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TRIGO DE DIOS, PAN DE VIDA. BLOG CRISTIANO Y CATOLICO.

APRENDE A ORAR

La oracion de peticion. Pedidos de oracion.

 EL CULTO EN HONOR AL SAGRADO
 


 
Senor Jesus, dame siempre de ese pan que busca mi espiritu. Tu Palabra en el Evangelio, tu Cuerpo en la Santa Eucaristia, asi como tu presencia en el projimo que me rodea, son el pan que sacia mi hambre y sed de amor. Ayudame a comprender en esta meditacion que la mayor riqueza que he recibido eres Tu mismo.

NUEVAS HISTORIAS

No. 67 La Oracion de Peticion

Junio 9

 

Pedir y dar; eso es la mayor parte de nuestra vida y de nuestro ser. Al pedir nos reconocemos necesitados. Al dar podemos ser conscientes de la riqueza sin termino que Dios ha puesto en nuestro corazon.

 

Lo mismo nos ocurre con Dios. Gran parte de nuestras relaciones con El estan definidas por la peticion; el resto, por el agradecimiento.

 

Pedir nos hace humildes. Ademas, damos a nuestro Dios la oportunidad de mostrarse como Padre. No hemos de pedir con egoismo, ni llenos de soberbia, ni con avaricia, ni por envidia.

 

Debemos examinar, en la Presencia de Dios, los verdaderos motivos de nuestra peticion. Le preguntaremos a El en la intimidad de nuestra alma si eso que hemos solicitado nos ayudara a amarle mas y a cumplir mejor su Voluntad.

 

La primera condicion de toda peticion eficaz es conformar primero nuestra voluntad con la Voluntad de Dios, y asi habremos dado un paso muy importante en la virtud de la humildad, asi como en la fe.

 

Jesus nos oye siempre: tambien cuando parece que calla. Quiza es entonces cuando mas atentamente nos escucha; quiere que le pidamos confiadamente, sin desanimo, con fe.

 

Pero no basta pedir; hay que hacerlo con perseverancia, sin cansarnos, para que la constancia alcance lo que no pueden nuestros meritos.

 

Dios ha previsto todas las gracias y ayudas que necesitamos, pero tambien ha previsto nuestra oracion. “Pedid y se os dara... llamad y se os abrira” (Mateo 7, 7).

 

Y recordamos ahora nuestras muchas necesidades personales, y las de aquellas personas que viven cerca de nosotros, y lejos, y los difuntos... El Senor nunca nos abandona: aunque a veces parezca que si, recordemos que a menudo “las apariencias enganan”.

 

Si alguna vez no se nos concedio algo que pedimos confiadamente, es que no nos convenia: ¡El si que sabe lo que nos conviene! Esa oracion que hicimos con tanta insistencia habra sido eficaz para otros bienes, o para otra ocasion mas necesaria.

 

Dios es Amor, Sabiduria, Poder... y es nuestro Padre. El quiere lo mejor para nuestro bien eterno:

 

“Salud, riquezas, hermosura, honores, poder, todo nos lo dara, si nos conviene para salvarnos... enfermedad, pobreza, oprobio, abyeccion, esclavitud, todo esto nos traera, si nos conviene para santificarnos...” (Ritual de la ANM, página 348). A veces los dones de Dios nos parecen incomprensibles, pero siempre son para nuestro bien.

 

Para que nuestra peticion sea atendida con mas prontitud, podemos solicitar las oraciones de otras personas cercanas a Dios, porque “la oracion ferviente del justo tiene mucho poder” (Santiago 5, 16). Asi que tambien pidamos a nuestro Angel Custodio que interceda por nosotros.

 

Y, especialmente, siempre tenemos un camino seguro para que nuestras peticiones lleguen con prontitud ante la presencia de Dios: Santa Maria, Madre de Dios y Madre Nuestra. A Ella acudimos ahora y siempre. WFP3

 

Junio 9

Tremendo misterio este que de las oraciones y voluntarios sacrificios de unos pocos, depende la salvacion de muchos". (Pio XII)

 

A las almas adoloridas, que cargan pesos insufribles, a quienes sus cruces pareciera aplastar sin remedio, el recuerdo del valor pleno de sentido del dolor otorga al sufrimiento una trascendencia del que estan privados los paganos. Recomendamos vivamente su lectura y hacer de su difusion un apostolado

 

Desde el mas profundo sentido de comunion deseo, de todo corazon, que a este tiempo de quejas, llantos y reproches dirigidos al Padre por tantas personas que viven en sus carnes un dolor tan hondo, le sigan algunos momentos de paz y silencio, suficientes como para poder oir las respuestas y consuelos que el Buen Dios susurra a sus hijos que sufren

 

DIOS PODEROSO DADOR DE LA SALUD

 

Hola amigos quiero compartir con ustedes pues en estos momentos me encuentro muy triste y con un sentimiento de impotencia pues mi papi se encuentra muy grave en el hospital esta en fase terminal les ruego una oracion por el y por que su sufrimiento sea lo menos dolorosa gracias por compartir esto conmigo y mil gracias los quiero mucho. Erendira Manrique Vilchis” <erendira_manrique@hotmail.com>,

 

Queridos hermanos en Cristo y Maria Santisima: Espero en Dios que esten gozando de buena salud de alma y cuerpo, de paz y de tranquilidad en sus familias… Les ruego que incluyan en sus oraciones a: LUIS GERARDO CANTU Es un hombre de 47 anos, con esposa y tres hijos… esta internado inconsciente, sufrio un derrame cerbral y no hay esperanzas medicas de recuperacion.  "Alma Garza Pedraza" <pura_alma@yahoo.com.mx>,

 

GRACIELA operada de cancer de tiroides en el ano 2007... los estudios de rastreo nuclear, salen bien ...investigan con otro estudio ,cual es el motivo de un analisis, con resultados alterados. ADRY

 

Hermanos disculpen la molestia. Sigo con el dolor en la mano y el brazo. Y tengo que trabajar y no puedo. Hago lo que puedo desde casa.  Ya el mes pasado mi perfomance fue malo por lo de mi hija no pude dedicarme ahora yo.  Acepto las pruebas.  Ruego oracion por mi salud y oportunidades para salir adelante y hacer pagos pendientes como el alquiler.  Seguire confiada en que llegara el alivio. Maryann

 

Gracias por sus oraciones les pido a traves de esta colocar en cadena de oracion a mi sobrino Mario Jose Pozo es enfermero profesional pero esta enfermo por la drogadiccion y mi hermana sufre mucho queremos que el aborrezca la droga y se aleje de las personas que se la suministran, el es un excelente trabajador pero este problema nos preocupa. LUZMILA

 

Por los enfermos que padecen mal de Parkinson, para que pronto pueda hallarse la cura para ellos. Pido en especial por mi papa, para que esta enfermedad no siga avanzando, por mi mama para que Dios le de la fuerza y salud necesaria para poder acompanarlo y ser el apoyo que el necesita. Monica

 

AGRADECIMIENTO A DIOS

 

Tengo la inmensa dicha de comunicarles, que la nina Suleidys Ortega, al fin fue operada y la intervencion fue un exito. A pesar de todavia estar muy inflamada y de que la cicatriz en la cabeza es enorme, ha recuperado ya (de forma casi inmediata) todas sus funciones: habla y esta lucida, camina, se alimenta y en fin esta en proceso de recuperacion. Alabado sea el Senor

 

POR LAS NECESIDADES DE

 

Ruego por mi libertad financiera.  Por que Miguel me pague lo que medebe y Luz tambien. Por que me den la oportunidad en el trabajo y venda ademas seguros y fondos y que salga adelante economicamente.   Oro por todos los hermanos que requieren oracion y ayiuda se que el Senor esta cerca y cuidando de nosotros.  Gracias. Maryann

 

Padre Eterno por te pido con muche fe y humildad por mi hijo Juan Pablo Zapata, para que sea devuelto a prestar su servicios aca a la ciudad de Medellin. AMEN. John Jairo

 

Soy Ana Maria...abuela de Tomas es muy importante para el, su propia estima y su fe que pudiera con la ayuda del Senor pasar sus examenes luego de un ano borrascoso, pido humildemente qu recen porque esta situacion la resuelva el Senor para subien. Anita Maria

 

Amigos la situacion de mi hijo Nacho es deseperada, no tiene dinero para pagar el alquiler y me da miedo que haga un disparate, la cosa no es para menos. Pedid al Padre, al Hijo y al Espiritu Santo que venda mucho para salir de esta crisis tan espantosa, gracias. Anita

 

Q. E. P. D.

 

Rognny Rodrigo Zurita Borbor

Luis Enrique Flores Jorquera

Milton Vicente Guevara Moreno

 

Juan Carlos Fanjul, autor de http://tiempodepoesia.com, conocido como Juanca, ha fallecido santamente. Ruego rezar por su alma. Siempre le recordaremos por su fe, su bondad, su generosidad, por tantas cualidades espirituales que poesia, asi como por sus artisticos disenos y su apostolado en Internet. JOSEP

 

PALANCAS POR QUIENES HAN PARTIDO A SU QUINTO DIA

 

Ofrezcamos tambien nuestras PALANCAS y oraciones por aquellos que, habiendo vivido los 3 Dias del Cursillo de Cristiandad, compartieron con nosotros su CUARTO Dia, fermentando de Evangelio los ambientes, y que hoy, llamados por el Senor a su presencia, se encuentran viviendo su QUINTO Dia.

 

Por los que llegaran a su destino final hoy, que lo hagan en Gracia de Dios

 

Por las benditas almas del Purgatorio

ECUADOR
 
ENVIE SU PETICION DE ORACION  a

 

wpauta@gmail.com,

 

wpauta@yahoo.es,

 

indicando su nombre y peticion

 
P.D. Si Ud., quiere referirse a este envio por favor copiar el ASUNTO

 

http://grupodeoraciondivinonio.blogspot.com/

 

Me inclino reverentemente ante El Señor

 
M.E. Winston Pauta Avila
Grupo de Oracion "DIVINO NINO"   
Guayaquil - Ecuador
C. C. DE COLORES
Cursillista de Cursillo de Cristiandad  No. 40
Guayaquil- Ecuador

Cursillista de Cursillo de Cristiandad de Barcelona- Espana
Chistifideles Laici
Barcelona - España

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El perdón es renovacion y transformacion.

“El perdón es renovación y transformación” 
Discurso que el Santo Padre Benedicto XVI ha dirigido a los fieles congregados en la Plaza de San Pedro, durante la Audiencia General, continuando con el ciclo de catequesis sobre la oración. 
 
Ciudad del Vaticano, miércoles 1 de junio de 2011.

Queridos hermanos y hermanas,

        leyendo el Antiguo Testamento, una figura destaca entre otras: la de Moisés, como hombre de oración. Moisés, el gran profeta y guía en el tiempo del Éxodo, ejerció su función de mediador entre Dios e Israel, haciéndose portador, hacia el pueblo, de las palabras y mandatos divinos, conduciéndolo hacia la libertad de la Tierra Prometida, enseñando a los israelitas a vivir en la obediencia y en la confianza hacia Dios, durante la larga estancia en el desierto, pero también, sobre todo, rezando. Reza por el Faraón cuando Dios, con las plagas, intentaba convertir el corazón de los egipcios (cfr Ex 8–10); pide al Señor la curación de la hermana María, enferma de lepra (cfr Nm 12,9-13), intercede por el pueblo que se había rebelado, aterrorizado por el informe de los exploradores (cfr Nm 14,1-19), reza cuando el fuego estaba devorando el campamento (cfr Nm 11,1-2) y cuando serpientes venenosas estaban haciendo una masacre (cfr Nm 21,4-9); se dirige al Señor y reacciona protestando cuando el peso de su misión se hizo demasiado pesado (cfr Nm 11,10-15); ve a Dios y habla con Él “cara a cara, como uno habla con su amigo” (cfr Ex 24,9-17; 33,7-23; 34,1-10.28-35).

        También cuando el pueblo, en el Sinaí, pide a Aarón hacer un novillo de oro, Moisés reza, explicando de modo emblemático su propia función de intercesor. El episodio está narrado en el capítulo 32 del Libro del Éxodo y tiene un relato paralelo en el Deuteronomio en el capítulo 9. Es en este episodio donde quisiera detenerme en la catequesis de hoy, en particular en la oración de Moisés que encontramos en la narración del Éxodo. El pueblo se encontraba a los pies del Monte Sinaí, mientras Moisés, en la cima del monte, esperaba el don de las Tablas de la Ley, ayunando durante cuarenta días y cuarenta noches (cfr Ex 24,18; Dt 9,9). El número cuarenta tiene un valor simbólico y significa la totalidad de la experiencia, mientras que con el ayuno se indica que la vida viene de Dios, es Él el que la sostiene. El hecho de comer, de hecho, implica la asunción del alimento que nos sostiene; por esto ayunar, renunciando a la comida, adquiere, en este caso, un significado religioso: es un modo de indicar que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca del Señor (cfr Dt 8,3). Ayunando, Moisés, indica que espera el don de la Ley divina como fuente de vida: esta desvela la voluntad de Dios y nutre el corazón del hombre, haciéndole entrar en una Alianza con el Altísimo, que es fuente de vida, es la vida misma.

        Pero, mientras el Señor, sobre el monte, da a Moisés la Ley, a los pies del mismo el pueblo la desobedece. Incapaces de resistir en la espera y la ausencia del mediador, los israelitas piden a Aarón: Fabrícanos un Dios que vaya al frente de nosotros, porque no sabemos qué le ha pasado a Moisés, ese hombre que nos hizo salir de Egipto” (Ex 32,1). Cansado de un camino con un Dios invisible, ahora que Moisés, el mediador, ha desaparecido, el pueblo pide una presencia tangible, palpable, del Señor, y encuentra en el becerro de metal fundido hecho por Aarón, un dios que se hace accesible, manipulable, al alcance del hombre. Esta es una tentación constante en el camino de la fe: eludir el misterio divino construyendo un dios comprensible, que corresponda a los propios esquemas, a los propios proyectos. Todo lo que sucede en el Sinaí muestra toda la necedad y vanidad ilusoria de esta pretensión porque, como afirma irónicamente el Salmo 106, “así cambiaron su Gloria por la imagen de un toro que come pasto” (Sal 106,20).

        Por esto el Señor reacciona y ordena a Moisés que descienda del monte, revelándole lo que el pueblo está haciendo y terminando con estas palabras: “Por eso, déjame obrar: mi ira arderá contra ellos y los exterminaré. De ti, en cambio, suscitaré una gran nación” (Ex 32,10). Como con Abraham con respecto a Sodoma y Gomorra, también ahora Dios desvela a Moisés lo que pretende hacer, como si no quisiese actuar sin su consentimiento (cfr Am 3,7). Dice: “mi ira arderá contra ellos”. En realidad, este “mi ira arderá contra ellos” lo dice para que Moisés intervenga y le pida que no lo haga, revelando así que el deseo de Dios es siempre de salvación. Como para las dos ciudades en tiempos de Abraham, el castigo y la destrucción, con los que se expresa la ira de Dios como rechazo del mal, indican la gravedad del pecado cometido; al mismo tiempo, la petición del intercesor pretende manifestar la voluntad de perdón del Señor. Esta es la salvación de Dios, que implica misericordia, pero que siempre denuncia la verdad del pecado, del mal que existe, así el pecador, reconociendo y rechazando el propio mal, pueda dejarse perdonar y transformar por Dios. La oración de intercesión hace operativa de esta manera, dentro de la realidad corrupta del hombre pecador, la misericordia divina, que encuentra su voz en la súplica del que reza y se hace presente a través de él donde hay necesidad de salvación.

        La súplica de Moisés se centra en la fidelidad y la gracia del Señor. Este se refiere primero a la historia de redención que Dios ha comenzado con la salida de Israel, para después recordar la antigua promesa hecha a los Padres. El Señor ha logrado la salvación liberando a su pueblo de la esclavitud egipcia; ¿por qué entonces -pregunta Moisés-“tendrán que decir los Egipcios: 'El los sacó con la perversa intención de hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra?'” (Ex 32,12). La obra de salvación que se ha comenzado debe ser completada; si Dios hiciese perecer a su pueblo, esto podría ser interpretado como el signo de una incapacidad divina de llevar a cumplimiento el proyecto de salvación. Dios no puede permitir esto: Él es el Señor bueno que salva, el garante de la vida, es el Dios de misericordia y de perdón, de liberación del pecado que mata. Y así Moisés apela a Dios, a la vida interior de Dios contra la sentencia exterior. Pero entonces, argumenta Moisés con el Señor, si sus elegidos perecen, aunque si son culpables. Él podría parecer como incapaz de vencer al pecado. Y esto no se puede aceptar. Moisés ha tenido una experiencia concreta del Dios de salvación, y ha sido enviado como mediador de la liberación divina y reza con su oración, se hace intérprete de una doble inquietud, preocupado por la suerte de su pueblo, pero además está también preocupado por el honor que se debe al Señor, por la verdad de su nombre. El intercesor quiere, de hecho, que el pueblo de Israel se salve, porque es el rebaño que se le ha confiado, pero también para que en esa salvación se manifieste la verdadera realidad de Dios. Amor por los hermanos pero también por Dios que se complementan en la oración de intercesión, son inseparables. Moisés, el intercesor, es el hombre dividido entre dos amores, que en la oración se unen en un único deseo de bien.

        Después, Moisés apela a la fidelidad de Dios, haciéndole recordar sus promesas: “Acuérdate de Abraham, de Isaac y de Jacob, tus servidores, a quienes juraste por ti mismo diciendo: 'Yo multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo, y les daré toda esta tierra de la que hablé, para que la tengan siempre como herencia'” (Ex 32,13). Moisés hace memoria de la historia fundadora de los orígenes, de los Padres del pueblo y de su elección, totalmente gratuita, en la que sólo Dios había tenido la iniciativa. No por sus méritos, ellos recibieron la promesa, sino por la libre elección de Dios y de su amor” (cfr Dt 10,15). Y ahora, Moisés pide que el Señor continúe fiel a su historia de elección y de salvación perdonando a su pueblo. La intercesión no excusa el pecado de su gente, no enumera presuntos méritos ni del pueblo ni suyos, pero si apela a la gratuidad de Dios: un Dios libre, totalmente amor, que no cesa de buscar al que se aleja, que permanece siempre fiel a sí mismo y que ofrece al pecador la posibilidad de volver a Él y convertirse, con el perdón, en justo y capaz de ser fiel. Moisés pide a Dios que se muestre más fuerte que el pecado y que la muerte, y con su oración provoca esta revelación divina. Mediador de vida, el intercesor se solidariza con el pueblo; deseoso sólo de la salvación que Dios mismo desea, el renuncia a la perspectiva de convertirse en un nuevo pueblo agradecido al Señor. La frase que Dios le había dirigido, “de ti, en cambio, suscitaré una gran nación”, no es, ni siquiera, tomada en consideración por el “amigo” de Dios, que sin embargo está preparado para asumir, no sólo, la culpa de su gente, también todas sus consecuencias. Cuando, después de la destrucción del becerro de oro, vuelva al monte de nuevo, a pedirle la salvación de Israel, dirá al Señor: “¡Si tú quisieras perdonarlo, a pesar de esto...! Y si no, bórrame por favor del Libro que tú has escrito” (v.32). Con la oración, deseando el deseo de Dios, el intercesor entra cada vez más profundamente en el conocimiento del Señor y de su misericordia y se hace capaz de un amor que llega hasta el don total de sí mismo. En Moisés, que está en la cima del monte cara a cara con Dios y que se hace intercesor por su pueblo, se ofrece a sí mismo - “bórrame” -, los Padres de la Iglesia han visto una prefiguración de Cristo, que en la alta cima de la cruz realmente esta delante de Dios, no sólo como amigo sino como Hijo. Y no sólo se ofrece - “bórrame” -, sino que con su corazón traspasado se hace “borrar”, se convierte, como dice el mismo san Pablo, en pecado, lleva consigo nuestros pecados para salvarnos a nosotros: su intercesión no es sólo solidaridad, sino que se identifica con nosotros: nos lleva a todos en su cuerpo. Y así toda la existencia de hombre y de Hijo es el grito al corazón de Dios, es perdón, pero un perdón que transforma y renueva.

        Creo que debemos meditar esta realidad. Cristo está delante del rostro de Dios y reza por mí. Su oración en la Cruz es contemporánea a todos los hombres, contemporánea a mí: Él reza por mí, ha sufrido y sufre por mí, se ha identificado conmigo tomando nuestro cuerpo y el alma humana. Y nos invita a entrar en su identidad, haciéndonos un cuerpo, un espíritu con Él, porque desde la alta cima de la Cruz, Él no ha traído nuevas leyes, tablas de piedra, sino que se ha traído a sí mismo, su cuerpo y su sangre, como nueva alianza. Así nos hace consanguíneos a Él, un cuerpo con Él, identificado con Él. Nos invita a entrar en esta identificación, a estar unidos a Él en nuestro deseo de ser un cuerpo, un espíritu con Él. Oremos al Señor para que esta identificación nos transforme, nos renueve, porque el perdón es renovación y transformación.

        Querría terminar esta catequesis con las palabras del apóstol Pablo a los cristianos de Roma: “¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica.¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? [...]ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados [...] ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8,33-35.38.39)
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://www.fluvium.org
).

El naufrago. Benedicto XVI nos recuerda que Dios escucha nuestras oraciones.

Presentación
Esta colección de libros ha sido como un espejo, en el que cada lector ha podido ver reflejadas sus vivencias, necesidades y carencias.

Personas de diferentes edades, niveles sociales, culturales, económicos, con distintas ideologías e incluso de distintas convicciones religiosas, han encontrado en «Reflexiones para el Alma», ánimo… fortaleza… esperanza… ayudándolos a descubrir que todos tenemos la necesidad de vivir en paz… de estar satisfechos… de amar… sentirnos amados y apreciados.

José Luis Prieto

 


El Naúfrago

El único sobreviviente de un naufragio llegó a una pequeña isla deshabitada. Oraba fervientemente y le pedía a Dios que lo rescatara. Todos los días miraba al horizonte esperando la ayuda solicitada, pero ésta nunca llegaba.

Cansado de no tener respuesta comenzó a construir una pequeña cabaña para protegerse y guardar sus pocas posesiones. Un día, después de andar buscando comida, regresó y encontró su pequeña choza envuelta en llamas, una columna de humo subía hacia el cielo.

Por fin logró apagar el incendio y aunque lo peor había pasado, todas sus cosas se habían perdido. Estaba confundido y su ira se desató contra Dios:

- ¿Cómo pudiste hacerme esto? gritaba, llorando de impotencia.

Abrumado y desconsolado, se quedó dormido sobre la arena. De pronto el sonido de la sirena de un barco que se acercaba a la isla lo despertó. Venían a rescatarlo. Cuando por fin llegó a la cubierta del barco, preguntó:

-¿Cómo sabían que estaba aquí? Sus salvadores algo extrañados le contestaron:

- Porque vimos las señales de humo que nos hiciste...

Es fácil enojarse cuando las cosas van mal, pero no debemos perder la paciencia, porque Dios está trabajando en nuestras vidas y a su hora se va a manifestar.

“En medio de las penas y del sufrimiento, recuerda que si tu pequeña choza se quema.... puede ser simplemente una señal de humo que surge de la GRACIA de Dios”

 

--
Seamos sencillos en el trato con Dios y con nuestro prójimo, porque Dios ama la sencillez y la sinceridad, y el prójimo también las aprecia.
No comulgues nunca en la mano, hazlo siempre en la boca. Y si te es posible de rodillas


HECTOR "EL ERMITAÑO" PEDERNERA
(
http://ar.groups.yahoo.com/group/hermanocatolicoesfuerzateysevaliente
).

La oracion: un desafio para todos.

La oración: Un desafío para todos

JOSÉ MARTÍNEZ COLÍN

22 Mayo 2011

 

Dijo Nietzsche (+1900), entre otros desatinos, “¡es vergonzoso orar!”... Medio siglo después, Alexis Carrel (+1944), Premio Nobel francés en Fisiología, replicó: ¿Es vergonzoso orar? ¡Como es “vergonzoso” respirar!

Se puede no orar y no respirar; en ambos casos se asfixia y muere “algo” en nosotros. Nietzsche inspiró la despiadada lucha de Hitler contra el pueblo judío que se materializa en Auschwitz. Es la masacre humana más brutal hasta que se generalizó el aborto legal en nuestros días.

***

Y es que el hombre es un ser religioso por naturaleza, y la oración expresa esa necesidad profunda de encontrar sentido a la propia existencia. Así lo afirmó el Papa Benedicto XVI durante la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro el miércoles 11 de mayo.

En la segunda catequesis de su recién comenzado ciclo sobre la oración, el Pontífice quiso profundizar en qué es la oración, que es mucho más que un rito o una fórmula. “Vivimos en una época en la que son evidentes los signos del secularismo. Parece que Dios haya desaparecido del horizonte de muchas personas o que se haya convertido en una realidad ante la cual se permanece indiferente”.

Sin embargo, al mismo tiempo, hay “muchos signos que nos indican un despertar del sentido religioso, un redescubrimiento de la importancia de Dios para la vida del hombre, una exigencia de espiritualidad, de superar una visión puramente horizontal, material, de la vida humana”. Citando el Catecismo de la Iglesia Católica, el Papa explicó que el hombre “es religioso por naturaleza”, y “siente la necesidad de encontrar una luz para dar respuesta a las preguntas que tienen que ver con el sentido profundo de la realidad; respuesta que no puede encontrar en sí mismo, en el progreso, en la ciencia empírica”.

“El hombre religioso no emerge sólo del mundo antiguo, sino que atraviesa toda la historia de la humanidad”, afirmó. “El hombre ‘digital’ así como el de las cavernas, busca en la experiencia religiosa las vías para superar su finitud y para asegurar su precaria aventura terrena”. El hombre espera de las diversas religiones “la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón”.

***

“El hombre lleva dentro de sí una sed del infinito, una nostalgia de la eternidad, una búsqueda de la belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo empujan hacia el Absoluto; el hombre lleva dentro el deseo de Dios. Y el hombre sabe, de algún modo, que puede dirigirse a Dios, que puede rezarle”.

Esta atracción del hombre hacia Dios, explicó el Papa, es algo “que Dios mismo ha puesto en el hombre”, y “es el alma de la oración, que se reviste de muchas formas y modalidades según la historia, el tiempo, el momento, la gracia y finalmente el pecado de cada uno de los que rezan”.

“La historia del hombre ha conocido, en efecto, variadas formas de oración, porque él ha desarrollado diversas modalidades de apertura hacia lo Alto y hacia el Más Allá, tanto que podemos reconocer la oración como una experiencia presente en toda religión y cultura”.

La oración como experiencia del hombre es “una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modo de estar frente a Dios, antes que de realizar actos de culto o pronunciar palabras”.

“La oración tiene su centro y fundamenta sus raíces en lo más profundo de la persona; por esto no es fácilmente descifrable y, por el mismo motivo, puede estar sujeta a malentendidos y mistificaciones”.

Por ello también, añadió.

Una expresión típica de la oración, explicó, es el gesto de ponerse de rodillas. “Es un gesto que lleva en sí mismo una radical ambivalencia: de hecho, puedo ser obligado a ponerme de rodillas -condición de indigencia y de esclavitud- o puedo arrodillarme espontáneamente, confesando mi límite y, por tanto, mi necesidad de Otro”.

“En este mirar a Otro, en este dirigirse ‘más allá’ está la esencia de la oración, como experiencia de una realidad que supera lo sensible y lo contingente”.

***

La oración cristiana, además, da un paso más allá. Dios ya no es un desconocido buscado a tientas, sino un Dios visible. “Sólo en el Dios que se revela encuentra su plena realización la búsqueda del hombre”.

En este sentido, la oración pasa a ser “la apertura y elevación del corazón a Dios; se convierte en una relación personal con Él”.

“A medida que Dios se revela, y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza. A través de palabras y de actos, tiene lugar un trance que compromete el corazón humano”.

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Es necesario aprender a rezar.

Es necesario aprender a rezar
Catequesis que el Papa Benedicto XVI ofreció durante la Audiencia General, celebrada en la Plaza de San Pedro.
Ciudad del Vaticano, miércoles 4 de mayo de 2011.

Queridos hermanos y hermanas,

 hoy quisiera iniciar una nueva serie de catequesis. Tras las catequesis sobre los Padres de la Iglesia, sobre los grandes teólogos de la Edad Media, sobre
las grandes mujeres, quisiera elegir ahora un tema muy importante para todos nosotros: es el tema de la oración, de manera específica la cristiana, es
decir, la oración que nos enseñó Jesús y que sigue enseñándonos la Iglesia. Es en Jesús, de hecho, donde el hombre se capacita para acercarse a Dios, con
la profundidad y la intimidad de la relación de paternidad y de filiación. Junto a los primeros discípulos, con humilde confianza nos dirigimos ahora al
Maestro y Le pedimos: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1).

 En las próximas catequesis, acercándonos a la Sagrada Escritura, a la gran tradición de los Padres de la Iglesia, a los Maestros de espiritualidad, a la
Liturgia, queremos aprender a vivir aún más intensamente nuestra relación con el Señor, casi una “Escuela de Oración”. Sabemos bien que, de hecho, la oración
no se da por descontado: es necesario aprender a rezar, casi adquiriendo de nuevo este arte; incluso los que están muy avanzados en la vida espiritual
sienten siempre la necesidad de entrar en la escuela de Jesús para aprender a rezar con autenticidad. Recibimos la primera lección del Señor a través de
Su ejemplo. Los Evangelios nos describen a Jesús en diálogo íntimo y constante con el Padre: es una comunión profunda de aquel que ha venido al mundo,
no para hacer su voluntad, sino la del Padre que lo ha enviado para la salvación del hombre.

 En esta primera catequesis, como introducción, querría proponer algunos ejemplos de oración presentes en las culturas antiguas, para revelar como, prácticamente
siempre y en todas partes se han dirigido a Dios.

 En el antiguo Egipto, por ejemplo, un hombre ciego, pidiendo a la divinidad que se le restituyese la vista, demuestra algo universalmente humano, como
la pura y simple oración de petición de quien se encuentra en el sufrimiento. Este hombre reza: “Mi corazón desea verte... Tú que me has hecho ver las
tinieblas, crea la luz para mí. ¡Que yo te vea! Inclina hacia mí tu rostro amado” (…) (A. Barucq – F. Daumas, Hymnes et prières de l’Egypte ancienne, Paris
1980, trad. it. en Preghiere dell’umanità, Brescia 1993, p. 30).

 En las religiones de Mesopotamia dominaba un sentido de culpa arcano y paralizador, no falto de la esperanza de la redención y liberación por parte de
Dios. Podemos apreciar así, esta súplica de parte de un creyente de aquellos antiguos cultos: “Oh Dios que eres indulgente incluso con las culpas más graves,
absuelve mi pecado... Mira Señor a tu siervo agotado, y sopla tu brisa sobre él: sin demora perdónale. Levanta tu severo castigo. Disueltos estos lazos,
permite que yo vuelva a respirar; rompe mis cadenas, libérame de mis ataduras” (M.-J. Seux, Hymnes et prières aux Dieux de Babylone et d’Assyrie, Paris
1976, trad. it. in Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 37). Son expresiones que demuestran como el hombre, en su búsqueda de Dios, ha intuido, aunque
confusamente, su culpa por una parte y también aspectos de misericordia y de bondad divinas. Dentro de la religión pagana de la Antigua Grecia, se asiste
a una evolución muy significativa: las oraciones, aunque continúan invocando la ayuda divina para obtener el favor celestial en todas las circunstancias
de la vida cotidiana y para conseguir beneficios materiales, se dirigen progresivamente a peticiones más desinteresadas, que consienten al hombre creyente,
profundizar en su relación con Dios y mejorar. Por ejemplo, el gran filósofo Platón relata una oración de su maestro Sócrates, considerado justamente uno
de los fundadores del pensamiento occidental. Oraba así Sócrates: “Haced que yo sea hermoso por dentro. Que yo considere rico a quien es sabio, y que posea
de dinero sólo cuanto pueda tomar y llevar el sabio. No pido más” (Obras I. Fedro 279c, trad. it. P. Pucci, Bari 1966). Querría ser sobre todo hermoso
por dentro y sabio, no rico en dinero.

 En aquellas obras maestras de la literatura de todos los tiempos que son las tragedias griegas, todavía hoy, después de veinticinco siglos, leídas, meditadas
y representadas, contiene oraciones que expresan el deseo de conocer a Dios y de adorar su majestad. Una de estas recita así: “Sostén de la tierra, que
sobre la tierra tienes tu sede, seas quien seas, es difícil saberlo, Zeus, sea tu ley por naturaleza o por pensamiento de los mortales, a ti me dirijo:
ya que tu, procediendo por caminos silenciosos, guías las vicisitudes humanas según justicia" (Eurípides, Troiane, 884-886, trad. it. G. Mancini, en Preghiere
dell’umanità, op. Cit., p. 54). Dios siguen siendo un poco nebuloso y sin embargo el hombre conoce a este Dios desconocido y reza a aquel que guía los
caminos de la tierra.

 También los romanos, que constituyeron aquel gran imperio en el que nació y se difundió, en gran parte, el Cristianismo de los orígenes, la oración, aunque
se asociaba a una concepción utilitaria y fundamentalmente ligada a la petición de la protección divina sobre la comunidad civil, se abre a veces, a invocaciones
admirables por el fervor de la piedad personal, que se transforma en alabanza y agradecimiento. De esto es testigo un autor de la África romana del siglo
II después de Cristo, Apuleyo. En sus escritos manifiesta la insatisfacción de sus contemporáneos hacia la religión tradicional y el deseo de una relación
más auténtica con Dios. En su obra maestra, titulada Las metamorfosis, un creyente se dirige a una divinidad femenina con estas palabras: "Tu sí que eres
santa, tu eres en todo tiempo salvadora de la especie humana, tu, en tu generosidad, ofreces siempre auxilio a los mortales, tu ofreces a los miserables
en aprietos el dulce afecto que puede tener una madre. Ni día ni noche ni momento alguno, por breve que sea, pasa sin que tú lo colmes de tus beneficios"
(Apuleyo de Madaura, Metamorfosis IX, 25, trad. it. C. Annaratone, en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 79).

 En el mismo periodo, el emperador Marco Aurelio -que también era un filósofo que pensaba en la condición humana- afirma la necesidad de rezar para establecer
una cooperación fructífera entre acción divina y acción humana. Escribe en sus Recuerdos: “¿Quién te ha dicho que los dioses no nos ayuden también en lo
que depende de nosotros? Comienza a rezarles y verás” (Dictionnaire de Spiritualitè XII/2, col. 2213). Este consejo del emperador filósofo fue, efectivamente,
puesto en práctica por innumerables generaciones de hombres antes de Cristo, demostrando que la vida humana sin la oración, que abre nuestra existencia
al misterio de Dios, se queda sin sentido y privada de referencias. En toda oración, de hecho, se expresa siempre la verdad de la criatura humana, que
experimenta por una parte debilidad e indigencia, y por esto, pide ayuda al Cielo, y por la otra está dotada de una dignidad extraordinaria, porque se
prepara a acoger la Revelación divina, se descubre capaz de entrar en comunión con Dios.

 Queridos amigos, en estos ejemplos de oración de las distintas épocas y civilizaciones, surge la conciencia del ser humano de su condición de criatura
y de su dependencia de Otro, que es superior a él y fuente de todo bien. El hombre de todos los tiempos reza porque no puede hacer otra cosa que preguntarse
cual es el sentido de su existencia, que permanece oscuro y descorazonador, si no se pone en relación con el misterio de Dios y de su diseño sobre el mundo.
La vida humana es una mezcla del bien y del mal, de sufrimiento inmerecido y de la alegría y belleza, que espontánea e irresistiblemente nos empuja a pedir
a Dios la luz y la fuerza interior que nos socorra en la tierra y se abra a una esperanza que va más allá de los confines de la muerte. Las religiones
paganas siguen siendo una invocación que desde la tierra espera una palabra del Cielo. Uno de los últimos grandes filósofos paganos, que vivió ya en plena
época cristiana, Proclo de Costantinopla, da voz a esta espera, diciendo: “Incognoscible, nadie te contiene. Todo lo que pensamos te pertenece. Son tuyos
nuestros males y nuestros bienes, de ti cada hálito nuestro depende, oh Inefable, que nuestras almas sienten presente, elevándote un himno de silencio"
(Hymni, ed. E. Vogt, Wiesbaden 1957, en Preghiere dell’umanità, op. cit., p. 61).

 En los ejemplos de oración de las distintas culturas, que hemos considerado, podemos ver un testimonio de la dimensión religiosa y del deseo de Dios inscrito
en el corazón de todo hombre, que se realiza completamente y llega a su plena expresión en el Antiguo y Nuevo Testamento. La Revelación, de hecho, purifica
y lleva a su plenitud el original anhelo del hombre de Dios, ofreciéndole, en la oración, la posibilidad de una relación más profunda con el Padre celeste.

 En el inicio de nuestro camino en la Escuela de Oración, queremos ahora pedir al Señor que ilumine nuestra mente y nuestro corazón, para que la relación
con Él en la oración sea siempre más intensa, con un afecto constante. Y de nuevo Le decimos: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). ¡Gracias!
(
Envío de Josep Puig
jesucrist@jesucrist.jazztel.es
http://www.fluvium.org
).

La oracion cristiana: encuentro de dos libertades.

LA ORACIÓN CRISTIANA:
ENCUENTRO DE DOS LIBERTADES

 

I
INTRODUCCIÓN

1. El deseo de aprender a rezar de modo auténtico y profundo está vivo en
muchos cristianos de nuestro tiempo, a pesar de las no pocas dificultades que la cultura
moderna pone a las conocidas exigencias de silencio, recogimiento y oración. El interés que
han suscitado en estos años diversas formas de meditación ligadas a algunas religiones
orientales y a sus peculiares modos de oración, aún entre los cristianos, es un signo no
pequeño de esta necesidad de recogimiento espiritual y de profundo contacto con el
misterio divino. Sin embargo, frente a este fenómeno, también se siente en muchos sitios la
necesidad de unos criterios seguros de carácter doctrinal y pastoral que permitan educar en
la oración, en cualquiera de sus manifestaciones, permaneciendo en la luz de la verdad,
revelada en Jesús, que nos llega a través de la genuina tradición de la Iglesia. La presente
Carta intenta responder a esta necesidad, para que la pluralidad de formas de oración,
algunas de ellas nuevas, nunca haga perder de vista su precisa naturaleza, personal y
comunitaria, en las diversas Iglesias particulares. Estas indicaciones se dirigen en primer
lugar a los Obispos, a fin de que las hagan objeto de su solicitud pastoral en las Iglesias que
les han sido confiadas y, de esta manera, se convoque a todo el pueblo de Dios
—sacerdotes. religiosos y laicos— para que, con renovado vigor, oren al Padre mediante el
Espíritu de Cristo nuestro Señor.

2. El contacto siempre más frecuente con otras religiones y con sus diferentes
estilos y métodos de oración ha llevado a que muchos fieles, en los últimos decenios, se
interroguen sobre el valor que pueden tener para los cristianos formas de meditación no
cristianas. La pregunta se refiere, sobre todo, a los métodos orientales (1). Actualmente
algunos recurren a tales métodos por motivos terapéuticos: la inquietud espiritual de una
vida sometida al ritmo sofocante de la sociedad tecnológicamente avanzada, impulsa
también a un cierto número de cristianos a buscar en ellos el camino de la calma interior y del equilibrio
psíquico. Este aspecto psicológico no será considerado en la presente Carta, que más bien
desea mostrar las implicaciones teológicas y espirituales de la cuestión. Otros cristianos, en
la línea del movimiento de apertura e intercambio con religiones y culturas diversas, piensan
que su misma oración puede ganar mucho con esos métodos. Al observar que no pocos
métodos tradicionales de meditación, peculiares del cristianismo, en tiempos recientes han
caído en desuso, éstos se preguntan: ¿no se podría enriquecer nuestro patrimonio, a través
de una nueva educación en la oración, incorporando también elementos que hasta ahora
eran extraños?

3. Para responder a esta pregunta, es necesario, ante todo, considerar, aunque sea a
grandes rasgos, en qué consiste la naturaleza íntima de la oración cristiana, para ver luego
si puede ser enriquecida con métodos de meditación nacidos en el contexto de religiones y
culturas diversas y cómo se puede hacer. Para iniciar esta consideración se debe formular,
en primer lugar, una premisa imprescindible: la oración cristiana está siempre determinada
por la estructura de la fe cristiana, en la que resplandece la verdad misma de Dios y de la
criatura. Por eso se configura, propiamente hablando, como un diálogo personal, íntimo y
profundo, entre el hombre y Dios. La oración cristiana expresa, pues, la comunión de las
criaturas redimidas con la vida íntima de las Personas trinitarias. En esta comunión, que se
funda en el bautismo y en la eucaristía, fuente y culmen de la vida de Iglesia, se encuentra
contenida una actitud de conversión, un éxodo del yo del hombre hacia el Tú de Dios. La
oración cristiana es siempre auténticamente personal, individual y al mismo tiempo
comunitaria; rehuye técnicas impersonales o centradas en el yo, capaces de producir
automatismos en los cuales, quien la realiza, queda prisionero de un espiritualismo intimista,
incapaz de una apertura libre al Dios trascendente. En la Iglesia, la búsqueda legítima de
nuevos métodos de meditación deberá siempre tener presente que el encuentro de dos
libertades, la infinita de Dios con la finita del hombre, es esencial para una oración
auténticamente cristiana.


II
LA ORACIÓN CRISTIANA A LA LUZ DE LA REVELACIÓN

4. La misma Biblia enseña cómo debe rezar el hombre que recibe la revelación bíblica.
En el Antiguo Testamento se encuentra una maravillosa colección de oraciones, mantenida
viva a lo largo de los siglos en la Iglesia de Jesucristo, que se ha convertido en la base de
la oración oficial: el Libro de los Salmos o Salterio (2). Oraciones del tipo de los Salmos
aparecen ya en textos más antiguos o resuenan en aquellos más recientes del Antiguo
Testamento (3). Las oraciones del Libro de los Salmos narran sobre todo las grandes obras
de Dios con el pueblo elegido. Israel medita, contempla y hace de nuevo presentes las
maravillas de Dios, recordándolas a través de la oración.
En la revelación bíblica, Israel llega a reconocer y alabar a Dios presente en toda la
creación y en el destino de cada hombre. Le invoca, por ejemplo, como auxiliador en el
peligro y en la enfermedad, en la persecución y en la tribulación. Por último. siempre a la luz
de sus obras salvíficas, le alaba en su divino poder y bondad, en su justicia y misericordia,
en su infinita majestad.

5. En el Nuevo Testamento, la fe reconoce en Jesucristo —gracias a sus palabras, a sus
obras, a su Pasión y Resurrección— la definitiva autorrevelación de Dios, la Palabra
encarnada que revela las profundidades más íntimas de su amor. El Espíritu Santo hace
penetrar en estas profundidades de Dios: enviado en el corazón de los creyentes, «todo lo
sondea, hasta las profundidades de Dios» (I Cor 2, 10). El Espíritu, según la promesa de
Jesús a los discípulos, explicará todo lo que Cristo no podía decirles todavía. Pero el
Espíritu «no hablará por su cuenta... sino que me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os
lo comunicará a vosotros» (Jn 16, 13 s.). Lo que Jesús llama aquí «suyo» es, como explica
a continuación, también de Dios Padre, porque «todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso
he dicho: Recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros» (Jn 16, 15).
Los autores del Nuevo Testamento, con pleno conocimiento, han hablado siempre de la
revelación de Dios en Cristo dentro de una visión iluminada por el Espíritu Santo. Los
Evangelios sinópticos narran las obras y las palabras de Jesucristo sobre la base de una
comprensión más profunda, adquirida después de la Pascua, de lo que los discípulos
habían visto y oído; todo el Evangelio de Juan está iluminado por la contemplación de Aquel
que, desde el principio, es el Verbo de Dios hecho carne: Pablo, al que Jesús se apareció
en el camino de Damasco en su majestad divina, intenta educar a los fieles para que
«podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la
profundidad (del Misterio de Cristo) y conocer el amor de Cristo, que excede a todo
conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios» (Ef 3, 18 s.).
Para Pablo el «Misterio de Dios es Cristo, en el cual están ocultos todos los tesoros de la
sabiduría y de la ciencia» (Col 2. 3) y —precisa el Apóstol—: «Os digo esto para que nadie
os seduzca con discursos capciosos» (v. 4).

6. Existe, por tanto, una estrecha relación entre la revelación y la oración. La
Constitución dogmática Dei Verbum nos enseña que, mediante su revelación, Dios
invisible, «movido de amor, habla a los hombres como amigos (cfr. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15),
trata con ellos (cfr. Bar 3. 38) para invitarlos y recibirlos en su compañía» (4).
Esta revelación se ha realizado a través de palabras y de obras que remiten siempre,
recíprocamente, las unas a las otras; desde el principio y de continuo todo converge hacia
Cristo. plenitud de la revelación y de la gracia, y hacia el don del Espíritu Santo. Este hace
al hombre capaz de recibir y contemplar las palabras y las obras de Dios, y de darle gracias
y adorarle, en la asamblea de los fieles y en la intimidad del propio corazón iluminado por la
gracia.
Por este motivo la Iglesia recomienda siempre la lectura de la Palabra de Dios como
fuente de la oración cristiana; al mismo tiempo, exhorta a descubrir el sentido profundo de la
Sagrada Escritura mediante la oración «para que se realice el diálogo de Dios con el
hombre, pues "a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus
palabras''» (5).


7. De cuanto se ha recordado derivan de inmediato algunas consecuencias. Si la oración
del cristiano debe inserirse en el movimiento trinitario de Dios, también su contenido
esencial deberá necesariamente estar determinado por la doble dirección de ese
movimiento: en el Espíritu Santo, el Hijo viene al mundo para reconciliarlo con el Padre, a
través de sus obras y de sus sufrimientos; por otro lado, en el mismo movimiento y en el
mismo Espíritu, el Hijo encarnado vuelve al Padre, cumpliendo su voluntad mediante la
Pasión y la Resurrección. El «Padre nuestro», la oración de Jesús, indica claramente la
unidad de este movimiento: la voluntad del Padre debe realizarse en la tierra como en el
cielo (las peticiones de pan, de perdón. de protección, explicitan las dimensiones
fundamentales de la voluntad de Dios hacia nosotros) para que una nueva tierra viva y
crezca en la Jerusalén celestial.
La oración de Jesús (6) ha sido entregada a la Iglesia («así debéis rezar vosotros», Mt 6,
9); por esto, la oración cristiana, incluso hecha en soledad, tiene lugar siempre dentro de
aquella «comunión de los santos» en la cual y con la cual se reza, tanto en forma pública y
litúrgica como en forma privada. Por tanto, debe realizarse siempre en el espíritu auténtico
de la Iglesia en oración y, como consecuencia, bajo su guía, que puede concretarse a
veces en una dirección espiritual experimentada. El cristiano, también cuando está solo y
ora en secreto, tiene la convicción de rezar siempre en unión con Cristo, en el Espíritu
Santo, junto con todos los santos para el bien de la Iglesia (7).



III
MODOS ERRÓNEOS DE HACER ORACIÓN


8. Ya en los primeros siglos se insinuaron en la Iglesia modos erróneos de hacer oración,
de los cuales se encuentran trazas en algunos textos del Nuevo Testamento (cfr. I Jo 4, 3; 1
Tm 1, 3-7 y 4, 3-4). Poco después aparecen dos desviaciones fundamentales de las que se
ocuparon los Padres de la Iglesia: la pseudognosis y el mesalianismo. De esa primitiva
experiencia cristiana y de la actitud de los Padres se puede aprender mucho para afrontar
la problemática contemporánea.
Contra la desviación de la pseudognosis (8), los Padres afirman que la materia ha sido
creada por Dios y, como tal, no es mala. Además sostienen que la gracia, cuyo principio es
siempre el Espíritu Santo, no es un bien propio del alma, sino que debe implorarse a Dios
como don. Por esto, la iluminación o conocimiento superior del Espíritu —«gnosis»— no
hace superflua la fe cristiana. Por último, para los Padres, el signo auténtico de un
conocimiento superior, fruto de la oración, es siempre el amor cristiano.

9. Si la perfección de la oración cristiana no puede valorarse por la sublimidad del
conocimiento gnóstico, tampoco puede serlo en relación con la experiencia de lo divino,
como propone el mesalianismo (9). Los falsos carismáticos del siglo IV identificaban la
gracia del Espíritu Santo con la experiencia psicológica de su presencia en el alma. Contra
éstos, los Padres insistieron en que la unión del alma orante con Dios tiene lugar en el
misterio; en particular, por medio de los sacramentos de la Iglesia. Esta unión puede
realizarse también a través de experiencias de aflicción e incluso de desolación.
Contrariamente a la opinión de los mesalianos, éstas no son necesariamente un signo de
que el Espíritu ha abandonado el alma. Como siempre han reconocido los maestros
espirituales, pueden ser en cambio una participación auténtica del estado de abandono de
Nuestro Señor en la Cruz, el cual permanece siempre como Modelo y Mediador de la
oración (10).

10. Ambas formas de error continúan siendo una tentación para el hombre pecador. Le
instigan a tratar de suprimir la distancia que separa la criatura del Creador, como algo que
no debería existir; a considerar el camino de Cristo sobre la tierra —por el que El nos quiere
conducir al Padre— como una realidad superada; a degradar al nivel de la psicología
natural —como «conocimiento superior» o «experiencia»— lo que debe ser considerado
como pura gracia.
Estas formas erróneas, que resurgen esporádicamente a lo largo de la historia al margen
de la oración de la Iglesia, parecen hoy impresionar nuevamente a muchos cristianos, que
se entregan a ellas como remedio —psicológico o espiritual— y como rápido procedimiento
para encontrar a Dios (11).

11. Pero estas formas erróneas, donde quiera que surjan, pueden ser diagnosticadas de
modo muy sencillo. La meditación cristiana busca captar, en las obras salvíficas de Dios, en
Cristo —Verbo Encarnado— y en el don de su Espíritu, la profundidad divina, que allí se
revela siempre a través de la dimensión humano-terrena. Por el contrario, en aquellos
métodos de meditación, incluso cuando se parte de palabras y hechos de Jesús, se busca
prescindir lo más posible de lo que es terreno, sensible y conceptualmente limitado, para
subir o sumergirse en la esfera de lo divino, que, en cuanto tal, no es ni terrestre, ni
sensible, ni conceptualizable (12). Esta tendencia, presente ya en la tardía religiosidad
griega —sobre todo en el «neoplatonismo»—, se vuelve a encontrar en la base de la
inspiración religiosa de muchos pueblos, enseguida que reconocen el carácter precario de
sus representaciones de lo divino y de sus tentativas de acercarse a él.

12. Con la actual difusión de los métodos orientales de meditación en el mundo cristiano
y en las comunidades eclesiales, nos encontramos de frente a una aguda renovación del
intento, no exento de riesgos y errores, de fundir la meditación cristiana con la no cristiana.
Las propuestas en este sentido son numerosas y más o menos radicales: algunas utilizan
métodos orientales con el único fin de conseguir la preparación psicofísica para una
contemplación realmente cristiana; otras van más allá y buscan originar, con diversas
técnicas, experiencias espirituales análogas a las que se mencionan en los escritos de
ciertos místicos católicos (13); otras incluso no temen colocar aquel absoluto sin imágenes
y conceptos, propio de la teoría budista (14), en el mismo plano de la majestad de Dios,
revelada en Cristo, que se eleva por encima de la realidad finita. Para tal fin se sirven de
una «teología negativa» que supera cualquier afirmación que tenga algún contenido sobre
Dios, negando que las cosas del mundo puedan ser una señal que remita a la infinitud de
Dios. Por esto, proponen abandonar no sólo la meditación de las obras salvíficas que el
Dios de la Antigua y Nueva Alianza ha realizado en la historia, sino también la misma idea
de Dios, Uno y Trino, que es Amor, en favor de una inmersión «en el abismo indeterminado
de la divinidad» (15).
Estas propuestas u otras análogas de armonización entre meditación cristiana y técnicas
orientales deberán ser continuamente cribadas con un cuidadoso discernimiento de
contenidos y de método, para evitar la caída de un pernicioso sincretismo.



IV
EL CAMINO CRISTIANO DE LA UNIÓN CON DIOS

13. Para encontrar el justo «camino» de la oración, el cristiano debe considerar lo que se
ha dicho precedentemente a propósito de los rasgos relevantes del camino de Cristo, cuyo
«alimento es hacer la voluntad del que (le) ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34).
Esta es la unión más estrecha e íntima —traducida continuamente en oración profunda—
que Jesús vive con su Padre. La voluntad del Padre le envía a los hombres, a los
pecadores; más aún, a los que le matarán. Y la forma de estar más íntimamente unido al
Padre es obedecer a esa voluntad. Sin embargo, eso de ninguna manera impide que, en el
camino terreno, se retire también a la soledad para orar, para unirse al Padre y recibir de El
nuevo vigor para su misión en el mundo. Sobre el Tabor, donde su unión con el Padre
aparece de manera manifiesta, se evoca su Pasión (cfr. Lc 9, 31) y allí ni siquiera se
considera la posibilidad de permanecer en «tres tiendas» sobre el monte de la
Transfiguración. Toda oración contemplativa cristiana remite constantemente al amor del
prójimo, a la acción y a la pasión, y, precisamente de esa manera, acerca más a Dios.

14. Para aproximarse a ese misterio de la unión con Dios. que los Padres griegos
llamaban divinización del hombre, y para comprender con precisión las modalidades en que
se realiza, es preciso, ante todo, tener presente que el hombre es esencialmente criatura
(16) y como tal permanece para siempre, de tal forma que nunca será posible una
absorción del yo humano en el Yo divino, ni siquiera en los más altos estados de gracia.
Pero se debe reconocer que la persona humana es creada «a imagen y semejanza» de
Dios, y el arquetipo de esta imagen es el Hijo de Dios, en el cual y para el cual hemos sido
creados (cfr. Col 1, 16). Ahora bien, este arquetipo nos descubre el más grande y bello
misterio cristiano: el Hijo es desde la eternidad «otro» respecto al Padre y, sin embargo, en
el Espíritu Santo, es «de la misma naturaleza»: por consiguiente, el hecho de que haya una
alteridad no es un mal, sino más bien el máximo de los bienes. Hay alteridad en Dios
mismo, que es una sola naturaleza en Tres Personas, y hay alteridad entre Dios y la
criatura, que son por naturaleza diferentes. Finalmente en la sagrada eucaristía, como
también en los otros sacramentos —y análogamente en sus obras y palabras— Cristo se
nos da a sí mismo y nos hace partícipes de su naturaleza divina (17), sin, por otro lado,
suprimir nuestra naturaleza creada, de la que él mismo participa con su encarnación.

15. Si se consideran en conjunto estas verdades, se descubre, con gran sorpresa, que
en la realidad cristiana se cumplen, por encima de cualquier medida, todas las aspiraciones
presentes en la oración de las otras religiones, sin que, como consecuencia, el yo personal
y su condición de criatura se anulen y desaparezca en el mar del Absoluto. «Dios es Amor»
(I Jn 4, 8): esta afirmación profundamente cristiana puede conciliar la unión perfecta con la
alteridad entre amante y amado, el eterno intercambio con el eterno diálogo. Dios mismo es
este eterno intercambio, y nosotros podemos verdaderamente convertirnos en partícipes de
Cristo, como «hijos adoptivos», y gritar con el Hijo en el Espíritu Santo: «Abba, Padre». En
este sentido, los Padres tienen toda la razón al hablar de divinización del hombre que,
incorporado a Cristo Hijo de Dios por naturaleza, se hace, por su gracia, partícipe de la
naturaleza divina, «hijo en el Hijo». El cristiano, al recibir al Espíritu Santo, glorifica al Padre
y participa realmente de la vida trinitaria de Dios.



V
CUESTIONES DE MÉTODO

16. La mayor parte de las grandes religiones que han buscado la unión con Dios en la
oración, han indicado también caminos para conseguirla. Como «la Iglesia Católica nada
rechaza de lo que, en estas religiones, hay de verdadero y santo» (18), no se deberían
despreciar sin previa consideración estas indicaciones, por el mero hecho de no ser
cristianas. Se podrá al contrario tomar de ellas lo que tienen de útil, a condición de no
perder nunca de vista la concepción cristiana de la oración, su lógica y sus exigencias,
porque sólo dentro de esta totalidad esos fragmentos podrán ser reformados e incluidos.
Entre éstos, se puede enumerar en primer lugar la humilde aceptación de un maestro
experimentado en la vida de oración y que conozca sus normas; de esto se ha tenido
siempre conciencia en la experiencia cristiana desde los tiempos antiguos, ya en la época
de los Padres del desierto. Este maestro, experto en el «sentire cum ecclesia», debe no
sólo dirigir y llamar la atención sobre ciertos peligros, sino también, como «padre
espiritual», introducir de manera viva, de corazón a corazón, en la vida de oración, que es
don del Espíritu Santo.

17. El tardío clasicismo no cristiano distinguía tres estados en la vida de perfección: las
vías de la purificación, de la iluminación y de la unión. Esta doctrina ha servido de modelo
para muchas escuelas de espiritualidad cristiana. Este esquema, en sí mismo válido,
necesita sin embargo algunas precisiones que permitan su correcta interpretación cristiana,
evitando peligrosos malentendidos.

18. LBT/ABNEGACIÓN   Purifica-ilumina-union

La búsqueda de Dios mediante la oración debe ser precedida
y acompañada de la ascesis y de la purificación de los propios pecados y errores, porque,
según la palabra de Jesús, solamente «los limpios de corazón verán a Dios» (Mt 5, 8). El
Evangelio señala, sobre todo, una purificación moral de la falta de verdad y de amor y,
sobre un plano más profundo, de todos los instintos egoístas que impiden al hombre
reconocer y aceptar la voluntad de Dios en toda su integridad. En contra de lo que
pensaban los estoicos y neoplatónicos, las pasiones no son, en si mismas, negativas; es
negativa su tendencia egoísta y, por tanto, el cristiano debe liberarse de ella para llegar a
aquel estado de libertad positiva que el clasicismo cristiano llama «apatheia», el Medioevo
«impassibilitas» y los Ejercicios Espirituales ignacianos «indiferencia» (19).
Esto es imposible sin una radical abnegación, como se ve también en San Pablo que usa
abiertamente la palabra «mortificación» (de las tendencias pecaminosas) (20). Sólo esta
abnegación hace al hombre libre para realizar la voluntad de Dios y participar en la libertad
del Espíritu Santo.

19. Por consiguiente, la doctrina de aquellos maestros que recomiendan «vaciar» el
espíritu de toda representación sensible y de todo concepto, deberá ser correctamente
interpretada, manteniendo, sin embargo, una actitud de amorosa atención a Dios, de tal
forma que permanezca, en la persona que hace oración, un vacío susceptible de llenarse
con la riqueza divina. El vacío que Dios necesita es la renuncia al propio egoísmo, no
necesariamente la renuncia a las cosas creadas que nos ha dado y entre las cuales nos ha
colocado. No hay duda de que en la oración hay que concentrarse enteramente en Dios y
excluir lo más posible aquellas cosas de este mundo que nos encadenan a nuestro
egoísmo. En este punto San Agustín es un maestro insigne. Si quieres encontrar a Dios,
dice, abandona el mundo exterior y entra en ti mismo. Sin embargo, prosigue, no te quedes
allí, sino sube por encima de ti mismo, porque tú no eres Dios: El es más profundo y grande
que tú. «Busco en mi alma su sustancia y no la encuentro; sin embargo, he meditado en la
búsqueda de Dios y, empujado hacia El a través de las cosas creadas, he intentado
conocer sus "perfecciones invisibles" (Rm 1, 20)» (21). «Quedarse en sí mismo»: he aquí el
verdadero peligro. El gran Doctor de la Iglesia recomienda concentrarse en sí mismo, pero
también trascender el yo que no es Dios, sino sólo una criatura. Dios es «interior intimo
meo, et superior summo meo» (22). Efectivamente, Dios está en nosotros y con nosotros,
pero nos trasciende en su misterio (23).


20. Desde el punto de vista dogmático, es imposible llegar al amor perfecto de Dios si se
prescinde de su autodonación en el Hijo encarnado, crucificado y resucitado. En El, bajo la
acción del Espíritu Santo, participamos, por pura gracia, de la vida intradivina. Cuando
Jesús dice: «El que me ha visto a mi ha visto al Padre» (Jn 14, 9), no se refiere
simplemente a la visión y al conocimiento exterior de su figura humana («la carne no sirve
para nada», Jn 6, 63). Lo que entiende con ello es más bien un «ver» hecho posible por la
gracia de la fe: ver a través de la manifestación sensible de Jesús lo que éste, como Verbo
del Padre, quiere verdaderamente mostrarnos de Dios [«El Espíritu es el que da la vida (...);
las palabras que os he dicho son espíritu y vida», ibid.]. En este «ver» no se trata de la
abstracción puramente humana («ab-stractio») de la figura en la que Dios se ha revelado,
sino de captar la realidad divina en la figura humana de Jesús, de captar su dimensión
divina y eterna en su temporalidad. Como dice S. Ignacio en los Ejercicios Espirituales,
deberíamos intentar captar «la infinita suavidad y dulzura de la divinidad» (n. 124),
partiendo de la finita verdad revelada en la que habíamos comenzado. Mientras nos eleva,
Dios es libre de «vaciarnos» de todo lo que nos ata en este mundo, de atraernos
completamente a la vida trinitaria de su amor eterno. Sin embargo, este don puede ser
concedido sólo «en Cristo a través del Espíritu Santo» y no por nuestras propias fuerzas,
prescindiendo de su revelación.


21. En el camino de la vida cristiana después de la purificación sigue la iluminación
mediante el amor que el Padre nos da en el Hijo y la unción que de El recibimos en el
Espíritu Santo (cfr. 1 Jn 2, 20).
Desde la antigüedad cristiana se hace referencia a la «iluminación» recibida en el
bautismo. Esta introduce a los fieles, iniciados en los divinos misterios, en el conocimiento
de Cristo, mediante la fe que opera por medio de la caridad. Es más, algunos escritores
eclesiásticos hablan explícitamente de la iluminación recibida en el bautismo como
fundamento de aquel sublime conocimiento de Cristo Jesús (cfr. Flp 3, 8) que viene de
definido como «theoria» o contemplación (24).
Los fieles, con la gracia del bautismo, están llamados a progresar en el conocimiento y
en el testimonio de las verdades de la fe, cuando «comprenden internamente los misterios
que viven» (25). Ninguna luz divina hace que las verdades de la fe queden superadas. Por
el contrario, las eventuales gracias de iluminación que Dios pueda conceder ayudan a
aclarar la dimensión más profunda de los misterios confesados y celebrados por la Iglesia,
en espera de que el cristiano pueda contemplar a Dios en la gloria tal y como es (cfr. I Jn 3,
2).

22. Finalmente, el cristiano que hace oración puede llegar, si Dios lo quiere, a una
experiencia particular de unión. Los sacramentos, sobre todo el bautismo y la eucaristía
(26), son el comienzo objetivo de la unión del cristiano con Dios. Sobre este fundamento,
por una especial gracia del Espíritu, quien ora puede ser llamado a aquel particular tipo de
unión con Dios que, en el ámbito cristiano, viene calificado como mística.

23. MÍSTICA/DON-TÉCNICA: Ciertamente el cristiano tiene necesidad de determinados
tiempos de retiro en la soledad para recogerse y encontrar cerca de Dios, su camino. Pero,
dado su carácter de criatura, y de criatura consciente de no estar seguro sino por la gracia,
su modo de acercarse a Dios no se fundamenta en una técnica en el sentido estricto de la
palabra. Esto iría en contra del espíritu de infancia exigido por el Evangelio. La auténtica
mística cristiana nada tiene que ver con la técnica: es siempre un don de Dios, cuyo
beneficiario se siente indigno (27).

24. Hay determinadas gracias místicas —por ejemplo, las conferidas a los fundadores de
instituciones eclesiales en favor de toda su fundación, así como a otros santos—, que
caracterizan su peculiar experiencia de oración y no pueden, como tales ser objeto de
imitación y aspiración para otros fieles, aunque pertenezcan a la misma institución y estén
deseosos de una oración siempre más perfecta (28). Pueden existir diversos niveles y
modalidades de participación en la experiencia de oración de un fundador, sin que a todos
deba ser conferida con idénticas características. Por otra parte, la experiencia de oración,
que ocupa un puesto privilegiado en todas las instituciones auténticamente eclesiales
antiguas y modernas, constituye siempre, en último término, algo personal. Y es a la
persona a quien Dios da su gracia en vista de la oración.

25. A propósito de la mística, se debe distinguir entre los dones del Espíritu Santo y los
carismas concedidos en modo totalmente libre por Dios. Los primeros son algo que todo
cristiano puede reavivar en sí mismo a través de una vida solícita de fe, de esperanza y de
caridad y, de esa manera, llegar a una cierta experiencia de Dios y de los contenidos de la
fe, por medio de una seria ascesis. En cuanto a los carismas, S. Pablo dice que existen
sobre todo en favor de la Iglesia, de los otros miembros del Cuerpo místico de Cristo (cfr. I
Cor 12, 7). Al respecto hay que recordar, por una parte, que los carismas no se pueden
identificar con los dones extraordinarios —«místicos»— (cfr. Rm 12, 3-21); por otra, que la
distinción entre «dones del Espíritu Santo» y «carismas» no es tan estricta. Un carisma
fecundo para la Iglesia no puede ejercitarse, en el ámbito neotestamentario, sin un
determinado grado de perfección personal; por otra parte, todo cristiano «vivo» posee una
tarea peculiar —y en este sentido un «carisma»— «para la edificación del Cuerpo de
Cristo» (cfr. Ef 4, 15-16) (29), en comunión con la Jerarquía, a la cual «compete ante todo
no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno» (LG n. 12).



VI
MÉTODOS PSICOFÍSICOS-CORPÓREOS

26. La experiencia humana demuestra que la posición y la actitud del cuerpo no dejan de
tener influencia sobre el recogimiento y la disposición del espíritu. Esto constituye un dato
al que han prestado atención algunos escritores espirituales del Oriente y del Occidente
cristiano.
Sus reflexiones, aun presentando puntos en común con los métodos orientales no
cristianos de meditación, evitan aquellas exageraciones o visiones unilaterales que, en
cambio, con frecuencia se proponen hoy en día a personas insuficientemente preparadas.
Los autores espirituales han adoptado aquellos elementos que facilitan el recogimiento
en la oración, reconociendo al mismo tiempo su valor relativo: son útiles si se conforman y
se orientan a la finalidad de la oración cristiana (30). Por ejemplo, el ayuno cristiano posee
ante todo el significado de un ejercicio de penitencia y de sacrificio, pero, ya para los
Padres, estaba también orientado a hacer más disponible al hombre para el encuentro con
Dios y al cristiano más capaz de dominio de si mismo y, simultáneamente, más atento a los
hermanos necesitados.
En la oración el hombre entero debe entrar en relación con Dios y, por consiguiente,
también su cuerpo debe adoptar la postura más propicia al recogimiento (31). Tal posición
puede expresar simbólicamente la misma oración, variando según las culturas y la
sensibilidad personal. En algunos lugares, los cristianos están adquiriendo hoy una mayor
conciencia de cómo puede favorecer la oración una determinada actitud del cuerpo.

27. La meditación cristiana del Oriente (32) ha valorizado el simbolismo psicofísico, que a
menudo falta en la oración del Occidente. Este simbolismo puede ir desde una determinada
actitud corpórea hasta las funciones vitales fundamentales, como la respiración o el latido
cardíaco. El ejercicio de la «oración a Jesús», por ejemplo, que se adapta al ritmo
respiratorio natural, puede —al menos por un cierto tiempo— servir de ayuda real para
muchos (33). Por otra parte, los mismos maestros orientales han constatado también que
no todos son igualmente idóneos para hacer uso de este simbolismo, porque no todas las
personas están en condiciones de pasar del signo material a la realidad espiritual que se
busca. El simbolismo, comprendido en modo inadecuado e incorrecto, puede incluso
convertirse en un ídolo y. como consecuencia, en un impedimento para la elevación del
espíritu a Dios. Vivir en el ámbito de la oración toda la realidad del propio cuerpo como
símbolo es todavía más difícil: puede degenerar en un culto al mismo y hacer que se
identifiquen subrepticiamente todas sus sensaciones con experiencias espirituales.

28. Algunos ejercicios físicos producen automáticamente sensaciones de
quietud o de distensión, sentimientos gratificantes y, quizá, hasta fenómenos de luz y calor
similares a un bienestar espiritual. Confundirlos con auténticas consolaciones del Espíritu
Santo sería un modo totalmente erróneo de concebir el camino espiritual. Atribuirles
significados simbólicos típicos de la experiencia mística, cuando la actitud moral del
interesado no se corresponde con ella, representaría una especie de esquizofrenia mental
que puede conducir incluso a disturbios psíquicos y, en ocasiones, a aberraciones morales.

Esto no impide que auténticas prácticas de meditación provenientes del Oriente
cristiano y de las grandes religiones no cristianas, que ejercen un atractivo sobre el hombre
de hoy —dividido y desorientado—, puedan constituir un medio adecuado para ayudar, a la
persona que hace oración, a estar interiormente distendida delante de Dios, incluso en
medio de las solicitaciones exteriores.
Sin embargo, es preciso recordar que la unión habitual con Dios, o esa actitud
de vigilancia interior y de invocación de la ayuda divina que en el Nuevo Testamento viene
llamada la «oración continua» (34), no se interrumpe necesariamente ni siquiera cuando
hay que dedicarse, según la voluntad de Dios, al trabajo y al cuidado del prójimo. «Ya
comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa», nos dice el Apóstol, «hacedlo todo para
gloria de Dios» (I Cor 10. 31). Efectivamente, la oración auténtica, como sostienen los
grandes maestros espirituales, suscita en los que la practican una ardiente caridad que los
empuja a colaborar en la misión de la Iglesia y al servicio de sus hermanos para mayor
gloria de Dios (35).



VII
«YO SOY EL CAMINO»

29. Todos los fieles deberán buscar y podrán encontrar el propio camino, el
propio modo de hacer oración, en la variedad y riqueza de la oración cristiana, enseñada
por la Iglesia; pero todos estos caminos personales confluyen, al final, en aquel camino al
Padre, que Jesucristo ha dicho ser. En la búsqueda del propio camino, cada uno se dejará,
pues, conducir no tanto por sus gustos personales cuanto por el Espíritu Santo, que le guía,
a través de Cristo al Padre.

30. En todo caso, para quien se empeña seriamente, vendrán tiempos en los
que le parecerá vagar en un desierto y, a pesar de todos sus esfuerzos, no «sentir» nada
de Dios. Debe saber que estas pruebas no se le ahorran a ninguno que tome en serio la
oración. Pero no debe identificar inmediatamente esta experiencia, común a todos los
cristianos que rezan, con la «noche oscura» de tipo místico. De todas maneras, en aquellos
períodos debe esforzarse firmemente por mantener la oración, que aunque podrá darle la
impresión de una cierta «artificiosidad» se trata en realidad de algo completamente diverso:
es precisamente entonces cuando la oración constituye una expresión de su fidelidad a
Dios, en presencia del cual quiere permanecer incluso a pesar de no ser recompensado por
ninguna consolación subjetiva.
En esos momentos aparentemente negativos se muestra lo que busca
realmente quien hace oración: si busca a Dios que, en su infinita libertad, siempre lo supera,
o si se busca sólo a si mismo, sin lograr ir más allá de las propias «experiencias», le
parezcan positivas —de unión con Dios—, o negativas —de «vacío» místico.
El amor de Dios, único objeto de la contemplación cristiana, es una realidad de
la cual uno no se puede «apropiar» con ningún método o técnica; es más, debemos tener
siempre la mirada fija en Jesucristo, en quien el amor divino ha llegado por nosotros a tal
punto sobre la Cruz, que también El ha asumido para sí la condición de alejamiento del
Padre (cfr. Mc 15, 34). Debemos, pues, dejar decidir a Dios la manera con que quiere
hacernos participes de su amor. Pero no podemos jamás, en modo alguno, intentar
ponernos al mismo nivel del objeto contemplado, el amor libre de Dios; tampoco cuando, por
la misericordia de Dios Padre, mediante el Espíritu Santo enviado a nuestros corazones, se
nos da gratuitamente en Cristo un reflejo sensible de este amor Divino y nos sentimos como
atraídos por la verdad, la bondad y la belleza del Señor.
Cuanto más se le concede a una criatura acercarse a Dios, tanto más crece en
ella la reverencia delante del Dios tres veces Santo. Se comprende entonces la palabra de
S. Agustín: «Tú puedes llamarme amigo, yo me reconozco siervo» (36). O bien la palabra,
para nosotros aún más familiar, pronunciada por aquella que ha sido gratificada con la más
alta intimidad con Dios: «Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lc 1,48)


El Sumo Pontífice Juan Pablo II, durante una Audiencia concedida al
infrascripto Prefecto, ha aprobado esta carta, acordada en reunión plenaria de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, y ha ordenado su publicación.

Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el día 15 de
octubre de 1989, fiesta de Santa Teresa de Jesús.


JOSEPH Cardenal RATZINGER
Prefecto
ALBERTO BOVONE
Arzobispo Tit. de Cesarea de Numidia
Secretario

....................
(1) Con la expresión «métodos orientales» se entienden métodos inspirados en el
Hinduismo y el Budismo, como el «Zen», la «meditación transcendental» o el «Yoga». Se trata, pues, de
métodos de meditación del Extremo Oriente no cristiano que, no pocas veces hoy en día, son utilizados
también por algunos cristianos en su meditación. Las orientaciones de principio y de método contenidas
en el presente documento, desean ser un punto de referencia no sólo para este problema, sino también,
más en general, para las diversas formas de oración practicadas en las realidades eclesiales,
particularmente en las Asociaciones, Movimientos y Grupos.
(2) Sobre el Libro de los Salmos en la oración de la Iglesia, cfr. Institutio generalis de
Liturgia Horarum. no. 100-109.
(3) Cff. por ej.. Ex 15, Dt 32, 1 Sam 2, 2 Sam 22, textos proféticos. I Cor 16.
(4) Const. dogm. Dei Verbum n. 9. Este documento ofrece otras indicaciones importantes
para una comprensión teológica y espiritual de la oración cristiana: véanse, por ejemplo, los nn. 3, 5, 8 y
21.
(5) Const. dogm. Dei Verbum n 95.
(6) Sobre la oración de Jesús véase Institutio generalis de Liturgia Horarum. no. 3-4.
(7) Cfr. Institutio generalis de Liturgia Horarum»., n. 9.
(8) La pseudognosis consideraba la materia como algo impuro, degradado. que envolvía el
alma en una ignorancia de la que debía librarse por la oración; de esa manera, el alma se elevaba al
verdadero conocimiento superior y, por tanto, a la pureza. Ciertamente, no todos podían conseguirlo, sino
sólo los hombres verdaderamente espirituales; para los simples creyentes bastaban la fe y la observancia
de los mandamientos de Cristo.
(9) Los mesalianos fueron ya denunciados por S. EFRÉN SIRIO (Hymni contra Haereses
22. 4, ed. E. Beck. CSCO 169. 1957. p. 79) y después, entre otros, por EPIFANIO DE SALAMINA (Panarion,.
también llamado Adversus Haereses: PG 41. 156-1200; PG 42, 9-832) y ANFILOQUO, Obispo de Iconio
(Contra haereticos. G. Ficker. Amphilochiana I. Leipzig 1906. 21-77).
(10) Cfr.. por ej.. S. JUAN DE LA CRUZ. Subida del Monte Carmelo. II. cap. 7, 11.

Centrada en Cristo
(11) En la Edad Media existían corrientes extremistas al margen de la Iglesia, descritas, no
sin ironía, por uno de los grandes contemplativos cristianos, el flamenco Jan Van Ruysbroek. Distingue
éste en la vida mística tres tipos de desviación (Die gheestelike Brulocht 228, 12-230, 17; 230, 18-232, 22;
232, 23-236, 6) y hace también una critica general referida a estas formas (236, 7-237, 29). Más tarde,
técnicas semejantes han sido descritas y rechazadas por Sta. Teresa de Jesús. Observa ésta
agudamente que «el mismo cuidado que se pone en no pensar en nada despertará la inteligencia a
pensar mucho» y que dejar de lado el misterio de Cristo en la meditación cristiana es siempre una
especie de «traición» (Véase: STA TERESA DE JESÚS, Vida 12, 5 y 22, 1-5).
(12) Mostrando a toda la Iglesia el ejemplo y la doctrina de Santa Teresa de Jesús, que en
su tiempo debió rechazar la tentación de ciertos métodos que invitaban a prescindir de la Humanidad de
Cristo en favor de un vago sumergirse en el abismo de la divinidad, el Papa Juan Pablo II decía en una
homilía el 1-XI-1982 que el grito de Teresa de Jesús en favor de una oración enteramente centrada en
Cristo «vale también en nuestros días contra algunas técnicas de oración que no se inspiran en el
Evangelio y que prácticamente tienden a prescindir de Cristo, en favor de un vacío mental que dentro del
cristianismo no tiene sentido. Toda técnica de oración es válida en cuanto se inspira en Cristo y conduce a
Cristo, el Camino, la Verdad y la Vida» (cfr. Jn 14, 6). Véase: Homelia Abulae habita in honorem Sanctae
Teresiae, AAS 75 (1983), 256-257.
(13) Véase, por ejemplo. «La nube de la ignorancia», obra espiritual de un escritor anónimo
inglés del siglo xv.
(14) El concepto «nirvana» viene entendido en los textos religiosos del budismo como un
estado de quietud que consiste en la anulación de toda realidad concreta por ser transitoria y,
precisamente por eso, decepcionante y dolorosa.
(15) El Maestro Eckhart habla de una inmersión «en el abismo indeterminado de la
divinidad» que es una «tiniebla en la cual la luz de la Trinidad nunca ha resplandecido». Cfr. Sermo «Ave
gratia plena». al final (J. Quint. Deutsche Predigten und Traktate. Hanser 1955, p. 261).
(16) Cfr. Const. past. Gaudium et spes n. 19, 1: «La razón más alta de la dignidad humana
consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es
invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de
Dios que lo conserva. Y sólo puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente
ese amor y se confía por entero a su Creador».
(17) Como escribe Santo Tomás a propósito de la eucaristía: «... proprius effectus huius
sacramenti est conversio hominis in Christum, ut dicat cum Apostolo: Vivo ego, iam non ego: vivit vero in
me Christus (Gal 2. 20)» (In IV Sent.. d. 12 q. 2 a. 1).
(18) Decl. Nostra aetate. n. 2.
(19) S. IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales n. 23 y passim.
(20) Cfr. Col 3. 5: Rm 6. 11 ss.: Gal 5. 24.
(21) S. AGUSTÍN, Enarrationes in Psalmos XLI, 8: PL 36, 469.
(22) S. AGUSTÍN, Confessiones 3, 6. 11: PL 32, 688. Cfr. De vera Religione 39.72: PL 34,
154.
(23) El sentido cristiano positivo del «vaciamiento» de las criaturas, resplandece de forma
ejemplar en el Pobrecito de Asís. San Francisco, precisamente porque ha renunciado a ellas por amor del
Señor, las ve llenas de su presencia y resplandecientes en su dignidad de criaturas de Dios y entona la
secreta melodía de su ser en el Cántico de las criaturas (Cfr. C. Esser. Opuscula sancti Patris Francisci
Assisiensis, Ed. Ad Claras aquas Grottaferrata [Roma] 1978, pp. 83-86 (en castellano. puede encontrarse
en: San Francisco de Asís. Escritos completos y biografías primitivas, La Editorial Católica [Madrid]. 1956.
p. 71). En el mismo sentido escribe en la «Carta a todos los fieles»: «Toda criatura que hay en el cielo y en
la tierra, en el mar y los abismos (Ap 5. 13) rinda a Dios alabanzas, gloria, honor y bendición, pues El es
nuestra virtud y fortaleza: El sólo es bueno (Lc 18, 19). El sólo altísimo, omnipotente, admirable, glorioso:
sólo El santo, digno de ser alabado y bendecido por los siglos de los siglos. Amén». (Ibid Opuscula...
124.)
San Buenaventura hace notar cómo Francisco percibía en cada criatura la huella de Dios y derramaba
su alma en el gran himno del reconocimiento y la alabanza (cfr. Iegenda S. Francisci, cap. 9, n. 1, en Opera
Omnia, ed. Quaracchi. 1898. vol. VlIl. p. 530: traducción al castellano en: San Francisco..., p. 586).
(24) Véanse. por ejemplo S. JUSTINO, Apología I, 61. 12-13: PG 6, 420-421; CLEMENTE DE
ALEJANDRIA, Paedagogus I. 6, 25-31: PG 8. 281-284: S. BASILIO DE CESAREA, Homiliae diversae 13. I:
PG 31, 424-425: S. GREGORIO NACIANCENO, Orationes 40, 3, 1: PG 36, 361.
(25) Const. dogm. Dei Verbum, n. 8.
(26) La eucaristía, definida por la Constitución dogmática Lumen gentium «Fuente y cumbre de toda la
vida cristiana» (LG n. 11), nos hace «participar realmente del Cuerpo del Señor»: en ella «somos elevados
a la comunión con El» (LG 7).
(27) Cfr. STA. TERESA DE JESUS, Castillo Interior IV, 1, 2.
(28) Nadie que haga oración aspirará, sin una gracia especial, a una visión global de la revelación de
Dios como S. Gregorio Magno reconoce en S. Benito o al impulso místico con el que S. Francisco de Asís
contemplaba a Dios en todas sus criaturas, o a una visión también global, como la que tuvo S. Ignacio en
el río Cardoner y de la cual afirma que, en el fondo, habría podido tomar para él el puesto de la Sagrada
Escritura. La «noche oscura» descrita por S. Juan de la Cruz, es parte de su personal carisma de oración:
no es preciso que todos los miembros de su orden la vivan de la misma forma, como si fuera la única
manera de alcanzar la perfección en la oración a que están llamados por Dios.
(29) La llamada del cristiano a experiencias «místicas» puede incluir tanto lo que Santo Tomás califica
como experiencia viva de Dios a través de los dones del Espíritu Santo, como las formas inimitables —a
las que, por tanto, no se debe aspirar— de donación de la gracia (cfr. STO TOMÁS DE AQUINO. Summa
Theologiae, I, ll. a. 1 c. como también a. 5 ad 1).
(30) Véanse, por ejemplo, los escritores antiguos que hablan de la actitud del orante asumida por los
cristianos en oración: TERTULIANO. De oratione: XIV: PL 1. 1170; XVII: PL 1. 1174-1176; ORÍGENES, De
oratione XXXI. 2: PG 11, 550-553. Y refiriéndose al significado de tal gesto: BERNABÉ Epistula XII, 2-4: PG
2, 760-761: S. JUSTINO. Dialogus, 90, 4-5: PG 6, 689-692; S. HIPÓLITO ROMANO, Comentarium in Dan..
lIl. 24; GCS I, 168, 8-17; ORÍGENES, Homiliae in Ex., Xl, 4; PG 12, 377-378. Sobre la posición del cuerpo,
véase también ORIGENE5, De Oratione XXXI, 3: PG 11. 553-555.
(31) Cfr. S. IGNACIO DE LOYOLA. Ejercicios Espirituales. n. 76.
(32) Como, por ejemplo, la de los anacoretas hesicastas. La «hesyquia» o quietud, externa e interna,
es considerada por los anacoretas una condición de la oración: en su forma oriental, está caracterizada
por la soledad y las técnicas de recogimiento.
(33) El ejercicio de la «oración a Jesús», que consiste en repetir una fórmula densa de referencias
bíblicas de invocación y súplica (por ejemplo, «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí»), se
adapta al ritmo respiratorio natural. A este propósito, puede verse: S. IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios
Espirituales n. 258.
(34) Cfr. I Ts 5. 17. Puede ver también 2 Ts 3. 8-12. De éstos y otros textos urge la problemática: ¿cómo
conciliar la obligación de la oración continua con la del trabajo? Pueden verse, entre otros. S. AGUSTIN,
Epistula 130.20: PL 33. 501-509 y S. JUAN CASIANO, De istitutis coenobiorum lIl, 1-3; SC 109, 92-93.
Puede leerse también la «Demostración sobre la oración» de AFRAHATE, el primer Padre de la iglesia
siríaca, y en particular los números 14-15, dedicados a las llamadas «obras de la oración» (cfr. la edición
de L. Parisot, Afraatis Sapientis Persae Demonstrationes, IV; PS 1. pp. 170-174).
(35) Cfr. STA. TERESA DE JESUS, Castillo interior VIl, 4, 6.
(36) S. AGUSTÍN, Enarrationes in Psalmos CXLII, 6: PL 37, 1849. Véase también S. AGUSTÍN, Tract. in
loh. IV 9; PL 35, 1410: «Quando autem nec ad hoc dignum se dicit, vere plenus Spiritu Sancto erat, qui sic
servus Dominum agnovit, et ex servo amicus fieri meruit».

Los propositos de la oracion.

Los Propósitos de la Oración

En Cristo tiene lugar la plenitud de la Revelación. En su palabra y en su vida se contiene todo lo que Dios ha querido decir a la humanidad y a cada hombre. En Jesús encontramos todo lo que debemos saber acerca de nuestra propia existencia, en Él entendemos el sentido de nuestro vivir diario. En Cristo se nos ha dicho todo; a nosotros nos toca escucharle y seguir el consejo de Santa María: “Haced lo que Él os diga” (Juan 2, 5).

Ésa es nuestra vida: oír lo que Jesús nos dice en la intimidad de la Oración, en los consejos de la dirección espiritual y a través de los acontecimientos que Él manda o permite, y llevar a cabo lo que Él quiere de nosotros. A la oración hemos de ir a hablar con Dios, pero también a escuchar sus consejos, inspiraciones y deseos acerca de todos los aspectos de nuestra vida. Nuestra Madre nos enseña a escuchar a su Hijo, a considerar las cosas en nuestro corazón como Ella lo hacía (Lucas 2, 19).

A la oración sincera, con rectitud de intención, y sencilla, como habla un hijo con su padre, un amigo con su amigo, “están siempre atentos los oídos de Dios”. Él nos oye siempre, aunque en alguna ocasión tengamos la impresión de que no nos atiende. Y también nosotros debemos prestar atención a Jesús que nos habla en la intimidad de la oración.

El Señor deja en el alma abundantes frutos, aunque a veces nos pasen inadvertidos. Procuremos rechazar cualquier distracción involuntaria, veamos qué debemos cuidar para mejorar ese rato de conversación con el Señor, y seguir el ejemplo de los santos, que perseveraron en su oración a pesar de las dificultades.

Al hacer nuestra oración, siempre tenemos a nuestro Ángel Custodio a nuestro lado, para ayudarnos y llevar nuestras peticiones al Cielo (comparar con Mateo 18, 10). Examinemos si nosotros estamos atentos a lo que quiera el Señor decirnos en nuestro diálogo.

Los propósitos que sacamos de la oración deben estar bien determinados para que sean eficaces, para que se plasmen en realidades o, al menos, en el empeño por que así sea: “planes concretos, no de sábado a sábado, sino de hoy a mañana, y de ahora a luego”, como dice J. Escrivá de Balaguer, en su libro “Surco”.

Los propósitos diarios y esos puntos de lucha bien determinados -el examen particular- nos llevarán de la mano hasta la santidad, si no dejamos de luchar con empeño. Con la ayuda de la Virgen podremos llevarlos a la práctica.
(
http://www.egrupos.net/grupo/diosexiste
).

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