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Oficio Sacerdotal, profetico y real.

Oficio Sacerdotal, profético y real
Diciembre 2005

Retiros espirituales de la Acción Católica Española
dirigidos por: D. Jose Mª Calderón

Consiliario Diocesano de la A.C.G. de Madrid

 

 

Introducción

Exposición Doctrinal

Examen

Texto

 

 

Cristo es también hoy signo de contradicción. A los ojos de muchos, incluso no creyentes, Jesús es un personaje que provoca admiración y asombro. Otros, confiemos que los menos, lo miran con desdén y desprecio.

Para muchos, menos de los que desearíamos, es el centro de sus vidas, el sentido último de su existencia. Éstos son los que responderían lo mismo que Pedro al oír la pregunta “vosotros ¿quién decís que soy Yo?”. Sí somos los cristianos los que contestaríamos “Señor, Tú eres el Hijo de Dios, el Redentor”.

No pocos desprecian la Iglesia pero se confiesan admiradores del Señor. Le valoran, le respetan, más aún, le admiran. Son los jóvenes de los años 60 que le tomaban como un liberador, un rompedor de las estructuras establecidas, un inconformista que lucha por la justicia social. Todavía hoy hay muchos que tienen ideas semejantes. Pero en el fondo no le conocen, no le interiorizan. De hecho no le siguen, no son capaces de comprometerse con Él y como Él por una causa justa. No saben que aquel hombre no es un personaje más, importante y valiente, pero uno más. Se pierden lo mejor: que es el Salvador.

Por último, hay quienes abiertamente le niegan y desprecian. Son hombres y mujeres buenos, con alguna experiencia de Dios en algún momento de su vida, pero que hoy le rechazan y le consideran “un perdedor”.

No es una descripción exacta, ni mucho menos. Es una mera generalización de lo que puede ocurrir hoy, pero no es una descripción exhaustiva ni científica. Tampoco es una realidad propia del momento presente. Son las posibilidades que se pueden encontrar ante la figura de Jesús.

Sin embargo, desgraciadamente, incluso los que nos confesamos religiosos y discípulos de Cristo, no somos capaces de descubrir toda la grandeza y profundidad de su figura. Nos perdemos muchas cosas fundamentales de la persona y misterio del Señor que nos ayudarían a vivir mejor nuestra vocación cristiana y nuestra condición de seguidores del Señor.

Una de las cosas que podemos minimizar y que por el contrario es fundamental para nuestra vivencia de fe es la triple función de Cristo: Él es sacerdote, profeta y rey, y el bautizado, todo bautizado, seglar, sacerdote o consagrado, participa de esa triple función. El cristiano es, como Cristo, sacerdote, profeta y rey, haciendo suya esas funciones propias del Redentor.

1.  EL CRISTIANO INCORPORADO AL SACERDOCIO DE CRISTO

 

El Sacerdocio es una función propia de Cristo. Sólo él es mediador entre Dios y los hombres. Sólo Jesús puede ofrecer el sacrificio capaz de redimir el pecado del hombre. Su sacerdocio es único y sumo, tal como celebramos todos los años. “Porque todo Sumo Sacerdote está instituido para ofrecer dones y sacrificios; de ahí que necesariamente también él tuviera que ofrecer algo” (Heb 8, 3), y con Cristo “así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: Santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos, que no tiene necesidad de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados propios como aquellos Sumos Sacerdotes, luego por los del pueblo; y esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo” (Heb 7, 26s).

Toda la carta a los hebreos es un precioso tratado del sacerdocio de Cristo. Sacerdocio que tiene su máxima expresión en la Cruz: “ciertamente, todo sacerdote está en pie, día tras día, oficiando y ofreciendo reiteradamente los mismos sacrificios que nunca pueden borrar pecados. Él, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies. En efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los santificados” (Heb 10, 11-14).

El Concilio Vaticano II quiere resaltar que “dado que Cristo Jesús, supremo y eterno sacerdote, quiere continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos, los vivifica con su Espíritu y los impulsa sin cesar a toda obra buena y perfecta” (LG 34). “Pues a quienes Cristo asocia íntimamente a su vida y a su misión, también les hace partícipes de su oficio sacerdotal con el fin de que ejerzan el culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hombres. Por lo cual, los laicos, en cuanto consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, son admirablemente llamados y dotados, para que en ellos se produzcan siempre los más ubérrimos frutos del Espíritu” (LG 31).

Así pues, el bautismo nos une a Cristo Sacerdote y nos hace partícipes de su mismo sacerdocio, y no sólo a los que llama al ministerio sacerdotal, de cuyo sacerdocio se distinguen no sólo en grado sino en esencia, sino todos. Este sacerdocio real del que todos somos partícipes nos da la posibilidad de ofrecer en nuestra vida aquel culto que Él mismo llamaba “adorar al Padre en espíritu y verdad” (Jn 4, 23). Los seglares están llamados a ofrecer toda su vida como sacrificio espiritual, cooperando así con la Iglesia en la consagración del mundo realizada continuamente por el Redentor.

“Los laicos, consagrados a Cristo y ungidos por el Espíritu Santo, están maravillosamente llamados y preparados para producir siempre los frutos más abundantes del Espíritu. En efecto, todas sus obras, oraciones, tareas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo diario, el descanso espiritual y corporal, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias e la vida, si se llevan con paciencia, todo ello se convierte en sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo, que ellos ofrecen con toda piedad a Dios Padre en la celebración de la Eucaristía uniéndolos a la ofrenda del cuerpo del Señor. De esta manera, también los laicos, como adoradores que en todas partes llevan una conducta sana, consagran el mundo mismo a Dios” (CEC 901).

2.  EL CRISTIANO PARTÍCIPE DE CRISTO PROFETA

Cristo es también el Profeta por excelencia. Hasta entonces todos habían anunciado su llegada más o menos remota. Hasta su venida todos, sacerdotes, profetas, patriarcas, jueces predicaban la necesidad de estar preparados para cuando el Mesías llegara.

Cuando ya por fin llega, es el Reino de Dios el que es proclamado no ya como un proyecto, sino como una realidad: El Reino de Dios está ya presente (Mt 12, 28). Jesús es el verdadero profeta porque en Él se cumplen las Escrituras que anunciaban que cuando llegara el Mesías, se proclamaría la Buena Nueva a los pobres (Lc 4, 18), anuncio que estaba acompañado por los signos del Reino de Dios: “Milagros, prodigios y signos” (Hch 2, 22). Todos estos signos enseñan que el Padre le envió, que es digno de fe, que es el Hijo de Dios. Y para que no se le confunda con algún falso profeta, sus palabras se hacen realidad: el perdón de los pecados se manifiesta en la curación de las consecuencias del pecado (Mt 11, 5), pero sobre todo se ve en el momento que expulsa los demonios de aquellos que son poseídos por el mal.

“El pueblo santo de Dios por la fe y el bautismo participa también del carácter profético de Cristo” (LG 12). Como comenta el Catecismo de la Iglesia Católica, esto se hace de modo particular por el sentido sobrenatural de la fe, adhiriéndose indefectiblemente a la fe transmitida a los santos de una vez para siempre. El bautizado profundiza en la comprensión de la fe y se hace testigo de Cristo en medio de este mundo (cf. CEC 785).

La función profética de los fieles se ha de ejercer a través del apostolado personal y asociado. Porque “la vocación cristiana es por su misma naturaleza vocación al apostolado (AA 2). Este apostolado no consiste exclusivamente en el testimonio de vida que todos debemos dar ante nuestros familiares, amigos, compañeros y conocidos; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes como a los mismos fieles (cf. AG 15). Por eso el Santo Padre Juan Pablo II, en la audiencia del 26 de enero de 1994 decía a los seglares: “Así pues, la característica de la vocación de los laicos a participar en la función profética de Cristo, el testigo veraz y fiel, es mostrar que no existe oposición entre su seguimiento y el cumplimiento de las tareas que los laicos deben realizar en su condición secular y que, por el contrario, la fidelidad al Evangelio sirve también para mejorar las instituciones y estructuras terrenas” .

3.  LA FUNCIÓN REAL DEL BAUTIZADO

“Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18). Cristo es Rey, tal como recordamos el último domingo del Tiempo Ordinario. Él es Rey porque revela la verdad a los hombres. Es Rey porque todo ha de ser puesto como estrado de sus pies.

 Aunque es verdad que ya es verdaderamente Rey y que su reino quedó instaurado en la Cruz, donde el Señor es elevado sobre la tierra para que todo aquel que le mirare y desde donde atrae a todos hacia sí (cf. Jn 12, 32), llegue a la salvación, hay que afirmar también que la plenitud de ese reinado se dará al final de los tiempos, cuando vuelva el Señor con todo su esplendor y gloria. Es entonces cuando el himno que se proclama en el cielo resuene por toda la creación: Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de las naciones! ¿Quién no temerá, Señor, y no glorificará tu nombre? Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti, porque han quedado de manifiesto tus justos designios” (Ap 15, 3-4).

Es una realeza que se manifiesta en el servicio, porque Cristo no ha venido a ser servido, sino a servir, haciéndose servidor de todos (Mt 20, 28). Por eso servir es reinar, y cuando un hombre es bautizado y hecho partícipe de la realeza de Cristo, es invitado a vivir su vocación de servidor de Dios y, con Cristo, de los hombres.

“Los laicos, además, juntando también sus fuerzas, han de sanear las estructuras y las condiciones del mundo, de tal forma que, si algunas de sus costumbres incitan al pecado, todas ellas sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica de las virtudes. Obrando así, impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas” (LG 36).

Pero es principalmente dejando que Cristo reine en el corazón del creyente el mejor modo de hacer que Cristo reine en nuestro mundo. Así se expresa San Ambrosio: “El que somete su propio cuerpo y domina su alma, sin dejarse llevar por las pasiones es dueño de sí mismo: se puede llamar rey porque es capaz de gobernar su propia persona; es libre e independiente y no se deja cautivar por una esclavitud culpable”.

“Con tu sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre los seres por ti creados y administrase el mundo con santidad y justicia” (Sab 9, 2-3). Así de bonito lo expresa el libro de la sabiduría, porque la función del cristiano es fundamental para que todo vuelva a Dios. Sin complejos, sin temores porque “todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios” (1 Cor 3, 22-23), los fieles laicos deben vivir su vida como una verdadera vocación para instaurar el Reino de Cristo en el mundo.

4.  MARÍA, MADRE DE LOS CREYENTES

Terminamos este retiro, como todos, poniéndonos en las mejores manos, las de la Madre de Dios y madre nuestra. Ella es Reina de un modo particular, puesto que Cristo mismo, junto con Dios Padre y el Espíritu Santo la elevaron al cielo para coronarla como reina y señora.

Ella es también profeta porque no sólo acepta la palabra de Dios, sino que la hace suya y la lleva por donde va, entregando no un mensaje de salvación, sino la Salvación misma: Cristo Jesús.

Ella de un modo muy especial es partícipe del sacerdocio de su Hijo, porque al pie de la Cruz se convirtió en corredentora de los hombres, ofreciendo su sufrimiento de Madre junto al de su Hijo, y sobre todo a su Hijo mismo.

Que ella nos haga ser más conscientes de la vocación que hemos recibido del mismo Dios por medio del Bautismo..

1.  ¿Doy gracias al Señor por el don del Bautismo? ¿lo celebro de algún modo? ¿ayudo a quienes van a bautizar a un hijo, nieto, amigo, ahijado a valorar el don de este sacramento?

2.  ¿Busco los medios que estén a mi alcance para saber todas las consecuencias que conlleva el sacramento del Bautismo? ¿me formo bien? ¿leo al menos lo que de él se dice en el Catecismo de la Iglesia Católica?

3.  ¿Qué significa para mí participar del sacerdocio de Cristo? ¿Cómo creo yo que lo ejerzo en mi vida ordinaria? ¿me siento responsable de esta función de la que el Señor me permite participar?

4.  ¿Ofrezco sacrificios al Señor? ¿es mi vida un altar donde me entrego a Dios y a los hombres? ¿vivo la Santa Misa como el momento cumbre de mi participación en el sacerdocio de Cristo?

5.  ¿Qué significa para mí participar de la función profética de Cristo? ¿Cómo creo yo que lo ejerzo en mi vida ordinaria? ¿me siento responsable de esta función de la que el Señor me permite participar?

6.  ¿Busco oportunidades para hablar de Dios en mi casa, entre mis amigos, en el trabajo, con las personas con las que convivo? ¿procuro dar buen ejemplo con mi vida y comportamiento? ¿me excuso para no tener que manifestarme como creyente?

7.  ¿Qué significa para mí participar de la realeza de Cristo? ¿Cómo creo yo que la ejerzo en mi vida ordinaria? ¿me siento responsable de esta función de la que el Señor me permite participar?

8.  ¿Sé que ser rey en la Iglesia significa servir? ¿me preocupo de servir a los demás? ¿me aprovecho fácilmente del espíritu de servicio de los demás? ¿controlo mi corazón y mis afectos para que en ellos se manifieste que es Cristo quien reina en mí?

9.  ¿Busco a María cada día? ¿la tengo presente en mis ocupaciones? ¿le pido consejo, ayuda, fortaleza y alegría para vivir bien las exigencias de mi bautismo?

“Dirigiéndose a los bautizados como a “niños recién nacidos”, el apóstol Pedro escribe: “Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas sois utilizados en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo (...). Pero vosotros sois el linaje elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que dios se ha adquirido para que proclame los prodigios de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable (...)” (1 Pe 2, 4-5.9).

He aquí un nuevo aspecto de la gracia y de la dignidad bautismal: los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio -sacerdotal, profético y real- de Jesucristo. Es éste un aspecto que nunca ha sido olvidado por la tradición viva de la Iglesia, como se desaprende, por ejemplo, de la explicación que nos ofrece san Agustín del salmo 26. Escribe así: “David fue ungido rey. En aquel tiempo se ungía sólo al rey y al sacerdote. En estas dos personas se encontraba prefigurado el futuro único rey y sacerdote, Cristo (y por esto “Cristo” viene de “crisma”). Pero no sólo ha sido ungida nuestra cabeza, sino que también hemos sido ungidos nosotros, su cuerpo (...). Por ello, la unción es propia de todos los cristianos, mientras que en el tiempo del Antiguo Testamento pertenecía sólo a dos personas. Está claro que somos el cuerpo de Cristo, ya que todos hemos sido ungidos, y en él somos cristos y Cristo, porque en cierta manera la cabeza y el cuerpo forman el Cristo en su integridad”.

Siguiendo el rumbo indicado por el concilio Vaticano II, ya desde el inicio de mi servicio pastoral he querido exaltar la dignidad sacerdotal, profética y real de todo el pueblo de Dios diciendo: “Aquel que ha nacido de la virgen María, el Hijo del Carpintero -como se lo consideraba-, el Hijo de Dios vivo -como ha confesado Pedro-, ha venido para hacer de todos nosotros “un reino de sacerdotes”. El concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo -Sacerdote, Profeta-maestro, Rey- continúa en la Iglesia. Todos, todo el pueblo de Dios es partícipe de esta triple misión”.

Juan PabloII, exhortación apostólica Christifideles Laici, 14

 

 “La Paz de Cristo en el Reino de Cristo”
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