada por el libro del Génesis (3,15) al
comienzo, y por el Apocalipsis (12,1) al final de la historia de la Salvación. Según
el eterno designio de la providencia, la Maternidad Divina de María debe
derramarse sobre la Iglesia, como indican algunas afirmaciones de la Tradición
para las cuales la "Maternidad" de María respecto de la Iglesia es el reflejo y la
prolongación de la Maternidad respecto del Hijo de Dios". (Referencia a San León
Magno).
(Juan Pablo II ,"Redemptoris Mater")
Como Pío XI, Juan Pablo II subraya la profunda unión con los ortodoxos y orientales en
el amor y alabanzas a la Theotokos.
"Deseo subrayar cuán profundamente unidas se sienten la Iglesia Católica,
la Iglesia ortodoxa y las antiguas Iglesias orientales por el amor y alabanzas a la
Theotokos. No sólo "los dogmas fundamentales de la Fe cristiana: los de la
Trinidad y del Verbo encarnado en María Virgen han sido definidos en Concilios
ecuménicos celebrados en Oriente", sino también en su culto litúrgico, "los
orientales ensalzan con himnos espléndidos a María siempre Virgen y Madre
Santísima de Dios" (Vaticano II)
(...) Las Iglesias que profesan la doctrina de Éfeso proclaman a la Virgen
"verdadera Madre de Dios", ya que "Nuestro Señor Jesucristo, nacido del
Padre antes de los siglos según la divinidad de los últimos tiempos por
nosotros y por nuestra salvación, fue engendrado por María Virgen Madre de
Dios según la carne" (Concilio Ecuménico de Calcedonia). Los Padres griegos y
la tradición bizantina, contemplando a la Virgen a la luz del Verbo hecho hombre
han tratado de penetrar en la profundidad de aquel vínculo que une a María, como
Madre de Dios, con Cristo y la Iglesia: la Virgen es una presencia permanente en
toda la extensión del misterio salvífico.
(...) "En la liturgia bizantina, en todas las horas del oficio divino, la
alabanza a la madre esta unida a la alabanza al Hijo y a la que, por medio del Hijo,
se eleva al Padre en el Espíritu Santo".
Antes de reflexionar sobre la grandeza y belleza de los Iconos de la Madre de Dios, el
Papa destaca la alabanza que en la plegaria eucarística de San Juan Crisóstomo le canta la
comunidad reunida:
"Es verdaderamente justo proclamarte bienaventurada, oh Madre de
Dios, porque eres la muy bienaventurada, toda pura y Madre de Nuestro Dios.
Te ensalzamos, porque eres más venerable que los querubines e
incomparablemente más gloriosa que los serafines. Tú, que sin perder tu
virginidad has dado al mundo el Verbo de Dios. Tú, que eres verdaderamente la
Madre de Dios".
El Papa se refiere también a las tradiciones coptas y etiópicas "introducidas en esta
contemplación del misterio de María por San Cirilo de Alejandría" y al "genio poético de San
Efrén el Sirio, llamado la cítara del Espíritu Santo", "que han cantado a María", como también al
panegírico sobre la Theotokos, de San Gregorio de Narek, una de las glorias más brillantes de
Armenia; quien con fuerte inspiración poética, profundiza en los diversos aspectos del misterio
de la encarnación, y cada uno de los mismos es para él ocasión de cantar y exaltar la dignidad
extraordinaria y la magnífica belleza de la Virgen María, Madre del Verbo encarnado". Juan
Pablo II quiere que tanta riqueza de alabanzas a la Madre de Dios ayude a la Iglesia a volver a
respirar con sus "dos pulmones", oriente y occidente, y nos urge:
"Como he dicho varias veces, esto es hoy más necesario que nunca". "Sería
también, para la Iglesia en camino, la vía para cantar y vivir de manera más
perfecta su Magnificat".
(Juan Pablo II, Encíclica "Redemptoris Mater")
Por otra parte Juan Pablo II hace elevar los ojos a la Virgen para que se comprenda el
verdadero significado de la maternidad:
"La figura de María recuerda a las mujeres de hoy el valor de la
maternidad. En el mundo contemporáneo no siempre se da a este valor una justa y
equilibrada importancia. En algunos casos, las necesidades del trabajo femenino
para proveer a las exigencias cada vez mayores de la familia, y un concepto
equivocado de libertad, que ve en el cuidado de los hijos un obstáculo a la
autonomía y a las posibilidades de afirmación de la mujer, han ofuscado el
significado de la maternidad para el desarrollo de la personalidad femenina. En
otros, por el contrario, el aspecto de la generación biológica resulta tan importante,
que impide apreciar las otras posibilidades significativas que tiene la mujer de
manifestar su vocación innata a la maternidad.
En María podemos comprender el verdadero significado de la maternidad,
que alcanza su dimensión más alta en el plan divino de salvación. Gracias a ella, el
hecho de ser madre no sólo permite a la personalidad femenina, orientada
fundamentalmente hacia el don de la vida, su pleno desarrollo, sino que también
constituye una respuesta de la fe a la vocación propia de la mujer a la luz de la
alabanza con Dios."
(Juan Pablo II, audiencia general
del 6 de diciembre de 1995).
Virgen de las vírgenes
Icono griego de la Glicofilusa (la que lo besa dulcemente). Los iconos
bizantinos de la Virgen Santísima llevan tradicionalmente tres estrellas en
su manto: una sobre el hombro derecho, otra sobre la frente, y la tercera
sobre el hombro izquierdo, simbolizando la virginidad perpetua de la
Santísima Virgen: antes del parto, durante el parto y después del parto.
Conservó perpetuamente pura la flor de su
virginidad
"El Dios de inmensa bondad, Creador de todas las
cosas, por cuya admirable providencia todo es
regido, habiendo amado al mundo hasta decretar
darle a su Hijo infinito para su redención, escogió
de antemano de entre todas las criaturas, a María,
virgen purísima y santísima, de real estirpe, para
realizar tan grande e inefable misterio.
De ahí que con la intervención de la virtud del
Espíritu Santo, que la cubrió con su sombra, como
la lluvia que desciende como rocío del cielo en el
vellón, la hizo Madre de su Unigénito, y juntamente
con la riquísima fecundidad, conservó
perpetuamente pura la flor de su virginidad, cuya
virtud y hermosura admiran el sol, la luna, la
naturaleza mira con pasmo y el infierno mismo se
estremece ante ella. Pues Ella, anunciada antes con
tantas figuras, con tantas visiones y vaticinios de los
profetas y esperada por tanto tiempo de los Santos
Padres, por fin, adornada del brillo de las virtudes y
de toda suerte de gracias, nos libró del cautiverio
con su saludable fecundidad y triturada la cabeza de
la serpiente, vestida de sol, teniendo la luna por
escabel de sus pies, victoriosa y triunfadora,
mereció ser coronada con doce estrellas y ensalzada
sobre los coros de los Ángeles, ser llamada Reina
del Cielo y de la tierra".
Paulo V, Bula "Inmensae Bonitatis",
27 de octubre de 1615.
María, Virgen Perpetua
"El más augusto de los signos que había prometido Dios"
"Confesamos que María es verdadera y propiamente Madre de Dios según la naturaleza
humana,
"pero reconocemos al mismo tiempo su Virginidad, pues admitimos la
Maternidad Divina con toda aquella suavidad y sublimidad con que Dios quiso
realizarla".
Así nos dice San Bernardo, y Bourdalone apoyado en él agrega "El más augusto de los
signos que había prometido Dios al mundo para señalar el cumplimiento del gran misterio de
nuestra Redención es, según el vaticinio de Isaías, que una virgen, permaneciendo virgen,
concebiría un hijo, y que este hijo sería Dios; no un Dios separado de nosotros, ni elevado como
Dios por encima de nosotros, sino un Dios abajado hasta nosotros, porque esto, como añade el
evangelista, es lo que significa el nombre augusto Emmanuel.
Este prodigio excedía todas las leyes de la naturaleza, pero en definitiva no dejaba de ser,
en cierto sentido, perfectamente natural. Porque como discurre San Bernardo, si Dios haciéndose
hombre, habría de tener madre, pedía su divinidad –y por eso mismo era una especie de
necesidad- que tal madre fuera virgen.
Convenía que el Verbo de Dios por un exceso de su amor y de su caridad, saliese del seno
de Dios y si es lícito decir así, saliere de sí mismo para ponerse en condición de ser concebido
según la carne, pero supuesta esta salida, que es lo que llamamos propiamente Encarnación, el
Verbo de Dios no podía ser concebido según la carne, sino por el milagroso camino de la
virginidad.
¿Por qué? Porque cualquiera otra manera de concepción hubiera oscurecido el esplendor y
la gloria de su divinidad. Es sublime este pensamiento de San Bernardo, y por poca amplitud que
se le dé, llenará nuestras almas de las ideas más altas de la religión".
Concepto de virginidad
Se llama virginidad a la integridad corporal unida a la castidad, que es virtud del alma, y
que informa y da valor a la integridad de la carne. Esta integridad de por sí no es virtud, sino
condición natural de todo ser humano que con ella nace. Pero conservar esa integridad como
homenaje del alma a Dios, se llama propiamente virginidad.
En las Escrituras
Testimonia el Evangelio: "El Ángel Gabriel fue enviado por Dios... a una virgen... y el
nombre de la virgen era María" (Lc. 1,26).
El milagro de la concepción virginal fue anunciado en el Antiguo Testamento por el
profeta Isaías: "Por tanto el mismo Señor os dará una señal: He aquí que la virgen concebirá
y dará a luz un hijo; cuyo nombre será Emanuel, que quiere decir Dios con nosotros".
El cumplimiento de la profecía de Isaías está también testimoniado en el Evangelio Lc.
1,26 y Mt. 1,18: "El nacimiento de Cristo fue de esta manera: Estando desposada María su
Madre, con José, antes que conviviesen, se halló que había concebido en su seno por obra
del Espíritu Santo".
En San Lucas leemos también: "María dijo al ángel: ¿Cómo ha de ser eso?, pues yo no
conozco varón. El ángel en respuesta le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre Ti, y la
virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc. 1, 34-35).
Un poco de historia sobre la defensa de esta gloria de María. Testimonios de los
Padres y Santos
La perpetua virginidad de María Santísima era considerada dogma de Fe desde los
primeros siglos del cristianismo. Así fue enseñada por el Magisterio ordinario por los Padres y
los Santos, y creída por el sentir sobrenatural de los fieles. Así fue defendida desde entonces,
pues ya era atacada en tiempos de los Apóstoles.
San Ignacio Mártir, uno de los Padres Apostólicos14 dejó esta sentencia:
"Al príncipe de este mundo se le ocultó la virginidad de María, su parto y
la muerte del Señor, tres clamorosos misterios que se cumplieron en silencio".
Los primeros en errar sobre la perfecta y perpetua Virginidad de María fueron los judíos
de su tiempo, que creyeron a Cristo hijo de San José. Y esto no debe extrañarnos porque no
pudiendo revelarse todos y de una vez los Misterios de la Encarnación, como dice el Beato Scoto,
"prefirió el Señor que se dudase de su origen divino a que se echase
mancha sobre la fama de su Madre".
El que Jesús naciera de una madre virgen, más que un error debe llamarse ignorancia de
los judíos, pero esto, luego de la Ascensión, se convirtió en ocasión de infamar a María. Incluso
los judíos que confesaron a Cristo como el Mesías, rehusaron ver cumplida la profecía de Isaías,
interpretando a su modo y restando fuerza a la palabra virgen del oráculo: "He aquí que una
virgen concebirá..." Así lo atestigua San Justino en el siglo II en sus "Diálogos con el judío
Trifón".
De los judíos la calumnia pasó a los que tenían afinidad ideológica o de sangre con ellos,
dice el P. Pascual Rambla OFM, como los ebonitas, comunidad cristiana procedente de los
hebreos, y que fueron furiosos negadores de la integridad de María Santísima. Más tarde
encontramos otros ataques, y en el siglo IV los proferidos por los apolinaristas y arrianos, a los
que San Epifanio apodó anticordimarianistas, es decir los que atacaban al Corazón de María, y
los refutaba diciendo:
"Quién jamás, nombrando a María y preguntando, no dice enseguida: La
Virgen María... En efecto Ella siempre incorrupta".
Pero quien ganó la miserable palma de ser el más audaz y ofuscado negador del privilegio
virginal de María fue Helvidio, contra el que se levantó San Agustín y sobre todo San Jerónimo
que escribió contra él el famoso tratado ("De Perpetua Virginitate B. Maríae adversus
Helvidium") del cual tomamos este párrafo:
14 Aquellos Padres de la Iglesia que recibieron la Fe directamente de los Apóstoles
"por ventura no puedo alinear contra ti a toda la multitud de escritores
antiguos como Ignacio mártir, Policarpo, Ireneo, Justino y muchos más, varones
apostólicos, elocuentes, que siguiendo la misma doctrina de la Virginidad de
María, escribieron libros llenos de sabiduría?!"
San Jerónimo fue un gran luchador de la Fe, que hizo enmudecer por larguísimo tiempo a
los blasfemos enemigos de la Virginidad de la Madre de Dios. En dicho tratado leemos:
"Díganme como entró Cristo, cerradas las puertas, a donde estaban los
Apóstoles para cerciorarles de la verdad de su carne resucitada, y les responderé
como María, siendo virgen, engendró a Cristo, y después del parto quedó tal".
Es imposible transcribir todos los testimonios de los Santos Padres defendiendo
fervorosamente esta gloria de la Madre de Dios. Hanter da esta síntesis:
"Jerónimo escribió un opúsculo íntegro defendiéndola contra Helvidio. Para Genadio, la
doctrina que niega la Virginidad Perpetua de María es una locura y una blasfemia; para Orígenes,
una locura; para Ambrosio, un sacrificio; para Filostorgio, una impiedad y doctrina conveniente a
los ateos; para Beda, una perfidia... Según Siricio los defensores de la doctrina que niega la
Virginidad Perpetua no defienden otra cosa más que la perfidia de los judíos; según Agustín son
herejes, según Hilario irreligiosos y vacíos de doctrina espiritual; según Epifanio esta doctrina es
temeridad que supera toda improbidad e impiedad".
Defensa que hace el Magisterio
Los Papas San Siricio y San León Magno proclaman y defienden solemnemente esta
gloria de María Santísima. El primero escribía en el año, 392 a Anisio, obispo de Tesalónica que
"siente horror" al oír las negaciones a la Virginidad de María y que "con justicia ha sido
reprendido el obispo Bonoso por su doctrina blasfema. San Ambrosio no sólo profesa la
Virginidad de María sino que la reclama. Bajo su presidencia se reunieron los obispos de Asia
Menor en Iliria, quienes lo condenaron, apoyados en la carta del Papa y con los elocuentes
modelo y prototipo de la virginidad.
San Ambrosio, también por orden del Papa San Siricio, condena a Joviano que seguía al
tristemente nombrado Helvidio.
Medio siglo más tarde, otro hereje, Eutiques, apoyado por el Emperador Teodosio,
provocó no pocos malestares en la Iglesia con similares blasfemias.
El Papa León I ante la herejía de los monofisistas, vuelve a afirmar las dos naturalezas de
Cristo y presenta la doctrina de la Perpetua Virginidad de María.
El Concilio de Calcedonia, reunido en el año 451, aceptó incondicionalmente y aclamó su
doctrina contenida en el llamado "tomo del Papa León".
La Virginidad de María Santísima es plena y totalmente perfecta, porque comprende la
virginidad del cuerpo, es decir la integridad de la carne, y junto con ella la virginidad del sentido,
que consiste en la inmunidad a los movimientos de la concupiscencia, y la virginidad de la mente,
consistente en evitar todo lo que pueda repugnar a la virginidad.
La inmunidad a los movimientos de la concupiscencia es un regalo que Dios hizo al
hombre en el Paraíso Terrenal, llamado don de integridad. La Sagrada Escritura nos enseña, en
efecto, que Adán y Eva, antes del pecado no experimentaban la lucha desordenada de la carne
contra el espíritu, y que ésta comenzó con el pecado original.
María Inmaculada –libre de la culpa original –poseyó plenamente el don de integridad.
La Virginidad de María Santísima es perpetua; resumida en la siguientes afirmaciones:
María fue Virgen antes del parto, es decir que María concibió al Verbo de Dios sin
ninguna intervención del varón, por obra y gracia del Espíritu Santo.
María fue Virgen en el parto, puesto que dio a luz a su Hijo Divino permaneciendo intacta
en el sello de la Virginidad que no fue alterado ni mínimamente al paso del Cuerpo verdadero y
real de su Hijo a través de su seno inviolado.
"Beata Dei genitrix, María, cuyus víscera intacta permanens".
"Bienaventurada María, Madre de Dios, cuyas entrañas permanecen
intactas".
"Como pasan los rayos del astro, así la Virgen dio a luz a su Hijo".
El nacimiento del Hijo de Dios no quebrantó antes bien consagró su virginidad, así lo
enseña siempre la Iglesia, y así lo afirma el Concilio Vaticano II, siguiendo la actitud del
Concilio Lateranense del año 649:
"... su Hijo primogénito, lejos de disminuir, consagró su integridad
virginal"
(Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 57)
María fue virgen después del parto, es decir que mantuvo su virginidad perfecta junto a su
castísimo esposo San José y en todo el transcurso de su vida terrena, y así intacto subió
gloriosamente su Cuerpo a la Gloria de los Cielos.
Es creencia universal y permanente de la Iglesia y enseñanza de sus Doctores, que la
Santísima Virgen María realizó un voto de conservar perpetuamente su Virginidad con el cual
esta gloria es llevada al máximo grado y si bien no se incluye el voto en la definición del dogma,
está unido de manera indisoluble a su verdad.
La definición y sus reafirmaciones
El dogma de la Perpetua Virginidad de María quedó definido por el tercer Concilio de
Letrán celebrado por el Papa San Martín I en el año 649:
"Propia y verdaderamente la Madre de Dios, la Santa y siempre
Virgen María... concibió sin semen viril, del Espíritu Santo, al mismo Verbo
de Dios, y de manera incorruptible dio a luz"
Explica Juan Pablo II:
"El Concilio de Calcedonia en su profesión de fe, redactada
esmeradamente y con contenido definido de modo infalible, afirma que
Cristo... fue "engendrado de María Virgen, Madre de Dios".
En la misma catequesis –del 10 de julio de 1996– nombra similares afirmaciones los
Concilios de II y III Constantinopla, IV Lateranense y II Lugdunense, doctrina que reafirma el
Vaticano II, aunque dice, fue el de Letrán con el Papa Martín I el que precisó el apelativo
"Virgen".
En el año 1555 el Papa Paulo IV condena los errores de los socianos y los protestantes en
general, promulgando la Constitución "Cum Quorundam".
Los socianos negaban la Trinidad – por eso eran llamados unitarios – y en consecuencia la
Encarnación, la Redención, la Maternidad Divina, la Virginidad de María.
En ella el Papa reafirma y sintetiza el dogma amonestando con su autoridad apostólica a
todos y cada uno de cuantos niegan:
"María permaneció siempre en la integridad de la virginidad, a saber antes
del parto, en el parto, y perpetuamente después del parto, por obra de Dios
omnipotente".
Aún repitiendo, parece conveniente agregar el párrafo introductorio de lo que hoy dice la
Sociedad Mariológica Española en su "Compendio de Doctrina Mariana":
"Este dogma incluye la virginidad de María ante la concepción del Hijo de
Dios, en su Concepción, en su nacimiento, y después de éste. Se llama a esta
prerrogativa virginidad perpetua o perfecta. Son innumerables los documentos de
los Concilios y de los Papas, tanto antiguos como modernos, que hablan de esta
virginidad inviolada, integérrima, inefable y perpetua de María, por recoger
solamente algunos calificativos. Y, en general ven anunciada esta virginidad en el
Antiguo Testamento, y claramente afirmada en el Nuevo"... (sigue el desarrollo de
la doctrina).
El Magisterio Pontificio no cesó jamás de afirmar este dogma sublime a coro con los
Padres y los Santos, y con todo el pueblo de Dios.
Oriente y Occidente aclaman a la Virgen de las Vírgenes – La fiesta del 21 de
noviembre
En Oriente, la extraordinaria belleza de los iconos expresan con gran riqueza espiritual las
verdades de la Fe. Y este dogma lo encontramos simbolizado en tres estrellas sobre el manto de
María: una sobre el hombro derecho, otra sobre la frente, la tercera sobre el hombro izquierdo.
María, Madre de Dios, Virgen antes del parto, en el parto y después del parto.
En Oriente y Occidente María, la Virgen de las Vírgenes, es invocada en los templos,
aclamada en sus santuarios y alabada en las diversas liturgias, a diario y más solemnemente en
sus fiestas. Una de ellas está dedicada a honrar, meditar y glorificar la total entrega a Dios de la
Virgen Perpetua, es la fiesta llamada de la Presentación de María en el Templo, que se celebra el
21 de noviembre, tanto en Oriente, donde tuvo su antiguo origen como en Occidente, donde
habiendo decaído un tanto su celebración, el Papa Sixto V decidió restaurarla en 1585, y lo hizo
con estas fervorosas palabras:
"Veneramos humildemente la saludable fecundidad de la intacta Madre de
Dios, María, de cuyas purísimas entrañas, quedando incólume la integridad de su
virginidad por la virtud del Espíritu Santo, se dignó nacer el Autor de la vida, y
procuramos defender y aumentar con nuestras débiles fuerzas todo lo establecido
por la lejana gloria oriental y en otros tiempos por los Santos Padres en su honor,
y si algo hubiese sido relegado al olvido, renovarlo con la ayuda de la que está
sentada sobre los coros angélicos, para que el devoto pueblo se alegre con nos por
medio del frecuente recuerdo de los gozos espirituales, y no se pase por alto el
piadoso recuerdo de la que hay que venerar, alabar e invocar en la tierra, por
medio de sagradas festividades, como admiran su gloria en el cielo los coros
angélicos.
Nos, pues, queremos contar entre las demás festividades consagradas por la
iglesia católica a la Virgen Perpetua –que preparada desde toda la eternidad y
anunciada de antemano por los testimonios proféticos, todavía, sin embargo, no
había sido hecha Madre de Dios con la anunciación del Ángel- y también a la que
debía ser templo de Dios y sagrario del Espíritu Santo, la Presentación en el
Templo guardada con veneración en todo el mundo, desde los tiempos más
remotos, y si en alguna parte se ha interrumpido su celebración, restituirla y velar
por ella continuamente."
(Sixto V; Bula "Intemeratae Matris",
1 de septiembre de 1585).
Las blasfemias duelen más cuando provienen de dentro de la Iglesia
Bien sabemos que los ataques a los tres aspectos de la Virginidad Perpetua de María
Santísima llegan a nuestros días y por ello conviene saber cómo la Iglesia con sus Padres y sus
Papas ha defendido este sublime misterio, gloria de Nuestra Señora, de los impíos ataques de las
sectas y demás enemigos de la Iglesia.
Las blasfemias duelen mucho más cuando provienen de dentro de la Iglesia, como son la
mayoría de los casos que hemos citado, y como son las que recientemente escuchamos, negando
el parto virginal de la Madre de Dios.
A quienes así osen hablar, podemos decir con San Agustín: "¿por qué Aquél que siendo
adulto, pudo entrar por las puertas cerradas, no pudo, siendo niño, salir de los miembros
incorruptos?" (el mismo pensamiento de San Jerónimo).
Desgraciadamente, aunque los argumentos sobren, y sean contundentes, continúan las
blasfemias; pero los siglos no han cambiado nuestros sentimientos hacia Nuestra Santísima
Madre, la Reina de las Vírgenes, ni ha cambiado nuestro lenguaje: como el Papa San Siricio,
sentimos horror al saber de ellas.
A veces el veneno del maligno es más sutil, y se vale de personas que no quieren negar la
virginidad de María pero al querer supuestamente "llegar más" a las gentes, presentan a la Virgen
despojada de su excelsa dignidad; son los mismos que ignoran la Divinidad del Señor y hasta su
perfección humana. Y con este torpe argumento (proselitista?) se expresan con un lenguaje burdo
y equívoco, que si bien no niega formalmente el dogma, lo roza, y crea la posibilidad de la duda,
la herejía y la blasfemia.
Esto está ocurriendo en nuestros días.
Pero el pueblo verdaderamente fiel ama este dogma de su María, a la que sencillamente
llama la Virgen, como en tiempos de San Ambrosio. El pueblo usa la clara y concisa fórmula del
Papa Paulo IV para proclamarlo a diario en todas partes. Y así se conserva y acrecienta la
devoción de las tres Ave Marías rezadas al final del Rosario en honor de María, Virgen Purísima
y Santísima antes del parto, en el parto, y perpetuamente después del parto.
Trascendencia del dogma
La Virginidad Perpetua de María es otra de sus prerrogativas, admirable y hermosísima,
caracterizada por las consecuencias e influjos positivamente bienhechores, que ejerció y ejerce en
el pueblo y en la civilización cristiana.
La doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, en éste como en muchos otros asuntos, cambió
radicalmente los criterios y los sentimientos dominantes en el mundo en tiempo de su venida.
Nadie ignora los medios empleados en la antigua Roma para conseguir y conservar a sus
poquísimos vestales; hoy en cambio, tenemos a la vista la multitud de vírgenes , que apoyados en
las enseñanzas de Cristo, por amor a Él, practican este consejo evangélico.
Este espectáculo es hoy la continuación de lo que la Iglesia ha realizado en todos los
siglos, desde el comienzo de su existencia. Los mismos romanos y griegos, contemplaron
admirados esta floración magnífica, esta perla brillante, que desde el principio adornó la corona
de la Iglesia y no pudieron menos que llamar, en su lenguaje, "verdaderos filósofos" a esos
cristianos, a pesar de no penetrar los motivos por los cuales así se comportaban. El médico gentil
Galeno antes del año 200 escribía: "Que los cristianos desprecian la muerte, lo tenemos a la vista,
como igualmente, que guiados por el pudor, se abstienen de placeres venéreos. Hay muchos entre
ellos, mujeres y varones, que por toda la vida han observado perfecta continencia".
Este verdadero milagro de orden moral, lo ha realizado y lo realiza únicamente el amor de
Cristo, el atractivo y la confianza que despierta su figura sin mancilla; la sublimidad de su
doctrina, y la fuerza invencible que presta su Gracia, sembrada en medio de la carne corrompida.
Pues bien, junto a la divina persona de Cristo, se halla la humana persona de María, la Virgen
Purísima.
Un modelo más accesible para la debilidad humana; un ejemplar más vecino a nosotros,
porque María es toda completamente humana. Ella ha sido, para todas las generaciones cristianas,
la Madre y la Reina de la castidad, la flor de la pureza, la Virgen de las Vírgenes.
La elevación causada en la vida cristiana por el deseo de imitar su pureza y su virginidad
en el propio y correspondiente estado, ha sido en todas las épocas real y verdaderamente
extraordinaria. Por eso muy bien se ha podido afirmar que la Virginidad de María, es un bien
público de la Iglesia. Si no hubiese ningún otro argumento ni motivo para afirmar esta elevación,
serían para ello argumentos más que suficientes, el recordar, así la vida de los Santos como la
cantidad de órdenes y congregaciones religiosas que nacieron al amparo del manto de María,
pretendiendo con ese peculiar género de vida cuya esencia se haya en última síntesis, en la
práctica de los consejos evangélicos, imitar la vida, las virtudes, la Virginidad de María.
Todos los dogmas católicos trascienden el marco de la especulación pura, y tienen
profundas y extensas consecuencias en la vida práctica y social; si así no fuera, sería tan solo
doctrina y no vida el cristianismo.
Sin embargo hay verdades que ejercen ese influjo en profundidad y radio mucho mayor
que otras. Entre estas, ha de concertarse el dogma de la Virginidad Perpetua de María. (P.
Demetrio Licciardo SDB)
Pío XII alaba a la Virgen Madre que elevó a la mujer y la llamó a ser fuerza de la
civilización:
"La Virgen Madre! ¡Que bienaventurada visión de virginal pureza y dulce
maternidad revela este título! No es admirar que la belleza, el encanto, la santidad
de esta Madre Virgen sin par haya dejado tras de sí en la Iglesia militante la más
dulce memoria como mirra escogida (Ecl.24.20) y una poderosa influencia que no
sólo alzó a la mujer de su particular degradación sino que la llamó para ser la
fuerza latente que diese a la civilización renovada y pulida vitalidad".
(Pío XII, 4 de marzo de 1942, Radiomensaje al
Primer Congreso Mariano de África del Sur)
¡Oh riquezas de la Virginidad de María! exclama Pío XII repitiendo los consejos de los
Santos a los consagrados:
"Un medio excelente para conservar intacta y sostener la castidad perfecta,
medio comprobado continuamente por la experiencia de los siglos, es el de la
sólida y ardiente devoción a la Virgen Madre de Dios. En cierta manera, esta
devoción contiene en sí todos los medios, pues quien sincera y profundamente la
vive, se siente impulsado a velar, a orar, a acercarse al tribunal de la penitencia y
al banquete eucarístico. Por tanto, exhortamos con efecto paterno a todos los
sacerdotes, religiosos y vírgenes consagradas, a que se pongan bajo la especial
protección de la Santa Madre de Dios, que es Virgen de Vírgenes y "Maestra de la
virginidad" como lo afirma San Ambrosio, y que es especialmente Madre
poderosísima de todos aquéllos que se han dedicado al divino servicio.
Por Ella dice San Atanasio, comenzó a existir la virginidad; y lo enseña
claramente San Agustín con estas palabras: "La dignidad virginal comenzó con la
Madre de Dios". Siguiendo las huellas del mismo San Atanasio, San Ambrosio
propone la vida de la Virgen María como modelo para las vírgenes: "Imitadla
hijas ...". Sírvaos la vida de María de modelo de virginidad cual imagen que se
hubiese trasladado a un lienzo; en ella, como en un espejo, brilla la hermosura de
la castidad y la belleza de toda virtud.... He aquí, la imagen de la verdadera
virginidad. Esta fue María, cuya vida pasó a ser norma de todas las vírgenes "Sea
pues la Santísima Virgen María maestra de nuestro modo de proceder. Tan grande
fue su gracia, que no sólo conservó en sí misma la virginidad sino que concedió
este don insigne a los que visitaba". Cuán verdadero es pues, el dicho del mismo
San Ambrosio: ¡Oh riquezas de la virginidad de María!
(Pío XII, Encíclica Sacra Virginitas,
25 de marzo de 1954)
La sublimísima Virginidad de María, ante los ataques a la vida virginal
consagrada al Señor
La virginidad consagrada y el celibato sacerdotal en la Iglesia latina, sufrieron en épocas
no lejanas, el ataque más terrible de la historia. Al Papa Pablo VI le tocó enfrentarlo, aquí
tenemos un testimonio de cómo defendió esos grandes tesoros de la Iglesia exponiendo ante ella
la sublime Virginidad de María. Se trata de una homilía en el día de la Presentación del Señor en
el Templo:
"Ella, la purísima, la Inmaculada, se sometió, humildemente al rito de la
purificación prescrito por la ley mosaica; custodia silenciosa de su secreto
prodigio: la Divina Maternidad había dejado intacta su Virginidad, dando a ésta el
privilegio de ser de aquélla el evangélico santuario.
Aquí el hecho se hace misterioso, y el misterio poesía, y la poesía amor,
inefable amor.
No ya un resultado estéril y vacío, no suerte inhumana, sino sobrenatural,
cuando la carne se ha sacrificado al espíritu, y el espíritu se ha embriagado del
amor más vivo, más fuerte, más absorbente de Dios "contento ne´pensier
comtemplativi" (Dante) y en el encuentro de hoy con María, la Virgen Madre de
Cristo, se ilumina en nuestra conciencia la elección libre y soberana de nuestro
celibato, de nuestra virginidad y también de ella, en su inspiración original, más
carisma que virtud; podemos decir con Cristo: "No todos comprenden esta
palabra, sólo aquellos a quienes es concedido" (Mt 19,11).
"Hay en el hombre –enseña Santo Tomás- actitudes superiores, para las
cuales él es movido por un influjo divino", son los "dones", el carisma, que lo
guían mediante un instinto interior de inspiración divina.
¡Es la vocación! La vocación a la virginidad consagrada, esa vocación una
vez comprendida y acogida, alimenta de tal forma al espíritu, que éste se vuelve
tan sobreabundante por ser con sacrificio –pero un sacrificio fácil y feliz- liberado
del amor natural, de la pasión sensible". Por hacer de su virginidad una inagotable
contemplación" (Santo Tomás), una religiosa saciedad, siempre con sublime
tensión y preocupada, y capaz como ningún otro amor, de brindarse en la
donación, en el servicio, en el sacrificio de sí mismo por hermanos, desconocidos
y necesitados precisamente de un misterio de caridad que imitar, y por cuanto sea
posible, igualar aquél de Cristo por los hombres.
Esto es más para vivir que para explicar. Vosotros hermanos y hermanas
inmolados a Cristo, bien lo sabéis"
(Pablo VI, 2 de febrero de 1975).
Juan Pablo II exalta la Virginidad Perpetua y Perfecta de María con el mismo amor de
todos sus antecesores, y como Pablo VI la pone como ejemplo luminoso ante los ojos de la
Iglesia:
"La Virginidad de María inaugura en la comunidad cristiana la difusión de
la vida virginal, abrazada por los que el Señor ha llamado a ella. Esta vocación
especial, que alcanza su cima en el ejemplo de Cristo, constituye para la Iglesia de
todos los tiempos, que encuentra en María su inspiración y su modelo, una riqueza
espiritual inconmensurable".
(Juan Pablo II, 13 de septiembre de 1995,
catequesis en la audiencia general).
"María no eligió la virginidad en la perspectiva, imprevisible, de llegar a
ser Madre de Dios, sino que maduró su elección en su conciencia antes del
momento de la Anunciación. Podemos suponer que esa orientación siempre estuvo
presente en su corazón: la gracia que la preparaba para la maternidad virginal
influyó ciertamente en todo el desarrollo de su personalidad, mientras que el
Espíritu Santo no dejó de inspirarle, ya desde sus primeros años, el deseo de la
unión más completa con Dios.
...También en nuestro mundo, aunque esté tan distraído por la fascinación
de una cultura a menudo superficial y consumista, muchos adolescentes aceptan la
invitación que proviene del ejemplo de María y consagran su juventud al Señor y
al servicio de sus hermanos. (...)
La vida virginal de María suscita a todo el pueblo cristiano la estima por el
don de la virginidad y el deseo de que se multiplique en la Iglesia como signo del
primado de Dios sobre toda la realidad y como anticipación profética a la vida
futura. Demos gracias junto al Señor por quienes aún hoy consagran
generosamente su vida mediante la virginidad, al servicio del reino de Dios".
(Juan Pablo II, 7 de agosto de 1996,
catequesis en la audiencia general).
Inmaculada
La Inmaculada de Guercino. En este sublime misterio la Santísima Virgen fue
representada tradicionalmente con un manto azul, y con las notas al Apocalipsis:
vestida de sol, la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas.
"Yo soy la Inmaculada Concepción",
así se llamó a sí misma
"¡Ave María!" Con estas palabras saludamos
siempre y en todas partes a la que las oyó por
primera vez en Nazareth. Al recibir este saludo, fue
llamada por su nombre; así la llamaba su familia y
los vecinos que la conocían; con este nombre fue
elegida por Dios. El Eterno la llamó por este
nombre ¡María! ¡Miriam! Sin embargo cuando
Bernardita le preguntó su nombre, no contestó
"María", sino
"Yo soy la Inmaculada Concepción".
De este modo se denominó a sí misma en Lourdes
con el nombre que le había dado Dios desde la
eternidad; sí, desde toda la eternidad la eligió con
este nombre y la destinó a ser la Madre de su Hijo,
el Verbo Eterno. Y, en fin, este nombre de
Inmaculada Concepción es mucho más profundo y
más importante que el usado por sus padres y la
gente conocida, el nombre que Ella oyó en el
momento de la Anunciación: "Ave María".
Juan Pablo II, 10 de febrero de 1979,
Homilía en la Capilla Sixtina.
La Inmaculada Concepción de María
María, plena de gracia santificante desde el primer instante de su concepción
"La Iglesia Católica enseña que María es Inmaculada. Con este título se expresa aquel
privilegio singular por el cual la Madre de Dios, al ser concebida, no contrajo la mancha del
pecado original.
Creemos como verdad de fe, que el alma de María desde el primer instante de su
existencia, estuvo adornada con la gracia santificante. Creemos que no hubo momento alguno en
el cual María se hallase en enemistad con Dios; creemos que en ninguna circunstancia de su vida,
ni siquiera en el instante de su concepción, estuvo sometida a la esclavitud del demonio,
proveniente del pecado.
La mancha del pecado original, alcanza y contagia indefectiblemente a todos aquéllos que
reciben de Adán la naturaleza humana. La generación paterna al dar una naturaleza humana
despojada de la gracia santificante, es el vehículo de la transmisión de aquel pecado.
Esta ley universal tiene, sin embargo, una excepción gloriosa, pues Dios, en vista de los
méritos de Nuestro Señor Jesucristo, por gracia y privilegio singular, ha suspendido en María la
aplicación de esta ley.
Según esto, María, al ser concebida, no recibió como los demás hombres una naturaleza
manchada por el pecado, sino una naturaleza adornada con la gracia de Dios, libre de pecado
original, o sea, una naturaleza "inmaculada".
En esta inmunidad de la mancha del pecado original y posesión de la gracia santificante,
desde el primer instante de su existencia, consiste pues la Inmaculada Concepción de María.
Este privilegio muy glorioso, verdadero milagro espiritual, fue que la omnipotencia de
Dios la preservó en su concepción del pecado original, lo cual fue concedido en vista de los
merecimientos de Nuestro Señor Jesucristo, que en tanto para todos obran restaurando y
reparando en ellos lo que el pecado destruye, para María obraron en manera mucho más elevada
y profunda, a saber, preservándola de la caída del pecado.
De la misma manera que al pasar el Arca de la Alianza, la mano omnipotente de Dios
detuvo ante los israelitas las aguas del Jordán, que no se atrevieron a tocarla (Josué 3,15-16),
cuando llegó María a la existencia, el poder misericordioso de Dios detuvo junto a Ella las aguas
que traían la infección universal del pecado, no permitiendo que tocaran ni mancharan a aquella
criatura escogida entre todas para ser la Madre del Verbo Encarnado.
Tal es la enseñanza católica acerca de la Inmaculada Concepción". (P. Demetrio
Liccciardo SDB)
La Inmaculada Concepción en las Escrituras
La Inmaculada Concepción se halla indicada en las Sagradas Escrituras, ya desde sus
primeras páginas: "Dijo el Señor Dios a la serpiente: por cuanto hiciste esto, maldita eres
entre todos los animales de la tierra, andarás arrastrándote sobre tu pecho y tierra comerás
todos los días de tu vida. Yo pondré enemistad entre tí y la mujer, y entre tu raza y la
descendencia suya: Ella quebrantará tu cabeza, y tú andarás acechando a su calcañar" (Gn.
3,15).
Este pasaje del Génesis suele llamarse "Protoevangelio", precisamente por la naturaleza
de la profecía encerrada en sus palabras.
La serpiente indica al demonio. La Mujer que será su Enemiga y le aplastará la cabeza es
María, con su Hijo Divino Jesús, su descendencia.
Los Padres y toda la tradición de la Iglesia enseñan que:
"Con este oráculo divino fue preanunciado clara y abiertamente el
misericordioso Redentor del género humano, o sea el Hijo Unigénito de Dios,
Cristo Jesús, y designada su bienaventurada Madre, la Virgen María, y
simultáneamente expresada de insigne manera, las mismísimas enemistades de
ambos contra el demonio".
(Pío IX, Bula "Ineffabilis Deus").
Dice Bousset, que de la Virgen María, en general, ha de afirmarse que en el orden de la
reparación, ocupa aquel lugar que ocupó Eva en el orden de la perdición, pues según enseñan
esas insignes palabras del Génesis, todo lo que el demonio escogió para la ruina del género
humano, fue dispuesto divinamente por Dios para nuestra salud. Y al nuevo Adán, o sea Cristo,
debe unirse con nexo indisoluble, para destruir las obras del demonio, la nueva Eva, o sea María.
Esta realidad hizo exclamar a San Juan Crisóstomo en una homilía de Pascua:
"Regocijémonos todos y estremezcámonos de alegría. Común debe ser
nuestro gozo porque la victoria de hoy es el triunfo del Salvador. ¿Acaso no lo ha
hecho todo Cristo por nuestra salvación? Con las mismas armas que empleó el
diablo para derribarnos, ha sido vencido. ¿Cómo?, me diréis. Escuchad:
Una virgen, un árbol y la muerte representan una derrota. Ved ahora cómo
esas tres cosas se han convertido en victoria para nosotros. Por Eva tenemos a
María; por el árbol de la ciencia del bien y del mal tenemos al árbol de la cruz; por
la muerte de Cristo. ¿No veis al demonio derrotado con las mismas armas que se
sirvió para el triunfo?".
Pues bien, si Jesús es el nuevo Adán y María la nueva Eva, María había de ser
"Inmaculada" completamente libre de todo pecado, aún libre del pecado original.
En las palabras que usa el Arcángel San Gabriel para anunciar a María el misterio de la
Encarnación también encontramos claramente implícito el privilegio de la Inmaculada
Concepción:
"Salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres..." (Lc. 1,28).
Esta plenitud de gracia, tan ilimitada, y tan completa, otorgada y ordenada, según lo
indican las palabras del Ángel, a hacer a María digna de la altísima misión a que había sido
llamada, no podía decirse de quien alguna vez siquiera hubiese estado manchado con el pecado.
Igualmente al decir que el Señor está con Ella, con María, plenamente, sin limitación alguna de
tiempo.
La expresión griega Kejaritomeni, Llena de Gracia, hace las veces de nombre propio en la
alocución del Ángel: "Salve, Llena de gracia", tiene que expresar una nota característica en
María, la dotación de todas las gracias en plenitud singular por su elección para Madre de Dios, y
esto desde el primer instante de su existencia.
Santa Isabel, henchida del Espíritu Santo, dice a María: "Bendita Tú eres entre todas las
mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre" (Lc. 1,42). La bendición de Dios que descansa
sobre María, es considerada paralelamente a la bendición de Dios que descansa sobre Cristo en
cuanto a su humanidad. Tal paralelismo sugiere que María, igual que Cristo, estuvo libre de todo
pecado desde el comienzo de su existencia.
Breve historia del dogma – Testimonios de la Tradición y el Magisterio –
Antigüedad de la fiesta – Controversias y votos – La doctrina de Duns Scoto
En la historia del gran dogma de la Inmaculada se suelen distinguir tres períodos:
El primero se extiende desde los comienzos de la Iglesia hasta el siglo XI.
En los primeros siglos del cristianismo, la fe en la Inmaculada aún sin ser formal y
explícita, estaba comprendida en la fe sobre la excepcional santidad de María con su
singularísima pureza.
En el llamado Protoevangelio de Santiago, escrito en el siglo II queda clarísimo que toda
fealdad sea excluída de María para que sea digna Madre del Señor, y con más razón esto vale
para el alma.
El mártir San Hipólito –hacia el año 235- que comparaba a Nuestro Señor con el Arca de
la Alianza, hecha de leño incorruptible dice:
"El Señor estaba exento del pecado, habiendo sido formado de un leño no
sujeto a la corrupción humana, es decir de la Virgen y del Espíritu Santo".
Y semejantes a éstas se hallan numerosas expresiones y explicaciones en los escritos de
los Padres que confirman la fe primitiva en la pureza total y plena de María.
Dice San Efrén a Jesucristo y con él toda la Tradición;
"Tú y tu Madre sois los únicos que en todo aspecto sois perfectamente
hermosos pues en Ti Señor no hay mancilla, ni mancha en tu Madre".
San Ambrosio, comentando el salmo 118 se dirige al Señor diciéndole:
"Ven, oh Señor, en busca de tu fatigada oveja... no por medio de
mercenarios sino Tú mismo... por medio de María, Virgen inmune, por la gracia,
de todo pecado".
Los Padres griegos fueron especificando este dogma antes que en Occidente. Ya en el
siglo V en Oriente se formula esta doctrina con claridad extraordinaria.
Anfiloquio de Sida –que estuvo presente en el Concilio de Éfeso- dice:
"Dios creó a la Virgen sin mancha y sin pecado".
Y escribe el adalid de Éfeso, San Cirilo de Alejandría:
"¿Quién oyó jamás decir que un arquitecto, después de haberse construido
una casa, la ha dejado ocupar y poseer primeramente por su enemigo?"
Así, a lo largo de los siglos se transmite con total claridad, confianza y seguridad, el
dogma de la Inmaculada Concepción.
En el segundo período encontramos el dogma de la Inmaculada en la liturgia. Es
importante destacar la trascendencia de esto porque la liturgia es el culto oficial de la Iglesia. La
Iglesia ora en su liturgia conforme a la única y verdadera fe. De allí el dicho secular: "lex orandi,
lex credendi", la ley de la oración es la ley de lo que se cree (es decir, de la fe).
La fiesta de la Concepción de María, se remonta al siglo V en Oriente. En el siglo VI ya
estaba en el Misal de San Isidoro de Sevilla. Sabemos que fue introducida en Nápoles y Sicilia en
el siglo IX, extendiéndose luego por Irlanda, Islas Británicas y Normandía y de una forma mucho
mayor en el siglo XI.
En sus comienzos la fiesta también se llamó de la Maternidad de Santa Ana. Si pensamos
que la Iglesia sólo rinde culto a los Santos, vemos que en la celebración ya se profesaba la
Concepción Inmaculada de María.
Por otra parte la fiesta fue celebrada por muchas iglesias separadas por siglos de la Iglesia
Romana, instituida seguramente antes de esa separación; no parece probable que hayan tomado
una fiesta de la Iglesia de la cual se separaron.
Un tercer período se extiende entre los siglos XII y XVIII. Es el período de las
controversias. La celebración se extendía pero no se aclaraba suficientemente su doctrina.
Impresiona la gran lucha teológica durante los siglos XII y XIII alrededor de este gran privilegio
de María Santísima. Muchas fueron sus causas, que escapan a los límites de este pequeño trabajo.
Entre ellas encontramos una oposición a la fiesta por parte de San Bernardo –uno de los
más grandes devotos de María- y siguiendo a él, otros escolásticos ilustres y aún santos, como
San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, que no llegaron a ver con claridad esta gloria de la
Virgen, pero que sin embargo con su gran amor a Ella, dejaron en sus escritos los principios que
fundamentan el dogma.
San Anselmo, padre de la teología escolástica, por ejemplo, dice:
"Era conveniente que con aquella pureza de la cual no hay mayor debajo de
Dios, resplandeciera la Virgen, a la que Dios Padre disponía dar a su Unigénito
Hijo, a la cual el mismo Hijo elegía para hacerla sustancialmente su Madre, y de la
cual el Espíritu Santo quería y habría de obrar de manera que fuese concebido y
naciera Aquél del cual El mismo procedía". Afirma también que "de Cristo ha
venido la limpieza de María".
Y sin embargo no concluyó San Anselmo la Inmaculada Concepción que en estas
palabras está virtualmente contenida.
Este hecho, verificado en grandes teólogos y santos, muestra un designio de Dios, que ha
querido sólo para su Iglesia la infalibilidad y no para sus doctores particulares, los cuales son
guías de la ciencia pero no regla en la fe.
Siempre, sin embargo, hubo ardientes defensores de la Inmaculada Concepción.
A principios del siglo XII, Eadmero, discípulo de San Anselmo, se queja de que en
algunos lugares se quita la fiesta y escribe el primer tratado defendiendo la Inmaculada
Concepción.
Y el Beato Raimundo Lullio escribe: "quien concibe una mancha en la Concepción de
María es como si concibiera tinieblas en el sol".
El movimiento más fuerte se produjo a fines del siglo XIII, dirigido por el franciscano
Beato Duns Scoto quien fue esclareciendo los fundamentos en los que se apoya el dogma, y
dividió en dos campos netos a los teólogos de los siglos XIV y XV, hasta que todo se superó con
la definición de Pío XI. Pero para ello debieron pasar cuatro siglos.
La doctrina de Scoto se resume así: "Potuit, decuit, ergo fecit" – "Pudo, quiso, por lo tanto
lo hizo" ¿Pudo Dios preservarla del pecado original? ¿Quiso hacerlo? ¿Convenía? Luego lo hizo.
"La intuición del beato Duns Scoto, llamado a continuación el "doctor de la
Inmaculada", obtuvo, ya desde el inicio del siglo XIV una buena acogida por parte
de los teólogos, sobre todo los franciscanos".
(Juan Pablo II, 5 de junio de 1996,
catequesis en la audiencia general).
Scoto en sus comentarios distingue entre redención liberativa del pecado original ya
contraído, y redención preservativa, merced a la cual en previsión de los méritos redentores de
Jesucristo, fue la Santísima Virgen preservada de contraer dicho pecado. Y demuestra que la
Concepción Inmaculada de María no se opone a la universalidad del pecado original, ni a la
universidad de la redención de Cristo; más aún, que la dignidad de Cristo Redentor se agranda
sobremanera si se admite que la redimió de un modo más perfecto, y preservándola de caer en el
pecado original. (síntesis de J. Azpizu).
Y así enseña nuestro Santo Padre Juan Pablo II:
"La absoluta enemistad puesta por Dios entre la mujer y el demonio exige,
por tanto, en María, la Inmaculada Concepción, es decir, una ausencia total del
pecado, ya desde el inicio de su vida. El Hijo de María obtuvo la victoria
definitiva sobre satanás e hizo beneficiaria anticipadamente a su Madre,
preservándola del pecado.
Como consecuencia, el Hijo le dio el poder de resistir al demonio,
realizando así en el misterio de la Inmaculada Concepción el más notable efecto
de su obra redentora".
(Juan Pablo II, 29 de mayo de 1996,
catequesis en la audiencia general).
En el año 1325 se discutió por varios días el problema ante el Papa Juan XXII y éste se
inclinó por la doctrina de la Inmaculada e hizo celebrar con gran pompa la fiesta de la misma en
su capilla y en la ciudad de Avignón.
En 1387 la Universidad de París condenó al joven Juan de Monzón que negaba esta
verdad. El Papa confirmó la sentencia. En 1401 hubo un discurso que resultó célebre por la
defensa de la Inmaculada del Canciller de la Universidad de París, Gerson, en la Iglesia San
Germán de esa ciudad.
Las Órdenes Militares se obligaron bajo voto a defender la Concepción Inmaculada de
María.
El concilio de Basilea definió, el 17 de septiembre de 1439 la Inmaculada Concepción; en
el momento de esta definición el Concilio ya no era legítimo, pero su decreto tuvo un gran valor
de testimonio. La influencia ejercida en Francia es inmensa. La Universidad de París en 1469
obligó a sus doctores al juramento por la Inmaculada.
En 1476, Sixto IV en la Constitución "Cum praeexcelsa" recomienda la celebración de "la
maravillosa concepción de esta Virgen Inmaculada", aprobó el oficio y al año siguiente la
fiesta se comienza a celebrar en Roma. En 1483 el mismo Pontífice prohibió que se tilde de
herética la doctrina de la Inmaculada Concepción. La célebre Capilla de Roma donde se eligieran
tantos sucesores de Pedro, decorada con los famosos frescos de Miguel Ángel y visitada por
infinidad de peregrinos y turistas, es conocida en todo el mundo como "Sixtina", precisamente
por haber sido obra de Sixto IV, pero lamentablemente no se recuerda que este Papa la consagró
y dedicó a la Inmaculada Concepción, y así la denominó.
Al finalizar aquel siglo se produce el descubrimiento de América. Cristóbal Colón ofrece
las dos primeras islas a Jesús y María. A la primera le da el nombre del Salvador y a la segunda
Santa María de la Concepción, y escribe Bartolomé de las Casas, contemporáneo suyo: "porque
después de Dios, a María se debe tanto como a la Madre de Dios, y él tenía devoción con su
fiesta de la Concepción".
Para el acto solemne del rito de los 7000 estudiantes de la universidad de Salamanca,
Lope de Vega compuso "La limpieza no manchada".
En el caso de la de Granada el voto se llamó "de sangre" ya que añadía a la fórmula de
defender la Inmaculada Concepción "hasta derramar la sangre".
El 17 de junio de 1546, el Concilio de Trento declaró que:
"no entendía comprender a la Santísima Virgen María entre los
alcanzados por su decreto sobre el pecado original".
La suma importancia de esta declaración produjo efectos tales que no se puede hablar de
disputa a partir de ella.
En 1547, San Pío V condenó la doctrina de Bajo, que atacaba a la Inmaculada.
El 12 de septiembre de 1617, Paulo V prohibe enseñar la sentencia contraria a la
Inmaculada Concepción de María. La noticia se recibió en todo el mundo católico con gran
júbilo. En Sevilla, ciudad que tiene por Patrona a la Inmaculada, celebró con un repique de
campanas que duró desde las 12 de la noche hasta la seis de la mañana. El Arzobispo hizo liberar
a todos los presos por deudas, obligándose él a pagarlas. La multitud corrió por las calles para
difundir y celebrar la noticia gritando "¡Sin pecado concebida, que lo manda el Papa!".
De esos tiempos data el voto que hizo San Juan Berchmans, jesuita, escrito por su mano
en estos términos:
"Yo, Juan Berchmans, hijo indignísimo de la Compañía prometo a Vos y
vuestro Hijo, a quien creo presente en este augusto sacramento de la Eucaristía,
ser siempre defensor y propagador de vuestra Inmaculada Concepción (si la
Iglesia no determina otra cosa) En fe de la cual afirmo con mi sangre y con el
nombre de Jesús".
Sello de la Compañía de Jesús Año 1620
Juan Berchmans I.H.S
En 1661, Alejandro VII inicia una etapa trascendental en el camino hacia el dogma. La
creencia de que María es Inmaculada es retenida en general, pero hay quienes la atacan desde
púlpitos y escritos, como también el culto y la devoción a ese misterio. Entonces el Papa da su
Bula "Solicitudo omniun Eclesiarum", para reafirmar las decisiones de sus antecesores a favor de
la sentencia y prohibiendo que "directa o indirectamente" se pueda poner en duda, y para
reafirmar su fiesta y su culto, en la cual manifiesta:
"Antigua es la piedad de los fieles cristianos para con la santísima Madre,
la Santísima Virgen María, que sienten que su alma, en el primer instante de su
creación e infusión en el cuerpo, fue preservada inmune de la mancha original, por
singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de Su Hijo
Jesucristo, Redentor del género humano, y que en este sentido veneran y celebran
con solemne ceremonia la fiesta de su concepción...
Nos, considerando que la santa romana Iglesia celebra solemnemente la
festividad de la Concepción de la Inmaculada siempre virgen María..., y
queriendo, a ejemplo de nuestros predecesores los romanos pontífices, favorecer a
esta laudable piedad y devoción y fiesta, y al culto en consonancia con ella, jamás
cambiado en la Iglesia romana después de la institución del mismo, y queriendo
salvaguardar esta piedad y devoción de venerar y celebrar a la Santísima Virgen
María preservada del pecado original, claro está, por la gracia proveniente del
Espíritu Santo..., en atención a la instancia a Nos presentada y a las preces de los
obispos con sus iglesias, y del rey Felipe y de sus reinos; renovamos las
constituciones y decretos promulgados por los romanos pontífices, principalmente
Sixto IV, Paulo V y Gregorio XV, a favor de la sentencia que afirma que el alma
de Santa María Virgen en su creación e infusión en el cuerpo fue obsequiada con
la gracia del Espíritu Santo y preservada del pecado original, y a favor también de
la fiesta y culto de la Concepción de la misma Virgen Madre de Dios, prestado
conforme a esta piadosa sentencia, y mandamos que se observe bajo las censuras y
penas contenidas en las mismas constituciones"
(Alejandro VII, Bula "Solicitudo omnium Eclesiarum",
8 de diciembre de 1661).
Siguen las severísimas sanciones a quienes de manera "directa o indirecta" se opongan a
esto u "osaren promover alguna disputa respecto de esta sentencia, fiesta y culto", y detalla
minuciosamente las formas en que se podrían oponer, y ratifica las sanciones de los Papas
anteriores, agregándole otras, que suponían "la inhabilitación perpetua para predicar, leer
públicamente, enseñar o interpretar , y que no podrían ser absueltos sino por él mismo o sus
sucesores". Prohibe también los libros, escritos de sermones, o frases, o tratados, o disputas en
los que se pone en duda dicha sentencia, fiesta y culto".
Esta Bula precede directamente a la del Beato Pío IX con la definición y proclamación del
dogma.
Medio Siglo después, en 1708, Clemente XI mandó que la fiesta sea obligatoria en toda la
Iglesia.
Muchas naciones y pueblos lucharon por la Inmaculada. Pidieron el dogma los reyes de
Asturias, Portugal, Polonia, Baviera y España, que se distinguió singularmente por esos pedidos
de sus monarcas y por lo que oró y bregó su pueblo. A España siguieron las naciones por ella
cristianizadas en América.
La Orden Franciscana y el dogma
Duns Scoto es como el símbolo de la devoción franciscana a la Inmaculada Concepción.
Los hijos del Padre Seráfico desde siempre la amaron, honraron y defendieron hasta llegar al
triunfo de la proclamación. Por eso en muchas de las Iglesias y claustros franciscanos se puede
leer debajo de la imagen de la Purísima:
"Per Christum praeservata, per Franciscum defensa"
María Santísima es Patrona de la Orden como Inmaculada, y si recorremos detenidamente
la Historia de la Iglesia, encontraremos muchos hechos que ponen de manifiesto la unión de la
gran familia franciscana con la causa del dogma, reflejada en la copla popular:
A la religión sagrada
de San Francisco debemos,
que en alta voz te cantemos
el blasón de Inmaculada.
La actividad desplegada por sus teólogos a favor del dogma fue intensa y perseverante, no
menos que la tierna devoción practicada y vivida. Debido esta singular devoción por la
Inmaculada Concepción, los Papas, a través de los tiempos, hicieron especiales concesiones
litúrgicas a la Orden, a fin de que el culto sea más rico en alabanzas a este misterio.
El Capítulo de la orden celebrado en Pisa 1263 mandó a todos los conventos que
celebraran la fiesta de la Concepción. Y fue un Papa franciscano, Alejandro V, quien en 1411 la
extendió a toda la Iglesia.
Nicolás III (1277-80), que siendo un joven fraile había recibido del mismo San Francisco
la profecía de que sería Papa, mandó que la Iglesia Universal adoptara el oficio de la Inmaculada
que rezaban ya los franciscanos.
La venerable Margarita Serafina, fundadora de las Capuchinas sintió gran celo apostólico
desde que tuvo una visión maravillosa de la Inmaculada.
Fray Luis de Carvajal, del convento de San Francisco de Sevilla, tuvo gran actuación en el
tratamiento del tema de la Inmaculada en el Concilio de Trento.
Y fue: Fray Francisco de Santiago quien prendió la "chispa" del movimiento
concepcionista en Sevilla. Había estado en la corte de Felipe III donde gozaba de bastante
influencia. Cuentan sus biógrafos que orando en cierta ocasión ante la Virgen de Guadalupe, tuvo
la siguiente revelación:
"Trata del misterio de mi Purísima Concepción, que ya ha llegado el tiempo"
Providencialmente fue trasladado a Sevilla y en contacto con los fervorosos
concepcionistas, resolvieron pedir versos a los poetas para propagar la causa. En el sorteo
salieron los de Miguel del Cid, que quedarían para siempre grabados en la conciencia católica de
Sevilla y de toda España:
Todo el mundo en general
a voces, Reina escogida,
diga que sois concebida
sin pecado original.
España y el dogma de la Inmaculada
Como estamos viendo, España fue parte activa y decisiva en la definición dogmática de la
Inmaculada Concepción.
El movimiento concepcionista se distingue por su tono apologético, por las vivísimas
reacciones de sus defensores frente a los "maculistas", -los que no veían este privilegio de la
Virgen-. Otra característica del movimiento es la participación con igual fervor de los monarcas,
la nobleza, las clases intelectuales y el pueblo sencillo. O como dijo Hortelano: "Poetas, pintores,
estudiosos, políticos, pueblos; todos se han conjurado para sacar adelante el Dogma de la
Inmaculada".
Antes de la controversia, se tenía la fiesta como se dijo, en el rito de San Isidoro en el
siglo VI. La devoción fue creciendo, y en el siglo XV eran muchas las Iglesias, capillas y ermitas
dedicadas a la Virgen Inmaculada.
La disputa y verdadera agitación, comenzó en el siglo XIV. En esos años surge Raimundo
Lulio, su gran defensor, con su "Libro de la Inmaculada Concepción de María Virgen",
contemporáneamente en 1333 el infante Don Pedro de Aragón erige la Real Cofradía de la
Inmaculada, y luego en el trono como Pedro IV, invita a toda la nobleza a ingresar en ella.
Juan I ordena la celebración de la fiesta en Valencia, Aragón, Cataluña, Rosellón,
Córcega y Cerdeña, y dice "¿Por qué maravillarse de que una Virgen tan singular haya sido
concebida sin pecado original?" y sanciona a los "maculistas". Sus sucesores siguen su ejemplo.
En Castilla, San Fernando levanta una Capilla en honor de la Inmaculada Concepción, a la que
cantará más tarde en forma ingenua y candorosa su hijo Alfonso el Sabio: "rosa das rosas, flor
das flores..." (Cantigas a Santa María)
Isabel la Católica, profesó gran amor a este misterio. El propio Papa Inocencio VIII en su
bula "Inter. Munera" de 1489 la menciona como "la hija Isabel, reina de Castilla y León e ilustre
por su devoción a la Concepción de la Virgen María". Ella es quien cede a la beata Beatriz de
Silva los palacios en los que se funda la famosa Orden de la Inmaculada Concepción. Y es en
esos tiempos cuando circuló por el mundo el color azul como propio de la Inmaculada.
La devoción era compartida por su esposo Don Fernando. El rey llevaba siempre al cuello
la imagen de la Inmaculada. Ambos fundan el monasterio de los Jerónimos en su honra.
El emperador Carlos V llevaba siempre, en sus armas y sobre su persona la imagen de la
Inmaculada, según Fray Francisco de Torres, uno de sus biógrafos.
Felipe II ordena que en ultramar se le erijan templos. Felipe envía continuos legados a
Roma para solicitar la definición. Su hijo Felipe IV hereda la misma devoción y manda doce
embajadores. Sus ruegos alcanzan del Papa Alejandro VII la bendición para poner bajo el
patronazgo de la Inmaculada a todos los reinos españoles.
Insisten en los pedidos del dogma Carlos II y Felipe V.
Carlos III crea la Orden que honra el misterio de la Inmaculada. Aún se conserva un
manto por él ofrecido a la Purísima , y se puede admirar una pintura de Casto de Plasencia donde
el Monarca aparece a los pies de María Santísima, instituyendo su Orden. Los miembros de la
misma llevaban su medalla pendiente de una cinta con dos bandas celestes a los lados y una
blanca al medio, la que usaba el General Manuel Belgrano, que integraba la Orden, más tarde
creador de la Bandera Nacional Argentina con esos colores.
Los pedidos de los reyes se unían al clamor del pueblo y a los votos de las Universidades.
Los templos y monasterios, las órdenes y cofradías, y todas las ramas de las artes cantaron a la
Purísima.
En 1621, la Corte de España "se juramentó de tener y defender que la Virgen Nuestra
Señora había sido concebida sin pecado".
El fervor mariano inspiró a Lope de Vega, Gomez Manrique, Calderón de la Barca, y las
pintorescas pero muy sentidas coplas y decires populares a la Virgen. Las de la Inmaculada no
tienen cuenta; algunos de ellos mostraban el fervor que los hizo brotar.
El "potuit, decuit, ergo fecit" de Duns Scoto fue popularizado así:
¿Quiso y no pudo? ¡No es Dios!
¿Pudo y no quiso? ¡No es Hijo!
Digan pues, que pudo y quiso.
En el campo andaluz aún se escucha el tradicional saludo, sobre todo como llamado a las
casas:
-¡Ave María Purísima!
La respuesta es también cordial invitación a entrar:
-¡Sin pecado concebida!
Ese saludo llegaría luego a nosotros para ser también un saludo argentino.
...En el firmamento
de España será divisa
decirlo ella primero:
AVE MARÍA PURÍSIMA
en el mundo, y en el cielo
hacerlo saludo eterno.
como dice Ignacio García Llorente en su España Sacramental.
En cancelas y azulejos también se lo glosaba
¡Jesús! Y qué mal haría
el que en esta casa entrara
y por olvido dejara
de decir ¡Ave María!
Como también quien, oída
palabra tan celestial
no respondiera puntual:
¡Sin pecado concebida!
Otras inscripciones eran más terminantes:
No traspase este portal
quien no jure por su vida
ser María concebida
sin pecado original.
Anotamos un último ejemplo, la encantadora estrofa que aún cantan los niños danzarines
en la majestuosa Catedral de Sevilla:
Virgen pura, Inmaculada
más que el ampo de la nieve
que tritura con pie leve
la cabeza del dragón;
desde siglos Tú lo sabes,
fue la gloria de Sevilla,
aclamarte sin mancilla
en tu pura Concepción.
Estos niños son llamados seises, porque son elegidos en la edad de seis años, y bailan al
son del órgano, cánticos y castañuelas, vestidos de pajes; para el Corpus Christi , de rojo y
amarillo, y para la Inmaculada de celeste y blanco. Así danzaron ante Juan Pablo II cuando visitó
Sevilla.
"La gran exageración de Dios"
El gran orador José María Pemán15 esbozó así a la España "Concepcionista", en la
apertura del Congreso Mariano de Zaragoza de 1954:
"Es natural que sean estas tierras de la vieja Corona de Aragón hasta el Mediterráneo,
así como mis luminosas tierras de Andalucía, las veteranas del Concepcionismo popular. En
Salamanca y Alcalá se analizó, discutió y probó la Concepción; aquí y en Andalucía se intuyó y
se adivinó. El Tajo fue un contorneo de silogismo y el Ebro y el Guadalquivir de cantares. Estos
son los pueblos que razonan con la lógica de la congruencia. La concepción Inmaculada de
María es "la gran exageración" del pensamiento religioso. Dios quiso dar a su Madre todo lo
que pudo, y así como a la novia de la tierra se le da cuanto se tiene y se puede, así a la "novia"
del Cielo Dios la hizo corredentora y pura y sin mancha y assumpta. Todo ello es lógico, y así
aparecía a la lógica mediterránea, no con la frialdad de la mente, sino con las cálidas
congruencias del corazón.
Vengo a estas tierras en las que Prudencio hace siglos habló de la inútil mordedura del
reptil en el pie de mármol; en que Lulio y Juan I, el "amador de toda gentileza", rindieron
homenaje a la Inmaculada; vengo de esa otra tierra en que la Giralda es como un rosario de
piedra y el Guadalquivir una letanía de cristal, en que los lienzos de Murillo cantaron la
Inmaculada con las sutilezas del color...; y al venir aquí siento mis pies bien hincados pues he
tenido antes que pisar toda la geografía concepcionista de España".
15 Gran escritor español, conferencista y dramaturgo; fue presidente de la Real Academia de la Lengua.
La Inmaculada en América
La gran devoción de España por la Inmaculada Concepción de María se transmitió a toda
la Hispanidad. Y podemos decir desde el primer día, pues cuando llegó Cristóbal Colón puso por
nombre San Salvador a la primera isla descubierta, y a la segunda Santa María de la
Concepción:
" ...a la cual le puse nombre de Isla de Santa María de la Concepción"
(diario de Colón)
y dice Fernando de Colón:
"a la segunda, por devoción que tenía a la Concepción de María
Santísima, y por el principal favor que en Ella tienen los cristianos, llamó Santa
María de la Concepción".
(Historia del Almirante de las Indias, Don Cristóbal Colón).
Y Bartolomé de las Casas, en su Historia de las Indias, afirmando lo mismo, comenta:
"...él tenía devoción con su fiesta de la Concepción".
La primera fiesta que se celebró en el nuevo mundo fue precisamente la de la Concepción
Purísima de María, el 8 de diciembre de 1492:
"por honra de la fiesta de la Concepción, mandó el Almirante aderezar los
navíos, sacando las armas y banderas, y disparar la artillería"
(Antonio de Herrera, cronista de los viajes de Colón, 1730).
El gran Almirante que trajo la Cruz y el Evangelio a América, trajo también el amor a la
Madre de Dios. Él era un gran devoto de Nuestra Señora, un gran mariano, como diríamos hoy,
que dejó numerosos nombres de la Virgen en las islas a las que llegaba, con muchos testimonios
de su profundo amor a Ella, y su especial devoción era el misterio de la Inmaculada Concepción,
como lo prueba también ésta su voluntad póstuma:
"Mando a mi heredero...que haga hacer una iglesia con su capilla en que
se digan Misas por mi alma, y de mi padre y antecesores y sucesores, la cual
iglesia o monasterio que fuere, se intitule Santa María de la Concepción".
(primer testamento, 25 de agosto de 1498).
A mediados del siglo XVI ya había cofradías en honor de la Purísima en nuestro
continente. Una de ellas, la que crearon los Reyes Católicos en España con el nombre de Santa
Concepción de la Virgen María Nuestra Señora Madre de Dios, pasó a América con el nombre
de Nuestra Señora de la Concepción de Zacatecas, erigida en esa ciudad de México el 12 de
enero de 1551. La misma se establece luego en Cuzco, Guatemala, Huamanga, Lima y otras
ciudades. En Lima, Quito y Bogotá también