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Se muestran los artículos pertenecientes al tema FIESTA DE SAN FRANCISCO DE SALES (24 DE ENERO).

San Francisco de Sales.

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Autor: . | Fuente: Corazones.org
Francisco de Sales, Santo
Memoria litúrgica. 24 de enero
 
 
Francisco de Sales, Santo
Obispo de Ginebra,
Doctor de la Iglesia,
Cofundador de la Congregación de la Visitación
Martirologio Romano: Memoria de san Francisco de Sales, obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia. Verdadero pastor de almas, hizo volver a la comunión católica a muchos hermanos que se habían separado y con sus escritos enseñó a los cristianos la devoción y el amor a Dios. Fundó, junto con santa Juana de Chantal, la Orden de la Visitación, y en Lyon entregó humildemente su alma a Dios el 28 de diciembre de 1621. Fue sepultado en Annecy, en Francia, en este día (1622).

Etimológicamente: Francisco = Aquel que porta la bandera, es de origen germánico.

Fecna de canonización: 19 de abril de 1665 por el Papa Alejandro VII.

El patrono de los periodistas fue un escritor que se distinguió por decir la verdad con elegancia y sin herir a nadie, por escribir y hablar con tanta delicadeza que nadie se sentía molesto; un escritor y orador que no buscaba el morbo sino la transmisión de la simple y llana verdad evangélica. Y supo comunicar la idea de que todo lo auténticamente humano es cristiano.

Fue un humanista de pies a cabeza.

VIDA DE SAN FRANCISCO DE SALES

Nace el gran Santo:

San Francisco nació en el castillo de Sales, en Saboya, el 21 de agosto de 1567. Fue bautizado al día siguiente en la Iglesia parroquial de Thorens, con el nombre de Francisco Buenaventura. Durante toda su vida sería su patrono San Francisco de Asís. El cuarto donde él nació se llamaba "el cuarto de San Francisco", porque había en él una imagen del "Poverello" predicando a los pájaros y a los peces.

De niño Francisco fue muy delicado de salud ya que nació prematuro; pero gracias al cuidado que recibió, se pudo recuperar y fortalecerse con los años. Si bien no era robusto, su salud le permitió desplegar una enérgica actividad durante su vida.

La Madre de Francisco:

La Señora Francisca de Boisy era una mujer sumamente amable y trabajadora y profundamente piadosa. Santa Juana de Chantal dice que la gente la admiraba como a una de las damas más respetables de esa época.

Tenía que mandar y dirigirlo todo en un amplísimo castillo donde laboran cuarenta trabajadores, sirvientas, mensajeros, labradores, y encargados del ganado.

Es muy importante tener en cuenta las cualidades de la mamá de Francisco, porque éste, por el valle nublado frío y oscuro donde estaba su casa, podría haber sido un hombre retraído y más bien inclinado a la tristeza y el pesimismo. Y en cambio, por la maravillosa formación que Doña Francisca le va proporcionando y por la educación que le hace dar su padre, obtiene las bases para llegar a ser más tarde con la gracia de Dios y por sus grandes esfuerzos, un portento de amabilidad y del más exquisito trato social.

Doña Francisca era una mujer que vivía muy ocupada, pero sin afanes ni apresuramientos. Quizás de ella habrá aprendido el niño Francisco aquella virtud suya que le dará resultado toda su vida: trabajar mucho, trabajar siempre, pero sin perder la calma, sin inquietud, no dejando para mañana lo que se puede hacer hoy.

La religión dominaba la vida de doña Francisca, y la compartía con todos, de ahí que Francisco aprendiese todo esto y luego lo usase más tarde para el beneficio de muchas almas.

Infancia:

Era un niño lindo, rubio, rosado que se divertía jugando en el Castillo. Le gustaba ir al Templo y rezar mirando hacia el altar y también era muy dado a ayudar a los pobres. Sin duda había recibido del Espíritu Santo el don de la Magnificencia, que consiste en un gusto especial por dar, y dar con gran generosidad. Como niño vivo e inquieto, que le gustaba curiosear por aquel inmenso Castillo donde vivía; parecía que tenía cien pulgas debajo de la ropa que no le dejaban estar quieto, por lo que su madre y la nodriza tenían que estar constantemente viendo que estaba haciendo.

Su madre le enseñaba el catecismo y le narraba bellos ejemplos religiosos. Y cuando el pequeño Francisco se encontraba con otros niños por el camino o en el prado, les repetía las enseñanzas y narraciones que había escuchado de labios de su mamá. Se estaba entrenando para lo que sería su mas preciado trabajo: enseñar catecismo, pero enseñarlo bellamente a base de amenos ejemplos.

Hay un hecho en su infancia que denota mucho su celo por Dios pero también su inclinación a la ira, con la que luchará por 19 años de su vida hasta dominarla. Se cuenta que un día un Calvinista fue a visitar el Castillo, Francisco se enteró y como no podía meterse en la sala a protestar, tomó un palo en las manos, y lleno de indignación se fue al corral de las gallinas, arremetiendo contra ellas y gritando: "Fuera los herejes: No queremos herejes". Las pobres gallinas salieron corriendo y gritando ante su atacante, y a tiempo llegaron los sirvientes para salvarlas. Este que ahora atacaba a las gallinas, después llegará a tener un genio tan bondadoso y amable que no procederá con ira ni siquiera contra los más tremendos adversarios; ahora bien , esta bondad no nació con él sino que fue una conquista, poco a poco, con la ayuda de Dios.

Su padre, Don Francisco, tenía temor de que su hijo fuera a crecer flojo de voluntad porque la mamá lo quería muchísimo y podía hacerlo crecer algo consentido y mimado. Entonces le consiguió de profesor a un sacerdote muy rígido y muy exigente, el Padre Deage. Este será su preceptor durante toda su vida de estudiante. Era un hombre super exacto en todo, pero muy frecuentemente demasiado perfeccionista en sus exigencias. Este preceptor lo ayudará mucho en su formación pero le hará pasar muchos ratos amargos, por exigirle demasiado. Francisco no protestará nunca y en cambio le sabrá agradecer siempre, pero para su comportamiento futuro tomará la resolución de exigir menos detalles importunos y hacer más amables a quienes él tenga que dirigir.

A los 8 años entró en el Colegio de Annecy, y a los 10 años hizo su Primera Comunión junto con la Confirmación. Desde ese día se propuso no dejar pasar un día sin visitar a Jesús Sacramentado en el Templo o en la Capilla del colegio. El que más tarde será el gran promotor del culto solemne a la Eucaristía, fue preparado muy cuidadosamente por la madre y por su Sacerdote preceptor para recibir por primera vez a Jesús Sacramentado. Guiado por su madre se trazó unos buenos propósitos como recuerdo de su Primera Comunión:

1) Cada mañana y cada noche rezaré algunas oraciones.

2) Cuando pase por frente de una Iglesia entraré a visitar a Jesús Sacramentado, si no hay una razón grave que me lo impida.

3) Siempre y en toda ocasión que me sea posible ayudaré a las gentes más pobres y necesitadas.

4) Leeré libros buenos, especialmente Vidas de Santos.

Durante toda su vida procuró ser enteramente fiel a estos propósitos.

Un año más tarde en la misma Iglesia de Santo Domingo (actualmente San Mauricio), recibió la tonsura.

Francisco, estudiante:

Un gran deseo de consagrarse a Dios consumía al joven, que había cifrado en ello la realización de su ideal; pero su padre (que al casarse había tomado el nombre de Boisy) tenía destinado a su primogénito a una carrera secular, sin preocuparse de sus inclinaciones. A los 14 años, Francisco fue a estudiar a la Universidad de París que, con sus 54 colegios, era uno de los más grandes centros de enseñanza de la época.

Su padre le había enviado al colegio de Navarra, a donde iban los hijos de las familias de Saboya; pero Francisco, que temía por su vocación, consiguió que consintiera en dejarle ir al Colegio de Clermont, dirigido por los jesuitas y conocido por la piedad y el amor a la ciencia que reinaban en él. Acompañado por el Padre Déage, Francisco se instaló en el hotel de la Rosa Blanca de la calle St. Jacques, a unos pasos del Colegio de Clermont. Francisco se propuso un Plan de Vida durante su estadía en el colegio. Se propuso dedicarse a hacer lo que tenía que hacer: prepararse bien para el futuro.

Desde el principio, guiado, por su director, el Padre Déage, se trazó un programa de acción: Cada semana confesarse y comulgar. Cada día atender muy bien a las clases y preparar las tareas y lecciones para el día siguiente. Dos horas diarias de ejercicios de equitación, de esgrima, de baile .

La debida mezcla entre los ejercicios de piedad y las artes gimnásticas le fueron consiguiendo un aire de elegancia y respetabilidad. Era alto, gallardo y bien presentado. Enemigo de los lujos, pero siempre decorosamente presentado. En las reuniones de gente de refinada elegancia era el invitado preferido, porque a la vez de ser muy sencillo y sin rebuscamientos inútiles, era "la cultura personificada".

Más tarde, cuando sea Obispo, la gente exclamará: "en las reuniones sociales se porta con la santidad de un digno ministro de Dios, y en las ceremonias religiosas se porta con la elegancia del más exquisito de los caballeros". Y al preguntarle alguien el por que, respondió: "Cuando estoy en la alegría de una fiesta social me imagino estar revestido de ornamentos de Obispo, y me comporto con la dignidad que esto exige. Y cuando estoy celebrando una ceremonia religiosa me imagino estar en la más exquisita y refinada reunión, y trato de comportarme con la educación y urbanidad que en estos casos se exige".

Pronto se distinguió en retórica y en filosofía; después se entregó apasionadamente al estudio de la teología. Cada día estaba más decidido a consagrarse a Dios y acabó por hacer voto de castidad perpetua, poniéndose bajo la protección de la Santísima Virgen. Pero no por ello faltaron las pruebas.

La más terrible tentación de su juventud:

Vivir en gracia de Dios en aquellos ambientes no era nada fácil. Sin embargo, Francisco supo alejarse de toda ocasión peligrosa y de toda amistad que pudiera llevarle a ofender a Dios y logró conservar así el alma incontaminada y admirablemente pura. Francisco tenía 18 años.

Su carácter era muy inclinado a la ira, y muchas veces la sangre se le subía a la cara ante ciertas burlas y humillaciones, pero lograba contenerse de tal manera que muchos llegaban hasta imaginarse que a Francisco nunca le daba mal genio por nada. Pero entonces el enemigo del alma, al ver que con las pasiones más comunes no lograba derrotarlo, dispuso atacarlo por un nuevo medio más peligroso y desconocido.

Empezó a sentir en su cerebro el pensamiento constante y fastidioso de que se iba a condenar, que se tenía que ir al infierno para siempre. La herejía de la Predestinación, que predicaba Calvino y que él había leído, se le clavaba cada vez más en su mente y no lograba apartarla de allí. Perdió el apetito y ya no dormía. Estaba tan impresionantemente flaco y temía hasta enloquecer. Lo que más le atemorizaba no eran los demás sufrimientos del infierno, sino que allá no podría amar a Dios.

El Señor permitiéndole la tentación le da la salida. El primer remedio que encontró fue decirle al Señor: "Oh mi Dios, por tu infinita Justicia tengo que irme al infierno para siempre, concédeme que allá yo pueda seguirte amando. No me interesa que me mandes todos los suplicios que quieras, con tal de que me permitas seguirte amando siempre"; esta oración le devolvió gran parte de paz a su alma.

Pero el remedio definitivo, que le consiguió que esta tentación jamás volviese a molestarle fue al entrar a la Iglesia de San Esteban en París, y arrodillarse ante una imagen de la Santísima Virgen y rezarle la famosa oración de San Bernardo:

"Acuérdate Oh piadosísima Virgen María, que jamás oyó decir que hayas abandonado a ninguno de cuantos han acudido a tu amparo, implorando tu protección y reclamando tu auxilio. Animado con esta confianza, también yo acudo a ti, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados , me atrevo a comparecer ante tu soberana presencia. No desprecies mis súplicas, Madre del Verbo Divino, antes bien, óyelas y acógelas benignamente. Amén"

Al terminar de rezar esta oración, se le fueron como por milagro todos sus pensamientos de tristeza y de desesperación y en vez de los amargos convencimientos de que se iba a condenar, le vino la seguridad de que "Dios envió al mundo a su Hijo no para condenarlo, sino para que los pecadores se salven por medio de Él. Y el que cree no será condenado" (Juan 3:17).

Esta prueba le sirvió mucho para curarse de su orgullo y también para saber comprender a las personas en crisis y tratarlas con bondad.

Estudiante de universidad:


En el 1588, partió para la ciudad italiana de Padua; su padre le había dado la orden de estudiar abogacía, doctorarse en derecho. Francisco fue obedeciendo a su padre. Estudiaba derecho durante cuatro horas diarias para poder llegar a ser abogado. Otras cuatro horas estudiaba Teología, la ciencia de Dios, porque tenía un gran deseo: llegar a ser sacerdote.

Durante su estadía en Padua, dice el mismo Francisco, que lo que más le ayudó fue la amistad y dirección espiritual de ciertos sacerdotes jesuitas muy sabios y muy santos. Le ayudó mucho la lectura de un libro, que le acompañará durante su vida por 17 años, escrito por el Padre Scupoli llamado: "El Combate Espiritual". Lo leía todos los días y sacaba gran provecho de su lectura.

San Francisco hizo un detallado plan de vida para preservarse durante su estadía en Padua, y se propuso hacer lo siguiente:

1) Cada mañana hacer el Examen de previsión : que consistía en ver que trabajos, que personas o actividades iba a realizar en ese día, y planear como iba a comportarse ante ellos.

2) A mediodía visitar el Santísimo Sacramento y hacer el Examen Particular: examinando su defecto dominante y viendo si había actuado con la virtud contraria a él, (durante 19 años su examen particular será acerca del mal genio, de aquel defecto tan fuerte que era su inclinación a encolerizarse).

3) Ningún día sin Meditación: Aunque fuese por media hora, dedicarse a pensar en los favores recibidos por el Señor, en las grandezas de Dios , en las verdades de la Biblia o en los ejemplos de los santos.

4) Cada día rezar el Santo Rosario: no dejarlo de rezar ningún día de su vida, promesa que siempre cumplió.

5) En su trato con los demás ser amable pero moderado.

6) Durante el día pensar en la Presencia de Dios.

7) Cada noche antes de acostarse hacer el Examen del día : decía, "recordaré si empecé mi jornada encomendándome a Dios. Si durante mis ocupaciones me acordé muchas veces de Dios para ofrecerle mis acciones, pensamientos, palabras y sufrimientos. Si todo lo que hoy hice fue por amor al buen Dios. Si traté bien a las personas. Si no busqué en mis labores y palabras darle gusto a mi amor propio y a mi orgullo, sino agradar a Dios y hacer bien a mi prójimo. ¿Si supe hacer algún pequeño sacrificio?, ¿Si me esforcé por estar fervoroso en la oración? y pediré perdón al Señor por las ofensas de este día, haré propósito de portarme mejor en adelante; y suplicaré al cielo que me conceda fortaleza para ser siempre fiel a Dios; y rezando mis tres Avemarías me entregaré pacíficamente al sueño. Firmado: Francisco de Sales, Padua 1589.

Así Francisco, mantuvo protegido su corazón todo el tiempo en el que estuvo estudiando en Padua y a los 24 años obtuvo el doctorado en leyes, y fue a reunirse con su familia en el castillo de Thuille, a orillas del lago de Annecy. Ahí llevó durante 18 meses, por lo menos en apariencia, la vida ordinaria de un joven de la nobleza. El padre de Francisco tenía gran deseo de que su hijo se casara cuanto antes y había escogido para él a una encantadora muchacha, heredera de una de las familias del lugar. Sin embargo, el trato cortés, pero distante, de Francisco hicieron pronto comprender a la joven que este no estaba dispuesto a secundar los deseos de su padre.

El santo declinó, por la misma razón, la dignidad de miembro del senado que le había sido propuesta, a pesar de su juventud.

Hasta entonces Francisco sólo había confiado a su madre y a su primo Luis de Sales y a algunos amigos íntimos, su deseo de consagrarse al servicio de Dios. Pero había llegado el momento de hablar de ello con su padre. El Señor de Boisy lamentaba que su hijo se negara a aceptar el puesto en el senado y que no hubiese querido casarse, pero ello no le había hecho sospechar, ni por un momento, que Francisco pensara en hacerse sacerdote.

La muerte del deán del capítulo de Ginebra hizo pensar al canónigo Luis de Sales en la posibilidad de nombrar a Francisco para sustituirle, lo cual haría menos duro el golpe para el padre del santo. Con la ayuda de Claudio de Granier, obispo de Ginebra, pero sin consultar a ningún miembro de la familia, el canónigo explicó el asunto al Papa, quien debía hacer el nombramiento y, a vuelta de correo, llegó la respuesta del Sumo Pontífice que daba a Francisco el puesto. Este quedó muy sorprendido ante la dignidad con que le distinguía el Papa, pero se resignó a aceptar ese honor que no había buscado, con la esperanza de que su padre accedería así más fácilmente a su ordenación.

Pero el Señor de Boisy era un hombre muy decidido y pensaba que sus hijos le debían una obediencia absoluta. Francisco tuvo que recurrir a toda su respetuosa paciencia y su poder de persuasión para convencerle de que debía ceder.

Por fin vistió la sotana el día mismo en que obtuvo el consentimiento de su padre, y fue ordenado sacerdote 6 meses después, el 18 de diciembre de 1593. A partir de ese momento, se entregó al cumplimiento de sus nuevos deberes con un celo que nunca decayó. Ejercitaba los ministerios sacerdotales entre los pobres, con especial cariño; sus penitentes predilectos eran los de cuna humilde.

Su predicación no se limitó a Annecy únicamente, sino a otras muchas ciudades. Hablaba con palabras sencillas, que los oyentes le escuchaban encantados, pues no había en sus sermones todo ese ornato de citas griegas y latinas tan común en aquellos tiempos, a pesar de que Francisco era doctor. Pero Dios tenía destinado al santo emprender, en breve, un trabajo mucho más difícil.

A la conquista de los Calvinistas; La Misión de Chablais.

Las condiciones religiosas de los habitantes del Chablais, en la costa sur del lago de Ginebra, eran deplorables debido a los constantes ataques de los ejércitos protestantes, y el duque de Saboya rogó al Obispo Claudio de Granier que mandase algunos misioneros a evangelizar de nuevo la región. El Obispo envió a un sacerdote de Thonon, capital del Chablais; pero sus intentos fracasaron. El enviado tuvo que retirarse muy pronto. Entonces el Obispo presentó el asunto a la consideración de su capítulo, sin ocultar sus dificultades y peligros. De todos los presentes, Francisco fue quien mejor comprendió la gravedad del problema, y se ofreció a desempeñar ese duro trabajo, diciendo sencillamente: "Señor, si creéis que yo pueda ser útil en esa misión, dadme la orden de ir, que yo estoy pronto a obedecer y me consideraré dichoso de haber sido elegido para ella". El Obispo aceptó al punto, con gran alegría para Francisco.

Pero el Señor de Boisy veía las cosas de distinta manera y se dirigió a Annecy para impedir lo que él llamaba "una especie de locura". Según él, la misión equivalía a enviar a su hijo a la muerte. Arrodillándose, a los pies del Obispo le dijo: "Señor, yo permití que mi primogénito, la esperanza de mi casa, de mi avanzada edad y de mi vida, se consagrara al servicio de la Iglesia; pero yo quiero que sea un confesor y no un mártir". Cuando el Obispo, impresionado por el dolor y las súplicas de su amigo, se disponía a ceder, el mismo Francisco le rogó que se mantuviese firme: "¿Vais a hacerme indigno del Reino de los Cielos? -preguntó- Yo he puesto la mano en el arado, no me hagáis volver atrás".

El Obispo empleó todos los argumentos posibles para disuadir al Sr. de Boisy, pero éste se despidió con las siguientes palabras: "No quiero oponerme a la voluntad de Dios, pero tampoco quiero ser el asesino de mi hijo permitiendo su participación en esta empresa descabellada. ...yo jamás autorizaré esta misión".

Francisco tuvo que emprender el viaje, sin la bendición de su padre, el 14 de Septiembre de 1594, día de La Santa Cruz. Partió a pie, acompañado solamente por su primo, el canónigo Luis de Sales, a la reconquista del Chablais.

El gobernador de la provincia se había hecho fuerte con un piquete de soldados en el castillo de Allinges, donde los dos misioneros se las ingeniaron para pasar las noches a fin de evitar sorpresas desagradables. En Thonon quedaban apenas unos 20 católicos, a quienes el miedo impedía profesar abiertamente sus creencias. Francisco entró en contacto con ellos y los exhortó a perseverar valientemente. Los misioneros predicaban todos los días en Thonon, y poco a poco, fueron extendiendo sus fuerzas a las regiones circundantes.

El camino al castillo de Allinges, que estaban obligados a recorrer, ofrecía muchas dificultades y, particularmente en invierno, resultaba peligroso. Una noche, Francisco fue atacado por los lobos y tuvo que trepar a un árbol y permanecer ahí en vela para escapar con vida. A la mañana siguiente, unos campesinos le encontraron en tan lastimoso estado que, de no haberle transportado a su casa para darle de comer y hacerle entrar en calor, el santo habría muerto seguramente. Los buenos campesinos eran calvinistas. Francisco les dio las gracias en términos tan llenos de caridad, que se hizo amigo de ellos y muy pronto los convirtió al catolicismo.

En el 1595, un grupo de asesinos se puso al asecho de Francisco en dos ocasiones, pero el cielo preservó la vida del santo en forma milagrosa.

El tiempo pasaba y el fruto del trabajo de los misioneros era muy escaso. Por otra parte, el Sr. de Boisy enviaba constantemente cartas a su hijo, rogándole y ordenándole que abandonase aquella misión desesperada. Francisco respondía siempre que si su Obispo no le daba una orden formal de volver, no abandonaría su puesto. El santo escribía a un amigo de Envían en estos términos: "Estamos apenas en los comienzos. Estoy decidido a seguir adelante con valor, y mi esperanza contra toda esperanza está puesta en Dios".

San Francisco hacía todos los intentos para tocar los corazones y las mentes del pueblo. Con ese objeto, empezó a escribir una serie de panfletos en los que exponía la doctrina de la Iglesia y refutaba la de los calvinistas. Aquellos escritos, redactados en plena batalla, que el santo hacía copiar a mano por los fieles, para distribuirlos, formarían más tarde el volumen de las "controversias". Los originales se conservan todavía en el convento de la Visitación de Annecy. Aquí empezó la carrera de escritor de San Francisco de Sales, que a este trabajo añadía el cuidado espiritual de los soldados de la guarnición del castillo de Allinges, que eran católicos de nombre y formaban una tropa ignorante y disoluta.

En el verano de 1595, cuando San Francisco se dirigía al monte Voiron a restaurar un oratorio a Nuestra Señora, destruido por los habitantes de Berna, una multitud se echó sobre él, después de insultarle, y le maltrató.

Poco a poco el auditorio de sus sermones en Thonon fue más numeroso, al tiempo que los panfletos hacían efecto en el pueblo. Por otra parte, aquellas gentes sencillas admiraban la paciencia del santo en las dificultades y persecuciones, y le otorgaban sus simpatías. El número de conversiones empezó a aumentar y llegó a formarse una corriente continua de apostatas que volvían a reconciliarse con la Iglesia.

Cuando el Obispo Granier fue a visitar la misión, 3 o 4 años más tarde, los frutos de la abnegación y celo de San Francisco de Sales eran visibles. Muchos católicos salieron a recibir al Obispo, quien pudo administrar una buena cantidad de confirmaciones, y aún presidir la adoración de las 40 horas, lo que había sido inconcebible unos años antes, en Thonon. San Francisco había restablecido la fe Católica en la provincia y merecía, en justicia, el título de "Apóstol del Chablais".

Mario Besson, un posterior obispo de Ginebra ha resumido la obra apostólica de su predecesor en una frase del mismo San Francisco de Sales a Santa Juana de Chantal: "Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar contra los herejes es el amor, aun sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas". El mismo Obispo Mons. Besson, cita al Cardenal Du Perron: "Estoy convencido de que, con la ayuda divina, la ciencia que Dios me ha dado es suficiente para demostrar que los herejes están en el error; pero si lo que queréis es convertirles, llevadles al Obispo de Ginebra, porque Dios le ha dado la gracia de convertir a cuantos se le acercan".

San Francisco de Sales, Obispo:

Monseñor de Granier, quien siempre había visto en Francisco un posible coadjutor y sucesor, pensó que había llegado el momento de poner en obra sus proyectos. El santo se negó a aceptar, al principio, pero finalmente se rindió a las súplicas de su Obispo, sometiéndose a lo que consideraba como una manifestación de la voluntad de Dios. Al poco tiempo, le atacó una grave enfermedad que lo puso entre la vida y la muerte. Al restablecerse fue a Roma, donde el Papa Clemente VIII, que había oído muchas alabanzas sobre la virtud y las cualidades del joven sacerdote decano, pidió que se sometiese a un examen en su presencia. El día señalado se reunieron muchos teólogos y sabios.

El mismo Sumo Pontífice, así como Baronio, Bernardino, el cardenal Federico Borromeo (primo del santo) y otros, interrogaron al santo sobre 35 puntos difíciles de teología. San Francisco respondió con sencillez y modestia, pero sin ocultar su ciencia. El Papa confirmó su nombramiento de coadjutor de Ginebra, y Francisco volvió a su diócesis, a trabajar con mayor ahínco y energía que nunca.

En 1602 fue a París donde le invitaron a predicar en la capilla real, que pronto resultó pequeña para la tal multitud que acudía a oír la palabra del santo, tan sencilla, tan conmovedora y tan valiente. Enrique IV concibió una gran estima por el coadjutor de Ginebra y trató en vano de retenerle en Francia.

Años más tarde, cuando San Francisco de Sales fue de nuevo a París, el rey redobló sus instancias; pero el joven obispo se rehusó a cambiar su diócesis de la montaña, su "pobre esposa", como él la llamaba, por la importante diócesis -"la esposa rica"- que el rey le ofrecía. Enrique IV exclamó: "El Obispo de Ginebra tiene todas las virtudes, sin un solo defecto".

A la muerte de Claudio de Granier, acaecida en el otoño de 1602, Francisco le sucedió en el gobierno de la diócesis. Fijó su residencia en Annecy, donde organizó su casa con la más estricta economía, y se consagró a sus deberes pastorales con enorme generosidad y devoción. Además del trabajo administrativo, que llevaba hasta en los menores detalles del gobierno de su diócesis, el santo encontraba todavía tiempo para predicar y confesar con infatigable celo. Organizó la enseñanza del catecismo; él mismo se encargaba de la instrucción de Annecy, y lo hacía en forma tan interesante y fervorosa, que las gentes del lugar recordaban todavía, muchos años después de su muerte, "el catecismo del obispo".

La generosidad y caridad, la humildad y clemencia del santo eran inagotable. En su trato con las almas fue siempre bondadoso, sin caer en la debilidad; pero sabía emplear la firmeza cuando no bastaba la bondad.

En su maravilloso "Tratado del Amor de Dios" escribió: "La medida del amor es amar sin medida". Supo vivir lo que predicaba.

Con su abundante correspondencia alentó y guió a innumerables personas que necesitaban de su ayuda. Entre los que dirigía espiritualmente, Santa Juana de Chantal ocupa un lugar especial. San Francisco la conoció en 1604, cuando predicaba un sermón de cuaresma en Dijón. La fundación de la Congregación de la Visitación, en 1610, fue el resultado del encuentro de los dos santos.

El libro "Introducción a la Vida Devota" nació de las notas que el santo conservaba de las instrucciones y consejos enviados a su prima política, la Sra. de Chamoisy, que se había confiado a su dirección. San Francisco se decidió, en 1608, a publicar dichas notas, con algunas adiciones. El libro fue recibido como una de las obras maestras de la ascética, y pronto se tradujo en muchos idiomas.

En 1610, Francisco de Sales tuvo la pena de perder a su madre (su padre había muerto años antes). El santo escribió más tarde a Santa Juana de Chantal: "Mi corazón estaba desgarrado y lloré por mi buena madre como nunca había llorado desde que soy sacerdote". San Francisco habría de sobrevivir por nueve años a su madre, nueve años de inagotable trabajo.

Últimos meses y muerte del Santo:

En 1622, el duque de Saboya, que iba a ver a Luis XIII en Aviñón, invitó al santo a reunirse con el en aquella ciudad. Movido por el deseo de abogar por la parte francesa de su diócesis, el obispo aceptó al punto la invitación, aunque arriesgaba su débil salud un viaje tan largo, en pleno invierno.

Parece que el santo presentía que su fin se acercaba. Antes de partir de Annecy puso en orden todos sus asuntos y emprendió el viaje como si no tuviera esperanza de volver a ver a su grey. En Aviñón hizo todo lo posible por llevar su acostumbrada vida de austeridad; pero las multitudes se apiñaban para verle y todas las comunidades religiosas querían que el santo obispo les predicara.

En el viaje de regreso, San Francisco se detuvo en Lyon, hospedándose en la casita del jardinero del convento de la Visitación. Aunque estaba muy fatigado, pasó un mes entero atendiendo a las religiosas. Una de ellas le rogó que le dijese qué virtud debía practicar especialmente; el santo escribió en una hoja de papel, con grandes letras: "Humildad".

Durante el Adviento y la Navidad, bajo los rigores de un crudo invierno, prosiguió su viaje, predicando y administrando los sacramentos a todo el que se lo pidiera. El día de San Juan le sobrevino una parálisis; pero recuperó la palabra y el pleno conocimiento. Con admirable paciencia, soportó las penosas curaciones que se le administraron con la intención de prolongarle la vida, pero que no hicieron más que acortársela.

En su lecho repetía: "Puse toda mi esperanza en el Señor, y me oyó y escuchó mis súplicas y me sacó del foso de la miseria y del pantano de la iniquidad".

En el último momento, apretando la mano de uno de los que le asistían solícitamente murmuró: "Empieza a anochecer y el día se va alejando".

Su última palabra fue el nombre de "Jesús". Y mientras los circundantes recitaban de rodillas las Letanías de los agonizantes, San Francisco de Sales expiró dulcemente, a los 56 años de edad, el 28 de Diciembre de 1622, fiesta de los Santos Inocentes. Había sido obispo por 21 años.

Después de su muerte:

A la misma hora en que falleció San Francisco de Sales, en la ciudad de Grenoble estaba Santa Juana de Chantal orando por él, cuando oyó una voz que decía: " Ya no vive sobre la tierra", pero era poca inclinada a creer en favores extraordinarios, no creyó que fuese un aviso de la muerte del santo. Cuando le llegaron con la noticia, comprendió que aquella voz era cierta y durante todo el día y la noche no podía parar de llorar la muerte del Santo.

El día 29 de Diciembre la ciudad entera de Lyon fue desfilando por la humilde casita donde había muerto el querido santo. Y era tanto el deseo de la gente de besarle las manos y los pies, que los médicos no lograban llevarse el cadáver para hacerle la autopsia.

-La hiel: Dice monseñor Camus que al sacarle la hiel la encontraron convertida en 33 piedrecitas, señal de los esfuerzos tan heroicos que había tenido que hacer para vencer su temperamento tan inclinado a la cólera y al mal genio y llegar a ser el santo de la amabilidad.

-Reliquias: Todos en Lyon querían un recuerdo del santo: sus ropas fueron partidas en miles de pedacitos para darle a cada cual alguna reliquia.

-El corazón: dentro de un estuche de plata fue llevado el corazón del gran Obispo al convento de las Hermanas de la Visitación en Lyon, y guardado allí como un tesoro.

-Expuesto al público: Una vez embalsamado, el cuerpo de Monseñor Francisco de Sales fue vestido con sus ornamentos episcopales y trasladado en un ataúd para sus funerales en la iglesia de la Visitación. Estuvo expuesto para veneración de los fieles por dos días.

Cuando la noticia llegó a Annecy, tomó a todos por sorpresa y después de un silencio general, todos lloraban a su querido obispo.

Inmediatamente que llegó su cadáver a Annecy y fue sepultado, empezaron a ocurrir milagros por la intercesión del santo, lo que llevó a La Santa Sede a abrir su causa de Beatificación en 1626.

¿Que sucedió el día que abrieron su tumba?:

En 1632 se hizo la exhumación del cadáver de Francisco de Sales para saber cómo estaba. Abrieron su tumba los comisionados de la Santa Sede acompañados de las monjas de la Visitación. Cuando levantaron la lápida, apareció el santo igual que cuando vivía. Su hermoso rostro conservaba la expresión de un apacible sueño. Le tomaron la mano y el brazo estaba elástico (llevaba 10 años de enterrado). Del ataúd salía una extraordinaria y agradable fragancia.

Toda la ciudad desfiló ante su santo Obispo que apenas parecía dormido. Por la noche cuando todos los demás se hubieron ido, la Madre de Chantal volvió con sus religiosas a contemplar más de cerca y con más tranquilidad y detenimiento el cadáver de su venerado fundador. Más a causa de la prohibición de las autoridades no se atrevió a tocarle ni a besar sus hermosas manos pálidas.

Pero al día siguiente los enviados de la Santa Sede le dijeron que la prohibición para tocarlo no era para ella, y entonces se arrodilló junto al ataúd, se inclinó hacia el santo, le tomó la mano y se la puso sobre la cabeza como para pedirle una bendición. Todas las hermanas vieron como aquella mano parecía recobrar vida y moviendo los dedos, suavemente oprimió y acarició la humilde cabeza inclinada de su discípula preferida y santa.

Todavía hoy, en Annecy, las hermanas de la Visitación conservan el velo que aquel día llevaba en la cabeza la Madre Juana Francisca.

San Francisco fue beatificado por el Papa Alejandro VII en el 1661, y el mismo Papa lo canonizó en el 1665, a los 43 años de su muerte.

En el 1878 el Papa Pío IX, considerando que los tres libros famosos del santo: "Las controversias"(contra los protestantes); La Introducción a la Vida Devota" (o Filotea) y El Tratado del Amor de Dios (o Teótimo), tanto como la colección de sus sermones, son verdaderos tesoros de sabiduría, declaró a San Francisco de Sales "Doctor de la Iglesia" , siendo llamado "El Doctor de la amabilidad".

Oración

Glorioso San Francisco de Sales,
vuestro nombre porta la dulzura del corazón mas afligido;
vuestras obras destilan la selecta miel de la piedad;
vuestra vida fue un continuo holocausto de amor perfecto
lleno del verdadero gusto por las cosas espirituales,
y del generoso abandono en la amorosa divina voluntad.
Enséñame la humildad interior,
la dulzura de nuestro exterior,
y la imitación de todas las virtudes que has sabido copiar
de los Corazones de Jesús y de María. Amén


A Francisco de Sales se le considera también patrón de los sordomundos

¡Felicidades a quienes lleven este nombre y a los periodistas!
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Conoce a un caballero con dulzura y amabilidad.

Autor: Pedro García, misionero claretiano
Conoce a un caballero con dulzura y amabilidad
La inmensa dulzura, bondad, caridad y servicio de San Francisco de Sales.
 

Todos sabemos muy bien que hablar de Francisco de Sales, al que hoy nos toca presentar, es hablar del Santo más bueno que tenemos en el calendario. San Francisco de Sales pasa por el Santo caballero, todo dulzura, todo amabilidad. Un Obispo que atrajo hacia la Iglesia a innumerables almas que se habían descarriado, y las atrajo no precisamente por su doctrina, que era mucha, pues es Doctor de la Iglesia sino por aquella bondad que subyugaba a todos.
Su vida y su trato fueron la estampa de aquel su dicho famoso, tantas veces repetido:
- Se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre.
Y la otra frase, ya universal dentro de la Iglesia;
- Un santo triste es un triste santo.
Por otra parte, era un tipo elegantísimo. Su gran confidente y dirigida, Santa Francisca Fremiot de Chantal, dirá de él:
- Me parece que nuestro Padre Francisco era la imagen viva en que estaba pintado el Hijo de Dios y Señor nuestro Jesucristo.
Y decía él de sí mismo:
- Siempre tiendo a la condescendencia. Encuentro la palabra NO tan ruda para los otros, que no me atrevo a pronunciarla cuando se me pide algo. Jamás contradigo a nadie.
Nacido en Saboya, de la actual Suiza, su vida de cincuenta y seis años acabará en 1622, en plenas guerras religiosas surgidas del protestantismo ginebrino. Hijo de una familia noble, recibe una educación esmeradísima. Su mamá lo forma desde pequeñito en el amor del Señor. Mientras la mamá le arregla sus rubios cabellos, el niño llora porque le duele al enredarse el peine. Y la mamá:
- Piensa, hijito mío, en la corona de espinas de Nuestro Señor.
El niño calla, y ya no se queja más. Así va a ser su vida. La de un Santo que no hará grandes penitencias, pero que se impondrá pequeños sacrificios como el de no quejarse nunca por tonterías como la del pelo...
Estudiante en varias universidades de Francia e Italia, es ordenado sacerdote y muy pronto Obispo de Ginebra, cuna del protestantismo calvinista. La reconquista de tantos apóstatas de la fe le va a costar sacrificios enormes, pero su bondad se va a imponer a todo y serán muchas las decenas de miles los que vuelvan al seno de la Iglesia Católica.
Ante la propaganda fatal que le hacen, muchos no se atreven a ir a la iglesia para escucharle. Y Francisco, siempre sin enojarse:
- Bueno, ya lo haremos de otra manera. Si no me quieren escuchar, me van a leer.
Se da entonces a escribir todo en unas hojitas que serán modelo de estilo periodista, aunque entonces no existían los periódicos. Con sus ayudantes, las va dejando en las puertas de las casas, y todos las leen con avidez.
En vez de legislar muchas cosas como Obispo, prefiere formar a las personas, y se dedica a la dirección espiritual de las almas.
Con su libro Introducción a la vida Devota mete en la Iglesia una verdadera revolución. Después de tres siglos, es todavía un libro que se lee con fruición. ¡Tan sencillo, tan fácil, tan encantador! Su lema es nítido:
- Quiero una piedad dulce, suave, agradable, apacible; en una palabra, una piedad franca y que se haga amar de Dios primeramente y después de los hombres.
Son también palabras suyas:
- ¿No es una herejía querer desterrar la vida piadosa de la compañía de los soldados, del taller de los obreros, del palacio de los príncipes y del hogar de los casados?...
De este modo, Francisco de Sales es el gran precursor de la espiritualidad moderna de los se-glares, y su influencia ha sido inmensa en el mundo de las almas.
Cuando la joven y noble señora Francisca Fremiot de Chantal queda viuda porque le han matado el marido, Francisco de Sales se hace cargo de aquella alma privilegiada, a la que dirige hasta las mayores alturas de la santidad y con la que funda las Religiosas de la Visitación.
Era tal la fama de santo y sabio que le rodeaba, que un día el Rey de Francia le ofrece pedir para él al Papa un Obispado de mucho relumbrón, a lo que contesta Francisco de Sales:
- Majestad, no puedo aceptar porque estoy casado. Me he desposado con una pobre mujer y no puedo dejarla por otra más rica.
De este modo, no quiso cambiar su diócesis, tan pobre y tan trabajada por los herejes protestantes, a cambio de otra diócesis extensa y de católicos practicantes.
El mejor comentario de su vida lo hizo San Vicente de Paúl, otro Santo que lo conoció bien:
- Si Francisco de Sales es tan bueno, ¡qué no será Dios!...
Cuando se sintió morir, se despidió de su gran dirigida Santa Francisca Fremiot:
- ¡Adiós, hija mía! Te dejo mi espíritu y mi corazón.
No se lo dejaba sólo a la gran Santa. Nos lo ha dejado a todos nosotros, que, después de casi cuatro siglos, aún seguimos viviendo de sus ejemplos maravillosos y de sus enseñanzas inmortales....
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San Francisco de Sales.

SAN FRANCISCO DE SALES

Obispo de Ginebra, y Fundador

El patrono de los periodistas

Autor: Jesus Marti Ballester

Sabio conocedor del poder de la prensa, escribía de día hojas clandestinas y las metía por debajo de las puertas, de noche. Esto, aparte de sus libros, ha merecido el premio de "patrono de los periodistas". Escribía como un ángel, de forma, que los franceses lo tienen entre sus clásicos de literatura. Su libro "Introducción a la vida devota", alcanzó cuarenta ediciones en vida del autor, y en aquellos tiempos. Un libro utilizado muchísimo tiempo como lectura espiritual. Al terminar el brillante examen que sostuvo el preboste Francisco de Sales, el Papa Clemente VIII, le dirigió estas palabras del libro de los Proverbios: “Hijo mío, bebe el agua de tu cisterna, la que brota de en medio de tu pozo. Que se desborden por fuera tus arroyos y envíen corrientes de agua por las plazas” (Proverbios, 5, 15-16).

EL AGUA DE SU CISTERNA

Tratado del Amor de Dios. Controversias serie de Meditaciones, “La defensa del estandarte de la Santa Cruz” “Filotea” Vida Devota, l, 39). “Las verdaderas pláticas espirituales” No pedir nada, no negar nada”. Sus Sermones se presentan de tres maneras diferentes: unos, enteramente escritos de su mano, son generalmente de los primeros años de su apostolado, y tienen lo que él mismo llamaba “excrecencias” o adornos que parecen excesivos. Los otros son esquemas más o menos detallados de textos de la Escritura y de Padres de la Iglesia. Su “Carta sobre la Predicación”, dirigida a Andrés Fremyot, Arzobispo de Bourges y hermano de la baronesa de Chantal, nos entrega la concepción del Santo Doctor sobre esta materia: “¿Quién debe predicar? Aquel que ha recibido tal misión y que sabe hacerse capaz de ella por la doctrina y la virtud. ¿Con qué fin se debe predicar? Para hacer lo que hace Nuestro Señor mismo, para que los pecadores recobren la vida sobrenatural que han perdido y los justos la tengan en mayor abundancia. ¿Qué se debe predicar? La Biblia, los Padres, las vidas de los santos, y excepcionalmente el gran libro de la naturaleza, ‘como si se tratara de hongos’, citas y ejemplos profanos. ¿Cómo predicar? De manera de hacerse entender claramente al menos por los oyentes de mediana cultura, en un lenguaje con imágenes que ayude a hacerse comprender, y además simplemente y cándidamente, con amor y con devoción, de manera de inspirar confianza”. Más de dos mil cartas, al mismo tiempo que revelan el corazón del hombre y el alma del santo, le proporciona al teólogo otras tantas ocasiones de precisar su doctrina. “La Regla de San Agustín y las Constituciones para las Hermanas de la Visitación”, legislación que desde Clemente XI hasta San Pío X han alabado a porfía los Papas por “su sabiduría, discreción y suavidad”. “Ordinario y Directorio” llamado “El molde de la Visitandina”. El Ejercicio de la mañana, la Preparación del día, el Recogimiento y el retiro espiritual, el Desasimiento y el perfecto abandono de sí mismo en las manos de Dios, etc., etc. . . Declaración mística sobre el Cantar de los Cantares.

EL OBISPO SABOYANO

Montañés de cuerpo entero, nacido en los Alpes, en el castillo saboyano de Sales. Familia exquisita. Estudia en la Sorbona, la universidad de París y en Padua. Canónigo de Annecy, obispo auxiliar de Ginebra, líder de debates con los protestantes, apóstol de la región de Chablais. Vuelve a París, trata con san Vicente de Paul, en todas partes se le recibe con entusiasmo.

LA LUCHA CONTRA SU MAL CARÁCTER

La dulzura de este hombre fue consecuencia de una lucha constante, de quien en su juventud tenía tan mal genio. Respecto a esto, es una constante en la biografía de todo santo su lucha ascética para conseguir autodominio. Esta virtud no se consigue de la noche a la mañana. Francisco tuvo que hacerse una enorme violencia por su fuerte carácter para hacerse y aparecer amable, delicado y bondadoso en el trato. Esa dulzura no le fue fácil conseguirla. San Francisco de Sales escribió: "No nos enojemos en el camino unos contra otros; caminemos con nuestros hermanos y compañeros con dulzura, paz y amor; y te lo digo con toda claridad y sin excepción alguna: no te enojes jamás, si es posible; por ningún pretexto des en tu corazón entrada al enojo". Es aquí donde entra San Francisco de Sales como modelo ejemplar de virtud. Su dulzura no era según la carne, falsa y aparente, fruto del deseo de agradar a los hombres y no a Dios. Era una dulzura verdadera, puesta a prueba en el crisol... dulzura que partía de su corazón injertado en el Corazón del Señor, que lo hacía tierno, misericordioso, y amable con los demás.

TESTIMONIO DEL PAPA PIO XI

Nos dice el Papa Pío XI que “se engañaría quien creyera que su dulzura era privilegio de su naturaleza. San Francisco por su temperamento era de carácter vivo, pronto a airarse, pero habiéndose puesto por modelo la imitación de Jesucristo manso y humilde de corazón, con la ayuda de la gracia y el dominio de sí mismo, consiguió reprimir y refrenar los movimientos de su carácter de tal manera que llegó a ser un vivo retrato del Dios de la paz y la dulzura.”

Él mismo admitía, y sus historiadores nos lo confirman, que tenía un temperamento fuerte, que era una persona iracunda. Sin embargo, a través de sus escritos vemos claramente reflejada esa dulzura que fue su carácter distintivo, y por la cual su espíritu libró grandes batallas. Ha pasado a la historia de la Iglesia como el Santo de la amabilidad, título que amerita por su vida ascética, y por su muerte al yo, viviendo a diario su respuesta de amor a Cristo. Nos dice Mons. Camus que al sacarle la hiel la encontraron convertida en 33 piedras, producidas por los esfuerzos heroicos que había tenido que hacer para vencer su temperamento tan inclinado a la cólera y al mal genio. He visto también , creo que era el hígado o el riñón, no los puedo ahora distinguir, de San José de Calasanz en el museo de su casa natal en Peralta de la Sal, Huesca, también solidificado en una pura piedra de tanto que le hicieron sufrir sus propios hermanos.

EL CARÁCTER SE FORJA EN EL CORAZÓN

Lo dijo el Beato Papa Juan XXIII: La virtud se logra en una enorme labor durante años macerando el corazón. Francisco después de una ocasión en la que tuvo que reprender a un joven que maltrataba a su madre, dijo: “He temido perder en un cuarto de hora la poca dulzura que he trabajado en conseguir desde hace 22 años gota a gota, como el rocío en el vaso de mi pobre corazón... a la manera que una abeja tarda varios meses en hacer un poco de miel que un hombre consume en un bocado.” Y en otra oportunidad dijo: “Sentía hervir la cólera en mi cerebro como hierve el agua en un vaso que está sobre el fuego.”

EL CONOCIMIENTO DE SI MISMO

La clave, nos enseña San Francisco para adquirir las virtudes es conocerse a sí mismo. La mansedumbre y la humildad son el cimiento de la adquisición de todas las demás virtudes, pues sólo puede dominarse a sí mismo aquél que reconoce su flaqueza y está dispuesto a doblegar la voluntad. Asimismo, el dominio sobre sí mismo hace al hombre abierto, acogedor y dulce para con los demás. No podemos trabajar en aquello que no vemos, y necesitamos humildad para ver, pues lo que necesitamos ver no es algo que necesariamente nos gusta ver: nuestro propio pecado. Aquél ciego a quien Jesús curó en sábado dijo a los fariseos: Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo (Jn 9, 15). Tenemos que permitir que el Señor ponga el barro de nuestro pecado ante nuestros ojos, luego lavar ese barro con el agua de la oración, la mortificación diaria, la penitencia, y esperar en Dios que podamos algún día ver como él vio. ¡Alegría, hermanos, si nos hemos convertido! Convertido del pecado a la gracia, de la tibieza, a la intimidad con Dios.

¡Cuánto más vivas en tí,

Menos vivirás en Dios!

A cada conversión corresponde una invasión de Dios, a cada abnegación, te inundará una oleada de vida divina. Llamados a vivir la vida trinitaria de Dios, no nos quedemos ni nos satisfagamos con nuestra pobreza miserable, si queremos vivir la alegría y la paz verdaderas y completas.

LA MIRADA EN CRISTO CRUCIFICADO

 ¿Qué veía San Francisco? Su mirada estaba fija en Cristo Crucificado. De hecho, culmina el Tratado del Amor de Dios, con un capítulo titulado: Que la palabra Calvario es la escuela del amor. Nos dice: “Vivid toda vuestra vida y modelad vuestras acciones sobre la cumbre del Calvario, y Dios os bendecirá.” Lo decía con la autoridad del que vive lo que aconseja. La dulzura de San Francisco no era innata, sino que la ejerció... Y la ejerció junto a todas las demás virtudes, situándose él mismo en la cumbre del Calvario, contemplando al que traspasaron. Él nos dice: “Seguid siendo amables, ved al Hijo de Dios. De cuántas contradicciones y murmuraciones no fue objeto... siendo como era tan santo, fue tenido por impostor, por samaritano poseído del demonio, y muchas veces tomaron piedras para apedrearle. Sin embargo, no maldijo a los que le maldijeron, devolvió bendición por maldición, poseyendo su alma en la paciencia.” Es éste el legado que nos deja a nosotros, un camino sólido de espiritualidad que radica en la contemplación de Cristo, y en la cooperación activa con la gracia del Espíritu que no escatima en derramarse en los corazones generosos como el suyo.

SOPORTAR LAS FLAQUEZAS DE NUESTRO PROJIMO

“El soportar las imperfecciones del prójimo es uno de los principales puntos del amor. En la cruz nos lo mostró Nuestro Señor, que tenía un corazón tan dulce para con nosotros y nos amaba tan tiernamente... ¡Qué miserables somos los mundanos, porque a duras penas podemos olvidar las injurias que se nos hacen! Por consiguiente, el que prevenga a su prójimo con bendiciones de dulzura, será el más perfecto imitador de Nuestro Señor.” La imitación de Cristo, su amor al Crucificado, era lo que le movía al vencimiento propio y a la adquisición de las virtudes. Contemplar a un Dios que nos ha amado hasta tal extremo, debe impulsarnos a la consolación y a la reparación. Y San Francisco nos enseña que nuestras debilidades y bajas pasiones nos dan una gran oportunidad para que yendo en contra de las mismas, las resistamos y podamos ofrecernos como sacrificios vivos. Nos dice: “Las rebeliones de nuestras pasiones: de la ira, de la sensualidad, de la concupiscencia, permite Dios que permanezcan en nosotros para que nos mantengamos en la humildad, y para que nos ejercitemos en la virtud resistiéndolas y no consintiéndolas de ninguna manera.”

LEVANTAR EL TEMPLO DEL ESPIRITU

“Nosotros queremos levantar un gran edificio, es decir, queremos edificar en nosotros la casa de Dios. Por consiguiente, consideremos muy maduramente, si tenemos bastante ánimo y resolución, para derribarnos y crucificarnos a nosotros mismos, o mejor dicho, para permitir a Dios que él mismo nos derribe y crucifique, a fin de que también él construya, para que seamos el templo vivo de su Majestad.”

Además nos recuerda que, “Las virtudes formadas en tiempo de prosperidad son, por lo común, flacas e inconstantes: pero las que crecen en medio de las aflicciones son siempre fuertes y duraderas.” Y también: “No nos suceda lo que dice el Salmo 106 sobre Moisés: Lo sacaron de sus casillas y dijo palabras indebidas. Las palabras duras que callamos, son nuestras esclavas. Las palabras indebidas que decimos son nuestras tiranas. Que nuestro hablar sea poco y amable, poco y dulce, poco y lleno de bondad.”

POR DEJARSE LLEVAR

San Francisco nos dice que la falta de dulzura, y la falta de amabilidad, “no proviene sino de que nos dejamos conducir por la propia inclinación, por las pasiones o afectos, pervirtiendo así el orden que Dios ha establecido en nosotros, según el cual todo debería estar sujeto a la razón.” Describe nuestra naturaleza: “inestabilidad, inconstancia, variaciones, cambios, ligerezas, que ahora me hacen ser fervorosa y amable, y poco después flojos y negligentes, ahora alegres, y luego melancólicos. Estoy tranquilo una hora y después inquieto dos días.” Obrando de este modo “nuestra vida transcurrirá en la desidia y en la pérdida de tiempo.” Qué triste, hermanos, que después de haber entregado la vida a Cristo, resulte que sea una vida de desidia y pérdida de tiempo."

San Francisco hablaba por experiencia propia: “Hay que bajar continuamente la cabeza, y marchar a contrapelo de vuestras costumbres e inclinaciones, encomendándoos a Nuestro Señor, y en todo y por doquier dulcificándoos, y no pensando casi en otra cosa sino en la búsqueda de esta victoria.” “¿Qué puedo deciros, sino lo que tantas veces os he dicho? Que sigáis vuestra vida ordinaria lo mejor que podáis con amor de Dios, haciendo siempre actos interiores y exteriores de amor, y sobre todo acomodando vuestro corazón hasta donde podáis a la santa dulzura y tranquilidad: dulzura con el prójimo, aunque sea molesto y enojoso; tranquilidad con vos mismo, aunque esté tentado y afligido.” “Sed siempre lo más amable que podáis, porque se recogen más moscas con una cucharada de miel, que con cien barriles de vinagre. Si es preciso caer en algún extremo, que sea en el de la dulzura.”

LA PAZ ES UNA CONQUISTA

Para San Francisco la dulzura fue una conquista, que le duró 22 años de una gran vigilancia, examinando su conciencia frente a la adquisición de dicha virtud, y como diría San Pablo: “con perseverancia en la oración y constancia en la tribulación” (Rom 12).

Se crece en las virtudes a través del esfuerzo. Todas ellas, a excepción de las teologales, son ejecutadas. Las cosas de Dios son activas, nada es pasivo... gota a   gota ....  siempre hacia delante.... Es posible llegar a tener un corazón puro, virtuoso, pues para eso murió Cristo en la Cruz, y para eso nos dejó el Espíritu Santo. Llegar a tener un corazón puro requiere dolor, mucha muerte al yo, pero como nos lo muestra el Santo de la amabilidad, es posible!

PARA RESUCITAR HAY QUE MORIR

Cristo sufrió y murió antes de resucitar. El camino ya está trazado. Fue el mismo que recorrió San Francisco, y es el mismo que tenemos nosotras por delante, no hay otro. Los discípulos camino de Emaús se decían: ¿Cómo puede ser posible que Jesús, el profeta poderoso en palabras y obras haya sido condenado a muerte y crucificado? Y qué les dijo el Señor?    Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que le dijeron los profetas! ¿No era necesario que Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria? (Jn 24). Del mismo modo nosotras en nuestro diario caminar podemos decirnos: ¿Cómo puede ser posible que me cueste tanto el trato con tal persona? ¿Cómo puede ser posible que me cueste tanto la dulzura, la amabilidad, o cualquier otra virtud? ¿Cómo es posible que tal situación no cambie? ¿Cómo es posible que siga cayendo en el mismo pecado? Pero Jesús hoy nos dice lo mismo que dijo a aquellos caminantes, y nos lo dice dándonos el ejemplo de alguien para quien lo imposible se hizo posible en Cristo, que le fortaleció. Que nuestro corazón no sea tardo en tomar conciencia de que no podemos llegar a la tierra prometida sin pasar por el desierto.

SEGUIR A JESUS

Nos dice San Francisco: “Si seguimos a Jesucristo, correremos continuamente en pos de Él, que no se detuvo jamás, antes bien, continuó la ruta de su amor hasta la muerte y muerte de cruz.” La práctica de las virtudes se lleva a cabo en el silencio de una vida escondida, una vida puesta al descubierto solamente ante el Señor. “A imitación de Nuestra Señora y de San José, debemos encerrar nuestras virtudes y todo lo que pueda ganarnos la estima de los hombres, contentándonos con agradar a Dios, y permaneciendo bajo el velo de la abyección de nosotros mismos, en espera de que Dios, cuando venga, para llevarnos al lugar de la seguridad, que es la gloria, haga que se manifiesten nuestras virtudes por su honor y por su gloria.”

SONREIR Y SUFRIR

San Francisco cita las palabras de San Juan en su primera carta: “Si nos amamos unos a otros, Dios mora en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a la perfección. Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve.” Le decía a una persona que hacía penitencias exageradas: “Nuestra mejor mortificación es esforzarnos por no pecar. Qué gran mortificación sonreír a quien nos importuna, y dedicar amablemente el tiempo a escuchar con bondad a los demás.” “El que es dulce no ofende a nadie, soporta y sufre de buena gana a los que le hacen mal, sufre pacientemente los golpes y no devuelve mal por mal. El que es dulce no se turba jamás, sino que empapa todas sus palabras en la humildad, venciendo el mal por el bien.” “¿Cuándo llegará el día en que estemos todos empapados en dulzura y suavidad hacia el prójimo? ¿Cuándo veremos las almas de nuestros prójimos en el sagrado pecho del Salvador? El que las mira fuera de ahí corre el riesgo de no amarle pura, constante, igualmente.”

PEQUEÑOS ACTOS DE VIRTUD

Se nos presentan numeras ocasiones para practicar el vencimiento propio. “Sufrir una ligera palabra, reprimir un leve sentimiento, condescender con la voluntad del prójimo, excusar una indiscreción, mortificar un pequeño deseo, he aquí una porción de actos virtuosos al alcance de todo el mundo y cuya oportunidad se nos presenta a cada paso.” “En la variedad de las ocurrencias de esta vida conservad siempre la igualdad de ánimo, pues esto es una gran perfección y muy grato a Dios.”

En el Santo Obispo de Sales, el amor a Dios se proyectó de forma palpable en la dulzura para con el prójimo. Pío XI dice que no hay que maravillarse de que la dulzura pastoral de que estaba adornado gozase para atraer corazones de aquella eficacia que Jesucristo prometió a los mansos: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

POSEIA SU CORAZON PARA ENTREGARLO A DIOS

Poseyó su corazón para entregarlo al Señor como holocausto. A su dulzura, que fue la reina entre sus virtudes, le acompañaban como un cortejo todas las demás: la mansedumbre, la humildad, la paciencia, la obediencia, la fortaleza, la sencillez, el sacrificio, la pureza.... todas! Es maravilloso ver cómo su docilidad a la gracia hizo de Él Doctor y Maestro de tantas virtudes, y cómo las supo enseñar de forma tan sencilla y tan práctica, especialmente en sus escritos a las religiosas. Dios nos ha dado en Él un medio para sacar aguas con alegría de las fuentes de su enseñanza. “Podemos tener alguna clase de virtud sin tener las demás, y a pesar de esto, no podemos poseer virtudes perfectas sin tenerlas todas. Las virtudes perfectas jamás están las unas sin las otras  "¿No es una barbaridad -decía- querer desterrar la vida devota del cuartel de los soldados, del taller de los artesanos, del palacio de los príncipes, del hogar de los casados?"

SUS AMISTADES

Entre sus numerosas amistades no podemos omitir la más eficaz, la que mantuvo con Juana Chantal, con la que fundó la Orden de la Visitación. En la cuaresma de 1604, Juana Francisca, sabía que Francisco de Sales; Obispo de Ginebra, viene a predicar a Dijón  y comenzó a oír sus sermones. Empezaron a conocerse: él, con lentitud prudente; ella, sin titubeos. "Desde que tuve la dicha de conocerle-dirá más tarde-, le llamé santo desde el fondo de mi corazón." Mientras duró la Cuaresma, la baronesa se sentaba frente al predicador para verle y oírle mejor. El santo empezó pronto a fijarse en aquella viuda, que escuchaba con tanta atención, preguntó al obispo de Bourges, justamente hermano de la baronesa: "¿Quién es esa señora joven de tez morena clara, que viste de viuda y se coloca en frente de la cátedra del predicador?" Después Juana y Francisco se entrevistaron repetidas veces en la casa del presidente Fremyot, que celebraba viendo en su mesa al obispo de Ginebra. Juana "le seguía a todas partes, siempre que podía."

PRUDENTE OBSERVACION

En su conversación, San Francisco de Sales, que nunca termina­ cuando escribe, era reservado y parco en palabras, más amigo de observar que de hablar. Observaba a la señora de Chantal, y la joven viuda "morena clara" se le presentaba como un enigma. Seria y jovial, concentrada y fácil, tímida y ardiente, sencilla y elegante, nada parecía indicar en ella la actividad de su vida interior. Sus labios estaban cerrados a toda confidencia. "A nadie comunicaba nada -dice ella­- sino con gran temor, aunque la bondad del obispo me invitaba a hacerla, y yo me moría de ganas de hablar." El obispo se esforzaba por echar la sonda, incluso llegó a preguntarle si tenía intención de casarse, Y respondió que no. "Entonces sería bueno arriar la bandera." Ella comprendió, y al día siguiente arrinconó todas sus galas y apareció en público con un vestido de una sencillez extremada, con sólo un pequeño encaje de seda. El obispo quedó encantado de aquella docilidad. - "Señora -le dijo-, ¿estaríais menos bien si esos encajes no figurasen ahí?" Ella se levantó inmediatamente y arrancó aquellos adornos con su propia mano.

POR FIN, LA DECISION

Un miércoles santo, Juana se decidió a abrir su alma con timidez al obispo. Salió tan confortada de la entrevista que le parecía que había hablado con un ángel. Francisco no se apresura a recibir aquella alma que se entrega a su dirección y que lleva en la frente y en los ojos el sello del heroísmo. Como si tuviera miedo ante la riqueza de sus dones naturales y los efectos maravillosos que la gracia estaba empezando a producir en ella. Pasan  largos meses de incertidumbre en Francisco él y de crisis en Juana; hasta que un día de agosto de 1604 se encuentran en Annecy, a medio camino entre Borgoña y Saboya. Con el obispo están su madre, su hermana y sus amigos. La baronesa trae también su séquito. Hechas las presentaciones, el obispo pasa diestramente el cortejo a su madre, "y tomando aparte a su querida hija espiritual, hizo que le contase todo lo que había pasado en ella; y ella habló con tal claridad, sencillez y candor, que no olvidó el menor detalle. El santo prelado escuchó muy atentamente, y sin decirle una sola palabra, se separaron. Y Francisco escribe a Juana: “Nunca me distraigo en la misa, pero desde que os conozco, sobre todo en la misa, vuestra imagen y recuerdo no se separa de mi mente.  

LA HORA DE DIOS

Un día, muy temprano, fue en su busca. Estaba muy cansado y abatido. "Sentémonos -le dijo-; estoy: fatigado, y pensando toda la noche en vuestro asunto, no he podido dormir. Veo claro que la voluntad de Dios es que me encargue de vuestra dirección espiritual y que sigáis mis consejos­ Después permaneció un poco en silencio, y levantando los ojos al cielo, continuó: "Señora, ¿os lo diré? Debo decirlo, puesto que es la voluntad de Dios. No os extrañéis de que haya tar­dado en resolverme: quería conocer bien la voluntad de Dios, para que no haya en este asunto más que la intervención suya."

SANTA LIBERTAD"

Aquella misma mañana dice el: relato biográfico- Juana Francisca hizo su confesión general con el obispo. Hay una palabra que resume el método que siguió San Francisco en la dirección de Santa Chantal: la palabra libertad. Me quejaba -dice ella- de que no me mandaba bastante." Pero al mismo tiempo experimentaba que acababa de salir de una cautividad interior. Francisco, atento a la acción de Dios en las almas, no quería entorpecer esa acción con la suya. Es prudente, además, porque no­ está bien seguro de las posibilidades que aquella naturaleza de mujer tan excepcional y, elegida. Pero la tarea que él sueña también necesita gestos sublimes y fortaleza varonil.

INFLUENCIA DE SANTA TERESA

Aún no hace un cuarto de siglo que Santa Teresa ha muerto. Había dejado sembrados dieciocho monasterios en España. Cuando va a actuar Francisco de Sales, las carmelitas ya han penetrado en Lisboa, Portugal, con María de San José y el padre Gracián de la Madre de Dios. Ahora las carmelitas de Santa Teresa, acaban de ser introducidas en Francia por Ana de Jesús, “la capitana de las prioras”, como la llamaba Santa Teresa y la predilecta de San Juan de la Cruz, aunque alguna vez había opinado mal de la designación de San Juan llamando hija suya a Santa Teresa y replicaría,”que lo es muy de verdad de mi alma. A estas alturas ya se  han establecido en Dijón. Juana ya se relaciona con ellas. Francisco no impide su relación con las monjas españolas, cosa de competencias desgraciadamente tan corriente por los celos humanos, sino que la favorece, y goza viendo a Juana envuelta en aquella brisa mística que llega de Avila. La mística y los modos teresianos dejarán un rescoldo fecundo en la vida espiritual de la baronesa, que imprimirá una huella en la espiritualidad de Santa Juana, Así lo testifican sus propias confesiones: “De campestre que era, la hicieron ciudadana de la mística. Eso le alentó a ascender de los primeros grados de la oración y la liberó de la sumisión excesiva a los métodos de la oración ordinaria. A los asiduos a los monasterios de la Visitación les resultará familiar el verbo latino ”cucurri”. Forma parte de un salmo latino que reza así: “Mandata tua cucurri, cum dilatasti cor meum”, “guardé gozosamente tus mandamientos cuando ensanchaste mi corazón”  Se refiere la frase la delicia que siente un alma cuando es conducida por el Espíritu Santo por la vía mística, que se goza por los Dones del Espíritu santo y no por las virtudes. Juana Francisca estaba en disposición de empezar su obra.

En Italia, Felipe Neri ha fundado la congregación del Oratorio, que, como los Oblatos fundados en Milán por Carlos Borromeo, desean vivir un sacerdocio fervoroso. Bérulle trata de convencer a Francisco de Sales para que funde el Oratorio en Francia, pero no lo consigue, aunque, a instancias del Arzobispo de París, Henri de Gondi, fundará en 1611 el Oratorio de París, una "congregación de sacerdotes que practicarán la pobreza, con voto de no pretender beneficio o dignidad, contra la ambición, y el de dedicarse al sacerdocio, contra la inútil inactividad.

VICENTE NOMBRADO PÁRROCO DE CLICHY

Bérulle deseaba que Vicente ingresara en el Oratorio, pero no acepta. Sí en cambio reemplaza a un sacerdote que ingresa en el Oratorio; y acepta su parroquia de "Clichy la Garenne". de 600 habitantes, habitada sobre todo por hortelanos y llega a encontrarse a gusto Allí enseña el catecismo, repara el mobiliario de la Iglesia, cuando después de doce años que es sacerdote, es la primera vez que ejerce un ministerio sacerdotal.

FUNDADORA

En la primavera de 1607 la baronesa volvía a Annecy para conocer lo que su director pensaba hacer respecto a ella. "Fui en su busca -nos dice ella misma- con la mayor indiferencia que pude." Francisco escucha, observa y calla. Durante una semana entera examina la voluntad de Dios en un silencio solemne y dramático. "Pero el día siguiente a la fiesta de Pentecostés -dice una discípula de la santa-, habiéndola llamado después de la misa, con un semblante grave y serio, y de una manera que indicaba al hombre absorto en Dios, le dijo: "Bueno, hija mía, ya he resuelto lo que voy a hacer de ti". "Y yo Padre mío, estoy resuelta a obedecer." Así respondió ella, de rodillas. El obispo permaneció en pie a dos pasos de ella, y después de una pausa, continuó: "Muy bien; es preciso que entres en Santa Clara." "Dispuesta estoy, Padre mío" -contestó ella. "No -replicó el obispo-, no eres bastante fuerte; tendrás que ser Hermana del hospital de Beaune." "Como os guste." "No, no es eso lo que quiero -agregó él-; debes ser carmelita." "Ahora mismo, monseñor", repuso ella. Aún la propuso otros varios proyectos para probarla, y vio que era una cera derretida por el calor divino, dispuesta a recibir cualquier forma de vida religiosa. Le expuso al: fin su idea de fundar una nueva congregación, el instituto de la Visitación de Santa María. La vocación que Francisco quería desarrollar era la de religiosas que visitaran a los pobres, de ahí su nombre de la Visitación y visitandinas. Era pronto aún y el obispo no le permitió que salieran del claustro y tuvo que aceptar la renuncia a su primer planteamiento que, un poco después tomará San Vicente de Paul para sus Hijas de la Caridad. Observemos cómo el Señor tenía sus planes. Bérulle trata de convencer a Francisco de Sales para que funde el Oratorio en Francia, pero no lo consigue, Bérulle deseaba que Vicente ingresara en el Oratorio, pero no acepta. Dios los reservaba para dos fundaciones nuevas.

LA DESPEDIDA DE JUANA

En 1610 todo estaba preparado en Annecy para recibir a las primeras visitandinas. La señora de Chantal abandonó su casa el día de San José. La despedida dió lugar a una escena emocionante. Todos lloraban, y ella misma, a pesar de la violencia que se hacía, estaba deshecha en llanto. El mayor de sus hijos, Celso Benigno de Rabutín Chantal, el que será un día padre de la marquesa de Sevigné, se colgó a su cuello esforzándose por retenerla con sus caricias. Ella le cubría de besos y respondía a todas sus razones con un valor admirable. A fin se arrancó violentamente a los brazos de su hijo, y se dispuso a marchar. Entonces, Celso Benigno, desesperado por no poder detener a su madre, se tendió en el umbral, y dijo estas palabras: "Madre, pasa si quieres, si te atreves a pasar sobre el cuerpo de tu hijo." Dudó ella un momento y se detuvo con el corazón oprimido; pero, cobrando luego nuevas fuerzas, ~ sonriendo a través de las lágrimas, echó a andar, ganó la calle de un salto y subió a su carroza. Durante un rato caminó en silencio y con los ojos arrasados en lágrimas; después se tranquilizó súbitamente y entonó el cántico de la liberación. Su agonía había terminado.

EL HOGAR

Entre Chambery y Ginebra, sobre una de las colinas que descienden de las cumbres del San Bernardo y del Mont-Blanc, está Annecy. Es una ciudad pequeña. El primer convento del instituto, entre huertos y arboledas, fuentes cristalinas y plátanos seculares. Así se presentaba al mundo el instituto de la Visitación, concebido por el fundador con el mismo espíritu que la Introducción a la vida devota, pórtico de la santidad cristiana. Es un error querer desterrar a las personas débiles de la vida cristiana, a quien no es capaz de soportar los rigores del Carmelo, pero ni los oficios de la noche, ni los ayunos, ni las disciplinas, son necesarios para llegar a la santidad. La Visitación será el Carmelo de los frágiles, de los enfermos. "Esta con­dición -escribe Francisco- ha sido dirigida para que ninguna aspereza pueda apartar a los débiles de dedicarse a la perfección del amor." Esta frase refleja con toda precisión el programa del nuevo instituto, y las primeras salesas lo cumplieron de una ma­nera admirable, llegando a convertirse en maestras del amor o para el mismo fundador. En aquellos días gloriosos, la Visitación fue para él un campo de experiencias místicas, donde las semillas fecundas luego habían de germinar en el Tratado del amor divino.



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